La campaña catalana ha roto los últimos diques que separaban la política del circo. En su empeño por rizar el rizo para atrapar la atención hasta de los electores más pasmados, los partidos que hoy compiten por escaños en el Parlament han confundido el orgasmo con la penetración del voto en la urna y la falta de escrúpulos con la falta de ropa. Han paseado un disfraz de España de gomaespuma. Han dado que hablar, por supuesto, que es lo que pretendían. Y estamos de acuerdo en que el humor catalán es peculiar, como el británico, pero uno acaba preguntándose si este afán exhibicionista, esta ironía que dirían ellos, este desenfado, por expresarlo con palabras tibias, no contribuye a apuntillar la poca credibilidad que aún le queda a la clase política. Algunos analistas se han concentrado en comentar el cambio de mentalidad de la ciudadanía, a la que ya no le hacen mella las palabras sino las imágenes, un proceso que se inició con el debate televisado entre Kennedy y Nixon en 1960, donde ganó por goleada el primero. Con la invasión de pantallas de estos lustros últimos, la supremacía de la imagen, que siempre había valido más que mil palabras, se ha convertido en abrumadora. Por eso mismo entendemos que los publicistas que urden las campañas electorales se devanen los sesos para impactar en una sociedad que babea sobre el móvil, el ipod, el gps y todo lo que además vibre, y que está vacunada contra todo tipo de excentricidades, pero vive prendida al youtube. También es verdad que entre las infinitas posibilidades que tenían ante sí, han elegido anuncios que están en la línea de aquellos en los que unas señoras medio analfabetas defendían la blancura que imprimía sobre su colada el detergente colón, o ariel, ya no recuerdo bien, y se peleaban con el presentador para que no les cambiara el recipiente por otro de una marca desconocida y sospechosa. Si los publicistas preparan sus anuncios pensando en las características del consumidor al que van dirigidos, han debido constatar que el votante medio catalán es un tipo cachondo al que las bromas visuales con un cierto toque pícaro le mueven a la risa o a la sonrisa, hasta tal punto que lo impulsan a votar al anuncio más gracioso, como si se tratara de un concurso de cortos y no de unas elecciones al parlamento de una comunidad autónoma con vocación de país. Ya no se trata de convencer, cosa que había quedado desterrada desde casi el principio, sino de mantener la hipnosis de los programas en los que los televidentes votan para decidir qué concursante se va y cuál se queda, o qué concursante nos representará en Eurovisión. La política dejó de ser un servicio hace décadas para convertirse en una profesión, como demuestra fehacientemente la ministra de sanidad, Leire Pajín, que no ha sido otra cosa que política toda su vida y que ni siquiera ha terminado una carrera. Será por eso que pueden permitirse el lujo de hacer probaturas y gracietas a nuestra costa, sin que podamos pasarles factura porque unos y otros forman parte del mismo paquete de, o lo tomas o te aguantas. Camino llevamos entre la crisis, sus errores y sus necedades, de despertar de nuestro letargo de votantes. Decía Saramago que “en el momento justo en que introduces tú voto en la urna, estás dimitiendo de tu responsabilidad porque estás delegando”. Y va a haber que pensar algo deprisa porque se están cargando hasta lo más sagrado, que es la dignidad de las instituciones. Tenemos que apresurarnos además en retomar el control sobre los sindicatos que están casi tan desacreditados como la política. Si consentimos en que dejen de existir o que acaben de debilitarse, a ver quién va a defender a los trabajadores de las grandes multinacionales y los gobiernos despóticos como estos que rompen unilateralmente los convenios dando ejemplo de incumplimiento a los empresarios. Abramos los ojos, no confundamos las instituciones con quienes las ocupan. De momento, los de la enseñanza tenemos elecciones sindicales el próximo día 2. Más vale que sepamos lo que nos estamos jugando.
Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
Ustedes en peligro de extinción
“Los muertos se tratan de usted”. Lo aseguraba el recién desaparecido Carlos Edmundo de Ory, poeta que nació en Cádiz y se recrió en Francia. Se trata de uno de sus aerolitos. Él llamaba aerolitos a los aforismos. Brilla en ellos su ingenio destellante más que en su poesía donde tanto ingenio sin medida termina alborotándose y despista al lector, al menos a este lector. Digamos que incumplió de forma involuntaria uno de sus mejores aerolitos: “si te gusta ser llamado poeta desde joven, cuida de vivir poco. Toda una larga vida con un pequeño mote es ridícula”. De Ory ha vivido 87 años con el pequeño mote de poeta y, claro, ha tenido que sobreponerse mucho: “sólo me comprenderá quien sea más loco que yo”, escribió en otro momento. Y más allá: “Sólo lo extraño me es familiar”. Hay que volver aún así a Ory ahora que se ha muerto. Hay que volver a los muertos que se están muriendo y que se tratan de usted. Muertos como el actor Manuel Aleixandre, el cineasta Luis García Berlanga y el propio Ory. Se van acumulando y casi no da tiempo a decirles adiós como Dios manda. A Manuel Aleixandre lo tenemos sentado a la mesa camilla de nuestra retina, un poco encorvado, un poco ausente, pensando en sus cosas cuando no le interesaba lo que se cocía en la conversación, hasta que regresaba e intervenía con su voz imposible, con esa voz imposible que han tenido algunos actores maravillosos. Y ahí tenemos a Pepe Isbert para certificarlo, también muerto reciente porque su muerte se renueva cada vez que se muere uno de los genios a los que ayudó a ser genios. Lo han sacado mucho estos días con la trompetilla en la oreja en el papel de alcalde de Villar del Río, y al oírlo hablar con su voz sofocada, se pregunta uno cómo pudo hacer tantos personajes, cómo le dejaron, afortunadamente. También la voz de Luis García Berlanga era una voz cascada que sigue impartiendo magisterio en las tertulias, aunque él solo buscara conversación. Lo recuerdo sentado en la Librería Popular, hombro con hombro con su amigo José Antonio Tendero, ambos ya mayores, rodeados de curiosos que esperábamos a que abriesen la boca solo para oírles hablar, dijeran lo que dijeran, pues eran ciudadanos de otro tiempo mucho más reposado, de lecturas hondas, con un calado que afloraba dijeran lo que dijeran, aunque no fuese más que “por favor apártese un poco, que me está usted pisando”. Eran amigos y se hablaban de usted, no faltaría más. Los muertos se tratan de usted, como afirmaba Ory. Se hablaban de usted incluso cuando estaban vivos, una cosa que se pierde con ellos, que se pierde por minutos. Cada minuto que pasa están desapareciendo personas que se ustean, que es una especie en peligro de extinción, con lo que eso supone de empobrecimiento para el alma española, que de tener dos dimensiones se va quedando en una sola. Los únicos que se ustean ya son sus señorías en el parlamento, pero como lo hacen cada vez con menor señorío, encima dan mal ejemplo. “Cállese, imbécil”, le gritó Carlos Edmundo de Ory en el Gran Hotel a un municipal cuyo walkie se alborotaba y le interrumpía la lectura de sus poemas. “Cállese, imbécil” le gritó al teléfono del municipal con voz atiplada pero enérgica. Y de usted, por supuesto. Éramos veinteañeros, o lo rondábamos, hablábamos de literatura en la cafetería Garden´s y Juan Carlos Gea me dio a leer un poema: “¿qué te parece?” Me preguntó. Me pareció desaseado y se lo dije. “Pues es de Carlos Edmundo de Ory”, contestó como lavándose las manos. Había en esa respuesta un implícito: “mío no es, tú verás, tú te las entenderás con la historia de la literatura”. Treinta años después sigo pensando que era un poeta desaseado, aunque piense también que era necesario como todos los francotiradores. Necesario, abstracto y chispeante. “Di algo que no sepas decir”, proponía con una voz también difícil, la voz de los genios, la voz de los que se ustean. Ahora todos nos tuteamos y hacemos gárgaras.
