Tengo que confesar que, como San Pedro, yo negué a mi candidato. Aunque fuera una vez solo. Ocurrió por teléfono. A mí también me llamó una encuestadora para preguntarme a quién iba a votar y para que les pusiera nota a los políticos, entre otras tonterías. Igual no sirvo como referencia, porque voy de candidato por una de las listas, le advertí. Sí que sirves, atajó, yo diría que temerosa de que me escabullese. Fue gozoso ir suspendiendo a políticos que se proclaman de izquierdas solo durante la campaña y a otros que ni siquiera lo intentan. Fue fácil, hasta que me preguntaron por el candidato de Izquierda Unida, mi candidato. Er, pues, el caso es que no lo conozco, dejé caer de forma impulsiva. Y una vez que había manifestado mi turbación, no quise corregirla: no puedo calificarlo. La explicación se la ahorré a la encuestadora; al fin y al cabo llevo menos de dos meses como artista invitado en la coalición, por mucho que encabece una de las listas. Conozco a los de mi pueblo y a Pedro Bolívar y Vicente Tendero, que han venido a traer y llevar carteles y programas y a resolvernos dudas. Aunque fuera anónimo, qué impresionante ejemplo de honradez, me dije. Demostración fehaciente de que aún no soy político. Me sentí muy satisfecho. Otro cualquiera, no solo hubiese otorgado un diez al candidato por el mero hecho de formar parte de su partido, sino que hubiese incluido algún detalle, por si la encuesta contemplase la matrícula de honor. Otro cualquiera hubiera sido incapaz de ser sincero en semejantes circunstancias. En lugar de satisfecho, de estar en mi pellejo se hubiese sentido gilipollas. Pero, mira por dónde, pocos días más tarde, la otra mañana, recibo dos llamadas de mi candidato, dos llamadas que no pude contestar porque me estaban entrevistando en ese momento. Y, al bajar de la emisora, allí estaba en el vestíbulo Daniel Martínez, mucho más real y mucho más cercano que esas fotos que nos matan a mejor, las fotos de los carteles y la propaganda electoral. Como yo de alto y hasta con un grano en la nariz, que es tan prominente como la mía y que le da un cierto aire de brujo de los que sacudían escobazos en las atracciones de feria. Y se dirige a mí con la misma naturalidad que si me conociese de toda la vida, como si no le hubiese negado en las encuestas. Resulta que, encima, es de pueblo como yo. Me cuenta que está intentando conocernos a todos los candidatos municipales, pero que le faltan horas, días. Ante unos cafés, en la plaza de Chinchilla, se estudia la fotografía de nuestra candidatura como si estuviera absorbiendo con escáner las caras de los componentes. Le aclaro algunas dudas. Por supuesto, intercambiamos impresiones sobre la campaña. Están intentando otra vez lo del voto útil, me comenta. Pero esta vez, el antídoto es muy fácil: se han alejado tanto de las políticas sociales que nadie que piense de verdad los asocia con la izquierda. Ya solo queda una izquierda. Se mira el reloj. Le espera otra entrevista en Albacete, con una televisión. Viaja en coche por toda la Comunidad, pero me confiesa que lo lleva mejor que en otras elecciones en las que estuvo coordinando la campaña. Responde una media de tres entrevistas diarias, y sin embargo lo prefiere. Le resulta menos estresante. No va a dejar de presentarse por su pueblo. Es un pueblo pequeño, me aclara, son quinientos habitantes, controlamos el treinta por ciento de los votos, se puede compaginar. Luego, por supuesto, me pregunta que cómo lo llevo. Al fin y al cabo soy novato. Le digo que no pensaba que esto de la política liberase tantas emociones. Pues ya verás cuando no puedas dormir alguna noche. Ya me ha pasado, ya me ha pasado; y eso que soy de buen dormir. Hoy le votaré sin que me tiemble el pulso. A un político solo le pido que se acerque, que sea de carne y hueso, que sepa hablar pero también escuchar. No hay mejor detector de imposturas que una conversación informal en una cafetería.
Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
La izquierda en una democracia de piedra
Me gusta vuestra lista más que la mía, te suelta un vecino. Y luego viene otro y te dice algo parecido: vuestra lista es la mejor. Y añade: cuando estéis dentro, tenéis que pactar con los de tal partido. Dando a entender que los de tal partido van a alcanzar la hegemonía en el ayuntamiento y a los de tu lista les queda el consuelo de servir de bisagra. Los que hablan de “su” lista (de esa otra lista que les gusta menos que la tuya, pero a la que van a votar inexorablemente) no utilizan el posesivo porque formen parte de ella, sino porque es a la que votan siempre, a la que van a votar aunque en unas elecciones esté conformada por marcianos verdes con bigotillo a lo Dalí. Lo de menos es qué digan, qué propongan. Lo esencial es que se trata de “su” partido, lo que les permite arrogárselo con la misma naturalidad que se autoproclaman del Real Madrid o del Barcelona, que es una condición que se celebra con vacas gordas y se sobrelleva cuando las tornas cambian, sin que se le pase a nadie por el corazón, y menos aún por la cabeza, la posibilidad de cambiar de equipo. Por supuesto hay siempre respeto, cordialidad, incluso cariño en estas conversaciones que suelen dejarte con la frustrante conclusión de que da igual que tengas un equipo unido y preparado, un estudio hecho de cómo funciona la ciudad, unas líneas de actuación sensatas, da igual lo que tengas, porque las simpatías que pueda generar todo este trabajo se diluyen en gran medida dentro de la inercia de los votos inamovibles. Hablas con un técnico del ayuntamiento que ha estado presente en los recuentos de todas las elecciones últimas y te confirma con la misma imparcialidad natural que, en el pueblo, el partido equis tiene siempre un fijo mínimo de setecientos votantes y el partido jota cuenta un fijo de novecientos y que al tuyo le corresponde un fijo de doscientos y no más. Porque los otros son el Real Madrid y el Barcelona y el tuyo el Valencia, pongamos por caso, o el Atlético de Madrid. Como si la liga (quiero decir las elecciones) estuviera jugada de antemano. Eso sí, todos añaden argumentos para convencerte de con quién has de pactar luego. Es recurrente el de que las izquierdas tienen que estar unidas y no dejar que gobiernen las derechas, dejando también claro que la orientación política está vinculada del mismo modo inapelable a las siglas de los partidos, sin tomar en consideración lo que los partidos propietarios de esas siglas hayan hecho en estos últimos años. Como si cargarse una caja de ahorros de todos o imponer los trenes ave, que son caros y de horarios raquíticos (por poner dos acciones entre un montón) fuesen decisiones de izquierda solo porque el partido que las adoptó tiene el privilegio de seguir siendo de izquierdas haga lo que haga. En Chinchilla, ese partido jota ha cultivado una política desarrollista, de plantar urbanizaciones por doquier, hasta perder el control sobre el crecimiento del municipio, lo que tampoco me parece una política de izquierdas. Con el mismo desparpajo, otro amigo te comenta: yo soy de izquierdas, pero es que la izquierda nunca ha funcionado en el gobierno: mira Cuba o Rusia o Corea. Y tú lo miras a él, con afecto de amigo, e intentas explicarle que el estalinismo y el castrismo son aberraciones de la izquierda y que pertenecen al mismo desfase que los fascismos. Cualquier ciudadano de derechas puede rasgarse las vestiduras si lo llamas facha, pero a uno de izquierdas se le supone el aguante necesario para que se le compare con Stalin o con Castro sin poner más objeción que un leve parpadeo. Y eso que, desde el siglo XIX, se asocia a la gente de izquierdas con el laicismo, el cambio frente a la inmovilidad, la libertad frente a la autoridad, la igualdad frente a los privilegios de la herencia y la solidaridad frente al individualismo rampante. Con añadir ecologismo y poco más, la definición aún vale. Pero tenemos que revalidarla en la actuación política.
