Oliva o Miguel


“Este libro faltaba en el mundo, así como otros muchos sobran”, le decía Oliva Sabuco al rey de España don Felipe II, en la carta en la que pedía que la protegiera y le permitiera publicarlo. E impulsada por una audacia temeraria le rogaba también que reuniera un congreso de sabios para probarles entre otras cosas que, en contra de lo que se pensaba hasta entonces, el cerebro es el órgano donde reside la inteligencia, que distintas zonas del mismo rigen distintas habilidades y que las emociones influyen en la salud. Espeluzna no sólo el conocimiento, sino también la osadía de esta mujer de Alcaraz. Porque sentaba sus afirmaciones en 1587, en un tiempo en que la Inquisición quemaba a gente muchas veces por sospechas y otras sin ni siquiera tenerlas. La Nueva Filosofía de la Naturaleza del Hombre, que así se llama el libro, obtuvo el permiso real y vio la luz en una imprenta de Madrid. Oliva Sabuco contaba entonces 25 años.

Pero sólo un año después el Santo Oficio lo retiró de la circulación, condenándolo al ostracismo. Al menos en España, porque sabios de otros países se aprovecharon de esta circunstancia para atribuirse descubrimientos que eran de Oliva. Por si fuera poco, aquí se empezó a dudar de que la autora fuera una mujer. Al principio fueron sólo eso, dudas, hasta que en 1903 un registrador de la propiedad con aspiraciones de historiador, Marco Hidalgo, descubrió en los archivos un testamento del padre de Oliva, el Bachiller Miguel Sabuco, en el que afirma haber escrito La Nueva Filosofía. Nació entonces una pugna encarnizada entre dos grupos de investigadores: los olivistas (partidarios de Oliva) y los miguelistas (partidarios del Bachiller).

Durante todo el siglo XX han prevalecido las tesis de los segundos, hasta el punto de que el instituto donde trabajo se llama Bachiller Sabuco. Pero la batalla se ha reavivado estas últimas semanas con la aparición del libro El enigma Sabuco. En más de 400 páginas, Ricardo González desgrana cronológicamente las teorías que se han ido sucediendo y los documentos en las que se apoyaban, y las ilustra con nuevos documentos, que han permanecido inéditos durante cuatro siglos y medio, y que prueban entre otras cosas que Oliva y su marido andaban bien de dinero. El más revolucionario de los legajos transcritos es una carta en que la propia Oliva reconoce que su padre es el autor del libro y que le había pedido que lo firmase, pero que le devuelve la propiedad.

Parece elemental deducir que el Bachiller es el ganador de la batalla. Sin embargo, Ricardo González, el más apasionado de todos los olivistas, no se ha quemado las pestañas en los archivos para rendirse. Aprovecha la novedad para argumentar con solvencia y convicción que con un rey como Felipe II no se juega, y que si Oliva retó a sus sabios es porque estaba dispuesta a convencerlos. Que fue el miedo al Santo Oficio, que acababa de retirar el libro, lo que impulsó a la familia a ponerlo bajo la autoría del padre. El testamento y las cartas tienen fecha de ese mismo año, 1588, aunque parece que nunca fue preciso recurrir a ellos. Una historia misteriosa, fascinante, enriquecedora, viva aún en sus dudas, de la que deberíamos sentirnos orgullosos todos los albaceteños. Tan sólo una sombra la está sobrevolando: que olivistas y miguelistas se ataquen con saña y sin elegancia, como hinchas furibundos de dos vulgares equipos de fútbol. El autor (o los autores, cualquiera sabe) de La Nueva Filosofía les aconsejan desde 1587 que moderen sus emociones por el bien de su salud y de la de quienes los apreciamos y admiramos.

Lamar Herrin

Hay que ver lo lejos que puede llevarnos un cuento de apenas diez páginas. A Lamar Herrin lo trajo hasta Albacete, lo que es decir muy lejos si tenemos en cuenta que es estadounidense y que vive cerca de Nueva York. Aunque para ser precisos sólo se le encuentra allí siete meses al año. Los otros cinco se afinca en Valencia, la tierra de Amparo, su mujer. Pero cuando el martes pasado Herrin asomaba desde el foso de la estación de Renfe, con su aire inconfundible de guiri y su zancada larga como la de Gary Cooper en Solo ante el peligro, venía porque un día, hace ya muchos años, escribió un cuento titulado Last Respects. Un cuento que ni siquiera insinúa que exista Albacete. Todo lo más, en su traducción al castellano, menciona unas amapolas rojas junto al trigo que son más propias de aquí que de Oklahoma, la tierra donde se desarrolla su relato. Allí las amapolas son doradas.

Lamar Herrin es escritor. Ha publicado cinco novelas, dos de las cuales transcurren parcialmente en España. Y por cierto que sólo se ha traducido al castellano una de ellas. Todavía sigue inédita en nuestro idioma la historia en la que una joven norteamericana muere en un atentado de ETA y su padre viene desde la América profunda a buscar explicaciones que le ayuden a sobrellevar la pérdida. Tras dar vueltas y hacer preguntas en los caseríos y en los pueblos que sirven de caldo de cultivo al nacionalismo abertzale, concibe el desesperado proyecto de asesinar al líder político de la banda. Y no sigo contando para no pisarle el final al que tenga ocasión de acercarse a las páginas de La Casa de los Sordos. Para escribir esta novela, Lamar frecuentó las herrico tabernas e intentó empaparse del ambiente de los violentos porque asegura que necesita tomar contacto con los lugares sobre los que escribe.

