Pues venga otra vez


Coincidimos en los informativos locales de Radio Popular, hace un cuarto de siglo. Andábamos siempre cortos de tiempo para encajar las noticias. No por repetido deja de ser cierto el tópico de que, en radio, el tiempo es oro. Entonces vivíamos de las sobras que nos dejaban los informativos nacionales, una miseria que había que repartir entre la información de Albacete, los deportes y una coda final que pertenecía por tradición a José Antonio Tendero y su crítica de cine. He de confesar que yo llevaba muy mal este espacio. Le cedía paso de mala gana y se lo acortaba, no por fastidiar, sino porque no encontraba modo de comprimir más los datos y me resultaba inconcebible recortar la actualidad candente para concederles minutos a unos comentarios intemporales que en ese momento de vértigo me resultaban hasta vetustos. Porque la velocidad característica de los informativos desembocaba con el comentario de José Antonio Tendero en un remanso más propio de la tertulia y del café que de la rabiosa última hora. Lo llevaba yo muy mal, ya digo, hasta que alguien me hizo un buen día un reproche afortunado: pero si el ratito de Tendero es lo mejor del informativo; es imposible que exista otro igual ni en España ni en el mundo. A la cura de humildad que me dejó con el gesto congelado, sucedió un éxtasis de lucidez. Joder, es cierto. Nuestra relación, que se había caracterizado hasta ese momento por una pugna cortés en torno al tiempo que yo le escatimaba, cobró una cordialidad enriquecedora. Tendero era un hombre minucioso con el lenguaje. Antes y después del informativo, al que acudía puntual, recién apurado el vermú obligatorio y con el Abc doblado bajo el brazo, sus amistosos comentarios equivalían a lecciones doctorales. Lecciones de un maestro veterano, pero en un jovial y permanente reciclaje. Valga una anécdota: un día me preguntó que cómo estaba y le respondí que atofagado. Me hizo repetir la palabra. Él era un admirador confeso de Ramón Gómez de la Serna y a menudo intercambiábamos hallazgos verbales que José Antonio pasaba siempre por el tamiz del autor de las Greguerías. No dijo nada entonces, pero al día siguiente venía con los deberes hechos: Arturo, esa palabra que me dijiste ayer, no existe. No está en ningún diccionario, ¿de dónde la has sacado? No supe contestar. Debió de ser un invento. Buscamos juntos probables orígenes del término, sin llegar a ninguna conclusión. Pero así era. Agotó hasta el extremo la posibilidad de que se tratase de una errata, de que fuera alguna letra la que estuviera mal, no la palabra entera. Meses más tarde, en el último informativo que compartimos, le dije que me habían despedido y que no le iba a robar más tiempo en el micrófono. Se le cambió la expresión. ¿Por qué?, inquirió. No lo sé, dije. Es cosa de la dirección. Se levantó como un resorte y acudió al despacho del director a interesarse por mi suerte. Por un momento llegué a concebir la esperanza de que lograra convencerlo. Volvió, sin embargo, contrariado y con la impotencia de la jubilación reflejada en el rostro. Nunca he dejado de agradecerle aquel arranque. Luego nos hemos cruzado, siempre por azar, por la calle del Rosario o la de Carnicerías. Sólo verlo ya suponía un paréntesis en el tráfago, un tiempo para saborear. Antes de empezar a hablar, era un recuerdo vivo, con su sombrero, su cortesía y sus zapatos impolutos. Una manera propia, irrepetible, de referirse al poblacho que fue Albacete, al cine que creció con sus comentarios, a la vida. Hace mucho tiempo que me había anunciado su renuncia a hacer crítica, desde que desterraron las salas al extrarradio y había que ir de excursión para ver una película. Va para tres años que hablamos por última vez, pero tomé notas del encuentro. Había cumplido los noventa, y había dado un bajón, se le notaba. No obstante, su gusto por la tertulia permanecía intacto. Hablamos de la muerte. De hecho, terminó con la anécdota de un moribundo que, con su último aliento, preguntaba: ¿Y la vida era esto? Pues venga otra vez.

Ah, Lisboa





Hemos dejado atrás la casa, el pueblo y la rutina para buscarnos a nosotros mismos en otra ciudad. Los días que precedieron al viaje, con sólo cerrar los ojos y pronunciar Lisboa, parecía que estábamos ya aspirando el aire de nuestro destino. Pedíamos consejo a amigos que la conocían más y todos nos contestaban: ah, Lisboa. Pero concrétame un poco más qué sitios podemos visitar. Callejea, camínala. Lisboa es una ciudad para recorrerla a pie, nos aseguraban. Y añadían unas citas: tómate una copa aquí, un café allá a media tarde, escúchate un fado allá por la noche. Componíamos la expedición quince personas, y menos mal que José Ángel y Cosme habían estudiado más y llevaban anotados los lugares y subrayados los platos que había que pedirse. La excusa era correr la maratón de Lisboa. Nos une el Club de Atletismo Chinchilla, y esta carrera nos ofrece la posibilidad de elegir entre la maratón canónica, la media o la carrera de consolación de seis kilómetros, según las ganas y las fuerzas de cada cual. Pero sobre todo nos ofrece el complemento de visitar una ciudad apetecible. Cuando uno sale, carga la cámara y parece obligatorio filmarlo todo, visitarlo todo, que no quede nada por ver. Pues bien, Ramón resumía la última tarde nuestra visita con estas palabras: No hemos montado en ningún sitio, nos hemos puesto hasta las orejas de comer y nos hemos reído hasta hartarnos. Esa es la Lisboa que hemos vivido. Porque la hemos vivido: con sus colas de esperar el tranvía y sus colas de esperar una mesa en el Trindade y sus anocheceres de lluvia furibunda y sus cuestas empedradas hacia callejones de ventanas tiznadas todavía por el incendio de Chiado y la inquietante sensación de que los lisboetas entienden todo lo que decimos y sin embargo nosotros no entendemos ni una palabra de lo que ellos nos mascullan sonrientes con una mezcla de erres guturales y eses silbantes. Hemos estado atrapados en un autobús del aeropuerto, contemplando hacinados cómo nuestras maletas se alojaban cómodamente en el vientre del avión, mientras nosotros aguardábamos una hora a que nos dejaran bajar; una hora envidiando a nuestras maletas por obra y gracia de Easy-Jet, una de esas compañías de vuelos baratos que ofrecen además experiencias intensas. A mí me recordaba en algunos momentos la famosa cabina telefónica de la que no lograba escapar, ya nunca lo logró, el añorado José Luis López Vázquez. Pero nosotros sí salimos y comulgamos con ginjinha en la copa que se había ganado Manoli en la Media Maratón, mientras un guitarrista espontáneo nos ofrecía un concierto en la plaza del Rossio. También caminamos junto al Tajo, en una mañana primaveral de diciembre, entre el monumento a los descubridores y la impenetrable torre de Belem. Y claro, nos hinchamos a comer pasteles de Belem, que cambian de nombre cuando los compras en el centro de la ciudad para llamarse Bolos de Nata, por aquello del copyright. Y nos hinchamos de beber cerveza Sagre y de comer bacalao a bras, incluso aquellos a los que no les gusta el bacalao. Y una noche de extravío en los callejones que rodean el castillo, que no conseguimos ver abierto, nos topamos con una foto vieja expuesta en un muro deleznable. Bajo la foto, el nombre del personaje retratado. Y un poco más allá, otra foto. Y otra. Y supimos entonces que estábamos ante una exposición callejera. Y hasta conocimos a la artista, una estadounidense que tiene un estudio en medio de aquellas estrecheces. La felicitamos con emoción, como si hubiéramos venido a solo a eso, a saludarla, y seguimos caminando por calles en las que cada chiringuito al que entras a orinar o a tomar café, o a las dos cosas, ofrece una sorpresa. La última cena la tomamos en la Casa do Alentejo, en un salón siniestro, donde los espejos reflejan el pasado. Al final no montamos en nada, como decía Ramón. Y sin embargo, la ciudad nos ha cambiado. Hemos vuelto ya, o eso parece, y caminamos todavía sobre las calles empedradas, unos centímetros por encima de la rutina que vuelve a capturarnos lenta, inexorablemente.

