Dos callados de película


El protagonista de Drive es un tipo que antes de hablar, aunque le hayan preguntado y la respuesta nos la sepamos, se lo piensa siete veces. A veces te dan ganas de adelantarte a contestar por él. Smiley, el protagonista de El Topo, se demora tanto o más para decir esta boca es mía. Sobre ambos personajes pivota la acción de las películas en las que intervienen. Ambos observan mucho más que hablan. Ambos se habían movido dentro de una novela antes de encarnarse en celuloide. Pero ahí acaban todos los parecidos. Aunque la dirija un danés (Nicolas Winding), Drive es una película hollywoodiense, vibrante, sin más espacios para respirar que los que invierte el protagonista en encontrar las palabras cada vez que tiene que abrir la boca. Por su parte, El topo es una película europea (coproducción Reino Unido, Francia y Alemania), llena de tiempos muertos que se cubren con ambientación y decorados. No debería decirlo de forma tan rotunda, pero a mí se me antoja que El topo entera es un tiempo muerto pastoso por el que la trama transcurre empegostada. No debería decirlo porque el otro día nos la aconsejó Antonio Muñoz Molina, y yo aprecio mucho la opinión de Muñoz Molina, cuyo estilo tiene, por cierto, la misma morosidad del filme, pero mucho más lubricada. En su artículo mencionaba lo aleccionador que había sido para él la lectura de las novelas de la primera época de John Le Carré, hasta que el escritor inglés se empeñó en imprimir a su prosa empaque literario, en vez de contentarse con las atmósferas y las tramas con las que había embelesado a sus lectores hasta convertirlos en incondicionales. Al leer a Muñoz Molina, comprendí por qué me había resultado tan pesado Le Carré, la única vez que intenté leerlo. Había llegado tarde: la novela en la que le hice la cata pertenecía ya a la segunda época, la que tampoco le gustaba a Muñoz Molina. Y aunque había intentado varias veces hincarle el diente al libraco, terminé desistiendo, con la frustración de no poder disfrutar de lo que otros recordaban con deleite. Le Carré es un bluf publicitario, me dije, para consolarme. El tocho, de color azul claro (me parece), siguió rondando por los estantes de mi librería durante un tiempo. Como son limitados, al final desapareció para dejar espacio a otros libros que me interesaban más. Por eso, en cuanto he podido, me he acercado a ver la película El topo, para reconciliarme con Le Carré y su personaje emblemático. Mientras mi mujer bostezaba en la butaca de al lado, mantuve con firmeza que me estaba gustando. Qué remedio: había insistido en que la viéramos. Ahora, en frío, tengo otra impresión, a pesar de que valoro el esfuerzo del director artístico y la estimable interpretación de los actores. No sé si será porque el propio novelista hace de productor, el caso es que la peli se muere en los flashback. Tampoco he leído a James Sallis, el novelista de Drive. Mi amigo Karmelo Iribarren me lo había recomendado hace un par de años, con la gravedad con que Karmelo da los consejos: ese es el que más me gusta. Y lo estuve buscando, pero no fui capaz de dar con un título que no estuviera descatalogado. Como hay tanto que leer, tampoco insistí más. Ya me toparía con él algún día futuro. Y en efecto: hace poco encontré su foto en el periódico, calvo, con barba canosa finísima y sonriente, posando para una entrevista en la promoción de Drive en España. Cuenta que decidió hacerse escritor de novela negra después de leer a Chandler, a Hammett y a Chester Himes (y quién no). Del último, además, escribió la biografía. Tengo que volver a Sallis. Aunque la película, claro, no tenga nada que ver: literatura y cine son cosas distintas. Lo del director es meritorio: logra involucrarte en la acción sin muchas secuencias trepidantes y que la historia de un conductor no esté llena de persecuciones. Solo un pero: que abusa de la sangre. Y que al protagonista hay que arrancarle con sacacorchos las palabras. Pero esa es una constante del género.
                                                                                          

