El sexo del cerebro


Bueno, pues parece que, de momento, por lo que se sabe, el cerebro del hombre y el de la mujer trabajan de maneras diferentes. Esa es una de las conclusiones que sacamos de la charla que dio en Chinchilla Elsa Punset. Vino a hablar de las emociones y de cómo controlar las reacciones que producen, en uno de los talleres de la semana del bienestar emocional organizada por la Universidad Popular chinchillana. Enfocó su discurso a las mujeres, que celebraban su semana, pero nos colamos tres varones curiosos y un tanto temerarios. Por supuesto se cachondearon un rato de nosotros, pero también nos reconocieron que envidian nuestro cajón de la nada, ese compartimento del cerebro masculino que nos permite sentarnos a pescar o zapear ante el televisor sin pensar absolutamente en nada, como si no hubiera problemas.

Asegura la Punset que los dos hemisferios del cerebro femenino están muy bien conectados, lo que las mantiene en un permanente chisporroteo de ideas, estimuladas por el ir y venir de las emociones. Vamos, la loca de la casa, como definía Santa Teresa a la imaginación, ese remolino mental. En cambio los hombres trabajamos con el cerebro más compartimentado: tenemos un cajón para cada cosa, lo que nos dificulta en general realizar al mismo tiempo dos o más actividades, cuyos programas guardamos en estancos distintos. Sin embargo, esto de hacer varias faenas a la vez está chupado para las mujeres, que asentían con entusiasmo cuando la conferenciante iba describiendo la manera femenina de discurrir, mientras caricaturizaba la nuestra, como está mandado.

Claro, que al final, la conclusión era que las mujeres envidian nuestro cajón de la nada, ese reducto del cerebro masculino lleno de telarañas y completamente vacío, que nos permite descansar de emociones y hasta babear de pura indolencia. Por supuesto, hay gente para todo; se trata de generalizaciones, que siempre son odiosas, aunque parecen bastante corales por lo que pude observar durante el acto y a la salida del mismo, cuando las asistentes me pedían perdón por el cachondeo y me consolaban mentando mi cajón de la nada, recién estrenado como quien dice porque acababa de descubrir que lo tengo.

Evidentemente no fue el único tema de la charla de esta filósofa que se ha especializado en guiarnos a través de las emociones desde el título de su libro Brújula para navegantes emocionales. Por poner otro ejemplo, una amiga oriental le señaló que los occidentales nos morimos a los veinticinco años, aunque nos entierren a los setenta. Porque, más o menos a la edad en que nos creemos adultos, decidimos que ya no cambiaremos. Sin embargo, parece también comprobado que el cerebro humano es tan dúctil y proteico que podemos ser lo que queramos absolutamente a cualquier edad, con tal de que nos lo propongamos con suficiente fe y nos lo curremos, claro. Ella aprendió a bailar a los treinta, después de toda una vida de soportar que la llamaran la patita de la casa. Me emociona pensar que igual aún no es tarde para dedicarme al cante.

La tierra baldía


El taller es una casa de labranza, la casa del Rojo, uno de esos parajes que tienen extramuros todas las ciudades y que, no sé por qué, no le imaginaba a Albacete. Sigo a Sebas Navalón por un camino que en sí mismo es una escultura de barro que han ido modelando vehículos pesados hasta trazar una especie de columna vertebral que no araña por los pelos el bajo del coche. La ciudad se disipa mientras nos alejamos. Y eso que no nos alejamos mucho. Sin embargo parece que hemos ido a otra comarca. Sólo quedan algunas naves industriales diseminadas en medio de un paisaje mondo, devorado por los horizontes. Los terrenos de la casa del Rojo ya no se cultivan, ni están anegados por el agua del canal de María Cristina. Un escultor, un pintor y un fotógrafo les han ido ganando terreno a los escombros y a la paja para formar un nido de artistas.

Sebas Navalón anda por los descampados recogiendo chatarra quemada, maderos inservibles, cables desechados, y los va amontonando en el patio hasta que un día pasa junto a ellos y de pronto comprende lo que quieren ser. Entonces echan raíces en sus manos y crecen hasta convertirse en plantas. Ya tiene un jardín y lleva camino de cultivar un bosque de flores de chatarra renacida, de pelos de neumático, de varas de hierro curvo que se sostienen sobre una peana de piedra. No huelen, claro, y sin embargo parecen otra vez lo que nunca fueron, seres vivos, como si con esta apariencia agradeciesen que alguien se fije en ellos.

Juan Paños es uno de esos fotógrafos escasos, en cuyos ojos las imágenes adquieren una melancolía que presentimos al mirarlos, pero que la cámara no recoge si es cualquier otro el que aprieta el obturador. Son sus ojos, no la cámara, los que inmortalizan un espartizal cubierto de nubes, los que nos muestran el contraste inaudito entre la pobreza del paisaje y la riqueza de un cielo que amenaza tormenta. Eso es fácil, pensará alguien. Sin embargo es magia transmitir esa soledad, tan intensa que no está cuando la ven los ojos, a un edificio en construcción, a un bosque de grúas y hasta a una profunda avenida por la que, por casualidad, no pasan coches en ese momento.

Fernando López lleva décadas trasladando paisajes a maderas de puertas, de ventanas antiguas, de tocones de árboles, de corchos desprendidos. Ahora pinta siempre el mismo paisaje de los Pinares, y nunca se parece, porque los nudos de la madera, los bajorrelieves, los anillos vegetales mantienen un diálogo con los pinceles y él los escucha y le obligan a retocar la luz, las formas, los espacios. “Ante el paisaje sólo cabe hablar de escultura”, dice, “porque el paisaje es sólo escultura”.

Los tres, el escultor, el fotógrafo, el pintor, y también un carpintero que zascandilea por los alrededores, se han refugiado en esta casa de labranza para defenderse juntos de un mundo hostil, que al salir de la casa sólo parece noche, soledad y lejanía. Para no helarse de frío, han encendido unos versos muy hermosos de T.S. Eliot que se preguntan cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas se extienden sobre estos pétreos escombros…” Pertenecen al libro La tierra baldía. Por eso han llamado así a su exposición, que estará abierta entre el 12 y el 19 de marzo en la sala La Lisa, en la calle Marqués de Villores. “No es la reunión de tres disciplinas”, explican, “sino un sentimiento común que cada cual expresa en su lenguaje”.

Poemas de amor


Me he dado un atracón de leer poemas amorosos. Siempre lo hago por esta época, como miembro que soy del jurado del concurso que organiza la Cope y patrocina CajaMurcia, y en el que se concede un premio bastante razonable a un poema de amor. Es el único jurado del que acepto formar parte y, la verdad, aún no tengo muy claro por qué. Es cierto que los organizadores son gente jovial y amable, que los patrocinadores nos invitan a una comida opípara nada menos que en Casa Marlo y que el resto de los jurados son buenos amigos con los que así tengo una excusa para coincidir. Pero todas estas razones, siendo estimulantes, no impiden que en cada edición me pregunte qué demonios pinto yo en este concurso.

Para empezar está lo del amor. Qué es el amor. Una palabra cargada de adolescencia que, como dice José Antonio Marina, está a punto de morir víctima de la polisemia. Porque existen muchos fenómenos afectivos a los que etiquetamos con la palabra amor. Llamamos así al deseo dirigido a una persona, pero también a cosas que nos producen satisfacción: el dinero, el poder, la fama. Si hablamos de personas, lo mismo lo aplicamos a la amistad que a la atracción física. Pero también a la inmensa variedad de sentimientos, alegres o desdichados, que desata el deseo. Y también la usamos para algunos vínculos afectivos, como el apego infantil, el cariño, la dependencia, el compromiso moral y hasta la relación fraterna.

Cualquiera de estas posibilidades encajaría en el tema obligatorio del concurso. Sin embargo, la mayoría de los participantes se ciñe a las relaciones sentimentales entre personas, en las que el deseo, cuando lo hace, aparece de una manera vaga o pudorosa. Casi siempre se trata de amores platónicos, es decir, que sólo existen en la cabeza del poeta. De un modo muy parecido estuvieron antes en las cabezas de los juglares y de Petrarca, que ya empezaban a cansar entonces con los ojos azules como el cielo o los cabellos rubios como el oro. Por no hablar del corazón, que sale a relucir cada vez que hablamos de amor y no sabemos qué parte del cuerpo señalarnos.

Algunos de los mejores poetas que conozco rehúyen tratar el amor en sus poemas porque son conscientes de lo difícil que resulta decir algo nuevo que sorprenda y a la vez resulte natural. Mucha gente cree que el poema es la pura sinceridad, y sin embargo no se da cuenta de que lo que escribe no se parece a lo que ha vivido, sino a lo que le suena que es poesía y en realidad pertenece a corrientes desfasadas, como el modernismo o el garcilasismo. Nos falta educación poética. Nos falta saber que el ritmo es imprescindible y que la rima no. Y que para dotar de ritmo a un poema hay que combinar la métrica y la acentuación, dos recursos que hemos heredado de los clásicos y que se consiguen manejar si uno practica.

