No-Lugares


El verano es el paraíso de los no-lugares (el término lo acuñó Marc Augé). Lugares de paso donde uno se siente de paso, es decir, no termina de estar realmente, porque va a otro sitio. A poco que lo pensemos, descubriremos que todos los aeropuertos son iguales y que si nos taparan los ojos y nos depositaran en cualquiera de ellos, tardaríamos mucho tiempo en descubrir a qué ciudad del mundo pertenece. Además nos daremos cuenta de que los supermercados también son muy parecidos unos a otros. Tal vez sólo cambien algunas marcas y el rincón del laberinto donde se ocultan los alimentos básicos. Por lo demás, uno se siente en cualquiera de sus pasillos como en el supermercado de siempre, poco más o menos, envuelto por la misma musiquilla insulsa y el mismo sudor de búsqueda a pesar del aire acondicionado. Descubriremos que las autovías son carreteras intercambiables como los aeropuertos, sin más personalidad que las nubes que las sobrevuelan y algunos paisajes que se atisban en la lejanía y que parecen desdibujados por la velocidad. Al entrar y al salir adoptan la forma de un nudo de rotondas ante cada una de las cuales siente uno que ya la cruzó antes, como les pasa con las dunas a los perdidos en el desierto. ¿Y qué decir de las habitaciones de hotel y los apartamentos de playa? Los decoradores hacen grandes esfuerzos porque se diferencien, porque tengan un punto de distinción, y sin embargo nunca consiguen hacernos olvidar que estamos de paso. Habrá que dejar aparte, claro, las grandes suites, que por cuestiones profesionales o económicas, no sé bien, nunca he visitado y que tal vez consigan hacerle descender a uno a la tierra. Aunque mis dudas tengo. En fin, que las vacaciones de verano típicas consisten en atravesar un desierto de no-lugares que lo van despersonalizando a uno hasta convertirlo en una no-persona. El premio, el tesoro, consiste en pisotear y tal vez fotografiar un lugar idílico, lejano, anhelado. Un lugar que sólo existe en los sueños, los libros de texto de la infancia y ciertas vacaciones afortunadas. Uno no tiene más remedio que sentirse realizado al llegar, entre otras cosas porque necesita autoconvencerse de que se encuentra por fin en un lugar, después de vagar tanto tiempo por limbos semiborrosos. Por eso no es extraño que el verdadero sueño de un sedentario consista en viajar utilizando la propia casa como vehículo, como le sucede al anciano protagonista de Up, la última película de dibujos animados de la factoría Pixar. Desvincular la propia casa del suelo con un millar de globos y dejar que una tormenta te lleve en volandas al destino elegido. De ese modo, si el destino te defrauda, cosa siempre probable, te quedan tu sillón, tus libros, tus discos y tu cama. Tienes tu casa, el único lugar que tal vez merezca ese nombre.

Energía residual


Flores junto a la carretera. Atadas a un árbol con alambre. En verano nos damos más cuenta que en el resto del año, porque salimos más y los avisos de prudencia acentúan el acecho de la tragedia. Si por un azar hemos de detenernos y pasamos junto a las flores, deducimos que ahí murió alguien de forma brusca, en un accidente. Y que los suyos lo recuerdan. Pero ¿queda alguna energía en el lugar, relacionada con lo que ocurrió? Recuerdo que de pequeño iba los domingos a la Pulgosa en bicicleta, con mi padre. Justo en el cruce, sobre uno de los mojones cónicos que delimitaban el umbral del camino, había unas flores. Mi padre me contó lo que representaban y mi imaginación de niño viajaba a lo que había pasado. Evidentemente más con la fantasía que con un sexto sentido. El caso es que notaba algo en el ambiente, entre la voz de los grillos. Igual me sucede cada vez que, en el Paseo de la Libertad, camino por la acera y mis dedos tocan la reja de la Diputación. Allí siguen las huellas de la metralla, setenta años después. Los únicos restos físicos de que una bomba explotó en medio del Paseo segando la vida de un grupo de Brigadistas que venían del Altozano hacia lo que hoy es la Estación, a socorrer a los heridos por otra bomba. ¿Los únicos restos físicos? Las huellas de las esquirlas actúan como un interruptor que enciende en mí sensaciones. Duró unos segundos, tal vez menos, sin dejar más rastro que muerte, destrucción y silencio. La pregunta sigue ahí: ¿los sentimientos humanos dejan algún tipo de residuo? No soy, evidentemente el único que se lo pregunta: aficionados al esoterismo aseguran que, donde se produce una muerte violenta, suele quedar algo. Algunos insisten en que lo que ronda es el fallecido mismo, que aún no se ha percatado de su propia muerte. Sobre esta idea se han escrito toneladas de elucubraciones y se han filmado películas como Ghost y series de televisión como Entre fantasmas, en la que los finados siguen experimentando una vez muertos las mismas emociones que los embargaron al final de su vida y no descansan hasta cumplir sus últimas voluntades. Elucubraciones que se alimentan de nuestro deseo de que sea verdad, de que algo quede donde la gente experimentó el sentimiento más extremo que puede sacudir a un ser humano, la sorpresa de morir sin esperarlo. Más si se es muy joven y se tiene la energía intacta. Una habitación de hotel donde se desploma un futbolista en la flor de su carrera está llena de esa intensidad. O se la atribuyen las televisiones con su duelo masivo. También la acera en donde estallaron en pedazos unos guardiaciviles. Su energía, o lo que sea, vibra en el asfalto y no vibra nada en el garito donde fríos artífices fabricaron la bomba. Como si sólo notáramos a los humanos y los otros fueran extraterrestres o ratas.

El crimen del silencio



En lo más profundo de la noche, lo despierta una pulsación desmesurada, como si un inmenso corazón bombardease la ciudad y derrumbase un edificio con cada sístole y batiese los cimientos con cada diástole. Su casa se remueve con las otras, su corazón se agita, como no podía ser menos, y por supuesto su sueño se rebela. Estaba anunciado. Son las cuatro. Se levanta a orinar y, a la vuelta, ya tiene en el pasillo dispuestas unas tijeras y una cinta de embalar. Corta dos tiras y se las aplica en las orejas, tratando de taponar los resquicios por los que entran y salen las ondas sonoras. O bien no lo consigue del todo o bien la cinta de embalar no es lo bastante densa como para poner dique al ruido procedente de la plaza, que está a quinientos metros de su casa, con varias manzanas de viviendas entre medias. Cada año, las pulsaciones se las apañan para sortear los obstáculos, rebotar en el jardín que está junto a la ventana y adentrarse en la alcoba donde él y su mujer duermen. En años anteriores no los despertaban. De hecho no les dejaban conciliar el sueño. Retumbaban en las paredes y de algún modo también en sus propias entrañas, haciéndoles dar vueltas y más vueltas entre las sábanas, sin permitirles entrar en el trance. Era duro. El calor y el ruido asociándose para mantenerlos en vigilia, a pesar del enorme cansancio del día y del estrés añadido de que hay que madrugar para ir al trabajo, puesto que la pulsación no entiende de jornadas laborables o festivas. Cuando el maldito corazón de la fiesta empieza a palpitar, tanto le da lo que suceda al día siguiente. Este año, la novedad es ese concurso de pinchadiscos (diyéis les llaman ahora), en el que cada noche es uno diferente el que toma el mando de la bomba. Y encima, con el estímulo de superar a sus competidores, lo que por lo visto consiste en añadir decibelios. Para los que votan, pero también para los que oyen sin querer oír: enfermos, ancianos, niños, trabajadores, que al otro lado de las casas reciben toda la carga de decibelios casi sin merma, por algún misterio de la física. Y así, emparedado entre las dos piezas de la cinta de embalar, como anoche y como mañana por la noche, durante más de una semana, el hombre intenta fingir que no oye, intenta dominar el cabreo para reducir la frecuencia de su propio corazón y de este modo dormir algo y no estar tan cansado cuando suene el despertador, sólo unos minutos después de que se instale el silencio. De nada vale, ya lo ha intentado, quejarse ni denunciar ni ponerse tapones en los oídos. Es la fiesta, le han dicho en el Ayuntamiento. Un Ayuntamiento débil, dividido, que evita protestas de los jóvenes aceptando lo que propongan, por muy lejos que esté del sentido común, sin poner límites. Demasiado cansado para salir a matarlos, el hombre los maldice desde estas líneas.

Ostalgia


Pertenecemos a la memoria más de lo que la memoria nos pertenece. Quiero decir que no la controlamos. Vaya una novedad. Pero no veas cómo duele. El otro día, fue escuchar a los Fórmula V subidos al escenario de verano de Chinchilla y experimentar un subidón de nostalgia. Pero qué nostalgia, si a mí los Fórmula V no me gustaron nunca. El vocalista, un tipo rubicundo de ojos saltones y paletas largas, me pareció siempre un histrión. En cambio el otro día, me salían solas sus canciones, la de Eva María se fue, Vacaciones de verano, Un rayo de sol. Y la gente en la plaza, emocionada, bailando. Muchos mayores agitando los brazos al compás de la música, y yo tratando de contenerme, de entender aquello. Por qué me impactaba tanto ver al de los ojos saltones medio calvo y con cuerpo de sesenta años tratando de imitarse a sí mismo con cuarenta años menos. Me fui a casa con el corazón en un puño y nada más llegar me metí en internet a documentarme sobre el grupo, a ver qué leches pasaba. Y en efecto: los Fórmula V se hicieron populares cuando yo era pequeño y se disolvieron cuando yo granaba. Vamos, que no tuve edad para merecerlos como ídolos de juventud. En cambio, eso sí, crecí oyendo sus canciones por todos sitios. En aquella época, todos sitios era la radio. Si acaso, la piscina de Educación y Descanso, por cuyos altavoces, digo yo, pondrían fondo musical a los veranos. Porque todas las canciones de los Fórmula V están cortadas por el patrón estival: que si el bikini de rayas, que si el último verano, que si un rayo de sol, guojojooo. Hasta Cenicienta salía a ver las estrellas y se encontraba una botella en la Fiesta de Blas, donde todo el mundo salía con unas cuantas copas de más. Por supuesto no caté ni una de esas copas. Sólo el síndrome de Estocolmo puede explicarlo. Fuimos raptados, cuando estábamos aún formándonos, por una secta de pinchadiscos, los cuarenta principales, que nos inyectaron en sangre estas canciones pegadizas. Desde entonces, viajan en nosotros de forma larvada y vuelven a aflorar en cuanto suenan las cuatro notas que las reactivan. Entonces, hala, a canturrear, sin querer, los estribillos, que nos sabemos mejor que las oraciones que aprendimos para tomar la comunión. A bailar como los niños de Hamelin, perfectamente idiotizados por el flautista. Nos invade la ostalgia, es decir la nostalgia de lo que creímos vivir, pero no vivimos en realidad. La palabra se la robo a Dubravka Ugresic. En español su significado literal es dolor de un hueso. En fin, siento ostalgia de Fórmula V. Y siento ostalgia del mayo del 68, cuyas rebeldías sólo pude leer, no vivir, pero creo que me hicieron abominar de las canciones superficiales de Fórmula V, que eran sangre de mi sangre, que eran para mí el verano, aunque no lo supiera. Eva María, hija, dónde andas, con tu bikini de rayas.

