El reino de los aplazadores


Procrastinar está de moda. La palabreja suena a pecado, pero en principio no es pecado ni delito. Los psicólogos llaman procrastinadores a aquellas personas que tienden a ir posponiendo las decisiones o las tareas importantes, sustituyéndolas por otras más fáciles o agradables. Los que dejan para mañana lo que pueden hacer hoy, para decirlo de forma más castiza. Aunque nos asalte la tentación de pensar que los primeros procrastinadores son quienes adoptaron el término sin traducirlo del inglés, en realidad el palabro procede de la unión de las partículas latinas pro, que quiere decir adelante, y crastinus, que significa referente al futuro. En una sociedad como la nuestra, todos aplazamos. A quién no se le acumulan recados sin hacer, limpiezas sin acabar, periódicos sin leer, cachivaches inútiles que nunca tiramos a la basura. Quién no se enreda contestando el correo electrónico o divagando por las redes sociales, antes de hincarle el diente a la tarea que le aguarda en el ordenador. Nuestra vida moderna está llena de tentaciones para procrastinar, pero uno sólo merece este apelativo cuando su manía de posponer las obligaciones afecta a su salud o la de otras personas. Cuando genera ansiedad, frustración o estrés por postergar sus compromisos. Porque hay procrastinadores voluntarios que esperan hasta el último momento para actuar porque el agobio de la prisa les produce una euforia tonificante y creen que trabajar bajo presión les añade creatividad. Por ejemplo, tengo un amigo pintor que espera a que falte un mes para inaugurar la exposición que tiene apalabrada para entonces atacar el grueso de la obra que va a colgar en la sala. Y a pesar de ello, sus resultados siempre me han parecido como mínimo notables, por lo que habrá que concederle el beneficio de la duda. Pero la mayoría de los que procrastinan habitualmente lo hacen por miedo a fracasar, e incluso a lograr el éxito; así de raros somos. Luego hay un tercer grupo, el formado por los indecisos, que son los que intentan no tomar decisiones para no afrontar la responsabilidad de haberlas tomado. Una vez expuesto el asunto, podemos entretenernos un rato en elucubrar a qué grupo de procrastinadores pertenece el líder de un partido político que no se decide a expulsar de su formación a aquellos correligionarios que están acusados de utilizar el dinero público para su enriquecimiento personal o de aceptar sobornos a sabiendas de que les comprometían a favorecer a los desaprensivos que se los ofrecían. La tentación es pensar que los expulsados poseen información que compromete al propio líder, y que tiene miedo de que se enfaden y acaben difundiéndola. Pero, claro, también puede tratarse de un simple enfermo de indecisión. Del mismo modo, nos preguntamos a qué tipo de procrastinador pertenece el líder de una organización religiosa a la que de pronto le han salido a la luz, como afloran las setas tras la lluvia, un sinfín de casos de pederastia cometidos por sus subordinados. Y, lo que es peor, la sospecha ominosa de que el susodicho líder había conocido y ocultado algunos de estos casos. Unidos en su procrastinación, ambos líderes callan, ocultan la cabeza bajo el ala o el hábito y, cuando no tienen más remedio que hablar, lo hacen de forma evasiva o ininteligible. Uno omite con torpeza la pregunta que se le hace y contesta cualquier otra de las notas que lleva preparadas, el otro apela a su jerigonza metafísica. Ambos saben, sin embargo que los sostiene la fe. Me refiero a esa inercia de la sociedad de la información que vuelve viejas las noticias de la semana pasada y las entierra en el olvido sin que se hayan resuelto, por el simple procedimiento de esperar a que otras las entierren. Sostenerlas con vida supone un esfuerzo titánico y el riesgo de aburrir a la concurrencia, que ya tiene clara su decisión, porque a los seguidores de ambos líderes procrastinadores les mueve la pasión no el raciocionio. Al final es muy probable que todo permanezca como está y que sólo nos demos cuenta unos cuantos procrastinadores que leemos los periódicos acumulados demasiado tarde, lejos de la fecha en que ocurrieron las cosas.

Irak en cine

Cuando ya parecía que los invasores le habían sacado todo el jugo económico a Irak, son capaces de rizar más el rizo y aún le siguen sacando dinero con el cine. Se critican a sí mismos, que es una forma retorcida de hacer catarsis sin dejar de hacer recaudación. En tierra hostil, la película británica laureada con los mejores Óscar este año y la más reciente Green Zone nos meten de cabeza en las calles destrozadas de Bagdad. Encima lo hacen bien, me parecen dos buenas películas, aunque no considero que alcancen la categoría de obras maestras. Pero te hacen sentir como si estuvieras viviendo el conflicto desde una ventana privilegiada, a salvo de los tiros y de las explosiones, aunque no de sus implicaciones emocionales. Los escenarios están muy logrados. Eso lo reconocen hasta las mismas tropas norteamericanas destacadas en la antigua Mesopotamia. Es lo único que admiten. Bueno, uno de los entrevistados, el sargento Gardner, añade que la única parte con la que se identifica de En tierra hostil, la única que le parece realista, es cuando el protagonista está en un supermercado de Estados Unidos y aún se siente en medio de la guerra. Todo lo demás no se parece a su oficio. Los encuestados coinciden en que hay secuencias imposibles, como aquella en la que el sargento que comanda la unidad de artificieros escapa de la base vestido de civil y, después de algunas peripecias, le dejan regresar como si no hubiera pasado nada. Como ya presentíamos, también es inaudito que un artificiero se despoje del traje y se desprenda de los auriculares para realizar una misión, puesto que el protocolo les obliga a trabajar en equipo. Claro, también les indigna a los encuestados la imagen de pendencieros y borrachuzos que dejan en la retina sus dobles cinematográficos. Todo eso les parece inverosímil rallando en lo ridículo, según afirman. Lo que demuestra una vez más que la realidad en sí misma es más increíble que la ficción. El tema principal de la película es la adicción al peligro extremo del sargento Will James y para ilustrarla era preciso saltarse todos los reglamentos del ejército, que están concebidos para minimizar riesgos, pero no para emocionar a los públicos. Los únicos que perciben la divergencia son los especialistas, como nos pasa a los aficionados al fútbol en La gran evasión o a los aficionados al rugby en Invictus. Así que no creo que sargento real Jeffrey Sarver consiga sacar tajada del éxito de En tierra hostil. Él insiste en que la peli se basa en un artículo que publicó en Playboy explicando los pormenores de su trabajo de desactivación. Pero los responsables de la película sólo lo usaron para inventar desde una base creíble. Y los propios conmilitones de Sarver le quitan la razón, al coincidir en que la película es inverosímil. Tampoco es verdad Green Zone, que nos introduce en la Bagdad de los primeros días de la invasión, cuando todavía la posibilidad de que existieran armas de destrucción masiva estaba candente y sin despejar. Al menos en este caso no hay encuestas entre los militares ni entre los miembros de la CIA. Todos sabíamos que no existían esas armas y aceptamos la ingenuidad del sargento interpretado por Matt Damon como una licencia narrativa imprescindible para disfrutar de la trama. En este caso, la película se apoya en una novela y la cita religiosamente en los créditos, con lo que supongo que los derechos de autor están en regla. Bien es cierto que acudimos a verla con la ilusión de que sea una especie de epígono de la trilogía de Bourne, ya que coinciden de nuevo el director Greengrass y Damon. Sin llegar a decepcionarnos, la altura esta vez nos parece menor y además salimos de la sala con una especie de baile de San Vito en el cuerpo con tanta cámara subjetiva y tanto plano perdido entre temblores para acentuar la sensación de realismo. En cualquier caso, la táctica es perfecta: lían una guerra y luego le sacan pasta deformándola para que la veamos desde la perspectiva de sus pobrecitos y humanos soldados. ¿Y los irakíes? Terroristas, claro.

