Me mira a los ojos, con una mezcla de determinación y de locura, y
dice: “Pero yo lo tengo muy claro: cojo el petate y me largo al extranjero a
buscarme la vida”. Con ligeras variantes, es la frase que más he escuchado
estos días a gente a la que quiero, juventud valiosa y preparada a la que están
dejando sin aire los psicópatas que rigen nuestros destinos, que son más
sensibles al bostezo de los bancos que al dolor de las personas. ¿Al
extranjero, a qué ciudad? A la que sea. Y me pongo a cavilar dónde estará esa
ciudad en la que se refugian todas las oportunidades que aquí aplastan con
decretos. Y llego a la desesperanzada conclusión de que no existe. Que es como
la Venecia de la que nos hablaron y cantaron y leímos, por ejemplo a Gimferrer
en su poema “Oda a Venecia ante el mar de los teatros”. Nos extasiaba la
promesa de felicidad de aquellos versos decadentes: “Sobre el arco voltaico de
la noche en Venecia, / aquel año de mi adolescencia perdida…” Nos extasiábamos
entonces, hasta que perdimos la adolescencia de verdad, la nuestra, no la de
Gimferrer en sus poemas, y empezamos a preguntarnos qué demonios era eso del
arco voltaico de la noche, si es que era algo más que un envoltorio de bellas
palabras. Claro, nos dejamos embriagar porque era la misma ciudad donde murió
Gustav von Aschenbach, atrapado por el amor hacia un chiquillo, un amor
morboso, incontenible, inconfesable, que le fue arrebatando la energía, la
esperanza y la salud hasta dejarlo exangüe en una playa del Lido. Qué
desangelada historia, que luego llevó Visconti al cine. Y sin embargo la ciudad
seguía quedando lejos del enfoque, en un segundo plano, más como atmósfera que
como ciudad. “Qué profunda emoción / recordar el ayer / cuando todo en Venecia
/ me hablaba de amor…” tarareaba Aznavour, arrastrando las erres, llenándonos
de una nostalgia que no era nuestra, por un amor que como mucho era de nuestros
padres o de nuestros abuelos, tan ajeno como el arco voltaico de Gimferrer o la
aristócrata muerte del personaje de Mann. Y contemplamos las postales de Il
Canaletto, que nos permitían mirar las mismas calles, puentes, ríos y canales,
a través de un catalejo de tres siglos. Y un poco más atrás en el tiempo, pero
en la misma ciudad, seguíamos los pasos afanosos de Shylock, el avaro de
Shakespeare, que iba frotándose las manos entre los puestos del Rialto y que
perdió a la vez la hija y el dinero por querer cobrar una deuda en carne, una
libra de carne, lo que pesa un corazón humano. Shakespeare probablemente nunca
estuvo en Venecia y sin embargo, como nosotros, se dejó embriagar por la
leyenda de la ciudad, y consiguió que Al Pacino nos la mostrase cuatro siglos
más tarde. También conocimos el oculto entramado de sacos de arena que sostiene
los cimientos de las casas flotantes en otra película, esta vez de James Bond,
Casino Royale. Pero ni aun así conocimos Venecia, porque no era la Venecia de
verdad, sino una escenografía turística. Y seguíamos anhelándola. Nunca
estuvimos tan cerca de experimentarla como cuando nos embarcamos tras los pasos
aventureros de Casanova en su maravillosa Historia de mi vida. Ahí estaban las
máscaras, los desplazamientos en barca desde una isla a otra, la niebla, el
chapoteo, más cerca, más tangibles que nunca. Nos perdimos en el dédalo de las
páginas de La isla inaudita de Eduardo Mendoza, visitamos los palacios
derruidos en cuyas paredes sobrevivían a duras penas las pinturas, los lujos
deshilachados de un esplendor que quizá no existió nunca. Luego le leí a
Mendoza que había escrito la novela encerrado en un despacho de Barcelona,
desde la imaginación, el único vehículo capaz de transportarnos a las ciudades
que flotan en un nombre. Cuando llegué a Venecia no me decepcionó. Es una
hermosa ciudad, desahuciada para todo excepto para el turismo, que huele a
charco viejo y donde tampoco hay trabajo para los parados ni más escapatoria
que la que tenemos aquí: echarnos, unidos, a la calle, a exigir lo que es
nuestro.
Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
Adiós a una íntima desconocida
Ha muerto Wislawa Szymborska. Ni siquiera sé pronunciar su nombre polaco y sin embargo le profeso ese afecto que se dedica al gato familiar. Tampoco la conocía personalmente, ni de pasada. A raíz de su muerte, estas últimas semanas, me he fijado más en sus fotos, en las que posaba con un aire extravagante, de bruja fumadora, y en las que iba envejeciendo divertida. Sin embargo, y a pesar de todo, su muerte me ha tocado más hondo que el abanico de pesares de una semana en la que seguimos cayendo en picado hacia el franquismo, con la condena a Garzón como asunto estrella. Ya ni el deporte nos anima. Los franceses nos han chafado el Tour de este verano eliminando a Contador por comer carne dopada y han puesto en serio peligro Roland Garros al mostrar el monigote de Nadal vacunando a una mesa con una jeringuilla monstruosa. Hasta Arancha Sánchez Vicario ha renegado de su gloriosa juventud y del buen rollito de deportista aplicada, para desenmascarar a la verdulera que se tira de los pelos con sus padres, en público, por un puñado de millones. En realidad Szymborska (1923-2012) murió la semana anterior, pero uno vive inmerso en dos velocidades: la vertiginosa que se queda en la epidermis de los telediarios y de los papeleos y las gestiones nuestras de cada día, y la de los sentimientos, que se van acumulando lentamente, como si nevara en el corazón, hasta que de tantos copos que caen, las emociones cuajan y toma forma el muñeco. Y el muñeco es que me duele la muerte de Szymborska, aunque la seguiré teniendo a mano en la biblioteca y en la memoria. Me duele después de haber releído sus poemas llenos de charcos y de nubes y de plantas y de gente que no tiene quién hable por ella. «Alma se tiene a veces. / Nadie la posee sin pausa / y para siempre». Y qué carajo, es verdad. Entre las pocas actividades en las que siento que el alma vuelve a espesarse en mi organismo está el leer poemas. Cuando