Volver a viajar en aquellos trenes en los que nunca viajamos de
verdad, porque solo montamos en ellos a través de las experiencias que nos
contaban nuestros mayores. O tal vez sí viajamos, pero éramos tan pequeños que
no lo recordamos. Volver a pisar las calles, años antes de que las asfaltaran y
ver, entre visillos, asomada, a la fantasma última del pueblo. Oír aquellas
radios que parecían capaces de sintonizar con París o Nueva York y que traían
peligrosos mensajes de los resistentes al régimen de Franco. Ponerse en el
pellejo de artesanos que han ido perdiendo territorio: hojalatero, zapatero
remendón, gente humilde de la España rural. Desamores y amores platónicos de
adultos, sudor, polvo, un frío que despierta sabañones y un calor que reseca
las seseras. Son experiencias que nos ofrece Manuel Picó (Albacete, 1961) en su
libro Hierro y tierra, escrito con
oficio de periodista y con pulso de narrador. De hecho, muchos de los relatos
pertenecen a un género mestizo, entre la crónica y el cuento. Empiezan
mostrando a un personaje y acaban llevándonos a la vida y los problemas de otro,
aunque todo esté hilado y fluya en blanco y negro, como la foto de la portada,
una boda de los años treinta en las cercanías de Casas Ibáñez. La trama siempre
activa, la prosa tersa; pero sobre todo vívida la galería de los individuos que
se mueven en ella. Ignoro si existieron de verdad, si formaron parte de la
intrahistoria de Casas Ibáñez, porque la literatura es capaz de cualquier cosa;
pero si no existieron, merecen haberlo hecho, porque están más vivos que muchos
de los que figuran en el libro de registros: Manuel Bolaños, el que lo había
perdido todo y vivía en un coche; el cartero Lucio, más confesor que cartero;
la misteriosa mujer de la maleta maloliente; Miguel Olmedo el inmortal; el
gitano que, por no tener, ni nombre tiene, pero que va siempre acompañado de
una perra patihueca. Porque, esa es otra: Igual que el maestro Sánchez de la
Rosa, igual que hiciera Rodrigo Rubio, Manuel Picó tiene ese tacto singular de
saber colocar los mancheguismos donde hacen falta y añaden ese plus de realismo
que apuntilla los detalles. Donde hay una de aquellas radios antiguas o la
primera televisión, aparece también una mosca entelerida, la cachera donde se
guarda el gorrino, las abarcas, espuertas, horcas, legones y demás aperos, los
zarajos y el harnero. Literatura que se acerca al cine neorrealista italiano, heredera
también de aquellos relatos sociales de Ignacio Aldecoa que ponían el corazón
en un puño. Pero a la vez, literatura con toque periodístico, que entrelaza la
prosa con el detalle casero. Y en esto me recuerda a Chaves Nogales. A veces con
su punto de filosofía de almanaque, de consejos del padre que lleva en la
memoria grabados el hijo: “si alguna vez piensas que lo has perdido todo,
descubrirás que es mentira. Te queda lo más importante, la vida”. Me da que
pensar. Creo que en ocasiones es más fácil rescatar este tiempo lejano metiéndonos
en la piel de los que lo vivieron que viéndolos moverse en los documentales de
la época, donde gesticulan, zombis, nuestros abuelos, sin que ayude a revivirlos
la voz engolada del locutor del Nodo. A los que llegamos a entrever la época,
nos la enciende de nuevo. No sé qué pasará con los nacidos después. Como bien
dice Picó en uno de sus párrafos, “Ignoraba entonces que, a veces, lo que está
pegado a nosotros guarda una distancia insalvable, un secreto abismo que puede
hacernos caer al vacío, mientras en otras ocasiones la lejanía está al alcance
de la mano”. El caso es que he disfrutado con este libro, con el que no
esperaba disfrutar, lo confieso. La edición es ligeramente antipática, un poco
más estrecha de lo habitual, con más erratas de las que se merece el escritor. Tampoco
el título le hace justicia. No siempre el soporte está a la altura del
contenido: “Desconocía entonces que para el corazón humano no existen las
distancias y la proximidad solo es un estado de ánimo.” / Manuel Picó: Hierro y tierra. Ed. Eclipsados, 2011.
Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
La vida ondulante
“El escritor de aforismos, si se descuida, puede acabar
convirtiéndose en un sabio de almanaque”. Así se las gasta Ramón Eder para
definirse a sí mismo, para definir el género en el que se mueve como pez en el
agua. Entre la infinidad de perlas que flotan en la superficie de esta
colección de perlas que es La vida
ondulante, afloran de vez en cuando las que tiran piedras sobre el propio
tejado del aforismo, o intentan definirlo con retranca, como esta tentativa con
ritmo de samba: “Un libro de aforismos debe ser como una de esas playas de
Brasil llenas de sirenas que están bien y muy bien, pero en las que hay una
docena que nos acelera el pulso.” Y con el pulso acelerado, se pone uno a
comentar la colección y no sabe por dónde empezar. No se puede recurrir a la
estructura o al argumento, que es lo habitual. Cuando se trata de poemas, se
habla de los rasgos específicos, se destacan unos poemas o unos versos. Pero
qué decir cuando la propia extensión y la naturaleza del contenido son tan
diversas, tan polimorfas como el agua, que se escurre entre los dedos cuando se
intenta cogerla. A mí no se me ocurre otra fórmula que recurrir al instinto
humano de clasificar las cosas, para no convertir el comentario en una sucesión
ininterrumpida de citas que desvelarían el contenido, o parte del contenido, lo
que en este caso equivaldría a adelantar quién es el asesino en una novela policiaca
de las del tipo enigma. Además, le haría un pobre favor al autor, que merece que
los aficionados se hagan con el libro y lo disfruten, lo saboreen, lo relean,
se aprendan de memoria algunas de las perlas para recitarlas en las ocasiones apropiadas;
se conviertan en definitiva en sabios de almanaque, como advierte Ramón Eder.
Hay mezclados en La vida ondulante
aforismos políticos, más o menos encubiertos: “Un político es un ciudadano
menos”. También hay lecciones de vida: “A veces lo que más dolor nos produce es
comprobar que las desgracias de las personas que queremos no nos afectan tanto
como quisiéramos”. Las hay que se refieren al arte y la cultura: “Si de Séneca
como maestro salió Nerón como discípulo, quizá no haya que hacerse demasiadas
ilusiones sobre las virtudes de la educación”. Otro grupo de aforismos se
refiere a los medios de comunicación de masas: “Cuando pasa cierto tiempo, uno
se da cuenta de que todos los periódicos son amarillos”. En fin, que hay
direcciones muy diferentes, que terminan convergiendo en lo que el autor ya ha
anunciado en el breve prólogo, apenas un poco más largo que una máxima: que
después de los moralistas franceses consolidaran el género, todos los que han
venido después escribiendo aforismos han tirado de la ironía, como principal
ingrediente. Y cita a Lichtenberg, Nietzsche, Jules Renard, Chesterton, Borges,
Bergamín y Lec. Para no quedarse atrás, Eder estira un poco más la definición,
que obliga a ser conciso y a dar en el clavo a la vez, lo que resulta imposible
si uno no anda bien de entendederas: “La inteligencia, a partir de cierto
grado, se vuelve inevitablemente humorística”. Así, moviéndose entre los
peligros que acechan al autor de máximas: la de caer en la greguería, siempre
tan socorrida, la de romperse en la pompa de jabón del ingenio sin más, la de
resultar inane, y no digamos ya las de decantarse al haiku o la copla, Eder
vadea la superficie las más de las veces con la solvencia de un anónimo autor
de refranes, con lo que cuesta eso, impartiendo lecciones útiles, que explican
la vida cotidiana y orientan sobre el mejor modo de moverse en ella. Filosofía
de bolsillo, pero de largo alcance. Sin contar otros perfiles, como que muchos
de los aforismos de Eder no se contentan con serlo y semejan principios de
cuentos: “Tenía unas cuantas macetas en su balcón y las miraba con orgullo,
como un terrateniente”. De momento, él no tiene anunciado cambiar de género. Le
basta con saber que “los aforismos buenos son imperdonables”./ Ramón Eder: La
vida ondulante. ed. Renacimiento. sevilla, 2012
Conjeturas y esperanza
Entrar en los lugares un segundo antes de que estén preparados para
recibirnos. Por ejemplo, “carreteras secundarias, de noche, donde, por un
momento, un susurro de alas pasa muy cerca en la oscuridad, seguido del tirón
del silencio”. Ese es el ámbito donde se mueven los poemas de Burnside.
