El arte de esfumarse

 
Desaparecer sin pasar a mejor vida. Ese es el anhelo de mucha más gente de la que se atreve a confesarlo. Hacer mutis, pero seguir vivo. Y no me refiero a ganar la invisibilidad, que es poco recomendable porque conlleva la ceguera: el ojo humano funciona atrapando la luz, no dejándola pasar del todo. Me refiero a ausentarse aquí y aparecer en otro lado, como creen algunos fantasiosos que pudo hacer Federico García Lorca sólo porque no encuentran sus restos. Ya es echarle ilusión. Además, por lo que cuentan, no sería de las personas a las que les resultase fácil pasar desapercibidas, ni siquiera en las antípodas. Porque desaparecer es un arte en el que el ingrediente fundamental es la discreción. Y parece que a Federico le podía el duende, el ingenio, se le iban los dedos al piano o adonde fuera, necesitaba ser el centro. Cómo esconder ese carácter. No. Para ser invisible hay que tener piel de espía, ser capaz de confundirse con la pared gris de cualquier habitación y llegar reptando hasta los documentos que vas a venderle a Rusia, sin que se sepa si eres cabo o directivo del CNI, si lo que estás haciendo te lo pagan los rusos o lo haces para engañar a los rusos, si lo haces por amor al dinero o por amor a la patria, de acuerdo con las directrices secretas de tus jefes, que no dicen ni pío. Eso le pasa a Roberto Flores, al que ahora juzgan por traición de Estado. Cuesta creer que la justicia haya conseguido reunir en un mismo cuerpo a una mezcla de seres tan dispares y además sentarlo en el banquillo de los acusados. Esperemos que al menos él tenga claro quién es quién cuando visita el retrete, ahora que ha empezado a existir, porque un espía sólo existe cuando lo pillan. Otro, Francisco Paesa se escabulló publicando en El País una esquela de su propia muerte en Tailandia, después de haber vendido misiles a ETA, presionar a una testigo de los GAL y engañar, según dicen, a Belloch y a Roldán. Doce años después, sigue en alguna parte, siendo a la vez el muerto, el fugitivo y quién sabe. Pero ya digo que son espías. Es su oficio. Impresiona más el esfuerzo descomunal de Salinger por desaparecer hasta de las solapas de sus libros después de haber escrito una novela (El guardián entre el centeno, 1951) que ha leído todo el que lee en su país y algunos que leemos fuera, muchos hasta obsesionarse con ella, como el asesino de John Lennon. Y en vez de entregarse a la fama, de darse baños de popularidad, de salir de vez en cuando en las tertulias de la televisión y en algún concurso del tipo Mira quién baila, el viejo testarudo se camufló en un agujero de Estados Unidos hasta casi esfumarse, aunque lo acecharan durante medio siglo todos los paparazzi, todos los forofos, todas las editoriales. Terco como una mula, se negó a las entrevistas y se sacudía a los fotógrafos, no fueran a robarle el alma, como pensaban los masáis. Hemos sabido así que el alma moderna es la intimidad. La única foto que le hemos conocido hasta su recientísima muerte con 91 años, se la sacaron cuando conducía el carrito del supermercado, lo que demuestra que desaparecer no te libra de hacer la compra. Nos revela a un viejo iracundo con los brazos abiertos y el tronco inclinado y borrascoso como el de un personaje de Miguel Ángel. Sólo quería que lo dejaran tranquilo y para eso no basta renunciar a facebook, a internet y al teléfono. Es preciso un esfuerzo de voluntad y de imaginación superior al que requiere escribir una novela. Pienso en ello mientras acompaño a mi hija a sacarse el deneí en la comisaría, y veo lo fácil que resulta existir, que ya ni te pringas las yemas de los dedos con la tinta. En un cuarto de hora, sales con la pastilla. Y encima te aseguran, para engolosinarte más con ella, que funciona como una tarjeta de crédito. Cada vez te ponen más complicado hacer mutis.

Se ha ido la luz




Cada vez que mi madre exclamaba: se ha ido la luz, yo pensaba: a dónde. Estamos hablando de los tiempos en que la luz era lo único que se iba. Ahora todo es eléctrico, todo se enchufa, desde la cocina al ordenador pasando por la lavadora. En los tiempos en que digo, sólo recuerdo que se fuera la luz de la bombilla incandescente, que colgaba de un cable rizado y que una vez encendida producía una luminosidad amarillenta, indecisa, mórbida. Entonces no sabíamos que era mórbida porque era lo que teníamos y no había con qué compararlo. Pero creo que la luz llegaba a la bombilla mareada de tanto trazar bucles por el cable. Quizá esté exagerando un poco. Cómo recordar con precisión los tiempos en los que la única electricidad que entraba en la casa iba derecha a las bombillas tras pasar por un plomo que saltaba y que casi siempre era la causa de que la luz se fuese. Los tiempos en que la electricidad tenía un talante deportivo: se producía un salto en el plomo y la luz se marchaba corriendo. Los tiempos en los que uno, en su ingenuidad, llegaba a preguntarse a dónde iba la luz. No recuerdo que se hablase de apagones, palabra de mucha más envergadura que aprendí luego más tarde de oírla por la radio o incluso de leerla en el periódico. Un apagón viene a ser lo mismo que irse la luz, pero a lo grande. Un apagón no se conforma con una casa solo, necesita por lo menos una calle, un barrio, un pueblo para tomar cuerpo. Además necesita de cierta duración. No le basta con un parpadeo de los que hacen trastabillar los engranajes del frigorífico y descentran el ordenador pero apenas ensombrecen la estancia unos instantes. Entonces nos dejaban literalmente a dos velas. Había que tentar para buscarlas. Nos esperaban ya dispuestas en el murete de la cocina porque la electricidad de entonces era veleidosa. Décadas después leí en algún sitio que el humanista Luis Vives escribía en las primeras horas de la noche al amor de una vela y asocié su clima de trabajo con el que reinaba en mi casa durante aquellas penumbras. Asociaciones absurdas, infantiles, del niño que seguimos siendo toda la vida, puesto que Luis Vives vivió en el Renacimiento y eso queda aún más lejos que mis recuerdos infantiles. ¿Por qué me preguntaba a dónde iba la luz, pero no de dónde venía? Supongo que me pasaba como les sigue pasando a los chavales, que no tenía constancia de que la luz viniese: se pulsaba un botón y ahí estaba esperándonos. Walter Benjamin escribió que la primera de las pérdidas del niño es la de la magia. Probablemente uno alcance la pubertad en el momento en que comprende que la electricidad no es mágica y viene de un pantano, de una central nuclear o de un parque eólico en el mejor de los casos. Yo lo comprendí de golpe ya mayor, asomado a la ventana de mi amigo Juanjo Jiménez. No había mejor cosa que hacer. Aquello era un apagón de los gordos y el ordenador en el que estábamos trabajando había caído en estado de catalepsia profunda. Nos asomamos a la ventana y vimos una camioneta de Iberdrola atrapada en la nieve. Había salido a solucionar el problema y se había encontrado con un problema añadido. Los operarios trajinaban alrededor del vehículo, tratando de desembarazarlo, mientras la estación a la que se dirigían seguía sin tensión. Curioso que utilicen una expresión también gimnástica: la tensión se cae. No hace tanto de aquello. Sigue pasando mucho. En Chinchilla los apagones, las fugas de luz y hasta los parpadeos forman parte de la rutina. Alguien informado me ha dicho que los tendidos son aún “de cuando andaba por aquí Paquito y en Chinchilla éramos la mitad de los que somos ahora”. Creo que entendí de qué Paquito hablaba. El recibo se ha actualizado mucho desde entonces, pero la luz sigue igual de veleidosa, yéndose cada vez que nieva o truena. ¿A dónde? Supongo que a hacerle compañía a Luis Vives en el Renacimiento.

