Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
Juliet, desnuda
Confieso que aún no llevaba veinte páginas de Juliet, desnuda, cuando aparqué la novela para meterme en la wikipedia y comprobar quién es Tucker Crowe. La novela puede disfrutarse igual aunque no estés seguro, pero devorar páginas con la mosca detrás de la oreja termina incomodando. No en vano, según el novelista, Tucker Crowe es un cantante de la talla de Springsteen, Dylan o Cohen. Casi nada. La wikipedia aclara las cosas, pero solo hasta que retomas la novela. Enseguida vuelve Tucker Crowe a ser real. Nada hace más real a un personaje que haya otro personaje obsesionado con él. En el fondo Don Quijote es tan grande porque va detrás Sancho amplificándolo. En Juliet, desnuda, el forofo de Crowe viaja desde Gran Bretaña hasta la estadounidense Minneapolis para visitar los apestosos aseos masculinos de un bar, el lugar donde, según los cronistas, Crowe decidió dejar la música. Otros forofos igual de insensatos se le han adelantado: buscaban, más allá de las sensaciones primarias que se captan en un váter público, entender qué movió a su ídolo a retirarse. Parece delirante, pero solo es delirante para alguien que no sea un mitómano. Y todos tenemos algo de mitómanos. Por ejemplo, yo a veces, dando un paseo, me he preguntado por qué calles entraría César Borgia en Chinchilla, qué sentiría cuando lo metieron preso en el castillo. Intento ponerme en su lugar, trato de ver con sus ojos y tocar con sus manos, lo que es quimérico, por supuesto. Y no fue el único. Podría referirme a San Vicente Ferrer o al Infante Don Juan Manuel, los Reyes Católicos o El Cid. Estamos pisando terrenos que pisaron, aunque entre sus pisadas y las nuestras hayan pasado muchas excavadoras. También Cela, a quién le negaron posada, y se vengó en Pascual Duarte llamando a Chinchilla ruin, gris, macilenta y manchega (cosa esta última que nunca pudo ser, por hallarse en alto). Si uno es razonablemente mitómano, vivir en Chinchilla es estar respirando un aire usado por lejanos personajes cargados de glamur. La novela de Nick Hornby me resulta tan cercana porque hay un mitómano, pero también un creador que perdió la inspiración Eso es terrible. La inspiración es un modo como otro cualquiera de olvidarte de la vida y de la muerte. En cuanto te falla, las sombras te cercan. Y crecen tanto más cuanto más tarda en volver la inspiración. En el fondo, toda nuestra existencia es una lucha por mantener lejos la idea de la muerte. Componer canciones, escribir poemas o tener hijos vienen a ser, indirectamente, maneras de combatir esa idea, huevos que pones con la esperanza de que sean mucho más duraderos que tú mismo. No es que Juliet, desnuda se meta en estos berenjenales metafísicos. Lo que hace en todo caso es dejar encendida una llamita para que tú te fabriques tu propia hoguera, si tienes tiempo y ganas de hacerlo. La novela es sencilla, agradecida de leer. En algunos pasajes me he carcajeado como solo recuerdo haberlo hecho leyendo El Quijote mismo, salvando las distancias. Una risa que se alimenta de la ironía y que crece dentro de ti. Es lo que hacen las buenas novelas: dejar abiertos caminos que tú puedes recorrer o no. La mayoría de las veces, uno termina de leer y borra las sugerencias, antes de que tomen vuelo, empezando a leer otro libro inmediatamente después. A mí me gusta rumiar lo que leo y veo, lo que oigo. Despertarme al día siguiente inmerso aún en imágenes, situaciones, versos. Eso no lo puedes hacer si te cepillas dos libros y un periódico al día, o si te ves dos películas y siete telefilmes. Entonces todo se mezcla y se confunde. La suerte ha querido que me dé tiempo de rumiar Juliet, desnuda antes de que vuelva la vorágine. Eloy Cebrián no me explicó por qué le gustó tanto. Solo me dijo que me la recomendaba. Y, como estábamos de tertulia hojeando títulos en Librería Popular, eché mano del libro. Ahora le agradezco la sugerencia. Estoy seguro de que él no necesitó la wikipedia para saber quién era Tucker Crowe. Nick Hornby: Juliet, desnuda. Anagrama, 2010.
