“¿Verdad que este camino no da miedo?”, pregunta el más chico de los
críos que se adentran en la espesura del jardín. Lo pregunta haciéndose el
indiferente. Pero como tantas veces sucede en la vida y en los periódicos, en
la negación está implícita la afirmación. Los cuatro o cinco zagales creen que
nadie les escucha. Sin embargo, muy cerca, invisible a sus ojos, leyendo, está
el poeta. Ha oído la frase, la anota, y los inmortaliza. En cierta manera son
como la mayoría de los otros personajes del último poemario de Trapiello: algún
tipo de pájaros, plantas muchas veces secas, el cierzo, insectos zumbando
alrededor de la lámpara… Trapiello es un polígrafo imparable: escribe al mismo
tiempo un diario, ensayos, artículos, novelas y también poesía. Y da la
sensación de que para este último género reserva los momentos marginales de su
desenfreno. Esos momentos en los que el trajín se remansa, el mundo se detiene.
Por eso le sorprenden muchas veces leyendo. Y el acto mismo de la lectura entra
a formar parte de la pieza, porque este leonés recriado en Madrid lo aprovecha
todo, no deja nada sin vivir y, sobre todo sin escribir, como si ambas fueran
una misma cosa para él. En El retiro un
día de diario, cuando remata su conversación con el lector, le advierte: “Te
comprendo. También yo estoy pensando / en llegar con mi amiga cuanto antes a
casa / allí donde, lector, ya no harás falta”. Y no obstante, una vez más, como
el chiquillo que buscaba la complicidad de sus compañeros de aventura, la
negación implica afirmación. Le hacemos falta al poeta y lo seguimos a través
de la sutil elipsis, imaginándonos casi sin querer lo que hará con su amiga en
la pausa que sigue al final del poema. Negaciones que afirman, afirmaciones que
niegan: “No me importa, poema, quién te escriba / ni cuándo ni en qué sitio, /
ni si no fuera yo”. Como el niño que tenía miedo, finge que no le importa ser
quién escriba, quien viva, finge que huye de la rutina para hablar de rosas
resecas, de las golondrinas, de los naranjos, los gorriones, de un cántaro roto…
Y todos los seres y los objetos muertos componen la rutina del recuerdo.
Trapiello es un poeta de la memoria, pero no de la nostalgia; no es elegiaco
porque no se refiere al pasado como algo muerto, sino como algo que vive
todavía en los objetos y en los olores que mantienen con vida al que fue. No
recuerda, sino que reflexiona sobre el hecho de recordar. Por ejemplo, en uno
de los poemas que más me gustan del libro, unas motas de polvo le sirven como
agarradero cuando nada más queda: “Han pasado los años, / y el desván y la casa
ya no existen, / pero el niño allí sigue… (…) / De todos los posibles, este
raro / disfraz que llevo puesto de mí mismo / hubiera sido el último en
probarse…” Es poesía épica porque no siente la obligación de la síntesis, no se
resiste a contar, a pormenorizarlo todo, a convertirlo todo en historia. Épica
de lo cotidiano que vive detrás de lo cotidiano y que continuamente nos remite
a los momentos en los que fuimos inmortales sin saberlo. Curioso que sean los
objetos resecos e insignificantes los que retengan las claves que nos permiten
regresar. Contienen, como él mismo adelantaba en una feliz imagen de su
anterior poemario, “la alegría en billetes pequeños”. E igual que en los libros
anteriores, Trapiello no se recata en dar rienda suelta a sus filias, escribe
lo que le da la gana y como le da la gana: incluye a menudo términos técnicos, introduce
el presente y lo mezcla con el clima y el estilo de obras legendarias de la
literatura, y también salpica el libro con poemas rimados, que a este lector
casi nunca le parecen los mejores. Puede que se trate de una fobia mía. Hay que
leer despacio esta Segunda oscuridad, que
parece figurativa a simple vista, pero que abre caminos enigmáticos en la
espesura de las emociones. Andrés
Trapiello: Segunda oscuridad. Ed. Pre-Textos, 2012.
Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
Seguro que esta historia te suena
Iribarren es el tipo que sale cada día de su casa con una cámara al
hombro. Si hay suerte, regresa con una foto nueva. Fotos de gente. Puede
tomarlas andando, montando en autobús por su ciudad, que es Donosti, o pasar
toda la tarde apostado esperando que pase lo que tiene que pasar. Aunque en su
caso, no es una foto, es un poema, que viene a ser algo parecido. Y por más
gente que retrate, al revelar el carrete, siempre sale él mismo, su jeta, que
no le gusta, pero es lo que hay. Su gesto adusto, de quien está de vuelta, pero
aún conserva un fondo inalterado de ternura. No está orgulloso de la ternura. La usa
entre paréntesis, o con ironía, o con humor, procurando que no se note.
Iribarren tiene algo de detective que está resolviendo un caso, el caso de la
vida, lo que pasa delante de sus narices. Y lo desentraña con lo que tiene a
mano, con palabras. Lleva haciéndolo desde 1985, que ya es decir. Hace seis
años, juntó todas, absolutamente todas sus piezas, en un libro gordo y gris. Le
puso como título “Seguro que esta historia te suena”. Porque solo hay una
manera de resolver los casos: desentrañar la historia que hay detrás de ellos.
