Me encuentro en Librería Popular con mi vecino de estas páginas José Manuel Martínez Cano y, mientras nuestros ojos pajarean por entre las novedades, me pregunta por jóvenes poetas que me hayan entusiasmado últimamente. Damos por hecho, claro, que los albaceteños Rubén Martín y Andrés García Cerdán han puesto muy alto el listón. La verdad es que en ese momento no se me ocurren otros nombres que añadir, pero me voy dándole vueltas. No recuerdo libros completos, sino poemas sueltos. Pienso en la madre de Martín, que huele a verano, y en Cerdán que todos los días da su vida entera y se muere en una fiesta. Pienso en el ilicitano Jesús Bernal, que sigue siendo desconocido e inédito el pobre cuando merecería mejor suerte: “Y que después / de haber asesinado a tantos hombres / y de arrojar sus cuerpos a los perros, / pudiera conmoverme todavía / el profundo silencio de estos bosques”, escribe con ecos de Homero, este joven poeta transido de ecos. Emocionar a un lector con un solo poema, con un solo verso incluso, debería ser premio suficiente, pero los poetas no solemos enterarnos de ese milagro que ocurre con nuestras piezas y nos sabe a poco cuando nos enteramos. De eso hablaba el otro día con Brines, que está recuperándose de sus infartos. Dice Brines que entre los jóvenes poetas está de moda escribir sin referentes. Que cuando tiene que leerlos en los concursos a los que acude como jurado, se ve obligado a hacer un doble esfuerzo. Acostumbra a leer dos veces cada libro, y una tercera los que pasan la criba, porque desconfía de su propia atención. Pero esos libros sin referentes, dice, son como jeroglíficos, no producen más emoción que la de entenderlos, si al final lo consigues. No ser jurado te permite leer más a tu aire, ir a salto de mata. Y me doy cuenta de que arriesgo poco como lector, cada vez menos. Recuerdo a Gimferrer mirándose el reloj y asegurando que le quedaban pocos años y mucho por leer, muchos clásicos se entiende. Sin agobiarme como él, prefiero releer que aventurarme. De lo reciente, siguen vibrando poemas de «Piedras al agua», el último libro de Cabrera, o la atmósfera de los amores neoyorquinos de Abelardo Linares, los amores isabelinos de Javier Lorenzo, el minucioso recuento de Valentín Carcelén, o las chimeneas, los pájaros y las excursiones de «Llegar», el libro inolvidable de León Molina. A veces, el azar te pone en las manos un libro, como ese «Días aparte» de José Rubio, que me regalaron los Pre-Textos en Valencia. Con qué discreta elegancia despacha una elegía familiar («La calle intendente Palacios»): “…El taxista me habla / de lo poco que llueve. Yo lo miro, y asiento, / pero no digo nada, ni siquiera le he dicho / que en el número 6 murió mi padre”. Hace poco, en Hiperión, otro reducto de música clásica cercado por las excavadoras, las taladradoras y las zanjas del Ayuntamiento de Madrid, me fijé en una pizarra donde exponen los libros de poesía más vendidos del mes. El primero, «Con el tiempo», de Enrique García-Maíquez, un poeta inteligente que ya me había recomendado Miguel d´Ors. No es meditativo porque la meditación requiere cierta pausa y la agudeza de Maíquez tiene prisa por destellar, por mostrarse. En cambio, su mentor, el propio Miguel d´Ors, qué maravilla de libro su «Sociedad limitada», en el que cuento por lo menos quince poemas que me emocionan, que me emocionan mucho, escondidos entre ejercicios de estilo y de ejercicios de moral cristiana. Quince poemas estupendos en el mismo libro es una barbaridad. Gil de Biedma, en sus antologías, reúne poco más o menos ese número, insuperables, claro, también entre ripios y pruebas fallidas. Si alguien tiene un gusto como lector de poemas parecido al mío, que busque ese libro de d´Ors y que se lo inyecte en vena. Ese y el de «Versos que arrastra el viento», de Karmelo C. Iribarren, un libro para niños de todas las edades. Pero he ido subiendo la edad de los poetas sin darme cuenta, José Manuel. Limitaciones de lector, qué duda cabe.
Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
Yorick, sin problemas
El otro día presentamos en «El nido del Arte» el número 9 de la revista literaria «El problema de Yorick», del incansable Eloy M. Cebrián y el invisible Antonio García Muñoz. Estos actos suelen tener un alto componente emocional porque los escritores no acostumbramos a compartir en voz alta los resultados de nuestra brega solitaria más que cuando conseguimos engañar a un editor y que nos publique un libro. Si nos juntamos es para hablar de otras cosas, sobre todo de cotilleos sobre gente que escribe, mucho más que del contenido de lo que la gente escribe. Una revista es más que una excusa, invita a compartir. De hecho obliga, especialmente si el director de la publicación nos reclama, porque para eso hemos aportado nuestro granito de arena. Yo digo siempre que las revistas constituyen un género literario colectivo, cuyo resultado depende mucho de la habilidad del que coordina para conseguir textos buenos de gente solvente, sorteando en la medida de lo posible los compromisos de amigos y conocidos menos dotados. Se trata de mezclar luego los textos con tacto para que unos se ayuden a otros, se contagien de ritmo, conforme va pasando por ellos el lector. Y de envolverlos para que entren por los ojos y te ganen, labor esta última que excede el campo de la literatura y que convierte al género en un mestizo de las artes gráficas. Una labor por cierto que en Yorick también capitaliza Cebrián, que se lo guisa y se lo come todo, como Charles Chaplin en sus películas. Encima, no tiene mucho sentido reunir textos viejos, con lo que has de ingeniártelas para rastrear escritos originales, no publicados previamente. No te queda otra que encargárselos a los autores, pero este método te impide sopesar la calidad de las obras antes de tenerlas en las manos, cuando ya no hay vuelta de hoja. A ver quién es el guapo que le devuelve un cuento a un autor porque le parece impropio de su revista. Estoy hablando, claro, de revistas en las que el objetivo es crear una obra de arte coral y lo más hermosa posible, no de otros tipos, igualmente dignos, más centrados en ofrecer un vehículo de expresión a un grupo de amigos, casi siempre jóvenes, o en acumular firmas prestigiosas y de personas influyentes, sin preocuparse de lo que perpetran, porque importa menos la calidad que granjearse apoyos para trepar y colocarse mejor en los círculos literarios. Todo es legítimo y quienes llevamos una temporada ya más o menos larga escribiendo lo hemos probado en mayor o menor medida. Sin embargo el flamante número de Yorick es más de los que buscan la belleza en equipo de que de las otras dos variantes que he mencionado. Bien es verdad que los amigos de Eloy tenemos la natural sospecha de estar ahí más por andar cerca que por aportar calidad al conjunto (una sospecha por otro lado con la que hemos de convivir todos los que escribimos y, por extensión, todos los que se dedican a la creación, con lo que al final uno prefiere cerrar los ojos y disfrutar). Por ejemplo, la cubierta le pone imagen a la revista, pero sobre todo homenajea al tristemente desaparecido Juan José Gómez Molina. Es un enigmático depósito de chatarra, elevado sobre una colina, en medio de una atmósfera cárdena de atardecer o de incendio. Es un acierto hasta el título del cuadro: «Un lugar que no habíamos acordado». Eloy, que es un maestro de ceremonias dotado para interpretar monólogos humorísticos, hizo un repaso de los diez años que lleva Yorick dando guerra en el panorama cultural albaceteño, un guiño con el que amenaza con exportarla a Valencia, a Madrid y donde haga falta. También fue especialmente emotivo el homenaje final a Germán Navarro, el propietario de El nido del arte, que se retira después de treinta años de acumular recuerdos y músicas, aunque con la frustración de no poder ofrecer conciertos de jazz en vivo desde 2008 porque su local, según el ayuntamiento, carece del aislamiento acústico reglamentario. El histórico café concierto seguirá funcionando gracias a que su hijo, Germán junior, acepta heredar las riendas.
