El hablador en la isla silenciosa


En algún sitio he leído, y no sé dónde, que Unamuno dejó la pensión donde se alojaba, en Puerto Cabras, y se internó un par de veces hacia el corazón de la isla de Fuerteventura en busca de brujas o de experiencias extrasensoriales. No recuerdo que el cronista detallase lo que buscaba el escritor vasco, si es que éste llegó a tenerlo claro. Parece que el autor de San Manuel Bueno Mártir había oído hablar de luces que afloraban del subsuelo, de fuerzas y leyendas que los lugareños ubicaban entre la Montaña Quemada y la de Tindaya. Estas vagas referencias le animaron a investigar. Le valía cualquier manifestación extraordinaria que lo salvase de su angustia espiritual, que era existencial, ya que no aspiraba tanto a Dios como a no morir del todo al morirse. Dicen que en el trayecto se desnudaba en la grupa de la acémila para estar más receptivo. A mí me parecen creíbles, incluso admirables en un catedrático, estos experimentos a lo Indiana Jones. Sin cortarse. Al fin y al cabo en Fuerteventura lo conocía poca gente y la poca que lo conocía lo consideraba el no va más de la intelectualidad o un tío antipático, o ambas cosas. Había dicho y escrito que la situación política en España era insostenible, por eso lo desterraron. Ahora lo dice todo el mundo, pero en 1924, en pleno directorio de Primo de Rivera, al que se iba de la lengua lo enviaban lo más lejos posible, aunque fuera Rector de la Universidad de Salamanca. A Unamuno lo enviaron a la más africana de las islas Canarias, casi un trozo desprendido del desierto del Sáhara, como él mismo la describió. La isla silenciosa, la rebautizan ahora los folletos turísticos. Mentira. De silenciosa, nada. En realidad es una isla ensordecedora porque los alisios te persiguen sin cesar, ya te subas a las desgastadas cimas o camines por las playas infinitas. Te azotan los oídos, te impiden escucharte a ti mismo e incluso pensar, lo que paradójicamente constituye una liberación. Pero en el segundo decenio del siglo XX, para un intelectual acostumbrado a vivir entre libros, sesudas tertulias y lisonjas de admiradores, la mezcla de tanto silencio y tanto alisio debió de resultar soporífera. Unamuno mataba el rato componiendo sonetos, más descriptivos que líricos, según su estilo, y escribiendo artículos para revistas madrileñas, bonaerenses y grancanarias. Cuando se hartaba, acudía a la casa de su amigo Ramón Castaneyra, donde dicen que pasó las horas que no pasó escribiendo o yendo de excursión a por brujas. Se ve que era un conversador tan abrumador que avasallaba. Dámaso Alonso recordaba en un libro homenaje que Unamuno fue el presidente del tribunal que lo examinó y que, cuando estaba preparando la encerrona, irrumpió el vasco de forma inopinada en el aula, lo sacó de la misma y se lo llevó de cháchara hasta que Alonso llegó a temer que suspendería por su culpa. Pancho, el abuelo de mi mujer, que era un crío por entonces, me contaba que se divertían tirándole migas de pan o chinas hasta conseguir cabrearlo. Tenía muy mal genio, recordaba Pancho, con malicia infantil. Poco antes de que en Madrid le conmutasen la pena, los amigos franceses de Unamuno fletaron un barco para liberarlo. A la hora de subirse al bote en Caleta de Fuste, se puso a discursear en plan Quijote con tanto ardor que no había manera de callarlo. Los rudos marineros atajaron: suba don Miguel, que va a bajar la marea y tendrá que quedarse. Ninguna de estas anécdotas consta en el folleto de mano de la exposición permanente, abierta en su pensión de entonces, la del antiguo Puerto Cabras, que ahora se llama Puerto del Rosario. “Si prácticamente no paró en la pensión”, me explica el amabilísimo empleado. Le pregunto qué objetos utilizó de cuantos inundan la casa. Me cuenta que el escritorio perteneció a su anfitrión Castaneyra y me muestra la similitud entre la mecedora y la que aparece en las fotografías de la época. Apenas dos objetos. Al fin y al cabo solo pasó cuatro meses. Y lo dejó todo perdido de literatura.