El pasado está muerto y bien muerto
El 10 de mayo de 1985, a eso de las siete y media de la tarde, estaba yo orinándome un montón. Lo recuerdo con exactitud porque ese día y a esa hora se inauguraba la exposición antológica de Antonio López García en el Museo de Albacete. Me tocaba cubrir la información y subí sin resuello al vestíbulo del edificio, donde ya se encontraban muchos de los invitados con una copa en la mano, conversando animadamente. Antes de abordar a cualquiera de ellos, decidí aliviarme para mejorar mi concentración. No recuerdo haber visitado antes el edificio. Desde luego no estaba familiarizado con él. Justo al otro lado de la sala, descubrí unos servicios abiertos de par en par y me encaminé hacia ellos con la determinación que requerían mis urgencias. Mientras surcaba a trancos el espacio, esquivando grupúsculos de conversadores, tuve tiempo de advertir que aquellos a los que me dirigía eran unos servicios un poco sucios y desatendidos, impropios del escenario y de la ocasión. Resultaba raro que cualquiera de aquellos ciudadanos tan egregios, gerifaltes de la cultura española, con trajes gris perla y el dedo meñique empingorotado, hubiese tenido la desidia de salir del retrete sin tirar de la cadena y sin cerrar la puerta. Podía ser un problema de organización: todos sabemos que, en este tipo de acontecimientos magnos, los preparativos se prolongan hasta última hora. A veces no da tiempo a rematarlos. Un excusado sucio es un problema menor cuando las miradas se fijan en las deslumbrantes pinturas. Mi incertidumbre duró unos veinte segundos, hasta que caí en la cuenta de que los baños no eran tales, sino que se trataba de uno de los cuadros de la exposición. Para entonces estaba a cinco metros del papel, casi tocándolo con las narices. Porque era papel, pintado a lápiz, a tamaño natural y bautizado llanamente como Water. Así, con uve doble y sin tilde. Cómo olvidar aquella revelación, aquella zozobra, aquel reemprender la búsqueda de un mingitorio con la dignidad perdida, estirando mi sonrisa como Peter Sellers en la película El guateque. Aunque si dijera que recuerdo aquella escena como si terminara de vivirla, mentiría. El pasado está cifrado en palabras, más que en imágenes. Recuerdo las cosas que me cuento a mí mismo muchas veces. Pero el pasado está muerto. Lo supe el otro día, visitando en el Museo Thyssen la antológica de Antonio López. En un vídeo complementario de la exposición, varios colegas del pintor aseguraban que es un obseso y que su obsesión consiste en detener el tiempo. Me paré de nuevo ante su Water y comprobé que ha conseguido lo que pretendía, aunque funciona como una maldición. Sus pinturas son como ese mechón de pelo del nene o el cordón umbilical momificado que uno encuentra con turbación en una caja de hojalata cuando buscaba el cortaúñas. Son como un puñetazo en el estómago que nos propina el tiempo, que nos hace vibrar las entrañas como castigo por haber intentado detenerlo. Nos lo propinan las alacenas y los estudios desalmados y los retretes deslucidos y los frigoríficos y los conejos desollados de Antonio López. Pero también sus personajes, que miran al espectador o rehúyen su mirada con la resignación de los difuntos, como si estuvieran muertos, aunque puedan seguir aún vivos en otra edad, como fantasmas a los que les robaron el alma en cierto cuadro. Nos lo propinan las calles de la gran ciudad, sin gente y hasta sin coches. Sobre ellas desfilan los cielos minuciosos, auténticos protagonistas de la vida, los únicos que no envejecen nunca. Envuelto entre la multitud de domingueros del Thyssen, me fui estremeciendo y arrugando según miraba cuadros, hasta desmigajarme ante una vitrina como de jíbaros, donde se acumulaban todas las pruebas que realizó a sus niñas antes de esculpirlas. Eran como exvotos abandonados por los peregrinos de un santuario. La vida congelada, sin ser ya vida, como un mechón de pelo muerto del chiquillo que aún vive y se ha graduado. Las cuidadoras de las salas chistaban sin éxito para que los domingueros nos calláramos y respetásemos el silencio espectral, desasosegador, que requería la experiencia.
