Calor, luna y teatro en Chinchilla


Calor apabullante, el de estos días primeros del verano. Hasta en el Claustro Mudéjar de Chinchilla, en las noches del Festival de Teatro Clásico, que ya es decir. El primer día, como siempre, echamos la chaqueta por si acaso. El aire de la tarde hervía, y sin embargo, la experiencia aconsejaba proveer ropa de abrigo. No hizo falta. Sudamos en las sillas rojas, mientras hacíamos gimnasia cambiando de postura, ya que esas sillas tienen la extraña propiedad de no adaptarse a ninguna anatomía. Pero al fin, ha sido reconfortante, inesperadamente reconfortante el resultado. Primero sorprendió que hubiera Festival, en medio del vendaval de recortes e imprevisiones. Luego, mosqueaba que se hubiera comprimido la semana de antaño en solo cuatro representaciones y un concierto. Y mosqueaba más que en los programas de mano y en la revista anunciadora, los políticos ocupen el espacio de las obras recortadas, posando como si fueran el anuncio de otras tantas obras de teatro, de prometedora sonrisa y corbata muy clásica. Las vaguedades con las que rellenan el resto de la página los devuelven al papel insulso de políticos, y confirman que no han sido ellos los programadores del Festival. El buen gusto es otra cosa. No he podido disfrutarlo entero, porque otros ardores, los de la política municipal, me han secuestrado un par de noches. Lo siento: me perdí a los Cachivaches de Ariza, que era lo que más quería ver. Entre otras cosas porque el director es nuestro antiguo profesor de teatro en el TEMA, el legendario Antonio Malonda. Mira que lo siento. En cambio tuve ocasión de disfrutar de Gemma Cuervo en el papel de Celestina. Y digo bien, de disfrutar. Al revés de lo que les pasa a otros, suelo esperar poco de los actores popularizados por la televisión cuando se meten entre las tablas del teatro. Pero la Cuervo, septuagenaria como es, tira de oficio, imanta el escenario y llena de matices cada sílaba del texto, incluso cuando olvida el texto y lo sustituye con morcillas, cosa que ocurre con frecuencia. Se lo perdonamos. Incluso le perdonamos que a veces no le llegue la voz al cuello y no se la oiga. En cambio no les perdonamos a Calixto y Melibea que sean tan planos en su interpretación y no estén a la altura del resto del elenco, que ralla a buena altura. Hago esfuerzos y no recuerdo un Calixto y una Melibea que me hayan satisfecho por completo. No sé si será porque el perfil de ambos personajes obliga a que sean jóvenes, y por tanto inexpertos, quienes los ponen en pie. Aunque sin duda, lo mejor de La Celestina que nos ha visitado es la versión de Eduardo Galán, que filtra la esencia de ese texto magnífico, pero irrepresentable, convirtiéndolo en digestivo y salvando a la vez todos sus ecos y primores. Al volver a casa, lo primero que hice fue irme a releer pasajes, antes de que se perdiera el perfume. También la escenografía, cuyo autor no figura en el programa. Aunque un poco aparatosa, resulta efectiva: cambia ambientes y recrea lugares con un casetón móvil. En cambio no me gustó tanto la actuación del también televisivo Daniel Albaladejo, el chófer de Cámara Café, en la obra del martes. Era un Lope de Vega, Las flores de don Juan, ambientado en Valencia y convertido en musical a lo Caetano Veloso. Aunque las voces de los actores no fueran para tirar cohetes, aunque a veces se les liase el texto, el espectáculo resulta refrescante. Todo menos Albaladejo, ya digo, que fuerza con lágrimas y aspavientos la contrición de don Alonso. Es sabido que la clave del arte, de cualquier arte, es atemperar el sentimiento, gobernarlo para que no se vaya de las manos y se pueda expresar con matices, tal como hace la Cuervo, menos dotada físicamente, pero con muchísimo más oficio. Finalmente, me perdí también la obra de Ron Lalá, que hay quien dice que fue la mejor, lo que ya es decir. Y, día a día, fue creciendo la luna sobre el Claustro de Santo Domingo. En el Mercado Medieval la tenemos casi llena. Y corre el aire.

