Profetas, al paro


Saber qué va a pasar antes de que suceda, ese es el gran sueño de todos los que aspiran a un pleno en la quiniela, que en el fondo somos todos. Pero, o bien nadie ha conseguido ir tan lejos en el tiempo, ni siquiera cinco minutos más allá del presente, o si alguien lo ha logrado se estará guardando la información para no compartirla. Y sin embargo afloran por doquier los profetas. Algunos con un predicamento inmerecido, como los grandes gurús de la economía, que resultan ser científicos del pasado pero astrólogos del futuro. Predijeron explosiones de burbujas y crisis a mansalva cuando ya estábamos empantanados en ellas y ahora no paran de adelantar que están naciendo brotes verdes de un árbol que no sabemos cuál es, pero que nos va a sacar del aprieto, aunque sea haciéndonos sangrar con sus espinas. Vamos, pura parábola, casi poesía bíblica.

Más modestamente yo me conformo con pequeñas averiguaciones que no predicen el futuro, sino que confirman el presente. Por ejemplo, el domingo por la mañana, salí a la calle, me asomé al silencio que reinaba en Chinchilla y de inmediato supe que había elecciones. El mérito es escaso, dirán algunos, hartos de tragar propaganda electoral antes de los telediarios y durante los telediarios. Da igual que no me crean: yo hubiera sabido que había elecciones aunque no hubiese oído la radio ni visto la tele ni ojeado el ordenador en meses. Por el olor. Las elecciones huelen y entran en el dominio de los sentidos, por lo que se pueden intuir sin lugar a dudas, como presienten los animales un terremoto o las abejas la caída de un rayo. Por eso la meteorología se ha convertido en una ciencia casi exacta y el domingo ya sabían en Roland Garros que iba a llover a las cuatro, como efectivamente ocurrió.

También las elecciones entran ya en el terreno de los sentidos. Los políticos ya ni siquiera se molestan en prometer lo que harán, pues (en un alarde de anticipación) se huelen que con promesas no van a convencer a nadie y se aplican en desacreditar a sus rivales, lo que al menos les granjea la lealtad de los suyos. El resultado no se decide por el número de los que cada uno ha convencido, sino por el número de entre los suyos que han conseguido arrastrar hasta las urnas. En unas elecciones que parecen de segunda, como las europeas, ganan siempre las derechas de las que, como dice Pilar Bardem, “votan siempre todos, hasta los muertos”. La única emoción consiste en saber por cuánto ganan. Y ahí advertimos la diferencia entre las profecías y las estadísticas, que no sustituyen a las elecciones porque no aciertan nunca, o aciertan poco.

En cambio, cuando alguien se molesta en adivinar el pasado, nos vacuna contra el futuro y sobre todo nos despeja el presente. Nos explica por qué fallaron los augures. Por eso me ha gustado mucho el libro de Javier Cercas sobre el 23 efe. Porque explica por qué fallaron absolutamente todos en su predicción de que iba a ser el general Armada el que sustituyera a Suárez. Porque explica que nuestra democracia empezó siendo una chapuza y que nos libramos por los pelos de perderla en el año 81, cuando nadie hizo nada por evitarlo y sin embargo muchos nos pusieron en peligro con sus pequeñas y mezquinas ambiciones. Recién leído Anatomía de un instante, el domingo pasado, salí a la calle y me llené los pulmones con el olor a democracia, como si llevara veinticinco años sin sacar la cabeza del agua. Como si acabara de descubrir la democracia. Luego ya voté y volví a sumergir la cabeza en este pantano de certezas donde no se necesitan profetas para saber quién ganará las europeas ni a qué hora va a llover en Roland Garros. Lo de las quinielas, en cambio, que eso sí que nos importa, sigue sin haber quién lo anticipe.

Articulistas



Por herencia familiar, pertenezco a una estirpe de sedentarios. Los tiempos han cambiado. Los sedentarios de ahora no vivimos vigilando con un ojo el ciclo de las estaciones y con el otro su reflejo en la cosecha. Más bien transitamos por un circuito semanal de calles, personas, programas de televisión, tareas y habitaciones del que rara vez salimos. Aún así no enfermamos de monotonía. Hemos aprendido a disfrutar de los matices, de los pequeños cambios que nos ofrecen las estaciones, de los libros que se suceden en la mesita de noche, del estado de ánimo de las personas con las que tratamos y del inevitable progreso de los acontecimientos: los hijos crecen, se emancipan, los cursos se ponen al rojo vivo en junio, nuestra imagen cambia en los espejos, nuestro propio estado de forma cambia también y ya no nos recuperamos con la misma celeridad de una noche en blanco o de una media maratón. El entorno contribuye: Chinchilla envuelve mi casa con una sucesión de ritos que jalonan el calendario, mientras que internet me da la ocasión de conversar casi a diario con personas que jamás hubiera conocido si no existiera este invento.

Una de las estaciones obligadas de mi circuito incluye consultar lo que me cuentan unos cuantos amigos de mi generación, que poco a poco han ido accediendo a los diarios locales y cuya opinión forma ya parte de mi rutina. Por supuesto no escriben para mí, sino para ellos mismos en primer lugar y para todos los lectores que quieran compartir su agudeza. Les ha costado (nos ha costado) hacerse sitio en los diarios, todo hay que decirlo (estamos todos más allá de la cuarentena) pero creo que nuestra aportación, al lado de maestros que ya son legendarios en la opinión albaceteña, como Pepe Sánchez de la Rosa, Ramón Bello Bañón o Domingo Henares, por citar algunos de los más admirados, espero que refresque al menos la manera de mirar las mismas cosas.

A mí Antonio García Muñoz me ayuda a aceptar el regreso de los lunes, con su dietario de la semana precedente engranado en una prosa chispeante, tan mordaz que a veces nos pone los pelos de punta. Y no entiendo los martes sin asomarme al Puente que nos tiende León Molina, con el aroma del tomillo y del romero de Yetas enredado en la escritura, pero también con reivindicaciones necesarias que se habían despistado en la letra comarcal de las noticias. Y aún no he llenado los miércoles y los jueves, pero para consolarme llegan los viernes iluminados con las leyendas cotidianas de Eloy M. Cebrián, que mezcla imaginación con realidad, agudeza con mala leche, y nos los sirve aliñados en su prosa exquisita; y la columna de José Juan Morcillo, su apunte sobre la palabreja de la semana en el que aclara de qué tiempos remotos ha venido a sentarse a nuestra mesa; y llega también los viernes Gregorio Salvador con sus advertencias y descreimientos sobre la política y la misma enseñanza en la que militamos.

Cada uno de ellos tiene para mí tanta importancia como esos cuervos cuyo vuelo escrutaban antes de partir los ejércitos de la Edad Media, teniendo muy en cuenta si se posaban a la derecha o la izquierda del camino antes de decidir qué paso dar. Todos ellos son jalones imprescindibles en la odisea que va desde el lunes hasta que el oleaje del viernes me arroja agotado a la playa del fin de semana. Tanta importancia como Manuel Vicent o Juanjosé Millás, a quienes también consulto con fervor religioso. Encontrándolos en su sitio, cada uno en su diario, parece que la semana está completa, que todo sigue en orden en la casa y que podemos seguir enfrentando con serenidad nuestra provinciana (que nada aburrida en absoluto) existencia.

Cazador de cigüeñas


A Juan Carlos Alonso Tur le gustaban con locura las novelas de fantaciencia y de misterio. Por eso, no sería raro en absoluto que en estos últimos meses se haya sentido más de una vez el personaje de una aventura galáctica, rotando en una atmósfera etérea, en medio de una red de cables, manoseado y punzado por cien manos, como si de pronto hubiera caído de una nave espacial a otro planeta y fuera objeto de estudio por los alienígenas. Y sin embargo en medio de esta perdición de estar enfermo, en todo momento, ha tenido claro dónde estaba el norte, su familia, sus hijos, sus pocos, pero ciertos, amigos. Y también su profesión de librero. No en vano, en los delirios últimos, a punto de cruzar la frontera de luz, aún advertía a sus acompañantes que no tocaran los libros que creía tener apartados para algún cliente que nunca llegará, o que estará llegando tarde.

Acababa de comprarse una Nikon deslumbrante y de estrenarla en un viaje a Italia, cuando notó los primeros síntomas y se avino a un tratamiento que en principio prometía ser sencillo. Esa Nikon merecía más capturas, muchas más, pueblos, campos, tejados y, sobre todo, cigüeñas, que eran una de las fijaciones de Juan Carlos. Tan pronto parecía no haberse movido en muchos meses del mostrador de Librería Popular, como tomaba al vuelo las vacaciones más inesperadas, las de la volea, y salía disparado y disparando fotos. Después de una trayectoria zigzagueante en la librería de la calle Albarderos y luego mucho más breve en Arquitecto Vandelvira, después de haber sido capitán de empresas pírricas, de haberse curtido en libros técnicos, raros, casi ilocalizables, ahora estaba viviendo una segunda juventud como librero de a pie, de los que pueden olvidarse de la empresa al salir por la puerta, con la curiosidad y la cámara por toda compañía.

Hijo del médico Elías Alonso, que cuidó la cabecera de tantos albaceteños cuando Albacete se lo repartían cuatro médicos, Juan Carlos heredó el tesón profesional. Sus gafas de pasta y su primer trato algo hosco han sentado cátedra entre los clientes que acudíamos con las ideas más o menos perfiladas en busca de la pista definitiva que nos llevase al libro perseguido. Su tándem con Juan Valero ha sido irrepetible. En estos tiempos en que el librero vocacional es una especie en peligro de extinción, encontrarse a dos juntos en tan poco terreno era un gozo. Daban ganas de preguntar por libros inventados sólo por darse el gusto de verlos en acción. Ahora vengo de saber que Juan Carlos, Juancar, tenía también una bola de cristal y que sentía una atracción por lo esotérico que no sabemos a dónde le llevó, pero que le hacía desconfiar de ciertas, contadas personas.

