Ajuar funerario

Tres rosas amarillas es uno de los relatos más conocidos de Raymond Carver. Aborda en sus páginas los últimos días de Anton Chejov. Tres rosas amarillas es también el nombre de una librería de Madrid especializada en el relato y consagrada al mismo. José Luis, su dueño, dice que el relato es un género del que no se puede vivir. Pero ahí está él, batiéndose en su establecimiento de Malasaña, organizando tertulias, presentaciones, lecturas a ciegas de relatos que permiten a los asistentes preguntarse quién es el autor. La librería es amarilla, del mismo tono que la portada del libro de Carver en Anagrama. La tarde que llegamos, José Luis prepara su desembarco en la Feria del Libro madrileña, en la caseta 72 (en donde expone también mi libro La hora más peligrosa del día). Suena una música suave que hace muy buenas migas con la lectura. Desde unas lejas altísimas, asoman algunos libros emblemáticos, no solo de la narrativa, también de otros géneros. Busco una escalera y no la encuentro. “¿Cómo haces para bajar esos libros, si alguien quiere comprarlos, José Luis? ¿Sacudes la estantería?”. “Esos libros son míos y no están a la venta”, responde. Enseguida, para cambiar de tema, se autodescribe muy serio como un mal lector de relatos. “Pues viendo lo que tienes ahí arriba, cualquiera lo diría…” “De todos modos, ya es raro que se vendan de un libro de relatos más de cuarenta ejemplares”, calcula. Aunque me señala una excepción: “Este, de Fernando Iwasaki, es un best seller auténtico”. Lo toma entre las manos y lo calibra como si contuviera monedas que se deslizasen entre las páginas. Le dejo hacer. Con la misma estudiada delicadeza, me lo pasa y leo el título: Ajuar funerario. Observo que son relatos muy cortos, de una o dos páginas como máximo. Va por la séptima edición. La presentación es impecable. Lo encabeza una ilustración de Fernando Vicente que representa un cadáver, muy condecorado y con gorro de copa, un poco ladeado en su ataúd. Se diría que está muerto pero feliz, como en una borrachera eterna. Ese es el tono de los relatos, que giran sin excepción sobre el tema de la muerte, tomada de una manera desenfadada a la par que un poco espeluznante. Una mezcla de humor y terror suave. No me extraña que haya tenido el éxito que celebra José Luis. Aunque al leerlos seguidos, uno se queda con cierta sensación de que muchos son ejercicios, al estilo de los que propone Gianni Rodari: “dada esta situación, a ver cómo lo acabas”.  Al ser tan breves, y no poder introducir muchos datos, me cuesta meterme en situación. Me resultan un poco evanescentes, como chistes. O quizá será que el humor los tiñe de ironía antes de tiempo. Es una impresión personal, claro. Desde luego están admirablemente depurados, cada palabra en su sitio, con adjetivos vitamínicos: “un hombre alto y borroso”, “una mujer de niebla”. Con frases vivas: “Odio escuchar su respiración arenosa, cómo sorbe desesperada los líquidos y el roznido que hace con las encías al masticar”. Si separamos los efectismos y lugares comunes, los finales demasiado abiertos o demasiado fáciles, el clima acaba imponiéndose. Hablan fantasmas que no saben que han muerto y niños caníbales. Los monstruos cotidianos aparecen sin máscara, con toda el alma supurante a la vista. Hay homenajes a los infiernos de Borges y a las casas encantadas de Cortázar. El autor nostalgia el Salón de los Muertos de la casa de su abuela, donde ubica el origen remoto de estos “supositorios de terror”. Y es probable que Cosas que se mueven solas, uno de los “supositorios” que más me impresionan, esté directamente vinculado a aquel lugar. También destacaría, entre otros, el del váter de gasolinera o el surrealista y bestial Dulces de convento. Cierro el libro. Suena aún la música de la librería, en su justa medida, ni adormecedora ni enervante. Supongo que el lugar influye. Para hacerles justicia a los cuentos de Ajuar funerario hay que probar a leerlos en otro ambiente, con voz cavernosa, en una noche oscura, cerca de un cementerio. / Fernando Iwasaki: Ajuar funerario. Ed. Páginas de espuma, 2004. / Libreria Tres rosas amarillas, C/ San Vicente Ferrer 34; 28004 Madrid

