Flor de Antologías



Algunos aficionados a la poesía han preguntado en las librerías y me han preguntado  a mí cómo conseguir la antología Diez de diez, Poesía española reciente. Las redes sociales amplifican cualquier noticia que surge en el mundo de la literatura y poetas como Iribarren, Salvago o Pablo García Casado, por mencionar a tres de los que estamos incluidos en la partida, tienen ese grupo de lectores fieles, interesados en devorar cuanto publican. La respuesta es singular: el libro lo ha editado Tedium Vitae, una editorial mexicana, radicada en la Guadalajara del país azteca. El objetivo, que expresa Sergio Ortiz en el prólogo, es dar a conocer a un grupo de poetas españoles que no han sido editados en México o que lo han sido en muy pocos casos. Quiere esto decir que la difusión está centrada en Guadalajara, y por eso su aparición ha coincidido con la Feria literaria más importante del castellano. Pero va a ser complicado, de momento, consultarlo a este lado del Atlántico.
Añade Ortiz que no se trata de una antología, cosa que suelen repetir casi todos los antólogos para curarse en salud. Lo que sin duda quiere puntualizar es que no pretende ser una selección de los mejores poetas españoles, lo que resaltaría más las omisiones que las inclusiones, sino una muestra de autores representativos. Pero la palabra antología viene del griego y ha pasado por el latín, antes de llegar a nuestro idioma. En su origen, significaba “selección de flores” y ha terminado siendo una “colección de piezas escogidas de literatura, música, etc” (R.A.E.). Allí donde hay alguien que “escoge” poemas, hay un antólogo, aunque no se haya propuesto espigar los mejores.
Por ejemplo, Rubén Martín (Albacete, 1980) ha reunido a quince autores en su “Antología poética” Una generación de fuego, un libro con el que la Asociación Fractal ha querido redondear su segundo festival de poesía, que ha combinado el verso con todas las artes en la ciudad de Albacete durante la última semana de octubre y primera de noviembre. Según explica Martín en el prólogo, su objetivo era poner en relación generaciones distintas con la suya, que él llama de fuego. Por eso ha buscado todos los contrastes posibles: en edad, en experiencia y en procedencia (solo cinco de los incluidos somos albaceteños). También ha reducido el número de seleccionados con respecto a la primera edición, para que apareciera una muestra suficiente de cada autor.
Un objetivo muy diferente ha movido a Luis Bagué Quílez  (Palafruguell, 1978) en Quien lo probó lo sabe: 36 poetas para el tercer milenio. No se trata de hacerlos convivir, sino de ayudarse de ellos para ilustrar su propio análisis de por dónde van los tiros en la poesía española del siglo XXI. Bagué que, a pesar de su juventud, se ha convertido en uno de los observadores de referencia de nuestra poesía, constata que quedaron muy atrás la poesía de la experiencia y su poliédrica rival, la metafísica o de la diferencia, corrientes hegemónicas del último cuarto del siglo XX. El realismo posmoderno, los nuevos simbolismos y la ironía en segundo grado son las tres vías de superación que señala. Y en torno a ellas agrupa a los seleccionados (nacidos entre 1962 y 1985) y a otros autores a los que cita. Acepta a regañadientes la condición de antólogo, pero advierte de las limitaciones de su estudio: “Huelga decir que la ubicación de los antologados en uno u otro compartimento es un ejercicio voluntarista y, en buena medida, arbitrario.”
Para cualquier poeta, ser incluido en una antología es un espaldarazo: te hace sentir que no estás solo, que formas parte de algo, de una corriente, de un grupo, cualquiera que sea el criterio que haya utilizado el antólogo. Para los lectores, las antologías son a menudo el mejor camino para descubrir voces nuevas o contrastar las que ya conocían. En las tres aquí mencionadas encontrarán muchas de las infinitas posibilidades. Sí, también en Diez de diez, al menos en Albacete y Chinchilla, a cuyas bibliotecas públicas pienso donar sendos ejemplares que me han hecho llegar los amigos mexicanos.

