Buen año de versos


Igual que se dice que «a mal tiempo, buena cara», hay mucha gente convencida de que los buenos poemas brotan desde el dolor, la angustia y la tristeza. Nunca de la felicidad, que es para vivirla, dicen. Y, quizá para darles la razón a los que así piensan, el año que se acaba, lleno de crisis, de paro y de recortes, ha tenido en Albacete una agitación lírica extraordinaria. No hemos ganado el Cervantes ni logrado hitos sublimes, pero 2.011 ha sido un no parar, y eso es bueno siempre. Para empezar, Andrés García Cerdán obtuvo el premio Barcarola, con Cármina, un libro que verá la luz muy pronto. Es el primer poeta local que gana este premio sin tener que compartirlo ex aequo con un vate foráneo, como les ocurrió a Javier Lorenzo y a Mercedes Díaz Villarías, lo que ya es un paso estimulante. Antes Ángel Aguilar había presentado su poemario Qué fea es mi hermana, escrito desde la piel de una princesa destronada de seis años que sublima la pelusilla poniendo verde a la intrusa de su hermana con una mezcla de odio y de ternura. Contiene poemas como Yo veo, que están entre lo mejor de su autor, y no solo para niños, lo que ya es decir. También este año Luis Martínez Falero se trajo para Albacete el premio Juan Ramón Jiménez con su libro Fundido en blanco, donde nos habla de la luz, de la palabra y la muerte, y se mueve en el borde de lo inefable con el pulso de un maestro: “O deja que el silencio se adueñe de la casa / para buscar la voz de los ausentes, / la blanca cercanía de lo que ya no existe”. Otro que no para de ganar premios es Manuel Laespada Vizcaíno, nuestro paisano afincado en Manzanares, que ha visto aumentada su obra por lo menos con dos nuevos poemarios, que yo sepa. También está imparable Juan Lorenzo Collado, que ganó el “Ciudad de Jumilla” con Luces de neón. Y no muy lejos anda Alfonso Ponce, cuyo libro premiado disfrutaremos enseguida. El articulista y mecenas de la cultura local Isidoro Ballesteros también está en plena forma y ha sacado a la luz otro poemario. Por su parte, Ricardo Fernández nos trae desde Zaragoza, donde vive, la mejor de sus obras hasta la fecha. Pero cuando ya el año ha terminado de estallar ha sido después de la Feria. No hablemos de las Jornadas “5 Poetas en Otoño”, organizadas por la Facultad de Humanidades y el grupo La Confitería, que ha vivido uno de sus ciclos más completos. Hablemos de Fractal, una asociación formada por cinco jóvenes poetas, Andrés García Cerdán, Rubén Martín, Lucía Plaza, Matías Clemente y David Sarrión, que durante una semana llenó la ciudad de actos en los que la poesía se mezclaba con otras artes y consigo misma, en festiva y juvenil algazara. Para el recuerdo dejan una antología de casi medio centenar de autores, llamada El llano en llamas. Por cierto, que una de las antologadas, Gracia Aguilar, para despejar sospechas de que es la princesa destronada del libro Qué fea es mi hermana, escrito por su padre, le dedica un hermoso poema a su hermana Clara. En el otro extremo de las edades, se le rindió homenaje a Ramón Bello Bañón, que sigue en plena actividad, lleno de lucidez, más allá de los ochenta. Poetas amigos se arracimaron en torno suyo para leer sus versos. Bello se ha prodigado poco en libro. Desde el año 96, cuando salió Los caminos del día, no ha vuelto a dar poemas a la imprenta, que yo sepa, y eso que tiene más de cien inéditos. En el mismo ayuntamiento, para ponerle broche al año, Joaquín Belmonte tomó la alternativa de su padre Ismael en un libro titulado Hasta donde la vista alcanza (no podía ser menos). Contiene un regalo inesperado: un soneto inédito de Ismael Belmonte, encontrado en una servilleta, que no tiene que envidiarle a nada de lo que le conocimos en vida. Y seguro que se me han escapado cosas. Que me perdonen los omitidos. No son recortes, es que no llego a más.

