Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
Maldades deportivas
Que el deporte de élite llega a ser malsano para quienes lo practican no es ninguna novedad. Hartos estamos de ver deportistas que se retiran a los treinta y pocos años con las articulaciones o el corazón de un viejo de setenta, después de haber llevado hasta el límite su organismo durante el breve esplendor de la gloria. Como las cámaras se retiran un poco antes, en el declive, este pequeño detalle queda bajo la alfombra, excepto en los casos extremos en que el deportista muere o las pasa canutas cuando aún están recientes los ecos de su popularidad. Ahí tenemos los ejemplos de ciclistas como Pantani o Friederick Nolf, el infarto fulminante de Jarque y tantos otros ejemplos que el vendaval de la actualidad va cubriendo de hojarasca. Llámenme agorero, pero en eso pensaba cuando veía omnipresente esta semana a la selección de baloncesto que primero nos hizo sufrir con sus derrotas y luego vibrar con su destreza, en una combinación de drama e idilio más propia de una telenovela que de un espectáculo deportivo. Acababa de oírle comentar a un médico, con toda naturalidad, que el organismo humano no está hecho para dar tantos saltos como prodiga un baloncestista, entre entrenamientos y partidos, con lo que todos tienen las rodillas hechas puré. Pensaba también en que hace dos años la selección de voleibol ya había ganado en Moscú, ante la anfitriona Rusia, el mismo título. Lo consiguió casi a la vez que los de Gasol perdían la final del europeo en España, por cierto, ante los rusos. Y no hubo, ni mucho menos, tantos flases ni tantas expresiones de furor hispano en el regreso de esos españoles de segunda. O de tercera, ya que los baloncestistas fueron recibidos por una multitud mucho menor que los futboleros de Luis Aragonés. Los jugadores de fútbol sala en cambio han ganado el título europeo cuatro veces sin que merezca ni televisarse. Y dos veces el mundial, anoten. Tampoco nadie ha hablado ni ha hecho hablar a Fernando Alonso, mientras excomulgaban a su jefe Briatore por haber inducido al otro piloto, Piquet, a que estrellara su monoplaza. ¿Quién fue el beneficiado, sino Alonso, que ganó la carrera? Ahora calla. Qué va a decir. Callamos con él igual que saltamos con Gasol. Igual que jugamos más con Nadal que con los otros españoles, que deben de ser menos españoles. Por cierto comparen el grosor del brazo derecho y el izquierdo de Nadal. Además hemos corrido la vuelta a España con Valverde, sin acordarnos de que está suspendido por doping en Italia. Claro que le ayuda muy poco que nuestra normativa antidopaje vaya tan justita que haya sido uno de los puntos flacos de la candidatura de Madrid a ciudad olímpica. En eso no somos campeones. Aunque tengamos agujetas de tanto celebrar unas glorias más que otras desde el sillón bol más laureado del planeta.
Auctoritas
Luis Aragonés, el seleccionador que llevó a España entre clamores a ganar el europeo de fútbol, pasó de jugador a entrenador de un día para otro. Ayer estaba bromeando con sus compañeros, siendo uno más de la peña, y hoy tenía que organizarlos, decidir la alineación, determinar quién salía al campo y quién se quedaba en la grada. Menuda papeleta. Sus nuevos pupilos, los jugadores del Atlético de Madrid del año 74, se quedaron de una pieza al ver que su camarada de la víspera, en su alegato inicial, les hablaba de usted. Fue una solución sencilla y eficaz para marcar las distancias y recordarles que existían nuevos límites. También les usteaba cuando se dirigía a cada uno individualmente y así sigue haciéndolo. No en vano le llaman El Sabio de Hortaleza. Por supuesto, el usteo es sólo una herramienta que unas veces puede funcionar y otras no. La autoridad es otra cosa. Para los romanos, la ostentaban aquellas personas cuya opinión en una determinada materia merecía el respeto general. No es exactamente lo que nosotros entendemos por autoridad, pero era muy diferente de la potestas, que podríamos traducir con muchos matices como poder. Un individuo podía tener mucha auctoritas sin tener ningún poder y otro podía amasar mucho poder sin gozar de ninguna auctoritas. Lo ideal es que ambas coincidan, pero desde Roma hasta aquí esa conjunción se ha dado muchas menos veces de lo que sería deseable. El profesor, por ejemplo, ha ostentado durante generaciones la potestas indiscutible en su clase, sobre sus alumnos y sobre los padres de los alumnos. El respeto se adquiría con el título. Y en su clase, si él no quería, no le rechistaba nadie, aunque sea muy raro el profesor al que no le han rechistado y motejado en corrillos, puertas de váteres y pupitres del fondo. Los dos o tres profesores que recordamos con cariño, esos deben ser los que tenían auctoritas. Dos o tres, muy pocos más. Eso sucedió y eso sigue sucediendo. ¿Qué ha cambiado? Que el profesor ha perdido la potestas. Ahora, con la obtención del título, pierde todos los poderes, si es que le quedaba alguno. No manda sobre los alumnos, que creen que saben mucho más que él, y que si no lo saben, pueden averiguarlo en internet, en caso de que les apetezca. Tampoco tiene poder sobre la mayor parte de los padres, que inconscientemente ven en el profesor más un empleado de guardería que un educador. Que los aguante muchas horas, pero ojo con levantarles la voz. Y en caso de conflicto, el testimonio del hijo es el que va a misa. Pero siendo cierto lo antedicho, con quien menos poder tienen los profesores es con la administración. Hubo un tiempo en que los directores provinciales estaban cerca y se les sentía tan cerca que había un diálogo fluido. Conocían las características del centro y sabían las teclas que tocar. Hoy las delegaciones son sucursales de la gran Toledo, la madre de todas las burocracias, para la que somos números, cifras, códices, legajos, mierda. Se preocupa tan poco de los profesores que ni siquiera corrige a aquellos, que también los hay, que entran en sus clases como en una cacharrería y no tienen ni potestas, ni auctoritas, y con su mal ejemplo les quitan a sus colegas la poca que pueda quedarles. Al fin y al cabo, durante las últimas leyes, que se suceden con más ruido externo que efecto dentro de las clases, ninguna ha puesto el dedo en la llaga de la formación de los profesores. Nadie se ocupa de enseñarles a enseñar. Se les otorgó el permiso para conducir clases en un examen duro en el que se les examinaba de otras cosas. Como si conducir clases de treinta alumnos mirándote y estudiando cada uno de tus gestos fuera más sencillo que conducir coches o camiones, cuya licencia requiere por ley un tiempo de tutoría. Como si la auctoritas te la regalaran en una tómbola o en un arrebato de presidenta autonómica que necesita un golpe de efecto. Los conductores primerizos llevan la ele un año, recordándoles que son primerizos. Los profesores son profesores desde el primer día. Llegan al instituto, les endilgan el peor horario y las clases más complicadas, con gran alivio por parte de los veteranos, y hala, arréglatelas como puedas. Sólo al cabo de un tiempo, y de muchos ensayos y errores, los que tienen más suerte descubren que han adquirido una serie de herramientas que suelen funcionarles. Pero rara vez se comentan en el café del recreo, como si existiera un prurito que impidiera compartirlas. Mucho menos ante los nuevos que llegan y tampoco preguntan, quizá por timidez, quizá por miedo a parecer tan nuevos. Sólo los muy dotados, como Luis Aragonés, aciertan con la herramienta adecuada el mismo día en que debutan. Y aun así terminan ganando los títulos más importantes cuando están al borde de la jubilación. Seamos optimistas. Al menos han sembrado su auctoritas en generaciones y generaciones de pupilos.
Todo perdido de ordenadores
Si no tenemos un plan, se nos pone todo perdido de actividades. La frase se la escuché en Albacete al ahora ministro de Educación, Ángel Gabilondo, cuando sólo era rector de la Autónoma de Madrid. La dijo con un gesto de complicidad hacia sus compañeros de mesa, con una chispa que me impresionó. Caramba, me dije, por fin un tipo que sabe de qué va la cosa. Es bastante habitual en todas las disciplinas, pero más en educación, que se programen actividades y más actividades, para rellenar, sin prever a qué resultados queremos acercarnos. De modo que no me pareció un político cuña, de esos que llevan preparada una frase brillante y la colocan con más o menos habilidad. Su cargo estaba en el umbral de la política, sin duda se estaba postulando para cargos políticos, pero lo hacía con brillantez y significaba una esperanza. En educación estamos acostumbrados a gestos espectaculares y poco efectivos. En Castilla-La Mancha más. Nuestro gobierno de políticos reymago invirtió el año pasado 20 millones de euros en comprar ordenadores portátiles, que repartió entre los profesores con una munificencia sospechosa, para que los docentes se familiaricen con las nuevas tecnologías y las usen en sus clases. En realidad no era un regalo, sino un préstamo a tres años. Por cierto que eligieron asignarlos a los centros, con lo que los secretarios andan locos este principio de curso recogiendo los portátiles de los profesores que se van y entregándoselos a los que vienen. Un lío. Un lío bastante caro y de dudosa efectividad. ¿Cuántos de los 28.000 beneficiarios han aprovechado el préstamo? No me consta que haya un seguimiento. Pero, a simple ojo, a mi alrededor, son menos de un 5% los que aprovechan en sus clases estos aparatos a los que sin embargo hemos tomado mucho aprecio, eso sí. Entre tanto, en los mismos centros se acumulan las facturas porque los reyes magos se retrasan con el presupuesto anual. Y ahora es Gabilondo quien insiste con tozudez en que hay que regalar un ordenador a cada alumno, empezando por los de quinto de primaria. Ante las reticencias lógicas de algunas comunidades, que andan con el presupuesto hasta el cuello en el lodazal de la crisis, el Ministro aprieta con que hay que comprarlos como sea para que haya igualdad de oportunidades. En el punto de mira de todos está la crisis del sistema educativo, pero sin duda están equivocando el enfoque. Los ordenadores son una herramienta llamativa e importante, qué duda cabe, pero la unidad de educación sigue siendo el profesor y más concretamente su formación, ahora perdida en un maremagno de cursos y de actividades sin hilo conductor. Si quienes han de rentabilizar este chaparrón de tecnología no saben aplicar la inversión, estamos tirando el dinero público. Y no saben, porque no existe un plan de formación coherente e ineludible. Se está poniendo todo perdido de ordenadores.
Dos lunas

