No sé si uno acaba pareciéndose a sus pasiones o si uno se apasiona por las cosas que se le parecen. Antonio Cabrera, apasionado de las aves, anillador titulado, traductor de poemas de aves y escritor de poemas de aves, tiene algo de pájaro en el perfil. Sus libros están surcados de vuelos que huyen de cualquier explicación y son tanto más hermosos cuanto más inexplicables resultan. Porque Cabrera se ha empeñado en cubrir la distancia que le separa de la realidad con una fina gasa de palabras que nos permitan apreciar lo que no se ve de tan encima que lo tenemos: el aire que nos rodea, la luz de un atardecer, los anillos que se forman en el agua cuando alguien tira una piedra. Creemos que estas cosas nos emocionan, pero en realidad lo que nos suscitan no es una emoción, sino la fotocopia de una emoción, la dictadura de una emoción que nos impusieron los que llegaron antes que nosotros y supieron plasmarlo en un poema. Toca emocionarse en determinadas situaciones porque así ha sido siempre. Cabrera no acepta este emocionarse porque sí. Vive cerca del mar, pero no siente nada mirando el mar. Se concentra en los pliegues de las olas, el ajetreo del agua, la espuma, los tornasoles de la luz. Hay quien no lo comprende, pero no se trata tanto de sentir, como de entender qué se está sintiendo. El aire que nos rodea, unas monedas olvidadas sobre la mesa, un cerezo en flor no son en sí mismos emocionantes, o tal vez sí. Qué es lo que nos sucede cuando los observamos. Ese es el espacio que sobrevuela el poeta Cabrera, el que disecciona con su pico de lenguaje, el que nos ofrece masticado y vuelto del revés, reconocible y puro como un nido. Así, como quien no quiere la cosa, se ha abierto un hueco en la poesía española. Aquí y allá le aparecen admiradores y hasta imitadores, pero él sigue a lo suyo, diseccionando, bajando desde la altura a picotear en los detalles. Como buen pájaro, es un naturalista del siglo XXI. Igual que los naturalistas del XIX consideraban que la naturaleza es el punto de partida de todas las cosas, Cabrera lucha por no dejarse vencer, se resiste a la dictadura de las ideas, que cambian nuestro modo de percibir las cosas incluso mientras las estamos viendo: “esta luz recordada no es la misma”. Tiene que sujetarla para que no se confunda con otra anterior. “Canta el alrededor, no te dibujes”. Esa es la consigna, la obsesión: no hablar de él mismo, que sean las cosas, los objetos, los elementos los que se expresen a través de sus poemas. Se trata de evitar que los sentimientos lo traicionen y empiecen a contar la realidad de otra manera diferente a la que muestran los sentidos: “con la retina del conocimiento, no la mires”. Un esfuerzo titánico que, como no podría ser de otro modo, está condenado al fracaso por la simple razón prosaica de que los objetos son objetivos, pero los sujetos somos subjetivos. Qué demonios. En el camino, sin embargo nos va dejando hermosos poemas y también artículos fragantes de vida, en los que es posible aprender a distinguir un bicho o una planta mientras se mece al son de una prosa. Estoy refiriéndome a su libro El minuto y el año, que es otra cara distinta de su ser de pájaro, quiero decir de poeta. En el vuelo de su lucha, nos va enseñando a mirar de otra manera, a ver en la luna de octubre el escenario que cruzan las aves migratorias, una ruta antiquísima, anterior a cualquier contemplación humana, anterior a cualquier pensamiento. Nos va enseñando a escuchar el laberinto que recorren las notas de un oboe en su camino hasta nuestros oídos. Nos va enseñando a distinguir la aspereza sorprendente del liquen y su humilde lección. Nos va enseñando cómo el agua estancada impregna hasta la luz que yace sobre ella. Serenas lecciones de este poeta pensador que cuando desciende a pescar versos lo hace para pescar peces vivos, que eso es un poeta según don Antonio Machado.
Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
Díaz de Castro
Paco Díaz de Castro tiene una mirada inquietante. Sus iris, grandes y claros, buscan la protección de las cejas, muy espesas y negras, como para sondearte desde la timidez, en defensa propia. Luego está el contraste con el pelo, muy blanco. Tardas un rato en acostumbrarte y un rato más en darte cuenta de que su sonrisa es la de un fumador de muchos años, que se ensancha para buscar más aire. Al final, cuando lo conoces mejor, acabas entendiendo que lo inquietante de su mirada es que te mira un fotógrafo, un tipo que lleva más de mil días publicando una fotografía diaria en una web de forofos de la cámara. Como él dice, la fotografía enseña a mirar la vida de otra manera. Como si la poesía fuera poco. Porque además, Díaz de Castro imparte clases de poesía contemporánea en la Universidad de las Islas Baleares, y eso supone que va leyendo todo, o casi todo lo que sale. Como profesor universitario escribe sus estudios de profundidad. Pero también rasca en la superficie del día a día y ejerce de crítico semanal en El Cultural de El Mundo. Todo este cúmulo de actividades invitaría a pensar a cualquiera que ya no cabe ni una más. Pero también es poeta. Siempre he pensado que escribir poesía solo es posible cuando uno es capaz de desconectarse de la razón cotidiana y entrar en otra dimensión paralela en la que mandan los sonidos de las palabras y sus significados. Otro poeta, que también era estudioso de la poesía, José Ángel Valente, afirmaba que para escribir poesía hay que liberarse de los aprioris, de todos los aprioris. ¿Pero cómo puede conseguirlo alguien que está sopesando poemas ajenos cada día, analizando lo que funciona y lo que no? ¿Cómo alguien que acumula tanto conocimiento puede desprenderse del mismo para soltarse y ponerse a escribir?
