La isla sin lobos


Hace veinte años que tuve el privilegio de pernoctar en el islote de Lobos, frente a la isla canaria de Fuerteventura. Participábamos en una expedición científica para catalogar las ciento y pico especies vegetales de este paraje de 4,5 kilómetros cuadrados (6 con pleamar) y ni un árbol siquiera al que arrimarse. Al farero Antoñito Hernández ya lo había jubilado la tecnología y sólo acudía los domingos a preparar paella para sus turistas. Entre semana, los del equipo estuvimos allí solos, rodeados por el Atlántico y perseguidos por un sol árido e ineludible. Ya existían senderos para desplazarse entre el malpaís, que es como los lugareños llaman a los pedregales de basalto acumulados por las sucesivas erupciones del volcán. Como el basalto está compuesto básicamente por hierro, el color predominante del islote es el negro, con las manchas naranjas, amarillas y sobre todo blancas que imprimen los líquenes. Lo único que alteró la paz en esos días, en que se nos quemó la nariz sin que lo evitaran las cremas ni los sombreros, fueron unos sonidos inquietantes como de animal rondador que acechaba las tiendas a medianoche. A pesar de que en el islote de Lobos no hay agua potable, su importancia estratégica precisó para la navegación de la figura de un farero que mantuviera girando el foco de Miñano. En ese faro nació en el año 1903 la poeta Josefina Pla, que se consagró en Paraguay y que optó, sin conseguirlos, a los premios Príncipe de Asturias y Cervantes, antes de morir en el país americano en 1999. Varias efigies y placas la recuerdan. Entonces, cuando oíamos esos ruidos nocturnos tan sospechosos, sólo estaba el faro, sin placas conmemorativas. Lo cierto es que la isla se llama de Lobos en honor de sus más antiguos habitantes, las focas monje, también conocidas como lobos de mar, que vivían a sus anchas entre las piedras escarpadas de la orilla, sobre todo en la vertiente hundida del volcán la Caldereta. Según las crónicas, el normando Gadifer de la Salle, uno de los lugartenientes de Betancourt, el conquistador de Fuerteventura, andaba hace seiscientos años cazando focas sobre estos malpaíses para confeccionar calzado con sus cueros. La naturaleza encontró el modo de castigarlo en la figura de un traidor que lo abandonó en el islote, lo que le obligó a tender un lienzo por la noche para escurrirlo al amanecer directamente en la boca para no deshidratarse. Pero cuando ya los humanos fueron tantos que no había maldición para todos, se extinguieron las focas. Dicen que las apuntillaron los pescadores, en el primer cuarto del siglo pasado, porque las consideraban rivales poderosas de su oficio, ya que un ejemplar de foca monje es capaz de comerse entre 30 y 40 kilos de pescado al día. Ahora sobreviven apenas unas cuantas colonias de focas en las costas del norte de Mauritania. Será por todo esto, mezclado con la turbiedad del insomnio, que hace veinte años llegamos a pensar que aquel ruido de la noche, a la vez amenazador e intrigante, lo causaba un lobo marino despistado o un fantasma de lobo, lo mismo da, que venía buscando a su camada. Pudo más el afán científico, quiero decir la curiosidad, que el miedo y subimos la cremallera de la tienda empuñando la linterna encendida. El ruido nos condujo hasta la tienda vecina, donde dormía el director de la expedición. Creíamos que íbamos a salvarlo de lo que fuera aquello y en cambio comprobamos que era su dentadura la que producía el chirrido espeluznante que nos tenía a la vez intrigados e intranquilos. Bruxismo, llaman los especialistas a esta alteración inconsciente. Recuerdo aquella anécdota mientras recorro los caminos de Isla de Lobos, hoy perfectamente delimitados con señales que indican los minutos que lleva ir a pie al muelle, la playa, el faro o la Caldereta, magras referencias para no perderse en el silencio. El turismo de yate y playa ha arrasado definitivamente con el recuerdo de las focas monje, las siemprevivas endémicas y el refugio de las pardelas. Constatamos además que los lugares naturales se diferencian de los que no lo son porque nadie recoge la mierda.

El museo de los mareos

Uno de los secretos mejor guardados del Guggenheim de Bilbao es que el canadiense Frank O. Gehry lo diseñó para que los visitantes se mareen como si estuvieran viajando en barco. Los guías suelen guardarse esta baza para el final, cuando cansados de subir y bajar puentes y de trazar curvas estrechas, los turistas se citan bajo las escaleras exteriores. Sólo entonces les revelan el secreto. La excusa es que si lo comentaran antes, los mediatizarían y estarían más pendientes de no marearse o incluso de vacunarse con una biodramina que de abandonarse al fuego cruzado de los estímulos que propone el edificio por un lado y su contenido en obras de arte por otro. Hemos ido a marearnos al Guggenheim sin saber que íbamos a eso, y en efecto nos hemos desorientado con la facilidad absoluta con que se desorientan en alta mar las gentes de secano. En la portentosa sanación que Bilbao ha hecho de su río y de su atmósfera, el edificio de Gehry ejerce de pivote, centra la luz en sus escamas de titanio y atrapa a los turistas en la telaraña de Louise Bourgeois para que los recién llegados asocien la ciudad con esta modernidad de aguas limpias. Otra cosa es lo que encontramos dentro. Aparte de unos laberintos de Richard Serra elaborados con planchas de acero patinable que contribuyen con sus ecos y sus peraltes al mareo del edificio, el resto es bazofia. Un cañón que dispara pintura roja contra un rincón de la sala, unas chatarras rescatadas del desguace y colgadas de las paredes tal y como nos las encontramos en los estercoleros, platos gigantes con comida macrobiótica, larvas o cagarrutas, según quiera uno verlo, una sala con espejos de distintas curvaturas idénticos a los que recorrían las ferias de los pueblos en los años cuarenta, una colección de las peores obras abstractas, pop y expresionistas. Hasta la antológica de Henry Rousseau, el Aduanero, que siempre nos había resultado simpático con sus animalitos de circo, sus bañistas en traje de rayas y sus jardines botánicos disfrazados de jungla, deslucen en este ambiente y nos lo hacen parecer más un decorador infantil que el autodidacto excéntrico que le hizo gracia a Picasso. Como dice mi amigo Pepe Saborit, el museo es legitimador, convierte en arte todo lo que toca, sea lo que sea. La gente no entiende lo que ve, pero se calla. Se le pide fe en que aquello es arte, se la piden los expertos, esos supercicutas que dominan el saber, y ¿quién es uno para contradecir a los expertos? En realidad es la economía y no los expertos quien dicta lo que vale y lo que no. Tanto se paga por una obra, tanta dosis o porcentaje de arte contiene. Me pregunto por la cantidad, por ejemplo, que se le atribuye al cañón que dispara pintura roja y me cabreo. Está bien cabrearse, porque es la primera emoción que experimento, aparte del mareo inicial. Se supone que la modernidad ha venido a sustituir el afán de intemporalidad por los conceptos de originalidad y novedad, y la emoción estética por el asombro, la sorpresa o el susto, según. Pero yo llevaba todo el tiempo experimentando sólo indiferencia. Al fin y al cabo la publicidad nos tiene vacunados contra todo tipo de llamadas de atención visuales y auditivas. Sólo una lectura realmente profunda de las exposiciones, imaginarse cuánto dinero público ha volado para contratarlas, consigue emociones en estado puro, en concreto el cabreo y la frustración, que no son las que uno venía a buscar a los museos, pero son emociones al fin y a la postre. El único consuelo que repara en gran medida esta negatividad, por eso los han puesto abajo, cerca de la salida, es contemplar el resultado de la experimentación de distintos artistas jóvenes con escolares de varios colegios vascos. Ahí sí que laten la inocencia y la pureza, lejos del trasnochado anhelo de epatar. Como dice Saborit, en vez de preguntarles a los pintores por qué pintan, habría que preguntar a los que no lo hacen por qué dejaron de pintar, puesto que todos los niños pintan.

