Purpurina


Estuve viendo el otro día el circo de Álex de la Iglesia, quiero decir su Balada triste de trompeta, tan ensalzada por cierta crítica española. “Hizo reír a Tarantino en el festival de Venecia”, aseguraban, como si una carcajada del peculiar cineasta estadounidense validara por sí sola cualquier iniciativa cinematográfica. También es verdad que, para los buenos entendedores, era un aviso de que la cosa apuntaba a excéntrica. Mi hijo mayor la vio unos días antes y volvió frustrado y cabreado. Cabreado con la película y con el director. Me explicó los porqués y, caramba, me parecieron razonables. Pero antes de decir nada, quería frustrarme y cabrearme por mí mismo. Claro, que para frustrarse hay que tener expectativas, y yo las había ido perdiendo. Y para cabrearse, hay que frustrarse primero, supongo. Uno va al cine y, por el mero hecho de haber pagado la entrada, ya está predispuesto a que la película le guste. Hace fuerza para que le guste. Yo me he salido pocas veces del cine a medio, y mira que he visto cosas horrendas. El caso es que, durante un buen rato, hasta estuve pensando que mi hijo mayor se había pasado tres puertas. Empieza bien, la presentación de los créditos tiene su encanto, con el subrayado de unas risas infantiles cada vez que cambian las letras, risas que se disuelven más o menos cuando empiezan a cansar. Durante el primer cuarto de hora la historia oscila entre el humor grueso y una violencia rayana en el límite, pero se soporta porque uno ha pagado la entrada y busca coherencia en lo que está viendo. El payaso triste de la ficción es el que hace reír a los espectadores del cine y el payaso alegre es un auténtico asesino temido por todos. Los demás hacen bulto. Roza el tópico, pero tragamos. Aparece la actriz de la que tienen que enamorarse y la cosa empieza a torcerse: muy guapa, sin duda, pero no se cree su papel y eso me pone muy nervioso. Y de pronto, al director le da un ataque de originalidad y se acaba. Se acaba. Tenía decidido que a los personajes principales se les rompiera la cara y que el payaso tonto se transformara también en un canalla, que le mordiera a Franco en la mano y que portando una ametralladora se enfrentara a un niño y le dijera que no le tiene miedo. Hay un centenar de incongruencias más, de caprichos que por lo visto le hicieron tanta gracia al director que se dijo: esto tengo que incluirlo como sea. Para no cansar como él hace, y para resumir, decidió que todo acabara en la Cruz de los Caídos, en medio de un tiroteo y unas persecuciones penumbrosas que no imitan del todo al cine cómico y tampoco pertenecen al cine contemporáneo. Luego va el de la moto y, sin venir a cuento, se esclafa contra la cruz. Al acabar, sentí alivio y, al salir, estaba cabreado. Los primeros minutos habían conseguido devolverme la esperanza de ver una película interesante, con lo que el resto del metraje me había hundido en una creciente frustración, que desembocó en cabreo. En la salida, al toparme con el brillo dorado de los adornos navideños, terminé acordándome de Cernuda. Decía el poeta sevillano que había aprendido de los poetas ingleses a prevenir ciertos vicios creativos. Uno de ellos denominado purple patch, que podríamos traducir con cierta libertad (aunque me maten los especialistas) como pegote de purpurina. Consiste en que el poeta se enamora de un verso o de una metáfora que le parecen tan geniales que decide incluirlos en el poema aunque no peguen ni con cola y lo desvirtúen. Pues bien, podríamos decir que Balada triste de trompeta es una antología de pegotes de purpurina trenzados sin fuste y sin criterio. Desde luego, es una opinión personal. Y desde luego choca con cosas que he leído sobre “la originalidad personalísima” del director. Incluso hay quien afirma que es la mejor película de quien a la sazón, no lo olvidemos, es el presidente de la Academia cinematográfica. La más candidata a los goyas. Luego dicen que no vemos cine español.

