Contando los días

Lo que me asombra de la prosa de Antonio García Muñoz es que sigo leyéndole y disfrutándola a pesar de que, cuando levanto la cabeza, comprendo que rara vez estoy de acuerdo con lo que dice. Que de hecho rara es la ocasión en que suscribiría sus palabras. Al contrario. Se complace en ir contracorriente en desarmar lo políticamente correcto. Se declara un misántropo de la vieja guardia e incluso se retruca misógino. No desaprovecha ninguna ocasión para reírse de las feministas y pitorrearse de sus argumentos, como tampoco pierde el tiempo fingiendo que odia el deporte: afirma que su gran ilusión es que un experto descubra que correr es malo. ¿Qué tiene entonces su prosa para mantenerme fascinado desde la primera a la última línea de su diario Contando los días, como ya me sucedió en su recopilación de artículos Contra la Mancha y otras manchas?
Indudablemente la explicación recae en el estilo. Eso tan denostado por algunos escritores que consideran que lo importante es contar historias sin que importe cómo se cuentan. Antonio García es la demostración de que no, de que la lectura puede ser un gozo, simplemente. Escribe como un príncipe, aunque lo haga en el diario rival. Su misantropía declarada es un disfraz, el de un tipo que disfruta yendo a la contra y que hace disfrutar al lector con esa mala leche llena de amenidad. Se asoma a El País a diario, para detectar cuándo la empresa propietaria se hace publicidad a sí misma. Se ceba con el poder, con lo que considera que ha sucumbido al consumo de las masas y defiende como un mitómano apasionado los pequeños placeres literarios o musicales donde encuentra consuelo. Porque acaricia sus libros como otros muchos harían con sus animales domésticos.
La vida más cercana, la que transcurre a su alrededor, en Albacete, que algunas veces le sirve de punto de partida para sus razonamientos, resbala en su timidez hasta el punto de que los que hablan con él sólo merecen una letra inicial, y punto. Su verdadera vida sucede en la cultura virtual, en la de los grandes nombres. Por eso corona el libro con un índice onomástico amplio y detallado. Muchas de sus notas sirven de guía para quienes no somos capaces de acumular tal cantidad de libros leídos, de películas vistas y de discos escuchados. No termino de entender esta adicción, pero Antonio García Muñoz es de los pocos articulistas que no me pierdo nunca. Y nunca me arrepiento. Su ironía es tan incontenible que ya me lo imagino con la ceja arqueada componiendo una respuesta para este artículo, un desplante que me deje aleteando. No sé si entonces estaré de acuerdo. Ya veremos.

Antonio Cabrera

De su amor por los pájaros ha heredado Antonio Cabrera apostura de pájaro. Un pájaro observador y pensativo que nos advierte que mirar y pensar son cosas diferentes. Y añade que a él le cuesta trabajo pensar. Seguramente por eso acaba de publicar un libro lleno de miradas que se van convirtiendo en pensamientos. Se queda mirando una mosca, sale a buscar setas, descubre a su alrededor, en su despacho, la luz de la lámpara. Se fija en lo que nadie se fija porque ocurre demasiado cerca para nuestra mirada, que está siempre buscando más allá de lo que nos rodea, proyectos o recuerdos, películas, cosas que están lejos de nuestro alcance. Antonio Cabrera se detiene en esa segunda piel que compone nuestro entorno inmediato. Y de ese descubrimiento saca conclusiones. Por eso su libro es más imprescindible que si contara cómo detectar el oro. Porque el oro se queda y la vida pasa.
El oro de las pequeñas cosas que nos rodean, he aquí el tema principal de El minuto y el año, una colección de textos que Cabrera fue publicando semanalmente en un periódico. Allí, rodeados de actualidad candente, de explosiones de inminencia, de política y publicidad, del lado repetitivo del deporte, estas disquisiciones sobre lo cotidiano guardaban el silencio de lo puro, igual que el paisaje enmarca nuestros viajes por carretera. Está, pero no está, no nos fijamos. Pero Cabrera sí. Y nos descubre que esas flores que asoman a las cunetas en el mes de enero son asfódelos y que su pequeña insignificancia nos tiende una lección cotidiana, igual que hay una reflexión en cargar el lavavajillas o en tender la ropa en la terraza. A nuestro alrededor están sucediendo cosas: cambia la luz, declina el día, vuelven ciertos pájaros y se van otros. A nuestro alrededor, siguen sucediendo las estaciones.
El minuto y el año es una caja de caudales con miradas precisas para el que no sabe mirar pero quiere fijarse. A la vez es un calendario con los pájaros y las plantas y las frutas de cada estación. Yo que pisoteo las setas antes de verlas, he salido a buscar setas con este poeta valenciano (que tampoco es que las encuentre a puñados) y me lo he pasado bomba inmerso en el proceso de buscar. Por supuesto, la búsqueda sucedía en uno de los textos del libro. En otro, nos aprestamos a recolectar espárragos. Y se nos manchan los dedos y se nos enredan en los pinchos, pero también probamos las moras. Todo al paso, de un texto a otro. ¿Cómo hemos podido andar tan ciegos por la vida sin ver lo que este hombre (que asegura ser astigmático e hipermétrope, y que padece tensión ocular) anda viendo por todas partes?
“La vida, eso que sucede mientras buscamos explicaciones,” palpita en este libro que dice con Ciorán que escuchar el viento dispensa de la poesía. Aunque también es cierto que nos lo muestra con literatura, con tanta exactitud como sólo un poeta podría mostrárnoslo. Porque si contemplar es un ejercicio difícil, que exige rigor y cierto entrenamiento, contarlo está reservado a escritores que saben utilizar el lenguaje con la precisión de un cirujano. Cabrera es sin duda de los pocos capaces de hacerlo. Posado en su rama, con sus gafas especiales, contempla y nos enseña a contemplar. Reflexiona con esfuerzo (según dice) y nos enseña sin proponérselo a sacar conclusiones. Es este, su primer libro en prosa, un libro que se disfruta y que cambia a las personas. Sin ir más lejos, acabo de perdonar a una mosca en su honor.

Miguel D´Ors

Entre los asistentes a la lectura de Miguel D´Ors, cerca de medio centenar de personas que se habían desplazado sólo para escucharle hasta el Campus en la inhóspita noche del viernes, flotaba una pregunta que al final alguien se decidió a formular en voz alta: ¿por qué salen tus libros siempre en editoriales periféricas, con una distribución tan limitada que cuesta un montón conseguirlos fuera de Sevilla? El poeta ha contestado muchas veces a esta pregunta para la que tiene dos respuestas: prefiere confiar sus libros a sus amigos, que se los editan con cariño. Pero además, dice (y asegura que lo dice con ironía pero en serio) que él basa su éxito en que la gente no lo ha leído mucho, sólo de una forma parcial, en antologías, donde todo el mundo queda más o menos bien. “Por eso, insiste, tengo una cierta fama. Si me hubieran leído completo, sería otro cantar”.
Y los asistentes, muchos de los cuales se han venido con un libro bajo el brazo (conseguido con ímprobos esfuerzos) para arrancarle una dedicatoria, sonríen y piensan a la vez. Esa sonrisa mezclada es la mosca que queda flotando en el ambiente, la mosca que ha dejado su poesía, llena de sorpresas, viva como una lagartija que sabe hacer cosquillas donde debe hacerlas un poema, y que sin embargo ha sonado más bien floja en la voz de D´Ors, que la lee con frío. No anda bien la megafonía, dos micrófonos superpuestos no dan abasto para llevarle hasta las últimas sillas, y ha sido necesario apagar el rumor de la calefacción para echarle una mano al silencio que reina en la sala. Da igual, sus poemas pueden con todo, vencen a la intemperie interior en que se ha convertido el salón de Grados de Humanidades.
Miguel D´Ors, el montañero en los fines de semana, el profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada, el capricornio, el ciclista de los miércoles, el gallego que ejerce, el perfeccionista, es sobre todo en la tarde de Albacete un poeta de culto, cosa que el mismo, por supuesto, negaría. ¿Qué diablos es ser un poeta de culto? Acaso haber escrito poemas que ya se saben de memoria un puñado suficiente de aficionados, como Pequeño Testamento, o La Carta, o La Mujer Diez. Él los lee para su público. Los lee al final. Pero antes introduce los nuevos, algunos inéditos que nadie ha escuchado antes. Le gusta probar cómo suenan, qué cara pone la gente al escucharlos, dice que para sacar conclusiones antes de seguir rumiándolos y puliéndolos en el ordenador. Porque esto es noticia: se ha pasado al ordenador, que facilita un trabajo que antes fue de manualidades, de pegar una palabra o una frase sobre la errata hasta dejar el borrador convertido en un mapa o un palimpsesto de textura variable.
“Sólo el trabajo borra las huellas del trabajo” es el lema que ha repetido hasta la extenuación D´Ors, que ahora ni lo menciona, de tan interiorizado como lo tiene. Y ahí sigue, con sus dudas, que luego se convierten en hallazgos magistrales, con su sentarse de perfil para que no le moleste la lesión de rodilla de cuando tuvo que rescatarlo de la montaña la Cruz Roja. Un poeta de culto es eso: un montañero que se pierde en solitario en busca de una cumbre inaccesible, la perfección. Pero él no valorará el camino andado, por supuesto, porque ya hay otra montaña esperándole. Y busca las razones por las que la edad va lentificando su creación. “A lo mejor es que me he vuelto más exigente…” ¿todavía?