En otra casa



Cuando leemos un libro, le pedimos que nos cambie mientras lo estamos leyendo. Que nos saque de la rutina, que nos sumerja en otro universo diferente en el que nos purificamos por un rato. Pero hay libros que van más allá, como En otra casa, de Antonio Moreno. Libros que nos cambian. ¿Por cuánto tiempo? Depende de nosotros, pero aún más de nuestras circunstancias. En medio de una sociedad gobernada por la constante alteración, por estímulos diminutos y caprichosos, por el soniquete de los móviles, por el último mensaje de facebook, por la imperiosa y multiforme actualidad, la prosa de de Antonio Moreno nos ofrece un ritmo absolutamente distinto: el ritmo de la mirada: “Mirar las plantas detenidamente, que es como aprender a mirar y darse cuenta de que no sabíamos hacerlo”. En efecto, vemos tantas cosas al día que apenas nos dejan huella, porque las vemos el tiempo justo de verlas, casi ni las pensamos. Moreno nos asegura que su libro trata sobre la brevedad y, sin embargo, paradójicamente de la intensidad: “aplicar bien el oído es un ejercicio intenso que no puede alargarse mucho (…) No hemos sido creados para respirar la intensidad indefinidamente”. Se refiere a la intensidad de las cosas minúsculas que pasan a nuestro alrededor: el sonido que produce un caracol cuando come, una mariquita, una pared blanca, la purificación espiritual de sentarse a comer.  El autor se aplica en desplegar lo insignificante, hasta demostrarnos que nos contiene, y que hay más de nosotros en ese universo pequeño que en toda la barahúnda que nos apremia y nos sacude hasta dejarnos sin resuello. La prosa azoriniana de este alicantino de 1964, está naturalmente muy cerca de la poesía, es poesía en el mismo sentido en que reúne a la vez la mirada y la valoración de lo que ve. Porque no basta mirar: “Nos es dado ver muchas cosas, pero solo podemos conocer unas pocas”. La escritura es una herramienta de conocimiento, le sirve al escritor para saber lo que no sabía y a nosotros para apreciar lo que el escritor ha descubierto, para compartirlo. A veces, a través de lecturas que le sirven de guía, como aquellos consejos de Laertes a su hijo: “Sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con nadie”. Avanzar desde lo quieto, en el empeño de ser fiel a lo que se ve, a lo que oye en medio del silencio, ese es el camino: “Llegada cierta edad, esa es la tarea del hombre, expresar su lealtad, igual que hacen algunos animales”. No lo he dicho aún, pero se trata de fragmentos de un diario, pinceladas sueltas de lo que le va pasando a un hombre a lo largo de un año, sin fechas, sin demasiados datos. La casa de la que habla el título es la casa a la que se ha mudado por un tiempo, pero también es la casa de sus viajes y su propia casa que, como vamos deduciendo, no es otra que la escritura, que sirve de nexo a todas las mudanzas: “Miro atrás y me doy cuenta de que en ninguna casa he vivido tantos años como los que llevo reuniéndome con un idioma y un papel”. La casa de un hombre sabio. Y, ojo, que al lector puede costarle entrar, como le cuesta a la mirada acostumbrarse a una estancia que está en penumbra cuando recién llegamos del resplandor del mediodía. Los matices se van configurando lentamente, la prosa necesita tiempo para mostrarnos los perfiles: “Ahí donde no hay nada, el instante carece de término; a decir verdad, ahí se cumplen miríadas de portentos”.  Se cumplen, pero es necesario descubrirlos, señalarlos. El aire, la luz, si uno se para, son un espectáculo que deja al contemplador convertido solo en el mirar “algo, por otra parte, bastante parecido al aire”. Y la preocupación del autor es no perturbar ese espectáculo, que las palabras que lo transmiten sean tan absolutamente transparentes. “Pero suenan tanto las palabras… Suenan demasiado”, se queja Moreno. Afortunadamente, añadimos. / Antonio Moreno: En otra casa. Ed. La isla de siltolá, 2012. Levante.

Maneras de deshacerse

Si viera este título en cualquier librería, sin haber sido avisado previamente, sabría sin lugar a dudas que el libro era de Ángel Aguilar o bien de un imitador de Ángel Aguilar. Pero cuando lo veo en los estantes de Librería Popular ya sé que es suyo, por lo que no tengo que demostrar mi teoría. Constituye, además, una sorpresa venturosa. En mi fuero interno temía que Aguilar hubiese abandonado la escritura de versos normales y se hubiese especializado definitiva e irremediablemente en los haikus, con la pérdida que hubiera supuesto para los lectores de versos normales. Porque Aguilar es un poeta singular del mismo modo que es un bibliotecario singular y un ajedrecista singular. Es un ser singular. Desde El libro del agua, editado por la Diputación de Albacete hace una década, no le conocía más señales de vida como poeta que algunos escritos circunstanciales. Como haiyín en cambio sí que le hemos leído muchas cosas en lo que va de siglo. También, como autor de poemas infantiles, le leímos Qué fea es mi hermana, donde adopta la voz de una niña de seis años y juega con salero a ser Gloria Fuertes, mejorando de forma muy ostensible a Gloria Fuertes, y mezclando algún poema notable de adulto entre los juguetes. Estoy pensando en Yo veo. De modo que tenía miedo de no leer un nuevo poemario de Ángel Aguilar. Olvidaba que, desde Alas más grandes que el nido, este poeta nacido en Caudete en 1958 publica solo un poemario por década, preferentemente al principio de cada década. Maneras de deshacerse corresponde a la segunda del siglo XXI y nos muestra a un Aguilar más fiel que nunca a sus características, un poeta celebrador de la vida y del amor, que se abraza a la naturaleza y la carne hasta fundirse y desaparecer en ellas, en medio de un paroxismo liberador. Un poeta místico, al estilo de Santa Teresa, hasta en el uso de antítesis y paradojas para enfatizar su entrega. El nuevo libro continúa la línea abierta en El libro del agua, un poemario que debería ser referencia en la poesía albaceteña actual, si estas cosas existieran y le importasen a alguien aparte de los cuatro o cinco que leemos poesía por estos secarrales. No es que Maneras de deshacerse no esté a la misma altura, es que es más irregular. El libro del agua era un estanque perfecto. En Maneras de deshacerse, sobre todo en la segunda parte, Amantis religiosa, dedicada al amor, aparecen ejercicios, rimas, probaturas, poemas menores, que se intercalan con poemas que están entre los mejores del autor, sin solución de continuidad. El resultado es que distraen de la lectura, como distraen ciertas erratas que debieran haberse evitado. Es como si Aguilar hubiese renunciado a reivindicarse como poeta, como si prefiriera quitarse importancia. Y, sin embargo, contiene Serenidad, para muchos un poema emblemático, que no recuerdo que haya sido publicado antes en libro exento. Y también Dulce orilla o Derviche, poemas panteístas a la manera de Aleixandre: “siento el embudo del infinito, el abrazo de la espiral, el vertimiento loco de nuestros cuerpos…”. Y los experienciales Paseo y, sobre todo, Habitación 122, que paradójicamente ofrecen un remanso narrativo al desenfreno romántico. Como el séptimo de caballería de Míchigan, la naturaleza siempre viene a rescatar al autor y a sus lectores: “Contemplo el mar y sé / que cuando me sumerja / habrá unanimidad y pureza en cada ola / y seré absuelto”. A esta manera de hacer, continuista respecto al libro anterior, lo que no le resta mérito alguno, pertenecen poemas de la primera parte del libro, como El olvido de ti que es tu cuidado, atardecer en Vera, Los pájaros se incendian o Primavera distinta, en los que las enumeraciones descriptivas van anticipando la disolución del pensamiento y de las emociones que lo aprisionan. Amaneces y el poema de la anciana del asilo abren nuevas perspectivas temáticas: “No es la existencia quien ordena los años / en el paisaje adormecido, / sino la luz, la savia en que mojamos los ojos”. / Ángel Aguilar: Maneras de deshacerse. Ed. Que vayan ellos, 2012.

