Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
No huyas, cobarde
Un amigo me repite siempre que correr es de cobardes. Y otros no me lo dicen, pero lo deben pensar, seguro. Es su forma de ver las cosas, qué le vamos a hacer. Lo bueno es que, como suele pasarnos, me conforta saber que no soy el único ni mucho menos. Cada vez hay más gente que corre. A la vista está. Si pruebas con el ritmo adecuado, acabas cogiéndole el gusto. Al final se convierte en un hábito que te conecta con tus raíces más remotas, los homínidos que corrían por la sabana africana, con la familia a cuestas, huyendo de los depredadores y buscando comida. Por fortuna a mí las lesiones me han obligado a moderarme, pero tengo colegas que relatan galopadas de vértigo. Javier participará en la maratón que sube uno de los picos de Sierra Nevada y habla sin descartarlas de ascensiones a gigantes de los Alpes que dan miedo hasta en coche; Paqués insiste en que corramos la maratón del Sáhara y, mientras nos decidimos, porque sabemos que no olvidará el proyecto, ha organizado una de las etapas del camino de Santiago en forma de media maratón. Suavecita, aseguraba, para animarnos. Pero me conozco yo su concepto de lo suave. La primera vez que participé en una de las carreras del circuito de la Diputación, me propuso que fuéramos juntos: vente, que vamos tranquilos, a ritmo. Sonó el disparo de salida y a duras penas lo seguí durante doscientos o trescientos metros mientras sorteaba en zigzag a corredores más despaciosos, en lo que para mí era poco menos que un esprín. Intenté no perderlo de vista hasta que empezó a faltarme el resuello y opté por mantener un paso más a mi medida y dejar que se esfumara entre la multitud. No recuerdo qué explicación me dio al llegar, pero Paqués es Paqués. Sin embargo, aunque he decidido entrenar a mi aire para no agobiarme en mis interminables recuperaciones, me resulta entrañable la camaradería de los corredores. El entusiasmo de Cosme, el impulso vacilón de Remo, la humanidad de Jose y de Francis. Somos más de ochenta en el equipo de Chinchilla y sería imposible nombrarlos a todos. Para algunos, correr es una religión. Estoy pensando en Curro y en Manoli, que se han pasado a la pista y que acaban de participar con éxito en los campeonatos de España de veteranos que se han celebrado en Tenerife. Manoli se ha traído dos medallas de bronce, en 400 y 200 metros, aunque sólo hace unos meses que se entrena para estas distancias. Corre contra especialistas de toda la vida, ella que el año pasado quedó primera en el circuito de resistencia de la Diputación. Son mis amigos y los admiro, pero la hermandad con la gente que corre es instintiva, como el propio acto de correr, y abarca también a los desconocidos con los que uno se cruza por los arcenes de las carreteras y por los parques a cualquier hora de la mañana o de la tarde. Inmediatamente se desata en tu interior un impulso de imitarlos; tienes que decirte: no, yo ya corrí al amanecer, o me toca descansar hoy. Cuando descubres por azar que alguien a quien conocías también corre, gana puntos en tu estima. Ya disfrutaba leyendo a Haruki Murakami, hasta que he descubierto en su libro De qué hablo cuando hablo de correr que es un obseso, rayano con la vigorexia, y que impelido por su obsesión comete barbaridades como entrenar todos los días. Mucho más razonable me parece el estadounidense Lamar Harrin que a sus setenta años corre media hora un día sí y otro no, de forma metódica y apacible. Al final, los adeptos a esta práctica formamos una especie de hermandad secreta. Secreta porque no es posible distinguirnos por un tatuaje en la frente (aunque mejor no dar ideas). Intento convencer a mis alumnos para que se unan. Me consta que lo he conseguido con algunos. La mayoría odian el test de Cooper que los mantiene en carrera apenas doce minutos. Pero seguimos sembrando. Hay que llenar de cobardes nuestros caminos en busca de un futuro más sano.
Qué leyes, qué mercado
Hemos terminado creyendo que hay un voraz mercado que rige el universo con sus leyes incomprensibles. El empleado de banco que sopesa sonriente nuestra solicitud de hipoteca tiene más o menos la misma idea que nosotros de cómo funciona, muy vaga, aunque su aparente seguridad pueda hacernos pensar lo contrario. Si supiera más, se refocilaría al sol en alguna isla paradisiaca en lugar de concentrarse en si nos ampara un aval firme y en si nuestro lenguaje gestual revela interés o desconfianza. En el mejor de los casos sabe que él mismo es un eslabón diminuto y necesario de los beneficios obscenos que a bombo y platillo anuncia cada año la entidad. En cambio, he visto en internet a una argentina pobre sonriendo de verdad. Hasta hace muy poco vivía esclavizada por los usureros. De pronto, tiene un proyecto de vida. Microemprendimiento lo llaman. Es una de las beneficiarias de esa red que ha ido creando Muhammad Yunus, el economista bangladeshí que obtuvo el Nóbel de la Paz en 2006 por diseñar bancos que prestan poquísimo dinero a los pobres, aunque no tengan ni aval ni dónde caerse muertos. Banquitos los llaman en Latinoamérica. Yunus impartía clases en la universidad cuando decidió combatir la pobreza en su país. Comprendió que sus paisanos necesitaban muy poco dinero para independizarse. Hizo una lista de conocidos a los que podía ayudar y contó 42 personas. Con 27 dólares en total se solucionaba el problema. Se los prestó y comprobó que la idea resultaba. Quiso ampliar el círculo, pero pensó que era mejor dirigirse a una entidad superior que pudiera mantener el sistema en marcha si él faltaba. Se encaminó a un banco, pero el individuo que lo atendió, seguro que sonriente y tan pulido como cualquier empleado de banco de aquí, se echó las manos a la cabeza. ¿Pero qué me está usted proponiendo? Por principio no se puede prestar dinero a los pobres. No son solventes. Pasaron los años y las tentativas hasta que Yunus decidió ofrecerse a sí mismo como aval. La autorización del banco tardó otros dos años. Seis después, la cosa funcionaba bastante bien, pero casi todos los que recibían los préstamos eran varones y Yunus pensó que sería más justo equilibrar sexualmente el sistema. Los banqueros aseguraban que las mujeres no querían préstamos. Lo estudió. En realidad, si una mujer pedía un préstamo, el empleado le preguntaba si lo había consultado con su marido. Si ella respondía afirmativamente, el empleado le pedía que fuera a buscar a su marido para que ultimara la negociación. Cuando el que acudía era un hombre, nunca le preguntaban la opinión de su esposa. El paciente Yunus consiguió revertir el proceso, lo que llevó más años. A cambio, descubrió que prestar a las mujeres resultaba más eficaz porque siempre lo utilizaban para la familia y lo gestionaban mucho mejor ya que, a pesar de ser analfabetas, estaban acostumbradas a sacar leche de una alcuza sin desperdiciar ni un centavo. En la actualidad, el 98 por ciento de los clientes propietarios de su Banco Rural (Grameen Bank) son mujeres y ya no están sólo en Bangladesh, sino en cientos de países pobres. La rueda sigue creciendo. Sólo se les pide que tengan un proyecto (un microemprendimiento), que formen un grupo de cinco personas sin lazos familiares entre sí, que se comprometan a pagar la cuota semanal entre todas y que sigan un curso de entrenamiento que les permita comprender el sistema y su filosofía. Saben que si pagan el dinero circula y sirve para mantener y ampliar el círculo de beneficiarios. Cada semana se reúnen para dar cuentas en un encuentro social donde intercambian impresiones y aprovechan para hacer trueque de sus productos. La argentina del vídeo recibió un préstamo de cuatrocientos pesos. Con cien compró un telar que al principio no sabía ni cómo funcionaba y con los otros trescientos compró materiales. Consiguió ponerlo en marcha. Ahora es feliz creando lo que le da la gana, sin repetirse, participando de su vida más de lo que participamos nosotros de las finanzas, los AVES y el plástico que envuelve nuestras incomprensibles leyes de mercado.
