La fuente era de jaspe de Novelda, rosa y gris. Ocupaba el centro de la plaza de Chinchilla. Y la gente le tenía cariño. O a lo mejor ha ido ganándole cariño conforme se aleja en la memoria. En aquel tiempo había que guardar cola para recoger el agua en cántaros y botijos y acarrearla a casa, tareas que resultarían fastidiosas a las mujeres, que eran las que se encargaban. Entre el año 1964 y el 66, se efectuaron obras para mejorar la conducción de agua corriente en la ciudad y el pavimento de la plaza, que entonces se llamaba de José Antonio. También retiraron la fuente. No consta con qué intenciones. Tal vez para despejar el espacio, para que no obstaculizara el discurrir de los vehículos, que entonces representaban el no va más de la modernidad y que hoy constituyen una auténtica plaga invasora. Desprovista de aquel centro neurálgico y simbólico, la plaza está como perdida. La gente del pueblo le tenía ley a la fuente. El ayuntamiento, en un pleno celebrado el 14 de diciembre del 65 no dejaba lugar a dudas. En uno de los puntos del orden del día acordó pedir a la Dirección General de Arquitectura que le entregase la fuente al pueblo después de retirarla y, de paso, también los pilares de hierro de la lonja, entonces sustituidos por los actuales de madera. Imagino que, como suele ocurrir, no tenían todavía pensado qué hacer con estos elementos y que, mientras se lo pensaban, querían impedir que desapareciesen. La Dirección General de Arquitectura fue magnánima y accedió. Fulgencio Calera, que trabajó en las obras con su camión Barreiros Saeta recién estrenado, recuerda que cargó las piezas de la fuente desmontada y las vació en una escombrera situada al final de la calle de la Fuente. No recuerda más. Se pregunta qué fue de ellas. La mayoría de la gente con la que hemos hablado, también. Samuel, el del bazar, comenta que vio los poyetes redondos grises, que sirvieron de asiento a la juventud ociosa, esparcidos en las explanadas que rodeaban el colegio. Ramón Mascarica dice que no, que eran fragmentos del templete de la Placeta del Circo, también desmontado. Durante mucho tiempo esos terrenos fueron bancales de cultivo. Hoy están urbanizados. Sobre ellos crecen calles y aceras, incluso el Centro de Salud. Hay que ver cómo se mueve la ciudad y cómo desorienta, qué deprisa se olvidan cosas que el día anterior está viendo todo el mundo. O creyendo que las ve, pues la rutina desdibuja lo evidente. Miramos, pero no vemos lo que está en nuestras narices. Cuarenta y seis años después, es como si la fuente se la hubiera tragado la tierra. Tampoco es tan raro si pensamos lo que está costando encontrar los restos de Federico García Lorca, con tanta gente investigando a la vez. Es como si la misma tierra se entretuviese en cambiar de sitio las cosas. La gente, sin embargo, no olvida la Fuente de la plaza. La Asociación Antigua Tradición, la misma que ha devuelto la costumbre de sacar los Miércoles el día de la ceniza, encargó a los belenistas que construyeran una réplica de la Fuente a tamaño natural. Se hizo, aunque con materiales menos nobles y menos resistentes que el mármol. Guardada está. Cuando Ángel Huedo, administrativo del Ayuntamiento, se entera de mis indagaciones, emerge muy grave detrás de los papeles que se acumulan sobre su mesa. “Yo sé dónde está la fuente”, sentencia; “¿quieres saberlo”. Asiento, por supuesto. Camina hacia una de las ventanas que se asoman al Cerro de San Cristóbal, el de la Antena. Abre y me señala el parque de la calle de la Fuente, el que crece sobre la escombrera donde Fulgencio Cabrera descargó las piezas con su camión. “Debajo de ese parque”, dice Huedo. “Algún poyete se ve en alguna casa de los alrededores, pero la mayor parte de la fuente sigue allí, donde la tiraron, entre las raíces de los árboles”. Otro día lo comento con Ramón Mascarica, que vive por la zona. Lo niega muy tajante. “Pos qué va esta la fuente ahí; algún trozo puede haber, pero no más.”
Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
Desde el lado invisible
Somos más, pero no se nos ve. Es extraño encontrarse en las manifestaciones a la vera de amigos de la infancia y de la adolescencia de quienes nos habían alejado los vericuetos de la rutina. “¿Qué haces tú aquí?” “Ya ves”. Después de tanto, nos reencontramos en el mismo equipo, el de los que consideramos que se pueden gestionar de un modo muy distinto las cosas de todos, para que sigan siendo de todos. Vestidos de verde o de rojo, o de lo que toque ese día, caminamos un rato, lanzamos algunas proclamas, abarrotamos las arterias céntricas hasta que no cabe un alfiler: la calle Ancha de punta a punta, el Paseo de la Libertad, la plaza de la Constitución o la Avenida de la Estación frente al edificio de Educación. Es estimulante. Algún amigo dice: “estas marchas me rejuvenecen, me recuerdan los tiempos en que corríamos delante de los grises; entonces había que venir en zapatillas”. Otro las llama irónicamente procesiones. Y algo tienen de procesiones laicas, en rogativa porque vuelva a nuestro secano la lluvia del sentido común. Al día siguiente, sin embargo, comprobaremos en la prensa y en los otros medios que no estábamos donde creíamos estar. Que esa multitud abrigadora con la que caminábamos del brazo no era tal, sino, en todo caso, un grupúsculo de radicales. En algún medio ni siquiera se hacen eco de la cifra que ofrecen los organizadores; reproducen en primera plana, sin más, el magro contaje que han hecho los responsables de la administración, que nos miran con gafas reductoras lógicamente. Como si no existiéramos ni para contarnos. Nos pellizcamos, nos manoseamos los tendones a ver si hemos atravesado el espejo sin darnos cuenta, pero nuestra materia sigue intacta. Lo que es virtual es la desaparición. Pero a ver a quién se lo cuentas, si no ha estado allí y no lo ha visto como tú. Por eso no puede sorprendernos que el día de ir a votar nuestros votos tampoco pesen en las urnas. No quiero decir que desaparezcan virtualmente. Es otro el fenómeno, que ya detectábamos durante las procesiones: “¿Tú a quién vas a votar?” “Yo a Equo”. “Andá, pues yo a Izquierda Unida”. “Yo al Psoe”. “¿A quién has dicho”. “Hombre, ya sabemos que son de derechas, pero hay que contrarrestar el voto del PP”. “Yo me abstendré”. “Yo votaré a San Nicolás bendito, que es el santo que me toca en esta ocasión; en las anteriores voté a San Supermán”. Y en estas se me acerca un antiguo alumno, que también viene con la manifestación, pero transportando una carpeta y bolígrafo, y me pide que firme para que puedan presentarse los del Partido Comunista de los Pueblos de España. “Nos van a votar cuatro”, reconoce, “pero es injusto que nos impidan estar ahí”. Si intentas argumentar que con esta división no vamos a ninguna parte, otro amigo, muy razonable en cualquier otra tesitura, te suelta: “vale, pues vamos a votar todos a los míos”. Y a ver qué le respondes. Total, que estamos todos en el mismo lado, pero cada cual en su equipo, con lo que no salimos de la invisibilidad. Y no es una cuestión de capricho. Todos tenemos muy claro sobre todo a qué partido no votaremos ni locos. “Antes al PP”, defiende un exaltado”. Y al PP lo votan los de siempre, más quinientos mil. Y con eso, gracias a nuestra ley electoral, concebida desde la transición para que nada cambiara, con el 46 por ciento de los votos es como si los hubiera votado el 75 por ciento de los españoles. “Pero si somos más”, se queja al día siguiente, comprando el pan, una vecina. “¿Cómo es posible que la gente que está en el paro, los asalariados, les voten?” Y hablas con uno y con otro y repiten lo mismo. “No, si al final va a ser que no los ha votado nadie”. Pero aquí vienen con la tijera, como si no existiera otra solución, la de recaudar más, persiguiendo el empleo sumergido, el fraude fiscal y la tributación de las rentas más altas. Las soluciones verdaderas, las del lado invisible.