Sólo unos pocos poemas de los casi doscientos que participaron utilizaban la métrica y el acento con oficio. Lo esperanzador es que el autor de uno de ellos es albaceteño y joven. Se llama Rubén Martín Díaz y tiene 28 años. No es una casualidad que acabe de ganar otro concurso en Guadalajara y que vaya a publicar su primer libro. Su poema Dimensiones describe las sensaciones que intensifican el amanecer desde la alcoba en la que los deseos hace un rato que fueron satisfechos y aún duerme la mujer con la que el vínculo se alarga como las sombras del nuevo día: “El vacío, el hueco / que ocupaba la noche, / es ahora totalidad, / estancia, plenitud”.

Akiko Yosano


En el Japón de finales del siglo XIX, la mujer tenía las mismas libertades que en Occidente. Podía aspirar a a ser objeto de deseo, esposa obediente y madre sumisa. Este era el destino de Akiko Yosano, nacida en 1878 y sometida al estrecho marcaje de su padre, temeroso de que perdiera la virginidad y con ella el honor del apellido. Estudió en un colegio de chicas y tuvo que ayudar en la pastelería familiar llevando las cuentas y envolviendo en hojas de bambú las tabletas azucaradas de alubias rojas por las que se pirraban los golosos de la época. Sin embargo, encontró una puerta abierta y la aprovechó. Cayéndose de cansancio, cuando llegaba la noche y se apagaban las luces, devoraba furtivamente libros a la luz de una pequeña lámpara. Tuvo además un buen maestro. Lo cito porque siempre he pensado que los buenos maestros forman parte del equipo de un gran escritor: se llamaba Osa Sugao.

Con veintitrés años Akiko se soltó el pelo. Literalmente. Publicó un poemario titulado Midaregami (que quiere decir Pelo revuelto). ¿No estaba condenada, por ser mujer, a jugar un papel de objeto? Pues el objeto tomó vida en 139 páginas y 399 poemas de cinco versos (tankas) hasta destilar toda la sensibilidad que una mujer joven, conocedora de su belleza podía dar de sí: “mientras me baño / en el fondo del agua, / igual que un lirio en flor… / ¡qué hermosos, oh, qué hermosos, / mis veinte veranos!” Su audacia y su frescura provocadora revolucionaron la vida literaria en Japón. La bautizaron como la poeta de la pasión, y qué pena que el japonés ande tan lejos del castellano. Ha tenido que pasar un siglo largo para que podamos leerla y disfrutarla. Los artífices del descubrimiento son José María Bermejo y Teresa Herrero, cuya traducción se degusta como si fuera poesía española.

Siempre que leo algo maravilloso, atribuido a un escritor al que no conozco, me pregunto si en realidad es un truco y será obra original en castellano atribuida a un heterónimo. En la adolescencia me lo creí de Tolkien (ignorante de mí). Me ha pasado otras veces y me pasa ahora con este libro de Hiperión: Akiko Yosano, poeta de la pasión. Aunque, sería injusto reducir a un heterónimo a esta heroína. El libro recoge poemas de Pelo revuelto, pero también posteriores, del tiempo en que dejó de ser joven pero siguió viajando y reivindicando los derechos de la mujer. Unida al poeta Tekkan Yosano (que se había divorciado para casarse con ella y del que tomó el apellido) dio a luz a once hijos. Precisamente, su poema más estremecedor, para mi gusto, es Primeros dolores de parto, donde entre otras cosas dice: “Con las primeras contracciones, / hasta el sol palidece, / y el mundo entero, frío, indiferente, / entra en extraña calma… Y estoy sola.”

La Duda


El otro día me acerqué a ver La Duda, esa película dirigida por John Patrick Shanley, que muchos consideran una maravilla y otros tantos califican de mierda infumable. Sumo mi voto a los primeros. El argumento es tan sencillo en apariencia que, cuando todo acaba, uno se pregunta si ya terminó: En el año 64, la directora de un colegio católico del Bronx, una monja estricta y perspicaz, se huele que el párroco del centro ha cometido pederastia con un alumno de doce años. No tiene pruebas, sólo indicios, pero se obstina en cercarlo hasta que el cura decide marcharse y (acertado detalle) es ascendido a director de otro colegio religioso. Quizás si la superiora no tuviese el rostro de Meryl Streep y el sospechoso de pederastia el de Philip Seymour Hoffman, estaríamos hablando de una calidad muy distinta. Pero el caso es que La Duda existe y sigue existiendo mientras uno desanda el vestíbulo y se aleja del cine.

Como todo en esta vida anda así de mezclado, asocio enseguida el argumento con el vídeo en el que el Gran Wyoming maltrataba verbalmente a una becaria de su programa El Intermedio. Un telepredicador de la cadena Intereconomía se había dedicado en las últimas semanas a desprestigiar al presentador con argumentos enconados y peregrinos, que buscaban sembrar dudas sobre su honradez. Sólo lo conseguía entre sus correligionarios. De pronto llegó a sus manos el vídeo por correo electrónico. Ya no era un indicio cogido por los pelos, era una prueba palpable: La certeza, más allá de toda duda, de la inmoralidad de su enemigo. Por eso no se entretuvo en comprobar la veracidad del vídeo. Lo emitieron, lo colgaron en Youtube y cayeron en la trampa: “Os la hemos colado” proclamaba la becaria en un cartel.

Aun así la duda sigue, porque nadie es perfecto y tal vez el Gran Wyoming sea un canalla en la intimidad. Igual que todo el mundo tiene un precio, todo el mundo oculta un vicio y puede que oculte también un traidor cuando haga falta. Es decir, cualquiera al que mires guarda una vida secreta, una incógnita, una duda. Es lo que buscaban los espías y contraespías de la Comunidad de Madrid: despejar algunas sospechas de sus rivales políticos (que eran del mismo partido) y evitar un engaño u obtener información para un chantaje. Los policías aseguran que la explicación de un delito suele ser siempre la más sencilla; en este caso sólo hay que mirar quiénes podían beneficiarse del trabajo de los espías (pagado con dinero público, por cierto). Los principales sospechosos, en cambio, han acusado a su entorno, a los otros partidos, al mundo, en un esfuerzo por extender la duda. “Todos somos iguales”, es el argumento. El sistema se puebla de dudas que abarcan a todos, sin dejar títere con certeza. Seguimos dudando. Cerramos los ojos y las dudas persisten. Y no es cine, es la vida.

La Fuente Santa


Servio dejó escrito que no hay ninguna fuente que no sea sagrada. Por supuesto, se refería este clásico romano a las fuentes naturales, no a las que llevan grifo incorporado. Si tenía algo de razón, se han perdido y secado tantas, que sólo fluye ya un cinco por ciento del sagrario original. Pero al menos se ha recuperado la que para muchos fue la fuente más sagrada de todas, la Fuente Santa de la isla de La Palma, a la que iban a curarse en tropel todos los sifilíticos y leprosos que podían costearse el viaje. El tratamiento consistía en zambullirse en unas piletas excavadas en la roca el tiempo necesario para que el azufre fuera suavizando la piel enferma hasta borrar las llagas y supuraciones.

Sin duda el más famoso de los enfermos que se beneficiaron de la Fuente es Pedro de Mendoza y Luján. Recién nombrado por su amigo el Emperador Carlos I Adelantado en el Río de la Plata, y aunque urgía que tomara posesión de sus dominios, no pudo menos que detenerse un mes en la isla bonita. La sífilis que había contraído violando enemigas en el saqueo de Roma le estaba causando ya tantas molestias que apenas se tenía en pie. Casi desfigurado por los nódulos que deformaban su nariz y su frente, escocido por el chancro que se extendía bajo sus genitales e incapaz de expresarse con fluidez a causa de las llagas que colmaban su boca, se resignó a probar las virtudes curativas de la Fuente.

El guardián del venero, Luis Tisanguaré, le advirtió que se necesitaban al menos tres meses para sanar, pero el Adelantado ya estaba impelido por esto que abunda ahora tanto y entonces mucho menos, la prisa, y le contestó que habría de bastar con treinta días. Aun así el tratamiento le cicatrizó los signos exteriores de la enfermedad y le concedió una prórroga de año y medio, suficiente para llegar a América, tomar posesión de sus dominios, fundar la ciudad de Buenos Aires y morir en el viaje de regreso. Su cuerpo fue arrojado al mar en 1537. La Fuente le sobrevivió ciento cincuenta años, hasta que el volcán de San Antonio la sepultó bajo una tempestad de lava, cascotes y piroclastos en 1677.

