Mi abuelo Cayo era sordo. No sordo como una tapia, lo que suele llevar implícito en la guasa que el mentado sea capaz de discernir algún sonido. Era igual de sordo que calvo: ni un pelo ni un sonido. En mi impaciencia infantil, a mí me costaba admitir ese estado de silencio puro, que le resultaba tan abrumador a mi fantasía como la conciencia del infinito o la de la vida eterna. Alguna vez le pregunté por medio de los gestos con los que nos comunicábamos de una forma aceptable (siempre que no entráramos en sutilezas metafísicas), que qué oía, que de qué crepitaciones o carraspeos o susurros estaba compuesta la sordera. Su contestación debió de ser imprecisa o no lo bastante satisfactoria como para quedarse grabada en mis recuerdos, como quedaron grabadas otras muchas conversaciones con mi abuelo, de quien creo que he heredado parte de la calva, el amor por el deporte, una orgullosa sensación de raíces vascas y el gusto por aplicar las lecturas de autoayuda, cuando aún no era un género exitoso, sino un descubrir nuevas técnicas en notas semiocultas en los periódicos. Mi madre y varios de sus hermanos sí que heredaron la sordera, pero a tiempo de paliarla con esos artilugios aplicados al pabellón auricular que antes se llamaban sonotones y ahora son audífonos. Sordos como tapias, pero capaces de oír. Uno de mis mejores amigos sufre el mismo problema y ha de usar el mismo aparato. El mundo de los sordos me es muy afín, aunque agradezco haberlo vivido hasta la fecha desde el otro lado de la barrera, lo que no significa que haya superado aquella curiosidad que se quedó insatisfecha con la respuesta de mi abuelo. Hace poco Eloy M. Cebrián, en un rato de tertulia en Librería Popular volvió hablarme de la última novela de un autor que le gusta mucho, David Lodge. Me resumió el argumento: un profesor universitario jubilado, trasunto del novelista, cuenta sus experiencias desde la sordera. No pude aguantarme más y me fui con el libro bajo el brazo. Cuánto le agradezco el consejo. “La vida en sordina”, que empieza simulando ser el diario, casi involuntario, de un sordo, es mucho más que una acumulación de anécdotas y reflexiones: al terminar de leerlo, comprendes que sus páginas están unidas por un hilo perfectamente deliberado y tejido con tanta maestría como sobriedad. Cierto que la sordera está omnipresente y punteada de humor: “la sordera es cómica, en tanto que la ceguera es trágica”; pero a la vez, la cercanía de la pronunciación en inglés de los términos deaf (sordo) con death (muerte) y dead (muerto), le permite ir enredándonos en un juego que empieza siendo intrigante y termina resultando entrañable y trascendente, sin escapar de la rutina cotidiana de un ex profesor universitario. En torno a los personajes del padre del protagonista y de la estudiante americana que prepara una tesis sobre notas de suicidas suceden los grandes picos afectivos, mientras que la mujer y el resto de la familia sirven como aglutinadores del proceso, aunque están perfectamente perfilados y caracterizados. De paso me he enterado de que el poeta Philip Larkin descubrió que se estaba quedando sordo cuando su acompañante alabó los trinos de las alondras que él era incapaz de escuchar. También de que tanto Goya como Beethoven crearon las que quizá sean sus mejores obras inmersos en el aislamiento de la sordera, que demasiado a menudo se confunde con misantropía. También me ha gustado la defensa que hace el protagonista del método griego del diálogo como el más apropiado para una enseñanza fructífera, mejor que el monólogo del profesor y que la mera exposición de datos proyectados con cañón en una pantalla. Claro, que la sordera dificulta el ponerlo en práctica. Además he sabido que esa algarabía que nos resulta tan familiar a los españoles, de hablar a gritos en un lugar público porque los gritos de los demás nos impiden casi oírnos a nosotros mismos, se llama efecto Lombard. En fin durante unos días he escuchado la vida desde el audífono de un sordo muy inteligente. David Lodge: La vida en sordina. Anagrama, 2010
Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
Madrid
Si se cumplen las predicciones de los meteorólogos, que fallan mucho menos desde que son meteorólogas, la lluvia y el frío habrán limpiado la boina de dióxido de nitrógeno que coronaba Madrid la semana pasada. Aún parece que vengo de respirarla, con su olor de carbonilla de tren y de hierro oxidado. Decía el maestro Saramago que la relación con una ciudad tiene que ver sobre todo con la memoria que tienes de ella. Y yo, que nunca he vivido en Madrid más de tres días y que la piso de uvas a peras en visitas fugaces pero intensas, guardo una memoria fragmentaria y difusa de la capital del reino. La más reciente, fresca aún, se detiene en el Círculo de Bellas Artes, cuyos cinco pisos de escaleras blancas y pomposas subí para llegar a la sala María Zambrano. Allí homenajeamos a Luis Alberto de Cuenca el otro día, a través de un libro impulsado por Javier Vázquez. Somos más de cien los colaboradores, con poemas, ensayos y anécdotas. Y de los cien, salimos al estrado por lo menos una treintena a soltar nuestra breve perorata. La mía, entrañablemente fallida: recién llegado de Chinchilla, ni siquiera había tenido tiempo de hojear el libro y estuve un minuto explicando que mi colaboración consistía en una entrevista que nos concedió en la Biblioteca Nacional y le publicamos en «La Siesta del Lobo»; que todo lo había puesto él, que es lo natural en las entrevistas. De pronto, desde el centro de la mesa, con el libro abierto entre las manos, el homenajeado me interrumpió: “pero lo que publicas no es la entrevista”. Silencio sepulcral. “En todo caso puede ser el texto introductorio”, conjeturó piadosamente, como tirándome un cable salvador. Hay que tener en cuenta que Luis Alberto es, ante todo, buena persona. Me deslizaron un ejemplar y, en efecto, había escrito un artículo exclusivo para la ocasión en marzo del 2008 y me había olvidado por completo de él. «La muerte en L.A.d.C.». No me refería a la de verdad (ni siquiera se la desee en ese momento en que la adrenalina que borboteaba en mi sangre se me cayó a los pies), sino la de los personajes de sus poemas, que mueren sin morir, como los protagonistas de los tebeos que tanto le gustan. Luego tuve ocasión de recuperarme con una tónica en una mesa del propio Círculo, escuchando hablar a sabios con bufanda. No fue menos estimulante el paseo nocturno desde la calle de Alcalá a la Puerta del Sol, la calle y la plaza Mayor, y los callejones de la movida que hay detrás de la plaza, donde perderse a esas horas es recomendable, aunque yo me perdí sin querer, como suele sucederme en las metrópolis. Cuando volví a mi ser, al poco rato, estaba caminando hacia el río Manzanares por las anchuras de la calle Segovia, entre jardines despoblados, bajo viaductos colosales, en medio de una humedad olorosa, que era el olor de otro Madrid nunca visitado por mí hasta entonces. Porque, a decir verdad, la capital la conocen más mis pies que mi mirada. Mi versión de Madrid reside en ellos. Claro que, si me esfuerzo un poco, puedo verme en las salas del Museo del Prado, más aún que frente a las pinturas (aunque acompañe tanto la vibración de las pinturas), en los recovecos modernizados de la Biblioteca Nacional, con su olor a cola y a papel ácido, la estación de Atocha, las bocas de metro, el tráfico, el gentío. Me acuerdo sobre todo de la indefensión ante el gentío, que anda con tanta decisión en tantas direcciones, mientras uno va despacio, intentando saborear el dióxido de nitrógeno como si sorberlo otorgara alguna especie capitalina de glamur. Sí, mi memoria de Madrid, que no cabe en este artículo, acaba disolviéndose en las caminatas y en el viaje de regreso, en el que siempre acabo congraciándome con el machadiano Juan de Mairena, que estaba convencido de que algún día todas las personas distinguidas vivirían en el campo, dejando las grandes urbes para la gente común, la humanidad de munición, como él decía. / Alrededor de Luis Alberto de Cuenca. VV.AA. Neverland Ediciones, 2.011.
