Shibumi



Cuando leí por primera vez Shibumi, los ordenadores me parecían ciencia ficción. Que una organización llamada Madre basara su poder en las informaciones obtenidas de un ordenador enorme resultaba una fantasía estimulante. Igual pasaba con otros conocimientos insinuados por el autor, un misterioso individuo que no firmaba con su nombre, sino con un seudónimo: Trevanian. Hablaba del gô, una especie de ajedrez japonés y sus lecciones de vida. Hablaba del naked kill (crimen desnudo), una técnica de defensa personal que convertía un inocente bolígrafo o una tarjeta de plástico en armas mortales. Hablaba del éxtasis místico, narraba con detalle expediciones espeleológicas y hasta desgranaba los cuatro niveles de sabiduría sexual a los que puede aspirar un ser humano. Todo ello, en medio de una trama de espionaje.
Cuando leí Shibumi por primera vez, acababa de descubrir a Trevanian, había devorado La sanción del Loo y La sanción del Eiger, y ni me creía ni me dejaba de creer que las técnicas apuntadas por el escritor fueran ciertas. De hecho, Trevanian advertía que no concretaba más porque las explicaciones que había dado en libros anteriores habían provocado muertes y suicidios y le parecía irresponsable poner nuevos conocimientos en manos que no estuvieran preparadas para usarlos. Sin duda era un hábil subterfugio para incrementar el suspense. No obstante, yo subrayaba y tomaba notas. Quería ser novelista policiaco. Luego abandoné el libro, que se fue desvaneciendo en la memoria. Los cientos y cientos de lecturas que vinieron después lo han ido borrando. Al final quedaba solo una vaga sensación, una sombra.
Pero en este último año he sabido que Don Wislow (El poder del perro), había retomado al protagonista de Shibumi, el refinado Nicholai Hel, para reconstruir en Satori su juventud en Shangai, que Trevanian dejó apenas esbozada. Paralelamente, aprovechando la contingencia, la editorial Roca ha reeditado Shibumi, en la misma traducción de Montserrat Solanas de mi Plaza & Janés de 1985. Por si fuera poco, Carlos Boyero, otro forofo de Trevanian, nos explicó cómo había rastreado con Fernando Trueba y Fernando Colomo la identidad que se ocultaba tras el seudónimo de Trevanian y cómo habían sido engañados por un enigmático individuo del que no da más detalles (Trevanian, aquel aroma enigmático. El País, 7 de enero de 2012).
He tardado unos meses, pero en cuanto he podido, he vuelto a Shibumi. Me ha costado entrar en él. En primer lugar, las letras del libro se han desdibujado, han perdido color y matices, como si estuviera diseñado para autodestruirse. Todos los libros lo están, ya lo sabemos, pero es inquietante descubrirlo en un ejemplar tan familiar. Además está lleno de subrayados que tracé entonces, cuando subrayaba de otra manera, que ahora me desconcierta. Tampoco recordaba los criterios que utilicé y me costaba reconocer mi propia letra. Los conocimientos que Trevanian desarrolla paralelamente a la trama retardan a veces tanto el suspense que he llegado a saltarme páginas, unas veces perdido en Shangai, otras atrapado en las entrañas de una caverna del País Vasco Francés. Encima, el superordenador Fat Boy, comparado con cualquiera de nuestros portátiles, resulta grotesco, tan limitado que pierde verosimilitud.
Sin embargo, después de terminarlo, el libro va creciendo. El pasaje final tiene shibumi, que significa en japonés belleza natural, simple, discreta. No en vano es un best seller. Como dice Boyero, hay momentos magníficos. Me pregunto en qué pudo influirme. Entre otras me impresionó la serena aceptación de los protagonistas. ¿Experimentó el autor las técnicas? ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de ficción en ellas? ¿Quién y por qué utilizaba como seudónimo Trevanian para firmar unas novelas que están traducidas a catorce idiomas y han sido devoradas por millones de lectores? ¿Por qué ha preferido pasar inadvertido que ser famoso? Y, quizá la pregunta más difícil de contestar de todas: ¿Cómo demonios consiguió pasar inadvertido? La cruda realidad es tan sosa que uno tiende a creer que hay algo más: Trevanian era neoyorquino, se llamaba Rodney Whitaker (1931-2005), luchó en la guerra de Corea, fue profesor de cine en la Universidad de Texas y vivió en el País Vasco Francés, donde se desarrolla una parte de Shibumi.
 Trevanian: Shibumi.. Ed. Plaza y janés 1989 / Reeditado por Ed. Roca, 2012.

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Sobre abierto


Cuando buscas en google las palabras twittear + caracteres, lo primero que te aparecen son trucos para superar el límite de 140 caracteres, que supuestamente son el máximo que se puede escribir en un tuit. Y es que nos falta espacio para decir todo lo que hay que decir, para desahogarnos en el mar agitado de las noticias rápidas, del derrumbe de un país en bancarrota social, del humo con que intentan distraer nuestra atención hacia las medallas de la Olimpiada o los Cristianos Ronaldos. Pataleamos en las redes sociales, en medio de una sucesión insoportable de revelaciones de nuevos fraudes y corruptelas que permanecen impunes. Y queda la sensación de que a cada tuit se lo traga otro tuit, dejándonos con el sabor agridulce de lo dicho, que empieza a evaporarse.
Es en este caldo de cultivo donde unos cuantos tipos se afanan porque lo que dicen no se lo trague internet, sino que permanezca. Y nada permanece si no resulta útil. El venezolano Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930) nos deja el Sobre abierto de su último libro, punteado de poemas que se leen con la misma levedad con la que bebe uno un sorbo de agua. Estás a punto de cerrarlo y olvidarte de él, cuando reparas en que te ha quedado sabor de sal en la boca. Y vuelves. No corren tiempos de andar perdiendo el tiempo: si algo no te interesa, pasas página y a otra cosa. Que, incluso tomando esta precaución, no abarcas la magnitud de lo que se te ofrece. Somos dioses a los que el bienestar ha puesto delante todos los bienes imaginables y ahora Rajoy nos los viene quitando a guadañazos.
María Zambrano dijo que escribir poesía era tratar de salvar las palabras de su vanidad, de su vacuidad, endureciéndolas, forjándolas para que perduren. Ese es el afán de Rafael Cadenas, que en muchas de las piezas se esfuerza por dejar patente su intención de acertar en la diana sin intentar dar en la diana, a la manera zen que enseña al tirador de arco a que no hay que desear dirigir la flecha al blanco, sino abandonar todo deseo hasta sentir que uno se funde con el blanco. Y solo entonces, dejar que la flecha salga disparada. Para eso el poeta se quita de en medio, literalmente: “Flor, / el que te mira / en este instante / se aparta / para hacerte sitio.” Intenta evitar que la razón sea quien dirija las palabras, y como el tirador que hablase con su arco, él dialoga con el poema pidiéndole que se suelte de su mano: “¿Para qué este empeño en hacerte a mi imagen / cuando sabes cosas que yo no sospecho?/ (…) Poema, / apártame de ti”.
El objetivo final es que “el viejo metal (del idioma) / suene como encantado”, que a fuerza de apartarse y deshacerse en humildad, la musa acabe concediéndole “las palabras justas / para su tarea: no decir lo que se espera / sino / ser vocero / de la más absoluta necesidad”. ¿Pero cuál es la más absoluta necesidad en este tiempo de crisis y desahogos sucesivos y masivos? Quizá, en primer lugar, la forma de decir las cosas, a la manera oriental, estilizándolas hasta que se quedan en la mínima expresión. El resultado te contagia su ritmo pausado, en donde los silencios resuenan tanto o más que las palabras. Luego está cuando acierta en la diana, sobre todo cuando se centra en la memoria y sus relaciones con la identidad, la memoria de un anciano que está de vuelta pero sigue aprendiendo: “Sin embargo, concluido el viaje, / sentimos que en nosotros / -ya no rehenes / de la esperanza- / había nacido / otro temple”.
Finalmente la llamada de atención sobre lo que pasa desapercibido sin dejar de ser importante: “Uno vive despidiendo cosas / que los hombres no quieren tener”. Cuanto más lo repetimos, más verdad es que los árboles nos impiden ver el bosque, que los desahogos nos impiden centrarnos en resolver el problema: “El pájaro carpintero / sigue horadando el árbol / aunque ya no exista”.