Violeta profundo


He aquí un libro del que uno ha oído hablar incluso antes de que se publique, antes de leer un solo poema. La voz se va corriendo, y el libro viene despacio. “Te va a gustar”, me aseguraban buenos lectores, buenos amigos, con esa duda en el aire en la que nos reconocemos los lectores de poesía, que sabemos que siempre hay una rendija abierta para el criterio personal, que siempre cabe que un libro que a ti te gusta no le guste a otro buen lector, aunque sea tu amigo. En todos los que se referían a Violeta profundo estaba latente esa duda, pero todos decían lo mismo: “te va a gustar”. Un libro así, cuando lo pillas, lo lees dos veces seguidas sin levantar la cabeza, temiendo que se te escape algo, temiendo que no te guste. Las dos cosas. Como en el cuento del príncipe desnudo, avanzas por los poemas deseando no ser el niño que ve al príncipe desnudo mientras todos lo ven vestido. No es el caso. Violeta profundo está escrito en el límite del abismo, en ese punto en el que se toca la noche con la parte interior de la piel, con el hueso abierto, con el tuétano. Aún diría más: está escrito con un pie ya en el abismo, empezando a separarse ya de todo: “No he querido decírtelo, pero sé que me siento / más frío al despertar, indolente y callado. / Explicarlo es sencillo. Voy perdiendo / fe en el amanecer”. Pero no es un desprenderse manso, sino que está lleno de rabia, de una rabia descontrolada en ocasiones que es uno de los grandes hallazgos del libro: “Si algo aprendí de Roth fue que la cólera / es muchas veces soberana, que / trizar de un puñetazo una vidriera / es saldar una cuenta con la propia desdicha”. En el poema primero, que se llama simplemente así, La noche, hurga en la desolación buscando el fondo más oscuro, más lejano de nuestra rutina: “En su entero negror crujen cristales / alguien patea escombro, remueve la basura / orina en la columna de hormigón / o golpea un batiente de madera. / Aunque tú no lo creas, esos actos / nos dan conocimiento”, es decir, vida. Y más adelante, en otro nocturno apasionado, Nocturno del temblor, donde se bate en duelo de palabras con la noche, la muerte o lo que sea, acaba preguntándole: “¿Quién te habrá visto así, desnuda y agitada, / caída en la desgracia de temer mi deseo?”. Desde ese borde del abismo, Fombellida se gira hacia la vida y la tantea y se abraza a un árbol como quien se agarra a una tabla salvadora, y se agarra también a referencias culturales, como estos versos shakespearianos donde se ve el monstruo de las dos espaldas: “Noche inversa, llorosa, déjanos / en la caldera curva de la piel / gozar del movimiento acompasado / que no consiente luz, ni la persigue”. O estos otros: “el mundo es un puñado de nieve y rodaduras, / una ventana ciega, un lugar sin hogar”. Y en esa situación límite, entre el abismo y las últimas lianas de la vida, siente correr por sus venas el río manriqueño: “Tengo la fea conciencia de las aguas del río / y avanzo como él, encajonado y pobre”. O más adelante: “nado dentro de mí sin darme alcance”. Versos que son icebergs flotando en el mar de los poemas, donde no es difícil destacar ocho o nueve redondos, una cantidad grande para cualquier poemario de nuestro tiempo. Ya he citado alguno. Podría referirme también a Quinta del 42, impresionante homenaje a la muerte del padre, bien completado con Matinal de domingo. O el extraño Geórgica, que me recuerda a la Pesadilla de mi paisano Sarrión. El alba del negligente, Quiet song o el versicular Háblame. Un libro de poesía diferente, incluso a los anteriores del autor. Por eso nos sorprende y nos estremece: “El mundo no sonríe si lo miras de frente”. Aunque lo mejor de todo es que Fombellida se haya quedado de este lado del abismo y lo podamos celebrar con él. / Rafael Fombellida: Violeta profundo. Ed. Renacimiento, 2012.
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Hierro y tierra