A principios de verano oí en la radio que el día 27 de agosto iban a poder contemplarse dos lunas en el cielo, y sin haber bebido ni gota. El fenómeno, según explicaba el comentarista, se debía a lo cerca que se iba a encontrar en esa fecha el planeta Marte, hasta alcanzar de forma engañosa el tamaño de nuestro satélite. Añadía que no debía de perdérselo uno, porque iba a ser muy raro estar vivo cuando volviese a repetirse la conjunción astral, un montón de años más allá en el tiempo. Incluso daba la hora en la que había que asomarse: las doce y media. Apunté la cita y me olvidé de ella hasta el mismo jueves 27, en que se cumplía. Como estaba en Canarias, con una hora menos, dudé cuándo debía mirar a las alturas y me metí en internet a consultar. Aparecieron varias decenas de artículos en los que se nos advertía a los ignorantones de que esa noche Marte iba a andar más lejos incluso que otras veces. Que lo de las dos lunas era una leyenda urbana. Lo describía así mismo, Una leyenda urbana. Como había avisado a unos amigos y temía quedar mal, no me resignaba yo a que los artículos de Google llevaran más razón que el comentarista de la radio al que se lo había oído y que mi propia agenda. Me conjuré a estar presente a las once y media, atento a lo que ocurriera en el cielo sucio de Puerto del Rosario, que no tiene nada que ver con el de El Roque de los Muchachos palmero. Sin embargo, había tenido una jornada ajetreada y reconozco que me quedé dormido. Algún runrún sentí entre sueños de que estaba perdiéndome un fenómeno singular, pero sin la fuerza necesaria para despertarme. A la mañana siguiente repasé los periódicos en busca de una fotografía del acontecimiento, pero todos andaban ocupados en contarnos la terrible gravedad de la gripe A, que a unos aconsejaba cerrar colegios y a otros reprimirse de exteriorizar los sentimientos de amistad y de cariño. Qué extraño que ninguno hubiera reparado en las lunas. Demasiado extraño. Tuve que tragarme el sapo y aceptar que fui uno de los timados con la leyenda urbana. Para más inri, ni siquiera es nueva. Un número creciente de graciosos la difunde todos los veranos. Si tenía alguna credibilidad astronómica con mis amigos, la he dilapidado. Y también la fe que me quedaba de estar al día. No en vano, médicos, gurús y hasta gente que la pasó desmienten que la gripe A mate tanto como para cerrar colegios y dejar de besarse. El otro día, al reincorporarme al trabajo, juro que me olvidé de las amenazas y estreché manos y besé a las compañeras como si nada. De modo que me arriesgo a ver las dos lunas en medio de los delirios de la gripe, que ya empiezan: hasta he creído oír que la Feria de Albacete cumplirá en 2010 no sé qué centenario impreciso por el que hay que tirar la casa por la ventana.
Burbujeros

Circulamos a ciento veinte kilómetros por hora a través de una cinta de asfalto en la que sólo se puede circular en el sentido en que lo hacemos. Hay otra cinta aparte, perfectamente diferenciada, para los vehículos que vienen en sentido contrario. Alrededor nuestro, y detrás de una valla separadora, se extiende una llanura reseca. Soplan ráfagas de un viento que obliga a empuñar con fuerza el volante. Su frescura es engañosa. En realidad el termómetro del exterior del vehículo marca treinta y ocho grados. Y son las cinco de la tarde. Pero en el interior de la cabina parece que estuviéramos en una mañana de primavera, muy lejos de la canícula que nos cerca. Me doy cuenta de que estoy describiendo algo parecido a una historia de ciencia ficción con un toque crepuscular. Y sin embargo lo que cuento me está pasando a mí, en Albacete, y además a diario, cuando voy y vuelvo de Chinchilla. Si lo leyera un vecino de hace dos siglos, alucinaría. Lo más probable es que ni me entendiera y que, de hacerlo, llegase a la conclusión de que estoy loco. Y tal vez no se equivocara. Igual todo esto es una alucinación. Igual es Mátrix. Suena el móvil (para descolocar más al posible lector de hace dos siglos) y toma la pastilla mi hijo, que va de copiloto, y habla desde ella con una persona que ni siquiera está a la vista. Y habla casi en susurros. Si me lee un vecino de dentro de dos siglos, si eso llega a ocurrir (no que me lean, sino que haya gente por los alrededores dentro de dos siglos), lo más probable es que alucine también y se diga que gastamos herramientas arcaicas. De momento es como si yo me hubiese salido del siglo para retroceder unas décadas (no tanto como dos siglos) porque me estoy sorprendiendo de cosas de las que nadie se para a sorprenderse. Se usan y ya está. Si le digo a mi hijo lo que estoy pensando, que esto de viajar aislado de la canícula y de hablar sin hilos con una persona a la que no vemos me parece extraordinario, mi hijo fruncirá el ceño y tal vez no diga nada, pero pensará: mi padre empieza a chochear; qué pena, tan joven (bueno, lo de joven lo añado yo). Llegamos y me bajo del coche y me adentro en una habitación con aire acondicionado a escribir esta historia. En Albacete también he estado en una habitación con aire acondicionado, de modo que sólo he permanecido en contacto con la realidad unos pocos minutos, divididos en secuencias de unos treinta segundos. No me estoy enterando del verano. Estoy tan lejos de este verano como de las cadenas de televisión que nunca visito. Puede que estén ahí, pero no existen para mí. Lejos del verano, pero no de las vacaciones, alucino en secreto de ser un hijo de mi tiempo y de que, yendo tan mal las cosas en el mundo, pueda apagarlas con pulsar una tecla. Esto no puede durar siempre, me digo. Mi hijo frunce el ceño. ¡Igual lo he dicho en voz alta!
No-Lugares