 Rafael Cadenas: Sobre abierto. Ed. Pre-textos, 2012.

La voz a las tres de la madrugada


En las fiestas de Chinchilla se ha convertido en costumbre que los forofos de la música disco hagan chorrear decibelios en la plaza hasta bien entrado el amanecer. Encima, algún energúmeno, el pinchadiscos, alecciona a los cuatro supervivientes con una voz que competiría con la de Dark Vader, el de La Guerra de las galaxias. Así que, zombi de no poder dormir, me asomo a la Librería Popular y me topo con este libro: La voz a las tres de la madrugada. Mira por dónde. Encima es de Charles Simic, un poeta estadounidense del que hace tiempo que me hablan buenos amigos. Por si fuera poco, está editado en DVD, la editorial barcelonesa de Sergio Gaspar y Eduardo Moga, que tantas cosas buenas nos han regalado y que ahora parece que ha sucumbido, o que está en trance de sucumbir, a la crisis.
Demasiados homenajes para resistirse. Pillo el libro y empiezo a devorarlo. Se trata de una antología de la obra de Simic, preparada por el propio autor, y en la que recopila poemas publicados entre 1986 y 2003. Martín López-Vega, explica que para traducirlo ha utilizado versiones anteriores, cuando ha creído que daban en el clavo. Cita los nombres de sus colegas sin explicitar qué versos son de ellos. Luego empiezo a perderme, a sentir perplejidad más que otra cosa al acabar cada pieza. Será porque sigo un poco zombi. Acude a mi cabeza la anécdota que le escuché a Sarrión, de cuando fueron a un pueblo a leer poemas, algunos bastante crípticos, y uno de los lugareños, después del silencio sepulcral que coronaba una de las lecturas, se alzó con el dedo índice en alto en señal de triunfo para exclamar: “¡la gallina!”, creyendo que resolvía algún enigma propuesto por el autor.
Poco a poco voy captando las claves. Simic, nacido en Belgrado en 1938 y recriado en Estados Unidos desde 1954, utiliza una técnica que me recuerda la teoría del montaje cinematográfico de Eisenstein. El cineasta ruso descubrió que sentimos emociones distintas al ver un mismo plano, según cuáles sean los planos que lo han precedido. En poesía, el creacionismo de Huidobro y sobre todo de Juan Larrea hizo algo parecido, pero trabajaba más con imágenes yuxtapuestas. Lo que hace Simic es crear escenas o pequeños momentos narrativos, que coinciden casi siempre con estrofas. Y las combina con otras estrofas que no tienen nada que ver, o muy poco, con la anterior. El mismo autor, ayudado del prologuista, lo explica así: dos imágenes no se unen al azar, ya que el sentido de las imágenes depende de la compañía en la que aparecen.
El resultado es una realidad nueva: La separación entre lo que es real y lo que es apenas intuición queda abolida. Ni que decir tiene que el poeta mezcla las estrofas siguiendo reglas que rompen la cronología o la lógica, que lo hace dejándose llevar por una mezcla de instinto y de técnica, como un pintor que lanza pinceladas sobre un cuadro abstracto. Y en ese sentido, está reivindicando la parte incontrolable de nuestra vida, la que nos emociona y nos forma sin que podamos explicar cómo: “todo cuando no has entendido / te ha hecho ser como eres”. Se trata de confiar más en el azar y de guiarse menos por la parte de la realidad que controlamos, que es más pequeña de lo que creemos: “lo más difícil ha sido siempre desaparecer como uno mismo / para reaparecer después como algo completamente diferente”.
Por lo que he experimentado, puedo decir que tras un extravío desconcertante, como ese leve mareo que nos invade cuando navegamos en un mar rizado o la extrañeza al contemplar un paisaje urbano de aquellos en los que Chirico rompía las perspectivas, me atrapan un puñado largo de poemas. Me despiertan emociones verdaderas, de ese tipo de emociones que es capaz de despertar la poesía. Y cambian, se tornasolan al releerlos. A pesar de que sigo zombi. Simic diría que “he dejado perdidos por doquier pedazos míos / como suelen hacer los despistados”.
 Charles Simic: La voz a las tres de la madrugada. DVD Ediciones, 2009.

