Cimas y abismos


José Luis Parra vive en una sentina y por eso mismo se ha convertido en un degustador de luz, en un experto en extraer del más tibio rayo de sol toda la incandescencia de la alegría. Y quizá parezca que estoy exagerando, seguro que estoy exagerando, porque conozco a José Luis. Pero lo que he dicho es literal, podemos leerlo en Rayo de sol en la cocina: “De pronto, en la cocina, / preparando el café del desayuno, / qué lanzada de sol me cauteriza. / ¡Absolución! / Herido, traspasado de alegría / por el filo inocente / de un resplandor”. Absuelto por la luz. Así lo celebra. Pocos poetas conozco que sean capaces de subrayar un contraste tan profundo entre la oscuridad casi absoluta y el clemente fulgor.
Ya lo constata el prologuista Antonio Cabrera, cuando afirma con más elegancia que ironía que el hedonismo de Parra es exquisito e intenso aun siendo de bajo poder adquisitivo. Que “le bastan ciertos lugares sin ribetes: bares baratos sobre cuyas barras se resecan las tortillas, terrazas anodinas o calles sin drama donde cualquiera es nadie. Podrá rodearse de modestia, pero la belleza nunca es modesta, no pierde nunca la sustancia de su brillo. El amor caduco alcanza a regalar todavía instantes grávidos. El sol sigue clavando rayos en el banco de la cocina. El mirlo silba. Hay a veces una luz leonada. Y existe la cerveza.”
Se trata de una antología, de una de esas hermosas antologías manejables y rayadas de colorines que edita Renacimiento sobre la obra de un autor conocido, con el prólogo de otro poeta conocido que hace las veces de lector iniciático. En medio de esta colección, la presencia de Parra puede extrañar tal vez, porque su nombre no resuena fuera del círculo de un puñado de lectores que veneramos su talento, incluso dentro del círculo ya por sí reducido de la poesía. Al fin y al cabo, José Luis publicó su primer libro válido con cincuenta tacos, lo que lo aleja de cualquier clasificación generacional, que tantas veces franquea la frontera entre existir o no existir.
Además, él tampoco ha cultivado ni cultiva la vida literaria, fuera de sus amigos valencianos. No busca más promoción que la de hablar de poesía con quien le sirva de interlocutor. Sus tres primeros libros, Un hacha para el hielo, Del otro lado de la cumbre y La pérdida del reino, vieron la luz por la iniciativa de Café Malvarrosa. Y solo en 2000 lo fichó Pre-Textos y le facilitó el reconocimiento de la crítica especializada con Los dones suficientes, al que siguieron Tiempo de renuncia y De la frontera, títulos que han ido incrementando el número de sus seguidores.
El valor de esta antología, Cimas y abismos, es que recoge poemas que abarcan toda su trayectoria, arañando incluso alguna pieza de su libro primerizo Un hacha para el hielo. Cierto que ya antes Renacimiento había recopilado la obra de Parra anterior a 2001 en un volumen reorganizado por el propio autor que se llamó Caldo de piedra. Esta Cimas y abismos contempla toda, absolutamente toda, su producción, ya que incorpora incluso poemas del libro inédito Inclinándome, que saldrá a la luz el próximo otoño.
El lector que no conozca la obra de José Luis Parra se preguntará cómo es posible que no haya oído hablar antes de este poeta. A los que ya la conocemos, al menos a mí, la antología nos depara otros atractivos. Por ejemplo, el de comparar las piezas espigadas por Cabrera con las que nosotros mismos hubiéramos elegido. Siendo como es Parra un poeta de nota media alta, es fácil echar en falta poemas, a sabiendas de que los que están no desentonan. No falta sin embargo ninguno de esa veintena que el propio Cabrera llamaría poemas emblemáticos del autor, los que cualquier lector elegiría, entre los que podríamos citar, así a vuelapluma, el ya referido Rayo de sol en la cocina, o la estremecedora elegía Meditación en un aniversario, Ritual de la persiana, Padre tardío y quizá alguno del libro que se avecina, como Sentimiento oceánico.
 José Luis Parra: Cimas y abismos. Ed. Renacimiento, 2012.            