Segunda oscuridad


“¿Verdad que este camino no da miedo?”, pregunta el más chico de los críos que se adentran en la espesura del jardín. Lo pregunta haciéndose el indiferente. Pero como tantas veces sucede en la vida y en los periódicos, en la negación está implícita la afirmación. Los cuatro o cinco zagales creen que nadie les escucha. Sin embargo, muy cerca, invisible a sus ojos, leyendo, está el poeta. Ha oído la frase, la anota, y los inmortaliza. En cierta manera son como la mayoría de los otros personajes del último poemario de Trapiello: algún tipo de pájaros, plantas muchas veces secas, el cierzo, insectos zumbando alrededor de la lámpara… Trapiello es un polígrafo imparable: escribe al mismo tiempo un diario, ensayos, artículos, novelas y también poesía. Y da la sensación de que para este último género reserva los momentos marginales de su desenfreno. Esos momentos en los que el trajín se remansa, el mundo se detiene. Por eso le sorprenden muchas veces leyendo. Y el acto mismo de la lectura entra a formar parte de la pieza, porque este leonés recriado en Madrid lo aprovecha todo, no deja nada sin vivir y, sobre todo sin escribir, como si ambas fueran una misma cosa para él. En El retiro un día de diario, cuando remata su conversación con el lector, le advierte: “Te comprendo. También yo estoy pensando / en llegar con mi amiga cuanto antes a casa / allí donde, lector, ya no harás falta”. Y no obstante, una vez más, como el chiquillo que buscaba la complicidad de sus compañeros de aventura, la negación implica afirmación. Le hacemos falta al poeta y lo seguimos a través de la sutil elipsis, imaginándonos casi sin querer lo que hará con su amiga en la pausa que sigue al final del poema. Negaciones que afirman, afirmaciones que niegan: “No me importa, poema, quién te escriba / ni cuándo ni en qué sitio, / ni si no fuera yo”. Como el niño que tenía miedo, finge que no le importa ser quién escriba, quien viva, finge que huye de la rutina para hablar de rosas resecas, de las golondrinas, de los naranjos, los gorriones, de un cántaro roto… Y todos los seres y los objetos muertos componen la rutina del recuerdo. Trapiello es un poeta de la memoria, pero no de la nostalgia; no es elegiaco porque no se refiere al pasado como algo muerto, sino como algo que vive todavía en los objetos y en los olores que mantienen con vida al que fue. No recuerda, sino que reflexiona sobre el hecho de recordar. Por ejemplo, en uno de los poemas que más me gustan del libro, unas motas de polvo le sirven como agarradero cuando nada más queda: “Han pasado los años, / y el desván y la casa ya no existen, / pero el niño allí sigue… (…) / De todos los posibles, este raro / disfraz que llevo puesto de mí mismo / hubiera sido el último en probarse…” Es poesía épica porque no siente la obligación de la síntesis, no se resiste a contar, a pormenorizarlo todo, a convertirlo todo en historia. Épica de lo cotidiano que vive detrás de lo cotidiano y que continuamente nos remite a los momentos en los que fuimos inmortales sin saberlo. Curioso que sean los objetos resecos e insignificantes los que retengan las claves que nos permiten regresar. Contienen, como él mismo adelantaba en una feliz imagen de su anterior poemario, “la alegría en billetes pequeños”. E igual que en los libros anteriores, Trapiello no se recata en dar rienda suelta a sus filias, escribe lo que le da la gana y como le da la gana: incluye a menudo términos técnicos, introduce el presente y lo mezcla con el clima y el estilo de obras legendarias de la literatura, y también salpica el libro con poemas rimados, que a este lector casi nunca le parecen los mejores. Puede que se trate de una fobia mía. Hay que leer despacio esta Segunda oscuridad, que parece figurativa a simple vista, pero que abre caminos enigmáticos en la espesura de las emociones. Andrés Trapiello: Segunda oscuridad. Ed. Pre-Textos, 2012.