Emboscado en la luz

La poesía de Alfonso Ponce es como el autor: meticulosa, detallista, delicada. “Tengo miedo de la quietud del agua”. Podría encuadrarse en esa línea que llaman del silencio, que emana de Valente, vía Gamoneda, y que recibe este nombre porque calla más de lo que dice, usa muy pocos elementos para prender la evocación y proponer al lector que acabe lo que el poeta ha empezado. Aunque Ponce añade variaciones personales, ecos de clásicos como Juan Ramón. Y además tiene una vena modernista que le brota de pronto y derrite una palabra, hace bailar sus letras, o introduce un neologismo, como la “luz zurbariana del crepúsculo” o “aquel nomadeo de nostalgias”.
Los poemas de Alfonso Ponce, y más los de este último libro con el que ganó el premio Marcelino Quintana 2010, recalan mucho en el amor. Ya le pasaba en el precedente, Oscuro fulgor, con el que ganó el premio de poesía Paco Mollá en 2002. Sin duda, este escritor albaceteño de 1947, que ha sido presidente de la asociación Alcandora, es un poeta amoroso y de la luz. Son respectivamente su tema y su elemento favoritos. Sus poemas van y vienen del amor a la tarde que se apaga y se lleva la energía. De hecho, muchas veces se aferra a las palabras para que le salven de la oscuridad: “cuando arrecia la noche / toco a ciegas la luz”. O, en otro momento: “como si aún fuera posible ser un niño / pongo el corazón en la palabra / y froto la oscuridad para que brote la luz”.
El prologuista Miguel Ángel Martínez Perera ha observado que la palabra nieve aparece en once de los cincuenta y cinco poemas. Y es cierto, aunque yo creo que en la medida en que la nieve refleja la luz, la multiplica, acaba siendo más luz que la luz misma. No es extraña esa frecuencia. De hecho Alfonso Ponce trabaja, ya lo he dicho, con muy pocos elementos, con los que busca variaciones sutiles. El amor en sus poemas es pura madurez, real, rotundo: “No eres la que amé. / Eres la que amo”. Aunque para llegar a ese estado de seguridad,  ha habido que hacer antes profundas concesiones: “Y para amar / tenemos que dejar de ser lo que somos”. Así el resultado es un tipo de amor menos frecuente en nuestra lírica, sereno más que pasional, de compromiso permanente: “Al fondo del zaguán de tu mirada / tras los disparos impávidos del alba, / esa conspiración de ser felices”.
Esa conspiración de ser felices. Versos que persiguen la degustación del momento, una continua conciencia de que cada minuto hay que disfrutarlo, capturarlo en una observación, en un detalle, para que no se escape sin la constancia de haberlo vivido. Es tanto ese afán y se escapa tanto el vivir, que casi siempre el poeta llega tarde para atrapar el presente y ha de contentarse con los indicios de que por allí ha pasado: “el silencio distinto / que sigue a una detonación”. Incluso celebra la facilidad con que se le fue de las manos “todo desapareció / como ese olor a lluvia / que el aire se lleva a otro jardín lejano”. Ponce tiene la vida, pero siente nostalgia de tenerla: “casi amamos la vida / que se escapa / como esos globos que huyen / para siempre / de las manos de los niños”.
En ese juego de la evocación sutil, en poemas breves que alientan más que dicen, vivir es un temblor, una duda omnipresente, más grande cuanto más lejana. En Recuerdos, el poeta duda de “aquella mujer que me amó / o dijo que me amaba”. Y, si el presente y el pasado son nostalgias, el futuro, ni siquiera eso: resulta tan frágil que se escapa en un soplo: “el tiempo venidero, una hoja descalza sobre el agua”. Toda convicción, hasta la más pequeña está flotando sobre esa hoja: “ni siquiera tengo el don de la tristeza”. Vista y no vista, como la luz, así es la vida: “tal vez… / seguir estando vivo consista en no saberlo”. Alfonso Ponce Gómez: Emboscado en la luz. Tepemarquia ediciones, 2011.


La poesía de Alfonso Ponce es como el autor: meticulosa, detallista, delicada. “Tengo miedo de la quietud del agua”. Podría encuadrarse en esa línea que llaman del silencio, que emana de Valente, vía Gamoneda, y que recibe este nombre porque calla más de lo que dice, usa muy pocos elementos para prender la evocación y proponer al lector que acabe lo que el poeta ha empezado. Aunque Ponce añade variaciones personales, ecos de clásicos como Juan Ramón. Y además tiene una vena modernista que le brota de pronto y derrite una palabra, hace bailar sus letras, o introduce un neologismo, como la “luz zurbariana del crepúsculo” o “aquel nomadeo de nostalgias”.
Los poemas de Alfonso Ponce, y más los de este último libro con el que ganó el premio Marcelino Quintana 2010, recalan mucho en el amor. Ya le pasaba en el precedente, Oscuro fulgor, con el que ganó el premio de poesía Paco Mollá en 2002. Sin duda, este escritor albaceteño de 1947, que ha sido presidente de la asociación Alcandora, es un poeta amoroso y de la luz. Son respectivamente su tema y su elemento favoritos. Sus poemas van y vienen del amor a la tarde que se apaga y se lleva la energía. De hecho, muchas veces se aferra a las palabras para que le salven de la oscuridad: “cuando arrecia la noche / toco a ciegas la luz”. O, en otro momento: “como si aún fuera posible ser un niño / pongo el corazón en la palabra / y froto la oscuridad para que brote la luz”.
El prologuista Miguel Ángel Martínez Perera ha observado que la palabra nieve aparece en once de los cincuenta y cinco poemas. Y es cierto, aunque yo creo que en la medida en que la nieve refleja la luz, la multiplica, acaba siendo más luz que la luz misma. No es extraña esa frecuencia. De hecho Alfonso Ponce trabaja, ya lo he dicho, con muy pocos elementos, con los que busca variaciones sutiles. El amor en sus poemas es pura madurez, real, rotundo: “No eres la que amé. / Eres la que amo”. Aunque para llegar a ese estado de seguridad,  ha habido que hacer antes profundas concesiones: “Y para amar / tenemos que dejar de ser lo que somos”. Así el resultado es un tipo de amor menos frecuente en nuestra lírica, sereno más que pasional, de compromiso permanente: “Al fondo del zaguán de tu mirada / tras los disparos impávidos del alba, / esa conspiración de ser felices”.
Esa conspiración de ser felices. Versos que persiguen la degustación del momento, una continua conciencia de que cada minuto hay que disfrutarlo, capturarlo en una observación, en un detalle, para que no se escape sin la constancia de haberlo vivido. Es tanto ese afán y se escapa tanto el vivir, que casi siempre el poeta llega tarde para atrapar el presente y ha de contentarse con los indicios de que por allí ha pasado: “el silencio distinto / que sigue a una detonación”. Incluso celebra la facilidad con que se le fue de las manos “todo desapareció / como ese olor a lluvia / que el aire se lleva a otro jardín lejano”. Ponce tiene la vida, pero siente nostalgia de tenerla: “casi amamos la vida / que se escapa / como esos globos que huyen / para siempre / de las manos de los niños”.
En ese juego de la evocación sutil, en poemas breves que alientan más que dicen, vivir es un temblor, una duda omnipresente, más grande cuanto más lejana. En Recuerdos, el poeta duda de “aquella mujer que me amó / o dijo que me amaba”. Y, si el presente y el pasado son nostalgias, el futuro, ni siquiera eso: resulta tan frágil que se escapa en un soplo: “el tiempo venidero, una hoja descalza sobre el agua”. Toda convicción, hasta la más pequeña está flotando sobre esa hoja: “ni siquiera tengo el don de la tristeza”. Vista y no vista, como la luz, así es la vida: “tal vez… / seguir estando vivo consista en no saberlo”. Alfonso Ponce Gómez: Emboscado en la luz. Tepemarquia ediciones, 2011.