El camino de vuelta


Que nadie se coma de vista a la poesía, ensillándola en lo tierno y en lo timorato, porque en ella, para quien sabe usarla, cabe todo. Desde Quevedo, que fue y que sigue siendo maestro de la mala leche, hay una larga tradición de clásicos españoles que le arrean mandobles más o menos irónicos a su patria. Hasta Gil de Biedma, que quería vivir como un noble arruinado “en un viejo país ineficiente, / algo así como España entre dos guerras”, pasando por los Machado: ya el bueno de Antonio advertía al “españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios / que una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”. El meterse con España es casi un subgénero de nuestra lírica.
Antonio Rodríguez Jiménez (Albacete, 1978), como buen profesor de literatura, conoce la tradición a la que se incorpora, y se aplica a esta veta reivindicativa sin que le tiemble el pulso. Al fin y al cabo, pertenece a una generación maldecida por la situación económica y social. Tiene derecho. Lo tendría de todos modos, qué caramba. Cierto que introduce el libro ganador del premio Arcipreste de Hita 2011 con una declaración de intenciones sibilina: “lo bello nunca debe pasar inadvertido; por eso hay que cantarlo”. Pero pronto nos damos cuenta de que su concepto de lo bello no se agota en lo plácido y lo complaciente, que para él la reivindicación de lo injusto forma parte activa de sus ingredientes.
En una de las piezas destacadas del poemario, La belleza de Medusa, aborda el tema de España desde la óptica de una profesora estadounidense que ha conocido nuestro país y ha aprendido a amarlo. Paseamos con ella por nuestra parte más atractiva, pero en el final machadiano comprendemos que la perturbadora medusa a la que se refiere el título es nuestra España: “esta tierra reseca y enfrentada, / adocenada, estéril, delirante, / terriblemente bella y seductora, / que hiela el corazón de quien la ama”. No es el único momento del libro en donde el bisturí del poeta elude la fácil complacencia. Mucho nos tememos que Canto a una ciudad sin río es una oda inversa a nuestro Albacete: “Aquí me quedo sin ningún motivo. / Aquí respiro, aquí se ahoga la vida.” Y Nada puede usurparnos la belleza parece un vaticinio de la crisis en la que nos debatimos: “Hasta en la destrucción es deslumbrante / esta estirpe dañina y creadora”.
No, no elude la crítica a lo que no funciona Antonio Rodríguez. Como no elude en absoluto ningún tema este joven poeta que ha tardado una década larga en madurar su primer libro, después de haber apuntado ya oficio en la antología La Generación Fanzine y en la revista Isla desnuda, de la que fue fundador y consejero de redacción. Si ha tardado tanto es precisamente porque se toma muy en serio el oficio. Dueño de un estilo filosófico y cerebral, se plantea retos: escudriña la relación de los futbolistas con la belleza a través de sus desplazamientos sobre el campo: “trazan líneas precisas e invisibles / sobre un tapiz rectangular y hermoso”; intenta comprender la dimensión del astronauta: “lo acompaña incansable ese destino / que aguarda al breve sueño de su especie”. Se mueve en estos poemas aún cerca de la sombra de su apreciado Juan Antonio González Iglesias, buscándose en la línea metafísica que han puesto de moda también los seguidores de Antonio Cabrera.
 Y, pues no elude ningún tema, también se atreve con el amor, no menos complicado cuando se intenta huir de lo manido, lo que consigue con solvencia en Contrato dual de telefonía móvil. Antonio Rodríguez se impone y cumple su propia consigna: “Rechaza toda senda que conduzca / a la felicidad. No es tu destino / renunciar a la luz de la conciencia”. Y trabaja en la convicción de que estamos condenados a la belleza, porque está en todas las cosas; solo hay que destilarla: “La belleza del mundo: nadie ose / negarla en el fulgor de los relámpagos; / medirla con el tiempo de una estrella”.
 Antonio Rodríguez Jiménez: El camino de vuelta. Ed. Pre-textos, 2012.         