los poemas son buenos y los leo sin prisa, que tampoco sucede todos los días. A Szymborska no la conocía, pero la he ido conociendo en sus versos. Sin duda cuidaba las plantas de su casa y hablaba con ellas: «tengo nombres para vosotras / y vosotras no tenéis ninguno para mí». Había ganado el Nóbel de Literatura en 1996 y sin embargo cada vez le preocupaba más su propia identidad. Ella también se miraba en las fotos y se decía: «pareces un espíritu / que intenta invocar a los vivos». Miraba las nubes, tan etéreas y cambiantes, tan lejanas, y se comparaba con ellas: «Las nubes no tienen la obligación de morir con nosotros. / No necesitan ser vistas para poder pasar». Se comparaba con las cosas elementales. Era consciente de que el haber nacido humana y mujer eran simples anécdotas, que hubieran podido producirse de otro modo: «En el vestuario de la naturaleza / hay muchos trajes. / Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte. / Cada uno, como hecho a la medida, / se lleva dócilmente / hasta que se hace tiras». Y del mismo modo que sabía que el alma es inestable, también buscó la eternidad en las grandes teorías, en el platonismo, para concluir que se trata de simples «residuos del gran Silencio en las alturas». Alguien que te susurra estas y otras cosas, al ritmo que tú quieras escucharlas, está mucho más cerca que personas con las que compartes la superficie, pero no la profundidad de los días. Por eso me duele que desaparezca, aunque lo que he conocido de ella seguiré conociéndolo, incluso se enriquecerá con sucesivas relecturas. Es lo bueno de la buena literatura, que en cada edad encuentras nuevas capas en las que no habías reparado en incursiones anteriores. Además, seguro que Wislawa seguirá escribiendo, como pasa tanto con los genios una vez muertos, que siguen entregando poemas o cuadros o partituras inéditas. Szymborska no aclaraba nada, pero lo desvelaba todo: «Y sin cesar no saber / algo importante».
El frío y la información
Ha vuelto el frío y con él un tema de conversación muy socorrido para los ratos de ascensor, de guardar cola y de salas de espera. Después de un resoplido elocuente, surgen los comentarios consabidos de que los inviernos ya no son como eran, de que ya no se ven carámbanos en las cornisas ni nos salen sabañones en las orejas. «Aquellos sí que eran inviernos», termina asegurando el más añoso de los presentes, sin disimular el orgullo de haberlos vivido. La sensación de intensidad se agudiza por el contraste con las benévolas temperaturas que hemos disfrutado en diciembre y enero, que más parecían otoño y primavera, incluso para los almendros, que han empezado a florecer, y para las procesionarias del pino, que amenazan con adelantarse a la Semana Santa. Aún más fríos nos parecen estos hielos cuando se suceden los locutores y las notas de prensa que nos aconsejan precaución, como si lo que se aviniera fuera un terremoto. Se apoyan en imágenes de nieves que ni siquiera son nuestras, sino del norte de Europa, pero que nos meten por los ojos con tanto entusiasmo que terminan incrementando el frío real que experimentan nuestros sentidos. La meteorología ha avanzado una barbaridad desde que Mariano Medina pegaba paraguas improbables en una pizarra de la única televisión de entonces. Se va acercando a ser una ciencia exacta, pero todavía le queda camino por andar. Por su parte, los gestores se aseguran de que ningún ciudadano pueda acusarles de haber resbalado en el hielo o de quedarse tirado en la carretera por falta de información. Y para ello ponen las tiritas que haga falta, cajas enteras de tiritas, aunque luego a veces no haya herida. Todos estos fenómenos asociados funcionan como el viento: incrementan la sensación térmica de frío. Buen momento para recapacitar sobre el papel que juega la información en nuestras vidas. La importancia de un fenómeno se mide por el énfasis con que lo recogen los noticiarios, pero también con la frecuencia con que lo repiten. Por ejemplo, el congreso del Psoe les parecerá una noticia soberbia a los que lo viven y a algunos de sus correligionarios, pero al resto nos la traería bastante al fresco si no la escucháramos mentar tan a menudo. Del mismo modo, al oír constantemente que hace un frío atroz en todos los canales a los que nos asomamos, terminamos percibiendo que el frío es algo extemporáneo, cuando la verdad es que lo extemporáneo sería que en nuestra llanura, y en febrero, no helase un día sí y otro también. Otra reacción habitual cuando escuchamos hablar tanto de lo mismo es que acabemos saturándonos y desconectemos en cuanto surja el tema. No es que le quitemos importancia, es que ya nos lo sabemos, por lo que no necesitamos prestarle atención. Y aquí viene la tercera de las cuestiones: por lo general, el 85% de los ciudadanos, los que solo se asoman a la información a través de la tele, lo que alcanzan a saber sobre las noticias es un puñado de titulares, eslóganes, la piel de lo que pasa, nunca el meollo. Si añadimos que, en la mayor parte de estos medios, la información no brota en estado puro, sino altamente contaminada de opiniones sesgadas y revestida de cabreos, llegaremos a la conclusión de que la mayoría del paisanaje no se entera de lo que está ocurriendo. Siente frío, pero no sabe de dónde viene el viento. Porque «uno solo sabe lo que sabe explicar». Y para llegar a ese punto es necesario seleccionar la información fehaciente de entre la catarata de mensajes que nos sacuden desde todos los ángulos, y llegar lo bastante lejos en ella como para reflexionar, comparar y alcanzar una opinión propia. Tarea titánica, en medio de la saturación de correos electrónicos en la que chapaleamos, con el tiempo justo para borrar la inmensa mayoría de los recibidos. Pero ese es el único reto real de la educación, de la verdadera educación: enseñar a diferenciar la información de la hojarasca, enseñar a pensar y a actuar en consecuencia. El resto es una penumbra helada, un páramo de resignación.