Deslocalizados


Efectivamente, los Reyes Magos venían de Oriente, eran chinos, y están comprando el mundo. Además de los bancos, están comprando la deuda española, para que podamos seguir importando sus productos como hasta ahora, por un valor siete veces mayor de lo que nosotros les exportamos. Por supuesto, tampoco ellos han dejado junto al belén el regalo que más nos hubiera interesado recibir: sentido común. Nunca hemos estado más lejos de que nos gobierne el menos común de los sentidos. El pelo blanco de Barreda y su ronquera siguen pululando por las televisiones, se le oye expresarse como si fuera una persona respetable y se le oye dar consejos y apoyar propuestas partidistas, después de haber dejado la comunidad hecha un erial con sus delirios de grandeza, sus aeropuertos inútiles, la caja de ahorros malbaratada y transformada en un banco puro y duro, sus Aves que han reducido el número de trenes y han alejado el servicio de los ciudadanos a costa de aumentar los precios, y sus autovías que en vez de acercar las capitales de Castilla-La Mancha han hecho el milagro de dispersarlas más todavía. Uno de los grandes problemas de nuestra democracia, uno de tantos, es que no se pueda condenar a los gestores nefastos, si ya no a la cárcel, al menos a la prohibición de salir en los medios, en cualquier medio, para salvaguardar la alegría de los contribuyentes. Como ya esperábamos, la Cospedal no va a solucionar ningún problema. Colecciona sueldos en plena crisis, eso sí, y ni siquiera se digna recortarse alguno. Ya ni siquiera pide solidaridad: corta y recorta con la saña de quien tiene un juguete nuevo y puede usarlo a su antojo, sin ninguna limitación. Teníamos la esperanza de que se fuera de ministra, porque así igual le dejaba el hueco a otro que tuviera un poco más de sentido social. Pero Rajoy la ha dejado donde estaba. Por algo será. Sus sueldos son intocables, pero también parece que lo sean otros gastos que se antojan superfluos, si uno lo piensa un poco, como esas televisiones autonómicas por las que se desangra nuestra economía. También intocables. Los economistas de verdad, no el coro de palmeros en los que fundamentan su juego de guillotina, están cansados de decir que el gran problema de la economía real es que la están agostando, que cada vez hay menos dinero en circulación, la gente compra menos y tienen que cerrar por asfixia los comercios y las fábricas. Y que eso no se soluciona con recortes. Para revitalizar la economía, la medicina es exactamente la contraria: hace falta invertir, ofertar trabajos, que al principio tienen que ser públicos, subir los sueldos, que la gente vuelva a tener dinero para gastar en el mercado interior. Y hay que pagar las deudas de la administración, que tiene un montón de pobres deudores a punto de echar el cierre, y tiene, por ejemplo, a los institutos, sin un chavo, con la tercera parte de lo que necesitan para sobrevivir. Ese dinero solo puede venir de los impuestos, pero no tanto de las nóminas, que ya sostienen el 85 por ciento del IRPF, según revelaron en noviembre los inspectores de Hacienda, sino de esa gran bolsa de fraude y de economía sumergida que existe en España. Baste señalar, lo hicieron los inspectores, que el dinero que los inmigrantes envían a sus países aumentó con respecto a años anteriores, lo que quiere decir que se sigue produciendo dinero. El problema es que no da la cara, no contribuye, no es solidario con la sociedad. Como la señora Cospedal. Una de las cosas que hizo nada más llegar nuestra presidenta autonómica fue cambiar el nombre de los delegados de las consejerías. Ahora se llaman coordinadores, y tienen una categoría más, con lo que cobran más que los que les precedieron. Menudo cambio hacia la austeridad. Otro avance es que ya no están al frente de las delegaciones provinciales, sino de los servicios periféricos. Hemos pasado de tener delegaciones a estar en la periferia. En la periferia de Toledo, aunque nuestros presidentes autonómicos prefieran vivir en Madrid, sucursal de la capital castellano-manchega, que pronto será periferia de Pekín.