Eloy Sánchez Rosillo

Es difícil imaginarse, mirando al Eloy Sánchez Rosillo de hoy en día, cómo fue aquel chaval de doce años a quien su madre internó en los Escolapios de Albacete, con la esperanza de que se apaciguase su carácter. Ahora nos visita con cierta frecuencia, tiene amigos aquí, admiradores de su poesía. Y el azar ha querido que se aloje casi siempre en el hotel San José, en una habitación que se asoma a las ventanas de la nave donde durmió aquel curso, Una estación en el infierno, como lo ha descrito en un poema. Yo lo he visto temblar de pies a cabeza al acercarse a la cámara donde los internados recibían las visitas de los familiares, temblar con el temblor del niño que se reencontraba con su madre, con un piano por testigo. Y lo he oído asombrarse con su voz ronca: “está exactamente igual”.
Porque Eloy Sánchez Rosillo tiene la voz ronca y cordial, en una combinación casi imposible. Es alto y se inclina hacia la amistad y hacia el micrófono. Ahora viste de negro en sus lecturas, como el mirlo con el que conversa en otro poema. El negro le resalta la barba y el pelo abundante que son tan canosos como la luz de la luna, que también aparece en todos sus libros, pues no en vano es un poeta lunático, como buen nativo del signo de cáncer. Pero ahí termina cualquier concesión a la locura, puesto que enseguida advierte que su obsesión es la claridad: “si alguien va a comprar un libro mío a una librería, lo primero que espera encontrar es que esté escrito en español, ya que soy un poeta español; y lo segundo es que se entienda. Porque lo que ocurre con una parte de la poesía española actual es que está escrita en chino. Y la gente que intenta leerla, se dice: será que no entiendo de poesía. Pero sí que entiende, porque no está escrita para los académicos ni para los eruditos, sino para la gente que se acerque a ella con un mínimo de costumbre de leer”.
Y con el mismo tono pausado con el que marca los acentos ayudándose de un vaivén de la mano, sigue afirmando: “quizá la palabra que más aparece en todos mis poemas es luz. Yo creo que la poesía es un ejercicio de claridad. Es un ver el mundo y tratar de hablar de lo que has visto, de lo que pasa por delante de tus ojos. La poesía es voluntad de ver. Y hay que hablar de eso, no rehuir los temas que importan, los cinco o seis temas que estamos siempre barajando los humanos”. Pero aclara que no escribe para explicarse el misterio del mundo, sino para participar de él. Fue un poeta elegíaco que ha descubierto la alegría.
Sí, cuesta ver en este hombre alto y ronco, pausado pero firme en sus convicciones, a aquel niño de doce años que temblaba de miedo, o de frío, o de ambas cosas, cuando iba a reencontrarse con su madre. También al adolescente que descubrió la vida en una aldea situada entre Barrax y Lezuza, en la que pasaba los veranos. “Le debo mucho a esta ciudad. Tuve la suerte, por mi edad, de conocer la noche sin luz eléctrica. Una noche que no debió de ser muy diferente a la que conocieron Hesíodo, Teócrito o Virgilio”. La noche que le fue calando lentamente hasta explotar un día: “La poesía se apoderó de mí en la adolescencia, de una manera febril, y ha sido el centro de mi vida”. Gracias a ella vuelve en todos sus libros a aquella aldea original, y se acerca al pozo y otra vez bebe y le sabe como entonces: “siempre el agua es un don, / pero nunca la vida ha vuelto a darme / un agua como aquella”.

José María Bermejo

José María Bermejo nació en Tornavacas, en lo alto del Jerte, asomado al valle donde cada año en abril florecen los cerezos conformando una ceremonia oriental sorprendente tan lejos de Japón. Ya se ha convertido en una romería citarse en ese paraje durante los días luminosos en que la primavera hace estallar las flores más apreciadas por los japoneses. Curiosamente, Bermejo se crió en una familia humilde mucho antes de que llegara la explosión turística. En sus primeros años sólo conoció el frío y la nieve. Dice que ya no se acatarra porque quedó vacunado para siempre por aquellas tiritonas de la infancia. No se sabe por qué extraña conexión con los cerezos, nació japonés en Cáceres y por eso es un lince traduciendo poemas venidos de Oriente y sobre todo haikus.

Quedó finalista del premio Adonais con un libro que tituló Epidemia de nieve en el ya lejano 1971, y parece que aún sigue hablando en medio de un paisaje nevado cuando toma la palabra y cuenta con agradecimiento su llegada a Albacete, en tren, sorprendido por la desnudez de la llanura, el cielo alto y la sensación de hallarse tan al norte que casi esperaba entrever una aurora boreal mientras contemplaba a unos tordos abatiéndose sobre las viñas. Su voz brota con cuidado, como si temiera dañar el silencio de una nieve invisible o provocar un alud si pronuncia una sílaba con demasiada brusquedad. Y se demora, retrasa la lectura de sus primeros poemas hasta que casi hay que arrancárselos de las manos.

Dice Bermejo que reivindica al lector, que lo considera tan creador como el que escribe, que un lector sensible es mejor que un escritor mediocre. Trabaja como periodista y se queja de que algún colega detecta en sus reportajes una carga lírica de la que él reniega, porque le parece que el periodismo necesita la llaneza del periodismo para cubrir sus objetivos, muy distintos a los de la poesía. Luego nos lee una prosa descriptiva en la que aparecen todos los pájaros, cada cual en su rama, y todas las clases de cerezas, que son tantas por lo menos como los pájaros, y uno de los asistentes al acto le aconseja que se resigne, que el colega periodista llevaba razón cuando le señalaba el lirismo de su prosa.

Pero el momento estelar de la lectura llega cuando desempolva los folios de los haikus, las traducciones de poetas japoneses que le han dado fama entre los aficionados al género. Es curioso que no los traduzca de la lengua vernácula, sino a través de traducciones de traducciones, del francés o del italiano, con la ayuda inestimable de algún amigo japonés, que pone la guinda. Y sin embargo es como si renacieran en sus manos. Cita a los autores y se ponen en pie durante un segundo, algunos vienen desde el siglo XVI para escucharse puros durante esos tres versos de cinco, siete y cinco sílabas. “También Cernuda tradujo a Hölderlin sin saber ni palabra de alemán”, se justifica, aunque no lo necesite.

“El haiku no se impone, se expone como la gota de rocío”. Y los va desgranando, uno a uno, como gotas que caen en el silencio del salón de grados de Humanidades y estallan con todos los matices. A veces hasta incumplen las medidas sin dejar de ser haikus: “también envejece el ruido de la lluvia” o “ahí viene el gorrión”. Para el final se reserva uno propio, que lee con rubor. “Desperezándose / en su lecho de nieve / la primavera”.