Él lo sabrá; pero ahí tenemos sus poemas. Poemas que, como dice su amigo Antonio Jiménez Millán, hablan de la épica humilde de lo cotidiano. Poemas de la experiencia, porque parten de un germen de experiencia del que extraen reflexiones morales. El mar sale mucho: “El mar es una puerta familiar, / nada extraño me inquieta, estoy aquí”. Al fin y al cabo, separa su Valencia natal, a la que sigue vinculado, de la Mallorca donde vive. Él dice que le gustaría que en sus poemas apareciera de forma más sensual el paisaje, a lo mejor porque tiene tan instalado el mar en el estado de ánimo que no repara en su presencia. Quizá sus ojos son verdes por ese reflejo. Del ir y venir de las mareas, que traen objetos descarriados, concluye: “también yo albergo restos / que no comprendo bien”.
No importa: el mar “apacigua certezas y recuerda a quien mira / que son uno vivir y haber vivido.” Al personaje que habla en sus poemas le gusta sacarle todo el sabor a los instantes, aunque haya entrado en el otoño de la vida: “hacia el olvido voy / en mis olvidos vivo”. Con Díaz de Castro da gusto hablar de poesía porque tiene muy presentes sus lecturas y las ilumina en la conversación. Es más que una profesión, una pasión. En un tiempo, tomaba el avión hasta Valencia solo para asistir a una tertulia. Claro, que era con Brines, César Simón, Marzal, Vicente Gallego… Cualquiera no. Ahora, como todos los poetas, está huyendo de repetirse, buscando una salida por donde sea. Y los últimos poemas, que son en prosa, le han salido sociales. Ha vuelto a esa poesía que protesta contra el mundo, que querría cambiarlo, porque dice que se lo ha pedido el cuerpo, que ha sentido la necesidad de escribirlos así. Parten de fotografías y se inspiran en ellas para abandonarse a la rabia, a la protesta por una sociedad que parece regodearse en la injusticia. Ya lo había avanzado al romper con los partidos cuando lo de la Otan. En un poema dice: “Pero he llegado aquí y no me valen símbolos”. Sus ojos marinos te escrutan desde el refugio de las cejas y esbozan una sonrisa de exfumador. Te está echando una foto.
Oliván
Cuando asoma por la puerta de la estación, Lorenzo Oliván se parece a Lorenzo Oliván, pero no es del todo el mismo. Resulta un poco más alto de lo que lo recordaba, su piel tiene el lustre de la cera y su cordialidad llega envuelta en una leve bruma cantábrica. Pequeños matices que habían despistado al recuerdo. Y eso que nos vimos hace poco más de un año. Pero la memoria tiene esos caprichos. Él mismo, en uno de sus poemas favoritos, se aprovechó de un devaneo de la memoria. La subida a la torre se inspira en las sensaciones que le dejó Aínsa, en una excursión. Hablan los versos de una escalera de piedra que sube en espiral. Cuál no sería su sorpresa cuando, semanas más tarde, volvió a la torre y descubrió que tiene planta cuadrada. La espiral no existía. Por supuesto, le encantó haberse dejado engañar de esta manera por su propia memoria. Uno cree que ha visto las cosas, pero la memoria nos impone caprichos que conviene aceptar, pues “el posible engaño de una verdad fugaz será más cierto siempre que la verdad más cierta”. Él empezó siendo un poeta observador. Su primer poemario reconocido se llamó Norte único, un título significativo, de quien miraba al horizonte haciéndose sombra con la mano. Pero descubrió que “la más común ceguera de este mundo es ver tan solo lo que todos ven”. Y de pronto empezó a mezclar el mirar con el pensar. El pensamiento poético no tiene nada que ver con el pensamiento racional. No tiene un sitio a donde ir, es el camino. Oliván pregunta mucho en sus poemas, está buscándose. Algo tan omnipresente como sus propias manos pueden suscitarle un torrente de interrogaciones con las que nos embarca a todos en la duda de quiénes somos. Cuando propone respuestas, son sugerentes y a menudo contradictorias: la verdad está repartida al mismo tiempo en cualquier cosa y su contraria, y a él le gusta dejar constancia de esta dualidad: “ahora voy a leer un poema que niega lo que acabo de decir”, le oímos en la lectura. La mejor manera de acercarse a lo incomprensible de la poesía es oír a Lorenzo Oliván explicarla con una claridad meridiana, en un tono de voz que es casi un murmullo, que sirve tanto para envolver a una periodista que le pregunta por teléfono que a un auditorio de cincuenta personas que lo escucha con silencioso embeleso. El pensamiento poético es la vida zurda de los espejos. No es que no se entienda, es que nos desorienta que las cosas no están donde esperábamos encontrarlas. De uno de los poemas que leyó dijo que era un poema sonámbulo “que ni yo mismo sé lo que quiere decir, pero que me gusta mucho”. Cuando Oliván era pequeño y vivía en un cuarto piso, se maravillaba de que sus zapatillas supieran bajar las escaleras de dos en dos y de tres en tres, a una velocidad vertiginosa. Él no podía pensar, porque si quería imponer su criterio y quitarles autonomía a las zapatillas, entonces corría serio peligro de tropezar y caerse. Lo que traducido suena a que “si el ave analizara su alto vuelo, caería en picado”. Será que la manera de orientarse en el lado zurdo de la realidad es dejarse llevar, fluir. Para no quitarles autonomía a sus zapatillas de componer poemas, Oliván ha ido prescindiendo de la luz, para que la mirada no pueda confundirle. Sus libros últimos se titulan La noche a tientas e Hilo sin nadie, títulos que parecen alejarlo de las certezas, que es lo que en el fondo busca: adentrarse más y más en lo hondo, en el límite donde la realidad se mezcla con el sueño, en el centro sin afueras, el lugar donde te arrolla la belleza. Con sus mechones plateados sobre las orejas, con su piel cerosa y su cordialidad cantábrica, Oliván vino al ciclo 5 Poetas en Otoño de la Facultad de Humanidades a embarcarnos en la realidad zurda de sus poemas. Luego se marchó a Cantabria, donde seguirá cambiando, para no ser del todo el mismo la próxima vez que lo veamos.
