Alegría del Pena


Un grupo de amigos de José Manuel Pérez Pena ha publicado un libro que reúne testimonios de casi un centenar de personas que tuvieron relación con este activista de los derechos humanos y de la ecología, muerto de cáncer el último día de 2005. Un lustro después, su figura sigue siendo recordada, da nombre a un certamen de fotografía y, como se deduce de las colaboraciones del libro recién aparecido, mantiene abierta, más que un hueco, una tronera, que sus admiradores intentamos llenar como podemos. Los testimonios abarcan a gente muy diversa, desde amigos de infancia a familiares, pasando por políticos, compañeros de lucha y de viaje, y bastantes personas que lo conocimos porque así lo quiso el azar o su incansable dinamismo. El volumen, a primera vista, y a pesar del cariño y el gusto con que está editado, podría confundirse con cualquiera de esas actas de firmas en las que los asistentes a un sepelio plasman sus impresiones o sus recuerdos sobre el finado. Pero leyéndolo, uno llega a la conclusión de que es un documento necesario, de que las generaciones futuras han de saber quién fue El Pena. Necesitamos nombrarlo porque es un símbolo y ahora, más que nunca, nos hacen falta símbolos laicos. Estamos cansados de oír que nadie es imprescindible. Pero en un tiempo en que todo el mundo protesta por lo bajo y nadie le hace frente al dragón, la memoria de El Pena nos inspira. El cura Javier Avilés la resume en tres lecciones (un cura en el libro de un republicano laicista, no se lo pierdan): la primera, que tenemos que estar bien formados e informados para no dar pasos por inercia; la segunda, que hay que ser autocríticos, sin miedo a que alguien pueda pensar que nos contradecimos; la tercera, que antes que ninguna idea, están las personas. Yo creo que Javier Avilés que es poeta además de sacerdote, y un luchador de causas controvertidas con su institución pero coherentes con su condición, lo ha resumido bien. Yo añadiría, desde otra perspectiva, que El Pena era un tipo que primero disparaba la verdad y luego se acercaba a las personas para demostrarles que sus disparos no iban contra ellos. Más allá de que era un consumado cocinero, que frecuentaba Librería Popular buscando el último de Coetzee y que se subía literalmente a las paredes cuando necesitaba ejercitarse, más allá del testimonio entrañable de su madre, que nos muestra a un Pena frágil, dubitativo, que tuvo como todos su momento de conversión y sus años de aprendizaje, yo creo que su máximo legado es aferrarse a la verdad sin condiciones. Defender su verdad en un tiempo en que la hipocresía social es unánime, y está instalada entre nosotros desde que la transición nos convenciera de que era imprescindible para la convivencia. Todos luchamos por administrar el uso de esa hipocresía, por medir dónde acaba la transigencia y dónde empieza la impunidad, pero todos estamos domesticados por el pensamiento único y por lo políticamente correcto. El Pena nos enseñó a llamar pan al pan y vino al vino, en privado y en público, con firmeza dialogante. Su rotundidad abría llagas, como demuestra otro de los testimonios esclarecedores, el de Carmina Belmonte. Cuenta con elegancia que, en la época en que fue alcaldesa, tuvieron “algunos desencuentros”. Y que más tarde, en un acto de protesta por cuestiones ecológicas, José Manuel la vio al fondo, entre los asistentes: “Terminó su discurso, mejor dicho su arenga y, cuando bajó, vino directamente a mí, me dio un abrazo y me dijo: Qué duros hemos sido contigo.” El Pena, austero de expresión y de palabra fácil, se acercaba, buscando a la persona, fuera quien fuera, hasta trabar amistad. Y el libro demuestra que fuimos muchos y muy distintos los que tuvimos ese privilegio. Hoy no se detendría en pamplinas. Se centraría en la denuncia de sus compañeros, Ecologistas en acción, de que los regantes de Balazote y La Herrera se han apropiado de un río y que deben devolverlo al planeta. La lucha de El Pena continúa. Seamos dignos de su memoria. VV.AA.: Alegría de Pena. Ecologistas en Acción. Albacete, 2011.