El brillo de los días


«Albacete, una ciudad a punto de estallar». Es el mantra que repetía una y otra vez en su programa de radio Juan Ángel Fernández. Hablamos de la década de los 80, y esta coletilla sonaba más como un acabracadabra, como un deseo ferviente de que así sucediera, que como un eslogan publicitario. Lo cuenta con mucha agudeza Juan Carlos Gea en el prólogo al libro en el que aquel locutor entusiasta acaba de demostrar que su ensalmo funcionó. Que ha florecido una provincia que hasta 1979 fue poco menos que un erial en asuntos culturales, un ombligo paleto sin apenas proyección. El brillo de los días. La cultura albaceteña del siglo XXI es un libro de entrevistas a lo que el prologuista llama «un catálogo de activistas del arte». Veinticinco creadores que cubren desde la música al teatro, pasando por la literatura, las artes plásticas y el cine. Y si los entrevistados son activistas, el compilador es un dinamizador y un catalizador necesario en este trabajo en equipo en el que son todos los que están, pero no caben ni de lejos todos los que son. Ya lo dijo el mismo autor en la presentación del libro: «estos son mis personajes», subrayando el «mis» y añadiendo que algunos más que tenía preparados se le quedaron fuera. Independientemente de sus legítimas preferencias y de las limitaciones de espacio, el libro nos ofrece varios niveles de lectura. Para empezar, qué piensan los artistas de la tierra que les vincula. No tanto de la ciudad, como de la provincia de Albacete, ya que hay nacidos en La Roda, Casas Ibáñez, incluso algún oriundo de Valencia o algún recriado en Chinchilla. El mismo Miguel Barnés acaba de fallecer en Almansa. Albacete ya no es aquel pueblo perdido, sino, como cualquier ciudad de mediano tamaño, una suma de pueblos que se superponen y en los que los creadores pueden tanto mezclarse y sumar sus proyectos como conocerse solo de oídas o ni siquiera eso. Lo mejor es que ninguno se arrepiente de ser de donde es, lo que ya es mucho. Al contrario, los humoristas nos han hecho el trabajo sucio y por ahí fuera ser de Albacete constituye un «salvoconducto de complicidad». En lo que están de acuerdo el propio Gea, Eloy M. Cebrián y Joaquín Reyes es en que los manchegos somos secos, pero luego tenemos retranca, una bordería hipercrítica que no produce un humor expansivo, aunque está llena de matices. Por eso mismo, parece que no alardeamos de ser albaceteños, sino que más bien mantenemos un sano desapego por nuestro lugar de origen. De todos modos, para realizarse todos han tenido que cultivar sus contactos con círculos influyentes más o menos lejanos, en los foros donde se cuecen las habas, porque una cosa es el talento y otra cosa es la presencia. Ya se puede ser el mejor de los artistas, que si no te conocen, no existes. Vamos que las redes sociales, y no me refiero a las de internet, son imprescindibles, como indica Marta Torres en su entrevista. Otra cosa es que se vuelva al punto de origen para retomar energías y para volver a empezar, como hacía el malogrado Barnés, un pintor viajero, que ha entregado a Juan Ángel Fernández su canto del cisne en declaraciones llenas de criterio y valentía: «Los políticos son el enemigo número uno del arte (…) El principal sentido de la pintura es ir en contra». Su colega Fernando López abunda en esta opinión y añade que «esta sociedad es muy superficial, se ha perdido mucha reflexión (…) y si hay una solución a este problema, creo que hay que buscarla en la basura». Se puede comprobar que los creadores lo son sobre todo porque piensan, aunque además absorban todo lo que se mueve a su alrededor para regurgitarlo como obra de arte; puede verse, por ejemplo, en la dramaturga Rosa Díaz o en el cineasta Hernán Talavera. Así, además de engordar nuestro albaceteñismo, aprenderemos lo qué es el Mu-i, una revista ensamblada, la infografía o la Música Antigua, entre otras cosas. / Juan Ángel Fernández: El brillo de los días. Libros del sur.

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El paso del tiempo como sensación