Por eso había visitado ya Albacete, más concretamente Tarazona, hace quince años, en busca de notas para una historia sobre las Brigadas Internacionales que aún está en proceso. Nada que ver con la visita que cursó a nuestra ciudad el martes pasado para hablar de una pareja que recorre en coche las llanuras de Oklahoma, bajo un calor achicharrante, en busca de una mujer que murió joven. Una mujer de la que estuvo enamorado en su juventud el protagonista y cuya evocación va creciendo cuando la esposa decide que buscarán el cementerio donde la enterraron. El paisaje se adueña de la historia y termina impregnando al lector. Diez páginas para perderse en Oklahoma, para emocionarse con el desconcertante final.

Pero no era el final. Como si el destino quisiera intervenir, un escritor albaceteño había leído el cuento en la universidad y quedó impresionado por esas diez páginas. Luego lo olvidó durante veinte años, hasta que reapareció amarillento en el fondo de una carpeta. Hoy no existen las distancias. Internet le permitió localizar al autor y contactar con él. El resto es amistad y entusiasmo, el que llevó al escritor albaceteño Eloy Cebrián a traducir el cuento y a difundirlo, a invitar a Herrin y a traerlo sin ayudas institucionales, para que hablara ante el club de lectura de la Biblioteca Pública y ante los alumnos del Bachiller Sabuco, por el mero afán de compartir su pasión. Profesor jubilado de Cornell, una de las grandes Universidades de Estados Unidos, Herrin continuó en las llanuras de Albacete aquel viaje iniciado en Oklahoma. No sabemos si para terminar el cuento o si el destino aún le reserva algún capítulo en la manga.

El otro

Definimos las cosas por oposición, nombrando las características que las diferencian de otras cosas. Las personas, cuando tenemos que definirnos, también buscamos los detalles que nos singularizan, por ejemplo el nombre o el apellido, si son poco habituales (lo que suele ocurrir con los que llegan lejos, que nunca firman García, Sánchez o Martínez de forma escueta). Cuando los nombres no bastan, buscamos delante del espejo otros rasgos que nos identifiquen, decantándonos siempre que podemos por el perfil bueno de nuestras singularidades. Porque de resaltar lo malo ya se encarga el otro (entendiendo por el otro el que necesita diferenciarse y no encuentra rasgos destacables en sí mismo). El otro se sacude la vulgaridad pregonando que no es tan calvo como nosotros, o que no le silban las eses, o que no tiene las cejas puntiagudas. También puede aludir al pasado (tú hiciste esto con el terrorismo, tú dejaste de hacer aquello con los inmigrantes, etcétera) e incluso al pasado que nunca sucedió.

El otro puedes ser tú mismo cuando eras un adolescente o cuando llegues a ser un anciano. Nadie te conoce mejor, nadie es más incapaz de engañarte. Y sin mentiras, la conversación pierde su gracia. Borges, ya setentón, coincide en un cuento inolvidable con el veinteañero que fue, charlan durante un rato y al final se convence de que la conversación ha sido real para él pero sólo un sueño para su versión juvenil, porque jamás se le habría olvidado una experiencia tan intensa. Cierto que Borges paseó tanto su ceguera por los laberintos y los espejos que su propio rastro se emborrona. Llegaron a decir de él que era sólo un actor encarnando a un grupo de escritores anónimos que firmaban todos Jorge Luis Borges. Un periodista audaz le preguntó si el bulo era cierto. “Qué maravilla, ojalá”, le respondió el autor de El libro de arena.

Todos tenemos un otro rondando más o menos lejos. El mío (o los míos) llevan toda la vida manifestándose en la distancia desde que unos amigos me aseguraron que antes de conocerme en Barcelona ya me conocían de verme paseando por León, ciudad que por entonces aún no había visitado. Luego nuevos amigos me han situado en lugares variopintos de la geografía, eso sí, siempre nacional, tales como El Ferrol o San Sebastián. Pero cuando yo llego a esos sitios, mi sosias parecía haberse diluido, por lo que aún no he tenido el placer de conversar con él. De encontrármelo le preguntaría si también se resigna a ser el duplicado de otra persona. Igual pronto encuentro la ocasión porque se va volviendo cada vez más temerario y en el último año ya hay quien jura haberme visto entre el público de un partido en Villarrobledo o en una conferencia en el Casino Primitivo, lugares donde no estuve pero podía haber estado.

Cuando el otro es un tipo relevante, de los que andan por la alfombra roja, creces con él. Pero si es también anónimo y tan capaz de confundirse entre el público del fútbol o de un acto cultural, puede que esté dando sus clases en el aula paredaña a la tuya y que ni siquiera os hayáis percatado del parecido. En todo eso pensaba la semana pasada mientras dos tipos se esforzaban por diferenciarse en televisión con un árbitro de por medio. Cuanto más se esforzaban, más se parecían. Toda una tormenta mediática los había aislado para que se jugaran el país en una charla, como la de Borges, aunque más enconada. Y estaban desaprovechando la ocasión de aceptar sus semejanzas. Un tercero les habría ayudado mucho. Por eso no le invitaron.

Cuentacuentos

La Verdad y la Mentira tenían sus propios territorios, pero un día se pelearon. Blandieron sendos machetes y se segaron el cuello al mismo tiempo, de tal manera que sus cabezas rodaron por tierra. La Verdad tanteó a su alrededor en busca de la suya. Creyó haberla encontrado y se la colocó como pudo. Era la cabeza de la Mentira. Ésta a su vez había palpado su entorno y por azar se había apropiado de la cabeza de la Verdad y se la había encajado en el cuello. Desde entonces la Verdad va por el mundo con la cabeza de la Mentira y la Mentira camina con la cabeza de la Verdad. Es un hermoso cuento, original del corazón de África, que demuestra que la confusión es tan antigua como el mundo y que los cuentos sirven para explicarla y también para aumentarla, según cómo se utilicen.