Pan negro
Tuve que aprovechar un viaje a Valencia para ver esta película de la que hablaba y no paraba mi amigo el poeta Antonio Cabrera. Ya es duro tener que irte fuera de Albacete para ver una de las mejores películas españolas del año, si no la mejor. Pero miré en internet y no estaba programada en ninguna de las salas que funcionan, que ya sabemos cuáles son, y también que se amparan en el monopolio para sacudirnos el cine de estreno más caro de todas las Españas.
¿Y la película? Bien. Hombre, me había hablado con tanto apasionamiento Cabrera que salí de la sala satisfecho, aunque sin entusiasmo.
─¿Qué te ha parecido? ─me preguntó enseguida por e-mail.
Bueno ─le dije, ─ me ha gustado. Pero me pongo del lado de los que opinan que no supera a «También la lluvia». Me recuerda en el clima y en el tratamiento a películas como «La lengua de las mariposas» o «Los girasoles ciegos», por citar dos que me dejaron un sabor de boca similar. A lo mejor es que la posguerra civil encorseta.
─¿Qué dices, qué dices? ─parecía gritar al otro lado del correo electrónico: ─No digo que «Pa negre» sea sublime, ni mucho menos, pero desde luego supera con creces, en todos los aspectos, a esas dos películas prestigiadas y fallidas que citas. Narrativamente es superior, más compleja, con momentos impresionantes como el comienzo. Pero sobre todo las aventaja en el tratamiento de la época. Aquí no hay la menor complacencia con ninguno de los bandos, nada de maniqueísmo, algo que rezumaba en las dos pelis que nombras. También cinematográficamente está por encima, quiero decir, es una película más matizada en sus imágenes, más plástica, más poética en el buen sentido. En cuanto a «También la lluvia», no quiero yo quitarle méritos, que me parece un estupendo trabajo. Pero aparte de su atmósfera documental y de la fácil empatía que consigue de inmediato su tema, no encuentro que los personajes tengan demasiada sustancia; el personaje de Tosar está construido por los pelos; el de Elejalde es más previsible que la madre que lo parió; el del indio es facilón, porque basta con callar mucho, que lo demás ya lo pone nuestra empatía. Es una película de ideas aunque retrate hechos. Diría que lo contrario de «Pa negre». He dicho.
─Caramba, cómo te pones ─contesté. ─Bueno, déjame que le dé unas vueltas, que lo rumie. Que soy lento de entendederas, como bien sabes.
Estaba tentado de sacar del archivo las películas, de las que sólo recordaba sensaciones, para opinar con más elementos de juicio. Pero vi a Cabrera tan apasionado que le lancé un órdago: ─Afirmas que las películas que cito son prestigiadas y fallidas. Hombre, lo de fallidas es una afirmación un poco gratuita. Vale que la interpretación de Cámara en «Los girasoles ciegos» estropea el conjunto. En cambio, «La lengua de las mariposas» me parece muy compacta. ¿Maniquea? Puede. ¿Y «Pa negre»? También. O no hemos visto la misma película tú y yo. Sergi López es un malo malasombra como los hermanos chiripitifláuticos. ¿No es eso maniqueísmo?
Entonces va Cabrera y saca su escalera de color: ─«La lengua de la mariposas», ¿compacta? Fernán Gómez es lo único que se salva. Lo demás es lírica más o menos buenrollista. Y «Los girasoles ciegos», con un guión que se lo ve venir de lejos, no va mucho más allá; se salva el papel del cura-director del colegio y algo de los protagonistas, pero nada más. A la saca del olvido. En cuanto al maniqueísmo de «Pa negre», no lo puedo aceptar, porque no lo veo. Que haya personajes de "hijoputa" y personajes de "buenchico" no importa; lo decisivo es que en conjunto la película afirma que nadie en la historia que cuenta tenía un comportamiento sin mácula. Eso creo que queda bastante claro. En las dos anteriores, uno acaba o cagándose en todos los curas nacionalcatólicos o adorando a los angélicos maestros de la República. A ver si me entiendes.
