Léxico sentimental de la huelga


No es novedad. Todas las palabras contienen unas cargas emocionales que van mucho más allá que los escuetos significados del diccionario. Para la Real Academia, huelga es la interrupción colectiva de la actividad laboral por parte de los trabajadores con el fin de reivindicar ciertas condiciones o manifestar una protesta. Hasta ahí, ninguna sorpresa. Tampoco sorprende que venga de holgar, pero sí que ésta proceda del latín follicare. Más curioso aún resulta que follicare no significase en la antigua Roma lo que todos pensamos, sino resoplar o respirar. De aquellos resoplidos latinos vienen hoy estos suspiros laborales. Pero cuando uno oye hablar de huelga, la palabra se magnetiza con otras connotaciones que resuenan diferentes en el oído de un empresario, un empleado o de un político. Para todos ellos, la huelga propone un socavón, el del diptongo hue, por el que nos parece que puede colarse la realidad entera, tal como la conocemos. Unos cavan para que el hoyo sea más profundo y otros se afanan para que no pase de ser un bache por el que no quepa ni la suela del zapato. Quiero decir que todos espolean los sentimientos de la ciudadanía. Además de hinchar las cifras para desinformar a su favor, procuran acentuar la sacudida que deja en todos la palabra huelga, en especial los sentimientos de miedo y de culpa. Así los huelguistas avivan el miedo a su favor. Baste citar la palabra piquete, que viene de pico y que tiene connotaciones militares. Puede ser un grupo de soldados poco numeroso que se emplea en servicios extraordinarios, pero aquí lo utilizamos para designar a un grupo de personas que, pacífica o violentamente, intenta imponer o mantener una consigna de huelga. Por su etimología y por sus antecedentes, la palabra piquete es ya de por sí puntiaguda y puede ser más o menos afilada según con qué intenciones se pronuncie. La necesidad de corrección democrática la ha ido vinculando al adjetivo informativo, con el que forma prácticamente matrimonio, como si el único cometido lícito de un piquete fuera argumentar a los compañeros que rehúyen sumarse a la convocatoria las supuestas maravillas que están perdiéndose. Pero claro, tanto ha domesticado la información a la palabra piquete que ya no da tanto miedo, o eso le parecía a uno de los líderes sindicales, que con el énfasis propio de las vísperas hablaba el otro día de piquetes informativos y convictivos. Ingenioso neologismo traído por los pelos del latín convincere, convencer. Vamos, como queriendo decir que los piquetes no están para perder el tiempo argumentando, sino que su cometido es convencer a los esquiroles como sea. Y de paso, acojonarlos un poco con la cercanía de la palabra convicto, que tiene el mismo origen que convencer, pero le añade un toque carcelario, pues es el reo al que se le ha probado su delito, aunque no lo haya confesado. Por supuesto, la administración tampoco se anda con chiquitas en el uso de las connotaciones para manejar los sentimientos de los que esperan noticias con la oreja pegada al transistor. Maravilla observar como todos los políticos afines al gobierno que eran entrevistados respondían como loros que la jornada estaba transcurriendo con normalidad, que reinaba la normalidad por doquier, una normalidad unánime, tan normal que uno terminaba preguntándose qué significa la expresión: si es que no existen alteraciones de orden público o que todo el mundo está aplicado a su faena como si no se hubiera enterado o no quisiera enterarse de que hay convocada una huelga. Por supuesto, llevaban semanas sugiriendo sibilinamente que, tal y como anda el país sumergido en la crisis, sólo los antipatriotas son capaces de interrumpir la producción para terminar de hundirlo. Y mientras, la oposición mayoritaria se frota los dedos agusanados por la corrupción y los alza de vez en cuando para señalar a todos como culpables oyendo canturrear en sus párpados la caja registradora de votos. Entre la culpa y el miedo, aún gana el sentimiento de la duda: haga lo que haga, pierdo. Y en cambio todos ellos parecen convencidos de haber ganado: los paniaguados sindicalistas, el inepto gobierno y la inmoral oposición.

El patriota


Me pierdo en la avalancha de escritos y homenajes a José Antonio Labordeta, después de su fallecimiento el pasado día 19. Hay personas que se van envueltas en un puñado discreto de halagos y otras, como el aragonés, que sólo dejan amigos, a juzgar por cómo todo el mundo necesita elogiarlos, recordar sus anécdotas, desahogarse y hasta repetirse. Oigo que a Pepa Fernández se le entrecorta la voz al recordarlo en su programa Hoy no es un día cualquiera, de Radio Nacional, y me emociono también. La emoción es contagiosa. Veo al Rey darse el pésame a sí mismo en las carreras de motos. Era un gran amigo mío, asegura. Un patriota, sentencia. Y me quedo tan descolocado que voy al diccionario a buscar la palabra patriota, que tenía asociada a héroes militares y a títulos de películas bélicas y que en la boca de un monarca y dirigida a un cantante adquiere tintes que necesito aclarar. Pero encaja. Patriota es alguien que ama a su nación. Y si algo nos ha quedado claro es que Labordeta era un aragonés de pura cepa. Llego a dudar si todas sus canciones estaban dedicadas a su querida Aragón, sus paisajes y artesanías, o es que sólo ponen las canciones patrióticas para darle la razón al Rey. De hecho, y por lo que puedo exprimir al diccionario, en un patriota sólo hay eso, amor por la patria. No confundir con un nacionalista que es un apasionado por su país. Hay un cierto descontrol en la pasión, a veces mucho. Pero además hay otros intereses oscuramente políticos, de pura cerrazón xenófoba, de exclusión, de independencia. Lejos del perfil de Labordeta, un tipo espontáneo, de los que miran de frente y hablan con llaneza: “A la mierda”. Un patriota, como murmura su amigo el Rey, casi con rabia. De hecho, otro entrevistado, uno de esos tipos anónimos a los que visitó con su mochila a cuestas, asegura que sentía al cantante como si fuera de allí, de esa otra tierra que no era Aragón, sino uno de esos vericuetos casi inaccesibles que visitó en su programa. “Era de donde estaba”, remacha el interpelado, con la satisfacción de haber dado con la fórmula que define al personaje. No es de extrañar que haya quien quiera convertir su Canto a la libertad en himno de Aragón, para que no se lo roben patrias foráneas. Leo en las noticias que lo reclama internet, como si internet fuera un ser unívoco y no esa multiforme y desordenada acumulación de opiniones que todos conocemos. Luego, la letra pequeña (que las noticias también tienen, igual que los contratos) aclara que lo reclaman ciertos medios digitales y algunas redes sociales. El caso es que Aragón ya tenía himno, de modo que la petición debe resultar incómoda para quienes en su día se lo encargaron a García Abril y a cuatro escritores a la vez, para que ninguno se enfadase y cobrasen todos. Cultura oficial contra cultura popular. Seguro que encuentran una solución salomónica y vemos en un futuro no muy lejano a los próceres aragoneses, incluso aquellos menos dotados para alzar el puño, cantar juntos: “Habrá un día en que todos / al levantar la vista / veamos una tierra / que ponga libertad”. Que a nadie le extrañe. En Asturias ya cantan todos sin sarpullido, incluso el arzobispo de Oviedo, aquello de “vengo de subir al árbol / vengo de coger la flor / y dársela a mi morena / que la ponga en el balcón”. Y tan felices. Siento sana envidia. O tal vez no tan sana. Aquí, en esta nación dividida entre dos nombres, Castilla y La Mancha, no tenemos himnos ni patriotas ni nacionalistas, ni siquiera amigos del Rey, que se sepa. Y así nos va. Nos colocan el cementerio nuclear en la puerta y sonamos como el viento cuando rueda en los pueblos despoblados. Los valencianos se llevan al menos el consuelo de la pasta. Nosotros el miedo sordo a un escape nuclear, con camiones trasegando residuos radiactivos por nuestras carreteras, mientras las noticias se van con su cantinela a otra parte. Amo esta patria, esta tierra sin voz.