Sabios, curas, adivinos, ingenieros y gurús de distinto pelaje intentaron en distintas épocas desenterrarla, sin éxito. Poco a poco, su ubicación fue cayendo en el olvido y hasta la seguridad de que había existido alguna vez empezó a disolverse, hasta quedar reducida a una leyenda borrosa. Después de más de tres siglos, un ingeniero canario, especialista en obras hidráulicas, Carlos Soler Liceras, se obsesionó con desenterrarla y no cejó en su empeño hasta conseguirlo en 2005. Tuvo que perforar el basalto creando una galería de casi doscientos metros para acceder, después de muchos tanteos, al agua que curaba enfermos de la piel.

Sus ayudantes y él mismo lo celebraron dándose un baño victorioso. Asegura que la inmersión en una de las piscinas caldeadas resultó deliciosa, aunque cualquier parte del cuerpo que asomaban se enfriaba de inmediato. Dice que se untaron el cuerpo con una capa de barro grisáceo, que había sedimentado en el lecho de la charca. Nunca habían sentido tan suave su propia piel. Todo esto y muchas cosas más relata en un volumen grueso, compacto, generosamente ilustrado, editado con ayuda del gobierno de Canarias. Todo, ya digo, incluida la historia del Adelantado Pedro de Mendoza. Lo hace con afanes de novelista, demostrando a su pesar que es mucho mejor ingeniero que narrador.

Leer contra el viento



No estoy acostumbrada a leer poesía, dice mi amiga. Conversamos parados junto al Parque en un paisaje urbano en el que todo se mueve, bien porque tiene motor propio bien porque lo arrastra el viento. El Parque entero silba como un bosque. Los árboles se agitan como músicos en éxtasis. Leo mucha novela, porque me sirve para evadirme, pero la poesía me exige una atención que no puedo dedicarle. Mi amiga desgrana su confesión con verdadero pesar. No es la primera. Los amigos que saben que eres poeta querrían leerte más, pero les cuesta y lo sufren. Hay que consolarlos: no te preocupes. Si tienes tiempo les explicas que Pepe Hierro comparaba la poesía con la música: todo el mundo puede disfrutarla cuando la oye, pero para desentrañar la partitura has de saber solfeo.

Nos enseñan de pequeños a juntar letras, pero a leer se suelta uno como puede, cada cual siguiendo un itinerario diferente de lecturas. No existen dos iguales. A los que hemos tenido la suerte de consultar técnicas de estudio, nos sorprende al principio que se describan varias intensidades: una más somera, de titulares y dibujos para plantearse preguntas; otra más detenida para captar el sentido general; otra más intensiva, párrafo a párrafo. Los que han desarrollado la lectura rápida, leen en diagonal, devorando con una visión periférica entrenada lo que sucede en los márgenes. Rara vez se habla, durante todo el periodo de aprendizaje escolar, de los distintos tipos de placer que proporciona la lectura.

Y sin embargo existe la inmersión de la novela, sumergirse en el fondo de un mar que es otra vida distinta a la tuya. El duelo intelectual de un buen ensayo, en el que avanzamos con el lápiz dispuesto a disparar. El suspense de un cuento que promete una sorpresa en cada párrafo. ¿Y la poesía? La asociamos con lucha. Nos enfrentamos al poema. Así lo exigía la asignatura: había que averiguar cuál era el tema, qué recursos utilizaba el autor, identificar la estrofa, señalar la rima, donde la hubiera. A veces costaba entender el enrevesado lenguaje barroco o el pinturero modernista. ¿Y el placer? Por qué asomarse a donde no hay placer.

Por supuesto, nada de esto le digo a mi amiga porque la aprecio. De pronto vemos volar hacia nosotros una señal de tráfico. El viento la ha arrancado y juega con ella como si fuera un platillo volante. La envía planeando a nuestros pies. La piso para evitar que remonte de nuevo y pueda degollar a un viandante. La poesía se lee a sorbos: un poema, después levantar la cabeza, echar un vistazo al mundo, volver a otro poema. Así. A sorbos, a ráfagas, como este viento que por un instante te enceguece, te quita hasta el resuello, no te deja pensar, sólo sentir. Cuando pasa, abres los ojos. A veces ves que vuela una señal de tráfico.

Robinsón en El Retiro



Robinson Crusoe, el personaje de Daniel Defoe (1719), naufragó en una isla solitaria y supo apañárselas con una mezcla de rudimentos científicos y religiosos de la época para salir adelante en ese pedazo de terreno rodeado por el océano y transitado por caníbales. Antonio Martínez Sarrión le ha dado la vuelta a la tortilla encarnando en su último libro el papel de un Robinson moderno aclimatado al Parque del Retiro de Madrid, que visto por lo derecho no es más que una isla de naturaleza rodeada por cuatro millones de habitantes y acechada por más de un millón de vehículos que rugen sin sosiego. Si el náufrago de Defoe se defendía con los conocimientos prácticos adquiridos en la civilización, el maestro Sarrión esgrime sus infinitas lecturas y hace del paseo una delicia de erudición y de sorna manchega.

“Tenía que hacer este libro; no en vano llevo muchos años paseando una hora diaria por el Retiro”, confiesa el náufrago moderno, que por eso mismo no sigue un itinerario físico, sino que viaja del pasado al presente y de una puerta a otra con la naturalidad de quien se mueve por su casa. Todo ello utilizando como vehículo su prosa inconfundible, empedrada de hallazgos verbales y de palabras resucitadas con la gracia que le ha caracterizado desde que se destapó con su primer libro de memorias, Infancia y corrupciones (Alfaguara, 1993), sin cuya lectura ya nadie puede asegurar que conoce Albacete. El humor negro y la erudición nos llevan en esta nueva crónica a abrir tumbas con Felipe IV, a leer la desconcertante autopsia de Carlos II El Hechizado o a asistir al canje de una rata por dos velas de cera en los tiempos del hambre más atroz que dio de sí la guerra.

La primera parte del historiado título del libro (Avatares de un gallinero) alude a la afición del conde de Olivares a criar gallináceas, con las que se solazaba hasta el punto de llamar a su plumífera predilecta doña Ana y de deprimirse al perderla. Fue este personaje mofletudo quien cedió los terrenos a Felipe IV, el rey poeta, de lo que sería primero Retiro y luego Parque. A partir de este instante, y en medio de un referente de ermitas y lugares consagrados a la leyenda religiosa, se desarrolló lo que hoy queda de aquel vasto escenario. Sarrión se recrea en los detalles, sin perder su ritmo de paseo. Pero cuando más disfruta, y se le nota, es cuando describe las esculturas que adornan las plazas y avenidas, empezando por la simpar en el mundo dedicada a Lucifer y terminando por la recientemente trasplantada de Pío Baroja.

Lo que es una pena es que el Servicio de Publicaciones de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, que ha corrido con la edición, no haya completado el acierto poniendo más cuidado en los detalles y reduciendo la abusiva proliferación de erratas de imprenta.

Cordialmente nuestra




Tomar una infusión de té, cantueso y menta en una taza antigua de porcelana es algo más que paladear el contenido. La delicadeza del objeto y su forma imponen el modo de colocar los dedos para sostenerla, el grado justo de presión que ha de ejercer la mano. Mientras la levantamos, salta a la vista la decoración, sutil y minuciosa, ligeramente velada por la antigüedad de la taza, un valor añadido. Si uno es lo bastante sensible, recuerda que otros ojos la miraron, otros labios bebieron en ella: “lleva tras sí miradas / manos, / labios. / Quizá un último suspiro, / un último sorbo, / o el hastío de las tardes”. Este es el tema y estos los últimos versos de uno de los poemas más conocidos de nuestra paisana Dionisia García que, aunque afincada en Murcia, lleva a gala haber nacido en Fuenteálamo.

De hecho, vuelve allí muchas veces en sus libros. Yo diría que cada vez más. Acaba de publicar una selección de los poemas que ha ido escribiendo desde El Vaho en los Espejos (1976), un primer libro tardío, según los críticos, que siguen perpetuando el falso tópico de que un poeta, para ser bueno, debe publicar enseguida, en cuanto cambia los dientes. Sin embargo, y aunque es evidente que ilusiona mucho al protagonista, las dificultades para publicar, cuando el escritor es tenaz, permiten una depuración de la técnica y evitan ese primer libro fallido que unos años más tarde, desde la madurez, todo autor quemaría ejemplar por ejemplar, como hizo Borges con los pocos que había vendido de su primera aventura.

En Cordialmente Suya (Renacimiento) encontramos, más que una colección de poemas, una vida, la de Dionisia García, puesta en pie. Porque, por mucho que vivas, en realidad sólo “eres cuanto recuerdas”, el puñado de imágenes que han quedado grabadas en tu corazón. La suerte del poeta (del poeta que tiene suerte) es que además quedan también grabadas en sus libros. En este del que hablo están las lilas que seguirán estando en los huertos cuando ella no esté, y sin embargo ya las tiene olidas. Está el domingo pueblerino cuyo son de campanas llevaba con tristeza hacia el lunes. Están los vestidos de su madre a la que no conoció. La certeza de que las novias no vuelven. El olor de la gente que vivió en las habitaciones que ahora están vacías. Y, al abrir el armario, el olor que va dejando el tiempo en las cosas.