Pasos en el edificio deshabitado



Estos días, en el ecuador del verano, se cierran los institutos. Se quedan vacíos durante el mes de agosto. Este año más vacíos que otras veces, porque desde enero seguimos sin recibir el dinero para los gastos de funcionamiento y no hemos podido pagar a los proveedores. Vicente, el mantenedor, pasará a realizar los pequeños ajustes necesarios para que a la vuelta las persianas suban y bajen, las manivelas de las puertas abran y cierren, desaparezcan ciertas huellas de pisadas, de pinturas de guerra escolar, alumbren los fluorescentes que se fundieron y las palomas no terminen creyendo que el edificio es suyo. Antes de abandonarlo definitivamente, de clausurar el curso 2010-2011, me doy una vuelta a poner en orden las cuentas, el inventario, los libros. Me encierro en secretaría. La tarde avanza y las sombras terminan acudiendo a esperarme en la puerta del despacho. Aún no es de noche, pero la luz ha decaído lo bastante como para sorprenderme cuando salgo a hacer unas fotocopias, a hacer unas comprobaciones. Desde hace un par de años, esta soledad sombría, este misterio del edificio vacío, me sigue estremeciendo. No acabo de acostumbrarme. No debería acercarme al trabajo cuando nadie más trabaja. Debería estar en otro sitio. Me siento extraño y gilipollas, fantasma extraviado por error en un mausoleo. Hace unas semanas triscaban por los pasillos quinientos alumnos en cada turno y casi un centenar de profesores. La algarabía era ensordecedora en algunos momentos de la jornada y moderada en otros, pero siempre había algún ruido, aunque fuera la voz de un profesor intentando abrirse camino entre los carraspeos, el crujir de las sillas y el imposible silencio de los adolescentes. A menudo hemos sentido vibrar el suelo de los andenes, hermosa palabra que a la vez nos saca de viaje y nos eleva sobre un puente, mientras comunica las aulas y despachos. Aunque reine el orden impuesto por las normas escolares, la humanidad siempre deja constancia de su presencia, sobre todo cuando se trata de mucha gente y de gente joven. Ahora, en medio del verano, el edificio parece incapaz de sacudirse los ecos de nueve largos meses y, como si estuviera aburrido, viene a buscarme con sus sombras a la puerta del despacho. Solo tiene ochenta años, pero ha vivido lo suyo. No llevaba más que cinco cumpliendo su labor de instituto de segunda enseñanza cuando estalló la guerra civil y fue utilizado para otros menesteres menos edificantes. De hecho, aunque parece que ochenta años son pocos, suponen un periodo lo bastante prolongado como para que hayan ocurrido cosas cuyos protagonistas desaparecieron sin contarlas, cosas de las que no queda constancia. Por eso sigue siendo un misterio qué ocultará el cuarto sellado que hay en el sótano, casi en el corazón del inmueble. Se han hecho catas en los muros, con cuidado de no debilitarlos porque es muy probable que ese cuartucho contenga, a parte de su misterio, el secreto de que la construcción siga en pie. Solo escombros, parece. ¿Escombros de qué? He oído hermosas teorías sobre unos libros que un sindicato anarquista quiso poner a salvo y nadie sabe dónde fueron a parar. Y no quedan testigos. Sin embargo, otros, como Antonio Martínez Sarrión, han dejado escrito cómo funcionaba la biblioteca y dónde, antes de alcanzar autonomía en un edificio aparte. Y también he oído a Antonio García Berrio relatar cómo los otros profesores se rezagaban para apreciar los tobillos de Rosa Gaude en las escaleras centrales de mármol, entonces reservadas para los docentes. Y que arriba, donde solo hay aulas, vivía la familia del conserje. Voy y vengo, incómodo, por los andenes, sintiendo cómo los ventanales vibran a mi paso y cómo parece que haya ojos observándome. Me siento una prolongación del Menos Uno, el secretario vitalicio de este instituto, que seguro que se pasearía por estos mismos lugares muchas veces y con parecidas obligaciones, aunque supongo que no con tantos recelos hacia la oscuridad creciente, las sombras y los reflejos que se insinúan. Apago las luces, cierro las puertas y me siento más liberado y a salvo conforme me alejo de los acechos de la imaginación.