Más inaccesible que la luna



Uno de los fenómenos más contradictorios que puede generar el ser humano se dio la semana pasada en Chinchilla. Más de cien personas vigilando el incendio de un bosque que en realidad es la diana de un campo de tiro. Si no lo entiendo mal, eso quiere decir que los militares se entrenan disparando a ese pedazo de tierra que sólo disfrutan con ellos los escarabajos, las perdices y los conejos. Que se acumulan proyectiles sobre el lugar, generando explosiones tal vez dirigidas a un enemigo imaginario, tan bien camuflado, tan perfectamente integrado entre la verdura y el polvo, que el polvo y la verdura son en realidad los enemigos contra los que hay que dirigir las ráfagas, contra los que hay que apuntar los obuses. Eso en tiempo de maniobras. El resto del año, si se pudiera, se cubriría el campo con una lona de invisibilidad para que nadie lo vea ni se acerque. Para que no exista.

Y de pronto, un día de julio, ese enemigo natural, ese espacio imaginario, se incendia. Por lo que dicen, solo. Posiblemente un proyectil, de tantos fallidos como yacen sobre los socavones, ha decidido explotar a destiempo. También hay quien afirma que estaban disparando a la vegetación en la misma época en que es delito encender barbacoas. El caso es que una vez prendido el fuego, a ver quién es el guapo que se aventura a pisotear la chatarra esparcida, no sabe si muerta o dispuesta a morder. Quién se juega la vida para salvar unos cuantos árboles. Nadie. Ni siquiera después. Nadie se adentrará entre las cenizas a ver por qué empezó. Sería demasiado peligroso. Esa parcela en realidad no existe. Para los humanos es más inaccesible que la luna, cuyas primeras huellas cumplen cuarenta años.

Según cuentan las crónicas, lo que han hecho los servicios de extinción ha sido rodear el perímetro del campo y no dejar que escaparan las llamas desde lo imaginario a los pueblos reales que sufren las detonaciones, Pozo Lorente, Hoya Gonzalo e Higueruela. Hartos de ver películas donde estallan selvas enteras, son masacradas las islas y los campos quedan reducidos a pavesas, no parece una gran pérdida mil hectáreas de bosque. Un accidente. En cambio, los que lo observaban permanecían como hipnotizados asistiendo a un espectáculo estremecedor. Ver desde la impotencia el bosque en llamas, oír crepitar los árboles, oírlos quejarse casi como seres humanos, sentir que el viento es dueño de la situación, sufrir la incertidumbre, el temblor de que un cambio de dirección pueda traerlo hacia nosotros, saber que cambia el paisaje tal vez para siempre. Eso no se olvida jamás. Y a uno le parece que un solo árbol, aunque sea un pimpollo enclenque, crecido entre explosiones, acostumbrado a sobrevivir en una guerra imaginaria, merece toda la atención. Merece vivir para que vivamos.

La fotos son de J.M.Esparcia y el Juli, respectivamente

El tanquista


Como a veces les ocurre a los artistas, a Gerda Taro le llegan el éxito y la fama después de la muerte. Sesenta y dos años después. Sólo tenía veintiséis cuando se soltó del vehículo al que se había encaramado para huir de Brunete. Bajo el acoso de la aviación franquista, aquello era un sálvese quien pueda. Y ella tuvo el infortunio de caer al camino en medio de la desbandada. Un tanque le pasó por encima. Ni siquiera fue rápido el desenlace. Aún tuvo la entereza de sujetarse los intestinos mientras la trasladaban al hospital inglés de El Goloso, donde vino a morir en la madrugada siguiente. Todo ocurrió en la tarde de un domingo de verano, el 25 de julio de 1937. Seis días más tarde hubiera cumplido 27 años, la edad en que la mayoría de los jóvenes de hoy están por salir del cascarón.

Había unido su destino al de André Friedmann, un judío húngaro algo tosco que jugaba bien al póquer y se ganaba la vida como fotógrafo de guerra. De ella fue la idea de que cambiaran sus nombres. Gerda sustituyó el apellido Pohorylle, que había heredado de su familia alemana, por el más eufónico de Taro, para sonar a Greta Garbo. André se hizo llamar ya para siempre, hasta que pisó una mina vietnamita en el 56, Robert Capa. Mezclaron sus fotos de tal modo que ha sido difícil distinguir quién de los dos apretó el percutor en cada una. Para nosotros Capa es un mito por congelar la muerte de un miliciano en Cerro Muriano el 5 de septiembre del 36. Vivió más, pero escribir su biografía es desenterrar a Gerda, justo lo que está sucediendo con Esperando a Robert Capa, de Susana Fortes.

Y lo que son las cosas, el renacer de la Taro rescata otros olvidos. Con emoción inesperada leímos el domingo en El País un artículo de Jacinto Antón, datado en Cenizate. Cuenta que el tanquista que mató a la fotógrafa era, mira por dónde, de Albacete. Se llamaba Aníbal Suárez. Ni siquiera se enteró. Había demasiado alboroto y la visión desde el tanque debía de ser muy limitada. Se lo dijo otro tanquista que venía detrás, el también albaceteño Fernando Plaza: “¡Te has cargado a la francesa!”. Así conocían todos a la alemana Taro. Se lo gritó de tanque a tanque un rato más tarde, cuando se detuvieron para reorganizarse. Conducían sendos T-26 de fabricación rusa.

En la vida no hay personajes secundarios, cada cual es el protagonista de la suya. Fernando Plaza salvó su peripecia contándole a su sobrino Fernando Cambronero lo que había visto. Y el sobrino también heredó las fotos. En una de ellas se ve a Aníbal subido al tanque. Fernando Plaza la había salvado escondiéndola en sus botas al ser prendido al final de la guerra. El sol de julio al que entorna los ojos sigue brillando 62 años después. Se lo debemos a una biografía y a un puñado de intermediarios, todos ellos imprescindibles.

Estudiar y ahorrar es lo mismo



Ahora va a resultar que la crisis también tiene ventajas. Los mozos que hasta hace un año dejaban de estudiar para ganarse unos duros fáciles cargando carretillas o lavando coches, ahora no tienen excusa. Antes te contestaban con altanería que para qué iban a estudiar si tenían más fácil conseguir la moto fuera del instituto, al cumplir dieciséis años, currando en la empresa de un familiar o de un vecino. Y resultaba poco menos que imposible rebatirles con el argumento de que la vida es muy larga. Porque para un adolescente sólo existe el ahora y, como mucho, si son medianamente espabilados, el día de mañana. Hablarles del futuro es como hablarles de Marte, un planeta lejano en el que no canta ninguno de sus ídolos ni se ve Fama ni alcanzan los programas de contacto de internet.

El presente sigue siendo lo único que les importa, pero la moto se está poniendo cuesta arriba. Y si no la moto, la gasolina de la moto. Así que no queda más remedio que retomar los libros, según explica el flamante ministro de cultura, Ángel Gabilondo. Resulta que, por primera vez desde hace años, desciende el número de españoles que abandonan los estudios nada más cumplir los dieciséis. De momento es sólo un repunte, pero tiene visos de seguir aumentando, si la interpretación de los asesores de Gabilondo es correcta, cosa que deseamos. En fin, que acabar los estudios puede ser más rentable que abandonarlos, y no sólo en teoría, sino también en la práctica, ya que gracias a nuestro sistema, libros aparte, el bachillerato sale gratis. De las pocas cosas que sigue siéndolo.

En realidad se trata de un espejismo, porque se nos olvida que los profesores cobran y que los centros educativos tienen abundantes gastos de luz, agua, calefacción y equipamiento. En fin, que la enseñanza es gratis para los estudiantes, pero no para el Estado, que somos todos y que pagamos entre todos. Pero si hay una cosa de la que podemos sentirnos satisfechos es de que así siga siendo, a pesar de los intentos de gente como Esperanza Aguirre en Madrid de crear una enseñanza de lujo para los que pueden permitírselo y que los demás se apañen como puedan. La enseñanza gratuita es un derecho por el que tenemos que seguir luchando, porque el verdadero capital de un país, ahora que se nos ha roto la burbuja inmobiliaria y que pierde gas el turismo de sol y playa, es la preparación de sus ciudadanos. Que haya gente capaz de pensar y de encontrar soluciones, no nos engañemos, depende sobre todo de un sistema educativo solvente. Y que, aunque sea a su pesar, lo vuelvan a descubrir nuestros adolescentes es una buena noticia que ojalá se confirme.