La ventana de Antonio Colinas


Nos pasamos el día hablando y escuchando palabras y no vemos las palabras, sino los mundos que representan. Lo mismo leemos en la portada del periódico que hay miles de casas vacías, que le escuchamos decir a la mujer del tiempo que mañana lloverá por fin después de un verano interminable. Pero lo que vemos entonces no son las palabras, sino las habitaciones de una casa sin muebles, cada cual la que más conoce, y lo que sentimos es el repiqueteo del agua en el tejado y el olor a mojado de la calle, porque esas son las asociaciones que nos trae la sola mención de la palabra lluvia. No vemos las palabras, sino los mundos que levantan. Y de esa cualidad se alimenta la poesía para acercarnos a realidades que no se encuentran fuera, sino dentro de nosotros, realidades muchas veces cubiertas con dos dedos de polvo y nubes de telarañas. Cuando las palabras tienen el ritmo adecuado, son capaces de abrir una ventana en esos desvanes interiores. En el caso de Antonio Colinas, nos abren vistas a los campos de sus orígenes, en El Bierzo y en León. Paisajes que caen como una lluvia oxigenada en nuestro ánimo y lo lavan de tanta ciudad y tanta civilización. Eso ocurrió el otro día en el viejo salón de ceremonias del Museo Municipal. Había momentos en que el propio poeta cerraba los ojos, un viento invisible le descolocaba las páginas y sin embargo él no perdía el hilo del poema, lo seguía leyendo o contemplando en la memoria. Estaba como en trance. La melena quevedesca, el bigote gris, las gafas de leer y los paisajes sucediéndose sobre el alféizar de una ventana imaginaria que acabamos atravesando todos para terminar pisando el paisaje, la nieve a veces, la fronda de los valles. El sonsonete de su voz me recordaba mucho al de Neruda. En algún momento Colinas había dicho que fue uno de sus primeros ídolos, junto a Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, y algo debe de quedarnos siempre de los primeros maestros, aunque ya no seamos conscientes de ello, porque los hemos asimilado de tal manera que son ya una parte constituyente de nosotros como las manchas en la piel de la cara. Por eso el oleaje con el que empuja las palabras de sus versos Antonio Colinas tiene algo de aquel oleaje parsimonioso del maestro chileno. Un deje entre nostálgico y marítimo. Ambos son poetas de pausa que escriben sin pausa. Neruda lo hacía hasta en las servilletas de los bares. Colinas ha acumulado a lo largo de cuarenta años de oficio una colección a la que ha llamado El río de sombra, que ya se le desborda con nuevos poemas venidos del tiempo y abismo y hasta de los desiertos de la luz, que esos son los títulos con los que afloran las nuevas colecciones. Su escritura es torrencial y abarca todos los géneros. No se conforma con sus propios poemas, sino que traduce yo diría que sin descanso, sobre todo a poetas italianos. Su biografía de Leopardi es apasionada y le sigue granjeando invitaciones para hablar del poeta de Recanati. Sin embargo, no lo considera de los más influyentes en su obra. Tampoco mencionó a Juan de la Cruz, cuyos pasos había seguido con fruición hasta los rincones más insignificantes de las crónicas. Llegó a pedir las llaves de las dependencias de monasterios por los que anduvo el carmelita, ante los que se sentó a oír el rumor del agua y el canto de los pájaros y a mirar las estrellas. Aquel hombre pequeño sabía convertir los sonidos y las vistas en palabras, de tal manera que seguimos viéndolos y escuchándolos, no como él los vio con los ojos, sino tal y como le estremecieron. Colinas fue descalzo tras él y bajó a beber en los mismos cuencos de barro para destilar sus Tratados de armonía que están a la altura de sus mejores poemas. Ahora como un místico que recita un mantra, cierra los ojos para leer y deja que su voz camine por paisajes que estaban dentro de nosotros sin que lo supiéramos.

José Luis Parra




Se levanta a leer a las seis de la mañana. Dice que es la hora en la que mejor se defienden sus maltrechos ojos, cuando el silencio es un cómplice fiel y la luz tiene una pureza intacta. Dice también que la lectura va acompañada de pequeños placeres añadidos, como sentir que la claridad se extiende en la cocina, que es su estancia de la casa favorita para estos menesteres, o como notar con el rabillo del ojo que se van encendiendo las bombillas en las alcobas de los edificios colindantes. Para muchos empieza una jornada de trabajo y madrugar es la primera de las condenas asociadas a la vida laboral. Estas reflexiones cruzan un instante por la mente de José Luis Parra mientras sus ojos se deslizan por el papel. Acaba de jubilarse y la sociedad ya no le impone este tipo de esclavitudes. En realidad hace quince años que mantiene esta rutina matinal. Para él, como es evidente, leer no es cualquier cosa. Es un ejercicio vital equivalente a respirar. Cuando el día acaba de instalarse, se toma un café y, si está inspirado, compone. Antes salía a la calle e iba construyendo mentalmente el poema mientras recorría un circuito cotidiano de Quart de Poblet, un circuito que incluía paradas en ciertos bares y cervecerías donde era un parroquiano habitual. Al verlo sentado ante la barra, con la cerveza en la mano y aparentemente ocioso, a veces se le acercaba algún mochuelo aburrido con ganas de pegar la hebra y lo distraía de los versos. Llevar el poema en la cabeza, mantenerlo vivo mientras uno va añadiendo o quitando adjetivos e imágenes, es una tarea que a la mayoría de los poetas se nos antoja inabarcable. Casi todos necesitamos emborronar un montón de cuartillas o utilizar un procesador de textos, bendito invento que permite quitar y poner, reencontrando cada vez la página limpia. Así, de cabeza, y paseando por las calles de su pueblo, Parra ha compuesto poemas prodigiosos, como Meditación de un aniversario, que tiene ochenta y dos versos y es un clásico para los privilegiados que sabemos que este tipo bajito, nacido en Madrid pero recriado en Valencia, es un portento. Es tan bueno que los Manolos de Pre-textos y el sevillano Abelardo Linares de Renacimiento le publican los libros conforme los escribe. Editores de los de antes. Editores con buen gusto que publican su calidad aun sabiendo que no va a hacerles ricos. Por eso Parra no ha tenido que ganar premios ni sufre por publicar como buena parte de los poetas. El otro día vino a Albacete a leer en público una selección de su último libro, De la frontera. Sus libros siempre tienen títulos que apuntan a lo sombrío. La frontera a la que alude este último es la vejez. Y de hecho, los primeros momentos del acto, en el antiguo Ayuntamiento, tuvieron hasta su punto de cómico, porque Parra no veía las letras. El primer poema lo fue reconstruyendo desde la memoria más que leyéndolo, según reconoció. Enseguida, solícitos, los empleados del Museo Municipal y algún colega le acercaron un atril provisto de iluminación propia. Entonces retomó con alivio la lectura. Aún tuvo que afrontar otro momento chocante. Tan serviciales estaban los empleados municipales que lo encañonaron con otro foco más grande justo en el momento en que él pronunciaba la palabra resplandor. Pareció que formara parte de un happening. Despertó risas en los asistentes. Sin embargo, sus poemas son intensos, pero profundamente sombríos. Hablan de sentimientos que habitualmente procuramos esconder bajo la alfombra, como la culpa, la esterilidad o la aceptación de la propia decrepitud. Conforme leía, se iba adensando el silencio en el salón de actos. Teníamos la sensación de ir sumiéndonos en una fosa cada vez más oscura. No obstante, esos sentimientos forman parte de la vida y Parra es capaz de conjurarlos con una precisión al alcance de muy pocos. El aplauso final fue como una liberación colectiva. Duró una eternidad. Al fin y al cabo siempre llega a sus poemas, para salvarlos de la sombra, la luz consoladora del amanecer, directamente desde sus lecturas matinales en la cocina.