El Giner de los Ríos



En realidad lo de Giner de los Ríos es posterior. Para nosotros eran Los Salesianos. Lo de Giner de los Ríos, con todos los respetos que merecen don Francisco y su mítica Institución Libre de Enseñanza, era ya un disfraz que intentaba enmascarar el pasado, empezar a disolverlo. Pero harán falta muchos juicios y muchas vistas en las futuras dependencias judiciales para borrar las vibraciones de nuestra infancia. Porque fuimos muchos y pasamos allí muchas horas creciendo, aprendiendo, jugando y también sacudiéndonos de vez en vez, que de todo hay en una niñez como Dios manda. Hay lugares que parecen impregnados de una energía que cambia nuestras sensaciones. Como cuando una nube de pronto cubre el cielo y el sol que lucía hasta ese momento deja paso a una penumbra inesperada. También puede ocurrir al revés. Sánchez Ferrer me dijo hace tiempo que se llaman lugares hierofánicos. No se sabe si esas ondas estaban ya en ellos como un residuo telúrico o si las han ido acumulando quienes los visitaban atribuyéndoles misteriosas virtudes. A lo mejor ambas cosas. También puede tratarse de pura sugestión. Pues bien, ¿por qué no pensar que hay lugares hierofánicos que se forjan de la pura acumulación de vivencias infantiles? Cuántas leyendas nacieron de la muerte de un niño en una alberca. Los niños tienen esa fuerza, sus gritos y sus lloros impregnan el aire de una energía mucho más poderosa que la de los adultos. Si se agrupan, si gritan, si juegan durante décadas en el mismo lugar, sus ecos alcanzan un peso que resulta complicado disolver. Y ahí siguen. El trajín de los recreos entre las cristaleras de los patios cuadrados, el ruido de los pasos, de las carreras, el sabor a lápiz frío de las fuentes. Sólo consigo recuperar imágenes fragmentadas. Por ejemplo, apenas visité un par de veces la capilla en el tiempo en que fui alumno, de hecho creo que allí empezó a forjarse mi agnosticismo, pero recuerdo las velas y los estucos dorados como si los estuviera viendo en un escorzo, con la cabeza inclinada sobre un banco. Más sensaciones me llegan, claro de los campos del fútbol, donde desbordé mis ilusiones y viví las experiencias más gozosas de mi niñez. Ya me estaba doliendo pasar y ver la portería donde marqué mis mejores goles borrada por el acristalado edificio del Conservatorio de Danza. Ahora están echando abajo la fachada, que reproducíamos en clases de dibujo, la misteriosa jaula que ocupó durante un tiempo un pavo real. Es como si lo soñase. Es un sueño. Y sin embargo alcanzo todavía a saborear los regalices que consumíamos durante las sesiones vespertinas de cine de los domingos. Qué buena iniciativa aquella. Tal vez fuera del Luises, que era de todos los curas (muchos no eran curas) el que tenía las ocurrencias mejores. Durante los veranos puso en marcha una piscina que era poco más que una balsa remozada. Allí acudíamos, a pesar de vivir en la otra punta de la ciudad. Allí acababa entonces Albacete. Y recuerdo sus clases de educación física en el gimnasio, palabra enorme para describir un almacén reconvertido. Y sin embargo, se las ingenió para que conociéramos todos los deportes y todas las variedades del atletismo, incluida el lanzamiento de jabalina. Qué valor el suyo, inconcebible hoy en día, tal y como están las cosas. Hasta aquí llegan los gritos de don Javier por los pasillos, el jefe de estudios, aunque entonces se le reconocía con el pomposo y a la vez sobrecogedor apelativo de El Consejero. Y lo veías aparecer y no levantaba dos palmos del suelo. Pero su voz y su geniazo, lo preservan gigante en la memoria. Nos hablaba como si fuéramos adultos, nos contaba sus progresos en la lectura rápida mostrando sin querer sus dos filas de dientes. No era mucho más alto don David, que se subía a una silla cuando quería imponerse y que nos inició con paciente pasión en los secretos de la música clásica. Y el Topo, que hablaba con dificultad, y nos daba francés. Forman parte de un tiempo que están en demolición. Sólo intento salvar unos cascotes.

Perito en lunas


La vida real destiñe, pero las leyendas quedan. Por eso ahora el centenario del nacimiento de Miguel Hernández ha levantado una polvareda que lleva cegándonos desde enero. Del poeta que cuidaba cabras y que murió en la cárcel de Alicante de tuberculosis y abandono importa mucho más su leyenda que su obra, que no ha leído casi nadie, como siempre. Al fin y al cabo, su voz sirvió para que renaciera la esperanza ante un Régimen que no pudo acallarlo. Es un símbolo. Mucha culpa de ello tuvieron los cantautores, sobre todo Serrat, que lo había leído en la Universidad de Barcelona, con veinte años, mientras tonteaba con un ligue, y que después supo rescatarlo con su música. Yo descubrí a Machado y a Hernández en la voz de Serrat. Le debo el ser poeta. A él y a otras personas, pero a él en un alto porcentaje. También Jarcha inundó las radios con versos de Hernández. Eran los tiempos en que cualquier poema, con la letra apropiada, podía ser un himno. Y más si lo había escrito un mártir. Aprendimos de memoria la Elegía a Ramón Sijé y la recitábamos con el pulso acelerado, sin saber siquiera, y qué importaba, que Sijé era un seudónimo y que Hernández muy probablemente estaba expiando en el poema la culpa de haberlo traicionado al pasarse al comunismo. No es la única sombra en la vida del mito. Tras un periodo en segundo plano, durante la Transición, empezamos a conocer más interioridades que habían sido ensombrecidas por el resplandor de la fama. Supimos que cuidaba cabras, pero que las cabras eran de su padre, que mantenía una posición acomodada en Orihuela. También, eso sí, que su progenitor era un patán que lo sacó de la escuela y que le sacudía palizas por la noche si lo sorprendía leyendo con la luz encendida. Supimos que la vida de Hernández no fue nunca fácil, pero que él también le sacó punta para despertar compasión y granjearse la amistad de sus ídolos. Supimos que no todos lo acogieron con la misma simpatía y que el otro mártir, Lorca, le pedía a Aleixandre que no lo invitara a sus reuniones porque olía mal. Una vez muerto, Cernuda lo trató sin compasión: “Había en Hernández, y hasta en exceso, todos los dones primarios que indican al poeta; le faltaban los que constituyen el artista y no creemos que, de haber vivido, los hubiese adquirido. Porque era un tipo de poeta que suele darse en España: fogoso y de retórica pronta.” Supimos también que a Hernández le impidieron exiliarse a Portugal porque los aduaneros recelaron al verle asomar del bolsillo un reloj de oro que contrastaba con sus ropas harapientas. Era el regalo de Aleixandre por su boda. Al oírle hablar, se deshizo el equívoco. Demasiado tarde, porque uno de los agentes era paisano suyo y lo había reconocido. Eso cuentan. Y después de tanto leer sobre la vida de Miguel Hernández, uno sentía confusión y necesitaba contrastar de nuevo tanta información y tanto homenaje sobre su figura con su obra real, con su poesía. Lo he releído de cabo a rabo, como quien se toma una medicina recetada por el médico aun a sabiendas de que el sabor no va a ser del todo de su gusto. Porque Cernuda llevaba razón en gran medida. De los casi setecientos poemas que escribió Hernández a lo largo de su vida (sólo publicó en libro alrededor de un centenar) la mayoría son infumable hojarasca retórica, pasto de eruditos (son palabras del crítico García Martín, otro tipo duro), poesía para leer en voz alta, declamando a la antigua usanza. En medio hay versos sueltos que pueden aprovecharse como citas. Pero también, a mi modo de ver, asoman un puñado de poemas magníficos, arrebatadores. Serrat eligió muy bien. Los salvó todos: Umbrío, El niño yuntero, Para la libertad, Canción última, Llegó con tres heridas, Nanas de la cebolla y la Elegía susodicha. ¿Pocos? Cuántos salvamos del mejor poeta que podamos imaginar en castellano. Al final quedan eso, cuatro o cinco poemas memorables. El resto da igual que sean notables o simple hojarasca para liar tabaco.