La poesía, para qué sirve
El sábado pasado participamos en una mesa redonda, dentro de las jornadas sobre poesía que ha organizado Fractal. El grupo Fractal lo forman cinco jóvenes albaceteños que se han liado la manta a la cabeza, han vendimiado ayudas y han llenado Albacete de actos literarios durante casi una semana. Adonde fueras, te los encontrabas leyendo sus versos o mezclándolos con otras disciplinas artísticas. Nuestro acto era el penúltimo de los programados. Llevábamos una hora en el Nido del Arte enfrascados en deslindar lo que es poesía joven de lo que no, cuando una de las asistentes levantó la mano y preguntó qué lugar ocupa la poesía en la sociedad actual. Es otra manera de formular la madre de todas las preguntas: para qué demonios sirve la poesía, que no produce dinero, en una sociedad donde el dinero es lo que determina lo que sirve y lo que no. Le respondí como pude. Es evidente que para los que estábamos allí, la poesía sí que cumple una función; para eso invertimos nuestro tiempo en leerla, en escribirla y hasta en intentar dilucidar en qué se diferencia la que escriben los jóvenes de la que pergeñamos los talludos. Otra cosa es que sepamos explicar para qué sirve a alguien que no la valora como nosotros. La Academia Sueca acaba de otorgarle el Nóbel de Literatura a un poeta, lo que añade una vuelta de tuerca a la pregunta de la señora del Nido del Arte: también la Academia de los Nóbel valora la poesía frente a otros géneros más populares, como la novela, el guión de cine o incluso el teatro. Que el galardonado sea sueco no le quita mérito. Por cierto que Tomas Tranströmer, que así se llama, ha reconocido que, siendo joven, comprendió que no podría mantenerse ni alimentar a una familia escribiendo poesía. Sin embargo no abandonó su práctica, que hubiera parecido lo más sensato. Al contrario, lo que hizo fue elegir una profesión que no perturbase la escritura, sino que le agregase experiencia. Se hizo psicólogo, de lo cual asegura que nunca se ha arrepentido. Es decir, que ha articulado su vida en torno a esta pasión minoritaria que, como decía otro Nóbel, Vicente Aleixandre, no da para comer; como mucho, para merendar. ¿Para qué sirve entonces? No para cambiar el mundo, según parece. Los poetas sociales, que tenían esa aspiración, lo único que consiguieron fue escribir versos con polillas, como los que la usaron para la guerra, aunque llevaran razón. Hasta se me antoja optimista Brines que le atribuye la virtud de cambiarnos como personas, de volvernos más tolerantes al ponernos en el pellejo, pongamos por caso, de un homosexual, aunque seamos heteros, o en el de un religioso, aunque seamos ateos, hasta el punto de emocionarnos (siempre que los versos sean lo bastante buenos, claro). Es una teoría interesante, pero luego hay gente que lee poesía, y que incluso escribe poemas maravillosos, como Valente, y que luego es impermeable a la tolerancia, lo que invalida la tesis del bueno de Brines. ¿Qué nos da, pues, la poesía? Quizá, apenas, el pírrico consuelo de sentirnos conectados por una emoción a otro ser humano a través de los versos. El misterioso latigazo de una metáfora que por un instante nos ilumina el mundo. Para los que escriben, algo más: lo que el capitán Aldana, en el siglo XVI, llamó “el mismo don de lo servido”, es decir la sensación gloriosa de sumergirte en las palabras para crear un poema nuevo, aunque solo a ti te sirva y nunca se publique. Para la sociedad, el ejemplo vivo de que todavía quedan reductos donde el dinero no es lo primordial, la demostración fehaciente de que los seres humanos somos algo más que economía. Decía José Hierro que leer poesía requiere cierto entrenamiento, pero para escucharla no hace falta más que dejarse llevar. El otoño se nos llena de poetas en la Facultad de Humanidades. Todos los jueves, durante cinco semanas, tenemos la oportunidad de comprobar que, aunque no mueva dinero, la poesía mueve el alma. Con el agradecimiento y la enhorabuena a Andrés García Cerdán, Rubén Martín, Lucía Plaza , Matías Clemente y David Sarrión, el grupo Fractal.