Alcandora



Existe la creencia algo extendida de que un poeta es un tipo que camina dos palmos por encima del suelo, un ser al que se prodiga una mezcla de chanza discreta y admiración secreta, sin saberse muy bien el por qué de ninguna de ambas actitudes. La creencia proviene del periodo romántico, en el que los vates se empeñaron en adornar su quehacer con una aureola de exceso, extravagancia y suicidio. Aún lo estamos pagando. Por fortuna, la realidad del poeta es ser sólo poeta los ratos en que está escribiendo, que tal y como andamos de tiempo, cada vez son menos. El resto del día, de los días, acostumbra a ser un tipo de lo más prosaico, tan infeliz y tan rutinario como cualquier otro. Ni siquiera la inspiración es su territorio exclusivo como muy bien advierte Juan Benet en un libro de 1966, La inspiración y el estilo, que no sé cómo demonios llegaría a mi biblioteca, pero me tiene atrapado. Viene a decir Benet que la inspiración abarca todos los géneros y las artes pero que en poesía se le da más importancia porque, al tratarse de un receptáculo menor, con un soplo afortunado puede uno completar un poema. Por supuesto, es mentira. Si tienes la suerte de que los dioses te regalen un primer verso, el resto tienes que sudártelos para que sean dignos del regalo. También dice Benet que escritor empieza siendo compulsivo, luego entra en un periodo en el que necesita estar satisfecho con lo que hace y desemboca en una tercera etapa en la que escribe para terceros. Es entonces cuando saca los manuscritos del cajón y anda loco buscando quién los lea y quién los publique. Los poetas han llegado a la conclusión de que tienen más garantía de ser leídos por otros poetas, aunque sólo sea porque también ellos andan a la caza de un lector. Y es esta reciprocidad, teñida de hermandad, la que genera tertulias compuestas por individuos a los que uno sólo puede imaginarse juntos porque profesan esta afición singular. Es el caso de Manuel Terrín y de Francisco Bonal que coincidieron, como no podía ser de otro modo, a la salida de una librería en la primavera del año 1986. El hombre que más premios de poesía ha ganado de la historia y el poeta social e inconformista que era Bonal decidieron citarse todos los domingos por la mañana en una cafetería. Enseguida se les fueron sumando otros, no menos diferentes en estilo y personalidad. Pronto fueron más de una docena. Hacía falta alguien que sirviera de amalgama y conector y apareció la figura de Francisco González Bermúdez, periodista, cronista de Barrax y sobre todo persona cabal y organizada, que sin escribir un solo verso (al menos que se sepa) ha hecho más por la poesía de Albacete que muchos escritores prolíficos. Se bautizaron como Alcandora, palabra de origen persa que significa camisa o algo parecido. Se constituyeron en asociación, dando así carta de naturaleza a sus reuniones, ahora sabatinas, en el altillo de la Suiza. Y por fin, veintitrés años después, han sacado un libro conjunto, que ya era hora. Un libro necesario porque estas tertulias ejercen un influjo en su entorno, igual que los antiguos monasterios que todos los municipios aspiraban a acoger para beneficiarse de sus efluvios espirituales. En la actualidad los efluvios son culturales, pero no creo que exista tanta diferencia. Después de un cuarto de siglo, es triste aunque natural que algunos no hayan llegado a celebrarlo. Las bajas más notables son la de los notables Andrés Duro y Antonio Matea. Pero ahí están también, y arropándoles, la finura de Alfonso Ponce, el oficio de Paco Jiménez Carretero, el entusiasmo de Isidoro Ballesteros y Martín Giménez, la inteligencia de Juan Lorenzo Collado, la honradez de Antonio Galdón y el academicísimo de Daniel Sánchez Ortega. También está Miguel Jesús Martín, reciente incorporación, y por supuesto los fundadores. Los apadrina con la elegancia de costumbre Ramón Bello Bañón. En la presentación del libro los vimos disfrutar y los disfrutamos. Venían todos leyéndose encima de pura ilusión, pero ninguno dos palmos por encima del suelo, como debe ser.

Avatar y Teniente corrupto



Hay un tipo de crítica que me parece muy necesaria. La que orienta al consumidor en medio del torrente incesante de posibilidades al que se incorporan sin cesar nuevas ofertas. Por ejemplo, en cine. Lo habitual es que haya varios estrenos cada viernes, que es cuando se reajustan las carteleras. Yo suelo echar un vistazo a la opinión de los críticos, aunque a la hora de sacar las entradas muchas veces termina imponiéndose el horario a la primera preferencia. Fue lo que pasó el otro día. Teniente corrupto empezaba demasiado tarde y mi mujer propuso que viéramos la aclamada Avatar. Al fin y al cabo, argumentó con buen criterio, para opinar tenemos que verla. ¿Por qué no hoy? Varios amigos se nos habían adelantado y me aseguraban que merecía la pena, aunque con comentarios no demasiado estimulantes, como que era una mezcla entre Pocahontas y ET. A pesar de los prejuicios, me encantó. Salí flotando de la atmósfera que ha creado James Cameron con su nuevo sistema de tres dimensiones, si es que eso existe y no es una estratagema publicitaria. Cuando abandonábamos la sala para incorporarnos a la noche gélida y nevada, hubiera calificado Avatar como ecologista, fractal, cuántica e impropia de la industria de un país que por los días del estreno acababa de negarse a firmar el acuerdo de Copenhague para reducir las emisiones contaminantes que están destruyendo la Tierra. Al fin y al cabo, en la misma película salen estadounidenses malos, que quieren a toda costa explotar los yacimientos mineros del planeta extrasolar que han colonizado, y estadounidenses buenos que intentan comprender la cultura de los aborígenes y la profunda conexión que mantienen con la naturaleza, con sus antepasados y entre ellos mismos. Es el contraste entre el desarrollo de la tecnología y el estancamiento del espíritu, un tema actualísimo, el gran hallazgo de James Cameron cuya peli sin embargo va perdiendo cuando transcurren los días y el subconsciente la analiza. Porque supongo que a todos nos pasa lo mismo: yo disfruto del cine cuando lo estoy viendo en la sala, hasta el punto de que me olvido de la realidad más inmediata, y sigo rumiando la película a la mañana siguiente al despertar, cuando me llegan impresiones fugaces, secuencias a veces secundarias, parte de la atmósfera de lo que vi. Si la película es muy intensa, esas breves regresiones persisten todavía, como un telón de fondo, cada vez más desdibujados los rostros y las situaciones, cada vez más disueltos en las infinitas batallas cotidianas. Cierto que el que Avatar sea un filme maniqueo, sin personajes contradictorios, le va quitando valor en el tiempo. Ni hacen sus necesidades ni se cabrean como dios manda. Termina siendo un cuento edulcorado, de buenos sentimientos. Todo lo contrario que Teniente corrupto, película que hemos ido finalmente a ver. No he leído críticas destructivas sobre ella. No entiendo cómo los críticos pueden hablar bien, o por lo menos no hablar mal, de ese bodrio infumable. ¿Qué le encuentran? Es increíble de principio a fin gracias, sobre todo, al omnipresente Nicolas Cage, aunque sus compañeros no le andan a la zaga. Literalmente finge todo el rato tener dañada la espalda, llevar un hombro más alto que otro, finge estar colocado, finge preguntar, finge cabrearse. Sobreactúa. Es siempre un actor fingiendo. Ya que faltan ideas y hay que hacer remakes, propongo un guión sobre actores que protagonizaron filmes buenos, incluso memorables, en su juventud, y que después no encuentran el tono, o nunca lo tuvieron. Le pasa a Cage, pero también le pasa a Al Pacino e incluso a De Niro. Son caricaturas de sí mismos y condenan al fracaso las películas en las que actúan, por lo general acaparando ególatramente todo el metraje. No hay cosa que más me moleste que un actor distrayéndome todo el rato, impidiéndome meterme en la película, olvidarme de la realidad más inmediata, que es a lo que uno, en el fondo va al cine. Sin duda resultan más creíbles los títeres de Cameron que el memo de Cage. Nos salimos antes de que acabara para evitarnos el cabreo de verlo al final sonreír victorioso. Encima.