Los elementos


Volvemos completamente empapados de un paseo bajo la lluvia y algunos vecinos no pueden evitar saludarnos como si fuésemos marcianos. Es verdad que nos hemos dejado sorprender, que no estaba previsto que Verónica trajera el pelo chorreando y tampoco que el agua nos calara todas las capas de ropa, incluida la interior, pero también es cierto que además de ensopados venimos colmados de una extraña sensación de libertad casi olvidada, pariente de las travesuras de la infancia. Aunque es obvio que ya no somos niños y la alegría se empaña con sombras, como el miedo de constiparse; pero eso sólo sucederá si nos enfriamos, y no pensamos permitirlo. También pesan todos los telediarios de la semana: haber visto las imágenes de pueblos enteros anegados en Andalucía y haber escuchado los testimonios desesperanzados de los que lo han perdido todo en la crecida. Casi se siente uno culpable de disfrutar tanto con la cara positiva del mismo meteoro. Los humanos somos así en todos los sentidos, también en el de disfrutar mojándonos: basta con consultar la cineteca y ver otra vez a Gene Kelly bailoteando, eso sí bajo un paraguas, aquello de “singing in the rain” (por cierto que, en inglés, cantar “sing” y pecar “sin”, se llevan muy poquito). Dicen los expertos en cabañuelas que aún nos queda una nevada. Pues bien, a falta de esa última nevada del invierno, si es que no ha caído en los días transcurridos entre la escritura del artículo y su publicación, la temporada ha dado para casi todo. Hemos visto carámbanos de dos metros colgando de los aleros de los tejados, carámbanos como hacía muchos años que no se veían por estos lares. Si hasta parecían una especie en extinción. Y sin embargo, ahí estaban, mucho menos míticos que en la memoria, más amenazadores para los usuarios de las aceras. También nos está visitando el viento en todas sus versiones, desde todas las direcciones, a todas las velocidades. Lo hemos sentido bambolear el coche, sacudir las persianas durante la madrugada, ulular como un animal en celo. Hemos luchado contra su empeño tanto a pie como en carrera. Dashiell Hammett insinuó en Cosecha Roja que el viento posee una fuerza oscura que es capaz de violentar el ánimo de las personas. Le atribuye que una ciudad como Personville (villa persona o algo así) acabara siendo conocida como Poisonville (villa veneno). Ignoramos si el de aquí tiene esos mismos poderes. Esperemos que no. Por supuesto hemos experimentado la nieve; la hemos disfrutado con los sentidos y la hemos sufrido en las comunicaciones. Todavía están las calles heridas de baches y arañazos de las máquinas limpiadoras y las palas de sal. Nunca tantos fotógrafos se han afanado en inmortalizar el acontecimiento. Hasta hemos visto fotos aéreas de Albacete como un barco varado en la nevada. Pero al margen de las fotos, que no dejan de ser vivencias postizas con las que intentamos atrapar la vida que se nos va para rescatarla luego fosilizada, yo me quedo con ciertas experiencias que sé que será muy raro que pueda repetir. Por ejemplo la marcha organizada por el Centro Excursionista de Albacete, en la que bordeamos el pantano del Talave para dirigirnos hasta Liétor por una ruta a través de la serranía. Al principio creímos que el autobús no podría ni siquiera llevarnos al punto de partida, pero una vez allí, nos internamos en el paisaje que se iba blanqueando, igual que nosotros mismos, como si fuéramos exploradores en tierras vírgenes. Oír tu propio resuello y nada más, sólo los pasos de los que te preceden y los que te siguen, sentir el toque sedoso y constante de la nieve, oler los aromas montaraces intensificados por la humedad y las pisadas, saber que ese paisaje no ha sido antes como lo ves y no volverá a serlo, participar de la camaradería espontánea y de las risas de quienes te acompañan, son sensaciones que se acumulan en una marcha de cinco horas y que se quedan grabadas para siempre, más profundas que cualquier fotografía. Un lujo para urbanícolas. Y sin salir de la provincia, gracias a la nieve, que vino a buscarnos

Por qué más es menos

Es un hecho que a los bravos chavales que terminan el Bachillerato cada vez les resulta más difícil decidir qué estudios cursarán el año siguiente. Lo que no termina de quedarnos claro es por qué. Intuíamos que puede faltarles maduración, que cada vez cuajan más tarde. Sin embargo el psicólogo Barry Schwartz asegura que el problema es precisamente tener que elegir entre demasiadas opciones. Y añade que no sólo es un problema de los bachilleres, sino que lo tenemos todos y en todas las facetas de la vida. Desde comprar unas galletas en el supermercado a ver un rato la tele. En todo se nos abre un amplio abanico de opciones y eso nos pone más difícil ser felices. Derrochamos la energía en comparar precios, marcas, calidades, ingredientes y sus variantes infinitas. Dice Schwartz que en Estados Unidos las depresiones casi se han duplicado, cuando el aumento del nivel de vida debería contribuir a lo contrario. Tampoco aquí hemos tenido nunca tantas posibilidades para elegir ni tanta libertad para hacerlo. Pongamos por caso la tele. La TDT nos ofrece una colección de canales para zapear a nuestras anchas. No están tan lejos los tiempos en los que había un solo canal, sometido a una férrea censura, que emitía en blanco y negro y que a menudo sólo mostraba nieve acompañada de un molesto ruido. Había que levantarse del sillón para zarandear el aparato y hurgar en los botones en busca de un arreglo improbable. Y disfrutábamos como enanos con programas como Bonanza o Los Chipirritifláuticos o incluso, si burlábamos la vigilancia paterna, de series como Los invasores o Ironside, por citar ejemplos que luego en revisiones posteriores hemos comprobado que eran infames. ¿Cómo podría yo tener mitificado este bodrio? No existía comunicación más lejana de la que permitían las voces: ¿a dónde vais? A la era a echar un desafío. Termino los deberes enseguida, esperadme. Y no nos molestaba aquella monotonía. Claro, que no teníamos, en general, altas expectativas, a pesar de lo cual hemos llegado lo lejos que se puede llegar sin arrepentirse uno demasiado. Sin embargo, de la mano de Schwartz apreciamos el presente con ojos más sagaces y confirmamos que el progreso está lleno de servidumbres. Los humanos, igual que solemos tener una nariz y dos orejas, estamos también sometidos a fuerzas interiores que son difíciles de controlar. Por ejemplo, a más opciones, más altas expectativas. Queremos lo mejor. Si nos sentamos a ver la tele, zapeamos a ver qué echan y nos cuesta conformarnos. Nada nos parece lo bastante bueno. Tal vez terminemos quedándonos en un canal, pero preguntándonos qué pasa en los otros, lo que nos impide disfrutar plenamente del elegido. En cuanto tenemos ocasión, zapeamos de nuevo. Si nos hemos perdido un gol o un chiste, por si faltara algo, nos cabreamos y nos arrepentimos de haber tomado una decisión errónea. Además, nos acostumbramos pronto a lo bueno: ya se nos ha olvidado lo que adorábamos el mando a distancia el primer día que lo manoseamos, qué sensación de poder. Ahora es una simple herramienta que nos hace más cómoda la vida y a la que sólo prestamos atención cuando se le acaban las pilas o se estropea. Y qué amargura si nos llama un amigo y nos dice que se lo ha pasado bomba viendo un programa que no habíamos considerado en nuestro zapeo, porque una de las cosas que más infelices nos hace es la de compararnos con el vecino cuando a este le va mejor. Lo de la tele es un ejemplo banal, por supuesto, y para adultos: a menos que uno sea muy gilipollas. Los avatares televisivos pueden granjearte como mucho una pequeña frustración intrascendente. Sin embargo la insatisfacción de elegir entre demasiadas opciones es extrapolable a facetas en las que sí nos va la vida, como elegir a los dieciocho la carrera que vas cursar y a la que puede que te consagres. Ya no digamos si tienes catorce y te piden que elijas a la carta tu destino. Quien debe decidir en esa edad, con cabeza, es la administración educativa, por la felicidad de todos.
Barry Schwartz: Por qué más es menos. La tiranía de la abundancia (2005). Editorial Taurus.

