Cheikh Lô


Cheikh N´Diguel Lô va por la vida vestido con retales de telas de distintos colores y con sandalias, sin que le importe ni el lugar ni la estación del año. Le cuelgan las rastas revueltas casi tanto como el labio inferior, con lo que puede que se le inunde la boca cuando llueve. Calza un gorro verde como un plato sopero invertido y suele lucir unas gafas de sol tan grandes que acaparan su rostro delgado como los ojos gigantes de un insecto. Y a pesar de todo no es un payaso, aunque uno diría al verlo que puede competir por ser el tipo más feliz del mundo. De hecho, su vestuario multicolor es en realidad una especie de uniforme, el de la hermandad islámica de los morabitos de Senegal, fundada en el siglo XIX. En 2005 le dijo en una entrevista a Carlos Galilea: “El Corán no le dice a nadie que haga la guerra. Ni la Biblia. Al contrario, dicen que nos amemos los unos a los otros. Son personas que se dicen creyentes y que leen la Biblia las que están haciendo la guerra. Pero no creen. Tampoco los presuntamente musulmanes, que estudian el Corán a diario, y luego van a la guerra. Que no usen las palabras musulmán o cristiano para justificarse”. Así piensa Lô. El lema de la hermandad de los morabitos de Senegal se resume en dos mandamientos: “Trabaja como si nunca fueras a morir y reza a Dios como si fueras a morirte mañana”. No tengo claro si el primero quiere decir que trabajes incansablemente o que vayas a tu aire, que no hay prisa. Más tiendo a pensar lo segundo, porque Cheikh Lô lleva publicados apenas cuatro discos en veinte años de dedicarse a cantar. Claro que no es lo mismo haber nacido en Burkina Faso en 1955 que en Nueva York o en el corazón de Europa. Ni mucho menos. Nacido en un país africano, nacionalizado en otro, Lô tiene un corazón aún más chispeante y policromático que la ropa que pasea. Su música es una mezcla de tantos ritmos que suena exótica y familiar al mismo tiempo. Su voz me inunda, como dijo su descubridor, Youssou N´Dour. En su último disco, que se titula Jamm, o sea “paz”, incluye un clásico de Bembeya jazz, de los sesenta, titulado Il n´est jamais trop tard (nunca es demasiado tarde). Se lo dedica a los inmigrantes subsaharianos que escapan en pateras en busca de un Dorado que es solo un espejismo: “el riesgo no vale la pena. Antes se iba uno a Francia para aprender a ser soldador o mecánico y regresaba a África ya jubilado. Pero eso se terminó. Europa no tiene ya gran cosa que ofrecernos. Los jóvenes encallan en Francia o en España sin estar cualificados, sin papeles, sin dinero, sin siquiera hablar el idioma. Acaban durmiendo en la calle. Todo eso no lleva a nada. Creo que es preferible quedarse en tu país que vivir esa miseria”. Cheikh Lô hizo eso mismo: se quedó dos años en su país mientras su mujer trabajaba en la Región de Murcia. La otra noche volvió a Cartagena, al festival de La Mar de Músicas. El Auditorio Parque Torres estaba lleno a rebosar. Mucho más lleno de lo que sería razonable. Encaramado a uno de los muros laterales, desde el que se divisaban a mi izquierda las aguas temblorosas del puerto y al fondo las montañas que rodean la ciudad, resistiendo el vértigo y el miedo a precipitarme desde una altura de cinco metros, viví el éxtasis de la música híbrida de Cheikh Lô como una revelación. Igual que dicen que necesitamos que la luz del sol nos atraviese para que se active la vitamina D que duerme en nuestro metabolismo, del mismo modo necesitamos la sacudida de la música para despertarnos de una vida a otra vida, sin más solución de continuidad que dejar que la percusión truene en tus entrañas y que un saxo tenor te vaya lamiendo la piel escarapelada y que una voz te inunde con ecos de la infancia que viviste y de la que no llegaste a vivir.