Poetas yanquis


¿Quién dijo que los libros no hablan? Y hasta llaman. En una de mis visitas a Librería Popular, sentí la voz de un volumen grueso, de más de ochocientas páginas. Lo miré de reojo. Era blanco con una extraña torre en la portada, que recuerda un ideograma chino. Su autor, el crítico Harold Bloom, que se hizo famoso hace unos años por resumir lo que para él era lo mejor de la literatura occidental, el canon. Ahora nos sirve una antología de poetas yanquis, el libro que me estaba llamando. Soy de los que piensan que la poesía es intraducible, si exceptuamos la de Shakespeare, que tiene tanta fuerza que rebosa en cualquier versión que se le haga, por muy manta que sea el que la perpetra. Yo mismo lo intenté una vez con El mercader de Venecia. Si aún no me han juzgado por ello es porque me ayudaron los componentes del grupo Cómicos y porque Shakespeare es muy sufrido y no se queja. He mantenido y hasta proclamado que las traducciones de poesía tienen como única utilidad servir a los poetas para entrenarse remendando los destrozos del traductor. Está claro que se trata de una fanfarronada. Por muy buenos poetas que haya en España, y los hay, nadie con dos dedos de frente puede sostener que no los hay tan buenos o mejores allende nuestras fronteras, incluso dentro del territorio del castellano, del que somos solo una gota de agua en medio de un vasto océano. Por eso me llamaba el libro, porque tengo una asignatura pendiente con la poesía yanqui. De modo que me llevé el tocho a casa, dispuesto a limar mis carencias. Lo primero que supe es que Bloom no es el autor, solo el que bendice. La recopilación es de Jeannette L. Clariond, traductora y anotadora del libro. Enseguida, la propia Clariond nos advierte de que no es una antología al uso, sino que se ciñe solo a un perfil, el de los poetas que han seguido la estela de Wallace Stevens. Bloom los va introduciendo uno por uno con unas cuantas pinceladas. Además muchos son conocidos, incluso los había leído en poemas sueltos. Enseguida mi vida se agitó y tuve que enfrentarme al libro como la carpa que nada contra corriente. ¿Qué tengo que ver yo, que soy de secano y vivo en un pueblo pequeño, con la vasta extensión en donde escribe esa gente?, me decía a todas horas. Como son discípulos de Stevens, pero también, inevitablemente, de Walt Whitman, la mayor parte de los poemas son largos, muchos larguísimos, algunos interminables. Las pinceladas de Bloom me parecían brochazos. Lo retomaba algunas noches antes de dormir y se me antojaba poesía abstracta de la que hay que leer poniéndose bizco. Como de un poeta a otro cambiaba el estilo, no podía leer a dos seguidos. A unos intentaba abarcarlos en inglés, otros no se dejaban. En fin, que apuré el libro porque soy más pesado que ellos, pero tardé una eternidad. Sin embargo, como antes de abandonar un volumen en la estantería, reviso mis anotaciones, me llevé una sorpresa enorme: había tomado notas de casi todos los autores. El esfuerzo de lectura había sido en realidad un esfuerzo de adaptación: al ritmo, a la forma de decir de cada poeta. Está claro que el lector tiene que acompasar su lectura con la exigencia del texto. A veces cuesta. En poesía más; aunque, no siempre tanto como me ha costado a mí con los yanquis. Ahora tendré que volver a ellos porque, a diferencia de la prosa, la poesía, o es para releer, o no es poesía ni cosa que se le parezca. Se empieza por no entender nada y se acaba disfrutando. Es como la Novena de Beethoven, que viene desde el caos y acaba absorbiéndote. «La posibilidad del orden como la suma del desorden», un verso de uno de los poemas que más me gustan, Ensenada Corsons, de A.R. Ammons, que sirve para resumir la sensación. Ea, que algo tendrán los yanquis, cuando los bendicen. A mí me han colonizado la emoción. / Harold Bloom: La escuela de Wallace Stevens. Editorial Vaso Roto.