Campaña alternativa
Campaña alternativa
En el instituto aún no hemos recibido el ingreso para afrontar los gastos de funcionamiento, para pagar la luz, el agua, el teléfono y todo lo demás. La Junta de Castilla-la Mancha tiene el compromiso de hacer efectivo en el primer trimestre del año el 40% del presupuesto del curso y estamos entrando en mayo sin haber visto un euro. Estamos todos los institutos de la Comunidad pasándolas canutas. Yo creía que, con la campaña electoral en ciernes, apoquinarían como fuera, para granjearse unas postreras simpatías. Pero ni con esta presión sueltan la mosca, con lo que se puede deducir que no tienen liquidez, aunque quizá sí la haya para sufragar la propaganda electoral, por mucho que haya decrecido con respecto a los últimos comicios. Es la última vuelta de tuerca de una legislatura desastrosa que se ha llevado por delante la Caja de Castilla-La Mancha, convertida ahora en un banco puro y duro, y que nos deja aeropuertos inútiles y facultades de medicina duplicadas. El otro día un amigo me comentaba que las instituciones le deben a su empresa las facturas de dos años, que acaban de despedir a unos cuantos trabajadores y que, si no les pagan antes de junio, la plantilla va a sufrir otra merma importante. Y los mismos que no pagan, se desgañitan prometiendo dar empleo a todo el que lo pida, a cambio de que les regalen el voto. Después de las elecciones, gane quien gane, cuando vayan a mirar en la caja común de la Comunidad es muy probable que no encuentren ni siquiera telarañas. Y teniendo en cuenta que, con la ley de autonomía medio desarrollada, los municipios son rehenes de las comunidades autónomas, el primer problema con que se van a encontrar todos nuestros nuevos ayuntamientos es que no tendrán un chavo para funcionar. Con este panorama, con el pueblo llano despotricando de los políticos, que despotrican de sí mismos, y los jóvenes (en general) sin querer saber nada de elecciones ni de pamplinas, ahí tienen a los dos partidos hegemónicos, matándose por unos votos, por el poder que otorgan, que no es de ellos, sino de los bancos a los que han empeñado sus pestañas. Porque la alternativa da pavor. La alternativa se ha pasado cuatro años pidiendo dimisiones y sin mover un solo dedo para lo que no fuera criticar las acciones del gobierno, fueran las que fueran, sin recatarse en desacreditar al sistema judicial, si les llevaba la contraria, o en poner en peligro la lucha antiterrorista para conseguir dos décimas más de desgaste de su contrincante. Bochornoso. Si el fin nunca justifica los medios, en este caso todavía menos, porque lo que han hecho es deshonrar un sistema que nos ha costado siglos instaurar. Y ya no hablemos de lo de presentar a la reelección a candidatos imputados judicialmente solo porque con ellos se aseguran el seguir gobernando, más allá de la justicia y la dignidad. El mundo está así. El premio Nóbel de la Paz Obama ordena un asesinato en otro país y se sienta a presenciarlo con sus colaboradores como si se hubieran juntado a ver la final de la Super Bowl; un asesinato propiciado, por cierto, con datos arrancados bajo tortura a un prisionero. Y los demás países, supuestamente civilizados, aplauden. En medio de este espectáculo inmoral, no es extraño que un grupo de personas se hayan citado esta tarde en el altozano para pedir una democracia real. Qué menos. El ejemplo nos lo han dado países musulmanes que han sido capaces de derribar las dictaduras que los sojuzgaban simplemente juntándose y permaneciendo unidos. Ahora, imitando el procedimiento de usar las redes sociales para convocarnos, personas ahítas de este espectáculo lamentable llaman a la manifestación por una democracia real. Sin embargo, sin ser yo nadie para ello, les haría una pequeña matización. Nosotros sí que tenemos democracia. Lo que pasa es que no la usamos. Votamos como autómatas cada cuatro años. Nos hemos llegado a creer que solo hay dos posibilidades: la una mala, la otra peor. Pero, señores, hay más. Basta con que nos conjuremos muchos españoles a elegir cualquier otra, la que sea.