Contarla. En cuatro versos, no más. A veces, Iribarren adelgaza los versos
hasta convertirlos en una especie de rastro de gaviotas, para condensar más la
historia. Y sin embargo, no le falta un detalle. Cuatro versos para
desentrañar la historia de una emoción, a veces de una emoción que es la vida
entera, como ese resumen de la vida que dicen que desfila ante los ojos de los
moribundos. Brevedad e intensidad, no hay otra. Decirlo todo en cuatro
imágenes. Parece fácil, claro. De eso se trata, de que se lea con facilidad, de
que entre como un supositorio. “Si tienes algún amigo poeta que esté inseguro
de lo que hace, dile que me lea; ya verás cómo se anima y dice: esto lo escribe
cualquiera”. Tiene Iribarren ese mismo aire fatalista que el protagonista de
sus poemas. Normal, qué demonios, es el mismo. El libro gris y gordo es el
libro de su vida. Cuando me lo envía, pone en la dedicatoria: “Cuidado / que va
la vida / (en verso)”. Casi otro poema de los suyos. El nuevo volumen es el mismo compendio de 2006,
igual de gordo, un poco menos gris, y sin embargo contiene una ampliación
importante: tres libros nuevos y otro casi entero de inéditos. Sus poemas han
tenido que estrecharse para caber en el mismo espacio que ocupaban hace seis
años. No pasan frío. Para mi gusto, esos tres últimos libros son los mejores.
Es como si el entrenamiento hubiera afilado su estilo. La historia te suena
porque es tu propia historia, porque no nos diferenciamos en nada. El poeta, si
es listo, indaga en lo que tenemos en común, lo pone ahí encima para que te
reconozcas como en un espejo. Donosti es su ciudad, pero es cualquier ciudad.
El mundo es un pañuelo de emociones. Lo único que diferencia al poeta, al poeta
bueno, es que le da tiempo a cazarlas, porque las mira a una velocidad
distinta. Es como la cámara esa lentísima que usan en el fútbol. Da tiempo a
verlo todo: el viejo que mira a la chica en biquini y que luego rasca el suelo
con la garrota, o el momento en que todos están buscando el periódico del bar
que de pronto ha desaparecido, o que el amor a veces convive con los carteles
donde se cagan las palomas. Como buen detective, habla con dureza y se ayuda de
exabruptos. No hace tanto que un grupo de psicólogos argentinos descubrieron
que las palabrotas nos acercan emocionalmente y que incluso son útiles en la
enseñanza. No saben lo que se pierden los que se las restringen a sí mismos
como hablantes, como lectores, como poetas, en este mundo de recortes en lo que
todo es estreñimiento. Pero esa es otra historia. Aunque seguro que también te suena.
/ Karmelo
Iribarren: Seguro que esta historia te
suena. Ed. Renacimiento, 2012.
Romanticismo
Entre 1750 y 1800 se duplicó en Alemania el número de los que sabían
leer. De pronto, veinticinco de cada cien personas se convirtieron en lectores
potenciales. Ya no se leía muchas veces un mismo libro, sino que se leían
muchos libros una sola vez. En ese caldo de cultivo, en el círculo de los
hermanos Schlegel, nació el Romanticismo. Nietzsche estaba a punto de matar a dios,
la gente estaba aburrida de su vida y empezó a buscarse a sí misma más allá del
entendimiento. El ser humano tiene eso, que necesita emocionarse como sea para
sentirse vivo. Y las emociones le vinieron, sobre todo, por el camino de la
literatura: “El público honorable conoce lo extraordinario solo a través de la
novela”, afirmaba Goethe. La poesía despegó del suelo. De hecho, Friedrich
Schlegel, afirmaba que la poesía sirve para suprimir el curso y las leyes del
entendimiento y trasladarnos de nuevo a la bella confusión de la fantasía. Es
el juego del estado de ánimo, como resumió Novalis, con una agudeza que sigue
siendo válida. Estas y otras infinitas cosas las explica Rüdiger Safranski en
un libro que es una biografía y casi una radiografía del Romanticismo alemán. Lo
ha metido entero. Como el cerebro va llevando los impulsos eléctricos de
nuestros pensamientos de una neurona a otra, así va Safranski enredando las
ideas que borboteaban en el puchero de aquella Alemania, llevándolas de nombre
en nombre, de idea en idea, pasando por poetas, filósofos y músicos. Desde el
predicador Herder, que se embarcó rumbo a Francia en 1769, huyendo de las
discusiones con los ortodoxos de Riga, hasta poco antes de Angela Merkel, que no
aparece porque no será romántica o porque Safranski terminó el libro antes de
que accediera al poder. Porque el Romanticismo abarca una escuela literaria de
poco más de veinte años 1800-20, breve e intensa como un relámpago, pero
también sus efectos, difundidos como la onda expansiva de una bomba a lo largo
del XIX y el XX. Los efectos del romanticismo producen lo romántico, que no es
un insulto pero casi. El romántico es sentimental, generoso y soñador, o sea
medio bobo, según el Diccionario de la Academia. Menospreciar lo romántico no
es nuevo: ya Goethe en su vejez, decía que lo romántico es lo enfermizo. Cierto
que hay mucho romántico suicida en la historia y mucho más traspuesto de tisis,
pero Safranski, que ha rascado hasta el fondo del baúl, dice que cuando hay
desazón por lo real y acostumbrado, y se buscan salidas, cambios y
posibilidades de superación, casi siempre entra en juego lo romántico. Y según
esa definición, el movimiento del 15M es romántico, como algunas de las últimas
cosas buenas que nos rodean. El tocho de Safranski es de esas lecturas para las
que has de tomar carrerilla, para las que necesitas un estado de concentración
especial. Si no lo tienes, mejor espérate a que llegue. Suele ocurrirme con los
libros que me aconseja el maestro Corredor Matheos. “Es magnífico”, me aseguró
con su voz ronca de sabio. Y desde entonces estuve acechando la ocasión de
leerlo, hasta que una mañana, después de examinarlo brevemente y dejarme
engatusar por la presentación de Tusquets, le eché las garzas en Librería
Popular. Luego me ha acompañado durante los últimos meses. Le hinqué el diente
con entusiasmo y casi se me queda el diente pegado. No era el momento. Conviene
no rendirse ante estas primeras derrotas. Aunque es probable que yo lo hubiera
hecho, que hubiera desterrado el libro en el fondo más oscuro de la librería
hasta olvidarme de él, si no hubiera mediado el consejo del maestro Pepe
Corredor. Un día, en medio de otra ventolera, lo retomé y era como si, en el
tiempo de separación, hubiera ido adquiriendo las claves para penetrar en las
complejidades románticas. Yo era otro lector. Y el libro de Safranski otro
libro. Hay lecturas que hay que saber ganárselas. Miro a mi alrededor y veo
cómo crecen los lectores de correos electrónicos y mensajería social. Qué nuevo
movimiento está cociéndose. Qué nuevo Safranski vendrá a retratarlo. / Rüdiger
Safranski: Romanticismo. Ed. Tusquets
editores, 2009.