Está también el perfil aquilino de su abuela, está el pueblo brumoso y el mar omnipresente, están los árboles que se mecen ante la casa y que simbolizan la familia, y también están sus nietos, por supuesto, y la taza de Silesia, claro, en la que bebemos con ella: “Levantarse no duele, es caer en la cuenta / de que estar y no estar ya viene a ser lo mismo. / Importan los susurros, las voces que te amaron / y acuden sin cesar en el silencio”.

LLuvia en el desierto

Según las estadísticas, en Fuerteventura llueve veinticinco días al año. Pero hay años que no llueve y, cuando lo hace, caen literalmente cuatro gotas finas, con más tierra que agua. Por eso asistir a un día lluvioso de verdad en esta isla es un doble privilegio. Casi como ver vida en Marte. A los que estamos algo más acostumbrados (tampoco demasiado en el caso de los manchegos) nos divierte la reacción de los lugareños. Siempre parece los normales somos nosotros y los raros los demás. Como en cualquier otro lugar, la lluvia organiza un pequeño concierto en la parte más débil del tejado de la casa, la cubierta de plástico; la luz decrece hasta alcanzar un nivel de ojos entornados (y esto sí que es aquí novedoso); el asfalto de las calzadas, por lo general cubierto de una fina capa de polvo que constituye una segunda piel habitual sobre la piel de las cosas, se cubre de un brillo inusual; se intensifican los colores y también los olores. Hoy huele más a mar que en otros días en las calles interiores de Puerto del Rosario, como si la sombra del mar recuperase el espacio que le ha ido robando lentamente la civilización.
Hay gente que cree que las Canarias son todas iguales, vergeles de luz y playa y buena temperatura. Fuerteventura está situada más cerca del Sáhara que ninguna de sus hermanas. En los días claros se avista sin dificultad el continente africano desde el faro de la Entallada. Por eso mismo, gran parte de su superficie es una prolongación del desierto. Sus montañas desgastadas parecen pliegues de cartón piedra que se tornasolan y cambian de matiz según las horas y la posición desde la que las mires, sin abandonar nunca del todo su tono pardo, rojo o negruzco, producto de lejanas explosiones volcánicas. Sólo en el sur, de pronto, al cruzar una muralla, reverdece el paisaje y asoman playas inmensas; el resto es viento, mar, silencio.
Por eso aquí la lluvia asombra. Aunque es día laborable, en las primeras horas a penas circulan coches. La gente se resiste a salir. Y eso que el termómetro marca una temperatura muy razonable. Pero la humedad intensifica la sensación de frío. La escasez de luz es una adormidera psicológica en este reino donde la luz es un don cotidiano. Para los majoreros hace un día de lectura y hogar, casi de chimenea, si se utilizase por estos pagos. Veo a la familia apretada en el sofá, con el albornoz calado y hasta atenúan el volumen de la voz cuando conversan, ellos que son jubilosos incluso para la charla cotidiana. Los dejo ahí, reunidos, dándose calor con las palabras y salgo a recorrer la ciudad, a mojarme con esta lluvia cálida como caída de un caldero de sopa, a oler el mar profundamente en cada esquina, a respirar este silencio renovado, como si probara un elixir escaso y reconstituyente.

Dígaselo con haikus

En estos días en los que internet y el móvil han aumentado considerablemente el intercambio de felicitaciones navideñas, noto que el afán por acumular buenas intenciones hace que a veces se nos vaya la mano en la formulación, y los mensajes se nos queden prolijos y confusos, cuando no retóricos, recargados o simplemente tópicos. A todos nos gusta decir algo nuevo, que nos haga quedar bien, sin perder de vista el objetivo principal, que es felicitar al amigo y desearle un año de bienes. Al recibirlos, lo más común es que nos fijemos sobre todo en el gesto. Que un conocido nos recuerde en fechas tan señaladas nos halaga tanto y nos despierta tanto afán de corresponder que apenas nos fijamos en lo que dice. Por eso el que toma la iniciativa nunca queda mal. Lo difícil es salir airoso en la respuesta.
Una de las alternativas más resultonas es recurrir al humor; por ejemplo desearle al otro que tenga la misma vida que un cepillo de dientes, recibiendo sonrisas, acumulando pasta, poseyendo un mango muy largo y esas cosas. Pero no todos estamos dotados para el humor y las buenas ideas proliferan tanto que a los cinco minutos de remitirlas regresan desactivadas desde el móvil de otro amigo diferente. Yo propongo una opción oriental: decírselo con haikus. Ya saben, esa estrofa japonesa de tres versos, que describen una situación aparentemente trivial, pero dejan abierta la ventana a la sugerencia. No nos pilla tan lejos como creemos. Ya uno de los mejores expertos del mundo, el sevillano Vicente Haya, dejó dicho que es más fácil disfrutar un haiku en una ciudad pequeña como Albacete, que en una ruidosa metrópoli como Kioto, aunque sea japonesa. Pero además contamos con un concurso internacional de haikus universal, envidia de todos los aficionados al género.
El día 15 de diciembre se falló la tercera edición y sólo las nieves repentinas retuvieron a entusiastas que querían venir a visitarnos desde lugares tan lejanos como La Coruña. De acuerdo que no siempre es fácil encontrar haikus que cumplan los tópicos de la época navideña, de nieve y pandereta y pastorcillos. Pero también es cierto que los haikus suelen contener ese toque de atención a la naturaleza que invita a detenerse a echar a nuestro alrededor ese vistazo que necesitábamos dar y no podíamos, con tanta agitación de trabajo y tanto lío. El concurso de haikus, que organiza con gran mérito la facultad de Derecho publica los mejores de la edición anterior en un libro delicioso. El recién aparecido se titula Perro sin dueño, por esta discreta maravilla de Félix Arce: “sólo caminar, / junto al perro sin dueño / entre las viñas”. Es mi mensaje navideño para ustedes.

La ciudad

Sólo conozco un tipo vivo que tenga dedicada una calle en una película. Supongo que habrá más, porque hay gente para todo, como dijo Belmonte. Yo sólo conozco uno. Se llama Karmelo Iribarren y es vasco de Donosti. ¿Su mérito? No lo sé bien. Es amigo fiel de sus amigos, pero por esta razón no te dan una calle; a veces, incluso, te la quitan. Es también poeta, y de los buenos. Pero en cuestión de calles, este es un mérito más bien póstumo: la gente suele esperarse a que te mueras para grabar una placa con tu nombre. Karmelo está muy vivo, afortunadamente. Cuando el actor José Coronado entra en un bar de la película La vida mancha y le pregunta al camarero por la calle Karmelo Iribarren, está rindiéndole homenaje, lo que no le han hecho aún en ninguna ciudad fuera del cine, ni siquiera en la él que sigue inmortalizando con sus versos.
Porque el tema favorito de Iribarren es la ciudad. No como paisaje, que a veces también lo usa como telón de fondo, sino la gente que vive en ese ecosistema. Y, como no conduce, sino que la recorre a pie, la sigue por la ventanilla del autobús, la observa desde un taxi, junto a la barra de un bar, desde la ventana de su casa, ve muchas cosas que no vemos los que estamos enfrascados en el tráfico y en el ajetreo. “Los dos / bajaban / por la calle / cubiertos / de sangre. / Nadie / les prestaba / atención. / Así era / la ciudad”. Y así la retrata este poeta, con una mezcla de acidez y de ternura, con piezas cortas y contundentes, al estilo de los epigramas con los que el veronés Catulo ridiculizaba a todo el que se movía.
Iribarren prefiere reírse de sí mismo y de la vida que nos ha tocado: “El futuro es vuestro, / chavales, / decían, / como quien te dice / que te ha tocado algo. // ¡El futuro! / Menudo / fraude: // letras y letras / y más letras de Banco / o la puta calle.” Sin embargo, cuando ya es irresistible Iribarren es cuando dedica esta mala leche a un poema de amor. Es uno de los pocos poetas vivos que conozco que pueden todavía tratar el amor sin resultar pedantes ni patéticos ni retóricos. Te veía / llegar, / cruzar la puerta, / darme un besazo en el morro, / mirarme a los ojos / de esa manera única, / como sólo tú miras / a los ojos: rompiendo / el calendario. // Te veía / hacer esas cosas sencillas / que sólo tú haces / para que el mundo / entre en razón; // y no sabía / a quién / darle las gracias”.
Aquí, claro, no caben los poemas que me gustan más aún, si cabe, los de infancia: Una mañana de invierno, El cobrador y, sobre todo, Tu padre se ha ido de viaje. Esos hay que leerlos en su último libro, La ciudad. Cada uno de ellos vale por una calle de película.