Ana Isabel Conejo


Los laberintos de la vida se parecen mucho al destino. El padre de Ana Isabel Conejo quería que estudiara Biología y a ella le gustaba más la Filosofía. Pero llegaron a un acuerdo: satisfacer la voluntad paterna y después la propia. El padre murió en mitad del camino y Ana Isabel se resignó a ser profesora de ciencias en los institutos, empezando por el Sabuco de Albacete. Mientras, escribía. Escribía siempre. Sus poemas hablaban de ella misma. Cuando quedó finalista del Adonais con Vidrios, vasos, luz, tardes, tomó una decisión que ha terminado de traerla a donde está: no escribiría más de su propia realidad, sino a través de las cosas. Y de una revista de descubrimientos arqueológicos nacieron los primeros poemas de su nueva vida, los poemas que luego compondrían el libro Atlas, con el que ganó el premio Hiperión y el Ojo Crítico. A través de las ruinas más antiguas, las de Mesopotamia, en las que los muertos están muy muertos, pero todavía es posible encontrar indicios vivos de su paso por la tierra, nos es posible distinguir los ojos negros de Ana Isabel contemplando ese paisaje y su espíritu rescatando emociones de las más diminutas señales, de los más insignificantes restos. El otro día, en el salón de actos del ayuntamiento viejo, nos guió además con su propia voz por este poema y por otros, como aquel en el que se transporta al paisaje de los antiguos griegos, que no tenían un nombre para el color azul, aunque evidentemente contemplaban el cielo con “un color indecible que nosotros no vemos”. Y nos guió por el color rosa, que huye de la hambrienta vitalidad del rojo, “consciente de que gana / poder al diluirse / en el lienzo de sombras del contexto”. Y su voz, entrenada de leerle cuentos a su hijo Alejandro y de escribir historias para adolescentes y niños, gracias a las cuales ha dejado de momento la enseñanza, nos guió también por sus desconcertadas sensaciones de madre en el poema Hijo: “Eres tú quien me enseña a hablar como si nunca / hubiese hablado”. Y es la primera, Ana Isabel, que viene además a leernos directamente desde un libro digital, que colocó sobre la mesa y sobre el que pasaba las páginas invisibles pulsando una tecla con un rizo de dedos de su mano izquierda. Y así, después de haber paseado por el viejo Atlas de los muertos muy muertos y por los colores perdidos y ganados, después de recrear en el vapor de la tarde los rostros de Lauren Bacall y Humphrey Bogart y de mostrarnos el contenido de sus maletas, Ana Isabel calló y sonrió tímida esperando preguntas, que apenas si llegaron desde el público embriagado con estos poemas que son a la vez cuentos y poemas y son válidos en ambos géneros. Tras ellos, como un tapiz, se percibe un intenso ejercicio de documentación, la de una profesora de ciencias a la que el destino, al final, ha traído de lleno a la escritura.

Un poema para morir




La Caja de Castilla-La Mancha ha desarrollado un ciclo de conferencias sobre la literatura española del siglo XX. En el programa venía anunciado que el último ponente sería José María Pozuelo Yvancos. En efecto, este crítico, por cierto de familia chinchillana, nos puso en orden las novelas de la transición que habíamos leído desordenadas. Luego, fuera de programa, la organización nos tenía preparada una sorpresa: una lectura del poeta Francisco Brines. Claro que la sorpresa venía después de la hora y pico que duró la conferencia de su antecesor, con lo que el auditorio se quedó en la mitad para escuchar al maestro de la generación del medio siglo. A Brines le dio lo mismo. Los poetas terminan acostumbrándose a todo, incluso a salir de telonero de un crítico de novela y mantener en vilo a un público cuyas neuronas están medio derretidas de cansancio. El venerable poeta dice siempre que se siente viejo, pero no decrépito. Sacó su chuleta, con los poemas que tenía previsto leer, y fue haciendo una introducción a cada uno de ellos. Le gusta a Brines leer poemas que han servido para otras cosas en la vida, además de para emocionar al lector, que ya es mucho. Recuerdo que hace tiempo me contó que una mujer le había pedido que le firmara el poema que leyeron en su boda. Qué emocionante, verdad, que se casen con un poema tuyo. Qué honor. Y el otro día, introdujo otra anécdota hermosísima. Una mujer le había pedido que le firmase, no el libro, sino un poema concreto. ¿Por qué este?, se interesó Brines. Porque mi hermano, que padecía un cáncer terminal, lo leía todos los días en voz alta e hizo que nos lo aprendiéramos sus familiares y amigos. Cualquiera podría pensar que se trataba de una obsesión a la que se aferraba un hombre asediado por su destino. Y seguramente lo era. Pero también un poema magnífico, uno de esos poemas que valen por toda la obra de un poeta, si en la de Brines no hubiera también otros extraordinarios. Se llama Oscureciendo el bosque, y empieza así: “Toda esta hermosa tarde, de poca luz, / caída sobre los grises bosques de Inglaterra, / es tiempo. Tiempo que está muriendo / dentro de mis tranquilos ojos…” Si un poema sirve para dar consuelo a un moribundo y a quienes le quieren es que, secretamente, la poesía sigue ejerciendo una función pública, la que se reserva para las ceremonias más valiosas, las que uno no quiere afrontar solo. No importa que su lectura sirva de telón de fondo a otros géneros más mediáticos, no importa que la escuchemos con las neuronas derretidas de cansancio. Oír esos mismos versos en la voz de quien los escribió fue asistir de nuevo al milagro. Al que termina así: “Mirad con cuánto gozo os digo / que es hermoso vivir”. Y en esas palabras, como dijo Brines, el poema había encontrado a su lector más verdadero.

Corredor Matheos

FOTO AGUSTÍN FERNÁNDEZ

Podemos ser libres porque nadie nos compra. Corredor Matheos se refiere, claro, a los poetas. A sus 80 años se mantiene en una forma envidiable. Ha pasado por Albacete como un huracán discreto, pero un huracán. En una tarde ha dirigido un taller de escritura en Chinchilla, ha leído una selección de su poesía y aún ha tenido tiempo de deslumbrar con unas reflexiones sobre arte, antes de seguir la conversación en la cena. Ha dicho que Picasso era un pintor extraordinario, el más representativo del siglo XX, pero en absoluto profundo. Que sus obras no tienen hondura, no estremecen. Con melenilla de artista, el cabello fino, deshilachado, la voz cascada y un ligerísimo acento catalán, este hombre menudo y fuerte es al mismo tiempo hijo predilecto de Castilla-La Mancha, de su Alcázar natal y Medalla de Oro de Barcelona. La punta del iceberg de un currículum apabullante. Dice que viajar le relaja y que va a todas partes con un bolígrafo y un papel, por si las moscas, o los perros, que son una constante en su vida y en su obra. Contemplas ese perro/ vagabundo/ y te sientes perdido/ como él. Dice que el arte no puede ser realista porque la realidad ya está ahí, no la toques. Que la poesía es descubrir ese secreto que esconde la realidad más visible. No es que la realidad no importe; importa como puerta que conduce a lo más profundo. También da la clave para que venga la poesía. Hay que perder el sentido de la responsabilidad. Decía Antonio Machado que el poeta es el que menos obligación tiene de escribir versos. Si buscas la poesía, no aparece. Tienes que estar atento, hacer un vacío, un paréntesis en tu vida cotidiana. El gran problema es que tenemos poco tiempo para la quietud y la soledad que requiere la escritura, pero también la lectura. Cómo es posible, con la actividad que desarrolla, que Corredor haya encontrado tantos de esos momentos. Desde Cartas a Li Po hasta el reciente Un pez que va por el jardín, ha cuajado una obra poética que algunos críticos consideran zen y que alcanzó en 2005 el Premio Nacional con El don de la ignorancia. Compara la poesía con una cebolla. La forma son las capas. Dice que si vas quitándole capas, al final no queda nada. Pues esa nada, ese silencio significativo, es la poesía. Un espectador le pide que destaque una metáfora propia. Corredor le contesta que las metáforas no son importantes, que no recuerda ninguna. ¿Pero ese pez que va por el jardín? No es una metáfora, soy yo. También el perro que me mira y me conoce. Antes de irse, hace otra demostración. He descuidado mi mochila en el suelo y tropieza con ella. Por un momento, temo que se caiga. Pero con qué agilidad se reequilibra, propia de quien va ligero, lleno de silencios significativos. Nadie nos compra, por eso somos libres. Se refiere, claro, a los poetas.