Matemática tiniebla


Se creyó durante mucho tiempo que algunas combinaciones de palabras podían estar más cargadas de fuerza que de sentido aparente: eran mejor comprendidas por las cosas que por los hombres, por las rocas, las aguas, las fieras, los dioses, por los tesoros escondidos, por las potencias y los resortes de la vida, más que por el alma razonable. Incluso la muerte cedía a veces ante los conjuros rítmicos. La eficacia de los encantamientos no estaba tanto en el significado de las palabras, como en su sonoridad y en las singularidades de su forma. De hecho, casi mejor que no se entendieran. Igual que las brujas se pasaban los poderes en el puño del almirez, los alquimistas que jugaban con el poder de la palabra se fueron traspasando su saber. El editor de Tusquets, Antoni Marí, ha seguido este rastro a través de los escritos de cinco grandes eslabones en la cadena, que se traspasaron la magia durante un siglo. El primero de ellos murió el 7 de octubre de 1849 en Baltimore, con cuarenta años. Vestía ropas raídas que no eran suyas, y estuvo tres días delirando antes de morir. De hecho, había salido de Richmond y volvía a su casa de Nueva York cuando se le perdió la pista. El médico de guardia, el Dr. John Joseph Moran le acompañó en esas últimas horas y luego dio tantas versiones distintas de lo que le había pasado al moribundo que él mismo pareció haber perdido la cabeza. Edgar Allan Poe, el difunto, tuvo la fortuna de que un enemigo muy acérrimo suyo, Rufus W. Griswold, se convirtiera en su albacea y le inventara una vida aún más tirada de la que había tenido. Su biografía se hizo muy popular, tan popular que cruzó el Atlántico y llegó a manos del segundo mago. Se trataba de un estudiante de derecho francés que había decidido entregarse a la mala vida para fastidiar a su madre y parecerse al poeta maldito Lord Byron. Charles Baudelaire, que así se llamaba el mago, se entusiasmó con el personaje de Poe tal como se lo describía Griswold. Era su ideal de maldición. De modo que empezó a traducirlo a su lengua, a analizarlo y a dejarse influir por él. Luego escribió un libro en el que perseguía la perfidia en la vida cotidiana. Lo tituló Las flores del mal. Logró un éxito apoteósico, pero solo entre unos cuantos iniciados. El más aventajado de ellos se llamaba Stephane Mallarmé, que heredó de Baudelaire la pasión por Poe y que sin embargo desarrolló la magia de otro modo: escribiendo conjuros que sonaban de gloria, pero que no comprendía nadie. Daba igual: sonaban tan bien que no hacía falta comprenderlos para disfrutarlos. Escribió pocos de estos conjuros porque tardaba demasiado en seleccionar las palabras exactas, imitando el método de Poe. Con su singular destreza, Mallarmé consiguió reducir aún más el grupo de iniciados a los pocos que soportaban disfrutar de la lectura sin entenderla. Su más fervoroso admirador hizo un viaje aposta para conocerlo y luego no se atrevió a saludarle. Se llamaba Paul Valèry, el cuarto mago. Era un tío tremendamente lúcido y paciente y, no obstante, empleó buena parte de su lucidez en tratar de explicar lo muy necesarios que eran los conjuros incomprensibles de Mallarmé. Él mismo compuso nuevos conjuros con el mismo método, pero en su caso eran simbólicos; mezcló el mar y el cielo, la vida y la muerte en El cementerio marino. Era casi un filósofo, como el siguiente mago, el quinto, T.S. Eliot, que nació estadounidense, se nacionalizó británico y luego se hizo budista. Tan lúcido como Valèry, pero con la ventaja de ser angloparlante, se dio cuenta de que Poe era estimado en Francia y que en cambio seguía sin hacerles gracia a los que hablaban la lengua original de sus escritos. Conclusión: los franceses lo habían traducido mal. Por eso les había influido tanto. Así es la magia. Y está contenida en este libro que me consiguió Juan el de Librería Popular y que no habla de vidas, sino de palabras. Varios autores: Matemática tiniebla. Genealogía de la poesía moderna. Galaxia Gutenberg- Círculo de lectores, 2011.

