José María Bermejo

José María Bermejo nació en Tornavacas, en lo alto del Jerte, asomado al valle donde cada año en abril florecen los cerezos conformando una ceremonia oriental sorprendente tan lejos de Japón. Ya se ha convertido en una romería citarse en ese paraje durante los días luminosos en que la primavera hace estallar las flores más apreciadas por los japoneses. Curiosamente, Bermejo se crió en una familia humilde mucho antes de que llegara la explosión turística. En sus primeros años sólo conoció el frío y la nieve. Dice que ya no se acatarra porque quedó vacunado para siempre por aquellas tiritonas de la infancia. No se sabe por qué extraña conexión con los cerezos, nació japonés en Cáceres y por eso es un lince traduciendo poemas venidos de Oriente y sobre todo haikus.

Quedó finalista del premio Adonais con un libro que tituló Epidemia de nieve en el ya lejano 1971, y parece que aún sigue hablando en medio de un paisaje nevado cuando toma la palabra y cuenta con agradecimiento su llegada a Albacete, en tren, sorprendido por la desnudez de la llanura, el cielo alto y la sensación de hallarse tan al norte que casi esperaba entrever una aurora boreal mientras contemplaba a unos tordos abatiéndose sobre las viñas. Su voz brota con cuidado, como si temiera dañar el silencio de una nieve invisible o provocar un alud si pronuncia una sílaba con demasiada brusquedad. Y se demora, retrasa la lectura de sus primeros poemas hasta que casi hay que arrancárselos de las manos.

Dice Bermejo que reivindica al lector, que lo considera tan creador como el que escribe, que un lector sensible es mejor que un escritor mediocre. Trabaja como periodista y se queja de que algún colega detecta en sus reportajes una carga lírica de la que él reniega, porque le parece que el periodismo necesita la llaneza del periodismo para cubrir sus objetivos, muy distintos a los de la poesía. Luego nos lee una prosa descriptiva en la que aparecen todos los pájaros, cada cual en su rama, y todas las clases de cerezas, que son tantas por lo menos como los pájaros, y uno de los asistentes al acto le aconseja que se resigne, que el colega periodista llevaba razón cuando le señalaba el lirismo de su prosa.

Pero el momento estelar de la lectura llega cuando desempolva los folios de los haikus, las traducciones de poetas japoneses que le han dado fama entre los aficionados al género. Es curioso que no los traduzca de la lengua vernácula, sino a través de traducciones de traducciones, del francés o del italiano, con la ayuda inestimable de algún amigo japonés, que pone la guinda. Y sin embargo es como si renacieran en sus manos. Cita a los autores y se ponen en pie durante un segundo, algunos vienen desde el siglo XVI para escucharse puros durante esos tres versos de cinco, siete y cinco sílabas. “También Cernuda tradujo a Hölderlin sin saber ni palabra de alemán”, se justifica, aunque no lo necesite.

“El haiku no se impone, se expone como la gota de rocío”. Y los va desgranando, uno a uno, como gotas que caen en el silencio del salón de grados de Humanidades y estallan con todos los matices. A veces hasta incumplen las medidas sin dejar de ser haikus: “también envejece el ruido de la lluvia” o “ahí viene el gorrión”. Para el final se reserva uno propio, que lee con rubor. “Desperezándose / en su lecho de nieve / la primavera”.