El personaje de Eloy M. Cebrián




Eloy M. Cebrián acaba de publicar dos libros a la vez, uno de cuentos (Comunión) y otro de artículos (La ley de Murphy). Gracias a que somos amigos, había tenido el privilegio de leer el borrador de la mayoría de los cuentos. También había leído casi todos los artículos conforme iban apareciendo en La Tribuna. Sin embargo, ahora, al volver sobre ellos, me han sorprendido cosas que entonces me pasaron desapercibidas. Seguramente porque no hay dos lecturas iguales, aunque mucha gente crea que sí. No puedes abstraerte tanto que lo que te rodea no se mezcle con lo que lees. En mi caso, creo que influye el ver reunidos los textos que había leído diseminados y el poder comparar al personaje que escribe los artículos con los personajes que se arrastran en las historias de Comunión. Me quedo con el que sale en los artículos. Los cuentos son muy buenos; algunos han merecido el premio o el elogio de los mejores jurados de certámenes narrativos de España; ahí está el borgiano habitante de La Torre o la acoquinada protagonista de Igual que entonces. Pero el autor se las hace pasar canutas. En cambio, al personaje de los artículos le pasan muchas cosas y siempre sale airoso, lírico, senequista, modesto. Eloy ha repetido (es un quejicoso impenitente) que no es un columnista al uso porque no suele apoyar sus artículos en la percha de una noticia. Sabe que lo que más echa en falta el lector de periódicos es identificarse con un tipo normal, que no ande en traje ni vaya con la sonrisa de las inauguraciones. Un tipo al que le pasen cosas normales o que parezcan normales. Un tipo sentimental cuando hay que serlo, leal con sus amigos y con sus aficiones, amante de los protocolos, gamberro y algo gruñón. El protagonista de La ley de Murphy es como un imán para lo extraño, como que le pongan la foto de otro en el carné de identidad o le endilguen la identidad del dueño de un bar y Hacienda le reclame el IVA. Ese es el personaje de estos artículos deliciosos. Se llega uno a preguntar como en el chiste: ¿Cómo me iban a pasar cosas a mí, si todas le pasan a este? ¿Cuál es la explicación de este fenómeno? Bueno, hay que decir que Eloy es un conversador infatigable, capaz de localizar en internet a un autor estadounidense al que había leído en una clase de la Universidad y trabar una amistad estrecha. Además en alguno de los artículos confiesa el pillo que en este país hemos encontrado la manera de no contar las cosas como sucedieron, sino como gustaría que hubieran sido. Pero sobre todo porque es capaz de iluminar con su escritura la anécdota más insustancial, la que contada por cualquier otro resultaría anodina.

Música celestial


Hemos mirado mucho al cielo tratando de ver más de lo que ven los ojos, que cada vez ven menos, entre la miopía y la contaminación lumínica (una auténtica pandemia). No importa: en ese temblor sideral, en esa profundidad inmensa de lo oscuro, intuimos que están sucediendo cosas que marcan nuestro propio temblor, tan modesto y a la vez tan altanero. Hace 400 años Galileo ahondó más allá de lo que ven los ojos y lo que descubrió resultaba tan deslumbrante y nos empequeñecía tanto que casi se lo cargan por describirlo. Ahora, un grupo de científicos capitaneado por el suizo Mayor ha descubierto de golpe 32 planetas extrasolares que ni alcanza la vista ni se dejan ver por los telescopios. Hace falta una máquina mágica, el Buscador de Planetas por Velocidad Radial de Alta Precisión, que se acopla al telescopio. Gracias a este ingenio se conocen ya 350 exoplanetas, como llaman los astrónomos a los planetas integrados en sistemas estelares parecidos al nuestro. Se sabe que están ahí por el ligero temblor que produce su fuerza gravitacional en la trayectoria de los astros en torno a los que giran. Son invisibles para nosotros, pero capaces de alterar la trayectoria de la luz que los alumbra, la luz que sí alcanzamos a ver. Por eso sabemos que ahí están, tan lejos que forman parte de una nube de cálculos infinitesimales, apenas más que un sueño. Escipión El Africano, ahora de moda en una trilogía novelesca, tuvo un sueño en el que podía oír la música que las esferas producen en su discurrir por el cosmos. Una música inaudible para los humanos, que sin embargo las sucesivas generaciones han asociado a la armonía de la naturaleza y que inspiró a Einstein la Ley de la Relatividad. Pues bien, hace un lustro, la NASA probó que esa música existe y que suena trescientas veces más baja de lo que es capaz de captar nuestro oído. Sin embargo, la absorbe nuestro espíritu. Es el silencio de una noche de luna o de una noche estrellada, mejor si es junto al mar o junto a un río, cuando toda la luz astral fluye a través de los iones y recarga nuestras carnales baterías. La física cuántica, que empezó a desvelarse hace un siglo y que ahora avanza a pasos agigantados, nos muestra que ese cielo estrellado que nos parece tan abismal está sucediendo dentro de nosotros. Que la distancia entre las partículas que componen la materia de la que estamos hechos es tan sideral como la que creen distinguir nuestros sobrevalorados ojos. Cuando callamos al fin, cuando somos capaces de contener el ruido de nuestras ideas, se oye el silencio de los astros, la armonía de las esferas que nos conforman, hermanas de esos planetas extrasolares que acaban de intuir los astrónomos y por supuesto hermanas de todo lo que nos rodea, sean subsaharianos, mariposas que agitan sus alas en Pekín o virus de la gripe A.

Poetas vivos y poetas que no mueren




El lehendakari vasco leyó un poema de Kirmen Uribe en su toma de posesión hace cinco meses y ahora al poeta le han dado el Premio Nacional de Narrativa por una novela que aún no se ha publicado en castellano. El euskera recibe, como es evidente, un espaldarazo para su normalización en la cultura española, ahora que en Euskadi manda un socialista por primera vez desde la democracia. Por supuesto, no entramos en la calidad de la obra premiada, que no podemos juzgar, porque el vascuence de momento nos es impenetrable. Según los cronistas, para el jurado también, por lo que hubieron de leerlo en una traducción de Ana Arregi, revisada por el propio autor. Kirmen Uribe recibió la noticia mientras esperaba que varias editoriales pujaran por publicar esa traducción al castellano que de pronto se ha revalorizado. El premio llega unos días después de que los suecos le den el Nóbel de la Paz a Obama por haberse convertido en una esperanza para el mundo, cosa muy meritoria aunque su antecesor se lo pusiera a huevo. En fin que está bien que los premios sirvan para eso, para normalizar cosas que están sin normalizar y para agradecer que alguien traiga esperanza a este mundo desesperanzado. También es bueno que cada año le den el Nóbel de Literatura a un escritor desconocido. Sobre todo si es buen escritor, que ya lo iremos comprobando poco a poco. Se les agradece a los académicos suecos que se la jueguen, en vez de optar por lo trillado y premiar a escritores de renombre, ahítos de galardones, homenajes y vasallos. Más tarde el tiempo pondrá a cada cual en su sitio, un tópico consolador para los que escriben sin renombre y sin premio. Aunque también los hay con premio, pero sin renombre. Estoy pensando en Diego Jesús Jiménez, que ganó dos veces el Premio Nacional de Poesía, cosa que pocos pueden contar, y que sin embargo vivió en un segundo plano hasta el final. “Y en tus ojos, que celebran lo efímero, / arde la soledad de toda gloria”, decía uno de los versos de su libro más galardonado. DJJ se nos ha muerto ahora, tras regalarnos estos poemas y su amistad de fumador entrañable. También se nos ha muerto Rafael Arozarena, más viejo aún, con menos premios, tras mostrarnos la aridez vecinal y paisajística de una Lanzarote anterior al turismo, en ese libro legendario titulado Mararía. Y se nos ha muerto, antes de apagar las velas de su centenario, José Antonio Muñoz Rojas, al que llegué a tiempo de leer en vida gracias a mi amigo León Molina. Los tres me emocionaron y siguen haciéndolo. El premiado soy yo por haberles conocido. Uribe y Herta Müller de momento sólo son nombres, aún deben demostrar de lo que son capaces como autores. Mi emoción de lector no admite dirigismos. Aunque esté bien que un político ande por ahí leyendo versos.