Suponemos que no llegó a ver nada en esa bola. Que la tenía por tenerla cerca, por tener a mano el misterio, aunque no supiera cómo usarlo. A cambio, se empapaba de él continuamente, en un hilo sin interrupción, conectando el final de una novela con el comienzo de otra, hasta despegar de la rutina, como nos pasa a todos los lectores. En su caso, el último viaje ha tenido también algo de odisea fantástica, vertiginosa. Quiero creer que a ratos se ha sentido más un viajero en lo extraño que un enfermo, mientras luchaba por su vida en medio de una marea de operaciones y de infecciones que han ido debilitando su resistencia, pero no su imperturbable optimismo. Al final, ya más allá que acá, su obsesión era que no se preocupase nadie. Sus últimas palabras han sido reveladoras: siento que estoy perdiendo la consciencia. Las de un Ulises que cruza una frontera dando fe de su valor.

Chincharte


El segundo fin de semana de mayo se celebró en Chinchilla un festival de artes alternativas al que los organizadores han bautizado Chincharte 2009, que es un título que se recuerda con facilidad y que tiene un punto ingenuo de provocación, que les conviene a estos acontecimientos. A más de uno puede parecerle hasta anacrónico, irrespetuoso con la consigna global de apretarse los cinturones, el crear un festival cultural precisamente cuando la crisis económica está en su apogeo. Sin embargo Chincharte había empezado a fraguarse antes de que se generalizara la crisis y además, si lo pensamos bien, qué puede ser más estimulante y agitador, en un momento en que faltan ideas y decisión para aplicarlas, que un encuentro donde los jóvenes tengan ocasión de expresar y contrastar sus hallazgos en todos los campos del arte.

Porque como explicaba el concejal Antonio Cola en la presentación, el objetivo de Chincharte 2009 ha sido dar una oportunidad a los jóvenes de compartir y de participar. No ha resultado sin embargo fácil que viera la luz. Ha hecho falta el impulso de un grupo de artistas chinchillanos, encabezados por Celia Jiménez, Teresa Preciado, Álber Navarro y Rafa Martínez, luminosos de energía y desbordantes de ideas. Ha sido necesario que el ayuntamiento de la ciudad asimilara el reto, trámite que le ha costado tres años, como reconocía la concejala de cultura Mercedes Mínguez, que la definió como una iniciativa de riesgo. Han precisado de una persona que coordinara el proceso y pusiera el orden en los acontecimientos y las cifras en la tierra, lo que ha hecho Verónica Hernández, con el respaldo de la Diputación. Y además hacía falta que los artistas tuvieran ganas de venir, y la generosidad de hacerlo casi gratis, y en muchos casos encima aportando experiencia e ideas, como las editoras de La Lata, Manuela Martínez y Carmen G. Palacios.

Así, Chinchilla, que vive en una efervescencia cultural la mayor parte del año, entre la riqueza de sus tradiciones y acontecimientos como el Festival de Teatro Clásico o el de Música Antigua, o el Certamen de Pintura Rápida o el de Cortos de Cine, rellena un hueco que le quedaba en su calendario. Los vecinos del pueblo, y los que se acercaron desde Albacete, pudieron admirar una exposición colectiva variadísima, pero con un mínimo de notable en todas las obras. Vivieron la presentación de esa revista tridimensional que es La Lata, que sus promotoras han paseado y siguen paseando desde Albacete por todo el mundo. Vieron a Nacho Galilea atravesar el vestíbulo del auditorio sin pisar el suelo gracias a unas escaleras que se trajo y después soplaron para apagarle las velas del gorro con el que se proclamó capaz de satisfacer los deseos de los presentes. Y vieron luego a Ana Celada deslizarse ante una pantalla, entre los sones de una balada hipnótica.

Después hubo música de grupos albaceteños y al día siguiente talleres artísticos para los adolescentes chinchillanos y también para los chavales de la mancomunidad Monte Ibérico. Luego los cortos de Begoña Martínez Santiago, que lo mismo saca chispas eróticas de una mano que funde a tres mujeres de distintas generaciones en una sola intemporal, eterna. El colofón musical lo puso Hyperpótamus, que ha hecho un paréntesis en su viaje a Estados Unidos para cantar en Chinchilla.

En fin que todas las disciplinas disfrutaron de su momento y de su público, y que los artistas tuvieron ocasión de convivir dos días y regresar a sus tierras con la ciudad en la retina y seguro que con nuevas ideas, ya que no hay nada tan estimulante para un artista como juntarse con colegas. Todo gracias a la ilusión de un grupo de jóvenes, la valentía de unos concejales y la profesionalidad de una coordinadora cultural. El ejemplo no sólo vale para el mundo de las artes, vale para cualquier campo. Recetas: sentido común y trabajo en equipo. Dejan vibrando su energía, espero que tan poderosa como la de los antiguos monasterios, que todas las poblaciones deseaban tener cerca para beneficiarse de la atmósfera enriquecida por los rezos de los monjes.

http://www.myspace.com/chinchartefestival
La foto es de Teresa Preciado

El entrevistador entrevistado


Hace unos cuantos años, cuando yo era estudiante de periodismo y meritorio en Antena 3 radio, ayudaba a Juan Ángel Fernández en sus entrevistas. Una vez me pidió que fuera al Gran Hotel a buscar a Amancio Prada. Se trataba de una tarea sencilla que realicé con mucho gusto. Hacía una tarde desapacible y observé que el cantante se cubría de forma aparatosa al salir a la calle. Le pregunté si quería un paraguas y respondió con un comentario enigmático: sólo me preocupa la calma. Como el tipo es tan pausado de ademanes y de conversación, incluso cantando, asentí y creí haberme quedado con la copla. Ajá, me dije. Ya durante la entrevista, Juan Ángel me pidió que interviniera: ¿quieres preguntarle algo, tú que le has acompañado desde el hotel? Sólo hacer hincapié en la importancia que concede Amancio Prada a la calma, comenté en un tono de suficiencia y relaté lo que unos minutos antes acababa de observar. Me has entendido mal, replicó en antena el aludido, y se notaba que estaba disfrutando con la rectificación, el muy canalla: en realidad he dicho que me preocupa la calva.

Aún se están riendo de mí, desde Andrés Gómez Flores al propio Juan Ángel, todos los que se encontraban en la emisora en aquellos momentos y más que probablemente los pocos que oyeran la entrevista. Todavía puedo escuchar sus carcajadas. Los oía el otro día, cuando se acercó Juan Ángel Fernández a entrevistarme a mí, tantos años después, con su melena a dos crenchas y su barba fatigada. Qué de recuerdos. Dispuso sobre la mesa un grabador japonés que le compró su hija en Nueva York, una cosa diminuta, y empezó lo difícil. Porque sólo el que se ha ganado la vida haciendo entrevistas sabe lo difícil que resulta entrevistar a un amigo. A ver qué le preguntas. Fue una conversación en la que ambos opinamos con el desorden que provoca el descoloque, la urgencia y la pasión de quien vive lo que habla. Se quitaba importancia, que es una estrategia de veteranos: los que sabéis, decía. Él que es un periodista curtido en mil batallas. Le dimos un repaso a la cultura y llegamos a la misma conclusión: en música y en poesía, la mayor parte de la gente se ha quedado en autores que son ya clásicos, no alcanzan a disfrutar de los actuales porque probablemente les falta un criterio, una brújula en medio del marketing que mete por los ojos lo que no cabe en los ojos.

A eso se dedica ahora Juan Ángel, a compartir un criterio. Viaja con su criterio musical bajo el brazo, bien aderezado en formato digital, y se lo expone a públicos de Cuenca, de Bilbao, de dónde le llaman, que es de cualquier lugar de España. Después de haber pasado por tantas emisoras y por las oficinas de prensa de distintas instituciones, la última Cultural Albacete, ha puesto en orden su experiencia y sus contactos y se le salen los proyectos por las orejas. Uno de ellos es una recopilación de gente albaceteña que está haciendo cultura, o contribuyendo a ella, en cualquiera de sus facetas. La va sacando a plazos en las páginas de este mismo periódico y por eso vino a buscarme el otro día. Hoy, algunas páginas más adelante, estamos viendo lo que recogió su pequeño cacharro japonés de tanto como dijimos, después de que habláramos hasta por los codos. Hace muchos años, más aún que la anécdota de Amancio Prada, Juan Ángel me había pedido unos textos para abrir la radio por las mañanas. Yo madrugaba orgulloso para escuchar aquellas evocaciones en la voz un poco ronca de Juan Ángel y con la envoltura de su buen gusto musical. No hay mayor placer que escuchar lo que has escrito bien leído por otra persona. Y más entonces, que yo era adolescente. Ahora me cuido la calva cuando llueve, no como él, que lleva la melena abundante a dos crenchas. Tenía que haberle preguntado entonces, como en la canción de Franky, ¿qué champú usas tú? Pero ya es tarde.

La clase


Han sido muchos los colegas que me han preguntado si había visto la película y, ante mi negativa, entornaban los ojos con aire de profundidad y comentaban algo así como “pues ya verás, ya”. Algún compañero, sólo alguno, se mostraba menos sibilino. De hecho, lo que le sorprendía a Amparo era que a los demás les entusiasmara tanto algo que a ella la dejaba más bien fría. De modo que me moría de ganas de ver La clase, del director francés Laurent Cantet, para desentrañar, de una vez por todas, la mirada entornada de mis colegas o, en el peor de los casos, para compartir la insatisfacción de Amparo. Me ha costado mucho trabajo romper el enigma porque la programaron un tiempo en el Candilejas, pero me la perdí en su día, y hay que sudar tinta para ver estas pelis francesas, aunque seguramente son las que mejor se promocionan de Europa y ésta además venga avalada por la Palma de Oro en Cannes el año pasado.