Ajuar funerario
Tres rosas amarillas es uno de los relatos más conocidos de Raymond
Carver. Aborda en sus páginas los últimos días de Anton Chejov. Tres rosas amarillas es también el
nombre de una librería de Madrid especializada en el relato y consagrada al
mismo. José Luis, su dueño, dice que el relato es un género del que no se puede
vivir. Pero ahí está él, batiéndose en su establecimiento de Malasaña,
organizando tertulias, presentaciones, lecturas a ciegas de relatos que
permiten a los asistentes preguntarse quién es el autor. La librería es
amarilla, del mismo tono que la portada del libro de Carver en Anagrama. La
tarde que llegamos, José Luis prepara su desembarco en la Feria del Libro
madrileña, en la caseta 72 (en donde expone también mi libro La hora más peligrosa del día). Suena
una música suave que hace muy buenas migas con la lectura. Desde unas lejas
altísimas, asoman algunos libros emblemáticos, no solo de la narrativa, también
de otros géneros. Busco una escalera y no la encuentro. “¿Cómo haces para bajar
esos libros, si alguien quiere comprarlos, José Luis? ¿Sacudes la estantería?”.
“Esos libros son míos y no están a la venta”, responde. Enseguida, para cambiar
de tema, se autodescribe muy serio como un mal lector de relatos. “Pues viendo
lo que tienes ahí arriba, cualquiera lo diría…” “De todos modos, ya es raro que
se vendan de un libro de relatos más de cuarenta ejemplares”, calcula. Aunque
me señala una excepción: “Este, de Fernando Iwasaki, es un best seller auténtico”. Lo toma entre las manos y lo calibra como si
contuviera monedas que se deslizasen entre las páginas. Le dejo hacer. Con la
misma estudiada delicadeza, me lo pasa y leo el título: Ajuar funerario. Observo que son relatos muy cortos, de una o dos
páginas como máximo. Va por la séptima edición. La presentación es impecable. Lo
encabeza una ilustración de Fernando Vicente que representa un cadáver, muy
condecorado y con gorro de copa, un poco ladeado en su ataúd. Se diría que está
muerto pero feliz, como en una borrachera eterna. Ese es el tono de los
relatos, que giran sin excepción sobre el tema de la muerte, tomada de una
manera desenfadada a la par que un poco espeluznante. Una mezcla de humor y
terror suave. No me extraña que haya tenido el éxito que celebra José Luis. Aunque
al leerlos seguidos, uno se queda con cierta sensación de que muchos son ejercicios,
al estilo de los que propone Gianni Rodari: “dada esta situación, a ver cómo lo
acabas”. Al ser tan breves, y no poder
introducir muchos datos, me cuesta meterme en situación. Me resultan un poco
evanescentes, como chistes. O quizá será que el humor los tiñe de ironía antes
de tiempo. Es una impresión personal, claro. Desde luego están admirablemente
depurados, cada palabra en su sitio, con adjetivos vitamínicos: “un hombre alto
y borroso”, “una mujer de niebla”. Con frases vivas: “Odio escuchar su
respiración arenosa, cómo sorbe desesperada los líquidos y el roznido que hace
con las encías al masticar”. Si separamos los efectismos y lugares comunes, los
finales demasiado abiertos o demasiado fáciles, el clima acaba imponiéndose.
Hablan fantasmas que no saben que han muerto y niños caníbales. Los monstruos
cotidianos aparecen sin máscara, con toda el alma supurante a la vista. Hay
homenajes a los infiernos de Borges y a las casas encantadas de Cortázar. El
autor nostalgia el Salón de los Muertos de la casa de su abuela, donde ubica el
origen remoto de estos “supositorios de terror”. Y es probable que Cosas que se mueven solas, uno de los “supositorios”
que más me impresionan, esté directamente vinculado a aquel lugar. También destacaría, entre otros, el
del váter de gasolinera o el surrealista y bestial Dulces de convento. Cierro el libro. Suena aún la música de la
librería, en su justa medida, ni adormecedora ni enervante. Supongo que el
lugar influye. Para hacerles justicia a los cuentos de Ajuar funerario hay que probar a leerlos en otro ambiente, con voz
cavernosa, en una noche oscura, cerca de un cementerio. / Fernando Iwasaki: Ajuar funerario. Ed. Páginas de espuma,
2004. / Libreria Tres rosas amarillas, C/ San Vicente Ferrer 34; 28004 Madrid
En otra casa
Cuando leemos un libro, le pedimos que nos cambie mientras lo estamos
leyendo. Que nos saque de la rutina, que nos sumerja en otro universo diferente
en el que nos purificamos por un rato. Pero hay libros que van más allá, como En otra casa, de Antonio Moreno. Libros
que nos cambian. ¿Por cuánto tiempo? Depende de nosotros, pero aún más de
nuestras circunstancias. En medio de una sociedad gobernada por la constante
alteración, por estímulos diminutos y caprichosos, por el soniquete de los
móviles, por el último mensaje de facebook, por la imperiosa y multiforme
actualidad, la prosa de de Antonio Moreno nos ofrece un ritmo absolutamente
distinto: el ritmo de la mirada: “Mirar las plantas detenidamente, que es como
aprender a mirar y darse cuenta de que no sabíamos hacerlo”. En efecto, vemos
tantas cosas al día que apenas nos dejan huella, porque las vemos el tiempo
justo de verlas, casi ni las pensamos. Moreno nos asegura que su libro trata
sobre la brevedad y, sin embargo, paradójicamente de la intensidad: “aplicar
bien el oído es un ejercicio intenso que no puede alargarse mucho (…) No hemos
sido creados para respirar la intensidad indefinidamente”. Se refiere a la
intensidad de las cosas minúsculas que pasan a nuestro alrededor: el sonido que
produce un caracol cuando come, una mariquita, una pared blanca, la
purificación espiritual de sentarse a comer.
