Vacaciones de cine

Nos movemos entre dos pulsiones: la de buscar la novedad y la de volver a lo que nos gustó. Las vacaciones de verano son un momento tan bueno como el principio de año para hacer balance y visitar aquellos lugares donde uno ya estuvo y fue feliz. Por ejemplo yo, que soy más sedentario que Truman (el del show), me estoy hinchando a ver películas con las que disfruté como un enano. Y es curioso que no siempre coincidan con aquellas a las que los críticos otorgarían cinco estrellas. A mí sin embargo me emocionaron en su día y me siguen emocionando aún. Se ve que no tengo un espíritu cinematográfico de cinco estrellas. Hay algunas incluso que son viejas y dejan entrever los costurones. Esto les pasa mucho a mis preferidas porque estoy revisando (como dicen los cinéfilos) películas de ciencia ficción o fantaciencia (le ha dado por ahí a mi cuerpo). Y claro, en El planeta de los simios (1968), por ejemplo, parecen de cartón hasta los caballos. Sin embargo, qué maravilla de paisajes desérticos (cada vez se parecen más a los manchegos) y qué acierto los trajes de astronauta con sus mochilas como fiambreras para el colegio. Y sobre todo, qué ternura de guión, en el que el mono malo es en realidad un ecologista disfrazado de canalla, mientras que el verdadero canalla es el humano, un gruñón Charlton Heston que se interpreta a sí mismo.

Otra que siempre me ha gustado es Paycheck (2003), basada en un relato de Philip K. Dick (que siendo tan genial, nunca se parece al cine que le hacen, aunque le hayan hecho un cine extraordinario). Por lo general le añaden mucha acción. El protagonista de Paycheck es un ingeniero que copia tecnología para grandes empresas de comunicación y luego se deja borrar la memoria de los meses de trabajo para no poder difundir sus propios logros. Un tío que renuncia a meses e incluso a años enteros de su propia vida (qué otra cosa es la memoria) a cambio de pasta. Da que pensar, sin duda. A lo mejor lo estamos haciendo todos un poco. Luego, lo demás es añadidura: en uno de sus regresos comprende que durante su última faena se ha programado para salvar el pellejo enviándose a sí mismo en un sobre veinte objetos que cumplen su función como por arte de magia en el momento oportuno. Dicen que es mala. A mí me encanta.

Y ya no digamos Días extraños (1997), con su dureza apocalíptica, y esa maquinita compuesta de una redecilla que se instala en la cabeza y una consola que permite grabar lo que uno está viendo y sintiendo, es decir la vida misma. Luego otras personas pueden experimentar en sus propios sistemas nerviosos lo mismo exactamente con sólo reproducir la grabación. Una experiencia adictiva, menos fantástica de lo que podría parecernos. El cine en realidad es eso: se apaga la sala y nos metemos hasta tal punto en el personaje que la historia penetra en nuestras venas y nos cambia. Yo llevo fragmentos de esas películas (y de otras que no caben aquí ahora) adheridas a mi sistema nervioso como si fueran recuerdos de mi propia vida. Y lo son, qué duda cabe. Lo maravilloso es que cuando las vuelvo a ver (las reviso) me sorprenden largas secuencias que no recordaba de la primera vez, como si en el tiempo transcurrido la película hubiera experimentado cambios sutiles que me producen la ilusión de que el final también puede ser diferente. Sin embargo este prodigio nunca sucede. Al final sigue asomando muy maltrecha la cabeza de la estatua de la libertad en una playa solitaria y el corazón se encoge.

La educación y el destino

Desde la antigua Grecia sabemos que nuestro destino está escrito de antemano, aunque nosotros sólo podemos leerlo en capítulos que abrimos cada mañana al asomarnos al espejo del baño. Y pobre de aquel que, como Casandra o Rapel, pueda leer unos capítulos por delante, porque quienes les escuchen los tildarán de locos en el peor de los casos, o por lo menos de excéntricos si encima les da por vestir túnica plateada. Unos dioses caprichosos eran entonces los que gobernaban desde el Olimpo el discurrir de la humanidad, aunque cualquiera que observase con algo de atención sus correrías concluiría que no eran capaces de controlar ni sus impulsos más elementales. Han pasado unos milenios, los dioses han cambiado de nombre, pero el destino sigue siendo igual de inexorable.

Por cuestiones profesionales he pasado buena parte de las mañanas de julio en una modesta sucursal del Olimpo, quiero decir en un Instituto de enseñanza media, experimentando con la burocracia, la manera moderna que tiene el destino de manifestarse. Nuestra labor consiste en distribuir por grupos a los alumnos que en septiembre poblarán de risas y de carreras los pasillos ahora desangelados. De calcular cuántos atravesarán la frontera del curso y cuantos se quedarán a repetir. De jugar a Casandros y Rapeles para predecir cuántos profesores harán falta para atenderlos y cómo habrán de distribuirse por asignaturas. A veces suponemos cómo reaccionarán porque los conocemos del curso anterior. Preferiría invertir mis mañanas saliendo a pasear al monte o leyendo los libros que se han ido acumulando en los meses precedentes, pero tengo que reconocer que tampoco me deprime afrontar esta tarea. Soy de buen conformar.

Y sin embargo sé que, aunque no podamos hacer gran cosa por evitarlo, buena parte de las relaciones humanas del próximo curso están ahora en nuestras manos. Yacen en forma de solicitudes de matrícula, rellenadas con más o menos ilusión, que nosotros hemos de reagrupar de acuerdo con criterios que intentamos que sean ecuánimes, juiciosos, justos. El resultado conminará a cada uno de los montones a convivir todas las mañanas lectivas durante nueve meses, a intercambiar chismes y apuntes, también seguro que cabreos y enemistades. Los pondrá bajo la tutela de unos profesores y no de otros, y a estos los obligará a lidiar con unos grupos y no con otros. Es esta labor que cumplimos por los despachos de julio, bajo las bocanadas del aire acondicionado, una tarea de dioses que no se consideran tales y que preferirían tomar la sombra en la piscina en vez de encarnar la mano del destino.

Claro, que nuestra labor está limitada por otros dioses que afrontan los calores de julio desde el Olimpo burocrático de Toledo. Ellos son los que dictan, por ejemplo, que nos tengamos que apañar con 93 profesores. Pero sin necesitamos ciento tres, que os lo hemos explicado en las cuentas. Nada, como mucho 95. Y amén. Y de esas conversaciones telefónicas deducimos que no somos un grupo humano, sino un cúmulo de estructuras y números en la pantalla de un ordenador. Estructuras que a veces ni siquiera coinciden con las reales: pero si no contáis el bachillerato a distancia. Da lo mismo, amén. Lo curioso es que estos desajustes suceden todos los veranos, no se corrigen de un año para otro. Y al final, con menos servicios, la cosa va para delante. Qué remedio. Más mal que bien, pero funciona. Es el destino, a la manera moderna.

Música de Al-Ándalus

Dentro de 34 años se cumplirán ocho siglos desde que el comendador de Uclés, Pelayo Pérez Correa, expulsó a los árabes de Chinchilla (1242). Ocho siglos, que se dice pronto. Y sin embargo la semana pasada aún pudimos escucharlos. No a ellos, claro, sino la música que tocaban y con la que se deleitaban. La música del tiempo en que Chinchilla se llamaba Sintiyala y era una ciudad de mediano tamaño, una medina, situada en la frontera norte de la cora de Tudmir. La poseyeron más de cuatrocientos años. Y aún quedan algunas cosas de su legado: un castillo bastante diferente al que erigieron, tres almenas almohades sostenidas con un contrafuerte, unos baños que andan por ahí sumergidos bajo la estructura de una cochera y por supuesto el caprichoso laberinto de sus calles. Seguro que Aurelio Pretel y Luis Guillermo García-Saúco podrían enumerar algunas cosas más. A mí no se me ocurren.

Sin embargo, oyendo el domingo a la Orquesta Andalusí de Tetuán, que vino a tocar unas nubas en el claustro de Santo Domingo, retrocedimos esos ocho siglos. No es tan fácil borrar una estancia de cuatrocientos años. La luna creciente es la misma y también el cerro de San Cristóbal, que asoma su semicírculo de pinos sobre un pico del claustro. Ataviados con chilaba blanca y babuchas, los músicos reencarnaron para nosotros a sus antepasados en la misma lengua en que escribieron sus poetas. A ratos sonaban casi a flamenco, otras nos regalaban solos instrumentales de enorme hondura, alguno de Mostafa Ahkam con el nay (esa flauta de caña tan sencilla como antigua), o de Muhsen Kouraich con la darbouga (ese antecedente de nuestra guitarra), o de Jalal Chekara nada menos que con el violín (una incorporación moderna que tañido sobre el muslo y afinado a la manera árabe no parece un anacronismo).