1Q84
Cuando ve que me llevo 1Q84, Rocío dibuja una sonrisa de las suyas y me pregunta si he leído otros libros de Murakami. Le contesto que bastantes. Desde hace tiempo, mi mujer y yo nos hemos aficionado al escritor japonés y disfrutamos comentando cada novela, después de terminarla, tanto como la disfrutamos mientras la leemos. La conversación con Rocío acaba confirmando mi teoría de que los lectores de Murakami se dividen en dos grandes grupos: los que prefieren Tokio Blues y los que se decantan por Kafka en la orilla. Los que preferimos el segundo solemos disfrutar también con el primero. En cambio, hay muchos a los que Kafka… les marea, les aleja demasiado los pies del suelo. Por supuesto hay más libros publicados de Murakami, pero parece que los dos citados marcan las dos grandes tendencias en las que cabe clasificar el resto. El caso es que, si uno los compara, no son tan diferentes. Llevan el sello del autor: te sumergen en un universo donde las sensaciones son más importantes que los sucesos, donde los sentidos de pronto se activan de una manera diferente, como si estuvieras en el fondo del mar, de un mar japonés, para ser más exactos. Cobran importancia los detalles como la música que escuchan los personajes, la ropa que llevan, la comida que toman en determinados momentos, a qué huele el escenario de cada pasaje. Las recetas son japonesas la mayoría de las veces y uno se verá negro para conseguir determinados ingredientes que allí parecen habituales. Sin embargo, la banda sonora de sus libros es occidental, y cubre un amplio abanico, desde la clásica al pop, pasando por el jazz. Mi cultura musical es incompleta y leo las novelas de Murakami con el ordenador cerca, para ir escuchando sus propuestas. En 1Q84, le agradezco que me haya dirigido la atención hacia los solos del clarinetista Barney Bigard, que acompañó a los grandes del jazz. Los personajes de Murakami viven en el límite, muchos acaban mal, pero sin hacértelo pasar mal a ti como lector. Nada que ver con las novelas de Auster en las que el norteamericano va hundiendo a su personaje principal en una ciénaga cada vez más profunda de la que el lector tiene que sacar la cabeza para respirar y poder seguir el hilo del relato. Por supuesto, va en gustos. No quiero que se me enfaden los lectores de Auster, al que yo he disfrutado como el que más, por ejemplo en El palacio de la luna. ¿Qué diferencia entonces las dos grandes ramas de la obra de Murakami? Las novelas que se parecen a Tokio blues siguen a personajes adolescentes que realizan su aprendizaje sentimental a través de las relaciones y las experiencias con otros como ellos. En Kafka en la orilla hay protagonistas jóvenes, pero se mezclan con otros más veteranos que viven en un universo paralelo al nuestro, que no es exactamente el nuestro y donde suceden cosas que no son naturales. Supongo que los filólogos deben considerarlo el realismo mágico japonés. “Si te gustó Kafka en la orilla, te va a gustar 1Q84”, vaticina Rocío, sin dejar de sonreír. Así queda la cosa cuando salgo de la Librería Popular. Y lo cierto es que hago un esfuerzo porque me guste desde las primeras líneas. Al fin y al cabo, estoy de vacaciones y leo para disfrutar. Sin embargo, tarda en llegar la magia. Será porque Murakami ha alcanzado una fama que arrastra su escritura hacia el superventas. La estructura es calcada de la de Kafka...: dos personajes principales que aparentemente no tienen nada en común y a los que va dedicando capítulos de forma alternativa. Hasta que alcanza velocidad de crucero, tengo la sensación de que a la historia le crujen los engranajes. Finalmente termino sumergiéndome y disfrutando casi como siempre ¿Quiere esto decir que es un mal libro? En absoluto. De hecho, espero que lo termine mi mujer para comentarlo. Pero tengo miedo, Rocío, de que a Murakami nos lo esté empezando a robar el éxito, la industria, este universo prosaico que nos envuelve y que disuelve todas las magias. Haruki Murakami: 1Q84. Tusquets, Barcelona, 2011.