El evangelio según Saramago
Los libros leídos hace tiempo se disuelven en una nebulosa. A veces no recuerdas la trama y sin embargo se mantiene vivo un estado de ánimo que asocias al título, al lugar donde lo leíste, a tus vivencias de entonces. Es el problema de leer como quien fuma, encendiendo un libro con la colilla del anterior. Al final todos se mezclan y llegas al olvidarlos, aunque te quedan vivas sensaciones que forman ya para siempre parte de tu biografía sentimental. Hay libros que me encantaron y que rehúyo releer por miedo a desvirtuar aquella sensación que me dejaron en otros momentos de mi vida. El señor de los anillos, por ejemplo, inabarcable en un verano de mi adolescencia que llené leyéndolo hacia atrás para que no se acabara, transido de frío y de oscuridad en atardeceres vividos en las montañas de la Tierra Media, ajeno a la realidad de un sillón de escay en el que sudaba a chorros. Justo al contrario me ocurrió con El evangelio según Jesucristo, de Saramago. Lo leí en invierno y de él guardo un recuerdo desértico y polvoriento, aunque ahora al hojearlo descubro que también se mojan los personajes y pasan frío. Siempre repito que es el libro que más me ha gustado de su autor, pero nunca hasta la fecha me había parado a analizar por qué. En Todos los nombres y Ensayo sobre la ceguera, por ejemplo, Saramago construye atmósferas que te agobian y te involucran, a veces a tu pesar, aunque nunca consigues olvidar del todo que brotaron, más que de una idea, de un ideal. Porque Saramago lo primero que escribía era el título, es decir, la idea generatriz. Es lo que me impide terminar de sumergirme del todo, soltarme de la orilla, creérmelo hasta el fondo. Me repatean las alegorías. Y no es que El evangelio… no parta de una idea, la de que Jesús era un hombre corriente utilizado por Dios en su beneficio. Pero estamos tan acostumbrados a acercarnos a la religión a partir de anécdotas bíblicas, de parábolas que no son otra cosa que alegorías, que por pura costumbre cultural nos resulta más fácil aceptarlo. El único cambio es que, en la novela de Saramago, Dios es un bicho. Resulta apasionante el diálogo decisivo que mantiene con Jesús: “Si cumples bien tu papel, es decir, el papel que te he reservado en mi plan, estoy segurísimo de que en poco más de media docena de siglos, aunque tengamos que luchar, yo y tú, con muchas contrariedades, pasaré de dios de los hebreos a dios de lo que llamaremos católicos, a la griega. Y cuál es el papel que me has destinado en tu plan, El de mártir, hijo mío, el de víctima, que es lo mejor que hay para difundir una creencia y enfervorizar la fe (…) Me dijiste que me darías poder y gloria, balbuceó Jesús, temblando aún de frío, Lo daré, lo daré, pero recuerda lo que acordamos en su día, lo tendrás todo, pero después de tu muerte, Y de qué me sirven poder y gloria si estoy muerto, Bien, no estarás precisamente muerto, en el sentido absoluto de la palabra, pues, siendo tú mi hijo, estarás conmigo, o en mí, aún no lo tengo decidido de manera definitiva.” Por párrafos como este, a lo Monty Python, la iglesia católica ni siquiera ha respetado el dolor de los seguidores de Saramago en los días en que andaban dándole el último adiós. El diario del Vaticano, L’Osservatore Romano adornó la noticia de su fallecimiento calificándolo de “populista extremista de ideología antirreligiosa y anclado en el marxismo”. Una ingenuidad terrible, similar a la que atribuirían a Salman Rushdie los fundamentalistas islámicos. Ya hace años, Saramago había tenido que exiliarse de Portugal y convertirse en una especie de mártir él mismo por la acogida de su libro en ciertos círculos influyentes de su país natal. Vivía en medio del polvo turístico de Lanzarote, en un mundo de ideas nobles, un reino singular que dominaba. E impartía sus opiniones a través de los medios de comunicación como el dios de su novela asomado entre las nubes.
El bruixo de Portosín
Foto de Manuel Podio
Aún estaban los jugadores del Albacete y el Girona santiguándose para iniciar el partido del pasado domingo, cuando se desató sobre el estadio un chaparrón furioso que dejó la alfombra hecha una charca en un decir amén. Hubo suerte de que, nada más empezar, Hidalgo ajustara un torpedo junto a la línea de flotación del poste derecho visitante, porque en cuestión de minutos era el campo el que jugaba con los jugadores más que los jugadores en el campo. Tan pronto se aceleraba un pase hasta parecer un proyectil como se enredaba el balón entre las piernas de un futbolista en carrera, resistiéndose a responder a sus requerimientos, como si se hubiese convertido en un perro desobediente. Perdió cordura el partido. Entonces los ojos dejaban de seguir los escorzos de pantera rosa Stuani o los zigzags de Fernando Sales para fijarse en el mimo con bigote que oficiaba a la orilla del pasto, en el área técnica de los entrenadores. Más consciente que nunca de su sagrado papel, enfundado en el chubasquero rojo del equipo, David Vidal agitaba los brazos, componía muecas, caminaba con la rudeza de un vaquero dispuesto a disparar. Atacaba el Girona y el míster conminaba a los suyos a replegarse con gestos elocuentes. Recuperábamos el balón en defensa y sus brazos cambiaban la dirección incitando a sus jugadores a desplegarse en el campo rival. Despejaba alguien con precipitación y él lo serenaba con las palmas orientadas hacia el suelo. Daba igual que el juego rondase su banda o transcurriese a setenta metros. Era evidente que sus pupilos no podían verlo, que estaban a lo suyo, con toda la atención pendiente del balón; también deben saber a estas alturas cuándo replegarse y cuándo adelantar metros, estaría bueno. Sin embargo los aspavientos de David Vidal, sus pasos de baile con los brazos en jarra, no son para dirigir al equipo ni para entretener al respetable. Tal vez sirvieran para ello al principio, en sus comienzos como entrenador. O quizás nunca. Los gestos de este gallego inefable son para él mismo, son su manera de ver el fútbol, de involucrarse en el partido. Le gusta contar que engañó a Arsenio Iglesias, el bruixo d´Arteixo, cuando hizo la prueba con el Fabril a los diecisiete años. Dice que consiguió que eligiera a un central con tan pocas condiciones como las que él tenía. Arsenio le da la razón: “Es verdad, pero tenía tanta ilusión... Probó durante mes y medio y pensé que podíamos sacar algo de aquel tío". También asegura que Javier Clemente fue profesor suyo en el curso de entrenador y que le puso un cero en táctica. Pero que lo hizo porque, en el examen, criticó la estrategia del Athletic en la final de copa del 85, donde perdió ante el Atlético de Madrid, con el propio Clemente de entrenador. Luego añade que tomó venganza cuando se encontraron frente a frente en los banquillos, en un Cádiz-Español, donde le ganó la partida al vasco condenándolo al cese. Habla, habla y habla con esa pronunciación masticada a la que él atribuye que no lo quiera ningún equipo de primera: entrené al Logroñés en primera cuando no sabía entrenar y, ahora que he aprendido, no me quieren más que los de segunda. Hijo y hermano de pescadores, dice que se vino al fútbol huyendo de las grandes olas y de los fríos de Terranova. Como buen gallego, guarda un auténtico arsenal de anécdotas con las que hipnotiza al que quiere escucharle y da lustre a su currículum. Sin embargo, no todo en él son luces. Salvó en su día al Murcia y al Elche, pero no pudo evitar el descenso del Rayo Vallecano, Las Palmas y el Lleida. Esta tarde veremos si consigue añadir a sus logros la salvación de un Albacete que capotaba cuando lo tomó de las riendas en marzo. De lo que no nos cabe duda es de que el domingo, bajo el chaparrón infernal, era en la banda el mejor director de la orquesta de sí mismo, disfrutaba y gobernaba sobre la lluvia como un niño gallego en su aldea coruñesa. Igual ganamos por eso.
