Andrés García Cerdán


El otro jueves, viéndole leer sus versos en la sesión de marzo de la cafetería Viktor, me di cuenta de que Andrés danza cuando recita. Va cambiando el peso de un pie a otro, adelanta los brazos, gira el tronco para marcar un acento, mastica las palabras. Su juego de piernas me recuerda al Cassius Clay de los tiempos legendarios. Él sin embargo prefiere parecerse a Sugar Ray Leonard. Con este swing exorciza los nervios para que no se lo coman crudo. Y poco a poco se asienta, gana terreno, nos invade. Con esa misma constancia rítmica ha ido creciendo como poeta desde los versos retadores y nocturnos de sus primeros libros, allá por el año 2000. En una década, de pronto, ha explotado. “Si no tuvieras ya un nombre, ahora mismo inventarías todo otra vez”. No le hace falta reinventarse; ha crecido, ha cuajado, ha escrito una tesis sobre Cortázar, se ha hecho músico de rock y, de batir toda esa coctelera, de no detenerse siguiendo la consigna de Valente, ha ganado con Curvas el Ciudad de Pamplona, ha ganado con Carmina el premio Barcarola. Todo en dos años, un soplo de inspiración, como quien dice. Pero el fenómeno es más complejo: Curvas es un poemario en prosa donde culturalismo y zen se funden en la psicodelia. Hay que aclarar que Cerdán es un poeta jijpi, el poeta jipi de Albacete. Dice que los poemas le vinieron de todos los rincones imaginables, desde un correo electrónico hasta el arranque de un artículo: “Yo mismo siempre, respirando en espasmos de calma”. Y deslizándose en los automatismos, pero sabiendo conducirlos, nos sorprende con poemas como Crema, lleno de amor cortazariano, el casi onírico Hacia marzo, los crepusculares Hacia la lluvia u Otra tarde, el renacentista Ulises, casi una poética en la que busca la identidad huidiza. Un puñado de poemas con vuelo, con luz, chisporroteantes. Aunque Cerdán es más poeta de amaneceres que de atardeceres. Quiero decir de amaneceres entrevistos desde las últimas esquinas de la noche. Y si Curvas nos descolocaba, Carmina (Léase Cármina, del latín Poemas) nos recoloca en el espacio exacto que mejor domina: “Te ven llegar las calles, se echan a tus pies sin ningún límite”. En esa hora fronteriza en que el cansancio de la noche se acumula hasta desfigurar la realidad y el amanecer se cierne y nos tiende un reto agónico, la vida entera se extiende ante los ojos del que observa, solo hay que describirla. Los viajes, las lecturas, la niñez. “Hay un muchacho al borde de un barranco. / En él empieza todo y todo acaba”. Esa luz que interrumpe la noche es como la bola mágica en la que todo está. Y él se afana por capturarla: “En más de seiscientas esquinas de Albacete he visto yo el amanecer” proclamaba en el libro anterior. Y en este encuentra cada vez “la mañana de un día que no importa”. Sin embargo esa veta es solo el hilo conductor de su poesía. Cerdán se atreve con todo. Se atreve con un homenaje a la lectura que huye de los lugares comunes y no le pierde la vista al misterio (Lejos). Se atreve por supuesto con los viajes, con las lenguas extranjeras, el italiano sobre todo, en piezas cosmopolitas como Chiara o Firenze. Hay que darle de viajar para que escriba. Se atreve con Toledo. Se atreve incluso a extraer poesía de una de las clases de lengua que imparte en el instituto. Y le funciona. Siempre ha sido audaz, pero ahora se siente “con una voz propia que nunca antes / lo había sido tanto”. Y siente que “cada día que pasa nace en una palabra / maravillosa”. Está en gracia y lo sabe: “Entre el deseo y todo lo que es, / todo lo que será, todo lo que ha sido, / cabe una orilla más. Voy a llamarla / Muerte”. Lo sabe y, sin embargo sigue meciéndose cuando lee sus poemas en público como si boxease contra sus resistencias interiores, contra su timidez, contra sus miedos. El juego de piernas de un poeta que noquea. GARCÍA CERDÁN:  Curvas. Ed. celya (2009)/ GARCÍA CERDÁN:  Carmina. Ed. Nausícaä (2012).