Lluvia menuda

Tal como la conocemos, la vida consciente es una sucesión de pequeñas sensaciones. Creemos que pensamos, pero en realidad es el pensamiento el que nos piensa a nosotros. Cómo capturar este flujo interminable, cómo detenerlo para recrearnos en algunos momentos particularmente amables de su transcurso. La fotografía es un modo. Nos asomamos a viejas instantáneas con la curiosidad de quien se asoma a un escaparate que contiene la luz detenida de lo que fuimos, o de lo que fueron otras personas. Estudiamos los rasgos, las arrugas en los rostros, los objetos, las paredes que nos rodean, con el afán de estar dentro y no fuera de aquella situación. Sin embargo, la fotografía no puede contenernos ya. Es sólo eso, un escaparate bastante fidedigno de lo que pasó y está acabado.
Hay otro modo de volver. En realidad no es un regreso, es una reconstrucción de lo sucedido. El tiempo jamás pasa dos veces por el mismo lugar. Pero nosotros podemos experimentar dos veces la misma emoción, o una tan similar que nos parece la misma. Son las palabras las que contienen la sabia capaz de volver a emocionarnos. Las palabras, sus contenidos mágicos, que lo son sin que nos percatemos de ellos. Del modo simple con que decimos caballo y se dibuja en nuestra mente un animal de cuatro patas que relincha y que tal vez esté montado por un vaquero del oeste o galopando con las crines revueltas por un paraje de lomas. Las palabras nos adentran en sus significados, y bien dispuestas, dotadas de un orden y un ritmo convenientes, son capaces de involucrarnos de nuevo en sensaciones casi olvidadas, que ni siquiera estamos seguros de haber experimentado antes. Esto es poesía.
Pues bien, hay un subgénero, dentro de la poesía, que se parece mucho a la fotografía, que tiene casi una conexión directa con ella. Atrapa una secuencia del vivir, un instante fugaz, en versos de 5, 7 y 5 sílabas respectivamente. Me estoy refiriendo al haiku, una estrofa de origen japonés que no persigue lucimientos ni retóricas, sólo capturar un instante, como se atrapa viva a una mariposa. Si está logrado, resulta tan sencillo que parece la observación de un niño, de alguien que, desde luego, no tiene prisa, sino alma. “Junto al bullicio / del tráfico, la fuente / pequeña canta” dice la extraordinaria Susana Benet en uno de los haikus de su libro Lluvia menuda. En otro nos devuelve íntegra la infancia: “A cada vuelta / del tiovivo, mi padre / diciendo adiós”. El que no cierra los ojos para saborear estas imágenes como si fueran caramelos es que ha perdido de vista la vida. Alehop, un buen haiku y aquí está otra vez.

Contando los días

Lo que me asombra de la prosa de Antonio García Muñoz es que sigo leyéndole y disfrutándola a pesar de que, cuando levanto la cabeza, comprendo que rara vez estoy de acuerdo con lo que dice. Que de hecho rara es la ocasión en que suscribiría sus palabras. Al contrario. Se complace en ir contracorriente en desarmar lo políticamente correcto. Se declara un misántropo de la vieja guardia e incluso se retruca misógino. No desaprovecha ninguna ocasión para reírse de las feministas y pitorrearse de sus argumentos, como tampoco pierde el tiempo fingiendo que odia el deporte: afirma que su gran ilusión es que un experto descubra que correr es malo. ¿Qué tiene entonces su prosa para mantenerme fascinado desde la primera a la última línea de su diario Contando los días, como ya me sucedió en su recopilación de artículos Contra la Mancha y otras manchas?
Indudablemente la explicación recae en el estilo. Eso tan denostado por algunos escritores que consideran que lo importante es contar historias sin que importe cómo se cuentan. Antonio García es la demostración de que no, de que la lectura puede ser un gozo, simplemente. Escribe como un príncipe, aunque lo haga en el diario rival. Su misantropía declarada es un disfraz, el de un tipo que disfruta yendo a la contra y que hace disfrutar al lector con esa mala leche llena de amenidad. Se asoma a El País a diario, para detectar cuándo la empresa propietaria se hace publicidad a sí misma. Se ceba con el poder, con lo que considera que ha sucumbido al consumo de las masas y defiende como un mitómano apasionado los pequeños placeres literarios o musicales donde encuentra consuelo. Porque acaricia sus libros como otros muchos harían con sus animales domésticos.
La vida más cercana, la que transcurre a su alrededor, en Albacete, que algunas veces le sirve de punto de partida para sus razonamientos, resbala en su timidez hasta el punto de que los que hablan con él sólo merecen una letra inicial, y punto. Su verdadera vida sucede en la cultura virtual, en la de los grandes nombres. Por eso corona el libro con un índice onomástico amplio y detallado. Muchas de sus notas sirven de guía para quienes no somos capaces de acumular tal cantidad de libros leídos, de películas vistas y de discos escuchados. No termino de entender esta adicción, pero Antonio García Muñoz es de los pocos articulistas que no me pierdo nunca. Y nunca me arrepiento. Su ironía es tan incontenible que ya me lo imagino con la ceja arqueada componiendo una respuesta para este artículo, un desplante que me deje aleteando. No sé si entonces estaré de acuerdo. Ya veremos.

Antonio Cabrera

De su amor por los pájaros ha heredado Antonio Cabrera apostura de pájaro. Un pájaro observador y pensativo que nos advierte que mirar y pensar son cosas diferentes. Y añade que a él le cuesta trabajo pensar. Seguramente por eso acaba de publicar un libro lleno de miradas que se van convirtiendo en pensamientos. Se queda mirando una mosca, sale a buscar setas, descubre a su alrededor, en su despacho, la luz de la lámpara. Se fija en lo que nadie se fija porque ocurre demasiado cerca para nuestra mirada, que está siempre buscando más allá de lo que nos rodea, proyectos o recuerdos, películas, cosas que están lejos de nuestro alcance. Antonio Cabrera se detiene en esa segunda piel que compone nuestro entorno inmediato. Y de ese descubrimiento saca conclusiones. Por eso su libro es más imprescindible que si contara cómo detectar el oro. Porque el oro se queda y la vida pasa.
El oro de las pequeñas cosas que nos rodean, he aquí el tema principal de El minuto y el año, una colección de textos que Cabrera fue publicando semanalmente en un periódico. Allí, rodeados de actualidad candente, de explosiones de inminencia, de política y publicidad, del lado repetitivo del deporte, estas disquisiciones sobre lo cotidiano guardaban el silencio de lo puro, igual que el paisaje enmarca nuestros viajes por carretera. Está, pero no está, no nos fijamos. Pero Cabrera sí. Y nos descubre que esas flores que asoman a las cunetas en el mes de enero son asfódelos y que su pequeña insignificancia nos tiende una lección cotidiana, igual que hay una reflexión en cargar el lavavajillas o en tender la ropa en la terraza. A nuestro alrededor están sucediendo cosas: cambia la luz, declina el día, vuelven ciertos pájaros y se van otros. A nuestro alrededor, siguen sucediendo las estaciones.
El minuto y el año es una caja de caudales con miradas precisas para el que no sabe mirar pero quiere fijarse. A la vez es un calendario con los pájaros y las plantas y las frutas de cada estación. Yo que pisoteo las setas antes de verlas, he salido a buscar setas con este poeta valenciano (que tampoco es que las encuentre a puñados) y me lo he pasado bomba inmerso en el proceso de buscar. Por supuesto, la búsqueda sucedía en uno de los textos del libro. En otro, nos aprestamos a recolectar espárragos. Y se nos manchan los dedos y se nos enredan en los pinchos, pero también probamos las moras. Todo al paso, de un texto a otro. ¿Cómo hemos podido andar tan ciegos por la vida sin ver lo que este hombre (que asegura ser astigmático e hipermétrope, y que padece tensión ocular) anda viendo por todas partes?
“La vida, eso que sucede mientras buscamos explicaciones,” palpita en este libro que dice con Ciorán que escuchar el viento dispensa de la poesía. Aunque también es cierto que nos lo muestra con literatura, con tanta exactitud como sólo un poeta podría mostrárnoslo. Porque si contemplar es un ejercicio difícil, que exige rigor y cierto entrenamiento, contarlo está reservado a escritores que saben utilizar el lenguaje con la precisión de un cirujano. Cabrera es sin duda de los pocos capaces de hacerlo. Posado en su rama, con sus gafas especiales, contempla y nos enseña a contemplar. Reflexiona con esfuerzo (según dice) y nos enseña sin proponérselo a sacar conclusiones. Es este, su primer libro en prosa, un libro que se disfruta y que cambia a las personas. Sin ir más lejos, acabo de perdonar a una mosca en su honor.