Jaime Siles

“Soy un poeta cerebral”, se define Jaime Siles. Y asegura que esta condición requiere de un gran entrenamiento perceptivo: “yo siempre estoy entrenando los sentidos”. Le pregunto cómo lo hace, cómo se entrenan los sentidos para la poesía, a lo mejor traduciendo a otros poetas en cualquiera de las ocho lenguas que domina. “No, eso también ayuda desde luego. Pero yo me entreno estudiando a los clásicos, viendo exposiciones, viajando, analizando lo que escribieron otros antes que yo”. Y añade que así es como escribían los autores de la antigüedad, en los tiempos en que había dos filosofías de la creación: la imitatio (o imitación de los modelos) y la emulatio (que es el afán por superarlos, por echar un pulso con ellos tratando el mismo tema que ellos trataron). “Ese es mi ideal de poesía”.
Resulta difícil separar en Siles su faceta de eminente profesor de tantas universidades de España y Centroeuropa y su faceta de poeta. Pero él afirma sin dudarlo que todos sus estudios, todos sus ensayos y clases son una excusa para escribir poesía; los elige antes que nada para preparar sus poemas, que es lo que más le importa. Luego, al leerlas ante un auditorio, las enriquece explicando el proceso que siguió cada una de ellas para llegar a la vida, el recorrido de mitos y de hitos culturales, pero también de anécdotas y de viajes que fueron forjándolas hasta que alcanzaron la forma con la que las enuncia, cambiando el tono de pronto, poniéndose rítmico. El resultado es una clase magistral de absoluta amenidad.
Se siente tan a gusto en el estrado que, cuando Valentín Carcelén, dejándose llevar por el chaparrón de aplausos, sugiere cerrar la sesión, él rompe el protocolo y da las gracias, pero para retar al público a que le hagan más preguntas. Y aprovecha el silencio que se ha creado, el halo de admiración que se palpa en el ambiente, para introducir algunos párrafos teóricos que subrayan su visión de la escritura: la identidad es fruto de la palabra y lo que hace el poema es romper la cadena de pensamientos que constituyen la identidad y crear durante el tiempo que dura esta sucesión de palabras que es el poema una nueva identidad, no sólo para el que lo ha escrito, también, e incluso especialmente para el que lo lee.
Y fuera del estrado despliega otra vez ese fascinante arsenal de anécdotas y de conocimientos que ha ido reuniendo con los años, ganando premios, impartiendo clases, pero sobre todo estudiando. “Dice mi hijo mayor que soy la única persona que conoce que es feliz haciendo lo que le gusta, que es estudiar, sin percatarse del paso de las horas”. Y sonríe, satisfecho. Ahora ejerce de catedrático en la Universidad de Valencia y concentra todas sus clases y tutorías en un solo día de la semana, para dedicar el resto a estudiar. Pero antes tuvo que pasar trece años volando todas las semanas a Zurich, cuando era profesor de aquella Universidad, trece años en los que sólo consiguió cerrar un libro de poemas.
Ahora anda completando cuatro a la vez, con distintos personajes poéticos. El proceso nace con los poemas, tres o cuatro que le marcan el camino sobre el que profundizar, estudiando todo lo que pueda enriquecerlo. Entre sus modelos cuenta que Velázquez tenía una biblioteca personal mayor que la de Lope de Vega y que cuando le encargaron pintar Las Lanzas, pidió que le trajeran todos los cuadros sobre rendiciones de ciudades de los que tenía referencia, para analizarlos y componer su obra. “Por eso el rey decía que era tan lento”.