El hijo adoptivo y la Virgen
Pocas personas pueden ir por ahí presumiendo de ser hijos adoptivos de dos pueblos. Ya serlo de uno es un título infrecuente, que huele a parque, a estatua de bronce entre palomas, a placa explicativa en un pedestal que curiosean los visitantes y que tienden a olvidar los hijos del pueblo. No encuentro constancia de que Chinchilla tenga otros hijos adoptivos declarados, aunque habrá muchos que lo hayan merecido. De hecho, cuando el ayuntamiento en su pleno de 31 de agosto pasado decidió por unanimidad nombrar a Victoriano Navarro Asín, hubo que copiar el protocolo de otros municipios porque no existía uno a propósito en la propia Chinchilla. Don Victoriano, como lo conocen sus feligreses, era también hijo adoptivo de Hellín desde 2000. Lo demuestra un lujoso documento que exhibe enmarcado en la pared de su casa. ¿Qué hay que hacer para que te nombren hijo adoptivo de dos pueblos distintos? , le pregunto. “Supongo”, me responde, “que querer a la gente”. Sencilla conclusión que luego aclara: “Yo he intentado encarnarme en las costumbres de los sitios donde he estado. Mi política parroquial ha sido aceptar lo que la gente tiene y tomar los elementos positivos. Parece que ellos lo han sabido ver así”. Los promotores del nombramiento en Chinchilla han sido jóvenes del club que don Victoriano fundó en los años setenta. Aunque ahora son talludos, porque la vida vuela, no olvidarán nunca aquellas estimulantes sesiones de cinefórum vividas en el cementerio de la iglesia. Como no hallaron mejor sede, llamaron al Club Osarium. En verano, se juntaban al aire libre. Para el invierno lograron levantar un modesto local. Tampoco olvidan haber reinventado la romería al patrón del municipio, San Miguel, aprovechando que el 29 de septiembre, el veranillo al que el santo da nombre suele ofrecer buena temperatura. “Qué tiempos”, parece decirse a sí mismo don Victoriano. “Yo era el alma de aquello. Pero lo hacían todo los jóvenes”, puntualiza. Y añade que, pese a la intensidad del recuerdo, “el Club duró solo cuatro o cinco años, hasta que empezaron los pubs y las discotecas. En otros pueblos, ya no lo he intentado. Todo está plagado de pubs y de discotecas y yo me he hecho mayor también. No sé si aquello cabría ahora. Entre otras cosas, promovido por un cura”. Lo afirma con la tajante lucidez de alguien con muchos bautizos y entierros a sus espaldas. Setenta y cinco años bien llevados, sobre todo el último, desde que dejó el tabaco: “después de sesenta años de engañar a todos menos a Dios, y a mí mismo”, recalca con expresión pícara. Pero el recuerdo que acaricia quizá con más cariño es lo que aquí llaman “el descubrimiento de la Virgen de las Nieves”. Dice que llevaba 300 años embutida en un cilindro de plata del que solo asomaba la cabeza. Que se la llevó a su casa y estuvo manipulándola sin éxito, porque no había modo de moverla. Que, después de tantear a la feligresía, de echarle mano izquierda, en secreto la metieron en una bolsa de deporte y la bajaron a Albacete, a la joyería Mompó. Que uno de los oficiales iba a cortar el cilindro por los pies, pero les dio miedo que dañara la imagen. Y que, tras considerar otras posibilidades, se les ocurrió ir calentando el cilindro. Aquello funcionó. La Virgen empezó a cantearse ligeramente en su encierro de plata, hasta que por fin, estiraron y salió entera. Estaba sujeta con lacre, como si fuera una carta divina que los feligreses del siglo XVII enviaban a sus descendientes. Ese domingo, en la misa, un don Victoriano jubiloso montó el número: “¿Conocéis a vuestra patrona?”, preguntó. Los parroquianos se rieron. “Ahora la vais a conocer de verdad”. La llevó al altar, “ya que es tan manejable” y la extrajo con facilidad del cilindro. Asegura que se oyó un Oh estremecedor. Luego votaron para decidir si seguía en el cilindro o quedaba desnuda la talla de alabastro de fabricación inglesa que tan bien conocemos. “No salió ni un no”. Fue tan unánime como la votación para declararlo a él hijo adoptivo de la ciudad.
Juliet, desnuda
Confieso que aún no llevaba veinte páginas de Juliet, desnuda, cuando aparqué la novela para meterme en la wikipedia y comprobar quién es Tucker Crowe. La novela puede disfrutarse igual aunque no estés seguro, pero devorar páginas con la mosca detrás de la oreja termina incomodando. No en vano, según el novelista, Tucker Crowe es un cantante de la talla de Springsteen, Dylan o Cohen. Casi nada. La wikipedia aclara las cosas, pero solo hasta que retomas la novela. Enseguida vuelve Tucker Crowe a ser real. Nada hace más real a un personaje que haya otro personaje obsesionado con él. En el fondo Don Quijote es tan grande porque va detrás Sancho amplificándolo. En Juliet, desnuda, el forofo de Crowe viaja desde Gran Bretaña hasta la estadounidense Minneapolis para visitar los apestosos aseos masculinos de un bar, el lugar donde, según los cronistas, Crowe decidió dejar la música. Otros forofos igual de insensatos se le han adelantado: buscaban, más allá de las sensaciones primarias que se captan en un váter público, entender qué movió a su ídolo a retirarse. Parece delirante, pero solo es delirante para alguien que no sea un mitómano. Y todos tenemos algo de mitómanos. Por ejemplo, yo a veces, dando un paseo, me he preguntado por qué calles entraría César Borgia en Chinchilla, qué sentiría cuando lo metieron preso en el castillo. Intento ponerme en su lugar, trato de ver con sus ojos y tocar con sus manos, lo que es quimérico, por supuesto. Y no fue el único. Podría referirme a San Vicente Ferrer o al Infante Don Juan Manuel, los Reyes Católicos o El Cid. Estamos pisando terrenos que pisaron, aunque entre sus pisadas y las nuestras hayan pasado muchas excavadoras. También Cela, a quién le negaron posada, y se vengó en Pascual Duarte llamando a Chinchilla ruin, gris, macilenta y manchega (cosa esta última que nunca pudo ser, por hallarse en alto). Si uno es razonablemente mitómano, vivir en Chinchilla es estar respirando un aire usado por lejanos personajes cargados de glamur. La novela de Nick Hornby me resulta tan cercana