El bosque de las prohibiciones



El arte de prohibir es una de las primeras cosas que hay que aprender para ser profesor y para ser padre. Para que resulte efectivo, hay que usarlo con mesura. No se puede prohibir todo ni tampoco dar lugar a que el chaval tenga la sensación de que, tire por donde tire, se va a topar con una prohibición. Jardiel Poncela decía que una dictadura es el régimen en el que todo lo que no está prohibido es obligatorio. Sin embargo vivimos un momento de la historia de España en el que las prohibiciones proliferan. Seguramente no son tantas como parecen, sino que las multiplica el espejo distorsionador de los medios, con sus dimes y diretes, sus tertulias, sus debates y su cansineo laberíntico. A ver: así, a bote pronto, están en trance de supresión los toros en Catalunya, la bollería industrial en los colegios y el tabaco en los lugares públicos. Son sólo tres cosas, y sin embargo levantan una topera asfixiante. En Euskadi han añadido una vuelta de tuerca a la postergada e indecisa medida de la ministra Salgado y proponen prohibir el tabaco en lugares públicos, como los parques infantiles, e incluso en lugares privados, como el coche familiar cuando viajan niños. La propuesta del Gobierno vasco, que no será ley hasta que no la confirme el parlamento, ha disparatado tanto los comentarios que sus promotores se defienden alegando que la salud de los niños es prioritaria y que además la medida es educativa, porque desnormaliza el hecho de fumar. Aparte de la palabreja, que hay que respirar con cuidado como si fuera humo de tabaco, a mí me parece una medida valiente y acertada. Estamos tan acostumbrados a ver anuncios de gente fumando, como el vaquero aquel de Malboro que luego murió de cáncer de pulmón, o el Humprhey Bogart de Casablanca, que no paraba y que se fue por lo mismo, que nos cuesta asimilar que se utilice la publicidad inversa: conseguir que los niños perciban como cosa rara ver a alguien respirando humo de forma voluntaria y sin toser. De acuerdo que este tipo de publicidad resulta tan discreta que cuesta hasta percibirla. Por ejemplo, muchos nos enteramos de que el rey fumaba porque se le escapó al médico que le había extirpado unos nódulos en el pulmón y le recetó que abandonara el hábito. Supongo que hay que felicitar a quienes cuidan la imagen del monarca por retirarle el cigarro cada vez que posaba. Sin embargo por muy invisibles que resulten, la normalidad y la salud serán siempre preferibles a esos 50.000 españoles que mueren cada año por enfermedades originadas por el tabaco, 3.000 de ellos sin haber pegado una calada. Al fin y al cabo, los niños son como esponjas que hacen lo que ven. Y muy bien que lo han captado los publicistas con el hermoso anuncio de una niña que imita a su papá cuando lo ve leyendo. Pero aparte de suprimir la visión de gente fumando, habrá que insuflarles también a los españolitos unas cuantas competencias que les permitan ser mañana autónomos, ganarse la vida con sensatez, hacer progresar el país y el mundo, y de paso sostenernos a nosotros que dependeremos de ellos. Y eso no se consigue con prohibiciones, sino con una buena educación. Ahí es donde hay que volcar todo el talante, y sin embargo estamos muy lejos de andar finos. Nuestros queridos políticos tampoco se pusieron de acuerdo para alcanzar un Pacto de Estado por la educación. Pero además han consentido que empiecen el curso 140.000 alumnos más y que los atiendan 6.400 profesores menos, que tendrán que echar más horas intentando dar ejemplo, con un 5% del sueldo rebajado. Si hay alguien que se alegra, que eche un vistazo a cómo estábamos antes de los cambios: de cada diez alumnos, tres y medio no terminan los estudios elementales; nuestro sistema educativo ha caído al puesto 32 del mundo y no hay una universidad española entre las 200 mejores. Hemos ganado el mundial de fútbol, pero estamos lejísimos del Fields de las matemáticas o de un Nóbel de ciencias. Con prohibiciones no se arregla.