Cimas y abismos


José Luis Parra vive en una sentina y por eso mismo se ha convertido en un degustador de luz, en un experto en extraer del más tibio rayo de sol toda la incandescencia de la alegría. Y quizá parezca que estoy exagerando, seguro que estoy exagerando, porque conozco a José Luis. Pero lo que he dicho es literal, podemos leerlo en Rayo de sol en la cocina: “De pronto, en la cocina, / preparando el café del desayuno, / qué lanzada de sol me cauteriza. / ¡Absolución! / Herido, traspasado de alegría / por el filo inocente / de un resplandor”. Absuelto por la luz. Así lo celebra. Pocos poetas conozco que sean capaces de subrayar un contraste tan profundo entre la oscuridad casi absoluta y el clemente fulgor.
Ya lo constata el prologuista Antonio Cabrera, cuando afirma con más elegancia que ironía que el hedonismo de Parra es exquisito e intenso aun siendo de bajo poder adquisitivo. Que “le bastan ciertos lugares sin ribetes: bares baratos sobre cuyas barras se resecan las tortillas, terrazas anodinas o calles sin drama donde cualquiera es nadie. Podrá rodearse de modestia, pero la belleza nunca es modesta, no pierde nunca la sustancia de su brillo. El amor caduco alcanza a regalar todavía instantes grávidos. El sol sigue clavando rayos en el banco de la cocina. El mirlo silba. Hay a veces una luz leonada. Y existe la cerveza.”
Se trata de una antología, de una de esas hermosas antologías manejables y rayadas de colorines que edita Renacimiento sobre la obra de un autor conocido, con el prólogo de otro poeta conocido que hace las veces de lector iniciático. En medio de esta colección, la presencia de Parra puede extrañar tal vez, porque su nombre no resuena fuera del círculo de un puñado de lectores que veneramos su talento, incluso dentro del círculo ya por sí reducido de la poesía. Al fin y al cabo, José Luis publicó su primer libro válido con cincuenta tacos, lo que lo aleja de cualquier clasificación generacional, que tantas veces franquea la frontera entre existir o no existir.
Además, él tampoco ha cultivado ni cultiva la vida literaria, fuera de sus amigos valencianos. No busca más promoción que la de hablar de poesía con quien le sirva de interlocutor. Sus tres primeros libros, Un hacha para el hielo, Del otro lado de la cumbre y La pérdida del reino, vieron la luz por la iniciativa de Café Malvarrosa. Y solo en 2000 lo fichó Pre-Textos y le facilitó el reconocimiento de la crítica especializada con Los dones suficientes, al que siguieron Tiempo de renuncia y De la frontera, títulos que han ido incrementando el número de sus seguidores.
El valor de esta antología, Cimas y abismos, es que recoge poemas que abarcan toda su trayectoria, arañando incluso alguna pieza de su libro primerizo Un hacha para el hielo. Cierto que ya antes Renacimiento había recopilado la obra de Parra anterior a 2001 en un volumen reorganizado por el propio autor que se llamó Caldo de piedra. Esta Cimas y abismos contempla toda, absolutamente toda, su producción, ya que incorpora incluso poemas del libro inédito Inclinándome, que saldrá a la luz el próximo otoño.
El lector que no conozca la obra de José Luis Parra se preguntará cómo es posible que no haya oído hablar antes de este poeta. A los que ya la conocemos, al menos a mí, la antología nos depara otros atractivos. Por ejemplo, el de comparar las piezas espigadas por Cabrera con las que nosotros mismos hubiéramos elegido. Siendo como es Parra un poeta de nota media alta, es fácil echar en falta poemas, a sabiendas de que los que están no desentonan. No falta sin embargo ninguno de esa veintena que el propio Cabrera llamaría poemas emblemáticos del autor, los que cualquier lector elegiría, entre los que podríamos citar, así a vuelapluma, el ya referido Rayo de sol en la cocina, o la estremecedora elegía Meditación en un aniversario, Ritual de la persiana, Padre tardío y quizá alguno del libro que se avecina, como Sentimiento oceánico.
 José Luis Parra: Cimas y abismos. Ed. Renacimiento, 2012.            

