El Pernales


Le había oído cantar el romance de El Pernales a Pedro Piqueras en un fuego de campamento, en los tiempos remotos en que él era estudiante de periodismo y vino a visitar a sus amigos en unas colonias de verano. Recuerdo haber vibrado con la historia del bandolero, entonada con entusiasmo y con el vozarrón que le caracteriza. Si no me falla la memoria, se acompañaba con una guitarra. Luego, antes o después, se lo escuché a Manolo Luna, a Lanciano, a algún otro. En esa edad en la que la realidad todavía está cuajando en el cerebro, los romances dejan una impronta indeleble que cuesta luego mucho trabajo limpiar, entre otras cosas porque siempre son más acogedores los ideales de la adolescencia que la vida misma. Más de tres décadas después, vine a patear el otro día las sendas por las que anduvo el bandolero al encuentro con las balas que acabaron con su vida y la del gañán que le acompañaba. Iba huyendo de su leyenda y de sus imitadores, que cuentan que eran tantos y tan buenos que uno tuvo la osadía de atracar al original. Igual esa experiencia convenció a Pernales de que se le había quedado pequeña Andalucía, mandó de avanzadilla a su querida a la costa levantina, y le dijo: espérame Conchilla, que voy para allá. Seguía los pasos de su paisano Joaquín El Vivillo, que le había enseñado a saltear caminos y que escapó a tiempo a la Argentina cuando vio que el negocio del bandolerismo empezaba a ponerse feo con tanto guardia civil rondando y tanto chisporroteo de telégrafo pisándole los talones. La ruta de El Pernales hacia la costa pasaba por la sierra de Alcaraz. Desprovisto de su caballo Relámpago, tan legendario como él, montaba un macho castaño oscuro, cuyo nombre no ha encontrado acomodo en la leyenda. El Niño del Arahal lo seguía a lomos de una yegua. Venían huyendo. En pocos meses los civiles habían diezmado a su partida. De hecho, El Niño era un novato. Como no conocían los senderos, tuvieron que preguntarle a un hombre con el que se toparon hacia las nueve de la mañana. Maravilla la precisión de la hora en los autos, en una época de tan pocos relojes. El destino quiso que el informante fuera Gregorio Romero, a la sazón guardia forestal, pero retirado de la Guardia Civil, donde había afinado el instinto lo bastante como para desconfiar de los acentos sevillanos de los viajeros, las armas que portaban y el que prefiriesen las trochas escarpadas a los senderos diáfanos. Le faltó tiempo para bajar a Villaverde a dar cuenta al juez, que a su vez dio aviso a la Guardia Civil. El romance no habla mal de los guardias. Ni bien. Son la mano del destino que convierte al héroe en mártir. La edad nos ha enseñado a admirar el valor de quienes fueron al encuentro de los bandoleros con el convencimiento de su vida estaba en juego y de que tendrían delante a una leyenda viva, agigantada por las habladurías. Llevo más de treinta años escuchando versiones distintas de la muerte de El Pernales. La más verosímil la oí el otro día, en el mismo lugar de los hechos, relatada por Antonio Matea. No creo que los dos guardias, apostados tras unas piedras, dieran el alto al bandolero, al que tendieron emboscada en una pequeña elevación del vericueto. Le dispararon a las ingles, la parte más accesible cuando se apunta de abajo arriba a un jinete. El Niño vendría detrás y al ver que los otros guardias le cerraban la retirada picó espuelas monte abajo, buscando una escapatoria imposible. Dicen que un tiro por la espalda evitó que fuera más lejos. Ocurrió entre las dos y las tres de la tarde del 31 de agosto de 1907. Antes de exponerlos, los tallaron como hubieran hecho con piezas cobradas en una cacería. El Pernales sólo medía 1,49. Doce centímetros menos que el Niño. Traían aún limpios los oídos de escuchar el arroyo del Tejo enroscarse en las piedras, uno de los sonidos más purificadores que existen. A mí ha terminado de curarme del romance.