El verano es el paraíso de los no-lugares (el término lo acuñó Marc Augé). Lugares de paso donde uno se siente de paso, es decir, no termina de estar realmente, porque va a otro sitio. A poco que lo pensemos, descubriremos que todos los aeropuertos son iguales y que si nos taparan los ojos y nos depositaran en cualquiera de ellos, tardaríamos mucho tiempo en descubrir a qué ciudad del mundo pertenece. Además nos daremos cuenta de que los supermercados también son muy parecidos unos a otros. Tal vez sólo cambien algunas marcas y el rincón del laberinto donde se ocultan los alimentos básicos. Por lo demás, uno se siente en cualquiera de sus pasillos como en el supermercado de siempre, poco más o menos, envuelto por la misma musiquilla insulsa y el mismo sudor de búsqueda a pesar del aire acondicionado. Descubriremos que las autovías son carreteras intercambiables como los aeropuertos, sin más personalidad que las nubes que las sobrevuelan y algunos paisajes que se atisban en la lejanía y que parecen desdibujados por la velocidad. Al entrar y al salir adoptan la forma de un nudo de rotondas ante cada una de las cuales siente uno que ya la cruzó antes, como les pasa con las dunas a los perdidos en el desierto. ¿Y qué decir de las habitaciones de hotel y los apartamentos de playa? Los decoradores hacen grandes esfuerzos porque se diferencien, porque tengan un punto de distinción, y sin embargo nunca consiguen hacernos olvidar que estamos de paso. Habrá que dejar aparte, claro, las grandes suites, que por cuestiones profesionales o económicas, no sé bien, nunca he visitado y que tal vez consigan hacerle descender a uno a la tierra. Aunque mis dudas tengo. En fin, que las vacaciones de verano típicas consisten en atravesar un desierto de no-lugares que lo van despersonalizando a uno hasta convertirlo en una no-persona. El premio, el tesoro, consiste en pisotear y tal vez fotografiar un lugar idílico, lejano, anhelado. Un lugar que sólo existe en los sueños, los libros de texto de la infancia y ciertas vacaciones afortunadas. Uno no tiene más remedio que sentirse realizado al llegar, entre otras cosas porque necesita autoconvencerse de que se encuentra por fin en un lugar, después de vagar tanto tiempo por limbos semiborrosos. Por eso no es extraño que el verdadero sueño de un sedentario consista en viajar utilizando la propia casa como vehículo, como le sucede al anciano protagonista de Up, la última película de dibujos animados de la factoría Pixar. Desvincular la propia casa del suelo con un millar de globos y dejar que una tormenta te lleve en volandas al destino elegido. De ese modo, si el destino te defrauda, cosa siempre probable, te quedan tu sillón, tus libros, tus discos y tu cama. Tienes tu casa, el único lugar que tal vez merezca ese nombre.
Energía residual

Flores junto a la carretera. Atadas a un árbol con alambre. En verano nos damos más cuenta que en el resto del año, porque salimos más y los avisos de prudencia acentúan el acecho de la tragedia. Si por un azar hemos de detenernos y pasamos junto a las flores, deducimos que ahí murió alguien de forma brusca, en un accidente. Y que los suyos lo recuerdan. Pero ¿queda alguna energía en el lugar, relacionada con lo que ocurrió? Recuerdo que de pequeño iba los domingos a la Pulgosa en bicicleta, con mi padre. Justo en el cruce, sobre uno de los mojones cónicos que delimitaban el umbral del camino, había unas flores. Mi padre me contó lo que representaban y mi imaginación de niño viajaba a lo que había pasado. Evidentemente más con la fantasía que con un sexto sentido. El caso es que notaba algo en el ambiente, entre la voz de los grillos. Igual me sucede cada vez que, en el Paseo de la Libertad, camino por la acera y mis dedos tocan la reja de la Diputación. Allí siguen las huellas de la metralla, setenta años después. Los únicos restos físicos de que una bomba explotó en medio del Paseo segando la vida de un grupo de Brigadistas que venían del Altozano hacia lo que hoy es la Estación, a socorrer a los heridos por otra bomba. ¿Los únicos restos físicos? Las huellas de las esquirlas actúan como un interruptor que enciende en mí sensaciones. Duró unos segundos, tal vez menos, sin dejar más rastro que muerte, destrucción y silencio. La pregunta sigue ahí: ¿los sentimientos humanos dejan algún tipo de residuo? No soy, evidentemente el único que se lo pregunta: aficionados al esoterismo aseguran que, donde se produce una muerte violenta, suele quedar algo. Algunos insisten en que lo que ronda es el fallecido mismo, que aún no se ha percatado de su propia muerte. Sobre esta idea se han escrito toneladas de elucubraciones y se han filmado películas como Ghost y series de televisión como Entre fantasmas, en la que los finados siguen experimentando una vez muertos las mismas emociones que los embargaron al final de su vida y no descansan hasta cumplir sus últimas voluntades. Elucubraciones que se alimentan de nuestro deseo de que sea verdad, de que algo quede donde la gente experimentó el sentimiento más extremo que puede sacudir a un ser humano, la sorpresa de morir sin esperarlo. Más si se es muy joven y se tiene la energía intacta. Una habitación de hotel donde se desploma un futbolista en la flor de su carrera está llena de esa intensidad. O se la atribuyen las televisiones con su duelo masivo. También la acera en donde estallaron en pedazos unos guardiaciviles. Su energía, o lo que sea, vibra en el asfalto y no vibra nada en el garito donde fríos artífices fabricaron la bomba. Como si sólo notáramos a los humanos y los otros fueran extraterrestres o ratas.
El crimen del silencio

En lo más profundo de la noche, lo despierta una pulsación desmesurada, como si un inmenso corazón bombardease la ciudad y derrumbase un edificio con cada sístole y batiese los cimientos con cada diástole. Su casa se remueve con las otras, su corazón se agita, como no podía ser menos, y por supuesto su sueño se rebela. Estaba anunciado. Son las cuatro. Se levanta a orinar y, a la vuelta, ya tiene en el pasillo dispuestas unas tijeras y una cinta de embalar. Corta dos tiras y se las aplica en las orejas, tratando de taponar los resquicios por los que entran y salen las ondas sonoras. O bien no lo consigue del todo o bien la cinta de embalar no es lo bastante densa como para poner dique al ruido procedente de la plaza, que está a quinientos metros de su casa, con varias manzanas de viviendas entre medias. Cada año, las pulsaciones se las apañan para sortear los obstáculos, rebotar en el jardín que está junto a la ventana y adentrarse en la alcoba donde él y su mujer duermen. En años anteriores no los despertaban. De hecho no les dejaban conciliar el sueño. Retumbaban en las paredes y de algún modo también en sus propias entrañas, haciéndoles dar vueltas y más vueltas entre las sábanas, sin permitirles entrar en el trance. Era duro. El calor y el ruido asociándose para mantenerlos en vigilia, a pesar del enorme cansancio del día y del estrés añadido de que hay que madrugar para ir al trabajo, puesto que la pulsación no entiende de jornadas laborables o festivas. Cuando el maldito corazón de la fiesta empieza a palpitar, tanto le da lo que suceda al día siguiente. Este año, la novedad es ese concurso de pinchadiscos (diyéis les llaman ahora), en el que cada noche es uno diferente el que toma el mando de la bomba. Y encima, con el estímulo de superar a sus competidores, lo que por lo visto consiste en añadir decibelios. Para los que votan, pero también para los que oyen sin querer oír: enfermos, ancianos, niños, trabajadores, que al otro lado de las casas reciben toda la carga de decibelios casi sin merma, por algún misterio de la física. Y así, emparedado entre las dos piezas de la cinta de embalar, como anoche y como mañana por la noche, durante más de una semana, el hombre intenta fingir que no oye, intenta dominar el cabreo para reducir la frecuencia de su propio corazón y de este modo dormir algo y no estar tan cansado cuando suene el despertador, sólo unos minutos después de que se instale el silencio. De nada vale, ya lo ha intentado, quejarse ni denunciar ni ponerse tapones en los oídos. Es la fiesta, le han dicho en el Ayuntamiento. Un Ayuntamiento débil, dividido, que evita protestas de los jóvenes aceptando lo que propongan, por muy lejos que esté del sentido común, sin poner límites. Demasiado cansado para salir a matarlos, el hombre los maldice desde estas líneas.
Ostalgia