El poder del perro


He adquirido una servidumbre. Durante un tiempo, cada vez que asome a los periódicos y hablen de México y de los muertos del narcotráfico, mi mente irá más allá de los titulares, estaré cerca de la sangre y la aridez, del olor a pólvora y el zumbido de las moscas. No porque haya visitado en persona el país. Sino porque lo he vivido hasta el fondo en la adictiva novela de Don Winslow, El poder del perro. Una de esas novelas largas que te absorben como un paisaje amazónico y te involucran en la vida de los personajes hasta convertirte en uno más. Es lo más parecido a un sueño real, en el que para ir y volver de la vida a la lectura necesitas cruzar la frontera. No quieres que se acabe. La lees tratando de avanzar más despacio, y sin embargo galopas sobre las páginas porque ansías saber cómo se resuelve la trama.
El México de El poder del perro me remite al de 2666, la obra póstuma de Roberto Bolaño, algunos de cuyos pasajes transcurren en Ciudad Juarez, la ciudad con más mujeres masacradas del mundo, en el corazón del continente, en la frontera con Estados Unidos. Como explica en el prólogo Rodrigo Fresán, cruzar esa frontera supone un cambio demasiado brusco, tan brusco que parece una frontera mágica. Y sin embargo, nada más real y estremecedor que el juego en el límite de la vida y la muerte que se desarrolla, sobre todo cada noche, en los cañones y los secarrales que unen ambos estados. La novela de Winslow, se concentra en la zona oeste de esa línea de sangre, entre Tijuana y San Diego, junto a la costa del Pacífico.
El protagonista moral es un estadounidense mestizo llamado Art Keller, veterano del Vietnam y funcionario de la Agencia antinarcóticos de Estados Unidos. Por falta de cálculo, ayudó a la familia Barrera para que se convirtiera en dueña del comercio ilícito y a la vez del poder absoluto en la zona. El afán de reparar este error es el motor de la novela. No se limita a un espacio físico, porque la cocaína viene del Centro de América y a veces hay que ir a las fuentes, y los negocios abarcan también otras mercancías como las armas, otras fronteras aún más lejanas. Pero sobre todo, abarca treinta años de historia en los que resulta imposible deslindar la historia que hemos conocido en los telediarios y la ficción literaria. Tan bien imbricadas están ambas.
Winslow asegura que estuvo documentándose seis años para escribir la novela, y que se entrevistó in situ con los narcos, a quienes prometió que no daría nombres a cambio de que se sincerasen sobre su manera de ver la vida. El resultado, desde luego, tiene la textura y el sabor de la vida. Manifestada con una crudeza que nos resulta difícil de asimilar desde nuestra cómoda perspectiva europea. Según un crítico norteamericano, que el diez por ciento de la novela fuera verdad sería horripilante; que lo sea el noventa por ciento puede ser casi insoportable. Para disipar posibles dudas, el autor afirma que, aunque aparezcan personajes y situaciones ficticias, hay muy poco en el libro que no haya sucedido realmente. Eso es lo que da miedo. Al parecer, mientras iba enviándole capítulos, su editor le objetaba a menudo: “Don, esto es demasiado”. Y él respondía: “De acuerdo, yo pienso lo mismo, pero es verdad”.
Es una verdad tan incandescente, que casi cuesta trabajo creer que tiene ya un lustro, que Winslow publicó la novela en 2005 y que llegó a España en 2009, año en que fue declarada mejor libro del año por el gremio de libreros de Madrid. Gana actualidad con los días, como El Padrino, con la que guarda cierto parentesco. En cambio, hay quien dice que las demás obras de Winslow quedan muy por debajo y que no debía haberse a atrevido a intentar una segunda parte de Shibumi de Trevanian. Habrá que verlo. Entre tanto rebusco en los montones de Librería Popular otra historia en la que sumergirme. Tengo el mono.
 Don Winslow: El poder del perro. Roja&negra, 2012 (quinta edición).

Te vas a reír cuando te lo cuente



Hace ya muchos años, tuve que esperar a un amigo en el salón de su casa. Para amenizar la espera, tomé un libro del estante, al azar, y me puse a leer. Casi me muero de la risa, casi me atraganto para no llamar la atención de su madre. Era un libro de historias locas y humorísticas de Enrique Jardiel Poncela, escritas con absoluta libertad y sin más afán aparente que el de desternillar al lector. Disfruté tanto que me fastidió que mi amigo regresara sin dejarme devorar el volumen, que tampoco pude llevarme prestado porque pertenecía a su padre. Los argumentos y el afán frustrado de completar la lectura se fueron desvaneciendo en la memoria. Hasta que leí el otro día el libro Te vas a reír cuando te lo cuente, de Félix J. Velando (Fuente Álamo, 1970). Al levantar la cabeza, entre risas, encontré la conexión con aquella breve y apurada lectura. Ni siquiera recuerdo con exactitud de qué hablaban los relatos de Jardiel. Sé que había un capitán Mascachicle y poco más. El Peralada de las historias de Velando tiene poco que envidiarle. Aunque el tono es distinto, como la época: Jardiel no conoció la televisión y Velando ha trabajado como guionista de series como Siete vidas, Física y Química, o Las noticias del guiñol. Se le nota en la soltura con la que maneja monólogos, diálogos y personajes, entre los que hay tertulianos, escritores de caja tonta y políticos surrealistas, además del irrepetible ex-legionario que se pasea en pelotas y con total impunidad por el paseo marítimo de una ciudad mediterránea. Hay desparpajo, audacia, mala leche en cada relato. Se nota que el escritor ha disfrutado tanto escribiéndolos como el lector cuando viene a leerlos. De hecho, se nota que son los personajes los que van creando la historia, y que el escritor se limita a complacerlos. Por eso echamos de menos que abroche mejor algunas estructuras, para que no sean simples pasajes de consumo rápido. Como Mejor que no te cruces con Propp, que nos deja con ganas de que hubiera continuado la trama en donde la disuelve la broma. Esta objeción no es aplicable a Mi vida con Elvis y más especialmente a Septiembre y las medusas, dos relatos de amor adolescente, donde la saña y la ternura se complementan con eficacia. Félix J. Velando: Te vas a reír cuando te lo cuente. Ed. La Página. Miradas, 2012.                                                                                          

