Ondas inquietantes

Un hombre va a la misma cafetería de todas las mañanas en el centro de Viena y se desayuna leyendo como siempre el periódico. Su vida y sus costumbres le parecen tan sólidas, tan refrendadas por la rutina, que ni siquiera se plantea que puedan cambiar. Y sin embargo, por curiosidad, lee la lista oficial de judíos considerados réprobos y ve que su nombre figura en ella. Hasta este momento ni siquiera se sabía judío. Pero de golpe comprende que el mundo que instantes antes le parecía casi eterno en su solidez empieza a resquebrajarse, que el camarero, que hoy le atiende solícito, mañana puede echarlo a patadas, que perderá su dignidad, su casa, hasta las posesiones que hoy considera más personales, incluso es probable que la vida. De un modo u otro, todos los personajes de “Sefarad”, un libro imprescindible de Antonio Muñoz Molina, viven este despojamiento impuesto bruscamente por agentes exteriores.

Se lee con el corazón en un puño y el alma fascinada con la prosa, pero se lee como algo del pasado, porque nos parece que nuestro propio mundo, con sus imperfecciones, es más sólido, más inmutable que el del siglo XX. Así pensaba mi amigo Federico. Su hija contrajo un cáncer, pero esta es una cuestión que asociamos al azar: todos llevamos boletos y alguna vez puede tocarnos. Luego supo que en el piso de abajo había otro caso; a veces la casualidad es caprichosa. Pero él vive en un séptimo y hay un enfermo en el sexto, otro en el quinto y otro en el cuarto de su mismo portal. Hay uno más en el mismo bloque y tres niños en el colegio de San Antón, que está detrás. Ni siquiera el azar es tan veleidoso. Lo saben los científicos (Einstein dejó dicho que Dios no juega a los dados con el universo).

Todos los enfermos de cáncer (que se sepa, en total suman diez) viven a menos de cincuenta metros de un repetidor de telefonía móvil. Por supuesto, los afectados se han puesto a investigar y han averiguado que el repetidor funciona desde el año 2000 a pesar de que no cuenta con la licencia de actividad ni de obras. Ninguno las tiene a pesar de que llevan años funcionando y de que hace al menos uno que se agotaron los plazos. En 2001 el mismo Ayuntamiento en pleno instó a que se desmantelasen al menos siete de los repetidores (entre ellos el que nos ocupa) por encontrarse cerca de colegios y zonas sensibles. Desde luego la orden no lleva trazas de cumplirse. Como existen estudios que relacionan las ondas electromagnéticas con el aumento de los casos de cáncer (por ejemplo: Horst Eger y otros. Naila, 2004), los afectados exigieron que se cumpliera la ley o, por lo menos, que se aplicase el principio de precaución de la Unión Europea.

Para su sorpresa y desesperación (la de quienes intuyen que sobre la inocente rutina de sus vidas y las de sus familiares se cierne la sombra de un peligro), los concejales tardaron en recibirlos e intentaron convencerlos de que no pasaba nada. Ya no sabemos prescindir de los móviles, los móviles necesitan repetidores cerca y sin embargo su cercanía es peligrosa. Una ecuación compleja que prueba la capacidad de nuestros concejales para encontrar soluciones eficientes y rápidas, que para eso los elegimos, no para echar balones fuera. Entre tanto, y como al pobre austriaco que ni sabía que era judío, a Federico y sus vecinos el azar los tiene convertidos en ciudadanos de segunda. Pero no el azar de la enfermedad, sino el de la zona urbana en donde tienen sus casas, viven sus vidas y duermen sus hijos. Podía habernos tocado a cualquiera, incluso a los responsables municipales.