Francisco González Bermúdez
He estado hojeando el libro Barrax, ayer y hoy, que el ayuntamiento editó en 2001 para asentar recuerdos volanderos y fotografías desde las que los retratados miran a la cámara con la misma curiosidad que si pudieran vernos a través del objetivo. El pintor Benjamín Palencia merece un capítulo entero, como la rosa del azafrán, el agua o el toro de fuego. Aparece Palencia a pie llano ante un molino de viento ruinoso. Y aparece luego ante el molino ya reconstruido. Se le ve en los toros, inaugurando el adoquinado de la plaza, rodeado de la corporación municipal o entre amigos que le admiran. Siempre con el pelo plateado formándole moños sobre los parietales, con apostura de estatua y la mirada pensativa. Al final no se le ve, pero se le adivina ya en el féretro, seguido por una romería. Decir Palencia casi es decir Barrax. El pintor de la Escuela de Vallecas y su localidad natal han ido convergiendo con los años hasta casi resultar sinónimos. Y sin embargo hay un barrajeño al que le dieron antes que a Palencia la Cuervera de Oro, la mayor distinción que se otorga a quienes hayan contribuido a promocionar o engrandecer Barrax. Sólo un barrajeño: el bueno de Francisco González Bermúdez. Fue en el año 72 y estoy seguro de que no es casualidad. Desconozco los pormenores de la decisión, que quizá tuviera algo de azarosa. Pero es lo mismo: el tiempo acaba dándole la razón al azar. Cronista Oficial de la Villa desde el 54, Paco fue el que propuso que se incorporaran al escudo de su pueblo el molino de viento y la rosa del azafrán. Y ha cumplido su labor de cronista en el diario Pueblo, en La Tribuna y en cualquier periódico que se pusiera a tiro de sus colaboraciones. Desde su elegancia natural y su porte de caballero ligeramente intelectual, ligeramente inclinado hacia el interlocutor, ha estado representando a su pueblo aunque sólo fuera estando. Y aún sigue haciéndolo. El homenaje que hoy le rinden a las doce en el Ateneo se lo brindan también a través de su persona al pueblo de Barrax, con el que forma una simbiosis más discreta que la de Benjamín Palencia, pero más de igual a igual y por lo tanto más humana. Hemos intercambiado cartas y saludos desde que tengo memoria, pero nunca he estado tan cerca de él como en una entrevista que mantuvimos en el verano de 2004. Yo estaba reuniendo material sobre los escritores de Albacete y pensé que nadie mejor que Paco, que estuvo organizando la primera cuerva literaria y que se ha relacionado con todos, podía contarme anécdotas de ellos. Salió a recibirme con los lentos andares a los que le condenaba un accidente doméstico que le ha marcado estos lustros: “mira qué andares que me he buscado ahora; pero tengo un amigo que va andando a blincos”. Me habló de Ismael Belmonte y de su personaje de Cirilo el de la Campana, de lo cordial y lo gracioso que era. Citó a Blanc, que se recluyó en un hotel de Madrid para escribir Noticia de nosotros. Comentó lo poco noctámbulo que era Carbonell, que acudía allí donde le pidieran una presentación o un discurso, siempre y cuando no fuera de noche. Me contó cosas de Delfín Rodríguez Sánchez, rebautizado Delfín Yeste en el 71. Recordaba también mucho a Serna: “Le vendí cien libros de su diccionario Cómo habla la Mancha y él me decía que le hablaba de mí a todo el mundo, que no conocía a nadie capaz de vender más libros y que no olvidaba tampoco que fui yo quien le puso lo de patriarca de las letras albacetenses”. Recordaba a Serna riéndose solo de la respuesta de un torero al que había preguntado por la salud de su padre: “está en el quinto toro, don José”, le había respondido el espada. Presidente de honor de la tertulia Alcandora, el saber estar de Paco, de don Paco, pertenece a otro tiempo, al tiempo de esas fotografías de Barrax que nos miran a nosotros con mucho más respeto que nosotros a ellas.