Luis Francisco Esplá



Sin levantar la voz, esa voz cascada, aguda, el torero Luis Francisco Esplá es capaz de conmover con la palabra tanto o más que toreando. No pudo sin embargo evitar que el Parlament catalán prohibiera la Fiesta. “Sólo trato de mostrar mi punto de vista”, insiste, “no trato de convencer a nadie. Estoy de acuerdo con quienes defienden al animal”. Acepta con deportividad la derrota. No en vano asegura que el torero es un atleta que tiene que estar entrenado “porque si entras en deuda de oxígeno no coordinas los movimientos ni controlas las reacciones del toro”. Además, entre otras muchas cosas, el torero es un cazador, pero también un etólogo, es decir un conocedor del comportamiento del animal, de cómo gestiona los terrenos: “el toro en el campo tiene su espacio, que abarca la conciencia de sí mismo. Incluso hay jerarquías, que determinan en qué terreno está y se mueve. Aparte están las querencias, por ejemplo la necesidad de amparo o de alimento, que alteran las distancias. En la plaza, el toro cambia, defiende su espacio”. Esplá añade que “el torero es uno de los tres oficios que se visten de oro, junto con el sacerdote y el militar. Los tres relacionados con la muerte. Y es músico porque debe dar a la faena una cadencia y es geómetra porque debe calcular las trayectorias y las querencias del toro y es mago porque como artista abandona el cuerpo y se somete a la creación. Además es bailarín y como tal debe romper la cadena cinética y mantenerse en contracción de cintura para abajo y en elongación de cintura para arriba, sin perder el equilibrio”. Oír hablar de toros a Esplá es asistir a una faena incruenta en la que se respiran y se aprenden todos los lances. Hay algo en su amor por lo que cuenta que doblega la voluntad de las palabras como ha doblegado la voluntad de tantos toros: “En el toreo tenemos que incorporar la voluntad del toro a la creación, lo que no se da en ninguna otra disciplina artística. Tenemos una dependencia absoluta de las sugerencias del toro”. ¿Pero por qué se caen tanto los toros ahora, por qué son tan aburridos? Preguntan otros contertulios. Esplá lo tiene clarísimo: “Por lo mismo que no se pueden ya vender melocotones de secano con picaduras. Hemos pasado de una sociedad de esencias a una sociedad de apariencias. Tenemos un toro muy grande, el más grande que ha salido nunca, con la mejor estampa y la mejor arboladura, pero sin voluntad” ¿Eso quiere decir que ya no es bravo? “Al contrario, es más bravo que nunca. Ese es el problema. Ha perdido animalidad, mecanismos de defensa, no mide, se deja todas las fuerzas en el caballo. Ahora es tan previsible que no hay tensión en el espectador. Los toreros se han adaptado a este toro y la mayoría de las faenas son episódicas”. Pero siguen muriendo de pie. “El toro ha sido seleccionado a lo largo de 300 años para morir en el ruedo. Es el único animal que ofende y no se defiende”. Pero aún es peligroso. Dice Esplá que lee en los ojos del morlaco lo que va a ocurrir unas décimas de segundo después. “Los ojos del toro están entre el pelo, pero de cerca se ven. No todos miran igual. Recuerdo un toro de Santa Coloma que me miró de tal manera toda la tarde que me dejó de baja toda la temporada. Lo mejor es que te coja y te demuestre hasta donde da de sí su amenaza, porque si no, te llevas su mirada a la cama y es como un gusano que te va corroyendo. Todavía miro a veces debajo de la cama a ver si están los ojos del toro de Santa Coloma”. En el Parlament le preguntaron si no le daba pena matar a los toros. “Soy cazador y no hay espectáculo más conmovedor que la mirada de una res herida. Expresa absoluta desolación. Te dice: ¿qué me has hecho? Cada vez que abato una res me replanteo la moralidad de lo que estoy haciendo. Con un toro, nunca”.

Pre-textos, editar contra la incertidumbre


Aunque pueda sonarnos a broma, Manuel Borras y Manuel Ramírez dicen que a veces se juegan la vida en su trabajo. ¿Por qué? Por dar calabazas a muchos de los que les proponen un libro para publicar. “Tenemos que decir que no a más del 85 por ciento de los mecanoscritos que nos llegan. Este negarse, hiriendo lo menos posible la vanidad que todo creador lleva dentro, es el primero de los requisitos de un buen editor. Como es lógico, son muchos más. Borrás y Ramírez dirigen con Silvia Pratdesaba la editorial valenciana Pre-textos. La fundaron cuando aún eran estudiantes de filosofía. Se miraban entonces en el ejemplo de editoriales como Tusquets o Anagrama, a las que consideran sus hermanas mayores. De hecho fundaron Pre-textos el mismo año que vio la luz el diario El País, de modo que ya llevan 35 funcionando y en este tiempo han puesto en las librerías casi mil cien títulos distintos. Sin embargo, en España todavía cuesta entender su trabajo. Dice Borrás que aún le preguntan: ¿entonces es usted impresor? “No exactamente, aunque necesito de los impresores”. ¿Tiene una librería? “Pues tampoco, aunque también necesite a las librerías”. Observa que Latinoamérica es mucho más sensible a la figura del editor que nuestra España, pero ya se están preocupando los Pre-textos, como se les conoce en el mundillo, de impartir másteres para formar a futuros colegas. “Es que, si algo hemos echado de menos los editores en España es no haber aprendido en una escuela las distintas facetas del oficio, que es muy complejo y está lleno de matices. De todos modos, un máster de edición, aunque dure seis meses, sirve de poco si no se completa con años de prácticas”. Borrás aclara que hay dos tipos de editores, los literarios y los industriales y que, en contra de lo que podría pensarse, ambos son complementarios. “El mejor libro que puede publicar un editor es su propio catálogo, que es un coro polifónico y armonizado de libros. Lo que más cuesta es empezar. Al principio no tienes más remedio que ceñirte a un nicho muy reducido de autores, el que te dejan las editoriales que ya estaban ahí. En nuestro caso, además tuvimos que sortear la desaparecida censura ideológica; ahora no resulta más fácil sortear la censura económica”. Entusiasmo no les falta ni a la hora de explicar su trabajo ni a la de afrontarlo. Ni siquiera la omnipresente crisis les arredra: “Yo soy un optimista impertinente”, dice Borrás; “pienso que todos estos procedimientos modernos vienen en nuestra ayuda”. Se refiere, claro al famoso libro electrónico. “Es una pantallita, no un libro. A mí no me da miedo. Lo que me da miedo es la beligerancia con la que ha entrado en nuestras vidas”. Ramírez concreta más: “En todo soporte tecnológico hay un aspecto que sigue estando bajo sospecha, y la sospecha no se refiere al aparato, sino a quién va a controlar su uso; las multinacionales lo que quieren es vendérnoslo y controlar; los libros les importan un bledo”. Y Borrás retruca: “quieren crear la figura del verificador, que es el papel que ya jugamos los editores: garantizar que por ejemplo Tolstoi llegue completo a manos del lector; porque todas sus ediciones, hasta fecha reciente, se repetían con 40 y pico páginas menos por una censura eclesiástica; y no es ni de lejos el único caso”. También reivindican el papel de garantes de la calidad necesaria para publicar, el criterio de excelencia. Y a la vez, si se puede, descubrir escritores: “lo que más me pone como editor”, afirma Borrás. A los Pre-textos les preocupa el sistema de distribución en España:”Es una locura que las librerías reciban y devuelvan libros todos los días, en vez de una vez cada dos semanas o más, como en otros países. Eso impide que tengan libros de fondo, porque no les caben. Por eso vendemos tanto en las ferias”. Sólo un pacto hasta ahora imposible entre libreros y editores podría racionalizar el proceso. “De hecho”, termina Borrás, “yo siempre aconsejo, medio en broma, a mis alumnos de másteres que se hagan distribuidores en vez de editores y clarifiquen este caos”.