Jaime Siles

“Soy un poeta cerebral”, se define Jaime Siles. Y asegura que esta condición requiere de un gran entrenamiento perceptivo: “yo siempre estoy entrenando los sentidos”. Le pregunto cómo lo hace, cómo se entrenan los sentidos para la poesía, a lo mejor traduciendo a otros poetas en cualquiera de las ocho lenguas que domina. “No, eso también ayuda desde luego. Pero yo me entreno estudiando a los clásicos, viendo exposiciones, viajando, analizando lo que escribieron otros antes que yo”. Y añade que así es como escribían los autores de la antigüedad, en los tiempos en que había dos filosofías de la creación: la imitatio (o imitación de los modelos) y la emulatio (que es el afán por superarlos, por echar un pulso con ellos tratando el mismo tema que ellos trataron). “Ese es mi ideal de poesía”.
Resulta difícil separar en Siles su faceta de eminente profesor de tantas universidades de España y Centroeuropa y su faceta de poeta. Pero él afirma sin dudarlo que todos sus estudios, todos sus ensayos y clases son una excusa para escribir poesía; los elige antes que nada para preparar sus poemas, que es lo que más le importa. Luego, al leerlas ante un auditorio, las enriquece explicando el proceso que siguió cada una de ellas para llegar a la vida, el recorrido de mitos y de hitos culturales, pero también de anécdotas y de viajes que fueron forjándolas hasta que alcanzaron la forma con la que las enuncia, cambiando el tono de pronto, poniéndose rítmico. El resultado es una clase magistral de absoluta amenidad.
Se siente tan a gusto en el estrado que, cuando Valentín Carcelén, dejándose llevar por el chaparrón de aplausos, sugiere cerrar la sesión, él rompe el protocolo y da las gracias, pero para retar al público a que le hagan más preguntas. Y aprovecha el silencio que se ha creado, el halo de admiración que se palpa en el ambiente, para introducir algunos párrafos teóricos que subrayan su visión de la escritura: la identidad es fruto de la palabra y lo que hace el poema es romper la cadena de pensamientos que constituyen la identidad y crear durante el tiempo que dura esta sucesión de palabras que es el poema una nueva identidad, no sólo para el que lo ha escrito, también, e incluso especialmente para el que lo lee.
Y fuera del estrado despliega otra vez ese fascinante arsenal de anécdotas y de conocimientos que ha ido reuniendo con los años, ganando premios, impartiendo clases, pero sobre todo estudiando. “Dice mi hijo mayor que soy la única persona que conoce que es feliz haciendo lo que le gusta, que es estudiar, sin percatarse del paso de las horas”. Y sonríe, satisfecho. Ahora ejerce de catedrático en la Universidad de Valencia y concentra todas sus clases y tutorías en un solo día de la semana, para dedicar el resto a estudiar. Pero antes tuvo que pasar trece años volando todas las semanas a Zurich, cuando era profesor de aquella Universidad, trece años en los que sólo consiguió cerrar un libro de poemas.
Ahora anda completando cuatro a la vez, con distintos personajes poéticos. El proceso nace con los poemas, tres o cuatro que le marcan el camino sobre el que profundizar, estudiando todo lo que pueda enriquecerlo. Entre sus modelos cuenta que Velázquez tenía una biblioteca personal mayor que la de Lope de Vega y que cuando le encargaron pintar Las Lanzas, pidió que le trajeran todos los cuadros sobre rendiciones de ciudades de los que tenía referencia, para analizarlos y componer su obra. “Por eso el rey decía que era tan lento”.

Olvido García Valdés



Cada poeta escribe en un tono que no siempre coincide con su tono vital. La poesía es su manera de estar solo, como la definió Pessoa. Por eso muchas veces te sorprende conocer al poeta que has leído, tan diferente a la persona que te imaginabas en sus versos. No son personas distintas, pero pertenecen a facetas diferentes de la misma persona. Los poemas de Olvido García Valdés hablan de frío, de noche, de soledad, de muerte; es su estilo dominante de escritura. Además los lee con un susurro, con voz sonámbula, absorta. La sala se va llenando de un silencio que pesa como si la luz se agotara lentamente: “aire o cielo / no para respirar”. Y comprendes que la tristeza, aunque sólo usemos esta palabra para designarla, está llena de matices, de gradaciones que hacen que no existan dos tristezas iguales: “La forma de la tristeza no tiene olor, no suena”.
A Olvido García Valdés le gusta el negro. Tal vez sea una coincidencia, pero siempre la he visto vestida con ese color y usa unas gafas de montura negra. Dentro sus ojos se mueven engrandecidos, miran con respetuosa distancia: “alimento para los ojos, corazón quebrantado”. Le gusta el negro. “Me da miedo la luz, lo quieto de la luz, el hueso de tu sien contra la mía”. Sobrevuela muchas de sus piezas el símbolo del cuervo y sin embargo su inspiración bebe en los paisajes encendidos, casi siempre de su tierra asturiana, y en muchas ocasiones en el arte visual. Un libro suyo, Caza nocturna, creció a partir de tres pintores tan diferentes como Gorky, Uccello y Malevich.
Su poesía busca calor en la tristeza, luz en la oscuridad, pero en cuanto apaga el micrófono y se apea del estrado, se relaja, conversa, ríe, es otra. Nos ha dicho que se sintió poeta (lo prefiere a poetisa) en la adolescencia: aprendió a encerrarse en esa soledad, que no es melancolía sino intensidad del sentimiento, pero sin renunciar a ser una chica de su edad. Un poeta no es un raro, es alguien que tiene una manera diferente de estar solo. Se declara lectora un poco obsesiva. Las lecturas tienen épocas y ella ha vivido periodos febriles con Artaud, con San Juan de la Cruz, con Emily Dickinson, con Gamoneda… Iba pasando a otro cuando se saturaba del anterior, aunque no cree que saturarse sea la palabra más apropiada para describir la necesidad de cambiar de libro de cabecera.
Asegura que su taller de escritura es su cuaderno, una especie de diario azaroso al que confía versos, pero también reflexiones e impresiones cotidianas. Algunas de ellas las ha reunido en las últimas quince páginas del volumen de su poesía reunida, editado por Círculo de lectores y Galaxia Gutenberg bajo el título de Esa polilla que delante de mí revolotea. Sale a defender su poesía en cuanto percibe un leve aire de crítica: “se habla de que es abstracta; yo siempre digo lo contrario, que es de una gran concreción”. Nace de una impresión, se alimenta de la vida y mezcla reflexión, descripción, sueños, vigilia. El poema queda en la carpeta y lo va trabajando; “trabajarlos en general en mi significa descargarlos. He visto que a los pintores también les pasa eso. Sólo está terminado cuando no necesito tocarlo más”. El salón de Grados de Humanidades queda envuelto en un silencio teñido por sus versos, “Algunas piedras almacenan luz”, pero nosotros regresamos a la calle y Olvido vuelve a reír.

Vuelve la poesía

“Lo importante, que no hay nada importante, es dar una solución hermosa a la vida”. Así le escribía Miguel Hernández al falangista Spitieri desde la cárcel de Ocaña. La carta, recién descubierta, devuelve a la actualidad al poeta mártir, como han devuelto a la actualidad a Federico García Lorca las discusiones sobre si era lícito o no abrir la fosa donde lo enterraron, con dos banderilleros y un maestro, después del paseíllo y la descarga de fusilería que acabó con su vida. Y el pasado mes de marzo cambiaron de manos los papeles íntimos que acumuló Quevedo en la Torre de Juan Abad, antes de morir. Inéditos mohosos después de cuatro siglos de incuria, de aquel escritor cojo que se gastaba una pluma afilada y un talento irrepetible, aquel que sigue siendo polvo, más polvo enamorado, desde que compusiera uno de los sonetos más estremecedores que se han escrito en nuestra lengua.
“Lo importante es dar una solución hermosa a la vida” proclamaba Hernández desde la cárcel, deprimido por la falta de espacio, él que se había criado en el campo entre cabras, preocupado hasta la agonía por la suerte que pudieran correr su mujer y su hijo. Es sin duda su figura de mártir lo que sigue atrayendo la atención hacia su vida, pero que no se nos despiste su poesía, su afán por dar una solución hermosa a la vida. El falangista Spitieri también era poeta (Hernández en su carta acusa recibo de un libro suyo) y sin embargo estaría más que olvidado si no fuera por esta carta recién aparecida del autor de la Elegía a Ramón Sijé. Y tampoco deberían importarnos los detalles póstumos de Lorca y de Quevedo, ya que tenemos la suerte de conservar sus obras y de poder regocijarnos con ellas. Por qué parece más importante la vida de los poetas que la obra que nos legaron.
Hay quien dice que el propio Quevedo fue un canalla, cosa que al leerlo no cuesta demasiado creerse. Y lo mismo se afirma de otros grandes, como Cernuda o como el propio Juan Ramón Jiménez. Pero hemos llegado a un tiempo en que nos importa un bledo cómo fueron, porque ahí están sus poemas para alimentarnos de emoción a los humanos, siempre hambrientos de compartir emociones. De hecho, nos importaría un bledo que ahora mismo se descubriera que en realidad los poemas no los escribieron ellos, sino otros autores anónimos a los que estos tan famosos hubieran arrebatado la autoría. Lo importante al cabo son los propios poemas, donde reside todo el valor de las vidas de quienes los hemos ido leyendo a través de las generaciones, sin que sea crucial saber si fue el propio Salomón o un esclavo anónimo el que compuso el Cantar de los Cantares, por poner un ejemplo.
Y sin embargo, ahí sigue la tentación de vincular la obra a un hombre (buena ocasión para escribir una novela histórica sobre la autoría del Cantar). O a una mujer, en este caso. Porque esta tarde a las ocho vuelven a la Facultad de Humanidades las Jornadas de poesía que por noveno año consecutivo organizamos para regocijo de unos cuantos aficionados que pueden escuchar los versos en la voz de quien los compuso, y ver al autor cara a cara, y hasta preguntarle o pedirle un bis. Olvido García Valdés, premio Nacional de Poesía del año pasado, abre las puertas. La seguirán Jaime Siles, José María Bermejo, Eloy Sánchez Rosillo y Miguel D´Ors. Por si la poesía sola no fuera suficiente para darle una solución hermosa a la vida.