Más historia que teatro


El 6 de agosto de 1488, los Reyes Católicos pasaron la noche en Chinchilla. Venían de Murcia y, camino de Valladolid, la necesidad les hizo recalar en la ciudad, que entonces era la más grande de los alrededores. Hacía sólo ocho años que en Chinchilla había terminado una guerra civil en la que los partidarios de los Reyes habían vencido a los del Marqués de Villena. Vencedores y vencidos esperaban de los reales visitantes que cumplieran algunas de las promesas con las que les habían azuzado para que lucharan, que jurasen devolverles sus antiguos derechos y dejaran de freírlos a impuestos y de reclutar a los mozos chinchillanos para el frente nazarí de Granada. Hubo hasta un tira y afloja de no dejarles pasar si no juraban. Finalmente franquearon la puerta, juraron los fueros (por cierto, ante una cruz de cristal de roca que quizá sea la misma que se conserva en el museo parroquial), durmieron, se dejaron agasajar, se marcharon y aún estamos esperando que cumplan su promesa.

A partir de esta anécdota, que se conserva en un solo folio, el 146 del libro capitular de Chinchilla, el Ayuntamiento organizó en 1988 un espectáculo masivo en la plaza para celebrar el quinto centenario. Cuatro lustros después, no se sabe bien con qué motivo, se retomó la idea. Hablamos del año pasado, y el afán es de convertirlo en un acontecimiento anual que ha quedado fijado para el último sábado de junio, lejos de la efeméride, pero muy cerca del consolidado Festival de Teatro Clásico. Esa noche se instala un graderío metálico ante la iglesia del Salvador, se trae a dos actores populares para que les pongan rostro a Isabel y Fernando, y medio Chinchilla obedece las órdenes de José Tomás Chafer, el director de la Escuela Municipal de Teatro, que es el que le da forma al asunto. No es fácil, desde luego, manejar a más de trescientos figurantes, en un escenario que en realidad es un pasillo, el que va desde la fachada plateresca del Ayuntamiento hasta el entarimado donde se acomodarán los Reyes, flanqueado todo por los graderíos y las sillas donde se sientan los espectadores.

Entusiasmo sobra. No hay pueblo más generoso con sus tradiciones ni más entregado y dispuesto a participar que el de Chinchilla. Y los que no participan, disfrutan mirándolo como un solo forofo. Por cierto, que este año se les ha cobrado diez euros a los que reservaban asiento en las gradas y sin embargo lo han presenciado gratis los que miraban desde las sillas del lado del Casino, con una perspectiva privilegiada. Y encima, el que ha montado las gradas ha colocado más altas las que están más cerca del escenario, con lo que los paganos de delante entorpecen a los de atrás, que unas veces adivinan y otras sospechan lo que está pasando, sin tener nunca la certeza de verlo. Habrá que solucionar este desajuste.

Pero sobre todo habrá que hacer un esfuerzo por dar un poco más de forma a la historia, si es que el objetivo es perpetuarla. Porque no existe un hilo coherente que vincule los acontecimientos. El año pasado el acto pivotaba en el personaje de la ciudad de Chinchilla, encarnado por Llanos Salas. Este año en Vicente Albujer, en el papel de Al-Yinyalí, un sabio árabe del que hablaban las crónicas. Su discurso ha sido en realidad la lectura de una lección de historia, pura y dura, declamada con voz cálida, que en vez de utilizar un Power Point para ilustrarse, recurre a tres centenares de personas, focos y cobra entrada. Las bailarinas, traídas de una escuela de Almansa, andaban todas perdidas en todas las piezas, sin que supiéramos cuál era la que llevaba la manija de la coreografía. Los duelistas a espada nos hicieron temer por su integridad, más por su impericia que por su virtuosismo. Los actores, los pocos que hablan, no interactúan, no se influyen emocionalmente, sino que interpretan a personajes planos que declaman unos rollos incomprensibles que no me puedo creer que utilizaran ni los ciudadanos del siglo XV. Todos, excepto Juan Luis Galiardo y Kity Manver, que retocaron sus breves intervenciones con morcillas que las traducían al castellano, en una adaptación que es la parte más meritoria de una tarea por la que se llevan el sueldo de un mes.

En fin, un derroche de grandilocuencia y de pretenciosidad, también quizás de dinero, puesto al servicio de un espectáculo que no es teatro y que se basa en esa estética borrosa que llama cultura a lo que no se entiende y, desde luego, que se apoya en el entusiasmo de los figurantes y en el colorido de sus trajes, para salvar la noche. A mí por lo menos me entraba un sudor frío cuando, intentando seguir el hilo de una historia sin hilo, les oía hablar de los baños árabes, tan mentados siempre, y que ahí siguen, sumergidos en un caserón gris, sepultados en una cochera, sin vida más que en los folletos turísticos.

El poeta que vino del fútbol


Javier Ruiz Taboada acompaña a Javier Ares en la narración de los partidos futboleros internacionales y del fin de semana. Además, cada noche, compone un soneto sobre la noticia del día para leerla en antena en el programa La Bisagra. Otros lo llaman poesía, él sabe que no pasa de ser un ejercicio con rima. Porque al salir de la emisora, este toledano se quita la piel de contrarrelojista a la que obliga el medio, convoca a las musas y se refugia en los pinceles o se deja vencer por la poesía, la de verdad, la que remueve las emociones. De pronto, a los cuarenta y cinco años, se ha dado cuenta de que tanto ejercicio poético diario le ha otorgado un dominio soberbio del endecasílabo y ya lleva ganados dos certámenes literarios (Tomelloso y Jumilla) con otros tantos libros.

Reconoce que la facilidad para el verso la heredó de su madre, que componía unas rimas de celebración cada vez que se presentaba un acontecimiento familiar. De pronto, cuando Javier tenía doce o trece años, le dijo: ahora te toca a ti. Y desde entonces hasta El Reverso de la Bisagra, han pasado infinidad de versos por su bolígrafo. De hecho, empezó escribiendo poemas larguísimos, hasta que se dio cuenta de que el soneto le permitía condensar la noticia en catorce versos, estructurados incluso, entre la descripción de los cuartetos y la opinión en los tercetos. Y desde entonces utiliza esta estrofa que Boscán y Garcilaso introdujeron en nuestro idioma. Su uso cotidiano le ha obligado a probar con todas las variantes que existen, muchas de las cuales sólo se consultan en los tratados de métrica.

Pero, como él reconoce con su labia de locutor y desde sus gafas de miope, aún no se siente del todo poeta. Y eso que ha firmado cientos de ejemplares de su libro Ropa interior. Sin ir más lejos, en la pasada feria del libro de Madrid, no hubo otro poeta que firmara tantas dedicatorias. “Me gustaría contribuir a que la gente que no lee poesía se acerque a ella”. Será por eso que sus versos contienen resonancias del siglo de oro, en donde han bebido sus sonetos, pero también de autores más recientes, como Juan Ramón Jiménez, y hasta de la nocturnidad y el aire callejero de Sabina, el cantautor. Poemas donde se suceden, automáticos, los versos que describen la noche, el amor o la soledad. Y junto a ellos, otros mucho más cortos, mitad guiño y mitad greguería, que son el destilado de aquellos.

Y además pinta cuadros coloristas, que se mueven entre el naïf y el pop. Pueden verse en su página web, junto a sus ilustraciones y la música de un grupo al que produjo. Aunque siga enchufado al soneto por las noches y al fútbol los domingos, poco a poco la sensibilidad del míster Hyde que lleva dentro se va imponiendo al contrarrelojismo del locutor Jeckyll.

Visítenlo en www.ruiztaboada.com

No es lo mismo perder que desaparecer


Hace apenas tres meses, en marzo, el Club Voleibol Albacete viajó a la ciudad italiana de Jesi a jugar la final four de la copa Challenge femenina, equivalente a la copa de la UEFA. Aunque fuera a través de los medios de comunicación, todos viajamos un poco con ellas, que se enfrentaron al Panathinaikos griego y al Leningradka ruso (también estaba el Monteschiavo italiano). Era un nuevo hito de este equipo que lleva dieciocho años codeándose con la élite del voleibol femenino de nuestro país y que ya consiguió el doblete (liga española y copa de la reina) en el año 96. Pues bien, sólo tres meses más tarde, la presidenta y la tesorera del equipo, ambas cariacontecidas, anuncian con más clase, pero en resumidas cuentas, que no hay modo de sacar los cuartos que hacen falta para seguir, que están cansadas de mendigar sin fruto (salvo contadas excepciones) entre las empresas privadas de la ciudad y que se rinden.

Entonces llega el momento de hacerse la pregunta: ¿qué cambia en una ciudad cuando desaparece el único equipo deportivo que figuraba en la élite? Porque, no nos engañemos, los demás son de segunda, de tercera, cuarta y así sucesivamente. Pierden desde luego las jugadoras, las que viven de esto y tienen que buscarse la vida en otra parte. Pierden las futuras jugadoras, las chavalas que juegan en los equipos de la cantera, que ya no tienen un referente al que ver en vivo cada fin de semana. Pierden los pocos centenares de espectadores fieles que solían sentarse casi siempre en las mismas localidades, que vibraban con la pelea del equipo y que se levantaban a aplaudir al terminar, fuese cual fuese el resultado. Pierde la ciudad, que deja de pasear su nombre más allá de sus estrechas fronteras. Pierde el pabellón del Parque, que se queda sin el clamor de las tardes de los sábados.

Cuando algo se esfuma, todos perdemos; cada vez que tocan las campanas, tocan por todos nosotros, como decía Hemingway. Pero ¿qué perdemos? ¿La energía que desplegaba un reducido grupo de luchadores, el capitaneado por la presidenta Teresa Ruiz? Sin duda. No olvidemos que desde hace dos mil años la minúscula aldea de Astérix sigue impidiendo que el imperio romano domine la Galia. Imagínense qué pasaría si, hartos de frustraciones, de ser tratados con desconsideración por los mismos galos, Abraracúrcix y sus bravos se rindieran. Exacto. Dejaríamos de disfrutar del control y de los dedos de seda de Sara, la colocadora canaria; de la plástica, el carisma y los remates de Diana, la capitana; de la dirección de equipo de Chema Rodríguez. En una palabra, que la Galia sería dominada de cabo a rabo por el fútbol masculino donde el dinero corre más que quienes lo practican.