Distancias



Dicen que la distancia es el olvido, asegura el bolero. Y los enamorados se esfuerzan por contradecirlo, casi siempre sin éxito. A los de aquí nos resulta más fácil, porque estamos acostumbrados. En este siglo en que nada pasa lo bastante lejos como para resultarnos ajeno, que lo mismo nos sobrecoge un terremoto en Sumatra que el secuestro de un pesquero en Somalia, no conozco viaje más transiberiano que ir a Toledo a resolver papeles. Y quien dice a Toledo, igual puede decir Ciudad Real o Puertollano o Tomelloso. Legendarias ciudades castellanas, quizá manchegas, o incluso castellano manchegas, si es que eso es posible, pero tan lejanas que cuesta llegar de una a otra, hasta en internet. Y no porque la distancia sobre el plano se antoje excesiva. Antes de partir uno se dice: por esta carretera son tres horas y por aquella, dos y tres cuartos. Se santigua, pone a andar el coche, y tarda lo mismo exactamente (una eternidad), marque la hora que marque el reloj cuando el vehículo surca las últimas rotondas, las de la desesperación. A estas alturas ya sabemos que todo es relativo, hasta el espacio y el tiempo. Tres horas de viaje en cualquier dirección fuera de nuestra comunidad no parecen igual de largas que tres horas de viaje de un punto a otro de Castilla-La Mancha. De hecho, puede resultar más llevadero pasar por Madrid para ir a Toledo que ir derecho desde Albacete. No sé por qué, pero Ciudad Real e incluso la misma Albacete están más cerca de la capital de España que la una de la otra. Ignoro a qué se debe este fenómeno, cuya explicación pertenece al campo de la metafísica. A veces tiendo a pensar que cuando a Einstein se le ocurrió que el espacio y el tiempo podían deformarse como si fueran elásticos, por influjo de la materia oscura, no pensaba en el cosmos infinito, sino que volvía de un viaje entre capitales de nuestra comunidad autónoma. Que a don Quijote no le volvieron loco los libros de caballerías ni la solana recalentándole el cerebro, sino la falta de referencias, los caminos que no llevaban a ninguna parte, las alucinaciones que produce la materia oscura del aburrimiento. Quevedo, otro que tal, se retiró a la Torre de Juan Abad, con unos cuantos doctos libros juntos, a vivir en conversación con los difuntos y a escuchar con sus voces a los muertos. Ni siquiera se pasó por su cabeza escapar del exilio a través de la región que se abría a sus espaldas, un proyecto inabarcable para su estado de ánimo. Si no hubiéramos exterminado los trenes de cercanía, tal vez resultasen una buena solución. Un vehículo público lento, un transmanchego con casino y algún crimen, tendría sentido turístico. Entre tanto, muchos nos seguimos sintiendo más de Murcia, que está a una hora de las normales. Dicen que la distancia es el olvido, insiste el bolero. Qué castellano-manchego lo contradice.

El fan




Trato de ponerme en la piel de un fan. Ya saben, de un seguidor entusiasta de cualquier persona o cosa. Una buena manera de medir la cantidad de fan que eres supongo que es tu disposición a colgar un póster en tu habitación de trabajo, pongamos por caso. Ya ni siquiera en tu alcoba. De acuerdo con ese rasero del póster, recuerdo tiempos en que podía considerarme un fan discreto del Che, tal vez de Neruda y su poema de amor número veinte, de Groucho Marx y alguna de sus agudezas. Antes lo fui del Athletic. Luego se me pasó el entusiasmo. Me hice mayor o me creí mayor y fui perdiendo la necesidad de extender en las paredes las personas o cosas a las que soy aficionado. Aquellos mitos se desgastaron, perdieron fuerza conforme conocí sus sombras. Eso no quiere decir que no haya gente a la que admire. Pero lo hago sin pasión y sin pósteres, discretamente. Aun así puedo ponerme en la piel de un fan. Puedo comprender a los que siguen a un deportista o a un equipo y andan agitando la bandera o sudando con la bufanda al cuello en el verano de los estadios. Los deportistas hacen vibrar, generan espectáculo, entusiasman. También los cantantes. Puedo entender a las muchachas que siguen a una banda o a un vocalista y se pirran cuando ven imágenes del tipo paseando y tararean sus canciones y las tienen grabadas en todas las versiones posibles. Digamos que me he acostumbrado a relativizar las cosas y que la falta de entusiasmo me incapacita para ser un fan, que viene del inglés fanatic y que en nuestro idioma se suaviza algo pero no lo suficiente para desprenderse de la pasión que ha de acompañarlo. No estoy con ellos pero, igual que el Adriano de Margarite Yourcenar, aunque no esté ya para montar a caballo, puedo recuperar las sensaciones del jinete porque ya las experimenté antes lo bastante como para entenderlas. Sin embargo, estoy intentando ponerme en la piel del fan de un político y no lo consigo. El otro día he leído que, en las redes sociales de internet, gente como Barreda y como Carmen Oliver, ofrecen a los que se asoman a sus perfiles la posibilidad de hacerse fan de ellos. Y me cuesta imaginar quién puede entusiasmarse tanto como para seguirlos con fotos y pedirles autógrafos y colgar su póster en las alcobas. Como dijo el torero Belmonte al escuchar a Ortega y Gasset describirse como filósofo, hay gente pa to. Habrá también fanes de Barreda y Oliver. Dice José Antonio Marina que el trabajo de un político es generar esperanza. Será un problema mío, pero hace mucho tiempo que la gente que conozco vota lo malo para evitar lo peor, obligada por la partitocracia imperante, sin ningún entusiasmo. En cambio, me han hecho reír, que el sentido del humor no lo pierdo. Como humoristas sí valen. Qué ingenuos.