Prosas de Alcandora
El modo en que nació y fue conformándose el grupo Alcandora no es el menos atractivo de los relatos que componen esta antología de quince autores. Dieciséis si contamos al prologuista, Domingo Henares. Examinándolos uno por uno, vemos que solo una pulsión tan minoritaria como la escritura pudo reunir a un grupo tan heterogéneo. Ha pasado más de un cuarto de siglo desde que Manuel Terrín y Paco Bonal coincidieron en una librería (1986). Recuerdan hasta el diccionario de escritores españoles contemporáneos que acababa de adquirir el segundo y que estaba hojeando en el momento de la epifanía. A la tertulia que fundaron fueron acudiendo casi en tropel muchos y variopintos autores, que andaban tan huérfanos como ellos de asociarse con gente afín. Es estremecedor ver cómo bastantes de aquellos tertulianos, algunos de los más tenaces, no están ya presentes. Echo de menos, entre otros, a Andrés Duro del Hoyo, Antonio Matea y Paco González Bermúdez. Pero aquí sigue el resto, inasible al desaliento, manteniendo bien alta la bandera de la literatura, constituidos en asociación, reuniéndose en los altos de la confitería La Suiza y con sede en el Ateneo. Compartieron una antología de poemas y ahora ésta otra de narraciones, en la que hay desde cuentos a ensayos, pasando por microrrelatos. Además, la mayor permisividad de la prosa, nos granjea sorpresas como la participación de Teodora Lozano, incansable espectadora cultural. Citarlos a todos sería prolijo, y solo a unos pocos, injusto, pero ahí están, formando un corro apretado, tan ilusionados como el primer día y mirando a la posteridad a través de la cámara, desde la contraportada del libro. VArios Autores: Prosas de Alcandora. Ediciones Qve, 2012.

Calor, luna y teatro en Chinchilla


Calor apabullante, el de estos días primeros del verano. Hasta en el Claustro Mudéjar de Chinchilla, en las noches del Festival de Teatro Clásico, que ya es decir. El primer día, como siempre, echamos la chaqueta por si acaso. El aire de la tarde hervía, y sin embargo, la experiencia aconsejaba proveer ropa de abrigo. No hizo falta. Sudamos en las sillas rojas, mientras hacíamos gimnasia cambiando de postura, ya que esas sillas tienen la extraña propiedad de no adaptarse a ninguna anatomía. Pero al fin, ha sido reconfortante, inesperadamente reconfortante el resultado. Primero sorprendió que hubiera Festival, en medio del vendaval de recortes e imprevisiones. Luego, mosqueaba que se hubiera comprimido la semana de antaño en solo cuatro representaciones y un concierto. Y mosqueaba más que en los programas de mano y en la revista anunciadora, los políticos ocupen el espacio de las obras recortadas, posando como si fueran el anuncio de otras tantas obras de teatro, de prometedora sonrisa y corbata muy clásica. Las vaguedades con las que rellenan el resto de la página los devuelven al papel insulso de políticos, y confirman que no han sido ellos los programadores del Festival. El buen gusto es otra cosa. No he podido disfrutarlo entero, porque otros ardores, los de la política municipal, me han secuestrado un par de noches. Lo siento: me perdí a los Cachivaches de Ariza, que era lo que más quería ver. Entre otras cosas porque el director es nuestro antiguo profesor de teatro en el TEMA, el legendario Antonio Malonda. Mira que lo siento. En cambio tuve ocasión de disfrutar de Gemma Cuervo en el papel de Celestina. Y digo bien, de disfrutar. Al revés de lo que les pasa a otros, suelo esperar poco de los actores popularizados por la televisión cuando se meten entre las tablas del teatro. Pero la Cuervo, septuagenaria como es, tira de oficio, imanta el escenario y llena de matices cada sílaba del texto, incluso cuando olvida el texto y lo sustituye con morcillas, cosa que ocurre con frecuencia. Se lo perdonamos. Incluso le perdonamos que a veces no le llegue la voz al cuello y no se la oiga. En cambio no les perdonamos a Calixto y Melibea que sean tan planos en su interpretación y no estén a la altura del resto del elenco, que ralla a buena altura. Hago esfuerzos y no recuerdo un Calixto y una Melibea que me hayan satisfecho por completo. No sé si será porque el perfil de ambos personajes obliga a que sean jóvenes, y por tanto inexpertos, quienes los ponen en pie. Aunque sin duda, lo mejor de La Celestina que nos ha visitado es la versión de Eduardo Galán, que filtra la esencia de ese texto magnífico, pero irrepresentable, convirtiéndolo en digestivo y salvando a la vez todos sus ecos y primores. Al volver a casa, lo primero que hice fue irme a releer pasajes, antes de que se perdiera el perfume. También la escenografía, cuyo autor no figura en el programa. Aunque un poco aparatosa, resulta efectiva: cambia ambientes y recrea lugares con un casetón móvil. En cambio no me gustó tanto la actuación del también televisivo Daniel Albaladejo, el chófer de Cámara Café, en la obra del martes. Era un Lope de Vega, Las flores de don Juan, ambientado en Valencia y convertido en musical a lo Caetano Veloso. Aunque las voces de los actores no fueran para tirar cohetes, aunque a veces se les liase el texto, el espectáculo resulta refrescante. Todo menos Albaladejo, ya digo, que fuerza con lágrimas y aspavientos la contrición de don Alonso. Es sabido que la clave del arte, de cualquier arte, es atemperar el sentimiento, gobernarlo para que no se vaya de las manos y se pueda expresar con matices, tal como hace la Cuervo, menos dotada físicamente, pero con muchísimo más oficio. Finalmente, me perdí también la obra de Ron Lalá, que hay quien dice que fue la mejor, lo que ya es decir. Y, día a día, fue creciendo la luna sobre el Claustro de Santo Domingo. En el Mercado Medieval la tenemos casi llena. Y corre el aire.