Luis Alberto de Cuenca
Hasta la cojera de Luis Alberto de Cuenca es elegante. Él llama caminar antiálgico a ese ligero escorzo con el que evita la molestia en la rodilla. Se ha dejado olvidada la zamarra en La Roda. Llevaba todo en los bolsillos, incluido el billete de regreso a Madrid. Y se azora sin perder la elegancia, porque verse sin su zamarra y todas las referencias que viajan en ella, aunque sea un mediodía soleado de noviembre, le hace sentir perdido. Por todo equipaje trae unos pocos libros en la mano, entre ellos su antología Por las calles del tiempo, de la que leerá poemas en todos los actos de la jornada. Viene de La Roda, de rendir homenaje a Tomás Navarro Tomás, que fue, lo mismo que él, director de la Biblioteca Nacional. De vuelta en Albacete, lo recogemos sin zamarra para subirlo a Chinchilla. Luis Alberto se deja llevar y traer, y en el camino recuerda los nombres de todas las personas a las que saluda, recuerda los nombres de los cónyuges de las personas a las que saluda y se interesa por ellos, recuerda el nombre de tu revista y te pregunta por ella, aunque lleve dormida un lustro, se asoma a la ventanilla del coche y se informa de dónde estamos y de cuántos habitantes tiene Albacete. Es un abrumador despliegue de memoria y amabilidad. Y todo lo hace sin prisa, pero sin pausa, con corbata de seda y camisa impecable, sin despeinarse, que no se le estremece el cabello cano echado hacia atrás con algún fijador muy leal. Da la sensación de que Luis Alberto de Cuenca es una especie de Dorian Gray, imperturbable desde que fuera director de la Biblioteca Nacional y luego Secretario de Estado de Cultura. Bueno, él dirá que últimamente ha adelgazado para eludir los problemas de espalda, que le han dado un par de disgustos en los últimos años. Será por eso que se sienta siempre muy erguido, con la espalda muy tiesa. Luego, comiendo, se olvida por fin de la zamarra y despliega, aún más, su gracia verbal: nos demuestra que, además de una educación exquisita, sabe contar los chistes con gracia. No hay siesta ni pausa: de la conversación desenfadada en la comida pasa a contarle a un auditorio atentísimo que suele escribir los poemas en verano, aunque no siempre, claro. Que es un poeta madrugador. En contraposición al tópico que asegura que todos los poetas suelen ser nocturnos y malditos, Luis Alberto reivindica la mañana, el amanecer. Hace un repaso por las lecturas que lo fueron forjando. Empieza con los epigramas latinos que leyó en una antología de epigramas. Cita una y otra vez de memoria. Recala en Shakespeare, al que considera el mejor, como no podía ser menos. Rescata una cita de Macbeth, mientras seguimos extasiados su prodigiosa explicación en la que luego dirá que se sentía incómodo. La sensación era justo la contraria. Termina leyendo un par de poemas en los que el personaje poético se queja por la ausencia de la amada. En el primero, se ha ido para siempre y vienen a buscarla los hombres de hielo, unos seres bestiales y violentos anteriores a los dioses. En el segundo, su novia se ha ido a otra ciudad y la echa de menos en su mundo cotidiano, vacío sin ella. Dos poemas de amor, que forman una de sus vetas. Tiene varias. También están los desenfadados, en los que reinan la gracia y la ironía, como La Malcasada o Bébetela. Y luego están los profundos, como En la tumba de Jocker, los que te llenan de escalofrío, como El cuarto oscuro. Algunos de ellos los leerá por la tarde en Albacete, en el Salón de Grados de Humanidades, dentro del ciclo “5 poetas en Otoño”. Entonces se le nota cansado. ¿Quién no lo estaría después de tamaño despliegue de amabilidad y de conocimientos? Siguen impecables la corbata en su sitio y el pelo fijado. Cuando lo dejamos en la estación ha recuperado la zamarra y con ella su brújula. Lo vemos alejarse con su elegante caminar antiálgico, igual que Gary Cooper en Solo ante el peligro.
Raquel Lanseros
Este año, Raquel la ha vivido más sobre trenes y aviones que en el suelo firme. No para. Baja en Albacete con una maleta enorme y nos advierte: “no penséis por favor que es para una noche, qué vergüenza. Es que mañana no me da tiempo a pasar por casa y salgo para México. Llevo ropa de verano, otoño e invierno, porque en tres días voy a vivir en todas las estaciones”. En México será jurado en un concurso literario en Chiapas y después aún le dará tiempo de leer sus poemas en DF. Antes ha estado en Perú y en Colombia. Su presencia en una antología internacional de poesía joven le ha abierto las puertas del Nuevo Mundo y viene empapada, impresionada de lo que ha visto. En Medellín leyó un poema ante una multitud humilde y sin embargo expectante, respetuosa y a la vez exigente con la poesía. Escuchándola, se me ocurre que es extraño leer algo escrito