Maldades deportivas


Que el deporte de élite llega a ser malsano para quienes lo practican no es ninguna novedad. Hartos estamos de ver deportistas que se retiran a los treinta y pocos años con las articulaciones o el corazón de un viejo de setenta, después de haber llevado hasta el límite su organismo durante el breve esplendor de la gloria. Como las cámaras se retiran un poco antes, en el declive, este pequeño detalle queda bajo la alfombra, excepto en los casos extremos en que el deportista muere o las pasa canutas cuando aún están recientes los ecos de su popularidad. Ahí tenemos los ejemplos de ciclistas como Pantani o Friederick Nolf, el infarto fulminante de Jarque y tantos otros ejemplos que el vendaval de la actualidad va cubriendo de hojarasca. Llámenme agorero, pero en eso pensaba cuando veía omnipresente esta semana a la selección de baloncesto que primero nos hizo sufrir con sus derrotas y luego vibrar con su destreza, en una combinación de drama e idilio más propia de una telenovela que de un espectáculo deportivo. Acababa de oírle comentar a un médico, con toda naturalidad, que el organismo humano no está hecho para dar tantos saltos como prodiga un baloncestista, entre entrenamientos y partidos, con lo que todos tienen las rodillas hechas puré. Pensaba también en que hace dos años la selección de voleibol ya había ganado en Moscú, ante la anfitriona Rusia, el mismo título. Lo consiguió casi a la vez que los de Gasol perdían la final del europeo en España, por cierto, ante los rusos. Y no hubo, ni mucho menos, tantos flases ni tantas expresiones de furor hispano en el regreso de esos españoles de segunda. O de tercera, ya que los baloncestistas fueron recibidos por una multitud mucho menor que los futboleros de Luis Aragonés. Los jugadores de fútbol sala en cambio han ganado el título europeo cuatro veces sin que merezca ni televisarse. Y dos veces el mundial, anoten. Tampoco nadie ha hablado ni ha hecho hablar a Fernando Alonso, mientras excomulgaban a su jefe Briatore por haber inducido al otro piloto, Piquet, a que estrellara su monoplaza. ¿Quién fue el beneficiado, sino Alonso, que ganó la carrera? Ahora calla. Qué va a decir. Callamos con él igual que saltamos con Gasol. Igual que jugamos más con Nadal que con los otros españoles, que deben de ser menos españoles. Por cierto comparen el grosor del brazo derecho y el izquierdo de Nadal. Además hemos corrido la vuelta a España con Valverde, sin acordarnos de que está suspendido por doping en Italia. Claro que le ayuda muy poco que nuestra normativa antidopaje vaya tan justita que haya sido uno de los puntos flacos de la candidatura de Madrid a ciudad olímpica. En eso no somos campeones. Aunque tengamos agujetas de tanto celebrar unas glorias más que otras desde el sillón bol más laureado del planeta.

Auctoritas


Luis Aragonés, el seleccionador que llevó a España entre clamores a ganar el europeo de fútbol, pasó de jugador a entrenador de un día para otro. Ayer estaba bromeando con sus compañeros, siendo uno más de la peña, y hoy tenía que organizarlos, decidir la alineación, determinar quién salía al campo y quién se quedaba en la grada. Menuda papeleta. Sus nuevos pupilos, los jugadores del Atlético de Madrid del año 74, se quedaron de una pieza al ver que su camarada de la víspera, en su alegato inicial, les hablaba de usted. Fue una solución sencilla y eficaz para marcar las distancias y recordarles que existían nuevos límites. También les usteaba cuando se dirigía a cada uno individualmente y así sigue haciéndolo. No en vano le llaman El Sabio de Hortaleza. Por supuesto, el usteo es sólo una herramienta que unas veces puede funcionar y otras no. La autoridad es otra cosa. Para los romanos, la ostentaban aquellas personas cuya opinión en una determinada materia merecía el respeto general. No es exactamente lo que nosotros entendemos por autoridad, pero era muy diferente de la potestas, que podríamos traducir con muchos matices como poder. Un individuo podía tener mucha auctoritas sin tener ningún poder y otro podía amasar mucho poder sin gozar de ninguna auctoritas. Lo ideal es que ambas coincidan, pero desde Roma hasta aquí esa conjunción se ha dado muchas menos veces de lo que sería deseable. El profesor, por ejemplo, ha ostentado durante generaciones la potestas indiscutible en su clase, sobre sus alumnos y sobre los padres de los alumnos. El respeto se adquiría con el título. Y en su clase, si él no quería, no le rechistaba nadie, aunque sea muy raro el profesor al que no le han rechistado y motejado en corrillos, puertas de váteres y pupitres del fondo. Los dos o tres profesores que recordamos con cariño, esos deben ser los que tenían auctoritas. Dos o tres, muy pocos más. Eso sucedió y eso sigue sucediendo. ¿Qué ha cambiado? Que el profesor ha perdido la potestas. Ahora, con la obtención del título, pierde todos los poderes, si es que le quedaba alguno. No manda sobre los alumnos, que creen que saben mucho más que él, y que si no lo saben, pueden averiguarlo en internet, en caso de que les apetezca. Tampoco tiene poder sobre la mayor parte de los padres, que inconscientemente ven en el profesor más un empleado de guardería que un educador. Que los aguante muchas horas, pero ojo con levantarles la voz. Y en caso de conflicto, el testimonio del hijo es el que va a misa. Pero siendo cierto lo antedicho, con quien menos poder tienen los profesores es con la administración. Hubo un tiempo en que los directores provinciales estaban cerca y se les sentía tan cerca que había un diálogo fluido. Conocían las características del centro y sabían las teclas que tocar. Hoy las delegaciones son sucursales de la gran Toledo, la madre de todas las burocracias, para la que somos números, cifras, códices, legajos, mierda. Se preocupa tan poco de los profesores que ni siquiera corrige a aquellos, que también los hay, que entran en sus clases como en una cacharrería y no tienen ni potestas, ni auctoritas, y con su mal ejemplo les quitan a sus colegas la poca que pueda quedarles. Al fin y al cabo, durante las últimas leyes, que se suceden con más ruido externo que efecto dentro de las clases, ninguna ha puesto el dedo en la llaga de la formación de los profesores. Nadie se ocupa de enseñarles a enseñar. Se les otorgó el permiso para conducir clases en un examen duro en el que se les examinaba de otras cosas. Como si conducir clases de treinta alumnos mirándote y estudiando cada uno de tus gestos fuera más sencillo que conducir coches o camiones, cuya licencia requiere por ley un tiempo de tutoría. Como si la auctoritas te la regalaran en una tómbola o en un arrebato de presidenta autonómica que necesita un golpe de efecto. Los conductores primerizos llevan la ele un año, recordándoles que son primerizos. Los profesores son profesores desde el primer día. Llegan al instituto, les endilgan el peor horario y las clases más complicadas, con gran alivio por parte de los veteranos, y hala, arréglatelas como puedas. Sólo al cabo de un tiempo, y de muchos ensayos y errores, los que tienen más suerte descubren que han adquirido una serie de herramientas que suelen funcionarles. Pero rara vez se comentan en el café del recreo, como si existiera un prurito que impidiera compartirlas. Mucho menos ante los nuevos que llegan y tampoco preguntan, quizá por timidez, quizá por miedo a parecer tan nuevos. Sólo los muy dotados, como Luis Aragonés, aciertan con la herramienta adecuada el mismo día en que debutan. Y aun así terminan ganando los títulos más importantes cuando están al borde de la jubilación. Seamos optimistas. Al menos han sembrado su auctoritas en generaciones y generaciones de pupilos.