Naturalmente se trata de un ámbito artificial, porque la realidad es la misma
cuando estamos que cuando no estamos. ¿O no? Según Burnside, para acceder a
esos instantes de transición hay que activar la atención y la consciencia, dos
de los estados de conciencia de los que disponemos. El tercero, la distracción,
es el piloto automático con el que nos perdemos en el mundo cotidiano, en la
rutina nuestra de cada día. Dejarla atrás y salir a conocer lo desconocido antes
de que signifique algo, de que se convierta en un símbolo, esa es su tarea de
poeta: “muchas veces, el camino del conocimiento es dejar atrás lo que ya
sabes, ir a otra cosa”. Y para conseguirlo el poeta escocés se embarca y nos
embarca en un ritmo de caminador que va vinculando las cosas con el aleteo de
los versos: “Y lo que me gustaba, / sin duda / no era mi estricta / presencia
en un pliegue / de la niebla, / sino el estar ahí / como todo / está ahí / al
azar / para ser modelado / por lo que no está”. En ese desfase entre el estar y
el no estar, reside la sorpresa que nos ofrece Burnside. Una experiencia tan
perturbadora que, cuando procediendo de ella, intentas volver a tu rutina, esta
te desconoce y desconfía de ti. Se mueve cerca de poetas muy próximos a
nosotros, como César Simón, pero con un matiz importante: Simón se maravillaba
de ser una presencia consciente en los lugares. Burnside se maravilla de los
lugares antes de que llegue su consciencia: “bajo la luna tan blanca y
desprovista de propósito”. Así cada
poema es un comienzo, un despertar: “Y salía a
la luz de suero del alba / para empezar de nuevo”. Lo mismo le sirven de
apoyo los ratones de campo que una señal de stop cerca de Horsley, una cosecha
de tarros recién etiquetados que el invierno. El caso es que donde mejor se
aplica es en los territorios fronterizos de la conciencia, como ese magnífico Poema ocasional donde se mete en la piel
de una niña de meses, o en los signos sutiles que distinguen unas estaciones de
otras. Como suele ocurrir, el lector tarda un tiempo en atravesar el terreno
cifrado que supone siempre una escritura nueva, con personalidad distinta a las
que controlas. Pero una vez dentro, Burnside es una fiesta de la sugerencia. La
edición ha corrido a cargo de Jordi Doce, que siempre es una garantía de buena
traducción. Fue lo primero que me atrajo del libro. No había oído siquiera
hablar del poeta, pero precisamente por eso me llamaba el leer a un autor
inglés de mi generación, ya que John Burnside nació en la escocesa Dumferline
en 1955 y solo me lleva seis años. Luego descubrí un tercer atractivo: a modo
de epílogo, el editor ofrece la transcripción de una entrevista que mantuvieron
en 2006 Burnside y Zagajewski, moderados por el propio Doce. Siempre me apetece
escuchar lo que cuentan otros poetas cuando reflexionan sobre su tarea,
especialmente por si dejan escapar algunos de sus trucos técnicos. Aunque no
sea este el caso, conforta la lucidez que demuestran estos dos autores cuando
por ejemplo califican al poeta como un místico imperfecto porque lo que lo
caracteriza es la locuacidad, mientras que la mística es territorio del
silencio. Burnside reconoce turbarse cuando alguien le felicita por un poema
que escribió: “se lo dice a alguien que no soy yo. Yo ya no estoy ahí, lo que
escribí, no me pertenece”. Y Zagajewski apostilla: “A menos que vuelvas a
leerlo en una lectura pública y te lo apropies, lo cual es agradable”. Conjeturas y esperanza supone una vuelta
de tuerca sobre el tema de la identidad, un horizonte estimulante para la poesía.
/ John
Burnside: Conjeturas y esperanza. Editorial Pre-textos. Valencia, 2012.
La hora más peligrosa del día
A aquellos que tenemos el hábito de la escritura nos sorprende ver,
cuando miramos hacia atrás, de qué modo va quedando nuestra propia biografía
impresa en nuestras obras. Es una sensación que no pueden captar la mayoría de
los lectores, excepto quizás los cercanísimos. Pero que a uno mismo lo asombra
y lo llena de una nostalgia incómoda, la nostalgia de una intensidad
reconocible, pero irrecuperable. El periodismo es el género más fiel a la
experiencia, porque su exigencia temporal no permite que elaboremos el material
de lo vivido en busca de efectos espurios. Lo vivido está presente, hablemos de
lo que hablemos. Desde hace años, publico un artículo semanal, que rara vez
reviso pasados unos días. Pero, cuando, por alguna razón, he tenido que
rebuscar entre los acumulados, vuelvo a respirar el rastro de mi vida que se
quedó encerrada en ellos. Por ejemplo, cuando reuní una colección en el libro Albacete, entre huellas y raíces. Con
más fuerza de la que esperaba encontrar, ahí me aguardaban mis yos anteriores,
del mismo modo que nos aguardan en las fotografías, por mucho que haya pasado
más de una década desde que nos las sacaron. Aunque con un matiz: en las
fotografías no está retratado el tiempo interior, solo lo externo. En las
crónicas, incluso en las columnas literarias, aún nos palpamos, podemos
reconstruir la escena, dónde tejimos las palabras, todo está entero, aunque de
forma soterrada, cifrado por nosotros mismos que volvemos a sentirlo hasta los
tuétanos. Por supuesto, la poesía es también biográfica, si bien mucho menos de
lo que la mayoría de la gente cree. La poesía es un género que requiere la máxima