El autor se aplica en desplegar lo insignificante, hasta demostrarnos
que nos contiene, y que hay más de nosotros en ese universo pequeño que en toda
la barahúnda que nos apremia y nos sacude hasta dejarnos sin resuello. La prosa
azoriniana de este alicantino de 1964, está naturalmente muy cerca de la
poesía, es poesía en el mismo sentido en que reúne a la vez la mirada y la
valoración de lo que ve. Porque no basta mirar: “Nos es dado ver muchas cosas,
pero solo podemos conocer unas pocas”. La escritura es una herramienta de conocimiento,
le sirve al escritor para saber lo que no sabía y a nosotros para apreciar lo
que el escritor ha descubierto, para compartirlo. A veces, a través de lecturas
que le sirven de guía, como aquellos consejos de Laertes a su hijo: “Sé sincero
contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedas ser
falso con nadie”. Avanzar desde lo quieto, en el empeño de ser fiel a lo que se
ve, a lo que oye en medio del silencio, ese es el camino: “Llegada cierta edad,
esa es la tarea del hombre, expresar su lealtad, igual que hacen algunos
animales”. No lo he dicho aún, pero se trata de fragmentos de un diario,
pinceladas sueltas de lo que le va pasando a un hombre a lo largo de un año,
sin fechas, sin demasiados datos. La casa de la que habla el título es la casa
a la que se ha mudado por un tiempo, pero también es la casa de sus viajes y su
propia casa que, como vamos deduciendo, no es otra que la escritura, que sirve
de nexo a todas las mudanzas: “Miro atrás y me doy cuenta de que en ninguna
casa he vivido tantos años como los que llevo reuniéndome con un idioma y un
papel”. La casa de un hombre sabio. Y, ojo, que al lector puede costarle entrar,
como le cuesta a la mirada acostumbrarse a una estancia que está en penumbra
cuando recién llegamos del resplandor del mediodía. Los matices se van
configurando lentamente, la prosa necesita tiempo para mostrarnos los perfiles:
“Ahí donde no hay nada, el instante carece de término; a decir verdad, ahí se
cumplen miríadas de portentos”. Se
cumplen, pero es necesario descubrirlos, señalarlos. El aire, la luz, si uno se
para, son un espectáculo que deja al contemplador convertido solo en el mirar
“algo, por otra parte, bastante parecido al aire”. Y la preocupación del autor
es no perturbar ese espectáculo, que las palabras que lo transmiten sean tan
absolutamente transparentes. “Pero suenan tanto las palabras… Suenan
demasiado”, se queja Moreno. Afortunadamente, añadimos. / Antonio
Moreno: En otra casa. Ed. La isla de
siltolá, 2012. Levante.
Maneras de deshacerse
Si viera este título en cualquier librería, sin haber sido avisado
previamente, sabría sin lugar a dudas que el libro era de Ángel Aguilar o bien
de un imitador de Ángel Aguilar. Pero cuando lo veo en los estantes de Librería
Popular ya sé que es suyo, por lo que no tengo que demostrar mi teoría. Constituye,
además, una sorpresa venturosa. En mi fuero interno temía que Aguilar hubiese
abandonado la escritura de versos normales y se hubiese especializado
definitiva e irremediablemente en los haikus, con la pérdida que hubiera
supuesto para los lectores de versos normales. Porque Aguilar es un poeta singular
del mismo modo que es un bibliotecario singular y un ajedrecista singular. Es un
ser singular. Desde El libro del agua,
editado por la Diputación de Albacete hace una década, no le conocía más
señales de vida como poeta que algunos escritos circunstanciales. Como haiyín
en cambio sí que le hemos leído muchas cosas en lo que va de siglo. También,
como autor de poemas infantiles, le leímos Qué
fea es mi hermana, donde adopta la voz de una niña de seis años y juega con
salero a ser Gloria Fuertes, mejorando de forma muy ostensible a Gloria
Fuertes, y mezclando algún poema notable de adulto entre los juguetes. Estoy
pensando en Yo veo. De modo que tenía
miedo de no leer un nuevo poemario de Ángel Aguilar. Olvidaba que, desde Alas más grandes que el nido, este poeta
nacido en Caudete en 1958 publica solo un poemario por década, preferentemente
al principio de cada década. Maneras de
deshacerse corresponde a la segunda del siglo XXI y nos muestra a un
Aguilar más fiel que nunca a sus características, un poeta celebrador de la
vida y del amor, que se abraza a la naturaleza y la carne hasta fundirse y
desaparecer en ellas, en medio de un paroxismo liberador. Un poeta místico, al
estilo de Santa Teresa, hasta en el uso de antítesis y paradojas para enfatizar
su entrega. El nuevo libro continúa la línea abierta en El libro del agua, un poemario que debería ser referencia en la
poesía albaceteña actual, si estas cosas existieran y le importasen a alguien
aparte de los cuatro o cinco que leemos poesía por estos secarrales. No es que Maneras de deshacerse no esté a la misma
altura, es que es más irregular. El libro
del agua era un estanque perfecto. En Maneras
de deshacerse, sobre todo en la segunda parte, Amantis religiosa, dedicada al amor, aparecen ejercicios, rimas, probaturas,
poemas menores, que se intercalan con poemas que están entre los mejores del
autor, sin solución de continuidad. El resultado es que distraen de la lectura,
como distraen ciertas erratas que debieran haberse evitado. Es como si Aguilar