El caso es que por fin puedo opinar. De esto hace unos días, y aún la estoy digiriendo, tratando de ganar profundidad, en vista que la primera impresión me acerca más a Amparo que al resto de mis colegas. Cantet cuenta las relaciones entre un grupo de alumnos de un barrio problemático de París y su profesor de lengua, durante un curso completo. Le da al relato un aire documental para que nos parezca que lo que estamos viendo es real como la vida misma: que los chavales, la mayoría de ellos inmigrantes de variada procedencia, son en buena parte deslenguados, protestones, insumisos y encima asimilan poco o nada de lo que intentan transmitirles sus profesores. Al final del curso, François, que además es tutor del grupo, les pide que describan lo que han aprendido y hay que oír los dislates descorazonadores que sueltan por esas bocas, dislates que por otra parte tampoco andan tan lejos de los que estamos acostumbrados a escuchar por estos lares.

A los profesores el comienzo nos resulta estimulante porque vemos que en Francia nuestros colegas parecen trabajar en equipo, se presentan entre sí el primer día diciendo algo más que el simple nombre, se aconsejan y sobre todo acatan los horarios que se les adjudican sin rechistar, punto este que, de ser cierto, establece una diferencia ya definitiva entre el otro lado de los Pirineos y el nuestro. Pero una vez asimilado este primer espejismo, los parecidos van incrementándose a medida que avanza la película hasta acabar siendo clamorosos. De hecho, un alumno problemático (por irreverente) es tratado más o menos igual: se le expulsa, lo que quiere decir que se le cambia de centro, ya que tiene que seguir siendo escolarizado (hablamos de un nivel equivalente a nuestro cuarto de la ESO). Lo que cambia es el método: aquí lo decide el director, oídas las partes, allí lo dirime una macabra comisión mediante voto secreto en una urna.

Imagino que lo que hace entornar los ojos a mis colegas es la sensación de realismo que desprenden las imágenes. Por un lado nos sentimos identificados con todo lo que pasa y por otro confiamos en que los que no conocen de qué va la enseñanza se vayan haciendo una idea. A mí me parece poco para entusiasmarme hasta entornar los ojos. Está claro que se trata de una denuncia sobre un tema candente, la educación. Yo a la película no le pido soluciones, sería demasiado. Pero sí que focalice bien el problema. No se trata tanto de que todo ocurra en un centro cerrado (Entre las paredes, que es el título original, más apropiado al contenido), sino de que lo que ocurre allí tiene poco que ver con la vida. Ya señaló Séneca, hace mucho, que no estudiamos para la escuela, sino para la vida. Y sin embargo son dos mundos cada vez más distantes, en Francia y en España, lo que demuestra que el sistema hace aguas globalmente. En la película aparece sólo una de las partes, la escuela. Para poner el dedo en la llaga, le falta la otra parte de la comparación, lo que pasa con los chavales y con los profesores cuando salen del recinto del instituto y pisan el mundo cotidiano.

Conversaciones de lectores



Mi amigo Alfredo Jiménez, que anda mal de salud, lo que le concede mucho tiempo para leer, me pide cuatro títulos de novelas que me hayan gustado. Me pone condiciones: dos han de ser históricas y dos de suspense. Por supuesto ya se ha devorado las dos publicadas de la trilogía Millenium de Stieg Larsson, que son las primeras que se me vienen a la cabeza. Y ahora está embuchándose Crepúsculo, una de las cuatro de vampiros escritas por Stephenie Meyer y popularizadas por el cine. Yo no le he hincado el diente, pero he observado el efecto que producía en mi hija pequeña, literalmente vampirizada por la serie, hasta quitarse horas de sueño para apurar capítulos. Trato de hacer memoria sobre la marcha, me maldigo por no recordar títulos de libros leídos más atrás de un mes; pero salgo del paso mencionándole al sueco Mankell, autor prolífico, y a mi juicio ameno, de novelas policiacas. También le hablo del best seller de Matilde Asensi El último Catón, que me aconsejó mi hijo mediano y me gustó y de Bajo la fría luz de octubre, la reconstrucción de la guerra civil en Albacete que hace en primera persona, con la voz de su tía, mi amigo Eloy M. Cebrián.

No me atrevo a mencionarle Anatomía de un instante, la novela sobre el 23 efe que acaba de editar Javier Cercas, porque no la he leído aún, aunque Juan Valero me habló de ella tan febrilmente el otro día, encareciéndome capítulos y anécdotas hasta contagiarme tanto su entusiasmo que la tengo en los primeros lugares de mi lista de espera. Tampoco menciono Un día de cólera, de Pérez Reverte, sobre el 2 de mayo, que mi amigo Miguel G. Tornero me ha prestado e insiste en que lea; si no me atrae es precisamente porque el propio Alfredo me había comentado en el hospital que se dispersa acumulando nombres y lugares. Aparte del préstamo, Miguel y yo tuvimos en la escalera de mi casa una acalorada discusión sobre La cuarta trama, donde uno de los abogados del 11 eme, José María de Pablo, analiza los entresijos del proceso, aportando a mi juicio opiniones tendenciosas.

Comprendo más que nunca al librero Juan Valero. Aconsejar libros es tarea delicada. Tanto como regalarlos. Los gustos del lector no siempre coinciden con la imagen que tenemos de la persona a la que deseamos agasajar. Aunque Eloy M. Cebrián, asegura en una entrevista que nos hace la Ser que, así a bulto, los lectores de hoy prefieren los libros gruesos y de tapa negra. En medio de un Altozano convertido en una feria de globos y payasos que se dirigen a los niños desde el escenario, junto a las mesas abarrotadas de las librerías, las instituciones y las editoriales locales, me doy cuenta de que, a contracorriente, yo leo muy a menudo libros delgados y pálidos, que es el aspecto que suelen ofrecer los libros buenos de poesía, que sólo nos gustan a un porcentaje pequeño de lectores. Pero, eso sí, incondicionales. Sin ir más lejos, la otra noche estuvimos repasando durante tres horas mi amigo Karmelo Iribarren y yo el balance de los últimos que hemos leído, impresiones que también suelo intercambiar con Antonio Cabrera y Javier Lorenzo, porque hay que aprovechar a los amigos con criterio, que son más fiables que los suplementos literarios, siempre tan lacayunos. Por cierto, que Javi insiste mucho en que lea el último poemario de Caballero Bonald. Lo pongo en la lista.

No para ahí la cosa. Antes de venir al Altozano, una alumna encantadora nos ha regalado a Eloy y a mí sendos ejemplares de la última novela que, según ella, le ha arrancado unas lágrimas, La ladrona de libros, de Markus Zusak, de la que recuerdo vagamente que ya me habló Ángel Aguilar. Y durante la misma entrevista, Anselmo Gómez menciona a Haruki Murakami, cuya lectura nos inspira a mi mujer y a mí sustanciosas conversaciones en las horas crepusculares. Cuando me pregunta Quico, el de la Ser, si pienso que la gente cada vez lee menos, vuelvo a quedarme en blanco: “Pues hombre, yo no tengo esa impresión”, balbuceo. Pero me quedo insatisfecho con mi respuesta y me pongo a escribir este artículo para contestarle más a mis anchas, para explicarle que yo conozco a un montón de gente con la que puedo compartir emociones, anécdotas y hasta discutir con amistoso encono a partir de nuestras lecturas. Y al contarlo, parecen multitud.

Insigne y peligroso


No sé cuál de los dos fue más insigne, ni cuál más peligroso. En las Españas, sin duda, don Miguel de Unamuno. En nuestra pobre ciudad, José S. Serna. Ambos se encontraron en Albacete en la Feria de 1932. Serna invitó al vasco a que hiciera las veces de Mantenedor de los Juegos Florales que organizaba por entonces la Asociación de la Prensa. Se fue a buscarlo a Salamanca, en cuya Universidad ejercía el otro de rector, y lo acompañó en el viaje y durante el acto, que se celebró en el Teatro Circo. Por supuesto, el autor de San Manuel Bueno Mártir no traía escrito su discurso y tampoco parece que hubiera en los alrededores un taquígrafo, por lo que tenemos que conformarnos con lo que pudo rescatar años más tarde de sus recuerdos el amigo Sernón, que no le iba a la zaga en mala leche.

Parece que el respetable se llevó un chasco de campeonato, porque en medio de aquel patio de sillas donde lo pomposo y lo cutre se removían en precario artificio, Unamuno dio rienda suelta a su gracejo y tildó de poetisos a los poetas de juegos florales, que estarían escuchándole impacientes a la espera de conocer el nombre del ganador. Luego arremetió contra los concursos de belleza femenina, aunque intentó diferenciarlos del papel que en aquel momento jugaba la reina de la Feria. Se despachó a gusto hasta contra la bandera republicana, entonces vigente y cuyos colores aseguró que no se correspondían en ciertos matices (que Serna no aclara), con los genuinos de la tradición. Los organizadores se hacían cruces preguntándose a quién se le había ocurrido invitar a semejante individuo tan políticamente incorrecto (que diríamos ahora).

Y sin embargo, con los años, su visita nos enriquece. Pues como Unamuno lo escribía todo, absolutamente todo, encontramos sus propias observaciones en uno de sus artículos, que apareció en el diario El Sol de Madrid el 23 de septiembre de 1932 y que los curiosos pueden ahora consultar en el volumen Paisajes del alma (sección Castilla) publicado por la Revista de Occidente en 1965. Pueden consultarlo, si lo encuentran. Yo he tenido suerte. Había un ejemplar disponible en internet. Y es un gozo abanicarse con esas cinco páginas en las que Unamuno mezcla su visión, pretendidamente lírica (y en realidad altisonante) de la tierra manchega, con un par de fogonazos sobre Dos lugares, dos ciudades, que no son otros que Chinchilla y Albacete.