Conducía, como él mismo dijo, Aziz Samsaoui, el maestro del kanún. Es este un instrumento peculiar, una especie de piano de mano sin envoltura. El músico pellizca directamente las cuerdas que resuenan en una caja de piel muy sensible a las temperaturas. “Paso más tiempo afinando que tocando” comentó Samsaoui, en su español afrancesado y con una simpatía que desataba risas del público en cada intervención. El viernes lo habíamos disfrutado en plenitud, esta vez como componente del grupo Al-Quimia y en otro escenario, la iglesia de Santa María del Salvador. Allí, entre la percusión de Khalid Ahabouone y las cuerdas y la voz de Juan Manuel Rubio, sus dedos extrajeron sonidos deliciosos de este singular instrumento del que es maestro absoluto. Pero los que han seguido los cuatro conciertos del ciclo recuerdan con más emoción si cabe al grupo Axivil Aljamía y al cantaor Pedro Sanz, que el jueves bordaron una selección de romances.

Por tercera vez Chinchilla ha celebrado su Festival de música antigua bajo el mecenazgo de la Fundación Aúno y la dirección artística del tenor José Ferrero. Este año se ha adelantado a julio, buscando el calor del verano y el abrigo del Festival de Teatro. Por complicaciones de infraestructura también ha perdido (y esto es una pena) su carácter itinerante por las ermitas de la ciudad. En cualquier caso, durante cuatro días Chinchilla ha vuelto a ser Sintiyala, sobre todo el domingo, cuando el público y los músicos de la Orquesta de Tetuán cantamos La Tarara en español y en árabe a la vez, como si aún no hubieran llegado Pelayo Pérez Correa y su ejército.

Mercado medieval

La mejor prueba de que es imposible viajar en el tiempo es que no registramos visitas masivas de turistas procedentes del futuro. La afirmación es de Stephen Hawking, un tipo inteligente como pocos. Otra cosa es que a esos presuntos viajeros les pueda interesar un presente como el nuestro, desprovisto de misterios, pues todo lo que aparentemente merece la pena ocurre ante los focos y sale en televisión tarde o temprano. Encima corren el riesgo de ser detectados, ya que en nuestra época lo difícil es existir sin ser visto. Cuando no son las traicioneras videocámaras de los bancos son los peatones que llevan la cámara del móvil siempre alerta para que cualquier imprevisto los convierta en famosos. A los viajeros del tiempo sólo les queda como alternativa el anonimato de una aglomeración, la de una calle de Madrid, una playa del Mediterráneo o un macroconcierto veraniego, lugares ya muy vistos en el futuro.

Si yo tuviera la posibilidad de subir a un autobús del tiempo, elegiría un destino más exótico, como la Edad Media, en la que hasta las enfermedades eran misteriosas. El otro día, el mercado medieval de Chinchilla estaba lleno de moscas del año mil, que acuden en tropel todas las ediciones junto al bochorno de julio. Empiezo a pensar que las que viajan en el tiempo, pero en sentido inverso, son las propias moscas. Y no me extraña. Es evidente que en un mercado medieval moderno puedes encontrarte cosas que si las piensas resultan poco medievales, como carpinteros que fabrican juguetes con una máquina de marquetería, luz eléctrica o ropas de marca que asoman por debajo de los jubones. Nos pasan desapercibidos a los contemporáneos, pero también a las moscas, porque las moscas vienen más al olor.

Y no porque el olor sea malo, que las boñigas de los ponis duran apenas un par de minutos sobre el pavimento de la plaza, lo justo para que un par de personas las pisen inadvertidamente y se granjeen suerte para el resto de la jornada, como reza la tradición, no sé si medieval. El propio encargado de los equinos reaparece enseguida con un cogedor y una escoba a devolver las cosas a su sitio, un gesto más civilizado que el que exhiben tantos propietarios de perros en el siglo XXI. Uno que ha caminado sobre las calles de Trévelez inundadas de boñigas de varias especies siente que estuvo entonces más cerca del Medievo que en este mercado.

Y sin embargo la canela, el incienso, los tés, el cuero, la carne braseada, todos esos aromas mezclados en el humo tienen el don de hacerte viajar. A ti y a las moscas. Cierras los ojos y te asomas a otro tiempo. No se oyen coches, las fachadas antiguas impregnan el bullicio humano de timbres añejos. Y luego están los mercaderes medievales, que envuelven sus mercancías en historias como las de las Mil y una noches. Así un pañuelo no es un simple pañuelo, sino el que utilizan los monjes del Nepal para determinados ritos, o una piedra de color para lucir en el cuello no es un mero adorno, sino que alejará de ti los males que según la vendedora se ciernen sobre las líneas de tu mano. Y qué decir de los signos de la plata, del brazalete de cuero, qué intrincados caminos han recorrido para llegar desde un cuento hasta el mercado.

Hawking, otro contador de historias, tal vez no haya considerado la posibilidad de que los viajes en el tiempo sí que existen, al menos para las moscas y los cuentos que nos traen los mercaderes.

Tan disuelto como el que más

La calle se quedaba tan vacía como las ciudades del legendario oeste cuando iban a venir los pistoleros. Ni un alma. Faltaban sólo unos cuantos rodanos que la recorrieran empujados por el viento. La gente abandonaba sus ocupaciones, los vigilantes dejaban sus garitos, hasta los inmigrantes intentaron aprovechar la ocasión para saltar la verja. Y fuimos raptados los forofos del fútbol pero también muchos otros a quienes el fútbol les importa habitualmente un pimiento. El caso es que de pronto volvimos a sentir esa españolidad que llevamos siempre aletargada por aquello de la vergüenza o de que no viene a cuento sacarla a relucir. Afloraron banderas en los balcones y se veían camisetas rojas por doquier. Y había un silencio de expectación sacudido de vez en vez por rumores unánimes que señalaban las ocasiones desperdiciadas por el equipo. Así hasta que un grito repentino brotó de todas las gargantas con un monosílabo universal que rubricaron saltos, carreras, abrazos y golpes de pecho.

De pronto no todos, pero si muchísimos, éramos uno solo, habíamos diluido nuestras individualidades en esa efervescencia común de la que sólo salíamos de vez en cuando para colocar un chiste o desahogar un suspiro. Los agoreros, que en esta tierra abundamos, apenas abandonaban el alma común para aventurar un fatal desenlace en forma de contragolpe y rebote traicionero, que por fortuna esta vez no se produjo. Y pesa tanto ser un ente individual que alivia mucho esa descarga en la masa, ese ceder nuestro permanente autocontrol para confiar a los demás el grito desbordado, el temblor incontrolable, la locura (que no siempre es tal, sino más bien la cara oculta de nuestra versión más reprimida).

Cada uno fue despertando cuando pudo. Algunos todavía no lo han hecho. La mayoría lo hicimos cuando empezamos a oír los discursos desfondados y faltos de inspiración de nuestros héroes, recibidos como dioses en la plaza de Colón de Madrid. Despertar es volver a ser uno mismo, regresar al rutinario yo. Explicaba Octavio Paz en El laberinto de la soledad que la fiesta popular consiste en diluir las individualidades en la masa colectiva del pueblo para pasar a ser pueblo en vez de individuo. En esto, como en la susceptibilidad para ser hipnotizado, hay grados diferentes: desde el que vive en permanente fiesta, siempre entregado a los sucesivos símbolos que van aflorando cada día, al que no suelta su individualidad ni a tiros y vive permanentemente embarcado en su yo, pase lo que pase en su entorno.

El fútbol es un gran provocador de fiestas. Aún recuerdo las que vivió Albacete en los ascensos de su equipo (sobre todo en el primero) a la máxima categoría. Y también he conocido momentos sublimes, de enorme disolución colectiva, como espectador de los equipos de voleibol femenino y de fútbol sala (de los que tantos parecen olvidarse y no saben lo que se pierden). Pero los medios de comunicación juegan un papel crucial en este juego de fiestas espontáneas y el fútbol vende más que ningún otro deporte. Aquello de ver a la gente apretándose en Colón para celebrar los goles a veces molestaba porque no entendíamos a qué cuento venía, pero surtía en nosotros un efecto contagioso. Las emociones, las grandes emociones, son para los humanos más contagiosas que ningún otro virus. Y en fin, he de reconocer que han sido ratos estupendos, queridos hermanos, españoles todos.