Interrumpir un pregón, adelgazar de frío, llamar a los bomberos
Leo en un libro de Paul Auster que solo le ocurren cosas a quien sabe contarlas. Y esa misma tarde, mi compañera CG. me lo confirma. Siempre la he admirado como narradora. Me cuenta una de esas historias que te parecerían normales en una película, pero que ocurrió en la calle los Baños en Albacete. Estaba a punto de marcharse la señora que se encarga de cuidar a su madre, cuando las tres descubrieron un resplandor acompañado de un fuerte olor a quemado. Procedía de la puerta. Se asomaron al rellano. El apartamento de los vecinos estaba en llamas. Tocaron y nadie respondió. Cualquiera en esa situación hubiera perdido los papeles. CG. es tan buena narradora porque es dueña de una sangre fría envidiable. Pensó: si el incendio alcanza el ascensor, a mi madre no hay quien la baje de un quinto en la silla de ruedas. De modo que embarcó a la mujer y la ayudante camino de la calle, mientras ella llamaba a los bomberos y recogía algunas cosas. «¿Encontraste el número en esas circunstancias?», le pregunto. «Me lo sé de memoria», responde. Y añade que los bomberos fueron supereficientes. «Llegaron en un santiamén, preguntaron si tenía llave de la casa, si había alguien dentro y, cuando les respondí a las dos cosas que no, actuaron con la diligencia que se espera de ellos. En un periquete habían sofocado el fuego, mientras que mi madre, la asistenta y yo nos refugiábamos en el bar de abajo y recibíamos la propuesta de las monjitas del colegio vecino de dormir en su centro si era necesario». No lo fue. Pero por la noche volvió el olor, un olor a quemado nuevo, en medio del tufo antiguo de la tarde. CG. se asomó y de nuevo vio resplandores. Esta vez acudió un solo bombero a la llamada, el último retén. Era la ropa que reposaba en la secadora, que había guardado vivos los rescoldos. Ya solo fue echar un par de cubos y terminar de aplacar el conato. Luego, a ver quien dormía. Era estar con un ojo cerrado y otro abierto, y asomarse de vez en cuando, y husmear el ambiente, intentando distinguir tonos de olor a quemado. La casa de los vecinos quedó como si la hubieran pintado de negro. A los tres días leo, no sé dónde, que han despedido a nueve bomberos del ayuntamiento, por los recortes. Ese es el premio a lo que funciona bien. A ver ahora quién duerme.
Están buscando el interruptor que permita adelgazar a voluntad. Unos científicos de la Universidad de Sherbrooke, en Quebec, han publicado un estudio en el que demuestran que hay una grasa buena que come calorías. Se diferencia de la grasa tradicional, entre otras cosas, en el color, que no es blanco o amarillo, sino pardo. Lo que han descubierto estos científicos canadienses es cómo se activa esta grasa comegrasas. Básicamente hay dos maneras: una, haciendo ejercicio físico, lo que no constituye una gran novedad. La otra, pasando frío. Han sometido a seis hombres a un frío moderado dos horas al día y han visto que funciona. El estudio tiene una gran aplicación en la enseñanza. Si se quiere combatir el sobrepeso de nuestros escolares, ya no es necesario que se aumenten las horas de educación física, lo que venimos reclamando desde hace décadas, pero sería muy gravoso porque habría que contratar profesores. Tampoco hará falta que se apliquen las drásticas medidas de eliminar la bollería industrial y los dulces de los centros educativos. Bastará, como ya están haciendo las autoridades autonómicas, con no suministrar dinero a los centros para que no puedan pagar la calefacción. El frío es sano. Y además adelgaza. Científicamente demostrado.
Interrumpir un pregón de fiestas puede tener pena de cárcel. Fue una acción de protesta en Guadalajara en la que participaron un millar de personas contra los recortes en Educación. De ese millar llevarán a juicio a cinco. Se toman decisiones contra la gente y no se acepta que la gente proteste. Curioso: vacíos de razón y de argumentos, recurren a la fuerza. Aunque sea la fuerza de la ley. Que no siempre es justa.
Yeats
Vuelvo a tener una relación casi adolescente con ciertos libros. La Poesía reunida de Yeats llevaba mirándome un año y pico. Me acercaba a Librería Popular, la manoseaba y la devolvía a su estante. La última vez, en diciembre, no la encontré donde siempre. Después de sucesivas hojeadas, espaciadas en el tiempo, sentía que me había ganado algún derecho de usufructo, que algún lazo misterioso me ligaba al volumen, que necesitaba tocarlo de nuevo, vamos. Me asusté: «¿No lo habréis vendido?». Rocío consultó el ordenador con expresión seria: «pues, como no quede ningún ejemplar, no va a ser posible conseguirlo, porque este libro está descatalogado». Seguí escrutando sus pesquisas con un repentino temblor en las piernas. De pronto, su seriedad se relajó en una sonrisa: «según el ordenador, nos queda un ejemplar; voy a buscarlo». Desapareció en la trastienda, para reaparecer un minuto más tarde con el libro en las manos. Una vez recuperado su contacto, perdí toda sensación de urgencia. Lo manoseé, le di muchas vueltas. «No sé...» Rocío, que es una buena vendedora, terminó de convencerme. Le fue fácil. Aún tenía el susto en el cuerpo. Pero con el libro en la bolsa, camino de mi casa, las dudas volvieron: ¿A ver para qué leches me lo llevo? Una poesía completa no es lo mismo que un libro exento. Cuando te compras un libro que has hojeado, estás casi seguro de que te va a gustarte. Cuando te compras la poesía completa de un autor, sabes que te toca enfrascarte en su estudio. Como me dijo hace tiempo Miguel D´Ors: «el mejor poeta, Gil de Biedma por ejemplo, tiene ocho o diez poemas definitivos»; luego hay bastantes notables, y un montón de hojarasca. William Butler Yeats (1865-1939) obtuvo el premio Nóbel en 1923, aunque el Nóbel siempre ha tenido un componente político, y es probable que pesara en la balanza su lucha por la independencia de Irlanda. Yo había leído poemas sueltos en traducción de Manuel Soto para Mondadori y hasta algún libro exento, La Torre, para algunos su obra cumbre, traducida para DVD por Carlos Jiménez Arribas. No me había dejado huella. Tenía