Dice que “Chinchilla se derrumba sin rumbo y más bien se vacía, se despuebla de almas”. Avanza por el penal, a sus pies las cuevas “enjalbegadas a la moruna” y en la plaza la efigie de Carlos III. Luego desata su ira contra “una pobre tenducha de los soportales, donde se vendían impresos y entre estos unos cuadernos o tomitos de una biblioteca llamada galante”, que ahora quizá preferiríamos llamar pornográfica, que le hace subir al cuello el más agrio regusto quevedesco: “no es el trágico abrazo del amor y la muerte, sino el más trágico aún de la rijosidad y la penuria”.

Señala de la nueva ciudad de Albacete, con cierto retintín, que “sus hijos (…) dicen, no sin cierto orgullo, que no tiene historia, queriendo decir que no tiene arqueología” (que no estuviera a la vista, no significa que no existiera entonces; ahora ya no). También cita La Feria, “que es, y merece serlo, el orgullo de Albacete”. Toca el Parque, “pinar espacioso y bien plantado, que alegra cielo, tierra, pecho y vista”. Y acaba dedicándole unas glosas al “suntuoso Instituto de segunda enseñanza, junto al fresco verdor del Parque, ahora que casi todo español aspira (…) a hacerse bachiller”. El instituto donde aún seguimos impartiendo las clases nuestras de cada día. Es como estar escuchando a dos abuelos contar sus batallitas y descubrir que las cosas han cambiado poco y mucho a la vez. Dos abuelos de armas tomar, cascarrabias insignes, peligrosos de un peligro que ahora nos parece inofensivo.

La mano del caballero


Me contaba una profesora amiga que un alumno le discutió airadamente que existiera El caballero de la mano en el pecho de El Greco, porque él había leído en internet que el original era El caballero de la mano en el TECHO. Movido por una curiosidad científica, me adentro en Google y descubro que, en efecto, unos gamberros aseguran con sorna que lo que quería pintar El Greco era al caballero tocando la escayola, y lo dibujan con la mano en alto, aunque añaden debajo el cuadro genuino para que se pueda comparar. La comodidad nos empuja a deducir que el chico ha tomado la parodia por el original y se ha creído a pies juntillas la chanza, movido por su ignorancia de que alguna vez existió un pintor llamado El Greco (y tal vez por las ignorancias sucesivas de que existió el Renacimiento tardío y existió en algún sitio la pintura al óleo). Y que luego, esa audacia irreflexiva que suele acompañar a la ignorancia le ha instado a discutir su creencia con la profesora delante de sus compañeros.

No se le puede culpar. Es lógico que le dé más credibilidad a una información obtenida a través de internet, que es un libro abierto todo el día para gran número de adolescentes, que a una profesora del instituto que, al fin y al cabo, ¿quién es una profesora? Respaldado por la universalidad de la pantalla a la que vive asomado, en la que se relaciona y respira, es normal que se haya atrevido a enfrentarse en público a la profesora, sin preocuparse del riesgo de quedar en ridículo y el otro riesgo, aún peor, de cosechar una calabaza en las notas de la evaluación. Como se colige del espíritu de las últimas leyes educativas, cada vez más comprensivas con los chavales, no debemos extraer conclusiones precipitadas de sus comportamientos. No pueden ser tan tontos como parecen.

Sus tiernas mentes tantean en la realidad, usando como báculos las contadas referencias que han vivido sus sentidos, sobre las que construyen su explicación del universo. Así la primera versión de un cuadro le parece a este mozo el original, aunque sea una caricatura del original, del mismo modo que nos pasa cuando nos acostumbramos a oír una melodía en la voz de un cantante, sin saber que se trata de un simple versionista; cuando un día la escuchamos en la voz de quien la compuso, disuena tanto de la que nos es ya familiar que tendemos a creer que el copión es este último. Y como vivimos en un mundo de copias (desde Walter Benjamin), lo natural es perder de vista los originales, tener dificultad para distinguir las voces de los ecos, que diría Antonio Machado (¿pero qué demonios hago yo citando autores? ¿qué falta de respeto es esta? Disculpen).

Por otro lado, la iniciativa del alumno de intervenir en clase es digna de encomio en un mundo escolar donde lo habitual es que los alumnos parezcan pintados, como cuadros del propio pintor cretense, o incluso más borrosos, casi como bodegones de un impresionista. Que la defensa de su postura haya sido quizá en exceso acalorada no debe cargársele en su debe, sino entender que corresponde a un desarrollo emocional inconcluso. Todo tan fácil de comprender que incluso inspira ternura. Conforme se ubique en el mundo y canalice su arrojo, irá encontrando acomodo en la compleja realidad, quien sabe si incluso para militar en política. Entonces poco a poco perderemos el rastro de las posibles causas de sus errores, que ahora nos resultan tan sencillos de explicar, y nos costará más entenderlo, como nos cuesta comprender qué mueve al Papa a criticar los preservativos en el continente donde más los necesitan, por citar un ejemplo. Pero esta es otra historia. Mejor hablar de cosas en las que el caballero de El Greco sepa dónde posar la mano.

La varica de la virtud


Fina Ortega García acaba de publicar un libro con fotos e historias tradicionales de Chinchilla. Es el cuarto que da a la imprenta esta mujer imparable, que mantiene un ritmo de libro por año y que seguro que atesora material suficiente como para seguir publicando ininterrumpidamente otros diez años más, por lo menos. Las fotos, claro, se comen con los ojos. Los que vivimos en el pueblo tenemos la posibilidad de encontrar más de una vez el rostro de una persona, a la que saludamos cada día, envuelto en las penumbras del blanco y negro y ataviado con vestimentas desacostumbradas. Luego, al consultar la fecha de la instantánea comprobamos que a finales del siglo XIX o muy poquitos años del XX había otra persona exactamente con el mismo rostro e idénticas hechuras corporales que nuestro conocido. O sea, como viajar en el tiempo y a la vez sentir que el tiempo no transcurre, sino que se repite, que somos repeticiones de antepasados que ya han sucedido, que se siguen desarrollando en nosotros y que, si somos capaces de mantener vivo el planeta, volverán a repetirse cíclicamente a través de las generaciones.

Sin embargo, y a pesar de lo impactante de ese viaje propuesto por las fotografías, aún me ha impresionado más leer algunos cuentos tradicionales en la versión inédita que le imprimían los abuelos del lugar, los que se los han contado a Fina. Cuentos que el cine ha edulcorado y simplificado y que ahora este libro rescata en versiones anteriores al cine y con retoques propios de la idiosincrasia chinchillana. Por ejemplo, Estrellica de Oro, que no es otra que una Cenicienta manchega. Su madrastra es una maestra que le da de merendar pan con miel para camelarla y lograr que interceda ante su padre para casarse con él. Después de la boda, le cambia la merienda a pan con hiel y la envía a lavar la ropa al río sin jabón. No la socorre un hada, ente por lo visto poco habitual en la estepa castellana, sino una misteriosa vieja. En cuanto a la varita mágica, adquiere el apelativo más maravilloso y certero de varica de la virtud. La moza se embellece mojándose el rostro en el río, que le imprime una estrella de oro en la frente. Luego vienen los bailes y la pérdida de los zapatos, que no precisan ser de cristal, sino simplemente zapatos, un lujo en según qué época y lugar. Y al final es un perro, cuyos ladridos se entienden, el que descubre al príncipe que la madrastra y sus hijas lo están engañando y mantienen a Estrellica oculta debajo de una artesa.

Como en ese juego de decir al oído de otra persona una frase y que esta se lo diga al oído a la siguiente y así sucesivamente, hasta terminar el corro y descubrir que la frase resultante apenas se parece a la original, estos cuentos han ido cambiando y enriqueciéndose cada vez que alguien los reconstruía para sus nietos a partir del recuerdo de haberlos escuchado en su propia infancia. Y cada nuevo narrador añadía o quitaba detalles, según su propia experiencia y personalidad. Y no obstante, en esencia, historias como la de Cenicienta siguen siendo las mismas en todo el orbe, desde la Cinderella británica hasta la Aschenputtel alemana, pasando por la Cendrillon francesa, como si hubiera una conciencia superior y común en el ser humano que escogiera lo esencial de la leyenda y la preservara haciéndola reconocible para todos. Incluso, como ocurre en la versión del libro de Fina Ortega, después de retirarle la ceniza del vestido y el nombre original y colocándole una estrella en la frente.

Por supuesto, en un volumen de doscientas páginas hay otros cuentos, dichos y leyendas, a veces incluso retrucados en versiones diferentes para que el lector pueda comparar. Incluye también historias reales como la vida misma, crueles, lacónicas, sin aparente explicación, para todos los gustos. Y cuentos que yo no conocía, o conocía muy vagamente, como El del Tío Antón, tan delicioso que nada en absoluto tiene que envidiar a otros más populares. Las voces de la memoria, cuentos, historias y romances es el título de este libro que habla por los codos, en un desorden coral, como el de un cofre revuelto donde no sabes si brilla más la hojalata o las joyas, y que es capaz de arrancarte del presente y llevarte hacia algún lugar del pasado o de ti mismo, igual que las llamas hipnóticas que crepitan en la chimenea.

Chandler y el amor


Los cazadores de efemérides nos han bombardeado estos días con el recordatorio de que Raymond Chandler murió hace medio siglo en California. Un 26 de marzo. Y aunque la costumbre de caminar sobre fechas señaladas nos ha ido vacunando poco a poco, cumplo con el rito de abrir de nuevo algunos libros que me ayudaron a olvidarme de mí mismo, muy placenteramente, durante las horas que duró su lectura. Y luego su relectura. Porque Chandler es uno de esos autores (infinitamente menos de los que se pregona) que se deja releer sin experimentar merma. Sobreviven de su escritura ciertas escenas imborrables que ni siquiera el cine ha logrado adulterar, como la de un ricacho anciano languideciendo en la sofocante atmósfera de un invernadero, o la del embarcadero de un lago que guarda el secreto de mujeres que desaparecen o el rotor de una lancha que enmascara el sonido de un disparo.