Riña de gatos


A estas alturas de la vida, aunque parezca un tópico, desconfío de las novelas que ganan ciertos premios y que los medios de comunicación nos meten por los ojos desde el momento mismo del fallo hasta meses después, cuando todavía nos tropezamos en las grandes superficies con barricadas compuestas por torres de vistosa encuadernación. Si hablamos del Planeta, ya no es desconfianza, es pura alergia lo que me produce año tras año el paripé que arman los editores para fingir que no saben de sobra dos años antes el nombre del ganador. La urticaria sigue vigente en las escasas ediciones en que se equivocan y forran de millones a un literato al que apreciamos de libros anteriores; bien es verdad que en esas ocasiones sufrimos tentaciones de adquirir el libro, tentaciones que terminamos espantando con la estratagema de esperar a que el tiempo ponga las cosas en su sitio, salve lo que merece la pena y nos facilite la adquisición en edición de bolsillo. Hasta este año (siempre hay una primera vez) que he roto con mis costumbres. Fue Juan Valero, el de Librería Popular, el que me dio un toque con el codo y me señaló con la cabeza a la estantería: llévate ese, que es muy divertido. Lo que no consiguen los más insignes reseñadores de separatas literarias, que viven permanentemente bajo la sombra de la sospecha, lo logra un librero de confianza, una especie en peligro de extinción, de la que por fortuna aún quedan supervivientes ejemplares. Me pilló en el día tonto, le hice caso y acerté. Tampoco es que Riña de gatos sea la novela del milenio, no se trata de eso. Eduardo Mendoza es un novelista más que reputado, con el que nos iniciamos en el instituto, cuando estaba de moda que los profesores nos obligaran a leer La verdad sobre el caso Savolta, que luego releímos más tarde y supimos apreciar mejor. Casi al mismo tiempo, como si fuera un escritor diferente, leímos El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas y nos lo pasamos como cosacos con ese loco de manicomio con intuiciones de detective utilizado por el comisario Flores para resolver casos delirantes. Volvió a ponerse serio con la magnífica La ciudad de los prodigios y ya luego me hice mayor y le fui perdiendo la pista. Un día de vacaciones me topé con La isla inaudita, cuando no tenía nada a mano para distraerme, y volví a reconciliarme con Mendoza y sus protagonistas desorientados, que viven entre la sorna y la ingenuidad. En este caso, el laberinto interior se confundía con el exterior de la ciudad y nos permitía perdernos en Venecia para despertar conociendo Venecia. José Carlos, que le ha seguido la pista, y es de fiar, dice que en los últimos libros Mendoza le ha defraudado mucho. Le creo. Con el último, sin embargo, he vuelto a disfrutar. Por un lado el personaje principal vuelve a ser un ingenuo y desorientado especialista, nada menos que en Velázquez. Por otro, ingresa en Madrid cuando se está cociendo la Guerra Civil y convive con José Antonio y con Franco, entre otros personajes históricos, a los que me contemplo, como me ocurre con ciertas películas de Spielberg, con la convicción de que son caricaturas, pero con la emoción de estar ante los originales. Trajinan además por escenarios que nos permiten reconstruir una ciudad que hemos escuchado más que vivido, con establecimientos que reconocemos como si los viéramos desde la ventanilla de un tren antiguo. Ese es el sabor que más aprecio de esta novela, que contiene todos los ingredientes de un best seller, desde los datos históricos muy bien engranados en la trama, hasta la intriga creciente, pasando por el cuadro de Velázquez en el que convergen los intereses y los despistes. Todos los ingredientes excepto uno: que está muy bien escrito, que hay párrafos que uno se vuelve a paladear como si fueran golosinas y adjetivos a la vez agudos y desconcertantes, más propios de la poesía que de la prosa. En fin, útil para colocarse en el descoloque navideño. Eduardo Mendoza: Riña de gatos. Planeta, 2010.