100 animales de la provincia de Albacete


Debe de ser que la afición de intercambiar cromos es inherente a la naturaleza humana. No me esperaba que en la era de internet y de los videojuegos, profesores, alumnos y personal de mi instituto, todos, disfrutasen como niños intercambiando las estampas repetidas de Cien animales de la provincia de Albacete. Javier Valiente hasta concede a sus alumnos unos minutos de sus clases de los viernes para que truequen a sus anchas. Luego les proyecta alguna de las especies. Y funciona. Siempre se aprenden mejor aquellas que más le cuesta a uno conseguir. Aunque los autores del libro se han ocupado de que todos los cromos tengan las mismas probabilidades. Cuando Vicente Benlloch me comentó el proyecto, hace un par de años, se me antojó una idea arriesgada. El coleccionismo de cromos parecía una afición nostálgica, tan pasada de moda como jugar al zompo, a las canicas o a la pídola. Pero para Vicente no existe la palabra imposible. Profesor de Biología y Geología en el instituto Los Olmos, ya había contado conmigo para otros proyectos no menos ingeniosos, siempre relacionados con su materia. Y siempre con el mismo concienzudo perfeccionismo. Conservo como oro en paño la caja de corcho de El juego de los árboles y arbustos (2000), un cuaderno botánico disfrazado de juego de naipes, en el que ganaba quien completase la familia de cada una de las especies. Una libretilla con las normas multiplicaba las posibilidades, unas fichas de ayuda las clarificaban y un cuaderno resolvía las dudas. Un año más tarde publicó con sus alumnos del instituto de Alcaraz una Recopilación literaria de las plantas de la comarca. Para los chavales fue aprender jugando. Ahora es un documento de coleccionista. Otra experiencia en la que tuve el placer de colaborar es el libro sobre Árboles singulares de la comarca de Alcaraz (2005). Planos e indicaciones minuciosas permiten al lector dirigirse a cada una de los 58 ejemplares, verdaderas joyas de la naturaleza provincial. El libro lo realizó el Taller de Botánica del IES Pedro Simón Abril y en su portada figuran como autores los nueve chavales que ayudaron a Benlloch a componerlo. Todavía recuerdo lo difícil que nos resultó concretar por escrito las referencias a seguir para llegar a cada árbol. Desde entonces valoro mucho más a los piratas. Tengo la asignatura pendiente de comprobar si aún funcionan nuestras pistas. Aunque mucho me temo que alguno de los árboles ya no esté en su sitio cuando por fin encuentre el momento de ir a visitarlos. Al menos quedará constancia de que allí estuvo. Preservar la memoria de lo que fue es uno de los valores añadidos de estos trabajos. El último, este álbum de cien animales de la provincia de Albacete, de impecable presentación, del que son coautores Manuel López y Jesús Alarcón Utrilla. Alarcón ha retratado, con mano minuciosa, a todo color, los cien bichos cuyas estampas andan ahora intercambiándose los coleccionistas. «Queremos ofrecerte una forma divertida y sencilla de acercarte al fascinante mundo animal, sin necesidad de estar frente a una pantalla o conectado a la red». Es el sencillo propósito que persiguen los promotores del álbum. Yo puedo considerarme un privilegiado. Siempre generoso, Vicente quiso agradecerme el que revisara la redacción de los textos regalándome el álbum por un lado y toda la colección de estampas por otro. No tengo que andar buscándome la vida. Las tengo todas. Pero cuando lo comento a mis compañeros del Sabuco, se ríen de mí: «eso no tiene gracia», se guasean. «Lo chulo del álbum es precisamente el cambiar los cromos, el trueque, el te doy dos por esa que me falta». Valiente incluso me comentaba con fastidio que algún alumno hubiera comprado muchas estampas para completar pronto el álbum en vez de prestarse a intercambiar las repetidas. Por mi parte, he encontrado una solución. Dosifico mi arsenal. Cada día rescato tres estampas, a ver cuáles me han salido, y las pego. Si alguien no encuentra con quién cambiar, los domingos a las doce, en el aula de ecología del Parque, tiene servida la ocasión. ALARCÓN, BENLLOCH Y LÓPEZ: Cien animales de la provincia de Albacete. Ecologistas en acción