Y sobre todas estas escenas, sobrevolándolas, la rudeza de un tipo con una filosofía de la vida un tanto peculiar, y sin embargo verosímil: “lo único que quería era irme y no meterme en nada más, pero esta era la parte de mi personalidad a la que nunca hacía caso. Porque si alguna vez lo hubiera hecho, me habría quedado en la ciudad donde nací, habría trabajado en la ferretería y me habría casado con la hija del dueño y tendría cinco hijos”. Nosotros, que carecimos del valor necesario para eludir nuestro destino, acompañábamos a Philip Marlowe en sus pesquisas y admirábamos la entereza con la que escupía sus frases redondas, cargadas de ironía, para sacar a los canallas de sus casillas, aunque fuera a costa de ir recibiendo mandobles, tortas y hasta culatazos de pistola.

No le fue mal con el cine a Chandler, a pesar de que sólo se dio a conocer con la publicación de sus primeras novelas en los últimos veinte años de su vida (y vivió 70). De todos modos, debió de ser complicado trabajar con él. Por ejemplo Billy Wilder se ensañaba al recordarlo en sus memorias. La mujer de Chandler, casi dieciocho años mayor que su marido, había muerto, sumiéndolo en una depresión que lo condujo al alcoholismo. Puede que Wilder llevara razón y que el viejo malhumorado les envidiase la juventud y la facilidad para ligar con mozas guapas. También puede que ese fuera el motivo por el que introdujera en sus Apuntes sobre la novela policiaca (1949) la advertencia de que “el amor casi siempre debilita una novela policiaca, pues introduce una especie de suspense contrario a la lucha del detective por resolver el problema”.

A esa posibilidad, la de que fuera el suyo un consejo guiado más por el despecho que por la razón, me he aferrado yo durante años, mientras me esforzaba en contradecirle con la escritura de novelas policiacas en las que el amor formara parte del juego. Una tras otra fueron desdibujándose en los cajones, sin ayudarme a llevar razón. Tampoco se la quitan a Chandler dos películas que he visto recientemente, The Code y Duplicity, en las que el amor sincero desdibuja la trama policiaca. En la primera, Antonio Banderas está menos sobreactuado que otras veces, quizá por la sombra tutelar de Morgan Freeman. En la segunda, la cara de chiste de Clive Owen nos impide creernos que nadie pueda tomarlo en serio como espía y menos aún como amante, a pesar de los esfuerzos de una entonada Julia Roberts. Ambos galanes andan demasiado lejos del malditismo de Humphrey Bogart / Marlowe, tan natural en los escarceos como desterrado del verdadero amor.

Y así sigue llevando razón el viejo y huraño Chandler con aquello de que el amor “falsea las cartas, y nueve veces de cada diez supone la eliminación de al menos dos sospechosos útiles”. Aunque, por si acaso, dejó abierta la puerta a una posible solución: “la única forma de amor eficaz es la que añade un elemento de peligro personal al detective”. Pero eso sí, con la matización inmediata de que debemos percibir “instintivamente que se trata de un simple episodio; un buen detective no se casa jamás”. Tengo mucha curiosidad por leer la inminente tercera entrega de Millennium, la trilogía del malogrado sueco Stieg Larsson, a ver cómo ha resuelto el amor imposible entre Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist. Lo mismo fue capaz de enmendarle la plana al maestro Chandler antes de morir.

Competencia matemática


El profesor de matemáticas utiliza un material para cuyo traslado se necesitan tres personas. Hay un cubo con arena, varios recipientes más o menos exóticos, dos rosarios, uno de ellos enorme, una colección de conchas de mar, un ordenador tan pesado como el cubo de arena. Lleva tantas cosas que en vez de un profesor de matemáticas parece un buhonero. Y en cierta manera lo es. Dirk Huylebrouck viaja por el mundo vendiendo entusiasmo por las matemáticas. Uno no acaba de creérselo hasta que no lo ve en acción gesticulando ante un auditorio de alumnos de bachillerato del instituto Sabuco. Les habla en inglés, pero da lo mismo, ahí están todos atentos, sin perderse ripio, como si asistieran a la actuación de un prestidigitador. Que también lo es.

Su empeño es demostrar que las matemáticas están allí donde se mueve el ser humano, en todas sus actividades. Están en los adornos de la ropa de vestir y en nuestras casas y en nuestra manera de agruparnos. Y no desde ahora, sino desde los tiempos en que ni siquiera se había inventado la escritura. Hace veinte mil años, en África, nuestros antepasados ya contaban utilizando el dedo gordo y posándolo en cada una de las tres falanges de los restantes dedos de la mano. Es decir, utilizaban como base la docena. Y probablemente fueran las mujeres las que emplearan unos huesos marcados con muescas para llevar las cuentas de su ciclo menstrual. Unos huesos que se encontraron en Isangho, en el nacimiento del Nilo, en los años cincuenta, y que sólo últimamente hemos sabido, gracias entre otros a Huylebrouck, que eran herramientas de contar, una especie de primitivos ábacos.

Todo esto lo hemos sabido esta semana, gracias a este matemático belga, empeñado en desacralizar las matemáticas. Hay una corriente educativa en Europa que defiende que lo importante no es tanto saber cosas, como saber hacer cosas. En países como Finlandia, líder de los resultados en el informe Pisa, toda la educación está enfocada de este modo. En España aún nos estamos sacudiendo la obsesión de que ir al colegio es ir a almacenar conceptos, a memorizarlos, muchas veces sin saber para qué sirven y sin relacionar los de unas disciplinas con otras. Aquí la corriente fluye en una sola dirección: el profesor explica lo que sabe, o lo que cree que sabe, o lo que cree que sabe explicar. Generaciones y generaciones hemos estudiado así las matemáticas, la historia, la lengua y hasta la educación física.

Ahora a los docentes nos están intentando cambiar la mentalidad. A enseñar a hacer cosas le llaman educar con competencias. Será un proceso largo que apenas acaba de empezar. Uno no lo terminaba de ver claro hasta que llegó Dirk Huylebrouck y nos dio una lección magistral. Todo junto: poesía, trabajos manuales, etnografía, expresión corporal, inglés y hasta algún que otro chiste ilustran las matemáticas. Las mezclan con la vida. Uno las ve, las toca, las siente, usa los sentidos, aprende. El tipo es un reputado investigador, imparte clases en las universidades de Gante y de Bruselas, aunque también se relaciona con universidades africanas, portuguesas y norteamericanas, mantiene una columna en la más prestigiosa revista de matemáticas del mundo. Sin embargo, vino a Albacete gratis, con una generosidad inverosímil en estos tiempos de intereses, sólo a dar una clase a los alumnos de bachillerato de su amiga Antonia Redondo. La accesibilidad de los responsables de Humanidades permitió que también aprovechase el viaje para dar una clase en nuestra Universidad. Una hermosa lección que se nos queda en la retina y en el corazón. Esto es sembrar.

El sexo del cerebro


Bueno, pues parece que, de momento, por lo que se sabe, el cerebro del hombre y el de la mujer trabajan de maneras diferentes. Esa es una de las conclusiones que sacamos de la charla que dio en Chinchilla Elsa Punset. Vino a hablar de las emociones y de cómo controlar las reacciones que producen, en uno de los talleres de la semana del bienestar emocional organizada por la Universidad Popular chinchillana. Enfocó su discurso a las mujeres, que celebraban su semana, pero nos colamos tres varones curiosos y un tanto temerarios. Por supuesto se cachondearon un rato de nosotros, pero también nos reconocieron que envidian nuestro cajón de la nada, ese compartimento del cerebro masculino que nos permite sentarnos a pescar o zapear ante el televisor sin pensar absolutamente en nada, como si no hubiera problemas.

Asegura la Punset que los dos hemisferios del cerebro femenino están muy bien conectados, lo que las mantiene en un permanente chisporroteo de ideas, estimuladas por el ir y venir de las emociones. Vamos, la loca de la casa, como definía Santa Teresa a la imaginación, ese remolino mental. En cambio los hombres trabajamos con el cerebro más compartimentado: tenemos un cajón para cada cosa, lo que nos dificulta en general realizar al mismo tiempo dos o más actividades, cuyos programas guardamos en estancos distintos. Sin embargo, esto de hacer varias faenas a la vez está chupado para las mujeres, que asentían con entusiasmo cuando la conferenciante iba describiendo la manera femenina de discurrir, mientras caricaturizaba la nuestra, como está mandado.

Claro, que al final, la conclusión era que las mujeres envidian nuestro cajón de la nada, ese reducto del cerebro masculino lleno de telarañas y completamente vacío, que nos permite descansar de emociones y hasta babear de pura indolencia. Por supuesto, hay gente para todo; se trata de generalizaciones, que siempre son odiosas, aunque parecen bastante corales por lo que pude observar durante el acto y a la salida del mismo, cuando las asistentes me pedían perdón por el cachondeo y me consolaban mentando mi cajón de la nada, recién estrenado como quien dice porque acababa de descubrir que lo tengo.

Evidentemente no fue el único tema de la charla de esta filósofa que se ha especializado en guiarnos a través de las emociones desde el título de su libro Brújula para navegantes emocionales. Por poner otro ejemplo, una amiga oriental le señaló que los occidentales nos morimos a los veinticinco años, aunque nos entierren a los setenta. Porque, más o menos a la edad en que nos creemos adultos, decidimos que ya no cambiaremos. Sin embargo, parece también comprobado que el cerebro humano es tan dúctil y proteico que podemos ser lo que queramos absolutamente a cualquier edad, con tal de que nos lo propongamos con suficiente fe y nos lo curremos, claro. Ella aprendió a bailar a los treinta, después de toda una vida de soportar que la llamaran la patita de la casa. Me emociona pensar que igual aún no es tarde para dedicarme al cante.