Volver a viajar en aquellos trenes en los que nunca viajamos de verdad, porque solo montamos en ellos a través de las experiencias que nos contaban nuestros mayores. O tal vez sí viajamos, pero éramos tan pequeños que no lo recordamos. Volver a pisar las calles, años antes de que las asfaltaran y ver, entre visillos, asomada, a la fantasma última del pueblo. Oír aquellas radios que parecían capaces de sintonizar con París o Nueva York y que traían peligrosos mensajes de los resistentes al régimen de Franco. Ponerse en el pellejo de artesanos que han ido perdiendo territorio: hojalatero, zapatero remendón, gente humilde de la España rural. Desamores y amores platónicos de adultos, sudor, polvo, un frío que despierta sabañones y un calor que reseca las seseras. Son experiencias que nos ofrece Manuel Picó (Albacete, 1961) en su libro Hierro y tierra, escrito con oficio de periodista y con pulso de narrador. De hecho, muchos de los relatos pertenecen a un género mestizo, entre la crónica y el cuento. Empiezan mostrando a un personaje y acaban llevándonos a la vida y los problemas de otro, aunque todo esté hilado y fluya en blanco y negro, como la foto de la portada, una boda de los años treinta en las cercanías de Casas Ibáñez. La trama siempre activa, la prosa tersa; pero sobre todo vívida la galería de los individuos que se mueven en ella. Ignoro si existieron de verdad, si formaron parte de la intrahistoria de Casas Ibáñez, porque la literatura es capaz de cualquier cosa; pero si no existieron, merecen haberlo hecho, porque están más vivos que muchos de los que figuran en el libro de registros: Manuel Bolaños, el que lo había perdido todo y vivía en un coche; el cartero Lucio, más confesor que cartero; la misteriosa mujer de la maleta maloliente; Miguel Olmedo el inmortal; el gitano que, por no tener, ni nombre tiene, pero que va siempre acompañado de una perra patihueca. Porque, esa es otra: Igual que el maestro Sánchez de la Rosa, igual que hiciera Rodrigo Rubio, Manuel Picó tiene ese tacto singular de saber colocar los mancheguismos donde hacen falta y añaden ese plus de realismo que apuntilla los detalles. Donde hay una de aquellas radios antiguas o la primera televisión, aparece también una mosca entelerida, la cachera donde se guarda el gorrino, las abarcas, espuertas, horcas, legones y demás aperos, los zarajos y el harnero. Literatura que se acerca al cine neorrealista italiano, heredera también de aquellos relatos sociales de Ignacio Aldecoa que ponían el corazón en un puño. Pero a la vez, literatura con toque periodístico, que entrelaza la prosa con el detalle casero. Y en esto me recuerda a Chaves Nogales. A veces con su punto de filosofía de almanaque, de consejos del padre que lleva en la memoria grabados el hijo: “si alguna vez piensas que lo has perdido todo, descubrirás que es mentira. Te queda lo más importante, la vida”. Me da que pensar. Creo que en ocasiones es más fácil rescatar este tiempo lejano metiéndonos en la piel de los que lo vivieron que viéndolos moverse en los documentales de la época, donde gesticulan, zombis, nuestros abuelos, sin que ayude a revivirlos la voz engolada del locutor del Nodo. A los que llegamos a entrever la época, nos la enciende de nuevo. No sé qué pasará con los nacidos después. Como bien dice Picó en uno de sus párrafos, “Ignoraba entonces que, a veces, lo que está pegado a nosotros guarda una distancia insalvable, un secreto abismo que puede hacernos caer al vacío, mientras en otras ocasiones la lejanía está al alcance de la mano”. El caso es que he disfrutado con este libro, con el que no esperaba disfrutar, lo confieso. La edición es ligeramente antipática, un poco más estrecha de lo habitual, con más erratas de las que se merece el escritor. Tampoco el título le hace justicia. No siempre el soporte está a la altura del contenido: “Desconocía entonces que para el corazón humano no existen las distancias y la proximidad solo es un estado de ánimo.” / Manuel Picó: Hierro y tierra. Ed. Eclipsados, 2011.