Mundo dentro del claro


No somos los dueños de nuestros sentimientos, los sentimos y ya está. Sin embargo, aunque no podamos evitarlos, aunque solo podamos controlar de qué modo reaccionamos ante ellos, algunos nos avergüenzan. Por ejemplo, la envidia. Siento envidia sana, decimos, que es un modo de disfrazar de bueno un sentimiento que nos parece malo. Pues bien, después de leer varias veces el libro Mundo dentro del claro de Vicente Gallego, siento envidia sana. Hace tiempo que algunos amigos están preocupados por Vicente. Les preocupa que cada día parezca más feliz. Qué caramba, les responde: si me quieres y soy feliz, por qué te preocupas; lo que deberías es alegrarte. Sus últimos poemarios han ido iluminándose de celebración. El penúltimo, Si temierais morir, aun negociaba con la muerte del título, como si fuera el último trámite que le faltara al poeta para desasirse y alzar el vuelo definitivamente. En la pieza que se llama como el libro, se veía regresando, resucitando. Y hete aquí que, desde la foto de la solapa de Mundo dentro del claro, se ve a Vicente rozagante, feliz a la manera serena con que son felices los que no aspiran a más de lo que tienen: «Ah, esta plena riqueza / de no haberme siquiera poseído, / de tenerlo por fin todo a la mano / y no hallar la manera de añadirle / un bien a mi tesoro». Le basta con ir por un camino, partir un hinojo y olerlo, para salir a otra dimensión: «¿Es que puede una planta / al borde del camino darle muerte, / sin quitarle la vida, / a un desprevenido / que nada pretendía sino olerla?». Y se siente tan gratificado con este descubrimiento que su afán es compartirlo con el primero que pase y que lo lea: «Quien la encuentre, que parta / la rama de su hinojo». Así con un pájaro que canta: «Cantó un pájaro, oí / su decir claramente, / y en todo el universo solo había / certeza y gratitud». Con un escorpión, una campana, hasta con un hueso de aceituna, se maravilla y embriaga el poeta. Incluso con desorientarse y perderse en medio de la noche: «Me adentro en la bajante, halladme allí, / no sé ya si del cielo o de la tierra; / me bebo en la alta mar de negra luz / cantándome la carne anonadada, / y cuanto más me abismo, más me asomo», dice uno de los finales magistrales del libro. Porque no se trata solo de celebrar, hay que saber hacerlo. Y la poesía de Vicente Gallego se ha destilado en un regreso a los poemas más clásicos, se ha pulido recreándolos, sobre todo en sus libros Santa deriva (2002) y Cantar de ciego (2005). Se ha bañado literalmente en Claudio Rodríguez. De modo que no se trata solo de celebrar, es la celebración de un maestro que viene cargado con toda la liturgia de los ecos, que ha perfeccionado la música de la tradición hasta destilarla y ungirnos con una falsa sencillez, que es un elixir más puro, el de la palabra pasada por el tamiz del oficio. Consciente de ello, y agradecido una vez más, Vicente Gallego se dirige a las palabras, unas veces exigiéndoles sencillez, como Juan Ramón les pedía exactitud: «Apaga mi hervidero, / descárname, palabra, y abre mundos». Más adelante, en otra pieza, les exhorta: «Compartid nuestra muerte, / comprended que sois sombras, palabras». Sombras que nos devuelven la vida puesta en pie, que nos permiten compartir con Vicente la amistad de sus amigos, del desaparecido Miguel Ángel Velasco, del omnipresente Paco Brines. Porque antes que poeta de las cosas sencillas y de los ecos de oro, este valenciano es un poeta de la amistad, que rezuma por los poros de todos sus poemas, donde siempre hay alguien que comparte con el narrador cada experiencia. Y luego está, claro, su envidiable alegría, que me da envidia sana hasta a mí, que soy feliz en un 85%: «Así has llegado a ser, dura en tu luz, / (…) como la misma muerte, /como la muerte entera, mi alegría». VICENTE GALLEGO: Mundo dentro del claro. Editorial Tusquets.