Cata del paraíso

                                                 por Amanda Tendero


El otro día nos acercamos hasta el retiro de mis amigos León Molina y Ana Sotos para verificar que en efecto se encuentran mucho más cerca del paraíso que nosotros, pobres currantes urbanícolas. Antes que nada, una de las condiciones que debe cumplir el edén es encontrarse lo bastante cerca como para llegar en coche y lo bastante lejos como para que lleguen solo unos pocos, después de dar vueltas y revueltas por caminos y pueblos cada vez más polvorientos y desangelados. El lugar en cuestión cumple esta premisa: doy fe de haberme perdido un par de veces durante el viaje y de sentirme perdido incluso después de haber llegado. La primera imagen que guardo en la retina es a León invitando a salir de su vivienda a una araña del tamaño de una mano. En lugar de tantear en los aparadores en busca de un objeto contundente para machacarla, como hubiéramos hecho cualquiera de los varones civilizados que conozco, mi amigo se internó en el salón con la cachaza caribeña perfectamente intacta en sus genes, a pesar de haber vivido en la península casi la totalidad de su vida. Al cabo de unos minutos interminables, cuando ya la tarántula había conseguido hipnotizarme y me tenía a su merced, reapareció León con un cartoncillo como medio billete de grande y con pequeños empujones fue conminando al artrópodo a que se alejara de las cercanías de la puerta, hasta que le pareció que el bicho estaba lo bastante escarmentado. En seis años que llevan yendo y viniendo de la aldea al mundanal ruido, León ha aprendido tanto de la naturaleza que, sin proponérselo, consigue asombrarme, aunque actúe con la modestia de quien sabe tanto que hasta sabe que es mucho más inmenso lo que ignora. Sabe que a diez pasos de su puerta hay un árbol al que solo se acercan en otoño unas mariposas que se llaman macaón. Sabe tanto de pájaros que les distingue el sexo al verlos volar, dice que por el color de las plumas, aunque yo solo aprecio una silueta gris recortada contra el resplandor del mediodía. Por supuesto, distingue un águila calzada de un águila culebrera, mientras yo solo veo unas alas extendidas flotando en las corrientes cálidas. Nos muestra el cerro en el que dan de comer a los buitres y el observatorio donde cualquier ornitólogo aficionado puede ocultarse para fotografiarlos, después de pagar una cantidad muy razonable y de jurar y firmar que no va a moverse mientras quede un buitre en la zona, así se le haga de noche y truene o caiga un nevazo que lo borre del paisaje. Un observatorio donde habrá de permanecer sentado y sin moverse ni para mear. Pero hay gente para todo, como dijo Belmonte. Hay amigos de la naturaleza que persiguen la foto perfecta de un pájaro durante toda su vida y son capaces de pagarse una sentada de veinticuatro horas para mantener el acecho. Cazadores incruentos que luego exhiben sus capturas con el orgullo con que León me va mostrando uno tras otro los pájaros atrapados en su álbum electrónico, mientras los nombra como si recitara un mantra y se golpea la cabeza y se maldice cuando se le resiste uno de los cien o doscientos nombres que le da tiempo a desgranar antes de que anochezca. Por supuesto hemos seguido los caminos que el invierno castiga, los senderos que borra la nieve o interrumpen las escorrentías. Hemos escuchado el nombre misterioso de cada una de las montañas, hemos oído el resuello de los pinos y hemos sorteado los cardos, los romeros, los espartales. También nos hemos bañado en las aguas prohibidas y gélidas de una balsa con una suprema sensación de estar haciendo lo que debíamos hacer, acentuada por el aspecto de Neptuno recién emergido que presentaba mi amigo León. Y con todo, solo menciono una décima parte de lo que hemos vivido. Ahora se presenta el dilema: ¿doy el nombre del lugar y lo condeno? ¿O mejor me lo callo y perpetúo su milagro, aun a costa de que la pequeña economía del lugar siga siendo de subsistencia? Va a ser lo segundo.