Antonio López en El Escorial


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Lo ves entrar y abulta tan poco que consigue sin esfuerzo lo que pretende, que es ir de menos a más, sorprender desde la humildad. Luce un cierto desaliño que ya, de tanto verlo, asociamos a su imagen: unas manchas en el pantalón beis, la cara sin afeitar, el pelo revuelto, aunque hoy menos que otras veces porque lleva las canas más cortas. Enseguida pregunta con interés, con un cuidadoso afecto: "¿De dónde eres?, ¿y qué tal las cosas por ahí?" Pero a medida que la conversación avanza, Antonio López saca a pasear sus ojillos entrenados y de pronto te sopesa con la mirada como un ciego que usara los ojos para palparte. Te está reconociendo. A cambio te deja toda la historia de la pintura en los poros. Parece que le va a costar hablar, pero cuando empieza se siente muy cómodo y ya no hay manera de pararlo. "¿Te han hecho un encargo del Ayuntamiento de Albacete?", le preguntas. "Sí, es el primero que me hacen en mi tierra". "¿En tu tierra?" "Sí, en La Mancha. Yo entiendo por La Mancha toda la parte que va desde Tomelloso a Albacete". Y enseguida se pregunta a sí mismo: "Pero qué entendemos por manchego"; y se responde solo: "Yo lo noto más en los que nos hemos ido afuera a trabajar". Dice que no siente que sus raíces estén en ese espacio, aunque reconozca que tiene una casa en el pueblo y que se acerca siempre que puede. De hecho se nota que le duele no haber tenido más encargos de lo él que llama su tierra. Con la cara arrugada y el cuerpo concentrado para la conversación tiene algo de sacerdote rústico de la pintura. Un sacerdote con ideas propias, que hilvana su lección magistral con una facilidad deslumbrante, sin levantar la voz: “Si este mundo en que vivimos es catastrófico, lo que da la medida de esa catástrofe es el arte. Una catedral abarcaba tanto que abarcaba hasta a los tontos, no había nadie que no pudiera sacar algo de allí. Los artistas ponían voz a la sociedad, estaban vinculados por una serie de leyes colectivas tan firmes que nunca se hacía una mentecatez. Pero todo lo que va ocurriendo desde el siglo XVII, desde Velázquez y Vermeer, es una especie de sálvese quien pueda, surge a pesar de la oposición de la sociedad. La modernidad significa que ya no hay dogmas que te digan lo que está bien y lo que está mal. Ha habido una destrucción muy interesante de los lenguajes, en pintura mucho más que en las otras artes. Me parece perturbador, pero me gusta vivir en mi tiempo, aunque sea vivir en una duda absoluta, aunque sean los demás los que digan quién eres. Ahora nadie te habla de pintar bien; dicen: qué interesante”. Antonio López liga esa indefinición del concepto de belleza con la crisis que vive el ser humano en todos los terrenos: “Yo creo que el hombre tiene que sanearse, que sanear su relación con la naturaleza, que es muy mala. Lo reflejan ciertas formas del arte plástico que surgen del fondo del hombre y que lo están acercando a una forma de suicidio. Pero no creo que merezca la pena defenderse. A lo mejor no hay que ser tan arrogante como para mostrarse pesimista. Yo no puedo quejarme, siento que cumplo una función, y eso lo puede decir muy poca gente. Al arte se le da mucha importancia pero está hecho para muy pocos. Somos muy pocos los que necesitamos el arte para vivir. Las cosas verdaderamente importantes están moviéndose en otra dirección. Yo trabajo normalmente del natural y me gusta. Tienes una vinculación muy atractiva con personas y con espacios. Ayer empecé a pintar la Puerta del Sol sobre las siete de la tarde. Dos visiones opuestas, un extremo y el otro de ese rectángulo que es la plaza. No va a ser muy grande porque con un lienzo demasiado grande molestas cuando lo estás pintando”. Y sigue dando detalles sin perder el volumen comedido de la voz ni el aire machadiano, porque el arte es largo y además no importa.