El incidente y las carreras populares

De pronto una ráfaga de viento mece las copas de los árboles y arranca de las hojas un largo susurro. Esta escena inofensiva, tan gratificante en el tórrido verano, produce una inquietud cercana al desasosiego entre los espectadores de la película El incidente (The happening). Poco a poco la vas asociando al trance en el que caen cuantas personas se encuentran cerca de la ráfaga: pierden el control sobre sus acciones y sobre su propia integridad y se suicidan con lo primero que encuentran a mano, como si esa fuera la única finalidad para la que han venido a la tierra. Incluso guardan turnos, cuando es preciso, para utilizar por ejemplo una pistola. Sin duda no se trata de una película redonda, el guión está lleno de trucos que asoman por las costuras, pero no se le puede negar a Shyamalan (director también de El sexto sentido) el mérito de desasosegar al espectador mediante el viejo método de mostrarle con toda frialdad los detalles más cruentos para impedirle mantenerse al margen.

Pensaba en ello a la mañana siguiente (siempre me despierto rumiando las películas que vi por la noche, especialmente si me han impresionado; y muchas veces me han impresionado aunque no haya sido consciente mientras las veía). A la mañana siguiente yo estaba en El Sahúco, esperando que empezara la carrera popular de esta semana. Teníamos que recorrer a pie los diecisiete kilómetros que separan el santuario y el pueblo de San Pedro, organizador de la prueba. Es posible que mucha gente no sepa que existe un circuito de carreras populares, coordinado por la Diputación, que abarca nada menos que 28 pruebas, repartidas entre los meses de febrero y diciembre. Cada una se disputa en una localidad distinta de la provincia. La organización es modélica y la participación tan nutrida que hay que verla para creerlo.

Quinientos corredores nos citamos en el Santuario el domingo. Allí estábamos contando chismes, bebiendo agua y estirando para entretener el retraso en el pistoletazo de salida. Los organizadores estaban pagando la novatada. Los corredores la padecimos luego, subiendo la primera cuesta y enfilando luego el camino pedregoso que cruza un bosque de pinos, pero sobre todo al asomarnos al páramo en Cañada Juncosa, donde ni una mala sombra podía protegernos del sol inclemente en los más de siete kilómetros que nos separaban de la línea de meta. Allí, sobre una carretera de ese asfalto viejo que es más piedra que asfalto, sufrimos lo indecible. Y aun así llegamos 464 de los quinientos, un 93 por ciento de los que habíamos salido, lo que proporciona un indicio de lo preparada que viene la gente, a parte de los africanos que suelen ganar en la categoría masculina. Simplemente acabar ya es una hazaña.

Aunque vengo oyendo en varias carreras, y preguntándome a mí mismo en los primeros kilómetros (cuando la fatiga aún no han minado el raciocinio) qué demonios pinto yo allí, sufriendo otra vez, castigando mi cuerpo en esa singular odisea que sólo es creíble porque me acompañan cientos de personas, muy pocas de las cuales la hubieran emprendido en solitario. Cuando salíamos vi cimbrearse las copas de los pinos de El Sahúco con ráfagas inquietantes y cada vez más escasas, y todavía pude asociar nuestra pequeña agonía (que sólo va dejando espacio al alivio cuando cruzas la meta) con la pérdida del sentido que sufren los personajes de la película El incidente. Sin embargo ya estoy inscrito para la próxima. ¿Quién lo entiende?

Buscando a Wally

El premio Cervantes Antonio Gamoneda nos comentó en su visita de hace unos años que lo que más le impresionaba de Chinchilla era el escalonamiento de alturas: los edificios que se asoman apretados unos con otros en un desorden que el tiempo ha ido organizando en hileras. No dijo, pero cabría añadir que muchos de ellos se superponen para tener vistas al valle conocido como La Rambla, cuyo verdor no sigue el curso de un río, sino que se extiende entre las montañas de la propia Chinchilla y el cerro de San Cristóbal. Me acuerdo de Gamoneda cada vez que me asomo a la ciudad desde donde él deslizó su comentario, subiendo por la calle Corredera a buen paso (el poeta, aunque anciano, es un caminador excelente y nos traía con la lengua de fuera). Me acordé mucho de sus palabras el domingo, cuando nos asomamos al pretil del muro buscando pintores con la mirada.

El Certamen de Pintura Rápida de Chinchilla se celebra a mediados de junio, y nos trae a los vecinos de la ciudad un aire de novedad y de fiesta que multiplica los efectos del verano. Duele la luz de tan intensa, trazan los vencejos sus círculos en el azul del cielo, entre las tejas rojizas, y salir por la mañana de paseo es como salir de caza a coger setas o caracoles. Aunque lo que salimos a buscar con la mirada son pintores desperdigados en los callejones o entre los pinares desde los que se abarca el perfil de lo que fue hace siglos una ciudadela. Es como aquel libro con el que jugaban mis hijos de pequeños, que invitaba a localizar a un tipo con gafas y con gorro de lana llamado Wally en medio de una maraña de gente o de vegetación o de lo que fuera. Acodados en el pretil competimos a ver quién localiza más pintores camuflados en los huecos de las calles o entre las copas de los pinos del Cerro de enfrente.

Es un día para saborear la creación y su silencio. Los artistas se desparraman por el entorno. Unos intentan revelar una faceta inédita y te los encuentras al doblar un callejón, midiendo el aire con el pincel. Otros se agrupan en los parques, cada uno enfocando el caballete en una dirección, entregándose a la mezcla de placeres: el de combinar colores en el lienzo, el de la camaradería, el de la naturaleza. La plaza de la Mancha reúne todos los años a una decena que se afanan bajo los soportales, como entregados a una coreografía improvisada de gestos lentos y compulsivos que se alternan. Cada año hay más que añaden al óleo, o los acrílicos, o las acuarelas, otros elementos. Uno pegaba fotos de revistas del corazón, otro clavaba chapas con una determinación de orfebre.

Como son artistas, pero no tontos, casi todos tienen la prevención de procurarse una sombra. Así y todo, más de un pintor se ha desmayado en otras ediciones por no renunciar a su posición a pesar del sol inmisericorde. Abundan las perspectivas, las combinaciones de un solo color que cubren el paisaje de un estado de ánimo azul o sepia. Todos aceptan con resignación que los curiosos nos asomemos por encima del hombro y apreciemos su obra y tal vez la juzguemos en medio del silencio al que han contribuido los mecanismos musicales de última generación. Fue mi amigo Juanjo Jiménez el promotor de esta jornada de exaltación pictórica que se repite cada año. Por eso en este día yo me siento orgulloso de su iniciativa y de las palabras de Gamoneda y de cómo resplandece la ciudad cuando la inunda el arte.

Treinta y cinco años

En los aniversarios que nos tocan de cerca (o de lleno), hay que echar cuentas con la referencia de la propia edad que es la que nos vale a cada uno. Yo era aún pequeño cuando este periódico se instaló en Albacete. Ni había decidido estudiar periodismo ni sabía lo que era el periodismo. Apenas recuerdo haber hojeado El Pueblo, que compraba mi padre, los dominicales y alguna vez, rara vez, La Voz de Albacete, donde Demetrio Gutiérrez me publicó unas insulsas entrevistas deportivas. Compañeros más precoces del instituto manejaban El País y parecían poseer un criterio sobre la actualidad que a mí se me antojaba admirable e inaccesible. Por entonces asistíamos a las tertulias de Barcarola en el hotel Los Llanos, y allí Juan Bravo mentaba muy a menudo a Ramón Ferrando y su diario La Verdad. Me resultaba muy lejano. En la adolescencia, al menos en mi adolescencia, el mundo real estaba tan lejos por lo menos como la luna. Y eso que enseguida echamos una mano en completar una sección literaria que salía una vez por semana en páginas centrales y que se inspiraba en temas tan mitológicos como Marilyn Monroe o Bob Dylan.

A Ramón Ferrando no recuerdo haberlo conocido. La primera entrevista de mi vida me la hizo Ángel Cuevas, por teléfono, el día que quedé finalista en un concurso literario pomposamente mundial. Recuerdo sus preguntas secas, su amistad inexpresiva y sin embargo cálida, a la que la barba fue dando sentido más tarde. Y recuerdo coincidir en las ruedas de prensa con Faustino López, y escucharle realizar preguntas con la misma soltura en español que en inglés, cuando el protagonista de la rueda de prensa se defendía mal en castellano. Después vinieron las conversaciones con José Antonio Domingo, cuando yo me acercaba a la redacción con alguna excusa a que José Antonio, que escribe tan bien como fotografía y que es a la vez un tímido patológico, me pusiera al día de esa realidad que se esconde detrás de lo que creemos que es la realidad. Por cierto que cada vez se camufla mejor y a veces es difícil distinguirlo en la redacción. Pero el que me tendió una mano definitiva fue Pepe Sánchez de la Rosa, que me abrió una página para mí solo. Desde entonces, soy leal a La Verdad, como otros son del Barcelona o del Atlético de Madrid (Pepe mismo).