Veinte horas
En qué trabajo te están mirando a la vez veinte, treinta personas, durante varias horas todos los días, esperando que les des instrucciones y a la vez esperando una fisura, un titubeo en tu determinación, para subírsete a la chepa. Es algo más que ser observado y llevar la iniciativa: es tener la responsabilidad de serles útil, mientras te están sacando una radiografía, motejándote, tomando nota de tus errores. Lo harán incluso los más aplicados. Sobre todo los más aplicados, porque para sentirse integrados en el grupo necesitan demostrar a sus compañeros una cierta distancia con respecto a ese extraño al que llaman profe. Cada cosa que digas, cada gesto que esboces, será analizado minuciosamente por esos ojos. Y a la vez, de forma paradójica, estarán absorbiendo lo que eres. Porque por muchos inventos y muchas aplicaciones didácticas que aparezcan, la comunicación de persona a persona sigue siendo la que más nos influye. ¿Quién no siente viva todavía la huella de cierto profesor o profesora inolvidables? Retenemos más la manera de ser, el modo de organizarse, de dirigirse al grupo, de enfocar los asuntos, que lo que supuestamente tenían que enseñarnos, que quizá lo aprendimos, pero no recordamos cómo. El mejor predicador es Fray Ejemplo. Pero no hay ejemplo sin un tema, sin una asignatura con la que asociar al predicador. Como me dijo un día un maestro de profesores: “eres un actor sobre un escenario”, un actor de teatro que hace siempre el papel de ser el que sabe, aunque cada día debe cambiar el guión. Preparas tu verdad de cada día. Pero tú sabes que cada una de esas miradas oculta y refleja su propio miedo, sus carencias de niño en crecimiento, su necesidad de ser aceptado también fuera del grupo, en un ámbito mayor, en la sociedad. Lo manifiestan como pueden: con su falta de base, con su arrogancia, cada día más a menudo con su desconocimiento de los límites que les permitirían integrarse mejor y ofrecer una mejor disponibilidad para la convivencia. Lo ves en ellos mientras les hablas y te atienden o no te atienden e incluso ni te miran, porque tienen demasiadas cosas que decirse y no esperan de ti nada novedoso o útil. Tu oficio consiste precisamente en descubrirles que hay algo que les interesa fuera de ese mundo cerrado de pantallas y amigos. Que del instituto y de ti pueden beneficiarse. Pero, ojo, el concepto de lo útil cuando se tienen entre 14 y 17 años es muy diferente del que tendrán algunos años después, cuando todo sea mucho más difícil y tengan que poner en juego la responsabilidad que aprendieron, cuando necesiten estar preparados y todos necesitemos que lo estén, que se sobrepongan a las injusticias, que no sean borregos que se resignan, sino ciudadanos que defienden sus derechos. Una clase es una ceremonia, por eso les hablo de usted. No doy una sola clase de la que no salga exprimido. A veces con la satisfacción de haber calado, otras muchas con la convicción de que tengo que cambiar cosas. Una jornada de más de tres clases supone medio maratón mental. Y nadie corre medio maratón todos los días. Aunque menos mal que detrás hay un orden. Que hay un equipo que lleva desde junio enzarzado en distribuir a los alumnos en grupos, según cursos, asignaturas o número de repetidores, decidiendo qué profesores les darán clase y en qué aulas, anticipándose a problemas que surgirán, dejando huecos para poner en común ideas y dificultades, vías para recuperar a los díscolos, para recabar el apoyo de los padres y escuchar sus preocupaciones. Pues bien, lo que nos exige ahora Cospedal es que tiremos a la papelera esa organización minuciosa de dos meses y la rehagamos otra vez en cinco días, eliminando profesores y sobrecargando de clases a los que queden. Ese es su modo de crear empleo y sembrar futuro. Una mala estrategia, que ni siquiera es suya, que ha copiado de otras autonomías. Así discurre. Tampoco es Sor Ejemplo: maestra de recortes, aún no hemos visto que recorte sus tres sueldos. Los necesitará para llevar a su hijo a un colegio de pago.