Seguro que esta historia te suena


Iribarren es el tipo que sale cada día de su casa con una cámara al hombro. Si hay suerte, regresa con una foto nueva. Fotos de gente. Puede tomarlas andando, montando en autobús por su ciudad, que es Donosti, o pasar toda la tarde apostado esperando que pase lo que tiene que pasar. Aunque en su caso, no es una foto, es un poema, que viene a ser algo parecido. Y por más gente que retrate, al revelar el carrete, siempre sale él mismo, su jeta, que no le gusta, pero es lo que hay. Su gesto adusto, de quien está de vuelta, pero aún conserva un fondo inalterado de ternura. No está orgulloso de la ternura. La usa entre paréntesis, o con ironía, o con humor, procurando que no se note. Iribarren tiene algo de detective que está resolviendo un caso, el caso de la vida, lo que pasa delante de sus narices. Y lo desentraña con lo que tiene a mano, con palabras. Lleva haciéndolo desde 1985, que ya es decir. Hace seis años, juntó todas, absolutamente todas sus piezas, en un libro gordo y gris. Le puso como título “Seguro que esta historia te suena”. Porque solo hay una manera de resolver los casos: desentrañar la historia que hay detrás de ellos. Contarla. En cuatro versos, no más. A veces, Iribarren adelgaza los versos hasta convertirlos en una especie de rastro de gaviotas, para condensar más la historia. Y sin embargo, no le falta un detalle. Cuatro versos para desentrañar la historia de una emoción, a veces de una emoción que es la vida entera, como ese resumen de la vida que dicen que desfila ante los ojos de los moribundos. Brevedad e intensidad, no hay otra. Decirlo todo en cuatro imágenes. Parece fácil, claro. De eso se trata, de que se lea con facilidad, de que entre como un supositorio. “Si tienes algún amigo poeta que esté inseguro de lo que hace, dile que me lea; ya verás cómo se anima y dice: esto lo escribe cualquiera”. Tiene Iribarren ese mismo aire fatalista que el protagonista de sus poemas. Normal, qué demonios, es el mismo. El libro gris y gordo es el libro de su vida. Cuando me lo envía, pone en la dedicatoria: “Cuidado / que va la vida / (en verso)”. Casi otro poema de los suyos. El nuevo volumen es el mismo compendio de 2006, igual de gordo, un poco menos gris, y sin embargo contiene una ampliación importante: tres libros nuevos y otro casi entero de inéditos. Sus poemas han tenido que estrecharse para caber en el mismo espacio que ocupaban hace seis años. No pasan frío. Para mi gusto, esos tres últimos libros son los mejores. Es como si el entrenamiento hubiera afilado su estilo. La historia te suena porque es tu propia historia, porque no nos diferenciamos en nada. El poeta, si es listo, indaga en lo que tenemos en común, lo pone ahí encima para que te reconozcas como en un espejo. Donosti es su ciudad, pero es cualquier ciudad. El mundo es un pañuelo de emociones. Lo único que diferencia al poeta, al poeta bueno, es que le da tiempo a cazarlas, porque las mira a una velocidad distinta. Es como la cámara esa lentísima que usan en el fútbol. Da tiempo a verlo todo: el viejo que mira a la chica en biquini y que luego rasca el suelo con la garrota, o el momento en que todos están buscando el periódico del bar que de pronto ha desaparecido, o que el amor a veces convive con los carteles donde se cagan las palomas. Como buen detective, habla con dureza y se ayuda de exabruptos. No hace tanto que un grupo de psicólogos argentinos descubrieron que las palabrotas nos acercan emocionalmente y que incluso son útiles en la enseñanza. No saben lo que se pierden los que se las restringen a sí mismos como hablantes, como lectores, como poetas, en este mundo de recortes en lo que todo es estreñimiento. Pero esa es otra historia. Aunque seguro que también te suena. / Karmelo Iribarren: Seguro que esta historia te suena. Ed. Renacimiento, 2012.           