Nos hacemos los suecos
Me escapo una mañana al Centro Cultural de La Asunción a ver por segunda vez la exposición Nos hacemos los suecos. La primera me fue imposible ver nada, porque era la inauguración y la sala estaba hasta los topes de conocidos saludándose y saludándome en medio de un bochorno espantoso. Ahora, en una mañana luminosa de junio, sólo estamos el coordinador y yo, él respondiendo a las preguntas de unas periodistas y yo intentando aclararme en los senderos de gres en los que unas flechas amarillas marcan la dirección de la visita. A los lados, flanqueando la ruta, se suceden las esculturas, que muy probablemente los autores no reconocerán como tales, ya que la mayoría no responden al canon del género. No han moldeado barro ni tallado ningún material para confeccionarlas. Más bien han tomado objetos cotidianos y los han colocado en una situación más o menos estética en un intento de llamar la atención o de provocar sensaciones. Supongo que prefieren llamarlas objetos a secas. Una sierra corta unas mesas de las que brotan unas margaritas, un gran pene dorado emerge del asiento de un sillón escarlata, una cortina de ducha atrae al visitante con unas pisadas para mostrarle una imagen del mar. Una tarjeta blanca, vinculada a cada obra, indica el nombre del autor y el título. Es imprescindible leerla porque en la mayoría de los casos el título completa el puzle, es decir la idea, y ayuda a entender la obra. Por ejemplo, la que ha preparado el coordinador de la muestra, José Eugenio Mañas, consiste en una tienda de campaña, de las de tipo iglú, con ladrillos pintados, por cuya puerta asoma el brazo de un maniquí sobre cuyo pecho se acumulan tablas rojas que parecen colmar la tienda. Gracias al título sabemos que el maniquí se llama Björn, y que las tablas que lo aplastan pertenecen a un armario Grömen. En otro caso, un flexo antiguo alumbra el rostro de una marioneta que parece disfrutar con los ojos cerrados de un momento de serena felicidad. El objeto, obra de José Luis Serzo, se llama Pietrolámpara y aún necesita un subtítulo explicativo: “Productor de optimismo de Piettro Ferro”. Ignoro quién es ese señor, si es un alter ego del artista, un inventor venezolano o el protagonista de algún programa de alguno de los canales de televisión que no frecuento. Se me escapa. Se me escapa todo. Pego la oreja a ver si lo que les cuenta el coordinador a las periodistas me aclara las ideas y le escucho decir que tiene mucho interés en que el arte actual cale en Albacete que por lo visto está muy atrasada en cuestiones artísticas. Conozco a algunos de los autores que firman las obras. A algunos incluso los conozco tanto que son buenos amigos. Sé que no es exactamente su soporte habitual de creación. Me imagino que se han embarcado en esta exposición porque es una buena oportunidad de experimentar y de mezclarse con otros artistas locales y foráneos. Me parece que esa filosofía es acertada. Que la convocatoria de La Bicicleta Azul es fresca. Que la idea de hacerse los suecos a partir de muebles de Ikea es tan válida como cualquier otra propuesta que haya podido salir de una tormenta de ideas. Hay que agitar el panorama estético, hay que mezclarse, porque de la agitación y de la mezcla es de donde, a veces, brotan las verdaderas ideas. Pero no extraigo de mi visita al Centro Cultural de La Asunción ninguna emoción enriquecedora. Creo que algunas sugerencias pueden interesarles a los ingenieros de Ikea, que se deja ver con desenfado y que hay chistes visuales capaces de arrancarte una sonrisa. Claro, que esta es la visión de un visitante chapado a la antigua, según los cánones de Mañas. Y puede que no le falte razón. Hace unas semanas estuve dando vueltas por el Reina Sofía, viendo una exposición similar, me distraje observando una escultura rara que había en el centro de la sala y choqué con unos cuadros que sobresalían de la pared. La vigilante casi me mata del grito. Ese sí fue un happening estimulante.
Democracia electrónica
Nos dicen que vivimos en una democracia para hacernos creer que gobernamos nosotros, el pueblo. En realidad, o no somos el pueblo o no gobierna el pueblo, sino los aparatos de dos partidos políticos, el PSOE y el PP. Tenemos derecho a votar cada cuatro años, pero hemos de hacerlo entre los candidatos que han seleccionado ellos, en listas cerradas. Da igual lo mal que lo hagan, el uno en el gobierno y el otro en la oposición. De hecho, ya no pueden hacerlo peor ninguno de los dos. Pero les importa un pimiento. Juegan con la seguridad absoluta de que lo peor que puede ocurrirles es cambiarse los papeles y alternarse en el poder, igual que les ocurrió hace años a Cánovas y Sagasta, igual que ocurre en Estados Unidos con demócratas y republicanos. Aquí, el resto de partidos, salvo en las comunidades históricas que tienen sus nacionalistas, a lo más que pueden aspirar es a alguna silla en el Congreso que les permita hacer de bisagra de vez en cuando. En Israel, que algunos defienden como la única democracia en la zona ardiente de Asia Menor, ocurre algo parecido, aunque allí son varios los partidos que forman parte del gobierno y el presidente hace lo que puede para mantenerlos contentos. En esencia mantenerlos contentos significa mantenerlos unidos contra un enemigo común al que van machacando de forma sistemática e implacable. Todos los que apoyan, de la manera que sea, a ese enemigo común del gobierno israelí, se convierten a su vez automáticamente en enemigos contra los que está legitimada la impiedad, aunque sea, como ha ocurrido hace poco, para malograr unas negociaciones que amenazaban con introducir el veneno del diálogo. Para ellos el diálogo es enemigo del poder establecido. No importa que en este caso los enemigos fueran barcos internacionales cargados de esperanza para los habitantes de la Franja de Gaza. La tibieza con que todos los gobiernos y los organismos internacionales han respondido a la fechoría de Israel, demuestra que el gobierno hebreo los tiene perfectamente controlados a todos, más allá de esgrimir la bomba atómica, claro. El escenario internacional y el nacional parecen bajo el control del sentido común hasta que sucede un hecho como este que deja al descubierto los entresijos ocultos de la gran mentira. En España vivimos una experiencia similar hace unas semanas cuando uno de esos jueces que llaman conservadores desoyó todas las recomendaciones de la fiscalía y decidió por cuenta propia sentar a Garzón en el banquillo. ¿El delito? Haber interpretado que después de 35 años de la muerte de Franco es hora de permitir que los deudos de los fallecidos entierren en paz a sus muertos. Se dice pronto, 35 años. Claro, que todos sabemos que detrás de esta acusación y varias más contra el magistrado, lo que hay en realidad es una fuerte campaña del PP para evitarse algunas de las investigaciones de corrupción que tiene abiertas por el propio Garzón. De modo que, lo disfracen como quieran, la división de poderes que proponía Montesquieu en 1748 se sigue incumpliendo de forma manifiesta en esto que algunos consideran democracia moderna. La guerra soterrada que ha vivido el tribunal constitucional, incapaz de pronunciarse con respecto al estatuto de Catalunya, demuestra que las presiones de los otros poderes pesan demasiado sobre el judicial. Y pueden aturdirnos con palabrería y hasta con imaginería electrónica, pero los hechos están sobre el tapete. Ahora vendrá una montaña de charlatanería. En realidad nuestra democracia es una democracia electrónica en la que quien gobierna sobre los medios tiene las riendas del hipnotizador que obnubila a la masa. Tendremos deporte hasta en la sopa, por supuesto. El mundial de fútbol y sus sobrevaloradas ilusiones de que un grupo de deportistas saque al país a flote ganando un campeonato en el que sólo nos jugamos un puñado de emociones y muy poca realidad. Pero los líderes políticos sedicentes tienen que buscar agarraderos para seguir creando esperanza, su único y verdadero trabajo. Porque gestionar, gestionan poco unos y otros, presos como están de los aparatos de sus partidos que a su vez están presos de los verdaderos poderes, los económicos.