El camino de vuelta


Que nadie se coma de vista a la poesía, ensillándola en lo tierno y en lo timorato, porque en ella, para quien sabe usarla, cabe todo. Desde Quevedo, que fue y que sigue siendo maestro de la mala leche, hay una larga tradición de clásicos españoles que le arrean mandobles más o menos irónicos a su patria. Hasta Gil de Biedma, que quería vivir como un noble arruinado “en un viejo país ineficiente, / algo así como España entre dos guerras”, pasando por los Machado: ya el bueno de Antonio advertía al “españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios / que una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”. El meterse con España es casi un subgénero de nuestra lírica.
Antonio Rodríguez Jiménez (Albacete, 1978), como buen profesor de literatura, conoce la tradición a la que se incorpora, y se aplica a esta veta reivindicativa sin que le tiemble el pulso. Al fin y al cabo, pertenece a una generación maldecida por la situación económica y social. Tiene derecho. Lo tendría de todos modos, qué caramba. Cierto que introduce el libro ganador del premio Arcipreste de Hita 2011 con una declaración de intenciones sibilina: “lo bello nunca debe pasar inadvertido; por eso hay que cantarlo”. Pero pronto nos damos cuenta de que su concepto de lo bello no se agota en lo plácido y lo complaciente, que para él la reivindicación de lo injusto forma parte activa de sus ingredientes.
En una de las piezas destacadas del poemario, La belleza de Medusa, aborda el tema de España desde la óptica de una profesora estadounidense que ha conocido nuestro país y ha aprendido a amarlo. Paseamos con ella por nuestra parte más atractiva, pero en el final machadiano comprendemos que la perturbadora medusa a la que se refiere el título es nuestra España: “esta tierra reseca y enfrentada, / adocenada, estéril, delirante, / terriblemente bella y seductora, / que hiela el corazón de quien la ama”. No es el único momento del libro en donde el bisturí del poeta elude la fácil complacencia. Mucho nos tememos que Canto a una ciudad sin río es una oda inversa a nuestro Albacete: “Aquí me quedo sin ningún motivo. / Aquí respiro, aquí se ahoga la vida.” Y Nada puede usurparnos la belleza parece un vaticinio de la crisis en la que nos debatimos: “Hasta en la destrucción es deslumbrante / esta estirpe dañina y creadora”.
No, no elude la crítica a lo que no funciona Antonio Rodríguez. Como no elude en absoluto ningún tema este joven poeta que ha tardado una década larga en madurar su primer libro, después de haber apuntado ya oficio en la antología La Generación Fanzine y en la revista Isla desnuda, de la que fue fundador y consejero de redacción. Si ha tardado tanto es precisamente porque se toma muy en serio el oficio. Dueño de un estilo filosófico y cerebral, se plantea retos: escudriña la relación de los futbolistas con la belleza a través de sus desplazamientos sobre el campo: “trazan líneas precisas e invisibles / sobre un tapiz rectangular y hermoso”; intenta comprender la dimensión del astronauta: “lo acompaña incansable ese destino / que aguarda al breve sueño de su especie”. Se mueve en estos poemas aún cerca de la sombra de su apreciado Juan Antonio González Iglesias, buscándose en la línea metafísica que han puesto de moda también los seguidores de Antonio Cabrera.
 Y, pues no elude ningún tema, también se atreve con el amor, no menos complicado cuando se intenta huir de lo manido, lo que consigue con solvencia en Contrato dual de telefonía móvil. Antonio Rodríguez se impone y cumple su propia consigna: “Rechaza toda senda que conduzca / a la felicidad. No es tu destino / renunciar a la luz de la conciencia”. Y trabaja en la convicción de que estamos condenados a la belleza, porque está en todas las cosas; solo hay que destilarla: “La belleza del mundo: nadie ose / negarla en el fulgor de los relámpagos; / medirla con el tiempo de una estrella”.
 Antonio Rodríguez Jiménez: El camino de vuelta. Ed. Pre-textos, 2012.         

El poder del perro


He adquirido una servidumbre. Durante un tiempo, cada vez que asome a los periódicos y hablen de México y de los muertos del narcotráfico, mi mente irá más allá de los titulares, estaré cerca de la sangre y la aridez, del olor a pólvora y el zumbido de las moscas. No porque haya visitado en persona el país. Sino porque lo he vivido hasta el fondo en la adictiva novela de Don Winslow, El poder del perro. Una de esas novelas largas que te absorben como un paisaje amazónico y te involucran en la vida de los personajes hasta convertirte en uno más. Es lo más parecido a un sueño real, en el que para ir y volver de la vida a la lectura necesitas cruzar la frontera. No quieres que se acabe. La lees tratando de avanzar más despacio, y sin embargo galopas sobre las páginas porque ansías saber cómo se resuelve la trama.
El México de El poder del perro me remite al de 2666, la obra póstuma de Roberto Bolaño, algunos de cuyos pasajes transcurren en Ciudad Juarez, la ciudad con más mujeres masacradas del mundo, en el corazón del continente, en la frontera con Estados Unidos. Como explica en el prólogo Rodrigo Fresán, cruzar esa frontera supone un cambio demasiado brusco, tan brusco que parece una frontera mágica. Y sin embargo, nada más real y estremecedor que el juego en el límite de la vida y la muerte que se desarrolla, sobre todo cada noche, en los cañones y los secarrales que unen ambos estados. La novela de Winslow, se concentra en la zona oeste de esa línea de sangre, entre Tijuana y San Diego, junto a la costa del Pacífico.
El protagonista moral es un estadounidense mestizo llamado Art Keller, veterano del Vietnam y funcionario de la Agencia antinarcóticos de Estados Unidos. Por falta de cálculo, ayudó a la familia Barrera para que se convirtiera en dueña del comercio ilícito y a la vez del poder absoluto en la zona. El afán de reparar este error es el motor de la novela. No se limita a un espacio físico, porque la cocaína viene del Centro de América y a veces hay que ir a las fuentes, y los negocios abarcan también otras mercancías como las armas, otras fronteras aún más lejanas. Pero sobre todo, abarca treinta años de historia en los que resulta imposible deslindar la historia que hemos conocido en los telediarios y la ficción literaria. Tan bien imbricadas están ambas.
Winslow asegura que estuvo documentándose seis años para escribir la novela, y que se entrevistó in situ con los narcos, a quienes prometió que no daría nombres a cambio de que se sincerasen sobre su manera de ver la vida. El resultado, desde luego, tiene la textura y el sabor de la vida. Manifestada con una crudeza que nos resulta difícil de asimilar desde nuestra cómoda perspectiva europea. Según un crítico norteamericano, que el diez por ciento de la novela fuera verdad sería horripilante; que lo sea el noventa por ciento puede ser casi insoportable. Para disipar posibles dudas, el autor afirma que, aunque aparezcan personajes y situaciones ficticias, hay muy poco en el libro que no haya sucedido realmente. Eso es lo que da miedo. Al parecer, mientras iba enviándole capítulos, su editor le objetaba a menudo: “Don, esto es demasiado”. Y él respondía: “De acuerdo, yo pienso lo mismo, pero es verdad”.
Es una verdad tan incandescente, que casi cuesta trabajo creer que tiene ya un lustro, que Winslow publicó la novela en 2005 y que llegó a España en 2009, año en que fue declarada mejor libro del año por el gremio de libreros de Madrid. Gana actualidad con los días, como El Padrino, con la que guarda cierto parentesco. En cambio, hay quien dice que las demás obras de Winslow quedan muy por debajo y que no debía haberse a atrevido a intentar una segunda parte de Shibumi de Trevanian. Habrá que verlo. Entre tanto rebusco en los montones de Librería Popular otra historia en la que sumergirme. Tengo el mono.
 Don Winslow: El poder del perro. Roja&negra, 2012 (quinta edición).