Las lecturas de El Moderno



Una curiosa manía de lector, que comparto con algunos amigos, consiste en examinar con lupa las fotos de los escritores que aparecen entrevistados en los diarios, cuando la entrevista ha transcurrido en su despacho o en su casa y se deja entrever una parte de su biblioteca. Por supuesto que echo un vistazo a la mesa, la silla, la disposición, la forma de organizarse y al ordenador si aparece, pero sobre todo me entretengo en identificar a duras penas en los lomos de los libros, que casi siempre abarrotan los estantes y suelen aparecer al fondo del retrato, todos los títulos que puedo. Si no me suenan, los anoto para buscarlos. Si ya los conocía, me ayudan a comprender las preferencias del escritor y sobre todo me granjean la satisfacción de colarme en su recinto más sagrado. Es una forma infantil de espiar a los colegas. Aunque a veces son los propios colegas los que te franquean la entrada. Antonio Martínez Sarrión (Albacete, 1939) ha publicado una colección de artículos y ensayos sobre las lecturas que le han dejado huella, sobre alguna película que también e incluso sobre Ramón Gaya, un pintor del que no le hubiera importado colgar cuadros en su casa. Por si teníamos alguna duda, ha titulado el conjunto con un epígrafe inequívoco: Preferencias. Y lo que hace es confirmar cosas que barruntábamos y pormenorizar otras que ya había ido adelantando en escritos anteriores. Lo hace guiándonos siempre con su prosa vigorosa y pausada, que es un sucedáneo de su conversación. Vemos así que el nombre más citado en el volumen es el de uno de los paladines del simbolismo francés, Arthur Rimbaud, sobre el que recoge esclarecedoras reflexiones propias y de alguno de sus compañeros de generación, como Pere Gimferrer. A nadie puede extrañar. Sarrión es uno de los principales vanguardistas españoles vivos, junto con Carlos Edmundo de Ory. Sus amigos de tertulia lo conocían con el apodo de El Moderno y Jaime Gil de Biedma llegó a preguntarse (o a preguntarle, no se sabe bien): “¿Pero cómo se puede ser tan decadente, viniendo de Albacete?” Fiel a esta imagen asumida, Sarrión en Preferencias, escarba, ahonda y desentraña su propio vanguardismo, macerado en Rimbaud, en Baudelaire y en Verlaine, a quienes ha traducido y glosado, enriquecido en las sonatas de Valle Inclán (también muy citado) y los viajes de Alberti, y confirmado en la cercanía de los postistas y luego de sus amigos más íntimos, con Benet a la cabeza. Juan Benet que urdió con sus herramientas de ingeniero el mapa de un mundo más real que el que conocemos, al que llamó Región y en el que se desarrollan todas sus narraciones. Según se desprende de los índices finales, Sarrión fue escribiendo los artículos con distinto propósito, a veces incluso para proyectos fallidos, y sin embargo ensamblan en el libro como si fueran piezas de un puzzle afortunado. Ayuda que sea variado, que no se limite a la literatura, sino que haga excursiones por el cine estadounidense de los años cuarenta, del que añora películas como El tercer hombre, su preferida, y el cine de  José Luis Garci. También que incluya lo que podría ser un capítulo de sus mejores memorias, aquel en que describe las visitas familiares de su infancia al taller de los Belda. Gracias a estos pasajes intuimos que el famoso poema Maravillas del cine tiene un origen inconsciente en el suplicio vivido ante los focos del fotógrafo de la calle Marqués de Molins. Sirve como broche final la entrevista que le hizo Eduardo Sotillos. Es curioso que los editores hayan preferido, entre las muchas posibles, la transcripción de una entrevista radiofónica. Es un hallazgo. Ayuda a desentrañar al personaje al mostrárnoslo íntegro, con todos sus titubeos y rotundidades. La edición es de la toledana Almud, la más trascendente de cuantas trabajan en Castilla-La Mancha, que ha acertado al elegir a Javier Lorenzo como compilador. Nos lo sirve en bandeja para disfrutarlo en el recogimiento al que nos obliga la nieve.


Bendita escasez



A lo largo del año recién finalizado han seguido arreciando los estudios que determinan que, reduciendo la ingesta de calorías, se retrasan el envejecimiento y sus enfermedades o, lo que viene a ser lo mismo, se puede alargar la vida. Los científicos lo han probado ya con la mosca de la fruta, con ratas, con ratones, con macacos y con monos rhesus. En todos los casos sugieren con prudencia que los beneficios podrían extenderse a la especie humana. Pienso en ello mientras repaso con la mirada la opípara e interminable cena de fin de año con su epílogo de turrones y su traca final de uvas y brindis espiritosos. Y me pregunto si no será un lento suicidio esto de la Navidad, si no habrá un modo de apartarse del torrencial consumismo que nos arrastra inevitablemente, con poco que uno se relacione y tenga una familia que ansíe convertir en especiales estos días. En un canal cualquiera de los que desfilan por el zapping, he visto un reportaje en donde comparaban los fastos culinarios de estas fechas entrevistando a tres generaciones de mujeres de la misma familia. La abuela comentaba que en su época se lo pasaban en grande con lo que hubiera a mano. Una paella constituía un festín. Supongo que para los postres habría cascaruja. A la hija la sola mención de este menú ya le resultaba deprimente. A la nieta, no digamos. Podemos extender el mismo desbordamiento a otras parcelas. El yanqui Papá Noel ha terminado colonizándonos la Nochebuena y sembrando de regalos el pie del abeto, que no se qué pinta en estos páramos. Mientras, a muchos hogares también vienen los Reyes Magos porque se resisten a ser desterrados y siguen acudiendo a su cita del 5 de enero con una fidelidad sostenida a duras penas por la tradición de los belenes. Y quien dice regalos, dice relaciones. El año recién finalizado ha vivido la explosión de las redes sociales en internet. Uno entra en cualquiera de ellas y tiene la sensación de que podría pasarse horas y más horas inmerso en un banquete de comunicación con interlocutores desperdigados por el mapa, sin saber cómo parar. Aunque no hace falta ir tan lejos, basta poner al día el correo electrónico, contestar a los corresponsales habituales, para fragmentarse en conversaciones variopintas y atardecer abriendo archivos que pretenden ser ingeniosos y que nos llegan con todo el cariño. Además, en palabras de José Antonio Marina, somos informávoros, o sea devoradores de información, y queremos enterarnos de todo, lo que hace mucho tiempo que ya es imposible. ¿El sabio quién es? Dan Coyle, que ha pasado los últimos años analizando los semilleros de talento, ha llegado a la conclusión de que las escuelas donde se forman y se entrenan los mejores se caracterizan, en general, por la pobreza de medios. Por la escasez. Donde hay menos estímulos, es más fácil elegir. El sabio es el que ha encontrado la manera de sacarle fruto al silencio, de seleccionar en medio de este torbellino diario los estímulos justos, los imprescindibles para vivir creciendo hacia la felicidad. Para alguien que vive en la estrechez, un atracón supone un desquite. Para quien vive siempre en el atracón, lo de estas fechas es rutina. Como rutina es el atasco por la inflación de tráfico y el atasco por inflación de comida. Si hay un modo de revertir esta tendencia, sin duda pasa por la educación. Ya no se trata tanto de epicureísmo como de moderación. Es improbable que los que tienen que tomar las decisiones caigan en ello, porque los que pueden hacerlo viven en sus nubes de Murphy, pero las materias principales que habría que enseñar en los colegios y en los institutos son cómo detenerse, cómo discernir lo importante en medio del caos y cómo controlarse para tomar sólo lo necesario. Por ejemplo, comer con tiento en Navidades. La inteligencia emocional también procede de Estados Unidos pero prolifera mucho más despacio que Papá Noel porque no entra por la chimenea ni la tele. Lo de menos es que su implantación nos permita vivir más, lo bueno es que puede hacernos más dueños de nosotros mismos.