Léxico sentimental de la huelga


No es novedad. Todas las palabras contienen unas cargas emocionales que van mucho más allá que los escuetos significados del diccionario. Para la Real Academia, huelga es la interrupción colectiva de la actividad laboral por parte de los trabajadores con el fin de reivindicar ciertas condiciones o manifestar una protesta. Hasta ahí, ninguna sorpresa. Tampoco sorprende que venga de holgar, pero sí que ésta proceda del latín follicare. Más curioso aún resulta que follicare no significase en la antigua Roma lo que todos pensamos, sino resoplar o respirar. De aquellos resoplidos latinos vienen hoy estos suspiros laborales. Pero cuando uno oye hablar de huelga, la palabra se magnetiza con otras connotaciones que resuenan diferentes en el oído de un empresario, un empleado o de un político. Para todos ellos, la huelga propone un socavón, el del diptongo hue, por el que nos parece que puede colarse la realidad entera, tal como la conocemos. Unos cavan para que el hoyo sea más profundo y otros se afanan para que no pase de ser un bache por el que no quepa ni la suela del zapato. Quiero decir que todos espolean los sentimientos de la ciudadanía. Además de hinchar las cifras para desinformar a su favor, procuran acentuar la sacudida que deja en todos la palabra huelga, en especial los sentimientos de miedo y de culpa. Así los huelguistas avivan el miedo a su favor. Baste citar la palabra piquete, que viene de pico y que tiene connotaciones militares. Puede ser un grupo de soldados poco numeroso que se emplea en servicios extraordinarios, pero aquí lo utilizamos para designar a un grupo de personas que, pacífica o violentamente, intenta imponer o mantener una consigna de huelga. Por su etimología y por sus antecedentes, la palabra piquete es ya de por sí puntiaguda y puede ser más o menos afilada según con qué intenciones se pronuncie. La necesidad de corrección democrática la ha ido vinculando al adjetivo informativo, con el que forma prácticamente matrimonio, como si el único cometido lícito de un piquete fuera argumentar a los compañeros que rehúyen sumarse a la convocatoria las supuestas maravillas que están perdiéndose. Pero claro, tanto ha domesticado la información a la palabra piquete que ya no da tanto miedo, o eso le parecía a uno de los líderes sindicales, que con el énfasis propio de las vísperas hablaba el otro día de piquetes informativos y convictivos. Ingenioso neologismo traído por los pelos del latín convincere, convencer. Vamos, como queriendo decir que los piquetes no están para perder el tiempo argumentando, sino que su cometido es convencer a los esquiroles como sea. Y de paso, acojonarlos un poco con la cercanía de la palabra convicto, que tiene el mismo origen que convencer, pero le añade un toque carcelario, pues es el reo al que se le ha probado su delito, aunque no lo haya confesado. Por supuesto, la administración tampoco se anda con chiquitas en el uso de las connotaciones para manejar los sentimientos de los que esperan noticias con la oreja pegada al transistor. Maravilla observar como todos los políticos afines al gobierno que eran entrevistados respondían como loros que la jornada estaba transcurriendo con normalidad, que reinaba la normalidad por doquier, una normalidad unánime, tan normal que uno terminaba preguntándose qué significa la expresión: si es que no existen alteraciones de orden público o que todo el mundo está aplicado a su faena como si no se hubiera enterado o no quisiera enterarse de que hay convocada una huelga. Por supuesto, llevaban semanas sugiriendo sibilinamente que, tal y como anda el país sumergido en la crisis, sólo los antipatriotas son capaces de interrumpir la producción para terminar de hundirlo. Y mientras, la oposición mayoritaria se frota los dedos agusanados por la corrupción y los alza de vez en cuando para señalar a todos como culpables oyendo canturrear en sus párpados la caja registradora de votos. Entre la culpa y el miedo, aún gana el sentimiento de la duda: haga lo que haga, pierdo. Y en cambio todos ellos parecen convencidos de haber ganado: los paniaguados sindicalistas, el inepto gobierno y la inmoral oposición.