La tierra baldía


El taller es una casa de labranza, la casa del Rojo, uno de esos parajes que tienen extramuros todas las ciudades y que, no sé por qué, no le imaginaba a Albacete. Sigo a Sebas Navalón por un camino que en sí mismo es una escultura de barro que han ido modelando vehículos pesados hasta trazar una especie de columna vertebral que no araña por los pelos el bajo del coche. La ciudad se disipa mientras nos alejamos. Y eso que no nos alejamos mucho. Sin embargo parece que hemos ido a otra comarca. Sólo quedan algunas naves industriales diseminadas en medio de un paisaje mondo, devorado por los horizontes. Los terrenos de la casa del Rojo ya no se cultivan, ni están anegados por el agua del canal de María Cristina. Un escultor, un pintor y un fotógrafo les han ido ganando terreno a los escombros y a la paja para formar un nido de artistas.

Sebas Navalón anda por los descampados recogiendo chatarra quemada, maderos inservibles, cables desechados, y los va amontonando en el patio hasta que un día pasa junto a ellos y de pronto comprende lo que quieren ser. Entonces echan raíces en sus manos y crecen hasta convertirse en plantas. Ya tiene un jardín y lleva camino de cultivar un bosque de flores de chatarra renacida, de pelos de neumático, de varas de hierro curvo que se sostienen sobre una peana de piedra. No huelen, claro, y sin embargo parecen otra vez lo que nunca fueron, seres vivos, como si con esta apariencia agradeciesen que alguien se fije en ellos.

Juan Paños es uno de esos fotógrafos escasos, en cuyos ojos las imágenes adquieren una melancolía que presentimos al mirarlos, pero que la cámara no recoge si es cualquier otro el que aprieta el obturador. Son sus ojos, no la cámara, los que inmortalizan un espartizal cubierto de nubes, los que nos muestran el contraste inaudito entre la pobreza del paisaje y la riqueza de un cielo que amenaza tormenta. Eso es fácil, pensará alguien. Sin embargo es magia transmitir esa soledad, tan intensa que no está cuando la ven los ojos, a un edificio en construcción, a un bosque de grúas y hasta a una profunda avenida por la que, por casualidad, no pasan coches en ese momento.

Fernando López lleva décadas trasladando paisajes a maderas de puertas, de ventanas antiguas, de tocones de árboles, de corchos desprendidos. Ahora pinta siempre el mismo paisaje de los Pinares, y nunca se parece, porque los nudos de la madera, los bajorrelieves, los anillos vegetales mantienen un diálogo con los pinceles y él los escucha y le obligan a retocar la luz, las formas, los espacios. “Ante el paisaje sólo cabe hablar de escultura”, dice, “porque el paisaje es sólo escultura”.

Los tres, el escultor, el fotógrafo, el pintor, y también un carpintero que zascandilea por los alrededores, se han refugiado en esta casa de labranza para defenderse juntos de un mundo hostil, que al salir de la casa sólo parece noche, soledad y lejanía. Para no helarse de frío, han encendido unos versos muy hermosos de T.S. Eliot que se preguntan cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas se extienden sobre estos pétreos escombros…” Pertenecen al libro La tierra baldía. Por eso han llamado así a su exposición, que estará abierta entre el 12 y el 19 de marzo en la sala La Lisa, en la calle Marqués de Villores. “No es la reunión de tres disciplinas”, explican, “sino un sentimiento común que cada cual expresa en su lenguaje”.

Poemas de amor


Me he dado un atracón de leer poemas amorosos. Siempre lo hago por esta época, como miembro que soy del jurado del concurso que organiza la Cope y patrocina CajaMurcia, y en el que se concede un premio bastante razonable a un poema de amor. Es el único jurado del que acepto formar parte y, la verdad, aún no tengo muy claro por qué. Es cierto que los organizadores son gente jovial y amable, que los patrocinadores nos invitan a una comida opípara nada menos que en Casa Marlo y que el resto de los jurados son buenos amigos con los que así tengo una excusa para coincidir. Pero todas estas razones, siendo estimulantes, no impiden que en cada edición me pregunte qué demonios pinto yo en este concurso.

Para empezar está lo del amor. Qué es el amor. Una palabra cargada de adolescencia que, como dice José Antonio Marina, está a punto de morir víctima de la polisemia. Porque existen muchos fenómenos afectivos a los que etiquetamos con la palabra amor. Llamamos así al deseo dirigido a una persona, pero también a cosas que nos producen satisfacción: el dinero, el poder, la fama. Si hablamos de personas, lo mismo lo aplicamos a la amistad que a la atracción física. Pero también a la inmensa variedad de sentimientos, alegres o desdichados, que desata el deseo. Y también la usamos para algunos vínculos afectivos, como el apego infantil, el cariño, la dependencia, el compromiso moral y hasta la relación fraterna.

Cualquiera de estas posibilidades encajaría en el tema obligatorio del concurso. Sin embargo, la mayoría de los participantes se ciñe a las relaciones sentimentales entre personas, en las que el deseo, cuando lo hace, aparece de una manera vaga o pudorosa. Casi siempre se trata de amores platónicos, es decir, que sólo existen en la cabeza del poeta. De un modo muy parecido estuvieron antes en las cabezas de los juglares y de Petrarca, que ya empezaban a cansar entonces con los ojos azules como el cielo o los cabellos rubios como el oro. Por no hablar del corazón, que sale a relucir cada vez que hablamos de amor y no sabemos qué parte del cuerpo señalarnos.

Algunos de los mejores poetas que conozco rehúyen tratar el amor en sus poemas porque son conscientes de lo difícil que resulta decir algo nuevo que sorprenda y a la vez resulte natural. Mucha gente cree que el poema es la pura sinceridad, y sin embargo no se da cuenta de que lo que escribe no se parece a lo que ha vivido, sino a lo que le suena que es poesía y en realidad pertenece a corrientes desfasadas, como el modernismo o el garcilasismo. Nos falta educación poética. Nos falta saber que el ritmo es imprescindible y que la rima no. Y que para dotar de ritmo a un poema hay que combinar la métrica y la acentuación, dos recursos que hemos heredado de los clásicos y que se consiguen manejar si uno practica.

Sólo unos pocos poemas de los casi doscientos que participaron utilizaban la métrica y el acento con oficio. Lo esperanzador es que el autor de uno de ellos es albaceteño y joven. Se llama Rubén Martín Díaz y tiene 28 años. No es una casualidad que acabe de ganar otro concurso en Guadalajara y que vaya a publicar su primer libro. Su poema Dimensiones describe las sensaciones que intensifican el amanecer desde la alcoba en la que los deseos hace un rato que fueron satisfechos y aún duerme la mujer con la que el vínculo se alarga como las sombras del nuevo día: “El vacío, el hueco / que ocupaba la noche, / es ahora totalidad, / estancia, plenitud”.

Akiko Yosano


En el Japón de finales del siglo XIX, la mujer tenía las mismas libertades que en Occidente. Podía aspirar a a ser objeto de deseo, esposa obediente y madre sumisa. Este era el destino de Akiko Yosano, nacida en 1878 y sometida al estrecho marcaje de su padre, temeroso de que perdiera la virginidad y con ella el honor del apellido. Estudió en un colegio de chicas y tuvo que ayudar en la pastelería familiar llevando las cuentas y envolviendo en hojas de bambú las tabletas azucaradas de alubias rojas por las que se pirraban los golosos de la época. Sin embargo, encontró una puerta abierta y la aprovechó. Cayéndose de cansancio, cuando llegaba la noche y se apagaban las luces, devoraba furtivamente libros a la luz de una pequeña lámpara. Tuvo además un buen maestro. Lo cito porque siempre he pensado que los buenos maestros forman parte del equipo de un gran escritor: se llamaba Osa Sugao.

Con veintitrés años Akiko se soltó el pelo. Literalmente. Publicó un poemario titulado Midaregami (que quiere decir Pelo revuelto). ¿No estaba condenada, por ser mujer, a jugar un papel de objeto? Pues el objeto tomó vida en 139 páginas y 399 poemas de cinco versos (tankas) hasta destilar toda la sensibilidad que una mujer joven, conocedora de su belleza podía dar de sí: “mientras me baño / en el fondo del agua, / igual que un lirio en flor… / ¡qué hermosos, oh, qué hermosos, / mis veinte veranos!” Su audacia y su frescura provocadora revolucionaron la vida literaria en Japón. La bautizaron como la poeta de la pasión, y qué pena que el japonés ande tan lejos del castellano. Ha tenido que pasar un siglo largo para que podamos leerla y disfrutarla. Los artífices del descubrimiento son José María Bermejo y Teresa Herrero, cuya traducción se degusta como si fuera poesía española.

Siempre que leo algo maravilloso, atribuido a un escritor al que no conozco, me pregunto si en realidad es un truco y será obra original en castellano atribuida a un heterónimo. En la adolescencia me lo creí de Tolkien (ignorante de mí). Me ha pasado otras veces y me pasa ahora con este libro de Hiperión: Akiko Yosano, poeta de la pasión. Aunque, sería injusto reducir a un heterónimo a esta heroína. El libro recoge poemas de Pelo revuelto, pero también posteriores, del tiempo en que dejó de ser joven pero siguió viajando y reivindicando los derechos de la mujer. Unida al poeta Tekkan Yosano (que se había divorciado para casarse con ella y del que tomó el apellido) dio a luz a once hijos. Precisamente, su poema más estremecedor, para mi gusto, es Primeros dolores de parto, donde entre otras cosas dice: “Con las primeras contracciones, / hasta el sol palidece, / y el mundo entero, frío, indiferente, / entra en extraña calma… Y estoy sola.”