hubiese renunciado a reivindicarse como poeta, como si prefiriera quitarse
importancia. Y, sin embargo, contiene Serenidad,
para muchos un poema emblemático, que no recuerdo que haya sido publicado antes
en libro exento. Y también Dulce orilla o Derviche, poemas panteístas a la manera
de Aleixandre: “siento el embudo del infinito, el abrazo de la espiral, el
vertimiento loco de nuestros cuerpos…”. Y los experienciales Paseo y, sobre todo, Habitación 122, que paradójicamente
ofrecen un remanso narrativo al desenfreno romántico. Como el séptimo de
caballería de Míchigan, la naturaleza siempre viene a rescatar al autor y a sus
lectores: “Contemplo el mar y sé / que cuando me sumerja / habrá unanimidad y
pureza en cada ola / y seré absuelto”. A esta manera de hacer, continuista
respecto al libro anterior, lo que no le resta mérito alguno, pertenecen poemas
de la primera parte del libro, como El
olvido de ti que es tu cuidado, atardecer
en Vera, Los pájaros se incendian o Primavera
distinta, en los que las enumeraciones descriptivas van anticipando la
disolución del pensamiento y de las emociones que lo aprisionan. Amaneces y el poema de la anciana del
asilo abren nuevas perspectivas temáticas: “No es la existencia quien ordena
los años / en el paisaje adormecido, / sino la luz, la savia en que mojamos los
ojos”. / Ángel
Aguilar: Maneras de deshacerse. Ed. Que
vayan ellos, 2012.
Violeta profundo
He aquí un libro del que uno ha oído hablar incluso antes de que se
publique, antes de leer un solo poema. La voz se va corriendo, y el libro viene
despacio. “Te va a gustar”, me aseguraban buenos lectores, buenos amigos, con
esa duda en el aire en la que nos reconocemos los lectores de poesía, que
sabemos que siempre hay una rendija abierta para el criterio personal, que
siempre cabe que un libro que a ti te gusta no le guste a otro buen lector,
aunque sea tu amigo. En todos los que se referían a Violeta profundo estaba latente esa duda, pero todos decían lo
mismo: “te va a gustar”. Un libro así, cuando lo pillas, lo lees dos veces
seguidas sin levantar la cabeza, temiendo que se te escape algo, temiendo que
no te guste. Las dos cosas. Como en el cuento del príncipe desnudo, avanzas por
los poemas deseando no ser el niño que ve al príncipe desnudo mientras todos lo
ven vestido. No es el caso. Violeta
profundo está escrito en el límite del abismo, en ese punto en el que se
toca la noche con la parte interior de la piel, con el hueso abierto, con el
tuétano. Aún diría más: está escrito con un pie ya en el abismo, empezando a
separarse ya de todo: “No he querido decírtelo, pero sé que me siento / más
frío al despertar, indolente y callado. / Explicarlo es sencillo. Voy perdiendo
/ fe en el amanecer”. Pero no es un desprenderse manso, sino que está lleno de
rabia, de una rabia descontrolada en ocasiones que es uno de los grandes hallazgos
del libro: “Si algo aprendí de Roth fue que la cólera / es muchas veces
soberana, que / trizar de un puñetazo una vidriera / es saldar una cuenta con
la propia desdicha”. En el poema primero, que se llama simplemente así, La noche, hurga en la desolación
buscando el fondo más oscuro, más lejano de nuestra rutina: “En su entero
negror crujen cristales / alguien patea escombro, remueve la basura / orina en
la columna de hormigón / o golpea un batiente de madera. / Aunque tú no lo
creas, esos actos / nos dan conocimiento”, es decir, vida. Y más adelante, en
otro nocturno apasionado, Nocturno del
temblor, donde se bate en duelo de palabras con la noche, la muerte o lo
que sea, acaba preguntándole: “¿Quién te habrá visto así, desnuda y agitada, /
caída en la desgracia de temer mi deseo?”. Desde ese borde del abismo,
Fombellida se gira hacia la vida y la tantea y se abraza a un árbol como quien
se agarra a una tabla salvadora, y se agarra también a referencias culturales, como estos versos shakespearianos donde se ve el monstruo de las dos espaldas: “Noche
inversa, llorosa, déjanos / en la caldera curva de la piel / gozar del
movimiento acompasado / que no consiente luz, ni la persigue”. O
estos otros: “el mundo es un puñado de nieve y rodaduras, / una ventana ciega,
un lugar sin hogar”. Y en esa situación límite, entre el abismo y las últimas
lianas de la vida, siente correr por sus venas el río manriqueño: “Tengo la fea
conciencia de las aguas del río / y avanzo como él, encajonado y pobre”. O más
adelante: “nado dentro de mí sin darme alcance”. Versos que son icebergs
flotando en el mar de los poemas, donde no es difícil destacar ocho o nueve redondos, una cantidad grande para cualquier poemario de nuestro tiempo. Ya he
citado alguno. Podría referirme también a Quinta
del 42, impresionante homenaje a la muerte del padre, bien completado con Matinal de domingo. O el extraño Geórgica, que me recuerda a la Pesadilla de mi paisano Sarrión. El alba del negligente, Quiet song o el versicular
Háblame. Un libro de poesía
diferente, incluso a los anteriores del autor. Por eso nos sorprende y nos
estremece: “El mundo no sonríe si lo miras de frente”. Aunque lo mejor de todo
es que Fombellida se haya quedado de este lado del abismo y lo podamos celebrar
con él. / Rafael
Fombellida: Violeta profundo. Ed. Renacimiento,
2012.