Gratis

Durante unas horas tuve la sensación de que se trataba de otro sueño, pero finalmente pude comprobar en los periódicos que no, que Joseba Etxeberría se ha ofrecido a jugar gratis el último año de su carrera en el Athletic Club de Bilbao. “Una decisión sin precedentes”, celebra con la boca llena el presidente Macua. Por supuesto. Y el propio jugador asegura que se lo ha explicado a sus compañeros y que estos lo han entendido, lo que admite la interpretación de que unos lo han entendido más que otros. Al fin y al cabo, la carrera del futbolista es breve, y por mucho que sea el cariño que se ha recibido del club, aunque el club sea un club tan endogámico como el Bilbao, o precisamente por eso, siempre quedará abierta, y creando para otros una incómoda corriente, esta puerta que acaba de franquear Etxeberría, la de jugar toda una temporada “sin ningún coste para el Club”, que es la manera sibilina que han tenido de contarlo a los medios. Como si la palabra “gratis” tuviera los mismos peligros de malinterpretación que algunos han atribuido últimamente a la palabra “crisis”.
Se equivoca profundamente mi admirado Etxeberría. Le hubiera bastado con pensárselo dos veces, con haber leído u oído hablar del Mairena de Antonio Machado, que advertía con tiempo aquello de que sólo el necio confunde valor y precio. No, el necio no es el extremo guipuzcoano, sino la sociedad en la que juega. Jacques Cousteau actualizó en la segunda parte del siglo XX la agudeza de Machado: “en este mundo en que vivimos, lo que no tiene valor, no tiene precio”. Después de los aplausos y de las celebraciones por su generosidad, cuando todos hayan interiorizado que el chavalote correrá la banda sin costes para el club, lo normal es que el entrenador lo deje en el banquillo. Si no cobras, es como si valieras menos. Marcas goles más invisibles que si le cuestas un potosí a las arcas de tu equipo.
Con la cultura pasa algo parecido. Me contaba el maestro Sarrión que hace años, cuando Manuel Luna y otros estudiosos del folclore recorrían los pueblos perdidos en busca de viejos que les enseñaran letrillas o entonaran nuevas jotas, se toparon con uno que se les enfrentó con los brazos en jarra. “Yo soy el depositario de un saber ancestral”, les repuso el avispado anciano, “pero sois vosotros los que os coméis los bocadillos y cantáis por las plazas; de modo que si no participo de esas bullangas, no hay trato”. La vida le había enseñado más de lo que creía saber, al revés que les sucede a nuestros escolares, que cargan en sus mochilas un quintal entre libros y libretas, un saber externo que les doblega el espinazo, pero que no siempre termina ocupando el espacio sigiloso que ocupa el verdadero saber, el de Sócrates, que no se notaba lo que sabía, sino los huecos que le quedaban por llenar.
A sus 32 años, el extremo del Athletic dice que jugará gratis para agradecer el cariño que ha recibido del club al que llegó a los 17. Por él litigaron entonces la Real Sociedad, de la que procedía y que no quería dejarle ir, y el Bilbao, que se hizo con sus servicios y que ha disfrutado de sus escapadas y de sus goles durante tres largos lustros. Tal vez sea este origen bélico lo que quiera purgar jugando gratis. Ojalá me equivoque y su entrenador le dé cancha este último año. No comparto su decisión, pero no puedo criticarle. Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo. De hecho, me he ofrecido varias veces, pero no me querían. Ni gratis.

El jamón de la vida eterna

Este sábado los valencianos que quieran podrán escuchar en conferencia a un médico onubense que asegura que comer jamón serrano alarga la vida. El hombre ha reunido todos los estudios que existen sobre el particular y añade el suyo propio, según el cual los habitantes de ciertos pueblos recónditos de su provincia enriquecen la dieta mediterránea con jamón, lo que les hace vivir más que a la media de los españoles. Para no pecar de partidista, apunta que existen otros factores que ayudan lo suyo, como la carencia de estrés y el bondadoso clima. En la actualidad el equipo que dirige está investigando cuál es la dosis diaria de jamón que conviene consumir para obtener el máximo beneficio de este manjar, que como defiende mi admirado Manuel Alcántara, es el mejor amigo del hombre con mucha distancia sobre el perro. Ahora más, si se confirma que contiene el anhelado elixir de la eterna juventud.
Haciendo memoria, para echar una mano al galeno de Huelva, tengo que confesar que conozco a algunas personas que han hecho los honores al jamón con una frecuencia inmejorable, y unas están muertas y otras muy vetustas, aunque vivas todavía (entre ellas el maestro Alcántara). Quizá le falle algún factor a mi muestreo empírico, o le sobre alguno al del entusiasta médico que expondrá su tesis el sábado en Valencia, avalado y pagado, todo hay que decirlo, por la denominación de origen del jamón de Huelva. No quiero a pesar de todo resignarme y renunciar tan pronto al poder rejuvenecedor del serrano. Intentaré encontrarle un hueco más a menudo en mi dieta cotidiana, por si acaso, arriesgándome a saborearlo como un simple placebo, sin recibir más dones que sus proteínas y su sabor amigo.
No habrá más remedio que simultanearlo con vino tinto. Que hagan tan buenas migas es sólo una anécdota venturosa, ya que parece que ambos, ingeridos en dosis sensatas, son capaces de mantenerle a uno en los cuarenta durante cuarenta años por lo menos. Eso afirman un puñado de estudiosos, nutricionistas, dietistas y hasta cardiólogos bienintencionados, aunque no tantos, todo hay que decirlo, como estaban dispuestos a afirmar hasta hace poco que el tabaco era una sustancia inofensiva y que Irak era un arsenal de armas atómicas. Claro que yo nunca me tragué estas dos últimas bolas y en cambio estoy dispuesto a creerme a pies juntillas lo del jamón, porque nada se pierde con probarlo, aunque ganen algo más los fabricantes de productos ibéricos.
Espero sin embargo que no siga creciendo la lista de comestibles que nos acercan a la vida eterna a base de eliminar radicales libres. No me caben en la dieta mediterránea o lo que sea, entre las nueces, el aceite de oliva, las uvas y el té verde, por citar sólo algunos alimentos medicinales. Luego están los otros científicos, estos más antipáticos, que han conseguido que los ratones de laboratorio vivan más por el despreciable procedimiento de hacerles pasar hambre. Aseguran que ingiriendo una dosis menor de calorías, se ingieren también menos radicales libres y dura uno más. También hay otros que prometen larga vida a los que sean capaces de sumergirse en una bañera con agua a baja temperatura todos los días. Por supuesto, entre todas estas ofertas, me quedo con el jamón. No necesito ir pasado mañana a Valencia a escuchar al médico onubense. Seguro que lleva más razón que un santo.