La Duda


El otro día me acerqué a ver La Duda, esa película dirigida por John Patrick Shanley, que muchos consideran una maravilla y otros tantos califican de mierda infumable. Sumo mi voto a los primeros. El argumento es tan sencillo en apariencia que, cuando todo acaba, uno se pregunta si ya terminó: En el año 64, la directora de un colegio católico del Bronx, una monja estricta y perspicaz, se huele que el párroco del centro ha cometido pederastia con un alumno de doce años. No tiene pruebas, sólo indicios, pero se obstina en cercarlo hasta que el cura decide marcharse y (acertado detalle) es ascendido a director de otro colegio religioso. Quizás si la superiora no tuviese el rostro de Meryl Streep y el sospechoso de pederastia el de Philip Seymour Hoffman, estaríamos hablando de una calidad muy distinta. Pero el caso es que La Duda existe y sigue existiendo mientras uno desanda el vestíbulo y se aleja del cine.

Como todo en esta vida anda así de mezclado, asocio enseguida el argumento con el vídeo en el que el Gran Wyoming maltrataba verbalmente a una becaria de su programa El Intermedio. Un telepredicador de la cadena Intereconomía se había dedicado en las últimas semanas a desprestigiar al presentador con argumentos enconados y peregrinos, que buscaban sembrar dudas sobre su honradez. Sólo lo conseguía entre sus correligionarios. De pronto llegó a sus manos el vídeo por correo electrónico. Ya no era un indicio cogido por los pelos, era una prueba palpable: La certeza, más allá de toda duda, de la inmoralidad de su enemigo. Por eso no se entretuvo en comprobar la veracidad del vídeo. Lo emitieron, lo colgaron en Youtube y cayeron en la trampa: “Os la hemos colado” proclamaba la becaria en un cartel.

Aun así la duda sigue, porque nadie es perfecto y tal vez el Gran Wyoming sea un canalla en la intimidad. Igual que todo el mundo tiene un precio, todo el mundo oculta un vicio y puede que oculte también un traidor cuando haga falta. Es decir, cualquiera al que mires guarda una vida secreta, una incógnita, una duda. Es lo que buscaban los espías y contraespías de la Comunidad de Madrid: despejar algunas sospechas de sus rivales políticos (que eran del mismo partido) y evitar un engaño u obtener información para un chantaje. Los policías aseguran que la explicación de un delito suele ser siempre la más sencilla; en este caso sólo hay que mirar quiénes podían beneficiarse del trabajo de los espías (pagado con dinero público, por cierto). Los principales sospechosos, en cambio, han acusado a su entorno, a los otros partidos, al mundo, en un esfuerzo por extender la duda. “Todos somos iguales”, es el argumento. El sistema se puebla de dudas que abarcan a todos, sin dejar títere con certeza. Seguimos dudando. Cerramos los ojos y las dudas persisten. Y no es cine, es la vida.

La Fuente Santa


Servio dejó escrito que no hay ninguna fuente que no sea sagrada. Por supuesto, se refería este clásico romano a las fuentes naturales, no a las que llevan grifo incorporado. Si tenía algo de razón, se han perdido y secado tantas, que sólo fluye ya un cinco por ciento del sagrario original. Pero al menos se ha recuperado la que para muchos fue la fuente más sagrada de todas, la Fuente Santa de la isla de La Palma, a la que iban a curarse en tropel todos los sifilíticos y leprosos que podían costearse el viaje. El tratamiento consistía en zambullirse en unas piletas excavadas en la roca el tiempo necesario para que el azufre fuera suavizando la piel enferma hasta borrar las llagas y supuraciones.

Sin duda el más famoso de los enfermos que se beneficiaron de la Fuente es Pedro de Mendoza y Luján. Recién nombrado por su amigo el Emperador Carlos I Adelantado en el Río de la Plata, y aunque urgía que tomara posesión de sus dominios, no pudo menos que detenerse un mes en la isla bonita. La sífilis que había contraído violando enemigas en el saqueo de Roma le estaba causando ya tantas molestias que apenas se tenía en pie. Casi desfigurado por los nódulos que deformaban su nariz y su frente, escocido por el chancro que se extendía bajo sus genitales e incapaz de expresarse con fluidez a causa de las llagas que colmaban su boca, se resignó a probar las virtudes curativas de la Fuente.

El guardián del venero, Luis Tisanguaré, le advirtió que se necesitaban al menos tres meses para sanar, pero el Adelantado ya estaba impelido por esto que abunda ahora tanto y entonces mucho menos, la prisa, y le contestó que habría de bastar con treinta días. Aun así el tratamiento le cicatrizó los signos exteriores de la enfermedad y le concedió una prórroga de año y medio, suficiente para llegar a América, tomar posesión de sus dominios, fundar la ciudad de Buenos Aires y morir en el viaje de regreso. Su cuerpo fue arrojado al mar en 1537. La Fuente le sobrevivió ciento cincuenta años, hasta que el volcán de San Antonio la sepultó bajo una tempestad de lava, cascotes y piroclastos en 1677.

Sabios, curas, adivinos, ingenieros y gurús de distinto pelaje intentaron en distintas épocas desenterrarla, sin éxito. Poco a poco, su ubicación fue cayendo en el olvido y hasta la seguridad de que había existido alguna vez empezó a disolverse, hasta quedar reducida a una leyenda borrosa. Después de más de tres siglos, un ingeniero canario, especialista en obras hidráulicas, Carlos Soler Liceras, se obsesionó con desenterrarla y no cejó en su empeño hasta conseguirlo en 2005. Tuvo que perforar el basalto creando una galería de casi doscientos metros para acceder, después de muchos tanteos, al agua que curaba enfermos de la piel.

Sus ayudantes y él mismo lo celebraron dándose un baño victorioso. Asegura que la inmersión en una de las piscinas caldeadas resultó deliciosa, aunque cualquier parte del cuerpo que asomaban se enfriaba de inmediato. Dice que se untaron el cuerpo con una capa de barro grisáceo, que había sedimentado en el lecho de la charca. Nunca habían sentido tan suave su propia piel. Todo esto y muchas cosas más relata en un volumen grueso, compacto, generosamente ilustrado, editado con ayuda del gobierno de Canarias. Todo, ya digo, incluida la historia del Adelantado Pedro de Mendoza. Lo hace con afanes de novelista, demostrando a su pesar que es mucho mejor ingeniero que narrador.

Leer contra el viento



No estoy acostumbrada a leer poesía, dice mi amiga. Conversamos parados junto al Parque en un paisaje urbano en el que todo se mueve, bien porque tiene motor propio bien porque lo arrastra el viento. El Parque entero silba como un bosque. Los árboles se agitan como músicos en éxtasis. Leo mucha novela, porque me sirve para evadirme, pero la poesía me exige una atención que no puedo dedicarle. Mi amiga desgrana su confesión con verdadero pesar. No es la primera. Los amigos que saben que eres poeta querrían leerte más, pero les cuesta y lo sufren. Hay que consolarlos: no te preocupes. Si tienes tiempo les explicas que Pepe Hierro comparaba la poesía con la música: todo el mundo puede disfrutarla cuando la oye, pero para desentrañar la partitura has de saber solfeo.

Nos enseñan de pequeños a juntar letras, pero a leer se suelta uno como puede, cada cual siguiendo un itinerario diferente de lecturas. No existen dos iguales. A los que hemos tenido la suerte de consultar técnicas de estudio, nos sorprende al principio que se describan varias intensidades: una más somera, de titulares y dibujos para plantearse preguntas; otra más detenida para captar el sentido general; otra más intensiva, párrafo a párrafo. Los que han desarrollado la lectura rápida, leen en diagonal, devorando con una visión periférica entrenada lo que sucede en los márgenes. Rara vez se habla, durante todo el periodo de aprendizaje escolar, de los distintos tipos de placer que proporciona la lectura.

Y sin embargo existe la inmersión de la novela, sumergirse en el fondo de un mar que es otra vida distinta a la tuya. El duelo intelectual de un buen ensayo, en el que avanzamos con el lápiz dispuesto a disparar. El suspense de un cuento que promete una sorpresa en cada párrafo. ¿Y la poesía? La asociamos con lucha. Nos enfrentamos al poema. Así lo exigía la asignatura: había que averiguar cuál era el tema, qué recursos utilizaba el autor, identificar la estrofa, señalar la rima, donde la hubiera. A veces costaba entender el enrevesado lenguaje barroco o el pinturero modernista. ¿Y el placer? Por qué asomarse a donde no hay placer.

Por supuesto, nada de esto le digo a mi amiga porque la aprecio. De pronto vemos volar hacia nosotros una señal de tráfico. El viento la ha arrancado y juega con ella como si fuera un platillo volante. La envía planeando a nuestros pies. La piso para evitar que remonte de nuevo y pueda degollar a un viandante. La poesía se lee a sorbos: un poema, después levantar la cabeza, echar un vistazo al mundo, volver a otro poema. Así. A sorbos, a ráfagas, como este viento que por un instante te enceguece, te quita hasta el resuello, no te deja pensar, sólo sentir. Cuando pasa, abres los ojos. A veces ves que vuela una señal de tráfico.

Robinsón en El Retiro



Robinson Crusoe, el personaje de Daniel Defoe (1719), naufragó en una isla solitaria y supo apañárselas con una mezcla de rudimentos científicos y religiosos de la época para salir adelante en ese pedazo de terreno rodeado por el océano y transitado por caníbales. Antonio Martínez Sarrión le ha dado la vuelta a la tortilla encarnando en su último libro el papel de un Robinson moderno aclimatado al Parque del Retiro de Madrid, que visto por lo derecho no es más que una isla de naturaleza rodeada por cuatro millones de habitantes y acechada por más de un millón de vehículos que rugen sin sosiego. Si el náufrago de Defoe se defendía con los conocimientos prácticos adquiridos en la civilización, el maestro Sarrión esgrime sus infinitas lecturas y hace del paseo una delicia de erudición y de sorna manchega.