Le entiendo, claro. Y aunque no se lo reconozco, me alegra que esté liado con otra cosa y tengamos que interrumpir aquí el debate.
Autobiografía de un cadáver
Gil de Biedma escribió que su poesía había sido un intento de inventarse una identidad y que, una vez inventada y asumida, no encontraba alicientes para seguir escribiendo. No en vano llamó a su último libro «Poemas póstumos» e incluyó en él, entre otras piezas, las tituladas «Contra Jaime Gil de Biedma» o «Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma». Aun así sobrevivió a su obra lo bastante como para granjearse uno de los mayores prestigios de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX, leyendo en los cenáculos los poemas de cuando su personaje estaba vivo y contestando con ingenio a la incansable pregunta de por qué no escribía más. Otro que se creó un personaje más real que su triste vida, de ciego perdido en una biblioteca, fue Jorge Luis Borges. No fue a él, sino al otro, a quien entrevistó Joaquín Soler Serrano en su programa televisivo, tratándolo de eminencia y agasajándolo hasta el ridículo, poniendo a prueba la falsa modestia del porteño que rumiaba las respuestas con los incisivos antes de murmurar genialidades. Borges no llegó a matar a su personaje; lo salvó en última instancia despertando de un sueño. Solo los genios saben poner los afeites apropiados a su propio cadáver para que siga creciendo y huela mejor que vivo. Los autores de a pie lo tenemos más difícil para bautizar con nuestro nombre a un personaje sin que cruce la calle oliendo ya a putrefacción. Pues bien, a ese género auto-necrológico pertenece la última novela de J.M. Coetzee, el autor sudafricano que ganó el Nobel de literatura en 2003. No es un escritor que entusiasme a todo el mundo. En España, el que lo ensalzó más fue Juan Benet, que tenía gustos eruditos y también fue un personaje muy admirado antes que novelista de fervientes minorías. En Albacete, el que se leía todo lo que llegaba de Coetzee era José Manuel Pérez Pena, según me cuenta en Librería Popular Juan Valero. Al Pena, duro de pelar, le encajaba. Pero tengo amigos, buenos lectores, que no han pasado de la tercera página de cualquiera de sus libros. Yo he leído varios, lo que supongo que quiere decir que lo disfruto, aunque es un autor que me produce sed. Por ejemplo, en «Desgracia», es tan seca su prosa, tan árido el paisaje, tan profunda la zanja entre los personajes, que tenía que leerlo con un vaso cerca. Pero he vuelto a él porque guardo una intensa sensación de verdad. Y a lo mejor soy masoca. «Verano» es la reconstrucción de una identidad, la del propio escritor cuando era treintañero y estaba en el verano de la vida, de ahí el título. No somos quienes queremos ser, tampoco quienes creemos que somos, pero de la suma de estas dos aproximaciones suelen estar escritas casi todas las autobiografías. Lo novedoso de Coetzee es que ha buscado el personaje que los demás piensan que era. Por supuesto, de esta categoría hay tantas versiones como conocidos tenga uno. Coetzee ha matado a su propio personaje, como Gil de Biedma, para que no pueda impedir ni cambiar lo que se diga de él. Luego se saca de la manga un investigador, Vincent, un joven que no llegó a tratarlo y que está preparando una biografía suya a partir de entrevistas. Pero no hay muchas personas vivas que lo conocieran en aquella época. Vincent selecciona dos amantes, una prima, un amor platónico y un colega de la universidad. Respondiendo a sus preguntas, cada uno de los cinco configura un John Coetzee. En realidad, y ahí está la gracia de libro, los entrevistados se describen mucho más a sí mismos que al objeto de estudio, que por cierto no sale demasiado bien parado. Son cinco personalidades muy diferentes, cinco enfoques equidistantes y al mismo tiempo cinco maneras distintas de concebir la existencia. Alguien dijo de Shakespeare que era tantas personas como personajes aparecen en sus obras, porque había dispersado su alma en ellos. Coetzee se resucita en sus conocidos y se reinventa como personaje. Igual todo es ficción, pero parece verdad. Y da sed. Verano. J.M. Coetzee. Mondadori, 2010.