Profetas, al paro


Saber qué va a pasar antes de que suceda, ese es el gran sueño de todos los que aspiran a un pleno en la quiniela, que en el fondo somos todos. Pero, o bien nadie ha conseguido ir tan lejos en el tiempo, ni siquiera cinco minutos más allá del presente, o si alguien lo ha logrado se estará guardando la información para no compartirla. Y sin embargo afloran por doquier los profetas. Algunos con un predicamento inmerecido, como los grandes gurús de la economía, que resultan ser científicos del pasado pero astrólogos del futuro. Predijeron explosiones de burbujas y crisis a mansalva cuando ya estábamos empantanados en ellas y ahora no paran de adelantar que están naciendo brotes verdes de un árbol que no sabemos cuál es, pero que nos va a sacar del aprieto, aunque sea haciéndonos sangrar con sus espinas. Vamos, pura parábola, casi poesía bíblica.

Más modestamente yo me conformo con pequeñas averiguaciones que no predicen el futuro, sino que confirman el presente. Por ejemplo, el domingo por la mañana, salí a la calle, me asomé al silencio que reinaba en Chinchilla y de inmediato supe que había elecciones. El mérito es escaso, dirán algunos, hartos de tragar propaganda electoral antes de los telediarios y durante los telediarios. Da igual que no me crean: yo hubiera sabido que había elecciones aunque no hubiese oído la radio ni visto la tele ni ojeado el ordenador en meses. Por el olor. Las elecciones huelen y entran en el dominio de los sentidos, por lo que se pueden intuir sin lugar a dudas, como presienten los animales un terremoto o las abejas la caída de un rayo. Por eso la meteorología se ha convertido en una ciencia casi exacta y el domingo ya sabían en Roland Garros que iba a llover a las cuatro, como efectivamente ocurrió.

También las elecciones entran ya en el terreno de los sentidos. Los políticos ya ni siquiera se molestan en prometer lo que harán, pues (en un alarde de anticipación) se huelen que con promesas no van a convencer a nadie y se aplican en desacreditar a sus rivales, lo que al menos les granjea la lealtad de los suyos. El resultado no se decide por el número de los que cada uno ha convencido, sino por el número de entre los suyos que han conseguido arrastrar hasta las urnas. En unas elecciones que parecen de segunda, como las europeas, ganan siempre las derechas de las que, como dice Pilar Bardem, “votan siempre todos, hasta los muertos”. La única emoción consiste en saber por cuánto ganan. Y ahí advertimos la diferencia entre las profecías y las estadísticas, que no sustituyen a las elecciones porque no aciertan nunca, o aciertan poco.

En cambio, cuando alguien se molesta en adivinar el pasado, nos vacuna contra el futuro y sobre todo nos despeja el presente. Nos explica por qué fallaron los augures. Por eso me ha gustado mucho el libro de Javier Cercas sobre el 23 efe. Porque explica por qué fallaron absolutamente todos en su predicción de que iba a ser el general Armada el que sustituyera a Suárez. Porque explica que nuestra democracia empezó siendo una chapuza y que nos libramos por los pelos de perderla en el año 81, cuando nadie hizo nada por evitarlo y sin embargo muchos nos pusieron en peligro con sus pequeñas y mezquinas ambiciones. Recién leído Anatomía de un instante, el domingo pasado, salí a la calle y me llené los pulmones con el olor a democracia, como si llevara veinticinco años sin sacar la cabeza del agua. Como si acabara de descubrir la democracia. Luego ya voté y volví a sumergir la cabeza en este pantano de certezas donde no se necesitan profetas para saber quién ganará las europeas ni a qué hora va a llover en Roland Garros. Lo de las quinielas, en cambio, que eso sí que nos importa, sigue sin haber quién lo anticipe.

Articulistas



Por herencia familiar, pertenezco a una estirpe de sedentarios. Los tiempos han cambiado. Los sedentarios de ahora no vivimos vigilando con un ojo el ciclo de las estaciones y con el otro su reflejo en la cosecha. Más bien transitamos por un circuito semanal de calles, personas, programas de televisión, tareas y habitaciones del que rara vez salimos. Aún así no enfermamos de monotonía. Hemos aprendido a disfrutar de los matices, de los pequeños cambios que nos ofrecen las estaciones, de los libros que se suceden en la mesita de noche, del estado de ánimo de las personas con las que tratamos y del inevitable progreso de los acontecimientos: los hijos crecen, se emancipan, los cursos se ponen al rojo vivo en junio, nuestra imagen cambia en los espejos, nuestro propio estado de forma cambia también y ya no nos recuperamos con la misma celeridad de una noche en blanco o de una media maratón. El entorno contribuye: Chinchilla envuelve mi casa con una sucesión de ritos que jalonan el calendario, mientras que internet me da la ocasión de conversar casi a diario con personas que jamás hubiera conocido si no existiera este invento.

Una de las estaciones obligadas de mi circuito incluye consultar lo que me cuentan unos cuantos amigos de mi generación, que poco a poco han ido accediendo a los diarios locales y cuya opinión forma ya parte de mi rutina. Por supuesto no escriben para mí, sino para ellos mismos en primer lugar y para todos los lectores que quieran compartir su agudeza. Les ha costado (nos ha costado) hacerse sitio en los diarios, todo hay que decirlo (estamos todos más allá de la cuarentena) pero creo que nuestra aportación, al lado de maestros que ya son legendarios en la opinión albaceteña, como Pepe Sánchez de la Rosa, Ramón Bello Bañón o Domingo Henares, por citar algunos de los más admirados, espero que refresque al menos la manera de mirar las mismas cosas.

A mí Antonio García Muñoz me ayuda a aceptar el regreso de los lunes, con su dietario de la semana precedente engranado en una prosa chispeante, tan mordaz que a veces nos pone los pelos de punta. Y no entiendo los martes sin asomarme al Puente que nos tiende León Molina, con el aroma del tomillo y del romero de Yetas enredado en la escritura, pero también con reivindicaciones necesarias que se habían despistado en la letra comarcal de las noticias. Y aún no he llenado los miércoles y los jueves, pero para consolarme llegan los viernes iluminados con las leyendas cotidianas de Eloy M. Cebrián, que mezcla imaginación con realidad, agudeza con mala leche, y nos los sirve aliñados en su prosa exquisita; y la columna de José Juan Morcillo, su apunte sobre la palabreja de la semana en el que aclara de qué tiempos remotos ha venido a sentarse a nuestra mesa; y llega también los viernes Gregorio Salvador con sus advertencias y descreimientos sobre la política y la misma enseñanza en la que militamos.

Cada uno de ellos tiene para mí tanta importancia como esos cuervos cuyo vuelo escrutaban antes de partir los ejércitos de la Edad Media, teniendo muy en cuenta si se posaban a la derecha o la izquierda del camino antes de decidir qué paso dar. Todos ellos son jalones imprescindibles en la odisea que va desde el lunes hasta que el oleaje del viernes me arroja agotado a la playa del fin de semana. Tanta importancia como Manuel Vicent o Juanjosé Millás, a quienes también consulto con fervor religioso. Encontrándolos en su sitio, cada uno en su diario, parece que la semana está completa, que todo sigue en orden en la casa y que podemos seguir enfrentando con serenidad nuestra provinciana (que nada aburrida en absoluto) existencia.

Cazador de cigüeñas


A Juan Carlos Alonso Tur le gustaban con locura las novelas de fantaciencia y de misterio. Por eso, no sería raro en absoluto que en estos últimos meses se haya sentido más de una vez el personaje de una aventura galáctica, rotando en una atmósfera etérea, en medio de una red de cables, manoseado y punzado por cien manos, como si de pronto hubiera caído de una nave espacial a otro planeta y fuera objeto de estudio por los alienígenas. Y sin embargo en medio de esta perdición de estar enfermo, en todo momento, ha tenido claro dónde estaba el norte, su familia, sus hijos, sus pocos, pero ciertos, amigos. Y también su profesión de librero. No en vano, en los delirios últimos, a punto de cruzar la frontera de luz, aún advertía a sus acompañantes que no tocaran los libros que creía tener apartados para algún cliente que nunca llegará, o que estará llegando tarde.

Acababa de comprarse una Nikon deslumbrante y de estrenarla en un viaje a Italia, cuando notó los primeros síntomas y se avino a un tratamiento que en principio prometía ser sencillo. Esa Nikon merecía más capturas, muchas más, pueblos, campos, tejados y, sobre todo, cigüeñas, que eran una de las fijaciones de Juan Carlos. Tan pronto parecía no haberse movido en muchos meses del mostrador de Librería Popular, como tomaba al vuelo las vacaciones más inesperadas, las de la volea, y salía disparado y disparando fotos. Después de una trayectoria zigzagueante en la librería de la calle Albarderos y luego mucho más breve en Arquitecto Vandelvira, después de haber sido capitán de empresas pírricas, de haberse curtido en libros técnicos, raros, casi ilocalizables, ahora estaba viviendo una segunda juventud como librero de a pie, de los que pueden olvidarse de la empresa al salir por la puerta, con la curiosidad y la cámara por toda compañía.

Hijo del médico Elías Alonso, que cuidó la cabecera de tantos albaceteños cuando Albacete se lo repartían cuatro médicos, Juan Carlos heredó el tesón profesional. Sus gafas de pasta y su primer trato algo hosco han sentado cátedra entre los clientes que acudíamos con las ideas más o menos perfiladas en busca de la pista definitiva que nos llevase al libro perseguido. Su tándem con Juan Valero ha sido irrepetible. En estos tiempos en que el librero vocacional es una especie en peligro de extinción, encontrarse a dos juntos en tan poco terreno era un gozo. Daban ganas de preguntar por libros inventados sólo por darse el gusto de verlos en acción. Ahora vengo de saber que Juan Carlos, Juancar, tenía también una bola de cristal y que sentía una atracción por lo esotérico que no sabemos a dónde le llevó, pero que le hacía desconfiar de ciertas, contadas personas.