Sociedad limitada
Me encuentro en Librería Popular con mi vecino de estas páginas José Manuel Martínez Cano y, mientras nuestros ojos pajarean por entre las novedades, me pregunta por jóvenes poetas que me hayan entusiasmado últimamente. Damos por hecho, claro, que los albaceteños Rubén Martín y Andrés García Cerdán han puesto muy alto el listón. La verdad es que en ese momento no se me ocurren otros nombres que añadir, pero me voy dándole vueltas. No recuerdo libros completos, sino poemas sueltos. Pienso en la madre de Martín, que huele a verano, y en Cerdán que todos los días da su vida entera y se muere en una fiesta. Pienso en el ilicitano Jesús Bernal, que sigue siendo desconocido e inédito el pobre cuando merecería mejor suerte: “Y que después / de haber asesinado a tantos hombres / y de arrojar sus cuerpos a los perros, / pudiera conmoverme todavía / el profundo silencio de estos bosques”, escribe con ecos de Homero, este joven poeta transido de ecos. Emocionar a un lector con un solo poema, con un solo verso incluso, debería ser premio suficiente, pero los poetas no solemos enterarnos de ese milagro que ocurre con nuestras piezas y nos sabe a poco cuando nos enteramos. De eso hablaba el otro día con Brines, que está recuperándose de sus infartos. Dice Brines que entre los jóvenes poetas está de moda escribir sin referentes. Que cuando tiene que leerlos en los concursos a los que acude como jurado, se ve obligado a hacer un doble esfuerzo. Acostumbra a leer dos veces cada libro, y una tercera los que pasan la criba, porque desconfía de su propia atención. Pero esos libros sin referentes, dice, son como jeroglíficos, no producen más emoción que la de entenderlos, si al final lo consigues. No ser jurado te permite leer más a tu aire, ir a salto de mata. Y me doy cuenta de que arriesgo poco como lector, cada vez menos. Recuerdo a Gimferrer mirándose el reloj y asegurando que le quedaban pocos años y mucho por leer, muchos clásicos se entiende. Sin agobiarme como él, prefiero releer que aventurarme. De lo reciente, siguen vibrando poemas de «Piedras al agua», el último libro de Cabrera, o la atmósfera de los amores neoyorquinos de Abelardo Linares, los amores isabelinos de Javier Lorenzo, el minucioso recuento de Valentín Carcelén, o las chimeneas, los pájaros y las excursiones de «Llegar», el libro inolvidable de León Molina. A veces, el azar te pone en las manos un libro, como ese «Días aparte» de José Rubio, que me regalaron los Pre-Textos en Valencia. Con qué discreta elegancia despacha una elegía familiar («La calle intendente Palacios»): “…El taxista me habla / de lo poco que llueve. Yo lo miro, y asiento, / pero no digo nada, ni siquiera le he dicho / que en el número 6 murió mi padre”. Hace poco, en Hiperión, otro reducto de música clásica cercado por las excavadoras, las taladradoras y las zanjas del Ayuntamiento de Madrid, me fijé en una pizarra donde exponen los libros de poesía más vendidos del mes. El primero, «Con el tiempo», de Enrique García-Maíquez, un poeta inteligente que ya me había recomendado Miguel d´Ors. No es meditativo porque la meditación requiere cierta pausa y la agudeza de Maíquez tiene prisa por destellar, por mostrarse. En cambio, su mentor, el propio Miguel d´Ors, qué maravilla de libro su «Sociedad limitada», en el que cuento por lo menos quince poemas que me emocionan, que me emocionan mucho, escondidos entre ejercicios de estilo y de ejercicios de moral cristiana. Quince poemas estupendos en el mismo libro es una barbaridad. Gil de Biedma, en sus antologías, reúne poco más o menos ese número, insuperables, claro, también entre ripios y pruebas fallidas. Si alguien tiene un gusto como lector de poemas parecido al mío, que busque ese libro de d´Ors y que se lo inyecte en vena. Ese y el de «Versos que arrastra el viento», de Karmelo C. Iribarren, un libro para niños de todas las edades. Pero he ido subiendo la edad de los poetas sin darme cuenta, José Manuel. Limitaciones de lector, qué duda cabe.
