José Cereijo, Árbol desnudo

JOSÉ CEREIJO
Árbol desnudo
Selección y prólogo de Javier Lostalé
Renacimiento, Sevilla, 2017
«Canto / lo distinto de mí, lo que me niega». José Cereijo (Redondela, Pontevedra, 1957) es uno de esos poetas que transmiten sosiego y armonía.
Lo hace con versos de resonancias clásicas, con predominancia del alejandrino. En Árbol desnudo, antología que le ha preparado Javier Lostalé para la colección rayada de Renacimiento, se aprecian bien su recorrido y sus constantes. Persigue lo inasible, lo que está detrás del umbral, alentando, pero solo ofrece indicios, como el silencio, como la muerte, que está en todos lados, a veces bajo disfraz de amante : «Hacer de ese silencio / ―de la oscura inminencia, tal vez imaginaria― / una forma de vida». Hasta la mitad del libro, la voz sostiene ese brazo tendido hacia lo inalcanzable con cierta juvenil inocencia. Al llegar a su ecuador, el libro se vuelve mestizo: Lostalé ha insertado unos cuentos evocadores y unos haikus, como el que da título a la selección: «Frente al invierno, / tu pura persistencia, / árbol desnudo». Y, desde ese momento, el poeta sigue hablándole al abismo, pero ahora lo hace con la determinación de quien no le pide peras al olmo: «El río que nos lleva es el río que somos». «Saber, hermosamente, / que ya todo es mentira y que no importa, / porque, después de la verdad, hay vida, / o, más allá de la verdad, hay otra». También, más adelante: «Acaso Dios no existe. Es cosa suya. / Que Él te falte, no tú». Quizá el cambio termine de hacere patente en poemas como «Arma Virumque…», un guiño a la Eneida de Virgilio. Hay más guiños, como «Testamento», que Cereijo ha estructurado como hizo Miguel D´ors con su «Pequeño testamento», en clave de enigma, aunque aquí el final desliza el humor hacia el escalofrío: «Todo para la muerte, que me ha querido tanto». Ambos están entre mis preferidos del libro junto con otros como el amoroso «Que yo no sea más», aunque el amor se lo leemos siempre en clave de ironía. Ni siquiera la reposada sabiduría del Beatus ille se libra del contrapunto irónico: «Feliz, si no envidiara a los que son reales, / a los que duermen juntos, / a los que saben, a los que se arriesgan».