Cosas que apenas pasan

La noche anterior tuve un sueño desconcertante. Mi padre me hablaba con esa naturalidad misteriosa con la que te hablan los muertos que siguen viviendo en tu interior. “A tu abuelo, me decía, no le gustaba referirse a ello, pero durante una época estuvo de guarda en una presa de México, la presa de Zanguán. No te creas, era una presa enorme, con capacidad para miles de hectómetros cúbicos. Pero ahora está seca”. En este punto el sueño se distorsionaba, se perdía la señal, como pasa con los móviles cuando en un viaje atravesamos una zona sin cobertura. Lo siguiente que recuerdo es un mapa diminuto que, siguiendo sus indicaciones, desenrollé de los pies de un muñeco de los que adornan las estanterías, una estatuilla ataviada con traje regional. Desperté con la sensación de que había tenido entre las manos el mapa de un tesoro legado por mi padre desde el más allá.
Eran las dos de la noche, pero ya no pude dormirme hasta haber tomado nota de aquellas imágenes a la vez tan vivas y tan deslavazadas. Esto de anotar los sueños o los poemas que se le ocurren a uno durmiendo tiene solera. Ya lo hizo Coleridge en Kubla Khan. Pero también nuestro Bécquer, que siempre tenía papel en la mesilla para transcribir, antes de olvidarlas, sus pesadillas de tuberculoso, que luego iban sirviendo de decorado para sus deliciosas leyendas. Yo las noches las dedico a dormir, cuando me dejan, casi nunca recuerdo los sueños nocturnos. Sin embargo este lo anoté porque me había dejado sensaciones perturbadoras: la cercanía de mi padre y un extraño temblor premonitorio.
No había duda de que se trataba de un amasijo de imágenes subconscientes. Mi abuelo fue aniaguero mientras las guerras le dejaron serlo. Que yo sepa, sólo abandonó los bancales de Barrax, de La Gineta y de Romica cuando no tuvo más remedio, y lo más lejos que estuvo de los aperos de labranza fue en el desastre de Annual, de donde trajo un balazo en el muslo, una capa tan agujereada que la tela se sostenía por hilachas y la sensación de haber vuelto a nacer. Por supuesto, de América nada, de México menos. Qué más hubiera querido él que encontrar un tesoro. En todo caso, tenía en común con Bécquer la tuberculosis pulmonar que contrajo en el penal de Chinchilla. Le emparentaba con mi sueño el haber sido guarda de Los Jardinillos antes de jubilarse. La presa de Zanguán naturalmente no existe; google, que todo lo encuentra, no ha oído hablar de ella.
Por lo demás, el principio de curso es lo bastante absorbente como para que los sueños de la noche se desdibujen durante la mañana y dejen paso a la realidad pura y dura que reclama los cinco sentidos y toda la memoria ram del cerebro. Y sin embargo, a mediodía recibí una llamada que no pude evitar relacionar con las palabras de mi padre, aún no del todo olvidadas. El editor Jesús Munárriz me felicitaba por haber ganado el premio Jaén de poesía. Está claro que la noticia no guardaba relación alguna con la presa ni con el tesoro, aunque sí con la alegría de recibir un regalo inesperado. El título del libro que verá la luz en Hiperión, Cosas Que Apenas Pasan, se refiere precisamente a esas pequeñas emociones cotidianas que olvidamos de inmediato si no las anotamos, a pesar de que nos marcan en secreto, a veces para siempre. Como la extraña coincidencia en el tiempo de mi sueño y del galardón.

Nostalgia

Qué tendrá la Feria que al acabarse lo embarga a uno de pena incluso en los años en que casi no la has pisado o no has llegado a pisarla, incluso en la diáspora, a través de lo que cuentan los amigos y los familiares, que te dejan oír por el móvil, de fondo, el desconcierto inconfundible, parecido pero a la vez distinto a todos los desconciertos de todas las fiestas patronales. O así nos lo parece a nosotros. Y nos alcanza el olor a polvo de los paseos, que suaviza un camión que los riega en las horas de recarga, el dolor de los pies, de soportar tanta curiosidad, tanto plantón, y sobre todo el encontrarnos las caras que sólo vemos de Feria en Feria, las caras que a veces no han cambiado en 365 días y que a veces han cambiado tanto que no las reconocemos. La Feria es retomar conversaciones que se mantienen vivas de año en año como si las hubiéramos interrumpido la víspera.
“Es otra vez lo mismo, apenas hay novedades”, le oímos decir todos los septiembres a algún conocido que se las da de explorador. A veces parece que es verdad, o casi, pero los años te enseñan que la auténtica novedad es el reencuentro con las personas cuyos circuitos cotidianos no coinciden con el tuyo, cuyos trabajos, hogar y relaciones los mantienen en un bucle que no tiene intersección con tu trabajo, hogar y relaciones, hasta que la Feria rompe el círculo vicioso y coincidís de pronto en el Paseo, bajo el estruendo de las tómbolas y os alejáis un poco del barullo para entenderos. Eso es la Feria. Eso y la disolución en la masa de zombis fascinados y risueños que se desplazan codo con codo, como un solo ser, cegados por la luz, ensordecidos por la mezcla de músicas que luchan por capturar la atención.
Ya ha pasado, pero sigue pasando. Porque como decía Borges de la lluvia, la Feria siempre ocurre en el pasado. De modo que el día siete, por muy lejos que me pille, alcanzo a ver la cabalgata, que también transcurre en la espera, entre el gentío que busca posiciones en los flancos del recorrido, entreteniendo la impaciencia de los críos, bebiéndose a sorbos la ilusión de todos los comienzos, el cansancio de la luz. Se vive en la niñez y ya se queda grabado para siempre. Luego basta con mirar el calendario. Estés donde estés el día diecisiete, alcanzarás a ver a los feriantes desmontar sus chiringuitos bajo un cielo que parece un reflejo gris del asfalto. Bueno, no los verás. Es uno de esos misterios que nunca logras explicarte del todo. Por la noche dejas el Recinto, los Ejidos, el Paseo abarrotados de gente, ardiendo de luz, vibrando en el desbarajuste de los altavoces. Y al volver por la mañana los encuentras desiertos, sin un alma, como si la alegría desbordada hubiera sido un sueño que se disuelve en el colegio entre los nuevos horarios y los nuevos libros de texto que reclaman de pronto toda la atención, o tú se la concedes para conjurar la nostalgia.
Y se te cae el alma a los pies porque de pronto comprendes que la que inicias es la rutina de todo el año, la rutina de octubre y de diciembre, y de enero y de abril. Y te sorprende la prisa y el sigilo con que los feriantes han recogido sus bártulos, sus engranajes, sus toldos y sus chiringuitos de chapa, una prisa que acentúa, y con qué intensidad, el contraste entre la bulla y la nada. Como si formase parte de su trabajo evitar que aceptes poco a poco, que te acostumbres a que ya se acabaron el verano y la Feria, hasta el año que viene.

Los girasoles ciegos

Hace apenas un par de semanas que se ha estrenado la última película de nuestro paisano José Luis Cuerda y ya he leído y escuchado a un par de críticos atacándola en su línea de flotación, aunque con argumentos un tanto confusos. Dicen que no encuentran en ella los aciertos del libro homónimo de Alberto Méndez. De hecho, no es una versión íntegra de la obra literaria, que se compone de cuatro cuentos (“cuatro derrotas”), sino que sólo se basa en una de las partes y el espíritu de otra. El crítico se preguntaba si un aficionado que no hubiera leído el libro disfrutaría con la película. Como yo estaba en situación de comprobarlo y me parecían sospechosas unas objeciones tan unánimes como poco convincentes, me fui para el cine en cuanto tuve ocasión, que fue pronto.

La experiencia ha resultado satisfactoria. Tan satisfactoria que de hecho, para mi gusto, Los girasoles ciegos está entre lo mejor de Cuerda. A la altura (si no por encima) de El bosque animado o de La lengua de las mariposas, por citar lo que a mí más me gusta. Una película profunda, que pivota entre dos personajes: el cura fanático y libidinoso, bien interpretado por Raúl Arévalo, y la sufrida madre y esposa, magistralmente encarnada por Maribel Verdú. Creo que la Verdú, que empezó verde y lozana, con el tiempo ha aprendido a actuar y, a pesar de que lo bordó en El laberinto del fauno, se va creciendo en cada papel. Aún no ha tocado techo. Aquí compone una mujer cercada por las humillaciones de la posguerra, que se mueve todo el tiempo al borde de la desesperación y que sin embargo consigue contenerla hasta la última secuencia, en un pulso apasionante y estremecedor.

Tanto la ambientación de la época como el resto de los actores rallan a la mejor de las alturas posibles. Por supuesto, se trata de una adaptación. No cabe toda la obra literaria. Eso los críticos deberían saberlo, precisamente porque son críticos de cine. Una película es siempre el tráiler de un libro, no puede ser el libro. Además, como se trata de un arte diferente, a veces requiere cambios que, alejando el argumento del original, mejoren el resultado cinematográfico. Es el caso. Aunque hayan cometido pifias como todo el mundo, tanto Cuerda como Azcona (a quien va dedicada la película in memoriam) son adaptadores más que solventes y han hecho un trabajo impecable. El resultado emociona, sobrecoge y deja, como los buenos vinos, un regusto que ir rumiando luego, al abandonar la sala.