Romanticismo


Entre 1750 y 1800 se duplicó en Alemania el número de los que sabían leer. De pronto, veinticinco de cada cien personas se convirtieron en lectores potenciales. Ya no se leía muchas veces un mismo libro, sino que se leían muchos libros una sola vez. En ese caldo de cultivo, en el círculo de los hermanos Schlegel, nació el Romanticismo. Nietzsche estaba a punto de matar a dios, la gente estaba aburrida de su vida y empezó a buscarse a sí misma más allá del entendimiento. El ser humano tiene eso, que necesita emocionarse como sea para sentirse vivo. Y las emociones le vinieron, sobre todo, por el camino de la literatura: “El público honorable conoce lo extraordinario solo a través de la novela”, afirmaba Goethe. La poesía despegó del suelo. De hecho, Friedrich Schlegel, afirmaba que la poesía sirve para suprimir el curso y las leyes del entendimiento y trasladarnos de nuevo a la bella confusión de la fantasía. Es el juego del estado de ánimo, como resumió Novalis, con una agudeza que sigue siendo válida. Estas y otras infinitas cosas las explica Rüdiger Safranski en un libro que es una biografía y casi una radiografía del Romanticismo alemán. Lo ha metido entero. Como el cerebro va llevando los impulsos eléctricos de nuestros pensamientos de una neurona a otra, así va Safranski enredando las ideas que borboteaban en el puchero de aquella Alemania, llevándolas de nombre en nombre, de idea en idea, pasando por poetas, filósofos y músicos. Desde el predicador Herder, que se embarcó rumbo a Francia en 1769, huyendo de las discusiones con los ortodoxos de Riga, hasta poco antes de Angela Merkel, que no aparece porque no será romántica o porque Safranski terminó el libro antes de que accediera al poder. Porque el Romanticismo abarca una escuela literaria de poco más de veinte años 1800-20, breve e intensa como un relámpago, pero también sus efectos, difundidos como la onda expansiva de una bomba a lo largo del XIX y el XX. Los efectos del romanticismo producen lo romántico, que no es un insulto pero casi. El romántico es sentimental, generoso y soñador, o sea medio bobo, según el Diccionario de la Academia. Menospreciar lo romántico no es nuevo: ya Goethe en su vejez, decía que lo romántico es lo enfermizo. Cierto que hay mucho romántico suicida en la historia y mucho más traspuesto de tisis, pero Safranski, que ha rascado hasta el fondo del baúl, dice que cuando hay desazón por lo real y acostumbrado, y se buscan salidas, cambios y posibilidades de superación, casi siempre entra en juego lo romántico. Y según esa definición, el movimiento del 15M es romántico, como algunas de las últimas cosas buenas que nos rodean. El tocho de Safranski es de esas lecturas para las que has de tomar carrerilla, para las que necesitas un estado de concentración especial. Si no lo tienes, mejor espérate a que llegue. Suele ocurrirme con los libros que me aconseja el maestro Corredor Matheos. “Es magnífico”, me aseguró con su voz ronca de sabio. Y desde entonces estuve acechando la ocasión de leerlo, hasta que una mañana, después de examinarlo brevemente y dejarme engatusar por la presentación de Tusquets, le eché las garzas en Librería Popular. Luego me ha acompañado durante los últimos meses. Le hinqué el diente con entusiasmo y casi se me queda el diente pegado. No era el momento. Conviene no rendirse ante estas primeras derrotas. Aunque es probable que yo lo hubiera hecho, que hubiera desterrado el libro en el fondo más oscuro de la librería hasta olvidarme de él, si no hubiera mediado el consejo del maestro Pepe Corredor. Un día, en medio de otra ventolera, lo retomé y era como si, en el tiempo de separación, hubiera ido adquiriendo las claves para penetrar en las complejidades románticas. Yo era otro lector. Y el libro de Safranski otro libro. Hay lecturas que hay que saber ganárselas. Miro a mi alrededor y veo cómo crecen los lectores de correos electrónicos y mensajería social. Qué nuevo movimiento está cociéndose. Qué nuevo Safranski vendrá a retratarlo. / Rüdiger Safranski: Romanticismo. Ed. Tusquets editores, 2009.                                                                                                                     