El patriota


Me pierdo en la avalancha de escritos y homenajes a José Antonio Labordeta, después de su fallecimiento el pasado día 19. Hay personas que se van envueltas en un puñado discreto de halagos y otras, como el aragonés, que sólo dejan amigos, a juzgar por cómo todo el mundo necesita elogiarlos, recordar sus anécdotas, desahogarse y hasta repetirse. Oigo que a Pepa Fernández se le entrecorta la voz al recordarlo en su programa Hoy no es un día cualquiera, de Radio Nacional, y me emociono también. La emoción es contagiosa. Veo al Rey darse el pésame a sí mismo en las carreras de motos. Era un gran amigo mío, asegura. Un patriota, sentencia. Y me quedo tan descolocado que voy al diccionario a buscar la palabra patriota, que tenía asociada a héroes militares y a títulos de películas bélicas y que en la boca de un monarca y dirigida a un cantante adquiere tintes que necesito aclarar. Pero encaja. Patriota es alguien que ama a su nación. Y si algo nos ha quedado claro es que Labordeta era un aragonés de pura cepa. Llego a dudar si todas sus canciones estaban dedicadas a su querida Aragón, sus paisajes y artesanías, o es que sólo ponen las canciones patrióticas para darle la razón al Rey. De hecho, y por lo que puedo exprimir al diccionario, en un patriota sólo hay eso, amor por la patria. No confundir con un nacionalista que es un apasionado por su país. Hay un cierto descontrol en la pasión, a veces mucho. Pero además hay otros intereses oscuramente políticos, de pura cerrazón xenófoba, de exclusión, de independencia. Lejos del perfil de Labordeta, un tipo espontáneo, de los que miran de frente y hablan con llaneza: “A la mierda”. Un patriota, como murmura su amigo el Rey, casi con rabia. De hecho, otro entrevistado, uno de esos tipos anónimos a los que visitó con su mochila a cuestas, asegura que sentía al cantante como si fuera de allí, de esa otra tierra que no era Aragón, sino uno de esos vericuetos casi inaccesibles que visitó en su programa. “Era de donde estaba”, remacha el interpelado, con la satisfacción de haber dado con la fórmula que define al personaje. No es de extrañar que haya quien quiera convertir su Canto a la libertad en himno de Aragón, para que no se lo roben patrias foráneas. Leo en las noticias que lo reclama internet, como si internet fuera un ser unívoco y no esa multiforme y desordenada acumulación de opiniones que todos conocemos. Luego, la letra pequeña (que las noticias también tienen, igual que los contratos) aclara que lo reclaman ciertos medios digitales y algunas redes sociales. El caso es que Aragón ya tenía himno, de modo que la petición debe resultar incómoda para quienes en su día se lo encargaron a García Abril y a cuatro escritores a la vez, para que ninguno se enfadase y cobrasen todos. Cultura oficial contra cultura popular. Seguro que encuentran una solución salomónica y vemos en un futuro no muy lejano a los próceres aragoneses, incluso aquellos menos dotados para alzar el puño, cantar juntos: “Habrá un día en que todos / al levantar la vista / veamos una tierra / que ponga libertad”. Que a nadie le extrañe. En Asturias ya cantan todos sin sarpullido, incluso el arzobispo de Oviedo, aquello de “vengo de subir al árbol / vengo de coger la flor / y dársela a mi morena / que la ponga en el balcón”. Y tan felices. Siento sana envidia. O tal vez no tan sana. Aquí, en esta nación dividida entre dos nombres, Castilla y La Mancha, no tenemos himnos ni patriotas ni nacionalistas, ni siquiera amigos del Rey, que se sepa. Y así nos va. Nos colocan el cementerio nuclear en la puerta y sonamos como el viento cuando rueda en los pueblos despoblados. Los valencianos se llevan al menos el consuelo de la pasta. Nosotros el miedo sordo a un escape nuclear, con camiones trasegando residuos radiactivos por nuestras carreteras, mientras las noticias se van con su cantinela a otra parte. Amo esta patria, esta tierra sin voz.