Un periódico, cualquier periódico, lo que hace es descomponer la realidad en temas y volver a organizarla en secciones. O sea, hace de la realidad un laberinto que a su vez el lector recorre según le dicta su capricho. Un periódico es un lugar de encuentro con algunos amigos (que lo son ya, aunque uno no los conozca) y con uno mismo. Todos los estanques reflejan la luna, pero en cada una de ellos el entorno consigue que parezca diferente. Todos los periódicos reflejan la actualidad, pero cada uno la encierra en un laberinto diferente. De tanto asomarnos siempre al mismo estanque, el entorno termina siéndonos tan familiar que la vida parece incompleta si un día estamos de viaje y no lo encontramos a mano. Nuevos amigos, Ana Martínez o José Fidel López, o Elías Jiménez, con los que más trato, han mantenido viva la trayectoria, añadiéndole los matices de sus personalidades. Gracias a una universidad de Boston sabemos que nuestra rutina transcurre en apenas diez kilómetros. Y cada día miramos la luna desde el mismo diario.

Los fantasmas de Edimburgo

El arte de narrar consiste, aún más que en tener una historia atractiva, en encontrar una voz convincente para contarla. Hasta la fecha Eloy M. Cebrián (Albacete, 1963) se había metido en la piel de un caballo moribundo para acercarnos la intimidad de Alejandro Magno (Vida de Alejandro por Bucéfalo) y se había reencarnado en una mujer que vuelve a su infancia para contarnos la Guerra Civil (Bajo la fría luz de octubre). También había sabido convertirse en el narrador omnisciente que desgrana la desternillante trama policiaca de El fotógrafo que hacía belenes. Este narrador y Luis Miguel Ortiz, protagonista de la recientemente aparecida Los fantasmas de Edimburgo, comparten algunos rasgos. Aquel adelantaba, aunque de forma juiciosa y contenida, el tono mordaz que se desparrama y nos invade hasta las cachas cuando seguimos los pasos de este canalla disfrazado de probo profesor universitario.

Hay una tendencia natural entre los lectores a identificar el personaje que nos cuenta la historia con el propio novelista, tendencia que ha sido alimentada por autores como Gustave Flaubert cuando dijo aquello de “Madame Bovary soy yo”. Por muchos esfuerzos que hagamos no conseguimos sacudirnos la idea de que detrás hay un tipo que se ha inventado lo que leemos y que probablemente lo haya vivido antes, o mientras lo escribía, aunque fuera en sueños. Si el narrador es un caballo o una chiquilla, cuesta más trabajo, es evidente. Pero si se trata de un profesor de inglés que ha estudiado en Valencia y que ha crecido en algunos pueblos de la provincia de Albacete siguiendo los destinos de su padre maestro, si nos describe lugares de nuestra propia ciudad con pelos y señales, caricaturizándolos con atinada mala leche, entonces el autor se perfila tras el personaje, asomándose a él a pesar de nuestros esfuerzos.

La cuestión es que veo a Eloy M. Cebrián casi todos los días, y solemos tomar café y darle un repaso a la realidad que nos rodea. Quiero decir que es mi amigo. Y aunque mordacidad y mala leche no le faltan cuando es preciso (algo tiene que tener en común con su personaje), dista mucho de ser el trepa y dechado de hipocresía que atenta contra todas las convenciones políticamente correctas que nos envuelven. Porque lo que hace Ortiz (o Eloy) es desnudar la realidad de sus disfraces, mostrarla en carne viva, al mismo tiempo que desnuda el lenguaje de todos sus eufemismos. Mientras lees, estás pensando: qué salvajadas dice este canalla, pero a la vez te das cuenta de que esas salvajadas son tan reales como la vida misma, mucho más ciertas que la vida envuelta en disfraces que conocemos. Y la sonrisa se te hiela.

Y, claro, te preguntas: ¿Luis Miguel Ortiz es el auténtico Eloy M. Cebrián, o sólo es el Míster Hyde que se esconde detrás de todo escritor cuando se sienta ante el ordenador y se olvida de sí mismo? Como lo tengo cerca, le he preguntado que de dónde sacó las anécdotas escolares del maestro de cuarto, el pistoletazo en la cabeza a una visita o las putadas que le gasta a su madre. Tras sondearme con media sonrisa de superioridad, Eloy se limita a comentar: “Ya, el morbo de saber qué es verdad y que no”. Y tengo que callarme. A ver quién le dice que sólo quería averiguar si sigue siendo el Doctor Jekyll. Tras una trayectoria prometedora de Los fantasmas de Edimburgo en los laberintos editoriales (ha sido finalista de los premios Fernando Lara y Herralde), los avispados editores de El tercer nombre se van a hacer de oro con ella.

Dar de leer

Las jornadas regionales de lectura se han celebrado este año en los Baños de Benito, en Reolid, que es un lugar idílico en el que cualquier autor romántico situaría un personaje que se aleja con un libro en las manos, para componer una pose detrás de un telón de ruiseñores, álamos y aguas cantarinas. La realidad es diferente, tirando a mejor. Alguna vez que hemos puesto en común nuestras costumbres de lector entre los amigos, nos hemos sorprendido descubriendo lo maniáticos que somos: desde el que va cambiando de sofá y de postura a medida que devora capítulos hasta el que se abisma en el retrete. Ninguno se extasía impertérrito en un sillón (lo que no quiere decir, claro, que no haya lectores que prefieran el sillón) y desde luego nadie se pierde un panorama idílico por leer, a menos que sea una lectura singular, deliciosa, esclavizadora. Al fin y al cabo la belleza distrae tanto como el ruido.

Aunque es verdad que no íbamos a Reolid a leer, sino a ver cómo dábamos de leer a nuestros alumnos. En pocos procesos educativos como éste de dar de leer siente uno tan a fondo que está viviendo una experiencia (a pesar de que la enseñanza es siempre una experiencia para el docente y para el alumno; la excusa es la información que deben intercambiar). Después de haber oído tantas noticias apocalípticas sobre lo poco que se lee en España y de llegar a imaginar la lectura como una actividad en trance de extinción, uno esperaría encontrarse en estas jornadas a un puñado de irreductibles tratando de salvar la última batalla ante el avance imparable de las tecnologías. Sin embargo, si hubiera que resumir con una palabra el ambiente predominante en Reolid, yo escogería la palabra entusiasmo.

Entusiasmo entre quienes aplican un plan de lectura en su centro y expectación entre quienes están buscando la manera de introducirlo. Eso sí, todos conscientes de que no se trata tanto de provocar una acción, la acción de leer, como de despertar el deseo de disfrutar leyendo. Resulta curiosa la cantidad de centros de enseñanza en los que se lee poco y mal, o no se sabe en realidad si alguien lee, porque la atención se concentra en la acumulación de contenidos y el recuento de resultados. Siempre lejos del placer, de la experiencia compartida, contagiosa, de leer. Le intrigaba a San Agustín ver que San Ambrosio leía tantas horas en su celda, cuando la lectura silenciosa aún no se había generalizado. Stevenson no quiso aprender a leer hasta los siete años para que su aya le contara más cuentos. Sin saberlo, aquella mujer estaba alimentando el deseo lector del autor de La isla del tesoro, que luego recuperaría con creces el retraso.

Cada persona es ante todo la historia que se va a contando a sí misma con palabras. Y necesitamos el lenguaje para conocernos, para traspasar nuestro concepto del mundo de una generación a otra, para convivir. La lectura enriquece nuestro lenguaje y nos ayuda a ser más felices. Pero además puede resultar una experiencia tan intensa que nadie merece perdérsela. Una experiencia compartible, porque comentar un placer es perpetuarlo. La Consejería de Educación estaba impulsando la lectura en los centros de enseñanza de la región; durante dos años lo ha hecho muy bien. Cuando el proyecto empezaba a funcionar, ha reunido en el paraíso de Reolid a los profesores implicados, al tiempo que retiraba la inversión. Cualquier proyecto sin inversión que lo apoye es igual a cero. Los ruiseñores, los álamos y las aguas cantarinas de Reolid son sólo un marco para las fotografías. Nuestros alumnos se merecen una lectura para todos los días del año.