para la intimidad delante de tanta gente. Pero Raquel me aclara que era tanto el respeto que reinaba en aquel espacio que resultó una experiencia enriquecedora. No le arredra la aventura a esta poeta. Después de haber nacido en Jerez, por una decisión emprendedora de sus padres, de haber aprobado la oposición en Albacete, de haber impartido clases en Murcia y en León, Raquel Lanseros es ciudadana del mundo, lo lleva en sus genes gallegos que el apellido certifica. “Viene de los lanceros”, subraya, “los soldados con lanza que aparecen, por ejemplo, en el cuadro de la rendición de Breda, de Velázquez”. Y añade que más tarde cambiaría en Galicia la ce por una ese. De su condición de filóloga, le viene el gusto por la palabra. Su libro ganador del premio Antonio Machado en Baeza se llama Croniria, un neologismo que parece referirse al país del tiempo. Otro que ha visitado. Ya escribió Baudelaire que los verdaderos viajeros son aquellos que se van por irse, que son como las nubes. Aunque es profesora de inglés, las citas y las referencias de sus poemas abarcan desde Tintín a Emilie Dickinson, pasando por un crepuscular Machado, hasta el propio Baudelaire. Los viajes y los trenes los enriquecen; hablan de amor y de amistades, de pena y de alegría. Y se tiñen de protesta cuando se rebelan también ante la injusticia. No podía ser menos. Raquel viene de países donde existen abismales diferencias entre ricos y pobres y le ha impresionado que sin embargo valoren la cultura como un medio para seguir creciendo. Todos están creciendo: Perú, Argentina, Colombia... Sobre todo le sorprende el contraste con lo poco que se valora la cultura en nuestra España. En estos tiempos de recortes en educación, los candidatos a la presidencia de nuestro Gobierno solo hablan de economía. La cultura se da por entendido que no importa. Y le subleva este menosprecio hacia lo que más ama. Frunce un poco el ceño, pero enseguida retoma la sonrisa. Lanseros lee sus poemas con una sonriente claridad, en un tono sereno y minucioso, que no deja resquicios a la duda. Será en el turno de preguntas cuando explique con pormenorizada pasión su experiencia en América. No alude sin embargo el gran problema de seguridad que vive en ese ancho espacio del mundo. Nos comentará después que, a la hora de tomar un taxi, en cualquiera de aquellas capitales, hay que elegir los que llaman seguros, que envían al ayuntamiento la relación del lugar donde lo tomas y aquel al que te diriges, por si acaso. Como no podía ser menos, ha probado alguno inseguro. ¿Y cómo puedes viajar tanto? Raquel ha pedido la excedencia en la enseñanza para consagrarse, en principio dos años, a la literatura. Estaba dando clases en Madrid. Comentamos lo difícil que se está poniendo la enseñanza. Por la mañana, muy temprano, volverá a los trenes, en los que sus poemas viven como en su propia casa. No en vano acaba de ganar la última edición del premio Antonio Machado de la Renfe, el mejor dotado a un solo poema. La condición es que tiene que hablar de trenes. Pero quién sabe más de trenes que Raquel.
Antonio Cabrera
No sé si uno acaba pareciéndose a sus pasiones o si uno se apasiona por las cosas que se le parecen. Antonio Cabrera, apasionado de las aves, anillador titulado, traductor de poemas de aves y escritor de poemas de aves, tiene algo de pájaro en el perfil. Sus libros están surcados de vuelos que huyen de cualquier explicación y son tanto más hermosos cuanto más inexplicables resultan. Porque Cabrera se ha empeñado en cubrir la distancia que le separa de la realidad con una fina gasa de palabras que nos permitan apreciar lo que no se ve de tan encima que lo tenemos: el aire que nos rodea, la luz de un atardecer, los anillos que se forman en el agua cuando alguien tira una piedra. Creemos que estas cosas nos emocionan, pero en realidad lo que nos suscitan no es una emoción, sino la fotocopia de una emoción, la dictadura de una emoción que nos impusieron los que llegaron antes que nosotros y supieron plasmarlo en un poema. Toca emocionarse en determinadas situaciones porque así ha sido siempre. Cabrera no acepta este emocionarse porque sí. Vive cerca del mar, pero no siente nada mirando el mar. Se concentra en los pliegues de las olas, el ajetreo del agua, la espuma, los tornasoles de la luz. Hay quien no lo comprende, pero no se trata tanto de sentir, como de entender qué se está sintiendo. El aire que nos rodea, unas monedas olvidadas sobre la mesa, un cerezo en flor no son en sí mismos emocionantes, o tal vez sí. Qué es lo que nos sucede cuando los observamos. Ese es el espacio que sobrevuela el poeta Cabrera, el que disecciona con su pico de lenguaje, el que nos ofrece masticado y vuelto del revés, reconocible y puro como un nido. Así, como quien no