Rituales modernos
Cuando está acabando mayo, cuando vuelve la calor (como dice el romance), se nos llena el paisaje de amapolas, comuniones y graduaciones. El rojo de las amapolas ilumina las laderas y sirve de recreo para los ojos. En cuanto a las comuniones, como el resto de los ritos religiosos, se van despoblando en un goteo lento pero inexorable. Qué decir de las bodas, que mucha gente ve ya con una ironía maliciosa como la antesala del divorcio. Nos van quedando los entierros, porque nunca falta materia prima para celebrarlos y el protagonista no suele quejarse. En fin, que los ritos religiosos, que habían devorado a los antiguos ritos paganos de tránsito, acción de gracias y purificación, van destiñéndose y dejándonos a solas con la realidad desnuda, que conforma un panorama poco alentador. Ya sabemos que el ser humano está muy lejos de ser un animal racional. No es la razón precisamente lo que prima en nuestro comportamiento. Necesitamos acontecimientos prodigiosos e irracionales, historias de dioses, semidioses, héroes o monstruos con las que identificarnos igual que necesitamos que luzca el sol. Necesitamos adorar unos símbolos para mantener la cordura. Lo escribió el certero Eliot: el corazón humano no soporta demasiada realidad. Y como faltan rituales civiles que sustituyan a las ceremonias en trance de extinción, tendemos a armar la marimorena de una catarsis colectiva con cualquier excusa. La más socorrida últimamente es que gane alguna copa tu equipo favorito o, en caso de que se halle lejos de la posibilidad, al menos que se libre del descenso. Cualquier motivo es válido para echarse a las calles a tocar el claxon, ondear las banderas, sudar con las bufandas de los colores emblemáticos, berrear como posesos ripios infames que resultarían vergonzosos a cualquier otra hora y ocasión, pisotear los arriates municipales y hasta bañarse en fuentes que estaban ahí para otra cosa. El caso es sentirse partícipe de un grupo, fundirse con una masa enfervorizada, confundirse con la alegría colectiva, a costa de ídolos creados por el marketing y la pasta gansa, que sustituyen en la invención de rituales a los antiguos profetas. Y como somos tantos y tan heterogéneos, proliferan las ceremonias como las amapolas. Un botellón, por ejemplo, no deja de ser un rito nocturno concelebrado por una multitud de adolescentes que liban litronas e imponen sobre el templo de la ciudad de los que intentan dormir el sahumerio de sus cigarros y la ruidosa jaculatoria de sus conversaciones, interrumpidas por el amén de sus risas y de sus motos. En cualquier otro templo que no fuera este de paz, la ceremonia carecería de sentido. Así parecen entenderlo los ayuntamientos, cuyos representantes residen probablemente en un apartado Olimpo, absortos en su propia ceremonia del avestruz. Siempre ha admirado la capacidad de tantas criaturas humanas para disolverse en la emoción multitudinaria, un don que se me da fatal. Sin duda hay que nacer para ello. Igual que unos somos más susceptibles de ser hipnotizados que otros, hay gente que se integra con más facilidad en la fiesta colectiva, ya se celebre la efeméride insegura de que un rey reconoció una feria, el mitin político de cada domingo cuando hay menos noticias y se aseguran cobertura mediática los partidos, o una huelga colectiva. Y cuando digo que admiro a quienes tienen esta virtud, lo digo sin pizca de ironía. Nada más incómodo que ver a los demás bailando y no saber dónde guardar las manos ni donde esconderte. “Cuando más te acachas más se te ve”, te señala un refrán, certero como todos los refranes. En fin, es una maldición como cualquier otra, porque soy el primero que piensa que necesitamos recuperar ritos civiles perdidos o inventarnos unos nuevos. Por ejemplo el de las graduaciones en los institutos, que se ha puesto de moda en los últimos lustros y que sirve de ceremonia de transición a la vida adulta de los adolescentes que terminan segundo de bachillerato. Ese ritual hace falta. Nadie debería dar un salto tan importante sin aferrarse a un mito, a un recuerdo, a un baño colectivo, aunque sea al modo yanqui. Y debe ser solemne y pomposo, como todos los rituales.