Una de mimetismos


A Edgar Villareal Valdez le llaman La Barbie porque tiene los ojos, la tez y el cabello claros como Ken, el novio de la famosa muñeca. A pesar del apelativo, resulta que es uno de los narcotraficantes más sanguinarios de Norteamérica, lo que ya es decir. Curiosamente los servicios de inteligencia mexicanos han tardado 14 meses en echarle el guante porque aseguran que tiene una gran capacidad de mimetismo y que no necesita ni siquiera disfrazarse. Me paso un buen rato preguntándome qué demonios quieren decir con eso del mimetismo. Si sugieren que al insertar un chicarrón rubio con acento estadounidense en un país de morenos hispanoablantes no se nota ni que está, y que se tarda año y pico en identificarlo, mire usted, hace falta tener la vista distraída en otras cosas y además dañada. Que no digo yo que no pueda ser, que todo es posible en este mundo de telerrealidad. A los once espías latentes rusos insertados en la sociedad de Estados Unidos tardaron siete años en pillarlos pero, a diferencia de La Barbie, no habían matado a nadie, que se sepa. De hecho, ni siquiera pasaron de ser latentes ni alcanzaron posiciones preeminentes que les permitieran acceder a resortes del poder o fotocopiar información privilegiada. Eran ciudadanos normales, tirando a sosos, de origen ruso. Algunos llevaban ya veinte años en Estados Unidos. ¿Cómo supieron entonces los de la Cia que eran espías, si aún no habían espiado nada? Ellos sabrán. El caso es que los expulsaron del país. Ahora, una de las espías fracasadas ha posado en posturas sexys para una revista y luego ha publicado las fotos en la competencia antes de que salieran a la luz. Su primer acto delictivo, si es que vender dos veces las mismas fotos es un acto delictivo, y lo cometió fuera de Estados Unidos, en su país de origen, Rusia, donde por lo visto le cuesta más mimetizarse y la pillan. Fascinante esto del mimetismo. El verano ha dado para mucho en este aspecto. A otro espía, este británico, lo encontraron en su piso de Londres metódicamente troceado en el interior de una bolsa de deporte. Scotland Yard se apresuró a anunciar que afronta la investigación del suceso como un asesinato, lo cual nos tranquiliza. Entendemos así que el fallecido no estaba intentando mimetizarse con la bolsa de deporte. Lo primero que han hecho es revelar que era un espía, que es el mayor castigo que se le puede infligir a un espía; de hecho sólo pueden verificarlo con tanta prontitud y seguridad sus propios camaradas. Ellos sabrán por qué. Igual alguien tenía miedo de desayunarse con su foto en Wikileaks, la versión de wikipedia que desenmascara a los espías y a los muñidores de guerras que habían conseguido mimetizarse con la normalidad. Aunque, qué demonios es la normalidad, sino lo que vemos en la tele y en el cine y nos parece ficción: ¿Qué es la película Salt, sino la historia de un grupo de espías rusos latentes introducidos en la sociedad de Estados Unidos desde niños para cargarse hasta al apuntador el día equis? Una idea excelente, mejor que la realidad de esos once rusos que seguían latentes esperando una orden que nunca llegó. Eso que sepamos. Hay que abrir los ojos. Si en México cuesta catorce meses identificar y detener a un rubio con acento en medio de una multitud de morenos hispanos, qué no puede estar sucediendo más cerca de nosotros, aquí mismo, ahora que nos vamos de Feria. Pasó a la historia aquel truco de descubrir a los extraterrestres porque llevaban el dedo meñique rígido, como ocurría en la serie de televisión Los Invasores, de los años sesenta. Medio siglo después, extraterrestres, espías y seres venidos del futuro a hacer turismo en nuestro tiempo se mimetizarán entre nosotros en la Feria con absoluta impunidad, igual que si estuvieran disfrutando. ¿Cómo reconocer a esos impostores? Muy sencillo: lo más probable es que hayan alcanzado su propósito de ocupar los puestos preeminentes. Nadie los desenmascara porque ellos mismos son los encargados de desenmascararse. Se dedican a inaugurar y a pronunciar largos discursos. ¿Qué persona normal hace esas cosas?