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Hierro y tierra
Volver a viajar en aquellos trenes en los que nunca viajamos de
verdad, porque solo montamos en ellos a través de las experiencias que nos
contaban nuestros mayores. O tal vez sí viajamos, pero éramos tan pequeños que
no lo recordamos. Volver a pisar las calles, años antes de que las asfaltaran y
ver, entre visillos, asomada, a la fantasma última del pueblo. Oír aquellas
radios que parecían capaces de sintonizar con París o Nueva York y que traían
peligrosos mensajes de los resistentes al régimen de Franco. Ponerse en el
pellejo de artesanos que han ido perdiendo territorio: hojalatero, zapatero
remendón, gente humilde de la España rural. Desamores y amores platónicos de
adultos, sudor, polvo, un frío que despierta sabañones y un calor que reseca
las seseras. Son experiencias que nos ofrece Manuel Picó (Albacete, 1961) en su
libro Hierro y tierra, escrito con
oficio de periodista y con pulso de narrador. De hecho, muchos de los relatos
pertenecen a un género mestizo, entre la crónica y el cuento. Empiezan
mostrando a un personaje y acaban llevándonos a la vida y los problemas de otro,
aunque todo esté hilado y fluya en blanco y negro, como la foto de la portada,
una boda de los años treinta en las cercanías de Casas Ibáñez. La trama siempre
activa, la prosa tersa; pero sobre todo vívida la galería de los individuos que
se mueven en ella. Ignoro si existieron de verdad, si formaron parte de la
intrahistoria de Casas Ibáñez, porque la literatura es capaz de cualquier cosa;
pero si no existieron, merecen haberlo hecho, porque están más vivos que muchos
de los que figuran en el libro de registros: Manuel Bolaños, el que lo había
perdido todo y vivía en un coche; el cartero Lucio, más confesor que cartero;
la misteriosa mujer de la maleta maloliente; Miguel Olmedo el inmortal; el
gitano que, por no tener, ni nombre tiene, pero que va siempre acompañado de
una perra patihueca. Porque, esa es otra: Igual que el maestro Sánchez de la
Rosa, igual que hiciera Rodrigo Rubio, Manuel Picó tiene ese tacto singular de
saber colocar los mancheguismos donde hacen falta y añaden ese plus de realismo
que apuntilla los detalles. Donde hay una de aquellas radios antiguas o la
primera televisión, aparece también una mosca entelerida, la cachera donde se
guarda el gorrino, las abarcas, espuertas, horcas, legones y demás aperos, los
zarajos y el harnero. Literatura que se acerca al cine neorrealista italiano, heredera
también de aquellos relatos sociales de Ignacio Aldecoa que ponían el corazón
en un puño. Pero a la vez, literatura con toque periodístico, que entrelaza la
prosa con el detalle casero. Y en esto me recuerda a Chaves Nogales. A veces con
su punto de filosofía de almanaque, de consejos del padre que lleva en la
memoria grabados el hijo: “si alguna vez piensas que lo has perdido todo,
descubrirás que es mentira. Te queda lo más importante, la vida”. Me da que
pensar. Creo que en ocasiones es más fácil rescatar este tiempo lejano metiéndonos
en la piel de los que lo vivieron que viéndolos moverse en los documentales de
la época, donde gesticulan, zombis, nuestros abuelos, sin que ayude a revivirlos
la voz engolada del locutor del Nodo. A los que llegamos a entrever la época,
nos la enciende de nuevo. No sé qué pasará con los nacidos después. Como bien
dice Picó en uno de sus párrafos, “Ignoraba entonces que, a veces, lo que está
pegado a nosotros guarda una distancia insalvable, un secreto abismo que puede
hacernos caer al vacío, mientras en otras ocasiones la lejanía está al alcance
de la mano”. El caso es que he disfrutado con este libro, con el que no
esperaba disfrutar, lo confieso. La edición es ligeramente antipática, un poco
más estrecha de lo habitual, con más erratas de las que se merece el escritor. Tampoco
el título le hace justicia. No siempre el soporte está a la altura del
contenido: “Desconocía entonces que para el corazón humano no existen las
distancias y la proximidad solo es un estado de ánimo.” / Manuel Picó: Hierro y tierra. Ed. Eclipsados, 2011.
La vida ondulante
“El escritor de aforismos, si se descuida, puede acabar
convirtiéndose en un sabio de almanaque”. Así se las gasta Ramón Eder para
definirse a sí mismo, para definir el género en el que se mueve como pez en el
agua. Entre la infinidad de perlas que flotan en la superficie de esta
colección de perlas que es La vida
ondulante, afloran de vez en cuando las que tiran piedras sobre el propio
tejado del aforismo, o intentan definirlo con retranca, como esta tentativa con
ritmo de samba: “Un libro de aforismos debe ser como una de esas playas de
Brasil llenas de sirenas que están bien y muy bien, pero en las que hay una
docena que nos acelera el pulso.” Y con el pulso acelerado, se pone uno a
comentar la colección y no sabe por dónde empezar. No se puede recurrir a la
estructura o al argumento, que es lo habitual. Cuando se trata de poemas, se
habla de los rasgos específicos, se destacan unos poemas o unos versos. Pero
qué decir cuando la propia extensión y la naturaleza del contenido son tan
diversas, tan polimorfas como el agua, que se escurre entre los dedos cuando se
intenta cogerla. A mí no se me ocurre otra fórmula que recurrir al instinto
humano de clasificar las cosas, para no convertir el comentario en una sucesión
ininterrumpida de citas que desvelarían el contenido, o parte del contenido, lo
que en este caso equivaldría a adelantar quién es el asesino en una novela policiaca
de las del tipo enigma. Además, le haría un pobre favor al autor, que merece que
los aficionados se hagan con el libro y lo disfruten, lo saboreen, lo relean,
se aprendan de memoria algunas de las perlas para recitarlas en las ocasiones apropiadas;
se conviertan en definitiva en sabios de almanaque, como advierte Ramón Eder.