Miguel D´Ors

Entre los asistentes a la lectura de Miguel D´Ors, cerca de medio centenar de personas que se habían desplazado sólo para escucharle hasta el Campus en la inhóspita noche del viernes, flotaba una pregunta que al final alguien se decidió a formular en voz alta: ¿por qué salen tus libros siempre en editoriales periféricas, con una distribución tan limitada que cuesta un montón conseguirlos fuera de Sevilla? El poeta ha contestado muchas veces a esta pregunta para la que tiene dos respuestas: prefiere confiar sus libros a sus amigos, que se los editan con cariño. Pero además, dice (y asegura que lo dice con ironía pero en serio) que él basa su éxito en que la gente no lo ha leído mucho, sólo de una forma parcial, en antologías, donde todo el mundo queda más o menos bien. “Por eso, insiste, tengo una cierta fama. Si me hubieran leído completo, sería otro cantar”.
Y los asistentes, muchos de los cuales se han venido con un libro bajo el brazo (conseguido con ímprobos esfuerzos) para arrancarle una dedicatoria, sonríen y piensan a la vez. Esa sonrisa mezclada es la mosca que queda flotando en el ambiente, la mosca que ha dejado su poesía, llena de sorpresas, viva como una lagartija que sabe hacer cosquillas donde debe hacerlas un poema, y que sin embargo ha sonado más bien floja en la voz de D´Ors, que la lee con frío. No anda bien la megafonía, dos micrófonos superpuestos no dan abasto para llevarle hasta las últimas sillas, y ha sido necesario apagar el rumor de la calefacción para echarle una mano al silencio que reina en la sala. Da igual, sus poemas pueden con todo, vencen a la intemperie interior en que se ha convertido el salón de Grados de Humanidades.
Miguel D´Ors, el montañero en los fines de semana, el profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada, el capricornio, el ciclista de los miércoles, el gallego que ejerce, el perfeccionista, es sobre todo en la tarde de Albacete un poeta de culto, cosa que el mismo, por supuesto, negaría. ¿Qué diablos es ser un poeta de culto? Acaso haber escrito poemas que ya se saben de memoria un puñado suficiente de aficionados, como Pequeño Testamento, o La Carta, o La Mujer Diez. Él los lee para su público. Los lee al final. Pero antes introduce los nuevos, algunos inéditos que nadie ha escuchado antes. Le gusta probar cómo suenan, qué cara pone la gente al escucharlos, dice que para sacar conclusiones antes de seguir rumiándolos y puliéndolos en el ordenador. Porque esto es noticia: se ha pasado al ordenador, que facilita un trabajo que antes fue de manualidades, de pegar una palabra o una frase sobre la errata hasta dejar el borrador convertido en un mapa o un palimpsesto de textura variable.
“Sólo el trabajo borra las huellas del trabajo” es el lema que ha repetido hasta la extenuación D´Ors, que ahora ni lo menciona, de tan interiorizado como lo tiene. Y ahí sigue, con sus dudas, que luego se convierten en hallazgos magistrales, con su sentarse de perfil para que no le moleste la lesión de rodilla de cuando tuvo que rescatarlo de la montaña la Cruz Roja. Un poeta de culto es eso: un montañero que se pierde en solitario en busca de una cumbre inaccesible, la perfección. Pero él no valorará el camino andado, por supuesto, porque ya hay otra montaña esperándole. Y busca las razones por las que la edad va lentificando su creación. “A lo mejor es que me he vuelto más exigente…” ¿todavía?

Eloy Sánchez Rosillo

Es difícil imaginarse, mirando al Eloy Sánchez Rosillo de hoy en día, cómo fue aquel chaval de doce años a quien su madre internó en los Escolapios de Albacete, con la esperanza de que se apaciguase su carácter. Ahora nos visita con cierta frecuencia, tiene amigos aquí, admiradores de su poesía. Y el azar ha querido que se aloje casi siempre en el hotel San José, en una habitación que se asoma a las ventanas de la nave donde durmió aquel curso, Una estación en el infierno, como lo ha descrito en un poema. Yo lo he visto temblar de pies a cabeza al acercarse a la cámara donde los internados recibían las visitas de los familiares, temblar con el temblor del niño que se reencontraba con su madre, con un piano por testigo. Y lo he oído asombrarse con su voz ronca: “está exactamente igual”.
Porque Eloy Sánchez Rosillo tiene la voz ronca y cordial, en una combinación casi imposible. Es alto y se inclina hacia la amistad y hacia el micrófono. Ahora viste de negro en sus lecturas, como el mirlo con el que conversa en otro poema. El negro le resalta la barba y el pelo abundante que son tan canosos como la luz de la luna, que también aparece en todos sus libros, pues no en vano es un poeta lunático, como buen nativo del signo de cáncer. Pero ahí termina cualquier concesión a la locura, puesto que enseguida advierte que su obsesión es la claridad: “si alguien va a comprar un libro mío a una librería, lo primero que espera encontrar es que esté escrito en español, ya que soy un poeta español; y lo segundo es que se entienda. Porque lo que ocurre con una parte de la poesía española actual es que está escrita en chino. Y la gente que intenta leerla, se dice: será que no entiendo de poesía. Pero sí que entiende, porque no está escrita para los académicos ni para los eruditos, sino para la gente que se acerque a ella con un mínimo de costumbre de leer”.
Y con el mismo tono pausado con el que marca los acentos ayudándose de un vaivén de la mano, sigue afirmando: “quizá la palabra que más aparece en todos mis poemas es luz. Yo creo que la poesía es un ejercicio de claridad. Es un ver el mundo y tratar de hablar de lo que has visto, de lo que pasa por delante de tus ojos. La poesía es voluntad de ver. Y hay que hablar de eso, no rehuir los temas que importan, los cinco o seis temas que estamos siempre barajando los humanos”. Pero aclara que no escribe para explicarse el misterio del mundo, sino para participar de él. Fue un poeta elegíaco que ha descubierto la alegría.
Sí, cuesta ver en este hombre alto y ronco, pausado pero firme en sus convicciones, a aquel niño de doce años que temblaba de miedo, o de frío, o de ambas cosas, cuando iba a reencontrarse con su madre. También al adolescente que descubrió la vida en una aldea situada entre Barrax y Lezuza, en la que pasaba los veranos. “Le debo mucho a esta ciudad. Tuve la suerte, por mi edad, de conocer la noche sin luz eléctrica. Una noche que no debió de ser muy diferente a la que conocieron Hesíodo, Teócrito o Virgilio”. La noche que le fue calando lentamente hasta explotar un día: “La poesía se apoderó de mí en la adolescencia, de una manera febril, y ha sido el centro de mi vida”. Gracias a ella vuelve en todos sus libros a aquella aldea original, y se acerca al pozo y otra vez bebe y le sabe como entonces: “siempre el agua es un don, / pero nunca la vida ha vuelto a darme / un agua como aquella”.

José María Bermejo

José María Bermejo nació en Tornavacas, en lo alto del Jerte, asomado al valle donde cada año en abril florecen los cerezos conformando una ceremonia oriental sorprendente tan lejos de Japón. Ya se ha convertido en una romería citarse en ese paraje durante los días luminosos en que la primavera hace estallar las flores más apreciadas por los japoneses. Curiosamente, Bermejo se crió en una familia humilde mucho antes de que llegara la explosión turística. En sus primeros años sólo conoció el frío y la nieve. Dice que ya no se acatarra porque quedó vacunado para siempre por aquellas tiritonas de la infancia. No se sabe por qué extraña conexión con los cerezos, nació japonés en Cáceres y por eso es un lince traduciendo poemas venidos de Oriente y sobre todo haikus.

Quedó finalista del premio Adonais con un libro que tituló Epidemia de nieve en el ya lejano 1971, y parece que aún sigue hablando en medio de un paisaje nevado cuando toma la palabra y cuenta con agradecimiento su llegada a Albacete, en tren, sorprendido por la desnudez de la llanura, el cielo alto y la sensación de hallarse tan al norte que casi esperaba entrever una aurora boreal mientras contemplaba a unos tordos abatiéndose sobre las viñas. Su voz brota con cuidado, como si temiera dañar el silencio de una nieve invisible o provocar un alud si pronuncia una sílaba con demasiada brusquedad. Y se demora, retrasa la lectura de sus primeros poemas hasta que casi hay que arrancárselos de las manos.

Dice Bermejo que reivindica al lector, que lo considera tan creador como el que escribe, que un lector sensible es mejor que un escritor mediocre. Trabaja como periodista y se queja de que algún colega detecta en sus reportajes una carga lírica de la que él reniega, porque le parece que el periodismo necesita la llaneza del periodismo para cubrir sus objetivos, muy distintos a los de la poesía. Luego nos lee una prosa descriptiva en la que aparecen todos los pájaros, cada cual en su rama, y todas las clases de cerezas, que son tantas por lo menos como los pájaros, y uno de los asistentes al acto le aconseja que se resigne, que el colega periodista llevaba razón cuando le señalaba el lirismo de su prosa.