La isla sin lobos


Hace veinte años que tuve el privilegio de pernoctar en el islote de Lobos, frente a la isla canaria de Fuerteventura. Participábamos en una expedición científica para catalogar las ciento y pico especies vegetales de este paraje de 4,5 kilómetros cuadrados (6 con pleamar) y ni un árbol siquiera al que arrimarse. Al farero Antoñito Hernández ya lo había jubilado la tecnología y sólo acudía los domingos a preparar paella para sus turistas. Entre semana, los del equipo estuvimos allí solos, rodeados por el Atlántico y perseguidos por un sol árido e ineludible. Ya existían senderos para desplazarse entre el malpaís, que es como los lugareños llaman a los pedregales de basalto acumulados por las sucesivas erupciones del volcán. Como el basalto está compuesto básicamente por hierro, el color predominante del islote es el negro, con las manchas naranjas, amarillas y sobre todo blancas que imprimen los líquenes. Lo único que alteró la paz en esos días, en que se nos quemó la nariz sin que lo evitaran las cremas ni los sombreros, fueron unos sonidos inquietantes como de animal rondador que acechaba las tiendas a medianoche. A pesar de que en el islote de Lobos no hay agua potable, su importancia estratégica precisó para la navegación de la figura de un farero que mantuviera girando el foco de Miñano. En ese faro nació en el año 1903 la poeta Josefina Pla, que se consagró en Paraguay y que optó, sin conseguirlos, a los premios Príncipe de Asturias y Cervantes, antes de morir en el país americano en 1999. Varias efigies y placas la recuerdan. Entonces, cuando oíamos esos ruidos nocturnos tan sospechosos, sólo estaba el faro, sin placas conmemorativas. Lo cierto es que la isla se llama de Lobos en honor de sus más antiguos habitantes, las focas monje, también conocidas como lobos de mar, que vivían a sus anchas entre las piedras escarpadas de la orilla, sobre todo en la vertiente hundida del volcán la Caldereta. Según las crónicas, el normando Gadifer de la Salle, uno de los lugartenientes de Betancourt, el conquistador de Fuerteventura, andaba hace seiscientos años cazando focas sobre estos malpaíses para confeccionar calzado con sus cueros. La naturaleza encontró el modo de castigarlo en la figura de un traidor que lo abandonó en el islote, lo que le obligó a tender un lienzo por la noche para escurrirlo al amanecer directamente en la boca para no deshidratarse. Pero cuando ya los humanos fueron tantos que no había maldición para todos, se extinguieron las focas. Dicen que las apuntillaron los pescadores, en el primer cuarto del siglo pasado, porque las consideraban rivales poderosas de su oficio, ya que un ejemplar de foca monje es capaz de comerse entre 30 y 40 kilos de pescado al día. Ahora sobreviven apenas unas cuantas colonias de focas en las costas del norte de Mauritania. Será por todo esto, mezclado con la turbiedad del insomnio, que hace veinte años llegamos a pensar que aquel ruido de la noche, a la vez amenazador e intrigante, lo causaba un lobo marino despistado o un fantasma de lobo, lo mismo da, que venía buscando a su camada. Pudo más el afán científico, quiero decir la curiosidad, que el miedo y subimos la cremallera de la tienda empuñando la linterna encendida. El ruido nos condujo hasta la tienda vecina, donde dormía el director de la expedición. Creíamos que íbamos a salvarlo de lo que fuera aquello y en cambio comprobamos que era su dentadura la que producía el chirrido espeluznante que nos tenía a la vez intrigados e intranquilos. Bruxismo, llaman los especialistas a esta alteración inconsciente. Recuerdo aquella anécdota mientras recorro los caminos de Isla de Lobos, hoy perfectamente delimitados con señales que indican los minutos que lleva ir a pie al muelle, la playa, el faro o la Caldereta, magras referencias para no perderse en el silencio. El turismo de yate y playa ha arrasado definitivamente con el recuerdo de las focas monje, las siemprevivas endémicas y el refugio de las pardelas. Constatamos además que los lugares naturales se diferencian de los que no lo son porque nadie recoge la mierda.

El museo de los mareos

Uno de los secretos mejor guardados del Guggenheim de Bilbao es que el canadiense Frank O. Gehry lo diseñó para que los visitantes se mareen como si estuvieran viajando en barco. Los guías suelen guardarse esta baza para el final, cuando cansados de subir y bajar puentes y de trazar curvas estrechas, los turistas se citan bajo las escaleras exteriores. Sólo entonces les revelan el secreto. La excusa es que si lo comentaran antes, los mediatizarían y estarían más pendientes de no marearse o incluso de vacunarse con una biodramina que de abandonarse al fuego cruzado de los estímulos que propone el edificio por un lado y su contenido en obras de arte por otro. Hemos ido a marearnos al Guggenheim sin saber que íbamos a eso, y en efecto nos hemos desorientado con la facilidad absoluta con que se desorientan en alta mar las gentes de secano. En la portentosa sanación que Bilbao ha hecho de su río y de su atmósfera, el edificio de Gehry ejerce de pivote, centra la luz en sus escamas de titanio y atrapa a los turistas en la telaraña de Louise Bourgeois para que los recién llegados asocien la ciudad con esta modernidad de aguas limpias. Otra cosa es lo que encontramos dentro. Aparte de unos laberintos de Richard Serra elaborados con planchas de acero patinable que contribuyen con sus ecos y sus peraltes al mareo del edificio, el resto es bazofia. Un cañón que dispara pintura roja contra un rincón de la sala, unas chatarras rescatadas del desguace y colgadas de las paredes tal y como nos las encontramos en los estercoleros, platos gigantes con comida macrobiótica, larvas o cagarrutas, según quiera uno verlo, una sala con espejos de distintas curvaturas idénticos a los que recorrían las ferias de los pueblos en los años cuarenta, una colección de las peores obras abstractas, pop y expresionistas. Hasta la antológica de Henry Rousseau, el Aduanero, que siempre nos había resultado simpático con sus animalitos de circo, sus bañistas en traje de rayas y sus jardines botánicos disfrazados de jungla, deslucen en este ambiente y nos lo hacen parecer más un decorador infantil que el autodidacto excéntrico que le hizo gracia a Picasso. Como dice mi amigo Pepe Saborit, el museo es legitimador, convierte en arte todo lo que toca, sea lo que sea. La gente no entiende lo que ve, pero se calla. Se le pide fe en que aquello es arte, se la piden los expertos, esos supercicutas que dominan el saber, y ¿quién es uno para contradecir a los expertos? En realidad es la economía y no los expertos quien dicta lo que vale y lo que no. Tanto se paga por una obra, tanta dosis o porcentaje de arte contiene. Me pregunto por la cantidad, por ejemplo, que se le atribuye al cañón que dispara pintura roja y me cabreo. Está bien cabrearse, porque es la primera emoción que experimento, aparte del mareo inicial. Se supone que la modernidad ha venido a sustituir el afán de intemporalidad por los conceptos de originalidad y novedad, y la emoción estética por el asombro, la sorpresa o el susto, según. Pero yo llevaba todo el tiempo experimentando sólo indiferencia. Al fin y al cabo la publicidad nos tiene vacunados contra todo tipo de llamadas de atención visuales y auditivas. Sólo una lectura realmente profunda de las exposiciones, imaginarse cuánto dinero público ha volado para contratarlas, consigue emociones en estado puro, en concreto el cabreo y la frustración, que no son las que uno venía a buscar a los museos, pero son emociones al fin y a la postre. El único consuelo que repara en gran medida esta negatividad, por eso los han puesto abajo, cerca de la salida, es contemplar el resultado de la experimentación de distintos artistas jóvenes con escolares de varios colegios vascos. Ahí sí que laten la inocencia y la pureza, lejos del trasnochado anhelo de epatar. Como dice Saborit, en vez de preguntarles a los pintores por qué pintan, habría que preguntar a los que no lo hacen por qué dejaron de pintar, puesto que todos los niños pintan.