Los humanos somos devoradores de cuentos, y no sólo en la infancia. Si hacemos recuento de cualquiera de nuestras jornadas, nos sorprenderá comprobar la cantidad de horas que invertimos en saborear narraciones, ya sea escuchando por ejemplo radio, cotilleando que es más tradicional, viendo televisión o por supuesto leyendo. Nos gustan tanto los cuentos que nuestra propia vida es un relato que nos vamos contando a nosotros mismos. La historia del mundo es una gran novela compuesta por millones de pequeños cuentos que se entrelazan. Ni uno solo de ellos nos dejará indiferentes, sobre todo si está bien contado, porque como señaló McLuhan hace casi medio siglo “el medio es el mensaje” (para entendernos, que el mismo chiste puede hacernos reír o dejarnos fríos, según quién lo cuente y cómo).

El propio McLuhan utilizaba una cita de Hércules Poirot, el detective de Agatha Christie, para definir la Verdad: “es todo lo que patea el tablero”, o sea lo que nos impacta, dando a entender que la verdad emocional se sobrepone siempre a la racional, a la del mero sentido común. Nada nuevo por otra parte. Edward Bernays, sobrino de Freud, se convirtió en un gurú de las relaciones públicas tras conseguir, entre otras cosas, que desaparecieran los tranvías en Estados Unidos (para que los fabricantes de coches hicieran su agosto), que las mujeres descubrieran el cigarrillo (y se forraran las tabaqueras), y que no se prohibieran los aditivos en la agricultura (para que medrasen las compañías químicas). Además consiguió tirar abajo al presidente guatemalteco Arbenz (para que no expropiara las tierras de la United Fruit Company, muchas de ellas en permanente barbecho). Todo ello con unas cuantas historias bien contadas en los altavoces apropiados. Tan genial que se le cita como modelo. Un gurú, ya digo.

Claro que ya en los años 40 Goebels, ministro de propaganda del III Reich, había desarrollado un decálogo de principios para desfigurar la realidad en beneficio del partido, por ejemplo aquello de que repetir mil veces una mentira termina dándole peso de verdad. No es arqueología, funciona y se usa cada vez más. La Verdad científica con cabeza de Mentira. El modo en que los medios de comunicación contribuyen como altavoces, lo quieran o no, puede consultarse en “Producción de la realidad y diarios de referencia dominante”, un estudio internacional publicado en España en 1982. En fin que, para no salirme de la realidad, en estas semanas de intensa campaña electoral española y estadounidense, he decidido acogerme a los cuentacuentos tradicionales, o sea someterme a una dieta de novelas y de cine. A mi aire.

Un pez que va por el jardín

A menudo confundimos las emociones, que suelen manifestarse acompañadas de alguna señal física, como pálpitos, sudoración o una breve suspensión del proceso respiratorio, con las pasiones, que no son otra cosa que emociones que empujan a la acción. En cualquier caso, nos parece que sólo estamos sintiendo cosas si nuestro cuerpo lo nota. Y sin embargo la vida es un largo viaje de minúsculos sentimientos, la mayoría de ellos imperceptibles, que se confunden con el mar de la rutina, pero que van dejando huella en nuestro estado de ánimo primero y que se acumulan para trazar a largo plazo las líneas maestras de nuestro carácter. No hay una sola de esas cosas pequeñas que no haya influido en lo que te ha pasado ni en lo que está por pasarte, como avisaba un personaje de Chejov y como recreó luego Borges en uno de sus poemas.

Quizá sea por cierto esta una de las funciones útiles de la poesía: señalarnos las pequeñas cosas de nuestra vida, permitirnos comprender que desatan en nosotros emociones y de este modo ayudarnos a que las hagamos conscientes, es decir a que las convirtamos en sentimientos, que son emociones domesticadas, por así decirlo. Claro está que el poeta no piensa en todo eso cuando escribe. Se deja arrebatar por las palabras, que son cápsulas en las que viaja el sentimiento, e intenta organizarlas siguiendo unas pautas que ha heredado de sus maestros y que constituyen el oficio del poeta, su varita mágica.

En cualquier caso, una de las corrientes de la poesía de todos los tiempos, con claras raíces en el mundo oriental, se concentra en las cosas pequeñas de la vida. Y uno de mis autores favoritos de esta corriente es José Corredor-Matheos (Alcázar de San Juan, 1929). No soy el único al que le gusta porque con su libro anterior, El don de la ignorancia, obtuvo el premio nacional de poesía en 2005. Es aquel un libro tan hermoso que crece conforme nos alejamos de él, exactamente como ocurre con el vuelo de las aves. Habla de la importancia de una mosca, de que el gorrión no sabe que es gorrión, de cómo el infinito cabe en un cántaro, de cómo la realidad se adelgaza hasta alcanzar el espesor del canto de una hoja, del fugitivo placer de la inexistencia, de que en la luz está el misterio de lo permanente.

Ahora Corredor-Matheos ahonda en aquellas sendas con un nuevo libro, que lleva el desconcertante título de Un pez que va por el jardín. Un libro que huele a árboles y a pájaros, escrito por un estoico que oscila entre lo naíf y el budismo zen. Insiste en que la razón es un lastre: “cómo cuesta aprender / a ver las cosas / que comparten tu vida”. Nos dice que “no hay soledad que pueda compartirse”, pero que uno puede enriquecerse si es capaz de ver las cosas, simplemente: “contemplas ese perro / vagabundo / y te sientes perdido / como él”.