Olvido García Valdés



Cada poeta escribe en un tono que no siempre coincide con su tono vital. La poesía es su manera de estar solo, como la definió Pessoa. Por eso muchas veces te sorprende conocer al poeta que has leído, tan diferente a la persona que te imaginabas en sus versos. No son personas distintas, pero pertenecen a facetas diferentes de la misma persona. Los poemas de Olvido García Valdés hablan de frío, de noche, de soledad, de muerte; es su estilo dominante de escritura. Además los lee con un susurro, con voz sonámbula, absorta. La sala se va llenando de un silencio que pesa como si la luz se agotara lentamente: “aire o cielo / no para respirar”. Y comprendes que la tristeza, aunque sólo usemos esta palabra para designarla, está llena de matices, de gradaciones que hacen que no existan dos tristezas iguales: “La forma de la tristeza no tiene olor, no suena”.
A Olvido García Valdés le gusta el negro. Tal vez sea una coincidencia, pero siempre la he visto vestida con ese color y usa unas gafas de montura negra. Dentro sus ojos se mueven engrandecidos, miran con respetuosa distancia: “alimento para los ojos, corazón quebrantado”. Le gusta el negro. “Me da miedo la luz, lo quieto de la luz, el hueso de tu sien contra la mía”. Sobrevuela muchas de sus piezas el símbolo del cuervo y sin embargo su inspiración bebe en los paisajes encendidos, casi siempre de su tierra asturiana, y en muchas ocasiones en el arte visual. Un libro suyo, Caza nocturna, creció a partir de tres pintores tan diferentes como Gorky, Uccello y Malevich.
Su poesía busca calor en la tristeza, luz en la oscuridad, pero en cuanto apaga el micrófono y se apea del estrado, se relaja, conversa, ríe, es otra. Nos ha dicho que se sintió poeta (lo prefiere a poetisa) en la adolescencia: aprendió a encerrarse en esa soledad, que no es melancolía sino intensidad del sentimiento, pero sin renunciar a ser una chica de su edad. Un poeta no es un raro, es alguien que tiene una manera diferente de estar solo. Se declara lectora un poco obsesiva. Las lecturas tienen épocas y ella ha vivido periodos febriles con Artaud, con San Juan de la Cruz, con Emily Dickinson, con Gamoneda… Iba pasando a otro cuando se saturaba del anterior, aunque no cree que saturarse sea la palabra más apropiada para describir la necesidad de cambiar de libro de cabecera.
Asegura que su taller de escritura es su cuaderno, una especie de diario azaroso al que confía versos, pero también reflexiones e impresiones cotidianas. Algunas de ellas las ha reunido en las últimas quince páginas del volumen de su poesía reunida, editado por Círculo de lectores y Galaxia Gutenberg bajo el título de Esa polilla que delante de mí revolotea. Sale a defender su poesía en cuanto percibe un leve aire de crítica: “se habla de que es abstracta; yo siempre digo lo contrario, que es de una gran concreción”. Nace de una impresión, se alimenta de la vida y mezcla reflexión, descripción, sueños, vigilia. El poema queda en la carpeta y lo va trabajando; “trabajarlos en general en mi significa descargarlos. He visto que a los pintores también les pasa eso. Sólo está terminado cuando no necesito tocarlo más”. El salón de Grados de Humanidades queda envuelto en un silencio teñido por sus versos, “Algunas piedras almacenan luz”, pero nosotros regresamos a la calle y Olvido vuelve a reír.

Vuelve la poesía

“Lo importante, que no hay nada importante, es dar una solución hermosa a la vida”. Así le escribía Miguel Hernández al falangista Spitieri desde la cárcel de Ocaña. La carta, recién descubierta, devuelve a la actualidad al poeta mártir, como han devuelto a la actualidad a Federico García Lorca las discusiones sobre si era lícito o no abrir la fosa donde lo enterraron, con dos banderilleros y un maestro, después del paseíllo y la descarga de fusilería que acabó con su vida. Y el pasado mes de marzo cambiaron de manos los papeles íntimos que acumuló Quevedo en la Torre de Juan Abad, antes de morir. Inéditos mohosos después de cuatro siglos de incuria, de aquel escritor cojo que se gastaba una pluma afilada y un talento irrepetible, aquel que sigue siendo polvo, más polvo enamorado, desde que compusiera uno de los sonetos más estremecedores que se han escrito en nuestra lengua.
“Lo importante es dar una solución hermosa a la vida” proclamaba Hernández desde la cárcel, deprimido por la falta de espacio, él que se había criado en el campo entre cabras, preocupado hasta la agonía por la suerte que pudieran correr su mujer y su hijo. Es sin duda su figura de mártir lo que sigue atrayendo la atención hacia su vida, pero que no se nos despiste su poesía, su afán por dar una solución hermosa a la vida. El falangista Spitieri también era poeta (Hernández en su carta acusa recibo de un libro suyo) y sin embargo estaría más que olvidado si no fuera por esta carta recién aparecida del autor de la Elegía a Ramón Sijé. Y tampoco deberían importarnos los detalles póstumos de Lorca y de Quevedo, ya que tenemos la suerte de conservar sus obras y de poder regocijarnos con ellas. Por qué parece más importante la vida de los poetas que la obra que nos legaron.
Hay quien dice que el propio Quevedo fue un canalla, cosa que al leerlo no cuesta demasiado creerse. Y lo mismo se afirma de otros grandes, como Cernuda o como el propio Juan Ramón Jiménez. Pero hemos llegado a un tiempo en que nos importa un bledo cómo fueron, porque ahí están sus poemas para alimentarnos de emoción a los humanos, siempre hambrientos de compartir emociones. De hecho, nos importaría un bledo que ahora mismo se descubriera que en realidad los poemas no los escribieron ellos, sino otros autores anónimos a los que estos tan famosos hubieran arrebatado la autoría. Lo importante al cabo son los propios poemas, donde reside todo el valor de las vidas de quienes los hemos ido leyendo a través de las generaciones, sin que sea crucial saber si fue el propio Salomón o un esclavo anónimo el que compuso el Cantar de los Cantares, por poner un ejemplo.
Y sin embargo, ahí sigue la tentación de vincular la obra a un hombre (buena ocasión para escribir una novela histórica sobre la autoría del Cantar). O a una mujer, en este caso. Porque esta tarde a las ocho vuelven a la Facultad de Humanidades las Jornadas de poesía que por noveno año consecutivo organizamos para regocijo de unos cuantos aficionados que pueden escuchar los versos en la voz de quien los compuso, y ver al autor cara a cara, y hasta preguntarle o pedirle un bis. Olvido García Valdés, premio Nacional de Poesía del año pasado, abre las puertas. La seguirán Jaime Siles, José María Bermejo, Eloy Sánchez Rosillo y Miguel D´Ors. Por si la poesía sola no fuera suficiente para darle una solución hermosa a la vida.