Reacciona
Stephane Hessel es un escritor de 94 años que fue torturado por la Gestapo y estuvo preso en campos de concentración nazis. Parece que esta parte de su currículo no le ha pasado factura. Me atraen dos explicaciones entre las muchas posibles: algún aspecto de su reclusión, tal vez el pasar tanta hambre, le ha permitido alcanzar la longevidad; o bien su naturaleza es tan recia que ha conseguido sobrevivir a las calamidades. El caso es que, muy cerca del siglo de existencia, ha demostrado su lucidez publicando un libro donde nos grita desde el título: ¡Indignaos! Como todos tenemos el cabreo a flor de piel, el libro ha sido un superventas en Francia las pasadas navidades y su popularidad se ha extendido por occidente. En realidad el volumen es un objeto ligero en todos los sentidos. Lo que hace es repetirnos las razones que todos conocemos o presumimos para abominar del sistema vigente, un sistema en que los bancos tienen en sus manos a los gobiernos y a su vez los gobiernos están exprimiéndonos para que los ricos sean cada vez más ricos, sin que nadie se queje en voz alta. A lo mejor a Hessel le han dejado alzar la voz porque es viejo. Solo los viejos, los niños y los borrachos ven al rey desnudo y se atreven a decirlo, aunque a los niños no se les oye y los borrachos después no se acuerdan. Aun así, era la señal que estábamos esperando. En España, el libro ha tenido una secuela, en la que los autores dan un paso más y gritan desde el título: Reacciona. Tenían ganas de leerlo. La indignación estaba ya conmigo antes de que la agitase Hessel y lo que necesito son más bien ideas para convertirla en acción en mi vida, en mis clases, y en mi incipiente aproximación a la política como aspirante a alcalde de mi pueblo. El libro empieza bien, con la intervención como telonero del economista José Luis Sampedro, nacido por cierto el mismo año que Hessel. Describe lo que ya sabíamos, que Europa está en coma y que hemos progresado en tecnología pero nos hemos estancado en valores, hasta el punto en que pensamos, como quieren los mercaderes, que todo tiene un precio y nada tiene valor. Federico Mayor Zaragoza añade que para que no haya una revolución violenta, tenemos que tener grandes sueños y perseguirlos hasta romper los límites de lo posible y redistribuir los bienes del planeta. Bellas palabras y hermosas sugerencias, pero ningún camino claro. El magistrado Baltasar Garzón, sorprendentemente para mí, que lo aprecio como símbolo pero (quizá influido por los infundios y por esa película sosa que protagoniza) empezaba a dudar de su valía, pone algunos puntos sobre las íes. Dice que el conformismo ante lo inevitable se ha convertido en la regla y que la solución pasa porque los ciudadanos españoles vuelvan a creer en la política; para conseguirlo se necesita que los políticos rindan cuentas de su actuación ante los electores sin ningún tipo de intermediarios. El economista Juan Torres asegura que la desmovilización ciudadana se debe a que la gente vive atenta a cosas que no importan o bien atenazada por el miedo a perder el trabajo y sus comodidades, y por la incertidumbre de qué pasará. Rosa María Artal explica el papel de los medios, señalando que el consumismo es adictivo, exactamente igual que la especulación: vivimos entre dos adicciones paralelas. Nos regala el proverbio africano de que mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo pequeñas cosas, puede cambiar el mundo. Ignacio Escobar resalta que las redes sociales están desmintiendo en los países africanos y Oriente próximo la profecía autocumplida de que moverse no va a servir para nada. Los científicos Carlos Martínez y Jesús López advierten de que una sociedad que invierte en investigación básica se adapta antes y mejor a los cambios vertiginosos de la tecnología. Por último Lourdes Lucía añade que los que mandan tienen miedo de que dejemos de tener miedo, pero apostilla que los problemas sociales no se solucionan con individualismo, sino recuperando la comunicación directa: hablando, viéndonos y actuando unidos. / Varios autores: Reacciona. Aguilar, 2011.