Pertenecemos a la memoria más de lo que la memoria nos pertenece. Quiero decir que no la controlamos. Vaya una novedad. Pero no veas cómo duele. El otro día, fue escuchar a los Fórmula V subidos al escenario de verano de Chinchilla y experimentar un subidón de nostalgia. Pero qué nostalgia, si a mí los Fórmula V no me gustaron nunca. El vocalista, un tipo rubicundo de ojos saltones y paletas largas, me pareció siempre un histrión. En cambio el otro día, me salían solas sus canciones, la de Eva María se fue, Vacaciones de verano, Un rayo de sol. Y la gente en la plaza, emocionada, bailando. Muchos mayores agitando los brazos al compás de la música, y yo tratando de contenerme, de entender aquello. Por qué me impactaba tanto ver al de los ojos saltones medio calvo y con cuerpo de sesenta años tratando de imitarse a sí mismo con cuarenta años menos. Me fui a casa con el corazón en un puño y nada más llegar me metí en internet a documentarme sobre el grupo, a ver qué leches pasaba. Y en efecto: los Fórmula V se hicieron populares cuando yo era pequeño y se disolvieron cuando yo granaba. Vamos, que no tuve edad para merecerlos como ídolos de juventud. En cambio, eso sí, crecí oyendo sus canciones por todos sitios. En aquella época, todos sitios era la radio. Si acaso, la piscina de Educación y Descanso, por cuyos altavoces, digo yo, pondrían fondo musical a los veranos. Porque todas las canciones de los Fórmula V están cortadas por el patrón estival: que si el bikini de rayas, que si el último verano, que si un rayo de sol, guojojooo. Hasta Cenicienta salía a ver las estrellas y se encontraba una botella en la Fiesta de Blas, donde todo el mundo salía con unas cuantas copas de más. Por supuesto no caté ni una de esas copas. Sólo el síndrome de Estocolmo puede explicarlo. Fuimos raptados, cuando estábamos aún formándonos, por una secta de pinchadiscos, los cuarenta principales, que nos inyectaron en sangre estas canciones pegadizas. Desde entonces, viajan en nosotros de forma larvada y vuelven a aflorar en cuanto suenan las cuatro notas que las reactivan. Entonces, hala, a canturrear, sin querer, los estribillos, que nos sabemos mejor que las oraciones que aprendimos para tomar la comunión. A bailar como los niños de Hamelin, perfectamente idiotizados por el flautista. Nos invade la ostalgia, es decir la nostalgia de lo que creímos vivir, pero no vivimos en realidad. La palabra se la robo a Dubravka Ugresic. En español su significado literal es dolor de un hueso. En fin, siento ostalgia de Fórmula V. Y siento ostalgia del mayo del 68, cuyas rebeldías sólo pude leer, no vivir, pero creo que me hicieron abominar de las canciones superficiales de Fórmula V, que eran sangre de mi sangre, que eran para mí el verano, aunque no lo supiera. Eva María, hija, dónde andas, con tu bikini de rayas.
Más inaccesible que la luna


Uno de los fenómenos más contradictorios que puede generar el ser humano se dio la semana pasada en Chinchilla. Más de cien personas vigilando el incendio de un bosque que en realidad es la diana de un campo de tiro. Si no lo entiendo mal, eso quiere decir que los militares se entrenan disparando a ese pedazo de tierra que sólo disfrutan con ellos los escarabajos, las perdices y los conejos. Que se acumulan proyectiles sobre el lugar, generando explosiones tal vez dirigidas a un enemigo imaginario, tan bien camuflado, tan perfectamente integrado entre la verdura y el polvo, que el polvo y la verdura son en realidad los enemigos contra los que hay que dirigir las ráfagas, contra los que hay que apuntar los obuses. Eso en tiempo de maniobras. El resto del año, si se pudiera, se cubriría el campo con una lona de invisibilidad para que nadie lo vea ni se acerque. Para que no exista.
Y de pronto, un día de julio, ese enemigo natural, ese espacio imaginario, se incendia. Por lo que dicen, solo. Posiblemente un proyectil, de tantos fallidos como yacen sobre los socavones, ha decidido explotar a destiempo. También hay quien afirma que estaban disparando a la vegetación en la misma época en que es delito encender barbacoas. El caso es que una vez prendido el fuego, a ver quién es el guapo que se aventura a pisotear la chatarra esparcida, no sabe si muerta o dispuesta a morder. Quién se juega la vida para salvar unos cuantos árboles. Nadie. Ni siquiera después. Nadie se adentrará entre las cenizas a ver por qué empezó. Sería demasiado peligroso. Esa parcela en realidad no existe. Para los humanos es más inaccesible que la luna, cuyas primeras huellas cumplen cuarenta años.
Según cuentan las crónicas, lo que han hecho los servicios de extinción ha sido rodear el perímetro del campo y no dejar que escaparan las llamas desde lo imaginario a los pueblos reales que sufren las detonaciones, Pozo Lorente, Hoya Gonzalo e Higueruela. Hartos de ver películas donde estallan selvas enteras, son masacradas las islas y los campos quedan reducidos a pavesas, no parece una gran pérdida mil hectáreas de bosque. Un accidente. En cambio, los que lo observaban permanecían como hipnotizados asistiendo a un espectáculo estremecedor. Ver desde la impotencia el bosque en llamas, oír crepitar los árboles, oírlos quejarse casi como seres humanos, sentir que el viento es dueño de la situación, sufrir la incertidumbre, el temblor de que un cambio de dirección pueda traerlo hacia nosotros, saber que cambia el paisaje tal vez para siempre. Eso no se olvida jamás. Y a uno le parece que un solo árbol, aunque sea un pimpollo enclenque, crecido entre explosiones, acostumbrado a sobrevivir en una guerra imaginaria, merece toda la atención. Merece vivir para que vivamos.
La fotos son de J.M.Esparcia y el Juli, respectivamente
El tanquista

Como a veces les ocurre a los artistas, a Gerda Taro le llegan el éxito y la fama después de la muerte. Sesenta y dos años después. Sólo tenía veintiséis cuando se soltó del vehículo al que se había encaramado para huir de Brunete. Bajo el acoso de la aviación franquista, aquello era un sálvese quien pueda. Y ella tuvo el infortunio de caer al camino en medio de la desbandada. Un tanque le pasó por encima. Ni siquiera fue rápido el desenlace. Aún tuvo la entereza de sujetarse los intestinos mientras la trasladaban al hospital inglés de El Goloso, donde vino a morir en la madrugada siguiente. Todo ocurrió en la tarde de un domingo de verano, el 25 de julio de 1937. Seis días más tarde hubiera cumplido 27 años, la edad en que la mayoría de los jóvenes de hoy están por salir del cascarón.
Había unido su destino al de André Friedmann, un judío húngaro algo tosco que jugaba bien al póquer y se ganaba la vida como fotógrafo de guerra. De ella fue la idea de que cambiaran sus nombres. Gerda sustituyó el apellido Pohorylle, que había heredado de su familia alemana, por el más eufónico de Taro, para sonar a Greta Garbo. André se hizo llamar ya para siempre, hasta que pisó una mina vietnamita en el 56, Robert Capa. Mezclaron sus fotos de tal modo que ha sido difícil distinguir quién de los dos apretó el percutor en cada una. Para nosotros Capa es un mito por congelar la muerte de un miliciano en Cerro Muriano el 5 de septiembre del 36. Vivió más, pero escribir su biografía es desenterrar a Gerda, justo lo que está sucediendo con Esperando a Robert Capa, de Susana Fortes.
Y lo que son las cosas, el renacer de la Taro rescata otros olvidos. Con emoción inesperada leímos el domingo en El País un artículo de Jacinto Antón, datado en Cenizate. Cuenta que el tanquista que mató a la fotógrafa era, mira por dónde, de Albacete. Se llamaba Aníbal Suárez. Ni siquiera se enteró. Había demasiado alboroto y la visión desde el tanque debía de ser muy limitada. Se lo dijo otro tanquista que venía detrás, el también albaceteño Fernando Plaza: “¡Te has cargado a la francesa!”. Así conocían todos a la alemana Taro. Se lo gritó de tanque a tanque un rato más tarde, cuando se detuvieron para reorganizarse. Conducían sendos T-26 de fabricación rusa.
En la vida no hay personajes secundarios, cada cual es el protagonista de la suya. Fernando Plaza salvó su peripecia contándole a su sobrino Fernando Cambronero lo que había visto. Y el sobrino también heredó las fotos. En una de ellas se ve a Aníbal subido al tanque. Fernando Plaza la había salvado escondiéndola en sus botas al ser prendido al final de la guerra. El sol de julio al que entorna los ojos sigue brillando 62 años después. Se lo debemos a una biografía y a un puñado de intermediarios, todos ellos imprescindibles.
Estudiar y ahorrar es lo mismo

