Pilar Verdú, Reino de esponjas

Foto: Eduardo Navarro

PILAR VERDÚ
Reino de esponjas
Tigres de papel, Madrid, 2016
La muerte es uno de los grandes temas de la poesía de todos los tiempos. Paradójicamente, hay infinitamente menos poemas dedicados a la más tierna infancia, desde el nacimiento hasta que el niño consigue comunicarse. Tal vez porque el parto y la primera crianza son experiencias exclusivas de la mitad de la población, hasta ahora eclipsada por el patriarcado imperante. Esa es la reflexión que hace Pilar Verdú cuando presenta su libro Reino de esponjas, cuyo título alude precisamente al lecho amniótico. Añade Verdú que cada vez hay más poemarios dedicados a la maternidad, pero que la mayoría abordan procesos anómalos o dolorosos, y menos veces se centran en maternidades normales, como si, por ser más comunes, perdieran el don de emocionar. Lo que ha hecho la poeta sevillana, recriada en Valencia, es intentar elevar los hitos de su propia experiencia a emociones universales. El libro reúne 33 poemas, ordenados según la cronología vital de su hijo, desde el embarazo hasta que el niño empieza a expresarse con cierta corrección. Dicho de otro modo, desde que «Ahora estoy aprendiendo a amarte sin palabras / -porque tú no las tienes todavía-», hasta que «me dices un buen día / “mamá, esto se me ha roto”», en vez de rompido. Esas 33 partes en las que está dividido el proceso suelen partir de anécdotas que la escritora, con oficio, intenta guiar hacia un guiño, una insinuación, una conclusión feliz. Volvemos a encontrarnos con la dificultad de convertir una vivencia poderosamente íntima en un artefacto capaz de crear sugerencias en extraños. Cuando Verdú explica sus poemas, consigue involucrarnos. Me hago la pregunta de qué pasará si leemos, sin conocer detalles, el poema en el que el niño devora la salsa de tomate: «Yo quisiera, hijo mío, / que no se te pasara / esa avidez impúdica / por comerte la vida, / por mancharte con ella / y devorarla, / y sonreír, si puedes, / a los postres». O el poema en el que palpa el bulto palpitante del niño dormido, o en el que observan juntos el pájaro muerto, cuyo final me impresiona especialmente: «mientras iban llegando las hormigas». De nuevo la vida y la muerte emocionando juntas.

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