Sueño del origen

Se ha repetido de manera un tanto voluntarista que el lector completa el trabajo del escritor. No voy a ser yo quien lo niegue. Incluso tengo la sensación de que los matices que puede aportar una lectura son más personales que universales. Por ejemplo, he contado alguna vez que cuando leí Autorretratos (1979) de Eloy Sánchez Rosillo, Eloy y yo nos habíamos perdido la pista y, por el poso que me quedaba al terminar de leer, concluí que el autor de aquellos poemas debía de estar muy deprimido. Le escribí para animarle y ofrecerle ayuda. Me contestó con gran jovialidad, como siempre, que era feliz y me dio a entender que el tono elegíaco que se desprendía de sus versos era el diapasón sentimental en el que se movía su labor de poeta, no su vida. Admirado por lectores tan ínclitos como Alfonso Guerra, el no menos admirado Miguel D´ors decía de Rosillo que es un poeta de, como mínimo, notable alto en cada pieza. Sin embargo Eloy no se ha conformado, o no ha querido su biografía que muriera de éxito, y desde La Vida (1996) y más aún en La Certeza (2005) y Oír La Luz (2008), hemos ido viendo una sutil y progresiva variación en los hábitos sentimentales de su poesía, que yo creo que termina de asentarse en el recién aparecido Sueño Del Origen. No ha variado el estilo armonioso, preciso, explicado, observador. Pero con las mismas herramientas, el alma que subyace ha ido pasando de la elegía al himno, del dolor a la alegría. Como el mismo autor señala: “Supe de la añoranza y el lamento. / Ahora celebro y canto”. Porque lo cuenta todo en los poemas. Son tan elocuentes, reflejan de tal manera el corazón palpitante que hay detrás, que en mi juventud me engañé creyéndolo deprimido. Espero acertar ahora viendo que disfruta con cualquier mínima observación de cuantas nos pasan desapercibidas si no andamos atentos: desde el amanecer a la canícula, pasando por las golondrinas y la noche, la luna y los jilgueros, tan clásicos en él, y por supuesto alguna mujer guapa, que también es naturaleza. Se repite que los escritores, y más aún los poetas, se circunscriben a un número limitado de temas, y puede que sea cierto. Igual que el ruiseñor canta con tres notas. Pero si uno consigue moverse, o la vida te obliga a que te muevas, la luz y el enfoque hacen que los temas de siempre suenen como si fueran otros; que yo creo que son otros. En el caso de Eloy Sánchez Rosillo lo que se ha producido es un soltarse, un echarse a volar, que ilumina los poemas notables, como los definía D´ors, y ayuda a fijar más en la memoria los sublimes, que hay un puñado, porque las variaciones en el tono sentimental los hacen descollar más que cuando todos mantenían una misma nostalgia, un juego con el tiempo en el que el murciano es un maestro. Y lo más maravilloso de todo es que tengo la sensación de que esa epifanía, ese cambio, ha sido voluntario, buscado, trabajado. Porque gracias a la transparencia y a la sencillez de Rosillo, es posible rastrear el camino que ha seguido a través de la escritura. Un poeta es sobre todo una rutina de trabajo, muchas veces inconsciente, que incluye hurgar en el estado de ánimo que suele resultarnos más fructífero. A fuerza de mucho escribir, nos aferramos a ese material poético porque es la ubre de la que, por experiencia, sabemos que siempre brota la leche de los versos. Cambiar de ubre es tantear en territorio inexplorado, arriesgar a perderse. Eso es lo que ha hecho Rosillo en un proceso tan laborioso que abarca tres libros. Eso sí, ha tenido la suerte de poder retirarse a una playa a desarrollar el trabajo del poeta, que como dice Brines es el ocio. Pero un ocio activo, que no es un oxímoron, aunque lo parezca. El resultado es un libro extraordinario: epidérmico y profundo, serio y juguetón, menor y gigantesco. Para paladear despacio, en vacaciones o en la más mínima pausa. Eloy Sánchez Rosillo: Sueño del origen. Tusquets, 2011.