Ahora va a resultar que la crisis también tiene ventajas. Los mozos que hasta hace un año dejaban de estudiar para ganarse unos duros fáciles cargando carretillas o lavando coches, ahora no tienen excusa. Antes te contestaban con altanería que para qué iban a estudiar si tenían más fácil conseguir la moto fuera del instituto, al cumplir dieciséis años, currando en la empresa de un familiar o de un vecino. Y resultaba poco menos que imposible rebatirles con el argumento de que la vida es muy larga. Porque para un adolescente sólo existe el ahora y, como mucho, si son medianamente espabilados, el día de mañana. Hablarles del futuro es como hablarles de Marte, un planeta lejano en el que no canta ninguno de sus ídolos ni se ve Fama ni alcanzan los programas de contacto de internet.
El presente sigue siendo lo único que les importa, pero la moto se está poniendo cuesta arriba. Y si no la moto, la gasolina de la moto. Así que no queda más remedio que retomar los libros, según explica el flamante ministro de cultura, Ángel Gabilondo. Resulta que, por primera vez desde hace años, desciende el número de españoles que abandonan los estudios nada más cumplir los dieciséis. De momento es sólo un repunte, pero tiene visos de seguir aumentando, si la interpretación de los asesores de Gabilondo es correcta, cosa que deseamos. En fin, que acabar los estudios puede ser más rentable que abandonarlos, y no sólo en teoría, sino también en la práctica, ya que gracias a nuestro sistema, libros aparte, el bachillerato sale gratis. De las pocas cosas que sigue siéndolo.
En realidad se trata de un espejismo, porque se nos olvida que los profesores cobran y que los centros educativos tienen abundantes gastos de luz, agua, calefacción y equipamiento. En fin, que la enseñanza es gratis para los estudiantes, pero no para el Estado, que somos todos y que pagamos entre todos. Pero si hay una cosa de la que podemos sentirnos satisfechos es de que así siga siendo, a pesar de los intentos de gente como Esperanza Aguirre en Madrid de crear una enseñanza de lujo para los que pueden permitírselo y que los demás se apañen como puedan. La enseñanza gratuita es un derecho por el que tenemos que seguir luchando, porque el verdadero capital de un país, ahora que se nos ha roto la burbuja inmobiliaria y que pierde gas el turismo de sol y playa, es la preparación de sus ciudadanos. Que haya gente capaz de pensar y de encontrar soluciones, no nos engañemos, depende sobre todo de un sistema educativo solvente. Y que, aunque sea a su pesar, lo vuelvan a descubrir nuestros adolescentes es una buena noticia que ojalá se confirme.
Más historia que teatro

El 6 de agosto de 1488, los Reyes Católicos pasaron la noche en Chinchilla. Venían de Murcia y, camino de Valladolid, la necesidad les hizo recalar en la ciudad, que entonces era la más grande de los alrededores. Hacía sólo ocho años que en Chinchilla había terminado una guerra civil en la que los partidarios de los Reyes habían vencido a los del Marqués de Villena. Vencedores y vencidos esperaban de los reales visitantes que cumplieran algunas de las promesas con las que les habían azuzado para que lucharan, que jurasen devolverles sus antiguos derechos y dejaran de freírlos a impuestos y de reclutar a los mozos chinchillanos para el frente nazarí de Granada. Hubo hasta un tira y afloja de no dejarles pasar si no juraban. Finalmente franquearon la puerta, juraron los fueros (por cierto, ante una cruz de cristal de roca que quizá sea la misma que se conserva en el museo parroquial), durmieron, se dejaron agasajar, se marcharon y aún estamos esperando que cumplan su promesa.
A partir de esta anécdota, que se conserva en un solo folio, el 146 del libro capitular de Chinchilla, el Ayuntamiento organizó en 1988 un espectáculo masivo en la plaza para celebrar el quinto centenario. Cuatro lustros después, no se sabe bien con qué motivo, se retomó la idea. Hablamos del año pasado, y el afán es de convertirlo en un acontecimiento anual que ha quedado fijado para el último sábado de junio, lejos de la efeméride, pero muy cerca del consolidado Festival de Teatro Clásico. Esa noche se instala un graderío metálico ante la iglesia del Salvador, se trae a dos actores populares para que les pongan rostro a Isabel y Fernando, y medio Chinchilla obedece las órdenes de José Tomás Chafer, el director de la Escuela Municipal de Teatro, que es el que le da forma al asunto. No es fácil, desde luego, manejar a más de trescientos figurantes, en un escenario que en realidad es un pasillo, el que va desde la fachada plateresca del Ayuntamiento hasta el entarimado donde se acomodarán los Reyes, flanqueado todo por los graderíos y las sillas donde se sientan los espectadores.
Entusiasmo sobra. No hay pueblo más generoso con sus tradiciones ni más entregado y dispuesto a participar que el de Chinchilla. Y los que no participan, disfrutan mirándolo como un solo forofo. Por cierto, que este año se les ha cobrado diez euros a los que reservaban asiento en las gradas y sin embargo lo han presenciado gratis los que miraban desde las sillas del lado del Casino, con una perspectiva privilegiada. Y encima, el que ha montado las gradas ha colocado más altas las que están más cerca del escenario, con lo que los paganos de delante entorpecen a los de atrás, que unas veces adivinan y otras sospechan lo que está pasando, sin tener nunca la certeza de verlo. Habrá que solucionar este desajuste.
Pero sobre todo habrá que hacer un esfuerzo por dar un poco más de forma a la historia, si es que el objetivo es perpetuarla. Porque no existe un hilo coherente que vincule los acontecimientos. El año pasado el acto pivotaba en el personaje de la ciudad de Chinchilla, encarnado por Llanos Salas. Este año en Vicente Albujer, en el papel de Al-Yinyalí, un sabio árabe del que hablaban las crónicas. Su discurso ha sido en realidad la lectura de una lección de historia, pura y dura, declamada con voz cálida, que en vez de utilizar un Power Point para ilustrarse, recurre a tres centenares de personas, focos y cobra entrada. Las bailarinas, traídas de una escuela de Almansa, andaban todas perdidas en todas las piezas, sin que supiéramos cuál era la que llevaba la manija de la coreografía. Los duelistas a espada nos hicieron temer por su integridad, más por su impericia que por su virtuosismo. Los actores, los pocos que hablan, no interactúan, no se influyen emocionalmente, sino que interpretan a personajes planos que declaman unos rollos incomprensibles que no me puedo creer que utilizaran ni los ciudadanos del siglo XV. Todos, excepto Juan Luis Galiardo y Kity Manver, que retocaron sus breves intervenciones con morcillas que las traducían al castellano, en una adaptación que es la parte más meritoria de una tarea por la que se llevan el sueldo de un mes.
En fin, un derroche de grandilocuencia y de pretenciosidad, también quizás de dinero, puesto al servicio de un espectáculo que no es teatro y que se basa en esa estética borrosa que llama cultura a lo que no se entiende y, desde luego, que se apoya en el entusiasmo de los figurantes y en el colorido de sus trajes, para salvar la noche. A mí por lo menos me entraba un sudor frío cuando, intentando seguir el hilo de una historia sin hilo, les oía hablar de los baños árabes, tan mentados siempre, y que ahí siguen, sumergidos en un caserón gris, sepultados en una cochera, sin vida más que en los folletos turísticos.
El poeta que vino del fútbol