Con el tiempo pasa como con la velocidad. Uno no se da cuenta de que estamos lanzados hasta que no nos asomamos por la ventanilla del tren o del avión. Entonces los postes de la luz, las señales, los árboles, las montañas, incluso las nubes y la luna, nos sirven de referencia para entender que nuestra posición está cambiando muy deprisa. Sin esas referencias, la velocidad tal vez nos pasaría inadvertida. También la percepción del paso del tiempo requiere ventanillas. Los hitos que nos ayudan a tomar conciencia de su discurrir son las fechas señaladas del año: las fiestas y la feria, los cumpleaños y sobre todo la Navidad. Los trescientos cincuenta días restantes los vivimos con la cabeza amagada en asuntos cotidianos, absorbentes, todos los cuales se desarrollan en la cabina del tren, a dos palmos de nuestras narices. Sin referencias, parece que el tiempo no transcurre. De pronto, alguien tararea un villancico o nos fijamos en las guirnaldas iluminadas que cubren las calles o el turrón que llevamos viendo dos meses en el supermercado súbitamente cobra vida. Ese momento equivale a asomarse por la ventanilla del tren que nos lleva río abajo en los relojes de nuestras células. Entonces nos abruman las ausencias, porque vivir es ir perdiendo cosas, gente sobre todo, compañías que en su momento parecían eternas y que a su modo lo son, con esa fugacidad que sigue alumbrando, aunque sea unos segundos, el resto de los años, cuando se cumple la fecha en que de nuevo la cerilla del recuerdo la enciende para nosotros. Escribió Jorge Manrique que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y le corrigió Dámaso Alonso: no es que fuera mejor, en realidad nos parece mejor cuando lo recordamos. La nostalgia está compuesta por esa densidad de lo perdido, que cada año se enmaraña un poco más, y que duele y produce a la vez un placer incomprensible. Lo que sí puede hacer la literatura es catalizar esa nostalgia. Estoy leyendo cuentos de Alice Munro, una escritora canadiense de la que había oído hablar con devoción a escritores de los que me fio, como Muñoz Molina o Pisón. Cuando varias personas distintas coinciden sin haberse puesto de acuerdo previamente, sabes que no te vas a equivocar. En el laberinto de las novedades, uno necesita guías para no dar palos de ciego. Rocío, de Librería Popular, estuvo rebuscando y puso ante mí tres libros de la autora. Me decanté por el más antiguo, una colección de cuentos titulada Secretos a voces. Alice Munro tiene un enfoque femenino de las cosas, observa los gestos y las conversaciones desde el punto de vista de la emoción. Pero sobre todo tiene un modo muy personal de estructurar las historias. Viajas con ella en el tiempo, de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante, sin sacar la cabeza del compartimiento de lo cotidiano. De pronto, abre una ventana, y sientes que el tiempo, que parecía detenido, atraviesa a los personajes y te atraviesa a ti, dejándote transido, como si hubiera entrado una ráfaga gélida de viento. Es una habilidad que tienen unos pocos autores. Que yo recuerde ahora mismo, en poesía, Eloy Sánchez Rosillo. Los cuentos de Alice Munro empiezan a veces con unos personajes y terminan con otros, porque lo que importa en ellos no es lo que hacen los personajes, sino la vida que los enlaza a todos ellos, también al lector. Una vida que no se para en la anécdota, que transcurre hasta el final, hasta más allá de que han muerto casi todos y solo queda una testigo de aquello, o ninguna, y todo son ya sombras, ecos. Estaba inmerso en ellos cuando me ha llamado Pepe Sánchez de la Rosa, y su voz y su amistad han agitado sin saberlo otras pavesas que estaban dormidas, y toda la hoguera de mis padres ha crepitado durante unos segundos, con llamas poderosas, agitadas. Como hubiera dicho Munro: «Mis puntos de referencia se encontraban en peligro, nada más». Cierro la ventanilla hasta esta noche. Sin tener que asomarme, ya sé dónde estoy y a qué velocidad viajo. / Alice Munro: Secretos a voces. RBA, 2010.

Buen año de versos


Igual que se dice que «a mal tiempo, buena cara», hay mucha gente convencida de que los buenos poemas brotan desde el dolor, la angustia y la tristeza. Nunca de la felicidad, que es para vivirla, dicen. Y, quizá para darles la razón a los que así piensan, el año que se acaba, lleno de crisis, de paro y de recortes, ha tenido en Albacete una agitación lírica extraordinaria. No hemos ganado el Cervantes ni logrado hitos sublimes, pero 2.011 ha sido un no parar, y eso es bueno siempre. Para empezar, Andrés García Cerdán obtuvo el premio Barcarola, con Cármina, un libro que verá la luz muy pronto. Es el primer poeta local que gana este premio sin tener que compartirlo ex aequo con un vate foráneo, como les ocurrió a Javier Lorenzo y a Mercedes Díaz Villarías, lo que ya es un paso estimulante. Antes Ángel Aguilar había presentado su poemario Qué fea es mi hermana, escrito desde la piel de una princesa destronada de seis años que sublima la pelusilla poniendo verde a la intrusa de su hermana con una mezcla de odio y de ternura. Contiene poemas como Yo veo, que están entre lo mejor de su autor, y no solo para niños, lo que ya es decir. También este año Luis Martínez Falero se trajo para Albacete el premio Juan Ramón Jiménez con su libro Fundido en blanco, donde nos habla de la luz, de la palabra y la muerte, y se mueve en el borde de lo inefable con el pulso de un maestro: “O deja que el silencio se adueñe de la casa / para buscar la voz de los ausentes, / la blanca cercanía de lo que ya no existe”. Otro que no para de ganar premios es Manuel Laespada Vizcaíno, nuestro paisano afincado en Manzanares, que ha visto aumentada su obra por lo menos con dos nuevos poemarios, que yo sepa. También está imparable Juan Lorenzo Collado, que ganó el “Ciudad de Jumilla” con Luces de neón. Y no muy lejos anda Alfonso Ponce, cuyo libro premiado disfrutaremos enseguida. El articulista y mecenas de la cultura local Isidoro Ballesteros también está en plena forma y ha sacado a la luz otro poemario. Por su parte, Ricardo Fernández nos trae desde Zaragoza, donde vive, la mejor de sus obras hasta la fecha. Pero cuando ya el año ha terminado de estallar ha sido después de la Feria. No hablemos de las Jornadas “5 Poetas en Otoño”, organizadas por la Facultad de Humanidades y el grupo La Confitería, que ha vivido uno de sus ciclos más completos. Hablemos de Fractal, una asociación formada por cinco jóvenes poetas, Andrés García Cerdán, Rubén Martín, Lucía Plaza, Matías Clemente y David Sarrión, que durante una semana llenó la ciudad de actos en los que la poesía se mezclaba con otras artes y consigo misma, en festiva y juvenil algazara. Para el recuerdo dejan una antología de casi medio centenar de autores, llamada El llano en llamas. Por cierto, que una de las antologadas, Gracia Aguilar, para despejar sospechas de que es la princesa destronada del libro Qué fea es mi hermana, escrito por su padre, le dedica un hermoso poema a su hermana Clara. En el otro extremo de las edades, se le rindió homenaje a Ramón Bello Bañón, que sigue en plena actividad, lleno de lucidez, más allá de los ochenta. Poetas amigos se arracimaron en torno suyo para leer sus versos. Bello se ha prodigado poco en libro. Desde el año 96, cuando salió Los caminos del día, no ha vuelto a dar poemas a la imprenta, que yo sepa, y eso que tiene más de cien inéditos. En el mismo ayuntamiento, para ponerle broche al año, Joaquín Belmonte tomó la alternativa de su padre Ismael en un libro titulado Hasta donde la vista alcanza (no podía ser menos). Contiene un regalo inesperado: un soneto inédito de Ismael Belmonte, encontrado en una servilleta, que no tiene que envidiarle a nada de lo que le conocimos en vida. Y seguro que se me han escapado cosas. Que me perdonen los omitidos. No son recortes, es que no llego a más.