Yorick, sin problemas
El otro día presentamos en «El nido del Arte» el número 9 de la revista literaria «El problema de Yorick», del incansable Eloy M. Cebrián y el invisible Antonio García Muñoz. Estos actos suelen tener un alto componente emocional porque los escritores no acostumbramos a compartir en voz alta los resultados de nuestra brega solitaria más que cuando conseguimos engañar a un editor y que nos publique un libro. Si nos juntamos es para hablar de otras cosas, sobre todo de cotilleos sobre gente que escribe, mucho más que del contenido de lo que la gente escribe. Una revista es más que una excusa, invita a compartir. De hecho obliga, especialmente si el director de la publicación nos reclama, porque para eso hemos aportado nuestro granito de arena. Yo digo siempre que las revistas constituyen un género literario colectivo, cuyo resultado depende mucho de la habilidad del que coordina para conseguir textos buenos de gente solvente, sorteando en la medida de lo posible los compromisos de amigos y conocidos menos dotados. Se trata de mezclar luego los textos con tacto para que unos se ayuden a otros, se contagien de ritmo, conforme va pasando por ellos el lector. Y de envolverlos para que entren por los ojos y te ganen, labor esta última que excede el campo de la literatura y que convierte al género en un mestizo de las artes gráficas. Una labor por cierto que en Yorick también capitaliza Cebrián, que se lo guisa y se lo come todo, como Charles Chaplin en sus películas. Encima, no tiene mucho sentido reunir textos viejos, con lo que has de ingeniártelas para rastrear escritos originales, no publicados previamente. No te queda otra que encargárselos a los autores, pero este método te impide sopesar la calidad de las obras antes de tenerlas en las manos, cuando ya no hay vuelta de hoja. A ver quién es el guapo que le devuelve un cuento a un autor porque le parece impropio de su revista. Estoy hablando, claro, de revistas en las que el objetivo es crear una obra de arte coral y lo más hermosa posible, no de otros tipos, igualmente dignos, más centrados en ofrecer un vehículo de expresión a un grupo de amigos, casi siempre jóvenes, o en acumular firmas prestigiosas y de personas influyentes, sin preocuparse de lo que perpetran, porque importa menos la calidad que granjearse apoyos para trepar y colocarse mejor en los círculos literarios. Todo es legítimo y quienes llevamos una temporada ya más o menos larga escribiendo lo hemos probado en mayor o menor medida. Sin embargo el flamante número de Yorick es más de los que buscan la belleza en equipo de que de las otras dos variantes que he mencionado. Bien es verdad que los amigos de Eloy tenemos la natural sospecha de estar ahí más por andar cerca que por aportar calidad al conjunto (una sospecha por otro lado con la que hemos de convivir todos los que escribimos y, por extensión, todos los que se dedican a la creación, con lo que al final uno prefiere cerrar los ojos y disfrutar). Por ejemplo, la cubierta le pone imagen a la revista, pero sobre todo homenajea al tristemente desaparecido Juan José Gómez Molina. Es un enigmático depósito de chatarra, elevado sobre una colina, en medio de una atmósfera cárdena de atardecer o de incendio. Es un acierto hasta el título del cuadro: «Un lugar que no habíamos acordado». Eloy, que es un maestro de ceremonias dotado para interpretar monólogos humorísticos, hizo un repaso de los diez años que lleva Yorick dando guerra en el panorama cultural albaceteño, un guiño con el que amenaza con exportarla a Valencia, a Madrid y donde haga falta. También fue especialmente emotivo el homenaje final a Germán Navarro, el propietario de El nido del arte, que se retira después de treinta años de acumular recuerdos y músicas, aunque con la frustración de no poder ofrecer conciertos de jazz en vivo desde 2008 porque su local, según el ayuntamiento, carece del aislamiento acústico reglamentario. El histórico café concierto seguirá funcionando gracias a que su hijo, Germán junior, acepta heredar las riendas.
