Padre, de Juan Vicente Piqueras

JUAN VICENTE PIQUERAS
Padre

Renacimiento, Sevilla, 2016
Padre es la historia de una disolución, la disolución de una memoria, de un hombre, de una aldea y de un modo de concebir la existencia: «cuando hayan muerto las últimas manos / que sabían hacer pleita / el mundo quedará en manos de aquellos / cuyas manos no sabrán qué hacer».
Al mismo tiempo Padre es la historia de un rescate a la desesperada, uno de esos rescates en los que hay que jugarse la vida para salvar otra vida. En poesía, jugarse la vida significa jugar al borde del patetismo, haciendo equilibrios. Si resbalas, se te va la mano hacia lo demasiado explícito. Si consigues mantenerte a pulso, la emoción está asegurada. José Vicente Piqueras (Los Duques de Requena, Valencia, 1960) tiene una larga y galardonada trayectoria como poeta que le saca picante al lenguaje, pero esta vez ha querido jugársela para salvar la sordera, el Alzheimer y la muerte de su padre: «No se puede escribir una agonía / y sin embargo alivia convertir / en versos el dolor, el miedo en música». El libro es una mezcla de testimonio, de nostalgia de unas costumbres en trance de desaparición, de rescate de una sabiduría popular que se destila en frases que también están perdiéndose: «un hombre que no siembra, ¿qué hombre es?» o «Mi madre dice: “nada, mis huesos no me quieren». Padre remite a experiencias poéticas que han sabido moverse muy cerca de la emoción en crudo, como Joana de Margarit, como la «Elegía a Ramón Sijé» de Miguel Hernández (a la que recuerda el poema «Un puñado de polvo»); también a otras más elaboradas como las «Coplas» de Manrique o Pedro Páramo. Los poemas de Padre cuentan historias tan comunes y tan cercanas que cuesta trabajo tomar perspectiva. Algunos se caen, pero van componiendo el clima para los que se sostienen, poemas funámbulos como «Agüeras», «El arado», «Acta de defunción» o «El barbero». ¿Alcanzarían la misma altura sin los otros? Es difícil saberlo. Aunque tampoco creo que a Piqueras le importe demasiado. La elevación no parece tanto el objetivo como utilizar la poesía para zanjar una deuda con lo que sus orígenes tienen en común con los nuestros: «el silencio y el sueño, la oscuridad, nos unen».

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