El flamante Adonáis



Rubén Martín es el tercer albaceteño que gana el premio Adonáis de poesía, después de Juan Carlos Marset (1989) y Luis Martínez Falero (1997). Curiosamente, estaba como alumno en clase de Luis, en la Universidad Laboral, cuando al profesor lo vinieron a llamar para avisarle de que acababa de obtener el galardón con su libro Plenitud de la materia. Dice Rubén que al ver al día siguiente la foto de Falero en la portada de los periódicos empezó a tomar conciencia de la magnitud del acontecimiento, que al principio sólo les había granjeado a sus compañeros y a él el espontáneo alivio de librarse de una sesión de clase. La anécdota apunta la impresión engañosa de que el don de la escritura se transmite de mano en mano, igual que decían que las brujas se transmitían de madre a hija los poderes mágicos en el puño del almirez. Como es lógico hacen falta más que poderes mágicos, aunque existan conexiones anecdóticas entre los tres ganadores nacidos en nuestra provincia: Marset y Falero habían jugado de niños en Riópar, para luego no volver a verse hasta que cada uno de ellos poseyeron ya la estatuilla que honra al ganador. El premio empezó a concederse en 1943, al principio de una manera discontinua y casi anónima, hasta que llegaron poetas que fulguraban nada más obtenerlo, como José Hierro (1947) o Ricardo Molina (1949). Pero lo que le dio ya el tirón definitivo de la fama, esa modesta fama que puede alcanzar la poesía en medio de un panorama donde los focos iluminan otros géneros, fue con El don de la ebriedad, el deslumbrante libro de un chaval de 18 años, de nombre Claudio Rodríguez. Aun hoy sigue siendo uno de los poemarios capitales del siglo XX español y para algunos el mejor libro de su autor, que llegó a publicar otros tres y medio más. Vicente Aleixandre, que desde su sofá de postrado de la calle Velintonia gobernaba el discurrir lírico de la España de entonces, resumió el parecer general: ¿cómo puede ser tan bueno este chico sin parecerse a nadie que haya escrito antes en castellano? Todavía hoy sigue siendo la piedra de toque del Adonáis y a todos los que lo ganan, de un modo u otro, los comparan con él, aunque la mayoría no tengan nada que ver en el estilo y menos aún en la calidad. Pero, desde Claudio Rodríguez acá, todos los poetas españoles hemos querido ganar el premio. Algunos ya no podremos, porque rebasamos los 35 años, la edad máxima permitida para participar, y se nos pasó el arroz. Que lo hayan obtenido tres albaceteños en sesenta y siete años es una buena media, me parece. Además que, tanto el libro de Falero como El minuto interior, el recién aparecido del flamante ganador Rubén Martín, están muy por encima de la calidad que han mostrado los ganadores de las últimas décadas, en las que los jurados o no han tenido dónde elegir o han errado el tiro por mucho. Cierto que en un certamen tan veterano siempre se acumulan más los años grises que los gloriosos. Pero luego nadie recuerda los grises y ahí están poetas definitivos como Valente, Sahagún, Brines, Luis Feria, Diego Jesús Jiménez, Eloy Sánchez Rosillo, Blanca Andreu o Luis García Montero, mejorando lo presente. Rubén Martín, como la mayor parte de los buenos poetas se dedica a un oficio que no tiene nada que ver con la poesía. Es técnico especializado en autómatas programables. Y de hecho, en el tiempo en que lleva trabajando duramente en mejorar su escritura, ha intentado que en su entorno nadie sepa que escribía. Le daba prurito. En cualquier caso a la poesía le sienta mejor el secreto, o por lo menos, la intimidad. Se escribe desde la soledad y la manera más habitual de degustarla es también en solitario, aunque cualquiera disfruta escuchando leer poemas a alguien que sepa leerlos. Ahora Rubén Martín, un poeta sobrio, contemplador, pensativo, no puede seguir ocultando que escribe poesía. Piezas como Dimensiones o La madre  ya no son sólo suyas. Son del mundo, a través del Adonáis que las ha propulsado.

El Roche


¿Por qué decidió el coronel Ramón García Montes hacerse bandolero? No lo sabremos nunca. A medida que mueren los testigos se nos van cerrando las puertas de la certeza. Y los testigos de su decisión llevan doscientos años criando malvas. Se puede especular, como hace Antonio Matea, con que se quedó en la sierra desde el final de la tercera guerra carlista hasta su misteriosa ejecución por principios. Habría podido partir al exilio, como hicieron algunos de sus compañeros, o acogerse al indulto que ofreció Alfonso XII. Sin embargo, prefirió echarse al monte y seguir engordando su leyenda. Una leyenda que venía de sus tiempos de oficial carlista, en un ejército que ya se comportaba como una tropa de bandoleros. Hacía incursiones en pueblos desprevenidos y conminaba a los lugareños a que avituallaran a las tropas con sus gallinas y les cedieran sus trabucos y sus municiones. Ramón, que a finales del XIX ya dominaba el arte de desinformar, hizo correr la voz de que un ejército al mando del general Lozano estaba a punto de adueñarse de Hellín. Le bastó asomar por la atemorizada población con diez soldados para que se cumpliera su voluntad sin resistencia. Ordenó que se le entregaran los fondos públicos y que amontonasen en la plaza todos los documentos que contenía el registro municipal. Con ellos prendió una hoguera enorme. Luego se marchó tan campante. Lo mismo hizo en Calasparra. Allí lo persiguieron pero les dio esquinazo. Le fue tomando el gusto a la vida al relente y prefirió prolongarla que aburguesarse. Durante veinte años anduvo recortando su perfil contra la luna por las serranías, lo que no le impidió casar con Ana López y tener con ella tres hijas y dos hijos, según consta en las crónicas. De hecho, la guardia civil llegó a detener y a juzgar a uno de sus hijos, Emilio García, acusándole de haberle acompañado en sus correrías. Lo absolvieron. Parece que el bandolero se las apañaba para mantener excelentes relaciones con todo el mundo, excepto, claro, con los hacendados a los que regularmente aligeraba las arcas. Pero la historia que conocemos está distorsionada por la imaginación de quienes la fueron contando. Por supuesto dicen que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. También que era muy alto y muy fuerte y que nadie le ganaba en un pulso. Cuentan que siempre llevaba en el bolsillo una bola de veneno para no darles el gusto a sus perseguidores de que se cebaran con él en caso de que lograran capturarlo. Veinte años de vida montaraz dan para mucho. Hay oficios más pacíficos que duran bastante menos. Y Ramón, al que apodaban Roche, igual se dedicó a este porque era el único que dominaba. Tal vez porque casi siempre iba solo. De hecho los problemas se le acumularon cuando se dejó acompañar por una cuadrilla y un destacamento de la guardia civil logro cercarlos en la Venta de Minateda. Intentó escapar mezclado entre el ganado, con una piel de cordero por encima, pero lo descubrieron y se desató un tiroteo en el que murió un miembro de la benemérita y resultaron heridos otros cuatro. Es el único delito de sangre que se le conoce, y marca el principio de su declive. Juzgaron a su hijo, vinieron más tricornios de otros lares donde Roche no controlaba las simpatías y una noche lo cercaron, le dieron el alto, que no acató, y lo acribillaron a balazos. Eso dice el informe oficial. La leyenda añade otro tópico que nunca suele faltar: que lo mató un amigo para cobrar la recompensa. El caso es que la autopsia describe las heridas de bala que le causaron la muerte, pero añade que su cuerpo albergaba también tres disparos de postas, nada habituales en la munición usada por la guardia civil. El cura de Liétor, don Paco Navarro Pretel guarda en el museo de su parroquia, en medio de una escenografía deliciosa de objetos de principios del siglo pasado, la navaja de once muelles que usaba Roche y el que pudo ser su sombrero de coronel. Reliquias profanas que dan consistencia a un personaje misterioso como una sombra.