La vida ondulante


“El escritor de aforismos, si se descuida, puede acabar convirtiéndose en un sabio de almanaque”. Así se las gasta Ramón Eder para definirse a sí mismo, para definir el género en el que se mueve como pez en el agua. Entre la infinidad de perlas que flotan en la superficie de esta colección de perlas que es La vida ondulante, afloran de vez en cuando las que tiran piedras sobre el propio tejado del aforismo, o intentan definirlo con retranca, como esta tentativa con ritmo de samba: “Un libro de aforismos debe ser como una de esas playas de Brasil llenas de sirenas que están bien y muy bien, pero en las que hay una docena que nos acelera el pulso.” Y con el pulso acelerado, se pone uno a comentar la colección y no sabe por dónde empezar. No se puede recurrir a la estructura o al argumento, que es lo habitual. Cuando se trata de poemas, se habla de los rasgos específicos, se destacan unos poemas o unos versos. Pero qué decir cuando la propia extensión y la naturaleza del contenido son tan diversas, tan polimorfas como el agua, que se escurre entre los dedos cuando se intenta cogerla. A mí no se me ocurre otra fórmula que recurrir al instinto humano de clasificar las cosas, para no convertir el comentario en una sucesión ininterrumpida de citas que desvelarían el contenido, o parte del contenido, lo que en este caso equivaldría a adelantar quién es el asesino en una novela policiaca de las del tipo enigma. Además, le haría un pobre favor al autor, que merece que los aficionados se hagan con el libro y lo disfruten, lo saboreen, lo relean, se aprendan de memoria algunas de las perlas para recitarlas en las ocasiones apropiadas; se conviertan en definitiva en sabios de almanaque, como advierte Ramón Eder. Hay mezclados en La vida ondulante aforismos políticos, más o menos encubiertos: “Un político es un ciudadano menos”. También hay lecciones de vida: “A veces lo que más dolor nos produce es comprobar que las desgracias de las personas que queremos no nos afectan tanto como quisiéramos”. Las hay que se refieren al arte y la cultura: “Si de Séneca como maestro salió Nerón como discípulo, quizá no haya que hacerse demasiadas ilusiones sobre las virtudes de la educación”. Otro grupo de aforismos se refiere a los medios de comunicación de masas: “Cuando pasa cierto tiempo, uno se da cuenta de que todos los periódicos son amarillos”. En fin, que hay direcciones muy diferentes, que terminan convergiendo en lo que el autor ya ha anunciado en el breve prólogo, apenas un poco más largo que una máxima: que después de los moralistas franceses consolidaran el género, todos los que han venido después escribiendo aforismos han tirado de la ironía, como principal ingrediente. Y cita a Lichtenberg, Nietzsche, Jules Renard, Chesterton, Borges, Bergamín y Lec. Para no quedarse atrás, Eder estira un poco más la definición, que obliga a ser conciso y a dar en el clavo a la vez, lo que resulta imposible si uno no anda bien de entendederas: “La inteligencia, a partir de cierto grado, se vuelve inevitablemente humorística”. Así, moviéndose entre los peligros que acechan al autor de máximas: la de caer en la greguería, siempre tan socorrida, la de romperse en la pompa de jabón del ingenio sin más, la de resultar inane, y no digamos ya las de decantarse al haiku o la copla, Eder vadea la superficie las más de las veces con la solvencia de un anónimo autor de refranes, con lo que cuesta eso, impartiendo lecciones útiles, que explican la vida cotidiana y orientan sobre el mejor modo de moverse en ella. Filosofía de bolsillo, pero de largo alcance. Sin contar otros perfiles, como que muchos de los aforismos de Eder no se contentan con serlo y semejan principios de cuentos: “Tenía unas cuantas macetas en su balcón y las miraba con orgullo, como un terrateniente”. De momento, él no tiene anunciado cambiar de género. Le basta con saber que “los aforismos buenos son imperdonables”./ Ramón Eder: La vida ondulante. ed. Renacimiento. sevilla, 2012

Conjeturas y esperanza



Entrar en los lugares un segundo antes de que estén preparados para recibirnos. Por ejemplo, “carreteras secundarias, de noche, donde, por un momento, un susurro de alas pasa muy cerca en la oscuridad, seguido del tirón del silencio”. Ese es el ámbito donde se mueven los poemas de Burnside. Naturalmente se trata de un ámbito artificial, porque la realidad es la misma cuando estamos que cuando no estamos. ¿O no? Según Burnside, para acceder a esos instantes de transición hay que activar la atención y la consciencia, dos de los estados de conciencia de los que disponemos. El tercero, la distracción, es el piloto automático con el que nos perdemos en el mundo cotidiano, en la rutina nuestra de cada día. Dejarla atrás y salir a conocer lo desconocido antes de que signifique algo, de que se convierta en un símbolo, esa es su tarea de poeta: “muchas veces, el camino del conocimiento es dejar atrás lo que ya sabes, ir a otra cosa”. Y para conseguirlo el poeta escocés se embarca y nos embarca en un ritmo de caminador que va vinculando las cosas con el aleteo de los versos: “Y lo que me gustaba, / sin duda / no era mi estricta / presencia en un pliegue / de la niebla, / sino el estar ahí / como todo / está ahí / al azar / para ser modelado / por lo que no está”. En ese desfase entre el estar y el no estar, reside la sorpresa que nos ofrece Burnside. Una experiencia tan perturbadora que, cuando procediendo de ella, intentas volver a tu rutina, esta te desconoce y desconfía de ti. Se mueve cerca de poetas muy próximos a nosotros, como César Simón, pero con un matiz importante: Simón se maravillaba de ser una presencia consciente en los lugares. Burnside se maravilla de los lugares antes de que llegue su consciencia: “bajo la luna tan blanca y desprovista de propósito”.  Así cada poema es un comienzo, un despertar: “Y salía a la luz de suero del alba / para empezar de nuevo”. Lo mismo le sirven de apoyo los ratones de campo que una señal de stop cerca de Horsley, una cosecha de tarros recién etiquetados que el invierno. El caso es que donde mejor se aplica es en los territorios fronterizos de la conciencia, como ese magnífico Poema ocasional donde se mete en la piel de una niña de meses, o en los signos sutiles que distinguen unas estaciones de otras. Como suele ocurrir, el lector tarda un tiempo en atravesar el terreno cifrado que supone siempre una escritura nueva, con personalidad distinta a las que controlas. Pero una vez dentro, Burnside es una fiesta de la sugerencia. La edición ha corrido a cargo de Jordi Doce, que siempre es una garantía de buena traducción. Fue lo primero que me atrajo del libro. No había oído siquiera hablar del poeta, pero precisamente por eso me llamaba el leer a un autor inglés de mi generación, ya que John Burnside nació en la escocesa Dumferline en 1955 y solo me lleva seis años. Luego descubrí un tercer atractivo: a modo de epílogo, el editor ofrece la transcripción de una entrevista que mantuvieron en 2006 Burnside y Zagajewski, moderados por el propio Doce. Siempre me apetece escuchar lo que cuentan otros poetas cuando reflexionan sobre su tarea, especialmente por si dejan escapar algunos de sus trucos técnicos. Aunque no sea este el caso, conforta la lucidez que demuestran estos dos autores cuando por ejemplo califican al poeta como un místico imperfecto porque lo que lo caracteriza es la locuacidad, mientras que la mística es territorio del silencio. Burnside reconoce turbarse cuando alguien le felicita por un poema que escribió: “se lo dice a alguien que no soy yo. Yo ya no estoy ahí, lo que escribí, no me pertenece”. Y Zagajewski apostilla: “A menos que vuelvas a leerlo en una lectura pública y te lo apropies, lo cual es agradable”. Conjeturas y esperanza supone una vuelta de tuerca sobre el tema de la identidad, un horizonte estimulante para la poesía. / John Burnside: Conjeturas y esperanza. Editorial Pre-textos. Valencia, 2012.