El bosque de las prohibiciones



El arte de prohibir es una de las primeras cosas que hay que aprender para ser profesor y para ser padre. Para que resulte efectivo, hay que usarlo con mesura. No se puede prohibir todo ni tampoco dar lugar a que el chaval tenga la sensación de que, tire por donde tire, se va a topar con una prohibición. Jardiel Poncela decía que una dictadura es el régimen en el que todo lo que no está prohibido es obligatorio. Sin embargo vivimos un momento de la historia de España en el que las prohibiciones proliferan. Seguramente no son tantas como parecen, sino que las multiplica el espejo distorsionador de los medios, con sus dimes y diretes, sus tertulias, sus debates y su cansineo laberíntico. A ver: así, a bote pronto, están en trance de supresión los toros en Catalunya, la bollería industrial en los colegios y el tabaco en los lugares públicos. Son sólo tres cosas, y sin embargo levantan una topera asfixiante. En Euskadi han añadido una vuelta de tuerca a la postergada e indecisa medida de la ministra Salgado y proponen prohibir el tabaco en lugares públicos, como los parques infantiles, e incluso en lugares privados, como el coche familiar cuando viajan niños. La propuesta del Gobierno vasco, que no será ley hasta que no la confirme el parlamento, ha disparatado tanto los comentarios que sus promotores se defienden alegando que la salud de los niños es prioritaria y que además la medida es educativa, porque desnormaliza el hecho de fumar. Aparte de la palabreja, que hay que respirar con cuidado como si fuera humo de tabaco, a mí me parece una medida valiente y acertada. Estamos tan acostumbrados a ver anuncios de gente fumando, como el vaquero aquel de Malboro que luego murió de cáncer de pulmón, o el Humprhey Bogart de Casablanca, que no paraba y que se fue por lo mismo, que nos cuesta asimilar que se utilice la publicidad inversa: conseguir que los niños perciban como cosa rara ver a alguien respirando humo de forma voluntaria y sin toser. De acuerdo que este tipo de publicidad resulta tan discreta que cuesta hasta percibirla. Por ejemplo, muchos nos enteramos de que el rey fumaba porque se le escapó al médico que le había extirpado unos nódulos en el pulmón y le recetó que abandonara el hábito. Supongo que hay que felicitar a quienes cuidan la imagen del monarca por retirarle el cigarro cada vez que posaba. Sin embargo por muy invisibles que resulten, la normalidad y la salud serán siempre preferibles a esos 50.000 españoles que mueren cada año por enfermedades originadas por el tabaco, 3.000 de ellos sin haber pegado una calada. Al fin y al cabo, los niños son como esponjas que hacen lo que ven. Y muy bien que lo han captado los publicistas con el hermoso anuncio de una niña que imita a su papá cuando lo ve leyendo. Pero aparte de suprimir la visión de gente fumando, habrá que insuflarles también a los españolitos unas cuantas competencias que les permitan ser mañana autónomos, ganarse la vida con sensatez, hacer progresar el país y el mundo, y de paso sostenernos a nosotros que dependeremos de ellos. Y eso no se consigue con prohibiciones, sino con una buena educación. Ahí es donde hay que volcar todo el talante, y sin embargo estamos muy lejos de andar finos. Nuestros queridos políticos tampoco se pusieron de acuerdo para alcanzar un Pacto de Estado por la educación. Pero además han consentido que empiecen el curso 140.000 alumnos más y que los atiendan 6.400 profesores menos, que tendrán que echar más horas intentando dar ejemplo, con un 5% del sueldo rebajado. Si hay alguien que se alegra, que eche un vistazo a cómo estábamos antes de los cambios: de cada diez alumnos, tres y medio no terminan los estudios elementales; nuestro sistema educativo ha caído al puesto 32 del mundo y no hay una universidad española entre las 200 mejores. Hemos ganado el mundial de fútbol, pero estamos lejísimos del Fields de las matemáticas o de un Nóbel de ciencias. Con prohibiciones no se arregla.