Las claves del talento





Dan Coyle es uno de esos tipos tenaces y emprendedores que lo mismo entrenan equipos de niños con dificultades que se mudan con toda la familia a Girona para seguir durante un año al ciclista Lance Armstrong. Luego lo cuenta porque para eso es periodista. Su penúltimo reto ha sido demostrar que el talento no es una virtud con la que se nace, sino que está al alcance de cualquiera. Cualquiera que se lo proponga, claro. Y que siga unas reglas elementales. En Las claves del talento, Coyle intenta resumir esas reglas. Para ello ha viajado a lo que él llama semilleros de talento, es decir aquellos lugares de donde han surgido varios triunfadores en cualquier especialidad. Se ha dedicado a observarlos, a entrevistar a sus profesores y, en definitiva, a ver qué tienen en común. Por ejemplo, con lo grande que es Rusia, por qué la mayoría de las tenistas que han llegado a estar entre las 20 primeras proceden de un mismo club, que encima es pobre y tan solo dispone de una pista cubierta. Y cómo logra una escuela de música que utiliza como local una antigua tienda producir a varias estrellas de la música pop. O por qué de una familia británica pobre, que vivió en un pueblo remoto y sin acceso a la escuela, surgieron tres escritoras de la talla de las hermanas Brontë. Esto ha investigado Coyle tratando de abarcar el mayor campo de actividades posible, porque llamamos talento a la capacidad para el desempeño de una especialidad, cualquiera que sea. Las conclusiones las adelantó Aristóteles hace 23 siglos: la excelencia es un hábito. Basta con trabajar sobre la técnica, conseguir un sistema de autocorrección permanente y concentrarse en apuntalar los puntos débiles. Siguiendo estas líneas básicas, cualquiera puede convertirse en talentoso. Evidentemente cuesta más hacerlo que decirlo. Para empezar, hay que practicar muchísimo. Y cuando digo muchísimo, quiero decir años. En concreto, una década. Es algo que se sabe desde 1899, cuando se estableció la regla de los 10 años, que demuestra que la habilidad a nivel mundial en cualquier campo requiere al menos una década de práctica intensa. Por ejemplo, Boby Fisher consiguió ser gran maestro de ajedrez a los diecisiete años después de nueve sin pensar en otra cosa. ¿Y qué pasó con Mozart? Pues calculan que a los seis años había estudiado 3.500 horas de música con su obsesivo y tirano padre. Pero por mucho que se obligue a alguien a practicar una actividad, perderemos el tiempo si ese alguien no quiere aprender. Digamos que para ser un genio, además de practicar mucho, hay que disfrutar equivocándose y volviéndolo a intentar, es decir hay que estar verdaderamente loco por la actividad en la que uno se enfrasca. Según Coyle, hay dos tipos de maestros: los que sirven para encender la llama de la pasión, sin entrar en muchas honduras, y aquellos que pueden ayudar a corregir y pulir la técnica cuando la llama ya está encendida. Ambos son imprescindibles, cada uno a su debido tiempo. Unos en primaria y otros en la facultad, aunque claro, la educación reglada española no forma parte de los semilleros de talento de Coyle. Sí ha puesto en cambio atención en las características que reúnen los profesores que han proyectado más alumnos a la excelencia. En la primera etapa, consiguen que se diviertan y que vayan reclamando poco a poco cada vez más información sobre la actividad. En la segunda, los buenos profesores son capaces de presentar el material de distintas maneras, según lo requiera la personalidad del alumno, al que conocen y estimulan para que no pare de aprender, ofreciéndole nuevos retos cada vez que alcanza los anteriores. Vamos, que no se estanque y que repita mucho cada paso porque la repetición es la clave del aprendizaje. Ah, y que no corra. Las mejoras verdaderas y permanentes se consiguen poco a poco, día a día. Son pequeñas y lentas de adquirir. Como estamos ante el año nuevo, en el momento en que todos nos hacemos planes, recuerden: el talento está a nuestro alcance, pero hay que ser perseverantes, metódicos y pacientes. Feliz y talentoso 2010.

Pues venga otra vez


Coincidimos en los informativos locales de Radio Popular, hace un cuarto de siglo. Andábamos siempre cortos de tiempo para encajar las noticias. No por repetido deja de ser cierto el tópico de que, en radio, el tiempo es oro. Entonces vivíamos de las sobras que nos dejaban los informativos nacionales, una miseria que había que repartir entre la información de Albacete, los deportes y una coda final que pertenecía por tradición a José Antonio Tendero y su crítica de cine. He de confesar que yo llevaba muy mal este espacio. Le cedía paso de mala gana y se lo acortaba, no por fastidiar, sino porque no encontraba modo de comprimir más los datos y me resultaba inconcebible recortar la actualidad candente para concederles minutos a unos comentarios intemporales que en ese momento de vértigo me resultaban hasta vetustos. Porque la velocidad característica de los informativos desembocaba con el comentario de José Antonio Tendero en un remanso más propio de la tertulia y del café que de la rabiosa última hora. Lo llevaba yo muy mal, ya digo, hasta que alguien me hizo un buen día un reproche afortunado: pero si el ratito de Tendero es lo mejor del informativo; es imposible que exista otro igual ni en España ni en el mundo. A la cura de humildad que me dejó con el gesto congelado, sucedió un éxtasis de lucidez. Joder, es cierto. Nuestra relación, que se había caracterizado hasta ese momento por una pugna cortés en torno al tiempo que yo le escatimaba, cobró una cordialidad enriquecedora. Tendero era un hombre minucioso con el lenguaje. Antes y después del informativo, al que acudía puntual, recién apurado el vermú obligatorio y con el Abc doblado bajo el brazo, sus amistosos comentarios equivalían a lecciones doctorales. Lecciones de un maestro veterano, pero en un jovial y permanente reciclaje. Valga una anécdota: un día me preguntó que cómo estaba y le respondí que atofagado. Me hizo repetir la palabra. Él era un admirador confeso de Ramón Gómez de la Serna y a menudo intercambiábamos hallazgos verbales que José Antonio pasaba siempre por el tamiz del autor de las Greguerías. No dijo nada entonces, pero al día siguiente venía con los deberes hechos: Arturo, esa palabra que me dijiste ayer, no existe. No está en ningún diccionario, ¿de dónde la has sacado? No supe contestar. Debió de ser un invento. Buscamos juntos probables orígenes del término, sin llegar a ninguna conclusión. Pero así era. Agotó hasta el extremo la posibilidad de que se tratase de una errata, de que fuera alguna letra la que estuviera mal, no la palabra entera. Meses más tarde, en el último informativo que compartimos, le dije que me habían despedido y que no le iba a robar más tiempo en el micrófono. Se le cambió la expresión. ¿Por qué?, inquirió. No lo sé, dije. Es cosa de la dirección. Se levantó como un resorte y acudió al despacho del director a interesarse por mi suerte. Por un momento llegué a concebir la esperanza de que lograra convencerlo. Volvió, sin embargo, contrariado y con la impotencia de la jubilación reflejada en el rostro. Nunca he dejado de agradecerle aquel arranque. Luego nos hemos cruzado, siempre por azar, por la calle del Rosario o la de Carnicerías. Sólo verlo ya suponía un paréntesis en el tráfago, un tiempo para saborear. Antes de empezar a hablar, era un recuerdo vivo, con su sombrero, su cortesía y sus zapatos impolutos. Una manera propia, irrepetible, de referirse al poblacho que fue Albacete, al cine que creció con sus comentarios, a la vida. Hace mucho tiempo que me había anunciado su renuncia a hacer crítica, desde que desterraron las salas al extrarradio y había que ir de excursión para ver una película. Va para tres años que hablamos por última vez, pero tomé notas del encuentro. Había cumplido los noventa, y había dado un bajón, se le notaba. No obstante, su gusto por la tertulia permanecía intacto. Hablamos de la muerte. De hecho, terminó con la anécdota de un moribundo que, con su último aliento, preguntaba: ¿Y la vida era esto? Pues venga otra vez.