Segunda oscuridad


“¿Verdad que este camino no da miedo?”, pregunta el más chico de los críos que se adentran en la espesura del jardín. Lo pregunta haciéndose el indiferente. Pero como tantas veces sucede en la vida y en los periódicos, en la negación está implícita la afirmación. Los cuatro o cinco zagales creen que nadie les escucha. Sin embargo, muy cerca, invisible a sus ojos, leyendo, está el poeta. Ha oído la frase, la anota, y los inmortaliza. En cierta manera son como la mayoría de los otros personajes del último poemario de Trapiello: algún tipo de pájaros, plantas muchas veces secas, el cierzo, insectos zumbando alrededor de la lámpara… Trapiello es un polígrafo imparable: escribe al mismo tiempo un diario, ensayos, artículos, novelas y también poesía. Y da la sensación de que para este último género reserva los momentos marginales de su desenfreno. Esos momentos en los que el trajín se remansa, el mundo se detiene. Por eso le sorprenden muchas veces leyendo. Y el acto mismo de la lectura entra a formar parte de la pieza, porque este leonés recriado en Madrid lo aprovecha todo, no deja nada sin vivir y, sobre todo sin escribir, como si ambas fueran una misma cosa para él. En El retiro un día de diario, cuando remata su conversación con el lector, le advierte: “Te comprendo. También yo estoy pensando / en llegar con mi amiga cuanto antes a casa / allí donde, lector, ya no harás falta”. Y no obstante, una vez más, como el chiquillo que buscaba la complicidad de sus compañeros de aventura, la negación implica afirmación. Le hacemos falta al poeta y lo seguimos a través de la sutil elipsis, imaginándonos casi sin querer lo que hará con su amiga en la pausa que sigue al final del poema. Negaciones que afirman, afirmaciones que niegan: “No me importa, poema, quién te escriba / ni cuándo ni en qué sitio, / ni si no fuera yo”. Como el niño que tenía miedo, finge que no le importa ser quién escriba, quien viva, finge que huye de la rutina para hablar de rosas resecas, de las golondrinas, de los naranjos, los gorriones, de un cántaro roto… Y todos los seres y los objetos muertos componen la rutina del recuerdo. Trapiello es un poeta de la memoria, pero no de la nostalgia; no es elegiaco porque no se refiere al pasado como algo muerto, sino como algo que vive todavía en los objetos y en los olores que mantienen con vida al que fue. No recuerda, sino que reflexiona sobre el hecho de recordar. Por ejemplo, en uno de los poemas que más me gustan del libro, unas motas de polvo le sirven como agarradero cuando nada más queda: “Han pasado los años, / y el desván y la casa ya no existen, / pero el niño allí sigue… (…) / De todos los posibles, este raro / disfraz que llevo puesto de mí mismo / hubiera sido el último en probarse…” Es poesía épica porque no siente la obligación de la síntesis, no se resiste a contar, a pormenorizarlo todo, a convertirlo todo en historia. Épica de lo cotidiano que vive detrás de lo cotidiano y que continuamente nos remite a los momentos en los que fuimos inmortales sin saberlo. Curioso que sean los objetos resecos e insignificantes los que retengan las claves que nos permiten regresar. Contienen, como él mismo adelantaba en una feliz imagen de su anterior poemario, “la alegría en billetes pequeños”. E igual que en los libros anteriores, Trapiello no se recata en dar rienda suelta a sus filias, escribe lo que le da la gana y como le da la gana: incluye a menudo términos técnicos, introduce el presente y lo mezcla con el clima y el estilo de obras legendarias de la literatura, y también salpica el libro con poemas rimados, que a este lector casi nunca le parecen los mejores. Puede que se trate de una fobia mía. Hay que leer despacio esta Segunda oscuridad, que parece figurativa a simple vista, pero que abre caminos enigmáticos en la espesura de las emociones. Andrés Trapiello: Segunda oscuridad. Ed. Pre-Textos, 2012.