Sergio Ortiz : Diez de diez. Poesía española reciente. Tedium Vitae, Guadalajara (México), 2012
Rubén Martín: Una generación de fuego. Fractal Poesía, Albacete, 2012
Luis Bagué Quílez: Quien lo probó lo sabe: 36 poetas para el tercer milenio. Letra Última, Zaragoza, 2012



Territorio frontera




Javier Lorenzo (Albacete, 1967) ve cómo un gato callejero se le cuela en el patio, en busca del frescor de las azaleas, y constata que el intruso se siente más cómodo en su casa que él mismo. O eso le parece. Los poemas de Javier tienen este punto de partida, una imagen, una fotografía de la infancia, un flautista interpretando un tema de Thakemitsu, un pie desnudo en la esterilla de la mezquita de Ortaköy. Y a partir de ahí el poema sigue en el interior del poeta, que se hace preguntas y reflexiona y saca conclusiones. Es un esquema habitual en la poesía moderna; lo utilizaba, por ejemplo, Cernuda. La diferencia está en los matices. En el caso de Javier Lorenzo, el punto de partida es una vivencia, pero puede ser mínima. Se convierte enseguida en un símbolo, en un escenario intelectual que da pie a la esencia del poema, sus cavilaciones.
La diferencia entre Territorio frontera, flamante ganador del premio Jaime Gil de Biedma, y los libros anteriores de Lorenzo, es que cuenta una crisis, la crisis de los cuarenta. Porque hay muchos libros de poemas que cuentan cosas, aunque poema a poema vayan acumulando emociones. Los poemarios, cuando pertenecen a un periodo de tiempo más o menos abarcable, como es el caso, están escritos con la vida de su autor, y tienen unidad, un clima, un tema recurrente. Ya sé que muchos poetas afirman que el que habla en sus poemas es un personaje de ficción, una voz que no son ellos. Pero la poesía o es verdad o no es. Y, si es verdad, su hilo conductor es la vida. Así, cuando Javier Lorenzo dice: “Ser yo tal como soy es la promesa, / mi trabajo diario, la única solución, / aquello que atesoro, el desenlace”, nos está confesando que lo que leemos es literatura pero está firmada con su sangre.
Así, gracias al gato intruso en el patio, sabemos que el poeta no termina de asentarse anímicamente ni en su propia casa, de la fotografía de la infancia concluimos que cualquiera tiempo pasado no fue mejor, las ruinas de una torre son insuficientes “para darte el secreto de la inmortalidad”, y así sucesivamente. Estoy haciendo un resumen, porque lo que caracteriza la escritura de Javier Lorenzo, su rasgo diferenciador, es que sus meditaciones poéticas no siguen una línea recta, sino que forman meandros, se alambican, desde una elegancia formal impecable. Introduce de pronto términos inesperados para generar extrañamiento, avanza dos pasos y retrocede uno, duda o formula conclusiones enigmáticas: “Y cada vez más débil será la certidumbre / hasta un punto en que todo sea silencio”.
Como buen libro sobre la crisis de los cuarenta, el tema central es la muerte o, lo que es lo mismo, la constatación de que la inmortalidad no existe y que el final ya tiene un plazo: “si pudiera ofrecerte / la eternidad, lo haría”. De un modo u otro, esta es la emoción que predomina, aunque teñida en ocasiones con otras, como la culpa o la necesidad de abstraerse en las conversaciones intrascendentes de los amigos para mitigar el dolor. De pronto hay un insecto que choca y vuelve a chocar contra la luz nocturna, y se convierte en protagonista absoluto de su atención, hasta que lo encuentra convertido en pavesa contra la superficie de la lámpara: “en su perseverancia –te dije a mi regreso- / estaba contenido todo el triunfo.” Y a esa perseverancia fía su salvación este poeta simbolista, meditativo y barroco, una vez que acepta que sus esfuerzos por entender son inútiles: “¿Miras la realidad / o intentas entenderla?”
La observación como consuelo y como redención: “Me duele lo que tengo, lo que observo me salva / del dolor y la duda”. Perseverar en el vivir y observar, aunque sea para constatar que el gato se siente más cómodo en tu casa que tú mismo. Son las puertas de salida a la crisis, expresadas sobre todo en el último poema, uno de los mejores del libro: “Y busca lo que fuiste sabiendo que has llegado a lo que eres” dice el último verso.