Hay mezclados en La vida ondulante
aforismos políticos, más o menos encubiertos: “Un político es un ciudadano
menos”. También hay lecciones de vida: “A veces lo que más dolor nos produce es
comprobar que las desgracias de las personas que queremos no nos afectan tanto
como quisiéramos”. Las hay que se refieren al arte y la cultura: “Si de Séneca
como maestro salió Nerón como discípulo, quizá no haya que hacerse demasiadas
ilusiones sobre las virtudes de la educación”. Otro grupo de aforismos se
refiere a los medios de comunicación de masas: “Cuando pasa cierto tiempo, uno
se da cuenta de que todos los periódicos son amarillos”. En fin, que hay
direcciones muy diferentes, que terminan convergiendo en lo que el autor ya ha
anunciado en el breve prólogo, apenas un poco más largo que una máxima: que
después de los moralistas franceses consolidaran el género, todos los que han
venido después escribiendo aforismos han tirado de la ironía, como principal
ingrediente. Y cita a Lichtenberg, Nietzsche, Jules Renard, Chesterton, Borges,
Bergamín y Lec. Para no quedarse atrás, Eder estira un poco más la definición,
que obliga a ser conciso y a dar en el clavo a la vez, lo que resulta imposible
si uno no anda bien de entendederas: “La inteligencia, a partir de cierto
grado, se vuelve inevitablemente humorística”. Así, moviéndose entre los
peligros que acechan al autor de máximas: la de caer en la greguería, siempre
tan socorrida, la de romperse en la pompa de jabón del ingenio sin más, la de
resultar inane, y no digamos ya las de decantarse al haiku o la copla, Eder
vadea la superficie las más de las veces con la solvencia de un anónimo autor
de refranes, con lo que cuesta eso, impartiendo lecciones útiles, que explican
la vida cotidiana y orientan sobre el mejor modo de moverse en ella. Filosofía
de bolsillo, pero de largo alcance. Sin contar otros perfiles, como que muchos
de los aforismos de Eder no se contentan con serlo y semejan principios de
cuentos: “Tenía unas cuantas macetas en su balcón y las miraba con orgullo,
como un terrateniente”. De momento, él no tiene anunciado cambiar de género. Le
basta con saber que “los aforismos buenos son imperdonables”./ Ramón Eder: La
vida ondulante. ed. Renacimiento. sevilla, 2012
Conjeturas y esperanza
Entrar en los lugares un segundo antes de que estén preparados para
recibirnos. Por ejemplo, “carreteras secundarias, de noche, donde, por un
momento, un susurro de alas pasa muy cerca en la oscuridad, seguido del tirón
del silencio”. Ese es el ámbito donde se mueven los poemas de Burnside.
Naturalmente se trata de un ámbito artificial, porque la realidad es la misma
cuando estamos que cuando no estamos. ¿O no? Según Burnside, para acceder a
esos instantes de transición hay que activar la atención y la consciencia, dos
de los estados de conciencia de los que disponemos. El tercero, la distracción,
es el piloto automático con el que nos perdemos en el mundo cotidiano, en la
rutina nuestra de cada día. Dejarla atrás y salir a conocer lo desconocido antes
de que signifique algo, de que se convierta en un símbolo, esa es su tarea de
poeta: “muchas veces, el camino del conocimiento es dejar atrás lo que ya
sabes, ir a otra cosa”. Y para conseguirlo el poeta escocés se embarca y nos
embarca en un ritmo de caminador que va vinculando las cosas con el aleteo de
los versos: “Y lo que me gustaba, / sin duda / no era mi estricta / presencia
en un pliegue / de la niebla, / sino el estar ahí / como todo / está ahí / al
azar / para ser modelado / por lo que no está”. En ese desfase entre el estar y
el no estar, reside la sorpresa que nos ofrece Burnside. Una experiencia tan
perturbadora que, cuando procediendo de ella, intentas volver a tu rutina, esta
te desconoce y desconfía de ti. Se mueve cerca de poetas muy próximos a
nosotros, como César Simón, pero con un matiz importante: Simón se maravillaba
de ser una presencia consciente en los lugares. Burnside se maravilla de los
lugares antes de que llegue su consciencia: “bajo la luna tan blanca y
desprovista de propósito”. Así cada
poema es un comienzo, un despertar: “Y salía a
la luz de suero del alba / para empezar de nuevo”. Lo mismo le sirven de
apoyo los ratones de campo que una señal de stop cerca de Horsley, una cosecha
de tarros recién etiquetados que el invierno. El caso es que donde mejor se
aplica es en los territorios fronterizos de la conciencia, como ese magnífico Poema ocasional donde se mete en la piel
de una niña de meses, o en los signos sutiles que distinguen unas estaciones de
otras. Como suele ocurrir, el lector tarda un tiempo en atravesar el terreno
cifrado que supone siempre una escritura nueva, con personalidad distinta a las
que controlas. Pero una vez dentro, Burnside es una fiesta de la sugerencia. La
edición ha corrido a cargo de Jordi Doce, que siempre es una garantía de buena
traducción. Fue lo primero que me atrajo del libro. No había oído siquiera
hablar del poeta, pero precisamente por eso me llamaba el leer a un autor
inglés de mi generación, ya que John Burnside nació en la escocesa Dumferline
en 1955 y solo me lleva seis años. Luego descubrí un tercer atractivo: a modo
de epílogo, el editor ofrece la transcripción de una entrevista que mantuvieron
en 2006 Burnside y Zagajewski, moderados por el propio Doce. Siempre me apetece
escuchar lo que cuentan otros poetas cuando reflexionan sobre su tarea,
especialmente por si dejan escapar algunos de sus trucos técnicos. Aunque no
sea este el caso, conforta la lucidez que demuestran estos dos autores cuando
por ejemplo califican al poeta como un místico imperfecto porque lo que lo
caracteriza es la locuacidad, mientras que la mística es territorio del
silencio. Burnside reconoce turbarse cuando alguien le felicita por un poema
que escribió: “se lo dice a alguien que no soy yo. Yo ya no estoy ahí, lo que
escribí, no me pertenece”. Y Zagajewski apostilla: “A menos que vuelvas a
leerlo en una lectura pública y te lo apropies, lo cual es agradable”. Conjeturas y esperanza supone una vuelta
de tuerca sobre el tema de la identidad, un horizonte estimulante para la poesía.