Clases medias
Hace unas semanas leí que el Rin no mide lo que hasta ahora se creía. Que estaba mal medido, vamos. Y además, no desde ayer, sino desde por lo menos un siglo. Generaciones y generaciones de centroeuropeos han memorizado la longitud incorrecta del río. Más de uno incluso habrá suspendido por no sabérsela con exactitud. Y todo para nada. Lo midió algún tipo laborioso y después el resto de los autores de libros de geografía, incluidos por supuesto los de texto, han bebido en la misma fuente dando por hecho que era correcta. Para que nos desengañemos de una vez y podamos afirmar orgullosos que no es exclusivo de España el dicho de que el trabajo está muy bien mirado y que hay un peón dándole al pico, mientras tres capataces, el encargado de la contrata, dos de la subcontrata y un ingeniero le indican lo que tiene que hacer y una docena de jubilados dan el visto bueno definitivo. Y eso que ni el Rin ni la magnitud metro se han movido de sus dimensiones, que sepamos. Que lo del metro también tiene su historia. Porque, como tantas cosas, como el agua que mana por el grifo o la luz que se enciende al pulsar un botón, nos parece que el metro formaba ya parte de la civilización desde que Protágoras barruntó que el hombre era la medida de todas las cosas. Pero no veas la de vueltas que le dieron al asunto hasta fijar su longitud exacta. A punto de entrar en el siglo XIX, en 1791, aún estaban con que un metro era la diezmillonésima parte de la distancia que hay entre el polo norte y el ecuador, que vete y mídelo si tienes dudas. Ahora ya está mucho más claro que es la distancia que recorre la luz en trescientas millonésimas de segundo, siempre que lo haga en el vacío. Bueno, no son trescientas millonésimas exactas, sino que lo estoy redondeando de forma acientífica con el fin de abreviar y no ocupar una línea entera con dígitos. ¿Cómo consiguen medir la distancia que recorre un rayo de luz en un tiempo en que no da tiempo ni a resollar? No me lo pregunten. Hasta ahí no llego. Aunque si alguien quiere reclamar, por ejemplo un saltador de longitud que piensa que su brinco mide más de lo que apuntan los jueces o un ranchero que considera que paga más que lo que debiera por los metros cuadrados de su finca, pueden acercarse a reclamar a la Oficina de Pesos y Medidas de París, donde se conserva una barra de platino e iridio con la que pueden comparar su vara de medir. Lo de platino e iridio me lo aprendí de memoria en el bachillerato porque me resultaba chocante la aleación, que supuse que intenta que los cambios de temperatura no la dilaten ni la encojan. Seguro que la conservan a salvo de altibajos térmicos y de humedad. En cambio las cintas métricas con las que se miden los saltos de atletismo y las parcelas supongo que estarán fabricadas con materiales susceptibles de deformarse, siquiera mínimamente, con las alteraciones climatológicas. De modo que su exactitud es relativa. Y eso que todo lo mencionado tiene una forma física, se puede tocar, lo tenemos ahí delante: el río Rin, la barra dichosa en su hornacina. Imagínense que alguien nos habla de un hombre normal. Le podemos responder: qué entiende usted por normal. Eso cómo se mide. Porque la normalidad es una medida aproximada e ideal. La normalidad no existe. Nadie es normal. Todos tenemos rasgos físicos que nos caracterizan y de los que algunos se operan para acercarse más a la normalidad. Luego están las manías, que nos alejan de ese rasero. La cosa se complica cuando alguien habla de clases medias. En los años sesenta, se consideraba de clase media a las familias que viajaban en seiscientos o en un utilitario parecido. Ahora que hay menos seiscientos, la medición resulta más complicada. Por eso, cuando el otro día Zapatero balbució que a las clases medias no les iban a subir los impuestos, nos asaltó la duda: cuánto mide exactamente el Rin.
Libros viejos
Los libros viejos son como los vampiros. Se mueren por efecto de la luz. No de una sola exposición, claro. Primero se deshidratan, luego languidecen y van debilitándose hasta desmigajarse. Es cuestión de tiempo, que no se cuenta con medidas humanas, sino con otras más similares a la paciencia de los árboles. Algo habíamos oído, pero hemos terminado de saberlo durante un curso en la Biblioteca Nacional, en la que por cierto andaban vaciando la sala noble de muebles y cacharros, sin duda despejándola para la toma de posesión del nuevo director. A estas alturas, mientras escribo estas líneas, aún no sabemos qué espíritu ansioso terminará aceptando el cargo. Sólo que ni la anterior directora ni los técnicos están de acuerdo con que se degrade a su mandatario, aunque sea un solo escalón, de Director General a Subdirector General, porque sienten que es como degradarlos a todos, a los seiscientos veinticinco trabajadores, el palacio decimonónico de Recoletos, el depósito de Alcalá de Henares y los veinte millones de piezas que albergan, protegen y restauran. De hecho incluso le habían ofrecido a Milagros del Corral, la dimisionaria, seguir cobrando lo mismo pero con menos galones y dijo que nanay. Y poco después Juan Pablo Fusi, ex director de la institución, también ha renunciado a la prebenda de ser miembro del patronato, por lo mismo, porque antes está la dignidad que los honores. En una sociedad como la nuestra, con tanta gente abriéndose camino a codazos para acceder a una sinecura, cualquiera que sea, ese repentino alarde de honra sólo podía darse en una institución consagrada a los libros. Los libros que son como niños, quién lo diría. Necesitan unas condiciones de temperatura y humedad estables y discretas para no enfermar. Necesitan de limpiezas periódicas y que quien los use sepa cómo extraerlos del anaquel tomándolos por el centro del lomo y cómo abrirlos para no forzar su estructura. Hemos sabido que algunos nacen ya con enfermedades genéticas. En concreto, todos los que se imprimieron entre 1840 y 1930, más o menos, que tuvieron la desgracia de venir al mundo en un tiempo en que se cuidaba poco el papel. Esos están condenados a desvanecerse en un siglo más o menos, por acidez. Fondos ácidos los llaman. Y requieren de un cuidado tan extremo para prolongar su precaria existencia que incluso en la misma Biblioteca Nacional no dan abasto a cuidarlos. Es preciso separar unos de otros, porque la acidez del papel se contagia de un libro al vecino. Por supuesto vigilar la humedad y la temperatura, preservar de la luz e incluso guarecer en cajas individuales fabricadas con cartulina libre de acidez. He sido testigo privilegiado del esmero con que devuelven a la vida, con cuidado exquisito, ejemplares roídos por los ratones, carcomidos, devorados por cucarachas y por peces de plata, incluso chopados por unos bomberos solícitos que se esmeraban para salvarlos de un fuego y los condenaban a una enfermedad aún peor para los libros, el agua. ¿Podrán preservarlos de los políticos y de sus decisiones apuradas y cortoplacistas? Está por ver. Al menos, de momento, algunos ya han tenido el valor y la generosidad de dar un paso atrás y negarse a bajar el primer escalón, que por ahí se empieza. Cierto que ya antes habían visto menguar escandalosamente sus presupuestos, como todos, de la manera espartana con que se recortan los presupuestos culturales. Eso pase. Pero, como entonaba el alcalde de Zalamea, “al rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma…” Bueno, el alma, o lo que sea, es personal e intransferible. En estos tiempos de gentes sin alma propia, benditos sean los que dicen no. Que en eso estamos los pensionistas y los funcionarios, en decir no, sin saber cómo, a pagar de nuestro bolsillo los platos rotos de la crisis, sin haber comido ni bebido del banquete financiero que la provocó y al que, curiosamente, nadie le exige las cuentas. Salgo del hospital de libros de la Biblioteca Nacional a la vida cruda de la calle, donde la luz que más mata es el dinero.