Una ciudad para huir



Me mira a los ojos, con una mezcla de determinación y de locura, y dice: “Pero yo lo tengo muy claro: cojo el petate y me largo al extranjero a buscarme la vida”. Con ligeras variantes, es la frase que más he escuchado estos días a gente a la que quiero, juventud valiosa y preparada a la que están dejando sin aire los psicópatas que rigen nuestros destinos, que son más sensibles al bostezo de los bancos que al dolor de las personas. ¿Al extranjero, a qué ciudad? A la que sea. Y me pongo a cavilar dónde estará esa ciudad en la que se refugian todas las oportunidades que aquí aplastan con decretos. Y llego a la desesperanzada conclusión de que no existe. Que es como la Venecia de la que nos hablaron y cantaron y leímos, por ejemplo a Gimferrer en su poema “Oda a Venecia ante el mar de los teatros”. Nos extasiaba la promesa de felicidad de aquellos versos decadentes: “Sobre el arco voltaico de la noche en Venecia, / aquel año de mi adolescencia perdida…” Nos extasiábamos entonces, hasta que perdimos la adolescencia de verdad, la nuestra, no la de Gimferrer en sus poemas, y empezamos a preguntarnos qué demonios era eso del arco voltaico de la noche, si es que era algo más que un envoltorio de bellas palabras. Claro, nos dejamos embriagar porque era la misma ciudad donde murió Gustav von Aschenbach, atrapado por el amor hacia un chiquillo, un amor morboso, incontenible, inconfesable, que le fue arrebatando la energía, la esperanza y la salud hasta dejarlo exangüe en una playa del Lido. Qué desangelada historia, que luego llevó Visconti al cine. Y sin embargo la ciudad seguía quedando lejos del enfoque, en un segundo plano, más como atmósfera que como ciudad. “Qué profunda emoción / recordar el ayer / cuando todo en Venecia / me hablaba de amor…” tarareaba Aznavour, arrastrando las erres, llenándonos de una nostalgia que no era nuestra, por un amor que como mucho era de nuestros padres o de nuestros abuelos, tan ajeno como el arco voltaico de Gimferrer o la aristócrata muerte del personaje de Mann. Y contemplamos las postales de Il Canaletto, que nos permitían mirar las mismas calles, puentes, ríos y canales, a través de un catalejo de tres siglos. Y un poco más atrás en el tiempo, pero en la misma ciudad, seguíamos los pasos afanosos de Shylock, el avaro de Shakespeare, que iba frotándose las manos entre los puestos del Rialto y que perdió a la vez la hija y el dinero por querer cobrar una deuda en carne, una libra de carne, lo que pesa un corazón humano. Shakespeare probablemente nunca estuvo en Venecia y sin embargo, como nosotros, se dejó embriagar por la leyenda de la ciudad, y consiguió que Al Pacino nos la mostrase cuatro siglos más tarde. También conocimos el oculto entramado de sacos de arena que sostiene los cimientos de las casas flotantes en otra película, esta vez de James Bond, Casino Royale. Pero ni aun así conocimos Venecia, porque no era la Venecia de verdad, sino una escenografía turística. Y seguíamos anhelándola. Nunca estuvimos tan cerca de experimentarla como cuando nos embarcamos tras los pasos aventureros de Casanova en su maravillosa Historia de mi vida. Ahí estaban las máscaras, los desplazamientos en barca desde una isla a otra, la niebla, el chapoteo, más cerca, más tangibles que nunca. Nos perdimos en el dédalo de las páginas de La isla inaudita de Eduardo Mendoza, visitamos los palacios derruidos en cuyas paredes sobrevivían a duras penas las pinturas, los lujos deshilachados de un esplendor que quizá no existió nunca. Luego le leí a Mendoza que había escrito la novela encerrado en un despacho de Barcelona, desde la imaginación, el único vehículo capaz de transportarnos a las ciudades que flotan en un nombre. Cuando llegué a Venecia no me decepcionó. Es una hermosa ciudad, desahuciada para todo excepto para el turismo, que huele a charco viejo y donde tampoco hay trabajo para los parados ni más escapatoria que la que tenemos aquí: echarnos, unidos, a la calle, a exigir lo que es nuestro.