Una lluvia tartamuda y biutiful
En pocas semanas he podido disfrutar en el cine de tres películas seguidas que me han gustado, lo que constituye una buena marca. Y encima dos son españolas, aunque «Biutiful» esté coproducida con Méjico. Las otras son la británica «El discurso del rey» y la oscarizable «También la lluvia». Digo que las he disfrutado y me parecen buenas, pero no puedo sentar cátedra, claro, después de disentir abiertamente con algunos críticos reputados en la valoración de «Balada triste de trompeta» de Álex de la Iglesia, que a mí me parece un bodrio, mientras ellos aseguran que “el director arriesga y gana” con su “humor descacharrante” y que es la película “más personalísima” que se ha filmado en estos lares. Sólo estoy de acuerdo si el catalogarla de ese modo es un subterfugio para evitar reconocer que no tiene guión ni fuste, por mucho que Tarantino le diera el premio al mejor guión en Venecia, lo que a mi juicio desacredita al director estadounidense más que validar el filme. La comparación sólo consigue engrandecer aún más la estremecedora «Biutiful», que transcurre en una Barcelona irreconocible, aunque sea visceralmente más real que la turística que nos mostraba Woody Allen en su reciente pamplina, también con Bardem como protagonista. Tanto esta película de González Iñárritu como la de Itziar Bollaín («También la lluvia») consiguen acercarnos a la vida que se oculta debajo de la piel confortable y engañosa donde nos movemos unos pocos privilegiados. Tienen un punto de documentales porque, siendo ficciones, transmiten verdad y te la restriegan por la cara durante el tiempo en que están desarrollándose y te dejan el bicho dentro para que te vaya royendo luego en los días posteriores. Quizá por eso mismo, «Biutiful» sea especialmente incómoda, desasosegadora. Ver a Javier Bardem hecho un guiñapo y debatiéndose, con todas las limitaciones de un superviviente, por dejar en orden su vida antes de abandonarla, es durante muchos minutos desgarrador. Tal vez no le den los mismos premios por este papel, pero siempre es un espectáculo comprobar cómo hace verosímil cualquier personaje, interpretándolo desde las tripas, lo cual se aprecia mucho más en este Uxbal que se arrastra toda la película con las tripas abiertas. También es cierto que si «Biutiful» me parece tan buena es porque todos los demás actores están asimismo magníficos y creíbles, incluidos los niños. De hecho, en las tres películas de las que vengo hablando, se ha ensalzado mucho a los actores principales, pero si no estoy ciego, me parece que los secundarios rayan incluso por encima. Aunque Tosar está siempre perfecto. Él solo sostenía «Celda 211», con el apoyo de Resines y del otro Bardem. Aquí su papel es más de matices, de miradas feroces mientras defiende a sabiendas una injusticia y de mirada cambiante, dubitativa, en esa secuencia antológica en la que se debate entre huir con la caravana que dirige o volver a salvar a la hija de una amiga. Y sin embargo, aparte del siempre notable Gael García Bernal y del sorprendente Carlos Aduviri, Karra Elejalde compone un papel de Antón/Colón lleno de autenticidad. Casi diría que es el mejor, si no fuera un filme coral. Pero es que en cierta medida pasa lo mismo con Goffrey Rush, en el papel de Lionel Logue («El discurso del rey»), el terapeuta australiano que consigue que el monarca tartamudo articule un discurso completo. La propaganda de la película habla y no para de Colin Firth y su interpretación de un George VI que se pasa toda la película luchando contra su defecto en el habla, teledirigido hacia el Óscar. No está mal, pero le tiembla el pulso. Mucho mejor Rush, que se lo come crudo, o la princesa encarnada con firmeza por Helena Bonham Carter. Con esto del cine pasa como con el fútbol: demasiada gente solo tiene ojos para el jugador que marca el gol, sin apreciar que hay otro que lleva todo el partido filtrándole pases definitivos. En cuanto al guión, sin restarles méritos a las otras, me quedo con el de «También la lluvia», una película que consigue hacer sencilla la complejidad y la sirve aliñada con ternura.