Seguro que esta historia te suena


Iribarren es el tipo que sale cada día de su casa con una cámara al hombro. Si hay suerte, regresa con una foto nueva. Fotos de gente. Puede tomarlas andando, montando en autobús por su ciudad, que es Donosti, o pasar toda la tarde apostado esperando que pase lo que tiene que pasar. Aunque en su caso, no es una foto, es un poema, que viene a ser algo parecido. Y por más gente que retrate, al revelar el carrete, siempre sale él mismo, su jeta, que no le gusta, pero es lo que hay. Su gesto adusto, de quien está de vuelta, pero aún conserva un fondo inalterado de ternura. No está orgulloso de la ternura. La usa entre paréntesis, o con ironía, o con humor, procurando que no se note. Iribarren tiene algo de detective que está resolviendo un caso, el caso de la vida, lo que pasa delante de sus narices. Y lo desentraña con lo que tiene a mano, con palabras. Lleva haciéndolo desde 1985, que ya es decir. Hace seis años, juntó todas, absolutamente todas sus piezas, en un libro gordo y gris. Le puso como título “Seguro que esta historia te suena”. Porque solo hay una manera de resolver los casos: desentrañar la historia que hay detrás de ellos. Contarla. En cuatro versos, no más. A veces, Iribarren adelgaza los versos hasta convertirlos en una especie de rastro de gaviotas, para condensar más la historia. Y sin embargo, no le falta un detalle. Cuatro versos para desentrañar la historia de una emoción, a veces de una emoción que es la vida entera, como ese resumen de la vida que dicen que desfila ante los ojos de los moribundos. Brevedad e intensidad, no hay otra. Decirlo todo en cuatro imágenes. Parece fácil, claro. De eso se trata, de que se lea con facilidad, de que entre como un supositorio. “Si tienes algún amigo poeta que esté inseguro de lo que hace, dile que me lea; ya verás cómo se anima y dice: esto lo escribe cualquiera”. Tiene Iribarren ese mismo aire fatalista que el protagonista de sus poemas. Normal, qué demonios, es el mismo. El libro gris y gordo es el libro de su vida. Cuando me lo envía, pone en la dedicatoria: “Cuidado / que va la vida / (en verso)”. Casi otro poema de los suyos. El nuevo volumen es el mismo compendio de 2006, igual de gordo, un poco menos gris, y sin embargo contiene una ampliación importante: tres libros nuevos y otro casi entero de inéditos. Sus poemas han tenido que estrecharse para caber en el mismo espacio que ocupaban hace seis años. No pasan frío. Para mi gusto, esos tres últimos libros son los mejores. Es como si el entrenamiento hubiera afilado su estilo. La historia te suena porque es tu propia historia, porque no nos diferenciamos en nada. El poeta, si es listo, indaga en lo que tenemos en común, lo pone ahí encima para que te reconozcas como en un espejo. Donosti es su ciudad, pero es cualquier ciudad. El mundo es un pañuelo de emociones. Lo único que diferencia al poeta, al poeta bueno, es que le da tiempo a cazarlas, porque las mira a una velocidad distinta. Es como la cámara esa lentísima que usan en el fútbol. Da tiempo a verlo todo: el viejo que mira a la chica en biquini y que luego rasca el suelo con la garrota, o el momento en que todos están buscando el periódico del bar que de pronto ha desaparecido, o que el amor a veces convive con los carteles donde se cagan las palomas. Como buen detective, habla con dureza y se ayuda de exabruptos. No hace tanto que un grupo de psicólogos argentinos descubrieron que las palabrotas nos acercan emocionalmente y que incluso son útiles en la enseñanza. No saben lo que se pierden los que se las restringen a sí mismos como hablantes, como lectores, como poetas, en este mundo de recortes en lo que todo es estreñimiento. Pero esa es otra historia. Aunque seguro que también te suena. / Karmelo Iribarren: Seguro que esta historia te suena. Ed. Renacimiento, 2012.           