Adiós a una íntima desconocida


Ha muerto Wislawa Szymborska. Ni siquiera sé pronunciar su nombre polaco y sin embargo le profeso ese afecto que se dedica al gato familiar. Tampoco la conocía personalmente, ni de pasada. A raíz de su muerte, estas últimas semanas, me he fijado más en sus fotos, en las que posaba con un aire extravagante, de bruja fumadora, y en las que iba envejeciendo divertida. Sin embargo, y a pesar de todo, su muerte me ha tocado más hondo que el abanico de pesares de una semana en la que seguimos cayendo en picado hacia el franquismo, con la condena a Garzón como asunto estrella. Ya ni el deporte nos anima. Los franceses nos han chafado el Tour de este verano eliminando a Contador por comer carne dopada y han puesto en serio peligro Roland Garros al mostrar el monigote de Nadal vacunando a una mesa con una jeringuilla monstruosa. Hasta Arancha Sánchez Vicario ha renegado de su gloriosa juventud y del buen rollito de deportista aplicada, para desenmascarar a la verdulera que se tira de los pelos con sus padres, en público, por un puñado de millones. En realidad Szymborska (1923-2012) murió la semana anterior, pero uno vive inmerso en dos velocidades: la vertiginosa que se queda en la epidermis de los telediarios y de los papeleos y las gestiones nuestras de cada día, y la de los sentimientos, que se van acumulando lentamente, como si nevara en el corazón, hasta que de tantos copos que caen, las emociones cuajan y toma forma el muñeco. Y el muñeco es que me duele la muerte de Szymborska, aunque la seguiré teniendo a mano en la biblioteca y en la memoria. Me duele después de haber releído sus poemas llenos de charcos y de nubes y de plantas y de gente que no tiene quién hable por ella. «Alma se tiene a veces. / Nadie la posee sin pausa / y para siempre». Y qué carajo, es verdad. Entre las pocas actividades en las que siento que el alma vuelve a espesarse en mi organismo está el leer poemas. Cuando los poemas son buenos y los leo sin prisa, que tampoco sucede todos los días. A Szymborska no la conocía, pero la he ido conociendo en sus versos. Sin duda cuidaba las plantas de su casa y hablaba con ellas: «tengo nombres para vosotras / y vosotras no tenéis ninguno para mí». Había ganado el Nóbel de Literatura en 1996 y sin embargo cada vez le preocupaba más su propia identidad. Ella también se miraba en las fotos y se decía: «pareces un espíritu / que intenta invocar a los vivos». Miraba las nubes, tan etéreas y cambiantes, tan lejanas, y se comparaba con ellas: «Las nubes no tienen la obligación de morir con nosotros. / No necesitan ser vistas para poder pasar». Se comparaba con las cosas elementales. Era consciente de que el haber nacido humana y mujer eran simples anécdotas, que hubieran podido producirse de otro modo: «En el vestuario de la naturaleza / hay muchos trajes. / Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte. / Cada uno, como hecho a la medida, / se lleva dócilmente / hasta que se hace tiras». Y del mismo modo que sabía que el alma es inestable, también buscó la eternidad en las grandes teorías, en el platonismo, para concluir que se trata de simples «residuos del gran Silencio en las alturas». Alguien que te susurra estas y otras cosas, al ritmo que tú quieras escucharlas, está mucho más cerca que personas con las que compartes la superficie, pero no la profundidad de los días. Por eso me duele que desaparezca, aunque lo que he conocido de ella seguiré conociéndolo, incluso se enriquecerá con sucesivas relecturas. Es lo bueno de la buena literatura, que en cada edad encuentras nuevas capas en las que no habías reparado en incursiones anteriores. Además, seguro que Wislawa seguirá escribiendo, como pasa tanto con los genios una vez muertos, que siguen entregando poemas o cuadros o partituras inéditas. Szymborska no aclaraba nada, pero lo desvelaba todo: «Y sin cesar no saber / algo importante».