Vuelva usted mañana



Unas británicas sagaces han escrito un libro para informar a sus compatriotas que aterrizan por primera vez en España sobre la idiosincrasia de los que andamos por aquí. Las dos escritoras están muy instaladas entre nosotros, tanto como para presentir que nos conocen. El locutor de radio les pregunta qué es lo que menos les gusta de nuestros usos y costumbres. Las dos replican casi al unísono: la burocracia. Cualquiera hubiera pensado, por ejemplo, en nuestra manía de hablar a gritos en público, que a veces nos acompleja cuando la contrastamos con el ronroneo de los europeos. En la burocracia, en cambio, no habíamos reparado. Debe ser que las colas están tan implantadas en nuestra rutina como el morro de los que se cuelan. Ya ni nos damos cuenta de que vamos de una ventanilla a otra para que nos remitan a la primera de nuevo y así ir rebotando como una pelota de baloncesto hasta que se te hinchan las narices y levantas la voz o bien te rindes y te largas. Larra nos dejó escrito el guión para que lo fuéramos repasando todas las generaciones en un artículo titulado Vuelva usted mañana. En mis tiempos se estudiaba en el bachillerato y no sé si se seguirá estudiando todavía, aunque sería muy edificante que así fuera para que, aparte de tomar conciencia literaria, los chavales vayan tomando conciencia de españolidad. Yo lo leí seguido de otro también muy instructivo y vigente en el que Larra refleja, con la misma ironía, al castellano viejo que te sacude el polvo de la espalda de la chaqueta de un guantazo amistoso cuando te lo encuentras por la calle. Ese tipo que confunde la contundencia con la cordialidad. Aquellos artículos de Larra van a cumplir pronto dos siglos y en lo único que hemos avanzado es en ir aumentando el número de ventanillas a las que volver mañana. Ahora tenemos las municipales, las de las diputaciones, las autonómicas, las nacionales y las europeas. Y entre todas ellas forman un laberinto de organismos y subcontratas que no cabe en las páginas de este periódico. La llegada de internet ha inspirado a los iluminados del marketing la idea de implantar la ventanilla única, que vendría a ser la promesa de solución de todas las colas. Pero aún estamos lejos de ese ideal. Por ejemplo, para sacarte el carné de identidad, le pides cita al ordenador que te muñe a una hora, pero cuando acudes puntual comprendes que la realidad supera la buena voluntad de los burócratas y los funcionarios. Tus cuarenta minutos de espera no te los quita nadie. Y da gracias, que antes eran más y ni siquiera había sillas para todos. Se quejan de nuestra burocracia las inglesas del libro, puede que con razón. Y sin embargo algo hemos mejorado, porque ahora ese último papel imprescindible que antes te obligaba a volver a casa a rebuscar en los cajones y a perder tu turno en la cola y tal vez la jornada, con suerte te lo saca el funcionario amable de los entresijos de internet. A menos que seas inmigrante indocumentado y te hayas propuesto empadronarte en ciertos pueblos que tienen restringido el derecho de admisión. Además, los empleados de las ventanillas han mejorado mucho de talante desde los tiempos de Larra y te piden que vuelvas mañana con una sonrisa amable. Pero ser español marca. El otro día fui a ver la película Precious, la de esa negrita obesa y maltratada por todos a la que le van a dar el Oscar a la mejor actriz. Pues bien, lo que no me creo es que le cambien la vida dos empleadas: Una maestra que le toma cariño y se desvive tanto por enseñarle a leer como por buscarle una casa, y una asistenta social que es capaz de escucharla y que toma la decisión inaudita de apartarla de su tirana madre. Son tan profesionales, tan aplicadas en su trabajo que no me las creo. Y no dudo que existan, incluso aquí. Mi incredulidad viene de ser español. Debe ser una deformación mamada en el bachillerato, durante los tiempos en que leía a Larra.


El arte de esfumarse

 
Desaparecer sin pasar a mejor vida. Ese es el anhelo de mucha más gente de la que se atreve a confesarlo. Hacer mutis, pero seguir vivo. Y no me refiero a ganar la invisibilidad, que es poco recomendable porque conlleva la ceguera: el ojo humano funciona atrapando la luz, no dejándola pasar del todo. Me refiero a ausentarse aquí y aparecer en otro lado, como creen algunos fantasiosos que pudo hacer Federico García Lorca sólo porque no encuentran sus restos. Ya es echarle ilusión. Además, por lo que cuentan, no sería de las personas a las que les resultase fácil pasar desapercibidas, ni siquiera en las antípodas. Porque desaparecer es un arte en el que el ingrediente fundamental es la discreción. Y parece que a Federico le podía el duende, el ingenio, se le iban los dedos al piano o adonde fuera, necesitaba ser el centro. Cómo esconder ese carácter. No. Para ser invisible hay que tener piel de espía, ser capaz de confundirse con la pared gris de cualquier habitación y llegar reptando hasta los documentos que vas a venderle a Rusia, sin que se sepa si eres cabo o directivo del CNI, si lo que estás haciendo te lo pagan los rusos o lo haces para engañar a los rusos, si lo haces por amor al dinero o por amor a la patria, de acuerdo con las directrices secretas de tus jefes, que no dicen ni pío. Eso le pasa a Roberto Flores, al que ahora juzgan por traición de Estado. Cuesta creer que la justicia haya conseguido reunir en un mismo cuerpo a una mezcla de seres tan dispares y además sentarlo en el banquillo de los acusados. Esperemos que al menos él tenga claro quién es quién cuando visita el retrete, ahora que ha empezado a existir, porque un espía sólo existe cuando lo pillan. Otro, Francisco Paesa se escabulló publicando en El País una esquela de su propia muerte en Tailandia, después de haber vendido misiles a ETA, presionar a una testigo de los GAL y engañar, según dicen, a Belloch y a Roldán. Doce años después, sigue en alguna parte, siendo a la vez el muerto, el fugitivo y quién sabe. Pero ya digo que son espías. Es su oficio. Impresiona más el esfuerzo descomunal de Salinger por desaparecer hasta de las solapas de sus libros después de haber escrito una novela (El guardián entre el centeno, 1951) que ha leído todo el que lee en su país y algunos que leemos fuera, muchos hasta obsesionarse con ella, como el asesino de John Lennon. Y en vez de entregarse a la fama, de darse baños de popularidad, de salir de vez en cuando en las tertulias de la televisión y en algún concurso del tipo Mira quién baila, el viejo testarudo se camufló en un agujero de Estados Unidos hasta casi esfumarse, aunque lo acecharan durante medio siglo todos los paparazzi, todos los forofos, todas las editoriales. Terco como una mula, se negó a las entrevistas y se sacudía a los fotógrafos, no fueran a robarle el alma, como pensaban los masáis. Hemos sabido así que el alma moderna es la intimidad. La única foto que le hemos conocido hasta su recientísima muerte con 91 años, se la sacaron cuando conducía el carrito del supermercado, lo que demuestra que desaparecer no te libra de hacer la compra. Nos revela a un viejo iracundo con los brazos abiertos y el tronco inclinado y borrascoso como el de un personaje de Miguel Ángel. Sólo quería que lo dejaran tranquilo y para eso no basta renunciar a facebook, a internet y al teléfono. Es preciso un esfuerzo de voluntad y de imaginación superior al que requiere escribir una novela. Pienso en ello mientras acompaño a mi hija a sacarse el deneí en la comisaría, y veo lo fácil que resulta existir, que ya ni te pringas las yemas de los dedos con la tinta. En un cuarto de hora, sales con la pastilla. Y encima te aseguran, para engolosinarte más con ella, que funciona como una tarjeta de crédito. Cada vez te ponen más complicado hacer mutis.