Antonio Matea

Antonio Matea se nos ha muerto la semana pasada en Barcelona, su exilio de tantos años desde que saliera a buscar trabajo en Aiscondel (cuando “la Renfe paría maletas y maletas”). Como la idea de la muerte le rondaba, hace una década que se construyó una pirámide. Ese es el nombre que le puso a uno de sus más de cincuenta libros, para mí su mejor poemario. Entre bromas y veras lo llamó así con el mismo propósito con que los egipcios construían sus mastabas, “para tener asiento en el recuerdo”. Es uno de los escasos libros que se no editó con sus propias manos, tirando de fotocopias y de paciencia, en la cochera de una casa que había levantado también él mismo. Un día me enseñó unos signos jeroglíficos grabados en un pilar del porche: “es un abecedario que me inventé para comunicarme con mi mujer cuando éramos novios y su familia no me veía con buenos ojos”.

Me cuesta creer que no voy a encontrármelo mañana en una esquina, cargando con su anchura renqueante una bolsa con libros para repartir por las librerías y entre los amigos. Parecía incansable. En los últimos años vivía en el tren que lo llevaba y traía de Albacete a Cerdanyola, de la literatura a tratarse los achaques, de los chismes habituales a las referencias a las lagunas de memoria de su mujer, Celestina. Era un ser dialéctico, un espíritu transgresor continuamente corregido por el Pepito Grillo de su condición rural. Abría la sonrisa y ensanchaba la expresión de pícaro para contarte lo que él consideraba un chispazo, y enseguida nublaba el semblante, se rascaba la ceja derecha y matizaba el comentario recién deslizado hasta diluirlo bajo sucesivas capas de explicaciones. Su escritura era una prolongación de su charla.

En su adolescencia trabajó como aprendiz de barbero y un cliente lo rebautizó: “menudo raspa es este”. Y ya toda la vida llevó como amuleto el apodo de Raspa de las Santanas, que sacaba a relucir cuando necesitaba fortalecer su nostalgia de Albacete. Hasta lo utilizó como título de sus memorias. Bajaba los ojos y agitaba las manos para quitarse importancia. Me daban envidia esas manos, capaces de construir una casa, fabricarse los muebles, grabar signos en el cemento fresco. Recuerdo también cómo buscaba en los incontables bolsillos de su mono de trabajo el último poema que había escrito y que quería enseñarme. De cada uno de ellos asomaba un manuscrito doblado. “No, este tampoco es”, negaba sacudiendo la cabeza, hasta localizarlo en el último de todos los bolsillos. Me presentó a sus amigos poetas, me introdujo en sus tertulias catalanas.

Una tarde de lluvia en que veníamos de vuelta a su casa, en la calle Canarias, donde nos esperaba la mesa dispuesta por Celestina, me comentó que los versos que mejor sonaban eran los endecasílabos y los heptasílabos. Yo los había oído nombrar en el instituto, incluso había tenido que memorizarlos, pero no sentí la revelación hasta que no se lo oí contar a aquel poeta, que a su vez lo había aprendido indagando a su manera, porque fue un niño de la guerra y nunca pudo estudiar decentemente. Hay cosas que sólo pueden transmitirse entre iguales. Era poeta, sentía “la luz que te despierta dorándote los párpados / y hace que te equivoques y te engañes”. Y llevaba tiempo huyendo del pensamiento de la muerte a través de una escritura febril que a veces lo devolvía al punto de partida: “piensa en morir y punto; no fabriques / otras inalcanzables esperanzas”. Esta semana he estado visitando tu pirámide, viejo amigo.

Picasso

Llegamos a tiempo de ver la colección de Pablo Picasso prestada por el Museo Nacional de Paris que ha ocupado cuatro salas en el Reina Sofía. Era el dos de mayo y las galerías estaban a rebosar de público de todas las nacionalidades. Visitar exposiciones es siempre excitante cuando el autor construye un mundo propio. Y si Picasso era algo, sin duda era un mundo propio en el que hasta su propia mujer decía pasearse como un fantasma cuando el pintor estaba creando. O sea que a los cinco minutos de recorrer la vista por las obras, te has olvidado del viaje en tren, de la cola en el vestíbulo y hasta de ti mismo, y andas inmerso en el mundo de Picasso, codeándote con la multitud que te rodea. Es curioso observar que el malagueño creaba monstruos de todos los géneros y en todos los formatos (también esculturas por supuesto) y que cada uno de ellos está tocado con la varita del buen gusto. Conozco muchos otros autores que fabrican monstruos sin lograr que traspasen la frontera de su condición de monstruos, a pesar de lo cual se les considera artistas reputados.

Los monstruos de Picasso son bellos en su fealdad. Claro que cuando llevas viendo pinturas y esculturas cerca de una hora, llega un momento en que necesitas desconectarte. A mí siempre me pasa en estas macro exposiciones. La mirada se detiene en otros detalles como la cantidad de vigilantes que controlan la situación sentados en sillas entre los cuadros. Un trabajo duro y aburrido. La mayor parte del tiempo no pasa nada. Pero mi mujer saca un botellín de agua para refrescarse y de inmediato se le acerca una vigilante camuflada y le advierte de que guarde la botella, que no está permitida. Lo entiendo al recordar la agresión que sufrió el Guernica, ahora expuesto a los ojos embelesados de los visitantes con la única defensa de un cordón y la presencia de dos vigilantes. Si alguien pisa junto al cordón, suena un zumbido molesto. Y suena sin cesar porque los turistas se aprietan en primera línea hipnotizados por el mural.

Hace rato que las obras pasaron a un segundo plano. Me pregunto cuántos de los presentes son vigilantes camuflados y cuántos son figuras de Picasso que los organizadores han añadido para crear ambiente. Porque llega un momento en que cuesta distinguir quién pertenece a la muestra y quién no. Es difícil creer que la magnífica organización haya ido tan lejos en los detalles. Sin embargo con la multitud que se arracima ante los cuadros se podría componer una exposición paralela, también de Picasso. Me pregunto si nosotros mismos hemos sufrido la transformación. Si una vez reunidas en la retina equis figuras, uno termina contagiándose del mundo del artista malagueño hasta tal punto que acaba pareciéndose a ellas, del mismo modo que Romà Gubern observaba que muchos espectadores de una película de vaqueros abandonan la sala con las piernas arqueadas y las manos dispuestas a acariciar la culata de sus pistolas.

Salimos de la exposición con Picasso reimpreso en la retina. Las obras de arte, como los paisajes, nos enriquecen de un modo engañoso: parecen perderse a medida que nos alejamos. Sin embargo, ya en la metrópoli, entre dimensiones desmesuradas para nosotros que venimos de un tamaño familiar, entre el tráfico y los rascacielos, seguimos viendo personajes de Picasso dispersos y disimulados por el bullicio, pero presentes aún, como las huellas de su arte en las imágenes publicitarias. “Yo no busco, encuentro”, afirmaba. Venimos de que nos encuentre.

Cambio de paisaje

Eres lo que comes, denuncia un tópico aún no suficientemente asimilado. Y sin embargo, por la misma razón, acabas siendo también lo que tocas, lo que hueles, lo que oyes y lo que ves. Al fin y al cabo establecemos nuestra relación con el mundo a través de los sentidos y sólo podemos ser lo que ellos nos invitan a ser. En especial el de la vista, por el que los humanos del siglo XXI recibimos más del 75% de la información. Si todo esto es cierto, mi amiga Manoli ha empezado a ser ya otra persona distinta de la que había sido hasta ahora. Hasta hace unas semanas, en su salón lleno de pinturas había dos paisajes muy especiales porque eran de verdad y se extendían al otro lado de sendas ventanas. Se asomaban a la rambla de Chinchilla y a los parajes conocidos como La Raya y San Miguel, verdes de chopos, almendros y olivos pertenecientes a las huertas familiares y también de los matojos y pinos crecidos espontáneamente en el valle y en las laderas.

Por supuesto no sólo eran de Manoli y de sus ventanas, sino de cualquier vecino que se acodase en el muro que bordea la ciudad, sobre el que antaño se elevaba la muralla de la ciudadela. También de cualquier visitante que necesitase limpiar su mirada de otros asedios cotidianos, como las cuatro paredes de una oficina o cualquiera de las estrecheces urbanas. El paisaje, como las puestas de sol o los amaneceres, son bienes imposibles de inventariar, lo que conmina a los aficionados a ponerle precio a todo a considerar que no son bienes. “Confunde el necio valor y precio”, dejó escrito Antonio Machado, en una sentencia cuya verdad crece con los años. De este modo, los munícipes de Chinchilla no sentían que este paraje fuera parte del patrimonio de la localidad. Ni ellos ni los constructores que verdaderamente gobiernan en el municipio veían en esas hectáreas de verdura, un tanto descuidadas (todo hay que decirlo), más riqueza que la que se les podía succionar urbanizándolas.

