LLuvia en el desierto

Según las estadísticas, en Fuerteventura llueve veinticinco días al año. Pero hay años que no llueve y, cuando lo hace, caen literalmente cuatro gotas finas, con más tierra que agua. Por eso asistir a un día lluvioso de verdad en esta isla es un doble privilegio. Casi como ver vida en Marte. A los que estamos algo más acostumbrados (tampoco demasiado en el caso de los manchegos) nos divierte la reacción de los lugareños. Siempre parece los normales somos nosotros y los raros los demás. Como en cualquier otro lugar, la lluvia organiza un pequeño concierto en la parte más débil del tejado de la casa, la cubierta de plástico; la luz decrece hasta alcanzar un nivel de ojos entornados (y esto sí que es aquí novedoso); el asfalto de las calzadas, por lo general cubierto de una fina capa de polvo que constituye una segunda piel habitual sobre la piel de las cosas, se cubre de un brillo inusual; se intensifican los colores y también los olores. Hoy huele más a mar que en otros días en las calles interiores de Puerto del Rosario, como si la sombra del mar recuperase el espacio que le ha ido robando lentamente la civilización.
Hay gente que cree que las Canarias son todas iguales, vergeles de luz y playa y buena temperatura. Fuerteventura está situada más cerca del Sáhara que ninguna de sus hermanas. En los días claros se avista sin dificultad el continente africano desde el faro de la Entallada. Por eso mismo, gran parte de su superficie es una prolongación del desierto. Sus montañas desgastadas parecen pliegues de cartón piedra que se tornasolan y cambian de matiz según las horas y la posición desde la que las mires, sin abandonar nunca del todo su tono pardo, rojo o negruzco, producto de lejanas explosiones volcánicas. Sólo en el sur, de pronto, al cruzar una muralla, reverdece el paisaje y asoman playas inmensas; el resto es viento, mar, silencio.
Por eso aquí la lluvia asombra. Aunque es día laborable, en las primeras horas a penas circulan coches. La gente se resiste a salir. Y eso que el termómetro marca una temperatura muy razonable. Pero la humedad intensifica la sensación de frío. La escasez de luz es una adormidera psicológica en este reino donde la luz es un don cotidiano. Para los majoreros hace un día de lectura y hogar, casi de chimenea, si se utilizase por estos pagos. Veo a la familia apretada en el sofá, con el albornoz calado y hasta atenúan el volumen de la voz cuando conversan, ellos que son jubilosos incluso para la charla cotidiana. Los dejo ahí, reunidos, dándose calor con las palabras y salgo a recorrer la ciudad, a mojarme con esta lluvia cálida como caída de un caldero de sopa, a oler el mar profundamente en cada esquina, a respirar este silencio renovado, como si probara un elixir escaso y reconstituyente.