Otra vez el teatro clásico


Todas las estaciones tienen algo de reencuentro. Y más en un pueblo como Chinchilla, que vive con tanta intensidad sus tradiciones y que vincula al menos una de ellas a cada estación. Las primeras noches del verano, nada más superar las últimas estribaciones del curso académico, pertenecen al teatro. No al teatro en genérico, que ese puede presentarse cuando quiera, sino al teatro clásico en el Claustro Mudéjar de Santo Domingo. Bajamos las calles empinadas y estrechas cuando apenas hace un rato que oscureció, exprimidos por el calor sofocante de la jornada y sin embargo con el jersey bajo el brazo, pues sabemos que nos hará falta. Esta aproximación es ya un calentamiento, un paladeo de lo que nos espera. En la puerta nos fundimos en el sordo bullicio de los saludos, el reencuentro con los aficionados y amigos de cada año. Incluso los que hemos visto durante el día parecen otros ahora, entrando en el espacio mudéjar, sorteando el pozo, buscando la silla, afinando los oídos con los rumores previos, avizorando quiénes son los que llegan rezagados. La función nunca empieza a su hora; la cortesía se prolonga siempre unos diez minutos. Y la rompe la voz familiar de Constantino Romero, que se lía un poco para recordarnos que silenciemos los móviles. De pronto se apaga la luz y, durante unos segundos, las estrellas que brillan sobre el cuadrado del Claustro reclaman todo el protagonismo. Junto a ellas, se hace notar la brisa, en la que aún no habíamos reparado y que irá intensificando su presencia conforme avance la velada. Es el momento mágico en el que todo puede pasar y todo pasa. Recuerdo las épocas en las que ejercí de cronista, cuando vivía día y noche para el Festival con una intensidad febril. Al teatro por las noches y por las mañanas a intentar traducir en el ordenador las sensaciones vividas. Como todas las artes, el teatro no se nutre de un solo sentido ni se compone de una sola sensación, sino que es una suma desordenada de muchos estímulos cuya asimilación final requiere haberlos dormido ocho horas. El sueño es el puchero donde se cuecen los sentimientos y las ideas hasta alcanzar un sabor definido. A toda esa mezcla maravillosa, donde se cocinan los ingredientes propios de cada representación, ha habido que sumar este año un barrunto, una especie de premonición de que ya nunca va a ser igual, aunque guardamos la esperanza de que sea, al menos, de otro modo. No en vano el año que viene el gestor de Cultural Albacete ya no será el barbado Ricardo Beléndez, que ha dirigido las riendas durante un montón de ediciones. Su experiencia habrá de compensarla un nuevo gestor. Para que le recordemos, Beléndez nos ha ofrecido este año una semana densa y apetitosa con sesiones dobles diarias que, dadas las circunstancias económicas en que nos debatimos y su salida del cargo, va a ser difícilmente igualable en futuras ediciones. Con razón se ha paseado orgulloso y bastante más liviano por los aledaños del escenario. Una noche, nada más salir, me pidió mi impresión sobre el Macbeth de Helena Pimienta, la flamante directora del Centro Dramático Nacional. Sin haber podido cocinar todavía las sensaciones, le respondí que me había gustado la originalidad, la gravedad y el punto onírico de la puesta en escena, pero me habían decepcionado las actuaciones de los intérpretes, demasiado desgarradas y exageradas. Hoy, que ya he dormido aquellas impresiones, me mantengo en la cruda opinión que le serví al bueno de Beléndez. Cada vez estoy más convencido de que el arte, cualquier arte, necesita expresarse mediante la contención para que surta el efecto deseado. No lo digo yo, claro, lo escribió Poe y después otros muchos. Pero disfruté, y más aún la víspera, con ese clown, bululú, contador portentoso de historias, creador de personajes que son siempre el mismo: Rafael Álvarez El Brujo. Me perdí sin embargo a Jerónimo Arenal en Ricardo III, que me aseguran amigos de confianza que ha sido lo mejor del Festival. A partir de ahora, todo ello, bien dormido, irá fundiéndose en la memoria con las quince ediciones precedentes.