El padre de la reina


Sí, era yo el que cruzó la plaza de Chinchilla la otra noche del brazo de mi hija con un nudo en la garganta. Nos deslumbraban los focos. Y los vecinos, que habían formado un pasillo entre la calle de San Julián y el pie del escenario, nos observaban con una mezcla de curiosidad, de cariño, de yo qué sé qué. Era como flotar en la luz, luchando por caminar más despacio que el corazón, por corresponder a las miradas de los conocidos, de agradecerles su apoyo, porque la emoción no nos desmontara la sonrisa y nos empañara los ojos. Qué difícil. Cinco minutos antes de iniciar el paseíllo, yo estaba tranquilo como una piscina y mi hija hecha un flan. Déjame que retenga las imágenes, me había pedido, ella que es muy de imágenes. Pero en el momento de oír su nombre y el mío pronunciados por los presentadores, cuando se instaló un silencio expectante en torno a nosotros, de pronto ya no sabía si estaba sintiendo yo, o si sentían por mí las luces y las miradas. Y puesto que no eran míos, tampoco podía controlar del todo los sentimientos. Los sentimientos son salvajes, brotan y ya está. No puedes controlarlos. Solo intentas controlar cómo reaccionas ante ellos. ¿Pero quién está entrenado para controlar los sentimientos provocados por un paseíllo con tu hija del brazo por la plaza del pueblo, ante la mirada de todos? ¿Qué demonios estaba haciendo yo allí? Mira que le había dicho a mi hija: no te presentes. Y ella me había respondido: no te preocupes, si no me van a elegir; voy a ser dama, con mi amiga Leticia; las damas también se pasan unas fiestas estupendas y solo hay una oportunidad en la vida. De acuerdo, vale. ¿Qué otra cosa se le puede contestar a una hija que está en el umbral de la mayoría de edad y que te razona sus decisiones? Pero que conste que a mí no me han gustado nunca las elecciones de reina. No me han gustado porque soy instintivamente republicano: no me gusta la monarquía, para empezar. Que un tipo nazca rey por el mero hecho de que sus padres y sus abuelos lo fueron es tan injusto como que un tipo esté condenado a morir de hambre porque sus padres y abuelos nacieron en Somalia. Hay derechos que deben merecerse por biografía, demostrando que uno posee las cualidades necesarias. ¿Pero qué tiene que ver lo de la reina de las fiestas con la política? Al fin y al cabo, aquí la eligen de forma democrática, con los votos de los vecinos. Porque, como decía Borges, la democracia es un curioso abuso de la estadística. Miro a las seis muchachas. Están todas preciosas, como corresponde a su edad. ¿Por qué una entre las seis? ¿Por qué una y no uno? Me parece oírle decir a ese que siempre protesta desde el fondo que las tradiciones tienen algo de incomprensible que las hace necesarias, que mira qué churro resulta en Albacete elegir a una manchega y un manchego de las fiestas, que es como la misa en castellano, que pierde toda la magia de la misa en latín, porque el misterio de aquella estaba en que nadie la entendía. El caso es que yo soy laico, aunque con los impuestos que pago vayan a invitar al Papa católico a hacer turismo por una España que se debate por no ahogarse en el mar de la crisis. Déjate de rollos, exclama el que siempre habla desde del fondo, que bien que se te saltaban las lágrimas con tu hija del brazo, concejal de Izquierda Unida. No puedo negarlo. Y luego hasta me marqué con ella unos pasos de vals que habíamos ensayado. A veces, esto que llamamos civilización nos confunde. Lo que allí se dirimía para nosotros es más tribal, mucho más simple: mi pueblo confirma que nos acepta en su seno a mi familia a mí. Y en el rito de iniciación, mi hija ya no es una adolescente, alcanza la edad de merecer. Y su padre la de ser abuelo de la tribu. Viva mi pueblo. Viva.