No cometeré el error de decir que es perfecta. Hay algo que a mí me molesta en la película, sin llegar a impedirme que me sumerja en ella. Y es duro decirlo. Se trata del personaje interpretado por Javier Cámara. Fíjate que es buen actor, uno de mis favoritos. Y sin embargo aquí parece no terminar de entrar en la carne del intelectual que vive oculto tras el fondo corredizo de un armario y que siente que su capacidad de participar en las decisiones de su propia familia se va diluyendo a medida que pasan los días. Dicen que Cámara ha querido centrarse en el miedo que atenaza al personaje, pero aquí la contención parece más un corsé que un hallazgo. Es como (será cosa mía) si siguiera interpretando al cocinero homosexual de su anterior película, Fuera de carta, un filme muy inferior a este, que sin embargo, ahí sí, salvaba con su oficio. Pero de esto no dicen nada los críticos. Qué raro, ¿no?

Mentalidad olímpica

¿Cuántos deportistas ha aportado Albacete a los Juegos Olímpicos? No digo ya que aspirasen a medalla, digo que simplemente compitieran como relleno, haciendo bulto, para hacer buena la legendaria frase del barón de Coubertin de que lo importante es participar. Me suena que de la comunidad castellano-manchega han acudido unos quince, de los cuales ninguno procedía de nuestra provincia. Tal vez el dato merezca una reflexión, precedida por la pregunta de si sirve para algo tener algún representante en una Olimpiada. Los Juegos se llaman así precisamente porque en su espíritu no persiguen mayor trascendencia que esa, la de participar, la de medirse, aunque haya dictaduras y pseudodemocracias que intenten lavar con medallas su mala conciencia política. Y aunque al final todos (incluso los menos amantes del deporte) hayamos echado un vistazo cada mañana al medallero español a ver si había engordado siquiera con un bronce durante nuestro sueño.
Igual que la zorra se autoconvencía de que las uvas estaban verdes, hay mil excusas a mano. Es verdad que unos Juegos Olímpicos no son un reto sencillo, sino un acontecimiento mundial al que acude la élite de los deportistas de cada especialidad. Como es lógico, los países con mayor número de habitantes tienen mayores probabilidades de contar con atletas fuera de serie, como certifica el medallero encabezado por la multitudinaria China, la inabarcable Estados Unidos o la vasta Rusia. Además nuestro pecado no es el nacionalismo: uno se identifica sin querer con deportistas españoles, cualquiera que sea su procedencia y especialidad, aunque no sean de Albacete. Estamos acostumbrados. Por otro lado es sabido que los deportes de competición someten al organismo a un estrés malsano, cuando no deforman directamente la anatomía, y eso no se lo deseamos a nuestros próximos.
Pero una vez desgranadas las excusas más socorridas, atendamos al sentido común: hay países con menos habitantes que España que han conseguido muchas medallas, como es el caso de Holanda o de Cuba. No es imprescindible por tanto ser muchos, basta con estar bien organizados. Y una buena técnica y un juicioso seguimiento médico minimizan los riesgos. ¿Para qué? Bueno, a quién le amarga el dulce de recibir a un héroe olímpico, de nombrarlo hijo pródigo del municipio, de dedicarle una calle y de tenerlo como referente y (si hay suerte) como maestro de los niños que lo admiran y quieren emularlo. El entrenador holandés de la selección española de hockey hierba (plata) ha agradecido el éxito de su equipo a las empresas que han empleado a sus jugadores, concediéndoles los permisos necesario para entrenarse, y beneficiándose a cambio de su disciplina, responsabilidad, mentalidad de equipo y por supuesto de su prestigio.
Porque se trata de jugar, pero también de hacerlo bien, de ser capaces. Coubertin dijo en realidad que hay que participar “para ganar”. Quizá haya que empezar preguntándose si existe una ambición juiciosa entre nosotros. Fermín Cacho, el oro de los 1.500 metros en Barcelona 92, ha acusado a nuestros atletas (de atletismo) en Pekín de falta de ambición (la de colocarse entre los primeros, la de marcar al favorito y atacar en la última vuelta, en vez de colocarse atrás y esperar un milagro). Cuando digo ambición juiciosa, quiero decir organizada. Una provincia que tiene un equipo de voleibol femenino y uno de fútbol sala masculino penando entre la élite por falta de apoyos, una provincia donde no hay vida más allá del fútbol no tiene representación olímpica. Es posible cambiarlo. ¿cómo? Desde la educación, por supuesto, desde la política, desde las federaciones, desde la modernidad empresarial. Requiere un trabajo en equipo que cambie este ir cada uno por su lado hacia ninguna parte.

Un pueblo bien criado

Cavendish es un pueblecito de Estados Unidos, situado en el estado de Vermont, cerca de la frontera con Canadá. Jamás he estado allí, pero desde esta semana forma parte de mi mitología personal. Y no por admiración hacia Alexander Solzhenitsin, el personaje que se retiró allí a vivir un exilio de dieciocho años (1974-1994), sino por la disciplina que demostraron sus habitantes para ocultar a los extraños la ubicación de su refugio. Todo ello según asegura Mario Vargas Llosa, que intentó visitarle por consejo de un amigo: “vale la pena que vayas allá sólo para que veas cómo lo cuidan los vecinos”. Ni corto ni perezoso, el escritor peruano se presentó en Cavendish y preguntó por el autor de Archipiélago Gulag a una mujer que abría un sendero en la nieve a fuerza de paletadas. “No quiero molestar al señor Solzhenitsin, sólo ver su casa de lejos. ¿Me puede indicar dónde está?” La mujer fue muy amable, pero sus indicaciones encaminaron a Vargas Llosa al borde de un precipicio desde el que no se divisaba casa alguna.

Volvió a la carga con tres o cuatro lugareños más y todos le engañaron en parecidos términos. Supongo que frustrado y con los pies entumecidos por la nieve, entró a reponerse a una bodega. El propietario le confesó la verdad: “Nadie en la vecindad le mostrará la casa del señor Solzhenitsin. Él no quiere que lo molesten y nosotros en el pueblo nos encargamos de que así sea. Lo mejor que puede hacer usted es irse”. Le faltó añadir “forastero” (si es que Vargas Llosa no lo ha suprimido de su crónica por decoro). Por cierto que me sorprende que un escritor de su talla deje para el final de su artículo esta anécdota. Supongo que los candidatos al Nobel se sienten obligados a dedicar largos párrafos de sus columnas a contextualizar la ideología del difunto. Pero a mí lo único que me ha interesado ha sido el pasaje de Cavendish, y casi me rindo antes de leerlo. Como si Vargas Llosa hubiera preferido ocultarlo. Al fin y al cabo, es una historia de ocultaciones que empiezan en el mismo Archipiélago Gulag, al que era imposible llegar a menos que uno pusiera verde a Stalin y lo arrestaran, como le ocurrió a Solzhenitsin.

Pero este ucraniano (1918-2008) era de los tozudos. Su interminable barba lo certifica, y los trabajos forzados y privaciones sólo consiguieron que se aplicase aún más en la escritura y que a los libros acumulados añadiera un reportaje literario de 800 páginas en el que contaba hasta los detalles microscópicos. Acababan de darle el Nobel, ya era ciudadano universal, con lo que no le fue difícil encontrar cobijo cuando le retiraron la nacionalidad soviética y le dieron la patada en el culo por difundir las verdades del estalinismo. Tampoco es de extrañar que prefiriera no recibir visitas en su nuevo domicilio, si contemplamos antecedentes como el de Trotski, al que su retiro en México no le libró de que lo ensartaran con un pico. Así las gastan los dictadores rusos. El espía envenenado con plutonio el año pasado en Gran Bretaña confirma el peligro.

No es raro, no, que Solzhenitsin prefiriera pecar de huraño antes que arriesgarse alternando en sociedad. Al fin y al cabo convirtió más anticomunistas con sus libros que la CIA con sus manejos. Lo prodigioso es que en ese pueblecito nevado de Vermont, los vecinos se conjurasen como uno solo para protegerlo. Intento trasladar esa unanimidad a cualquier pueblo de por aquí y me resulta inimaginable que no aparezca un esquirol o un corrupto. A lo mejor en Cavendish también lo había y Vargas Llosa no supo encontrarlo. Igual es que lo ha soñado.