Fundido en blanco


Una de las maneras de cerrar un plano cinematográfico es que las imágenes se vayan aclarando paulatinamente, como si se llenaran de luz, hasta que la luminosidad va dominándolo todo y solo queda un rectángulo blanco. Se denomina fundido en blanco, que suele usarse algo menos que su antagonista, cerrar en negro. Luis Martínez-Falero (Albacete, 1965) ha bautizado con esta referencia cinematográfica su último poemario, con el que acaba de ganar la trigésima edición del premio Juan Ramón Jiménez, que otorga la Diputación de Huelva. Falero es uno de los baluartes de la poesía albaceteña, tan laureada en la última década. De hecho fue el pionero, ganando el Adonáis en 1997 con el encendido y fúnebre Plenitud de la materia, sin duda uno de los mejores libros que han ganado el Adonáis en sus últimas ediciones. Como Jorge Manrique, el escritor sublimó la muerte de su padre en doce odas, por las que el lenguaje fluye como un río que arrastra imágenes, recuerdos, reflexiones. “¡Dadme la soledad, como se ofrece el pan a los mendigos, / como se arroja olvido en forma de silencio sobre el mundo! / Ya nada es mío, sino el lento transcurrir de cada noche.” Así, con este fundido en negro, terminaba el poemario. Le costó a Falero sacar la cabeza de aquel río pletórico, volver a respirar en la composición. Cuando hablábamos de cómo iban las cosas por el taller, bromeaba y cambiaba de tema. Se hacía el misterioso. Ocho años tardó en dar a la luz nuevos poemas. Fue en La Reducida Compañía del Sur, la selecta y volátil editorial de Andrés Gómez Flores. Descubrimos entonces que la metapoesía, la palabra como tema mismo del poema, que ya asomaba en el libro precedente, alcanzaba en el nuevo pleno protagonismo. “La palabra inicial que no concluye nunca, / la escritura del viento que repite la historia…” En las costuras se notaba el esfuerzo por salvar la vida cotidiana, los estudios, el trabajo de profesor de instituto y de universidad, para extraer de ella el jugo salvador de unos versos, aunque fueran versos cargados de imágenes literarias, versos mezclados de palabras leídas y oídas y arrancadas a la inspiración. Recordando aquellos manuscritos antiguos que reutilizaban materiales anteriores y en los que aún se traslucían las letras de escrituras precedentes, Palimpsestos fue el título de aquel poemario breve, de apenas quince piezas, incluidas una cita inicial y un colofón. El torrente inicial del Adonáis se había remansado y lograba esos relumbres temblorosos con que el agua transparente nos saluda cuando nos asomamos a un estanque: “Alguien contempla el mundo en un espejo en blanco. / Su imagen se diluye entre los rostros / de aquéllos que cruzaron el vacío de esta superficie / y en su reverso oscuro dibujaron su nombre.” Fundido en blanco, ya lo anuncian los versos finales de Palimpsestos, es la desembocadura natural de la corriente que fluye de la mano de Luis Martínez-Falero. Ahora su escritura se ha ido adelgazando, despojándose de imágenes y aligerándose de referencias vividas. Nos quedan la muerte y el lenguaje, sus dos temas recurrentes. Y la luz como intérprete, que tiende un puente entre ambos. Al fin y al cabo, “elevada hasta su extremo / la vida es solo un bosque de plegarias / alzado sobre un páramo.” El pesimismo literario de Luis va construyendo una atmósfera hipersensible en la que el más mínimo roce nos hace un arañazo, un espacio donde las presencias son apenas bultos que transcurren: “Este es el tiempo de las consumaciones. / No existe lo que amamos, su forma es solo humo.” El título del conjunto, Fundido en blanco, es un efecto cinematográfico, pero si tuviéramos que quedarnos con un resumen, utilizaríamos otro de sus versos: “disolución del ser en la palabra”. Como ocurre con otros autores albaceteños: Javier Lorenzo, León Molina, Ángel Aguilar…, si Luis hubiera nacido en una gran ciudad, su calidad sería la misma, pero el número de sus lectores le haría más justicia. Disfrutemos en tanto, nosotros que podemos, de poemas como “Bajo una lenta lluvia…” o “En tu muerte la vimos…”. Luis Martínez-Falero: Fundido en blanco. Diputación de Huelva, 2011.