/ John
Burnside: Conjeturas y esperanza. Editorial Pre-textos. Valencia, 2012.
La hora más peligrosa del día
A aquellos que tenemos el hábito de la escritura nos sorprende ver,
cuando miramos hacia atrás, de qué modo va quedando nuestra propia biografía
impresa en nuestras obras. Es una sensación que no pueden captar la mayoría de
los lectores, excepto quizás los cercanísimos. Pero que a uno mismo lo asombra
y lo llena de una nostalgia incómoda, la nostalgia de una intensidad
reconocible, pero irrecuperable. El periodismo es el género más fiel a la
experiencia, porque su exigencia temporal no permite que elaboremos el material
de lo vivido en busca de efectos espurios. Lo vivido está presente, hablemos de
lo que hablemos. Desde hace años, publico un artículo semanal, que rara vez
reviso pasados unos días. Pero, cuando, por alguna razón, he tenido que
rebuscar entre los acumulados, vuelvo a respirar el rastro de mi vida que se
quedó encerrada en ellos. Por ejemplo, cuando reuní una colección en el libro Albacete, entre huellas y raíces. Con
más fuerza de la que esperaba encontrar, ahí me aguardaban mis yos anteriores,
del mismo modo que nos aguardan en las fotografías, por mucho que haya pasado
más de una década desde que nos las sacaron. Aunque con un matiz: en las
fotografías no está retratado el tiempo interior, solo lo externo. En las
crónicas, incluso en las columnas literarias, aún nos palpamos, podemos
reconstruir la escena, dónde tejimos las palabras, todo está entero, aunque de
forma soterrada, cifrado por nosotros mismos que volvemos a sentirlo hasta los
tuétanos. Por supuesto, la poesía es también biográfica, si bien mucho menos de
lo que la mayoría de la gente cree. La poesía es un género que requiere la máxima
intensidad. Por eso, aunque los poemas crezcan a partir de un germen de
experiencia, por lo menos en mi caso, luego necesitan una elaboración muy
exhaustiva, muy técnica, que los convierte en artefactos, es decir en escritos
destinados a producir una determinada impresión en el lector, una emoción. El
yo más profundo, el más descarnado, sigue ahí, porque al primero que tenemos
que emocionar es al propio poeta, cuando nos asomamos al escrito después de
haberlo olvidado, siquiera por unos instantes, previos al reconocimiento
inevitable de haberlo compuesto. En cambio, lo que nunca hubiera imaginado es
encontrar tan fresco, tan permanente, el rastro de la experiencia en los
relatos de ficción, en los cuentos para adultos que acabo de publicar y que he
tenido que rescatar y revisar minuciosamente para darlos a la luz. Estaban muy
dispersos, porque soy un cuentista despacioso, intermitente, menos deliberado
que en otros géneros. He seleccionado piezas de la época de los ochenta, y en
ellos estaba mi casa de la calle Quevedo, mis hijos pequeños, mi rutina de
madrugar y recorrer las calles desiertas para abrir la radio unos instantes
antes de que amaneciera. Y, como en los sueños de la noche, cuando tratamos de
interpretarlos al despertar, también están muy evidentes mis preocupaciones de
entonces, alteradas por el onirismo caprichoso de la escritura. Hay cuentos de
los noventa, tan influidos por los viajes al instituto de La Roda, por las
clases de esquí, por los viajes de estudios a Italia, tantas películas vistas
en el cine. Y hay cuentos de la primera década del siglo XXI, en donde se respiran
los aires de Chinchilla, su antigüedad, sus ecos, sus alrededores. Por
supuesto, estoy resumiendo mucho, y temo que a la mayoría pueda frustrarles no
encontrar más evidentes estas sensaciones, y, como mucho advertirlas,
volátiles, en la atmósfera de los relatos. Ya digo que se trata de experiencias
cifradas en una clave que solo uno mismo, o los muy allegados, pueden descodificar;
de hecho más que el autor, tan obcecado en pulir otros detalles. Baste decir
que mi mujer, al releerlos, me comentaba divertida si no me daba prurito
mostrarme tan como soy. Espero que sea porque compartimos claves que nadie más
conoce. De todos modos, por fortuna, las hermosas e inquietantes ilustraciones
de María Dolores Alfaro introducen otra realidad paralela, que desviará a los
lectores hacia otras interpretaciones. /
Arturo
Tendero: La hora más peligrosa del día. ed. la siesta del lobo. con
ilustraciones de María Dolores Alfaro. (Se presenta el jueves 19, a las 19,30 horas, en Librería Popular)
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