Pasos en el edificio deshabitado



Estos días, en el ecuador del verano, se cierran los institutos. Se quedan vacíos durante el mes de agosto. Este año más vacíos que otras veces, porque desde enero seguimos sin recibir el dinero para los gastos de funcionamiento y no hemos podido pagar a los proveedores. Vicente, el mantenedor, pasará a realizar los pequeños ajustes necesarios para que a la vuelta las persianas suban y bajen, las manivelas de las puertas abran y cierren, desaparezcan ciertas huellas de pisadas, de pinturas de guerra escolar, alumbren los fluorescentes que se fundieron y las palomas no terminen creyendo que el edificio es suyo. Antes de abandonarlo definitivamente, de clausurar el curso 2010-2011, me doy una vuelta a poner en orden las cuentas, el inventario, los libros. Me encierro en secretaría. La tarde avanza y las sombras terminan acudiendo a esperarme en la puerta del despacho. Aún no es de noche, pero la luz ha decaído lo bastante como para sorprenderme cuando salgo a hacer unas fotocopias, a hacer unas comprobaciones. Desde hace un par de años, esta soledad sombría, este misterio del edificio vacío, me sigue estremeciendo. No acabo de acostumbrarme. No debería acercarme al trabajo cuando nadie más trabaja. Debería estar en otro sitio. Me siento extraño y gilipollas, fantasma extraviado por error en un mausoleo. Hace unas semanas triscaban por los pasillos quinientos alumnos en cada turno y casi un centenar de profesores. La algarabía era ensordecedora en algunos momentos de la jornada y moderada en otros, pero siempre había algún ruido, aunque fuera la voz de un profesor intentando abrirse camino entre los carraspeos, el crujir de las sillas y el imposible silencio de los adolescentes. A menudo hemos sentido vibrar el suelo de los andenes, hermosa palabra que a la vez nos saca de viaje y nos eleva sobre un puente, mientras comunica las aulas y despachos. Aunque reine el orden impuesto por las normas escolares, la humanidad siempre deja constancia de su presencia, sobre todo cuando se trata de mucha gente y de gente joven. Ahora, en medio del verano, el edificio parece incapaz de sacudirse los ecos de nueve largos meses y, como si estuviera aburrido, viene a buscarme con sus sombras a la puerta del despacho. Solo tiene ochenta años, pero ha vivido lo suyo. No llevaba más que cinco cumpliendo su labor de instituto de segunda enseñanza cuando estalló la guerra civil y fue utilizado para otros menesteres menos edificantes. De hecho, aunque parece que ochenta años son pocos, suponen un periodo lo bastante prolongado como para que hayan ocurrido cosas cuyos protagonistas desaparecieron sin contarlas, cosas de las que no queda constancia. Por eso sigue siendo un misterio qué ocultará el cuarto sellado que hay en el sótano, casi en el corazón del inmueble. Se han hecho catas en los muros, con cuidado de no debilitarlos porque es muy probable que ese cuartucho contenga, a parte de su misterio, el secreto de que la construcción siga en pie. Solo escombros, parece. ¿Escombros de qué? He oído hermosas teorías sobre unos libros que un sindicato anarquista quiso poner a salvo y nadie sabe dónde fueron a parar. Y no quedan testigos. Sin embargo, otros, como Antonio Martínez Sarrión, han dejado escrito cómo funcionaba la biblioteca y dónde, antes de alcanzar autonomía en un edificio aparte. Y también he oído a Antonio García Berrio relatar cómo los otros profesores se rezagaban para apreciar los tobillos de Rosa Gaude en las escaleras centrales de mármol, entonces reservadas para los docentes. Y que arriba, donde solo hay aulas, vivía la familia del conserje. Voy y vengo, incómodo, por los andenes, sintiendo cómo los ventanales vibran a mi paso y cómo parece que haya ojos observándome. Me siento una prolongación del Menos Uno, el secretario vitalicio de este instituto, que seguro que se pasearía por estos mismos lugares muchas veces y con parecidas obligaciones, aunque supongo que no con tantos recelos hacia la oscuridad creciente, las sombras y los reflejos que se insinúan. Apago las luces, cierro las puertas y me siento más liberado y a salvo conforme me alejo de los acechos de la imaginación.

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