Dónde estará la fuente


La fuente era de jaspe de Novelda, rosa y gris. Ocupaba el centro de la plaza de Chinchilla. Y la gente le tenía cariño. O a lo mejor ha ido ganándole cariño conforme se aleja en la memoria. En aquel tiempo había que guardar cola para recoger el agua en cántaros y botijos y acarrearla a casa, tareas que resultarían fastidiosas a las mujeres, que eran las que se encargaban. Entre el año 1964 y el 66, se efectuaron obras para mejorar la conducción de agua corriente en la ciudad y el pavimento de la plaza, que entonces se llamaba de José Antonio. También retiraron la fuente. No consta con qué intenciones. Tal vez para despejar el espacio, para que no obstaculizara el discurrir de los vehículos, que entonces representaban el no va más de la modernidad y que hoy constituyen una auténtica plaga invasora. Desprovista de aquel centro neurálgico y simbólico, la plaza está como perdida. La gente del pueblo le tenía ley a la fuente. El ayuntamiento, en un pleno celebrado el 14 de diciembre del 65 no dejaba lugar a dudas. En uno de los puntos del orden del día acordó pedir a la Dirección General de Arquitectura que le entregase la fuente al pueblo después de retirarla y, de paso, también los pilares de hierro de la lonja, entonces sustituidos por los actuales de madera. Imagino que, como suele ocurrir, no tenían todavía pensado qué hacer con estos elementos y que, mientras se lo pensaban, querían impedir que desapareciesen. La Dirección General de Arquitectura fue magnánima y accedió. Fulgencio Calera, que trabajó en las obras con su camión Barreiros Saeta recién estrenado, recuerda que cargó las piezas de la fuente desmontada y las vació en una escombrera situada al final de la calle de la Fuente. No recuerda más. Se pregunta qué fue de ellas. La mayoría de la gente con la que hemos hablado, también. Samuel, el del bazar, comenta que vio los poyetes redondos grises, que sirvieron de asiento a la juventud ociosa, esparcidos en las explanadas que rodeaban el colegio. Ramón Mascarica dice que no, que eran fragmentos del templete de la Placeta del Circo, también desmontado. Durante mucho tiempo esos terrenos fueron bancales de cultivo. Hoy están urbanizados. Sobre ellos crecen calles y aceras, incluso el Centro de Salud. Hay que ver cómo se mueve la ciudad y cómo desorienta, qué deprisa se olvidan cosas que el día anterior está viendo todo el mundo. O creyendo que las ve, pues la rutina desdibuja lo evidente. Miramos, pero no vemos lo que está en nuestras narices. Cuarenta y seis años después, es como si la fuente se la hubiera tragado la tierra. Tampoco es tan raro si pensamos lo que está costando encontrar los restos de Federico García Lorca, con tanta gente investigando a la vez. Es como si la misma tierra se entretuviese en cambiar de sitio las cosas. La gente, sin embargo, no olvida la Fuente de la plaza. La Asociación Antigua Tradición, la misma que ha devuelto la costumbre de sacar los Miércoles el día de la ceniza, encargó a los belenistas que construyeran una réplica de la Fuente a tamaño natural. Se hizo, aunque con materiales menos nobles y menos resistentes que el mármol. Guardada está. Cuando Ángel Huedo, administrativo del Ayuntamiento, se entera de mis indagaciones, emerge muy grave detrás de los papeles que se acumulan sobre su mesa. “Yo sé dónde está la fuente”, sentencia; “¿quieres saberlo”. Asiento, por supuesto. Camina hacia una de las ventanas que se asoman al Cerro de San Cristóbal, el de la Antena. Abre y me señala el parque de la calle de la Fuente, el que crece sobre la escombrera donde Fulgencio Cabrera descargó las piezas con su camión. “Debajo de ese parque”, dice Huedo. “Algún poyete se ve en alguna casa de los alrededores, pero la mayor parte de la fuente sigue allí, donde la tiraron, entre las raíces de los árboles”. Otro día lo comento con Ramón Mascarica, que vive por la zona. Lo niega muy tajante. “Pos qué va esta la fuente ahí; algún trozo puede haber, pero no más.”