El agujero de la plaza


Cualquier chinchillano al que preguntes ha oído hablar de un agujero que se abrió de pronto en la plaza de la ciudad, muy cerca de lo que hoy es el bar La Caverna. A unos cuatro metros a la derecha de la puerta del establecimiento, se distingue todavía una losa diferente a las demás. Es una tapadera. La historia se remonta a finales del año 1966, nadie recuerda con exactitud el día. Estaban obrando en la plaza, que entonces se llamaba de José Antonio, para rebajar el nivel del suelo en algo menos de un metro y cambiar el pavimento de tierra, que había que regar con frecuencia, por uno de guijarro, más cómodo. Al ir quitando materia y retirar la fuente de mármol rosa y gris situada en el centro, aparecieron fosas, varios esqueletos y el misterioso agujero. Estaba tapado con una bovedilla de cal hidráulica y baldosa, según recuerda Fulgencio Calera. Como es lógico, aquello intrigó a los obreros, que se aprestaron a averiguar qué escondía debajo. Y costó sudores romper la tapa, porque se resistía a los golpes de las almainas (almádenas) y los picos. Cuando al fin cedió, unos palos ocultaban un pozo muy profundo y de unos dos metros de diámetro. Estaba vacío. Les pareció un buen sitio para deshacerse de los escombros que iban arrancándole al suelo. Hay quien dice que fueron diecisiete camiones. Fulgencio Calera, que conducía el flamante Barreiros Saeta de su propiedad, asegura que fueron veintipico los que basculó directamente sobre el pozo. Cuando estuvo lleno, lo apisonaron y se fueron. El Cachi asegura que ocurrió un domingo, porque se enteró cuando salía de la primera sesión de las dos que daba el cine local. En lo que hoy es La Caverna estaba entonces el quiosco de Marisa. Allí comprarían golosinas los críos. Antonia la de Calera recuerda que los vio blincar (brincar) esa tarde sobre la tierra removida. Dos horas después, sobre las nueve, se desató bajo tierra un ruido espantoso, algo parecido a un vendaval. Los papeles, las pipas, las colillas, todos los objetos de la plaza, fueron absorbidos por el agujero, que se abrió de nuevo. Corrieron a asomarse y comprobaron que ahora era incluso más profundo que antes de llenarlo. En los días siguientes apareció con agua, que fue menguando hasta consumirse. Había que inspeccionarlo. Le tocó a Matico, en su papel de maestro de obras. Le ataron una braga con un cordel y lo descolgaron. Dice su sobrino El Cachi que llevaba puesta la chaqueta que solía usar cuando refrescaba. Recuerda también que sujetaba en una mano una vela y en la otra una linterna azul de petaca. Lo bajaron diez o doce metros hasta que se le apagó la vela y pidió que lo izaran. “¿Qué has visto?”, le preguntaron en cuanto lo vieron asomar. “Lo que he visto ha sido el mucho miedo que llevaba”, fueron sus primeras palabras. Luego contó que había varias galerías y que notaba corrientes de aire, pero que no había descubierto ningún forjado roto. Tras considerar qué hacer y consultarlo con el empresario valenciano Francisco Blanco López, acordaron sellar el pozo con una tapa y un encofrado. Veinte años más tarde, hubo una nueva remodelación, en la que se erigieron las controvertidas columnas cuya estética nadie entiende. Destaparon otra vez el agujero y se ofrecieron a inspeccionarlo espeleólogos de Valencia, pero el alcalde Francisco García de la Encarnación se opuso. Dice Ramón Mascarica que él sí se descolgó, que había luz suficiente porque el agujero era bastante amplio, pero que no vio ningún túnel ni galería. Después volvieron a sellarlo. Y así sigue. Ángel Huedo sugiere que la misma agua que llenó el pozo trajo de vuelta parte del escombro, que acabó por lodar (taponar) las galerías. El historiador Luis Guillermo García-Saúco considera que el pozo podía formar parte de algún tipo de colector de agua, aunque no le encaja del todo el gran diámetro del mismo. Por supuesto los chinchillanos proponen interpretaciones más novelescas. “Al fin y al cabo”, dicen, “los constructores del castillo tenían que reservar una escapatoria de túneles para prevenir las épocas de asedio”.