Javier Ruiz Taboada acompaña a Javier Ares en la narración de los partidos futboleros internacionales y del fin de semana. Además, cada noche, compone un soneto sobre la noticia del día para leerla en antena en el programa La Bisagra. Otros lo llaman poesía, él sabe que no pasa de ser un ejercicio con rima. Porque al salir de la emisora, este toledano se quita la piel de contrarrelojista a la que obliga el medio, convoca a las musas y se refugia en los pinceles o se deja vencer por la poesía, la de verdad, la que remueve las emociones. De pronto, a los cuarenta y cinco años, se ha dado cuenta de que tanto ejercicio poético diario le ha otorgado un dominio soberbio del endecasílabo y ya lleva ganados dos certámenes literarios (Tomelloso y Jumilla) con otros tantos libros.
Reconoce que la facilidad para el verso la heredó de su madre, que componía unas rimas de celebración cada vez que se presentaba un acontecimiento familiar. De pronto, cuando Javier tenía doce o trece años, le dijo: ahora te toca a ti. Y desde entonces hasta El Reverso de la Bisagra, han pasado infinidad de versos por su bolígrafo. De hecho, empezó escribiendo poemas larguísimos, hasta que se dio cuenta de que el soneto le permitía condensar la noticia en catorce versos, estructurados incluso, entre la descripción de los cuartetos y la opinión en los tercetos. Y desde entonces utiliza esta estrofa que Boscán y Garcilaso introdujeron en nuestro idioma. Su uso cotidiano le ha obligado a probar con todas las variantes que existen, muchas de las cuales sólo se consultan en los tratados de métrica.
Pero, como él reconoce con su labia de locutor y desde sus gafas de miope, aún no se siente del todo poeta. Y eso que ha firmado cientos de ejemplares de su libro Ropa interior. Sin ir más lejos, en la pasada feria del libro de Madrid, no hubo otro poeta que firmara tantas dedicatorias. “Me gustaría contribuir a que la gente que no lee poesía se acerque a ella”. Será por eso que sus versos contienen resonancias del siglo de oro, en donde han bebido sus sonetos, pero también de autores más recientes, como Juan Ramón Jiménez, y hasta de la nocturnidad y el aire callejero de Sabina, el cantautor. Poemas donde se suceden, automáticos, los versos que describen la noche, el amor o la soledad. Y junto a ellos, otros mucho más cortos, mitad guiño y mitad greguería, que son el destilado de aquellos.
Y además pinta cuadros coloristas, que se mueven entre el naïf y el pop. Pueden verse en su página web, junto a sus ilustraciones y la música de un grupo al que produjo. Aunque siga enchufado al soneto por las noches y al fútbol los domingos, poco a poco la sensibilidad del míster Hyde que lleva dentro se va imponiendo al contrarrelojismo del locutor Jeckyll.
Visítenlo en www.ruiztaboada.com
No es lo mismo perder que desaparecer

Hace apenas tres meses, en marzo, el Club Voleibol Albacete viajó a la ciudad italiana de Jesi a jugar la final four de la copa Challenge femenina, equivalente a la copa de la UEFA. Aunque fuera a través de los medios de comunicación, todos viajamos un poco con ellas, que se enfrentaron al Panathinaikos griego y al Leningradka ruso (también estaba el Monteschiavo italiano). Era un nuevo hito de este equipo que lleva dieciocho años codeándose con la élite del voleibol femenino de nuestro país y que ya consiguió el doblete (liga española y copa de la reina) en el año 96. Pues bien, sólo tres meses más tarde, la presidenta y la tesorera del equipo, ambas cariacontecidas, anuncian con más clase, pero en resumidas cuentas, que no hay modo de sacar los cuartos que hacen falta para seguir, que están cansadas de mendigar sin fruto (salvo contadas excepciones) entre las empresas privadas de la ciudad y que se rinden.
Entonces llega el momento de hacerse la pregunta: ¿qué cambia en una ciudad cuando desaparece el único equipo deportivo que figuraba en la élite? Porque, no nos engañemos, los demás son de segunda, de tercera, cuarta y así sucesivamente. Pierden desde luego las jugadoras, las que viven de esto y tienen que buscarse la vida en otra parte. Pierden las futuras jugadoras, las chavalas que juegan en los equipos de la cantera, que ya no tienen un referente al que ver en vivo cada fin de semana. Pierden los pocos centenares de espectadores fieles que solían sentarse casi siempre en las mismas localidades, que vibraban con la pelea del equipo y que se levantaban a aplaudir al terminar, fuese cual fuese el resultado. Pierde la ciudad, que deja de pasear su nombre más allá de sus estrechas fronteras. Pierde el pabellón del Parque, que se queda sin el clamor de las tardes de los sábados.
Cuando algo se esfuma, todos perdemos; cada vez que tocan las campanas, tocan por todos nosotros, como decía Hemingway. Pero ¿qué perdemos? ¿La energía que desplegaba un reducido grupo de luchadores, el capitaneado por la presidenta Teresa Ruiz? Sin duda. No olvidemos que desde hace dos mil años la minúscula aldea de Astérix sigue impidiendo que el imperio romano domine la Galia. Imagínense qué pasaría si, hartos de frustraciones, de ser tratados con desconsideración por los mismos galos, Abraracúrcix y sus bravos se rindieran. Exacto. Dejaríamos de disfrutar del control y de los dedos de seda de Sara, la colocadora canaria; de la plástica, el carisma y los remates de Diana, la capitana; de la dirección de equipo de Chema Rodríguez. En una palabra, que la Galia sería dominada de cabo a rabo por el fútbol masculino donde el dinero corre más que quienes lo practican.
Profetas, al paro

Saber qué va a pasar antes de que suceda, ese es el gran sueño de todos los que aspiran a un pleno en la quiniela, que en el fondo somos todos. Pero, o bien nadie ha conseguido ir tan lejos en el tiempo, ni siquiera cinco minutos más allá del presente, o si alguien lo ha logrado se estará guardando la información para no compartirla. Y sin embargo afloran por doquier los profetas. Algunos con un predicamento inmerecido, como los grandes gurús de la economía, que resultan ser científicos del pasado pero astrólogos del futuro. Predijeron explosiones de burbujas y crisis a mansalva cuando ya estábamos empantanados en ellas y ahora no paran de adelantar que están naciendo brotes verdes de un árbol que no sabemos cuál es, pero que nos va a sacar del aprieto, aunque sea haciéndonos sangrar con sus espinas. Vamos, pura parábola, casi poesía bíblica.
Más modestamente yo me conformo con pequeñas averiguaciones que no predicen el futuro, sino que confirman el presente. Por ejemplo, el domingo por la mañana, salí a la calle, me asomé al silencio que reinaba en Chinchilla y de inmediato supe que había elecciones. El mérito es escaso, dirán algunos, hartos de tragar propaganda electoral antes de los telediarios y durante los telediarios. Da igual que no me crean: yo hubiera sabido que había elecciones aunque no hubiese oído la radio ni visto la tele ni ojeado el ordenador en meses. Por el olor. Las elecciones huelen y entran en el dominio de los sentidos, por lo que se pueden intuir sin lugar a dudas, como presienten los animales un terremoto o las abejas la caída de un rayo. Por eso la meteorología se ha convertido en una ciencia casi exacta y el domingo ya sabían en Roland Garros que iba a llover a las cuatro, como efectivamente ocurrió.
También las elecciones entran ya en el terreno de los sentidos. Los políticos ya ni siquiera se molestan en prometer lo que harán, pues (en un alarde de anticipación) se huelen que con promesas no van a convencer a nadie y se aplican en desacreditar a sus rivales, lo que al menos les granjea la lealtad de los suyos. El resultado no se decide por el número de los que cada uno ha convencido, sino por el número de entre los suyos que han conseguido arrastrar hasta las urnas. En unas elecciones que parecen de segunda, como las europeas, ganan siempre las derechas de las que, como dice Pilar Bardem, “votan siempre todos, hasta los muertos”. La única emoción consiste en saber por cuánto ganan. Y ahí advertimos la diferencia entre las profecías y las estadísticas, que no sustituyen a las elecciones porque no aciertan nunca, o aciertan poco.
En cambio, cuando alguien se molesta en adivinar el pasado, nos vacuna contra el futuro y sobre todo nos despeja el presente. Nos explica por qué fallaron los augures. Por eso me ha gustado mucho el libro de Javier Cercas sobre el 23 efe. Porque explica por qué fallaron absolutamente todos en su predicción de que iba a ser el general Armada el que sustituyera a Suárez. Porque explica que nuestra democracia empezó siendo una chapuza y que nos libramos por los pelos de perderla en el año 81, cuando nadie hizo nada por evitarlo y sin embargo muchos nos pusieron en peligro con sus pequeñas y mezquinas ambiciones. Recién leído Anatomía de un instante, el domingo pasado, salí a la calle y me llené los pulmones con el olor a democracia, como si llevara veinticinco años sin sacar la cabeza del agua. Como si acabara de descubrir la democracia. Luego ya voté y volví a sumergir la cabeza en este pantano de certezas donde no se necesitan profetas para saber quién ganará las europeas ni a qué hora va a llover en Roland Garros. Lo de las quinielas, en cambio, que eso sí que nos importa, sigue sin haber quién lo anticipe.
Articulistas