Son poemas caminados, que se debaten en ese umbral casi imperceptible entre el sentir y el pensar: “Qué dolor alejarme / de estos árboles / y olvidar lo que soy: / sólo un árbol en busca de raíces, / bajo el brillante manto / de la lluvia”. Cierto que sus intensidades están algo más diluidas que en el libro precedente, pero también cierto que nos susurra que nuestra verdadera vida está en lo pequeño y en lo cotidiano y que se nos escapa si dejamos que pase sin contemplarla por ir siempre en busca de emociones más fuertes: “Hay algo que me dice / que ni el sauce ni nada / de lo que fuera mío / he de considerarlo / perdido para siempre.”

Miércolas

El miércoles pasado, conocido por miércoles de ceniza, como todos los años desde hace doce, algunas mujeres de mi pueblo se levantaron muy temprano, antes de que cantaran los gallos, para que les diera tiempo a apuntalar y a colocar con mimo los personajes que llevan preparando desde diciembre. Cuando salimos a la calle, los monigotes ya estaban esperándonos frente a las puertas y los portones de las casas, en los soportales, delante de las columnas. Para quien no los haya visto, son muñecos de tamaño humano, elaborados a propósito con tosquedad, para que se parezcan a los que se sacaban en tiempos remotos, antes de que se perdiera la costumbre, que eran de paja y que iban vestidos con las camisas desechadas y los pantalones y las faldas más zurcidos que contuviera el arcón. Fina Ortega y sus socias de Antigua Tradición han conseguido devolver a la normalidad de la vida, a la rutina del año, este acontecimiento singular con el que acaban los carnavales y en Chinchilla se quema la sardina.

Amaneció soleado, es decir que el tiempo acompañó, aunque fuera a costa de este veranillo inquietante que nos está regalando febrero. Y fueron muchos los chinchillanos y también los albaceteños, que se asomaron a ver la escuela de Miércoles en la puerta del Sol de la iglesia, y el nacimiento con cigüeña de la puerta de la Dalia, y los dentistas en distintos lugares, y las bordadoras, y los espigadores, y hasta a una pareja en moto, entre otras muchas ocurrencias. Me contaba Santiago los sudores que le había costado enderezar la moto atándola con cables a las rejas, y luego conseguir que los muñecos permanecieran firmes sobre su lomo. Pero el trabajo mereció la pena porque ganó el primer premio, aunque ni él ni la mayoría de los que sacan Miércoles pensaba en el concurso (que es una añadidura institucional) porque disfrutan más con ver que la gente pasa y se asoma a mirar qué dicen los monigotes a través del cartel que llevan pegado al pecho, que suele contener chanzas rimadas, confusas malicias sin maldad.

A la hora del café es costumbre recorrer en grupo el circuito formado por todos los Miércoles detrás de una charanga que interpreta canciones de carnaval. Las mesas camilla que los acompañan ofrecen entonces la mejor invitación, a veces unos rollos de vino, o unos bizcochos regados con mistela que saben a delicia y que desaparecen como por ensalmo de los platos que sostienen sus creadoras. Algunas recuerdan que en la parte alta del pueblo llamaban a los monigotes Miércolas y que las subían con cuerdas, una vez ensilladas, a las ventanas altas y los balcones de las casas. El rumor de los recuerdos se agita con la música y con la mistela para ir añadiendo alegría a la comitiva conforme avanza por las calles sinuosas, y al final muchas mujeres se enlazan de los codos y avanzan bailando al ritmo de la charanga.

Viéndolas se despereza la memoria incluso de lo que uno nunca ha llegado a ver. El pueblo se aleja del presente para volver a ser el pueblo de sus raíces, con la alegría de todas las generaciones fundida en esas mujeres, en nosotros mismos que las observamos con la sonrisa puesta, con la mirada tropezando de pronto en rincones, aleros, murallas de la ciudad que siempre han estado ahí, pero que de no ser por esta correría jamás hubiéramos descubierto. Necesitamos los ritos para que nos devuelvan al ser tribal que fuimos, para sentirnos herederos de un lugar, de una costumbre, para no perder el pie en el torbellino sin alma de la tecnología.

Ondas inquietantes

Un hombre va a la misma cafetería de todas las mañanas en el centro de Viena y se desayuna leyendo como siempre el periódico. Su vida y sus costumbres le parecen tan sólidas, tan refrendadas por la rutina, que ni siquiera se plantea que puedan cambiar. Y sin embargo, por curiosidad, lee la lista oficial de judíos considerados réprobos y ve que su nombre figura en ella. Hasta este momento ni siquiera se sabía judío. Pero de golpe comprende que el mundo que instantes antes le parecía casi eterno en su solidez empieza a resquebrajarse, que el camarero, que hoy le atiende solícito, mañana puede echarlo a patadas, que perderá su dignidad, su casa, hasta las posesiones que hoy considera más personales, incluso es probable que la vida. De un modo u otro, todos los personajes de “Sefarad”, un libro imprescindible de Antonio Muñoz Molina, viven este despojamiento impuesto bruscamente por agentes exteriores.

Se lee con el corazón en un puño y el alma fascinada con la prosa, pero se lee como algo del pasado, porque nos parece que nuestro propio mundo, con sus imperfecciones, es más sólido, más inmutable que el del siglo XX. Así pensaba mi amigo Federico. Su hija contrajo un cáncer, pero esta es una cuestión que asociamos al azar: todos llevamos boletos y alguna vez puede tocarnos. Luego supo que en el piso de abajo había otro caso; a veces la casualidad es caprichosa. Pero él vive en un séptimo y hay un enfermo en el sexto, otro en el quinto y otro en el cuarto de su mismo portal. Hay uno más en el mismo bloque y tres niños en el colegio de San Antón, que está detrás. Ni siquiera el azar es tan veleidoso. Lo saben los científicos (Einstein dejó dicho que Dios no juega a los dados con el universo).