La hora más peligrosa del día




A aquellos que tenemos el hábito de la escritura nos sorprende ver, cuando miramos hacia atrás, de qué modo va quedando nuestra propia biografía impresa en nuestras obras. Es una sensación que no pueden captar la mayoría de los lectores, excepto quizás los cercanísimos. Pero que a uno mismo lo asombra y lo llena de una nostalgia incómoda, la nostalgia de una intensidad reconocible, pero irrecuperable. El periodismo es el género más fiel a la experiencia, porque su exigencia temporal no permite que elaboremos el material de lo vivido en busca de efectos espurios. Lo vivido está presente, hablemos de lo que hablemos. Desde hace años, publico un artículo semanal, que rara vez reviso pasados unos días. Pero, cuando, por alguna razón, he tenido que rebuscar entre los acumulados, vuelvo a respirar el rastro de mi vida que se quedó encerrada en ellos. Por ejemplo, cuando reuní una colección en el libro Albacete, entre huellas y raíces. Con más fuerza de la que esperaba encontrar, ahí me aguardaban mis yos anteriores, del mismo modo que nos aguardan en las fotografías, por mucho que haya pasado más de una década desde que nos las sacaron. Aunque con un matiz: en las fotografías no está retratado el tiempo interior, solo lo externo. En las crónicas, incluso en las columnas literarias, aún nos palpamos, podemos reconstruir la escena, dónde tejimos las palabras, todo está entero, aunque de forma soterrada, cifrado por nosotros mismos que volvemos a sentirlo hasta los tuétanos. Por supuesto, la poesía es también biográfica, si bien mucho menos de lo que la mayoría de la gente cree. La poesía es un género que requiere la máxima intensidad. Por eso, aunque los poemas crezcan a partir de un germen de experiencia, por lo menos en mi caso, luego necesitan una elaboración muy exhaustiva, muy técnica, que los convierte en artefactos, es decir en escritos destinados a producir una determinada impresión en el lector, una emoción. El yo más profundo, el más descarnado, sigue ahí, porque al primero que tenemos que emocionar es al propio poeta, cuando nos asomamos al escrito después de haberlo olvidado, siquiera por unos instantes, previos al reconocimiento inevitable de haberlo compuesto. En cambio, lo que nunca hubiera imaginado es encontrar tan fresco, tan permanente, el rastro de la experiencia en los relatos de ficción, en los cuentos para adultos que acabo de publicar y que he tenido que rescatar y revisar minuciosamente para darlos a la luz. Estaban muy dispersos, porque soy un cuentista despacioso, intermitente, menos deliberado que en otros géneros. He seleccionado piezas de la época de los ochenta, y en ellos estaba mi casa de la calle Quevedo, mis hijos pequeños, mi rutina de madrugar y recorrer las calles desiertas para abrir la radio unos instantes antes de que amaneciera. Y, como en los sueños de la noche, cuando tratamos de interpretarlos al despertar, también están muy evidentes mis preocupaciones de entonces, alteradas por el onirismo caprichoso de la escritura. Hay cuentos de los noventa, tan influidos por los viajes al instituto de La Roda, por las clases de esquí, por los viajes de estudios a Italia, tantas películas vistas en el cine. Y hay cuentos de la primera década del siglo XXI, en donde se respiran los aires de Chinchilla, su antigüedad, sus ecos, sus alrededores. Por supuesto, estoy resumiendo mucho, y temo que a la mayoría pueda frustrarles no encontrar más evidentes estas sensaciones, y, como mucho advertirlas, volátiles, en la atmósfera de los relatos. Ya digo que se trata de experiencias cifradas en una clave que solo uno mismo, o los muy allegados, pueden descodificar; de hecho más que el autor, tan obcecado en pulir otros detalles. Baste decir que mi mujer, al releerlos, me comentaba divertida si no me daba prurito mostrarme tan como soy. Espero que sea porque compartimos claves que nadie más conoce. De todos modos, por fortuna, las hermosas e inquietantes ilustraciones de María Dolores Alfaro introducen otra realidad paralela, que desviará a los lectores hacia otras interpretaciones.  / Arturo Tendero: La hora más peligrosa del día. ed. la siesta del lobo. con ilustraciones de María Dolores Alfaro. (Se presenta el jueves 19, a las 19,30 horas, en Librería Popular)