Se ha ido la luz




Cada vez que mi madre exclamaba: se ha ido la luz, yo pensaba: a dónde. Estamos hablando de los tiempos en que la luz era lo único que se iba. Ahora todo es eléctrico, todo se enchufa, desde la cocina al ordenador pasando por la lavadora. En los tiempos en que digo, sólo recuerdo que se fuera la luz de la bombilla incandescente, que colgaba de un cable rizado y que una vez encendida producía una luminosidad amarillenta, indecisa, mórbida. Entonces no sabíamos que era mórbida porque era lo que teníamos y no había con qué compararlo. Pero creo que la luz llegaba a la bombilla mareada de tanto trazar bucles por el cable. Quizá esté exagerando un poco. Cómo recordar con precisión los tiempos en los que la única electricidad que entraba en la casa iba derecha a las bombillas tras pasar por un plomo que saltaba y que casi siempre era la causa de que la luz se fuese. Los tiempos en que la electricidad tenía un talante deportivo: se producía un salto en el plomo y la luz se marchaba corriendo. Los tiempos en los que uno, en su ingenuidad, llegaba a preguntarse a dónde iba la luz. No recuerdo que se hablase de apagones, palabra de mucha más envergadura que aprendí luego más tarde de oírla por la radio o incluso de leerla en el periódico. Un apagón viene a ser lo mismo que irse la luz, pero a lo grande. Un apagón no se conforma con una casa solo, necesita por lo menos una calle, un barrio, un pueblo para tomar cuerpo. Además necesita de cierta duración. No le basta con un parpadeo de los que hacen trastabillar los engranajes del frigorífico y descentran el ordenador pero apenas ensombrecen la estancia unos instantes. Entonces nos dejaban literalmente a dos velas. Había que tentar para buscarlas. Nos esperaban ya dispuestas en el murete de la cocina porque la electricidad de entonces era veleidosa. Décadas después leí en algún sitio que el humanista Luis Vives escribía en las primeras horas de la noche al amor de una vela y asocié su clima de trabajo con el que reinaba en mi casa durante aquellas penumbras. Asociaciones absurdas, infantiles, del niño que seguimos siendo toda la vida, puesto que Luis Vives vivió en el Renacimiento y eso queda aún más lejos que mis recuerdos infantiles. ¿Por qué me preguntaba a dónde iba la luz, pero no de dónde venía? Supongo que me pasaba como les sigue pasando a los chavales, que no tenía constancia de que la luz viniese: se pulsaba un botón y ahí estaba esperándonos. Walter Benjamin escribió que la primera de las pérdidas del niño es la de la magia. Probablemente uno alcance la pubertad en el momento en que comprende que la electricidad no es mágica y viene de un pantano, de una central nuclear o de un parque eólico en el mejor de los casos. Yo lo comprendí de golpe ya mayor, asomado a la ventana de mi amigo Juanjo Jiménez. No había mejor cosa que hacer. Aquello era un apagón de los gordos y el ordenador en el que estábamos trabajando había caído en estado de catalepsia profunda. Nos asomamos a la ventana y vimos una camioneta de Iberdrola atrapada en la nieve. Había salido a solucionar el problema y se había encontrado con un problema añadido. Los operarios trajinaban alrededor del vehículo, tratando de desembarazarlo, mientras la estación a la que se dirigían seguía sin tensión. Curioso que utilicen una expresión también gimnástica: la tensión se cae. No hace tanto de aquello. Sigue pasando mucho. En Chinchilla los apagones, las fugas de luz y hasta los parpadeos forman parte de la rutina. Alguien informado me ha dicho que los tendidos son aún “de cuando andaba por aquí Paquito y en Chinchilla éramos la mitad de los que somos ahora”. Creo que entendí de qué Paquito hablaba. El recibo se ha actualizado mucho desde entonces, pero la luz sigue igual de veleidosa, yéndose cada vez que nieva o truena. ¿A dónde? Supongo que a hacerle compañía a Luis Vives en el Renacimiento.

Alcandora



Existe la creencia algo extendida de que un poeta es un tipo que camina dos palmos por encima del suelo, un ser al que se prodiga una mezcla de chanza discreta y admiración secreta, sin saberse muy bien el por qué de ninguna de ambas actitudes. La creencia proviene del periodo romántico, en el que los vates se empeñaron en adornar su quehacer con una aureola de exceso, extravagancia y suicidio. Aún lo estamos pagando. Por fortuna, la realidad del poeta es ser sólo poeta los ratos en que está escribiendo, que tal y como andamos de tiempo, cada vez son menos. El resto del día, de los días, acostumbra a ser un tipo de lo más prosaico, tan infeliz y tan rutinario como cualquier otro. Ni siquiera la inspiración es su territorio exclusivo como muy bien advierte Juan Benet en un libro de 1966, La inspiración y el estilo, que no sé cómo demonios llegaría a mi biblioteca, pero me tiene atrapado. Viene a decir Benet que la inspiración abarca todos los géneros y las artes pero que en poesía se le da más importancia porque, al tratarse de un receptáculo menor, con un soplo afortunado puede uno completar un poema. Por supuesto, es mentira. Si tienes la suerte de que los dioses te regalen un primer verso, el resto tienes que sudártelos para que sean dignos del regalo. También dice Benet que escritor empieza siendo compulsivo, luego entra en un periodo en el que necesita estar satisfecho con lo que hace y desemboca en una tercera etapa en la que escribe para terceros. Es entonces cuando saca los manuscritos del cajón y anda loco buscando quién los lea y quién los publique. Los poetas han llegado a la conclusión de que tienen más garantía de ser leídos por otros poetas, aunque sólo sea porque también ellos andan a la caza de un lector. Y es esta reciprocidad, teñida de hermandad, la que genera tertulias compuestas por individuos a los que uno sólo puede imaginarse juntos porque profesan esta afición singular. Es el caso de Manuel Terrín y de Francisco Bonal que coincidieron, como no podía ser de otro modo, a la salida de una librería en la primavera del año 1986. El hombre que más premios de poesía ha ganado de la historia y el poeta social e inconformista que era Bonal decidieron citarse todos los domingos por la mañana en una cafetería. Enseguida se les fueron sumando otros, no menos diferentes en estilo y personalidad. Pronto fueron más de una docena. Hacía falta alguien que sirviera de amalgama y conector y apareció la figura de Francisco González Bermúdez, periodista, cronista de Barrax y sobre todo persona cabal y organizada, que sin escribir un solo verso (al menos que se sepa) ha hecho más por la poesía de Albacete que muchos escritores prolíficos. Se bautizaron como Alcandora, palabra de origen persa que significa camisa o algo parecido. Se constituyeron en asociación, dando así carta de naturaleza a sus reuniones, ahora sabatinas, en el altillo de la Suiza. Y por fin, veintitrés años después, han sacado un libro conjunto, que ya era hora. Un libro necesario porque estas tertulias ejercen un influjo en su entorno, igual que los antiguos monasterios que todos los municipios aspiraban a acoger para beneficiarse de sus efluvios espirituales. En la actualidad los efluvios son culturales, pero no creo que exista tanta diferencia. Después de un cuarto de siglo, es triste aunque natural que algunos no hayan llegado a celebrarlo. Las bajas más notables son la de los notables Andrés Duro y Antonio Matea. Pero ahí están también, y arropándoles, la finura de Alfonso Ponce, el oficio de Paco Jiménez Carretero, el entusiasmo de Isidoro Ballesteros y Martín Giménez, la inteligencia de Juan Lorenzo Collado, la honradez de Antonio Galdón y el academicísimo de Daniel Sánchez Ortega. También está Miguel Jesús Martín, reciente incorporación, y por supuesto los fundadores. Los apadrina con la elegancia de costumbre Ramón Bello Bañón. En la presentación del libro los vimos disfrutar y los disfrutamos. Venían todos leyéndose encima de pura ilusión, pero ninguno dos palmos por encima del suelo, como debe ser.