Todos los enfermos de cáncer (que se sepa, en total suman diez) viven a menos de cincuenta metros de un repetidor de telefonía móvil. Por supuesto, los afectados se han puesto a investigar y han averiguado que el repetidor funciona desde el año 2000 a pesar de que no cuenta con la licencia de actividad ni de obras. Ninguno las tiene a pesar de que llevan años funcionando y de que hace al menos uno que se agotaron los plazos. En 2001 el mismo Ayuntamiento en pleno instó a que se desmantelasen al menos siete de los repetidores (entre ellos el que nos ocupa) por encontrarse cerca de colegios y zonas sensibles. Desde luego la orden no lleva trazas de cumplirse. Como existen estudios que relacionan las ondas electromagnéticas con el aumento de los casos de cáncer (por ejemplo: Horst Eger y otros. Naila, 2004), los afectados exigieron que se cumpliera la ley o, por lo menos, que se aplicase el principio de precaución de la Unión Europea.

Para su sorpresa y desesperación (la de quienes intuyen que sobre la inocente rutina de sus vidas y las de sus familiares se cierne la sombra de un peligro), los concejales tardaron en recibirlos e intentaron convencerlos de que no pasaba nada. Ya no sabemos prescindir de los móviles, los móviles necesitan repetidores cerca y sin embargo su cercanía es peligrosa. Una ecuación compleja que prueba la capacidad de nuestros concejales para encontrar soluciones eficientes y rápidas, que para eso los elegimos, no para echar balones fuera. Entre tanto, y como al pobre austriaco que ni sabía que era judío, a Federico y sus vecinos el azar los tiene convertidos en ciudadanos de segunda. Pero no el azar de la enfermedad, sino el de la zona urbana en donde tienen sus casas, viven sus vidas y duermen sus hijos. Podía habernos tocado a cualquiera, incluso a los responsables municipales.

Pepe Otal

Un hombre que no había vuelto a afeitarse la barba desde que le obligaron en la mili no podía ser convencional ni siquiera a la hora de morirse. Pepe Otal (Albacete, 1946) tenía estudios de ingeniería técnica y fue escultor y pintor, y él contaba a quien quisiera escucharle que había sido marinero, incluso náufrago, lo que encajaba muy bien en su aspecto de viejo lobo y de perenne pipa en la comisura de los labios. Pero su leyenda irá creciendo poco a poco desde el papel de titiritero, devoción a la que consagró los mejores años de su vida, incluido el último aliento. Y esto es literal, porque como los actores de raza, como el propio Molière, Pepe Otal se murió el verano pasado sobre el escenario en el que acababa de rematar una de sus representaciones de “La Divina Comedia” de Dante, adaptada para sus marionetas. La historia me la contó el Juli, el otro día, y es digna de figurar en las antologías del teatro.

Pepe Otal y Pep Gómez encarnaban los papeles de Virgilio y Dante respectivamente, compartiendo protagonismo con los títeres. Por supuesto, tratándose de marineros, el espectáculo se desarrollaba en la isla de Cerdeña, lejos del continente. Todo iba bien, salvo algunos despistes infrecuentes. El más ostensible ocurrió al final de todo, cuando tuvieron que interpretar el último acto ante el decorado del infierno porque a Otal se le había olvidado bajar el telón del paraíso. Aun así recibieron una sonora ovación. El hombre se sentía cansado y se sentó con una cerveza en la mano, rodeado de sus colegas. De pronto, la encargada del sonido los alertó de un principio de incendio: una de las velas que utilizaban en la representación se había quedado encendida en la maleta de uno de los títeres y tuvieron que correr para salvarlo. No lo consiguieron del todo: la llama le había horadado la madera a la altura del corazón. En ese momento volvieron la cabeza y Otal se estaba derrumbando con un infarto fulminante.

Quién podía imaginarse este desenlace. La misma víspera por la noche, lo habían visto encaramarse a la fachada de la casa donde se alojaban para recuperar la llave de la entrada que se habían dejado dentro. No acaba todo aquí: tuvieron que vestir el cadáver y no encontraron otra mortaja mejor que la túnica blanca de Virgilio que acababa de usar en la representación, sin que faltara el aderezo de la corona de laurel propia de los poetas. De esta guisa emprendió su viaje hasta Albacete, impulsado por las economías de los titiriteros de Barcelona y sus amigos de la ciudad que lo vio nacer y en donde ahora reposa.

Le gustaba hablar de libros, de filosofía. Citaba “Las encantadas”, donde Stevenson se inventó una forma de gobierno propia de piratas: la motinocracia. Dicen que había hecho amistad con un ratón en su casa estudio del Raval, el barrio chino de Barcelona. Que el bicho se le subía al hombro mientras él trabajaba en sus marionetas, se escondía si se presentaba algún desconocido y al rato solía asomarse con timidez desde la barba. Aseguran que una vez adiestró a un grupo de roedores para que intervinieran en una de sus obras. Según el principio de Paulov, obedecían a impulsos eléctricos, pero un cortocircuito los desmandó por el teatro. Se inventó el bulubús, que aparca en las ciudades y las inunda de titiriteros por un día. Después de su muerte, alguien encontró en su mesa un informe de urgencias de bastante tiempo atrás; le aconsejaban que se mirase mejor el corazón. Pero él ya lo tenía muy visto.