Desde el lado invisible


Somos más, pero no se nos ve. Es extraño encontrarse en las manifestaciones a la vera de amigos de la infancia y de la adolescencia de quienes nos habían alejado los vericuetos de la rutina. “¿Qué haces tú aquí?” “Ya ves”. Después de tanto, nos reencontramos en el mismo equipo, el de los que consideramos que se pueden gestionar de un modo muy distinto las cosas de todos, para que sigan siendo de todos. Vestidos de verde o de rojo, o de lo que toque ese día, caminamos un rato, lanzamos algunas proclamas, abarrotamos las arterias céntricas hasta que no cabe un alfiler: la calle Ancha de punta a punta, el Paseo de la Libertad, la plaza de la Constitución o la Avenida de la Estación frente al edificio de Educación. Es estimulante. Algún amigo dice: “estas marchas me rejuvenecen, me recuerdan los tiempos en que corríamos delante de los grises; entonces había que venir en zapatillas”. Otro las llama irónicamente procesiones. Y algo tienen de procesiones laicas, en rogativa porque vuelva a nuestro secano la lluvia del sentido común. Al día siguiente, sin embargo, comprobaremos en la prensa y en los otros medios que no estábamos donde creíamos estar. Que esa multitud abrigadora con la que caminábamos del brazo no era tal, sino, en todo caso, un grupúsculo de radicales. En algún medio ni siquiera se hacen eco de la cifra que ofrecen los organizadores; reproducen en primera plana, sin más, el magro contaje que han hecho los responsables de la administración, que nos miran con gafas reductoras lógicamente. Como si no existiéramos ni para contarnos. Nos pellizcamos, nos manoseamos los tendones a ver si hemos atravesado el espejo sin darnos cuenta, pero nuestra materia sigue intacta. Lo que es virtual es la desaparición. Pero a ver a quién se lo cuentas, si no ha estado allí y no lo ha visto como tú. Por eso no puede sorprendernos que el día de ir a votar nuestros votos tampoco pesen en las urnas. No quiero decir que desaparezcan virtualmente. Es otro el fenómeno, que ya detectábamos durante las procesiones: “¿Tú a quién vas a votar?” “Yo a Equo”. “Andá, pues yo a Izquierda Unida”. “Yo al Psoe”. “¿A quién has dicho”. “Hombre, ya sabemos que son de derechas, pero hay que contrarrestar el voto del PP”. “Yo me abstendré”. “Yo votaré a San Nicolás bendito, que es el santo que me toca en esta ocasión; en las anteriores voté a San Supermán”. Y en estas se me acerca un antiguo alumno, que también viene con la manifestación, pero transportando una carpeta y bolígrafo, y me pide que firme para que puedan presentarse los del Partido Comunista de los Pueblos de España. “Nos van a votar cuatro”, reconoce, “pero es injusto que nos impidan estar ahí”. Si intentas argumentar que con esta división no vamos a ninguna parte, otro amigo, muy razonable en cualquier otra tesitura, te suelta: “vale, pues vamos a votar todos a los míos”. Y a ver qué le respondes. Total, que estamos todos en el mismo lado, pero cada cual en su equipo, con lo que no salimos de la invisibilidad. Y no es una cuestión de capricho. Todos tenemos muy claro sobre todo a qué partido no votaremos ni locos. “Antes al PP”, defiende un exaltado”. Y al PP lo votan los de siempre, más quinientos mil. Y con eso, gracias a nuestra ley electoral, concebida desde la transición para que nada cambiara, con el 46 por ciento de los votos es como si los hubiera votado el 75 por ciento de los españoles. “Pero si somos más”, se queja al día siguiente, comprando el pan, una vecina. “¿Cómo es posible que la gente que está en el paro, los asalariados, les voten?” Y hablas con uno y con otro y repiten lo mismo. “No, si al final va a ser que no los ha votado nadie”. Pero aquí vienen con la tijera, como si no existiera otra solución, la de recaudar más, persiguiendo el empleo sumergido, el fraude fiscal y la tributación de las rentas más altas. Las soluciones verdaderas, las del lado invisible.