Avatar y Teniente corrupto



Hay un tipo de crítica que me parece muy necesaria. La que orienta al consumidor en medio del torrente incesante de posibilidades al que se incorporan sin cesar nuevas ofertas. Por ejemplo, en cine. Lo habitual es que haya varios estrenos cada viernes, que es cuando se reajustan las carteleras. Yo suelo echar un vistazo a la opinión de los críticos, aunque a la hora de sacar las entradas muchas veces termina imponiéndose el horario a la primera preferencia. Fue lo que pasó el otro día. Teniente corrupto empezaba demasiado tarde y mi mujer propuso que viéramos la aclamada Avatar. Al fin y al cabo, argumentó con buen criterio, para opinar tenemos que verla. ¿Por qué no hoy? Varios amigos se nos habían adelantado y me aseguraban que merecía la pena, aunque con comentarios no demasiado estimulantes, como que era una mezcla entre Pocahontas y ET. A pesar de los prejuicios, me encantó. Salí flotando de la atmósfera que ha creado James Cameron con su nuevo sistema de tres dimensiones, si es que eso existe y no es una estratagema publicitaria. Cuando abandonábamos la sala para incorporarnos a la noche gélida y nevada, hubiera calificado Avatar como ecologista, fractal, cuántica e impropia de la industria de un país que por los días del estreno acababa de negarse a firmar el acuerdo de Copenhague para reducir las emisiones contaminantes que están destruyendo la Tierra. Al fin y al cabo, en la misma película salen estadounidenses malos, que quieren a toda costa explotar los yacimientos mineros del planeta extrasolar que han colonizado, y estadounidenses buenos que intentan comprender la cultura de los aborígenes y la profunda conexión que mantienen con la naturaleza, con sus antepasados y entre ellos mismos. Es el contraste entre el desarrollo de la tecnología y el estancamiento del espíritu, un tema actualísimo, el gran hallazgo de James Cameron cuya peli sin embargo va perdiendo cuando transcurren los días y el subconsciente la analiza. Porque supongo que a todos nos pasa lo mismo: yo disfruto del cine cuando lo estoy viendo en la sala, hasta el punto de que me olvido de la realidad más inmediata, y sigo rumiando la película a la mañana siguiente al despertar, cuando me llegan impresiones fugaces, secuencias a veces secundarias, parte de la atmósfera de lo que vi. Si la película es muy intensa, esas breves regresiones persisten todavía, como un telón de fondo, cada vez más desdibujados los rostros y las situaciones, cada vez más disueltos en las infinitas batallas cotidianas. Cierto que el que Avatar sea un filme maniqueo, sin personajes contradictorios, le va quitando valor en el tiempo. Ni hacen sus necesidades ni se cabrean como dios manda. Termina siendo un cuento edulcorado, de buenos sentimientos. Todo lo contrario que Teniente corrupto, película que hemos ido finalmente a ver. No he leído críticas destructivas sobre ella. No entiendo cómo los críticos pueden hablar bien, o por lo menos no hablar mal, de ese bodrio infumable. ¿Qué le encuentran? Es increíble de principio a fin gracias, sobre todo, al omnipresente Nicolas Cage, aunque sus compañeros no le andan a la zaga. Literalmente finge todo el rato tener dañada la espalda, llevar un hombro más alto que otro, finge estar colocado, finge preguntar, finge cabrearse. Sobreactúa. Es siempre un actor fingiendo. Ya que faltan ideas y hay que hacer remakes, propongo un guión sobre actores que protagonizaron filmes buenos, incluso memorables, en su juventud, y que después no encuentran el tono, o nunca lo tuvieron. Le pasa a Cage, pero también le pasa a Al Pacino e incluso a De Niro. Son caricaturas de sí mismos y condenan al fracaso las películas en las que actúan, por lo general acaparando ególatramente todo el metraje. No hay cosa que más me moleste que un actor distrayéndome todo el rato, impidiéndome meterme en la película, olvidarme de la realidad más inmediata, que es a lo que uno, en el fondo va al cine. Sin duda resultan más creíbles los títeres de Cameron que el memo de Cage. Nos salimos antes de que acabara para evitarnos el cabreo de verlo al final sonreír victorioso. Encima.

Las lecturas de El Moderno



Una curiosa manía de lector, que comparto con algunos amigos, consiste en examinar con lupa las fotos de los escritores que aparecen entrevistados en los diarios, cuando la entrevista ha transcurrido en su despacho o en su casa y se deja entrever una parte de su biblioteca. Por supuesto que echo un vistazo a la mesa, la silla, la disposición, la forma de organizarse y al ordenador si aparece, pero sobre todo me entretengo en identificar a duras penas en los lomos de los libros, que casi siempre abarrotan los estantes y suelen aparecer al fondo del retrato, todos los títulos que puedo. Si no me suenan, los anoto para buscarlos. Si ya los conocía, me ayudan a comprender las preferencias del escritor y sobre todo me granjean la satisfacción de colarme en su recinto más sagrado. Es una forma infantil de espiar a los colegas. Aunque a veces son los propios colegas los que te franquean la entrada. Antonio Martínez Sarrión (Albacete, 1939) ha publicado una colección de artículos y ensayos sobre las lecturas que le han dejado huella, sobre alguna película que también e incluso sobre Ramón Gaya, un pintor del que no le hubiera importado colgar cuadros en su casa. Por si teníamos alguna duda, ha titulado el conjunto con un epígrafe inequívoco: Preferencias. Y lo que hace es confirmar cosas que barruntábamos y pormenorizar otras que ya había ido adelantando en escritos anteriores. Lo hace guiándonos siempre con su prosa vigorosa y pausada, que es un sucedáneo de su conversación. Vemos así que el nombre más citado en el volumen es el de uno de los paladines del simbolismo francés, Arthur Rimbaud, sobre el que recoge esclarecedoras reflexiones propias y de alguno de sus compañeros de generación, como Pere Gimferrer. A nadie puede extrañar. Sarrión es uno de los principales vanguardistas españoles vivos, junto con Carlos Edmundo de Ory. Sus amigos de tertulia lo conocían con el apodo de El Moderno y Jaime Gil de Biedma llegó a preguntarse (o a preguntarle, no se sabe bien): “¿Pero cómo se puede ser tan decadente, viniendo de Albacete?” Fiel a esta imagen asumida, Sarrión en Preferencias, escarba, ahonda y desentraña su propio vanguardismo, macerado en Rimbaud, en Baudelaire y en Verlaine, a quienes ha traducido y glosado, enriquecido en las sonatas de Valle Inclán (también muy citado) y los viajes de Alberti, y confirmado en la cercanía de los postistas y luego de sus amigos más íntimos, con Benet a la cabeza. Juan Benet que urdió con sus herramientas de ingeniero el mapa de un mundo más real que el que conocemos, al que llamó Región y en el que se desarrollan todas sus narraciones. Según se desprende de los índices finales, Sarrión fue escribiendo los artículos con distinto propósito, a veces incluso para proyectos fallidos, y sin embargo ensamblan en el libro como si fueran piezas de un puzzle afortunado. Ayuda que sea variado, que no se limite a la literatura, sino que haga excursiones por el cine estadounidense de los años cuarenta, del que añora películas como El tercer hombre, su preferida, y el cine de  José Luis Garci. También que incluya lo que podría ser un capítulo de sus mejores memorias, aquel en que describe las visitas familiares de su infancia al taller de los Belda. Gracias a estos pasajes intuimos que el famoso poema Maravillas del cine tiene un origen inconsciente en el suplicio vivido ante los focos del fotógrafo de la calle Marqués de Molins. Sirve como broche final la entrevista que le hizo Eduardo Sotillos. Es curioso que los editores hayan preferido, entre las muchas posibles, la transcripción de una entrevista radiofónica. Es un hallazgo. Ayuda a desentrañar al personaje al mostrárnoslo íntegro, con todos sus titubeos y rotundidades. La edición es de la toledana Almud, la más trascendente de cuantas trabajan en Castilla-La Mancha, que ha acertado al elegir a Javier Lorenzo como compilador. Nos lo sirve en bandeja para disfrutarlo en el recogimiento al que nos obliga la nieve.