Ajuar funerario

Tres rosas amarillas es uno de los relatos más conocidos de Raymond Carver. Aborda en sus páginas los últimos días de Anton Chejov. Tres rosas amarillas es también el nombre de una librería de Madrid especializada en el relato y consagrada al mismo. José Luis, su dueño, dice que el relato es un género del que no se puede vivir. Pero ahí está él, batiéndose en su establecimiento de Malasaña, organizando tertulias, presentaciones, lecturas a ciegas de relatos que permiten a los asistentes preguntarse quién es el autor. La librería es amarilla, del mismo tono que la portada del libro de Carver en Anagrama. La tarde que llegamos, José Luis prepara su desembarco en la Feria del Libro madrileña, en la caseta 72 (en donde expone también mi libro La hora más peligrosa del día). Suena una música suave que hace muy buenas migas con la lectura. Desde unas lejas altísimas, asoman algunos libros emblemáticos, no solo de la narrativa, también de otros géneros. Busco una escalera y no la encuentro. “¿Cómo haces para bajar esos libros, si alguien quiere comprarlos, José Luis? ¿Sacudes la estantería?”. “Esos libros son míos y no están a la venta”, responde. Enseguida, para cambiar de tema, se autodescribe muy serio como un mal lector de relatos. “Pues viendo lo que tienes ahí arriba, cualquiera lo diría…” “De todos modos, ya es raro que se vendan de un libro de relatos más de cuarenta ejemplares”, calcula. Aunque me señala una excepción: “Este, de Fernando Iwasaki, es un best seller auténtico”. Lo toma entre las manos y lo calibra como si contuviera monedas que se deslizasen entre las páginas. Le dejo hacer. Con la misma estudiada delicadeza, me lo pasa y leo el título: Ajuar funerario. Observo que son relatos muy cortos, de una o dos páginas como máximo. Va por la séptima edición. La presentación es impecable. Lo encabeza una ilustración de Fernando Vicente que representa un cadáver, muy condecorado y con gorro de copa, un poco ladeado en su ataúd. Se diría que está muerto pero feliz, como en una borrachera eterna. Ese es el tono de los relatos, que giran sin excepción sobre el tema de la muerte, tomada de una manera desenfadada a la par que un poco espeluznante. Una mezcla de humor y terror suave. No me extraña que haya tenido el éxito que celebra José Luis. Aunque al leerlos seguidos, uno se queda con cierta sensación de que muchos son ejercicios, al estilo de los que propone Gianni Rodari: “dada esta situación, a ver cómo lo acabas”.  Al ser tan breves, y no poder introducir muchos datos, me cuesta meterme en situación. Me resultan un poco evanescentes, como chistes. O quizá será que el humor los tiñe de ironía antes de tiempo. Es una impresión personal, claro. Desde luego están admirablemente depurados, cada palabra en su sitio, con adjetivos vitamínicos: “un hombre alto y borroso”, “una mujer de niebla”. Con frases vivas: “Odio escuchar su respiración arenosa, cómo sorbe desesperada los líquidos y el roznido que hace con las encías al masticar”. Si separamos los efectismos y lugares comunes, los finales demasiado abiertos o demasiado fáciles, el clima acaba imponiéndose. Hablan fantasmas que no saben que han muerto y niños caníbales. Los monstruos cotidianos aparecen sin máscara, con toda el alma supurante a la vista. Hay homenajes a los infiernos de Borges y a las casas encantadas de Cortázar. El autor nostalgia el Salón de los Muertos de la casa de su abuela, donde ubica el origen remoto de estos “supositorios de terror”. Y es probable que Cosas que se mueven solas, uno de los “supositorios” que más me impresionan, esté directamente vinculado a aquel lugar. También destacaría, entre otros, el del váter de gasolinera o el surrealista y bestial Dulces de convento. Cierro el libro. Suena aún la música de la librería, en su justa medida, ni adormecedora ni enervante. Supongo que el lugar influye. Para hacerles justicia a los cuentos de Ajuar funerario hay que probar a leerlos en otro ambiente, con voz cavernosa, en una noche oscura, cerca de un cementerio. / Fernando Iwasaki: Ajuar funerario. Ed. Páginas de espuma, 2004. / Libreria Tres rosas amarillas, C/ San Vicente Ferrer 34; 28004 Madrid