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Luis Alberto de Cuenca


 Hasta la cojera de Luis Alberto de Cuenca es elegante. Él llama caminar antiálgico a ese ligero escorzo con el que evita la molestia en la rodilla. Se ha dejado olvidada la zamarra en La Roda. Llevaba todo en los bolsillos, incluido el billete de regreso a Madrid. Y se azora sin perder la elegancia, porque verse sin su zamarra y todas las referencias que viajan en ella, aunque sea un mediodía soleado de noviembre, le hace sentir perdido. Por todo equipaje trae unos pocos libros en la mano, entre ellos su antología Por las calles del tiempo, de la que leerá poemas en todos los actos de la jornada. Viene de La Roda, de rendir homenaje a Tomás Navarro Tomás, que fue, lo mismo que él, director de la Biblioteca Nacional. De vuelta en Albacete, lo recogemos sin zamarra para subirlo a Chinchilla. Luis Alberto se deja llevar y traer, y en el camino recuerda los nombres de todas las personas a las que saluda, recuerda los nombres de los cónyuges de las personas a las que saluda y se interesa por ellos, recuerda el nombre de tu revista y te pregunta por ella, aunque lleve dormida un lustro, se asoma a la ventanilla del coche y se informa de dónde estamos y de cuántos habitantes tiene Albacete. Es un abrumador despliegue de memoria y amabilidad. Y todo lo hace sin prisa, pero sin pausa, con corbata de seda y camisa impecable, sin despeinarse, que no se le estremece el cabello cano echado hacia atrás con algún fijador muy leal. Da la sensación de que Luis Alberto de Cuenca es una especie de Dorian Gray, imperturbable desde que fuera director de la Biblioteca Nacional y luego Secretario de Estado de Cultura. Bueno, él dirá que últimamente ha adelgazado para eludir los problemas de espalda, que le han dado un par de disgustos en los últimos años. Será por eso que se sienta siempre muy erguido, con la espalda muy tiesa. Luego, comiendo, se olvida por fin de la zamarra y despliega, aún más, su gracia verbal: nos demuestra que, además de una educación exquisita, sabe contar los chistes con gracia. No hay siesta ni pausa: de la conversación desenfadada en la comida pasa a contarle a un auditorio atentísimo que suele escribir los poemas en verano, aunque no siempre, claro. Que es un poeta madrugador. En contraposición al tópico que asegura que todos los poetas suelen ser nocturnos y malditos, Luis Alberto reivindica la mañana, el amanecer. Hace un repaso por las lecturas que lo fueron forjando. Empieza con los epigramas latinos que leyó en una antología de epigramas. Cita una y otra vez de memoria. Recala en Shakespeare, al que considera el mejor, como no podía ser menos. Rescata una cita de Macbeth, mientras seguimos extasiados su prodigiosa explicación en la que luego dirá que se sentía incómodo. La sensación era justo la contraria. Termina leyendo un par de poemas en los que el personaje poético se queja por la ausencia de la amada. En el primero, se ha ido para siempre y vienen a buscarla los hombres de hielo, unos seres bestiales y violentos anteriores a los dioses. En el segundo, su novia se ha ido a otra ciudad y la echa de menos en su mundo cotidiano, vacío sin ella. Dos poemas de amor, que forman una de sus vetas. Tiene varias. También están los desenfadados, en los que reinan la gracia y la ironía, como La Malcasada o Bébetela. Y luego están los profundos, como En la tumba de Jocker, los que te llenan de escalofrío, como El cuarto oscuro. Algunos de ellos los leerá por la tarde en Albacete, en el Salón de Grados de Humanidades, dentro del ciclo “5 poetas en Otoño”. Entonces se le nota cansado. ¿Quién no lo estaría después de tamaño despliegue de amabilidad y de conocimientos? Siguen impecables la corbata en su sitio y el pelo fijado. Cuando lo dejamos en la estación ha recuperado la zamarra y con ella su brújula. Lo vemos alejarse con su elegante caminar antiálgico, igual que Gary Cooper en Solo ante el peligro.