Una de exposiciones


Juan Miguel Rodríguez Cuesta expone estos días, treinta y cinco años después, los grabados que le prohibió la censura. En el mismo lugar que entonces, la Librería Popular. Aún no había muerto Franco, o no estaba claro que hubiese muerto todavía, y el poeta Miguel Hernández, a quien rinden homenaje las obras, era entonces un proscrito. A la hora marcada se presentó la policía político-social, se identificó y decretó que no se podía inaugurar la muestra por orden gubernamental. Así lo cuenta Juan Miguel, que junto con la prohibición recuerda la bomba que hizo explotar la Triple A en la librería. Dice que estuvieron fichando libros hasta unos minutos antes. Otro de los socios propuso seguir, pero él se negó: vámonos que estoy muy cansado. Cerraron la puerta y les dio tiempo de llegar caminando hasta la antigua sede de telefónica, donde poco antes de la medianoche les sobresaltó el estruendo. Cómo sería el petardazo, comenta, que un seiscientos que estaba aparcado ante la puerta se montó encima de un simca mil que había al lado. A unos vecinos que dormían en el piso de arriba la onda expansiva los proyectó hacia el techo de la estancia y sólo el cabezal y los pies de hierro de la cama les salvaron de morir aplastados. En cuanto a la puerta de la librería, la persiana metálica convertida en metralla atravesó los contrachapados de los que pendían los grabados. Los dos tomos de una edición en rústica de El Quijote quedaron ensamblados para siempre por una de las esquirlas. Juan Miguel repasa los detalles con su voz ronca en el pequeño cuarto de la librería, rodeado por los mismos grabados que entonces quiso dedicar a Miguel Hernández y que denotan el influjo de Benjamín Palencia, pero son parte de la historia y un buen modo de clausurar el año Hernández. No muy lejos hay abierta otra exposición atractiva. Está en la sala de la Caja o de la Fundación o del Banco Castilla-La Mancha, no sé bien, en la calle Calasanz. Allí comparten espacio las pinturas literarias de José Enguídanos y los haikus pictóricos de Javier Lorenzo, hermanados por el minimalismo y la amistad. Como dice Godofredo, a quien encuentro disfrutando de las pinturas, la arquitectura envuelve de forma muy acogedora aquí las exposiciones. Solo fallan los horarios de visita, pues apenas tres horas por las tardes resultan insuficientes. Por lo demás Enguídanos ha reducido el tamaño de sus obras y ha avivado los colores. Dice que el papel le permite ser mucho más audaz que otros soportes y lo cierto es que los cuadros destilan realismo mágico. La mayoría son paisajes en los que hay un toque de extrañeza que espolea la imaginación. Javier Lorenzo completa el efecto con unos haikus inéditos, cargados de evocaciones: “Agua de lluvia / golpea los cristales / Invernadero”. Tampoco hay que caminar mucho, solo adentrarse en el corazón del Parque, para ver en la que fue casa del guarda las fotografías del concurso Juan Manuel Pérez Pena que organiza todos los años Ecologistas en Acción. El tema obligatorio es la denuncia de actividades que deterioran el ambiente. Se puede crear belleza con esa terrible premisa y lo demuestran los ganadores, pero también muchos de los que han participado con menos fortuna. El casetón casi camuflado en medio del Parque, anejo a los columpios infantiles, funciona desde hace años como aula de Ecología y es un lugar muy apropiado para exponer las obras, aunque convivan hacinadas en la pared, haciendo juego con los objetos abandonados en la laguna de Corral Rubio (Vicente Guill Fuster) o el cochecito tirado al río en Villalgordo (Antonio Flores), que han ganado los primeros premios. A partir de aquí, si uno quiere seguir disfrutando de artes plásticas, y ya ha visto la muestra sobre la Feria en el Museo Arqueológico, tiene que subir por Tesifonte Gallego hacia el Antiguo Ayuntamiento, donde expone Jesús Iradier sus obras pop. Y algo más arriba, en una de las esquinas del Paseo de la Cuba, están las ocho mil miniacuarelas de Magnú. Material suficiente para invertir una mañana entera y acabar con los ojos haciéndote chiribitas.