intensidad. Por eso, aunque los poemas crezcan a partir de un germen de
experiencia, por lo menos en mi caso, luego necesitan una elaboración muy
exhaustiva, muy técnica, que los convierte en artefactos, es decir en escritos
destinados a producir una determinada impresión en el lector, una emoción. El
yo más profundo, el más descarnado, sigue ahí, porque al primero que tenemos
que emocionar es al propio poeta, cuando nos asomamos al escrito después de
haberlo olvidado, siquiera por unos instantes, previos al reconocimiento
inevitable de haberlo compuesto. En cambio, lo que nunca hubiera imaginado es
encontrar tan fresco, tan permanente, el rastro de la experiencia en los
relatos de ficción, en los cuentos para adultos que acabo de publicar y que he
tenido que rescatar y revisar minuciosamente para darlos a la luz. Estaban muy
dispersos, porque soy un cuentista despacioso, intermitente, menos deliberado
que en otros géneros. He seleccionado piezas de la época de los ochenta, y en
ellos estaba mi casa de la calle Quevedo, mis hijos pequeños, mi rutina de
madrugar y recorrer las calles desiertas para abrir la radio unos instantes
antes de que amaneciera. Y, como en los sueños de la noche, cuando tratamos de
interpretarlos al despertar, también están muy evidentes mis preocupaciones de
entonces, alteradas por el onirismo caprichoso de la escritura. Hay cuentos de
los noventa, tan influidos por los viajes al instituto de La Roda, por las
clases de esquí, por los viajes de estudios a Italia, tantas películas vistas
en el cine. Y hay cuentos de la primera década del siglo XXI, en donde se respiran
los aires de Chinchilla, su antigüedad, sus ecos, sus alrededores. Por
supuesto, estoy resumiendo mucho, y temo que a la mayoría pueda frustrarles no
encontrar más evidentes estas sensaciones, y, como mucho advertirlas,
volátiles, en la atmósfera de los relatos. Ya digo que se trata de experiencias
cifradas en una clave que solo uno mismo, o los muy allegados, pueden descodificar;
de hecho más que el autor, tan obcecado en pulir otros detalles. Baste decir
que mi mujer, al releerlos, me comentaba divertida si no me daba prurito
mostrarme tan como soy. Espero que sea porque compartimos claves que nadie más
conoce. De todos modos, por fortuna, las hermosas e inquietantes ilustraciones
de María Dolores Alfaro introducen otra realidad paralela, que desviará a los
lectores hacia otras interpretaciones. /
Arturo
Tendero: La hora más peligrosa del día. ed. la siesta del lobo. con
ilustraciones de María Dolores Alfaro. (Se presenta el jueves 19, a las 19,30 horas, en Librería Popular)
José Luis Cebrián
Un hombre vuelve a casa, después de un día particularmente aciago, y
ninguna de las rutinas cotidianas le ofrece consuelo. Lo único novedoso que
revolotea en su alcoba es una polilla. Aturdido por sus tristezas, persigue de
forma distraída a la mariposa, que va escapando de sus palmadas y logrando que
el hombre se cebe en hostigarla. Tras unos minutos, consigue darle caza. Con el
insecto en la mano, agitándose todavía, descubre que ha llevado la persecución
demasiado lejos, más allá del pretil de la ventana. Que está cayendo y que,
cuando lo encuentren aplastado en la calle, creerán que se arrojó abrumado por
sus problemas. Es la sinopsis de Vuelo de
polilla, el primer cuento que publicó José Luis Cebrián (Albacete,
1955-2012) en la revista Barcarola. Nos hicimos amigos en aquellas tertulias
nocturnas de los jueves del año 80, en el hotel Los Llanos. En teoría nos
reuníamos para preparar el número siguiente de la revista, pero en realidad lo terminábamos
luego, contra reloj, de forma apurada, porque durante los cafés nos dedicábamos
a leernos nuestros escritos, a conocer a tipos excéntricos que venían a darnos
lecciones de literatura o de bohemia, no sé bien, y sobre todo a cimentar
nuestra amistad. Allí nos amistamos para toda la vida con Nicasio Sanchís,
Ángel Aguilar, Frutos Soriano y León Molina, entre otros. También con José Luis
Cebrián, el que menos cambió del grupo. Desde el principio, José Luis ya usaba
bigote, al que siempre fue fiel. Y ya tenía la cara como picada de viruela. Y se
defendía de su timidez rascándose la oreja, o desahogándose el cuello de la
camisa, o recolocándose las gafas en el puente de la nariz con ayuda del dedo
anular, o pellizcándose el bigote. Aquellas manos temblorosas no sabían estarse
quietas mientras José Luis hablaba como escribía, con un talento para el
detalle que dotaba a su conversación de un envidiable toque literario. En el
segundo cuento, Solo palabras, el
protagonista se libraba por pelos de caer en las sórdidas mazmorras de la
posguerra, después de un malentendido: el estanquero quería cargarle una ración
de tabaco; y, en presencia de individuos malcarados, en un arrebato, el pobre
hombre le había replicado: “no me van a meter los ideales a la fuerza”. La
doble acepción de la palabra ideales le servía a José Luis para sumergirte en
aquel tiempo lóbrego, de miedos, escaleras y miserias. Lo hacía con una prosa
barroca, trufada de subordinaciones, que te iban acercando en espiral a los
detalles, igual que los barracones de feria te pasean por sucesivos retablos
del horror. Entrar en un cuento suyo era como pasar un nublo en medio de abril.