Ángel González

Después de leer sus poemas en el Escorial, Ángel González atendió a la prensa durante una hora por lo menos. Habíamos pasado buena parte del día charlando en la compañía de otros amigos y se me había ocurrido comentar que yo también quería hacerle una entrevista antes de volverme a Albacete. Un comentario fugaz, sin convencimiento, que olvidé tan rápido como lo había formulado y más todavía al ver cómo se le iba apagando la voz durante la lectura, y cómo después desafiaba su propio cansancio atendiendo a representantes de algunos de los medios más prestigiosos del país. Había cola esperando sentarse a su vera para tenderle nuevas preguntas o tal vez para repetir las mismas que le habían planteado los entrevistadores precedentes. A pesar de que se mantenía tieso como una efigie y de que parecía no gastar energía más que cuando era imprescindible (para colocar una agudeza o darle un sorbo al whisky), Ángel González estaba ya muy frágil este verano, llevaba estando frágil mucho tiempo.

Les saludé para marcharme. Su mujer, Susana Rivera, me alcanzó en el vestíbulo. Estaba dulcemente enfadada. Me había estado buscando entre el revuelo de estudiantes y profesores y bailarinas y curiosos que abarrotaba la sede de la Universidad de Verano. ¿Es que no vas a entrevistar a Ángel? Me preguntó como quien regaña a un niño. Te está esperando. Así era este hombre. Buscamos acomodo en un rincón, mientras una danza exótica centraba la atención de los centenares de personas que nos rodeaban. Se sentó con su vaso de whisky y su cigarro, y me requirió con sus ojos expectantes, dispuesto a empezar de nuevo conmigo como si fuese el primer periodista que lo abordaba esa tarde. Lo encontré más despierto que durante las horas que habíamos compartido antes con otros amigos, como si la sucesión de entrevistas y la proximidad de la noche le insuflaran renovadas energías.

En público, Ángel González tenía una mirada somnolienta, como de quien deja encendido el piloto automático. Aun así demostraba cuando era preciso que estaba en lo que se decía, destilándose en comentarios breves, cargados de lucidez. Sin embargo, cuando te sentabas ante él a conversar, sus cinco sentidos venían a conversar contigo y sus ojos grises esperaban cada nueva pregunta con una expectación casi infantil, como si fueran a abrirle los caminos a una respuesta inédita que a él también le sirviera para seguir descubriéndose. Hablamos, claro, de poesía, sobre todo de sus hábitos a la hora de escribir. Empezó refiriéndose a su propia obra como si ya perteneciera al pasado, pero poco a poco fue reconociendo que tenía un puñado de poemas nuevos de los que no estaba seguro. ¿Qué iba a hacer con ellos? Años atrás estaba muy claro: se los hubiera dado a leer a su amigo Jaime Gil de Biedma para pedirle opinión. Fallecido el poeta catalán, había buscado gente de confianza para sustituirlo. Citó a Luis García Montero.

Hoy sé que mi entrevista pecó de breve. Leí la desilusión en sus ojos cuando le comenté que tenía que marcharme o perdería el tren. Se le notaba a gusto, tan desinhibido, él que solía expresarse con monosílabos, que hasta elevó su tono bondadoso para quejarse de la película que preparan sobre Biedma: “estoy horrorizado. Jaime lo hubiera estado también”. “Un hombre nunca sabe qué pasado le espera”, sentencia uno de sus versos definitivos. Nuestro pasado siempre queda en manos ajenas, ojalá que de amigos. Seguro que es su caso.

El cuerpo

Año nuevo, cuerpo nuevo. Ese es el deseo que formula para sus adentros mucha gente mientras mastica con renovadas esperanzas las uvas de Nochevieja. El día 2 de enero hay cola en las puertas de los gimnasios, aunque sólo la mitad de los que se apunten perseverará después de las primeras agujetas. Bien es cierto que cada vez son más los clientes que aspiran a cambiarse por dentro, a cansarse menos, a respirar mejor, tanto o más de lo que aspiran a modelar sus músculos y a realzar sus formas. Quizá porque han llegado a esa edad en que al fin todo se comprende, como escribió Gil de Biedma, y saben que la salud y el bienestar son más fieles que una buena fachada y que incluso terminan aflorando a la fachada. Son datos ofrecidos a este mismo periódico por los propietarios de gimnasios, que también aseguran que sólo uno de cada diez albaceteños practica ejercicio con regularidad.

Como profesor de educación física, hace tiempo que decidí que los objetivos que las sucesivas y contradictorias leyes de educación fijan para nuestra materia pueden resumirse en tres: que mis alumnos comprendan que el ejercicio físico es fundamental para que sus cuerpos funcionen correctamente, que sepan qué requisitos debe cumplir el ejercicio para resultar útil y que aprendan a disciplinarse en la práctica. Si consiguiera estos propósitos en un ciento por ciento tal vez mermaría un poco la clientela de los gimnasios, pero a cambio reduciría otro poco las colas en los centros de salud, y no sólo por problemas circulatorios, endocrinos y respiratorios, sino también porque restaría algunas ansiedades y depresiones, ya que como todo el mundo sabe el ejercicio físico libera endorfinas en el organismo, que producen las mismas sensaciones que los opiáceos pero ninguno de sus efectos secundarios.