En otra casa



Cuando leemos un libro, le pedimos que nos cambie mientras lo estamos leyendo. Que nos saque de la rutina, que nos sumerja en otro universo diferente en el que nos purificamos por un rato. Pero hay libros que van más allá, como En otra casa, de Antonio Moreno. Libros que nos cambian. ¿Por cuánto tiempo? Depende de nosotros, pero aún más de nuestras circunstancias. En medio de una sociedad gobernada por la constante alteración, por estímulos diminutos y caprichosos, por el soniquete de los móviles, por el último mensaje de facebook, por la imperiosa y multiforme actualidad, la prosa de de Antonio Moreno nos ofrece un ritmo absolutamente distinto: el ritmo de la mirada: “Mirar las plantas detenidamente, que es como aprender a mirar y darse cuenta de que no sabíamos hacerlo”. En efecto, vemos tantas cosas al día que apenas nos dejan huella, porque las vemos el tiempo justo de verlas, casi ni las pensamos. Moreno nos asegura que su libro trata sobre la brevedad y, sin embargo, paradójicamente de la intensidad: “aplicar bien el oído es un ejercicio intenso que no puede alargarse mucho (…) No hemos sido creados para respirar la intensidad indefinidamente”. Se refiere a la intensidad de las cosas minúsculas que pasan a nuestro alrededor: el sonido que produce un caracol cuando come, una mariquita, una pared blanca, la purificación espiritual de sentarse a comer.  El autor se aplica en desplegar lo insignificante, hasta demostrarnos que nos contiene, y que hay más de nosotros en ese universo pequeño que en toda la barahúnda que nos apremia y nos sacude hasta dejarnos sin resuello. La prosa azoriniana de este alicantino de 1964, está naturalmente muy cerca de la poesía, es poesía en el mismo sentido en que reúne a la vez la mirada y la valoración de lo que ve. Porque no basta mirar: “Nos es dado ver muchas cosas, pero solo podemos conocer unas pocas”. La escritura es una herramienta de conocimiento, le sirve al escritor para saber lo que no sabía y a nosotros para apreciar lo que el escritor ha descubierto, para compartirlo. A veces, a través de lecturas que le sirven de guía, como aquellos consejos de Laertes a su hijo: “Sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con nadie”. Avanzar desde lo quieto, en el empeño de ser fiel a lo que se ve, a lo que oye en medio del silencio, ese es el camino: “Llegada cierta edad, esa es la tarea del hombre, expresar su lealtad, igual que hacen algunos animales”. No lo he dicho aún, pero se trata de fragmentos de un diario, pinceladas sueltas de lo que le va pasando a un hombre a lo largo de un año, sin fechas, sin demasiados datos. La casa de la que habla el título es la casa a la que se ha mudado por un tiempo, pero también es la casa de sus viajes y su propia casa que, como vamos deduciendo, no es otra que la escritura, que sirve de nexo a todas las mudanzas: “Miro atrás y me doy cuenta de que en ninguna casa he vivido tantos años como los que llevo reuniéndome con un idioma y un papel”. La casa de un hombre sabio. Y, ojo, que al lector puede costarle entrar, como le cuesta a la mirada acostumbrarse a una estancia que está en penumbra cuando recién llegamos del resplandor del mediodía. Los matices se van configurando lentamente, la prosa necesita tiempo para mostrarnos los perfiles: “Ahí donde no hay nada, el instante carece de término; a decir verdad, ahí se cumplen miríadas de portentos”.  Se cumplen, pero es necesario descubrirlos, señalarlos. El aire, la luz, si uno se para, son un espectáculo que deja al contemplador convertido solo en el mirar “algo, por otra parte, bastante parecido al aire”. Y la preocupación del autor es no perturbar ese espectáculo, que las palabras que lo transmiten sean tan absolutamente transparentes. “Pero suenan tanto las palabras… Suenan demasiado”, se queja Moreno. Afortunadamente, añadimos. / Antonio Moreno: En otra casa. Ed. La isla de siltolá, 2012. Levante.