Gratis

Durante unas horas tuve la sensación de que se trataba de otro sueño, pero finalmente pude comprobar en los periódicos que no, que Joseba Etxeberría se ha ofrecido a jugar gratis el último año de su carrera en el Athletic Club de Bilbao. “Una decisión sin precedentes”, celebra con la boca llena el presidente Macua. Por supuesto. Y el propio jugador asegura que se lo ha explicado a sus compañeros y que estos lo han entendido, lo que admite la interpretación de que unos lo han entendido más que otros. Al fin y al cabo, la carrera del futbolista es breve, y por mucho que sea el cariño que se ha recibido del club, aunque el club sea un club tan endogámico como el Bilbao, o precisamente por eso, siempre quedará abierta, y creando para otros una incómoda corriente, esta puerta que acaba de franquear Etxeberría, la de jugar toda una temporada “sin ningún coste para el Club”, que es la manera sibilina que han tenido de contarlo a los medios. Como si la palabra “gratis” tuviera los mismos peligros de malinterpretación que algunos han atribuido últimamente a la palabra “crisis”.
Se equivoca profundamente mi admirado Etxeberría. Le hubiera bastado con pensárselo dos veces, con haber leído u oído hablar del Mairena de Antonio Machado, que advertía con tiempo aquello de que sólo el necio confunde valor y precio. No, el necio no es el extremo guipuzcoano, sino la sociedad en la que juega. Jacques Cousteau actualizó en la segunda parte del siglo XX la agudeza de Machado: “en este mundo en que vivimos, lo que no tiene valor, no tiene precio”. Después de los aplausos y de las celebraciones por su generosidad, cuando todos hayan interiorizado que el chavalote correrá la banda sin costes para el club, lo normal es que el entrenador lo deje en el banquillo. Si no cobras, es como si valieras menos. Marcas goles más invisibles que si le cuestas un potosí a las arcas de tu equipo.
Con la cultura pasa algo parecido. Me contaba el maestro Sarrión que hace años, cuando Manuel Luna y otros estudiosos del folclore recorrían los pueblos perdidos en busca de viejos que les enseñaran letrillas o entonaran nuevas jotas, se toparon con uno que se les enfrentó con los brazos en jarra. “Yo soy el depositario de un saber ancestral”, les repuso el avispado anciano, “pero sois vosotros los que os coméis los bocadillos y cantáis por las plazas; de modo que si no participo de esas bullangas, no hay trato”. La vida le había enseñado más de lo que creía saber, al revés que les sucede a nuestros escolares, que cargan en sus mochilas un quintal entre libros y libretas, un saber externo que les doblega el espinazo, pero que no siempre termina ocupando el espacio sigiloso que ocupa el verdadero saber, el de Sócrates, que no se notaba lo que sabía, sino los huecos que le quedaban por llenar.
A sus 32 años, el extremo del Athletic dice que jugará gratis para agradecer el cariño que ha recibido del club al que llegó a los 17. Por él litigaron entonces la Real Sociedad, de la que procedía y que no quería dejarle ir, y el Bilbao, que se hizo con sus servicios y que ha disfrutado de sus escapadas y de sus goles durante tres largos lustros. Tal vez sea este origen bélico lo que quiera purgar jugando gratis. Ojalá me equivoque y su entrenador le dé cancha este último año. No comparto su decisión, pero no puedo criticarle. Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo. De hecho, me he ofrecido varias veces, pero no me querían. Ni gratis.