Alma
No pierdo nunca de vista un proverbio hindú que leí en algún sitio, vete a saber dónde: “Si las cosas pequeñas de tu vida las haces con prisa, no tienes alma, tienes prisa”. Atarse los zapatos, limpiarse los dientes, respirar, son algunas de estas cosas que hacemos sin pensar en ellas. Los grandes momentos del día, los que negociamos con los cinco sentidos porque consideramos que son cruciales para nuestra existencia, están tejidos por una red secreta de gestos insignificantes en los que no reparamos nunca o muy rara vez. La mayor parte de la vida se nos escabulle en esos automatismos que sin embargo intervienen en nuestro estado de ánimo y participan de él. Gestos que nos retratan y nos modelan. También para los haiyines, los poetas del haiku, la clave, el alma de sus pequeñas obras, se contiene en detalles que permanecen invisibles al común de los mortales. Al menos hasta que ellos nos los muestran cifrados en tres versos, sólo tres versos, de 5-7-5 sílabas respectivamente. “Junto al bullicio / del tráfico, la fuente / pequeña canta” (Susana Benet, en la foto). Sólo una persona con la sensibilidad afinada fuera de los límites de lo que entendemos por normal es capaz de fijarse en ese chorro de agua que mantiene vivo su borboteo por debajo del rugido del tráfico y de la agitación de los viandantes. Podríamos pensar que se trata de un don casi sobrenatural, y desde luego innato. Nos resulta casi inconcebible que alguien pueda concentrarse en captar lo que está ocurriendo en los rincones de la barahúnda en la que nos movemos. Y sin embargo, la experiencia nos va demostrando que se trata de un simple problema de actitud. De hecho, algunos de los mejores haiyines que conozco empezaron ya mayores, pasada la cuarentena, incluso la cincuentena. La propia Susana Benet, con menos de diez años consagrada a la práctica, está ya considerada entre las mejores. Ahí están sus libros Faro del bosque y Lluvia menuda, dos colecciones de regalos diminutos para los sentidos. Por supuesto, además de la actitud, es necesario el talento para dar forma a la instantánea concentrándola en una píldora exquisita: “A cada vuelta / del tiovivo, mi padre / diciendo adiós”. En Albacete contamos con una inesperada escuela de haiyines, de las mejores del mundo, si no la mejor. Y cuando digo la mejor, sin duda exagero, pero en mi admiración desbordada estoy incluyendo a la misma Japón, la patria del haiku. No en vano es un poema que forma parte del alma del pueblo nipón y que ha regalado al mundo auténticos prodigios desde Matsuo Bashó (1644-1694), considerado el padre del género. Buena parte del mérito de que proliferen los haiyines en nuestra provincia se debe al trabajo combinado y a la bonhomía de Frutos Soriano, Ángel Aguilar y Elías Rovira, que organizan cursos y talleres casi continuos y que dirigen con la Facultad de Derecho un concurso que es referencia en toda Latinoamérica. En torno a ellos se mueve un puñado de entusiastas, que crece por días y que mantiene el febril contacto, casi instantáneo, que facilitan los blogs y las redes sociales. Si no fuera por las connotaciones que tiene la palabra, uno diría que forman una secta. En cualquier caso, como alguien dijo: “hay que tener alguna locura para no volverse loco”. Susana Benet estuvo el otro día leyendo algunas de sus piezas en el viejo ayuntamiento de Albacete, dentro del ciclo 5 Poetas en Otoño. En medio de un silencio reverencial, explicó que mientras que sus otros poemas le llegan de noche, en silencio y en el umbral del sueño, para los haikus necesita ir atenta, con la caña preparada, aunque no siempre piquen. Las estaciones son el soporte tradicional de estos poemas. Y el otoño es una de las más sugerentes. Donde otros sólo pisamos una alfombra crepitante, hay quien es capaz de desenterrar un tesoro: “En el montón / de hojas caídas / una aún se mueve”. La perla es de Valentín Carcelén (Madrigueras, 1964). Forma parte de su Hilo de hormigas (Biblioteca Añíl), el libro más reciente de nuestra escuela de haiyines, contribución al alma de Albacete.