Alegría del Pena


Un grupo de amigos de José Manuel Pérez Pena ha publicado un libro que reúne testimonios de casi un centenar de personas que tuvieron relación con este activista de los derechos humanos y de la ecología, muerto de cáncer el último día de 2005. Un lustro después, su figura sigue siendo recordada, da nombre a un certamen de fotografía y, como se deduce de las colaboraciones del libro recién aparecido, mantiene abierta, más que un hueco, una tronera, que sus admiradores intentamos llenar como podemos. Los testimonios abarcan a gente muy diversa, desde amigos de infancia a familiares, pasando por políticos, compañeros de lucha y de viaje, y bastantes personas que lo conocimos porque así lo quiso el azar o su incansable dinamismo. El volumen, a primera vista, y a pesar del cariño y el gusto con que está editado, podría confundirse con cualquiera de esas actas de firmas en las que los asistentes a un sepelio plasman sus impresiones o sus recuerdos sobre el finado. Pero leyéndolo, uno llega a la conclusión de que es un documento necesario, de que las generaciones futuras han de saber quién fue El Pena. Necesitamos nombrarlo porque es un símbolo y ahora, más que nunca, nos hacen falta símbolos laicos. Estamos cansados de oír que nadie es imprescindible. Pero en un tiempo en que todo el mundo protesta por lo bajo y nadie le hace frente al dragón, la memoria de El Pena nos inspira. El cura Javier Avilés la resume en tres lecciones (un cura en el libro de un republicano laicista, no se lo pierdan): la primera, que tenemos que estar bien formados e informados para no dar pasos por inercia; la segunda, que hay que ser autocríticos, sin miedo a que alguien pueda pensar que nos contradecimos; la tercera, que antes que ninguna idea, están las personas. Yo creo que Javier Avilés que es poeta además de sacerdote, y un luchador de causas controvertidas con su institución pero coherentes con su condición, lo ha resumido bien. Yo añadiría, desde otra perspectiva, que El Pena era un tipo que primero disparaba la verdad y luego se acercaba a las personas para demostrarles que sus disparos no iban contra ellos. Más allá de que era un consumado cocinero, que frecuentaba Librería Popular buscando el último de Coetzee y que se subía literalmente a las paredes cuando necesitaba ejercitarse, más allá del testimonio entrañable de su madre, que nos muestra a un Pena frágil, dubitativo, que tuvo como todos su momento de conversión y sus años de aprendizaje, yo creo que su máximo legado es aferrarse a la verdad sin condiciones. Defender su verdad en un tiempo en que la hipocresía social es unánime, y está instalada entre nosotros desde que la transición nos convenciera de que era imprescindible para la convivencia. Todos luchamos por administrar el uso de esa hipocresía, por medir dónde acaba la transigencia y dónde empieza la impunidad, pero todos estamos domesticados por el pensamiento único y por lo políticamente correcto. El Pena nos enseñó a llamar pan al pan y vino al vino, en privado y en público, con firmeza dialogante. Su rotundidad abría llagas, como demuestra otro de los testimonios esclarecedores, el de Carmina Belmonte. Cuenta con elegancia que, en la época en que fue alcaldesa, tuvieron “algunos desencuentros”. Y que más tarde, en un acto de protesta por cuestiones ecológicas, José Manuel la vio al fondo, entre los asistentes: “Terminó su discurso, mejor dicho su arenga y, cuando bajó, vino directamente a mí, me dio un abrazo y me dijo: Qué duros hemos sido contigo.” El Pena, austero de expresión y de palabra fácil, se acercaba, buscando a la persona, fuera quien fuera, hasta trabar amistad. Y el libro demuestra que fuimos muchos y muy distintos los que tuvimos ese privilegio. Hoy no se detendría en pamplinas. Se centraría en la denuncia de sus compañeros, Ecologistas en acción, de que los regantes de Balazote y La Herrera se han apropiado de un río y que deben devolverlo al planeta. La lucha de El Pena continúa. Seamos dignos de su memoria. VV.AA.: Alegría de Pena. Ecologistas en Acción. Albacete, 2011.