El jamón de la vida eterna

Este sábado los valencianos que quieran podrán escuchar en conferencia a un médico onubense que asegura que comer jamón serrano alarga la vida. El hombre ha reunido todos los estudios que existen sobre el particular y añade el suyo propio, según el cual los habitantes de ciertos pueblos recónditos de su provincia enriquecen la dieta mediterránea con jamón, lo que les hace vivir más que a la media de los españoles. Para no pecar de partidista, apunta que existen otros factores que ayudan lo suyo, como la carencia de estrés y el bondadoso clima. En la actualidad el equipo que dirige está investigando cuál es la dosis diaria de jamón que conviene consumir para obtener el máximo beneficio de este manjar, que como defiende mi admirado Manuel Alcántara, es el mejor amigo del hombre con mucha distancia sobre el perro. Ahora más, si se confirma que contiene el anhelado elixir de la eterna juventud.
Haciendo memoria, para echar una mano al galeno de Huelva, tengo que confesar que conozco a algunas personas que han hecho los honores al jamón con una frecuencia inmejorable, y unas están muertas y otras muy vetustas, aunque vivas todavía (entre ellas el maestro Alcántara). Quizá le falle algún factor a mi muestreo empírico, o le sobre alguno al del entusiasta médico que expondrá su tesis el sábado en Valencia, avalado y pagado, todo hay que decirlo, por la denominación de origen del jamón de Huelva. No quiero a pesar de todo resignarme y renunciar tan pronto al poder rejuvenecedor del serrano. Intentaré encontrarle un hueco más a menudo en mi dieta cotidiana, por si acaso, arriesgándome a saborearlo como un simple placebo, sin recibir más dones que sus proteínas y su sabor amigo.
No habrá más remedio que simultanearlo con vino tinto. Que hagan tan buenas migas es sólo una anécdota venturosa, ya que parece que ambos, ingeridos en dosis sensatas, son capaces de mantenerle a uno en los cuarenta durante cuarenta años por lo menos. Eso afirman un puñado de estudiosos, nutricionistas, dietistas y hasta cardiólogos bienintencionados, aunque no tantos, todo hay que decirlo, como estaban dispuestos a afirmar hasta hace poco que el tabaco era una sustancia inofensiva y que Irak era un arsenal de armas atómicas. Claro que yo nunca me tragué estas dos últimas bolas y en cambio estoy dispuesto a creerme a pies juntillas lo del jamón, porque nada se pierde con probarlo, aunque ganen algo más los fabricantes de productos ibéricos.
Espero sin embargo que no siga creciendo la lista de comestibles que nos acercan a la vida eterna a base de eliminar radicales libres. No me caben en la dieta mediterránea o lo que sea, entre las nueces, el aceite de oliva, las uvas y el té verde, por citar sólo algunos alimentos medicinales. Luego están los otros científicos, estos más antipáticos, que han conseguido que los ratones de laboratorio vivan más por el despreciable procedimiento de hacerles pasar hambre. Aseguran que ingiriendo una dosis menor de calorías, se ingieren también menos radicales libres y dura uno más. También hay otros que prometen larga vida a los que sean capaces de sumergirse en una bañera con agua a baja temperatura todos los días. Por supuesto, entre todas estas ofertas, me quedo con el jamón. No necesito ir pasado mañana a Valencia a escuchar al médico onubense. Seguro que lleva más razón que un santo.