El frío y la información


Ha vuelto el frío y con él un tema de conversación muy socorrido para los ratos de ascensor, de guardar cola y de salas de espera. Después de un resoplido elocuente, surgen los comentarios consabidos de que los inviernos ya no son como eran, de que ya no se ven carámbanos en las cornisas ni nos salen sabañones en las orejas. «Aquellos sí que eran inviernos», termina asegurando el más añoso de los presentes, sin disimular el orgullo de haberlos vivido. La sensación de intensidad se agudiza por el contraste con las benévolas temperaturas que hemos disfrutado en diciembre y enero, que más parecían otoño y primavera, incluso para los almendros, que han empezado a florecer, y para las procesionarias del pino, que amenazan con adelantarse a la Semana Santa. Aún más fríos nos parecen estos hielos cuando se suceden los locutores y las notas de prensa que nos aconsejan precaución, como si lo que se aviniera fuera un terremoto. Se apoyan en imágenes de nieves que ni siquiera son nuestras, sino del norte de Europa, pero que nos meten por los ojos con tanto entusiasmo que terminan incrementando el frío real que experimentan nuestros sentidos. La meteorología ha avanzado una barbaridad desde que Mariano Medina pegaba paraguas improbables en una pizarra de la única televisión de entonces. Se va acercando a ser una ciencia exacta, pero todavía le queda camino por andar. Por su parte, los gestores se aseguran de que ningún ciudadano pueda acusarles de  haber resbalado en el hielo o de quedarse tirado en la carretera por falta de información. Y para ello ponen las tiritas que haga falta, cajas enteras de tiritas, aunque luego a veces no haya herida. Todos estos fenómenos asociados funcionan como el viento: incrementan la sensación térmica de frío. Buen momento para recapacitar sobre el papel que juega la información en nuestras vidas. La importancia de un fenómeno se mide por el énfasis con que lo recogen los noticiarios, pero también con la frecuencia con que lo repiten. Por ejemplo, el congreso del Psoe les parecerá una noticia soberbia a los que lo viven y a algunos de sus correligionarios, pero al resto nos la traería bastante al fresco si no la escucháramos mentar tan a menudo. Del mismo modo, al oír constantemente que hace un frío atroz en todos los canales a los que nos asomamos, terminamos percibiendo que el frío es algo extemporáneo, cuando la verdad es que lo extemporáneo sería que en nuestra llanura, y en febrero, no helase un día sí y otro también. Otra reacción habitual cuando escuchamos hablar tanto de lo mismo es que acabemos saturándonos y desconectemos en cuanto surja el tema. No es que le quitemos importancia, es que ya nos lo sabemos, por lo que no necesitamos prestarle atención. Y aquí viene la tercera de las cuestiones: por lo general, el 85% de los ciudadanos, los que solo se asoman a la información a través de la tele, lo que alcanzan a saber sobre las noticias es un puñado de titulares, eslóganes, la piel de lo que pasa, nunca el meollo. Si añadimos que, en la mayor parte de estos medios, la información no brota en estado puro, sino altamente contaminada de opiniones sesgadas y revestida de cabreos, llegaremos a la conclusión de que la mayoría del paisanaje no se entera de lo que está ocurriendo. Siente frío, pero no sabe de dónde viene el viento. Porque «uno solo sabe lo que sabe explicar». Y para llegar a ese punto es necesario seleccionar la información fehaciente de entre la catarata de mensajes que nos sacuden desde todos los ángulos, y llegar lo bastante lejos en ella como para reflexionar, comparar y alcanzar una opinión propia. Tarea titánica, en medio de la saturación de correos electrónicos en la que chapaleamos, con el tiempo justo para borrar la inmensa mayoría de los recibidos. Pero ese es el único reto real de la educación, de la verdadera educación: enseñar a diferenciar la información de la hojarasca, enseñar a pensar y a actuar en consecuencia. El resto es una penumbra helada, un páramo de resignación.