Suponemos que no llegó a ver nada en esa bola. Que la tenía por tenerla cerca, por tener a mano el misterio, aunque no supiera cómo usarlo. A cambio, se empapaba de él continuamente, en un hilo sin interrupción, conectando el final de una novela con el comienzo de otra, hasta despegar de la rutina, como nos pasa a todos los lectores. En su caso, el último viaje ha tenido también algo de odisea fantástica, vertiginosa. Quiero creer que a ratos se ha sentido más un viajero en lo extraño que un enfermo, mientras luchaba por su vida en medio de una marea de operaciones y de infecciones que han ido debilitando su resistencia, pero no su imperturbable optimismo. Al final, ya más allá que acá, su obsesión era que no se preocupase nadie. Sus últimas palabras han sido reveladoras: siento que estoy perdiendo la consciencia. Las de un Ulises que cruza una frontera dando fe de su valor.

Chincharte


El segundo fin de semana de mayo se celebró en Chinchilla un festival de artes alternativas al que los organizadores han bautizado Chincharte 2009, que es un título que se recuerda con facilidad y que tiene un punto ingenuo de provocación, que les conviene a estos acontecimientos. A más de uno puede parecerle hasta anacrónico, irrespetuoso con la consigna global de apretarse los cinturones, el crear un festival cultural precisamente cuando la crisis económica está en su apogeo. Sin embargo Chincharte había empezado a fraguarse antes de que se generalizara la crisis y además, si lo pensamos bien, qué puede ser más estimulante y agitador, en un momento en que faltan ideas y decisión para aplicarlas, que un encuentro donde los jóvenes tengan ocasión de expresar y contrastar sus hallazgos en todos los campos del arte.

Porque como explicaba el concejal Antonio Cola en la presentación, el objetivo de Chincharte 2009 ha sido dar una oportunidad a los jóvenes de compartir y de participar. No ha resultado sin embargo fácil que viera la luz. Ha hecho falta el impulso de un grupo de artistas chinchillanos, encabezados por Celia Jiménez, Teresa Preciado, Álber Navarro y Rafa Martínez, luminosos de energía y desbordantes de ideas. Ha sido necesario que el ayuntamiento de la ciudad asimilara el reto, trámite que le ha costado tres años, como reconocía la concejala de cultura Mercedes Mínguez, que la definió como una iniciativa de riesgo. Han precisado de una persona que coordinara el proceso y pusiera el orden en los acontecimientos y las cifras en la tierra, lo que ha hecho Verónica Hernández, con el respaldo de la Diputación. Y además hacía falta que los artistas tuvieran ganas de venir, y la generosidad de hacerlo casi gratis, y en muchos casos encima aportando experiencia e ideas, como las editoras de La Lata, Manuela Martínez y Carmen G. Palacios.

Así, Chinchilla, que vive en una efervescencia cultural la mayor parte del año, entre la riqueza de sus tradiciones y acontecimientos como el Festival de Teatro Clásico o el de Música Antigua, o el Certamen de Pintura Rápida o el de Cortos de Cine, rellena un hueco que le quedaba en su calendario. Los vecinos del pueblo, y los que se acercaron desde Albacete, pudieron admirar una exposición colectiva variadísima, pero con un mínimo de notable en todas las obras. Vivieron la presentación de esa revista tridimensional que es La Lata, que sus promotoras han paseado y siguen paseando desde Albacete por todo el mundo. Vieron a Nacho Galilea atravesar el vestíbulo del auditorio sin pisar el suelo gracias a unas escaleras que se trajo y después soplaron para apagarle las velas del gorro con el que se proclamó capaz de satisfacer los deseos de los presentes. Y vieron luego a Ana Celada deslizarse ante una pantalla, entre los sones de una balada hipnótica.

Después hubo música de grupos albaceteños y al día siguiente talleres artísticos para los adolescentes chinchillanos y también para los chavales de la mancomunidad Monte Ibérico. Luego los cortos de Begoña Martínez Santiago, que lo mismo saca chispas eróticas de una mano que funde a tres mujeres de distintas generaciones en una sola intemporal, eterna. El colofón musical lo puso Hyperpótamus, que ha hecho un paréntesis en su viaje a Estados Unidos para cantar en Chinchilla.

En fin que todas las disciplinas disfrutaron de su momento y de su público, y que los artistas tuvieron ocasión de convivir dos días y regresar a sus tierras con la ciudad en la retina y seguro que con nuevas ideas, ya que no hay nada tan estimulante para un artista como juntarse con colegas. Todo gracias a la ilusión de un grupo de jóvenes, la valentía de unos concejales y la profesionalidad de una coordinadora cultural. El ejemplo no sólo vale para el mundo de las artes, vale para cualquier campo. Recetas: sentido común y trabajo en equipo. Dejan vibrando su energía, espero que tan poderosa como la de los antiguos monasterios, que todas las poblaciones deseaban tener cerca para beneficiarse de la atmósfera enriquecida por los rezos de los monjes.

http://www.myspace.com/chinchartefestival
La foto es de Teresa Preciado

El entrevistador entrevistado


Hace unos cuantos años, cuando yo era estudiante de periodismo y meritorio en Antena 3 radio, ayudaba a Juan Ángel Fernández en sus entrevistas. Una vez me pidió que fuera al Gran Hotel a buscar a Amancio Prada. Se trataba de una tarea sencilla que realicé con mucho gusto. Hacía una tarde desapacible y observé que el cantante se cubría de forma aparatosa al salir a la calle. Le pregunté si quería un paraguas y respondió con un comentario enigmático: sólo me preocupa la calma. Como el tipo es tan pausado de ademanes y de conversación, incluso cantando, asentí y creí haberme quedado con la copla. Ajá, me dije. Ya durante la entrevista, Juan Ángel me pidió que interviniera: ¿quieres preguntarle algo, tú que le has acompañado desde el hotel? Sólo hacer hincapié en la importancia que concede Amancio Prada a la calma, comenté en un tono de suficiencia y relaté lo que unos minutos antes acababa de observar. Me has entendido mal, replicó en antena el aludido, y se notaba que estaba disfrutando con la rectificación, el muy canalla: en realidad he dicho que me preocupa la calva.

Aún se están riendo de mí, desde Andrés Gómez Flores al propio Juan Ángel, todos los que se encontraban en la emisora en aquellos momentos y más que probablemente los pocos que oyeran la entrevista. Todavía puedo escuchar sus carcajadas. Los oía el otro día, cuando se acercó Juan Ángel Fernández a entrevistarme a mí, tantos años después, con su melena a dos crenchas y su barba fatigada. Qué de recuerdos. Dispuso sobre la mesa un grabador japonés que le compró su hija en Nueva York, una cosa diminuta, y empezó lo difícil. Porque sólo el que se ha ganado la vida haciendo entrevistas sabe lo difícil que resulta entrevistar a un amigo. A ver qué le preguntas. Fue una conversación en la que ambos opinamos con el desorden que provoca el descoloque, la urgencia y la pasión de quien vive lo que habla. Se quitaba importancia, que es una estrategia de veteranos: los que sabéis, decía. Él que es un periodista curtido en mil batallas. Le dimos un repaso a la cultura y llegamos a la misma conclusión: en música y en poesía, la mayor parte de la gente se ha quedado en autores que son ya clásicos, no alcanzan a disfrutar de los actuales porque probablemente les falta un criterio, una brújula en medio del marketing que mete por los ojos lo que no cabe en los ojos.

A eso se dedica ahora Juan Ángel, a compartir un criterio. Viaja con su criterio musical bajo el brazo, bien aderezado en formato digital, y se lo expone a públicos de Cuenca, de Bilbao, de dónde le llaman, que es de cualquier lugar de España. Después de haber pasado por tantas emisoras y por las oficinas de prensa de distintas instituciones, la última Cultural Albacete, ha puesto en orden su experiencia y sus contactos y se le salen los proyectos por las orejas. Uno de ellos es una recopilación de gente albaceteña que está haciendo cultura, o contribuyendo a ella, en cualquiera de sus facetas. La va sacando a plazos en las páginas de este mismo periódico y por eso vino a buscarme el otro día. Hoy, algunas páginas más adelante, estamos viendo lo que recogió su pequeño cacharro japonés de tanto como dijimos, después de que habláramos hasta por los codos. Hace muchos años, más aún que la anécdota de Amancio Prada, Juan Ángel me había pedido unos textos para abrir la radio por las mañanas. Yo madrugaba orgulloso para escuchar aquellas evocaciones en la voz un poco ronca de Juan Ángel y con la envoltura de su buen gusto musical. No hay mayor placer que escuchar lo que has escrito bien leído por otra persona. Y más entonces, que yo era adolescente. Ahora me cuido la calva cuando llueve, no como él, que lleva la melena abundante a dos crenchas. Tenía que haberle preguntado entonces, como en la canción de Franky, ¿qué champú usas tú? Pero ya es tarde.

La clase


Han sido muchos los colegas que me han preguntado si había visto la película y, ante mi negativa, entornaban los ojos con aire de profundidad y comentaban algo así como “pues ya verás, ya”. Algún compañero, sólo alguno, se mostraba menos sibilino. De hecho, lo que le sorprendía a Amparo era que a los demás les entusiasmara tanto algo que a ella la dejaba más bien fría. De modo que me moría de ganas de ver La clase, del director francés Laurent Cantet, para desentrañar, de una vez por todas, la mirada entornada de mis colegas o, en el peor de los casos, para compartir la insatisfacción de Amparo. Me ha costado mucho trabajo romper el enigma porque la programaron un tiempo en el Candilejas, pero me la perdí en su día, y hay que sudar tinta para ver estas pelis francesas, aunque seguramente son las que mejor se promocionan de Europa y ésta además venga avalada por la Palma de Oro en Cannes el año pasado.