Raquel Lanseros


Este año, Raquel la ha vivido más sobre trenes y aviones que en el suelo firme. No para. Baja en Albacete con una maleta enorme y nos advierte: “no penséis por favor que es para una noche, qué vergüenza. Es que mañana no me da tiempo a pasar por casa y salgo para México. Llevo ropa de verano, otoño e invierno, porque en tres días voy a vivir en todas las estaciones”. En México será jurado en un concurso literario en Chiapas y después aún le dará tiempo de leer sus poemas en DF. Antes ha estado en Perú y en Colombia. Su presencia en una antología internacional de poesía joven le ha abierto las puertas del Nuevo Mundo y viene empapada, impresionada de lo que ha visto. En Medellín leyó un poema ante una multitud humilde y sin embargo expectante, respetuosa y a la vez exigente con la poesía. Escuchándola, se me ocurre que es extraño leer algo escrito para la intimidad delante de tanta gente. Pero Raquel me aclara que era tanto el respeto que reinaba en aquel espacio que resultó una experiencia enriquecedora. No le arredra la aventura a esta poeta. Después de haber nacido en Jerez, por una decisión emprendedora de sus padres, de haber aprobado la oposición en Albacete, de haber impartido clases en Murcia y en León, Raquel Lanseros es ciudadana del mundo, lo lleva en sus genes gallegos que el apellido certifica. “Viene de los lanceros”, subraya, “los soldados con lanza que aparecen, por ejemplo, en el cuadro de la rendición de Breda, de Velázquez”. Y añade que más tarde cambiaría en Galicia la ce por una ese. De su condición de filóloga, le viene el gusto por la palabra. Su libro ganador del premio Antonio Machado en Baeza se llama Croniria, un neologismo que parece referirse al país del tiempo. Otro que ha visitado. Ya escribió Baudelaire que los verdaderos viajeros son aquellos que se van por irse, que son como las nubes. Aunque es profesora de inglés, las citas y las referencias de sus poemas abarcan desde Tintín a Emilie Dickinson, pasando por un crepuscular Machado, hasta el propio Baudelaire. Los viajes y los trenes los enriquecen; hablan de amor y de amistades, de pena y de alegría. Y se tiñen de protesta cuando se rebelan también ante la injusticia. No podía ser menos. Raquel viene de países donde existen abismales diferencias entre ricos y pobres y le ha impresionado que sin embargo valoren la cultura como un medio para seguir creciendo. Todos están creciendo: Perú, Argentina, Colombia... Sobre todo le sorprende el contraste con lo poco que se valora la cultura en nuestra España. En estos tiempos de recortes en educación, los candidatos a la presidencia de nuestro Gobierno solo hablan de economía. La cultura se da por entendido que no importa. Y le subleva este menosprecio hacia lo que más ama. Frunce un poco el ceño, pero enseguida retoma la sonrisa. Lanseros lee sus poemas con una sonriente claridad, en un tono sereno y minucioso, que no deja resquicios a la duda. Será en el turno de preguntas cuando explique con pormenorizada pasión su experiencia en América. No alude sin embargo el gran problema de seguridad que vive en ese ancho espacio del mundo. Nos comentará después que, a la hora de tomar un taxi, en cualquiera de aquellas capitales, hay que elegir los que llaman seguros, que envían al ayuntamiento la relación del lugar donde lo tomas y aquel al que te diriges, por si acaso. Como no podía ser menos, ha probado alguno inseguro. ¿Y cómo puedes viajar tanto? Raquel ha pedido la excedencia en la enseñanza para consagrarse, en principio dos años, a la literatura. Estaba dando clases en Madrid. Comentamos lo difícil que se está poniendo la enseñanza. Por la mañana, muy temprano, volverá a los trenes, en los que sus poemas viven como en su propia casa. No en vano acaba de ganar la última edición del premio Antonio Machado de la Renfe, el mejor dotado a un solo poema. La condición es que tiene que hablar de trenes. Pero quién sabe más de trenes que Raquel.