porque hay un mitómano, pero también un creador que perdió la inspiración Eso es terrible. La inspiración es un modo como otro cualquiera de olvidarte de la vida y de la muerte. En cuanto te falla, las sombras te cercan. Y crecen tanto más cuanto más tarda en volver la inspiración. En el fondo, toda nuestra existencia es una lucha por mantener lejos la idea de la muerte. Componer canciones, escribir poemas o tener hijos vienen a ser, indirectamente, maneras de combatir esa idea, huevos que pones con la esperanza de que sean mucho más duraderos que tú mismo. No es que Juliet, desnuda se meta en estos berenjenales metafísicos. Lo que hace en todo caso es dejar encendida una llamita para que tú te fabriques tu propia hoguera, si tienes tiempo y ganas de hacerlo. La novela es sencilla, agradecida de leer. En algunos pasajes me he carcajeado como solo recuerdo haberlo hecho leyendo El Quijote mismo, salvando las distancias. Una risa que se alimenta de la ironía y que crece dentro de ti. Es lo que hacen las buenas novelas: dejar abiertos caminos que tú puedes recorrer o no. La mayoría de las veces, uno termina de leer y borra las sugerencias, antes de que tomen vuelo, empezando a leer otro libro inmediatamente después. A mí me gusta rumiar lo que leo y veo, lo que oigo. Despertarme al día siguiente inmerso aún en imágenes, situaciones, versos. Eso no lo puedes hacer si te cepillas dos libros y un periódico al día, o si te ves dos películas y siete telefilmes. Entonces todo se mezcla y se confunde. La suerte ha querido que me dé tiempo de rumiar Juliet, desnuda antes de que vuelva la vorágine. Eloy Cebrián no me explicó por qué le gustó tanto. Solo me dijo que me la recomendaba. Y, como estábamos de tertulia hojeando títulos en Librería Popular, eché mano del libro. Ahora le agradezco la sugerencia. Estoy seguro de que él no necesitó la wikipedia para saber quién era Tucker Crowe. Nick Hornby: Juliet, desnuda. Anagrama, 2010.
El pasado está muerto y bien muerto
El 10 de mayo de 1985, a eso de las siete y media de la tarde, estaba yo orinándome un montón. Lo recuerdo con exactitud porque ese día y a esa hora se inauguraba la exposición antológica de Antonio López García en el Museo de Albacete. Me tocaba cubrir la información y subí sin resuello al vestíbulo del edificio, donde ya se encontraban muchos de los invitados con una copa en la mano, conversando animadamente. Antes de abordar a cualquiera de ellos, decidí aliviarme para mejorar mi concentración. No recuerdo haber visitado antes el edificio. Desde luego no estaba familiarizado con él. Justo al otro lado de la sala, descubrí unos servicios abiertos de par en par y me encaminé hacia ellos con la determinación que requerían mis urgencias. Mientras surcaba a trancos el espacio, esquivando grupúsculos de conversadores, tuve tiempo de advertir que aquellos a los que me dirigía eran unos servicios un poco sucios y desatendidos, impropios del escenario y de la ocasión. Resultaba raro que cualquiera de aquellos ciudadanos tan egregios, gerifaltes de la cultura española, con trajes gris perla y el dedo meñique empingorotado, hubiese tenido la desidia de salir del retrete sin tirar de la cadena y sin cerrar la puerta. Podía ser un problema de organización: todos sabemos que, en este tipo de acontecimientos magnos, los preparativos se prolongan hasta última hora. A veces no da tiempo a rematarlos. Un excusado sucio es un problema menor cuando las miradas se fijan en las deslumbrantes pinturas. Mi incertidumbre duró unos veinte segundos, hasta que caí en la cuenta de que los baños no eran tales, sino que se trataba de uno de los cuadros de la exposición. Para entonces estaba a cinco metros del papel, casi tocándolo con las narices. Porque era papel, pintado a lápiz, a tamaño natural y bautizado llanamente como Water. Así, con uve doble y sin tilde. Cómo olvidar aquella revelación, aquella zozobra, aquel reemprender la búsqueda de un mingitorio con la dignidad perdida, estirando mi sonrisa como Peter Sellers en la película El guateque. Aunque si dijera que recuerdo aquella escena como si terminara de vivirla, mentiría. El pasado está cifrado en palabras, más que en imágenes. Recuerdo las cosas que me cuento a mí mismo muchas veces. Pero el pasado está muerto. Lo supe el otro día, visitando en el Museo Thyssen la antológica de Antonio López. En un vídeo complementario de la exposición, varios colegas del pintor aseguraban que es un obseso y que su obsesión consiste en detener el tiempo. Me paré de nuevo ante su Water y comprobé que ha conseguido lo que pretendía, aunque funciona como una maldición. Sus pinturas son como ese mechón de pelo del nene o el cordón umbilical momificado que uno encuentra con turbación en una caja de hojalata cuando buscaba el cortaúñas. Son como un puñetazo en el estómago que nos propina el tiempo, que nos hace vibrar las entrañas como castigo por haber intentado detenerlo. Nos lo propinan las alacenas y los estudios desalmados y los retretes deslucidos y los frigoríficos y los conejos desollados de Antonio López. Pero también sus personajes, que miran al espectador o rehúyen su mirada con la resignación de los difuntos, como si estuvieran muertos, aunque puedan seguir aún vivos en otra edad, como fantasmas a los que les robaron el alma en cierto cuadro. Nos lo propinan las calles de la gran ciudad, sin gente y hasta sin coches. Sobre ellas desfilan los cielos minuciosos, auténticos protagonistas de la vida, los únicos que no envejecen nunca. Envuelto entre la multitud de domingueros del Thyssen, me fui estremeciendo y arrugando según miraba cuadros, hasta desmigajarme ante una vitrina como de jíbaros, donde se acumulaban todas las pruebas que realizó a sus niñas antes de esculpirlas. Eran como exvotos abandonados por los peregrinos de un santuario. La vida congelada, sin ser ya vida, como un mechón de pelo muerto del chiquillo que aún vive y se ha graduado. Las cuidadoras de las salas chistaban sin éxito para que los domingueros nos calláramos y respetásemos el silencio espectral, desasosegador, que requería la experiencia.