Todo perdido de ordenadores


Si no tenemos un plan, se nos pone todo perdido de actividades. La frase se la escuché en Albacete al ahora ministro de Educación, Ángel Gabilondo, cuando sólo era rector de la Autónoma de Madrid. La dijo con un gesto de complicidad hacia sus compañeros de mesa, con una chispa que me impresionó. Caramba, me dije, por fin un tipo que sabe de qué va la cosa. Es bastante habitual en todas las disciplinas, pero más en educación, que se programen actividades y más actividades, para rellenar, sin prever a qué resultados queremos acercarnos. De modo que no me pareció un político cuña, de esos que llevan preparada una frase brillante y la colocan con más o menos habilidad. Su cargo estaba en el umbral de la política, sin duda se estaba postulando para cargos políticos, pero lo hacía con brillantez y significaba una esperanza. En educación estamos acostumbrados a gestos espectaculares y poco efectivos. En Castilla-La Mancha más. Nuestro gobierno de políticos reymago invirtió el año pasado 20 millones de euros en comprar ordenadores portátiles, que repartió entre los profesores con una munificencia sospechosa, para que los docentes se familiaricen con las nuevas tecnologías y las usen en sus clases. En realidad no era un regalo, sino un préstamo a tres años. Por cierto que eligieron asignarlos a los centros, con lo que los secretarios andan locos este principio de curso recogiendo los portátiles de los profesores que se van y entregándoselos a los que vienen. Un lío. Un lío bastante caro y de dudosa efectividad. ¿Cuántos de los 28.000 beneficiarios han aprovechado el préstamo? No me consta que haya un seguimiento. Pero, a simple ojo, a mi alrededor, son menos de un 5% los que aprovechan en sus clases estos aparatos a los que sin embargo hemos tomado mucho aprecio, eso sí. Entre tanto, en los mismos centros se acumulan las facturas porque los reyes magos se retrasan con el presupuesto anual. Y ahora es Gabilondo quien insiste con tozudez en que hay que regalar un ordenador a cada alumno, empezando por los de quinto de primaria. Ante las reticencias lógicas de algunas comunidades, que andan con el presupuesto hasta el cuello en el lodazal de la crisis, el Ministro aprieta con que hay que comprarlos como sea para que haya igualdad de oportunidades. En el punto de mira de todos está la crisis del sistema educativo, pero sin duda están equivocando el enfoque. Los ordenadores son una herramienta llamativa e importante, qué duda cabe, pero la unidad de educación sigue siendo el profesor y más concretamente su formación, ahora perdida en un maremagno de cursos y de actividades sin hilo conductor. Si quienes han de rentabilizar este chaparrón de tecnología no saben aplicar la inversión, estamos tirando el dinero público. Y no saben, porque no existe un plan de formación coherente e ineludible. Se está poniendo todo perdido de ordenadores.

Dos lunas


A principios de verano oí en la radio que el día 27 de agosto iban a poder contemplarse dos lunas en el cielo, y sin haber bebido ni gota. El fenómeno, según explicaba el comentarista, se debía a lo cerca que se iba a encontrar en esa fecha el planeta Marte, hasta alcanzar de forma engañosa el tamaño de nuestro satélite. Añadía que no debía de perdérselo uno, porque iba a ser muy raro estar vivo cuando volviese a repetirse la conjunción astral, un montón de años más allá en el tiempo. Incluso daba la hora en la que había que asomarse: las doce y media. Apunté la cita y me olvidé de ella hasta el mismo jueves 27, en que se cumplía. Como estaba en Canarias, con una hora menos, dudé cuándo debía mirar a las alturas y me metí en internet a consultar. Aparecieron varias decenas de artículos en los que se nos advertía a los ignorantones de que esa noche Marte iba a andar más lejos incluso que otras veces. Que lo de las dos lunas era una leyenda urbana. Lo describía así mismo, Una leyenda urbana. Como había avisado a unos amigos y temía quedar mal, no me resignaba yo a que los artículos de Google llevaran más razón que el comentarista de la radio al que se lo había oído y que mi propia agenda. Me conjuré a estar presente a las once y media, atento a lo que ocurriera en el cielo sucio de Puerto del Rosario, que no tiene nada que ver con el de El Roque de los Muchachos palmero. Sin embargo, había tenido una jornada ajetreada y reconozco que me quedé dormido. Algún runrún sentí entre sueños de que estaba perdiéndome un fenómeno singular, pero sin la fuerza necesaria para despertarme. A la mañana siguiente repasé los periódicos en busca de una fotografía del acontecimiento, pero todos andaban ocupados en contarnos la terrible gravedad de la gripe A, que a unos aconsejaba cerrar colegios y a otros reprimirse de exteriorizar los sentimientos de amistad y de cariño. Qué extraño que ninguno hubiera reparado en las lunas. Demasiado extraño. Tuve que tragarme el sapo y aceptar que fui uno de los timados con la leyenda urbana. Para más inri, ni siquiera es nueva. Un número creciente de graciosos la difunde todos los veranos. Si tenía alguna credibilidad astronómica con mis amigos, la he dilapidado. Y también la fe que me quedaba de estar al día. No en vano, médicos, gurús y hasta gente que la pasó desmienten que la gripe A mate tanto como para cerrar colegios y dejar de besarse. El otro día, al reincorporarme al trabajo, juro que me olvidé de las amenazas y estreché manos y besé a las compañeras como si nada. De modo que me arriesgo a ver las dos lunas en medio de los delirios de la gripe, que ya empiezan: hasta he creído oír que la Feria de Albacete cumplirá en 2010 no sé qué centenario impreciso por el que hay que tirar la casa por la ventana.

Burbujeros


Circulamos a ciento veinte kilómetros por hora a través de una cinta de asfalto en la que sólo se puede circular en el sentido en que lo hacemos. Hay otra cinta aparte, perfectamente diferenciada, para los vehículos que vienen en sentido contrario. Alrededor nuestro, y detrás de una valla separadora, se extiende una llanura reseca. Soplan ráfagas de un viento que obliga a empuñar con fuerza el volante. Su frescura es engañosa. En realidad el termómetro del exterior del vehículo marca treinta y ocho grados. Y son las cinco de la tarde. Pero en el interior de la cabina parece que estuviéramos en una mañana de primavera, muy lejos de la canícula que nos cerca. Me doy cuenta de que estoy describiendo algo parecido a una historia de ciencia ficción con un toque crepuscular. Y sin embargo lo que cuento me está pasando a mí, en Albacete, y además a diario, cuando voy y vuelvo de Chinchilla. Si lo leyera un vecino de hace dos siglos, alucinaría. Lo más probable es que ni me entendiera y que, de hacerlo, llegase a la conclusión de que estoy loco. Y tal vez no se equivocara. Igual todo esto es una alucinación. Igual es Mátrix. Suena el móvil (para descolocar más al posible lector de hace dos siglos) y toma la pastilla mi hijo, que va de copiloto, y habla desde ella con una persona que ni siquiera está a la vista. Y habla casi en susurros. Si me lee un vecino de dentro de dos siglos, si eso llega a ocurrir (no que me lean, sino que haya gente por los alrededores dentro de dos siglos), lo más probable es que alucine también y se diga que gastamos herramientas arcaicas. De momento es como si yo me hubiese salido del siglo para retroceder unas décadas (no tanto como dos siglos) porque me estoy sorprendiendo de cosas de las que nadie se para a sorprenderse. Se usan y ya está. Si le digo a mi hijo lo que estoy pensando, que esto de viajar aislado de la canícula y de hablar sin hilos con una persona a la que no vemos me parece extraordinario, mi hijo fruncirá el ceño y tal vez no diga nada, pero pensará: mi padre empieza a chochear; qué pena, tan joven (bueno, lo de joven lo añado yo). Llegamos y me bajo del coche y me adentro en una habitación con aire acondicionado a escribir esta historia. En Albacete también he estado en una habitación con aire acondicionado, de modo que sólo he permanecido en contacto con la realidad unos pocos minutos, divididos en secuencias de unos treinta segundos. No me estoy enterando del verano. Estoy tan lejos de este verano como de las cadenas de televisión que nunca visito. Puede que estén ahí, pero no existen para mí. Lejos del verano, pero no de las vacaciones, alucino en secreto de ser un hijo de mi tiempo y de que, yendo tan mal las cosas en el mundo, pueda apagarlas con pulsar una tecla. Esto no puede durar siempre, me digo. Mi hijo frunce el ceño. ¡Igual lo he dicho en voz alta!