Y así una mañana, al abrir las ventanas, Manoli descubrió cómo los buldócer habían empezado a derribar los chopos y a roturar las hierbas de La Rambla, sin ningún tipo de protocolos, a lo vivo, como se hacen esas cosas. Es cierto que han anunciado que plantarán detrás de la montaña muchos árboles, pero eso pertenece todavía al capítulo de las promesas, mientras que lo devastado es ya tan real que no tiene vuelta de hoja. Cualquiera puede imaginarse que Manoli sintió nostalgia anticipada de lo que se estaba muriendo. Lo primero que le dolió fue no haber tomado fotografías para recordar y mostrar cómo había sido el paraje antes de convertirse en una sucesión de calles asfaltadas, aceras y chalés. Cuando paseemos sobre esa superficie artificial, ni siquiera reconoceremos los antiguos accidentes del terreno. Mucho menos aún la vegetación perdida.

Dinero para hoy y hambre para mañana. Porque a quién le va a interesar mirar un valle inundado de chalés (o de lo que sea) como los que abarrotan la costa mediterránea, en la que al menos aún queda el consuelo de asomarse al mar. De este modo, por enésima vez, una de las plazas más hermosas de la provincia sigue perdiendo patrimonio y belleza por la falta de sensibilidad de quienes toman las decisiones. Lo malo es que su ceguera nos afecta a todos, nos cambia, obligándonos a mirar el paisaje y la vida desde el rasero de sus bolsillos.

Incunables

En Los Llanos se reunió Negrín con sus generales en retirada, en Chinchilla estuvo preso César Borgia, las rejas de la Diputación guardan muescas de la bomba que mató a unos brigadistas. Buscamos las vibraciones de un personaje que apenas pasó unos minutos o unas horas en el lugar donde intentamos recogerlas. Y sin embargo, el Archivo Histórico ha expuesto durante un mes más vibraciones históricas de las que puedan flotar sobre cualquier lugar de la provincia. Una exposición de recolectores de vibraciones, porque se trata de libros incunables, es decir editados hasta el año 1500 inclusive con imprenta de tipos móviles. Libros que nacieron del trabajo de varias manos y que han pasado después por muchas generaciones de manos antes de llegar a nosotros. No siempre para ser leídos. Por ejemplo Francisco Mendoza, comisario de la muestra, sospecha que a una primera edición de las obras de Julio César le faltan las primeras y últimas hojas porque fueron utilizadas como papel higiénico.

Pero eso son accidentes necesarios que revalorizan lo salvado. Se calcula que se tiraron 28.000 ediciones de libros desde que Gutenberg ajustó la imprenta de tipos móviles en 1452-53 hasta que se terminó el siglo. Eso significa más de medio millón de ejemplares, de los que sólo un millar se imprimieron en España. Pero la exposición del Archivo ha acogido los que se conservan en la provincia de Albacete, que proceden de distintos puntos del globo. Están por ejemplo dos páginas de la primera biblia (de 42 líneas) de Gutenberg y también el primer libro de viajes de la historia, con un grabado de la ciudad de Venecia de más de metro y medio de largo que no cabe entero en la vitrina. Una maravilla que imprimió el calígrafo Peter Schöeffer, uno de los dos socios de Gutenberg (el otro era el capitalista Johann Fust). Además hay que señalar que el de Maguncia sólo recreó un invento que ya usaban en China desde el siglo XI y que no logró hacerse rico con la empresa con las que tantos se han forrado y se siguen forrando.

La exposición del Archivo Histórico ha reunido tanta vibración y tan bien expuesta y explicada que entrar en el recinto significaba automáticamente cambiar de siglo. Contribuían al efecto los paneles divulgativos y la maqueta de la imprenta de Gutenberg confeccionados por José Carlos Molina con maña de artesano medieval. También es suyo el diseño del catálogo, capaz de poner al día al más lego en la materia. Y ahí estaban los manoseados libros de horas, las medias hojas del diccionario hispano latino de Nebrija (probablemente rescatadas de las tapas de otro libro, que aquí se aprovecha todo) y también algún que otro incunable mexicano. Algunos han descansado cinco siglos en la estantería de un convento sin ser ni acariciados. Y junto a ellos, la estrella de la exposición, un cuaderno de alcabalas del Doctor Díaz de Montalbo, el único ejemplar que se conserva. Tanto apreciaban los Reyes Católicos la sabiduría de este hombre que le enviaron a su casa de Huete al impresor en 1484 (con la presa cargada en un carro, algo habitual en la época), para que enumerara a los exentos de pagar los impuestos reales, que eso son las alcabalas. Me lo explica el comisario Mendoza con su tono minucioso y erudito, su acento pasado por París y Barcelona, y su retranca de tímido. Luego confiesa que lo más parecido que ha conocido a un éxtasis místico lo experimentó al sopesar el códice del Poema del Mío Cid en la Biblioteca Nacional, cuando aún se fiaban de los estudiosos.

A vista de pájaro

A veces nuestra vida no nos parece vivida hasta que no la miramos desde lejos. De hecho el turismo es una excusa para mirarse con perspectiva desde un lugar desacostumbrado del mapa donde parecemos otros sin dejar de ser los mismos. Pienso en ello mientras contemplo las fotografías que ha expuesto Fernando Medrano en Internet (www.fmedrano.com). Instantáneas por ejemplo de Barrax tomadas desde el aire, es decir a vista de pájaro. En ninguna de ellas se ven personas; aunque se adivine alguien dentro de un tractor diminuto y lejano que deja tras de sí una polvareda casi etérea. Más que personas las fotografías nos muestran las huellas que las personas han ido dejando sobre el terreno mientras lo modificaban, mientras iban creciendo y multiplicándose sobre él.

Dicen que a los cuarenta años uno tiene la cara que se ha ganado. Después de tantos siglos de uso, el campo presenta una acumulación secular de arrugas, pero a ras de tierra no se aprecian, todo parece uniforme y monótono. Sin embargo, desde la altura los caminos son líneas que se acercan sin llegar a tocarse, hay senderos que corren paralelos a la autovía, curvas frutales, casi sensuales, que forman los linderos, fronteras entre los barbechos y los bancales cultivados. Hay un árbol frondoso que sirve de bisagra a un camino que cambia bruscamente de dirección bajo su copa. Y cada trazo es un mensaje. Detrás de cada una de esas curvas y ángulos hay una larga costumbre compartida. En medio de esas líneas delgadas ha caído el sudor, se ha experimentado la preocupación, el miedo, también la alegría, algún que otro escarceo amoroso. Aunque desde la altura sólo quedan las huellas, las arrugas del trabajo que ha brotado de estas experiencias.

Fernando Medrano ha sabido sacar partido plástico a los matices. Son fotografías muy hermosas todas ellas, aderezadas con citas de corte machadiano, como la que se pregunta “para qué llamar caminos a los surcos del azar”. Antonio Machado no supo encontrar otro refugio de su propia vida que sus paseos y los poemas en los que fue depositando sus cicatrices vitales, las curvas que trazaba el Duero en torno a Soria, las colinas plateadas, los grises alcores, las cárdenas roquedas por las que transcurría. El corazón del viudo aún joven que era se acompasó con estos paisajes que terminan pareciéndosele como si hubieran emanado de su profunda tristeza. Sus citas encajan en los secos campos de nuestra comunidad, donde unos pocos árboles puntean de verde la fotografía, en medio de texturas sinuosas y lienzos ocres.

Pienso en cómo se verá desde esta altura el millón de árboles que han prometido plantar en un tercio de la sierra procomunal de Chinchilla, un auténtico bosque, una ciudad vegetal que en el mejor de los casos necesitará espacio y tiempo (y lluvia) para tomar consistencia. Si son las especies apropiadas, no llegaremos a verlo en apogeo, porque las especies del bosque de transición mediterránea tardan en cuajar, no como esos pinos que pasan de pimpollos a adultos en un soplo. Cuando salgo a correr me pregunto cuál de ellos fue el que yo planté siendo un zagal, en una excursión del colegio que ahora veo con la vista de pájaro que dan los años, tan lejos que no sé si fue cierta. Contemplo los campos inmortalizados por la cámara aérea de Medrano, y se me van los pensamientos y me salgo de mí, como suele ocurrirnos cuando contemplamos arte de verdad, que vemos nuestra propia vida como si no fuera nuestra.