Luis Francisco Esplá



Sin levantar la voz, esa voz cascada, aguda, el torero Luis Francisco Esplá es capaz de conmover con la palabra tanto o más que toreando. No pudo sin embargo evitar que el Parlament catalán prohibiera la Fiesta. “Sólo trato de mostrar mi punto de vista”, insiste, “no trato de convencer a nadie. Estoy de acuerdo con quienes defienden al animal”. Acepta con deportividad la derrota. No en vano asegura que el torero es un atleta que tiene que estar entrenado “porque si entras en deuda de oxígeno no coordinas los movimientos ni controlas las reacciones del toro”. Además, entre otras muchas cosas, el torero es un cazador, pero también un etólogo, es decir un conocedor del comportamiento del animal, de cómo gestiona los terrenos: “el toro en el campo tiene su espacio, que abarca la conciencia de sí mismo. Incluso hay jerarquías, que determinan en qué terreno está y se mueve. Aparte están las querencias, por ejemplo la necesidad de amparo o de alimento, que alteran las distancias. En la plaza, el toro cambia, defiende su espacio”. Esplá añade que “el torero es uno de los tres oficios que se visten de oro, junto con el sacerdote y el militar. Los tres relacionados con la muerte. Y es músico porque debe dar a la faena una cadencia y es geómetra porque debe calcular las trayectorias y las querencias del toro y es mago porque como artista abandona el cuerpo y se somete a la creación. Además es bailarín y como tal debe romper la cadena cinética y mantenerse en contracción de cintura para abajo y en elongación de cintura para arriba, sin perder el equilibrio”. Oír hablar de toros a Esplá es asistir a una faena incruenta en la que se respiran y se aprenden todos los lances. Hay algo en su amor por lo que cuenta que doblega la voluntad de las palabras como ha doblegado la voluntad de tantos toros: “En el toreo tenemos que incorporar la voluntad del toro a la creación, lo que no se da en ninguna otra disciplina artística. Tenemos una dependencia absoluta de las sugerencias del toro”. ¿Pero por qué se caen tanto los toros ahora, por qué son tan aburridos? Preguntan otros contertulios. Esplá lo tiene clarísimo: “Por lo mismo que no se pueden ya vender melocotones de secano con picaduras. Hemos pasado de una sociedad de esencias a una sociedad de apariencias. Tenemos un toro muy grande, el más grande que ha salido nunca, con la mejor estampa y la mejor arboladura, pero sin voluntad” ¿Eso quiere decir que ya no es bravo? “Al contrario, es más bravo que nunca. Ese es el problema. Ha perdido animalidad, mecanismos de defensa, no mide, se deja todas las fuerzas en el caballo. Ahora es tan previsible que no hay tensión en el espectador. Los toreros se han adaptado a este toro y la mayoría de las faenas son episódicas”. Pero siguen muriendo de pie. “El toro ha sido seleccionado a lo largo de 300 años para morir en el ruedo. Es el único animal que ofende y no se defiende”. Pero aún es peligroso. Dice Esplá que lee en los ojos del morlaco lo que va a ocurrir unas décimas de segundo después. “Los ojos del toro están entre el pelo, pero de cerca se ven. No todos miran igual. Recuerdo un toro de Santa Coloma que me miró de tal manera toda la tarde que me dejó de baja toda la temporada. Lo mejor es que te coja y te demuestre hasta donde da de sí su amenaza, porque si no, te llevas su mirada a la cama y es como un gusano que te va corroyendo. Todavía miro a veces debajo de la cama a ver si están los ojos del toro de Santa Coloma”. En el Parlament le preguntaron si no le daba pena matar a los toros. “Soy cazador y no hay espectáculo más conmovedor que la mirada de una res herida. Expresa absoluta desolación. Te dice: ¿qué me has hecho? Cada vez que abato una res me replanteo la moralidad de lo que estoy haciendo. Con un toro, nunca”.

Pre-textos, editar contra la incertidumbre


Aunque pueda sonarnos a broma, Manuel Borras y Manuel Ramírez dicen que a veces se juegan la vida en su trabajo. ¿Por qué? Por dar calabazas a muchos de los que les proponen un libro para publicar. “Tenemos que decir que no a más del 85 por ciento de los mecanoscritos que nos llegan. Este negarse, hiriendo lo menos posible la vanidad que todo creador lleva dentro, es el primero de los requisitos de un buen editor. Como es lógico, son muchos más. Borrás y Ramírez dirigen con Silvia Pratdesaba la editorial valenciana Pre-textos. La fundaron cuando aún eran estudiantes de filosofía. Se miraban entonces en el ejemplo de editoriales como Tusquets o Anagrama, a las que consideran sus hermanas mayores. De hecho fundaron Pre-textos el mismo año que vio la luz el diario El País, de modo que ya llevan 35 funcionando y en este tiempo han puesto en las librerías casi mil cien títulos distintos. Sin embargo, en España todavía cuesta entender su trabajo. Dice Borrás que aún le preguntan: ¿entonces es usted impresor? “No exactamente, aunque necesito de los impresores”. ¿Tiene una librería? “Pues tampoco, aunque también necesite a las librerías”. Observa que Latinoamérica es mucho más sensible a la figura del editor que nuestra España, pero ya se están preocupando los Pre-textos, como se les conoce en el mundillo, de impartir másteres para formar a futuros colegas. “Es que, si algo hemos echado de menos los editores en España es no haber aprendido en una escuela las distintas facetas del oficio, que es muy complejo y está lleno de matices. De todos modos, un máster de edición, aunque dure seis meses, sirve de poco si no se completa con años de prácticas”. Borrás aclara que hay dos tipos de editores, los literarios y los industriales y que, en contra de lo que podría pensarse, ambos son complementarios. “El mejor libro que puede publicar un editor es su propio catálogo, que es un coro polifónico y armonizado de libros. Lo que más cuesta es empezar. Al principio no tienes más remedio que ceñirte a un nicho muy reducido de autores, el que te dejan las editoriales que ya estaban ahí. En nuestro caso, además tuvimos que sortear la desaparecida censura ideológica; ahora no resulta más fácil sortear la censura económica”. Entusiasmo no les falta ni a la hora de explicar su trabajo ni a la de afrontarlo. Ni siquiera la omnipresente crisis les arredra: “Yo soy un optimista impertinente”, dice Borrás; “pienso que todos estos procedimientos modernos vienen en nuestra ayuda”. Se refiere, claro al famoso libro electrónico. “Es una pantallita, no un libro. A mí no me da miedo. Lo que me da miedo es la beligerancia con la que ha entrado en nuestras vidas”. Ramírez concreta más: “En todo soporte tecnológico hay un aspecto que sigue estando bajo sospecha, y la sospecha no se refiere al aparato, sino a quién va a controlar su uso; las multinacionales lo que quieren es vendérnoslo y controlar; los libros les importan un bledo”. Y Borrás retruca: “quieren crear la figura del verificador, que es el papel que ya jugamos los editores: garantizar que por ejemplo Tolstoi llegue completo a manos del lector; porque todas sus ediciones, hasta fecha reciente, se repetían con 40 y pico páginas menos por una censura eclesiástica; y no es ni de lejos el único caso”. También reivindican el papel de garantes de la calidad necesaria para publicar, el criterio de excelencia. Y a la vez, si se puede, descubrir escritores: “lo que más me pone como editor”, afirma Borrás. A los Pre-textos les preocupa el sistema de distribución en España:”Es una locura que las librerías reciban y devuelvan libros todos los días, en vez de una vez cada dos semanas o más, como en otros países. Eso impide que tengan libros de fondo, porque no les caben. Por eso vendemos tanto en las ferias”. Sólo un pacto hasta ahora imposible entre libreros y editores podría racionalizar el proceso. “De hecho”, termina Borrás, “yo siempre aconsejo, medio en broma, a mis alumnos de másteres que se hagan distribuidores en vez de editores y clarifiquen este caos”.