hechas anotaciones que no recordaba. De modo que, casi con resignación, abrí el libro y me sumergí en él. Como ocurre a veces, desaparecieron las resistencias. Primero me encontré un poema épico de Irlanda, a la manera de Homero y Virgilio: Las errancias de Oisin. Dejando aparte el título, que quizá se hubiera podido traducir con más naturalidad como vagabundeos, extravíos o andanzas, me parece que está lleno de perlas. Que vienen de «el tumulto de sus siglos», de sus antepasados. Una magia, la de Irlanda, que prosigue y se acentúa en Encrucijadas, que está lleno de la naturaleza fantástica y delicada que disfruté en mi adolescencia en autores neblinosos del estilo de Tolkien, compartidos en aquellos tiempos de iniciación con mi buen amigo Frutos Soriano. Hay un puñado de poemas que podemos considerar definitivos, pero hay que leer en inglés El niño robado, y escucharlo al mismo tiempo en la voz de hada de Loreena McKenitt. Tampoco le anda a la zaga Por las saucedas abajo, cantado en varias versiones. Pero Yeats no es solo autor de baladas. Fue pasando por otras etapas, en las que me parece apreciar los influjos de Leopardi y de Catulo, muy personalizados: «el estilo se alcanza con esfuerzo / sedentario, imitando a los maestros», dirá él mismo en un poema. Y en otro de sus emblemáticos, La maldición de Adán, escribió lo que hemos leído tantas veces y que sigue constituyendo una lección elemental para cualquiera que aspire a ser poeta: «Un verso quizá nos cueste horas, / mas si ese mismo verso no parece / haber sido pensado en un instante, / todo nuestro coser y descoser / no habrá servido entonces para nada». ¿Cómo resumir ochocientas páginas en estas líneas? Mucho poema prescindible, bastantes notables y una docena de definitivos, casi siempre bien tratados por el traductor, Antonio Rivero. Mereció la pena el esfuerzo. De hecho, visto hacia atrás, no se ve esfuerzo, todo es placer, desde el momento de llevarme el libro a casa. / YEATS: POESÍA REUNIDA. ED. PRE-TEXTOS.
Dos callados de película
El
protagonista de Drive es un tipo que
antes de hablar, aunque le hayan preguntado y la respuesta nos la sepamos, se
lo piensa siete veces. A veces te dan ganas de adelantarte a contestar por él.
Smiley, el protagonista de El Topo,
se demora tanto o más para decir esta boca es mía. Sobre ambos personajes
pivota la acción de las películas en las que intervienen. Ambos observan mucho
más que hablan. Ambos se habían movido dentro de una novela antes de encarnarse
en celuloide. Pero ahí acaban todos los parecidos. Aunque la dirija un danés
(Nicolas Winding), Drive es una
película hollywoodiense, vibrante, sin más espacios para respirar que los que
invierte el protagonista en encontrar las palabras cada vez que tiene que abrir
la boca. Por su parte, El topo es una
película europea (coproducción Reino Unido, Francia y Alemania), llena de
tiempos muertos que se cubren con ambientación y decorados. No debería decirlo
de forma tan rotunda, pero a mí se me antoja que El topo entera es un tiempo muerto pastoso por el que la trama
transcurre empegostada. No debería decirlo porque el otro día nos la aconsejó
Antonio Muñoz Molina, y yo aprecio mucho la opinión de Muñoz Molina, cuyo
estilo tiene, por cierto, la misma morosidad del filme, pero mucho más
lubricada. En su artículo mencionaba lo aleccionador que había sido para él la
lectura de las novelas de la primera época de John Le Carré, hasta que el
escritor inglés se empeñó en imprimir a su prosa empaque literario, en vez de
contentarse con las atmósferas y las tramas con las que había embelesado a sus
lectores hasta convertirlos en incondicionales. Al leer a Muñoz Molina, comprendí
por qué me había resultado tan pesado Le Carré, la única vez que intenté
leerlo. Había llegado tarde: la novela en la que le hice la cata pertenecía ya
a la segunda época, la que tampoco le gustaba a Muñoz Molina. Y aunque había intentado
varias veces hincarle el diente al libraco, terminé desistiendo, con la
frustración de no poder disfrutar de lo que otros recordaban con deleite. Le
Carré es un bluf publicitario, me dije, para consolarme. El tocho, de color
azul claro (me parece), siguió rondando por los estantes de mi librería durante
un tiempo. Como son limitados, al final desapareció para dejar espacio a otros
libros que me interesaban más. Por eso, en cuanto he podido, me he acercado a
ver la película El topo, para
reconciliarme con Le Carré y su personaje emblemático. Mientras mi mujer
bostezaba en la butaca de al lado, mantuve con firmeza que me estaba gustando.
Qué remedio: había insistido en que la viéramos. Ahora, en frío, tengo otra
impresión, a pesar de que valoro el esfuerzo del director artístico y la estimable
interpretación de los actores. No sé si será porque el propio novelista hace de
productor, el caso es que la peli se muere en los flashback. Tampoco he leído a James Sallis, el novelista de Drive. Mi amigo Karmelo Iribarren me lo había
recomendado hace un par de años, con la gravedad con que Karmelo da los
consejos: ese es el que más me gusta. Y lo estuve buscando, pero no fui capaz
de dar con un título que no estuviera descatalogado. Como hay tanto que leer,
tampoco insistí más. Ya me toparía con él algún día futuro. Y en efecto: hace
poco encontré su foto en el periódico, calvo, con barba canosa finísima y
sonriente, posando para una entrevista en la promoción de Drive en España. Cuenta que decidió hacerse escritor de novela negra
después de leer a Chandler, a Hammett y a Chester Himes (y quién no). Del
último, además, escribió la biografía. Tengo que volver a Sallis. Aunque la
película, claro, no tenga nada que ver: literatura y cine son cosas distintas.
Lo del director es meritorio: logra involucrarte en la acción sin muchas
secuencias trepidantes y que la historia de un conductor no esté llena de
persecuciones. Solo un pero: que abusa de la sangre. Y que al protagonista hay
que arrancarle con sacacorchos las palabras. Pero esa es una constante del
género.
Deslocalizados
Efectivamente,
los Reyes Magos venían de Oriente, eran chinos, y están comprando el mundo.