Interrumpir un pregón, adelgazar de frío, llamar a los bomberos


Leo en un libro de Paul Auster que solo le ocurren cosas a quien sabe contarlas. Y esa misma tarde, mi compañera CG. me lo confirma. Siempre la he admirado como narradora. Me cuenta una de esas historias que te parecerían normales en una película, pero que ocurrió en la calle los Baños en Albacete. Estaba a punto de marcharse la señora que se encarga de cuidar a su madre, cuando las tres descubrieron un resplandor acompañado de un fuerte olor a quemado. Procedía de la puerta. Se asomaron al rellano. El apartamento de los vecinos estaba en llamas. Tocaron y nadie respondió. Cualquiera en esa situación hubiera perdido los papeles. CG. es tan buena narradora porque es dueña de una sangre fría envidiable. Pensó: si el incendio alcanza el ascensor, a mi madre no hay quien la baje de un quinto en la silla de ruedas. De modo que embarcó a la mujer y la ayudante camino de la calle, mientras ella llamaba a los bomberos y recogía algunas cosas. «¿Encontraste el número en esas circunstancias?», le pregunto. «Me lo sé de memoria», responde. Y añade que los bomberos fueron supereficientes. «Llegaron en un santiamén, preguntaron si tenía llave de la casa, si había alguien dentro y, cuando les respondí a las dos cosas que no, actuaron con la diligencia que se espera de ellos. En un periquete habían sofocado el fuego, mientras que mi madre, la asistenta y yo nos refugiábamos en el bar de abajo y recibíamos la propuesta de las monjitas del colegio vecino de dormir en su centro si era necesario». No lo fue. Pero por la noche volvió el olor, un olor a quemado nuevo, en medio del tufo antiguo de la tarde. CG. se asomó y de nuevo vio resplandores. Esta vez acudió un solo bombero a la llamada, el último retén. Era la ropa que reposaba en la secadora, que había guardado vivos los rescoldos. Ya solo fue echar un par de cubos y terminar de aplacar el conato. Luego, a ver quien dormía. Era estar con un ojo cerrado y otro abierto, y asomarse de vez en cuando, y husmear el ambiente, intentando distinguir tonos de olor a quemado. La casa de los vecinos quedó como si la hubieran pintado de negro. A los tres días leo, no sé dónde, que han despedido a nueve bomberos del ayuntamiento, por los recortes. Ese es el premio a lo que funciona bien. A ver ahora quién duerme.

Están buscando el interruptor que permita adelgazar a voluntad. Unos científicos de la Universidad de Sherbrooke, en Quebec, han publicado un estudio en el que demuestran que hay una grasa buena que come calorías. Se diferencia de la grasa tradicional, entre otras cosas, en el color, que no es blanco o amarillo, sino pardo. Lo que han descubierto estos científicos canadienses es cómo se activa esta grasa comegrasas. Básicamente hay dos maneras: una, haciendo ejercicio físico, lo que no constituye una gran novedad. La otra, pasando frío. Han sometido a seis hombres a un frío moderado dos horas al día y han visto que funciona. El estudio tiene una gran aplicación en la enseñanza. Si se quiere combatir el sobrepeso de nuestros escolares, ya no es necesario que se aumenten las horas de educación física, lo que venimos reclamando desde  hace décadas, pero sería muy gravoso porque habría que contratar profesores. Tampoco hará falta que se apliquen las drásticas medidas de eliminar la bollería industrial y los dulces de los centros educativos. Bastará, como ya están haciendo las autoridades autonómicas, con no suministrar dinero a los centros para que no puedan pagar la calefacción. El frío es sano. Y además adelgaza. Científicamente demostrado.

Interrumpir un pregón de fiestas puede tener pena de cárcel. Fue una acción de protesta en Guadalajara en la que participaron un millar de personas contra los recortes en Educación. De ese millar llevarán a juicio a cinco. Se toman decisiones contra la gente y no se acepta que la gente proteste. Curioso: vacíos de razón y de argumentos, recurren a la fuerza. Aunque sea la fuerza de la ley. Que no siempre es justa.