Vida y destino
Sumergirte en la lectura de una novela, cuando es una novela que merece la pena y además es larga, tiene algo de mudanza. En mi caso, que leo todos los días, en un rito que intento salvaguardar de las obligaciones y los compromisos, se trata de una mudanza a plazos. Compartimento el tiempo del día entre las distintas tareas obligadas y aguardo el momento de la lectura con la misma ilusión con la que dejo atrás mi casa cuando emprendo un viaje. El empeño tiene algo de ese vicio del fumador que va encendiendo un cigarro con la colilla del precedente. Estoy apurando una novela, sin querer que se acabe, y ya estoy planificando cuál será la vendrá a ocuparme. A veces necesito un respiro para sacudirme la atmósfera del libro en el que he estado inmerso durante semanas; aunque también, a veces, unas pocas horas de maravillosa intensidad. Y anoto siempre con lápiz, al final, en la cortesía blanca, última, del libro, las citas de ciertas páginas que me han impresionado, sorprendido o sobrecogido. Observo ahora la foto gris de la portada, sopeso el volumen que acabo de terminar, lo sobo y recuerdo el momento en que me topé con él en el expositor de Librería Popular, el tiempo que aguardó en la estantería a que le llegara el turno y las semanas que me ha acompañado en la mesilla. “Vida y destino”, el novelón de Vasili Grossman, me ha tenido más de un mes viviendo en la Segunda Guerra Mundial con el centro de operaciones en Stalingrado, no como observador externo que huele solo la pólvora y los cadáveres, sino como testigo directo de lo que sucede en el ánimo de los personajes, sintiéndome también yo mismo personaje, el personaje lector. “Estaba en mi habitación, en mi cama, pero me sentí en tierra extraña”, como descubre al despertar una de las extraordinarias mujeres que van hilvanándose en la historia, en la que se mezclan y confunden tantos actores que el editor incluye una relación aclaratoria que ocupa siete páginas, pero que al menos yo no echaba de menos, porque la realidad es así, confusa, como la describe Grossman, simultánea, inabarcable. Había leído alguna reseña elogiosa de Muñoz Molina, en cuya estremecedora “Sefarad” hay retazos del mundo de Grossman. También la aconsejaba Cercas. Un colega del instituto me dijo que era la “Guerra y paz” de la Segunda Guerra Mundial. Todo ello es cierto. Aunque, como en todos los mundos cerrados, puede que cueste entrar. Yo iba adentrándome en la oscuridad de aquellos tiempos, comprimidos entre el desafuero nazi y la sinrazón estalinista, había tomado algunas notas, cuando de pronto caí de lleno, sin paracaídas, sin sosiego posible, en la carta estremecedora con la que una mujer narra el cambio fatal en su destino desde la página 94 y siguientes, donde esboza su despedida con una entereza y una resignación que apabullan. En capítulos posteriores, con una dignidad trazada a pulso, el autor nos introduce en el campo de exterminio desde todas las perspectivas posibles, incluidas las de los verdugos. Son episodios en los que uno a la vez cerraría los ojos y se niega a cerrarlos. No es menos espeluznante el modo insidioso, destructivo, con que el régimen de Stalin desorganiza el bien y el mal en la mente de los ciudadanos: “¿Qué es lo que trato de decir? ¿Qué soy un hombre con dos conciencias, o que hay en mí dos hombres, y cada uno tiene su propia conciencia?” Y en medio de este escenario, la bondad sigue existiendo y la generosidad, tanto mayores cuanto menor es la esperanza de sobrevivir de las personas. Y, por supuesto, el amor: “La amaba más que a su pasado”. La vida, más fuerte que todas las atrocidades. La vida rebrotando desde las costuras deshilachadas y llenas de piojos de todos los muertos y deportados y depurados. La vida, más fuerte que la mezquindad de los sistemas. La vida reactivándose en las últimas páginas, tristes, líricas, memorables, del libro. Lo cierro. Miro a mi alrededor y algo ha cambiado. No soy el mismo que al empezar. Vasili Grossman: Vida y destino. Debolsillo.
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