Nacionalismo de pijama



Uno de los primeros maestros de los que guardo memoria, don José, enardecía nuestro nacionalismo infantil narrándonos lo bravos que éramos los españoles, lo bien que habíamos guerreado en la historia, hasta el punto de que inventamos la guerra de guerrillas, valiosa estrategia militar para enfrentarse a un enemigo superior en número y en armamento. Citaba mucho a Viriato, que luego supimos que no era español sino lusitano, aunque vivió en tiempos en que una y otra nacionalidad estaban aún por definir. También hablaba con entusiasmo del Cid Campeador, que después hemos leído que iba con moros o cristianos según quién aflojase más calderilla y que además se parecía peligrosamente a Charlton Heston. De modo, que el tiempo, que todo lo relativiza y lo convierte en cine, ha ido desmintiendo a mi maestro a la vez que iba desdibujando mi espíritu nacionalista. Será por eso que cuando a un locutor se le agotan los adjetivos para describir lo grandes que somos ganando medallas o copas, necesito salir a tomar aire. El domingo pasado, por ejemplo. Ponías la tele un rato y ahí estaba Contador ganando el Tour por tercera vez, y resulta que es la quinta seguida que se corona un español en los Campos Elíseos (lo dicen así, que se corona en los Campos Elíseos, para darle un toque mitológico, señal de que empiezan a escasear los recursos verbales). En otro canal, Fernando Alonso estaba demostrando tanta superioridad y se le veía tan ansioso resoplando detrás de Felipe Massa, que los estrategas de su equipo consintieron en pedirle al brasileño que se dejara adelantar (lo que les costó un multazo de 78 mil euros) con tal de no soportar el mal humor del asturiano al final de la carrera. Y por la noche, después de escuchar al Punset doblándose a sí mismo, vimos a Jorge Lorenzo descorcharse una y otra vez en el circuito de Laguna Seca, hasta salir tan mareado que en el podio le pusieron el himno italiano en lugar de la Marcha Granadera. La confusión era comprensible porque Lorenzo está que se sale gracias a que le ha dado tregua Valentino Rossi, que se ha lesionado un poco para parecer más humano y sale a correr porque así le duele menos el hombro dislocado que cuando empuña la muleta para ayudarse a caminar con la tibia fracturada. Claro, la familia real no daba abasto a enviar telegramas y felicitar por teléfono a tanto ganador. Gastan un sueldo en felicitaciones. Y el directivo ese de la barba, que está en todas partes, el Jaime Lissavetzky (qué apellido tan español), no paraba de responder entrevistas, como si el ganador de todo fuera él, hasta que se le acabaron también los adjetivos diplomáticos y soltó que había sido un superjulio para el deporte español, contando con los triunfos de Rafael Nadal y el de la selección de fútbol. ¿Qué te parece? ¿Cómo puede haber gente en el mundo que no quiera ser española? Quién entiende que los catalanes hayan prohibido la fiesta nacional, la española, en este momento de gloria, por mucho que el Tribunal Constitucional no le deje llamarse nación a Cataluña. Si hasta los bancos españoles son los que mejor pasan los test de la crisis, aunque igual es porque los españolitos de a pie les ayudamos mucho pagando sus desaguisados con desempleo, congelaciones de sueldo y paciencia para soportar la guerra de guerrillas de nuestros mezquinos políticos. Menos mal que el domingo nos consoló el consejero de sanidad de Castilla-La Mancha, Fernando Lamata, entrevistado por Dolores Carcelén. Dos meses después de sufrir un ictus cerebral, Lamata ha rescatado sus propios poemas del olvido y vuelve a recorrer quinientos kilómetros diarios. La hazaña nos reconcilia con nuestra rutina de españoles, más allá de batallas históricas y medallas legendarias. Más cuando leemos que el retoque en el cerebro, mediante un catéter teledirigido desde la pierna, se lo han realizado aquí mismo, en Castilla-La Mancha, porque no hacía falta irse más lejos. Encima reconoce que, por muy consejero que seas, “cuando te ponen el pijamita, te sientes tan desamparado como cualquiera”. Es el único guerrero español que me parece humano.

El sol es Dios


El sol es Dios. Podrían haber sido las últimas palabras del faraón egipcio Akenatón. Igual lo fueron y no había por allí cerca un hagiógrafo capaz de hacérnoslas llegar. En cambio se sabe que las dijo el pintor londinense J.M.W.Turner (1777-1851) en sus últimos instantes, después de haber pasado buena parte de su vida pintando a Dios, es decir el sol, tal y como lo veían sus ojos. O sea, no la mancha rojiza del atardecer o la difusión pálida de una esfera entre la niebla, lo que habían pintado los grandes genios que le precedieron, sino el sol mismo. «Pinto lo que veo». Eso le dijo ensoberbecido a un crítico que le reprochaba que no hubiera incluido ojos de buey en el barco que domina una de sus pinturas. Antes de soltarle una fresca, Turner intentó dialogar con el crítico: «hombre, el barco está tomado desde un contraluz y en esa posición no son visibles los ojos de buey». Pero como todos los críticos, este sabía que si le daba la razón al artista, le cedía su poder, así que le repuso: «sí, claro, pero aunque no se vean, usted sabe que los barcos tienen ojos de buey». A lo que Turner, ya contrariado, replicó una de las frases que le han hecho célebre:« yo no me dedico a pintar lo que sé, sino lo que veo». Si no veía los ojos de buey, no los pintaba. En cambio, si veía el sol, tenía que pintarlo tal y como se mostraba ante sus ojos. En realidad, tal y como se mostraba ante los ojos de todos los pintores que le precedieron. Era el mismo sol. Pero había que desembarazarse de las últimas convenciones que el arte aún conservaba. Los pintores pintaban todavía menos el sol que habían visto en la naturaleza que el sol que habían visto en los lienzos de sus maestros, que a su vez habían pintado el sol de sus maestros y así hasta el principio de los tiempos. Turner, que era un competidor nato, luchaba por imitar las obras que más le habían impresionado de otros artistas, las que les habían hecho ganar fama; luchaba por imitarles, poniendo un punto más que ellos, ganándoles la partida. Donde los otros veían una bola difusa entre la niebla, él logró ver el sol sobre la niebla. Tenía la autoestima por las nubes. Me ha impresionado conocer en vivo esa faceta suya, que hasta ahora desconocía. La exposición en el Museo del Prado permite apreciar el diálogo entre el pintor británico y los cuadros de otros pintores que estimularon su competitividad. Ganaba a menudo, aunque también perdió a veces, porque era humano. Generalmente ganaba en el paisaje y perdía en el retrato, cuando había que colocar personas en medio de la atmósfera en la que resultaba casi imbatible. Desbancó a los grandes paisajistas y a los más afamados autores de cuadros marinos, consiguió pintar la luz del sol entrando de frente y deslumbrando al observador hasta hacerle entornar los ojos. Descubrió la sombra escarlata del atardecer. Pero hasta eso le parecía insuficiente. Se le quedaba corto reflejar en el cuadro lo que cualquiera puede ver, necesitaba detener la mirada un punto más allá. Y al igual que le pasó a Goya, entonces, en sus últimos años, empezó a pintar, más que el paisaje, la impresión pura, hasta el punto en que el mundo conocido se esfumaba, hasta el punto en que tenía que colocar marcas para que los encargados de colgar la pintura supieran dónde estaba la parte de arriba y dónde la de abajo. Lo tildaron de loco porque su madre había muerto en un manicomio y él mismo se había asegurado de difundir esa ascendencia visionaria. Empezó a hacerse pasar por un almirante retirado. Yo no creo que estuviera loco, ni siquiera deslumbrado por sus propios hallazgos. Había visto el sol, qué demonios. El mismo que, entrando por la ventana de una alcoba de Chelsea, derramó el rojo del crepúsculo sobre su frente en una tarde de 1851. Con la luz allí posada, Turner repitió aquellas palabras: «el sol es Dios». Después, expiró.