Pepe Otal

Un hombre que no había vuelto a afeitarse la barba desde que le obligaron en la mili no podía ser convencional ni siquiera a la hora de morirse. Pepe Otal (Albacete, 1946) tenía estudios de ingeniería técnica y fue escultor y pintor, y él contaba a quien quisiera escucharle que había sido marinero, incluso náufrago, lo que encajaba muy bien en su aspecto de viejo lobo y de perenne pipa en la comisura de los labios. Pero su leyenda irá creciendo poco a poco desde el papel de titiritero, devoción a la que consagró los mejores años de su vida, incluido el último aliento. Y esto es literal, porque como los actores de raza, como el propio Molière, Pepe Otal se murió el verano pasado sobre el escenario en el que acababa de rematar una de sus representaciones de “La Divina Comedia” de Dante, adaptada para sus marionetas. La historia me la contó el Juli, el otro día, y es digna de figurar en las antologías del teatro.

Pepe Otal y Pep Gómez encarnaban los papeles de Virgilio y Dante respectivamente, compartiendo protagonismo con los títeres. Por supuesto, tratándose de marineros, el espectáculo se desarrollaba en la isla de Cerdeña, lejos del continente. Todo iba bien, salvo algunos despistes infrecuentes. El más ostensible ocurrió al final de todo, cuando tuvieron que interpretar el último acto ante el decorado del infierno porque a Otal se le había olvidado bajar el telón del paraíso. Aun así recibieron una sonora ovación. El hombre se sentía cansado y se sentó con una cerveza en la mano, rodeado de sus colegas. De pronto, la encargada del sonido los alertó de un principio de incendio: una de las velas que utilizaban en la representación se había quedado encendida en la maleta de uno de los títeres y tuvieron que correr para salvarlo. No lo consiguieron del todo: la llama le había horadado la madera a la altura del corazón. En ese momento volvieron la cabeza y Otal se estaba derrumbando con un infarto fulminante.

Quién podía imaginarse este desenlace. La misma víspera por la noche, lo habían visto encaramarse a la fachada de la casa donde se alojaban para recuperar la llave de la entrada que se habían dejado dentro. No acaba todo aquí: tuvieron que vestir el cadáver y no encontraron otra mortaja mejor que la túnica blanca de Virgilio que acababa de usar en la representación, sin que faltara el aderezo de la corona de laurel propia de los poetas. De esta guisa emprendió su viaje hasta Albacete, impulsado por las economías de los titiriteros de Barcelona y sus amigos de la ciudad que lo vio nacer y en donde ahora reposa.

Le gustaba hablar de libros, de filosofía. Citaba “Las encantadas”, donde Stevenson se inventó una forma de gobierno propia de piratas: la motinocracia. Dicen que había hecho amistad con un ratón en su casa estudio del Raval, el barrio chino de Barcelona. Que el bicho se le subía al hombro mientras él trabajaba en sus marionetas, se escondía si se presentaba algún desconocido y al rato solía asomarse con timidez desde la barba. Aseguran que una vez adiestró a un grupo de roedores para que intervinieran en una de sus obras. Según el principio de Paulov, obedecían a impulsos eléctricos, pero un cortocircuito los desmandó por el teatro. Se inventó el bulubús, que aparca en las ciudades y las inunda de titiriteros por un día. Después de su muerte, alguien encontró en su mesa un informe de urgencias de bastante tiempo atrás; le aconsejaban que se mirase mejor el corazón. Pero él ya lo tenía muy visto.

Ángel González

Después de leer sus poemas en el Escorial, Ángel González atendió a la prensa durante una hora por lo menos. Habíamos pasado buena parte del día charlando en la compañía de otros amigos y se me había ocurrido comentar que yo también quería hacerle una entrevista antes de volverme a Albacete. Un comentario fugaz, sin convencimiento, que olvidé tan rápido como lo había formulado y más todavía al ver cómo se le iba apagando la voz durante la lectura, y cómo después desafiaba su propio cansancio atendiendo a representantes de algunos de los medios más prestigiosos del país. Había cola esperando sentarse a su vera para tenderle nuevas preguntas o tal vez para repetir las mismas que le habían planteado los entrevistadores precedentes. A pesar de que se mantenía tieso como una efigie y de que parecía no gastar energía más que cuando era imprescindible (para colocar una agudeza o darle un sorbo al whisky), Ángel González estaba ya muy frágil este verano, llevaba estando frágil mucho tiempo.