Una de mimetismos


A Edgar Villareal Valdez le llaman La Barbie porque tiene los ojos, la tez y el cabello claros como Ken, el novio de la famosa muñeca. A pesar del apelativo, resulta que es uno de los narcotraficantes más sanguinarios de Norteamérica, lo que ya es decir. Curiosamente los servicios de inteligencia mexicanos han tardado 14 meses en echarle el guante porque aseguran que tiene una gran capacidad de mimetismo y que no necesita ni siquiera disfrazarse. Me paso un buen rato preguntándome qué demonios quieren decir con eso del mimetismo. Si sugieren que al insertar un chicarrón rubio con acento estadounidense en un país de morenos hispanoablantes no se nota ni que está, y que se tarda año y pico en identificarlo, mire usted, hace falta tener la vista distraída en otras cosas y además dañada. Que no digo yo que no pueda ser, que todo es posible en este mundo de telerrealidad. A los once espías latentes rusos insertados en la sociedad de Estados Unidos tardaron siete años en pillarlos pero, a diferencia de La Barbie, no habían matado a nadie, que se sepa. De hecho, ni siquiera pasaron de ser latentes ni alcanzaron posiciones preeminentes que les permitieran acceder a resortes del poder o fotocopiar información privilegiada. Eran ciudadanos normales, tirando a sosos, de origen ruso. Algunos llevaban ya veinte años en Estados Unidos. ¿Cómo supieron entonces los de la Cia que eran espías, si aún no habían espiado nada? Ellos sabrán. El caso es que los expulsaron del país. Ahora, una de las espías fracasadas ha posado en posturas sexys para una revista y luego ha publicado las fotos en la competencia antes de que salieran a la luz. Su primer acto delictivo, si es que vender dos veces las mismas fotos es un acto delictivo, y lo cometió fuera de Estados Unidos, en su país de origen, Rusia, donde por lo visto le cuesta más mimetizarse y la pillan. Fascinante esto del mimetismo. El verano ha dado para mucho en este aspecto. A otro espía, este británico, lo encontraron en su piso de Londres metódicamente troceado en el interior de una bolsa de deporte. Scotland Yard se apresuró a anunciar que afronta la investigación del suceso como un asesinato, lo cual nos tranquiliza. Entendemos así que el fallecido no estaba intentando mimetizarse con la bolsa de deporte. Lo primero que han hecho es revelar que era un espía, que es el mayor castigo que se le puede infligir a un espía; de hecho sólo pueden verificarlo con tanta prontitud y seguridad sus propios camaradas. Ellos sabrán por qué. Igual alguien tenía miedo de desayunarse con su foto en Wikileaks, la versión de wikipedia que desenmascara a los espías y a los muñidores de guerras que habían conseguido mimetizarse con la normalidad. Aunque, qué demonios es la normalidad, sino lo que vemos en la tele y en el cine y nos parece ficción: ¿Qué es la película Salt, sino la historia de un grupo de espías rusos latentes introducidos en la sociedad de Estados Unidos desde niños para cargarse hasta al apuntador el día equis? Una idea excelente, mejor que la realidad de esos once rusos que seguían latentes esperando una orden que nunca llegó. Eso que sepamos. Hay que abrir los ojos. Si en México cuesta catorce meses identificar y detener a un rubio con acento en medio de una multitud de morenos hispanos, qué no puede estar sucediendo más cerca de nosotros, aquí mismo, ahora que nos vamos de Feria. Pasó a la historia aquel truco de descubrir a los extraterrestres porque llevaban el dedo meñique rígido, como ocurría en la serie de televisión Los Invasores, de los años sesenta. Medio siglo después, extraterrestres, espías y seres venidos del futuro a hacer turismo en nuestro tiempo se mimetizarán entre nosotros en la Feria con absoluta impunidad, igual que si estuvieran disfrutando. ¿Cómo reconocer a esos impostores? Muy sencillo: lo más probable es que hayan alcanzado su propósito de ocupar los puestos preeminentes. Nadie los desenmascara porque ellos mismos son los encargados de desenmascararse. Se dedican a inaugurar y a pronunciar largos discursos. ¿Qué persona normal hace esas cosas?