Antonio Cabrera



No sé si uno acaba pareciéndose a sus pasiones o si uno se apasiona por las cosas que se le parecen. Antonio Cabrera, apasionado de las aves, anillador titulado, traductor de poemas de aves y escritor de poemas de aves, tiene algo de pájaro en el perfil. Sus libros están surcados de vuelos que huyen de cualquier explicación y son tanto más hermosos cuanto más inexplicables resultan. Porque Cabrera se ha empeñado en cubrir la distancia que le separa de la realidad con una fina gasa de palabras que nos permitan apreciar lo que no se ve de tan encima que lo tenemos: el aire que nos rodea, la luz de un atardecer, los anillos que se forman en el agua cuando alguien tira una piedra. Creemos que estas cosas nos emocionan, pero en realidad lo que nos suscitan no es una emoción, sino la fotocopia de una emoción, la dictadura de una emoción que nos impusieron los que llegaron antes que nosotros y supieron plasmarlo en un poema. Toca emocionarse en determinadas situaciones porque así ha sido siempre. Cabrera no acepta este emocionarse porque sí. Vive cerca del mar, pero no siente nada mirando el mar. Se concentra en los pliegues de las olas, el ajetreo del agua, la espuma, los tornasoles de la luz. Hay quien no lo comprende, pero no se trata tanto de sentir, como de entender qué se está sintiendo. El aire que nos rodea, unas monedas olvidadas sobre la mesa, un cerezo en flor no son en sí mismos emocionantes, o tal vez sí. Qué es lo que nos sucede cuando los observamos. Ese es el espacio que sobrevuela el poeta Cabrera, el que disecciona con su pico de lenguaje, el que nos ofrece masticado y vuelto del revés, reconocible y puro como un nido. Así, como quien no quiere la cosa, se ha abierto un hueco en la poesía española. Aquí y allá le aparecen admiradores y hasta imitadores, pero él sigue a lo suyo, diseccionando, bajando desde la altura a picotear en los detalles. Como buen pájaro, es un naturalista del siglo XXI. Igual que los naturalistas del XIX consideraban que la naturaleza es el punto de partida de todas las cosas, Cabrera lucha por no dejarse vencer, se resiste a la dictadura de las ideas, que cambian nuestro modo de percibir las cosas incluso mientras las estamos viendo: “esta luz recordada no es la misma”. Tiene que sujetarla para que no se confunda con otra anterior. “Canta el alrededor, no te dibujes”. Esa es la consigna, la obsesión: no hablar de él mismo, que sean las cosas, los objetos, los elementos los que se expresen a través de sus poemas. Se trata de evitar que los sentimientos lo traicionen y empiecen a contar la realidad de otra manera diferente a la que muestran los sentidos: “con la retina del conocimiento, no la mires”. Un esfuerzo titánico que, como no podría ser de otro modo, está condenado al fracaso por la simple razón prosaica de que los objetos son objetivos, pero los sujetos somos subjetivos. Qué demonios. En el camino, sin embargo nos va dejando hermosos poemas y también artículos fragantes de vida, en los que es posible aprender a distinguir un bicho o una planta mientras se mece al son de una prosa. Estoy refiriéndome a su libro El minuto y el año, que es otra cara distinta de su ser de pájaro, quiero decir de poeta. En el vuelo de su lucha, nos va enseñando a mirar de otra manera, a ver en la luna de octubre el escenario que cruzan las aves migratorias, una ruta antiquísima, anterior a cualquier contemplación humana, anterior a cualquier pensamiento. Nos va enseñando a escuchar el laberinto que recorren las notas de un oboe en su camino hasta nuestros oídos. Nos va enseñando a distinguir la aspereza sorprendente del liquen y su humilde lección. Nos va enseñando cómo el agua estancada impregna hasta la luz que yace sobre ella. Serenas lecciones de este poeta pensador que cuando desciende a pescar versos lo hace para pescar peces vivos, que eso es un poeta según don Antonio Machado.