quiere la cosa, se ha abierto un hueco en la poesía española. Aquí y allá le aparecen admiradores y hasta imitadores, pero él sigue a lo suyo, diseccionando, bajando desde la altura a picotear en los detalles. Como buen pájaro, es un naturalista del siglo XXI. Igual que los naturalistas del XIX consideraban que la naturaleza es el punto de partida de todas las cosas, Cabrera lucha por no dejarse vencer, se resiste a la dictadura de las ideas, que cambian nuestro modo de percibir las cosas incluso mientras las estamos viendo: “esta luz recordada no es la misma”. Tiene que sujetarla para que no se confunda con otra anterior. “Canta el alrededor, no te dibujes”. Esa es la consigna, la obsesión: no hablar de él mismo, que sean las cosas, los objetos, los elementos los que se expresen a través de sus poemas. Se trata de evitar que los sentimientos lo traicionen y empiecen a contar la realidad de otra manera diferente a la que muestran los sentidos: “con la retina del conocimiento, no la mires”. Un esfuerzo titánico que, como no podría ser de otro modo, está condenado al fracaso por la simple razón prosaica de que los objetos son objetivos, pero los sujetos somos subjetivos. Qué demonios. En el camino, sin embargo nos va dejando hermosos poemas y también artículos fragantes de vida, en los que es posible aprender a distinguir un bicho o una planta mientras se mece al son de una prosa. Estoy refiriéndome a su libro El minuto y el año, que es otra cara distinta de su ser de pájaro, quiero decir de poeta. En el vuelo de su lucha, nos va enseñando a mirar de otra manera, a ver en la luna de octubre el escenario que cruzan las aves migratorias, una ruta antiquísima, anterior a cualquier contemplación humana, anterior a cualquier pensamiento. Nos va enseñando a escuchar el laberinto que recorren las notas de un oboe en su camino hasta nuestros oídos. Nos va enseñando a distinguir la aspereza sorprendente del liquen y su humilde lección. Nos va enseñando cómo el agua estancada impregna hasta la luz que yace sobre ella. Serenas lecciones de este poeta pensador que cuando desciende a pescar versos lo hace para pescar peces vivos, que eso es un poeta según don Antonio Machado.
Díaz de Castro
Paco Díaz de Castro tiene una mirada inquietante. Sus iris, grandes y claros, buscan la protección de las cejas, muy espesas y negras, como para sondearte desde la timidez, en defensa propia. Luego está el contraste con el pelo, muy blanco. Tardas un rato en acostumbrarte y un rato más en darte cuenta de que su sonrisa es la de un fumador de muchos años, que se ensancha para buscar más aire. Al final, cuando lo conoces mejor, acabas entendiendo que lo inquietante de su mirada es que te mira un fotógrafo, un tipo que lleva más de mil días publicando una fotografía diaria en una web de forofos de la cámara. Como él dice, la fotografía enseña a mirar la vida de otra manera. Como si la poesía fuera poco. Porque además, Díaz de Castro imparte clases de poesía contemporánea en la Universidad de las Islas Baleares, y eso supone que va leyendo todo, o casi todo lo que sale. Como profesor universitario escribe sus estudios de profundidad. Pero también rasca en la superficie del día a día y ejerce de crítico semanal en El Cultural de El Mundo. Todo este cúmulo de actividades invitaría a pensar a cualquiera que ya no cabe ni una más. Pero también es poeta. Siempre he pensado que escribir poesía solo es posible cuando uno es capaz de desconectarse de la razón cotidiana y entrar en otra dimensión paralela en la que mandan los sonidos de las palabras y sus significados. Otro poeta, que también era estudioso de la poesía, José Ángel Valente, afirmaba que para escribir poesía hay que liberarse de los aprioris, de todos los aprioris. ¿Pero cómo puede conseguirlo alguien que está sopesando poemas ajenos cada día, analizando lo que funciona y lo que no? ¿Cómo alguien que acumula tanto conocimiento puede desprenderse del mismo para soltarse y ponerse a escribir?
Él lo sabrá; pero ahí tenemos sus poemas. Poemas que, como dice su amigo Antonio Jiménez Millán, hablan de la épica humilde de lo cotidiano. Poemas de la experiencia, porque parten de un germen de experiencia del que extraen reflexiones morales. El mar sale mucho: “El mar es una puerta familiar, / nada extraño me inquieta, estoy aquí”. Al fin y al cabo, separa su Valencia natal, a la que sigue vinculado, de la Mallorca donde vive. Él dice que le gustaría que en sus poemas apareciera de forma más sensual el paisaje, a lo mejor porque tiene tan instalado el mar en el estado de ánimo que no repara en su presencia. Quizá sus ojos son verdes por ese reflejo. Del ir y venir de las mareas, que traen objetos descarriados, concluye: “también yo albergo restos / que no comprendo bien”.