Karmelo Iribarren
Ante la sala de plenos del antiguo ayuntamiento de Albacete, prácticamente llena, Iribarren va leyendo sus poemas, casi sin pausa entre medias, como si encendiera el siguiente con la colilla del anterior. Al fin y al cabo hace solo unos meses que ha dejado el tabaco y aún tiene que calmar el mono masticando chicles de nicotina. Dice que le pasa como a Josep Pla cuando contestaba a una pregunta de Joaquín Soler Serrano en el programa A fondo: “Por esto fumo, para buscar adjetivos”. Iribarren imita al catalán y después da una chupada tan honda al cigarro imaginario de Pla que le saca sabor a tabaco. Desde que dejó los cigarros, Iribarren también dejó de ver la libreta que se le ofrecía en la mente para ir disponiendo los versos de cada nuevo poema. Una libreta hasta con cuadrículas. “Es verdad, asegura. Como mis poemas son breves, veía cómo disponerlos en la página”. De hecho, afirma que empezó a escribir poesía porque comprobó que era capaz. Le gustaban las clases de lengua y en un trayecto en autobús, en plena adolescencia, se dio cuenta de que podía escribir en ese cuaderno mental un poema. La primera reacción fue de sorpresa: “Me dije: andá, la hostia”. Y a raíz de esta experiencia, decidió hacerse poeta. Como no conocía a nadie que pudiera guiarle, se puso a componer sonetos y décimas hasta que sus oídos se familiarizaron con los heptasílabos y los endecasílabos y sus misteriosas conexiones. Por su voz, que cuando lee suena ronca y rabiosa, van desfilando los poemas. Se acumulan desde 1995, cuando lo descubrió para la edición ese genio que se llama Abelardo Linares, el director de Renacimiento, a quien debemos la difusión de poetas como Iribarren o José Luis Parra, poetas que de otro modo hubieran terminado diluyéndose en el anonimato. No es que sean famosos, ¿qué poeta lo es? Pero el otro día, el antiguo ayuntamiento de Albacete se llenó para escuchar a Iribarren. Tampoco un lleno de gente de pie. No. Más bien un lleno discreto, de todo el mundo sentado, de mucho silencio, mientras el donostiarra iba paseando por su ciudad y por sus poemas a la vez. Al fin y al cabo, ambas cosas son casi la misma. Hasta hace unos años regentaba con otros socios un bar en uno de los extremos de la playa de la Concha y, al terminar la jornada, bien entrada la noche, volvía caminando hasta su casa, que está cerca del estadio de Anoeta. En esos regresos a pie se fraguaron muchas de sus piezas: poemas breves, urbanos, pero de una Donostia de los 80, “más potente, más visceral” que la San Sebastián de hoy, que describe con expresividad en un poema: “Tanta hostia y tanto colorín”, su manera irónica de protestar por el esteticismo impersonal que le quita sabor a su ciudad. Karmelo Iribarren es así: habla de la vida en poemas comprimidos, contundentes, casi sin adjetivos, escritos como habla la gente de la calle, rematados con un guiño capaz de descolocarte, de tocarte el corazón o de robarte una sonrisa. Luego, en público, gasta aún menos florituras: se expresa con una domesticada timidez que administra en monosílabos, en tacos e ironías, en puntos suspensivos. Lo suyo es observar, ir reuniendo en sus ojos entrecerrados, distraídos, las imágenes que más tarde mezclará en el cuaderno de la mente. Lo oyes leer sus piezas y por la engañosa sencillez con que están hechas, pasan en un suspiro; pero cada poema es fruto de un profundo ritual. Primero la composición mental; cuando lo siente acabado, lo escribe y lo guarda; más tarde hay que dejarlo enfriar seis meses, a veces un año; y luego consultar el resultado con un amigo de confianza. “Cuando vuelves al poema, a veces te encuentras con que se ha disuelto. Pero si pasado ese tiempo, funciona, sabes que va a funcionar siempre”. Entonces se obra el prodigio: la emoción cifrada en ese comprimido verbal, cuajado en su mente, es capaz de estremecer a cualquiera que lo lea o lo escuche. Entonces, el antihéroe, el que parecía un perdedor, alcanza su propósito: se siente poeta.