Bendita escasez



A lo largo del año recién finalizado han seguido arreciando los estudios que determinan que, reduciendo la ingesta de calorías, se retrasan el envejecimiento y sus enfermedades o, lo que viene a ser lo mismo, se puede alargar la vida. Los científicos lo han probado ya con la mosca de la fruta, con ratas, con ratones, con macacos y con monos rhesus. En todos los casos sugieren con prudencia que los beneficios podrían extenderse a la especie humana. Pienso en ello mientras repaso con la mirada la opípara e interminable cena de fin de año con su epílogo de turrones y su traca final de uvas y brindis espiritosos. Y me pregunto si no será un lento suicidio esto de la Navidad, si no habrá un modo de apartarse del torrencial consumismo que nos arrastra inevitablemente, con poco que uno se relacione y tenga una familia que ansíe convertir en especiales estos días. En un canal cualquiera de los que desfilan por el zapping, he visto un reportaje en donde comparaban los fastos culinarios de estas fechas entrevistando a tres generaciones de mujeres de la misma familia. La abuela comentaba que en su época se lo pasaban en grande con lo que hubiera a mano. Una paella constituía un festín. Supongo que para los postres habría cascaruja. A la hija la sola mención de este menú ya le resultaba deprimente. A la nieta, no digamos. Podemos extender el mismo desbordamiento a otras parcelas. El yanqui Papá Noel ha terminado colonizándonos la Nochebuena y sembrando de regalos el pie del abeto, que no se qué pinta en estos páramos. Mientras, a muchos hogares también vienen los Reyes Magos porque se resisten a ser desterrados y siguen acudiendo a su cita del 5 de enero con una fidelidad sostenida a duras penas por la tradición de los belenes. Y quien dice regalos, dice relaciones. El año recién finalizado ha vivido la explosión de las redes sociales en internet. Uno entra en cualquiera de ellas y tiene la sensación de que podría pasarse horas y más horas inmerso en un banquete de comunicación con interlocutores desperdigados por el mapa, sin saber cómo parar. Aunque no hace falta ir tan lejos, basta poner al día el correo electrónico, contestar a los corresponsales habituales, para fragmentarse en conversaciones variopintas y atardecer abriendo archivos que pretenden ser ingeniosos y que nos llegan con todo el cariño. Además, en palabras de José Antonio Marina, somos informávoros, o sea devoradores de información, y queremos enterarnos de todo, lo que hace mucho tiempo que ya es imposible. ¿El sabio quién es? Dan Coyle, que ha pasado los últimos años analizando los semilleros de talento, ha llegado a la conclusión de que las escuelas donde se forman y se entrenan los mejores se caracterizan, en general, por la pobreza de medios. Por la escasez. Donde hay menos estímulos, es más fácil elegir. El sabio es el que ha encontrado la manera de sacarle fruto al silencio, de seleccionar en medio de este torbellino diario los estímulos justos, los imprescindibles para vivir creciendo hacia la felicidad. Para alguien que vive en la estrechez, un atracón supone un desquite. Para quien vive siempre en el atracón, lo de estas fechas es rutina. Como rutina es el atasco por la inflación de tráfico y el atasco por inflación de comida. Si hay un modo de revertir esta tendencia, sin duda pasa por la educación. Ya no se trata tanto de epicureísmo como de moderación. Es improbable que los que tienen que tomar las decisiones caigan en ello, porque los que pueden hacerlo viven en sus nubes de Murphy, pero las materias principales que habría que enseñar en los colegios y en los institutos son cómo detenerse, cómo discernir lo importante en medio del caos y cómo controlarse para tomar sólo lo necesario. Por ejemplo, comer con tiento en Navidades. La inteligencia emocional también procede de Estados Unidos pero prolifera mucho más despacio que Papá Noel porque no entra por la chimenea ni la tele. Lo de menos es que su implantación nos permita vivir más, lo bueno es que puede hacernos más dueños de nosotros mismos.

Las claves del talento





Dan Coyle es uno de esos tipos tenaces y emprendedores que lo mismo entrenan equipos de niños con dificultades que se mudan con toda la familia a Girona para seguir durante un año al ciclista Lance Armstrong. Luego lo cuenta porque para eso es periodista. Su penúltimo reto ha sido demostrar que el talento no es una virtud con la que se nace, sino que está al alcance de cualquiera. Cualquiera que se lo proponga, claro. Y que siga unas reglas elementales. En Las claves del talento, Coyle intenta resumir esas reglas. Para ello ha viajado a lo que él llama semilleros de talento, es decir aquellos lugares de donde han surgido varios triunfadores en cualquier especialidad. Se ha dedicado a observarlos, a entrevistar a sus profesores y, en definitiva, a ver qué tienen en común. Por ejemplo, con lo grande que es Rusia, por qué la mayoría de las tenistas que han llegado a estar entre las 20 primeras proceden de un mismo club, que encima es pobre y tan solo dispone de una pista cubierta. Y cómo logra una escuela de música que utiliza como local una antigua tienda producir a varias estrellas de la música pop. O por qué de una familia británica pobre, que vivió en un pueblo remoto y sin acceso a la escuela, surgieron tres escritoras de la talla de las hermanas Brontë. Esto ha investigado Coyle tratando de abarcar el mayor campo de actividades posible, porque llamamos talento a la capacidad para el desempeño de una especialidad, cualquiera que sea. Las conclusiones las adelantó Aristóteles hace 23 siglos: la excelencia es un hábito. Basta con trabajar sobre la técnica, conseguir un sistema de autocorrección permanente y concentrarse en apuntalar los puntos débiles. Siguiendo estas líneas básicas, cualquiera puede convertirse en talentoso. Evidentemente cuesta más hacerlo que decirlo. Para empezar, hay que practicar muchísimo. Y cuando digo muchísimo, quiero decir años. En concreto, una década. Es algo que se sabe desde 1899, cuando se estableció la regla de los 10 años, que demuestra que la habilidad a nivel mundial en cualquier campo requiere al menos una década de práctica intensa. Por ejemplo, Boby Fisher consiguió ser gran maestro de ajedrez a los diecisiete años después de nueve sin pensar en otra cosa. ¿Y qué pasó con Mozart? Pues calculan que a los seis años había estudiado 3.500 horas de música con su obsesivo y tirano padre. Pero por mucho que se obligue a alguien a practicar una actividad, perderemos el tiempo si ese alguien no quiere aprender. Digamos que para ser un genio, además de practicar mucho, hay que disfrutar equivocándose y volviéndolo a intentar, es decir hay que estar verdaderamente loco por la actividad en la que uno se enfrasca. Según Coyle, hay dos tipos de maestros: los que sirven para encender la llama de la pasión, sin entrar en muchas honduras, y aquellos que pueden ayudar a corregir y pulir la técnica cuando la llama ya está encendida. Ambos son imprescindibles, cada uno a su debido tiempo. Unos en primaria y otros en la facultad, aunque claro, la educación reglada española no forma parte de los semilleros de talento de Coyle. Sí ha puesto en cambio atención en las características que reúnen los profesores que han proyectado más alumnos a la excelencia. En la primera etapa, consiguen que se diviertan y que vayan reclamando poco a poco cada vez más información sobre la actividad. En la segunda, los buenos profesores son capaces de presentar el material de distintas maneras, según lo requiera la personalidad del alumno, al que conocen y estimulan para que no pare de aprender, ofreciéndole nuevos retos cada vez que alcanza los anteriores. Vamos, que no se estanque y que repita mucho cada paso porque la repetición es la clave del aprendizaje. Ah, y que no corra. Las mejoras verdaderas y permanentes se consiguen poco a poco, día a día. Son pequeñas y lentas de adquirir. Como estamos ante el año nuevo, en el momento en que todos nos hacemos planes, recuerden: el talento está a nuestro alcance, pero hay que ser perseverantes, metódicos y pacientes. Feliz y talentoso 2010.