Pasen al Museo y vean


Viajamos a otras ciudades para visitar contra reloj, de cabo a rabo, sus museos, apurándonos incluso para verlos todos, y en cambio vamos postergando sine díe la visita a los de nuestra propia ciudad. Como siempre estarán ahí, confiamos en que el azar nos facilite un día el camino para verlos. Va pasando el tiempo y esa ocasión a la que hemos fiado nuestra visita nunca llega. Y ahí sigue la asignatura pendiente. Eso me ha venido pasando a mí con la exposición sobre la Feria de Albacete, abierta en el Museo Arqueológico desde el mes de septiembre pasado. Encima ni siquiera es permanente, aunque una buena parte merecería estar en un hipotético Museo de Historia de la ciudad de Albacete que ya va siendo hora de que alguien ubique de una vez. Había visto la parte del Museo Municipal, que es una extensión con aspectos etnográficos que no cabían en las salas del Arqueológico abiertas al público. Sin embargo no encontraba la ocasión para visitar el grueso de la muestra, y eso que el Museo está enfrente de mi trabajo y que sabía que muchos de los objetos expuestos no volveré a tenerlos nunca tan cerca como para observarlos con detenimiento, y desde luego nunca en el orden en que los ha dispuesto el comisario, el profesor Luis Guillermo García Saúco, un experto en exposiciones antológicas sobre la ciudad. De modo que tuve que escaparme para romper la tela de araña y ya puedo decir que he visto, entre otras cosas, la acrotera del Salobral, del siglo I, que abre el tiempo anterior a los nombres conocidos con su mueca teatral y su penacho de arenisca. O a la mujer de Carlos V en tamaño natural, con piel de bronce, tal y como la esculpieron los Leoni para consolar al rey, que perdió en plena juventud, como nosotros, a la bella Isabel de Portugal, señora de Albacete. También he visto los pergaminos y los mapas por los que lentamente Albacete fue tomando conciencia de sí misma y obteniendo carta de naturaleza ante la historia. O los tres últimos edificios que han ido albergando las reuniones del concejo municipal, reproducidos en otras tantas maquetas que nos permiten examinarlos con detalle, sobre todo el de la plaza Mayor, que fue demolido en 1902 y que ha habido que reconstruir a partir de fotos. O el romancero de Agraz, o los ripios acrósticos que le dedicó a la mujer de Fernando VII un entusiasta y pelotillero Félix Herizo y Morales. Me he interpuesto entre las miradas de Felipe V y Carlos III, los dos reyes que impulsaron la Feria y que permanecen enfrentados en una de las salas. Por cierto, el de Felipe V, obra de Van Loo, descolgado del Museo del Prado para la ocasión. Y aunque la muestra está perfectamente organizada por eventos: el Albacete anterior a la provincia, el agua, la prensa, la iglesia…, hay un momento de ruptura en que los sentimientos nos arrastran hacia las pérdidas, hacia lo que ya no está y sin embargo proyecta su sombra sobre la ciudad que hoy conocemos: el convento de las Justinianas en el Altozano, el edificio de la Audiencia de Jareño en cuya misma ubicación han crecido otros dos sucesivos, la mano invisible que en 1631 escribió que aquellos objetos ocultos dentro de la Virgen de los Llanos eran la cabeza y el cuerpo de una talla más antigua todavía; las manos que manosearon las cartas para rifas; las monedas que fueron sustituyendo a las que perdían vigencia, siempre intercambiadas con parecida ilusión o picardía por distintas generaciones de albaceteños que acudían a la Feria septembrina. Incluso los trajes de campesinos y menestrales de siglos pasados parecen albergar todavía la respiración de sus dueños. Son sólo pinceladas escogidas de entre los infinitos detalles que componen esta reconstrucción de la historia de la Feria, la historia de una ciudad que hemos ido sustituyendo por otra, un pasadizo hacia el pasado por el que conviene aventurarse antes de que se cierre para siempre. Albacete Feria. Museos Arqueológico y Municipal de Albacete. Septiembre de 2010 a mediados de Enero de 2011.