LLegar
Los albaceteños vamos a tener que agradecerle al menos una cosa a Fidel Castro y su nefasto régimen. Que huyendo de su terror indiscriminado, vinieran a vivir entre nosotros los Molina Pantiga. Buena gente que ha traído briznas de la fronda de su Caribe a nuestro querido páramo. A León, que llegó siendo un crío, se le sigue notando cuando habla un deje, un tonillo que no tiene nada que ver con nuestras recias eses manchegas en medio de las palabras. Al mezclarlo con el gracejo de Ana Sotos, ha desarrollado una sabiduría cubano manchega, que destila en sus artículos de los martes en La Verdad. Además, como ya observó el maestro Sarrión, este cubano ha sabido fabricarse una cabeza de predicador anabaptista ideal para pasar a la posteridad desde el retrato de las antologías. Pero le faltaba llegar del todo, como si anduviera todavía suspendido entre sus orígenes y la tierra de adopción, sobrevolando las cosas sin terminar de encontrarse en ellas. Hasta que se mudó a Yetas. En el último recodo de la provincia de Albacete, donde la sierra se asoma casi a Murcia, pero está tan lejos de todo que es como si fuera el Caribe. En largas caminatas por ese paraíso y en el trato cotidiano con los aldeanos de la vecindad, León se ha ido reconstruyendo de sus estreses y ha vuelto al jipismo más puro de nuestra juventud y ha vuelto poeta reposado y soberbio. Ha descubierto el modo de macerar los versos, escandiéndolos con el piano de los dedos sobre el primer tocón o la primera piedra que alumbra la luz de la mañana o la última que lame el sol de atardecer. Cierto que en su libro anterior, El Son Acordado había ya adelantos de ese descubrimiento en poemas inolvidables como Vigor de la aurora, donde compartimos con él la sensación de libertad animal que puede producir una simple meada al alba. Pero siendo aquel un libro magnífico, en el que el poeta veía irse el agua del río sin su rostro o se sentía llover con la lluvia sobre la tierra amada, aún le separaba un velo de retórica. Estaba recién aterrizado en la sierra, podía acordar su diapasón con el pulso de los elementos, pero necesitaba más tiempo para fundirse con ellos. Ese tiempo ha transcurrido. Llegar, el libro recién publicado, da fe de la comunión. Ya no hay mediaciones. Es más, existe tanta identidad entre León Molina y la tierra que pisa que muchas veces no es necesario ni que nombre el paisaje para que lo notemos. Mira un pájaro y es el pájaro. Ve que echa a volar y siente la pérdida de algo suyo: “Algo mío que desconozco / se ha llevado con él. / Pero no la luz ni el silencio / que compartimos por unos instantes.” La poesía es ese misterioso polen inexpresable que queda entre los dedos del poeta, pero también en los del lector, cuando el poema, como en este caso, ha logrado de lleno su objetivo. Y así pasa con uno y con otro, sin prisa pero sin pausa, con la naturalidad de un paseo. Una conversación con un pastor puede dejar rastros de ese polen intenso y misterioso. Y la visita a una cueva que fue refugio de gentes escapadas de la guerra, cuando se apaga la linterna, y nos deja desnudos con nuestro ser más elemental: “Dentro de la montaña / soy un animal asustado.” El poeta es a la vez frágil como un niño y poderoso como un dios, como el dios que mientras toma el café del desayuno, observa que las cosas pasan justo como él quiere que ocurran: “He decidido que amanezca / y que vengan los pájaros / a posarse en el almendro desnudo…” Poemas que contienen esa cualidad que uno le pide a los poemas. Que sean memorables. Ninguno tanto para mí como mi favorito de este libro: “Ya no hacen falta las palabras”, una escena de amor sin más chisporroteo ni aderezo que el de la lumbre de la chimenea. La sencilla intensidad de un poeta intemporal en un paisaje que es a la vez todos los paisajes.
Virutas de taller
Miguel d´Ors es para mi gusto uno de los mejores poetas vivos en castellano. Tiene sin embargo una leyenda que lo convierte en un personaje oscuro, condenado a editoriales secundarias o terciarias y a la antipatía soterrada de algunos de sus colegas más influyentes. Él mismo ha jugueteado con la supuesta dualidad entre su persona y el personaje que le achacan sus detractores en un poema titulado “Conversación con el otro”: “somos muy diferentes / y coincidimos poco en opiniones / y costumbres: tú seco, altivo, formalista; / yo tímido, inseguro, con la lágrima fácil...” La inteligencia y el humor, cimentado en la ironía, son ingredientes habituales en sus versos. También es una característica suya que no rehúye ningún tema, y menos que ninguno la religión, que aparece muchas veces en poemas marianos o en disquisiciones bíblicas. Quizá por ello se granjeó la sospecha de ser miembro numerario del Opus y el rechazo de sus colegas universitarios: “¿Recuerdas, por ejemplo, la llegada a Granada, / qué bonita campaña, con carteles, / llamada al orden del decano, etcétera?, / ¿y mi larga carrera de poeta inexistente?, / ¿y aquellos silogismos bizantinos / con que los editores rechazaban mis libros / creyendo que eran tuyos?”. Ahora, recién jubilado y de vuelta de todo, d´Ors está publicando las reflexiones que ha reunido durante la última década. Lo ha hecho en un libro de título machadiano: “Virutas de taller”, que se refiere a los restos de madera que tamizan el suelo de la carpintería cuando el artesano ha terminado su trabajo. El volumen está tan cuidadosamente acabado como defectuosamente difundido y distribuido por la editorial sevillana “Los papeles del sitio”. Aunque en realidad, debería decir los volúmenes, ya que a una primera intentona en 2007, acaba de seguir otra, “Más virutas de taller”. En el prólogo a esta última, d´Ors deja claro que ha quemado sus barcos. Recuerda a un antepasado suyo de la Barcelona de la Restauración, de costumbres donjuanescas, que recibió la visita de los padrinos de un marido burlado que lo retaba a un duelo a muerte para resarcir su honor. Su antepasado, sin alterarse ni soltar la cuchara, respondió: “Que le comuniquen al señor de Tal que me doy por muerto”. Y siguió con sus monchetas. La anécdota le sirve a d´Ors para aferrarse al ejemplo familiar y presentar sus credenciales: “Y, puesto que no necesito nada, no temo nada, no pretendo nada y no tengo que quedar bien ante nadie, puedo permitirme el supremo lujo de decir y escribir lo que quiero, dándome yo también por muerto, por mucho que la estupidez contemporánea me mande una y mil veces sus padrinos.” El resultado es que en más de una nota a lo largo de las trescientas y pico páginas, con estupidez o sin ella, le enviaríamos nuestros padrinos. Por ejemplo cuando carga contra la homosexualidad con incomprensible denuedo. Pero también es que la libertad con que ha escrito y su inteligencia destellan en muchos otros momentos, en medio de una sinceridad atronadora, que no deja títere con cabeza. No es un libro para acérrimos defensores del pensamiento único y de lo políticamente correcto. Obliga a tragar quina a cambio de asomarse a momentos deliciosos en que d´Ors imparte lecciones de lo que, a mi juicio mejor domina, que es la literatura en general y más en concreto la poesía, donde está a la altura del mejor. Pero incluso en este terreno hay que olvidarse de prejuicios cuando carga contra mitos como Gamoneda, Brines o Umbral. Puesto que no tiene deudas, puede permitirse el lujo de argumentar opiniones que otros sólo susurran en los cenáculos. Y desde luego se aprende de piezas como la dedicada al alejandrino en el primero de los libros, o como los comentarios a poemas de Juan Ramón o de Rosalía, o cuando comenta cómo escribió su propia obra, o cuando enumera las estrategias distanciadoras del poema. Además nos revela que renunció a publicar en Tusquets, la editorial por la que tantos suspiramos. Y es que, en el fondo, el otro, ese con quien conversaba en el poema citado, es su némesis irreconciliable, su contradicción, su verdad.