Poetas yanquis


¿Quién dijo que los libros no hablan? Y hasta llaman. En una de mis visitas a Librería Popular, sentí la voz de un volumen grueso, de más de ochocientas páginas. Lo miré de reojo. Era blanco con una extraña torre en la portada, que recuerda un ideograma chino. Su autor, el crítico Harold Bloom, que se hizo famoso hace unos años por resumir lo que para él era lo mejor de la literatura occidental, el canon. Ahora nos sirve una antología de poetas yanquis, el libro que me estaba llamando. Soy de los que piensan que la poesía es intraducible, si exceptuamos la de Shakespeare, que tiene tanta fuerza que rebosa en cualquier versión que se le haga, por muy manta que sea el que la perpetra. Yo mismo lo intenté una vez con El mercader de Venecia. Si aún no me han juzgado por ello es porque me ayudaron los componentes del grupo Cómicos y porque Shakespeare es muy sufrido y no se queja. He mantenido y hasta proclamado que las traducciones de poesía tienen como única utilidad servir a los poetas para entrenarse remendando los destrozos del traductor. Está claro que se trata de una fanfarronada. Por muy buenos poetas que haya en España, y los hay, nadie con dos dedos de frente puede sostener que no los hay tan buenos o mejores allende nuestras fronteras, incluso dentro del territorio del castellano, del que somos solo una gota de agua en medio de un vasto océano. Por eso me llamaba el libro, porque tengo una asignatura pendiente con la poesía yanqui. De modo que me llevé el tocho a casa, dispuesto a limar mis carencias. Lo primero que supe es que Bloom no es el autor, solo el que bendice. La recopilación es de Jeannette L. Clariond, traductora y anotadora del libro. Enseguida, la propia Clariond nos advierte de que no es una antología al uso, sino que se ciñe solo a un perfil, el de los poetas que han seguido la estela de Wallace Stevens. Bloom los va introduciendo uno por uno con unas cuantas pinceladas. Además muchos son conocidos, incluso los había leído en poemas sueltos. Enseguida mi vida se agitó y tuve que enfrentarme al libro como la carpa que nada contra corriente. ¿Qué tengo que ver yo, que soy de secano y vivo en un pueblo pequeño, con la vasta extensión en donde escribe esa gente?, me decía a todas horas. Como son discípulos de Stevens, pero también, inevitablemente, de Walt Whitman, la mayor parte de los poemas son largos, muchos larguísimos, algunos interminables. Las pinceladas de Bloom me parecían brochazos. Lo retomaba algunas noches antes de dormir y se me antojaba poesía abstracta de la que hay que leer poniéndose bizco. Como de un poeta a otro cambiaba el estilo, no podía leer a dos seguidos. A unos intentaba abarcarlos en inglés, otros no se dejaban. En fin, que apuré el libro porque soy más pesado que ellos, pero tardé una eternidad. Sin embargo, como antes de abandonar un volumen en la estantería, reviso mis anotaciones, me llevé una sorpresa enorme: había tomado notas de casi todos los autores. El esfuerzo de lectura había sido en realidad un esfuerzo de adaptación: al ritmo, a la forma de decir de cada poeta. Está claro que el lector tiene que acompasar su lectura con la exigencia del texto. A veces cuesta. En poesía más; aunque, no siempre tanto como me ha costado a mí con los yanquis. Ahora tendré que volver a ellos porque, a diferencia de la prosa, la poesía, o es para releer, o no es poesía ni cosa que se le parezca. Se empieza por no entender nada y se acaba disfrutando. Es como la Novena de Beethoven, que viene desde el caos y acaba absorbiéndote. «La posibilidad del orden como la suma del desorden», un verso de uno de los poemas que más me gustan, Ensenada Corsons, de A.R. Ammons, que sirve para resumir la sensación. Ea, que algo tendrán los yanquis, cuando los bendicen. A mí me han colonizado la emoción. / Harold Bloom: La escuela de Wallace Stevens. Editorial Vaso Roto.