El hablador en la isla silenciosa
En algún sitio he leído, y no sé dónde, que Unamuno dejó la pensión donde se alojaba, en Puerto Cabras, y se internó un par de veces hacia el corazón de la isla de Fuerteventura en busca de brujas o de experiencias extrasensoriales. No recuerdo que el cronista detallase lo que buscaba el escritor vasco, si es que éste llegó a tenerlo claro. Parece que el autor de San Manuel Bueno Mártir había oído hablar de luces que afloraban del subsuelo, de fuerzas y leyendas que los lugareños ubicaban entre la Montaña Quemada y la de Tindaya. Estas vagas referencias le animaron a investigar. Le valía cualquier manifestación extraordinaria que lo salvase de su angustia espiritual, que era existencial, ya que no aspiraba tanto a Dios como a no morir del todo al morirse. Dicen que en el trayecto se desnudaba en la grupa de la acémila para estar más receptivo. A mí me parecen creíbles, incluso admirables en un catedrático, estos experimentos a lo Indiana Jones. Sin cortarse. Al fin y al cabo en Fuerteventura lo conocía poca gente y la poca que lo conocía lo consideraba el no va más de la intelectualidad o un tío antipático, o ambas cosas. Había dicho y escrito que la situación política en España era insostenible, por eso lo desterraron. Ahora lo dice todo el mundo, pero en 1924, en pleno directorio de Primo de Rivera, al que se iba de la lengua lo enviaban lo más lejos posible, aunque fuera Rector de la Universidad de Salamanca. A Unamuno lo enviaron a la más africana de las islas Canarias, casi un trozo desprendido del desierto del Sáhara, como él mismo la describió. La isla silenciosa, la rebautizan ahora los folletos turísticos. Mentira. De silenciosa, nada. En realidad es una isla ensordecedora porque los alisios te persiguen sin cesar, ya te subas a las desgastadas cimas o camines por las playas infinitas. Te azotan los oídos, te impiden escucharte a ti mismo e incluso pensar, lo que paradójicamente constituye una liberación. Pero en el segundo decenio del siglo XX, para un intelectual acostumbrado a vivir entre libros, sesudas tertulias y lisonjas de admiradores, la mezcla de tanto silencio y tanto alisio debió de resultar soporífera. Unamuno mataba el rato componiendo sonetos, más descriptivos que líricos, según su estilo, y escribiendo artículos para revistas madrileñas, bonaerenses y grancanarias. Cuando se hartaba, acudía a la casa de su amigo Ramón Castaneyra, donde dicen que pasó las horas que no pasó escribiendo o yendo de excursión a por brujas. Se ve que era un conversador tan abrumador que avasallaba. Dámaso Alonso recordaba en un libro homenaje que Unamuno fue el presidente del tribunal que lo examinó y que, cuando estaba preparando la encerrona, irrumpió el vasco de forma inopinada en el aula, lo sacó de la misma y se lo llevó de cháchara hasta que Alonso llegó a temer que suspendería por su culpa. Pancho, el abuelo de mi mujer, que era un crío por entonces, me contaba que se divertían tirándole migas de pan o chinas hasta conseguir cabrearlo. Tenía muy mal genio, recordaba Pancho, con malicia infantil. Poco antes de que en Madrid le conmutasen la pena, los amigos franceses de Unamuno fletaron un barco para liberarlo. A la hora de subirse al bote en Caleta de Fuste, se puso a discursear en plan Quijote con tanto ardor que no había manera de callarlo. Los rudos marineros atajaron: suba don Miguel, que va a bajar la marea y tendrá que quedarse. Ninguna de estas anécdotas consta en el folleto de mano de la exposición permanente, abierta en su pensión de entonces, la del antiguo Puerto Cabras, que ahora se llama Puerto del Rosario. “Si prácticamente no paró en la pensión”, me explica el amabilísimo empleado. Le pregunto qué objetos utilizó de cuantos inundan la casa. Me cuenta que el escritorio perteneció a su anfitrión Castaneyra y me muestra la similitud entre la mecedora y la que aparece en las fotografías de la época. Apenas dos objetos. Al fin y al cabo solo pasó cuatro meses. Y lo dejó todo perdido de literatura.