Cosas que apenas pasan

La noche anterior tuve un sueño desconcertante. Mi padre me hablaba con esa naturalidad misteriosa con la que te hablan los muertos que siguen viviendo en tu interior. “A tu abuelo, me decía, no le gustaba referirse a ello, pero durante una época estuvo de guarda en una presa de México, la presa de Zanguán. No te creas, era una presa enorme, con capacidad para miles de hectómetros cúbicos. Pero ahora está seca”. En este punto el sueño se distorsionaba, se perdía la señal, como pasa con los móviles cuando en un viaje atravesamos una zona sin cobertura. Lo siguiente que recuerdo es un mapa diminuto que, siguiendo sus indicaciones, desenrollé de los pies de un muñeco de los que adornan las estanterías, una estatuilla ataviada con traje regional. Desperté con la sensación de que había tenido entre las manos el mapa de un tesoro legado por mi padre desde el más allá.
Eran las dos de la noche, pero ya no pude dormirme hasta haber tomado nota de aquellas imágenes a la vez tan vivas y tan deslavazadas. Esto de anotar los sueños o los poemas que se le ocurren a uno durmiendo tiene solera. Ya lo hizo Coleridge en Kubla Khan. Pero también nuestro Bécquer, que siempre tenía papel en la mesilla para transcribir, antes de olvidarlas, sus pesadillas de tuberculoso, que luego iban sirviendo de decorado para sus deliciosas leyendas. Yo las noches las dedico a dormir, cuando me dejan, casi nunca recuerdo los sueños nocturnos. Sin embargo este lo anoté porque me había dejado sensaciones perturbadoras: la cercanía de mi padre y un extraño temblor premonitorio.
No había duda de que se trataba de un amasijo de imágenes subconscientes. Mi abuelo fue aniaguero mientras las guerras le dejaron serlo. Que yo sepa, sólo abandonó los bancales de Barrax, de La Gineta y de Romica cuando no tuvo más remedio, y lo más lejos que estuvo de los aperos de labranza fue en el desastre de Annual, de donde trajo un balazo en el muslo, una capa tan agujereada que la tela se sostenía por hilachas y la sensación de haber vuelto a nacer. Por supuesto, de América nada, de México menos. Qué más hubiera querido él que encontrar un tesoro. En todo caso, tenía en común con Bécquer la tuberculosis pulmonar que contrajo en el penal de Chinchilla. Le emparentaba con mi sueño el haber sido guarda de Los Jardinillos antes de jubilarse. La presa de Zanguán naturalmente no existe; google, que todo lo encuentra, no ha oído hablar de ella.
Por lo demás, el principio de curso es lo bastante absorbente como para que los sueños de la noche se desdibujen durante la mañana y dejen paso a la realidad pura y dura que reclama los cinco sentidos y toda la memoria ram del cerebro. Y sin embargo, a mediodía recibí una llamada que no pude evitar relacionar con las palabras de mi padre, aún no del todo olvidadas. El editor Jesús Munárriz me felicitaba por haber ganado el premio Jaén de poesía. Está claro que la noticia no guardaba relación alguna con la presa ni con el tesoro, aunque sí con la alegría de recibir un regalo inesperado. El título del libro que verá la luz en Hiperión, Cosas Que Apenas Pasan, se refiere precisamente a esas pequeñas emociones cotidianas que olvidamos de inmediato si no las anotamos, a pesar de que nos marcan en secreto, a veces para siempre. Como la extraña coincidencia en el tiempo de mi sueño y del galardón.