Dónde estará la fuente


La fuente era de jaspe de Novelda, rosa y gris. Ocupaba el centro de la plaza de Chinchilla. Y la gente le tenía cariño. O a lo mejor ha ido ganándole cariño conforme se aleja en la memoria. En aquel tiempo había que guardar cola para recoger el agua en cántaros y botijos y acarrearla a casa, tareas que resultarían fastidiosas a las mujeres, que eran las que se encargaban. Entre el año 1964 y el 66, se efectuaron obras para mejorar la conducción de agua corriente en la ciudad y el pavimento de la plaza, que entonces se llamaba de José Antonio. También retiraron la fuente. No consta con qué intenciones. Tal vez para despejar el espacio, para que no obstaculizara el discurrir de los vehículos, que entonces representaban el no va más de la modernidad y que hoy constituyen una auténtica plaga invasora. Desprovista de aquel centro neurálgico y simbólico, la plaza está como perdida. La gente del pueblo le tenía ley a la fuente. El ayuntamiento, en un pleno celebrado el 14 de diciembre del 65 no dejaba lugar a dudas. En uno de los puntos del orden del día acordó pedir a la Dirección General de Arquitectura que le entregase la fuente al pueblo después de retirarla y, de paso, también los pilares de hierro de la lonja, entonces sustituidos por los actuales de madera. Imagino que, como suele ocurrir, no tenían todavía pensado qué hacer con estos elementos y que, mientras se lo pensaban, querían impedir que desapareciesen. La Dirección General de Arquitectura fue magnánima y accedió. Fulgencio Calera, que trabajó en las obras con su camión Barreiros Saeta recién estrenado, recuerda que cargó las piezas de la fuente desmontada y las vació en una escombrera situada al final de la calle de la Fuente. No recuerda más. Se pregunta qué fue de ellas. La mayoría de la gente con la que hemos hablado, también. Samuel, el del bazar, comenta que vio los poyetes redondos grises, que sirvieron de asiento a la juventud ociosa, esparcidos en las explanadas que rodeaban el colegio. Ramón Mascarica dice que no, que eran fragmentos del templete de la Placeta del Circo, también desmontado. Durante mucho tiempo esos terrenos fueron bancales de cultivo. Hoy están urbanizados. Sobre ellos crecen calles y aceras, incluso el Centro de Salud. Hay que ver cómo se mueve la ciudad y cómo desorienta, qué deprisa se olvidan cosas que el día anterior está viendo todo el mundo. O creyendo que las ve, pues la rutina desdibuja lo evidente. Miramos, pero no vemos lo que está en nuestras narices. Cuarenta y seis años después, es como si la fuente se la hubiera tragado la tierra. Tampoco es tan raro si pensamos lo que está costando encontrar los restos de Federico García Lorca, con tanta gente investigando a la vez. Es como si la misma tierra se entretuviese en cambiar de sitio las cosas. La gente, sin embargo, no olvida la Fuente de la plaza. La Asociación Antigua Tradición, la misma que ha devuelto la costumbre de sacar los Miércoles el día de la ceniza, encargó a los belenistas que construyeran una réplica de la Fuente a tamaño natural. Se hizo, aunque con materiales menos nobles y menos resistentes que el mármol. Guardada está. Cuando Ángel Huedo, administrativo del Ayuntamiento, se entera de mis indagaciones, emerge muy grave detrás de los papeles que se acumulan sobre su mesa. “Yo sé dónde está la fuente”, sentencia; “¿quieres saberlo”. Asiento, por supuesto. Camina hacia una de las ventanas que se asoman al Cerro de San Cristóbal, el de la Antena. Abre y me señala el parque de la calle de la Fuente, el que crece sobre la escombrera donde Fulgencio Cabrera descargó las piezas con su camión. “Debajo de ese parque”, dice Huedo. “Algún poyete se ve en alguna casa de los alrededores, pero la mayor parte de la fuente sigue allí, donde la tiraron, entre las raíces de los árboles”. Otro día lo comento con Ramón Mascarica, que vive por la zona. Lo niega muy tajante. “Pos qué va esta la fuente ahí; algún trozo puede haber, pero no más.”