Te vas a reír cuando te lo cuente



Hace ya muchos años, tuve que esperar a un amigo en el salón de su casa. Para amenizar la espera, tomé un libro del estante, al azar, y me puse a leer. Casi me muero de la risa, casi me atraganto para no llamar la atención de su madre. Era un libro de historias locas y humorísticas de Enrique Jardiel Poncela, escritas con absoluta libertad y sin más afán aparente que el de desternillar al lector. Disfruté tanto que me fastidió que mi amigo regresara sin dejarme devorar el volumen, que tampoco pude llevarme prestado porque pertenecía a su padre. Los argumentos y el afán frustrado de completar la lectura se fueron desvaneciendo en la memoria. Hasta que leí el otro día el libro Te vas a reír cuando te lo cuente, de Félix J. Velando (Fuente Álamo, 1970). Al levantar la cabeza, entre risas, encontré la conexión con aquella breve y apurada lectura. Ni siquiera recuerdo con exactitud de qué hablaban los relatos de Jardiel. Sé que había un capitán Mascachicle y poco más. El Peralada de las historias de Velando tiene poco que envidiarle. Aunque el tono es distinto, como la época: Jardiel no conoció la televisión y Velando ha trabajado como guionista de series como Siete vidas, Física y Química, o Las noticias del guiñol. Se le nota en la soltura con la que maneja monólogos, diálogos y personajes, entre los que hay tertulianos, escritores de caja tonta y políticos surrealistas, además del irrepetible ex-legionario que se pasea en pelotas y con total impunidad por el paseo marítimo de una ciudad mediterránea. Hay desparpajo, audacia, mala leche en cada relato. Se nota que el escritor ha disfrutado tanto escribiéndolos como el lector cuando viene a leerlos. De hecho, se nota que son los personajes los que van creando la historia, y que el escritor se limita a complacerlos. Por eso echamos de menos que abroche mejor algunas estructuras, para que no sean simples pasajes de consumo rápido. Como Mejor que no te cruces con Propp, que nos deja con ganas de que hubiera continuado la trama en donde la disuelve la broma. Esta objeción no es aplicable a Mi vida con Elvis y más especialmente a Septiembre y las medusas, dos relatos de amor adolescente, donde la saña y la ternura se complementan con eficacia. Félix J. Velando: Te vas a reír cuando te lo cuente. Ed. La Página. Miradas, 2012.                                                                                          

Prosas de Alcandora
El modo en que nació y fue conformándose el grupo Alcandora no es el menos atractivo de los relatos que componen esta antología de quince autores. Dieciséis si contamos al prologuista, Domingo Henares. Examinándolos uno por uno, vemos que solo una pulsión tan minoritaria como la escritura pudo reunir a un grupo tan heterogéneo. Ha pasado más de un cuarto de siglo desde que Manuel Terrín y Paco Bonal coincidieron en una librería (1986). Recuerdan hasta el diccionario de escritores españoles contemporáneos que acababa de adquirir el segundo y que estaba hojeando en el momento de la epifanía. A la tertulia que fundaron fueron acudiendo casi en tropel muchos y variopintos autores, que andaban tan huérfanos como ellos de asociarse con gente afín. Es estremecedor ver cómo bastantes de aquellos tertulianos, algunos de los más tenaces, no están ya presentes. Echo de menos, entre otros, a Andrés Duro del Hoyo, Antonio Matea y Paco González Bermúdez. Pero aquí sigue el resto, inasible al desaliento, manteniendo bien alta la bandera de la literatura, constituidos en asociación, reuniéndose en los altos de la confitería La Suiza y con sede en el Ateneo. Compartieron una antología de poemas y ahora ésta otra de narraciones, en la que hay desde cuentos a ensayos, pasando por microrrelatos. Además, la mayor permisividad de la prosa, nos granjea sorpresas como la participación de Teodora Lozano, incansable espectadora cultural. Citarlos a todos sería prolijo, y solo a unos pocos, injusto, pero ahí están, formando un corro apretado, tan ilusionados como el primer día y mirando a la posteridad a través de la cámara, desde la contraportada del libro. VArios Autores: Prosas de Alcandora. Ediciones Qve, 2012.

Calor, luna y teatro en Chinchilla


Calor apabullante, el de estos días primeros del verano. Hasta en el Claustro Mudéjar de Chinchilla, en las noches del Festival de Teatro Clásico, que ya es decir. El primer día, como siempre, echamos la chaqueta por si acaso. El aire de la tarde hervía, y sin embargo, la experiencia aconsejaba proveer ropa de abrigo. No hizo falta. Sudamos en las sillas rojas, mientras hacíamos gimnasia cambiando de postura, ya que esas sillas tienen la extraña propiedad de no adaptarse a ninguna anatomía. Pero al fin, ha sido reconfortante, inesperadamente reconfortante el resultado. Primero sorprendió que hubiera Festival, en medio del vendaval de recortes e imprevisiones. Luego, mosqueaba que se hubiera comprimido la semana de antaño en solo cuatro representaciones y un concierto. Y mosqueaba más que en los programas de mano y en la revista anunciadora, los políticos ocupen el espacio de las obras recortadas, posando como si fueran el anuncio de otras tantas obras de teatro, de prometedora sonrisa y corbata muy clásica. Las vaguedades con las que rellenan el resto de la página los devuelven al papel insulso de políticos, y confirman que no han sido ellos los programadores del Festival. El buen gusto es otra cosa. No he podido disfrutarlo entero, porque otros ardores, los de la política municipal, me han secuestrado un par de noches. Lo siento: me perdí a los Cachivaches de Ariza, que era lo que más quería ver. Entre otras cosas porque el director es nuestro antiguo profesor de teatro en el TEMA, el legendario Antonio Malonda. Mira que lo siento. En cambio tuve ocasión de disfrutar de Gemma Cuervo en el papel de Celestina. Y digo bien, de disfrutar. Al revés de lo que les pasa a otros, suelo esperar poco de los actores popularizados por la televisión cuando se meten entre las tablas del teatro. Pero la Cuervo, septuagenaria como es, tira de oficio, imanta el escenario y llena de matices cada sílaba del texto, incluso cuando olvida el texto y lo sustituye con morcillas, cosa que ocurre con frecuencia. Se lo perdonamos. Incluso le perdonamos que a veces no le llegue la voz al cuello y no se la oiga. En cambio no les perdonamos a Calixto y Melibea que sean tan planos en su interpretación y no estén a la altura del resto del elenco, que ralla a buena altura. Hago esfuerzos y no recuerdo un Calixto y una Melibea que me hayan satisfecho por completo. No sé si será porque el perfil de ambos personajes obliga a que sean jóvenes, y por tanto inexpertos, quienes los ponen en pie. Aunque sin duda, lo mejor de La Celestina que nos ha visitado es la versión de Eduardo Galán, que filtra la esencia de ese texto magnífico, pero irrepresentable, convirtiéndolo en digestivo y salvando a la vez todos sus ecos y primores. Al volver a casa, lo primero que hice fue irme a releer pasajes, antes de que se perdiera el perfume. También la escenografía, cuyo autor no figura en el programa. Aunque un poco aparatosa, resulta efectiva: cambia ambientes y recrea lugares con un casetón móvil. En cambio no me gustó tanto la actuación del también televisivo Daniel Albaladejo, el chófer de Cámara Café, en la obra del martes. Era un Lope de Vega, Las flores de don Juan, ambientado en Valencia y convertido en musical a lo Caetano Veloso. Aunque las voces de los actores no fueran para tirar cohetes, aunque a veces se les liase el texto, el espectáculo resulta refrescante. Todo menos Albaladejo, ya digo, que fuerza con lágrimas y aspavientos la contrición de don Alonso. Es sabido que la clave del arte, de cualquier arte, es atemperar el sentimiento, gobernarlo para que no se vaya de las manos y se pueda expresar con matices, tal como hace la Cuervo, menos dotada físicamente, pero con muchísimo más oficio. Finalmente, me perdí también la obra de Ron Lalá, que hay quien dice que fue la mejor, lo que ya es decir. Y, día a día, fue creciendo la luna sobre el Claustro de Santo Domingo. En el Mercado Medieval la tenemos casi llena. Y corre el aire.