Las circunstancias me alejaron de Barcarola, pero él siguió acudiendo fiel con
sus historias de hombres que perdían la sombra o se enamoraban de una aparición
o se asomaban a un pueblo apartado de la sierra en el peor momento, a tiempo de
ser víctimas propiciatorias de un aquelarre (El invitado). Una ciudad como Albacete se compone a la vez de
muchas ciudades, cada uno vive preso en sus circuitos y, aunque la amistad siga
viva, puedes pasarse años sin coincidir con amigos que se mueven a muy pocos
pasos, en circuitos paralelos. Basta con que un día te escapes del guión para
que os reencontréis. Y en reencuentros fortuitos conseguí de José Luis algunos
cuentos para mi propia revista, La siesta del lobo. Mi favorito es Días vacíos de piezas encajables, en el
que una especie de Penélope aguarda el regreso de su prometido, inmigrante en
Bélgica. Despechada por las habladurías, arroja al río los recuerdos que guarda
de él. Un poco más tarde, el río se seca y queda al descubierto el coche de su
prometido, sorprendido por la muerte cuando regresaba. Esparcidos alrededor,
porque el azar es así, afloran los recuerdos de la relación. También José Luis
se ha ido sin tiempo para despedirse, como un personaje más de sus cuentos. Todos
creímos que empezaba a luchar contra la enfermedad que lo estaba derrotando. Al
menos no ha cambiado en mis recuerdos. Lo recordaré como era. Sus cuentos
siguen dispersos y volando, como aquella polilla primera.
Canción en blanco
Cuando conocí a Álvaro, escribía un artículo diario en un periódico
de su Málaga natal, y le costaba trabajo compaginar esta tarea con la escritura
de poesía. El artículo de prensa, aunque se trate de una columna literaria,
como era su caso, necesita un apoyo en la realidad mediática, lo que en el
argot se llama percha, y genera un estado
mental de atención a lo que ocurre en el mundo de la actualidad, incompatible
con el estar sin tiempo que requiere el poema. “El ocio es el trabajo del poeta”,
nos ha repetido muchas veces nuestro maestro Paco Brines. Como es muy
inteligente, Álvaro encontró la solución en una especie de mestizaje de
géneros: cada vez más sus columnas tenían fragancia de poemas y sus poemas se contagiaban
de la impaciencia periodística de los artículos. En medio de este proceso, sus
poemas se iban alargando, desde Intemperie
(1995) y Para lo que no existe (1995),
dos libros magníficos, llenos de enigmas con pellizco y de emociones
inteligentes, y con poemas de longitud normal para estos pagos. Cierto que en
el primero de ellos ya se abandonaba en las alas del ritmo el poema llamado Carta a un escultor. Seguro que habrá
influido también la inclinación de Álvaro hacia la poesía anglosajona en esta
propensión a los poemas largos. No en vano ha traducido a media docena de
clásicos del siglo XX en lengua inglesa, entre los que están Auden, Larkin y
Atwood. A los anglosajones, sobre todo a los estadounidenses, les gusta mucho
el poema río, donde importan mucho menos el principio y el final, que el clima
que generan, la atmósfera en la que embarcan al lector, la hipnosis en que lo
conducen por distintos estados de ánimo, en vez de por uno solo, como ocurre en
los poemas que tienen una duración, llamémosle, convencional. Con Caída (2002) ya hizo una incursión más
decidida en este poema de largo aliento, que luego certificó en El río de agua (2005). En ambos casos,
el discurrir de los versos va y viene de un espacio concreto, como un cuarto de
hotel y, sin detenerse, explora la memoria, el paisaje visible, la muerte, con
una intermitencia deslumbradora: “La reinvención constante de las cosas / por
el sencillo hecho de mirarlas / hace mágico lo real, real lo mágico”. En todo
el proceso, mientras escribía sus poemas y sus artículos, no ha dejado de
reflexionar sobre el fenómeno de la escritura. Fruto de esta investigación nació