Pan negro
Tuve que aprovechar un viaje a Valencia para ver esta película de la que hablaba y no paraba mi amigo el poeta Antonio Cabrera. Ya es duro tener que irte fuera de Albacete para ver una de las mejores películas españolas del año, si no la mejor. Pero miré en internet y no estaba programada en ninguna de las salas que funcionan, que ya sabemos cuáles son, y también que se amparan en el monopolio para sacudirnos el cine de estreno más caro de todas las Españas.
¿Y la película? Bien. Hombre, me había hablado con tanto apasionamiento Cabrera que salí de la sala satisfecho, aunque sin entusiasmo.
─¿Qué te ha parecido? ─me preguntó enseguida por e-mail.
Bueno ─le dije, ─ me ha gustado. Pero me pongo del lado de los que opinan que no supera a «También la lluvia». Me recuerda en el clima y en el tratamiento a películas como «La lengua de las mariposas» o «Los girasoles ciegos», por citar dos que me dejaron un sabor de boca similar. A lo mejor es que la posguerra civil encorseta.
─¿Qué dices, qué dices? ─parecía gritar al otro lado del correo electrónico: ─No digo que «Pa negre» sea sublime, ni mucho menos, pero desde luego supera con creces, en todos los aspectos, a esas dos películas prestigiadas y fallidas que citas. Narrativamente es superior, más compleja, con momentos impresionantes como el comienzo. Pero sobre todo las aventaja en el tratamiento de la época. Aquí no hay la menor complacencia con ninguno de los bandos, nada de maniqueísmo, algo que rezumaba en las dos pelis que nombras. También cinematográficamente está por encima, quiero decir, es una película más matizada en sus imágenes, más plástica, más poética en el buen sentido. En cuanto a «También la lluvia», no quiero yo quitarle méritos, que me parece un estupendo trabajo. Pero aparte de su atmósfera documental y de la fácil empatía que consigue de inmediato su tema, no encuentro que los personajes tengan demasiada sustancia; el personaje de Tosar está construido por los pelos; el de Elejalde es más previsible que la madre que lo parió; el del indio es facilón, porque basta con callar mucho, que lo demás ya lo pone nuestra empatía. Es una película de ideas aunque retrate hechos. Diría que lo contrario de «Pa negre». He dicho.
─Caramba, cómo te pones ─contesté. ─Bueno, déjame que le dé unas vueltas, que lo rumie. Que soy lento de entendederas, como bien sabes.
Estaba tentado de sacar del archivo las películas, de las que sólo recordaba sensaciones, para opinar con más elementos de juicio. Pero vi a Cabrera tan apasionado que le lancé un órdago: ─Afirmas que las películas que cito son prestigiadas y fallidas. Hombre, lo de fallidas es una afirmación un poco gratuita. Vale que la interpretación de Cámara en «Los girasoles ciegos» estropea el conjunto. En cambio, «La lengua de las mariposas» me parece muy compacta. ¿Maniquea? Puede. ¿Y «Pa negre»? También. O no hemos visto la misma película tú y yo. Sergi López es un malo malasombra como los hermanos chiripitifláuticos. ¿No es eso maniqueísmo?
Entonces va Cabrera y saca su escalera de color: ─«La lengua de la mariposas», ¿compacta? Fernán Gómez es lo único que se salva. Lo demás es lírica más o menos buenrollista. Y «Los girasoles ciegos», con un guión que se lo ve venir de lejos, no va mucho más allá; se salva el papel del cura-director del colegio y algo de los protagonistas, pero nada más. A la saca del olvido. En cuanto al maniqueísmo de «Pa negre», no lo puedo aceptar, porque no lo veo. Que haya personajes de "hijoputa" y personajes de "buenchico" no importa; lo decisivo es que en conjunto la película afirma que nadie en la historia que cuenta tenía un comportamiento sin mácula. Eso creo que queda bastante claro. En las dos anteriores, uno acaba o cagándose en todos los curas nacionalcatólicos o adorando a los angélicos maestros de la República. A ver si me entiendes.