Romanticismo


Entre 1750 y 1800 se duplicó en Alemania el número de los que sabían leer. De pronto, veinticinco de cada cien personas se convirtieron en lectores potenciales. Ya no se leía muchas veces un mismo libro, sino que se leían muchos libros una sola vez. En ese caldo de cultivo, en el círculo de los hermanos Schlegel, nació el Romanticismo. Nietzsche estaba a punto de matar a dios, la gente estaba aburrida de su vida y empezó a buscarse a sí misma más allá del entendimiento. El ser humano tiene eso, que necesita emocionarse como sea para sentirse vivo. Y las emociones le vinieron, sobre todo, por el camino de la literatura: “El público honorable conoce lo extraordinario solo a través de la novela”, afirmaba Goethe. La poesía despegó del suelo. De hecho, Friedrich Schlegel, afirmaba que la poesía sirve para suprimir el curso y las leyes del entendimiento y trasladarnos de nuevo a la bella confusión de la fantasía. Es el juego del estado de ánimo, como resumió Novalis, con una agudeza que sigue siendo válida. Estas y otras infinitas cosas las explica Rüdiger Safranski en un libro que es una biografía y casi una radiografía del Romanticismo alemán. Lo ha metido entero. Como el cerebro va llevando los impulsos eléctricos de nuestros pensamientos de una neurona a otra, así va Safranski enredando las ideas que borboteaban en el puchero de aquella Alemania, llevándolas de nombre en nombre, de idea en idea, pasando por poetas, filósofos y músicos. Desde el predicador Herder, que se embarcó rumbo a Francia en 1769, huyendo de las discusiones con los ortodoxos de Riga, hasta poco antes de Angela Merkel, que no aparece porque no será romántica o porque Safranski terminó el libro antes de que accediera al poder. Porque el Romanticismo abarca una escuela literaria de poco más de veinte años 1800-20, breve e intensa como un relámpago, pero también sus efectos, difundidos como la onda expansiva de una bomba a lo largo del XIX y el XX. Los efectos del romanticismo producen lo romántico, que no es un insulto pero casi. El romántico es sentimental, generoso y soñador, o sea medio bobo, según el Diccionario de la Academia. Menospreciar lo romántico no es nuevo: ya Goethe en su vejez, decía que lo romántico es lo enfermizo. Cierto que hay mucho romántico suicida en la historia y mucho más traspuesto de tisis, pero Safranski, que ha rascado hasta el fondo del baúl, dice que cuando hay desazón por lo real y acostumbrado, y se buscan salidas, cambios y posibilidades de superación, casi siempre entra en juego lo romántico. Y según esa definición, el movimiento del 15M es romántico, como algunas de las últimas cosas buenas que nos rodean. El tocho de Safranski es de esas lecturas para las que has de tomar carrerilla, para las que necesitas un estado de concentración especial. Si no lo tienes, mejor espérate a que llegue. Suele ocurrirme con los libros que me aconseja el maestro Corredor Matheos. “Es magnífico”, me aseguró con su voz ronca de sabio. Y desde entonces estuve acechando la ocasión de leerlo, hasta que una mañana, después de examinarlo brevemente y dejarme engatusar por la presentación de Tusquets, le eché las garzas en Librería Popular. Luego me ha acompañado durante los últimos meses. Le hinqué el diente con entusiasmo y casi se me queda el diente pegado. No era el momento. Conviene no rendirse ante estas primeras derrotas. Aunque es probable que yo lo hubiera hecho, que hubiera desterrado el libro en el fondo más oscuro de la librería hasta olvidarme de él, si no hubiera mediado el consejo del maestro Pepe Corredor. Un día, en medio de otra ventolera, lo retomé y era como si, en el tiempo de separación, hubiera ido adquiriendo las claves para penetrar en las complejidades románticas. Yo era otro lector. Y el libro de Safranski otro libro. Hay lecturas que hay que saber ganárselas. Miro a mi alrededor y veo cómo crecen los lectores de correos electrónicos y mensajería social. Qué nuevo movimiento está cociéndose. Qué nuevo Safranski vendrá a retratarlo. / Rüdiger Safranski: Romanticismo. Ed. Tusquets editores, 2009.                                                                                                                     