Antonio López en El Escorial


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Lo ves entrar y abulta tan poco que consigue sin esfuerzo lo que pretende, que es ir de menos a más, sorprender desde la humildad. Luce un cierto desaliño que ya, de tanto verlo, asociamos a su imagen: unas manchas en el pantalón beis, la cara sin afeitar, el pelo revuelto, aunque hoy menos que otras veces porque lleva las canas más cortas. Enseguida pregunta con interés, con un cuidadoso afecto: "¿De dónde eres?, ¿y qué tal las cosas por ahí?" Pero a medida que la conversación avanza, Antonio López saca a pasear sus ojillos entrenados y de pronto te sopesa con la mirada como un ciego que usara los ojos para palparte. Te está reconociendo. A cambio te deja toda la historia de la pintura en los poros. Parece que le va a costar hablar, pero cuando empieza se siente muy cómodo y ya no hay manera de pararlo. "¿Te han hecho un encargo del Ayuntamiento de Albacete?", le preguntas. "Sí, es el primero que me hacen en mi tierra". "¿En tu tierra?" "Sí, en La Mancha. Yo entiendo por La Mancha toda la parte que va desde Tomelloso a Albacete". Y enseguida se pregunta a sí mismo: "Pero qué entendemos por manchego"; y se responde solo: "Yo lo noto más en los que nos hemos ido afuera a trabajar". Dice que no siente que sus raíces estén en ese espacio, aunque reconozca que tiene una casa en el pueblo y que se acerca siempre que puede. De hecho se nota que le duele no haber tenido más encargos de lo él que llama su tierra. Con la cara arrugada y el cuerpo concentrado para la conversación tiene algo de sacerdote rústico de la pintura. Un sacerdote con ideas propias, que hilvana su lección magistral con una facilidad deslumbrante, sin levantar la voz: “Si este mundo en que vivimos es catastrófico, lo que da la medida de esa catástrofe es el arte. Una catedral abarcaba tanto que abarcaba hasta a los tontos, no había nadie que no pudiera sacar algo de allí. Los artistas ponían voz a la sociedad, estaban vinculados por una serie de leyes colectivas tan firmes que nunca se hacía una mentecatez. Pero todo lo que va ocurriendo desde el siglo XVII, desde Velázquez y Vermeer, es una especie de sálvese quien pueda, surge a pesar de la oposición de la sociedad. La modernidad significa que ya no hay dogmas que te digan lo que está bien y lo que está mal. Ha habido una destrucción muy interesante de los lenguajes, en pintura mucho más que en las otras artes. Me parece perturbador, pero me gusta vivir en mi tiempo, aunque sea vivir en una duda absoluta, aunque sean los demás los que digan quién eres. Ahora nadie te habla de pintar bien; dicen: qué interesante”. Antonio López liga esa indefinición del concepto de belleza con la crisis que vive el ser humano en todos los terrenos: “Yo creo que el hombre tiene que sanearse, que sanear su relación con la naturaleza, que es muy mala. Lo reflejan ciertas formas del arte plástico que surgen del fondo del hombre y que lo están acercando a una forma de suicidio. Pero no creo que merezca la pena defenderse. A lo mejor no hay que ser tan arrogante como para mostrarse pesimista. Yo no puedo quejarme, siento que cumplo una función, y eso lo puede decir muy poca gente. Al arte se le da mucha importancia pero está hecho para muy pocos. Somos muy pocos los que necesitamos el arte para vivir. Las cosas verdaderamente importantes están moviéndose en otra dirección. Yo trabajo normalmente del natural y me gusta. Tienes una vinculación muy atractiva con personas y con espacios. Ayer empecé a pintar la Puerta del Sol sobre las siete de la tarde. Dos visiones opuestas, un extremo y el otro de ese rectángulo que es la plaza. No va a ser muy grande porque con un lienzo demasiado grande molestas cuando lo estás pintando”. Y sigue dando detalles sin perder el volumen comedido de la voz ni el aire machadiano, porque el arte es largo y además no importa.