Pasos en el edificio deshabitado



Estos días, en el ecuador del verano, se cierran los institutos. Se quedan vacíos durante el mes de agosto. Este año más vacíos que otras veces, porque desde enero seguimos sin recibir el dinero para los gastos de funcionamiento y no hemos podido pagar a los proveedores. Vicente, el mantenedor, pasará a realizar los pequeños ajustes necesarios para que a la vuelta las persianas suban y bajen, las manivelas de las puertas abran y cierren, desaparezcan ciertas huellas de pisadas, de pinturas de guerra escolar, alumbren los fluorescentes que se fundieron y las palomas no terminen creyendo que el edificio es suyo. Antes de abandonarlo definitivamente, de clausurar el curso 2010-2011, me doy una vuelta a poner en orden las cuentas, el inventario, los libros. Me encierro en secretaría. La tarde avanza y las sombras terminan acudiendo a esperarme en la puerta del despacho. Aún no es de noche, pero la luz ha decaído lo bastante como para sorprenderme cuando salgo a hacer unas fotocopias, a hacer unas comprobaciones. Desde hace un par de años, esta soledad sombría, este misterio del edificio vacío, me sigue estremeciendo. No acabo de acostumbrarme. No debería acercarme al trabajo cuando nadie más trabaja. Debería estar en otro sitio. Me siento extraño y gilipollas, fantasma extraviado por error en un mausoleo. Hace unas semanas triscaban por los pasillos quinientos alumnos en cada turno y casi un centenar de profesores. La algarabía era ensordecedora en algunos momentos de la jornada y moderada en otros, pero siempre había algún ruido, aunque fuera la voz de un profesor intentando abrirse camino entre los carraspeos, el crujir de las sillas y el imposible silencio de los adolescentes. A menudo hemos sentido vibrar el suelo de los andenes, hermosa palabra que a la vez nos saca de viaje y nos eleva sobre un puente, mientras comunica las aulas y despachos. Aunque reine el orden impuesto por las normas escolares, la humanidad siempre deja constancia de su presencia, sobre todo cuando se trata de mucha gente y de gente joven. Ahora, en medio del verano, el edificio parece incapaz de sacudirse los ecos de nueve largos meses y, como si estuviera aburrido, viene a buscarme con sus sombras a la puerta del despacho. Solo tiene ochenta años, pero ha vivido lo suyo. No llevaba más que cinco cumpliendo su labor de instituto de segunda enseñanza cuando estalló la guerra civil y fue utilizado para otros menesteres menos edificantes. De hecho, aunque parece que ochenta años son pocos, suponen un periodo lo bastante prolongado como para que hayan ocurrido cosas cuyos protagonistas desaparecieron sin contarlas, cosas de las que no queda constancia. Por eso sigue siendo un misterio qué ocultará el cuarto sellado que hay en el sótano, casi en el corazón del inmueble. Se han hecho catas en los muros, con cuidado de no debilitarlos porque es muy probable que ese cuartucho contenga, a parte de su misterio, el secreto de que la construcción siga en pie. Solo escombros, parece. ¿Escombros de qué? He oído hermosas teorías sobre unos libros que un sindicato anarquista quiso poner a salvo y nadie sabe dónde fueron a parar. Y no quedan testigos. Sin embargo, otros, como Antonio Martínez Sarrión, han dejado escrito cómo funcionaba la biblioteca y dónde, antes de alcanzar autonomía en un edificio aparte. Y también he oído a Antonio García Berrio relatar cómo los otros profesores se rezagaban para apreciar los tobillos de Rosa Gaude en las escaleras centrales de mármol, entonces reservadas para los docentes. Y que arriba, donde solo hay aulas, vivía la familia del conserje. Voy y vengo, incómodo, por los andenes, sintiendo cómo los ventanales vibran a mi paso y cómo parece que haya ojos observándome. Me siento una prolongación del Menos Uno, el secretario vitalicio de este instituto, que seguro que se pasearía por estos mismos lugares muchas veces y con parecidas obligaciones, aunque supongo que no con tantos recelos hacia la oscuridad creciente, las sombras y los reflejos que se insinúan. Apago las luces, cierro las puertas y me siento más liberado y a salvo conforme me alejo de los acechos de la imaginación.