Lazarillo de la historia
Foto Julio Lorenzo
Cuando nosotros miramos, vemos lo que hay. Él está viendo lo que hubo. Nosotros vemos unos cuantos paralelogramos de hormigón, desparramados y semienterrados a los pies del Mugrón almanseño. Enrique Gil Hernández está viendo búnkeres de combate, construidos por la República al principio de la Guerra Civil para defender el corredor de Almansa, la vía de comunicación más practicable entre la meseta y la costa levantina. Nosotros vemos unas cuantas zanjas muy profundas entre las que hay que andar con cuidado para no fracturarse un tobillo o algo peor. Enrique Gil en cambio ve las trincheras, labradas muchas de ellas en la piedra viva para que los soldados y milicianos pudieran desplazarse a cubierto. Trincheras diseñadas como las conocemos de las películas yanquis, con una meseta interior que lo mismo servía para que los tiradores se aupasen a las troneras a disparar que para que se sentaran a liarse un pitillo en las previsibles treguas. Hay kilómetros. Unas en zigzag, otras en curva, según la situación y el terreno. Pero de eso nos percatamos porque nos lo indica Enrique Gil, subido en el techo de uno de los búnkeres, como un capitán que soltara una arenga a sus tropas para enardecer los ánimos antes del combate. Siguiéndolo por un camino algo más ancho, reconocemos, unos kilómetros más allá, en la probable retaguardia, el búnker del estado mayor, el cerebro de las tropas durante la batalla. Improvisados grafitis, grabados en el hormigón cuando estaba húmedo, fechan los refugios en el 36 y el 37. Otros añaden nombres, algunos polacos y rusos, o un grito silencioso, un Viva México, que nos desconcierta. Después de recorrer estos búnkeres diseñados para una batalla que nunca ocurrió, cruzamos en nuestra propia retirada puentes que vadean ramblas y accidentes del terreno. Si no fuéramos con este visionario del pasado, jamás advertiríamos que están construidos con el mismo hormigón que los búnkeres y que en la pieza central del más largo, el tajamar, puede leerse: Puente Rusia. Es lo que tiene, la diferencia entre andar por el monte y ver el monte. Sorteamos la autovía y, al otro lado, las obras del Ave han desenterrado una cruz de piedra de la que sólo asomaba la parte superior. Se lee en ella el nombre de un chaval que tenía diecisiete años cuando fue fusilado por los republicanos al principio de la contienda. Enrique nos explica que mataron a hijos de terratenientes para mortificarlos en donde más les dolía. Pero que en el 39, estos padres tuvieron el consuelo de recuperar los restos de su hijo de la cuneta y de depositarlos en el cementerio de Almansa. La cruz es un recordatorio. En cambio, añade, hay hijos y hermanos que aún no pueden, setenta años después, rescatar los restos de sus parientes fusilados. No es un problema político, aclara, es una generación que quiere ver descansar a sus muertos para poder a su vez descansar tranquila. Luego, ya dentro del castillo de Almansa, Enrique Gil, que es el arqueólogo del edificio, nos indica que lo que estamos viendo apenas tiene que ver con la realidad del último de los castillos aquí superpuestos, el que labraron los Pacheco, casi en el Renacimiento. Las manos y las explicaciones del arqueólogo elevan el suelo del patio de armas, eliminan la puerta de acceso al mismo y se preguntan dónde estaba la de verdad; edifican una torre paralela a la del homenaje que comunicaría con ella por una pasarela móvil; incluso añaden al cerro del Águila, en el que se inserta el castillo, una ladera de yeso que le han mordido las industrias mineras y que permitía el acceso por la parte norte. Finalmente, ya sobre la torre del homenaje, en una terraza privilegiada, vemos a nuestros pies lo que está viendo Enrique Gil, la batalla en la que se enfrentaron en 1707, durante tres horas encarnizadas, 45 mil hombres de diez naciones distintas para decidir que Felipe V sería el primer Borbón en ceñir la corona de España. Debemos al Centro Excursionista de Albacete este paseo por la historia guiados por un lazarillo privilegiado, Enrique Ramón Gil, tataranieto de Roche, el bandolero.