No importa: el mar “apacigua certezas y recuerda a quien mira / que son uno vivir y haber vivido.” Al personaje que habla en sus poemas le gusta sacarle todo el sabor a los instantes, aunque haya entrado en el otoño de la vida: “hacia el olvido voy / en mis olvidos vivo”. Con Díaz de Castro da gusto hablar de poesía porque tiene muy presentes sus lecturas y las ilumina en la conversación. Es más que una profesión, una pasión. En un tiempo, tomaba el avión hasta Valencia solo para asistir a una tertulia. Claro, que era con Brines, César Simón, Marzal, Vicente Gallego… Cualquiera no. Ahora, como todos los poetas, está huyendo de repetirse, buscando una salida por donde sea. Y los últimos poemas, que son en prosa, le han salido sociales. Ha vuelto a esa poesía que protesta contra el mundo, que querría cambiarlo, porque dice que se lo ha pedido el cuerpo, que ha sentido la necesidad de escribirlos así. Parten de fotografías y se inspiran en ellas para abandonarse a la rabia, a la protesta por una sociedad que parece regodearse en la injusticia. Ya lo había avanzado al romper con los partidos cuando lo de la Otan. En un poema dice: “Pero he llegado aquí y no me valen símbolos”. Sus ojos marinos te escrutan desde el refugio de las cejas y esbozan una sonrisa de exfumador. Te está echando una foto.
Oliván
Cuando asoma por la puerta de la estación, Lorenzo Oliván se parece a Lorenzo Oliván, pero no es del todo el mismo. Resulta un poco más alto de lo que lo recordaba, su piel tiene el lustre de la cera y su cordialidad llega envuelta en una leve bruma cantábrica. Pequeños matices que habían despistado al recuerdo. Y eso que nos vimos hace poco más de un año. Pero la memoria tiene esos caprichos. Él mismo, en uno de sus poemas favoritos, se aprovechó de un devaneo de la memoria. La subida a la torre se inspira en las sensaciones que le dejó Aínsa, en una excursión. Hablan los versos de una escalera de piedra que sube en espiral. Cuál no sería su sorpresa cuando, semanas más tarde, volvió a la torre y descubrió que tiene planta cuadrada. La espiral no existía. Por supuesto, le encantó haberse dejado engañar de esta manera por su propia memoria. Uno cree que ha visto las cosas, pero la memoria nos impone caprichos que conviene aceptar, pues “el posible engaño de una verdad fugaz será más cierto siempre que la verdad más cierta”. Él empezó siendo un poeta observador. Su primer poemario reconocido se llamó Norte único, un título significativo, de quien miraba al horizonte haciéndose sombra con la mano. Pero descubrió que “la más común ceguera de este mundo es ver tan solo lo que todos ven”. Y de pronto empezó a mezclar el mirar con el pensar. El pensamiento poético no tiene nada que ver con el pensamiento racional. No tiene un sitio a donde ir, es el camino. Oliván pregunta mucho en sus poemas, está buscándose. Algo tan omnipresente como sus propias manos pueden suscitarle un torrente de interrogaciones con las que nos embarca a todos en la duda de quiénes somos. Cuando propone respuestas, son sugerentes y a menudo contradictorias: la verdad está repartida al mismo tiempo en cualquier cosa y su contraria, y a él le gusta dejar constancia de esta dualidad: “ahora voy a leer un poema que niega lo que acabo de decir”, le oímos en la lectura. La mejor manera de acercarse a lo incomprensible de la poesía es oír a Lorenzo Oliván explicarla con una claridad meridiana, en un tono de voz que es casi un murmullo, que sirve tanto para envolver a una periodista que le pregunta por teléfono que a un auditorio de cincuenta personas que lo escucha con silencioso embeleso. El pensamiento poético es la vida zurda de los espejos. No es que no se entienda, es que nos desorienta que las cosas no están donde esperábamos encontrarlas. De uno de los poemas que leyó dijo que era un poema sonámbulo “que ni yo mismo sé lo que quiere decir, pero que me gusta mucho”. Cuando Oliván era pequeño y vivía en un cuarto piso, se maravillaba de que sus zapatillas supieran bajar las escaleras de dos en dos y de tres en tres, a una velocidad vertiginosa. Él no podía pensar, porque si quería imponer su criterio y quitarles autonomía a las zapatillas, entonces corría serio peligro de tropezar y caerse. Lo que traducido suena a que “si el ave analizara su alto vuelo, caería en picado”. Será que la manera de orientarse en el lado zurdo de la realidad es dejarse llevar, fluir. Para no quitarles autonomía a sus zapatillas de componer poemas, Oliván ha ido prescindiendo de la luz, para que la mirada no pueda confundirle. Sus libros últimos se titulan La noche a tientas e Hilo sin nadie, títulos que parecen alejarlo de las certezas, que es lo que en el fondo busca: adentrarse más y más en lo hondo, en el límite donde la realidad se mezcla con el sueño, en el centro sin afueras, el lugar donde te arrolla la belleza. Con sus mechones plateados sobre las orejas, con su piel cerosa y su cordialidad cantábrica, Oliván vino al ciclo 5 Poetas en Otoño de la Facultad de Humanidades a embarcarnos en la realidad zurda de sus poemas. Luego se marchó a Cantabria, donde seguirá cambiando, para no ser del todo el mismo la próxima vez que lo veamos.