Ah, Lisboa





Hemos dejado atrás la casa, el pueblo y la rutina para buscarnos a nosotros mismos en otra ciudad. Los días que precedieron al viaje, con sólo cerrar los ojos y pronunciar Lisboa, parecía que estábamos ya aspirando el aire de nuestro destino. Pedíamos consejo a amigos que la conocían más y todos nos contestaban: ah, Lisboa. Pero concrétame un poco más qué sitios podemos visitar. Callejea, camínala. Lisboa es una ciudad para recorrerla a pie, nos aseguraban. Y añadían unas citas: tómate una copa aquí, un café allá a media tarde, escúchate un fado allá por la noche. Componíamos la expedición quince personas, y menos mal que José Ángel y Cosme habían estudiado más y llevaban anotados los lugares y subrayados los platos que había que pedirse. La excusa era correr la maratón de Lisboa. Nos une el Club de Atletismo Chinchilla, y esta carrera nos ofrece la posibilidad de elegir entre la maratón canónica, la media o la carrera de consolación de seis kilómetros, según las ganas y las fuerzas de cada cual. Pero sobre todo nos ofrece el complemento de visitar una ciudad apetecible. Cuando uno sale, carga la cámara y parece obligatorio filmarlo todo, visitarlo todo, que no quede nada por ver. Pues bien, Ramón resumía la última tarde nuestra visita con estas palabras: No hemos montado en ningún sitio, nos hemos puesto hasta las orejas de comer y nos hemos reído hasta hartarnos. Esa es la Lisboa que hemos vivido. Porque la hemos vivido: con sus colas de esperar el tranvía y sus colas de esperar una mesa en el Trindade y sus anocheceres de lluvia furibunda y sus cuestas empedradas hacia callejones de ventanas tiznadas todavía por el incendio de Chiado y la inquietante sensación de que los lisboetas entienden todo lo que decimos y sin embargo nosotros no entendemos ni una palabra de lo que ellos nos mascullan sonrientes con una mezcla de erres guturales y eses silbantes. Hemos estado atrapados en un autobús del aeropuerto, contemplando hacinados cómo nuestras maletas se alojaban cómodamente en el vientre del avión, mientras nosotros aguardábamos una hora a que nos dejaran bajar; una hora envidiando a nuestras maletas por obra y gracia de Easy-Jet, una de esas compañías de vuelos baratos que ofrecen además experiencias intensas. A mí me recordaba en algunos momentos la famosa cabina telefónica de la que no lograba escapar, ya nunca lo logró, el añorado José Luis López Vázquez. Pero nosotros sí salimos y comulgamos con ginjinha en la copa que se había ganado Manoli en la Media Maratón, mientras un guitarrista espontáneo nos ofrecía un concierto en la plaza del Rossio. También caminamos junto al Tajo, en una mañana primaveral de diciembre, entre el monumento a los descubridores y la impenetrable torre de Belem. Y claro, nos hinchamos a comer pasteles de Belem, que cambian de nombre cuando los compras en el centro de la ciudad para llamarse Bolos de Nata, por aquello del copyright. Y nos hinchamos de beber cerveza Sagre y de comer bacalao a bras, incluso aquellos a los que no les gusta el bacalao. Y una noche de extravío en los callejones que rodean el castillo, que no conseguimos ver abierto, nos topamos con una foto vieja expuesta en un muro deleznable. Bajo la foto, el nombre del personaje retratado. Y un poco más allá, otra foto. Y otra. Y supimos entonces que estábamos ante una exposición callejera. Y hasta conocimos a la artista, una estadounidense que tiene un estudio en medio de aquellas estrecheces. La felicitamos con emoción, como si hubiéramos venido a solo a eso, a saludarla, y seguimos caminando por calles en las que cada chiringuito al que entras a orinar o a tomar café, o a las dos cosas, ofrece una sorpresa. La última cena la tomamos en la Casa do Alentejo, en un salón siniestro, donde los espejos reflejan el pasado. Al final no montamos en nada, como decía Ramón. Y sin embargo, la ciudad nos ha cambiado. Hemos vuelto ya, o eso parece, y caminamos todavía sobre las calles empedradas, unos centímetros por encima de la rutina que vuelve a capturarnos lenta, inexorablemente.

La ventana de Antonio Colinas


Nos pasamos el día hablando y escuchando palabras y no vemos las palabras, sino los mundos que representan. Lo mismo leemos en la portada del periódico que hay miles de casas vacías, que le escuchamos decir a la mujer del tiempo que mañana lloverá por fin después de un verano interminable. Pero lo que vemos entonces no son las palabras, sino las habitaciones de una casa sin muebles, cada cual la que más conoce, y lo que sentimos es el repiqueteo del agua en el tejado y el olor a mojado de la calle, porque esas son las asociaciones que nos trae la sola mención de la palabra lluvia. No vemos las palabras, sino los mundos que levantan. Y de esa cualidad se alimenta la poesía para acercarnos a realidades que no se encuentran fuera, sino dentro de nosotros, realidades muchas veces cubiertas con dos dedos de polvo y nubes de telarañas. Cuando las palabras tienen el ritmo adecuado, son capaces de abrir una ventana en esos desvanes interiores. En el caso de Antonio Colinas, nos abren vistas a los campos de sus orígenes, en El Bierzo y en León. Paisajes que caen como una lluvia oxigenada en nuestro ánimo y lo lavan de tanta ciudad y tanta civilización. Eso ocurrió el otro día en el viejo salón de ceremonias del Museo Municipal. Había momentos en que el propio poeta cerraba los ojos, un viento invisible le descolocaba las páginas y sin embargo él no perdía el hilo del poema, lo seguía leyendo o contemplando en la memoria. Estaba como en trance. La melena quevedesca, el bigote gris, las gafas de leer y los paisajes sucediéndose sobre el alféizar de una ventana imaginaria que acabamos atravesando todos para terminar pisando el paisaje, la nieve a veces, la fronda de los valles. El sonsonete de su voz me recordaba mucho al de Neruda. En algún momento Colinas había dicho que fue uno de sus primeros ídolos, junto a Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, y algo debe de quedarnos siempre de los primeros maestros, aunque ya no seamos conscientes de ello, porque los hemos asimilado de tal manera que son ya una parte constituyente de nosotros como las manchas en la piel de la cara. Por eso el oleaje con el que empuja las palabras de sus versos Antonio Colinas tiene algo de aquel oleaje parsimonioso del maestro chileno. Un deje entre nostálgico y marítimo. Ambos son poetas de pausa que escriben sin pausa. Neruda lo hacía hasta en las servilletas de los bares. Colinas ha acumulado a lo largo de cuarenta años de oficio una colección a la que ha llamado El río de sombra, que ya se le desborda con nuevos poemas venidos del tiempo y abismo y hasta de los desiertos de la luz, que esos son los títulos con los que afloran las nuevas colecciones. Su escritura es torrencial y abarca todos los géneros. No se conforma con sus propios poemas, sino que traduce yo diría que sin descanso, sobre todo a poetas italianos. Su biografía de Leopardi es apasionada y le sigue granjeando invitaciones para hablar del poeta de Recanati. Sin embargo, no lo considera de los más influyentes en su obra. Tampoco mencionó a Juan de la Cruz, cuyos pasos había seguido con fruición hasta los rincones más insignificantes de las crónicas. Llegó a pedir las llaves de las dependencias de monasterios por los que anduvo el carmelita, ante los que se sentó a oír el rumor del agua y el canto de los pájaros y a mirar las estrellas. Aquel hombre pequeño sabía convertir los sonidos y las vistas en palabras, de tal manera que seguimos viéndolos y escuchándolos, no como él los vio con los ojos, sino tal y como le estremecieron. Colinas fue descalzo tras él y bajó a beber en los mismos cuencos de barro para destilar sus Tratados de armonía que están a la altura de sus mejores poemas. Ahora como un místico que recita un mantra, cierra los ojos para leer y deja que su voz camine por paisajes que estaban dentro de nosotros sin que lo supiéramos.