El caso es que por fin puedo opinar. De esto hace unos días, y aún la estoy digiriendo, tratando de ganar profundidad, en vista que la primera impresión me acerca más a Amparo que al resto de mis colegas. Cantet cuenta las relaciones entre un grupo de alumnos de un barrio problemático de París y su profesor de lengua, durante un curso completo. Le da al relato un aire documental para que nos parezca que lo que estamos viendo es real como la vida misma: que los chavales, la mayoría de ellos inmigrantes de variada procedencia, son en buena parte deslenguados, protestones, insumisos y encima asimilan poco o nada de lo que intentan transmitirles sus profesores. Al final del curso, François, que además es tutor del grupo, les pide que describan lo que han aprendido y hay que oír los dislates descorazonadores que sueltan por esas bocas, dislates que por otra parte tampoco andan tan lejos de los que estamos acostumbrados a escuchar por estos lares.

A los profesores el comienzo nos resulta estimulante porque vemos que en Francia nuestros colegas parecen trabajar en equipo, se presentan entre sí el primer día diciendo algo más que el simple nombre, se aconsejan y sobre todo acatan los horarios que se les adjudican sin rechistar, punto este que, de ser cierto, establece una diferencia ya definitiva entre el otro lado de los Pirineos y el nuestro. Pero una vez asimilado este primer espejismo, los parecidos van incrementándose a medida que avanza la película hasta acabar siendo clamorosos. De hecho, un alumno problemático (por irreverente) es tratado más o menos igual: se le expulsa, lo que quiere decir que se le cambia de centro, ya que tiene que seguir siendo escolarizado (hablamos de un nivel equivalente a nuestro cuarto de la ESO). Lo que cambia es el método: aquí lo decide el director, oídas las partes, allí lo dirime una macabra comisión mediante voto secreto en una urna.

Imagino que lo que hace entornar los ojos a mis colegas es la sensación de realismo que desprenden las imágenes. Por un lado nos sentimos identificados con todo lo que pasa y por otro confiamos en que los que no conocen de qué va la enseñanza se vayan haciendo una idea. A mí me parece poco para entusiasmarme hasta entornar los ojos. Está claro que se trata de una denuncia sobre un tema candente, la educación. Yo a la película no le pido soluciones, sería demasiado. Pero sí que focalice bien el problema. No se trata tanto de que todo ocurra en un centro cerrado (Entre las paredes, que es el título original, más apropiado al contenido), sino de que lo que ocurre allí tiene poco que ver con la vida. Ya señaló Séneca, hace mucho, que no estudiamos para la escuela, sino para la vida. Y sin embargo son dos mundos cada vez más distantes, en Francia y en España, lo que demuestra que el sistema hace aguas globalmente. En la película aparece sólo una de las partes, la escuela. Para poner el dedo en la llaga, le falta la otra parte de la comparación, lo que pasa con los chavales y con los profesores cuando salen del recinto del instituto y pisan el mundo cotidiano.

Conversaciones de lectores



Mi amigo Alfredo Jiménez, que anda mal de salud, lo que le concede mucho tiempo para leer, me pide cuatro títulos de novelas que me hayan gustado. Me pone condiciones: dos han de ser históricas y dos de suspense. Por supuesto ya se ha devorado las dos publicadas de la trilogía Millenium de Stieg Larsson, que son las primeras que se me vienen a la cabeza. Y ahora está embuchándose Crepúsculo, una de las cuatro de vampiros escritas por Stephenie Meyer y popularizadas por el cine. Yo no le he hincado el diente, pero he observado el efecto que producía en mi hija pequeña, literalmente vampirizada por la serie, hasta quitarse horas de sueño para apurar capítulos. Trato de hacer memoria sobre la marcha, me maldigo por no recordar títulos de libros leídos más atrás de un mes; pero salgo del paso mencionándole al sueco Mankell, autor prolífico, y a mi juicio ameno, de novelas policiacas. También le hablo del best seller de Matilde Asensi El último Catón, que me aconsejó mi hijo mediano y me gustó y de Bajo la fría luz de octubre, la reconstrucción de la guerra civil en Albacete que hace en primera persona, con la voz de su tía, mi amigo Eloy M. Cebrián.

No me atrevo a mencionarle Anatomía de un instante, la novela sobre el 23 efe que acaba de editar Javier Cercas, porque no la he leído aún, aunque Juan Valero me habló de ella tan febrilmente el otro día, encareciéndome capítulos y anécdotas hasta contagiarme tanto su entusiasmo que la tengo en los primeros lugares de mi lista de espera. Tampoco menciono Un día de cólera, de Pérez Reverte, sobre el 2 de mayo, que mi amigo Miguel G. Tornero me ha prestado e insiste en que lea; si no me atrae es precisamente porque el propio Alfredo me había comentado en el hospital que se dispersa acumulando nombres y lugares. Aparte del préstamo, Miguel y yo tuvimos en la escalera de mi casa una acalorada discusión sobre La cuarta trama, donde uno de los abogados del 11 eme, José María de Pablo, analiza los entresijos del proceso, aportando a mi juicio opiniones tendenciosas.

Comprendo más que nunca al librero Juan Valero. Aconsejar libros es tarea delicada. Tanto como regalarlos. Los gustos del lector no siempre coinciden con la imagen que tenemos de la persona a la que deseamos agasajar. Aunque Eloy M. Cebrián, asegura en una entrevista que nos hace la Ser que, así a bulto, los lectores de hoy prefieren los libros gruesos y de tapa negra. En medio de un Altozano convertido en una feria de globos y payasos que se dirigen a los niños desde el escenario, junto a las mesas abarrotadas de las librerías, las instituciones y las editoriales locales, me doy cuenta de que, a contracorriente, yo leo muy a menudo libros delgados y pálidos, que es el aspecto que suelen ofrecer los libros buenos de poesía, que sólo nos gustan a un porcentaje pequeño de lectores. Pero, eso sí, incondicionales. Sin ir más lejos, la otra noche estuvimos repasando durante tres horas mi amigo Karmelo Iribarren y yo el balance de los últimos que hemos leído, impresiones que también suelo intercambiar con Antonio Cabrera y Javier Lorenzo, porque hay que aprovechar a los amigos con criterio, que son más fiables que los suplementos literarios, siempre tan lacayunos. Por cierto, que Javi insiste mucho en que lea el último poemario de Caballero Bonald. Lo pongo en la lista.

No para ahí la cosa. Antes de venir al Altozano, una alumna encantadora nos ha regalado a Eloy y a mí sendos ejemplares de la última novela que, según ella, le ha arrancado unas lágrimas, La ladrona de libros, de Markus Zusak, de la que recuerdo vagamente que ya me habló Ángel Aguilar. Y durante la misma entrevista, Anselmo Gómez menciona a Haruki Murakami, cuya lectura nos inspira a mi mujer y a mí sustanciosas conversaciones en las horas crepusculares. Cuando me pregunta Quico, el de la Ser, si pienso que la gente cada vez lee menos, vuelvo a quedarme en blanco: “Pues hombre, yo no tengo esa impresión”, balbuceo. Pero me quedo insatisfecho con mi respuesta y me pongo a escribir este artículo para contestarle más a mis anchas, para explicarle que yo conozco a un montón de gente con la que puedo compartir emociones, anécdotas y hasta discutir con amistoso encono a partir de nuestras lecturas. Y al contarlo, parecen multitud.

Insigne y peligroso


No sé cuál de los dos fue más insigne, ni cuál más peligroso. En las Españas, sin duda, don Miguel de Unamuno. En nuestra pobre ciudad, José S. Serna. Ambos se encontraron en Albacete en la Feria de 1932. Serna invitó al vasco a que hiciera las veces de Mantenedor de los Juegos Florales que organizaba por entonces la Asociación de la Prensa. Se fue a buscarlo a Salamanca, en cuya Universidad ejercía el otro de rector, y lo acompañó en el viaje y durante el acto, que se celebró en el Teatro Circo. Por supuesto, el autor de San Manuel Bueno Mártir no traía escrito su discurso y tampoco parece que hubiera en los alrededores un taquígrafo, por lo que tenemos que conformarnos con lo que pudo rescatar años más tarde de sus recuerdos el amigo Sernón, que no le iba a la zaga en mala leche.

Parece que el respetable se llevó un chasco de campeonato, porque en medio de aquel patio de sillas donde lo pomposo y lo cutre se removían en precario artificio, Unamuno dio rienda suelta a su gracejo y tildó de poetisos a los poetas de juegos florales, que estarían escuchándole impacientes a la espera de conocer el nombre del ganador. Luego arremetió contra los concursos de belleza femenina, aunque intentó diferenciarlos del papel que en aquel momento jugaba la reina de la Feria. Se despachó a gusto hasta contra la bandera republicana, entonces vigente y cuyos colores aseguró que no se correspondían en ciertos matices (que Serna no aclara), con los genuinos de la tradición. Los organizadores se hacían cruces preguntándose a quién se le había ocurrido invitar a semejante individuo tan políticamente incorrecto (que diríamos ahora).

Y sin embargo, con los años, su visita nos enriquece. Pues como Unamuno lo escribía todo, absolutamente todo, encontramos sus propias observaciones en uno de sus artículos, que apareció en el diario El Sol de Madrid el 23 de septiembre de 1932 y que los curiosos pueden ahora consultar en el volumen Paisajes del alma (sección Castilla) publicado por la Revista de Occidente en 1965. Pueden consultarlo, si lo encuentran. Yo he tenido suerte. Había un ejemplar disponible en internet. Y es un gozo abanicarse con esas cinco páginas en las que Unamuno mezcla su visión, pretendidamente lírica (y en realidad altisonante) de la tierra manchega, con un par de fogonazos sobre Dos lugares, dos ciudades, que no son otros que Chinchilla y Albacete.