Segunda oscuridad


“¿Verdad que este camino no da miedo?”, pregunta el más chico de los críos que se adentran en la espesura del jardín. Lo pregunta haciéndose el indiferente. Pero como tantas veces sucede en la vida y en los periódicos, en la negación está implícita la afirmación. Los cuatro o cinco zagales creen que nadie les escucha. Sin embargo, muy cerca, invisible a sus ojos, leyendo, está el poeta. Ha oído la frase, la anota, y los inmortaliza. En cierta manera son como la mayoría de los otros personajes del último poemario de Trapiello: algún tipo de pájaros, plantas muchas veces secas, el cierzo, insectos zumbando alrededor de la lámpara… Trapiello es un polígrafo imparable: escribe al mismo tiempo un diario, ensayos, artículos, novelas y también poesía. Y da la sensación de que para este último género reserva los momentos marginales de su desenfreno. Esos momentos en los que el trajín se remansa, el mundo se detiene. Por eso le sorprenden muchas veces leyendo. Y el acto mismo de la lectura entra a formar parte de la pieza, porque este leonés recriado en Madrid lo aprovecha todo, no deja nada sin vivir y, sobre todo sin escribir, como si ambas fueran una misma cosa para él. En El retiro un día de diario, cuando remata su conversación con el lector, le advierte: “Te comprendo. También yo estoy pensando / en llegar con mi amiga cuanto antes a casa / allí donde, lector, ya no harás falta”. Y no obstante, una vez más, como el chiquillo que buscaba la complicidad de sus compañeros de aventura, la negación implica afirmación. Le hacemos falta al poeta y lo seguimos a través de la sutil elipsis, imaginándonos casi sin querer lo que hará con su amiga en la pausa que sigue al final del poema. Negaciones que afirman, afirmaciones que niegan: “No me importa, poema, quién te escriba / ni cuándo ni en qué sitio, / ni si no fuera yo”. Como el niño que tenía miedo, finge que no le importa ser quién escriba, quien viva, finge que huye de la rutina para hablar de rosas resecas, de las golondrinas, de los naranjos, los gorriones, de un cántaro roto… Y todos los seres y los objetos muertos componen la rutina del recuerdo. Trapiello es un poeta de la memoria, pero no de la nostalgia; no es elegiaco porque no se refiere al pasado como algo muerto, sino como algo que vive todavía en los objetos y en los olores que mantienen con vida al que fue. No recuerda, sino que reflexiona sobre el hecho de recordar. Por ejemplo, en uno de los poemas que más me gustan del libro, unas motas de polvo le sirven como agarradero cuando nada más queda: “Han pasado los años, / y el desván y la casa ya no existen, / pero el niño allí sigue… (…) / De todos los posibles, este raro / disfraz que llevo puesto de mí mismo / hubiera sido el último en probarse…” Es poesía épica porque no siente la obligación de la síntesis, no se resiste a contar, a pormenorizarlo todo, a convertirlo todo en historia. Épica de lo cotidiano que vive detrás de lo cotidiano y que continuamente nos remite a los momentos en los que fuimos inmortales sin saberlo. Curioso que sean los objetos resecos e insignificantes los que retengan las claves que nos permiten regresar. Contienen, como él mismo adelantaba en una feliz imagen de su anterior poemario, “la alegría en billetes pequeños”. E igual que en los libros anteriores, Trapiello no se recata en dar rienda suelta a sus filias, escribe lo que le da la gana y como le da la gana: incluye a menudo términos técnicos, introduce el presente y lo mezcla con el clima y el estilo de obras legendarias de la literatura, y también salpica el libro con poemas rimados, que a este lector casi nunca le parecen los mejores. Puede que se trate de una fobia mía. Hay que leer despacio esta Segunda oscuridad, que parece figurativa a simple vista, pero que abre caminos enigmáticos en la espesura de las emociones. Andrés Trapiello: Segunda oscuridad. Ed. Pre-Textos, 2012.