Ajuar funerario

Tres rosas amarillas es uno de los relatos más conocidos de Raymond Carver. Aborda en sus páginas los últimos días de Anton Chejov. Tres rosas amarillas es también el nombre de una librería de Madrid especializada en el relato y consagrada al mismo. José Luis, su dueño, dice que el relato es un género del que no se puede vivir. Pero ahí está él, batiéndose en su establecimiento de Malasaña, organizando tertulias, presentaciones, lecturas a ciegas de relatos que permiten a los asistentes preguntarse quién es el autor. La librería es amarilla, del mismo tono que la portada del libro de Carver en Anagrama. La tarde que llegamos, José Luis prepara su desembarco en la Feria del Libro madrileña, en la caseta 72 (en donde expone también mi libro La hora más peligrosa del día). Suena una música suave que hace muy buenas migas con la lectura. Desde unas lejas altísimas, asoman algunos libros emblemáticos, no solo de la narrativa, también de otros géneros. Busco una escalera y no la encuentro. “¿Cómo haces para bajar esos libros, si alguien quiere comprarlos, José Luis? ¿Sacudes la estantería?”. “Esos libros son míos y no están a la venta”, responde. Enseguida, para cambiar de tema, se autodescribe muy serio como un mal lector de relatos. “Pues viendo lo que tienes ahí arriba, cualquiera lo diría…” “De todos modos, ya es raro que se vendan de un libro de relatos más de cuarenta ejemplares”, calcula. Aunque me señala una excepción: “Este, de Fernando Iwasaki, es un best seller auténtico”. Lo toma entre las manos y lo calibra como si contuviera monedas que se deslizasen entre las páginas. Le dejo hacer. Con la misma estudiada delicadeza, me lo pasa y leo el título: Ajuar funerario. Observo que son relatos muy cortos, de una o dos páginas como máximo. Va por la séptima edición. La presentación es impecable. Lo encabeza una ilustración de Fernando Vicente que representa un cadáver, muy condecorado y con gorro de copa, un poco ladeado en su ataúd. Se diría que está muerto pero feliz, como en una borrachera eterna. Ese es el tono de los relatos, que giran sin excepción sobre el tema de la muerte, tomada de una manera desenfadada a la par que un poco espeluznante. Una mezcla de humor y terror suave. No me extraña que haya tenido el éxito que celebra José Luis. Aunque al leerlos seguidos, uno se queda con cierta sensación de que muchos son ejercicios, al estilo de los que propone Gianni Rodari: “dada esta situación, a ver cómo lo acabas”.  Al ser tan breves, y no poder introducir muchos datos, me cuesta meterme en situación. Me resultan un poco evanescentes, como chistes. O quizá será que el humor los tiñe de ironía antes de tiempo. Es una impresión personal, claro. Desde luego están admirablemente depurados, cada palabra en su sitio, con adjetivos vitamínicos: “un hombre alto y borroso”, “una mujer de niebla”. Con frases vivas: “Odio escuchar su respiración arenosa, cómo sorbe desesperada los líquidos y el roznido que hace con las encías al masticar”. Si separamos los efectismos y lugares comunes, los finales demasiado abiertos o demasiado fáciles, el clima acaba imponiéndose. Hablan fantasmas que no saben que han muerto y niños caníbales. Los monstruos cotidianos aparecen sin máscara, con toda el alma supurante a la vista. Hay homenajes a los infiernos de Borges y a las casas encantadas de Cortázar. El autor nostalgia el Salón de los Muertos de la casa de su abuela, donde ubica el origen remoto de estos “supositorios de terror”. Y es probable que Cosas que se mueven solas, uno de los “supositorios” que más me impresionan, esté directamente vinculado a aquel lugar. También destacaría, entre otros, el del váter de gasolinera o el surrealista y bestial Dulces de convento. Cierro el libro. Suena aún la música de la librería, en su justa medida, ni adormecedora ni enervante. Supongo que el lugar influye. Para hacerles justicia a los cuentos de Ajuar funerario hay que probar a leerlos en otro ambiente, con voz cavernosa, en una noche oscura, cerca de un cementerio. / Fernando Iwasaki: Ajuar funerario. Ed. Páginas de espuma, 2004. / Libreria Tres rosas amarillas, C/ San Vicente Ferrer 34; 28004 Madrid