Participar de la historia



Los verdaderos acontecimientos históricos se detectan con la pregunta: ¿Qué estaba usted haciendo cuando aquello ocurrió? La noche que mataron a John Lennon, la tarde en que Tejero desconchó a tiros el techo del Congreso o el mediodía en que se desmoronaron las torres gemelas. ¿Qué hacía usted la noche tórrida en que España ganó el Mundial de Sudáfrica? ¿Pues qué iba a hacer?: ver el partido, qué remedio, como cualquier patriota que se precie. ¿Vestía usted la camiseta de España, se pintó unas franjas en los carrillos? ¿Con quién se abrazó después de dar un grito, mientras Iniesta se sacaba la camiseta azul a duras penas? Es lo más grande que me ha pasado en la vida, anunciaban ante los micrófonos, no ya los jugadores, que podría entenderse, sino espectadores anónimos encuestados al azar por esas plazas clónicas e hirvientes de la España en fiesta. La periodista sonreía, no repreguntaba: ¿Y qué piensan de esa afirmación sus deudos, las personas que comparten con usted la alegría, la enfermedad y el beso apasionado? Pensarán lo mismo que yo, probablemente. La historia en proceso se detecta, además de por los discursos vacíos que hacen llorar, porque exige de los vivos la presencia, la proximidad que certifique que uno tenía el privilegio de existir cuando el acontecimiento se produjo. ¿Dónde estaba usted? En el estadio, con Manolo el del Bombo. Lo he soñado tantas veces, que es como si hubiera estado, y se lo dedico a mi familia, a mis amigos que no pudieron acompañarme. No se preocupe, para compensarlo, su familia y sus amigos se echaron esa noche a la calle, se abrazaron, bailaron y al día siguiente salieron a ver pasar con lentitud plantígrada a los héroes, acodados en el techo de un autobús. Desde la masa informe de creyentes, les tendieron los brazos, nombraron a su preferido, compartieron lágrimas, calor y cansancio. Las emociones son contagiosas, uno llora y ríe al ver que otros lo hacen. Se siente uno vivo en la epidemia del  instante. Hasta la familia real sintió la necesidad de tocar a los héroes y de abrazarlos, porque tocar al santo es un deporte mucho más antiguo que el fútbol. A San Juan de la Cruz lo trocearon en cuanto se murió para repartirse los pedazos. Ese es el impulso irrefrenable: tocar al santo para participar de su santidad o al menos apropiarse del muñón de su santidad. Estamos deseando bajar a abrazarlos, adelantó la princesa Leticia en la primera entrevista, aún en caliente. Y al día siguiente el propio rey rompió los protocolos y los abrazó también y los sobó, para impregnarse de esa magia que había demostrado poder para sobreponerse a los terroristas holandeses y al árbitro británico que eligen últimamente para pitar las finales porque es alérgico a los penaltis y al fútbol exquisito. Y a pesar de todo, sin poder evitarlo, más que por los triunfadores siento simpatía por los herejes, los antipatriotas que intentaron apagar la tele y desvincularse de la historia que estaba cercándolos. Por ejemplo ese puñado de indomables que se encerraron con Daniel Barenboim en el Palacio de Carlos V en Granada para oficiar la cuarta sinfonía de Bruckner. Qué envidiable voluntad, aunque a la postre resultase inútil. Los traicionó un asistente que oyó por el pinganillo el clímax del partido y no pudo contenerse. Su do de pecho, ajeno a la partitura, coincidió además con un pasaje calmoso de la composición, con lo que todos comulgaron del gol de España, los que intentaban desmarcarse, pero también los despistados y los pesimistas que habían adquirido la entrada sin cotejar la fecha o sin creer que llegara a la final la escuadra de Del Bosque. Un chaparrón de explosiones y de petardos confirmó la noticia a los melómanos que aún albergasen duda, al propio Barenboim, que había tenido que ausentarse en la prórroga para dirigir el concierto. ¿Dónde estaba usted cuando Iniesta engatilló al fin el dichoso balón saltarín y lo metió en la jaula? Estaba esperando que Cesc le diera el pase, porque a mí la imagen me llegaba medio minuto después. Yo llegué tarde a la historia.



                                                                                                                           

No huyas, cobarde


Un amigo me repite siempre que correr es de cobardes. Y otros no me lo dicen, pero lo deben pensar, seguro. Es su forma de ver las cosas, qué le vamos a hacer. Lo bueno es que, como suele pasarnos, me conforta saber que no soy el único ni mucho menos. Cada vez hay más gente que corre. A la vista está. Si pruebas con el ritmo adecuado, acabas cogiéndole el gusto. Al final se convierte en un hábito que te conecta con tus raíces más remotas, los homínidos que corrían por la sabana africana, con la familia a cuestas, huyendo de los depredadores y buscando comida. Por fortuna a mí las lesiones me han obligado a moderarme, pero tengo colegas que relatan galopadas de vértigo. Javier participará en la maratón que sube uno de los picos de Sierra Nevada y habla sin descartarlas de ascensiones a gigantes de los Alpes que dan miedo hasta en coche; Paqués insiste en que corramos la maratón del Sáhara y, mientras nos decidimos, porque sabemos que no olvidará el proyecto, ha organizado una de las etapas del camino de Santiago en forma de media maratón. Suavecita, aseguraba, para animarnos. Pero me conozco yo su concepto de lo suave. La primera vez que participé en una de las carreras del circuito de la Diputación, me propuso que fuéramos juntos: vente, que vamos tranquilos, a ritmo. Sonó el disparo de salida y a duras penas lo seguí durante doscientos o trescientos metros mientras sorteaba en zigzag a corredores más despaciosos, en lo que para mí era poco menos que un esprín. Intenté no perderlo de vista hasta que empezó a faltarme el resuello y opté por mantener un paso más a mi medida y dejar que se esfumara entre la multitud. No recuerdo qué explicación me dio al llegar, pero Paqués es Paqués. Sin embargo, aunque he decidido entrenar a mi aire para no agobiarme en mis interminables recuperaciones, me resulta entrañable la camaradería de los corredores. El entusiasmo de Cosme, el impulso vacilón de Remo, la humanidad de Jose y de Francis. Somos más de ochenta en el equipo de Chinchilla y sería imposible nombrarlos a todos. Para algunos, correr es una religión. Estoy pensando en Curro y en Manoli, que se han pasado a la pista y que acaban de participar con éxito en los campeonatos de España de veteranos que se han celebrado en Tenerife. Manoli se ha traído dos medallas de bronce, en 400 y 200 metros, aunque sólo hace unos meses que se entrena para estas distancias. Corre contra especialistas de toda la vida, ella que el año pasado quedó primera en el circuito de resistencia de la Diputación. Son mis amigos y los admiro, pero la hermandad con la gente que corre es instintiva, como el propio acto de correr, y abarca también a los desconocidos con los que uno se cruza por los arcenes de las carreteras y por los parques a cualquier hora de la mañana o de la tarde. Inmediatamente se desata en tu interior un impulso de imitarlos; tienes que decirte: no, yo ya corrí al amanecer, o me toca descansar hoy. Cuando descubres por azar que alguien a quien conocías también corre, gana puntos en tu estima. Ya disfrutaba leyendo a Haruki Murakami, hasta que he descubierto en su libro De qué hablo cuando hablo de correr que es un obseso, rayano con la vigorexia, y que impelido por su obsesión comete barbaridades como entrenar todos los días. Mucho más razonable me parece el estadounidense Lamar Harrin que a sus setenta años corre media hora un día sí y otro no, de forma metódica y apacible. Al final, los adeptos a esta práctica formamos una especie de hermandad secreta. Secreta porque no es posible distinguirnos por un tatuaje en la frente (aunque mejor no dar ideas). Intento convencer a mis alumnos para que se unan. Me consta que lo he conseguido con algunos. La mayoría odian el test de Cooper que los mantiene en carrera apenas doce minutos. Pero seguimos sembrando. Hay que llenar de cobardes nuestros caminos en busca de un futuro más sano.