La poesía, para qué sirve
El sábado pasado participamos en una mesa redonda, dentro de las jornadas sobre poesía que ha organizado Fractal. El grupo Fractal lo forman cinco jóvenes albaceteños que se han liado la manta a la cabeza, han vendimiado ayudas y han llenado Albacete de actos literarios durante casi una semana. Adonde fueras, te los encontrabas leyendo sus versos o mezclándolos con otras disciplinas artísticas. Nuestro acto era el penúltimo de los programados. Llevábamos una hora en el Nido del Arte enfrascados en deslindar lo que es poesía joven de lo que no, cuando una de las asistentes levantó la mano y preguntó qué lugar ocupa la poesía en la sociedad actual. Es otra manera de formular la madre de todas las preguntas: para qué demonios sirve la poesía, que no produce dinero, en una sociedad donde el dinero es lo que determina lo que sirve y lo que no. Le respondí como pude. Es evidente que para los que estábamos allí, la poesía sí que cumple una función; para eso invertimos nuestro tiempo en leerla, en escribirla y hasta en intentar dilucidar en qué se diferencia la que escriben los jóvenes de la que pergeñamos los talludos. Otra cosa es que sepamos explicar para qué sirve a alguien que no la valora como nosotros. La Academia Sueca acaba de otorgarle el Nóbel de Literatura a un poeta, lo que añade una vuelta de tuerca a la pregunta de la señora del Nido del Arte: también la Academia de los Nóbel valora la poesía frente a otros géneros más populares, como la novela, el guión de cine o incluso el teatro. Que el galardonado sea sueco no le quita mérito. Por cierto que Tomas Tranströmer, que así se llama, ha reconocido que, siendo joven, comprendió que no podría mantenerse ni alimentar a una familia escribiendo poesía. Sin embargo no abandonó su práctica, que hubiera parecido lo más sensato. Al contrario, lo que hizo fue elegir una profesión que no perturbase la escritura, sino que le agregase experiencia. Se hizo psicólogo, de lo cual asegura que nunca se ha arrepentido. Es decir, que ha articulado su vida en torno a esta pasión minoritaria que, como decía otro Nóbel, Vicente Aleixandre, no da para comer; como mucho, para merendar. ¿Para qué sirve entonces? No para cambiar el mundo, según parece. Los poetas sociales, que tenían esa aspiración, lo único que consiguieron fue escribir versos con polillas, como los que la usaron para la guerra, aunque llevaran razón. Hasta se me antoja optimista Brines que le atribuye la virtud de cambiarnos como personas, de volvernos más tolerantes al ponernos en el pellejo, pongamos por caso, de un homosexual, aunque seamos heteros, o en el de un religioso, aunque seamos ateos, hasta el punto de emocionarnos (siempre que los versos sean lo bastante buenos, claro). Es una teoría interesante, pero luego hay gente que lee poesía, y que incluso escribe poemas maravillosos, como Valente, y que luego es impermeable a la tolerancia, lo que invalida la tesis del bueno de Brines. ¿Qué nos da, pues, la poesía? Quizá, apenas, el pírrico consuelo de sentirnos conectados por una emoción a otro ser humano a través de los versos. El misterioso latigazo de una metáfora que por un instante nos ilumina el mundo. Para los que escriben, algo más: lo que el capitán Aldana, en el siglo XVI, llamó “el mismo don de lo servido”, es decir la sensación gloriosa de sumergirte en las palabras para crear un poema nuevo, aunque solo a ti te sirva y nunca se publique. Para la sociedad, el ejemplo vivo de que todavía quedan reductos donde el dinero no es lo primordial, la demostración fehaciente de que los seres humanos somos algo más que economía. Decía José Hierro que leer poesía requiere cierto entrenamiento, pero para escucharla no hace falta más que dejarse llevar. El otoño se nos llena de poetas en la Facultad de Humanidades. Todos los jueves, durante cinco semanas, tenemos la oportunidad de comprobar que, aunque no mueva dinero, la poesía mueve el alma. Con el agradecimiento y la enhorabuena a Andrés García Cerdán, Rubén Martín, Lucía Plaza , Matías Clemente y David Sarrión, el grupo Fractal.