Nostalgia

Qué tendrá la Feria que al acabarse lo embarga a uno de pena incluso en los años en que casi no la has pisado o no has llegado a pisarla, incluso en la diáspora, a través de lo que cuentan los amigos y los familiares, que te dejan oír por el móvil, de fondo, el desconcierto inconfundible, parecido pero a la vez distinto a todos los desconciertos de todas las fiestas patronales. O así nos lo parece a nosotros. Y nos alcanza el olor a polvo de los paseos, que suaviza un camión que los riega en las horas de recarga, el dolor de los pies, de soportar tanta curiosidad, tanto plantón, y sobre todo el encontrarnos las caras que sólo vemos de Feria en Feria, las caras que a veces no han cambiado en 365 días y que a veces han cambiado tanto que no las reconocemos. La Feria es retomar conversaciones que se mantienen vivas de año en año como si las hubiéramos interrumpido la víspera.
“Es otra vez lo mismo, apenas hay novedades”, le oímos decir todos los septiembres a algún conocido que se las da de explorador. A veces parece que es verdad, o casi, pero los años te enseñan que la auténtica novedad es el reencuentro con las personas cuyos circuitos cotidianos no coinciden con el tuyo, cuyos trabajos, hogar y relaciones los mantienen en un bucle que no tiene intersección con tu trabajo, hogar y relaciones, hasta que la Feria rompe el círculo vicioso y coincidís de pronto en el Paseo, bajo el estruendo de las tómbolas y os alejáis un poco del barullo para entenderos. Eso es la Feria. Eso y la disolución en la masa de zombis fascinados y risueños que se desplazan codo con codo, como un solo ser, cegados por la luz, ensordecidos por la mezcla de músicas que luchan por capturar la atención.
Ya ha pasado, pero sigue pasando. Porque como decía Borges de la lluvia, la Feria siempre ocurre en el pasado. De modo que el día siete, por muy lejos que me pille, alcanzo a ver la cabalgata, que también transcurre en la espera, entre el gentío que busca posiciones en los flancos del recorrido, entreteniendo la impaciencia de los críos, bebiéndose a sorbos la ilusión de todos los comienzos, el cansancio de la luz. Se vive en la niñez y ya se queda grabado para siempre. Luego basta con mirar el calendario. Estés donde estés el día diecisiete, alcanzarás a ver a los feriantes desmontar sus chiringuitos bajo un cielo que parece un reflejo gris del asfalto. Bueno, no los verás. Es uno de esos misterios que nunca logras explicarte del todo. Por la noche dejas el Recinto, los Ejidos, el Paseo abarrotados de gente, ardiendo de luz, vibrando en el desbarajuste de los altavoces. Y al volver por la mañana los encuentras desiertos, sin un alma, como si la alegría desbordada hubiera sido un sueño que se disuelve en el colegio entre los nuevos horarios y los nuevos libros de texto que reclaman de pronto toda la atención, o tú se la concedes para conjurar la nostalgia.
Y se te cae el alma a los pies porque de pronto comprendes que la que inicias es la rutina de todo el año, la rutina de octubre y de diciembre, y de enero y de abril. Y te sorprende la prisa y el sigilo con que los feriantes han recogido sus bártulos, sus engranajes, sus toldos y sus chiringuitos de chapa, una prisa que acentúa, y con qué intensidad, el contraste entre la bulla y la nada. Como si formase parte de su trabajo evitar que aceptes poco a poco, que te acostumbres a que ya se acabaron el verano y la Feria, hasta el año que viene.

Los girasoles ciegos

Hace apenas un par de semanas que se ha estrenado la última película de nuestro paisano José Luis Cuerda y ya he leído y escuchado a un par de críticos atacándola en su línea de flotación, aunque con argumentos un tanto confusos. Dicen que no encuentran en ella los aciertos del libro homónimo de Alberto Méndez. De hecho, no es una versión íntegra de la obra literaria, que se compone de cuatro cuentos (“cuatro derrotas”), sino que sólo se basa en una de las partes y el espíritu de otra. El crítico se preguntaba si un aficionado que no hubiera leído el libro disfrutaría con la película. Como yo estaba en situación de comprobarlo y me parecían sospechosas unas objeciones tan unánimes como poco convincentes, me fui para el cine en cuanto tuve ocasión, que fue pronto.

La experiencia ha resultado satisfactoria. Tan satisfactoria que de hecho, para mi gusto, Los girasoles ciegos está entre lo mejor de Cuerda. A la altura (si no por encima) de El bosque animado o de La lengua de las mariposas, por citar lo que a mí más me gusta. Una película profunda, que pivota entre dos personajes: el cura fanático y libidinoso, bien interpretado por Raúl Arévalo, y la sufrida madre y esposa, magistralmente encarnada por Maribel Verdú. Creo que la Verdú, que empezó verde y lozana, con el tiempo ha aprendido a actuar y, a pesar de que lo bordó en El laberinto del fauno, se va creciendo en cada papel. Aún no ha tocado techo. Aquí compone una mujer cercada por las humillaciones de la posguerra, que se mueve todo el tiempo al borde de la desesperación y que sin embargo consigue contenerla hasta la última secuencia, en un pulso apasionante y estremecedor.