Nacionalismo de pijama



Uno de los primeros maestros de los que guardo memoria, don José, enardecía nuestro nacionalismo infantil narrándonos lo bravos que éramos los españoles, lo bien que habíamos guerreado en la historia, hasta el punto de que inventamos la guerra de guerrillas, valiosa estrategia militar para enfrentarse a un enemigo superior en número y en armamento. Citaba mucho a Viriato, que luego supimos que no era español sino lusitano, aunque vivió en tiempos en que una y otra nacionalidad estaban aún por definir. También hablaba con entusiasmo del Cid Campeador, que después hemos leído que iba con moros o cristianos según quién aflojase más calderilla y que además se parecía peligrosamente a Charlton Heston. De modo, que el tiempo, que todo lo relativiza y lo convierte en cine, ha ido desmintiendo a mi maestro a la vez que iba desdibujando mi espíritu nacionalista. Será por eso que cuando a un locutor se le agotan los adjetivos para describir lo grandes que somos ganando medallas o copas, necesito salir a tomar aire. El domingo pasado, por ejemplo. Ponías la tele un rato y ahí estaba Contador ganando el Tour por tercera vez, y resulta que es la quinta seguida que se corona un español en los Campos Elíseos (lo dicen así, que se corona en los Campos Elíseos, para darle un toque mitológico, señal de que empiezan a escasear los recursos verbales). En otro canal, Fernando Alonso estaba demostrando tanta superioridad y se le veía tan ansioso resoplando detrás de Felipe Massa, que los estrategas de su equipo consintieron en pedirle al brasileño que se dejara adelantar (lo que les costó un multazo de 78 mil euros) con tal de no soportar el mal humor del asturiano al final de la carrera. Y por la noche, después de escuchar al Punset doblándose a sí mismo, vimos a Jorge Lorenzo descorcharse una y otra vez en el circuito de Laguna Seca, hasta salir tan mareado que en el podio le pusieron el himno italiano en lugar de la Marcha Granadera. La confusión era comprensible porque Lorenzo está que se sale gracias a que le ha dado tregua Valentino Rossi, que se ha lesionado un poco para parecer más humano y sale a correr porque así le duele menos el hombro dislocado que cuando empuña la muleta para ayudarse a caminar con la tibia fracturada. Claro, la familia real no daba abasto a enviar telegramas y felicitar por teléfono a tanto ganador. Gastan un sueldo en felicitaciones. Y el directivo ese de la barba, que está en todas partes, el Jaime Lissavetzky (qué apellido tan español), no paraba de responder entrevistas, como si el ganador de todo fuera él, hasta que se le acabaron también los adjetivos diplomáticos y soltó que había sido un superjulio para el deporte español, contando con los triunfos de Rafael Nadal y el de la selección de fútbol. ¿Qué te parece? ¿Cómo puede haber gente en el mundo que no quiera ser española? Quién entiende que los catalanes hayan prohibido la fiesta nacional, la española, en este momento de gloria, por mucho que el Tribunal Constitucional no le deje llamarse nación a Cataluña. Si hasta los bancos españoles son los que mejor pasan los test de la crisis, aunque igual es porque los españolitos de a pie les ayudamos mucho pagando sus desaguisados con desempleo, congelaciones de sueldo y paciencia para soportar la guerra de guerrillas de nuestros mezquinos políticos. Menos mal que el domingo nos consoló el consejero de sanidad de Castilla-La Mancha, Fernando Lamata, entrevistado por Dolores Carcelén. Dos meses después de sufrir un ictus cerebral, Lamata ha rescatado sus propios poemas del olvido y vuelve a recorrer quinientos kilómetros diarios. La hazaña nos reconcilia con nuestra rutina de españoles, más allá de batallas históricas y medallas legendarias. Más cuando leemos que el retoque en el cerebro, mediante un catéter teledirigido desde la pierna, se lo han realizado aquí mismo, en Castilla-La Mancha, porque no hacía falta irse más lejos. Encima reconoce que, por muy consejero que seas, “cuando te ponen el pijamita, te sientes tan desamparado como cualquiera”. Es el único guerrero español que me parece humano.

El sol es Dios


El sol es Dios. Podrían haber sido las últimas palabras del faraón egipcio Akenatón. Igual lo fueron y no había por allí cerca un hagiógrafo capaz de hacérnoslas llegar. En cambio se sabe que las dijo el pintor londinense J.M.W.Turner (1777-1851) en sus últimos instantes, después de haber pasado buena parte de su vida pintando a Dios, es decir el sol, tal y como lo veían sus ojos. O sea, no la mancha rojiza del atardecer o la difusión pálida de una esfera entre la niebla, lo que habían pintado los grandes genios que le precedieron, sino el sol mismo. «Pinto lo que veo». Eso le dijo ensoberbecido a un crítico que le reprochaba que no hubiera incluido ojos de buey en el barco que domina una de sus pinturas. Antes de soltarle una fresca, Turner intentó dialogar con el crítico: «hombre, el barco está tomado desde un contraluz y en esa posición no son visibles los ojos de buey». Pero como todos los críticos, este sabía que si le daba la razón al artista, le cedía su poder, así que le repuso: «sí, claro, pero aunque no se vean, usted sabe que los barcos tienen ojos de buey». A lo que Turner, ya contrariado, replicó una de las frases que le han hecho célebre:« yo no me dedico a pintar lo que sé, sino lo que veo». Si no veía los ojos de buey, no los pintaba. En cambio, si veía el sol, tenía que pintarlo tal y como se mostraba ante sus ojos. En realidad, tal y como se mostraba ante los ojos de todos los pintores que le precedieron. Era el mismo sol. Pero había que desembarazarse de las últimas convenciones que el arte aún conservaba. Los pintores pintaban todavía menos el sol que habían visto en la naturaleza que el sol que habían visto en los lienzos de sus maestros, que a su vez habían pintado el sol de sus maestros y así hasta el principio de los tiempos. Turner, que era un competidor nato, luchaba por imitar las obras que más le habían impresionado de otros artistas, las que les habían hecho ganar fama; luchaba por imitarles, poniendo un punto más que ellos, ganándoles la partida. Donde los otros veían una bola difusa entre la niebla, él logró ver el sol sobre la niebla. Tenía la autoestima por las nubes. Me ha impresionado conocer en vivo esa faceta suya, que hasta ahora desconocía. La exposición en el Museo del Prado permite apreciar el diálogo entre el pintor británico y los cuadros de otros pintores que estimularon su competitividad. Ganaba a menudo, aunque también perdió a veces, porque era humano. Generalmente ganaba en el paisaje y perdía en el retrato, cuando había que colocar personas en medio de la atmósfera en la que resultaba casi imbatible. Desbancó a los grandes paisajistas y a los más afamados autores de cuadros marinos, consiguió pintar la luz del sol entrando de frente y deslumbrando al observador hasta hacerle entornar los ojos. Descubrió la sombra escarlata del atardecer. Pero hasta eso le parecía insuficiente. Se le quedaba corto reflejar en el cuadro lo que cualquiera puede ver, necesitaba detener la mirada un punto más allá. Y al igual que le pasó a Goya, entonces, en sus últimos años, empezó a pintar, más que el paisaje, la impresión pura, hasta el punto en que el mundo conocido se esfumaba, hasta el punto en que tenía que colocar marcas para que los encargados de colgar la pintura supieran dónde estaba la parte de arriba y dónde la de abajo. Lo tildaron de loco porque su madre había muerto en un manicomio y él mismo se había asegurado de difundir esa ascendencia visionaria. Empezó a hacerse pasar por un almirante retirado. Yo no creo que estuviera loco, ni siquiera deslumbrado por sus propios hallazgos. Había visto el sol, qué demonios. El mismo que, entrando por la ventana de una alcoba de Chelsea, derramó el rojo del crepúsculo sobre su frente en una tarde de 1851. Con la luz allí posada, Turner repitió aquellas palabras: «el sol es Dios». Después, expiró.