el ensayo Poesía sin estatua (2005), donde Álvaro ahondaba en la idea de
que no es lo mismo vivencia que experiencia, que no basta el relato de una
experiencia para que surja poesía y que para transformar vivencia en
experiencia poética hacen falta varios ingredientes, entre los que no puede
faltar el tiempo transcurrido entre una y otra. Ahora, más fiel que nunca a su
estilo, Álvaro García viene de ganar el premio Loewe con Canción en blanco, un largo y compartido poema de amor, entre otras
cosas, escrito desde una habitación de hotel cercada por la lluvia: “La memoria
no cabe en una página, / pero cabe de pronto en esta noche…” Ya desde los primeros
versos, anuncia su abandono en ese ritmo que se ha convertido en su vehículo
poético, en su forma de decir poesía: “Solo puedo decirlo con la canción en
blanco, / imágenes que se unen al decirlas / como las líneas de la carretera /
se vuelven línea entera en la velocidad”. Y como siempre, entre los versos que
inevitablemente han de funcionar como nexos para que no se pierda el hilo, van
apareciendo esas perlas de lucidez que personalizan e iluminan a tramos la
dicción lírica de Álvaro García: “Con la cara en tu vientre / imagino la tierra
al sol del tiempo, / sus siglos de la luz de la edad única”. Versos de una
profundidad que abarca al mismo tiempo el tuétano del pensamiento y el hilo de
la emoción. Versos que certifican una noche de amor y un libro: “Puede que un
día estemos juntos / en el olvido uno del otro”. ÁLVARO GARCÍA:
Canción en blanco. Ed. Visor (2012).
Hombre en la niebla
La escritura empieza a ser una
ocupación pasada de moda, o al menos eso sientes mientras escribes sin parar porque
no conoces otra manera de andar y de estar solo. Porque te ahogas cuando no
escribes, del mismo modo que te ahogarías si no respirases. Pero cuando
levantas la cabeza, te aseguran que todos los libros que has ido juntando, con
la paciencia con que sumas un día sobre otro, no valen nada, aunque muchos
lleven la firma y la dedicatoria de amigos que te parecen eternos,
inalcanzables. Solo valen el peso del papel, te dicen. Y aun así sigues leyendo
y escribiendo, porque eso es lo que tú eres. Aunque comprendes, porque es
lógico, que los libros de papel suponen un gasto insostenible para la
naturaleza, un gasto de árboles y plantas, cada vez más escasos. En tanto que
los libros electrónicos pululan cada vez con más naturalidad a tu alrededor, y
con ellos el pirateo, que va convirtiendo en ilógico que hagas esfuerzos por crear
escritos que enseguida dejarán de ser tuyos. Pero tú sigues, y cuelgas las
cosas en internet para que, como si fueran un periscopio, miren por ti más allá
de la realidad en la que vives. Hasta que un día, alguien responde desde el
otro lado. Alguien que te ha leído, que con humildad te demuestra que tu manera
de estar solo sirve para alguien, y por tanto para algo. Y ese interlocutor
desconocido, que asoma al otro lado de los electrones, y que podría ser una
invención tuya, si no fuera porque no te atreves a inventar esas cosas, resulta
que encima escribe también. Pero es tan humilde que tarda años y muchos
intercambios de correos electrónicos en dejarte unos versos. Te parecen muy
buenos para su edad. Porque el interlocutor es joven. Y es una doble alegría
saber que alguien más joven comparte tu forma de estar solo, de respirar para
no ahogarse. Cerca tienes otros amigos también jóvenes y que también escriben,
pero esta confirmación los valida aún más, como si la cercanía de gente de
carne y hueso no fuera suficiente. Y el lejano interlocutor escribe bien, pero
vive hundido en una ciudad levantina y no logra publicar, no lo conoce nadie.
Le animas, compartes sus anhelos, los entiendes, te parecen injusto que no salga a la luz. Debe de
haber muchos escritores anónimos magníficos que no consiguen abrirse camino.