Fauna familiar
Por suerte, la mayor parte de las palabras del idioma son comunes y así podemos entendernos. Luego están las que desbordan la lengua cotidiana, las que están fuera del alcance de los alumnos de la ESO, como decía un humorista. Además están los términos comarcales o locales que invitan a los coleccionistas a reunir un montón de vocablos en un diccionario por ejemplo manchego, como el de José S. Serna y todos los que hemos intentado imitarle. Finalmente están las palabras que sonaban en la casa de uno con cierta frecuencia y que después se han desvanecido para siempre, o casi. Yo creo que sólo te das cuenta de su importancia mucho más tarde, cuando la casa en que te criaste está ya lejos, en la memoria, en la nostalgia o donde sea, es decir fuera del alcance físico. Entonces son esas expresiones familiares las que acuden a rascarte las fibras sensibles y a ayudarte a comprender de qué mundo imaginario vienes. Por ejemplo, cuando en mi caletre empezaban a asociarse las palabras con sus significados, oía mucho decir a mis padres que a algún conocido se lo llevaban los morceguillos. En una edad en la que los personajes de Walt Disney y los de Hanna-Barbera conformaban una realidad paralela, esos seres, los morceguillos establecían un puente con el mundo tangible. Al cabo de oírlos mentar de vez en cuando, llegué a comprender que esos bichos que secuestraban a conocidos de mis padres y luego los liberaban, casi de inmediato, eran seres voladores. Y poco después, porque mientras creces, al menos yo, eres lento de entendederas, pude colegir por el contexto que la expresión era una metáfora (aunque aún no supiera qué demonios era una metáfora). Querían decir mis padres que la gente a la que aludían se había enfadado mucho, tanto como dar la sensación de haber sido raptada y convertirse en otra persona, aunque en realidad lo que ocurría es que, del cabreo, perdía el control o estaba a punto de perderlo. Al final supe que los morceguillos son los murciélagos y que existen cuevas que se llaman así, de los morceguillos, sin duda porque la penumbra húmeda es el lugar que prefieren para dormir bocabajo, como siempre los vemos en las películas hasta que el protagonista los espanta y se forma un guirigay aterrador. El propio Serna nos recuerda que en el escudo de Albacete figuran tres castillos y que los sobrevuela un murciélago, murciégalo o morceguillo. No eran sin embargo los únicos especímenes imaginarios de la fauna familiar. También estaban los mengues. Mi padre los mentaba cuando no lograba encontrar una llave, un bolígrafo o cualquier otro objeto susceptible de distraerse de su sitio habitual. ¿Es que hay mengues?, preguntaba. Durante un tiempo me esforcé en asociarlos con los duendes de los que yo empezaba a leer historias no recuerdo si de los hermanos Grimm o de Andersen. Mengues y duendes suenan casi igual, pero no son lo mismo. Más tarde he sabido que el mengue es una voz gitana, que significa diablo o espíritu de un muerto. Dejé de creer en ellos el día que mi padre buscaba una onza de chocolate de la que yo me había apropiado. Por supuesto hay más expresiones, y no son necesariamente caseras, como se va viendo. Pero su valor es casero. Como la gente estomagante, que de puro pesada o desagradable te produce nauseas. O el bollagas, individuo de anchos carrillos que habla como si tuviera la boca llena y que de puro satisfecho y pagado de sí mismo resulta antipático. También estaban las misteriosas. Mis tías ponían mucho énfasis para referirse así a unas señoras que le sacaban punta a todo, incluso a asuntos que eran por naturaleza romos. Aparte, cuando mi hermana y yo nos poníamos insoportables, mi madre nos amenazaba con acoquinarnos, que ella no sabía que significaba hacernos perder el ánimo. Por supuesto, me produce acoro (la impresión o el miedo que da arrojarse al agua y no encontrar la superficie) rescatar estas expresiones, pero quiero dejar constancia porque pertenecen a un reino privado y desaparecido del que sólo así puedo salvar algunos ecos.
Libros para contar el tiempo
El reloj es el instrumento más preciso para medir el tiempo, pero tiene un defecto: los relojes nos hacen creer que el tiempo es exacto, inexorable en su transcurrir. Sabemos que no es cierto. Einstein demostró que el tiempo y el espacio guardan una relación cósmica y que juntos pueden deformarse. No hace falta, sin embargo, ir tan lejos: cualquiera que haya pasado una hora en un atasco de tráfico y otra tomando unos chatos con los amigos, sabe que no miden lo mismo. Y no digamos al recordar. Los recuerdos tienen un tiempo propio, que a veces se activa por un olor, un sabor, una palabra, un acento, un lugar. A veces por una simple asociación de imágenes. Pues bien, ese tipo de tiempo vive en los libros de una biblioteca. Al menos, en la mía. No hace falta que ni que estén. Recuerdo incluso los libros que presté y no me devolvieron. He de reconocer que soy un poco avaro con los libros: conservo viva la imagen del tipo entusiasmándose: “ah, mira, tienes este; déjamelo, porfa, porfa”. Recuerdo mis anotaciones, frases enteras en el caso de La prensa y la calle de Juan Luis Cebrián, o sensaciones que tuve leyéndolo en el caso de En busca del rey, de Gore Vidal. He tenido luego ocasión de reponerlos en veinticinco años, sabiendo además que los prestatarios están lejos, habrán cambiado de casa, y que aunque conservasen aún los volúmenes, ellos ya no me reconocerían. Los he comprado, pero para regalarlos, no para tenerlos; me parecería contribuir a una usurpación. Todo ello a sabiendas de que los libros cambian, aunque nadie los toque, aunque permanezcan quietos y ordenados en los anaqueles de la librería. Quién no se ha frustrado al intentar recuperar las viejas sensaciones de las lecturas de la primera edad, de las anginas o el sarampión. A mí me pasó cuando intenté retomar Robinson Crusoe, de Daniel Deföe, que no digo que no sea un libro de referencia, pero ya no era el mismo que leí y releí con fervor. Incluso las hojas están ahora resecas y amarillentas, crujen ásperas cuando las paso, han absorbido el polvo de todo este tiempo, se han desdibujado los textos. Es otro libro, qué caramba. Y de cuando empecé a marcar con notas mis lecturas, a sentirme protagonista como lector, a intervenir, encuentro en los márgenes opiniones que ahora me parecen disparatadas, excesivas, ostentosas, grotescas. Me sonrojo leyéndolas y no me identifico con las citas que entonces, con tanto entusiasmo subrayé. Llego a preguntarme si fui yo quien trazó semejantes dislates, pero no puede ser de otro modo, ya que nadie más, que yo sepa, leyó estos libros que ahora me parecen tan viejos. El tiempo contado de otra manera, ya lo adelantaba al principio. Y si uno ha tenido la suerte de escribir y publicar, los libros propios también tienen su propia manera de contarte el tiempo. No me refiero sólo a las torpezas que diste a publicar y que hoy comprarías o robarías ejemplar a ejemplar y quemarías luego hasta borrarlos del mapa, como hizo Borges con su primer poemario. Es que cada volumen sigue su curso, vive su vida, llena de avatares. Si lo reencuentras, puede resultar doloroso, como cuando me topé en un mercadillo de segunda mano con el libro que años antes había dedicado con cariño y torpeza a un amigo que luego falleció. O descubrir con sorpresa que un ejemplar determinado de uno de tus primeros libros vale varias veces su precio, sólo y paradójicamente porque lleva adherida una dedicatoria y la firma del autor. A veces he sentido la tentación de comprarlo para descubrir quién fue el canalla que lo revendió. Algún crítico, seguro. Cuando dominen el mercado los libros electrónicos, me pregunto cómo se plasmarán en ellos las dedicatorias del autor. Seguro que ya hay un modo. Y qué será de mi biblioteca, una parte de la cual heredé de mi padre y por la que me gustaría que me recordaran mis hijos. Un tiempo que es futurible, pero al que ya me anticipo con la libertad cósmica que me ofrecen los libros.