Qué leyes, qué mercado



Hemos terminado creyendo que hay un voraz mercado que rige el universo con sus leyes incomprensibles. El empleado de banco que sopesa sonriente nuestra solicitud de hipoteca tiene más o menos la misma idea que nosotros de cómo funciona, muy vaga, aunque su aparente seguridad pueda hacernos pensar lo contrario. Si supiera más, se refocilaría al sol en alguna isla paradisiaca en lugar de concentrarse en si nos ampara un aval firme y en si nuestro lenguaje gestual revela interés o desconfianza. En el mejor de los casos sabe que él mismo es un eslabón diminuto y necesario de los beneficios obscenos que a bombo y platillo anuncia cada año la entidad. En cambio, he visto en internet a una argentina pobre sonriendo de verdad. Hasta hace muy poco vivía esclavizada por los usureros. De pronto, tiene un proyecto de vida. Microemprendimiento lo llaman. Es una de las beneficiarias de esa red que ha ido creando Muhammad Yunus, el economista bangladeshí que obtuvo el Nóbel de la Paz en 2006 por diseñar bancos que prestan poquísimo dinero a los pobres, aunque no tengan ni aval ni dónde caerse muertos. Banquitos los llaman en Latinoamérica. Yunus impartía clases en la universidad cuando decidió combatir la pobreza en su país. Comprendió que sus paisanos necesitaban muy poco dinero para independizarse. Hizo una lista de conocidos a los que podía ayudar y contó 42 personas. Con 27 dólares en total se solucionaba el problema. Se los prestó y comprobó que la idea resultaba. Quiso ampliar el círculo, pero pensó que era mejor dirigirse a una entidad superior que pudiera mantener el sistema en marcha si él faltaba. Se encaminó a un banco, pero el individuo que lo atendió, seguro que sonriente y tan pulido como cualquier empleado de banco de aquí, se echó las manos a la cabeza. ¿Pero qué me está usted proponiendo? Por principio no se puede prestar dinero a los pobres. No son solventes. Pasaron los años y las tentativas hasta que Yunus decidió ofrecerse a sí mismo como aval. La autorización del banco tardó otros dos años. Seis después, la cosa funcionaba bastante bien, pero casi todos los que recibían los préstamos eran varones y Yunus pensó que sería más justo equilibrar sexualmente el sistema. Los banqueros aseguraban que las mujeres no querían préstamos. Lo estudió. En realidad, si una mujer pedía un préstamo, el empleado le preguntaba si lo había consultado con su marido. Si ella respondía afirmativamente, el empleado le pedía que fuera a buscar a su marido para que ultimara la negociación. Cuando el que acudía era un hombre, nunca le preguntaban la opinión de su esposa. El paciente Yunus consiguió revertir el proceso, lo que llevó más años. A cambio, descubrió que prestar a las mujeres resultaba más eficaz porque siempre lo utilizaban para la familia y lo gestionaban mucho mejor ya que, a pesar de ser analfabetas, estaban acostumbradas a sacar leche de una alcuza sin desperdiciar ni un centavo. En la actualidad, el 98 por ciento de los clientes propietarios de su Banco Rural (Grameen Bank) son mujeres y ya no están sólo en Bangladesh, sino en cientos de países pobres. La rueda sigue creciendo. Sólo se les pide que tengan un proyecto (un microemprendimiento), que formen un grupo de cinco personas sin lazos familiares entre sí, que se comprometan a pagar la cuota semanal entre todas y que sigan un curso de entrenamiento que les permita comprender el sistema y su filosofía. Saben que si pagan el dinero circula y sirve para mantener y ampliar el círculo de beneficiarios. Cada semana se reúnen para dar cuentas en un encuentro social donde intercambian impresiones y aprovechan para hacer trueque de sus productos. La argentina del vídeo recibió un préstamo de cuatrocientos pesos. Con cien compró un telar que al principio no sabía ni cómo funcionaba y con los otros trescientos compró materiales. Consiguió ponerlo en marcha. Ahora es feliz creando lo que le da la gana, sin repetirse, participando de su vida más de lo que participamos nosotros de las finanzas, los AVES y el plástico que envuelve nuestras incomprensibles leyes de mercado.