Por herencia familiar, pertenezco a una estirpe de sedentarios. Los tiempos han cambiado. Los sedentarios de ahora no vivimos vigilando con un ojo el ciclo de las estaciones y con el otro su reflejo en la cosecha. Más bien transitamos por un circuito semanal de calles, personas, programas de televisión, tareas y habitaciones del que rara vez salimos. Aún así no enfermamos de monotonía. Hemos aprendido a disfrutar de los matices, de los pequeños cambios que nos ofrecen las estaciones, de los libros que se suceden en la mesita de noche, del estado de ánimo de las personas con las que tratamos y del inevitable progreso de los acontecimientos: los hijos crecen, se emancipan, los cursos se ponen al rojo vivo en junio, nuestra imagen cambia en los espejos, nuestro propio estado de forma cambia también y ya no nos recuperamos con la misma celeridad de una noche en blanco o de una media maratón. El entorno contribuye: Chinchilla envuelve mi casa con una sucesión de ritos que jalonan el calendario, mientras que internet me da la ocasión de conversar casi a diario con personas que jamás hubiera conocido si no existiera este invento.
Una de las estaciones obligadas de mi circuito incluye consultar lo que me cuentan unos cuantos amigos de mi generación, que poco a poco han ido accediendo a los diarios locales y cuya opinión forma ya parte de mi rutina. Por supuesto no escriben para mí, sino para ellos mismos en primer lugar y para todos los lectores que quieran compartir su agudeza. Les ha costado (nos ha costado) hacerse sitio en los diarios, todo hay que decirlo (estamos todos más allá de la cuarentena) pero creo que nuestra aportación, al lado de maestros que ya son legendarios en la opinión albaceteña, como Pepe Sánchez de la Rosa, Ramón Bello Bañón o Domingo Henares, por citar algunos de los más admirados, espero que refresque al menos la manera de mirar las mismas cosas.
A mí Antonio García Muñoz me ayuda a aceptar el regreso de los lunes, con su dietario de la semana precedente engranado en una prosa chispeante, tan mordaz que a veces nos pone los pelos de punta. Y no entiendo los martes sin asomarme al Puente que nos tiende León Molina, con el aroma del tomillo y del romero de Yetas enredado en la escritura, pero también con reivindicaciones necesarias que se habían despistado en la letra comarcal de las noticias. Y aún no he llenado los miércoles y los jueves, pero para consolarme llegan los viernes iluminados con las leyendas cotidianas de Eloy M. Cebrián, que mezcla imaginación con realidad, agudeza con mala leche, y nos los sirve aliñados en su prosa exquisita; y la columna de José Juan Morcillo, su apunte sobre la palabreja de la semana en el que aclara de qué tiempos remotos ha venido a sentarse a nuestra mesa; y llega también los viernes Gregorio Salvador con sus advertencias y descreimientos sobre la política y la misma enseñanza en la que militamos.
Cada uno de ellos tiene para mí tanta importancia como esos cuervos cuyo vuelo escrutaban antes de partir los ejércitos de la Edad Media, teniendo muy en cuenta si se posaban a la derecha o la izquierda del camino antes de decidir qué paso dar. Todos ellos son jalones imprescindibles en la odisea que va desde el lunes hasta que el oleaje del viernes me arroja agotado a la playa del fin de semana. Tanta importancia como Manuel Vicent o Juanjosé Millás, a quienes también consulto con fervor religioso. Encontrándolos en su sitio, cada uno en su diario, parece que la semana está completa, que todo sigue en orden en la casa y que podemos seguir enfrentando con serenidad nuestra provinciana (que nada aburrida en absoluto) existencia.
Cazador de cigüeñas