Cheikh Lô


Cheikh N´Diguel Lô va por la vida vestido con retales de telas de distintos colores y con sandalias, sin que le importe ni el lugar ni la estación del año. Le cuelgan las rastas revueltas casi tanto como el labio inferior, con lo que puede que se le inunde la boca cuando llueve. Calza un gorro verde como un plato sopero invertido y suele lucir unas gafas de sol tan grandes que acaparan su rostro delgado como los ojos gigantes de un insecto. Y a pesar de todo no es un payaso, aunque uno diría al verlo que puede competir por ser el tipo más feliz del mundo. De hecho, su vestuario multicolor es en realidad una especie de uniforme, el de la hermandad islámica de los morabitos de Senegal, fundada en el siglo XIX. En 2005 le dijo en una entrevista a Carlos Galilea: “El Corán no le dice a nadie que haga la guerra. Ni la Biblia. Al contrario, dicen que nos amemos los unos a los otros. Son personas que se dicen creyentes y que leen la Biblia las que están haciendo la guerra. Pero no creen. Tampoco los presuntamente musulmanes, que estudian el Corán a diario, y luego van a la guerra. Que no usen las palabras musulmán o cristiano para justificarse”. Así piensa Lô. El lema de la hermandad de los morabitos de Senegal se resume en dos mandamientos: “Trabaja como si nunca fueras a morir y reza a Dios como si fueras a morirte mañana”. No tengo claro si el primero quiere decir que trabajes incansablemente o que vayas a tu aire, que no hay prisa. Más tiendo a pensar lo segundo, porque Cheikh Lô lleva publicados apenas cuatro discos en veinte años de dedicarse a cantar. Claro que no es lo mismo haber nacido en Burkina Faso en 1955 que en Nueva York o en el corazón de Europa. Ni mucho menos. Nacido en un país africano, nacionalizado en otro, Lô tiene un corazón aún más chispeante y policromático que la ropa que pasea. Su música es una mezcla de tantos ritmos que suena exótica y familiar al mismo tiempo. Su voz me inunda, como dijo su descubridor, Youssou N´Dour. En su último disco, que se titula Jamm, o sea “paz”, incluye un clásico de Bembeya jazz, de los sesenta, titulado Il n´est jamais trop tard (nunca es demasiado tarde). Se lo dedica a los inmigrantes subsaharianos que escapan en pateras en busca de un Dorado que es solo un espejismo: “el riesgo no vale la pena. Antes se iba uno a Francia para aprender a ser soldador o mecánico y regresaba a África ya jubilado. Pero eso se terminó. Europa no tiene ya gran cosa que ofrecernos. Los jóvenes encallan en Francia o en España sin estar cualificados, sin papeles, sin dinero, sin siquiera hablar el idioma. Acaban durmiendo en la calle. Todo eso no lleva a nada. Creo que es preferible quedarse en tu país que vivir esa miseria”. Cheikh Lô hizo eso mismo: se quedó dos años en su país mientras su mujer trabajaba en la Región de Murcia. La otra noche volvió a Cartagena, al festival de La Mar de Músicas. El Auditorio Parque Torres estaba lleno a rebosar. Mucho más lleno de lo que sería razonable. Encaramado a uno de los muros laterales, desde el que se divisaban a mi izquierda las aguas temblorosas del puerto y al fondo las montañas que rodean la ciudad, resistiendo el vértigo y el miedo a precipitarme desde una altura de cinco metros, viví el éxtasis de la música híbrida de Cheikh Lô como una revelación. Igual que dicen que necesitamos que la luz del sol nos atraviese para que se active la vitamina D que duerme en nuestro metabolismo, del mismo modo necesitamos la sacudida de la música para despertarnos de una vida a otra vida, sin más solución de continuidad que dejar que la percusión truene en tus entrañas y que un saxo tenor te vaya lamiendo la piel escarapelada y que una voz te inunde con ecos de la infancia que viviste y de la que no llegaste a vivir.