El evangelio según Saramago


Los libros leídos hace tiempo se disuelven en una nebulosa. A veces no recuerdas la trama y sin embargo se mantiene vivo un estado de ánimo que asocias al título, al lugar donde lo leíste, a tus vivencias de entonces. Es el problema de leer como quien fuma, encendiendo un libro con la colilla del anterior. Al final todos se mezclan y llegas al olvidarlos, aunque te quedan vivas sensaciones que forman ya para siempre parte de tu biografía sentimental. Hay libros que me encantaron y que rehúyo releer por miedo a desvirtuar aquella sensación que me dejaron en otros momentos de mi vida. El señor de los anillos, por ejemplo, inabarcable en un verano de mi adolescencia que llené leyéndolo hacia atrás para que no se acabara, transido de frío y de oscuridad en atardeceres vividos en las montañas de la Tierra Media, ajeno a la realidad de un sillón de escay en el que sudaba a chorros. Justo al contrario me ocurrió con El evangelio según Jesucristo, de Saramago. Lo leí en invierno y de él guardo un recuerdo desértico y polvoriento, aunque ahora al hojearlo descubro que también se mojan los personajes y pasan frío. Siempre repito que es el libro que más me ha gustado de su autor, pero nunca hasta la fecha me había parado a analizar por qué. En Todos los nombres y Ensayo sobre la ceguera, por ejemplo, Saramago construye atmósferas que te agobian y te involucran, a veces a tu pesar, aunque nunca consigues olvidar del todo que brotaron, más que de una idea, de un ideal. Porque Saramago lo primero que escribía era el título, es decir, la idea generatriz. Es lo que me impide terminar de sumergirme del todo, soltarme de la orilla, creérmelo hasta el fondo. Me repatean las alegorías. Y no es que El evangelio… no parta de una idea, la de que Jesús era un hombre corriente utilizado por Dios en su beneficio. Pero estamos tan acostumbrados a acercarnos a la religión a partir de anécdotas bíblicas, de parábolas que no son otra cosa que alegorías, que por pura costumbre cultural nos resulta más fácil aceptarlo. El único cambio es que, en la novela de Saramago, Dios es un bicho. Resulta apasionante el diálogo decisivo que mantiene con Jesús: “Si cumples bien tu papel, es decir, el papel que te he reservado en mi plan, estoy segurísimo de que en poco más de media docena de siglos, aunque tengamos que luchar, yo y tú, con muchas contrariedades, pasaré de dios de los hebreos a dios de lo que llamaremos católicos, a la griega. Y cuál es el papel que me has destinado en tu plan, El de mártir, hijo mío, el de víctima, que es lo mejor que hay para difundir una creencia y enfervorizar la fe (…) Me dijiste que me darías poder y gloria, balbuceó Jesús, temblando aún de frío, Lo daré, lo daré, pero recuerda lo que acordamos en su día, lo tendrás todo, pero después de tu muerte, Y de qué me sirven poder y gloria si estoy muerto, Bien, no estarás precisamente muerto, en el sentido absoluto de la palabra, pues, siendo tú mi hijo, estarás conmigo, o en mí, aún no lo tengo decidido de manera definitiva.” Por párrafos como este, a lo Monty Python, la iglesia católica ni siquiera ha respetado el dolor de los seguidores de Saramago en los días en que andaban dándole el último adiós. El diario del Vaticano, L’Osservatore Romano adornó la noticia de su fallecimiento calificándolo de “populista extremista de ideología antirreligiosa y anclado en el marxismo”. Una ingenuidad terrible, similar a la que atribuirían a Salman Rushdie los fundamentalistas islámicos. Ya hace años, Saramago había tenido que exiliarse de Portugal y convertirse en una especie de mártir él mismo por la acogida de su libro en ciertos círculos influyentes de su país natal. Vivía en medio del polvo turístico de Lanzarote, en un mundo de ideas nobles, un reino singular que dominaba. E impartía sus opiniones a través de los medios de comunicación como el dios de su novela asomado entre las nubes.

El bruixo de Portosín


Foto de Manuel Podio
Aún estaban los jugadores del Albacete y el Girona santiguándose para iniciar el partido del pasado domingo, cuando se desató sobre el estadio un chaparrón furioso que dejó la alfombra hecha una charca en un decir amén. Hubo suerte de que, nada más empezar, Hidalgo ajustara un torpedo junto a la línea de flotación del poste derecho visitante, porque en cuestión de minutos era el campo el que jugaba con los jugadores más que los jugadores en el campo. Tan pronto se aceleraba un pase hasta parecer un proyectil como se enredaba el balón entre las piernas de un futbolista en carrera, resistiéndose a responder a sus requerimientos, como si se hubiese convertido en un perro desobediente. Perdió cordura el partido. Entonces los ojos dejaban de seguir los escorzos de pantera rosa Stuani o los zigzags de Fernando Sales para fijarse en el mimo con bigote que oficiaba a la orilla del pasto, en el área técnica de los entrenadores. Más consciente que nunca de su sagrado papel, enfundado en el chubasquero rojo del equipo, David Vidal agitaba los brazos, componía muecas, caminaba con la rudeza de un vaquero dispuesto a disparar. Atacaba el Girona y el míster conminaba a los suyos a replegarse con gestos elocuentes. Recuperábamos el balón en defensa y sus brazos cambiaban la dirección incitando a sus jugadores a desplegarse en el campo rival. Despejaba alguien con precipitación y él lo serenaba con las palmas orientadas hacia el suelo. Daba igual que el juego rondase su banda o transcurriese a setenta metros. Era evidente que sus pupilos no podían verlo, que estaban a lo suyo, con toda la atención pendiente del balón; también deben saber a estas alturas cuándo replegarse y cuándo adelantar metros, estaría bueno. Sin embargo los aspavientos de David Vidal, sus pasos de baile con los brazos en jarra, no son para dirigir al equipo ni para entretener al respetable. Tal vez sirvieran para ello al principio, en sus comienzos como entrenador. O quizás nunca. Los gestos de este gallego inefable son para él mismo, son su manera de ver el fútbol, de involucrarse en el partido. Le gusta contar que engañó a Arsenio Iglesias, el bruixo d´Arteixo, cuando hizo la prueba con el Fabril a los diecisiete años. Dice que consiguió que eligiera a un central con tan pocas condiciones como las que él tenía. Arsenio le da la razón: “Es verdad, pero tenía tanta ilusión... Probó durante mes y medio y pensé que podíamos sacar algo de aquel tío". También asegura que Javier Clemente fue profesor suyo en el curso de entrenador y que le puso un cero en táctica. Pero que lo hizo porque, en el examen, criticó la estrategia del Athletic en la final de copa del 85, donde perdió ante el Atlético de Madrid, con el propio Clemente de entrenador. Luego añade que tomó venganza cuando se encontraron frente a frente en los banquillos, en un Cádiz-Español, donde le ganó la partida al vasco condenándolo al cese. Habla, habla y habla con esa pronunciación masticada a la que él atribuye que no lo quiera ningún equipo de primera: entrené al Logroñés en primera cuando no sabía entrenar y, ahora que he aprendido, no me quieren más que los de segunda. Hijo y hermano de pescadores, dice que se vino al fútbol huyendo de las grandes olas y de los fríos de Terranova. Como buen gallego, guarda un auténtico arsenal de anécdotas con las que hipnotiza al que quiere escucharle y da lustre a su currículum. Sin embargo, no todo en él son luces. Salvó en su día al Murcia y al Elche, pero no pudo evitar el descenso del Rayo Vallecano, Las Palmas y el Lleida. Esta tarde veremos si consigue añadir a sus logros la salvación de un Albacete que capotaba cuando lo tomó de las riendas en marzo. De lo que no nos cabe duda es de que el domingo, bajo el chaparrón infernal, era en la banda el mejor director de la orquesta de sí mismo, disfrutaba y gobernaba sobre la lluvia como un niño gallego en su aldea coruñesa. Igual ganamos por eso.