Purpurina
Estuve viendo el otro día el circo de Álex de la Iglesia, quiero decir su Balada triste de trompeta, tan ensalzada por cierta crítica española. “Hizo reír a Tarantino en el festival de Venecia”, aseguraban, como si una carcajada del peculiar cineasta estadounidense validara por sí sola cualquier iniciativa cinematográfica. También es verdad que, para los buenos entendedores, era un aviso de que la cosa apuntaba a excéntrica. Mi hijo mayor la vio unos días antes y volvió frustrado y cabreado. Cabreado con la película y con el director. Me explicó los porqués y, caramba, me parecieron razonables. Pero antes de decir nada, quería frustrarme y cabrearme por mí mismo. Claro, que para frustrarse hay que tener expectativas, y yo las había ido perdiendo. Y para cabrearse, hay que frustrarse primero, supongo. Uno va al cine y, por el mero hecho de haber pagado la entrada, ya está predispuesto a que la película le guste. Hace fuerza para que le guste. Yo me he salido pocas veces del cine a medio, y mira que he visto cosas horrendas. El caso es que, durante un buen rato, hasta estuve pensando que mi hijo mayor se había pasado tres puertas. Empieza bien, la presentación de los créditos tiene su encanto, con el subrayado de unas risas infantiles cada vez que cambian las letras, risas que se disuelven más o menos cuando empiezan a cansar. Durante el primer cuarto de hora la historia oscila entre el humor grueso y una violencia rayana en el límite, pero se soporta porque uno ha pagado la entrada y busca coherencia en lo que está viendo. El payaso triste de la ficción es el que hace reír a los espectadores del cine y el payaso alegre es un auténtico asesino temido por todos. Los demás hacen bulto. Roza el tópico, pero tragamos. Aparece la actriz de la que tienen que enamorarse y la cosa empieza a torcerse: muy guapa, sin duda, pero no se cree su papel y eso me pone muy nervioso. Y de pronto, al director le da un ataque de originalidad y se acaba. Se acaba. Tenía decidido que a los personajes principales se les rompiera la cara y que el payaso tonto se transformara también en un canalla, que le mordiera a Franco en la mano y que portando una ametralladora se enfrentara a un niño y le dijera que no le tiene miedo. Hay un centenar de incongruencias más, de caprichos que por lo visto le hicieron tanta gracia al director que se dijo: esto tengo que incluirlo como sea. Para no cansar como él hace, y para resumir, decidió que todo acabara en la Cruz de los Caídos, en medio de un tiroteo y unas persecuciones penumbrosas que no imitan del todo al cine cómico y tampoco pertenecen al cine contemporáneo. Luego va el de la moto y, sin venir a cuento, se esclafa contra la cruz. Al acabar, sentí alivio y, al salir, estaba cabreado. Los primeros minutos habían conseguido devolverme la esperanza de ver una película interesante, con lo que el resto del metraje me había hundido en una creciente frustración, que desembocó en cabreo. En la salida, al toparme con el brillo dorado de los adornos navideños, terminé acordándome de Cernuda. Decía el poeta sevillano que había aprendido de los poetas ingleses a prevenir ciertos vicios creativos. Uno de ellos denominado purple patch, que podríamos traducir con cierta libertad (aunque me maten los especialistas) como pegote de purpurina. Consiste en que el poeta se enamora de un verso o de una metáfora que le parecen tan geniales que decide incluirlos en el poema aunque no peguen ni con cola y lo desvirtúen. Pues bien, podríamos decir que Balada triste de trompeta es una antología de pegotes de purpurina trenzados sin fuste y sin criterio. Desde luego, es una opinión personal. Y desde luego choca con cosas que he leído sobre “la originalidad personalísima” del director. Incluso hay quien afirma que es la mejor película de quien a la sazón, no lo olvidemos, es el presidente de la Academia cinematográfica. La más candidata a los goyas. Luego dicen que no vemos cine español.