Les saludé para marcharme. Su mujer, Susana Rivera, me alcanzó en el vestíbulo. Estaba dulcemente enfadada. Me había estado buscando entre el revuelo de estudiantes y profesores y bailarinas y curiosos que abarrotaba la sede de la Universidad de Verano. ¿Es que no vas a entrevistar a Ángel? Me preguntó como quien regaña a un niño. Te está esperando. Así era este hombre. Buscamos acomodo en un rincón, mientras una danza exótica centraba la atención de los centenares de personas que nos rodeaban. Se sentó con su vaso de whisky y su cigarro, y me requirió con sus ojos expectantes, dispuesto a empezar de nuevo conmigo como si fuese el primer periodista que lo abordaba esa tarde. Lo encontré más despierto que durante las horas que habíamos compartido antes con otros amigos, como si la sucesión de entrevistas y la proximidad de la noche le insuflaran renovadas energías.

En público, Ángel González tenía una mirada somnolienta, como de quien deja encendido el piloto automático. Aun así demostraba cuando era preciso que estaba en lo que se decía, destilándose en comentarios breves, cargados de lucidez. Sin embargo, cuando te sentabas ante él a conversar, sus cinco sentidos venían a conversar contigo y sus ojos grises esperaban cada nueva pregunta con una expectación casi infantil, como si fueran a abrirle los caminos a una respuesta inédita que a él también le sirviera para seguir descubriéndose. Hablamos, claro, de poesía, sobre todo de sus hábitos a la hora de escribir. Empezó refiriéndose a su propia obra como si ya perteneciera al pasado, pero poco a poco fue reconociendo que tenía un puñado de poemas nuevos de los que no estaba seguro. ¿Qué iba a hacer con ellos? Años atrás estaba muy claro: se los hubiera dado a leer a su amigo Jaime Gil de Biedma para pedirle opinión. Fallecido el poeta catalán, había buscado gente de confianza para sustituirlo. Citó a Luis García Montero.

Hoy sé que mi entrevista pecó de breve. Leí la desilusión en sus ojos cuando le comenté que tenía que marcharme o perdería el tren. Se le notaba a gusto, tan desinhibido, él que solía expresarse con monosílabos, que hasta elevó su tono bondadoso para quejarse de la película que preparan sobre Biedma: “estoy horrorizado. Jaime lo hubiera estado también”. “Un hombre nunca sabe qué pasado le espera”, sentencia uno de sus versos definitivos. Nuestro pasado siempre queda en manos ajenas, ojalá que de amigos. Seguro que es su caso.

El cuerpo

Año nuevo, cuerpo nuevo. Ese es el deseo que formula para sus adentros mucha gente mientras mastica con renovadas esperanzas las uvas de Nochevieja. El día 2 de enero hay cola en las puertas de los gimnasios, aunque sólo la mitad de los que se apunten perseverará después de las primeras agujetas. Bien es cierto que cada vez son más los clientes que aspiran a cambiarse por dentro, a cansarse menos, a respirar mejor, tanto o más de lo que aspiran a modelar sus músculos y a realzar sus formas. Quizá porque han llegado a esa edad en que al fin todo se comprende, como escribió Gil de Biedma, y saben que la salud y el bienestar son más fieles que una buena fachada y que incluso terminan aflorando a la fachada. Son datos ofrecidos a este mismo periódico por los propietarios de gimnasios, que también aseguran que sólo uno de cada diez albaceteños practica ejercicio con regularidad.

Como profesor de educación física, hace tiempo que decidí que los objetivos que las sucesivas y contradictorias leyes de educación fijan para nuestra materia pueden resumirse en tres: que mis alumnos comprendan que el ejercicio físico es fundamental para que sus cuerpos funcionen correctamente, que sepan qué requisitos debe cumplir el ejercicio para resultar útil y que aprendan a disciplinarse en la práctica. Si consiguiera estos propósitos en un ciento por ciento tal vez mermaría un poco la clientela de los gimnasios, pero a cambio reduciría otro poco las colas en los centros de salud, y no sólo por problemas circulatorios, endocrinos y respiratorios, sino también porque restaría algunas ansiedades y depresiones, ya que como todo el mundo sabe el ejercicio físico libera endorfinas en el organismo, que producen las mismas sensaciones que los opiáceos pero ninguno de sus efectos secundarios.