Desde el lado invisible


Somos más, pero no se nos ve. Es extraño encontrarse en las manifestaciones a la vera de amigos de la infancia y de la adolescencia de quienes nos habían alejado los vericuetos de la rutina. “¿Qué haces tú aquí?” “Ya ves”. Después de tanto, nos reencontramos en el mismo equipo, el de los que consideramos que se pueden gestionar de un modo muy distinto las cosas de todos, para que sigan siendo de todos. Vestidos de verde o de rojo, o de lo que toque ese día, caminamos un rato, lanzamos algunas proclamas, abarrotamos las arterias céntricas hasta que no cabe un alfiler: la calle Ancha de punta a punta, el Paseo de la Libertad, la plaza de la Constitución o la Avenida de la Estación frente al edificio de Educación. Es estimulante. Algún amigo dice: “estas marchas me rejuvenecen, me recuerdan los tiempos en que corríamos delante de los grises; entonces había que venir en zapatillas”. Otro las llama irónicamente procesiones. Y algo tienen de procesiones laicas, en rogativa porque vuelva a nuestro secano la lluvia del sentido común. Al día siguiente, sin embargo, comprobaremos en la prensa y en los otros medios que no estábamos donde creíamos estar. Que esa multitud abrigadora con la que caminábamos del brazo no era tal, sino, en todo caso, un grupúsculo de radicales. En algún medio ni siquiera se hacen eco de la cifra que ofrecen los organizadores; reproducen en primera plana, sin más, el magro contaje que han hecho los responsables de la administración, que nos miran con gafas reductoras lógicamente. Como si no existiéramos ni para contarnos. Nos pellizcamos, nos manoseamos los tendones a ver si hemos atravesado el espejo sin darnos cuenta, pero nuestra materia sigue intacta. Lo que es virtual es la desaparición. Pero a ver a quién se lo cuentas, si no ha estado allí y no lo ha visto como tú. Por eso no puede sorprendernos que el día de ir a votar nuestros votos tampoco pesen en las urnas. No quiero decir que desaparezcan virtualmente. Es otro el fenómeno, que ya detectábamos durante las procesiones: “¿Tú a quién vas a votar?” “Yo a Equo”. “Andá, pues yo a Izquierda Unida”. “Yo al Psoe”. “¿A quién has dicho”. “Hombre, ya sabemos que son de derechas, pero hay que contrarrestar el voto del PP”. “Yo me abstendré”. “Yo votaré a San Nicolás bendito, que es el santo que me toca en esta ocasión; en las anteriores voté a San Supermán”. Y en estas se me acerca un antiguo alumno, que también viene con la manifestación, pero transportando una carpeta y bolígrafo, y me pide que firme para que puedan presentarse los del Partido Comunista de los Pueblos de España. “Nos van a votar cuatro”, reconoce, “pero es injusto que nos impidan estar ahí”. Si intentas argumentar que con esta división no vamos a ninguna parte, otro amigo, muy razonable en cualquier otra tesitura, te suelta: “vale, pues vamos a votar todos a los míos”. Y a ver qué le respondes. Total, que estamos todos en el mismo lado, pero cada cual en su equipo, con lo que no salimos de la invisibilidad. Y no es una cuestión de capricho. Todos tenemos muy claro sobre todo a qué partido no votaremos ni locos. “Antes al PP”, defiende un exaltado”. Y al PP lo votan los de siempre, más quinientos mil. Y con eso, gracias a nuestra ley electoral, concebida desde la transición para que nada cambiara, con el 46 por ciento de los votos es como si los hubiera votado el 75 por ciento de los españoles. “Pero si somos más”, se queja al día siguiente, comprando el pan, una vecina. “¿Cómo es posible que la gente que está en el paro, los asalariados, les voten?” Y hablas con uno y con otro y repiten lo mismo. “No, si al final va a ser que no los ha votado nadie”. Pero aquí vienen con la tijera, como si no existiera otra solución, la de recaudar más, persiguiendo el empleo sumergido, el fraude fiscal y la tributación de las rentas más altas. Las soluciones verdaderas, las del lado invisible.