1Q84
Cuando ve que me llevo 1Q84, Rocío dibuja una sonrisa de las suyas y me pregunta si he leído otros libros de Murakami. Le contesto que bastantes. Desde hace tiempo, mi mujer y yo nos hemos aficionado al escritor japonés y disfrutamos comentando cada novela, después de terminarla, tanto como la disfrutamos mientras la leemos. La conversación con Rocío acaba confirmando mi teoría de que los lectores de Murakami se dividen en dos grandes grupos: los que prefieren Tokio Blues y los que se decantan por Kafka en la orilla. Los que preferimos el segundo solemos disfrutar también con el primero. En cambio, hay muchos a los que Kafka… les marea, les aleja demasiado los pies del suelo. Por supuesto hay más libros publicados de Murakami, pero parece que los dos citados marcan las dos grandes tendencias en las que cabe clasificar el resto. El caso es que, si uno los compara, no son tan diferentes. Llevan el sello del autor: te sumergen en un universo donde las sensaciones son más importantes que los sucesos, donde los sentidos de pronto se activan de una manera diferente, como si estuvieras en el fondo del mar, de un mar japonés, para ser más exactos. Cobran importancia los detalles como la música que escuchan los personajes, la ropa que llevan, la comida que toman en determinados momentos, a qué huele el escenario de cada pasaje. Las recetas son japonesas la mayoría de las veces y uno se verá negro para conseguir determinados ingredientes que allí parecen habituales. Sin embargo, la banda sonora de sus libros es occidental, y cubre un amplio abanico, desde la clásica al pop, pasando por el jazz. Mi cultura musical es incompleta y leo las novelas de Murakami con el ordenador cerca, para ir escuchando sus propuestas. En 1Q84, le agradezco que me haya dirigido la atención hacia los solos del clarinetista Barney Bigard, que acompañó a los grandes del jazz. Los personajes de Murakami viven en el límite, muchos acaban mal, pero sin hacértelo pasar mal a ti como lector. Nada que ver con las novelas de Auster en las que el norteamericano va hundiendo a su personaje principal en una ciénaga cada vez más profunda de la que el lector tiene que sacar la cabeza para respirar y poder seguir el hilo del relato. Por supuesto, va en gustos. No quiero que se me enfaden los lectores de Auster, al que yo he disfrutado como el que más, por ejemplo en El palacio de la luna. ¿Qué diferencia entonces las dos grandes ramas de la obra de Murakami? Las novelas que se parecen a Tokio blues siguen a personajes adolescentes que realizan su aprendizaje sentimental a través de las relaciones y las experiencias con otros como ellos. En Kafka en la orilla hay protagonistas jóvenes, pero se mezclan con otros más veteranos que viven en un universo paralelo al nuestro, que no es exactamente el nuestro y donde suceden cosas que no son naturales. Supongo que los filólogos deben considerarlo el realismo mágico japonés. “Si te gustó Kafka en la orilla, te va a gustar 1Q84”, vaticina Rocío, sin dejar de sonreír. Así queda la cosa cuando salgo de la Librería Popular. Y lo cierto es que hago un esfuerzo porque me guste desde las primeras líneas. Al fin y al cabo, estoy de vacaciones y leo para disfrutar. Sin embargo, tarda en llegar la magia. Será porque Murakami ha alcanzado una fama que arrastra su escritura hacia el superventas. La estructura es calcada de la de Kafka...: dos personajes principales que aparentemente no tienen nada en común y a los que va dedicando capítulos de forma alternativa. Hasta que alcanza velocidad de crucero, tengo la sensación de que a la historia le crujen los engranajes. Finalmente termino sumergiéndome y disfrutando casi como siempre ¿Quiere esto decir que es un mal libro? En absoluto. De hecho, espero que lo termine mi mujer para comentarlo. Pero tengo miedo, Rocío, de que a Murakami nos lo esté empezando a robar el éxito, la industria, este universo prosaico que nos envuelve y que disuelve todas las magias. Haruki Murakami: 1Q84. Tusquets, Barcelona, 2011.