José Luis Parra




Se levanta a leer a las seis de la mañana. Dice que es la hora en la que mejor se defienden sus maltrechos ojos, cuando el silencio es un cómplice fiel y la luz tiene una pureza intacta. Dice también que la lectura va acompañada de pequeños placeres añadidos, como sentir que la claridad se extiende en la cocina, que es su estancia de la casa favorita para estos menesteres, o como notar con el rabillo del ojo que se van encendiendo las bombillas en las alcobas de los edificios colindantes. Para muchos empieza una jornada de trabajo y madrugar es la primera de las condenas asociadas a la vida laboral. Estas reflexiones cruzan un instante por la mente de José Luis Parra mientras sus ojos se deslizan por el papel. Acaba de jubilarse y la sociedad ya no le impone este tipo de esclavitudes. En realidad hace quince años que mantiene esta rutina matinal. Para él, como es evidente, leer no es cualquier cosa. Es un ejercicio vital equivalente a respirar. Cuando el día acaba de instalarse, se toma un café y, si está inspirado, compone. Antes salía a la calle e iba construyendo mentalmente el poema mientras recorría un circuito cotidiano de Quart de Poblet, un circuito que incluía paradas en ciertos bares y cervecerías donde era un parroquiano habitual. Al verlo sentado ante la barra, con la cerveza en la mano y aparentemente ocioso, a veces se le acercaba algún mochuelo aburrido con ganas de pegar la hebra y lo distraía de los versos. Llevar el poema en la cabeza, mantenerlo vivo mientras uno va añadiendo o quitando adjetivos e imágenes, es una tarea que a la mayoría de los poetas se nos antoja inabarcable. Casi todos necesitamos emborronar un montón de cuartillas o utilizar un procesador de textos, bendito invento que permite quitar y poner, reencontrando cada vez la página limpia. Así, de cabeza, y paseando por las calles de su pueblo, Parra ha compuesto poemas prodigiosos, como Meditación de un aniversario, que tiene ochenta y dos versos y es un clásico para los privilegiados que sabemos que este tipo bajito, nacido en Madrid pero recriado en Valencia, es un portento. Es tan bueno que los Manolos de Pre-textos y el sevillano Abelardo Linares de Renacimiento le publican los libros conforme los escribe. Editores de los de antes. Editores con buen gusto que publican su calidad aun sabiendo que no va a hacerles ricos. Por eso Parra no ha tenido que ganar premios ni sufre por publicar como buena parte de los poetas. El otro día vino a Albacete a leer en público una selección de su último libro, De la frontera. Sus libros siempre tienen títulos que apuntan a lo sombrío. La frontera a la que alude este último es la vejez. Y de hecho, los primeros momentos del acto, en el antiguo Ayuntamiento, tuvieron hasta su punto de cómico, porque Parra no veía las letras. El primer poema lo fue reconstruyendo desde la memoria más que leyéndolo, según reconoció. Enseguida, solícitos, los empleados del Museo Municipal y algún colega le acercaron un atril provisto de iluminación propia. Entonces retomó con alivio la lectura. Aún tuvo que afrontar otro momento chocante. Tan serviciales estaban los empleados municipales que lo encañonaron con otro foco más grande justo en el momento en que él pronunciaba la palabra resplandor. Pareció que formara parte de un happening. Despertó risas en los asistentes. Sin embargo, sus poemas son intensos, pero profundamente sombríos. Hablan de sentimientos que habitualmente procuramos esconder bajo la alfombra, como la culpa, la esterilidad o la aceptación de la propia decrepitud. Conforme leía, se iba adensando el silencio en el salón de actos. Teníamos la sensación de ir sumiéndonos en una fosa cada vez más oscura. No obstante, esos sentimientos forman parte de la vida y Parra es capaz de conjurarlos con una precisión al alcance de muy pocos. El aplauso final fue como una liberación colectiva. Duró una eternidad. Al fin y al cabo siempre llega a sus poemas, para salvarlos de la sombra, la luz consoladora del amanecer, directamente desde sus lecturas matinales en la cocina.

Ana Isabel Conejo


Los laberintos de la vida se parecen mucho al destino. El padre de Ana Isabel Conejo quería que estudiara Biología y a ella le gustaba más la Filosofía. Pero llegaron a un acuerdo: satisfacer la voluntad paterna y después la propia. El padre murió en mitad del camino y Ana Isabel se resignó a ser profesora de ciencias en los institutos, empezando por el Sabuco de Albacete. Mientras, escribía. Escribía siempre. Sus poemas hablaban de ella misma. Cuando quedó finalista del Adonais con Vidrios, vasos, luz, tardes, tomó una decisión que ha terminado de traerla a donde está: no escribiría más de su propia realidad, sino a través de las cosas. Y de una revista de descubrimientos arqueológicos nacieron los primeros poemas de su nueva vida, los poemas que luego compondrían el libro Atlas, con el que ganó el premio Hiperión y el Ojo Crítico. A través de las ruinas más antiguas, las de Mesopotamia, en las que los muertos están muy muertos, pero todavía es posible encontrar indicios vivos de su paso por la tierra, nos es posible distinguir los ojos negros de Ana Isabel contemplando ese paisaje y su espíritu rescatando emociones de las más diminutas señales, de los más insignificantes restos. El otro día, en el salón de actos del ayuntamiento viejo, nos guió además con su propia voz por este poema y por otros, como aquel en el que se transporta al paisaje de los antiguos griegos, que no tenían un nombre para el color azul, aunque evidentemente contemplaban el cielo con “un color indecible que nosotros no vemos”. Y nos guió por el color rosa, que huye de la hambrienta vitalidad del rojo, “consciente de que gana / poder al diluirse / en el lienzo de sombras del contexto”. Y su voz, entrenada de leerle cuentos a su hijo Alejandro y de escribir historias para adolescentes y niños, gracias a las cuales ha dejado de momento la enseñanza, nos guió también por sus desconcertadas sensaciones de madre en el poema Hijo: “Eres tú quien me enseña a hablar como si nunca / hubiese hablado”. Y es la primera, Ana Isabel, que viene además a leernos directamente desde un libro digital, que colocó sobre la mesa y sobre el que pasaba las páginas invisibles pulsando una tecla con un rizo de dedos de su mano izquierda. Y así, después de haber paseado por el viejo Atlas de los muertos muy muertos y por los colores perdidos y ganados, después de recrear en el vapor de la tarde los rostros de Lauren Bacall y Humphrey Bogart y de mostrarnos el contenido de sus maletas, Ana Isabel calló y sonrió tímida esperando preguntas, que apenas si llegaron desde el público embriagado con estos poemas que son a la vez cuentos y poemas y son válidos en ambos géneros. Tras ellos, como un tapiz, se percibe un intenso ejercicio de documentación, la de una profesora de ciencias a la que el destino, al final, ha traído de lleno a la escritura.

Un poema para morir




La Caja de Castilla-La Mancha ha desarrollado un ciclo de conferencias sobre la literatura española del siglo XX. En el programa venía anunciado que el último ponente sería José María Pozuelo Yvancos. En efecto, este crítico, por cierto de familia chinchillana, nos puso en orden las novelas de la transición que habíamos leído desordenadas. Luego, fuera de programa, la organización nos tenía preparada una sorpresa: una lectura del poeta Francisco Brines. Claro que la sorpresa venía después de la hora y pico que duró la conferencia de su antecesor, con lo que el auditorio se quedó en la mitad para escuchar al maestro de la generación del medio siglo. A Brines le dio lo mismo. Los poetas terminan acostumbrándose a todo, incluso a salir de telonero de un crítico de novela y mantener en vilo a un público cuyas neuronas están medio derretidas de cansancio. El venerable poeta dice siempre que se siente viejo, pero no decrépito. Sacó su chuleta, con los poemas que tenía previsto leer, y fue haciendo una introducción a cada uno de ellos. Le gusta a Brines leer poemas que han servido para otras cosas en la vida, además de para emocionar al lector, que ya es mucho. Recuerdo que hace tiempo me contó que una mujer le había pedido que le firmara el poema que leyeron en su boda. Qué emocionante, verdad, que se casen con un poema tuyo. Qué honor. Y el otro día, introdujo otra anécdota hermosísima. Una mujer le había pedido que le firmase, no el libro, sino un poema concreto. ¿Por qué este?, se interesó Brines. Porque mi hermano, que padecía un cáncer terminal, lo leía todos los días en voz alta e hizo que nos lo aprendiéramos sus familiares y amigos. Cualquiera podría pensar que se trataba de una obsesión a la que se aferraba un hombre asediado por su destino. Y seguramente lo era. Pero también un poema magnífico, uno de esos poemas que valen por toda la obra de un poeta, si en la de Brines no hubiera también otros extraordinarios. Se llama Oscureciendo el bosque, y empieza así: “Toda esta hermosa tarde, de poca luz, / caída sobre los grises bosques de Inglaterra, / es tiempo. Tiempo que está muriendo / dentro de mis tranquilos ojos…” Si un poema sirve para dar consuelo a un moribundo y a quienes le quieren es que, secretamente, la poesía sigue ejerciendo una función pública, la que se reserva para las ceremonias más valiosas, las que uno no quiere afrontar solo. No importa que su lectura sirva de telón de fondo a otros géneros más mediáticos, no importa que la escuchemos con las neuronas derretidas de cansancio. Oír esos mismos versos en la voz de quien los escribió fue asistir de nuevo al milagro. Al que termina así: “Mirad con cuánto gozo os digo / que es hermoso vivir”. Y en esas palabras, como dijo Brines, el poema había encontrado a su lector más verdadero.