El agujero de la plaza
Cualquier chinchillano al que preguntes ha oído hablar de un agujero que se abrió de pronto en la plaza de la ciudad, muy cerca de lo que hoy es el bar La Caverna. A unos cuatro metros a la derecha de la puerta del establecimiento, se distingue todavía una losa diferente a las demás. Es una tapadera. La historia se remonta a finales del año 1966, nadie recuerda con exactitud el día. Estaban obrando en la plaza, que entonces se llamaba de José Antonio, para rebajar el nivel del suelo en algo menos de un metro y cambiar el pavimento de tierra, que había que regar con frecuencia, por uno de guijarro, más cómodo. Al ir quitando materia y retirar la fuente de mármol rosa y gris situada en el centro, aparecieron fosas, varios esqueletos y el misterioso agujero. Estaba tapado con una bovedilla de cal hidráulica y baldosa, según recuerda Fulgencio Calera. Como es lógico, aquello intrigó a los obreros, que se aprestaron a averiguar qué escondía debajo. Y costó sudores romper la tapa, porque se resistía a los golpes de las almainas (almádenas) y los picos. Cuando al fin cedió, unos palos ocultaban un pozo muy profundo y de unos dos metros de diámetro. Estaba vacío. Les pareció un buen sitio para deshacerse de los escombros que iban arrancándole al suelo. Hay quien dice que fueron diecisiete camiones. Fulgencio Calera, que conducía el flamante Barreiros Saeta de su propiedad, asegura que fueron veintipico los que basculó directamente sobre el pozo. Cuando estuvo lleno, lo apisonaron y se fueron. El Cachi asegura que ocurrió un domingo, porque se enteró cuando salía de la primera sesión de las dos que daba el cine local. En lo que hoy es La Caverna estaba entonces el quiosco de Marisa. Allí comprarían golosinas los críos. Antonia la de Calera recuerda que los vio blincar (brincar) esa tarde sobre la tierra removida. Dos horas después, sobre las nueve, se desató bajo tierra un ruido espantoso, algo parecido a un vendaval. Los papeles, las pipas, las colillas, todos los objetos de la plaza, fueron absorbidos por el agujero, que se abrió de nuevo. Corrieron a asomarse y comprobaron que ahora era incluso más profundo que antes de llenarlo. En los días siguientes apareció con agua, que fue menguando hasta consumirse. Había que inspeccionarlo. Le tocó a Matico, en su papel de maestro de obras. Le ataron una braga con un cordel y lo descolgaron. Dice su sobrino El Cachi que llevaba puesta la chaqueta que solía usar cuando refrescaba. Recuerda también que sujetaba en una mano una vela y en la otra una linterna azul de petaca. Lo bajaron diez o doce metros hasta que se le apagó la vela y pidió que lo izaran. “¿Qué has visto?”, le preguntaron en cuanto lo vieron asomar. “Lo que he visto ha sido el mucho miedo que llevaba”, fueron sus primeras palabras. Luego contó que había varias galerías y que notaba corrientes de aire, pero que no había descubierto ningún forjado roto. Tras considerar qué hacer y consultarlo con el empresario valenciano Francisco Blanco López, acordaron sellar el pozo con una tapa y un encofrado. Veinte años más tarde, hubo una nueva remodelación, en la que se erigieron las controvertidas columnas cuya estética nadie entiende. Destaparon otra vez el agujero y se ofrecieron a inspeccionarlo espeleólogos de Valencia, pero el alcalde Francisco García de la Encarnación se opuso. Dice Ramón Mascarica que él sí se descolgó, que había luz suficiente porque el agujero era bastante amplio, pero que no vio ningún túnel ni galería. Después volvieron a sellarlo. Y así sigue. Ángel Huedo sugiere que la misma agua que llenó el pozo trajo de vuelta parte del escombro, que acabó por lodar (taponar) las galerías. El historiador Luis Guillermo García-Saúco considera que el pozo podía formar parte de algún tipo de colector de agua, aunque no le encaja del todo el gran diámetro del mismo. Por supuesto los chinchillanos proponen interpretaciones más novelescas. “Al fin y al cabo”, dicen, “los constructores del castillo tenían que reservar una escapatoria de túneles para prevenir las épocas de asedio”.