Veinte horas
En qué trabajo te están mirando a la vez veinte, treinta personas, durante varias horas todos los días, esperando que les des instrucciones y a la vez esperando una fisura, un titubeo en tu determinación, para subírsete a la chepa. Es algo más que ser observado y llevar la iniciativa: es tener la responsabilidad de serles útil, mientras te están sacando una radiografía, motejándote, tomando nota de tus errores. Lo harán incluso los más aplicados. Sobre todo los más aplicados, porque para sentirse integrados en el grupo necesitan demostrar a sus compañeros una cierta distancia con respecto a ese extraño al que llaman profe. Cada cosa que digas, cada gesto que esboces, será analizado minuciosamente por esos ojos. Y a la vez, de forma paradójica, estarán absorbiendo lo que eres. Porque por muchos inventos y muchas aplicaciones didácticas que aparezcan, la comunicación de persona a persona sigue siendo la que más nos influye. ¿Quién no siente viva todavía la huella de cierto profesor o profesora inolvidables? Retenemos más la manera de ser, el modo de organizarse, de dirigirse al grupo, de enfocar los asuntos, que lo que supuestamente tenían que enseñarnos, que quizá lo aprendimos, pero no recordamos cómo. El mejor predicador es Fray Ejemplo. Pero no hay ejemplo sin un tema, sin una asignatura con la que asociar al predicador. Como me dijo un día un maestro de profesores: “eres un actor sobre un escenario”, un actor de teatro que hace siempre el papel de ser el que sabe, aunque cada día debe cambiar el guión. Preparas tu verdad de cada día. Pero tú sabes que cada una de esas miradas oculta y refleja su propio miedo, sus carencias de niño en crecimiento, su necesidad de ser aceptado también fuera del grupo, en un ámbito mayor, en la sociedad. Lo manifiestan como pueden: con su falta de base, con su arrogancia, cada día más a menudo con su desconocimiento de los límites que les permitirían integrarse mejor y ofrecer una mejor disponibilidad para la convivencia. Lo ves en ellos mientras les hablas y te atienden o no te atienden e incluso ni te miran, porque tienen demasiadas cosas que decirse y no esperan de ti nada novedoso o útil. Tu oficio consiste precisamente en descubrirles que hay algo que les interesa fuera de ese mundo cerrado de pantallas y amigos. Que del instituto y de ti pueden beneficiarse. Pero, ojo, el concepto de lo útil cuando se tienen entre 14 y 17 años es muy diferente del que tendrán algunos años después, cuando todo sea mucho más difícil y tengan que poner en juego la responsabilidad que aprendieron, cuando necesiten estar preparados y todos necesitemos que lo estén, que se sobrepongan a las injusticias, que no sean borregos que se resignan, sino ciudadanos que defienden sus derechos. Una clase es una ceremonia, por eso les hablo de usted. No doy una sola clase de la que no salga exprimido. A veces con la satisfacción de haber calado, otras muchas con la convicción de que tengo que cambiar cosas. Una jornada de más de tres clases supone medio maratón mental. Y nadie corre medio maratón todos los días. Aunque menos mal que detrás hay un orden. Que hay un equipo que lleva desde junio enzarzado en distribuir a los alumnos en grupos, según cursos, asignaturas o número de repetidores, decidiendo qué profesores les darán clase y en qué aulas, anticipándose a problemas que surgirán, dejando huecos para poner en común ideas y dificultades, vías para recuperar a los díscolos, para recabar el apoyo de los padres y escuchar sus preocupaciones. Pues bien, lo que nos exige ahora Cospedal es que tiremos a la papelera esa organización minuciosa de dos meses y la rehagamos otra vez en cinco días, eliminando profesores y sobrecargando de clases a los que queden. Ese es su modo de crear empleo y sembrar futuro. Una mala estrategia, que ni siquiera es suya, que ha copiado de otras autonomías. Así discurre. Tampoco es Sor Ejemplo: maestra de recortes, aún no hemos visto que recorte sus tres sueldos. Los necesitará para llevar a su hijo a un colegio de pago.
El hablador en la isla silenciosa
En algún sitio he leído, y no sé dónde, que Unamuno dejó la pensión donde se alojaba, en Puerto Cabras, y se internó un par de veces hacia el corazón de la isla de Fuerteventura en busca de brujas o de experiencias extrasensoriales. No recuerdo que el cronista detallase lo que buscaba el escritor vasco, si es que éste llegó a tenerlo claro. Parece que el autor de San Manuel Bueno Mártir había oído hablar de luces que afloraban del subsuelo, de fuerzas y leyendas que los lugareños ubicaban entre la Montaña Quemada y la de Tindaya. Estas vagas referencias le animaron a investigar. Le valía cualquier manifestación extraordinaria que lo salvase de su angustia espiritual, que era existencial, ya que no aspiraba tanto a Dios como a no morir del todo al morirse. Dicen que en el trayecto se desnudaba en la grupa de la acémila para estar más receptivo. A mí me parecen creíbles, incluso admirables en un catedrático, estos experimentos a lo Indiana Jones. Sin cortarse. Al fin y al cabo en Fuerteventura lo conocía poca gente y la poca que lo conocía lo consideraba el no va más de la intelectualidad o un tío antipático, o ambas cosas. Había dicho y escrito que la situación política en España era insostenible, por eso lo desterraron. Ahora lo dice todo el mundo, pero en 1924, en pleno directorio de Primo de Rivera, al que se iba de la lengua lo enviaban lo más lejos posible, aunque fuera Rector de la Universidad de Salamanca. A Unamuno lo enviaron a la más africana de las islas Canarias, casi un trozo desprendido del desierto del Sáhara, como él mismo la describió. La isla silenciosa, la rebautizan ahora los folletos turísticos. Mentira. De silenciosa, nada. En realidad es una isla ensordecedora porque los alisios te persiguen sin cesar, ya te subas a las desgastadas cimas o camines por las playas infinitas. Te azotan los oídos, te impiden escucharte a ti mismo e incluso pensar, lo que paradójicamente constituye una liberación. Pero en el segundo decenio del siglo XX, para un intelectual acostumbrado a vivir entre libros, sesudas tertulias y lisonjas de admiradores, la mezcla de tanto silencio y tanto alisio debió de resultar soporífera. Unamuno mataba el rato componiendo sonetos, más descriptivos que líricos, según su estilo, y escribiendo artículos para revistas madrileñas, bonaerenses y grancanarias. Cuando se hartaba, acudía a la casa de su amigo Ramón Castaneyra, donde dicen que pasó las horas que no pasó escribiendo o yendo de excursión a por brujas. Se ve que era un conversador tan abrumador que avasallaba. Dámaso Alonso recordaba en un libro homenaje que Unamuno fue el presidente del tribunal que lo examinó y que, cuando estaba preparando la encerrona, irrumpió el vasco de forma inopinada en el aula, lo sacó de la misma y se lo llevó de cháchara hasta que Alonso llegó a temer que suspendería por su culpa. Pancho, el abuelo de mi mujer, que era un crío por entonces, me contaba que se divertían tirándole migas de pan o chinas hasta conseguir cabrearlo. Tenía muy mal genio, recordaba Pancho, con malicia infantil. Poco antes de que en Madrid le conmutasen la pena, los amigos franceses de Unamuno fletaron un barco para liberarlo. A la hora de subirse al bote en Caleta de Fuste, se puso a discursear en plan Quijote con tanto ardor que no había manera de callarlo. Los rudos marineros atajaron: suba don Miguel, que va a bajar la marea y tendrá que quedarse. Ninguna de estas anécdotas consta en el folleto de mano de la exposición permanente, abierta en su pensión de entonces, la del antiguo Puerto Cabras, que ahora se llama Puerto del Rosario. “Si prácticamente no paró en la pensión”, me explica el amabilísimo empleado. Le pregunto qué objetos utilizó de cuantos inundan la casa. Me cuenta que el escritorio perteneció a su anfitrión Castaneyra y me muestra la similitud entre la mecedora y la que aparece en las fotografías de la época. Apenas dos objetos. Al fin y al cabo solo pasó cuatro meses. Y lo dejó todo perdido de literatura.