Fonda del reloj


Cada nueva entrega de las crónicas de Sánchez de la Rosa perfila un poco más el pasado del Albacete que ya no existe, sepultado por el asfalto y el crecimiento sin control y el tráfico y la imparable actualidad. No existe ya, pero aún palpita y nos remueve la nostalgia desde la prosa modernista y minuciosa del maestro y su memoria envidiable que va encendiendo con mechero fechas y anécdotas. Recorremos con él edificios que se llevó la excavadora, como el monasterio de las Justinianas, un año antes de que estallara la Guerra Civil, para ensanchar el paso al Altozano. O como la Audiencia Territorial de Francisco Jareño, el mismo arquitecto que diseñó, por ejemplo la Biblioteca Nacional. Así, sin movernos del Altozano, alcanzamos a ver, superpuesta a la que tenemos delante, la plaza que perdimos. Subimos por el paseo de la Libertad, al que le cambia el nombre y vuelve a llamarse de Alfonso XIII. En la primera esquina a la izquierda hacemos una parada en el bar El Progreso, más conocido como La caja de cerillas, por lo pequeño que es. Oímos una explosión y lo vemos volar todo. Aviones franquistas, en su afán por enmudecer la estación de ferrocarril, que está al final del Paseo, nos han bombardeado. Hay secuelas de la metralla en las rejas de la Diputación, el edificio que diseñó el hellinero Justo Millán, al que la explosión ha arrebatado también el reloj, el tardón, caído entre los escombros. Oímos pasar a un guasón que dice: “hombre, por fin ha echado andar ese reloj”. En cambio está indemne el reloj de cuatro esferas que corona el ahora Museo Municipal. Lo llaman El perro flaco porque el empresario que lo vendió a la corporación se apellidaba Canseco. Y desde la estación vemos venir caminando al Marqués de Salamanca. Qué tipo. Nos acercó el ferrocarril, por eso le pusimos calle, pero no tenía nada que envidiarle a Jesús Gil ni al más marrullero de nuestros políticos. Su biografía es para enmarcar, y Sánchez de la Rosa nos sirve una ración en su prosa exquisita. Oímos sonar las campanas de la catedral, con su sonido líquido de campanas fantasmas, fundidas para construir cañones y balas durante la contienda nacional. La que hoy escuchamos se compró en el año 47. Y siguiendo aquel sonido evocador, bajamos la calle Ancha y doblamos a la derecha por la Mayor, que ya existía en 1768, y caminamos hacia la plaza del mismo nombre, con la ilusión de encontrarnos el antiguo edificio primero que albergó el ayuntamiento. Volvemos la cabeza muy despacio, saboreando el instante, y ahí está, no el complejo rojo y frío de Villacerrada, sino el viejo, sucio y legendario Alto de la Villa, que extirparon en el año 1973 como una muela cariada en el corazón de la ciudad. Quizá no fuera el lugar más edificante de la tierra, pero en las páginas del libro encontramos referencia de sus calles, de sus establecimientos, del Pozo de la Nieve. Y ya que nos ponemos, avanzamos a la esquina de la calle de la Caba con Albarderos y encontramos los Baños de Tremendo, lo más parecido a una piscina que tuvo Albacete durante años. Aunque más lejos estaban la balsa de Monroy y El Palo, para dar unas brazadas. Y encontramos la calle de la Feria, presente desde el siglo XVI, con su edificio Perona al que De la Rosa le despliega el pedigrí completo. Podríamos subir al autobús, el primero de todos, El piojo verde, que era amarillo, y bajarnos luego en la parada de El Parque para disfrutar del Estanque romántico, aunque tal vez algo estancado, que diseñó Daniel Rubio. Ahora suspira enterrado bajo el Museo Arqueológico. Y lo mejor de todo: este paseo por la ciudad desaparecida es solo una de las posibles rutas que se nos abren desde el libro de Sánchez de la Rosa, ilustrado por su nieto Claudio. Hay otras: la de oficios desaparecidos, la de personajes que significaron algo y ahora nadie recuerda o recuerda mal, la de anécdotas pequeñas sobre las que hemos crecido sin saberlo. José Sánchez de la Rosa: Fonda del reloj. Altabán-Popular libros. Albacete, 2011.