No-Lugares


El verano es el paraíso de los no-lugares (el término lo acuñó Marc Augé). Lugares de paso donde uno se siente de paso, es decir, no termina de estar realmente, porque va a otro sitio. A poco que lo pensemos, descubriremos que todos los aeropuertos son iguales y que si nos taparan los ojos y nos depositaran en cualquiera de ellos, tardaríamos mucho tiempo en descubrir a qué ciudad del mundo pertenece. Además nos daremos cuenta de que los supermercados también son muy parecidos unos a otros. Tal vez sólo cambien algunas marcas y el rincón del laberinto donde se ocultan los alimentos básicos. Por lo demás, uno se siente en cualquiera de sus pasillos como en el supermercado de siempre, poco más o menos, envuelto por la misma musiquilla insulsa y el mismo sudor de búsqueda a pesar del aire acondicionado. Descubriremos que las autovías son carreteras intercambiables como los aeropuertos, sin más personalidad que las nubes que las sobrevuelan y algunos paisajes que se atisban en la lejanía y que parecen desdibujados por la velocidad. Al entrar y al salir adoptan la forma de un nudo de rotondas ante cada una de las cuales siente uno que ya la cruzó antes, como les pasa con las dunas a los perdidos en el desierto. ¿Y qué decir de las habitaciones de hotel y los apartamentos de playa? Los decoradores hacen grandes esfuerzos porque se diferencien, porque tengan un punto de distinción, y sin embargo nunca consiguen hacernos olvidar que estamos de paso. Habrá que dejar aparte, claro, las grandes suites, que por cuestiones profesionales o económicas, no sé bien, nunca he visitado y que tal vez consigan hacerle descender a uno a la tierra. Aunque mis dudas tengo. En fin, que las vacaciones de verano típicas consisten en atravesar un desierto de no-lugares que lo van despersonalizando a uno hasta convertirlo en una no-persona. El premio, el tesoro, consiste en pisotear y tal vez fotografiar un lugar idílico, lejano, anhelado. Un lugar que sólo existe en los sueños, los libros de texto de la infancia y ciertas vacaciones afortunadas. Uno no tiene más remedio que sentirse realizado al llegar, entre otras cosas porque necesita autoconvencerse de que se encuentra por fin en un lugar, después de vagar tanto tiempo por limbos semiborrosos. Por eso no es extraño que el verdadero sueño de un sedentario consista en viajar utilizando la propia casa como vehículo, como le sucede al anciano protagonista de Up, la última película de dibujos animados de la factoría Pixar. Desvincular la propia casa del suelo con un millar de globos y dejar que una tormenta te lleve en volandas al destino elegido. De ese modo, si el destino te defrauda, cosa siempre probable, te quedan tu sillón, tus libros, tus discos y tu cama. Tienes tu casa, el único lugar que tal vez merezca ese nombre.

Energía residual


Flores junto a la carretera. Atadas a un árbol con alambre. En verano nos damos más cuenta que en el resto del año, porque salimos más y los avisos de prudencia acentúan el acecho de la tragedia. Si por un azar hemos de detenernos y pasamos junto a las flores, deducimos que ahí murió alguien de forma brusca, en un accidente. Y que los suyos lo recuerdan. Pero ¿queda alguna energía en el lugar, relacionada con lo que ocurrió? Recuerdo que de pequeño iba los domingos a la Pulgosa en bicicleta, con mi padre. Justo en el cruce, sobre uno de los mojones cónicos que delimitaban el umbral del camino, había unas flores. Mi padre me contó lo que representaban y mi imaginación de niño viajaba a lo que había pasado. Evidentemente más con la fantasía que con un sexto sentido. El caso es que notaba algo en el ambiente, entre la voz de los grillos. Igual me sucede cada vez que, en el Paseo de la Libertad, camino por la acera y mis dedos tocan la reja de la Diputación. Allí siguen las huellas de la metralla, setenta años después. Los únicos restos físicos de que una bomba explotó en medio del Paseo segando la vida de un grupo de Brigadistas que venían del Altozano hacia lo que hoy es la Estación, a socorrer a los heridos por otra bomba. ¿Los únicos restos físicos? Las huellas de las esquirlas actúan como un interruptor que enciende en mí sensaciones. Duró unos segundos, tal vez menos, sin dejar más rastro que muerte, destrucción y silencio. La pregunta sigue ahí: ¿los sentimientos humanos dejan algún tipo de residuo? No soy, evidentemente el único que se lo pregunta: aficionados al esoterismo aseguran que, donde se produce una muerte violenta, suele quedar algo. Algunos insisten en que lo que ronda es el fallecido mismo, que aún no se ha percatado de su propia muerte. Sobre esta idea se han escrito toneladas de elucubraciones y se han filmado películas como Ghost y series de televisión como Entre fantasmas, en la que los finados siguen experimentando una vez muertos las mismas emociones que los embargaron al final de su vida y no descansan hasta cumplir sus últimas voluntades. Elucubraciones que se alimentan de nuestro deseo de que sea verdad, de que algo quede donde la gente experimentó el sentimiento más extremo que puede sacudir a un ser humano, la sorpresa de morir sin esperarlo. Más si se es muy joven y se tiene la energía intacta. Una habitación de hotel donde se desploma un futbolista en la flor de su carrera está llena de esa intensidad. O se la atribuyen las televisiones con su duelo masivo. También la acera en donde estallaron en pedazos unos guardiaciviles. Su energía, o lo que sea, vibra en el asfalto y no vibra nada en el garito donde fríos artífices fabricaron la bomba. Como si sólo notáramos a los humanos y los otros fueran extraterrestres o ratas.

El crimen del silencio



En lo más profundo de la noche, lo despierta una pulsación desmesurada, como si un inmenso corazón bombardease la ciudad y derrumbase un edificio con cada sístole y batiese los cimientos con cada diástole. Su casa se remueve con las otras, su corazón se agita, como no podía ser menos, y por supuesto su sueño se rebela. Estaba anunciado. Son las cuatro. Se levanta a orinar y, a la vuelta, ya tiene en el pasillo dispuestas unas tijeras y una cinta de embalar. Corta dos tiras y se las aplica en las orejas, tratando de taponar los resquicios por los que entran y salen las ondas sonoras. O bien no lo consigue del todo o bien la cinta de embalar no es lo bastante densa como para poner dique al ruido procedente de la plaza, que está a quinientos metros de su casa, con varias manzanas de viviendas entre medias. Cada año, las pulsaciones se las apañan para sortear los obstáculos, rebotar en el jardín que está junto a la ventana y adentrarse en la alcoba donde él y su mujer duermen. En años anteriores no los despertaban. De hecho no les dejaban conciliar el sueño. Retumbaban en las paredes y de algún modo también en sus propias entrañas, haciéndoles dar vueltas y más vueltas entre las sábanas, sin permitirles entrar en el trance. Era duro. El calor y el ruido asociándose para mantenerlos en vigilia, a pesar del enorme cansancio del día y del estrés añadido de que hay que madrugar para ir al trabajo, puesto que la pulsación no entiende de jornadas laborables o festivas. Cuando el maldito corazón de la fiesta empieza a palpitar, tanto le da lo que suceda al día siguiente. Este año, la novedad es ese concurso de pinchadiscos (diyéis les llaman ahora), en el que cada noche es uno diferente el que toma el mando de la bomba. Y encima, con el estímulo de superar a sus competidores, lo que por lo visto consiste en añadir decibelios. Para los que votan, pero también para los que oyen sin querer oír: enfermos, ancianos, niños, trabajadores, que al otro lado de las casas reciben toda la carga de decibelios casi sin merma, por algún misterio de la física. Y así, emparedado entre las dos piezas de la cinta de embalar, como anoche y como mañana por la noche, durante más de una semana, el hombre intenta fingir que no oye, intenta dominar el cabreo para reducir la frecuencia de su propio corazón y de este modo dormir algo y no estar tan cansado cuando suene el despertador, sólo unos minutos después de que se instale el silencio. De nada vale, ya lo ha intentado, quejarse ni denunciar ni ponerse tapones en los oídos. Es la fiesta, le han dicho en el Ayuntamiento. Un Ayuntamiento débil, dividido, que evita protestas de los jóvenes aceptando lo que propongan, por muy lejos que esté del sentido común, sin poner límites. Demasiado cansado para salir a matarlos, el hombre los maldice desde estas líneas.