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Luis Alberto de Cuenca


 Hasta la cojera de Luis Alberto de Cuenca es elegante. Él llama caminar antiálgico a ese ligero escorzo con el que evita la molestia en la rodilla. Se ha dejado olvidada la zamarra en La Roda. Llevaba todo en los bolsillos, incluido el billete de regreso a Madrid. Y se azora sin perder la elegancia, porque verse sin su zamarra y todas las referencias que viajan en ella, aunque sea un mediodía soleado de noviembre, le hace sentir perdido. Por todo equipaje trae unos pocos libros en la mano, entre ellos su antología Por las calles del tiempo, de la que leerá poemas en todos los actos de la jornada. Viene de La Roda, de rendir homenaje a Tomás Navarro Tomás, que fue, lo mismo que él, director de la Biblioteca Nacional. De vuelta en Albacete, lo recogemos sin zamarra para subirlo a Chinchilla. Luis Alberto se deja llevar y traer, y en el camino recuerda los nombres de todas las personas a las que saluda, recuerda los nombres de los cónyuges de las personas a las que saluda y se interesa por ellos, recuerda el nombre de tu revista y te pregunta por ella, aunque lleve dormida un lustro, se asoma a la ventanilla del coche y se informa de dónde estamos y de cuántos habitantes tiene Albacete. Es un abrumador despliegue de memoria y amabilidad. Y todo lo hace sin prisa, pero sin pausa, con corbata de seda y camisa impecable, sin despeinarse, que no se le estremece el cabello cano echado hacia atrás con algún fijador muy leal. Da la sensación de que Luis Alberto de Cuenca es una especie de Dorian Gray, imperturbable desde que fuera director de la Biblioteca Nacional y luego Secretario de Estado de Cultura. Bueno, él dirá que últimamente ha adelgazado para eludir los problemas de espalda, que le han dado un par de disgustos en los últimos años. Será por eso que se sienta siempre muy erguido, con la espalda muy tiesa. Luego, comiendo, se olvida por fin de la zamarra y despliega, aún más, su gracia verbal: nos demuestra que, además de una educación exquisita, sabe contar los chistes con gracia. No hay siesta ni pausa: de la conversación desenfadada en la comida pasa a contarle a un auditorio atentísimo que suele escribir los poemas en verano, aunque no siempre, claro. Que es un poeta madrugador. En contraposición al tópico que asegura que todos los poetas suelen ser nocturnos y malditos, Luis Alberto reivindica la mañana, el amanecer. Hace un repaso por las lecturas que lo fueron forjando. Empieza con los epigramas latinos que leyó en una antología de epigramas. Cita una y otra vez de memoria. Recala en Shakespeare, al que considera el mejor, como no podía ser menos. Rescata una cita de Macbeth, mientras seguimos extasiados su prodigiosa explicación en la que luego dirá que se sentía incómodo. La sensación era justo la contraria. Termina leyendo un par de poemas en los que el personaje poético se queja por la ausencia de la amada. En el primero, se ha ido para siempre y vienen a buscarla los hombres de hielo, unos seres bestiales y violentos anteriores a los dioses. En el segundo, su novia se ha ido a otra ciudad y la echa de menos en su mundo cotidiano, vacío sin ella. Dos poemas de amor, que forman una de sus vetas. Tiene varias. También están los desenfadados, en los que reinan la gracia y la ironía, como La Malcasada o Bébetela. Y luego están los profundos, como En la tumba de Jocker, los que te llenan de escalofrío, como El cuarto oscuro. Algunos de ellos los leerá por la tarde en Albacete, en el Salón de Grados de Humanidades, dentro del ciclo “5 poetas en Otoño”. Entonces se le nota cansado. ¿Quién no lo estaría después de tamaño despliegue de amabilidad y de conocimientos? Siguen impecables la corbata en su sitio y el pelo fijado. Cuando lo dejamos en la estación ha recuperado la zamarra y con ella su brújula. Lo vemos alejarse con su elegante caminar antiálgico, igual que Gary Cooper en Solo ante el peligro.