Javier Lorenzo: Territorio frontera. Visor, Madrid, 2012




Carlos Marzal, el corazón descifrándose




Carlos Marzal (Valencia, 1961) tiene una caligrafía casi ilegible. Queda elegante en las dedicatorias, pero te pones a descifrar qué demonios te ha escrito, y no hay manera. Prefieres confiar en que, como es amigo, te habrá puesto algo cariñoso. Pero el problema no lo tiene solo el coleccionista de autógrafos. Marzal mismo confiesa que escribe en el ordenador directamente porque no comprendía su escritura cuando pasaba a limpio el manuscrito. Por escribe en el teclado todo, menos los aforismos. Y, tal vez por contagio de su caligrafía,  el descifrarse, o mejor sería decir el descifrar la vida, es también la marca de su escritura poética. En su último poemario, Ánima mía, como en los anteriores, el centro de todo es que entender no basta: "Hace falta entender -lleva una vida-/ las cosas que entendemos. / Hace falta decir bajo otra forma / lo que ya repitió nuestra certeza."
Marzal es un tipo que se explica de sobra, que de hecho tiene una capacidad verbal deslumbrante. Un tipo que escribe artículos, cuentos, novelas, aforismos y lo que se proponga, siempre con la misma facilidad aparente, y siempre con brillantez. Un tipo del que se aprende cada vez que improvisa unas palabras en público. Pero la poesía es un género aparte, impone sus propias reglas. Lo han dicho los grandes maestros y lo suscribe él mismo que, después de haberle escrito dos poemas a su hija en libros anteriores (Nasciturus y Saber de infancia), no encontraba manera de escribirle uno a su hijo. Para ilustrar jocosamente esta impotencia, comentó que su suegra no aceptaba que a una nieta sí y al otro no, ni las excusas de que la poesía es esquiva, caprichosa y no admite imposiciones.
Fue preciso aguardar a una mañana de playa, a que Carlitos junior levantara la vista de la arena con la que había estado jugando y señalara el mar, para que las palabras se sometieran al rigor de los versos (El aprendiz de espumas). El escritor volvía a sentirse poeta: “Soy dichoso / con la dicha infantil del absoluto / si el ángel de un poema se me anuncia”. Con esta anécdota y con otras, el jueves en el salón de Grados de Humanidades, Marzal fue colocando cada uno de los poemas ante la suerte de la lectura, cada cual desde la experiencia que lo generó, a veces una vivencia nítida y otras un sueño o una nebulosa, experiencias también en sí mismas. Señaló que, al contrario que su hermano Vicente Gallego, él prefiere presentar los poemas con una explicación. Así lo hizo antes de leerlos con ritmo decidido, tenso, marcando con sequedad las pausas métricas y las sintácticas.
La necesidad de entender y de hacerse entender, esa constante en Marzal. Y más que en cualquier otro género, con la poesía, que tiene una lógica diferente a la lógica, una lógica que depende del lenguaje. Las palabras no son la realidad, pero nos ayudan a asimilarla, a encarnarnos en ella y muchas veces la potencian: “Huele más en su nombre la camelia / que la camelia misma”. La poesía puede crear mundos aparte, pero no puede perder de vista la vida: “¿Estamos a vivir / o es que no estamos?”, se interroga o se afirma Marzal en su último poemario, que fue del que leyó más piezas. Al fin y al cabo, dijo, uno siempre se decanta por lo último que ha escrito y le gusta que le digan que es lo mejor que ha hecho.
No tanto para contradecirle, sino porque son libros que han tenido una difusión mayor en antologías e incluso en premios, los asistentes le pidieron bises de Los países nocturnos y de Metales pesados, libro este que había leído en su anterior visita, cuando estaba inédito y conservaba aún el título provisional de El corazón afligido. Al final el título sirvió para nombrar la antología de sus  poemarios reunidos, exceptuando los últimos, que aún asoman en las librerías, como la Popular, donde encontré el ánima de Marzal, temblorosa, ofreciéndose: “Transformo / unidades de amor en unidades / de energía verbal”. Después, los poemas se interrogan o afirman, porque la realidad está hecha de dudas emocionantes. Incluso la duda posterior de qué habrá querido decirnos el poeta en su elegante dedicatoria.

Carlos Marzal: Ánima mía. Tusquets, Barcelona, 2009.