Participar de la historia



Los verdaderos acontecimientos históricos se detectan con la pregunta: ¿Qué estaba usted haciendo cuando aquello ocurrió? La noche que mataron a John Lennon, la tarde en que Tejero desconchó a tiros el techo del Congreso o el mediodía en que se desmoronaron las torres gemelas. ¿Qué hacía usted la noche tórrida en que España ganó el Mundial de Sudáfrica? ¿Pues qué iba a hacer?: ver el partido, qué remedio, como cualquier patriota que se precie. ¿Vestía usted la camiseta de España, se pintó unas franjas en los carrillos? ¿Con quién se abrazó después de dar un grito, mientras Iniesta se sacaba la camiseta azul a duras penas? Es lo más grande que me ha pasado en la vida, anunciaban ante los micrófonos, no ya los jugadores, que podría entenderse, sino espectadores anónimos encuestados al azar por esas plazas clónicas e hirvientes de la España en fiesta. La periodista sonreía, no repreguntaba: ¿Y qué piensan de esa afirmación sus deudos, las personas que comparten con usted la alegría, la enfermedad y el beso apasionado? Pensarán lo mismo que yo, probablemente. La historia en proceso se detecta, además de por los discursos vacíos que hacen llorar, porque exige de los vivos la presencia, la proximidad que certifique que uno tenía el privilegio de existir cuando el acontecimiento se produjo. ¿Dónde estaba usted? En el estadio, con Manolo el del Bombo. Lo he soñado tantas veces, que es como si hubiera estado, y se lo dedico a mi familia, a mis amigos que no pudieron acompañarme. No se preocupe, para compensarlo, su familia y sus amigos se echaron esa noche a la calle, se abrazaron, bailaron y al día siguiente salieron a ver pasar con lentitud plantígrada a los héroes, acodados en el techo de un autobús. Desde la masa informe de creyentes, les tendieron los brazos, nombraron a su preferido, compartieron lágrimas, calor y cansancio. Las emociones son contagiosas, uno llora y ríe al ver que otros lo hacen. Se siente uno vivo en la epidemia del  instante. Hasta la familia real sintió la necesidad de tocar a los héroes y de abrazarlos, porque tocar al santo es un deporte mucho más antiguo que el fútbol. A San Juan de la Cruz lo trocearon en cuanto se murió para repartirse los pedazos. Ese es el impulso irrefrenable: tocar al santo para participar de su santidad o al menos apropiarse del muñón de su santidad. Estamos deseando bajar a abrazarlos, adelantó la princesa Leticia en la primera entrevista, aún en caliente. Y al día siguiente el propio rey rompió los protocolos y los abrazó también y los sobó, para impregnarse de esa magia que había demostrado poder para sobreponerse a los terroristas holandeses y al árbitro británico que eligen últimamente para pitar las finales porque es alérgico a los penaltis y al fútbol exquisito. Y a pesar de todo, sin poder evitarlo, más que por los triunfadores siento simpatía por los herejes, los antipatriotas que intentaron apagar la tele y desvincularse de la historia que estaba cercándolos. Por ejemplo ese puñado de indomables que se encerraron con Daniel Barenboim en el Palacio de Carlos V en Granada para oficiar la cuarta sinfonía de Bruckner. Qué envidiable voluntad, aunque a la postre resultase inútil. Los traicionó un asistente que oyó por el pinganillo el clímax del partido y no pudo contenerse. Su do de pecho, ajeno a la partitura, coincidió además con un pasaje calmoso de la composición, con lo que todos comulgaron del gol de España, los que intentaban desmarcarse, pero también los despistados y los pesimistas que habían adquirido la entrada sin cotejar la fecha o sin creer que llegara a la final la escuadra de Del Bosque. Un chaparrón de explosiones y de petardos confirmó la noticia a los melómanos que aún albergasen duda, al propio Barenboim, que había tenido que ausentarse en la prórroga para dirigir el concierto. ¿Dónde estaba usted cuando Iniesta engatilló al fin el dichoso balón saltarín y lo metió en la jaula? Estaba esperando que Cesc le diera el pase, porque a mí la imagen me llegaba medio minuto después. Yo llegué tarde a la historia.