Yeats

Vuelvo a tener una relación casi adolescente con ciertos libros. La Poesía reunida de Yeats llevaba mirándome un año y pico. Me acercaba a Librería Popular, la manoseaba y la devolvía a su estante. La última vez, en diciembre, no la encontré donde siempre. Después de sucesivas hojeadas, espaciadas en el tiempo, sentía que me había ganado algún derecho de usufructo, que algún lazo misterioso me ligaba al volumen, que necesitaba tocarlo de nuevo, vamos. Me asusté: «¿No lo habréis vendido?». Rocío consultó el ordenador con expresión seria: «pues, como no quede ningún ejemplar, no va a ser posible conseguirlo, porque este libro está descatalogado». Seguí escrutando sus pesquisas con un repentino temblor en las piernas. De pronto, su seriedad se relajó en una sonrisa: «según el ordenador, nos queda un ejemplar; voy a buscarlo». Desapareció en la trastienda, para reaparecer un minuto más tarde con el libro en las manos. Una vez recuperado su contacto, perdí toda sensación de urgencia. Lo manoseé, le di muchas vueltas. «No sé...» Rocío, que es una buena vendedora, terminó de convencerme. Le fue fácil. Aún tenía el susto en el cuerpo. Pero con el libro en la bolsa, camino de mi casa, las dudas volvieron: ¿A ver para qué leches me lo llevo? Una poesía completa no es lo mismo que un libro exento. Cuando te compras un libro que has hojeado, estás casi seguro de que te va a gustarte. Cuando te compras la poesía completa de un autor, sabes que te toca enfrascarte en su estudio. Como me dijo hace tiempo Miguel D´Ors: «el mejor poeta, Gil de Biedma por ejemplo, tiene ocho o diez poemas definitivos»; luego hay bastantes notables, y un montón de hojarasca. William Butler Yeats (1865-1939) obtuvo el premio Nóbel en 1923, aunque el Nóbel siempre ha tenido un componente político, y es probable que pesara en la balanza su lucha por la independencia de Irlanda. Yo había leído poemas sueltos en traducción de Manuel Soto para Mondadori y hasta algún libro exento, La Torre, para algunos su obra cumbre, traducida para DVD por Carlos Jiménez Arribas. No me había dejado huella. Tenía hechas anotaciones que no recordaba. De modo que, casi con resignación, abrí el libro y me sumergí en él. Como ocurre a veces, desaparecieron las resistencias. Primero me encontré un poema épico de Irlanda, a la manera de Homero y Virgilio: Las errancias de Oisin. Dejando aparte el título, que quizá se hubiera podido traducir con más naturalidad como vagabundeos, extravíos o andanzas, me parece que está lleno de perlas. Que vienen de «el tumulto de sus siglos», de sus antepasados. Una magia, la de Irlanda, que prosigue y se acentúa en Encrucijadas, que está lleno de la naturaleza fantástica y delicada que disfruté en mi adolescencia en autores neblinosos del estilo de Tolkien, compartidos en aquellos tiempos de iniciación con mi buen amigo Frutos Soriano. Hay un puñado de poemas que podemos considerar definitivos, pero hay que leer en inglés El niño robado, y escucharlo al mismo tiempo en la voz de hada de Loreena McKenitt. Tampoco le anda a la zaga Por las saucedas abajo, cantado en varias versiones. Pero Yeats no es solo autor de baladas. Fue pasando por otras etapas, en las que me parece apreciar los influjos de Leopardi y de Catulo, muy personalizados: «el estilo se alcanza con esfuerzo / sedentario, imitando a los maestros», dirá él mismo en un poema. Y en otro de sus emblemáticos, La maldición de Adán, escribió lo que hemos leído tantas veces y que sigue constituyendo una lección elemental para cualquiera que aspire a ser poeta: «Un verso quizá nos cueste horas, / mas si ese mismo verso no parece / haber sido pensado en un instante, / todo nuestro coser y descoser / no habrá servido entonces para nada». ¿Cómo resumir ochocientas páginas en estas líneas? Mucho poema prescindible, bastantes notables y una docena de definitivos, casi siempre bien tratados por el traductor, Antonio Rivero. Mereció la pena el esfuerzo. De hecho, visto hacia atrás, no se ve esfuerzo, todo es placer, desde el momento de llevarme el libro a casa. / YEATS: POESÍA REUNIDA. ED. PRE-TEXTOS.