Corredor Matheos

FOTO AGUSTÍN FERNÁNDEZ

Podemos ser libres porque nadie nos compra. Corredor Matheos se refiere, claro, a los poetas. A sus 80 años se mantiene en una forma envidiable. Ha pasado por Albacete como un huracán discreto, pero un huracán. En una tarde ha dirigido un taller de escritura en Chinchilla, ha leído una selección de su poesía y aún ha tenido tiempo de deslumbrar con unas reflexiones sobre arte, antes de seguir la conversación en la cena. Ha dicho que Picasso era un pintor extraordinario, el más representativo del siglo XX, pero en absoluto profundo. Que sus obras no tienen hondura, no estremecen. Con melenilla de artista, el cabello fino, deshilachado, la voz cascada y un ligerísimo acento catalán, este hombre menudo y fuerte es al mismo tiempo hijo predilecto de Castilla-La Mancha, de su Alcázar natal y Medalla de Oro de Barcelona. La punta del iceberg de un currículum apabullante. Dice que viajar le relaja y que va a todas partes con un bolígrafo y un papel, por si las moscas, o los perros, que son una constante en su vida y en su obra. Contemplas ese perro/ vagabundo/ y te sientes perdido/ como él. Dice que el arte no puede ser realista porque la realidad ya está ahí, no la toques. Que la poesía es descubrir ese secreto que esconde la realidad más visible. No es que la realidad no importe; importa como puerta que conduce a lo más profundo. También da la clave para que venga la poesía. Hay que perder el sentido de la responsabilidad. Decía Antonio Machado que el poeta es el que menos obligación tiene de escribir versos. Si buscas la poesía, no aparece. Tienes que estar atento, hacer un vacío, un paréntesis en tu vida cotidiana. El gran problema es que tenemos poco tiempo para la quietud y la soledad que requiere la escritura, pero también la lectura. Cómo es posible, con la actividad que desarrolla, que Corredor haya encontrado tantos de esos momentos. Desde Cartas a Li Po hasta el reciente Un pez que va por el jardín, ha cuajado una obra poética que algunos críticos consideran zen y que alcanzó en 2005 el Premio Nacional con El don de la ignorancia. Compara la poesía con una cebolla. La forma son las capas. Dice que si vas quitándole capas, al final no queda nada. Pues esa nada, ese silencio significativo, es la poesía. Un espectador le pide que destaque una metáfora propia. Corredor le contesta que las metáforas no son importantes, que no recuerda ninguna. ¿Pero ese pez que va por el jardín? No es una metáfora, soy yo. También el perro que me mira y me conoce. Antes de irse, hace otra demostración. He descuidado mi mochila en el suelo y tropieza con ella. Por un momento, temo que se caiga. Pero con qué agilidad se reequilibra, propia de quien va ligero, lleno de silencios significativos. Nadie nos compra, por eso somos libres. Se refiere, claro, a los poetas.

El personaje de Eloy M. Cebrián




Eloy M. Cebrián acaba de publicar dos libros a la vez, uno de cuentos (Comunión) y otro de artículos (La ley de Murphy). Gracias a que somos amigos, había tenido el privilegio de leer el borrador de la mayoría de los cuentos. También había leído casi todos los artículos conforme iban apareciendo en La Tribuna. Sin embargo, ahora, al volver sobre ellos, me han sorprendido cosas que entonces me pasaron desapercibidas. Seguramente porque no hay dos lecturas iguales, aunque mucha gente crea que sí. No puedes abstraerte tanto que lo que te rodea no se mezcle con lo que lees. En mi caso, creo que influye el ver reunidos los textos que había leído diseminados y el poder comparar al personaje que escribe los artículos con los personajes que se arrastran en las historias de Comunión. Me quedo con el que sale en los artículos. Los cuentos son muy buenos; algunos han merecido el premio o el elogio de los mejores jurados de certámenes narrativos de España; ahí está el borgiano habitante de La Torre o la acoquinada protagonista de Igual que entonces. Pero el autor se las hace pasar canutas. En cambio, al personaje de los artículos le pasan muchas cosas y siempre sale airoso, lírico, senequista, modesto. Eloy ha repetido (es un quejicoso impenitente) que no es un columnista al uso porque no suele apoyar sus artículos en la percha de una noticia. Sabe que lo que más echa en falta el lector de periódicos es identificarse con un tipo normal, que no ande en traje ni vaya con la sonrisa de las inauguraciones. Un tipo al que le pasen cosas normales o que parezcan normales. Un tipo sentimental cuando hay que serlo, leal con sus amigos y con sus aficiones, amante de los protocolos, gamberro y algo gruñón. El protagonista de La ley de Murphy es como un imán para lo extraño, como que le pongan la foto de otro en el carné de identidad o le endilguen la identidad del dueño de un bar y Hacienda le reclame el IVA. Ese es el personaje de estos artículos deliciosos. Se llega uno a preguntar como en el chiste: ¿Cómo me iban a pasar cosas a mí, si todas le pasan a este? ¿Cuál es la explicación de este fenómeno? Bueno, hay que decir que Eloy es un conversador infatigable, capaz de localizar en internet a un autor estadounidense al que había leído en una clase de la Universidad y trabar una amistad estrecha. Además en alguno de los artículos confiesa el pillo que en este país hemos encontrado la manera de no contar las cosas como sucedieron, sino como gustaría que hubieran sido. Pero sobre todo porque es capaz de iluminar con su escritura la anécdota más insustancial, la que contada por cualquier otro resultaría anodina.

Música celestial


Hemos mirado mucho al cielo tratando de ver más de lo que ven los ojos, que cada vez ven menos, entre la miopía y la contaminación lumínica (una auténtica pandemia). No importa: en ese temblor sideral, en esa profundidad inmensa de lo oscuro, intuimos que están sucediendo cosas que marcan nuestro propio temblor, tan modesto y a la vez tan altanero. Hace 400 años Galileo ahondó más allá de lo que ven los ojos y lo que descubrió resultaba tan deslumbrante y nos empequeñecía tanto que casi se lo cargan por describirlo. Ahora, un grupo de científicos capitaneado por el suizo Mayor ha descubierto de golpe 32 planetas extrasolares que ni alcanza la vista ni se dejan ver por los telescopios. Hace falta una máquina mágica, el Buscador de Planetas por Velocidad Radial de Alta Precisión, que se acopla al telescopio. Gracias a este ingenio se conocen ya 350 exoplanetas, como llaman los astrónomos a los planetas integrados en sistemas estelares parecidos al nuestro. Se sabe que están ahí por el ligero temblor que produce su fuerza gravitacional en la trayectoria de los astros en torno a los que giran. Son invisibles para nosotros, pero capaces de alterar la trayectoria de la luz que los alumbra, la luz que sí alcanzamos a ver. Por eso sabemos que ahí están, tan lejos que forman parte de una nube de cálculos infinitesimales, apenas más que un sueño. Escipión El Africano, ahora de moda en una trilogía novelesca, tuvo un sueño en el que podía oír la música que las esferas producen en su discurrir por el cosmos. Una música inaudible para los humanos, que sin embargo las sucesivas generaciones han asociado a la armonía de la naturaleza y que inspiró a Einstein la Ley de la Relatividad. Pues bien, hace un lustro, la NASA probó que esa música existe y que suena trescientas veces más baja de lo que es capaz de captar nuestro oído. Sin embargo, la absorbe nuestro espíritu. Es el silencio de una noche de luna o de una noche estrellada, mejor si es junto al mar o junto a un río, cuando toda la luz astral fluye a través de los iones y recarga nuestras carnales baterías. La física cuántica, que empezó a desvelarse hace un siglo y que ahora avanza a pasos agigantados, nos muestra que ese cielo estrellado que nos parece tan abismal está sucediendo dentro de nosotros. Que la distancia entre las partículas que componen la materia de la que estamos hechos es tan sideral como la que creen distinguir nuestros sobrevalorados ojos. Cuando callamos al fin, cuando somos capaces de contener el ruido de nuestras ideas, se oye el silencio de los astros, la armonía de las esferas que nos conforman, hermanas de esos planetas extrasolares que acaban de intuir los astrónomos y por supuesto hermanas de todo lo que nos rodea, sean subsaharianos, mariposas que agitan sus alas en Pekín o virus de la gripe A.