Además de los bancos, están comprando la deuda española, para que podamos
seguir importando sus productos como hasta ahora, por un valor siete veces
mayor de lo que nosotros les exportamos. Por supuesto, tampoco ellos han dejado
junto al belén el regalo que más nos hubiera interesado recibir: sentido común.
Nunca hemos estado más lejos de que nos gobierne el menos común de los
sentidos. El pelo blanco de Barreda y su ronquera siguen pululando por las
televisiones, se le oye expresarse como si fuera una persona respetable y se le
oye dar consejos y apoyar propuestas partidistas, después de haber dejado la
comunidad hecha un erial con sus delirios de grandeza, sus aeropuertos
inútiles, la caja de ahorros malbaratada y transformada en un banco puro y duro,
sus Aves que han reducido el número de trenes y han alejado el servicio de los
ciudadanos a costa de aumentar los precios, y sus autovías que en vez de
acercar las capitales de Castilla-La Mancha han hecho el milagro de dispersarlas
más todavía. Uno de los grandes problemas de nuestra democracia, uno de tantos,
es que no se pueda condenar a los gestores nefastos, si ya no a la cárcel, al
menos a la prohibición de salir en los medios, en cualquier medio, para
salvaguardar la alegría de los contribuyentes. Como ya esperábamos, la Cospedal
no va a solucionar ningún problema. Colecciona sueldos en plena crisis, eso sí,
y ni siquiera se digna recortarse alguno. Ya ni siquiera pide solidaridad:
corta y recorta con la saña de quien tiene un juguete nuevo y puede usarlo a su
antojo, sin ninguna limitación. Teníamos la esperanza de que se fuera de
ministra, porque así igual le dejaba el hueco a otro que tuviera un poco más de
sentido social. Pero Rajoy la ha dejado donde estaba. Por algo será. Sus
sueldos son intocables, pero también parece que lo sean otros gastos que se
antojan superfluos, si uno lo piensa un poco, como esas televisiones
autonómicas por las que se desangra nuestra economía. También intocables. Los
economistas de verdad, no el coro de palmeros en los que fundamentan su juego
de guillotina, están cansados de decir que el gran problema de la economía real
es que la están agostando, que cada vez hay menos dinero en circulación, la
gente compra menos y tienen que cerrar por asfixia los comercios y las
fábricas. Y que eso no se soluciona con recortes. Para revitalizar la economía,
la medicina es exactamente la contraria: hace falta invertir, ofertar trabajos,
que al principio tienen que ser públicos, subir los sueldos, que la gente
vuelva a tener dinero para gastar en el mercado interior. Y hay que pagar las
deudas de la administración, que tiene un montón de pobres deudores a punto de
echar el cierre, y tiene, por ejemplo, a los institutos, sin un chavo, con la
tercera parte de lo que necesitan para sobrevivir. Ese dinero solo puede venir
de los impuestos, pero no tanto de las nóminas, que ya sostienen el 85 por
ciento del IRPF, según revelaron en noviembre los inspectores de Hacienda, sino
de esa gran bolsa de fraude y de economía sumergida que existe en España. Baste
señalar, lo hicieron los inspectores, que el dinero que los inmigrantes envían
a sus países aumentó con respecto a años anteriores, lo que quiere decir que se
sigue produciendo dinero. El problema es que no da la cara, no contribuye, no
es solidario con la sociedad. Como la señora Cospedal. Una de las cosas que
hizo nada más llegar nuestra presidenta autonómica fue cambiar el nombre de los
delegados de las consejerías. Ahora se llaman coordinadores, y tienen una
categoría más, con lo que cobran más que los que les precedieron. Menudo cambio
hacia la austeridad. Otro avance es que ya no están al frente de las
delegaciones provinciales, sino de los servicios periféricos. Hemos pasado de
tener delegaciones a estar en la periferia. En la periferia de Toledo, aunque
nuestros presidentes autonómicos prefieran vivir en Madrid, sucursal de la
capital castellano-manchega, que pronto será periferia de Pekín.
El brillo de los días
«Albacete,
una ciudad a punto de estallar». Es el mantra que repetía una y otra vez en su
programa de radio Juan Ángel Fernández. Hablamos de la década de los 80, y esta
coletilla sonaba más como un acabracadabra, como un deseo ferviente de que así
sucediera, que como un eslogan publicitario. Lo cuenta con mucha agudeza Juan
Carlos Gea en el prólogo al libro en el que aquel locutor entusiasta acaba de
demostrar que su ensalmo funcionó. Que ha florecido una provincia que hasta
1979 fue poco menos que un erial en asuntos culturales, un ombligo paleto sin apenas
proyección. El brillo de los días. La
cultura albaceteña del siglo XXI es un libro de entrevistas a lo que el
prologuista llama «un catálogo de activistas del arte». Veinticinco creadores
que cubren desde la música al teatro, pasando por la literatura, las artes
plásticas y el cine. Y si los entrevistados son activistas, el compilador es un
dinamizador y un catalizador necesario en este trabajo en equipo en el que son
todos los que están, pero no caben ni de lejos todos los que son. Ya lo dijo el
mismo autor en la presentación del libro: «estos son mis personajes»,
subrayando el «mis» y añadiendo que algunos más que tenía preparados se le
quedaron fuera. Independientemente de sus legítimas preferencias y de las
limitaciones de espacio, el libro nos ofrece varios niveles de lectura. Para
empezar, qué piensan los artistas de la tierra que les vincula. No tanto de la
ciudad, como de la provincia de Albacete, ya que hay nacidos en La Roda, Casas
Ibáñez, incluso algún oriundo de Valencia o algún recriado en Chinchilla. El
mismo Miguel Barnés acaba de fallecer en Almansa. Albacete ya no es aquel
pueblo perdido, sino, como cualquier ciudad de mediano tamaño, una suma de
pueblos que se superponen y en los que los creadores pueden tanto mezclarse y
sumar sus proyectos como conocerse solo de oídas o ni siquiera eso. Lo mejor es
que ninguno se arrepiente de ser de donde es, lo que ya es mucho. Al contrario,