A Juan Carlos Alonso Tur le gustaban con locura las novelas de fantaciencia y de misterio. Por eso, no sería raro en absoluto que en estos últimos meses se haya sentido más de una vez el personaje de una aventura galáctica, rotando en una atmósfera etérea, en medio de una red de cables, manoseado y punzado por cien manos, como si de pronto hubiera caído de una nave espacial a otro planeta y fuera objeto de estudio por los alienígenas. Y sin embargo en medio de esta perdición de estar enfermo, en todo momento, ha tenido claro dónde estaba el norte, su familia, sus hijos, sus pocos, pero ciertos, amigos. Y también su profesión de librero. No en vano, en los delirios últimos, a punto de cruzar la frontera de luz, aún advertía a sus acompañantes que no tocaran los libros que creía tener apartados para algún cliente que nunca llegará, o que estará llegando tarde.
Acababa de comprarse una Nikon deslumbrante y de estrenarla en un viaje a Italia, cuando notó los primeros síntomas y se avino a un tratamiento que en principio prometía ser sencillo. Esa Nikon merecía más capturas, muchas más, pueblos, campos, tejados y, sobre todo, cigüeñas, que eran una de las fijaciones de Juan Carlos. Tan pronto parecía no haberse movido en muchos meses del mostrador de Librería Popular, como tomaba al vuelo las vacaciones más inesperadas, las de la volea, y salía disparado y disparando fotos. Después de una trayectoria zigzagueante en la librería de la calle Albarderos y luego mucho más breve en Arquitecto Vandelvira, después de haber sido capitán de empresas pírricas, de haberse curtido en libros técnicos, raros, casi ilocalizables, ahora estaba viviendo una segunda juventud como librero de a pie, de los que pueden olvidarse de la empresa al salir por la puerta, con la curiosidad y la cámara por toda compañía.
Hijo del médico Elías Alonso, que cuidó la cabecera de tantos albaceteños cuando Albacete se lo repartían cuatro médicos, Juan Carlos heredó el tesón profesional. Sus gafas de pasta y su primer trato algo hosco han sentado cátedra entre los clientes que acudíamos con las ideas más o menos perfiladas en busca de la pista definitiva que nos llevase al libro perseguido. Su tándem con Juan Valero ha sido irrepetible. En estos tiempos en que el librero vocacional es una especie en peligro de extinción, encontrarse a dos juntos en tan poco terreno era un gozo. Daban ganas de preguntar por libros inventados sólo por darse el gusto de verlos en acción. Ahora vengo de saber que Juan Carlos, Juancar, tenía también una bola de cristal y que sentía una atracción por lo esotérico que no sabemos a dónde le llevó, pero que le hacía desconfiar de ciertas, contadas personas.
Suponemos que no llegó a ver nada en esa bola. Que la tenía por tenerla cerca, por tener a mano el misterio, aunque no supiera cómo usarlo. A cambio, se empapaba de él continuamente, en un hilo sin interrupción, conectando el final de una novela con el comienzo de otra, hasta despegar de la rutina, como nos pasa a todos los lectores. En su caso, el último viaje ha tenido también algo de odisea fantástica, vertiginosa. Quiero creer que a ratos se ha sentido más un viajero en lo extraño que un enfermo, mientras luchaba por su vida en medio de una marea de operaciones y de infecciones que han ido debilitando su resistencia, pero no su imperturbable optimismo. Al final, ya más allá que acá, su obsesión era que no se preocupase nadie. Sus últimas palabras han sido reveladoras: siento que estoy perdiendo la consciencia. Las de un Ulises que cruza una frontera dando fe de su valor.
Chincharte
El segundo fin de semana de mayo se celebró en Chinchilla un festival de artes alternativas al que los organizadores han bautizado Chincharte 2009, que es un título que se recuerda con facilidad y que tiene un punto ingenuo de provocación, que les conviene a estos acontecimientos. A más de uno puede parecerle hasta anacrónico, irrespetuoso con la consigna global de apretarse los cinturones, el crear un festival cultural precisamente cuando la crisis económica está en su apogeo. Sin embargo Chincharte había empezado a fraguarse antes de que se generalizara la crisis y además, si lo pensamos bien, qué puede ser más estimulante y agitador, en un momento en que faltan ideas y decisión para aplicarlas, que un encuentro donde los jóvenes tengan ocasión de expresar y contrastar sus hallazgos en todos los campos del arte.
Porque como explicaba el concejal Antonio Cola en la presentación, el objetivo de Chincharte 2009 ha sido dar una oportunidad a los jóvenes de compartir y de participar. No ha resultado sin embargo fácil que viera la luz. Ha hecho falta el impulso de un grupo de artistas chinchillanos, encabezados por Celia Jiménez, Teresa Preciado, Álber Navarro y Rafa Martínez, luminosos de energía y desbordantes de ideas. Ha sido necesario que el ayuntamiento de la ciudad asimilara el reto, trámite que le ha costado tres años, como reconocía la concejala de cultura Mercedes Mínguez, que la definió como una iniciativa de riesgo. Han precisado de una persona que coordinara el proceso y pusiera el orden en los acontecimientos y las cifras en la tierra, lo que ha hecho Verónica Hernández, con el respaldo de la Diputación. Y además hacía falta que los artistas tuvieran ganas de venir, y la generosidad de hacerlo casi gratis, y en muchos casos encima aportando experiencia e ideas, como las editoras de La Lata, Manuela Martínez y Carmen G. Palacios.
Así, Chinchilla, que vive en una efervescencia cultural la mayor parte del año, entre la riqueza de sus tradiciones y acontecimientos como el Festival de Teatro Clásico o el de Música Antigua, o el Certamen de Pintura Rápida o el de Cortos de Cine, rellena un hueco que le quedaba en su calendario. Los vecinos del pueblo, y los que se acercaron desde Albacete, pudieron admirar una exposición colectiva variadísima, pero con un mínimo de notable en todas las obras. Vivieron la presentación de esa revista tridimensional que es La Lata, que sus promotoras han paseado y siguen paseando desde Albacete por todo el mundo. Vieron a Nacho Galilea atravesar el vestíbulo del auditorio sin pisar el suelo gracias a unas escaleras que se trajo y después soplaron para apagarle las velas del gorro con el que se proclamó capaz de satisfacer los deseos de los presentes. Y vieron luego a Ana Celada deslizarse ante una pantalla, entre los sones de una balada hipnótica.
Después hubo música de grupos albaceteños y al día siguiente talleres artísticos para los adolescentes chinchillanos y también para los chavales de la mancomunidad Monte Ibérico. Luego los cortos de Begoña Martínez Santiago, que lo mismo saca chispas eróticas de una mano que funde a tres mujeres de distintas generaciones en una sola intemporal, eterna. El colofón musical lo puso Hyperpótamus, que ha hecho un paréntesis en su viaje a Estados Unidos para cantar en Chinchilla.
En fin que todas las disciplinas disfrutaron de su momento y de su público, y que los artistas tuvieron ocasión de convivir dos días y regresar a sus tierras con la ciudad en la retina y seguro que con nuevas ideas, ya que no hay nada tan estimulante para un artista como juntarse con colegas. Todo gracias a la ilusión de un grupo de jóvenes, la valentía de unos concejales y la profesionalidad de una coordinadora cultural. El ejemplo no sólo vale para el mundo de las artes, vale para cualquier campo. Recetas: sentido común y trabajo en equipo. Dejan vibrando su energía, espero que tan poderosa como la de los antiguos monasterios, que todas las poblaciones deseaban tener cerca para beneficiarse de la atmósfera enriquecida por los rezos de los monjes.
http://www.myspace.com/chinchartefestival
La foto es de Teresa Preciado
El entrevistador entrevistado

Hace unos cuantos años, cuando yo era estudiante de periodismo y meritorio en Antena 3 radio, ayudaba a Juan Ángel Fernández en sus entrevistas. Una vez me pidió que fuera al Gran Hotel a buscar a Amancio Prada. Se trataba de una tarea sencilla que realicé con mucho gusto. Hacía una tarde desapacible y observé que el cantante se cubría de forma aparatosa al salir a la calle. Le pregunté si quería un paraguas y respondió con un comentario enigmático: sólo me preocupa la calma. Como el tipo es tan pausado de ademanes y de conversación, incluso cantando, asentí y creí haberme quedado con la copla. Ajá, me dije. Ya durante la entrevista, Juan Ángel me pidió que interviniera: ¿quieres preguntarle algo, tú que le has acompañado desde el hotel? Sólo hacer hincapié en la importancia que concede Amancio Prada a la calma, comenté en un tono de suficiencia y relaté lo que unos minutos antes acababa de observar. Me has entendido mal, replicó en antena el aludido, y se notaba que estaba disfrutando con la rectificación, el muy canalla: en realidad he dicho que me preocupa la calva.
Aún se están riendo de mí, desde Andrés Gómez Flores al propio Juan Ángel, todos los que se encontraban en la emisora en aquellos momentos y más que probablemente los pocos que oyeran la entrevista. Todavía puedo escuchar sus carcajadas. Los oía el otro día, cuando se acercó Juan Ángel Fernández a entrevistarme a mí, tantos años después, con su melena a dos crenchas y su barba fatigada. Qué de recuerdos. Dispuso sobre la mesa un grabador japonés que le compró su hija en Nueva York, una cosa diminuta, y empezó lo difícil. Porque sólo el que se ha ganado la vida haciendo entrevistas sabe lo difícil que resulta entrevistar a un amigo. A ver qué le preguntas. Fue una conversación en la que ambos opinamos con el desorden que provoca el descoloque, la urgencia y la pasión de quien vive lo que habla. Se quitaba importancia, que es una estrategia de veteranos: los que sabéis, decía. Él que es un periodista curtido en mil batallas. Le dimos un repaso a la cultura y llegamos a la misma conclusión: en música y en poesía, la mayor parte de la gente se ha quedado en autores que son ya clásicos, no alcanzan a disfrutar de los actuales porque probablemente les falta un criterio, una brújula en medio del marketing que mete por los ojos lo que no cabe en los ojos.
A eso se dedica ahora Juan Ángel, a compartir un criterio. Viaja con su criterio musical bajo el brazo, bien aderezado en formato digital, y se lo expone a públicos de Cuenca, de Bilbao, de dónde le llaman, que es de cualquier lugar de España. Después de haber pasado por tantas emisoras y por las oficinas de prensa de distintas instituciones, la última Cultural Albacete, ha puesto en orden su experiencia y sus contactos y se le salen los proyectos por las orejas. Uno de ellos es una recopilación de gente albaceteña que está haciendo cultura, o contribuyendo a ella, en cualquiera de sus facetas. La va sacando a plazos en las páginas de este mismo periódico y por eso vino a buscarme el otro día. Hoy, algunas páginas más adelante, estamos viendo lo que recogió su pequeño cacharro japonés de tanto como dijimos, después de que habláramos hasta por los codos. Hace muchos años, más aún que la anécdota de Amancio Prada, Juan Ángel me había pedido unos textos para abrir la radio por las mañanas. Yo madrugaba orgulloso para escuchar aquellas evocaciones en la voz un poco ronca de Juan Ángel y con la envoltura de su buen gusto musical. No hay mayor placer que escuchar lo que has escrito bien leído por otra persona. Y más entonces, que yo era adolescente. Ahora me cuido la calva cuando llueve, no como él, que lleva la melena abundante a dos crenchas. Tenía que haberle preguntado entonces, como en la canción de Franky, ¿qué champú usas tú? Pero ya es tarde.
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