Díaz de Castro


Paco Díaz de Castro tiene una mirada inquietante. Sus iris, grandes y claros, buscan la protección de las cejas, muy espesas y negras, como para sondearte desde la timidez, en defensa propia. Luego está el contraste con el pelo, muy blanco. Tardas un rato en acostumbrarte y un rato más en darte cuenta de que su sonrisa es la de un fumador de muchos años, que se ensancha para buscar más aire. Al final, cuando lo conoces mejor, acabas entendiendo que lo inquietante de su mirada es que te mira un fotógrafo, un tipo que lleva más de mil días publicando una fotografía diaria en una web de forofos de la cámara. Como él dice, la fotografía enseña a mirar la vida de otra manera. Como si la poesía fuera poco. Porque además, Díaz de Castro imparte clases de poesía contemporánea en la Universidad de las Islas Baleares, y eso supone que va leyendo todo, o casi todo lo que sale. Como profesor universitario escribe sus estudios de profundidad. Pero también rasca en la superficie del día a día y ejerce de crítico semanal en El Cultural de El Mundo. Todo este cúmulo de actividades invitaría a pensar a cualquiera que ya no cabe ni una más. Pero también es poeta. Siempre he pensado que escribir poesía solo es posible cuando uno es capaz de desconectarse de la razón cotidiana y entrar en otra dimensión paralela en la que mandan los sonidos de las palabras y sus significados. Otro poeta, que también era estudioso de la poesía, José Ángel Valente, afirmaba que para escribir poesía hay que liberarse de los aprioris, de todos los aprioris. ¿Pero cómo puede conseguirlo alguien que está sopesando poemas ajenos cada día, analizando lo que funciona y lo que no? ¿Cómo alguien que acumula tanto conocimiento puede desprenderse del mismo para soltarse y ponerse a escribir?
Él lo sabrá; pero ahí tenemos sus poemas. Poemas que, como dice su amigo Antonio Jiménez Millán, hablan de la épica humilde de lo cotidiano. Poemas de la experiencia, porque parten de un germen de experiencia del que extraen reflexiones morales. El mar sale mucho: “El mar es una puerta familiar, / nada extraño me inquieta, estoy aquí”. Al fin y al cabo, separa su Valencia natal, a la que sigue vinculado, de la Mallorca donde vive. Él dice que le gustaría que en sus poemas apareciera de forma más sensual el paisaje, a lo mejor porque tiene tan instalado el mar en el estado de ánimo que no repara en su presencia. Quizá sus ojos son verdes por ese reflejo. Del ir y venir de las mareas, que traen objetos descarriados, concluye: “también yo albergo restos / que no comprendo bien”.
No importa: el mar “apacigua certezas y recuerda a quien mira / que son uno vivir y haber vivido.” Al personaje que habla en sus poemas le gusta sacarle todo el sabor a los instantes, aunque haya entrado en el otoño de la vida: “hacia el olvido voy / en mis olvidos vivo”. Con Díaz de Castro da gusto hablar de poesía porque tiene muy presentes sus lecturas y las ilumina en la conversación. Es más que una profesión, una pasión. En un tiempo, tomaba el avión hasta Valencia solo para asistir a una tertulia. Claro, que era con Brines, César Simón, Marzal, Vicente Gallego… Cualquiera no. Ahora, como todos los poetas, está huyendo de repetirse, buscando una salida por donde sea. Y los últimos poemas, que son en prosa, le han salido sociales. Ha vuelto a esa poesía que protesta contra el mundo, que querría cambiarlo, porque dice que se lo ha pedido el cuerpo, que ha sentido la necesidad de escribirlos así. Parten de fotografías y se inspiran en ellas para abandonarse a la rabia, a la protesta por una sociedad que parece regodearse en la injusticia. Ya lo había avanzado al romper con los partidos cuando lo de la Otan. En un poema dice: “Pero he llegado aquí y no me valen símbolos”. Sus ojos marinos te escrutan desde el refugio de las cejas y esbozan una sonrisa de exfumador.  Te está echando una foto.