“Tenía que hacer este libro; no en vano llevo muchos años paseando una hora diaria por el Retiro”, confiesa el náufrago moderno, que por eso mismo no sigue un itinerario físico, sino que viaja del pasado al presente y de una puerta a otra con la naturalidad de quien se mueve por su casa. Todo ello utilizando como vehículo su prosa inconfundible, empedrada de hallazgos verbales y de palabras resucitadas con la gracia que le ha caracterizado desde que se destapó con su primer libro de memorias, Infancia y corrupciones (Alfaguara, 1993), sin cuya lectura ya nadie puede asegurar que conoce Albacete. El humor negro y la erudición nos llevan en esta nueva crónica a abrir tumbas con Felipe IV, a leer la desconcertante autopsia de Carlos II El Hechizado o a asistir al canje de una rata por dos velas de cera en los tiempos del hambre más atroz que dio de sí la guerra.

La primera parte del historiado título del libro (Avatares de un gallinero) alude a la afición del conde de Olivares a criar gallináceas, con las que se solazaba hasta el punto de llamar a su plumífera predilecta doña Ana y de deprimirse al perderla. Fue este personaje mofletudo quien cedió los terrenos a Felipe IV, el rey poeta, de lo que sería primero Retiro y luego Parque. A partir de este instante, y en medio de un referente de ermitas y lugares consagrados a la leyenda religiosa, se desarrolló lo que hoy queda de aquel vasto escenario. Sarrión se recrea en los detalles, sin perder su ritmo de paseo. Pero cuando más disfruta, y se le nota, es cuando describe las esculturas que adornan las plazas y avenidas, empezando por la simpar en el mundo dedicada a Lucifer y terminando por la recientemente trasplantada de Pío Baroja.

Lo que es una pena es que el Servicio de Publicaciones de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, que ha corrido con la edición, no haya completado el acierto poniendo más cuidado en los detalles y reduciendo la abusiva proliferación de erratas de imprenta.

Cordialmente nuestra




Tomar una infusión de té, cantueso y menta en una taza antigua de porcelana es algo más que paladear el contenido. La delicadeza del objeto y su forma imponen el modo de colocar los dedos para sostenerla, el grado justo de presión que ha de ejercer la mano. Mientras la levantamos, salta a la vista la decoración, sutil y minuciosa, ligeramente velada por la antigüedad de la taza, un valor añadido. Si uno es lo bastante sensible, recuerda que otros ojos la miraron, otros labios bebieron en ella: “lleva tras sí miradas / manos, / labios. / Quizá un último suspiro, / un último sorbo, / o el hastío de las tardes”. Este es el tema y estos los últimos versos de uno de los poemas más conocidos de nuestra paisana Dionisia García que, aunque afincada en Murcia, lleva a gala haber nacido en Fuenteálamo.

De hecho, vuelve allí muchas veces en sus libros. Yo diría que cada vez más. Acaba de publicar una selección de los poemas que ha ido escribiendo desde El Vaho en los Espejos (1976), un primer libro tardío, según los críticos, que siguen perpetuando el falso tópico de que un poeta, para ser bueno, debe publicar enseguida, en cuanto cambia los dientes. Sin embargo, y aunque es evidente que ilusiona mucho al protagonista, las dificultades para publicar, cuando el escritor es tenaz, permiten una depuración de la técnica y evitan ese primer libro fallido que unos años más tarde, desde la madurez, todo autor quemaría ejemplar por ejemplar, como hizo Borges con los pocos que había vendido de su primera aventura.

En Cordialmente Suya (Renacimiento) encontramos, más que una colección de poemas, una vida, la de Dionisia García, puesta en pie. Porque, por mucho que vivas, en realidad sólo “eres cuanto recuerdas”, el puñado de imágenes que han quedado grabadas en tu corazón. La suerte del poeta (del poeta que tiene suerte) es que además quedan también grabadas en sus libros. En este del que hablo están las lilas que seguirán estando en los huertos cuando ella no esté, y sin embargo ya las tiene olidas. Está el domingo pueblerino cuyo son de campanas llevaba con tristeza hacia el lunes. Están los vestidos de su madre a la que no conoció. La certeza de que las novias no vuelven. El olor de la gente que vivió en las habitaciones que ahora están vacías. Y, al abrir el armario, el olor que va dejando el tiempo en las cosas.

Está también el perfil aquilino de su abuela, está el pueblo brumoso y el mar omnipresente, están los árboles que se mecen ante la casa y que simbolizan la familia, y también están sus nietos, por supuesto, y la taza de Silesia, claro, en la que bebemos con ella: “Levantarse no duele, es caer en la cuenta / de que estar y no estar ya viene a ser lo mismo. / Importan los susurros, las voces que te amaron / y acuden sin cesar en el silencio”.

LLuvia en el desierto

Según las estadísticas, en Fuerteventura llueve veinticinco días al año. Pero hay años que no llueve y, cuando lo hace, caen literalmente cuatro gotas finas, con más tierra que agua. Por eso asistir a un día lluvioso de verdad en esta isla es un doble privilegio. Casi como ver vida en Marte. A los que estamos algo más acostumbrados (tampoco demasiado en el caso de los manchegos) nos divierte la reacción de los lugareños. Siempre parece los normales somos nosotros y los raros los demás. Como en cualquier otro lugar, la lluvia organiza un pequeño concierto en la parte más débil del tejado de la casa, la cubierta de plástico; la luz decrece hasta alcanzar un nivel de ojos entornados (y esto sí que es aquí novedoso); el asfalto de las calzadas, por lo general cubierto de una fina capa de polvo que constituye una segunda piel habitual sobre la piel de las cosas, se cubre de un brillo inusual; se intensifican los colores y también los olores. Hoy huele más a mar que en otros días en las calles interiores de Puerto del Rosario, como si la sombra del mar recuperase el espacio que le ha ido robando lentamente la civilización.
Hay gente que cree que las Canarias son todas iguales, vergeles de luz y playa y buena temperatura. Fuerteventura está situada más cerca del Sáhara que ninguna de sus hermanas. En los días claros se avista sin dificultad el continente africano desde el faro de la Entallada. Por eso mismo, gran parte de su superficie es una prolongación del desierto. Sus montañas desgastadas parecen pliegues de cartón piedra que se tornasolan y cambian de matiz según las horas y la posición desde la que las mires, sin abandonar nunca del todo su tono pardo, rojo o negruzco, producto de lejanas explosiones volcánicas. Sólo en el sur, de pronto, al cruzar una muralla, reverdece el paisaje y asoman playas inmensas; el resto es viento, mar, silencio.
Por eso aquí la lluvia asombra. Aunque es día laborable, en las primeras horas a penas circulan coches. La gente se resiste a salir. Y eso que el termómetro marca una temperatura muy razonable. Pero la humedad intensifica la sensación de frío. La escasez de luz es una adormidera psicológica en este reino donde la luz es un don cotidiano. Para los majoreros hace un día de lectura y hogar, casi de chimenea, si se utilizase por estos pagos. Veo a la familia apretada en el sofá, con el albornoz calado y hasta atenúan el volumen de la voz cuando conversan, ellos que son jubilosos incluso para la charla cotidiana. Los dejo ahí, reunidos, dándose calor con las palabras y salgo a recorrer la ciudad, a mojarme con esta lluvia cálida como caída de un caldero de sopa, a oler el mar profundamente en cada esquina, a respirar este silencio renovado, como si probara un elixir escaso y reconstituyente.

Dígaselo con haikus

En estos días en los que internet y el móvil han aumentado considerablemente el intercambio de felicitaciones navideñas, noto que el afán por acumular buenas intenciones hace que a veces se nos vaya la mano en la formulación, y los mensajes se nos queden prolijos y confusos, cuando no retóricos, recargados o simplemente tópicos. A todos nos gusta decir algo nuevo, que nos haga quedar bien, sin perder de vista el objetivo principal, que es felicitar al amigo y desearle un año de bienes. Al recibirlos, lo más común es que nos fijemos sobre todo en el gesto. Que un conocido nos recuerde en fechas tan señaladas nos halaga tanto y nos despierta tanto afán de corresponder que apenas nos fijamos en lo que dice. Por eso el que toma la iniciativa nunca queda mal. Lo difícil es salir airoso en la respuesta.
Una de las alternativas más resultonas es recurrir al humor; por ejemplo desearle al otro que tenga la misma vida que un cepillo de dientes, recibiendo sonrisas, acumulando pasta, poseyendo un mango muy largo y esas cosas. Pero no todos estamos dotados para el humor y las buenas ideas proliferan tanto que a los cinco minutos de remitirlas regresan desactivadas desde el móvil de otro amigo diferente. Yo propongo una opción oriental: decírselo con haikus. Ya saben, esa estrofa japonesa de tres versos, que describen una situación aparentemente trivial, pero dejan abierta la ventana a la sugerencia. No nos pilla tan lejos como creemos. Ya uno de los mejores expertos del mundo, el sevillano Vicente Haya, dejó dicho que es más fácil disfrutar un haiku en una ciudad pequeña como Albacete, que en una ruidosa metrópoli como Kioto, aunque sea japonesa. Pero además contamos con un concurso internacional de haikus universal, envidia de todos los aficionados al género.
El día 15 de diciembre se falló la tercera edición y sólo las nieves repentinas retuvieron a entusiastas que querían venir a visitarnos desde lugares tan lejanos como La Coruña. De acuerdo que no siempre es fácil encontrar haikus que cumplan los tópicos de la época navideña, de nieve y pandereta y pastorcillos. Pero también es cierto que los haikus suelen contener ese toque de atención a la naturaleza que invita a detenerse a echar a nuestro alrededor ese vistazo que necesitábamos dar y no podíamos, con tanta agitación de trabajo y tanto lío. El concurso de haikus, que organiza con gran mérito la facultad de Derecho publica los mejores de la edición anterior en un libro delicioso. El recién aparecido se titula Perro sin dueño, por esta discreta maravilla de Félix Arce: “sólo caminar, / junto al perro sin dueño / entre las viñas”. Es mi mensaje navideño para ustedes.