Alegría del Pena
Un grupo de amigos de José Manuel Pérez Pena ha publicado un libro que reúne testimonios de casi un centenar de personas que tuvieron relación con este activista de los derechos humanos y de la ecología, muerto de cáncer el último día de 2005. Un lustro después, su figura sigue siendo recordada, da nombre a un certamen de fotografía y, como se deduce de las colaboraciones del libro recién aparecido, mantiene abierta, más que un hueco, una tronera, que sus admiradores intentamos llenar como podemos. Los testimonios abarcan a gente muy diversa, desde amigos de infancia a familiares, pasando por políticos, compañeros de lucha y de viaje, y bastantes personas que lo conocimos porque así lo quiso el azar o su incansable dinamismo. El volumen, a primera vista, y a pesar del cariño y el gusto con que está editado, podría confundirse con cualquiera de esas actas de firmas en las que los asistentes a un sepelio plasman sus impresiones o sus recuerdos sobre el finado. Pero leyéndolo, uno llega a la conclusión de que es un documento necesario, de que las generaciones futuras han de saber quién fue El Pena. Necesitamos nombrarlo porque es un símbolo y ahora, más que nunca, nos hacen falta símbolos laicos. Estamos cansados de oír que nadie es imprescindible. Pero en un tiempo en que todo el mundo protesta por lo bajo y nadie le hace frente al dragón, la memoria de El Pena nos inspira. El cura Javier Avilés la resume en tres lecciones (un cura en el libro de un republicano laicista, no se lo pierdan): la primera, que tenemos que estar bien formados e informados para no dar pasos por inercia; la segunda, que hay que ser autocríticos, sin miedo a que alguien pueda pensar que nos contradecimos; la tercera, que antes que ninguna idea, están las personas. Yo creo que Javier Avilés que es poeta además de sacerdote, y un luchador de causas controvertidas con su institución pero coherentes con su condición, lo ha resumido bien. Yo añadiría, desde otra perspectiva, que El Pena era un tipo que primero disparaba la verdad y luego se acercaba a las personas para demostrarles que sus disparos no iban contra ellos. Más allá de que era un consumado cocinero, que frecuentaba Librería Popular buscando el último de Coetzee y que se subía literalmente a las paredes cuando necesitaba ejercitarse, más allá del testimonio entrañable de su madre, que nos muestra a un Pena frágil, dubitativo, que tuvo como todos su momento de conversión y sus años de aprendizaje, yo creo que su máximo legado es aferrarse a la verdad sin condiciones. Defender su verdad en un tiempo en que la hipocresía social es unánime, y está instalada entre nosotros desde que la transición nos convenciera de que era imprescindible para la convivencia. Todos luchamos por administrar el uso de esa hipocresía, por medir dónde acaba la transigencia y dónde empieza la impunidad, pero todos estamos domesticados por el pensamiento único y por lo políticamente correcto. El Pena nos enseñó a llamar pan al pan y vino al vino, en privado y en público, con firmeza dialogante. Su rotundidad abría llagas, como demuestra otro de los testimonios esclarecedores, el de Carmina Belmonte. Cuenta con elegancia que, en la época en que fue alcaldesa, tuvieron “algunos desencuentros”. Y que más tarde, en un acto de protesta por cuestiones ecológicas, José Manuel la vio al fondo, entre los asistentes: “Terminó su discurso, mejor dicho su arenga y, cuando bajó, vino directamente a mí, me dio un abrazo y me dijo: Qué duros hemos sido contigo.” El Pena, austero de expresión y de palabra fácil, se acercaba, buscando a la persona, fuera quien fuera, hasta trabar amistad. Y el libro demuestra que fuimos muchos y muy distintos los que tuvimos ese privilegio. Hoy no se detendría en pamplinas. Se centraría en la denuncia de sus compañeros, Ecologistas en acción, de que los regantes de Balazote y La Herrera se han apropiado de un río y que deben devolverlo al planeta. La lucha de El Pena continúa. Seamos dignos de su memoria. VV.AA.: Alegría de Pena. Ecologistas en Acción. Albacete, 2011.