Claro que no todos los ejercicios son iguales ni existen dos organismos que los toleren de la misma manera. Parece claro que los más útiles para la salud son los estiramientos (flexibilidad) y los trabajos de resistencia, es decir, aquellos en los que uno permanece por encima de ciento veinte pulsaciones entre veinte y cuarenta minutos por sesión, da igual que sea corriendo, que nadando, que montando en bicicleta o que jugando por ejemplo al fútbol o al tenis, siempre y cuando no nos pasemos de tueste y subamos más veces de las debidas por encima de 180 pulsaciones. Hay músculos de los que más vale no olvidarse, como los abdominales, que conviene mantener tonificados para prevenir molestias lumbares.

Tres sesiones a la semana es el mínimo ideal, que por cierto nunca asume el sistema educativo. Para no rajarse enseguida, lo primero hay que elegir una actividad que nos guste o no nos disguste demasiado. Luego hay que crearse la obligación, fijarla en la agenda en días y horas concretos, reservando el tiempo necesario para estirar antes y ducharse después. El gimnasio ayuda mucho, porque pagar y no sacarle rendimiento duele aún más que las agujetas, que sólo notaremos los primeros días. Buscarse la compañía de otros de nuestro mismo nivel también ayuda. Y luego existen trucos que vienen de yankilandia, donde algunos utilizan la bicicleta estática ante el televisor mientras ven una película grabada que apagan cuando dejan de hacer ejercicio y sólo siguen mirando cuando lo retoman en la siguiente sesión. Al cabo de dos meses, el cuerpo sigue siendo el mismo, pero ya no parece el mismo. La salud hay que sudársela.

El habla manchega

Confieso que en mis primeros acercamientos al “Diccionario manchego” de José S. Serna llegué a estar convencido de que nuestro castellano no se diferencia en absoluto del castellano estándar y que la ocurrencia de nuestro paisano no iba más allá de ser un “aberrunto” nacionalista a pequeña escala. Es cierto que abarcaba vocablos que me sonaban poco aunque designasen largas peroratas sin fuste, que es lo que viene a significar “repalandoria”, una de las fichas que más debía gustarle al recopilador porque la puso como título y ejemplo en el texto explicativo incluido en el libro. Y es cierto también que había palabras que no había modo de localizar en otros diccionarios y que sin embargo a mí me resultaban extrañamente familiares, como “rechilbero”, esa reverberación del sol en los patios encalados que nos duele hasta obligarnos a entornar los ojos.
Había salido poco de Albacete. Conforme fui traspasando nuestras fronteras locales y hablando con personas de otras regiones, comprobé dos cosas: que nuestro castellano no es el estándar ni mucho menos (aunque tampoco estemos tan lejos de él) y que había algo en nuestro modo de usarlo que resultaba chocante a los foráneos. Enseguida llegó el presidente Bono, con su manera gutural de pronunciar las eses que flotan en el interior de las palabras y su discurso tan propicio para ser reproducido por los caricaturistas de voces. Y claro, ya no había duda de que hablamos como él, aunque sin exagerarlo tanto: “eg que así somos”. Desde entonces incluso procuramos fijarnos más en la pronunciación de la ese para demostrar que sabemos expresarnos como los de Valladolid cuando nos lo proponemos.
Pero de pronto han estallado los humoristas manchegos, sacándole el máximo partido a nuestro peculiar castellano. Primero fue José Mota, el moreno de los componentes del grupo Cruz y Raya, que aprovechaba haber nacido en Ciudad Real para introducir en sus intervenciones agudas andanadas de mancheguismo. Fue la avanzadilla. Los albaceteños han llegado más tarde, en el programa “Cámera Café”. Tanto Esperanza Pedreño (La Cañi) como Joaquín Reyes (el informático de la oficina) deslizan continuamente coletillas en las que nos reconocemos como si nos miráramos en el paisaje de la infancia. Y por lo visto no sólo nos resultan chocantes a nosotros, sino a veces también a los que no se reconocen en ellas. Debe de ser porque ayudan a sus personajes a ser auténticos, creíbles, entrañables.
La explosión definitiva la ha conseguido el propio Joaquín Reyes al frente de su pandilla de amigos en esa algarabía surrealista que primero se llamó “La hora Chanante” y que después tuvo que ser rebautizada por exigencias del copyright como “Muchachada nui”. En ese ratico condenado a la frontera de la media noche (y sin embargo saboreado en you-tube por el quíntuple de espectadores de los que lo ven en la 2) el habla manchega ha alcanzado categoría de obra de arte. Después de escuchar a personajes como Paris Hilton, Ferrán Adriá o Macaulay Culkin expresándose en albaceteño con una caracterización de carnaval de Tarazona, después de oírle decir a Niki Lauda que tiene la oreja “burrumía” por un accidente que sufrió, uno ya puede dormir tranquilo con la confianza de que nuestra habla provincial no sólo existe, sino que es capaz de resistir los embates del tiempo y de la globalización.

Circuitos

Y dicen que los tiempos no cambian. Mi abuela vivía en La Gineta y cuando le parecía o le era necesario, se venía a Albacete andando con alguna vecina o pariente. En aquella época, y no hace tanto, todo eran distancias y para ir a cualquier sitio había que invertir casi un día en el camino. Lo que ataba a la gente era el territorio, la luz solar que delimitaba las horas disponibles, las estaciones marcadas a fuego en la memoria hasta pesar tanto como los genes y determinar qué se comía en cada época, cuando había algo que comer. Setenta años más tarde hemos abolido la noche, hemos mezclado los menús estacionales y las distancias no existen. Sin embargo seguimos atados a una cadena de actos, de obligaciones y de costumbres que nos ciñen al reloj y que nos confinan día tras día en los mismos lugares, a las mismas horas y por parecidas rutas dentro de la ciudad. Caminamos por circuitos en los que ni siquiera reparamos, pero que nos ligan tanto o más que la antigua cuerda del territorio.