Riña de gatos
A estas alturas de la vida, aunque parezca un tópico, desconfío de las novelas que ganan ciertos premios y que los medios de comunicación nos meten por los ojos desde el momento mismo del fallo hasta meses después, cuando todavía nos tropezamos en las grandes superficies con barricadas compuestas por torres de vistosa encuadernación. Si hablamos del Planeta, ya no es desconfianza, es pura alergia lo que me produce año tras año el paripé que arman los editores para fingir que no saben de sobra dos años antes el nombre del ganador. La urticaria sigue vigente en las escasas ediciones en que se equivocan y forran de millones a un literato al que apreciamos de libros anteriores; bien es verdad que en esas ocasiones sufrimos tentaciones de adquirir el libro, tentaciones que terminamos espantando con la estratagema de esperar a que el tiempo ponga las cosas en su sitio, salve lo que merece la pena y nos facilite la adquisición en edición de bolsillo. Hasta este año (siempre hay una primera vez) que he roto con mis costumbres. Fue Juan Valero, el de Librería Popular, el que me dio un toque con el codo y me señaló con la cabeza a la estantería: llévate ese, que es muy divertido. Lo que no consiguen los más insignes reseñadores de separatas literarias, que viven permanentemente bajo la sombra de la sospecha, lo logra un librero de confianza, una especie en peligro de extinción, de la que por fortuna aún quedan supervivientes ejemplares. Me pilló en el día tonto, le hice caso y acerté. Tampoco es que Riña de gatos sea la novela del milenio, no se trata de eso. Eduardo Mendoza es un novelista más que reputado, con el que nos iniciamos en el instituto, cuando estaba de moda que los profesores nos obligaran a leer La verdad sobre el caso Savolta, que luego releímos más tarde y supimos apreciar mejor. Casi al mismo tiempo, como si fuera un escritor diferente, leímos El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas y nos lo pasamos como cosacos con ese loco de manicomio con intuiciones de detective utilizado por el comisario Flores para resolver casos delirantes. Volvió a ponerse serio con la magnífica La ciudad de los prodigios y ya luego me hice mayor y le fui perdiendo la pista. Un día de vacaciones me topé con La isla inaudita, cuando no tenía nada a mano para distraerme, y volví a reconciliarme con Mendoza y sus protagonistas desorientados, que viven entre la sorna y la ingenuidad. En este caso, el laberinto interior se confundía con el exterior de la ciudad y nos permitía perdernos en Venecia para despertar conociendo Venecia. José Carlos, que le ha seguido la pista, y es de fiar, dice que en los últimos libros Mendoza le ha defraudado mucho. Le creo. Con el último, sin embargo, he vuelto a disfrutar. Por un lado el personaje principal vuelve a ser un ingenuo y desorientado especialista, nada menos que en Velázquez. Por otro, ingresa en Madrid cuando se está cociendo la Guerra Civil y convive con José Antonio y con Franco, entre otros personajes históricos, a los que me contemplo, como me ocurre con ciertas películas de Spielberg, con la convicción de que son caricaturas, pero con la emoción de estar ante los originales. Trajinan además por escenarios que nos permiten reconstruir una ciudad que hemos escuchado más que vivido, con establecimientos que reconocemos como si los viéramos desde la ventanilla de un tren antiguo. Ese es el sabor que más aprecio de esta novela, que contiene todos los ingredientes de un best seller, desde los datos históricos muy bien engranados en la trama, hasta la intriga creciente, pasando por el cuadro de Velázquez en el que convergen los intereses y los despistes. Todos los ingredientes excepto uno: que está muy bien escrito, que hay párrafos que uno se vuelve a paladear como si fueran golosinas y adjetivos a la vez agudos y desconcertantes, más propios de la poesía que de la prosa. En fin, útil para colocarse en el descoloque navideño. Eduardo Mendoza: Riña de gatos. Planeta, 2010.
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