Ceremonia profana

Un momento de la ceremonia/ foto Amanda Tendero
Veinticinco años antes de que San Juan de la Cruz naciera en Fontiveros, una madre y dos hijas de Chinchilla, apellidadas de La Mata, consiguieron que su beaterio alcanzase la condición de monasterio de dominicas. Lo pusieron bajo la advocación de Santa Ana, tal vez porque poseían una talla de madera de la madre de Cristo que, aún con las rigideces del gótico, apuntaba ya a la austeridad renacentista. Corría el año de 1518 y su posición acomodada les permitió elegir la plaza más bullente de espiritualidad: las ruinas de la antigua ermita de Santa Catalina, erigida a su vez sobre el primer templo chinchillano, una mezquita. Al fin y al cabo (mucha gente no lo sabe) lo más probable es que el castillo árabe de Chinchilla y su ciudadela estuvieran situados en la montaña de enfrente del castillo actual, que es de construcción más moderna. A la sazón en el barrio debían convivir, con más o menos armonía, judíos, moriscos y cristianos. El convento se perpetuó a lo largo de tres siglos y los rezos de sus monjas, aliñados con los dulces de bellota que elaboraban y que alcanzaron fama, dieron alimento espiritual al vecindario. Durante su permanencia reunieron quince pinturas de diferente valor y calidad y forraron la pared del altar de su capilla con un retablo churrigueresco más que digno y levantaron cuatro más. Cuando vino a cerrarse definitivamente en 1838, constaba de locutorio, iglesia, coro, sacristía, cocina, refectorio, depósito y un claustro denominado “de las procesiones”. Hoy, dos siglos después, la desidia y la Guerra Civil apenas han respetado los arcos y los muros de la capilla y dos de las ocho dependencias. El resto está desmigajado, perdido, quemado o vete a saber dónde. Pero si uno se para con el silencio necesario, presiente la vibración espiritual que atrajo a las mujeres de La Mata, confunde el aire con voces femeninas que entonan gregoriano y siente que el vaivén de las corrientes le acerca un vago olor de dulce de bellota. En cualquier caso el lugar no deja indiferente a casi nadie y la vista del casco histórico que se aprecia desde el patio, tal vez por infrecuente, me parece la mejor de todas las posibles. Este es el escenario que escogimos el pasado 14 de diciembre para celebrar una ceremonia profana, nuestro particular homenaje a la poesía. La propuesta vino otra vez de una mujer, Verónica Hernández. El año de Chinchilla es una sucesión de ritos religiosos que sus vecinos viven con una mezcla de devoción católica y de abrazo con sus antepasados. El párroco de la ciudad, Matías Marín y José Ramón, el sacristán, nos han abierto las puertas, nos han permitido que desorganizáramos el templo hasta dejarlo irreconocible, echando incluso una mano y asintiendo con paciencia cada vez que los artistas reclamaban una escalera o una estufa. Gracias a su disponibilidad, ante medio centenar de personas, el martes mezclamos en Santa Ana las fotografías de Juanjo Jiménez, que parpadeaban en el techo a un ritmo hipnótico, con los cortometrajes de Hernán Talavera, que nos muestran lo que nunca miramos o miramos demasiado poco: un ciprés que el viento mece ante la luna o un horizonte que se esclarece a ráfagas con los relámpagos de la tormenta que se acerca. Mezclamos la voz de muchos poetas, sus ritmos diferentes, sus estilos dispares y su determinación solidaria, con los últimos residuos de los ecos de las monjas. José Miguel Alarcón y Manuela Martínez pusieron la reminiscencia religiosa con una instalación mitad confesionario mitad videoclub. Y como colofón, Fernando López, Isidro Paterna y el propio Talavera colmaron la nave con imágenes y letras proyectadas sobre unos tules escalonados a los pies de la capilla, liaron una humareda que difuminaba los perfiles y les insuflaba un aspecto espectral, añadieron una música que intercalaban con latidos de campana y algún lento paseo con un cuenco incendiado entre las manos. Contribuía todo ello a raptar a los presentes de la realidad inmediata para sumirlos en una ensoñación sin tiempo. Era el 14 de diciembre, día de San Juan de la Cruz; qué mejor ocasión para mezclar todas las artes y agitarlas.