Claro que no todos los ejercicios son iguales ni existen dos organismos que los toleren de la misma manera. Parece claro que los más útiles para la salud son los estiramientos (flexibilidad) y los trabajos de resistencia, es decir, aquellos en los que uno permanece por encima de ciento veinte pulsaciones entre veinte y cuarenta minutos por sesión, da igual que sea corriendo, que nadando, que montando en bicicleta o que jugando por ejemplo al fútbol o al tenis, siempre y cuando no nos pasemos de tueste y subamos más veces de las debidas por encima de 180 pulsaciones. Hay músculos de los que más vale no olvidarse, como los abdominales, que conviene mantener tonificados para prevenir molestias lumbares.

Tres sesiones a la semana es el mínimo ideal, que por cierto nunca asume el sistema educativo. Para no rajarse enseguida, lo primero hay que elegir una actividad que nos guste o no nos disguste demasiado. Luego hay que crearse la obligación, fijarla en la agenda en días y horas concretos, reservando el tiempo necesario para estirar antes y ducharse después. El gimnasio ayuda mucho, porque pagar y no sacarle rendimiento duele aún más que las agujetas, que sólo notaremos los primeros días. Buscarse la compañía de otros de nuestro mismo nivel también ayuda. Y luego existen trucos que vienen de yankilandia, donde algunos utilizan la bicicleta estática ante el televisor mientras ven una película grabada que apagan cuando dejan de hacer ejercicio y sólo siguen mirando cuando lo retoman en la siguiente sesión. Al cabo de dos meses, el cuerpo sigue siendo el mismo, pero ya no parece el mismo. La salud hay que sudársela.

El habla manchega

Confieso que en mis primeros acercamientos al “Diccionario manchego” de José S. Serna llegué a estar convencido de que nuestro castellano no se diferencia en absoluto del castellano estándar y que la ocurrencia de nuestro paisano no iba más allá de ser un “aberrunto” nacionalista a pequeña escala. Es cierto que abarcaba vocablos que me sonaban poco aunque designasen largas peroratas sin fuste, que es lo que viene a significar “repalandoria”, una de las fichas que más debía gustarle al recopilador porque la puso como título y ejemplo en el texto explicativo incluido en el libro. Y es cierto también que había palabras que no había modo de localizar en otros diccionarios y que sin embargo a mí me resultaban extrañamente familiares, como “rechilbero”, esa reverberación del sol en los patios encalados que nos duele hasta obligarnos a entornar los ojos.
Había salido poco de Albacete. Conforme fui traspasando nuestras fronteras locales y hablando con personas de otras regiones, comprobé dos cosas: que nuestro castellano no es el estándar ni mucho menos (aunque tampoco estemos tan lejos de él) y que había algo en nuestro modo de usarlo que resultaba chocante a los foráneos. Enseguida llegó el presidente Bono, con su manera gutural de pronunciar las eses que flotan en el interior de las palabras y su discurso tan propicio para ser reproducido por los caricaturistas de voces. Y claro, ya no había duda de que hablamos como él, aunque sin exagerarlo tanto: “eg que así somos”. Desde entonces incluso procuramos fijarnos más en la pronunciación de la ese para demostrar que sabemos expresarnos como los de Valladolid cuando nos lo proponemos.
Pero de pronto han estallado los humoristas manchegos, sacándole el máximo partido a nuestro peculiar castellano. Primero fue José Mota, el moreno de los componentes del grupo Cruz y Raya, que aprovechaba haber nacido en Ciudad Real para introducir en sus intervenciones agudas andanadas de mancheguismo. Fue la avanzadilla. Los albaceteños han llegado más tarde, en el programa “Cámera Café”. Tanto Esperanza Pedreño (La Cañi) como Joaquín Reyes (el informático de la oficina) deslizan continuamente coletillas en las que nos reconocemos como si nos miráramos en el paisaje de la infancia. Y por lo visto no sólo nos resultan chocantes a nosotros, sino a veces también a los que no se reconocen en ellas. Debe de ser porque ayudan a sus personajes a ser auténticos, creíbles, entrañables.
La explosión definitiva la ha conseguido el propio Joaquín Reyes al frente de su pandilla de amigos en esa algarabía surrealista que primero se llamó “La hora Chanante” y que después tuvo que ser rebautizada por exigencias del copyright como “Muchachada nui”. En ese ratico condenado a la frontera de la media noche (y sin embargo saboreado en you-tube por el quíntuple de espectadores de los que lo ven en la 2) el habla manchega ha alcanzado categoría de obra de arte. Después de escuchar a personajes como Paris Hilton, Ferrán Adriá o Macaulay Culkin expresándose en albaceteño con una caracterización de carnaval de Tarazona, después de oírle decir a Niki Lauda que tiene la oreja “burrumía” por un accidente que sufrió, uno ya puede dormir tranquilo con la confianza de que nuestra habla provincial no sólo existe, sino que es capaz de resistir los embates del tiempo y de la globalización.