José Luis Cebrián



Un hombre vuelve a casa, después de un día particularmente aciago, y ninguna de las rutinas cotidianas le ofrece consuelo. Lo único novedoso que revolotea en su alcoba es una polilla. Aturdido por sus tristezas, persigue de forma distraída a la mariposa, que va escapando de sus palmadas y logrando que el hombre se cebe en hostigarla. Tras unos minutos, consigue darle caza. Con el insecto en la mano, agitándose todavía, descubre que ha llevado la persecución demasiado lejos, más allá del pretil de la ventana. Que está cayendo y que, cuando lo encuentren aplastado en la calle, creerán que se arrojó abrumado por sus problemas. Es la sinopsis de Vuelo de polilla, el primer cuento que publicó José Luis Cebrián (Albacete, 1955-2012) en la revista Barcarola. Nos hicimos amigos en aquellas tertulias nocturnas de los jueves del año 80, en el hotel Los Llanos. En teoría nos reuníamos para preparar el número siguiente de la revista, pero en realidad lo terminábamos luego, contra reloj, de forma apurada, porque durante los cafés nos dedicábamos a leernos nuestros escritos, a conocer a tipos excéntricos que venían a darnos lecciones de literatura o de bohemia, no sé bien, y sobre todo a cimentar nuestra amistad. Allí nos amistamos para toda la vida con Nicasio Sanchís, Ángel Aguilar, Frutos Soriano y León Molina, entre otros. También con José Luis Cebrián, el que menos cambió del grupo. Desde el principio, José Luis ya usaba bigote, al que siempre fue fiel. Y ya tenía la cara como picada de viruela. Y se defendía de su timidez rascándose la oreja, o desahogándose el cuello de la camisa, o recolocándose las gafas en el puente de la nariz con ayuda del dedo anular, o pellizcándose el bigote. Aquellas manos temblorosas no sabían estarse quietas mientras José Luis hablaba como escribía, con un talento para el detalle que dotaba a su conversación de un envidiable toque literario. En el segundo cuento, Solo palabras, el protagonista se libraba por pelos de caer en las sórdidas mazmorras de la posguerra, después de un malentendido: el estanquero quería cargarle una ración de tabaco; y, en presencia de individuos malcarados, en un arrebato, el pobre hombre le había replicado: “no me van a meter los ideales a la fuerza”. La doble acepción de la palabra ideales le servía a José Luis para sumergirte en aquel tiempo lóbrego, de miedos, escaleras y miserias. Lo hacía con una prosa barroca, trufada de subordinaciones, que te iban acercando en espiral a los detalles, igual que los barracones de feria te pasean por sucesivos retablos del horror. Entrar en un cuento suyo era como pasar un nublo en medio de abril. Las circunstancias me alejaron de Barcarola, pero él siguió acudiendo fiel con sus historias de hombres que perdían la sombra o se enamoraban de una aparición o se asomaban a un pueblo apartado de la sierra en el peor momento, a tiempo de ser víctimas propiciatorias de un aquelarre (El invitado). Una ciudad como Albacete se compone a la vez de muchas ciudades, cada uno vive preso en sus circuitos y, aunque la amistad siga viva, puedes pasarse años sin coincidir con amigos que se mueven a muy pocos pasos, en circuitos paralelos. Basta con que un día te escapes del guión para que os reencontréis. Y en reencuentros fortuitos conseguí de José Luis algunos cuentos para mi propia revista, La siesta del lobo. Mi favorito es Días vacíos de piezas encajables, en el que una especie de Penélope aguarda el regreso de su prometido, inmigrante en Bélgica. Despechada por las habladurías, arroja al río los recuerdos que guarda de él. Un poco más tarde, el río se seca y queda al descubierto el coche de su prometido, sorprendido por la muerte cuando regresaba. Esparcidos alrededor, porque el azar es así, afloran los recuerdos de la relación. También José Luis se ha ido sin tiempo para despedirse, como un personaje más de sus cuentos. Todos creímos que empezaba a luchar contra la enfermedad que lo estaba derrotando. Al menos no ha cambiado en mis recuerdos. Lo recordaré como era. Sus cuentos siguen dispersos y volando, como aquella polilla primera.

Canción en blanco


Cuando conocí a Álvaro, escribía un artículo diario en un periódico de su Málaga natal, y le costaba trabajo compaginar esta tarea con la escritura de poesía. El artículo de prensa, aunque se trate de una columna literaria, como era su caso, necesita un apoyo en la realidad mediática, lo que en el argot se llama percha, y genera un estado mental de atención a lo que ocurre en el mundo de la actualidad, incompatible con el estar sin tiempo que requiere el poema. “El ocio es el trabajo del poeta”, nos ha repetido muchas veces nuestro maestro Paco Brines. Como es muy inteligente, Álvaro encontró la solución en una especie de mestizaje de géneros: cada vez más sus columnas tenían fragancia de poemas y sus poemas se contagiaban de la impaciencia periodística de los artículos. En medio de este proceso, sus poemas se iban alargando, desde Intemperie (1995) y Para lo que no existe (1995), dos libros magníficos, llenos de enigmas con pellizco y de emociones inteligentes, y con poemas de longitud normal para estos pagos. Cierto que en el primero de ellos ya se abandonaba en las alas del ritmo el poema llamado Carta a un escultor. Seguro que habrá influido también la inclinación de Álvaro hacia la poesía anglosajona en esta propensión a los poemas largos. No en vano ha traducido a media docena de clásicos del siglo XX en lengua inglesa, entre los que están Auden, Larkin y Atwood. A los anglosajones, sobre todo a los estadounidenses, les gusta mucho el poema río, donde importan mucho menos el principio y el final, que el clima que generan, la atmósfera en la que embarcan al lector, la hipnosis en que lo conducen por distintos estados de ánimo, en vez de por uno solo, como ocurre en los poemas que tienen una duración, llamémosle, convencional. Con Caída (2002) ya hizo una incursión más decidida en este poema de largo aliento, que luego certificó en El río de agua (2005). En ambos casos, el discurrir de los versos va y viene de un espacio concreto, como un cuarto de hotel y, sin detenerse, explora la memoria, el paisaje visible, la muerte, con una intermitencia deslumbradora: “La reinvención constante de las cosas / por el sencillo hecho de mirarlas / hace mágico lo real, real lo mágico”. En todo el proceso, mientras escribía sus poemas y sus artículos, no ha dejado de reflexionar sobre el fenómeno de la escritura. Fruto de esta investigación nació el ensayo Poesía sin estatua (2005), donde Álvaro ahondaba en la idea de que no es lo mismo vivencia que experiencia, que no basta el relato de una experiencia para que surja poesía y que para transformar vivencia en experiencia poética hacen falta varios ingredientes, entre los que no puede faltar el tiempo transcurrido entre una y otra. Ahora, más fiel que nunca a su estilo, Álvaro García viene de ganar el premio Loewe con Canción en blanco, un largo y compartido poema de amor, entre otras cosas, escrito desde una habitación de hotel cercada por la lluvia: “La memoria no cabe en una página, / pero cabe de pronto en esta noche…” Ya desde los primeros versos, anuncia su abandono en ese ritmo que se ha convertido en su vehículo poético, en su forma de decir poesía: “Solo puedo decirlo con la canción en blanco, / imágenes que se unen al decirlas / como las líneas de la carretera / se vuelven línea entera en la velocidad”. Y como siempre, entre los versos que inevitablemente han de funcionar como nexos para que no se pierda el hilo, van apareciendo esas perlas de lucidez que personalizan e iluminan a tramos la dicción lírica de Álvaro García: “Con la cara en tu vientre / imagino la tierra al sol del tiempo, / sus siglos de la luz de la edad única”. Versos de una profundidad que abarca al mismo tiempo el tuétano del pensamiento y el hilo de la emoción. Versos que certifican una noche de amor y un libro: “Puede que un día estemos juntos / en el olvido uno del otro”. ÁLVARO GARCÍA:  Canción en blanco. Ed. Visor (2012).