Pasos en el edificio deshabitado
Estos días, en el ecuador del verano, se cierran los institutos. Se quedan vacíos durante el mes de agosto. Este año más vacíos que otras veces, porque desde enero seguimos sin recibir el dinero para los gastos de funcionamiento y no hemos podido pagar a los proveedores. Vicente, el mantenedor, pasará a realizar los pequeños ajustes necesarios para que a la vuelta las persianas suban y bajen, las manivelas de las puertas abran y cierren, desaparezcan ciertas huellas de pisadas, de pinturas de guerra escolar, alumbren los fluorescentes que se fundieron y las palomas no terminen creyendo que el edificio es suyo. Antes de abandonarlo definitivamente, de clausurar el curso 2010-2011, me doy una vuelta a poner en orden las cuentas, el inventario, los libros. Me encierro en secretaría. La tarde avanza y las sombras terminan acudiendo a esperarme en la puerta del despacho. Aún no es de noche, pero la luz ha decaído lo bastante como para sorprenderme cuando salgo a hacer unas fotocopias, a hacer unas comprobaciones. Desde hace un par de años, esta soledad sombría, este misterio del edificio vacío, me sigue estremeciendo. No acabo de acostumbrarme. No debería acercarme al trabajo cuando nadie más trabaja. Debería estar en otro sitio. Me siento extraño y gilipollas, fantasma extraviado por error en un mausoleo. Hace unas semanas triscaban por los pasillos quinientos alumnos en cada turno y casi un centenar de profesores. La algarabía era ensordecedora en algunos momentos de la jornada y moderada en otros, pero siempre había algún ruido, aunque fuera la voz de un profesor intentando abrirse camino entre los carraspeos, el crujir de las sillas y el imposible silencio de los adolescentes. A menudo hemos sentido vibrar el suelo de los andenes, hermosa palabra que a la vez nos saca de viaje y nos eleva sobre un puente, mientras comunica las aulas y despachos. Aunque reine el orden impuesto por las normas escolares, la humanidad siempre deja constancia de su presencia, sobre todo cuando se trata de mucha gente y de gente joven. Ahora, en medio del verano, el edificio parece incapaz de sacudirse los ecos de nueve largos meses y, como si estuviera aburrido, viene a buscarme con sus sombras a la puerta del despacho. Solo tiene ochenta años, pero ha vivido lo suyo. No llevaba más que cinco cumpliendo su labor de instituto de segunda enseñanza cuando estalló la guerra civil y fue utilizado para otros menesteres menos edificantes. De hecho, aunque parece que ochenta años son pocos, suponen un periodo lo bastante prolongado como para que hayan ocurrido cosas cuyos protagonistas desaparecieron sin contarlas, cosas de las que no queda constancia. Por eso sigue siendo un misterio qué ocultará el cuarto sellado que hay en el sótano, casi en el corazón del inmueble. Se han hecho catas en los muros, con cuidado de no debilitarlos porque es muy probable que ese cuartucho contenga, a parte de su misterio, el secreto de que la construcción siga en pie. Solo escombros, parece. ¿Escombros de qué? He oído hermosas teorías sobre unos libros que un sindicato anarquista quiso poner a salvo y nadie sabe dónde fueron a parar. Y no quedan testigos. Sin embargo, otros, como Antonio Martínez Sarrión, han dejado escrito cómo funcionaba la biblioteca y dónde, antes de alcanzar autonomía en un edificio aparte. Y también he oído a Antonio García Berrio relatar cómo los otros profesores se rezagaban para apreciar los tobillos de Rosa Gaude en las escaleras centrales de mármol, entonces reservadas para los docentes. Y que arriba, donde solo hay aulas, vivía la familia del conserje. Voy y vengo, incómodo, por los andenes, sintiendo cómo los ventanales vibran a mi paso y cómo parece que haya ojos observándome. Me siento una prolongación del Menos Uno, el secretario vitalicio de este instituto, que seguro que se pasearía por estos mismos lugares muchas veces y con parecidas obligaciones, aunque supongo que no con tantos recelos hacia la oscuridad creciente, las sombras y los reflejos que se insinúan. Apago las luces, cierro las puertas y me siento más liberado y a salvo conforme me alejo de los acechos de la imaginación.
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