Dice que “Chinchilla se derrumba sin rumbo y más bien se vacía, se despuebla de almas”. Avanza por el penal, a sus pies las cuevas “enjalbegadas a la moruna” y en la plaza la efigie de Carlos III. Luego desata su ira contra “una pobre tenducha de los soportales, donde se vendían impresos y entre estos unos cuadernos o tomitos de una biblioteca llamada galante”, que ahora quizá preferiríamos llamar pornográfica, que le hace subir al cuello el más agrio regusto quevedesco: “no es el trágico abrazo del amor y la muerte, sino el más trágico aún de la rijosidad y la penuria”.

Señala de la nueva ciudad de Albacete, con cierto retintín, que “sus hijos (…) dicen, no sin cierto orgullo, que no tiene historia, queriendo decir que no tiene arqueología” (que no estuviera a la vista, no significa que no existiera entonces; ahora ya no). También cita La Feria, “que es, y merece serlo, el orgullo de Albacete”. Toca el Parque, “pinar espacioso y bien plantado, que alegra cielo, tierra, pecho y vista”. Y acaba dedicándole unas glosas al “suntuoso Instituto de segunda enseñanza, junto al fresco verdor del Parque, ahora que casi todo español aspira (…) a hacerse bachiller”. El instituto donde aún seguimos impartiendo las clases nuestras de cada día. Es como estar escuchando a dos abuelos contar sus batallitas y descubrir que las cosas han cambiado poco y mucho a la vez. Dos abuelos de armas tomar, cascarrabias insignes, peligrosos de un peligro que ahora nos parece inofensivo.

La mano del caballero


Me contaba una profesora amiga que un alumno le discutió airadamente que existiera El caballero de la mano en el pecho de El Greco, porque él había leído en internet que el original era El caballero de la mano en el TECHO. Movido por una curiosidad científica, me adentro en Google y descubro que, en efecto, unos gamberros aseguran con sorna que lo que quería pintar El Greco era al caballero tocando la escayola, y lo dibujan con la mano en alto, aunque añaden debajo el cuadro genuino para que se pueda comparar. La comodidad nos empuja a deducir que el chico ha tomado la parodia por el original y se ha creído a pies juntillas la chanza, movido por su ignorancia de que alguna vez existió un pintor llamado El Greco (y tal vez por las ignorancias sucesivas de que existió el Renacimiento tardío y existió en algún sitio la pintura al óleo). Y que luego, esa audacia irreflexiva que suele acompañar a la ignorancia le ha instado a discutir su creencia con la profesora delante de sus compañeros.

No se le puede culpar. Es lógico que le dé más credibilidad a una información obtenida a través de internet, que es un libro abierto todo el día para gran número de adolescentes, que a una profesora del instituto que, al fin y al cabo, ¿quién es una profesora? Respaldado por la universalidad de la pantalla a la que vive asomado, en la que se relaciona y respira, es normal que se haya atrevido a enfrentarse en público a la profesora, sin preocuparse del riesgo de quedar en ridículo y el otro riesgo, aún peor, de cosechar una calabaza en las notas de la evaluación. Como se colige del espíritu de las últimas leyes educativas, cada vez más comprensivas con los chavales, no debemos extraer conclusiones precipitadas de sus comportamientos. No pueden ser tan tontos como parecen.

Sus tiernas mentes tantean en la realidad, usando como báculos las contadas referencias que han vivido sus sentidos, sobre las que construyen su explicación del universo. Así la primera versión de un cuadro le parece a este mozo el original, aunque sea una caricatura del original, del mismo modo que nos pasa cuando nos acostumbramos a oír una melodía en la voz de un cantante, sin saber que se trata de un simple versionista; cuando un día la escuchamos en la voz de quien la compuso, disuena tanto de la que nos es ya familiar que tendemos a creer que el copión es este último. Y como vivimos en un mundo de copias (desde Walter Benjamin), lo natural es perder de vista los originales, tener dificultad para distinguir las voces de los ecos, que diría Antonio Machado (¿pero qué demonios hago yo citando autores? ¿qué falta de respeto es esta? Disculpen).

Por otro lado, la iniciativa del alumno de intervenir en clase es digna de encomio en un mundo escolar donde lo habitual es que los alumnos parezcan pintados, como cuadros del propio pintor cretense, o incluso más borrosos, casi como bodegones de un impresionista. Que la defensa de su postura haya sido quizá en exceso acalorada no debe cargársele en su debe, sino entender que corresponde a un desarrollo emocional inconcluso. Todo tan fácil de comprender que incluso inspira ternura. Conforme se ubique en el mundo y canalice su arrojo, irá encontrando acomodo en la compleja realidad, quien sabe si incluso para militar en política. Entonces poco a poco perderemos el rastro de las posibles causas de sus errores, que ahora nos resultan tan sencillos de explicar, y nos costará más entenderlo, como nos cuesta comprender qué mueve al Papa a criticar los preservativos en el continente donde más los necesitan, por citar un ejemplo. Pero esta es otra historia. Mejor hablar de cosas en las que el caballero de El Greco sepa dónde posar la mano.

La varica de la virtud


Fina Ortega García acaba de publicar un libro con fotos e historias tradicionales de Chinchilla. Es el cuarto que da a la imprenta esta mujer imparable, que mantiene un ritmo de libro por año y que seguro que atesora material suficiente como para seguir publicando ininterrumpidamente otros diez años más, por lo menos. Las fotos, claro, se comen con los ojos. Los que vivimos en el pueblo tenemos la posibilidad de encontrar más de una vez el rostro de una persona, a la que saludamos cada día, envuelto en las penumbras del blanco y negro y ataviado con vestimentas desacostumbradas. Luego, al consultar la fecha de la instantánea comprobamos que a finales del siglo XIX o muy poquitos años del XX había otra persona exactamente con el mismo rostro e idénticas hechuras corporales que nuestro conocido. O sea, como viajar en el tiempo y a la vez sentir que el tiempo no transcurre, sino que se repite, que somos repeticiones de antepasados que ya han sucedido, que se siguen desarrollando en nosotros y que, si somos capaces de mantener vivo el planeta, volverán a repetirse cíclicamente a través de las generaciones.

Sin embargo, y a pesar de lo impactante de ese viaje propuesto por las fotografías, aún me ha impresionado más leer algunos cuentos tradicionales en la versión inédita que le imprimían los abuelos del lugar, los que se los han contado a Fina. Cuentos que el cine ha edulcorado y simplificado y que ahora este libro rescata en versiones anteriores al cine y con retoques propios de la idiosincrasia chinchillana. Por ejemplo, Estrellica de Oro, que no es otra que una Cenicienta manchega. Su madrastra es una maestra que le da de merendar pan con miel para camelarla y lograr que interceda ante su padre para casarse con él. Después de la boda, le cambia la merienda a pan con hiel y la envía a lavar la ropa al río sin jabón. No la socorre un hada, ente por lo visto poco habitual en la estepa castellana, sino una misteriosa vieja. En cuanto a la varita mágica, adquiere el apelativo más maravilloso y certero de varica de la virtud. La moza se embellece mojándose el rostro en el río, que le imprime una estrella de oro en la frente. Luego vienen los bailes y la pérdida de los zapatos, que no precisan ser de cristal, sino simplemente zapatos, un lujo en según qué época y lugar. Y al final es un perro, cuyos ladridos se entienden, el que descubre al príncipe que la madrastra y sus hijas lo están engañando y mantienen a Estrellica oculta debajo de una artesa.

Como en ese juego de decir al oído de otra persona una frase y que esta se lo diga al oído a la siguiente y así sucesivamente, hasta terminar el corro y descubrir que la frase resultante apenas se parece a la original, estos cuentos han ido cambiando y enriqueciéndose cada vez que alguien los reconstruía para sus nietos a partir del recuerdo de haberlos escuchado en su propia infancia. Y cada nuevo narrador añadía o quitaba detalles, según su propia experiencia y personalidad. Y no obstante, en esencia, historias como la de Cenicienta siguen siendo las mismas en todo el orbe, desde la Cinderella británica hasta la Aschenputtel alemana, pasando por la Cendrillon francesa, como si hubiera una conciencia superior y común en el ser humano que escogiera lo esencial de la leyenda y la preservara haciéndola reconocible para todos. Incluso, como ocurre en la versión del libro de Fina Ortega, después de retirarle la ceniza del vestido y el nombre original y colocándole una estrella en la frente.

Por supuesto, en un volumen de doscientas páginas hay otros cuentos, dichos y leyendas, a veces incluso retrucados en versiones diferentes para que el lector pueda comparar. Incluye también historias reales como la vida misma, crueles, lacónicas, sin aparente explicación, para todos los gustos. Y cuentos que yo no conocía, o conocía muy vagamente, como El del Tío Antón, tan delicioso que nada en absoluto tiene que envidiar a otros más populares. Las voces de la memoria, cuentos, historias y romances es el título de este libro que habla por los codos, en un desorden coral, como el de un cofre revuelto donde no sabes si brilla más la hojalata o las joyas, y que es capaz de arrancarte del presente y llevarte hacia algún lugar del pasado o de ti mismo, igual que las llamas hipnóticas que crepitan en la chimenea.

Chandler y el amor


Los cazadores de efemérides nos han bombardeado estos días con el recordatorio de que Raymond Chandler murió hace medio siglo en California. Un 26 de marzo. Y aunque la costumbre de caminar sobre fechas señaladas nos ha ido vacunando poco a poco, cumplo con el rito de abrir de nuevo algunos libros que me ayudaron a olvidarme de mí mismo, muy placenteramente, durante las horas que duró su lectura. Y luego su relectura. Porque Chandler es uno de esos autores (infinitamente menos de los que se pregona) que se deja releer sin experimentar merma. Sobreviven de su escritura ciertas escenas imborrables que ni siquiera el cine ha logrado adulterar, como la de un ricacho anciano languideciendo en la sofocante atmósfera de un invernadero, o la del embarcadero de un lago que guarda el secreto de mujeres que desaparecen o el rotor de una lancha que enmascara el sonido de un disparo.