los humoristas nos han hecho el trabajo sucio y por ahí fuera ser de Albacete
constituye un «salvoconducto de complicidad». En lo que están de acuerdo el
propio Gea, Eloy M. Cebrián y Joaquín Reyes es en que los manchegos somos
secos, pero luego tenemos retranca, una bordería hipercrítica que no produce un
humor expansivo, aunque está llena de matices. Por eso mismo, parece que no
alardeamos de ser albaceteños, sino que más bien mantenemos un sano desapego
por nuestro lugar de origen. De todos modos, para realizarse todos han tenido
que cultivar sus contactos con círculos influyentes más o menos lejanos, en los
foros donde se cuecen las habas, porque una cosa es el talento y otra cosa es
la presencia. Ya se puede ser el mejor de los artistas, que si no te conocen,
no existes. Vamos que las redes sociales, y no me refiero a las de internet,
son imprescindibles, como indica Marta Torres en su entrevista. Otra cosa es
que se vuelva al punto de origen para retomar energías y para volver a empezar,
como hacía el malogrado Barnés, un pintor viajero, que ha entregado a Juan
Ángel Fernández su canto del cisne en declaraciones llenas de criterio y
valentía: «Los políticos son el enemigo número uno del arte (…) El principal
sentido de la pintura es ir en contra». Su colega Fernando López abunda en esta
opinión y añade que «esta sociedad es muy superficial, se ha perdido mucha
reflexión (…) y si hay una solución a este problema, creo que hay que buscarla
en la basura». Se puede comprobar que los creadores lo son sobre todo porque
piensan, aunque además absorban todo lo que se mueve a su alrededor para
regurgitarlo como obra de arte; puede verse, por ejemplo, en la dramaturga Rosa
Díaz o en el cineasta Hernán Talavera. Así, además de engordar nuestro
albaceteñismo, aprenderemos lo qué es el Mu-i, una revista ensamblada, la
infografía o la Música Antigua, entre otras cosas. / Juan Ángel Fernández:
El brillo de los días. Libros del sur.
El paso del tiempo como sensación
Con el tiempo pasa como con la
velocidad. Uno no se da cuenta de que estamos lanzados hasta que no nos
asomamos por la ventanilla del tren o del avión. Entonces los postes de la luz,
las señales, los árboles, las montañas, incluso las nubes y la luna, nos sirven
de referencia para entender que nuestra posición está cambiando muy deprisa.
Sin esas referencias, la velocidad tal vez nos pasaría inadvertida. También la
percepción del paso del tiempo requiere ventanillas. Los hitos que nos ayudan a
tomar conciencia de su discurrir son las fechas señaladas del año: las fiestas
y la feria, los cumpleaños y sobre todo la Navidad. Los trescientos cincuenta
días restantes los vivimos con la cabeza amagada en asuntos cotidianos,
absorbentes, todos los cuales se desarrollan en la cabina del tren, a dos
palmos de nuestras narices. Sin referencias, parece que el tiempo no
transcurre. De pronto, alguien tararea un villancico o nos fijamos en las
guirnaldas iluminadas que cubren las calles o el turrón que llevamos viendo dos
meses en el supermercado súbitamente cobra vida. Ese momento equivale a
asomarse por la ventanilla del tren que nos lleva río abajo en los relojes de
nuestras células. Entonces nos abruman las ausencias, porque vivir es ir
perdiendo cosas, gente sobre todo, compañías que en su momento parecían eternas
y que a su modo lo son, con esa fugacidad que sigue alumbrando, aunque sea unos
segundos, el resto de los años, cuando se cumple la fecha en que de nuevo la cerilla
del recuerdo la enciende para nosotros. Escribió Jorge Manrique que cualquier
tiempo pasado fue mejor. Y le corrigió Dámaso Alonso: no es que fuera mejor, en
realidad nos parece mejor cuando lo recordamos. La nostalgia está compuesta por
esa densidad de lo perdido, que cada año se enmaraña un poco más, y que duele y
produce a la vez un placer incomprensible. Lo que sí puede hacer la literatura
es catalizar esa nostalgia. Estoy leyendo cuentos de Alice Munro, una escritora
canadiense de la que había oído hablar con devoción a escritores de los que me
fio, como Muñoz Molina o Pisón. Cuando varias personas distintas coinciden sin
haberse puesto de acuerdo previamente, sabes que no te vas a equivocar. En el
laberinto de las novedades, uno necesita guías para no dar palos de ciego.
Rocío, de Librería Popular, estuvo rebuscando y puso ante mí tres libros de la
autora. Me decanté por el más antiguo, una colección de cuentos titulada Secretos a voces. Alice Munro tiene un
enfoque femenino de las cosas, observa los gestos y las conversaciones desde el
punto de vista de la emoción. Pero sobre todo tiene un modo muy personal de
estructurar las historias. Viajas con ella en el tiempo, de adelante hacia
atrás y de atrás hacia adelante, sin sacar la cabeza del compartimiento de lo
cotidiano. De pronto, abre una ventana, y sientes que el tiempo, que parecía
detenido, atraviesa a los personajes y te atraviesa a ti, dejándote transido,
como si hubiera entrado una ráfaga gélida de viento. Es una habilidad que
tienen unos pocos autores. Que yo recuerde ahora mismo, en poesía, Eloy Sánchez
Rosillo. Los cuentos de Alice Munro empiezan a veces con unos personajes y terminan
con otros, porque lo que importa en ellos no es lo que hacen los personajes,
sino la vida que los enlaza a todos ellos, también al lector. Una vida que no
se para en la anécdota, que transcurre hasta el final, hasta más allá de que
han muerto casi todos y solo queda una testigo de aquello, o ninguna, y todo
son ya sombras, ecos. Estaba inmerso en ellos cuando me ha llamado Pepe Sánchez
de la Rosa, y su voz y su amistad han agitado sin saberlo otras pavesas que
estaban dormidas, y toda la hoguera de mis padres ha crepitado durante unos
segundos, con llamas poderosas, agitadas. Como hubiera dicho Munro: «Mis puntos
de referencia se encontraban en peligro, nada más». Cierro la ventanilla hasta
esta noche. Sin tener que asomarme, ya sé dónde estoy y a qué velocidad viajo.
/ Alice Munro: Secretos a
voces. RBA, 2010.