Sin guión

Hace unos cuantos meses todo Estados Unidos anduvo conmocionado por una huelga sin precedentes de guionistas. De pronto, no sólo los actores de cine, sino que también los que asoman la cara en televisión, y los de informativos y hasta los políticos, se encontraron con que no sabían qué decir y tampoco qué cara poner. Sin el alma invisible que está detrás de todo, da coherencia a la vida y mueve los discursos, el carisma se desarmaba como un maquillaje barato expuesto al sudor de agosto. Tuvimos entonces la oportunidad de comprobar que en estos tiempos en que la espontaneidad florece por doquier, nadie que aprecie su propia imagen articula una sola palabra ante los medios de comunicación si no viene avalada por un guionista solvente. Es decir que los guionistas estaban ya reconocidos por todos menos por aquellos que estipulan su salario; de ahí la huelga. Los carismáticos y sonrientes actores siguieron haciendo lo mismo que han hecho siempre, o sea mover los labios y recitar su papel, que en ese momento consistía en dar la razón a los huelguistas. Faltaría más.

Eso en Estados Unidos. Aquí en España vamos más despacio porque aún nos creemos que los pájaros maman, que los Reyes Magos existen y que la espontaneidad de que hacen gala determinados personajes es genuina y no procede, como todo lo demás, de un competente equipo de guionistas. Poco a poco nos van desengañando los críticos de cine que afirman de forma unánime que de un mal guión siempre sale una mala película y que de uno bien perfilado a veces, sólo a veces, surge una obra maestra. Nos van desengañando los comentaristas televisivos que alaban series como Camera café porque sus guionistas han sabido sacar leche de una alcuza y seguir ofreciendo buenos argumentos a sus excelentes actores cuando parecía que habían agotado el tema laboral. Y fue un clamor que el que le escribió lo de la niñita a Rajoy para el careo televisivo de la última campaña electoral metió la pata hasta la ingle, y que quién escatimó la palabra crisis durante más de un mes en los discursos de Solbes también.

O sea que el alma consiste en que lo que uno dice tenga sentido y parezca habérsele ocurrido de forma espontánea, es decir que tenga la frescura de una ocurrencia casual. Lo curioso es que para conseguirlo son precisas muchas horas de trabajo, casi siempre en equipos organizados con rutinas convencionales. Por ejemplo, los guionistas de algunas series de televisión suelen trabajar en grupos de cuatro y hasta de ocho que mantienen una primera reunión para establecer los dos temas sobre los que versará el episodio, luego cada uno los desarrolla por su cuenta y al final vuelven a reunirse para poner en común los hallazgos y escribir el texto definitivo. Es un sistema importado precisamente de Estados Unidos.

Cuando llega el verano, los guionistas titulares también se van de vacaciones y entonces existen dos alternativas: reponer episodios para goce de los forofos y hartazón de los demás o bien trabajar con guionistas sustitutos, menos solventes. Por eso en agosto la vida alcanza una espesura insoportable que achacamos al calor. Sólo nos queda tratar de liberarnos de los guiones ajenos y de los propios tumbándonos panza arriba a ver trabajar a los vencejos o a contar las estrellas que sobreviven a la contaminación lumínica, faenas propias de tiempos sencillos, sin más calentamientos de cabeza. Es el guión del descanso o el descanso de todos los guiones.

Vacaciones de cine

Nos movemos entre dos pulsiones: la de buscar la novedad y la de volver a lo que nos gustó. Las vacaciones de verano son un momento tan bueno como el principio de año para hacer balance y visitar aquellos lugares donde uno ya estuvo y fue feliz. Por ejemplo yo, que soy más sedentario que Truman (el del show), me estoy hinchando a ver películas con las que disfruté como un enano. Y es curioso que no siempre coincidan con aquellas a las que los críticos otorgarían cinco estrellas. A mí sin embargo me emocionaron en su día y me siguen emocionando aún. Se ve que no tengo un espíritu cinematográfico de cinco estrellas. Hay algunas incluso que son viejas y dejan entrever los costurones. Esto les pasa mucho a mis preferidas porque estoy revisando (como dicen los cinéfilos) películas de ciencia ficción o fantaciencia (le ha dado por ahí a mi cuerpo). Y claro, en El planeta de los simios (1968), por ejemplo, parecen de cartón hasta los caballos. Sin embargo, qué maravilla de paisajes desérticos (cada vez se parecen más a los manchegos) y qué acierto los trajes de astronauta con sus mochilas como fiambreras para el colegio. Y sobre todo, qué ternura de guión, en el que el mono malo es en realidad un ecologista disfrazado de canalla, mientras que el verdadero canalla es el humano, un gruñón Charlton Heston que se interpreta a sí mismo.

Otra que siempre me ha gustado es Paycheck (2003), basada en un relato de Philip K. Dick (que siendo tan genial, nunca se parece al cine que le hacen, aunque le hayan hecho un cine extraordinario). Por lo general le añaden mucha acción. El protagonista de Paycheck es un ingeniero que copia tecnología para grandes empresas de comunicación y luego se deja borrar la memoria de los meses de trabajo para no poder difundir sus propios logros. Un tío que renuncia a meses e incluso a años enteros de su propia vida (qué otra cosa es la memoria) a cambio de pasta. Da que pensar, sin duda. A lo mejor lo estamos haciendo todos un poco. Luego, lo demás es añadidura: en uno de sus regresos comprende que durante su última faena se ha programado para salvar el pellejo enviándose a sí mismo en un sobre veinte objetos que cumplen su función como por arte de magia en el momento oportuno. Dicen que es mala. A mí me encanta.

Y ya no digamos Días extraños (1997), con su dureza apocalíptica, y esa maquinita compuesta de una redecilla que se instala en la cabeza y una consola que permite grabar lo que uno está viendo y sintiendo, es decir la vida misma. Luego otras personas pueden experimentar en sus propios sistemas nerviosos lo mismo exactamente con sólo reproducir la grabación. Una experiencia adictiva, menos fantástica de lo que podría parecernos. El cine en realidad es eso: se apaga la sala y nos metemos hasta tal punto en el personaje que la historia penetra en nuestras venas y nos cambia. Yo llevo fragmentos de esas películas (y de otras que no caben aquí ahora) adheridas a mi sistema nervioso como si fueran recuerdos de mi propia vida. Y lo son, qué duda cabe. Lo maravilloso es que cuando las vuelvo a ver (las reviso) me sorprenden largas secuencias que no recordaba de la primera vez, como si en el tiempo transcurrido la película hubiera experimentado cambios sutiles que me producen la ilusión de que el final también puede ser diferente. Sin embargo este prodigio nunca sucede. Al final sigue asomando muy maltrecha la cabeza de la estatua de la libertad en una playa solitaria y el corazón se encoge.

La educación y el destino

Desde la antigua Grecia sabemos que nuestro destino está escrito de antemano, aunque nosotros sólo podemos leerlo en capítulos que abrimos cada mañana al asomarnos al espejo del baño. Y pobre de aquel que, como Casandra o Rapel, pueda leer unos capítulos por delante, porque quienes les escuchen los tildarán de locos en el peor de los casos, o por lo menos de excéntricos si encima les da por vestir túnica plateada. Unos dioses caprichosos eran entonces los que gobernaban desde el Olimpo el discurrir de la humanidad, aunque cualquiera que observase con algo de atención sus correrías concluiría que no eran capaces de controlar ni sus impulsos más elementales. Han pasado unos milenios, los dioses han cambiado de nombre, pero el destino sigue siendo igual de inexorable.

Por cuestiones profesionales he pasado buena parte de las mañanas de julio en una modesta sucursal del Olimpo, quiero decir en un Instituto de enseñanza media, experimentando con la burocracia, la manera moderna que tiene el destino de manifestarse. Nuestra labor consiste en distribuir por grupos a los alumnos que en septiembre poblarán de risas y de carreras los pasillos ahora desangelados. De calcular cuántos atravesarán la frontera del curso y cuantos se quedarán a repetir. De jugar a Casandros y Rapeles para predecir cuántos profesores harán falta para atenderlos y cómo habrán de distribuirse por asignaturas. A veces suponemos cómo reaccionarán porque los conocemos del curso anterior. Preferiría invertir mis mañanas saliendo a pasear al monte o leyendo los libros que se han ido acumulando en los meses precedentes, pero tengo que reconocer que tampoco me deprime afrontar esta tarea. Soy de buen conformar.