El hijo adoptivo y la Virgen
Pocas personas pueden ir por ahí presumiendo de ser hijos adoptivos de dos pueblos. Ya serlo de uno es un título infrecuente, que huele a parque, a estatua de bronce entre palomas, a placa explicativa en un pedestal que curiosean los visitantes y que tienden a olvidar los hijos del pueblo. No encuentro constancia de que Chinchilla tenga otros hijos adoptivos declarados, aunque habrá muchos que lo hayan merecido. De hecho, cuando el ayuntamiento en su pleno de 31 de agosto pasado decidió por unanimidad nombrar a Victoriano Navarro Asín, hubo que copiar el protocolo de otros municipios porque no existía uno a propósito en la propia Chinchilla. Don Victoriano, como lo conocen sus feligreses, era también hijo adoptivo de Hellín desde 2000. Lo demuestra un lujoso documento que exhibe enmarcado en la pared de su casa. ¿Qué hay que hacer para que te nombren hijo adoptivo de dos pueblos distintos? , le pregunto. “Supongo”, me responde, “que querer a la gente”. Sencilla conclusión que luego aclara: “Yo he intentado encarnarme en las costumbres de los sitios donde he estado. Mi política parroquial ha sido aceptar lo que la gente tiene y tomar los elementos positivos. Parece que ellos lo han sabido ver así”. Los promotores del nombramiento en Chinchilla han sido jóvenes del club que don Victoriano fundó en los años setenta. Aunque ahora son talludos, porque la vida vuela, no olvidarán nunca aquellas estimulantes sesiones de cinefórum vividas en el cementerio de la iglesia. Como no hallaron mejor sede, llamaron al Club Osarium. En verano, se juntaban al aire libre. Para el invierno lograron levantar un modesto local. Tampoco olvidan haber reinventado la romería al patrón del municipio, San Miguel, aprovechando que el 29 de septiembre, el veranillo al que el santo da nombre suele ofrecer buena temperatura. “Qué tiempos”, parece decirse a sí mismo don Victoriano. “Yo era el alma de aquello. Pero lo hacían todo los jóvenes”, puntualiza. Y añade que, pese a la intensidad del recuerdo, “el Club duró solo cuatro o cinco años, hasta que empezaron los pubs y las discotecas. En otros pueblos, ya no lo he intentado. Todo está plagado de pubs y de discotecas y yo me he hecho mayor también. No sé si aquello cabría ahora. Entre otras cosas, promovido por un cura”. Lo afirma con la tajante lucidez de alguien con muchos bautizos y entierros a sus espaldas. Setenta y cinco años bien llevados, sobre todo el último, desde que dejó el tabaco: “después de sesenta años de engañar a todos menos a Dios, y a mí mismo”, recalca con expresión pícara. Pero el recuerdo que acaricia quizá con más cariño es lo que aquí llaman “el descubrimiento de la Virgen de las Nieves”. Dice que llevaba 300 años embutida en un cilindro de plata del que solo asomaba la cabeza. Que se la llevó a su casa y estuvo manipulándola sin éxito, porque no había modo de moverla. Que, después de tantear a la feligresía, de echarle mano izquierda, en secreto la metieron en una bolsa de deporte y la bajaron a Albacete, a la joyería Mompó. Que uno de los oficiales iba a cortar el cilindro por los pies, pero les dio miedo que dañara la imagen. Y que, tras considerar otras posibilidades, se les ocurrió ir calentando el cilindro. Aquello funcionó. La Virgen empezó a cantearse ligeramente en su encierro de plata, hasta que por fin, estiraron y salió entera. Estaba sujeta con lacre, como si fuera una carta divina que los feligreses del siglo XVII enviaban a sus descendientes. Ese domingo, en la misa, un don Victoriano jubiloso montó el número: “¿Conocéis a vuestra patrona?”, preguntó. Los parroquianos se rieron. “Ahora la vais a conocer de verdad”. La llevó al altar, “ya que es tan manejable” y la extrajo con facilidad del cilindro. Asegura que se oyó un Oh estremecedor. Luego votaron para decidir si seguía en el cilindro o quedaba desnuda la talla de alabastro de fabricación inglesa que tan bien conocemos. “No salió ni un no”. Fue tan unánime como la votación para declararlo a él hijo adoptivo de la ciudad.
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