Maneras de deshacerse

Si viera este título en cualquier librería, sin haber sido avisado previamente, sabría sin lugar a dudas que el libro era de Ángel Aguilar o bien de un imitador de Ángel Aguilar. Pero cuando lo veo en los estantes de Librería Popular ya sé que es suyo, por lo que no tengo que demostrar mi teoría. Constituye, además, una sorpresa venturosa. En mi fuero interno temía que Aguilar hubiese abandonado la escritura de versos normales y se hubiese especializado definitiva e irremediablemente en los haikus, con la pérdida que hubiera supuesto para los lectores de versos normales. Porque Aguilar es un poeta singular del mismo modo que es un bibliotecario singular y un ajedrecista singular. Es un ser singular. Desde El libro del agua, editado por la Diputación de Albacete hace una década, no le conocía más señales de vida como poeta que algunos escritos circunstanciales. Como haiyín en cambio sí que le hemos leído muchas cosas en lo que va de siglo. También, como autor de poemas infantiles, le leímos Qué fea es mi hermana, donde adopta la voz de una niña de seis años y juega con salero a ser Gloria Fuertes, mejorando de forma muy ostensible a Gloria Fuertes, y mezclando algún poema notable de adulto entre los juguetes. Estoy pensando en Yo veo. De modo que tenía miedo de no leer un nuevo poemario de Ángel Aguilar. Olvidaba que, desde Alas más grandes que el nido, este poeta nacido en Caudete en 1958 publica solo un poemario por década, preferentemente al principio de cada década. Maneras de deshacerse corresponde a la segunda del siglo XXI y nos muestra a un Aguilar más fiel que nunca a sus características, un poeta celebrador de la vida y del amor, que se abraza a la naturaleza y la carne hasta fundirse y desaparecer en ellas, en medio de un paroxismo liberador. Un poeta místico, al estilo de Santa Teresa, hasta en el uso de antítesis y paradojas para enfatizar su entrega. El nuevo libro continúa la línea abierta en El libro del agua, un poemario que debería ser referencia en la poesía albaceteña actual, si estas cosas existieran y le importasen a alguien aparte de los cuatro o cinco que leemos poesía por estos secarrales. No es que Maneras de deshacerse no esté a la misma altura, es que es más irregular. El libro del agua era un estanque perfecto. En Maneras de deshacerse, sobre todo en la segunda parte, Amantis religiosa, dedicada al amor, aparecen ejercicios, rimas, probaturas, poemas menores, que se intercalan con poemas que están entre los mejores del autor, sin solución de continuidad. El resultado es que distraen de la lectura, como distraen ciertas erratas que debieran haberse evitado. Es como si Aguilar hubiese renunciado a reivindicarse como poeta, como si prefiriera quitarse importancia. Y, sin embargo, contiene Serenidad, para muchos un poema emblemático, que no recuerdo que haya sido publicado antes en libro exento. Y también Dulce orilla o Derviche, poemas panteístas a la manera de Aleixandre: “siento el embudo del infinito, el abrazo de la espiral, el vertimiento loco de nuestros cuerpos…”. Y los experienciales Paseo y, sobre todo, Habitación 122, que paradójicamente ofrecen un remanso narrativo al desenfreno romántico. Como el séptimo de caballería de Míchigan, la naturaleza siempre viene a rescatar al autor y a sus lectores: “Contemplo el mar y sé / que cuando me sumerja / habrá unanimidad y pureza en cada ola / y seré absuelto”. A esta manera de hacer, continuista respecto al libro anterior, lo que no le resta mérito alguno, pertenecen poemas de la primera parte del libro, como El olvido de ti que es tu cuidado, atardecer en Vera, Los pájaros se incendian o Primavera distinta, en los que las enumeraciones descriptivas van anticipando la disolución del pensamiento y de las emociones que lo aprisionan. Amaneces y el poema de la anciana del asilo abren nuevas perspectivas temáticas: “No es la existencia quien ordena los años / en el paisaje adormecido, / sino la luz, la savia en que mojamos los ojos”. / Ángel Aguilar: Maneras de deshacerse. Ed. Que vayan ellos, 2012.