Está a punto de arrojar la toalla, pero le animas, porque te parecería una
pérdida para los que aman, como tú, la lectura, que su libro se perdiera. Y de pronto,
se produce lo inesperado: Jesús Bernal gana el Adonáis, con el libro que tú ya
habías leído y comentado. Es como si aflorara un pedazo de realidad sumergida que
tú conocías desde la raíz. Y, por supuesto, no has hecho nada, solo estar, ya
que la poesía de Bernal se ha abierto camino por sí sola. Pero aun así sientes
que tu naturaleza de escritor se reafirma, que la llama de la resistencia de la
literatura sigue encendida. Y lees el libro y te parece aún mejor que cuando lo
leíste mecanoscrito. El agua del manantial donde bebe es más vívida, la pecera
que deforma la realidad que refleja es más crítica con esa realidad, la casa de
su infancia más parecida a tu recuerdo, la Ropa
sin uso de su familiar muerto te impresiona porque podría ser la de tu
propio padre. Y encima es sedentario, como tú: «Y me duele admitir que cada día
/ me cuesta más trabajo imaginarme / lejos de estas montañas.» Y consigue que
el atardecer sea la flor de la ceniza y que una gota de lluvia simbolice en un
instante la vida y la muerte. Te sientes otra vez unido a un premio como el
Adonáis, que había ido languideciendo muchos años, hasta que lo ganó tu amigo
Rubén Martín y ahora Jesús Bernal. Y necesitas recomendar a quienes aman la
poesía este libro, con poemas como Esa
canción, el más irracional en apariencia de un poeta muy consciente, fluido
y minucioso, cuyos influjos (Cabrera, Simón) se perciben a través de una voz
propia. Jesús
Bernal: Hombre en la niebla. Ed. Rialp
La memoria y sus manos invisibles
Gema, Jorge y Marta, me filman en Librería Popular, para
TuAlbacete.com, en uno de mis entretenimientos favoritos, que es asomarme a las
estanterías a golismear entre las novedades. Me piden que aconseje algunos
libros y, para aconsejar, me voy derecho a la poesía, la hermana pobre de la
literatura. Allí compruebo que casi todas las novedades son de autores
albaceteños que han ganado premios, desde Andrés García Cerdán, hasta Alfonso
Ponce, pasando por Juan Lorenzo Collado y Francisca Gata. Cuento a la cámara
que hay muchas maneras de leer y que la poesía se lee a sorbos, haciendo
paradas breves entre poema y poema para ver quién pasa, para darle tiempo a los
versos a que calen en el paladar. La novela es otra cosa. Es literatura de
inmersión, para sumergirse en otras vidas, otros lugares y otras épocas, y
sacar solo la cabeza a este valle de crisis cuando no queda más remedio. Pero
últimamente vivo mucho a sorbos, a sorbos de poemas albaceteños y polacos. Esto
último se debe también al azar, como casi todo. Murió Wislawa Szymborska y con
mucho gusto me apresté a rendirle un homenaje, el mejor de los homenajes que
pueden rendírsele a un poeta: releerlo. En un libro del que no hablé el otro
día, Aquí, Szymborska tiene un poema
engañosamente naïf, como todos los suyos, en el que se refiere a su difícil
relación con la memoria: «Quiere que viva ya sólo con ella y para ella. / De
preferencia en una habitación oscura y cerrada, / y en mis planes hay siempre
un sol presente, / nubes actuales, caminos en curso». En el mismo poema, sigue
diciendo Szymborska: «A veces estoy harta de su compañía. Le propongo
separarnos. Desde hoy y para siempre. / Entonces sonríe compasiva, / pues sabe
que para mí también sería una condena». Antes de salir de la librería, se me
enreda en los dedos el último libro de Adam Zagajewski, otro polaco imprescindible.
Mano invisible recibió el Premio
Europeo de Poesía 2010, un premio de cuya existencia no recordaba haber oído
hablar. Pero, después, al leerlo, entiendo que se lo dieran. No solo porque es
magnífico, que también, sino porque está lleno de referencias a una Europa
central anterior a la Segunda Guerra. Los ríos que corren, las calles de las
ciudades, incluso las caras de las personas que atraviesan los versos, son de
ese tiempo en que se avecinaba una nube negra, pero la gente era feliz
ignorándolo. O estaba simplemente a lo suyo, como estamos ahora. Zagajewski,
que vive en Estados Unidos, regresa a las ciudades de su pasado y, mirándolas,
recuerda con certera profundidad: «Solo sé una cosa: esto existe, incluso si
desaparece». A través de su mano, estrechamos la mano invisible de los que ya
no están: «Sé que los ojos de los ausentes son como agua y no se les puede /
ver, en ellos uno solamente puede sumergirse». Me doy cuenta de que Zagajewski
y Szymborska tienen la misma manera de decantar las frases, un ritmo parecido,
aunque mi observación sea un poco extraña, ya que lo que estoy leyendo son
traducciones y los traductores son diferentes. Igual es la manera de verter el
polaco al castellano. Además, como suele ocurrir en las traducciones de poemas