Juanjo en La Patagonia


Según Walter Benjamin, existen básicamente dos tipos de narradores: el que tiene que viajar lejos de casa para encontrar hechos y relatos y el que se queda en casa recogiendo recuerdos y transmitiéndolos. El primero lo representa el viajante de comercio o el marino. El segundo, el campesino. Es probable que Juanjo Jiménez y yo seamos tan amigos porque encarnamos los dos extremos. Mientras que yo me he ido cerrando a un círculo no demasiado amplio, escribiendo sobre la familia y sobre emociones condensadas en un pequeño territorio, Juanjo, cada vez más, ha ido escapando de lo cotidiano, y cada vez más se ha ido yendo más lejos. Empezó con la bicicleta como transporte, pero llegó un momento en que se le quedaba corta y acondicionó una furgoneta con la que ha recorrido Europa, hasta los lugares donde es posible llegar en furgoneta, siempre con la bici en la parte de atrás como complemento. A veces da un estirón y se embarca en una aventura más ambiciosa. Para abrir boca se fue a Finisterre, y vino con la paleta llena de barcas y de mares. Aquello fue solo el principio, una excursioncita si la comparamos con expediciones posteriores, como la de pisar el Ártico en Nordkap o circular con la bicicleta por Islandia. De esos viajes regresa con la cámara desbordada de imágenes y con la retina rezumando los colores vividos. Porque Juanjo Jiménez es pintor, o artista plástico, como los llamamos ahora que la pintura se ha ido diluyendo en las nuevas tecnologías y que la palabra pintor se queda corta porque, como siempre repite Juanjo, “ya nadie pinta”. Supongo que esta sentencia se puede traducir en que los artistas tienden a mezclar los procedimientos tradicionales con las infinitas prestaciones que les ofrecen las pantallas. En enero del año pasado Juanjo emprendió algo diferente: subió a un avión y cruzó el Atlántico, al tiempo que brincaba la línea del Ecuador, para echarse a pedalear por las vastas extensiones de La Patagonia. En realidad, sería más propio decir para perderse, ya que lo único que tenía previsto era dónde empezar y dónde terminar a tiempo de subir al avión de regreso. La diferencia con otros viajes, al menos hasta donde yo sé, es que esta vez se ha provisto de un diario en el que ha ido anotando los aconteceres y las reflexiones surgidas en el día a día de sus andanzas. Para mí es novedoso y hasta intrigante porque siempre me he preguntado qué pasaba por la cabeza de Juanjo cuando se sumergía en los silencios y los infinitos que tanto le atraen. Ahora ya sé que sigue siendo Juanjo. Una vez le leí a un explorador de la Antártida, otro loco parecido, que para ser aventurero es requisito indispensable tener poca imaginación, para no andar dándole vueltas a los ruidos que se oyen o desproporcionar los peligros que pueden acecharte. Esa es la gran diferencia entre Juanjo y yo. Cuenta que una noche algún bicho sin identificar le desgarró la tienda de campaña y le royó parte de la comida; yo me hubiera subido de un salto al primer avión que surcase el cielo, mientras que él lo narra casi con naturalidad. Claro, las pasó canutas rodando por caminos de piedras, que allí llaman de ripio, bajo lluvias incesantes y soles abrasadores. Estaba solo y no, ya que compartió las tierras desoladas con otros cicloturistas tan rayados como él, venidos desde Italia, o Alemania, o Japón, solitarios todos, cada cual a su bola, coincidiendo por azar en inverosímiles hosterías o en repentinas treguas de la vegetación. Por cuestiones de posproducción y porque es mi especialidad, he tenido ocasión de sumergirme en el relato antes de ver las fotografías y las pinturas resultantes. Año y medio después Juanjo me explica que en esta ocasión la retina ha derramado los tonos oscuros y boscosos, el azul omnipresente del agua y del cielo, las formas laberínticas de la naturaleza. No caben en una sola sala. Ha tenido que repartir la exposición. Juanjo Jiménez: Paisajes de silencio: Patagonia. Bar Viktor (c/Octavio Cuartero, 6) y Archivo Histórico Provincial (c/Padre Romano esquina c/Feria). Del 15 al 29 de junio.