La isla sin lobos


Hace veinte años que tuve el privilegio de pernoctar en el islote de Lobos, frente a la isla canaria de Fuerteventura. Participábamos en una expedición científica para catalogar las ciento y pico especies vegetales de este paraje de 4,5 kilómetros cuadrados (6 con pleamar) y ni un árbol siquiera al que arrimarse. Al farero Antoñito Hernández ya lo había jubilado la tecnología y sólo acudía los domingos a preparar paella para sus turistas. Entre semana, los del equipo estuvimos allí solos, rodeados por el Atlántico y perseguidos por un sol árido e ineludible. Ya existían senderos para desplazarse entre el malpaís, que es como los lugareños llaman a los pedregales de basalto acumulados por las sucesivas erupciones del volcán. Como el basalto está compuesto básicamente por hierro, el color predominante del islote es el negro, con las manchas naranjas, amarillas y sobre todo blancas que imprimen los líquenes. Lo único que alteró la paz en esos días, en que se nos quemó la nariz sin que lo evitaran las cremas ni los sombreros, fueron unos sonidos inquietantes como de animal rondador que acechaba las tiendas a medianoche. A pesar de que en el islote de Lobos no hay agua potable, su importancia estratégica precisó para la navegación de la figura de un farero que mantuviera girando el foco de Miñano. En ese faro nació en el año 1903 la poeta Josefina Pla, que se consagró en Paraguay y que optó, sin conseguirlos, a los premios Príncipe de Asturias y Cervantes, antes de morir en el país americano en 1999. Varias efigies y placas la recuerdan. Entonces, cuando oíamos esos ruidos nocturnos tan sospechosos, sólo estaba el faro, sin placas conmemorativas. Lo cierto es que la isla se llama de Lobos en honor de sus más antiguos habitantes, las focas monje, también conocidas como lobos de mar, que vivían a sus anchas entre las piedras escarpadas de la orilla, sobre todo en la vertiente hundida del volcán la Caldereta. Según las crónicas, el normando Gadifer de la Salle, uno de los lugartenientes de Betancourt, el conquistador de Fuerteventura, andaba hace seiscientos años cazando focas sobre estos malpaíses para confeccionar calzado con sus cueros. La naturaleza encontró el modo de castigarlo en la figura de un traidor que lo abandonó en el islote, lo que le obligó a tender un lienzo por la noche para escurrirlo al amanecer directamente en la boca para no deshidratarse. Pero cuando ya los humanos fueron tantos que no había maldición para todos, se extinguieron las focas. Dicen que las apuntillaron los pescadores, en el primer cuarto del siglo pasado, porque las consideraban rivales poderosas de su oficio, ya que un ejemplar de foca monje es capaz de comerse entre 30 y 40 kilos de pescado al día. Ahora sobreviven apenas unas cuantas colonias de focas en las costas del norte de Mauritania. Será por todo esto, mezclado con la turbiedad del insomnio, que hace veinte años llegamos a pensar que aquel ruido de la noche, a la vez amenazador e intrigante, lo causaba un lobo marino despistado o un fantasma de lobo, lo mismo da, que venía buscando a su camada. Pudo más el afán científico, quiero decir la curiosidad, que el miedo y subimos la cremallera de la tienda empuñando la linterna encendida. El ruido nos condujo hasta la tienda vecina, donde dormía el director de la expedición. Creíamos que íbamos a salvarlo de lo que fuera aquello y en cambio comprobamos que era su dentadura la que producía el chirrido espeluznante que nos tenía a la vez intrigados e intranquilos. Bruxismo, llaman los especialistas a esta alteración inconsciente. Recuerdo aquella anécdota mientras recorro los caminos de Isla de Lobos, hoy perfectamente delimitados con señales que indican los minutos que lleva ir a pie al muelle, la playa, el faro o la Caldereta, magras referencias para no perderse en el silencio. El turismo de yate y playa ha arrasado definitivamente con el recuerdo de las focas monje, las siemprevivas endémicas y el refugio de las pardelas. Constatamos además que los lugares naturales se diferencian de los que no lo son porque nadie recoge la mierda.