desde cualquier idioma, el ritmo falla a menudo y, por deformación profesional,
me entretengo en reescribirlos. Pero al final terminan capturándome. Son buenos
incluso en traducción. De hecho, en Mano
invisible, hay un tono general melancólico y mágico, con hallazgos del
tipo: «Y el bello Garona que cada noche / pasa por los soñolientos pueblos como
/ un cura con los últimos sacramentos». Hay una docena de poemas importantes y
al menos dos inolvidables. Yo destacaría el titulado Y el bello Garona, una revisión de los ríos que van a la mar, que
es el morir, de Jorge Manrique, y Ahora,
cuando has perdido la memoria, dedicado a su padre enfermo de Alzheimer. Se
hunde en lo perdido sin caer en el desánimo, como no debemos caer nosotros. Al
fin y al cabo, «El poema debería terminar / mejor que la vida. Para eso es». Adam Zagajewski: Mano
invisible. Ed. Acantilado
Andrés García Cerdán
El otro jueves, viéndole leer sus versos en la sesión de marzo de la cafetería Viktor, me di cuenta de que Andrés danza cuando recita. Va cambiando el peso de un pie a otro, adelanta los brazos, gira el tronco para marcar un acento, mastica las palabras. Su juego de piernas me recuerda al Cassius Clay de los tiempos legendarios. Él sin embargo prefiere parecerse a Sugar Ray Leonard. Con este swing exorciza los nervios para que no se lo coman crudo. Y poco a poco se asienta, gana terreno, nos invade. Con esa misma constancia rítmica ha ido creciendo como poeta desde los versos retadores y nocturnos de sus primeros libros, allá por el año 2000. En una década, de pronto, ha explotado. “Si no tuvieras ya un nombre, ahora mismo inventarías todo otra vez”. No le hace falta reinventarse; ha crecido, ha cuajado, ha escrito una tesis sobre Cortázar, se ha hecho músico de rock y, de batir toda esa coctelera, de no detenerse siguiendo la consigna de Valente, ha ganado con Curvas el Ciudad de Pamplona, ha ganado con Carmina el premio Barcarola. Todo en dos años, un soplo de inspiración, como quien dice. Pero el fenómeno es más complejo: Curvas es un poemario en prosa donde culturalismo y zen se funden en la psicodelia. Hay que aclarar que Cerdán es un poeta jijpi, el poeta jipi de Albacete. Dice que los poemas le vinieron de todos los rincones imaginables, desde un correo electrónico hasta el arranque de un artículo: “Yo mismo siempre, respirando en espasmos de calma”. Y deslizándose en los automatismos, pero sabiendo conducirlos, nos sorprende con poemas como Crema, lleno de amor cortazariano, el casi onírico Hacia marzo, los crepusculares Hacia la lluvia u Otra tarde, el renacentista Ulises, casi una poética en la que busca la identidad huidiza. Un puñado de poemas con vuelo, con luz, chisporroteantes. Aunque Cerdán es más poeta de amaneceres que de atardeceres. Quiero decir de amaneceres entrevistos desde las últimas esquinas de la noche. Y si Curvas nos descolocaba, Carmina (Léase Cármina, del latín Poemas) nos recoloca en el espacio exacto que mejor domina: “Te ven llegar las calles, se echan a tus pies sin ningún límite”. En esa hora fronteriza en que el cansancio de la noche se acumula hasta desfigurar la realidad y el amanecer se cierne y nos tiende un reto agónico, la vida entera se extiende ante los ojos del que observa, solo hay que describirla. Los viajes, las lecturas, la niñez. “Hay un muchacho al borde de un barranco. / En él empieza todo y todo acaba”. Esa luz que interrumpe la noche es como la bola mágica en la que todo está. Y él se afana por capturarla: “En más de seiscientas esquinas de Albacete he visto yo el amanecer” proclamaba en el libro anterior. Y en este encuentra cada vez “la mañana de un día que no importa”. Sin embargo esa veta es solo el hilo conductor de su poesía. Cerdán se atreve con todo. Se atreve con un homenaje a la lectura que huye de los lugares comunes y no le pierde la vista al misterio (Lejos). Se atreve por supuesto con los viajes, con las lenguas extranjeras, el italiano sobre todo, en piezas cosmopolitas como Chiara o Firenze. Hay que darle de viajar para que escriba. Se atreve con Toledo. Se atreve incluso a extraer poesía de una de las clases de lengua que imparte en el instituto. Y le funciona. Siempre ha sido audaz, pero ahora se siente “con una voz propia que nunca antes / lo había sido tanto”. Y siente que “cada día que pasa nace en una palabra / maravillosa”. Está en gracia y lo sabe: “Entre el deseo y todo lo que es, / todo lo que será, todo lo que ha sido, / cabe una orilla más. Voy a llamarla / Muerte”. Lo sabe y, sin embargo sigue meciéndose cuando lee sus poemas en público como si boxease contra sus resistencias interiores, contra su timidez, contra sus miedos. El juego de piernas de un poeta que noquea. GARCÍA CERDÁN: Curvas. Ed. celya (2009)/ GARCÍA CERDÁN: Carmina. Ed. Nausícaä (2012).
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