Matemática tiniebla


Se creyó durante mucho tiempo que algunas combinaciones de palabras podían estar más cargadas de fuerza que de sentido aparente: eran mejor comprendidas por las cosas que por los hombres, por las rocas, las aguas, las fieras, los dioses, por los tesoros escondidos, por las potencias y los resortes de la vida, más que por el alma razonable. Incluso la muerte cedía a veces ante los conjuros rítmicos. La eficacia de los encantamientos no estaba tanto en el significado de las palabras, como en su sonoridad y en las singularidades de su forma. De hecho, casi mejor que no se entendieran. Igual que las brujas se pasaban los poderes en el puño del almirez, los alquimistas que jugaban con el poder de la palabra se fueron traspasando su saber. El editor de Tusquets, Antoni Marí, ha seguido este rastro a través de los escritos de cinco grandes eslabones en la cadena, que se traspasaron la magia durante un siglo. El primero de ellos murió el 7 de octubre de 1849 en Baltimore, con cuarenta años. Vestía ropas raídas que no eran suyas, y estuvo tres días delirando antes de morir. De hecho, había salido de Richmond y volvía a su casa de Nueva York cuando se le perdió la pista. El médico de guardia, el Dr. John Joseph Moran le acompañó en esas últimas horas y luego dio tantas versiones distintas de lo que le había pasado al moribundo que él mismo pareció haber perdido la cabeza. Edgar Allan Poe, el difunto, tuvo la fortuna de que un enemigo muy acérrimo suyo, Rufus W. Griswold, se convirtiera en su albacea y le inventara una vida aún más tirada de la que había tenido. Su biografía se hizo muy popular, tan popular que cruzó el Atlántico y llegó a manos del segundo mago. Se trataba de un estudiante de derecho francés que había decidido entregarse a la mala vida para fastidiar a su madre y parecerse al poeta maldito Lord Byron. Charles Baudelaire, que así se llamaba el mago, se entusiasmó con el personaje de Poe tal como se lo describía Griswold. Era su ideal de maldición. De modo que empezó a traducirlo a su lengua, a analizarlo y a dejarse influir por él. Luego escribió un libro en el que perseguía la perfidia en la vida cotidiana. Lo tituló Las flores del mal. Logró un éxito apoteósico, pero solo entre unos cuantos iniciados. El más aventajado de ellos se llamaba Stephane Mallarmé, que heredó de Baudelaire la pasión por Poe y que sin embargo desarrolló la magia de otro modo: escribiendo conjuros que sonaban de gloria, pero que no comprendía nadie. Daba igual: sonaban tan bien que no hacía falta comprenderlos para disfrutarlos. Escribió pocos de estos conjuros porque tardaba demasiado en seleccionar las palabras exactas, imitando el método de Poe. Con su singular destreza, Mallarmé consiguió reducir aún más el grupo de iniciados a los pocos que soportaban disfrutar de la lectura sin entenderla. Su más fervoroso admirador hizo un viaje aposta para conocerlo y luego no se atrevió a saludarle. Se llamaba Paul Valèry, el cuarto mago. Era un tío tremendamente lúcido y paciente y, no obstante, empleó buena parte de su lucidez en tratar de explicar lo muy necesarios que eran los conjuros incomprensibles de Mallarmé. Él mismo compuso nuevos conjuros con el mismo método, pero en su caso eran simbólicos; mezcló el mar y el cielo, la vida y la muerte en El cementerio marino. Era casi un filósofo, como el siguiente mago, el quinto, T.S. Eliot, que nació estadounidense, se nacionalizó británico y luego se hizo budista. Tan lúcido como Valèry, pero con la ventaja de ser angloparlante, se dio cuenta de que Poe era estimado en Francia y que en cambio seguía sin hacerles gracia a los que hablaban la lengua original de sus escritos. Conclusión: los franceses lo habían traducido mal. Por eso les había influido tanto. Así es la magia. Y está contenida en este libro que me consiguió Juan el de Librería Popular y que no habla de vidas, sino de palabras. Varios autores: Matemática tiniebla. Genealogía de la poesía moderna. Galaxia Gutenberg- Círculo de lectores, 2011.