Río fantasma

Como se dice de algunas personas que mueren de forma accidental, los ríos tardan un tiempo en comprender que están secos. A lo largo de su curso la brisa mece los chopos, cantan los jilgueros, el cielo se refleja en los últimos charcos y reina en el lecho un rumor como de aguas que corren, que a lo mejor es una ensoñación de las piedras, igual que las caracolas marinas conservan el rumor del mar incluso cuando llevan años sirviendo de adorno en la estantería de un despacho. Hasta los peces que no murieron hace 13 años en la anterior sequía boquean bajo el puente de Cuasiermas creyendo que sobrevivirán a esta nueva agonía. Pero la realidad es que a lo largo de esos ocho kilómetros que siguen al embalse de Alarcón, el río sólo se ha mantenido vivo en los mapas físicos donde los escolares estudian la geografía de Castilla-La Mancha.

Hace veinte años, en Cerdanyola, tuve ocasión de convivir con un río que allí llaman Sec, pero que sin embargo fluía por un cauce artificial de cemento, con más aspecto de canal que de río. Cierto que aquella sustancia viscosa no parecía agua en el aspecto ni en el color (con el sabor no me atreví a experimentar), pero cierto también que por las noches, cuando se establecía el silencio de la ciudad dormitorio, uno escuchaba el canto de aquel líquido y era como si el río embrujado tuviera permiso para desembarazarse de su hechizo en las horas en que nadie lo veía. Por las noches sonaba como un río de verdad. Del mismo modo, se puede pasear por la Rambla del Agua en Chinchilla, donde yo nunca he visto agua, y aún se siente bajo los pies el temblor delgado del agua, o a lo mejor sólo su añoranza.

Miramos al cielo pidiéndole más lluvia, como si el cielo tuviera culpa de algo. Pero tendría que caer un auténtico diluvio de semanas, un monzón entero (que no nos gustaría tampoco) para que el acuífero 18 volviera a unos niveles aceptables, para que los pantanos respirasen y nosotros con ellos. Dicen los ecologistas que todo se reduce a un problema sencillo de contabilidad: entran ciento ochenta hectómetros y gastamos más de trescientos. Así hasta que se acabe. La sequía es una catástrofe lenta, y por tanto fácilmente controlable. No es tanto acarrear camiones cisterna y promover faraónicos trasvases con los que se desnuda a un santo para vestir a otro, sino poner al mando de la situación a un buen contable de los de antes, con manguitos y con más interés por el futuro que por el presente.

Después de haber creído que beberíamos para siempre agua del Júcar, volveremos a beber el agua de los pozos, filtrada con carbono para aliviarla de olor y de sabor, aunque tal vez no lo suficiente de los nitratos acumulados. O sea que seguiremos acarreando bidones de agua del supermercado, do mana el agua más clara (en algunas etiquetas dice que procede de Valencia, pero vete a saber), y entre trago y trago cerraremos los ojos para soñar que bebemos el agua de una fuente que murmura al arrullo de los grillos. Y cuando salgamos al paisaje seguiremos presenciando las irisaciones de los pivotes que inundan los maizales. Pero no son ellos quienes tienen la culpa. La culpa es de quienes ponen a los lobos a cuidar el rebaño de las aguas, no sé si porque aúllan más fuerte o porque dan más miedo que los corderos. Y los corderos aquí seguimos, caminando por el cauce seco de un río que aún no se lo cree, una experiencia estremecedora. Como haberse colado en una película post nuclear.

A este lado del olvido

No recuerdo si he cerrado bien el coche y desando dos manzanas para comprobar que en efecto había echado el seguro. Pero si yo no lo recuerdo, ¿quién lo ha cerrado? ¿En qué estaba yo pensando? ¿Dónde estaba mi consciencia mientras mi mano pulsaba el botón de estacionar del mando a distancia? A veces la desmemoria nos somete a dudas aún más delicadas: sé que he conseguido aliviarme, pero dónde, en cuál de los lavabos del edificio donde trabajo. Espero no haberlo hecho en donde no debía porque confío en que mi piloto automático no comete esas torpezas. Pero hasta qué punto puedo fiarme de mi piloto automático. Y sobre todo, hasta qué edad podré seguir fiándome. El psiquiatra Luis Rojas Marcos intenta tranquilizarnos con la siguiente reflexión: lo preocupante no es perder las llaves, que eso le pasa a todo el mundo; lo preocupante es encontrar las llaves y no saber para qué sirven.

Somos memoria. Nuestra consciencia es memoria. Nuestra identidad se forma con los datos residuales del relato que nos vamos contando a nosotros mismos. Pero en ese relato no cabe todo, es necesario olvidar para dejar espacio a nuevos datos y que no se sature el disco duro. Desde hace unos años escribo un diario cuya lectura me permite, entre otras muchas cosas, anticipar los síntomas de la alergia que me visita todas las primaveras y también los remedios con los que intento paliarlos, pero que se desdibujan durante las tres estaciones restantes. Si no fuera por el diario tendría que estudiarme de nuevo y hacerme otra vez los análisis que ya dictaminaron que mi cuerpo se rebela contra el polen de las gramíneas y de los rodanos.

El diario es un mensaje que me envío a mí mismo de un año para otro, lo que me garantiza el reencuentro del que fui con el que seré, el renacimiento estacional. Un amigo me contaba el caso de un compañero suyo de trabajo al que habían extirpado parte del cerebro y que sufría lagunas de memoria que le obligaban a escribirse papelitos para recordarse las cosas. Pero terminaba olvidando dónde había guardado los papelitos, de tal manera que cuando los encontraba habían perdido actualidad y ni siquiera lograba interpretarlos. Los papelitos se le iban acumulando en los bolsillos para multiplicar su extravío. El orden es sólo un ingrediente más de la memoria. El científico del relato Paycheck de Philip K. Dick, descubre que el sobre con el que le pagan su último trabajo contiene en realidad un cúmulo de objetos que se ha enviado a sí mismo antes de que le borraran la memoria. El problema es establecer el orden de utilidad de cada uno de esos objetos; de que consiga reconstruirlo depende su supervivencia.

Uno llega a una edad en que es capaz de convivir con la vida olvidada, que es mucho mayor que la que se recuerda. Pero los escolares aún no han comprendido el significado del olvido. Se estudian un tema una semana antes del examen y ya lo dan por sabido, sin volver a mirarlo, como si los datos quedaran impresos de forma indeleble en su mente. Comprueban que no funciona y deciden estudiar siempre un día antes, para evitar el olvido. Nadie les explica que existen los repasos, que bien espaciados mantienen viva la lección en la memoria. Eso y disfrutar, porque recordamos más lo bueno que lo malo. Dice Rojas Marcos que el olvido es necesario para la convivencia. El que perdona pero no olvida termina acumulando demasiadas relaciones conflictivas, como la yo que mantengo con el que cierra el coche a mis espaldas.

Por una sociedad sin dimisionarios

Están pensando el modo de ir a Marte y eso que aún no nos conocemos a nosotros mismos. A lo mejor porque nos tenemos demasiado cerca. Será por eso que ha tardado tanto en asentarse una de las observaciones que hizo Sabuco hace más de cuatro siglos (1587): que los sentimientos influyen en la salud. Cabría añadir que en todo lo demás también. Y sin embargo llegó a ponerse de moda en el XIX la idea de que la razón lo puede todo. El siglo de las luces lo llamaron; ahora sabemos que era el de las pocas luces, porque los que mandan de verdad son los sentimientos. En cambio al siglo XX podrían llamarlo el de los focos, que se han dedicado a convertir en espectáculo lo que alumbraban, ya fuera un escarceo amoroso o una guerra mundial. El resto quedaba en penumbra, donde aún siguen muchas, demasiadas cosas.

Pero desde que Daniel Goleman se sacó de la manga la Inteligencia Emocional (1995) y consiguió la luz de los focos, las cosas han cambiado. El siglo XXI retomará al fin el mensaje de Sabuco y quizá, cuando se acabe, haya sido el siglo de los sentimientos. Son muchos los psicólogos, filósofos y gurús de distinto pelaje que se han apresurado a pregonar que la felicidad es posible si uno controla algunas técnicas. Tampoco parece tan complejo. Si se picotea aquí y allá, todos más o menos repiten con distintas palabras las mismas afirmaciones básicas: que los sentimientos empujan a la acción y que no podemos controlarlos, aunque sí podemos controlar las acciones a las que nos empujan.