Hombre en la niebla



 La escritura empieza a ser una ocupación pasada de moda, o al menos eso sientes mientras escribes sin parar porque no conoces otra manera de andar y de estar solo. Porque te ahogas cuando no escribes, del mismo modo que te ahogarías si no respirases. Pero cuando levantas la cabeza, te aseguran que todos los libros que has ido juntando, con la paciencia con que sumas un día sobre otro, no valen nada, aunque muchos lleven la firma y la dedicatoria de amigos que te parecen eternos, inalcanzables. Solo valen el peso del papel, te dicen. Y aun así sigues leyendo y escribiendo, porque eso es lo que tú eres. Aunque comprendes, porque es lógico, que los libros de papel suponen un gasto insostenible para la naturaleza, un gasto de árboles y plantas, cada vez más escasos. En tanto que los libros electrónicos pululan cada vez con más naturalidad a tu alrededor, y con ellos el pirateo, que va convirtiendo en ilógico que hagas esfuerzos por crear escritos que enseguida dejarán de ser tuyos. Pero tú sigues, y cuelgas las cosas en internet para que, como si fueran un periscopio, miren por ti más allá de la realidad en la que vives. Hasta que un día, alguien responde desde el otro lado. Alguien que te ha leído, que con humildad te demuestra que tu manera de estar solo sirve para alguien, y por tanto para algo. Y ese interlocutor desconocido, que asoma al otro lado de los electrones, y que podría ser una invención tuya, si no fuera porque no te atreves a inventar esas cosas, resulta que encima escribe también. Pero es tan humilde que tarda años y muchos intercambios de correos electrónicos en dejarte unos versos. Te parecen muy buenos para su edad. Porque el interlocutor es joven. Y es una doble alegría saber que alguien más joven comparte tu forma de estar solo, de respirar para no ahogarse. Cerca tienes otros amigos también jóvenes y que también escriben, pero esta confirmación los valida aún más, como si la cercanía de gente de carne y hueso no fuera suficiente. Y el lejano interlocutor escribe bien, pero vive hundido en una ciudad levantina y no logra publicar, no lo conoce nadie. Le animas, compartes sus anhelos, los entiendes, te parecen injusto que no salga a la luz. Debe de haber muchos escritores anónimos magníficos que no consiguen abrirse camino. Está a punto de arrojar la toalla, pero le animas, porque te parecería una pérdida para los que aman, como tú, la lectura, que su libro se perdiera. Y de pronto, se produce lo inesperado: Jesús Bernal gana el Adonáis, con el libro que tú ya habías leído y comentado. Es como si aflorara un pedazo de realidad sumergida que tú conocías desde la raíz. Y, por supuesto, no has hecho nada, solo estar, ya que la poesía de Bernal se ha abierto camino por sí sola. Pero aun así sientes que tu naturaleza de escritor se reafirma, que la llama de la resistencia de la literatura sigue encendida. Y lees el libro y te parece aún mejor que cuando lo leíste mecanoscrito. El agua del manantial donde bebe es más vívida, la pecera que deforma la realidad que refleja es más crítica con esa realidad, la casa de su infancia más parecida a tu recuerdo, la Ropa sin uso de su familiar muerto te impresiona porque podría ser la de tu propio padre. Y encima es sedentario, como tú: «Y me duele admitir que cada día / me cuesta más trabajo imaginarme / lejos de estas montañas.» Y consigue que el atardecer sea la flor de la ceniza y que una gota de lluvia simbolice en un instante la vida y la muerte. Te sientes otra vez unido a un premio como el Adonáis, que había ido languideciendo muchos años, hasta que lo ganó tu amigo Rubén Martín y ahora Jesús Bernal. Y necesitas recomendar a quienes aman la poesía este libro, con poemas como Esa canción, el más irracional en apariencia de un poeta muy consciente, fluido y minucioso, cuyos influjos (Cabrera, Simón) se perciben a través de una voz propia. Jesús Bernal: Hombre en la niebla. Ed. Rialp