Circuitos

Y dicen que los tiempos no cambian. Mi abuela vivía en La Gineta y cuando le parecía o le era necesario, se venía a Albacete andando con alguna vecina o pariente. En aquella época, y no hace tanto, todo eran distancias y para ir a cualquier sitio había que invertir casi un día en el camino. Lo que ataba a la gente era el territorio, la luz solar que delimitaba las horas disponibles, las estaciones marcadas a fuego en la memoria hasta pesar tanto como los genes y determinar qué se comía en cada época, cuando había algo que comer. Setenta años más tarde hemos abolido la noche, hemos mezclado los menús estacionales y las distancias no existen. Sin embargo seguimos atados a una cadena de actos, de obligaciones y de costumbres que nos ciñen al reloj y que nos confinan día tras día en los mismos lugares, a las mismas horas y por parecidas rutas dentro de la ciudad. Caminamos por circuitos en los que ni siquiera reparamos, pero que nos ligan tanto o más que la antigua cuerda del territorio.

En nuestro deambular coincidimos a menudo con las mismas personas porque sus propios circuitos tienen ese punto de intersección con el nuestro. Cuando todo va bien, cuando el destino no introduce algún desvío inesperado y casi siempre indeseado, como una enfermedad que nos deriva al hospital o como la muerte de un conocido que nos reúne en torno a su memoria, si no se abre una puerta en el circuito, hay personas a las que queremos y a las que recordamos y a las que sin embargo no vemos nunca. Viven ahí cerca, a lo mejor a unas manzanas de esa esquina por la que pasamos todos los días consultando el reloj, calculando si nos dará tiempo de resolver un recado antes de emprender la siguiente tarea que la sociedad nos tiene asignada y que acatamos con la docilidad con la que el sol sale y se pone.

A veces la tarea es ver nuestro programa favorito de la tele, que forma ya parte de nuestra familia, o tomar un café con los amigos para intercambiar los chismes sin los cuales la vida carece de la sal imprescindible. A veces la tarea es escapar del circuito lo más lejos posible por la misma puerta por la que escapamos todas las semanas o todos los meses, aunque escapemos a santuarios diferentes cada vez. Pero esas huidas forman parte también de nuestra prisión virtual, aunque nos permitan apreciarla desde la distancia y sentir que nos hemos liberado por un tiempo de la tela de araña con la que nos sujeta. Ahí siguen, detrás de la muralla que hemos ido construyendo con la suma de los días, aquellas personas de las que nos seguimos acordando y a las que nunca vemos. Como la telepatía existe, esas personas, atrapadas en sus propios circuitos, se están acordando de nosotros mientras las recordamos.