Buen año de versos
Igual que se dice que «a mal
tiempo, buena cara», hay mucha gente convencida de que los buenos poemas brotan
desde el dolor, la angustia y la tristeza. Nunca de la felicidad, que es para
vivirla, dicen. Y, quizá para darles la razón a los que así piensan, el año que
se acaba, lleno de crisis, de paro y de recortes, ha tenido en Albacete una agitación
lírica extraordinaria. No hemos ganado el Cervantes ni logrado hitos sublimes,
pero 2.011 ha sido un no parar, y eso es bueno siempre. Para empezar, Andrés
García Cerdán obtuvo el premio Barcarola, con Cármina, un libro que verá la luz muy pronto. Es el primer poeta
local que gana este premio sin tener que compartirlo ex aequo con un vate
foráneo, como les ocurrió a Javier Lorenzo y a Mercedes Díaz Villarías, lo que
ya es un paso estimulante. Antes Ángel Aguilar había presentado su poemario Qué fea es mi hermana, escrito desde la
piel de una princesa destronada de seis años que sublima la pelusilla poniendo
verde a la intrusa de su hermana con una mezcla de odio y de ternura. Contiene
poemas como Yo veo, que están entre
lo mejor de su autor, y no solo para niños, lo que ya es decir. También este
año Luis Martínez Falero se trajo para Albacete el premio Juan Ramón Jiménez
con su libro Fundido en blanco, donde
nos habla de la luz, de la palabra y la muerte, y se mueve en el borde de lo
inefable con el pulso de un maestro: “O deja que el silencio se adueñe de la
casa / para buscar la voz de los ausentes, / la blanca cercanía de lo que ya no
existe”. Otro que no para de ganar premios es Manuel Laespada Vizcaíno, nuestro
paisano afincado en Manzanares, que ha visto aumentada su obra por lo menos con
dos nuevos poemarios, que yo sepa. También está imparable Juan Lorenzo Collado,
que ganó el “Ciudad de Jumilla” con Luces
de neón. Y no muy lejos anda Alfonso Ponce, cuyo libro premiado
disfrutaremos enseguida. El articulista y mecenas de la cultura local Isidoro
Ballesteros también está en plena forma y ha sacado a la luz otro poemario. Por
su parte, Ricardo Fernández nos trae desde Zaragoza, donde vive, la mejor de sus
obras hasta la fecha. Pero cuando ya el año ha terminado de estallar ha sido
después de la Feria. No hablemos de las Jornadas “5 Poetas en Otoño”,
organizadas por la Facultad de Humanidades y el grupo La Confitería, que ha
vivido uno de sus ciclos más completos. Hablemos de Fractal, una asociación
formada por cinco jóvenes poetas, Andrés García Cerdán, Rubén Martín, Lucía
Plaza, Matías Clemente y David Sarrión, que durante una semana llenó la ciudad
de actos en los que la poesía se mezclaba con otras artes y consigo misma, en
festiva y juvenil algazara. Para el recuerdo dejan una antología de casi medio
centenar de autores, llamada El llano en
llamas. Por cierto, que una de las antologadas, Gracia Aguilar, para
despejar sospechas de que es la princesa destronada del libro Qué fea es mi hermana, escrito por su
padre, le dedica un hermoso poema a su hermana Clara. En el otro extremo de las
edades, se le rindió homenaje a Ramón Bello Bañón, que sigue en plena
actividad, lleno de lucidez, más allá de los ochenta. Poetas amigos se arracimaron
en torno suyo para leer sus versos. Bello se ha prodigado poco en libro. Desde
el año 96, cuando salió Los caminos del
día, no ha vuelto a dar poemas a la imprenta, que yo sepa, y eso que tiene
más de cien inéditos. En el mismo ayuntamiento, para ponerle broche al año, Joaquín
Belmonte tomó la alternativa de su padre Ismael en un libro titulado Hasta donde la vista alcanza (no podía
ser menos). Contiene un regalo
inesperado: un soneto inédito de Ismael Belmonte, encontrado en una servilleta,
que no tiene que envidiarle a nada de lo que le conocimos en vida. Y seguro que
se me han escapado cosas. Que me perdonen los omitidos. No son recortes, es que
no llego a más.
Poetas yanquis
¿Quién dijo que los libros no
hablan? Y hasta llaman. En una de mis visitas a Librería Popular, sentí la voz
de un volumen grueso, de más de ochocientas páginas. Lo miré de reojo. Era
blanco con una extraña torre en la portada, que recuerda un ideograma chino. Su
autor, el crítico Harold Bloom, que se hizo famoso hace unos años por resumir
lo que para él era lo mejor de la literatura occidental, el canon. Ahora nos
sirve una antología de poetas yanquis, el libro que me estaba llamando. Soy de
los que piensan que la poesía es intraducible, si exceptuamos la de
Shakespeare, que tiene tanta fuerza que rebosa en cualquier versión que se le
haga, por muy manta que sea el que la perpetra. Yo mismo lo intenté una vez con
El mercader de Venecia. Si aún no me
han juzgado por ello es porque me ayudaron los componentes del grupo Cómicos y
porque Shakespeare es muy sufrido y no se queja. He mantenido y hasta
proclamado que las traducciones de poesía tienen como única utilidad servir a
los poetas para entrenarse remendando los destrozos del traductor. Está claro
que se trata de una fanfarronada. Por muy buenos poetas que haya en España, y
los hay, nadie con dos dedos de frente puede sostener que no los hay tan buenos
o mejores allende nuestras fronteras, incluso dentro del territorio del
castellano, del que somos solo una gota de agua en medio de un vasto océano.
Por eso me llamaba el libro, porque tengo una asignatura pendiente con la
poesía yanqui. De modo que me llevé el tocho a casa, dispuesto a limar mis
carencias. Lo primero que supe es que Bloom no es el autor, solo el que bendice.
La recopilación es de Jeannette L. Clariond, traductora y anotadora del libro.