Poetas vivos y poetas que no mueren




El lehendakari vasco leyó un poema de Kirmen Uribe en su toma de posesión hace cinco meses y ahora al poeta le han dado el Premio Nacional de Narrativa por una novela que aún no se ha publicado en castellano. El euskera recibe, como es evidente, un espaldarazo para su normalización en la cultura española, ahora que en Euskadi manda un socialista por primera vez desde la democracia. Por supuesto, no entramos en la calidad de la obra premiada, que no podemos juzgar, porque el vascuence de momento nos es impenetrable. Según los cronistas, para el jurado también, por lo que hubieron de leerlo en una traducción de Ana Arregi, revisada por el propio autor. Kirmen Uribe recibió la noticia mientras esperaba que varias editoriales pujaran por publicar esa traducción al castellano que de pronto se ha revalorizado. El premio llega unos días después de que los suecos le den el Nóbel de la Paz a Obama por haberse convertido en una esperanza para el mundo, cosa muy meritoria aunque su antecesor se lo pusiera a huevo. En fin que está bien que los premios sirvan para eso, para normalizar cosas que están sin normalizar y para agradecer que alguien traiga esperanza a este mundo desesperanzado. También es bueno que cada año le den el Nóbel de Literatura a un escritor desconocido. Sobre todo si es buen escritor, que ya lo iremos comprobando poco a poco. Se les agradece a los académicos suecos que se la jueguen, en vez de optar por lo trillado y premiar a escritores de renombre, ahítos de galardones, homenajes y vasallos. Más tarde el tiempo pondrá a cada cual en su sitio, un tópico consolador para los que escriben sin renombre y sin premio. Aunque también los hay con premio, pero sin renombre. Estoy pensando en Diego Jesús Jiménez, que ganó dos veces el Premio Nacional de Poesía, cosa que pocos pueden contar, y que sin embargo vivió en un segundo plano hasta el final. “Y en tus ojos, que celebran lo efímero, / arde la soledad de toda gloria”, decía uno de los versos de su libro más galardonado. DJJ se nos ha muerto ahora, tras regalarnos estos poemas y su amistad de fumador entrañable. También se nos ha muerto Rafael Arozarena, más viejo aún, con menos premios, tras mostrarnos la aridez vecinal y paisajística de una Lanzarote anterior al turismo, en ese libro legendario titulado Mararía. Y se nos ha muerto, antes de apagar las velas de su centenario, José Antonio Muñoz Rojas, al que llegué a tiempo de leer en vida gracias a mi amigo León Molina. Los tres me emocionaron y siguen haciéndolo. El premiado soy yo por haberles conocido. Uribe y Herta Müller de momento sólo son nombres, aún deben demostrar de lo que son capaces como autores. Mi emoción de lector no admite dirigismos. Aunque esté bien que un político ande por ahí leyendo versos.

Distancias



Dicen que la distancia es el olvido, asegura el bolero. Y los enamorados se esfuerzan por contradecirlo, casi siempre sin éxito. A los de aquí nos resulta más fácil, porque estamos acostumbrados. En este siglo en que nada pasa lo bastante lejos como para resultarnos ajeno, que lo mismo nos sobrecoge un terremoto en Sumatra que el secuestro de un pesquero en Somalia, no conozco viaje más transiberiano que ir a Toledo a resolver papeles. Y quien dice a Toledo, igual puede decir Ciudad Real o Puertollano o Tomelloso. Legendarias ciudades castellanas, quizá manchegas, o incluso castellano manchegas, si es que eso es posible, pero tan lejanas que cuesta llegar de una a otra, hasta en internet. Y no porque la distancia sobre el plano se antoje excesiva. Antes de partir uno se dice: por esta carretera son tres horas y por aquella, dos y tres cuartos. Se santigua, pone a andar el coche, y tarda lo mismo exactamente (una eternidad), marque la hora que marque el reloj cuando el vehículo surca las últimas rotondas, las de la desesperación. A estas alturas ya sabemos que todo es relativo, hasta el espacio y el tiempo. Tres horas de viaje en cualquier dirección fuera de nuestra comunidad no parecen igual de largas que tres horas de viaje de un punto a otro de Castilla-La Mancha. De hecho, puede resultar más llevadero pasar por Madrid para ir a Toledo que ir derecho desde Albacete. No sé por qué, pero Ciudad Real e incluso la misma Albacete están más cerca de la capital de España que la una de la otra. Ignoro a qué se debe este fenómeno, cuya explicación pertenece al campo de la metafísica. A veces tiendo a pensar que cuando a Einstein se le ocurrió que el espacio y el tiempo podían deformarse como si fueran elásticos, por influjo de la materia oscura, no pensaba en el cosmos infinito, sino que volvía de un viaje entre capitales de nuestra comunidad autónoma. Que a don Quijote no le volvieron loco los libros de caballerías ni la solana recalentándole el cerebro, sino la falta de referencias, los caminos que no llevaban a ninguna parte, las alucinaciones que produce la materia oscura del aburrimiento. Quevedo, otro que tal, se retiró a la Torre de Juan Abad, con unos cuantos doctos libros juntos, a vivir en conversación con los difuntos y a escuchar con sus voces a los muertos. Ni siquiera se pasó por su cabeza escapar del exilio a través de la región que se abría a sus espaldas, un proyecto inabarcable para su estado de ánimo. Si no hubiéramos exterminado los trenes de cercanía, tal vez resultasen una buena solución. Un vehículo público lento, un transmanchego con casino y algún crimen, tendría sentido turístico. Entre tanto, muchos nos seguimos sintiendo más de Murcia, que está a una hora de las normales. Dicen que la distancia es el olvido, insiste el bolero. Qué castellano-manchego lo contradice.

El fan




Trato de ponerme en la piel de un fan. Ya saben, de un seguidor entusiasta de cualquier persona o cosa. Una buena manera de medir la cantidad de fan que eres supongo que es tu disposición a colgar un póster en tu habitación de trabajo, pongamos por caso. Ya ni siquiera en tu alcoba. De acuerdo con ese rasero del póster, recuerdo tiempos en que podía considerarme un fan discreto del Che, tal vez de Neruda y su poema de amor número veinte, de Groucho Marx y alguna de sus agudezas. Antes lo fui del Athletic. Luego se me pasó el entusiasmo. Me hice mayor o me creí mayor y fui perdiendo la necesidad de extender en las paredes las personas o cosas a las que soy aficionado. Aquellos mitos se desgastaron, perdieron fuerza conforme conocí sus sombras. Eso no quiere decir que no haya gente a la que admire. Pero lo hago sin pasión y sin pósteres, discretamente. Aun así puedo ponerme en la piel de un fan. Puedo comprender a los que siguen a un deportista o a un equipo y andan agitando la bandera o sudando con la bufanda al cuello en el verano de los estadios. Los deportistas hacen vibrar, generan espectáculo, entusiasman. También los cantantes. Puedo entender a las muchachas que siguen a una banda o a un vocalista y se pirran cuando ven imágenes del tipo paseando y tararean sus canciones y las tienen grabadas en todas las versiones posibles. Digamos que me he acostumbrado a relativizar las cosas y que la falta de entusiasmo me incapacita para ser un fan, que viene del inglés fanatic y que en nuestro idioma se suaviza algo pero no lo suficiente para desprenderse de la pasión que ha de acompañarlo. No estoy con ellos pero, igual que el Adriano de Margarite Yourcenar, aunque no esté ya para montar a caballo, puedo recuperar las sensaciones del jinete porque ya las experimenté antes lo bastante como para entenderlas. Sin embargo, estoy intentando ponerme en la piel del fan de un político y no lo consigo. El otro día he leído que, en las redes sociales de internet, gente como Barreda y como Carmen Oliver, ofrecen a los que se asoman a sus perfiles la posibilidad de hacerse fan de ellos. Y me cuesta imaginar quién puede entusiasmarse tanto como para seguirlos con fotos y pedirles autógrafos y colgar su póster en las alcobas. Como dijo el torero Belmonte al escuchar a Ortega y Gasset describirse como filósofo, hay gente pa to. Habrá también fanes de Barreda y Oliver. Dice José Antonio Marina que el trabajo de un político es generar esperanza. Será un problema mío, pero hace mucho tiempo que la gente que conozco vota lo malo para evitar lo peor, obligada por la partitocracia imperante, sin ningún entusiasmo. En cambio, me han hecho reír, que el sentido del humor no lo pierdo. Como humoristas sí valen. Qué ingenuos.