Violeta profundo


He aquí un libro del que uno ha oído hablar incluso antes de que se publique, antes de leer un solo poema. La voz se va corriendo, y el libro viene despacio. “Te va a gustar”, me aseguraban buenos lectores, buenos amigos, con esa duda en el aire en la que nos reconocemos los lectores de poesía, que sabemos que siempre hay una rendija abierta para el criterio personal, que siempre cabe que un libro que a ti te gusta no le guste a otro buen lector, aunque sea tu amigo. En todos los que se referían a Violeta profundo estaba latente esa duda, pero todos decían lo mismo: “te va a gustar”. Un libro así, cuando lo pillas, lo lees dos veces seguidas sin levantar la cabeza, temiendo que se te escape algo, temiendo que no te guste. Las dos cosas. Como en el cuento del príncipe desnudo, avanzas por los poemas deseando no ser el niño que ve al príncipe desnudo mientras todos lo ven vestido. No es el caso. Violeta profundo está escrito en el límite del abismo, en ese punto en el que se toca la noche con la parte interior de la piel, con el hueso abierto, con el tuétano. Aún diría más: está escrito con un pie ya en el abismo, empezando a separarse ya de todo: “No he querido decírtelo, pero sé que me siento / más frío al despertar, indolente y callado. / Explicarlo es sencillo. Voy perdiendo / fe en el amanecer”. Pero no es un desprenderse manso, sino que está lleno de rabia, de una rabia descontrolada en ocasiones que es uno de los grandes hallazgos del libro: “Si algo aprendí de Roth fue que la cólera / es muchas veces soberana, que / trizar de un puñetazo una vidriera / es saldar una cuenta con la propia desdicha”. En el poema primero, que se llama simplemente así, La noche, hurga en la desolación buscando el fondo más oscuro, más lejano de nuestra rutina: “En su entero negror crujen cristales / alguien patea escombro, remueve la basura / orina en la columna de hormigón / o golpea un batiente de madera. / Aunque tú no lo creas, esos actos / nos dan conocimiento”, es decir, vida. Y más adelante, en otro nocturno apasionado, Nocturno del temblor, donde se bate en duelo de palabras con la noche, la muerte o lo que sea, acaba preguntándole: “¿Quién te habrá visto así, desnuda y agitada, / caída en la desgracia de temer mi deseo?”. Desde ese borde del abismo, Fombellida se gira hacia la vida y la tantea y se abraza a un árbol como quien se agarra a una tabla salvadora, y se agarra también a referencias culturales, como estos versos shakespearianos donde se ve el monstruo de las dos espaldas: “Noche inversa, llorosa, déjanos / en la caldera curva de la piel / gozar del movimiento acompasado / que no consiente luz, ni la persigue”. O estos otros: “el mundo es un puñado de nieve y rodaduras, / una ventana ciega, un lugar sin hogar”. Y en esa situación límite, entre el abismo y las últimas lianas de la vida, siente correr por sus venas el río manriqueño: “Tengo la fea conciencia de las aguas del río / y avanzo como él, encajonado y pobre”. O más adelante: “nado dentro de mí sin darme alcance”. Versos que son icebergs flotando en el mar de los poemas, donde no es difícil destacar ocho o nueve redondos, una cantidad grande para cualquier poemario de nuestro tiempo. Ya he citado alguno. Podría referirme también a Quinta del 42, impresionante homenaje a la muerte del padre, bien completado con Matinal de domingo. O el extraño Geórgica, que me recuerda a la Pesadilla de mi paisano Sarrión. El alba del negligente, Quiet song o el versicular Háblame. Un libro de poesía diferente, incluso a los anteriores del autor. Por eso nos sorprende y nos estremece: “El mundo no sonríe si lo miras de frente”. Aunque lo mejor de todo es que Fombellida se haya quedado de este lado del abismo y lo podamos celebrar con él. / Rafael Fombellida: Violeta profundo. Ed. Renacimiento, 2012.
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