Y sin embargo sé que, aunque no podamos hacer gran cosa por evitarlo, buena parte de las relaciones humanas del próximo curso están ahora en nuestras manos. Yacen en forma de solicitudes de matrícula, rellenadas con más o menos ilusión, que nosotros hemos de reagrupar de acuerdo con criterios que intentamos que sean ecuánimes, juiciosos, justos. El resultado conminará a cada uno de los montones a convivir todas las mañanas lectivas durante nueve meses, a intercambiar chismes y apuntes, también seguro que cabreos y enemistades. Los pondrá bajo la tutela de unos profesores y no de otros, y a estos los obligará a lidiar con unos grupos y no con otros. Es esta labor que cumplimos por los despachos de julio, bajo las bocanadas del aire acondicionado, una tarea de dioses que no se consideran tales y que preferirían tomar la sombra en la piscina en vez de encarnar la mano del destino.

Claro, que nuestra labor está limitada por otros dioses que afrontan los calores de julio desde el Olimpo burocrático de Toledo. Ellos son los que dictan, por ejemplo, que nos tengamos que apañar con 93 profesores. Pero sin necesitamos ciento tres, que os lo hemos explicado en las cuentas. Nada, como mucho 95. Y amén. Y de esas conversaciones telefónicas deducimos que no somos un grupo humano, sino un cúmulo de estructuras y números en la pantalla de un ordenador. Estructuras que a veces ni siquiera coinciden con las reales: pero si no contáis el bachillerato a distancia. Da lo mismo, amén. Lo curioso es que estos desajustes suceden todos los veranos, no se corrigen de un año para otro. Y al final, con menos servicios, la cosa va para delante. Qué remedio. Más mal que bien, pero funciona. Es el destino, a la manera moderna.

Música de Al-Ándalus

Dentro de 34 años se cumplirán ocho siglos desde que el comendador de Uclés, Pelayo Pérez Correa, expulsó a los árabes de Chinchilla (1242). Ocho siglos, que se dice pronto. Y sin embargo la semana pasada aún pudimos escucharlos. No a ellos, claro, sino la música que tocaban y con la que se deleitaban. La música del tiempo en que Chinchilla se llamaba Sintiyala y era una ciudad de mediano tamaño, una medina, situada en la frontera norte de la cora de Tudmir. La poseyeron más de cuatrocientos años. Y aún quedan algunas cosas de su legado: un castillo bastante diferente al que erigieron, tres almenas almohades sostenidas con un contrafuerte, unos baños que andan por ahí sumergidos bajo la estructura de una cochera y por supuesto el caprichoso laberinto de sus calles. Seguro que Aurelio Pretel y Luis Guillermo García-Saúco podrían enumerar algunas cosas más. A mí no se me ocurren.

Sin embargo, oyendo el domingo a la Orquesta Andalusí de Tetuán, que vino a tocar unas nubas en el claustro de Santo Domingo, retrocedimos esos ocho siglos. No es tan fácil borrar una estancia de cuatrocientos años. La luna creciente es la misma y también el cerro de San Cristóbal, que asoma su semicírculo de pinos sobre un pico del claustro. Ataviados con chilaba blanca y babuchas, los músicos reencarnaron para nosotros a sus antepasados en la misma lengua en que escribieron sus poetas. A ratos sonaban casi a flamenco, otras nos regalaban solos instrumentales de enorme hondura, alguno de Mostafa Ahkam con el nay (esa flauta de caña tan sencilla como antigua), o de Muhsen Kouraich con la darbouga (ese antecedente de nuestra guitarra), o de Jalal Chekara nada menos que con el violín (una incorporación moderna que tañido sobre el muslo y afinado a la manera árabe no parece un anacronismo).

Conducía, como él mismo dijo, Aziz Samsaoui, el maestro del kanún. Es este un instrumento peculiar, una especie de piano de mano sin envoltura. El músico pellizca directamente las cuerdas que resuenan en una caja de piel muy sensible a las temperaturas. “Paso más tiempo afinando que tocando” comentó Samsaoui, en su español afrancesado y con una simpatía que desataba risas del público en cada intervención. El viernes lo habíamos disfrutado en plenitud, esta vez como componente del grupo Al-Quimia y en otro escenario, la iglesia de Santa María del Salvador. Allí, entre la percusión de Khalid Ahabouone y las cuerdas y la voz de Juan Manuel Rubio, sus dedos extrajeron sonidos deliciosos de este singular instrumento del que es maestro absoluto. Pero los que han seguido los cuatro conciertos del ciclo recuerdan con más emoción si cabe al grupo Axivil Aljamía y al cantaor Pedro Sanz, que el jueves bordaron una selección de romances.

Por tercera vez Chinchilla ha celebrado su Festival de música antigua bajo el mecenazgo de la Fundación Aúno y la dirección artística del tenor José Ferrero. Este año se ha adelantado a julio, buscando el calor del verano y el abrigo del Festival de Teatro. Por complicaciones de infraestructura también ha perdido (y esto es una pena) su carácter itinerante por las ermitas de la ciudad. En cualquier caso, durante cuatro días Chinchilla ha vuelto a ser Sintiyala, sobre todo el domingo, cuando el público y los músicos de la Orquesta de Tetuán cantamos La Tarara en español y en árabe a la vez, como si aún no hubieran llegado Pelayo Pérez Correa y su ejército.

Mercado medieval

La mejor prueba de que es imposible viajar en el tiempo es que no registramos visitas masivas de turistas procedentes del futuro. La afirmación es de Stephen Hawking, un tipo inteligente como pocos. Otra cosa es que a esos presuntos viajeros les pueda interesar un presente como el nuestro, desprovisto de misterios, pues todo lo que aparentemente merece la pena ocurre ante los focos y sale en televisión tarde o temprano. Encima corren el riesgo de ser detectados, ya que en nuestra época lo difícil es existir sin ser visto. Cuando no son las traicioneras videocámaras de los bancos son los peatones que llevan la cámara del móvil siempre alerta para que cualquier imprevisto los convierta en famosos. A los viajeros del tiempo sólo les queda como alternativa el anonimato de una aglomeración, la de una calle de Madrid, una playa del Mediterráneo o un macroconcierto veraniego, lugares ya muy vistos en el futuro.

Si yo tuviera la posibilidad de subir a un autobús del tiempo, elegiría un destino más exótico, como la Edad Media, en la que hasta las enfermedades eran misteriosas. El otro día, el mercado medieval de Chinchilla estaba lleno de moscas del año mil, que acuden en tropel todas las ediciones junto al bochorno de julio. Empiezo a pensar que las que viajan en el tiempo, pero en sentido inverso, son las propias moscas. Y no me extraña. Es evidente que en un mercado medieval moderno puedes encontrarte cosas que si las piensas resultan poco medievales, como carpinteros que fabrican juguetes con una máquina de marquetería, luz eléctrica o ropas de marca que asoman por debajo de los jubones. Nos pasan desapercibidos a los contemporáneos, pero también a las moscas, porque las moscas vienen más al olor.

Y no porque el olor sea malo, que las boñigas de los ponis duran apenas un par de minutos sobre el pavimento de la plaza, lo justo para que un par de personas las pisen inadvertidamente y se granjeen suerte para el resto de la jornada, como reza la tradición, no sé si medieval. El propio encargado de los equinos reaparece enseguida con un cogedor y una escoba a devolver las cosas a su sitio, un gesto más civilizado que el que exhiben tantos propietarios de perros en el siglo XXI. Uno que ha caminado sobre las calles de Trévelez inundadas de boñigas de varias especies siente que estuvo entonces más cerca del Medievo que en este mercado.

Y sin embargo la canela, el incienso, los tés, el cuero, la carne braseada, todos esos aromas mezclados en el humo tienen el don de hacerte viajar. A ti y a las moscas. Cierras los ojos y te asomas a otro tiempo. No se oyen coches, las fachadas antiguas impregnan el bullicio humano de timbres añejos. Y luego están los mercaderes medievales, que envuelven sus mercancías en historias como las de las Mil y una noches. Así un pañuelo no es un simple pañuelo, sino el que utilizan los monjes del Nepal para determinados ritos, o una piedra de color para lucir en el cuello no es un mero adorno, sino que alejará de ti los males que según la vendedora se ciernen sobre las líneas de tu mano. Y qué decir de los signos de la plata, del brazalete de cuero, qué intrincados caminos han recorrido para llegar desde un cuento hasta el mercado.

Hawking, otro contador de historias, tal vez no haya considerado la posibilidad de que los viajes en el tiempo sí que existen, al menos para las moscas y los cuentos que nos traen los mercaderes.