Cata del paraíso

                                                 por Amanda Tendero


El otro día nos acercamos hasta el retiro de mis amigos León Molina y Ana Sotos para verificar que en efecto se encuentran mucho más cerca del paraíso que nosotros, pobres currantes urbanícolas. Antes que nada, una de las condiciones que debe cumplir el edén es encontrarse lo bastante cerca como para llegar en coche y lo bastante lejos como para que lleguen solo unos pocos, después de dar vueltas y revueltas por caminos y pueblos cada vez más polvorientos y desangelados. El lugar en cuestión cumple esta premisa: doy fe de haberme perdido un par de veces durante el viaje y de sentirme perdido incluso después de haber llegado. La primera imagen que guardo en la retina es a León invitando a salir de su vivienda a una araña del tamaño de una mano. En lugar de tantear en los aparadores en busca de un objeto contundente para machacarla, como hubiéramos hecho cualquiera de los varones civilizados que conozco, mi amigo se internó en el salón con la cachaza caribeña perfectamente intacta en sus genes, a pesar de haber vivido en la península casi la totalidad de su vida. Al cabo de unos minutos interminables, cuando ya la tarántula había conseguido hipnotizarme y me tenía a su merced, reapareció León con un cartoncillo como medio billete de grande y con pequeños empujones fue conminando al artrópodo a que se alejara de las cercanías de la puerta, hasta que le pareció que el bicho estaba lo bastante escarmentado. En seis años que llevan yendo y viniendo de la aldea al mundanal ruido, León ha aprendido tanto de la naturaleza que, sin proponérselo, consigue asombrarme, aunque actúe con la modestia de quien sabe tanto que hasta sabe que es mucho más inmenso lo que ignora. Sabe que a diez pasos de su puerta hay un árbol al que solo se acercan en otoño unas mariposas que se llaman macaón. Sabe tanto de pájaros que les distingue el sexo al verlos volar, dice que por el color de las plumas, aunque yo solo aprecio una silueta gris recortada contra el resplandor del mediodía. Por supuesto, distingue un águila calzada de un águila culebrera, mientras yo solo veo unas alas extendidas flotando en las corrientes cálidas. Nos muestra el cerro en el que dan de comer a los buitres y el observatorio donde cualquier ornitólogo aficionado puede ocultarse para fotografiarlos, después de pagar una cantidad muy razonable y de jurar y firmar que no va a moverse mientras quede un buitre en la zona, así se le haga de noche y truene o caiga un nevazo que lo borre del paisaje. Un observatorio donde habrá de permanecer sentado y sin moverse ni para mear. Pero hay gente para todo, como dijo Belmonte. Hay amigos de la naturaleza que persiguen la foto perfecta de un pájaro durante toda su vida y son capaces de pagarse una sentada de veinticuatro horas para mantener el acecho. Cazadores incruentos que luego exhiben sus capturas con el orgullo con que León me va mostrando uno tras otro los pájaros atrapados en su álbum electrónico, mientras los nombra como si recitara un mantra y se golpea la cabeza y se maldice cuando se le resiste uno de los cien o doscientos nombres que le da tiempo a desgranar antes de que anochezca. Por supuesto hemos seguido los caminos que el invierno castiga, los senderos que borra la nieve o interrumpen las escorrentías. Hemos escuchado el nombre misterioso de cada una de las montañas, hemos oído el resuello de los pinos y hemos sorteado los cardos, los romeros, los espartales. También nos hemos bañado en las aguas prohibidas y gélidas de una balsa con una suprema sensación de estar haciendo lo que debíamos hacer, acentuada por el aspecto de Neptuno recién emergido que presentaba mi amigo León. Y con todo, solo menciono una décima parte de lo que hemos vivido. Ahora se presenta el dilema: ¿doy el nombre del lugar y lo condeno? ¿O mejor me lo callo y perpetúo su milagro, aun a costa de que la pequeña economía del lugar siga siendo de subsistencia? Va a ser lo segundo.