Y sobre todas estas escenas, sobrevolándolas, la rudeza de un tipo con una filosofía de la vida un tanto peculiar, y sin embargo verosímil: “lo único que quería era irme y no meterme en nada más, pero esta era la parte de mi personalidad a la que nunca hacía caso. Porque si alguna vez lo hubiera hecho, me habría quedado en la ciudad donde nací, habría trabajado en la ferretería y me habría casado con la hija del dueño y tendría cinco hijos”. Nosotros, que carecimos del valor necesario para eludir nuestro destino, acompañábamos a Philip Marlowe en sus pesquisas y admirábamos la entereza con la que escupía sus frases redondas, cargadas de ironía, para sacar a los canallas de sus casillas, aunque fuera a costa de ir recibiendo mandobles, tortas y hasta culatazos de pistola.

No le fue mal con el cine a Chandler, a pesar de que sólo se dio a conocer con la publicación de sus primeras novelas en los últimos veinte años de su vida (y vivió 70). De todos modos, debió de ser complicado trabajar con él. Por ejemplo Billy Wilder se ensañaba al recordarlo en sus memorias. La mujer de Chandler, casi dieciocho años mayor que su marido, había muerto, sumiéndolo en una depresión que lo condujo al alcoholismo. Puede que Wilder llevara razón y que el viejo malhumorado les envidiase la juventud y la facilidad para ligar con mozas guapas. También puede que ese fuera el motivo por el que introdujera en sus Apuntes sobre la novela policiaca (1949) la advertencia de que “el amor casi siempre debilita una novela policiaca, pues introduce una especie de suspense contrario a la lucha del detective por resolver el problema”.

A esa posibilidad, la de que fuera el suyo un consejo guiado más por el despecho que por la razón, me he aferrado yo durante años, mientras me esforzaba en contradecirle con la escritura de novelas policiacas en las que el amor formara parte del juego. Una tras otra fueron desdibujándose en los cajones, sin ayudarme a llevar razón. Tampoco se la quitan a Chandler dos películas que he visto recientemente, The Code y Duplicity, en las que el amor sincero desdibuja la trama policiaca. En la primera, Antonio Banderas está menos sobreactuado que otras veces, quizá por la sombra tutelar de Morgan Freeman. En la segunda, la cara de chiste de Clive Owen nos impide creernos que nadie pueda tomarlo en serio como espía y menos aún como amante, a pesar de los esfuerzos de una entonada Julia Roberts. Ambos galanes andan demasiado lejos del malditismo de Humphrey Bogart / Marlowe, tan natural en los escarceos como desterrado del verdadero amor.

Y así sigue llevando razón el viejo y huraño Chandler con aquello de que el amor “falsea las cartas, y nueve veces de cada diez supone la eliminación de al menos dos sospechosos útiles”. Aunque, por si acaso, dejó abierta la puerta a una posible solución: “la única forma de amor eficaz es la que añade un elemento de peligro personal al detective”. Pero eso sí, con la matización inmediata de que debemos percibir “instintivamente que se trata de un simple episodio; un buen detective no se casa jamás”. Tengo mucha curiosidad por leer la inminente tercera entrega de Millennium, la trilogía del malogrado sueco Stieg Larsson, a ver cómo ha resuelto el amor imposible entre Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist. Lo mismo fue capaz de enmendarle la plana al maestro Chandler antes de morir.

Competencia matemática


El profesor de matemáticas utiliza un material para cuyo traslado se necesitan tres personas. Hay un cubo con arena, varios recipientes más o menos exóticos, dos rosarios, uno de ellos enorme, una colección de conchas de mar, un ordenador tan pesado como el cubo de arena. Lleva tantas cosas que en vez de un profesor de matemáticas parece un buhonero. Y en cierta manera lo es. Dirk Huylebrouck viaja por el mundo vendiendo entusiasmo por las matemáticas. Uno no acaba de creérselo hasta que no lo ve en acción gesticulando ante un auditorio de alumnos de bachillerato del instituto Sabuco. Les habla en inglés, pero da lo mismo, ahí están todos atentos, sin perderse ripio, como si asistieran a la actuación de un prestidigitador. Que también lo es.

Su empeño es demostrar que las matemáticas están allí donde se mueve el ser humano, en todas sus actividades. Están en los adornos de la ropa de vestir y en nuestras casas y en nuestra manera de agruparnos. Y no desde ahora, sino desde los tiempos en que ni siquiera se había inventado la escritura. Hace veinte mil años, en África, nuestros antepasados ya contaban utilizando el dedo gordo y posándolo en cada una de las tres falanges de los restantes dedos de la mano. Es decir, utilizaban como base la docena. Y probablemente fueran las mujeres las que emplearan unos huesos marcados con muescas para llevar las cuentas de su ciclo menstrual. Unos huesos que se encontraron en Isangho, en el nacimiento del Nilo, en los años cincuenta, y que sólo últimamente hemos sabido, gracias entre otros a Huylebrouck, que eran herramientas de contar, una especie de primitivos ábacos.

Todo esto lo hemos sabido esta semana, gracias a este matemático belga, empeñado en desacralizar las matemáticas. Hay una corriente educativa en Europa que defiende que lo importante no es tanto saber cosas, como saber hacer cosas. En países como Finlandia, líder de los resultados en el informe Pisa, toda la educación está enfocada de este modo. En España aún nos estamos sacudiendo la obsesión de que ir al colegio es ir a almacenar conceptos, a memorizarlos, muchas veces sin saber para qué sirven y sin relacionar los de unas disciplinas con otras. Aquí la corriente fluye en una sola dirección: el profesor explica lo que sabe, o lo que cree que sabe, o lo que cree que sabe explicar. Generaciones y generaciones hemos estudiado así las matemáticas, la historia, la lengua y hasta la educación física.

Ahora a los docentes nos están intentando cambiar la mentalidad. A enseñar a hacer cosas le llaman educar con competencias. Será un proceso largo que apenas acaba de empezar. Uno no lo terminaba de ver claro hasta que llegó Dirk Huylebrouck y nos dio una lección magistral. Todo junto: poesía, trabajos manuales, etnografía, expresión corporal, inglés y hasta algún que otro chiste ilustran las matemáticas. Las mezclan con la vida. Uno las ve, las toca, las siente, usa los sentidos, aprende. El tipo es un reputado investigador, imparte clases en las universidades de Gante y de Bruselas, aunque también se relaciona con universidades africanas, portuguesas y norteamericanas, mantiene una columna en la más prestigiosa revista de matemáticas del mundo. Sin embargo, vino a Albacete gratis, con una generosidad inverosímil en estos tiempos de intereses, sólo a dar una clase a los alumnos de bachillerato de su amiga Antonia Redondo. La accesibilidad de los responsables de Humanidades permitió que también aprovechase el viaje para dar una clase en nuestra Universidad. Una hermosa lección que se nos queda en la retina y en el corazón. Esto es sembrar.

El sexo del cerebro


Bueno, pues parece que, de momento, por lo que se sabe, el cerebro del hombre y el de la mujer trabajan de maneras diferentes. Esa es una de las conclusiones que sacamos de la charla que dio en Chinchilla Elsa Punset. Vino a hablar de las emociones y de cómo controlar las reacciones que producen, en uno de los talleres de la semana del bienestar emocional organizada por la Universidad Popular chinchillana. Enfocó su discurso a las mujeres, que celebraban su semana, pero nos colamos tres varones curiosos y un tanto temerarios. Por supuesto se cachondearon un rato de nosotros, pero también nos reconocieron que envidian nuestro cajón de la nada, ese compartimento del cerebro masculino que nos permite sentarnos a pescar o zapear ante el televisor sin pensar absolutamente en nada, como si no hubiera problemas.

Asegura la Punset que los dos hemisferios del cerebro femenino están muy bien conectados, lo que las mantiene en un permanente chisporroteo de ideas, estimuladas por el ir y venir de las emociones. Vamos, la loca de la casa, como definía Santa Teresa a la imaginación, ese remolino mental. En cambio los hombres trabajamos con el cerebro más compartimentado: tenemos un cajón para cada cosa, lo que nos dificulta en general realizar al mismo tiempo dos o más actividades, cuyos programas guardamos en estancos distintos. Sin embargo, esto de hacer varias faenas a la vez está chupado para las mujeres, que asentían con entusiasmo cuando la conferenciante iba describiendo la manera femenina de discurrir, mientras caricaturizaba la nuestra, como está mandado.

Claro, que al final, la conclusión era que las mujeres envidian nuestro cajón de la nada, ese reducto del cerebro masculino lleno de telarañas y completamente vacío, que nos permite descansar de emociones y hasta babear de pura indolencia. Por supuesto, hay gente para todo; se trata de generalizaciones, que siempre son odiosas, aunque parecen bastante corales por lo que pude observar durante el acto y a la salida del mismo, cuando las asistentes me pedían perdón por el cachondeo y me consolaban mentando mi cajón de la nada, recién estrenado como quien dice porque acababa de descubrir que lo tengo.

Evidentemente no fue el único tema de la charla de esta filósofa que se ha especializado en guiarnos a través de las emociones desde el título de su libro Brújula para navegantes emocionales. Por poner otro ejemplo, una amiga oriental le señaló que los occidentales nos morimos a los veinticinco años, aunque nos entierren a los setenta. Porque, más o menos a la edad en que nos creemos adultos, decidimos que ya no cambiaremos. Sin embargo, parece también comprobado que el cerebro humano es tan dúctil y proteico que podemos ser lo que queramos absolutamente a cualquier edad, con tal de que nos lo propongamos con suficiente fe y nos lo curremos, claro. Ella aprendió a bailar a los treinta, después de toda una vida de soportar que la llamaran la patita de la casa. Me emociona pensar que igual aún no es tarde para dedicarme al cante.