Le entiendo, claro. Y aunque no se lo reconozco, me alegra que esté liado con otra cosa y tengamos que interrumpir aquí el debate.
Autobiografía de un cadáver
Gil de Biedma escribió que su poesía había sido un intento de inventarse una identidad y que, una vez inventada y asumida, no encontraba alicientes para seguir escribiendo. No en vano llamó a su último libro «Poemas póstumos» e incluyó en él, entre otras piezas, las tituladas «Contra Jaime Gil de Biedma» o «Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma». Aun así sobrevivió a su obra lo bastante como para granjearse uno de los mayores prestigios de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX, leyendo en los cenáculos los poemas de cuando su personaje estaba vivo y contestando con ingenio a la incansable pregunta de por qué no escribía más. Otro que se creó un personaje más real que su triste vida, de ciego perdido en una biblioteca, fue Jorge Luis Borges. No fue a él, sino al otro, a quien entrevistó Joaquín Soler Serrano en su programa televisivo, tratándolo de eminencia y agasajándolo hasta el ridículo, poniendo a prueba la falsa modestia del porteño que rumiaba las respuestas con los incisivos antes de murmurar genialidades. Borges no llegó a matar a su personaje; lo salvó en última instancia despertando de un sueño. Solo los genios saben poner los afeites apropiados a su propio cadáver para que siga creciendo y huela mejor que vivo. Los autores de a pie lo tenemos más difícil para bautizar con nuestro nombre a un personaje sin que cruce la calle oliendo ya a putrefacción. Pues bien, a ese género auto-necrológico pertenece la última novela de J.M. Coetzee, el autor sudafricano que ganó el Nobel de literatura en 2003. No es un escritor que entusiasme a todo el mundo. En España, el que lo ensalzó más fue Juan Benet, que tenía gustos eruditos y también fue un personaje muy admirado antes que novelista de fervientes minorías. En Albacete, el que se leía todo lo que llegaba de Coetzee era José Manuel Pérez Pena, según me cuenta en Librería Popular Juan Valero. Al Pena, duro de pelar, le encajaba. Pero tengo amigos, buenos lectores, que no han pasado de la tercera página de cualquiera de sus libros. Yo he leído varios, lo que supongo que quiere decir que lo disfruto, aunque es un autor que me produce sed. Por ejemplo, en «Desgracia», es tan seca su prosa, tan árido el paisaje, tan profunda la zanja entre los personajes, que tenía que leerlo con un vaso cerca. Pero he vuelto a él porque guardo una intensa sensación de verdad. Y a lo mejor soy masoca. «Verano» es la reconstrucción de una identidad, la del propio escritor cuando era treintañero y estaba en el verano de la vida, de ahí el título. No somos quienes queremos ser, tampoco quienes creemos que somos, pero de la suma de estas dos aproximaciones suelen estar escritas casi todas las autobiografías. Lo novedoso de Coetzee es que ha buscado el personaje que los demás piensan que era. Por supuesto, de esta categoría hay tantas versiones como conocidos tenga uno. Coetzee ha matado a su propio personaje, como Gil de Biedma, para que no pueda impedir ni cambiar lo que se diga de él. Luego se saca de la manga un investigador, Vincent, un joven que no llegó a tratarlo y que está preparando una biografía suya a partir de entrevistas. Pero no hay muchas personas vivas que lo conocieran en aquella época. Vincent selecciona dos amantes, una prima, un amor platónico y un colega de la universidad. Respondiendo a sus preguntas, cada uno de los cinco configura un John Coetzee. En realidad, y ahí está la gracia de libro, los entrevistados se describen mucho más a sí mismos que al objeto de estudio, que por cierto no sale demasiado bien parado. Son cinco personalidades muy diferentes, cinco enfoques equidistantes y al mismo tiempo cinco maneras distintas de concebir la existencia. Alguien dijo de Shakespeare que era tantas personas como personajes aparecen en sus obras, porque había dispersado su alma en ellos. Coetzee se resucita en sus conocidos y se reinventa como personaje. Igual todo es ficción, pero parece verdad. Y da sed. Verano. J.M. Coetzee. Mondadori, 2010.
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