El padre de la reina


Sí, era yo el que cruzó la plaza de Chinchilla la otra noche del brazo de mi hija con un nudo en la garganta. Nos deslumbraban los focos. Y los vecinos, que habían formado un pasillo entre la calle de San Julián y el pie del escenario, nos observaban con una mezcla de curiosidad, de cariño, de yo qué sé qué. Era como flotar en la luz, luchando por caminar más despacio que el corazón, por corresponder a las miradas de los conocidos, de agradecerles su apoyo, porque la emoción no nos desmontara la sonrisa y nos empañara los ojos. Qué difícil. Cinco minutos antes de iniciar el paseíllo, yo estaba tranquilo como una piscina y mi hija hecha un flan. Déjame que retenga las imágenes, me había pedido, ella que es muy de imágenes. Pero en el momento de oír su nombre y el mío pronunciados por los presentadores, cuando se instaló un silencio expectante en torno a nosotros, de pronto ya no sabía si estaba sintiendo yo, o si sentían por mí las luces y las miradas. Y puesto que no eran míos, tampoco podía controlar del todo los sentimientos. Los sentimientos son salvajes, brotan y ya está. No puedes controlarlos. Solo intentas controlar cómo reaccionas ante ellos. ¿Pero quién está entrenado para controlar los sentimientos provocados por un paseíllo con tu hija del brazo por la plaza del pueblo, ante la mirada de todos? ¿Qué demonios estaba haciendo yo allí? Mira que le había dicho a mi hija: no te presentes. Y ella me había respondido: no te preocupes, si no me van a elegir; voy a ser dama, con mi amiga Leticia; las damas también se pasan unas fiestas estupendas y solo hay una oportunidad en la vida. De acuerdo, vale. ¿Qué otra cosa se le puede contestar a una hija que está en el umbral de la mayoría de edad y que te razona sus decisiones? Pero que conste que a mí no me han gustado nunca las elecciones de reina. No me han gustado porque soy instintivamente republicano: no me gusta la monarquía, para empezar. Que un tipo nazca rey por el mero hecho de que sus padres y sus abuelos lo fueron es tan injusto como que un tipo esté condenado a morir de hambre porque sus padres y abuelos nacieron en Somalia. Hay derechos que deben merecerse por biografía, demostrando que uno posee las cualidades necesarias. ¿Pero qué tiene que ver lo de la reina de las fiestas con la política? Al fin y al cabo, aquí la eligen de forma democrática, con los votos de los vecinos. Porque, como decía Borges, la democracia es un curioso abuso de la estadística. Miro a las seis muchachas. Están todas preciosas, como corresponde a su edad. ¿Por qué una entre las seis? ¿Por qué una y no uno? Me parece oírle decir a ese que siempre protesta desde el fondo que las tradiciones tienen algo de incomprensible que las hace necesarias, que mira qué churro resulta en Albacete elegir a una manchega y un manchego de las fiestas, que es como la misa en castellano, que pierde toda la magia de la misa en latín, porque el misterio de aquella estaba en que nadie la entendía. El caso es que yo soy laico, aunque con los impuestos que pago vayan a invitar al Papa católico a hacer turismo por una España que se debate por no ahogarse en el mar de la crisis. Déjate de rollos, exclama el que siempre habla desde del fondo, que bien que se te saltaban las lágrimas con tu hija del brazo, concejal de Izquierda Unida. No puedo negarlo. Y luego hasta me marqué con ella unos pasos de vals que habíamos ensayado. A veces, esto que llamamos civilización nos confunde. Lo que allí se dirimía para nosotros es más tribal, mucho más simple: mi pueblo confirma que nos acepta en su seno a mi familia a mí. Y en el rito de iniciación, mi hija ya no es una adolescente, alcanza la edad de merecer. Y su padre la de ser abuelo de la tribu. Viva mi pueblo. Viva.