El reino de los aplazadores
Procrastinar está de moda. La palabreja suena a pecado, pero en principio no es pecado ni delito. Los psicólogos llaman procrastinadores a aquellas personas que tienden a ir posponiendo las decisiones o las tareas importantes, sustituyéndolas por otras más fáciles o agradables. Los que dejan para mañana lo que pueden hacer hoy, para decirlo de forma más castiza. Aunque nos asalte la tentación de pensar que los primeros procrastinadores son quienes adoptaron el término sin traducirlo del inglés, en realidad el palabro procede de la unión de las partículas latinas pro, que quiere decir adelante, y crastinus, que significa referente al futuro. En una sociedad como la nuestra, todos aplazamos. A quién no se le acumulan recados sin hacer, limpiezas sin acabar, periódicos sin leer, cachivaches inútiles que nunca tiramos a la basura. Quién no se enreda contestando el correo electrónico o divagando por las redes sociales, antes de hincarle el diente a la tarea que le aguarda en el ordenador. Nuestra vida moderna está llena de tentaciones para procrastinar, pero uno sólo merece este apelativo cuando su manía de posponer las obligaciones afecta a su salud o la de otras personas. Cuando genera ansiedad, frustración o estrés por postergar sus compromisos. Porque hay procrastinadores voluntarios que esperan hasta el último momento para actuar porque el agobio de la prisa les produce una euforia tonificante y creen que trabajar bajo presión les añade creatividad. Por ejemplo, tengo un amigo pintor que espera a que falte un mes para inaugurar la exposición que tiene apalabrada para entonces atacar el grueso de la obra que va a colgar en la sala. Y a pesar de ello, sus resultados siempre me han parecido como mínimo notables, por lo que habrá que concederle el beneficio de la duda. Pero la mayoría de los que procrastinan habitualmente lo hacen por miedo a fracasar, e incluso a lograr el éxito; así de raros somos. Luego hay un tercer grupo, el formado por los indecisos, que son los que intentan no tomar decisiones para no afrontar la responsabilidad de haberlas tomado. Una vez expuesto el asunto, podemos entretenernos un rato en elucubrar a qué grupo de procrastinadores pertenece el líder de un partido político que no se decide a expulsar de su formación a aquellos correligionarios que están acusados de utilizar el dinero público para su enriquecimiento personal o de aceptar sobornos a sabiendas de que les comprometían a favorecer a los desaprensivos que se los ofrecían. La tentación es pensar que los expulsados poseen información que compromete al propio líder, y que tiene miedo de que se enfaden y acaben difundiéndola. Pero, claro, también puede tratarse de un simple enfermo de indecisión. Del mismo modo, nos preguntamos a qué tipo de procrastinador pertenece el líder de una organización religiosa a la que de pronto le han salido a la luz, como afloran las setas tras la lluvia, un sinfín de casos de pederastia cometidos por sus subordinados. Y, lo que es peor, la sospecha ominosa de que el susodicho líder había conocido y ocultado algunos de estos casos. Unidos en su procrastinación, ambos líderes callan, ocultan la cabeza bajo el ala o el hábito y, cuando no tienen más remedio que hablar, lo hacen de forma evasiva o ininteligible. Uno omite con torpeza la pregunta que se le hace y contesta cualquier otra de las notas que lleva preparadas, el otro apela a su jerigonza metafísica. Ambos saben, sin embargo que los sostiene la fe. Me refiero a esa inercia de la sociedad de la información que vuelve viejas las noticias de la semana pasada y las entierra en el olvido sin que se hayan resuelto, por el simple procedimiento de esperar a que otras las entierren. Sostenerlas con vida supone un esfuerzo titánico y el riesgo de aburrir a la concurrencia, que ya tiene clara su decisión, porque a los seguidores de ambos líderes procrastinadores les mueve la pasión no el raciocionio. Al final es muy probable que todo permanezca como está y que sólo nos demos cuenta unos cuantos procrastinadores que leemos los periódicos acumulados demasiado tarde, lejos de la fecha en que ocurrieron las cosas.
Irak en cine
Cuando ya parecía que los invasores le habían sacado todo el jugo económico a Irak, son capaces de rizar más el rizo y aún le siguen sacando dinero con el cine. Se critican a sí mismos, que es una forma retorcida de hacer catarsis sin dejar de hacer recaudación. En tierra hostil, la película británica laureada con los mejores Óscar este año y la más reciente Green Zone nos meten de cabeza en las calles destrozadas de Bagdad. Encima lo hacen bien, me parecen dos buenas películas, aunque no considero que alcancen la categoría de obras maestras. Pero te hacen sentir como si estuvieras viviendo el conflicto desde una ventana privilegiada, a salvo de los tiros y de las explosiones, aunque no de sus implicaciones emocionales. Los escenarios están muy logrados. Eso lo reconocen hasta las mismas tropas norteamericanas destacadas en la antigua Mesopotamia. Es lo único que admiten. Bueno, uno de los entrevistados, el sargento Gardner, añade que la única parte con la que se identifica de En tierra hostil, la única que le parece realista, es cuando el protagonista está en un supermercado de Estados Unidos y aún se siente en medio de la guerra. Todo lo demás no se parece a su oficio. Los encuestados coinciden en que hay secuencias imposibles, como aquella en la que el sargento que comanda la unidad de artificieros escapa de la base vestido de civil y, después de algunas peripecias, le dejan regresar como si no hubiera pasado nada. Como ya presentíamos, también es inaudito que un artificiero se despoje del traje y se desprenda de los auriculares para realizar una misión, puesto que el protocolo les obliga a trabajar en equipo. Claro, también les indigna a los encuestados la imagen de pendencieros y borrachuzos que dejan en la retina sus dobles cinematográficos. Todo eso les parece inverosímil rallando en lo ridículo, según afirman. Lo que demuestra una vez más que la realidad en sí misma es más increíble que la ficción. El tema principal de la película es la adicción al peligro extremo del sargento Will James y para ilustrarla era preciso saltarse todos los reglamentos del ejército, que están concebidos para minimizar riesgos, pero no para emocionar a los públicos. Los únicos que perciben la divergencia son los especialistas, como nos pasa a los aficionados al fútbol en La gran evasión o a los aficionados al rugby en Invictus. Así que no creo que sargento real Jeffrey Sarver consiga sacar tajada del éxito de En tierra hostil. Él insiste en que la peli se basa en un artículo que publicó en Playboy explicando los pormenores de su trabajo de desactivación. Pero los responsables de la película sólo lo usaron para inventar desde una base creíble. Y los propios conmilitones de Sarver le quitan la razón, al coincidir en que la película es inverosímil. Tampoco es verdad Green Zone, que nos introduce en la Bagdad de los primeros días de la invasión, cuando todavía la posibilidad de que existieran armas de destrucción masiva estaba candente y sin despejar. Al menos en este caso no hay encuestas entre los militares ni entre los miembros de la CIA. Todos sabíamos que no existían esas armas y aceptamos la ingenuidad del sargento interpretado por Matt Damon como una licencia narrativa imprescindible para disfrutar de la trama. En este caso, la película se apoya en una novela y la cita religiosamente en los créditos, con lo que supongo que los derechos de autor están en regla. Bien es cierto que acudimos a verla con la ilusión de que sea una especie de epígono de la trilogía de Bourne, ya que coinciden de nuevo el director Greengrass y Damon. Sin llegar a decepcionarnos, la altura esta vez nos parece menor y además salimos de la sala con una especie de baile de San Vito en el cuerpo con tanta cámara subjetiva y tanto plano perdido entre temblores para acentuar la sensación de realismo. En cualquier caso, la táctica es perfecta: lían una guerra y luego le sacan pasta deformándola para que la veamos desde la perspectiva de sus pobrecitos y humanos soldados. ¿Y los irakíes? Terroristas, claro.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