El agujero de la plaza
Cualquier chinchillano al que preguntes ha oído hablar de un agujero que se abrió de pronto en la plaza de la ciudad, muy cerca de lo que hoy es el bar La Caverna. A unos cuatro metros a la derecha de la puerta del establecimiento, se distingue todavía una losa diferente a las demás. Es una tapadera. La historia se remonta a finales del año 1966, nadie recuerda con exactitud el día. Estaban obrando en la plaza, que entonces se llamaba de José Antonio, para rebajar el nivel del suelo en algo menos de un metro y cambiar el pavimento de tierra, que había que regar con frecuencia, por uno de guijarro, más cómodo. Al ir quitando materia y retirar la fuente de mármol rosa y gris situada en el centro, aparecieron fosas, varios esqueletos y el misterioso agujero. Estaba tapado con una bovedilla de cal hidráulica y baldosa, según recuerda Fulgencio Calera. Como es lógico, aquello intrigó a los obreros, que se aprestaron a averiguar qué escondía debajo. Y costó sudores romper la tapa, porque se resistía a los golpes de las almainas (almádenas) y los picos. Cuando al fin cedió, unos palos ocultaban un pozo muy profundo y de unos dos metros de diámetro. Estaba vacío. Les pareció un buen sitio para deshacerse de los escombros que iban arrancándole al suelo. Hay quien dice que fueron diecisiete camiones. Fulgencio Calera, que conducía el flamante Barreiros Saeta de su propiedad, asegura que fueron veintipico los que basculó directamente sobre el pozo. Cuando estuvo lleno, lo apisonaron y se fueron. El Cachi asegura que ocurrió un domingo, porque se enteró cuando salía de la primera sesión de las dos que daba el cine local. En lo que hoy es La Caverna estaba entonces el quiosco de Marisa. Allí comprarían golosinas los críos. Antonia la de Calera recuerda que los vio blincar (brincar) esa tarde sobre la tierra removida. Dos horas después, sobre las nueve, se desató bajo tierra un ruido espantoso, algo parecido a un vendaval. Los papeles, las pipas, las colillas, todos los objetos de la plaza, fueron absorbidos por el agujero, que se abrió de nuevo. Corrieron a asomarse y comprobaron que ahora era incluso más profundo que antes de llenarlo. En los días siguientes apareció con agua, que fue menguando hasta consumirse. Había que inspeccionarlo. Le tocó a Matico, en su papel de maestro de obras. Le ataron una braga con un cordel y lo descolgaron. Dice su sobrino El Cachi que llevaba puesta la chaqueta que solía usar cuando refrescaba. Recuerda también que sujetaba en una mano una vela y en la otra una linterna azul de petaca. Lo bajaron diez o doce metros hasta que se le apagó la vela y pidió que lo izaran. “¿Qué has visto?”, le preguntaron en cuanto lo vieron asomar. “Lo que he visto ha sido el mucho miedo que llevaba”, fueron sus primeras palabras. Luego contó que había varias galerías y que notaba corrientes de aire, pero que no había descubierto ningún forjado roto. Tras considerar qué hacer y consultarlo con el empresario valenciano Francisco Blanco López, acordaron sellar el pozo con una tapa y un encofrado. Veinte años más tarde, hubo una nueva remodelación, en la que se erigieron las controvertidas columnas cuya estética nadie entiende. Destaparon otra vez el agujero y se ofrecieron a inspeccionarlo espeleólogos de Valencia, pero el alcalde Francisco García de la Encarnación se opuso. Dice Ramón Mascarica que él sí se descolgó, que había luz suficiente porque el agujero era bastante amplio, pero que no vio ningún túnel ni galería. Después volvieron a sellarlo. Y así sigue. Ángel Huedo sugiere que la misma agua que llenó el pozo trajo de vuelta parte del escombro, que acabó por lodar (taponar) las galerías. El historiador Luis Guillermo García-Saúco considera que el pozo podía formar parte de algún tipo de colector de agua, aunque no le encaja del todo el gran diámetro del mismo. Por supuesto los chinchillanos proponen interpretaciones más novelescas. “Al fin y al cabo”, dicen, “los constructores del castillo tenían que reservar una escapatoria de túneles para prevenir las épocas de asedio”.
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