El museo de los mareos

Uno de los secretos mejor guardados del Guggenheim de Bilbao es que el canadiense Frank O. Gehry lo diseñó para que los visitantes se mareen como si estuvieran viajando en barco. Los guías suelen guardarse esta baza para el final, cuando cansados de subir y bajar puentes y de trazar curvas estrechas, los turistas se citan bajo las escaleras exteriores. Sólo entonces les revelan el secreto. La excusa es que si lo comentaran antes, los mediatizarían y estarían más pendientes de no marearse o incluso de vacunarse con una biodramina que de abandonarse al fuego cruzado de los estímulos que propone el edificio por un lado y su contenido en obras de arte por otro. Hemos ido a marearnos al Guggenheim sin saber que íbamos a eso, y en efecto nos hemos desorientado con la facilidad absoluta con que se desorientan en alta mar las gentes de secano. En la portentosa sanación que Bilbao ha hecho de su río y de su atmósfera, el edificio de Gehry ejerce de pivote, centra la luz en sus escamas de titanio y atrapa a los turistas en la telaraña de Louise Bourgeois para que los recién llegados asocien la ciudad con esta modernidad de aguas limpias. Otra cosa es lo que encontramos dentro. Aparte de unos laberintos de Richard Serra elaborados con planchas de acero patinable que contribuyen con sus ecos y sus peraltes al mareo del edificio, el resto es bazofia. Un cañón que dispara pintura roja contra un rincón de la sala, unas chatarras rescatadas del desguace y colgadas de las paredes tal y como nos las encontramos en los estercoleros, platos gigantes con comida macrobiótica, larvas o cagarrutas, según quiera uno verlo, una sala con espejos de distintas curvaturas idénticos a los que recorrían las ferias de los pueblos en los años cuarenta, una colección de las peores obras abstractas, pop y expresionistas. Hasta la antológica de Henry Rousseau, el Aduanero, que siempre nos había resultado simpático con sus animalitos de circo, sus bañistas en traje de rayas y sus jardines botánicos disfrazados de jungla, deslucen en este ambiente y nos lo hacen parecer más un decorador infantil que el autodidacto excéntrico que le hizo gracia a Picasso. Como dice mi amigo Pepe Saborit, el museo es legitimador, convierte en arte todo lo que toca, sea lo que sea. La gente no entiende lo que ve, pero se calla. Se le pide fe en que aquello es arte, se la piden los expertos, esos supercicutas que dominan el saber, y ¿quién es uno para contradecir a los expertos? En realidad es la economía y no los expertos quien dicta lo que vale y lo que no. Tanto se paga por una obra, tanta dosis o porcentaje de arte contiene. Me pregunto por la cantidad, por ejemplo, que se le atribuye al cañón que dispara pintura roja y me cabreo. Está bien cabrearse, porque es la primera emoción que experimento, aparte del mareo inicial. Se supone que la modernidad ha venido a sustituir el afán de intemporalidad por los conceptos de originalidad y novedad, y la emoción estética por el asombro, la sorpresa o el susto, según. Pero yo llevaba todo el tiempo experimentando sólo indiferencia. Al fin y al cabo la publicidad nos tiene vacunados contra todo tipo de llamadas de atención visuales y auditivas. Sólo una lectura realmente profunda de las exposiciones, imaginarse cuánto dinero público ha volado para contratarlas, consigue emociones en estado puro, en concreto el cabreo y la frustración, que no son las que uno venía a buscar a los museos, pero son emociones al fin y a la postre. El único consuelo que repara en gran medida esta negatividad, por eso los han puesto abajo, cerca de la salida, es contemplar el resultado de la experimentación de distintos artistas jóvenes con escolares de varios colegios vascos. Ahí sí que laten la inocencia y la pureza, lejos del trasnochado anhelo de epatar. Como dice Saborit, en vez de preguntarles a los pintores por qué pintan, habría que preguntar a los que no lo hacen por qué dejaron de pintar, puesto que todos los niños pintan.