Enseguida, la propia Clariond nos advierte de que no es una antología al uso, sino
que se ciñe solo a un perfil, el de los poetas que han seguido la estela de
Wallace Stevens. Bloom los va introduciendo uno por uno con unas cuantas
pinceladas. Además muchos son conocidos, incluso los había leído en poemas
sueltos. Enseguida mi vida se agitó y tuve que enfrentarme al libro como la
carpa que nada contra corriente. ¿Qué tengo que ver yo, que soy de secano y
vivo en un pueblo pequeño, con la vasta extensión en donde escribe esa gente?,
me decía a todas horas. Como son discípulos de Stevens, pero también,
inevitablemente, de Walt Whitman, la mayor parte de los poemas son largos,
muchos larguísimos, algunos interminables. Las pinceladas de Bloom me parecían
brochazos. Lo retomaba algunas noches antes de dormir y se me antojaba poesía
abstracta de la que hay que leer poniéndose bizco. Como de un poeta a otro
cambiaba el estilo, no podía leer a dos seguidos. A unos intentaba abarcarlos en
inglés, otros no se dejaban. En fin, que apuré el libro porque soy más pesado
que ellos, pero tardé una eternidad. Sin embargo, como antes de abandonar un
volumen en la estantería, reviso mis anotaciones, me llevé una sorpresa enorme:
había tomado notas de casi todos los autores. El esfuerzo de lectura había sido
en realidad un esfuerzo de adaptación: al ritmo, a la forma de decir de cada poeta.
Está claro que el lector tiene que acompasar su lectura con la exigencia del
texto. A veces cuesta. En poesía más; aunque, no siempre tanto como me ha costado
a mí con los yanquis. Ahora tendré que volver a ellos porque, a diferencia de
la prosa, la poesía, o es para releer, o no es poesía ni cosa que se le
parezca. Se empieza por no entender nada y se acaba disfrutando. Es como la
Novena de Beethoven, que viene desde el caos y acaba absorbiéndote. «La
posibilidad del orden como la suma del desorden», un verso de uno de los poemas
que más me gustan, Ensenada Corsons,
de A.R. Ammons, que sirve para resumir la sensación. Ea, que algo tendrán los
yanquis, cuando los bendicen. A mí me han colonizado la emoción. / Harold Bloom: La escuela de Wallace
Stevens. Editorial Vaso Roto.
Dónde estará la fuente
La fuente era de jaspe de Novelda, rosa y gris. Ocupaba el centro de la plaza de Chinchilla. Y la gente le tenía cariño. O a lo mejor ha ido ganándole cariño conforme se aleja en la memoria. En aquel tiempo había que guardar cola para recoger el agua en cántaros y botijos y acarrearla a casa, tareas que resultarían fastidiosas a las mujeres, que eran las que se encargaban. Entre el año 1964 y el 66, se efectuaron obras para mejorar la conducción de agua corriente en la ciudad y el pavimento de la plaza, que entonces se llamaba de José Antonio. También retiraron la fuente. No consta con qué intenciones. Tal vez para despejar el espacio, para que no obstaculizara el discurrir de los vehículos, que entonces representaban el no va más de la modernidad y que hoy constituyen una auténtica plaga invasora. Desprovista de aquel centro neurálgico y simbólico, la plaza está como perdida. La gente del pueblo le tenía ley a la fuente. El ayuntamiento, en un pleno celebrado el 14 de diciembre del 65 no dejaba lugar a dudas. En uno de los puntos del orden del día acordó pedir a la Dirección General de Arquitectura que le entregase la fuente al pueblo después de retirarla y, de paso, también los pilares de hierro de la lonja, entonces sustituidos por los actuales de madera. Imagino que, como suele ocurrir, no tenían todavía pensado qué hacer con estos elementos y que, mientras se lo pensaban, querían impedir que desapareciesen. La Dirección General de Arquitectura fue magnánima y accedió. Fulgencio Calera, que trabajó en las obras con su camión Barreiros Saeta recién estrenado, recuerda que cargó las piezas de la fuente desmontada y las vació en una escombrera situada al final de la calle de la Fuente. No recuerda más. Se pregunta qué fue de ellas. La mayoría de la gente con la que hemos hablado, también. Samuel, el del bazar, comenta que vio los poyetes redondos grises, que sirvieron de asiento a la juventud ociosa, esparcidos en las explanadas que rodeaban el colegio. Ramón Mascarica dice que no, que eran fragmentos del templete de la Placeta del Circo, también desmontado. Durante mucho tiempo esos terrenos fueron bancales de cultivo. Hoy están urbanizados. Sobre ellos crecen calles y aceras, incluso el Centro de Salud. Hay que ver cómo se mueve la ciudad y cómo desorienta, qué deprisa se olvidan cosas que el día anterior está viendo todo el mundo. O creyendo que las ve, pues la rutina desdibuja lo evidente. Miramos, pero no vemos lo que está en nuestras narices. Cuarenta y seis años después, es como si la fuente se la hubiera tragado la tierra. Tampoco es tan raro si pensamos lo que está costando encontrar los restos de Federico García Lorca, con tanta gente investigando a la vez. Es como si la misma tierra se entretuviese en cambiar de sitio las cosas. La gente, sin embargo, no olvida la Fuente de la plaza. La Asociación Antigua Tradición, la misma que ha devuelto la costumbre de sacar los Miércoles el día de la ceniza, encargó a los belenistas que construyeran una réplica de la Fuente a tamaño natural. Se hizo, aunque con materiales menos nobles y menos resistentes que el mármol. Guardada está. Cuando Ángel Huedo, administrativo del Ayuntamiento, se entera de mis indagaciones, emerge muy grave detrás de los papeles que se acumulan sobre su mesa. “Yo sé dónde está la fuente”, sentencia; “¿quieres saberlo”. Asiento, por supuesto. Camina hacia una de las ventanas que se asoman al Cerro de San Cristóbal, el de la Antena. Abre y me señala el parque de la calle de la Fuente, el que crece sobre la escombrera donde Fulgencio Cabrera descargó las piezas con su camión. “Debajo de ese parque”, dice Huedo. “Algún poyete se ve en alguna casa de los alrededores, pero la mayor parte de la fuente sigue allí, donde la tiraron, entre las raíces de los árboles”. Otro día lo comento con Ramón Mascarica, que vive por la zona. Lo niega muy tajante. “Pos qué va esta la fuente ahí; algún trozo puede haber, pero no más.”
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