Hasta que llegan la Feria o la Navidad, esos hitos estacionales cuyos símbolos se han ido deshilachando, pero que conservan todavía el poder de romper con su magia antigua la inercia rutinaria de todos los circuitos, el del espacio, pero también el del tiempo. Afloran entonces sentimientos relegados y enviamos un mensaje de móvil o damos un telefonazo, cuando no quedamos directamente para ver cara a cara al amigo o al familiar que vive todo el año en las afueras de nuestro ajetreo. Y recibimos las postales y los mensajes con el mismo calor que si fueran abrazos. Y sentamos a nuestra mesa y servimos un vaso de mistela a los ausentes, por ejemplo a mi abuela, que aún acude andando desde La Gineta.

Gramáticos

En una nave industrial que había servido para la fabricación de camisas tuvo su precaria redacción el diario Albacete. Allí los redactores nos afanábamos bajo la luz mortecina de los fluorescentes en medio de una nube permanente de tabaco rancio. El olor de aceite y de tinta que exhalaban las máquinas de escribir daba a nuestro trabajo una dimensión épica. Con una cierta frecuencia nos visitaban colaboradores espontáneos con folios manuscritos, a veces casi ilegibles, que siempre eran publicados en aquel periódico en el que a nadie se le negaba una columna. Uno de los menos dotados se presentó un día anunciando que estaba escribiendo una gramática nueva del castellano para mejorar los engranajes del idioma que según él funcionaban defectuosamente. Tras haberlo atendido con una sonrisa servicial en los labios y después de verlo marchar, el periodista de guardia, harto de corregirle anacolutos en sus textos, masculló: “más te valdría conocer la gramática, antes de ponerte a cambiarla”.

Desde entonces para acá he visto a muchos poetas que ni siquiera conocen la métrica convencidos de que están revolucionando la poesía, a muchos pintores que no distinguen los colores fríos de los cálidos creyendo que esta ignorancia les favorece e incluso a músicos que desconocen las leyes de la armonía pregonando sus engendros. Y pobre del que les insinúe que desentonan porque será tildado de inmediato de retrógrado con el argumento incontestable de que la familia y amigos del artista sí que entienden su obra y se emocionan con ella. Existe un convencimiento general de que basta con la intuición para ser un creador válido en cualquier faceta y de que si la creación no se ajusta a reglas armónicas, uno siempre puede inventarse otras reglas donde la propia obra encaje a la manera de Groucho Marx cuando anunciaba: “estos son mis principios; si no te gustan, tengo otros”.

Sin embargo aún hay quien piensa que sólo cuando uno sabe dónde están los límites puede de verdad traspasarlos para ser innovador. El proceso requiere una fase previa imprescindible que se llama educación y que precisa ciertas dosis de paciencia y disciplina para aprender a moverse en los confines. Hasta para educar hay un principio elemental: que el que mejor enseña es un profesor bien preparado que pueda ajustar su enseñanza a las necesidades individuales de un número controlable de alumnos. Sale a la luz el informe PISA que nos compara con el resto del mundo y comprobamos que hace tiempo que perdimos de vista esta norma elemental. Entonces la administración, en vez de proponer medidas de cambio, hace como el gramático improvisado del diario Albacete, es decir traduce el informe a su conveniencia: “estamos mal, sí, pero mucho mejor que en los tiempos de Mari Castaña”.

Y sin embargo, la solución es sencilla: bastaría con preparar bien a los profesores y asegurarse de que haya suficientes para atender a cada alumno según sus necesidades. Claro que resulta un cambio difícil de financiar si, como anuncian, van a bajar los impuestos. El otro día en clase uno de los 300 adolescentes que tengo asignados, y a los que según el principio básico de la educación debo dar un trato individual, se revolvía airado ante un concepto que no le convenía. El primer paso para cambiarlo a su medida. Me acordé otra vez del gramático. Al final tendremos en España 45 millones de gramáticas, cada uno la suya. Así no reñimos.