En definitiva, que todos sabemos lo que es sentirse frustrado y lo experimentamos de vez en cuando, pero cada uno reacciona a su manera. Desde el que lo soluciona dándose un garbeo, al energúmeno que le propinaba una paliza a su mujer cada vez que perdía su equipo favorito. Nadie se libra de la frustración, pero puede prevenirla en alguna medida eligiendo proyectos coherentes con la imagen que tiene de sí mismo y con lo que se siente capaz de hacer. Se trata de saber motivarnos, mantenernos en el camino y aprender a demorar la obtención del logro. Como afirma en una entrevista Luis Rojas Marcos, la felicidad es entrenable como un músculo. Aunque la vida es muy compleja y nuestro equipo perderá tarde o temprano. Entonces habremos de saber controlar el impulso que nos provoca la frustración y canalizar nuestras reacciones.

Básicamente en esto se resume la famosa inteligencia emocional. Sin embargo, tanto como la ira, la depresión y la ansiedad, la frustración genera otra respuesta: la huida, la desconexión. Iñaki Piñuel, un psicólogo del trabajo lo ha descrito en su libro La Dimisión Interior. Dice que muchos empleados españoles padecen este mal que achacan a falta de comunicación en el trabajo, a no disponer de apoyo de sus superiores y a dedicarse a tareas aburridas y sin interés. Me digo, tate, si eso se aprende ya en la escuela, donde abundan los desconectados emocionales de lo que está sucediendo a su alrededor (y no sólo entre los alumnos, que este oficio es duro). Fracaso escolar lo llaman y no hemos encontrado aún el modo de atajarlo. Bastaría con evitar la frustración dosificándole las metas a cada alumno según sus necesidades. Pero para eso hace falta un sistema que no adocene, es decir más profesores y mejor preparados. Y que los alumnos vengan ya de casa sabiendo lo que son los límites, o sea el autocontrol. ¿Demasiado? Más lejos está la luna y hay quien dice que la hemos pisado.

Refranes

Las noticias no me llenan. Las leo para sentirme dentro del mundo, pero son de usar y tirar. Al día siguiente ya son viejas, lo que paradójicamente altera su valor. Si en una hora de aburrimiento cae en nuestras manos un periódico caducado, lo que más nos interesa no suele ser la portada, sino algún reportaje perdido en el corazón del diario que nos pasó desapercibido en la lectura del día de la fecha. Tal vez por eso mismo cada mañana abro el periódico con la esperanza de encontrar un artículo donde pueda aprender algo que me invite a pensar, un artículo que seguir recordando al final de la jornada, en el momento de hacer balance. Y aunque son muchos los periódicos que terminan acumulándose en el olvido nuestro de cada día, de vez en cuando se cumplen mis expectativas. Por ejemplo el lunes pasado leí en este mismo diario una entrevista a la paremióloga Julia Sevilla que aún estoy saboreando.

Antes que nada aclaraba que una paremióloga es una estudiosa de los refranes. Cervantes los definía como sentencias sacadas de la experiencia y El Quijote es un auténtico venero, sobre todo en la voz de Sancho Panza. Funcionan como eslóganes cargados de información útil y formulados de tal manera que resulta fácil recordarlos. Para ello utilizan muchas veces la rima y la medida de las sílabas, dos de las mnemotecnias más habituales en poesía. Según Julia Sevilla, en las décadas 70 y 80 se recomendaba no emplearlos en la escuela porque se los consideraba síntomas de empobrecimiento léxico, quizá por contagio con las reprimendas de Alonso Quijano a su escudero por usarlos sin tino. Aunque Don Quijote en realidad los apreciaba. La expresión completa de su reproche es esta: “Un refrán dicho a propósito es un gran acierto, pero decir refranes sin venir a cuento denota poca habilidad en el hablar”,

De donde se colige que es útil conocer refranes, si sabemos cuándo usarlos. Y parece que este es uno de los legados positivos que reciben los niños criados por abuelos: que saben dichos. Una manera tradicional de transmitir la sabiduría, una escuela ancestral. Rodrigo Rubio me contaba que su padre había cimentado una cultura sorprendente de leer y repetir los proverbios que acompañaban el almanaque de San Antonio (o uno de esos santos con almanaque, ya no recuerdo cuál). La dosis era ideal: un proverbio al día, o a la semana, o al mes; que diera tiempo a madurarlo, a entenderlo, a memorizarlo, a usarlo. Un ritmo apropiado a la vida de entonces, cuando entre sol y sol cabían unas pocas ideas que el interesado podía masticar hasta que echaban raíces en su cerebro y florecían en su vida.

En estos tiempos de vorágine, de mochila de libros para un solo curso, de materias variopintas con temarios que aún se antojan insuficientes, de profusión de tecnología audiovisual, de búsquedas en internet, en estos tiempos en los que adaptarse sin duda es necesario y perseguir la información como si fuera una estrella fugitiva se ha convertido en una obsesión, quizás estemos perdiendo de vista qué hacer luego con la información. Tal vez estamos descuidando la sencillez, la memoria, las raíces, el ritmo pausado del auténtico aprendizaje, que necesita salirse a la puerta al final de la jornada para hacer balance, para quedarse con un solo pétalo de la margarita del día, o de la semana, o del mes. Pero un pétalo que se incorpore para siempre al saber cotidiano. Por ejemplo, un refrán.

Al pan, pan..

Hoy voy a hablarles de magia. Porque Borges decía que la poesía es una magia menor. Se refería a que, cuando es buena, nos conmueve, altera nuestros sentimientos de una forma más o menos perceptible. Pero cada una de las palabras que componen el poema, incluso las palabras que no han figurado jamás en un poema, son pequeños conjuros. No hace falta que alguien con talento y con oficio las haya organizado de forma que fluyan con ritmo. Basta con que suenen, una a una, con el tiempo suficiente como para que descarguen en nuestro sistema nervioso la vida que han ido acumulando al ser pronunciadas por todos los que las han pronunciado antes que nosotros. Y tampoco hace falta que designen cosas agradables. Oímos o leemos la palabra retrete, y se abre una puerta por la que entran a nuestros sentidos olores e imágenes incómodas sobre las que mucha gente ha preferido correr el velo de otras palabras como váter, servicio, baño o excusado, palabras que a su vez se han ido cargando de sensaciones parecidas, aunque nunca idénticas a las de la palabra a la que intentan sustituir.

La globalización es un velo de velos que va escondiendo debajo de la alfombra vocablos incómodos, capaces de convertir a cualquiera que los pronuncie en un paleto o un descolocado. También vocablos que se están muriendo de viejos y que están perdiendo magia porque ya no se puede ver lo que designan, ha dejado de existir y ya no lo conocen quienes cuentan menos de sesenta años. Y no obstante, a pesar de las apariencias, la sociedad no es la misma en todos los sitios. En los pequeños pueblos las palabras envejecen más despacio, resisten mejor el empuje de la homogeneización, que en muchos aspectos no es riqueza, sino empobrecimiento. Tener menos conjuros es tener menos caminos para regresar al lado de las gentes de las que venimos, al abrigo consolador del pasado.

Por eso no es extraño que en un pueblo pequeño como Higueruela haya brotado un libro que recopila términos y construcciones en peligro de extinción. José Colmenero es el coleccionista que ha ido interrumpiendo partidas de dominó y rellenando servilletas de bares durante años para ofrecernos este viaje hacia un pasado herido, pero vivo aún. Pertenece a una tradición de pacientes compiladores que en Albacete cuenta con un patriarca mítico, el inefable José S. Serna, autor del Diccionario Manchego. Pero hay otros, algunos casi secretos a pesar de su mérito, como el Lexicario Paloteño de Emilio Quijano, o más eruditos como el de Teudiselo Chacón o el de Josefa García Payer. Colmenero los ha consultado en su flamante Al Pan, Pan… y Al Vino, Vino, que supera con creces la función de diccionario, ya que ofrece guías y mapas de Higueruela y sus alrededores, con una toponimia tan minuciosa que nadie más debería perderse en el presente ni en el pasado del municipio.

Abrirlo al azar por cualquiera de sus páginas (que es como hay que abrir estos libros) es volver a aspirar el olor familiar y cargante del fritorio, caminar bajo las canaleras, mojar en la pringue, ver a al abuelo sucumbir a la soñarrera, discutir con un camueso. En definitiva, volver a reencontrarse con las personas que mantuvieron con vida estas palabras, darse un paseo por este mismo lugar y sentir cómo era antes de ayer. Recuperar las cosas que dormían sin que nadie las llamara, asistir a su renacimiento como a una magia íntima. Un conjuro, ya digo.