Guillermo Carnero y la máscara
Foto Carlos Blanc
No hacía falta que llevasen un libro bajo el brazo Guillermo Carnero y Pere Gimferrer para que repararan el uno en el otro el día que se cruzaron en la universidad. Ambos son lo bastante altos como para descollar por encima de las cabezas de los alumnos de ahora; cuánto más en aquella segunda mitad de los sesenta en que los españoles aún no habíamos dado el estirón. Sin embargo, en lo que se fijaron es en que ambos portaban un libro bajo el brazo, el mismo libro: Desolación de la quimera, un título que había que llevar con discreción, pues su autor, Luis Cernuda, no estaba bien visto por el régimen franquista. Tanto Carnero como Gimferrer consolidaron su amistad en la antología Nueve Novísimos que preparó el crítico catalán José María Castellet en 1970 y que marcó un hito en la literatura española, lastrada entonces por las rigideces formales y por la obsesión con la crítica social. Claro, que se obvia aquí la maravillosa generación del 50 que les precedió. Los Novísimos, entre los que también estaba el albaceteño Antonio Martínez Sarrión, aportaron un soplo de aire fresco, de desenfado e incluso de provocación. Los malévolos aseguran que su leyenda viene de que se editaron pocos ejemplares de la antología y se hablaba mucho de ella cuando muy poca gente la había leído en realidad. El caso es que jugaron a disfrazar su escritura con personajes históricos o cinematográficos y con ambientes suntuosos o decadentes, para hablar de sus emociones como si no fueran suyas. Sus enemigos los rebautizaron como venecianos aludiendo al poema de Gimferrer, Oda a Venecia ante el mar de los teatros, uno de los más populares porque formaba parte de Arde el mar, que obtuvo el Nacional de Poesía. Dice Carnero que le gusta ser veneciano y uno no sabe si lo dice en serio o enmascarado de ironía. Dice que fue aquel libro de Cernuda que llevaban bajo el brazo en la universidad el que mejor les enseñó a ponerse la máscara culturalista. Hoy la mantienen sobre todo José María Álvarez y él mismo. Otros: Gimferrer, Sarrión o Leopoldo Panero, se la ponen y se la quitan. El resto, Vázquez Montalbán, Ana María Moix, Molina Foix o Félix de Azúa, o nunca terminaron de creerse poetas o se fueron diluyendo en la prosa. Carnero vino el jueves a Albacete a leer sus poemas en la Facultad de Humanidades, dentro de la undécima edición de las jornadas “Cinco poetas en otoño”. Como no podía ser menos, su lectura resultó teatral. Con la sala en penumbra e iluminado por un flexo, proyectó algunas de las pinturas que han inspirado sus piezas, para demostrarnos que su escritura emana directamente del arte y de la historia. Por ejemplo, El embarco para Cyterea, quizá su poema más conocido, nació de un cuadro del mismo título de Jean Antoine Watteau (1684-1721), que ya había inspirado a Baudelaire. Carnero, que ganó en 2000, con Verano inglés, todos los premios a los que puede aspirar un libro de poemas español, ha ido con los años perfeccionando su máscara. En el último, Cuatro noches romanas, dialoga con la muerte (papel que interpretó el jueves Carmen Navarro) ante la tumba de Yeats. Esclarecido por el flexo, en el ambiente tenebroso que reinaba en el Salón de Grados de Humanidades, Carnero se parecía a Borges de perfil, hasta que lo vimos desplegarse y nos desengañó. Acabó citando el conocido verso de los Cuatro Cuartetos, donde el pájaro de Eliot afirma que el género humano no soporta demasiada realidad. Uno de los espectadores que intervino en el turno de preguntas se aferró a esta cita para objetarle que encuentra en sus poemas demasiada poca realidad. Es una herramienta para evitar el patetismo, aclaró Carnero. Pero lo que es el destino: con diecisiete años, recién publicado Dibujo de la muerte, cuando estaba todavía explorando, escribió una serie de poemas despojados, desnudos, que él mismo reconoce como entrañables. Alguien le dijo que estaba pareciéndose a Gil de Biedma. Entonces decidió personalizar su escritura. Y se colocó la máscara culturalista para embarcarse con rumbo a Cyterea. Allí sigue.
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