Pero el momento estelar de la lectura llega cuando desempolva los folios de los haikus, las traducciones de poetas japoneses que le han dado fama entre los aficionados al género. Es curioso que no los traduzca de la lengua vernácula, sino a través de traducciones de traducciones, del francés o del italiano, con la ayuda inestimable de algún amigo japonés, que pone la guinda. Y sin embargo es como si renacieran en sus manos. Cita a los autores y se ponen en pie durante un segundo, algunos vienen desde el siglo XVI para escucharse puros durante esos tres versos de cinco, siete y cinco sílabas. “También Cernuda tradujo a Hölderlin sin saber ni palabra de alemán”, se justifica, aunque no lo necesite.

“El haiku no se impone, se expone como la gota de rocío”. Y los va desgranando, uno a uno, como gotas que caen en el silencio del salón de grados de Humanidades y estallan con todos los matices. A veces hasta incumplen las medidas sin dejar de ser haikus: “también envejece el ruido de la lluvia” o “ahí viene el gorrión”. Para el final se reserva uno propio, que lee con rubor. “Desperezándose / en su lecho de nieve / la primavera”.

Jaime Siles

“Soy un poeta cerebral”, se define Jaime Siles. Y asegura que esta condición requiere de un gran entrenamiento perceptivo: “yo siempre estoy entrenando los sentidos”. Le pregunto cómo lo hace, cómo se entrenan los sentidos para la poesía, a lo mejor traduciendo a otros poetas en cualquiera de las ocho lenguas que domina. “No, eso también ayuda desde luego. Pero yo me entreno estudiando a los clásicos, viendo exposiciones, viajando, analizando lo que escribieron otros antes que yo”. Y añade que así es como escribían los autores de la antigüedad, en los tiempos en que había dos filosofías de la creación: la imitatio (o imitación de los modelos) y la emulatio (que es el afán por superarlos, por echar un pulso con ellos tratando el mismo tema que ellos trataron). “Ese es mi ideal de poesía”.
Resulta difícil separar en Siles su faceta de eminente profesor de tantas universidades de España y Centroeuropa y su faceta de poeta. Pero él afirma sin dudarlo que todos sus estudios, todos sus ensayos y clases son una excusa para escribir poesía; los elige antes que nada para preparar sus poemas, que es lo que más le importa. Luego, al leerlas ante un auditorio, las enriquece explicando el proceso que siguió cada una de ellas para llegar a la vida, el recorrido de mitos y de hitos culturales, pero también de anécdotas y de viajes que fueron forjándolas hasta que alcanzaron la forma con la que las enuncia, cambiando el tono de pronto, poniéndose rítmico. El resultado es una clase magistral de absoluta amenidad.
Se siente tan a gusto en el estrado que, cuando Valentín Carcelén, dejándose llevar por el chaparrón de aplausos, sugiere cerrar la sesión, él rompe el protocolo y da las gracias, pero para retar al público a que le hagan más preguntas. Y aprovecha el silencio que se ha creado, el halo de admiración que se palpa en el ambiente, para introducir algunos párrafos teóricos que subrayan su visión de la escritura: la identidad es fruto de la palabra y lo que hace el poema es romper la cadena de pensamientos que constituyen la identidad y crear durante el tiempo que dura esta sucesión de palabras que es el poema una nueva identidad, no sólo para el que lo ha escrito, también, e incluso especialmente para el que lo lee.
Y fuera del estrado despliega otra vez ese fascinante arsenal de anécdotas y de conocimientos que ha ido reuniendo con los años, ganando premios, impartiendo clases, pero sobre todo estudiando. “Dice mi hijo mayor que soy la única persona que conoce que es feliz haciendo lo que le gusta, que es estudiar, sin percatarse del paso de las horas”. Y sonríe, satisfecho. Ahora ejerce de catedrático en la Universidad de Valencia y concentra todas sus clases y tutorías en un solo día de la semana, para dedicar el resto a estudiar. Pero antes tuvo que pasar trece años volando todas las semanas a Zurich, cuando era profesor de aquella Universidad, trece años en los que sólo consiguió cerrar un libro de poemas.
Ahora anda completando cuatro a la vez, con distintos personajes poéticos. El proceso nace con los poemas, tres o cuatro que le marcan el camino sobre el que profundizar, estudiando todo lo que pueda enriquecerlo. Entre sus modelos cuenta que Velázquez tenía una biblioteca personal mayor que la de Lope de Vega y que cuando le encargaron pintar Las Lanzas, pidió que le trajeran todos los cuadros sobre rendiciones de ciudades de los que tenía referencia, para analizarlos y componer su obra. “Por eso el rey decía que era tan lento”.

Olvido García Valdés



Cada poeta escribe en un tono que no siempre coincide con su tono vital. La poesía es su manera de estar solo, como la definió Pessoa. Por eso muchas veces te sorprende conocer al poeta que has leído, tan diferente a la persona que te imaginabas en sus versos. No son personas distintas, pero pertenecen a facetas diferentes de la misma persona. Los poemas de Olvido García Valdés hablan de frío, de noche, de soledad, de muerte; es su estilo dominante de escritura. Además los lee con un susurro, con voz sonámbula, absorta. La sala se va llenando de un silencio que pesa como si la luz se agotara lentamente: “aire o cielo / no para respirar”. Y comprendes que la tristeza, aunque sólo usemos esta palabra para designarla, está llena de matices, de gradaciones que hacen que no existan dos tristezas iguales: “La forma de la tristeza no tiene olor, no suena”.
A Olvido García Valdés le gusta el negro. Tal vez sea una coincidencia, pero siempre la he visto vestida con ese color y usa unas gafas de montura negra. Dentro sus ojos se mueven engrandecidos, miran con respetuosa distancia: “alimento para los ojos, corazón quebrantado”. Le gusta el negro. “Me da miedo la luz, lo quieto de la luz, el hueso de tu sien contra la mía”. Sobrevuela muchas de sus piezas el símbolo del cuervo y sin embargo su inspiración bebe en los paisajes encendidos, casi siempre de su tierra asturiana, y en muchas ocasiones en el arte visual. Un libro suyo, Caza nocturna, creció a partir de tres pintores tan diferentes como Gorky, Uccello y Malevich.
Su poesía busca calor en la tristeza, luz en la oscuridad, pero en cuanto apaga el micrófono y se apea del estrado, se relaja, conversa, ríe, es otra. Nos ha dicho que se sintió poeta (lo prefiere a poetisa) en la adolescencia: aprendió a encerrarse en esa soledad, que no es melancolía sino intensidad del sentimiento, pero sin renunciar a ser una chica de su edad. Un poeta no es un raro, es alguien que tiene una manera diferente de estar solo. Se declara lectora un poco obsesiva. Las lecturas tienen épocas y ella ha vivido periodos febriles con Artaud, con San Juan de la Cruz, con Emily Dickinson, con Gamoneda… Iba pasando a otro cuando se saturaba del anterior, aunque no cree que saturarse sea la palabra más apropiada para describir la necesidad de cambiar de libro de cabecera.
Asegura que su taller de escritura es su cuaderno, una especie de diario azaroso al que confía versos, pero también reflexiones e impresiones cotidianas. Algunas de ellas las ha reunido en las últimas quince páginas del volumen de su poesía reunida, editado por Círculo de lectores y Galaxia Gutenberg bajo el título de Esa polilla que delante de mí revolotea. Sale a defender su poesía en cuanto percibe un leve aire de crítica: “se habla de que es abstracta; yo siempre digo lo contrario, que es de una gran concreción”. Nace de una impresión, se alimenta de la vida y mezcla reflexión, descripción, sueños, vigilia. El poema queda en la carpeta y lo va trabajando; “trabajarlos en general en mi significa descargarlos. He visto que a los pintores también les pasa eso. Sólo está terminado cuando no necesito tocarlo más”. El salón de Grados de Humanidades queda envuelto en un silencio teñido por sus versos, “Algunas piedras almacenan luz”, pero nosotros regresamos a la calle y Olvido vuelve a reír.