En nuestro deambular coincidimos a menudo con las mismas personas porque sus propios circuitos tienen ese punto de intersección con el nuestro. Cuando todo va bien, cuando el destino no introduce algún desvío inesperado y casi siempre indeseado, como una enfermedad que nos deriva al hospital o como la muerte de un conocido que nos reúne en torno a su memoria, si no se abre una puerta en el circuito, hay personas a las que queremos y a las que recordamos y a las que sin embargo no vemos nunca. Viven ahí cerca, a lo mejor a unas manzanas de esa esquina por la que pasamos todos los días consultando el reloj, calculando si nos dará tiempo de resolver un recado antes de emprender la siguiente tarea que la sociedad nos tiene asignada y que acatamos con la docilidad con la que el sol sale y se pone.

A veces la tarea es ver nuestro programa favorito de la tele, que forma ya parte de nuestra familia, o tomar un café con los amigos para intercambiar los chismes sin los cuales la vida carece de la sal imprescindible. A veces la tarea es escapar del circuito lo más lejos posible por la misma puerta por la que escapamos todas las semanas o todos los meses, aunque escapemos a santuarios diferentes cada vez. Pero esas huidas forman parte también de nuestra prisión virtual, aunque nos permitan apreciarla desde la distancia y sentir que nos hemos liberado por un tiempo de la tela de araña con la que nos sujeta. Ahí siguen, detrás de la muralla que hemos ido construyendo con la suma de los días, aquellas personas de las que nos seguimos acordando y a las que nunca vemos. Como la telepatía existe, esas personas, atrapadas en sus propios circuitos, se están acordando de nosotros mientras las recordamos.

Hasta que llegan la Feria o la Navidad, esos hitos estacionales cuyos símbolos se han ido deshilachando, pero que conservan todavía el poder de romper con su magia antigua la inercia rutinaria de todos los circuitos, el del espacio, pero también el del tiempo. Afloran entonces sentimientos relegados y enviamos un mensaje de móvil o damos un telefonazo, cuando no quedamos directamente para ver cara a cara al amigo o al familiar que vive todo el año en las afueras de nuestro ajetreo. Y recibimos las postales y los mensajes con el mismo calor que si fueran abrazos. Y sentamos a nuestra mesa y servimos un vaso de mistela a los ausentes, por ejemplo a mi abuela, que aún acude andando desde La Gineta.

Gramáticos

En una nave industrial que había servido para la fabricación de camisas tuvo su precaria redacción el diario Albacete. Allí los redactores nos afanábamos bajo la luz mortecina de los fluorescentes en medio de una nube permanente de tabaco rancio. El olor de aceite y de tinta que exhalaban las máquinas de escribir daba a nuestro trabajo una dimensión épica. Con una cierta frecuencia nos visitaban colaboradores espontáneos con folios manuscritos, a veces casi ilegibles, que siempre eran publicados en aquel periódico en el que a nadie se le negaba una columna. Uno de los menos dotados se presentó un día anunciando que estaba escribiendo una gramática nueva del castellano para mejorar los engranajes del idioma que según él funcionaban defectuosamente. Tras haberlo atendido con una sonrisa servicial en los labios y después de verlo marchar, el periodista de guardia, harto de corregirle anacolutos en sus textos, masculló: “más te valdría conocer la gramática, antes de ponerte a cambiarla”.

Desde entonces para acá he visto a muchos poetas que ni siquiera conocen la métrica convencidos de que están revolucionando la poesía, a muchos pintores que no distinguen los colores fríos de los cálidos creyendo que esta ignorancia les favorece e incluso a músicos que desconocen las leyes de la armonía pregonando sus engendros. Y pobre del que les insinúe que desentonan porque será tildado de inmediato de retrógrado con el argumento incontestable de que la familia y amigos del artista sí que entienden su obra y se emocionan con ella. Existe un convencimiento general de que basta con la intuición para ser un creador válido en cualquier faceta y de que si la creación no se ajusta a reglas armónicas, uno siempre puede inventarse otras reglas donde la propia obra encaje a la manera de Groucho Marx cuando anunciaba: “estos son mis principios; si no te gustan, tengo otros”.

Sin embargo aún hay quien piensa que sólo cuando uno sabe dónde están los límites puede de verdad traspasarlos para ser innovador. El proceso requiere una fase previa imprescindible que se llama educación y que precisa ciertas dosis de paciencia y disciplina para aprender a moverse en los confines. Hasta para educar hay un principio elemental: que el que mejor enseña es un profesor bien preparado que pueda ajustar su enseñanza a las necesidades individuales de un número controlable de alumnos. Sale a la luz el informe PISA que nos compara con el resto del mundo y comprobamos que hace tiempo que perdimos de vista esta norma elemental. Entonces la administración, en vez de proponer medidas de cambio, hace como el gramático improvisado del diario Albacete, es decir traduce el informe a su conveniencia: “estamos mal, sí, pero mucho mejor que en los tiempos de Mari Castaña”.

Y sin embargo, la solución es sencilla: bastaría con preparar bien a los profesores y asegurarse de que haya suficientes para atender a cada alumno según sus necesidades. Claro que resulta un cambio difícil de financiar si, como anuncian, van a bajar los impuestos. El otro día en clase uno de los 300 adolescentes que tengo asignados, y a los que según el principio básico de la educación debo dar un trato individual, se revolvía airado ante un concepto que no le convenía. El primer paso para cambiarlo a su medida. Me acordé otra vez del gramático. Al final tendremos en España 45 millones de gramáticas, cada uno la suya. Así no reñimos.