Seguro que esta historia te suena


Iribarren es el tipo que sale cada día de su casa con una cámara al hombro. Si hay suerte, regresa con una foto nueva. Fotos de gente. Puede tomarlas andando, montando en autobús por su ciudad, que es Donosti, o pasar toda la tarde apostado esperando que pase lo que tiene que pasar. Aunque en su caso, no es una foto, es un poema, que viene a ser algo parecido. Y por más gente que retrate, al revelar el carrete, siempre sale él mismo, su jeta, que no le gusta, pero es lo que hay. Su gesto adusto, de quien está de vuelta, pero aún conserva un fondo inalterado de ternura. No está orgulloso de la ternura. La usa entre paréntesis, o con ironía, o con humor, procurando que no se note. Iribarren tiene algo de detective que está resolviendo un caso, el caso de la vida, lo que pasa delante de sus narices. Y lo desentraña con lo que tiene a mano, con palabras. Lleva haciéndolo desde 1985, que ya es decir. Hace seis años, juntó todas, absolutamente todas sus piezas, en un libro gordo y gris. Le puso como título “Seguro que esta historia te suena”. Porque solo hay una manera de resolver los casos: desentrañar la historia que hay detrás de ellos. Contarla. En cuatro versos, no más. A veces, Iribarren adelgaza los versos hasta convertirlos en una especie de rastro de gaviotas, para condensar más la historia. Y sin embargo, no le falta un detalle. Cuatro versos para desentrañar la historia de una emoción, a veces de una emoción que es la vida entera, como ese resumen de la vida que dicen que desfila ante los ojos de los moribundos. Brevedad e intensidad, no hay otra. Decirlo todo en cuatro imágenes. Parece fácil, claro. De eso se trata, de que se lea con facilidad, de que entre como un supositorio. “Si tienes algún amigo poeta que esté inseguro de lo que hace, dile que me lea; ya verás cómo se anima y dice: esto lo escribe cualquiera”. Tiene Iribarren ese mismo aire fatalista que el protagonista de sus poemas. Normal, qué demonios, es el mismo. El libro gris y gordo es el libro de su vida. Cuando me lo envía, pone en la dedicatoria: “Cuidado / que va la vida / (en verso)”. Casi otro poema de los suyos. El nuevo volumen es el mismo compendio de 2006, igual de gordo, un poco menos gris, y sin embargo contiene una ampliación importante: tres libros nuevos y otro casi entero de inéditos. Sus poemas han tenido que estrecharse para caber en el mismo espacio que ocupaban hace seis años. No pasan frío. Para mi gusto, esos tres últimos libros son los mejores. Es como si el entrenamiento hubiera afilado su estilo. La historia te suena porque es tu propia historia, porque no nos diferenciamos en nada. El poeta, si es listo, indaga en lo que tenemos en común, lo pone ahí encima para que te reconozcas como en un espejo. Donosti es su ciudad, pero es cualquier ciudad. El mundo es un pañuelo de emociones. Lo único que diferencia al poeta, al poeta bueno, es que le da tiempo a cazarlas, porque las mira a una velocidad distinta. Es como la cámara esa lentísima que usan en el fútbol. Da tiempo a verlo todo: el viejo que mira a la chica en biquini y que luego rasca el suelo con la garrota, o el momento en que todos están buscando el periódico del bar que de pronto ha desaparecido, o que el amor a veces convive con los carteles donde se cagan las palomas. Como buen detective, habla con dureza y se ayuda de exabruptos. No hace tanto que un grupo de psicólogos argentinos descubrieron que las palabrotas nos acercan emocionalmente y que incluso son útiles en la enseñanza. No saben lo que se pierden los que se las restringen a sí mismos como hablantes, como lectores, como poetas, en este mundo de recortes en lo que todo es estreñimiento. Pero esa es otra historia. Aunque seguro que también te suena. / Karmelo Iribarren: Seguro que esta historia te suena. Ed. Renacimiento, 2012.           

Romanticismo


Entre 1750 y 1800 se duplicó en Alemania el número de los que sabían leer. De pronto, veinticinco de cada cien personas se convirtieron en lectores potenciales. Ya no se leía muchas veces un mismo libro, sino que se leían muchos libros una sola vez. En ese caldo de cultivo, en el círculo de los hermanos Schlegel, nació el Romanticismo. Nietzsche estaba a punto de matar a dios, la gente estaba aburrida de su vida y empezó a buscarse a sí misma más allá del entendimiento. El ser humano tiene eso, que necesita emocionarse como sea para sentirse vivo. Y las emociones le vinieron, sobre todo, por el camino de la literatura: “El público honorable conoce lo extraordinario solo a través de la novela”, afirmaba Goethe. La poesía despegó del suelo. De hecho, Friedrich Schlegel, afirmaba que la poesía sirve para suprimir el curso y las leyes del entendimiento y trasladarnos de nuevo a la bella confusión de la fantasía. Es el juego del estado de ánimo, como resumió Novalis, con una agudeza que sigue siendo válida. Estas y otras infinitas cosas las explica Rüdiger Safranski en un libro que es una biografía y casi una radiografía del Romanticismo alemán. Lo ha metido entero. Como el cerebro va llevando los impulsos eléctricos de nuestros pensamientos de una neurona a otra, así va Safranski enredando las ideas que borboteaban en el puchero de aquella Alemania, llevándolas de nombre en nombre, de idea en idea, pasando por poetas, filósofos y músicos. Desde el predicador Herder, que se embarcó rumbo a Francia en 1769, huyendo de las discusiones con los ortodoxos de Riga, hasta poco antes de Angela Merkel, que no aparece porque no será romántica o porque Safranski terminó el libro antes de que accediera al poder. Porque el Romanticismo abarca una escuela literaria de poco más de veinte años 1800-20, breve e intensa como un relámpago, pero también sus efectos, difundidos como la onda expansiva de una bomba a lo largo del XIX y el XX. Los efectos del romanticismo producen lo romántico, que no es un insulto pero casi. El romántico es sentimental, generoso y soñador, o sea medio bobo, según el Diccionario de la Academia. Menospreciar lo romántico no es nuevo: ya Goethe en su vejez, decía que lo romántico es lo enfermizo. Cierto que hay mucho romántico suicida en la historia y mucho más traspuesto de tisis, pero Safranski, que ha rascado hasta el fondo del baúl, dice que cuando hay desazón por lo real y acostumbrado, y se buscan salidas, cambios y posibilidades de superación, casi siempre entra en juego lo romántico. Y según esa definición, el movimiento del 15M es romántico, como algunas de las últimas cosas buenas que nos rodean. El tocho de Safranski es de esas lecturas para las que has de tomar carrerilla, para las que necesitas un estado de concentración especial. Si no lo tienes, mejor espérate a que llegue. Suele ocurrirme con los libros que me aconseja el maestro Corredor Matheos. “Es magnífico”, me aseguró con su voz ronca de sabio. Y desde entonces estuve acechando la ocasión de leerlo, hasta que una mañana, después de examinarlo brevemente y dejarme engatusar por la presentación de Tusquets, le eché las garzas en Librería Popular. Luego me ha acompañado durante los últimos meses. Le hinqué el diente con entusiasmo y casi se me queda el diente pegado. No era el momento. Conviene no rendirse ante estas primeras derrotas. Aunque es probable que yo lo hubiera hecho, que hubiera desterrado el libro en el fondo más oscuro de la librería hasta olvidarme de él, si no hubiera mediado el consejo del maestro Pepe Corredor. Un día, en medio de otra ventolera, lo retomé y era como si, en el tiempo de separación, hubiera ido adquiriendo las claves para penetrar en las complejidades románticas. Yo era otro lector. Y el libro de Safranski otro libro. Hay lecturas que hay que saber ganárselas. Miro a mi alrededor y veo cómo crecen los lectores de correos electrónicos y mensajería social. Qué nuevo movimiento está cociéndose. Qué nuevo Safranski vendrá a retratarlo. / Rüdiger Safranski: Romanticismo. Ed. Tusquets editores, 2009.