Nos hacemos los suecos


Me escapo una mañana al Centro Cultural de La Asunción a ver por segunda vez la exposición Nos hacemos los suecos. La primera me fue imposible ver nada, porque era la inauguración y la sala estaba hasta los topes de conocidos saludándose y saludándome en medio de un bochorno espantoso. Ahora, en una mañana luminosa de junio, sólo estamos el coordinador y yo, él respondiendo a las preguntas de unas periodistas y yo intentando aclararme en los senderos de gres en los que unas flechas amarillas marcan la dirección de la visita. A los lados, flanqueando la ruta, se suceden las esculturas, que muy probablemente los autores no reconocerán como tales, ya que la mayoría no responden al canon del género. No han moldeado barro ni tallado ningún material para confeccionarlas. Más bien han tomado objetos cotidianos y los han colocado en una situación más o menos estética en un intento de llamar la atención o de provocar sensaciones. Supongo que prefieren llamarlas objetos a secas. Una sierra corta unas mesas de las que brotan unas margaritas, un gran pene dorado emerge del asiento de un sillón escarlata, una cortina de ducha atrae al visitante con unas pisadas para mostrarle una imagen del mar. Una tarjeta blanca, vinculada a cada obra, indica el nombre del autor y el título. Es imprescindible leerla porque en la mayoría de los casos el título completa el puzle, es decir la idea, y ayuda a entender la obra. Por ejemplo, la que ha preparado el coordinador de la muestra, José Eugenio Mañas, consiste en una tienda de campaña, de las de tipo iglú, con ladrillos pintados, por cuya puerta asoma el brazo de un maniquí sobre cuyo pecho se acumulan tablas rojas que parecen colmar la tienda. Gracias al título sabemos que el maniquí se llama Björn, y que las tablas que lo aplastan pertenecen a un armario Grömen. En otro caso, un flexo antiguo alumbra el rostro de una marioneta que parece disfrutar con los ojos cerrados de un momento de serena felicidad. El objeto, obra de José Luis Serzo, se llama Pietrolámpara y aún necesita un subtítulo explicativo: “Productor de optimismo de Piettro Ferro”. Ignoro quién es ese señor, si es un alter ego del artista, un inventor venezolano o el protagonista de algún programa de alguno de los canales de televisión que no frecuento. Se me escapa. Se me escapa todo. Pego la oreja a ver si lo que les cuenta el coordinador a las periodistas me aclara las ideas y le escucho decir que tiene mucho interés en que el arte actual cale en Albacete que por lo visto está muy atrasada en cuestiones artísticas. Conozco a algunos de los autores que firman las obras. A algunos incluso los conozco tanto que son buenos amigos. Sé que no es exactamente su soporte habitual de creación. Me imagino que se han embarcado en esta exposición porque es una buena oportunidad de experimentar y de mezclarse con otros artistas locales y foráneos. Me parece que esa filosofía es acertada. Que la convocatoria de La Bicicleta Azul es fresca. Que la idea de hacerse los suecos a partir de muebles de Ikea es tan válida como cualquier otra propuesta que haya podido salir de una tormenta de ideas. Hay que agitar el panorama estético, hay que mezclarse, porque de la agitación y de la mezcla es de donde, a veces, brotan las verdaderas ideas. Pero no extraigo de mi visita al Centro Cultural de La Asunción ninguna emoción enriquecedora. Creo que algunas sugerencias pueden interesarles a los ingenieros de Ikea, que se deja ver con desenfado y que hay chistes visuales capaces de arrancarte una sonrisa. Claro, que esta es la visión de un visitante chapado a la antigua, según los cánones de Mañas. Y puede que no le falte razón. Hace unas semanas estuve dando vueltas por el Reina Sofía, viendo una exposición similar, me distraje observando una escultura rara que había en el centro de la sala y choqué con unos cuadros que sobresalían de la pared. La vigilante casi me mata del grito. Ese sí fue un happening estimulante.

Democracia electrónica



Nos dicen que vivimos en una democracia para hacernos creer que gobernamos nosotros, el pueblo. En realidad, o no somos el pueblo o no gobierna el pueblo, sino los aparatos de dos partidos políticos, el PSOE y el PP. Tenemos derecho a votar cada cuatro años, pero hemos de hacerlo entre los candidatos que han seleccionado ellos, en listas cerradas. Da igual lo mal que lo hagan, el uno en el gobierno y el otro en la oposición. De hecho, ya no pueden hacerlo peor ninguno de los dos. Pero les importa un pimiento. Juegan con la seguridad absoluta de que lo peor que puede ocurrirles es cambiarse los papeles y alternarse en el poder, igual que les ocurrió hace años a Cánovas y Sagasta, igual que ocurre en Estados Unidos con demócratas y republicanos. Aquí, el resto de partidos, salvo en las comunidades históricas que tienen sus nacionalistas, a lo más que pueden aspirar es a alguna silla en el Congreso que les permita hacer de bisagra de vez en cuando. En Israel, que algunos defienden como la única democracia en la zona ardiente de Asia Menor, ocurre algo parecido, aunque allí son varios los partidos que forman parte del gobierno y el presidente hace lo que puede para mantenerlos contentos. En esencia mantenerlos contentos significa mantenerlos unidos contra un enemigo común al que van machacando de forma sistemática e implacable. Todos los que apoyan, de la manera que sea, a ese enemigo común del gobierno israelí, se convierten a su vez automáticamente en enemigos contra los que está legitimada la impiedad, aunque sea, como ha ocurrido hace poco, para malograr unas negociaciones que amenazaban con introducir el veneno del diálogo. Para ellos el diálogo es enemigo del poder establecido. No importa que en este caso los enemigos fueran barcos internacionales cargados de esperanza para los habitantes de la Franja de Gaza. La tibieza con que todos los gobiernos y los organismos internacionales han respondido a la fechoría de Israel, demuestra que el gobierno hebreo los tiene perfectamente controlados a todos, más allá de esgrimir la bomba atómica, claro. El escenario internacional y el nacional parecen bajo el control del sentido común hasta que sucede un hecho como este que deja al descubierto los entresijos ocultos de la gran mentira. En España vivimos una experiencia similar hace unas semanas cuando uno de esos jueces que llaman conservadores desoyó todas las recomendaciones de la fiscalía y decidió por cuenta propia sentar a Garzón en el banquillo. ¿El delito? Haber interpretado que después de 35 años de la muerte de Franco es hora de permitir que los deudos de los fallecidos entierren en paz a sus muertos. Se dice pronto, 35 años. Claro, que todos sabemos que detrás de esta acusación y varias más contra el magistrado, lo que hay en realidad es una fuerte campaña del PP para evitarse algunas de las investigaciones de corrupción que tiene abiertas por el propio Garzón. De modo que, lo disfracen como quieran, la división de poderes que proponía Montesquieu en 1748 se sigue incumpliendo de forma manifiesta en esto que algunos consideran democracia moderna. La guerra soterrada que ha vivido el tribunal constitucional, incapaz de pronunciarse con respecto al estatuto de Catalunya, demuestra que las presiones de los otros poderes pesan demasiado sobre el judicial. Y pueden aturdirnos con palabrería y hasta con imaginería electrónica, pero los hechos están sobre el tapete. Ahora vendrá una montaña de charlatanería. En realidad nuestra democracia es una democracia electrónica en la que quien gobierna sobre los medios tiene las riendas del hipnotizador que obnubila a la masa. Tendremos deporte hasta en la sopa, por supuesto. El mundial de fútbol y sus sobrevaloradas ilusiones de que un grupo de deportistas saque al país a flote ganando un campeonato en el que sólo nos jugamos un puñado de emociones y muy poca realidad. Pero los líderes políticos sedicentes tienen que buscar agarraderos para seguir creando esperanza, su único y verdadero trabajo. Porque gestionar, gestionan poco unos y otros, presos como están de los aparatos de sus partidos que a su vez están presos de los verdaderos poderes, los económicos.