Vuelve la poesía

“Lo importante, que no hay nada importante, es dar una solución hermosa a la vida”. Así le escribía Miguel Hernández al falangista Spitieri desde la cárcel de Ocaña. La carta, recién descubierta, devuelve a la actualidad al poeta mártir, como han devuelto a la actualidad a Federico García Lorca las discusiones sobre si era lícito o no abrir la fosa donde lo enterraron, con dos banderilleros y un maestro, después del paseíllo y la descarga de fusilería que acabó con su vida. Y el pasado mes de marzo cambiaron de manos los papeles íntimos que acumuló Quevedo en la Torre de Juan Abad, antes de morir. Inéditos mohosos después de cuatro siglos de incuria, de aquel escritor cojo que se gastaba una pluma afilada y un talento irrepetible, aquel que sigue siendo polvo, más polvo enamorado, desde que compusiera uno de los sonetos más estremecedores que se han escrito en nuestra lengua.
“Lo importante es dar una solución hermosa a la vida” proclamaba Hernández desde la cárcel, deprimido por la falta de espacio, él que se había criado en el campo entre cabras, preocupado hasta la agonía por la suerte que pudieran correr su mujer y su hijo. Es sin duda su figura de mártir lo que sigue atrayendo la atención hacia su vida, pero que no se nos despiste su poesía, su afán por dar una solución hermosa a la vida. El falangista Spitieri también era poeta (Hernández en su carta acusa recibo de un libro suyo) y sin embargo estaría más que olvidado si no fuera por esta carta recién aparecida del autor de la Elegía a Ramón Sijé. Y tampoco deberían importarnos los detalles póstumos de Lorca y de Quevedo, ya que tenemos la suerte de conservar sus obras y de poder regocijarnos con ellas. Por qué parece más importante la vida de los poetas que la obra que nos legaron.
Hay quien dice que el propio Quevedo fue un canalla, cosa que al leerlo no cuesta demasiado creerse. Y lo mismo se afirma de otros grandes, como Cernuda o como el propio Juan Ramón Jiménez. Pero hemos llegado a un tiempo en que nos importa un bledo cómo fueron, porque ahí están sus poemas para alimentarnos de emoción a los humanos, siempre hambrientos de compartir emociones. De hecho, nos importaría un bledo que ahora mismo se descubriera que en realidad los poemas no los escribieron ellos, sino otros autores anónimos a los que estos tan famosos hubieran arrebatado la autoría. Lo importante al cabo son los propios poemas, donde reside todo el valor de las vidas de quienes los hemos ido leyendo a través de las generaciones, sin que sea crucial saber si fue el propio Salomón o un esclavo anónimo el que compuso el Cantar de los Cantares, por poner un ejemplo.
Y sin embargo, ahí sigue la tentación de vincular la obra a un hombre (buena ocasión para escribir una novela histórica sobre la autoría del Cantar). O a una mujer, en este caso. Porque esta tarde a las ocho vuelven a la Facultad de Humanidades las Jornadas de poesía que por noveno año consecutivo organizamos para regocijo de unos cuantos aficionados que pueden escuchar los versos en la voz de quien los compuso, y ver al autor cara a cara, y hasta preguntarle o pedirle un bis. Olvido García Valdés, premio Nacional de Poesía del año pasado, abre las puertas. La seguirán Jaime Siles, José María Bermejo, Eloy Sánchez Rosillo y Miguel D´Ors. Por si la poesía sola no fuera suficiente para darle una solución hermosa a la vida.

Gratis

Durante unas horas tuve la sensación de que se trataba de otro sueño, pero finalmente pude comprobar en los periódicos que no, que Joseba Etxeberría se ha ofrecido a jugar gratis el último año de su carrera en el Athletic Club de Bilbao. “Una decisión sin precedentes”, celebra con la boca llena el presidente Macua. Por supuesto. Y el propio jugador asegura que se lo ha explicado a sus compañeros y que estos lo han entendido, lo que admite la interpretación de que unos lo han entendido más que otros. Al fin y al cabo, la carrera del futbolista es breve, y por mucho que sea el cariño que se ha recibido del club, aunque el club sea un club tan endogámico como el Bilbao, o precisamente por eso, siempre quedará abierta, y creando para otros una incómoda corriente, esta puerta que acaba de franquear Etxeberría, la de jugar toda una temporada “sin ningún coste para el Club”, que es la manera sibilina que han tenido de contarlo a los medios. Como si la palabra “gratis” tuviera los mismos peligros de malinterpretación que algunos han atribuido últimamente a la palabra “crisis”.
Se equivoca profundamente mi admirado Etxeberría. Le hubiera bastado con pensárselo dos veces, con haber leído u oído hablar del Mairena de Antonio Machado, que advertía con tiempo aquello de que sólo el necio confunde valor y precio. No, el necio no es el extremo guipuzcoano, sino la sociedad en la que juega. Jacques Cousteau actualizó en la segunda parte del siglo XX la agudeza de Machado: “en este mundo en que vivimos, lo que no tiene valor, no tiene precio”. Después de los aplausos y de las celebraciones por su generosidad, cuando todos hayan interiorizado que el chavalote correrá la banda sin costes para el club, lo normal es que el entrenador lo deje en el banquillo. Si no cobras, es como si valieras menos. Marcas goles más invisibles que si le cuestas un potosí a las arcas de tu equipo.
Con la cultura pasa algo parecido. Me contaba el maestro Sarrión que hace años, cuando Manuel Luna y otros estudiosos del folclore recorrían los pueblos perdidos en busca de viejos que les enseñaran letrillas o entonaran nuevas jotas, se toparon con uno que se les enfrentó con los brazos en jarra. “Yo soy el depositario de un saber ancestral”, les repuso el avispado anciano, “pero sois vosotros los que os coméis los bocadillos y cantáis por las plazas; de modo que si no participo de esas bullangas, no hay trato”. La vida le había enseñado más de lo que creía saber, al revés que les sucede a nuestros escolares, que cargan en sus mochilas un quintal entre libros y libretas, un saber externo que les doblega el espinazo, pero que no siempre termina ocupando el espacio sigiloso que ocupa el verdadero saber, el de Sócrates, que no se notaba lo que sabía, sino los huecos que le quedaban por llenar.
A sus 32 años, el extremo del Athletic dice que jugará gratis para agradecer el cariño que ha recibido del club al que llegó a los 17. Por él litigaron entonces la Real Sociedad, de la que procedía y que no quería dejarle ir, y el Bilbao, que se hizo con sus servicios y que ha disfrutado de sus escapadas y de sus goles durante tres largos lustros. Tal vez sea este origen bélico lo que quiera purgar jugando gratis. Ojalá me equivoque y su entrenador le dé cancha este último año. No comparto su decisión, pero no puedo criticarle. Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo. De hecho, me he ofrecido varias veces, pero no me querían. Ni gratis.

El jamón de la vida eterna

Este sábado los valencianos que quieran podrán escuchar en conferencia a un médico onubense que asegura que comer jamón serrano alarga la vida. El hombre ha reunido todos los estudios que existen sobre el particular y añade el suyo propio, según el cual los habitantes de ciertos pueblos recónditos de su provincia enriquecen la dieta mediterránea con jamón, lo que les hace vivir más que a la media de los españoles. Para no pecar de partidista, apunta que existen otros factores que ayudan lo suyo, como la carencia de estrés y el bondadoso clima. En la actualidad el equipo que dirige está investigando cuál es la dosis diaria de jamón que conviene consumir para obtener el máximo beneficio de este manjar, que como defiende mi admirado Manuel Alcántara, es el mejor amigo del hombre con mucha distancia sobre el perro. Ahora más, si se confirma que contiene el anhelado elixir de la eterna juventud.
Haciendo memoria, para echar una mano al galeno de Huelva, tengo que confesar que conozco a algunas personas que han hecho los honores al jamón con una frecuencia inmejorable, y unas están muertas y otras muy vetustas, aunque vivas todavía (entre ellas el maestro Alcántara). Quizá le falle algún factor a mi muestreo empírico, o le sobre alguno al del entusiasta médico que expondrá su tesis el sábado en Valencia, avalado y pagado, todo hay que decirlo, por la denominación de origen del jamón de Huelva. No quiero a pesar de todo resignarme y renunciar tan pronto al poder rejuvenecedor del serrano. Intentaré encontrarle un hueco más a menudo en mi dieta cotidiana, por si acaso, arriesgándome a saborearlo como un simple placebo, sin recibir más dones que sus proteínas y su sabor amigo.
No habrá más remedio que simultanearlo con vino tinto. Que hagan tan buenas migas es sólo una anécdota venturosa, ya que parece que ambos, ingeridos en dosis sensatas, son capaces de mantenerle a uno en los cuarenta durante cuarenta años por lo menos. Eso afirman un puñado de estudiosos, nutricionistas, dietistas y hasta cardiólogos bienintencionados, aunque no tantos, todo hay que decirlo, como estaban dispuestos a afirmar hasta hace poco que el tabaco era una sustancia inofensiva y que Irak era un arsenal de armas atómicas. Claro que yo nunca me tragué estas dos últimas bolas y en cambio estoy dispuesto a creerme a pies juntillas lo del jamón, porque nada se pierde con probarlo, aunque ganen algo más los fabricantes de productos ibéricos.
Espero sin embargo que no siga creciendo la lista de comestibles que nos acercan a la vida eterna a base de eliminar radicales libres. No me caben en la dieta mediterránea o lo que sea, entre las nueces, el aceite de oliva, las uvas y el té verde, por citar sólo algunos alimentos medicinales. Luego están los otros científicos, estos más antipáticos, que han conseguido que los ratones de laboratorio vivan más por el despreciable procedimiento de hacerles pasar hambre. Aseguran que ingiriendo una dosis menor de calorías, se ingieren también menos radicales libres y dura uno más. También hay otros que prometen larga vida a los que sean capaces de sumergirse en una bañera con agua a baja temperatura todos los días. Por supuesto, entre todas estas ofertas, me quedo con el jamón. No necesito ir pasado mañana a Valencia a escuchar al médico onubense. Seguro que lleva más razón que un santo.