Tanto la ambientación de la época como el resto de los actores rallan a la mejor de las alturas posibles. Por supuesto, se trata de una adaptación. No cabe toda la obra literaria. Eso los críticos deberían saberlo, precisamente porque son críticos de cine. Una película es siempre el tráiler de un libro, no puede ser el libro. Además, como se trata de un arte diferente, a veces requiere cambios que, alejando el argumento del original, mejoren el resultado cinematográfico. Es el caso. Aunque hayan cometido pifias como todo el mundo, tanto Cuerda como Azcona (a quien va dedicada la película in memoriam) son adaptadores más que solventes y han hecho un trabajo impecable. El resultado emociona, sobrecoge y deja, como los buenos vinos, un regusto que ir rumiando luego, al abandonar la sala.

No cometeré el error de decir que es perfecta. Hay algo que a mí me molesta en la película, sin llegar a impedirme que me sumerja en ella. Y es duro decirlo. Se trata del personaje interpretado por Javier Cámara. Fíjate que es buen actor, uno de mis favoritos. Y sin embargo aquí parece no terminar de entrar en la carne del intelectual que vive oculto tras el fondo corredizo de un armario y que siente que su capacidad de participar en las decisiones de su propia familia se va diluyendo a medida que pasan los días. Dicen que Cámara ha querido centrarse en el miedo que atenaza al personaje, pero aquí la contención parece más un corsé que un hallazgo. Es como (será cosa mía) si siguiera interpretando al cocinero homosexual de su anterior película, Fuera de carta, un filme muy inferior a este, que sin embargo, ahí sí, salvaba con su oficio. Pero de esto no dicen nada los críticos. Qué raro, ¿no?

Mentalidad olímpica

¿Cuántos deportistas ha aportado Albacete a los Juegos Olímpicos? No digo ya que aspirasen a medalla, digo que simplemente compitieran como relleno, haciendo bulto, para hacer buena la legendaria frase del barón de Coubertin de que lo importante es participar. Me suena que de la comunidad castellano-manchega han acudido unos quince, de los cuales ninguno procedía de nuestra provincia. Tal vez el dato merezca una reflexión, precedida por la pregunta de si sirve para algo tener algún representante en una Olimpiada. Los Juegos se llaman así precisamente porque en su espíritu no persiguen mayor trascendencia que esa, la de participar, la de medirse, aunque haya dictaduras y pseudodemocracias que intenten lavar con medallas su mala conciencia política. Y aunque al final todos (incluso los menos amantes del deporte) hayamos echado un vistazo cada mañana al medallero español a ver si había engordado siquiera con un bronce durante nuestro sueño.
Igual que la zorra se autoconvencía de que las uvas estaban verdes, hay mil excusas a mano. Es verdad que unos Juegos Olímpicos no son un reto sencillo, sino un acontecimiento mundial al que acude la élite de los deportistas de cada especialidad. Como es lógico, los países con mayor número de habitantes tienen mayores probabilidades de contar con atletas fuera de serie, como certifica el medallero encabezado por la multitudinaria China, la inabarcable Estados Unidos o la vasta Rusia. Además nuestro pecado no es el nacionalismo: uno se identifica sin querer con deportistas españoles, cualquiera que sea su procedencia y especialidad, aunque no sean de Albacete. Estamos acostumbrados. Por otro lado es sabido que los deportes de competición someten al organismo a un estrés malsano, cuando no deforman directamente la anatomía, y eso no se lo deseamos a nuestros próximos.
Pero una vez desgranadas las excusas más socorridas, atendamos al sentido común: hay países con menos habitantes que España que han conseguido muchas medallas, como es el caso de Holanda o de Cuba. No es imprescindible por tanto ser muchos, basta con estar bien organizados. Y una buena técnica y un juicioso seguimiento médico minimizan los riesgos. ¿Para qué? Bueno, a quién le amarga el dulce de recibir a un héroe olímpico, de nombrarlo hijo pródigo del municipio, de dedicarle una calle y de tenerlo como referente y (si hay suerte) como maestro de los niños que lo admiran y quieren emularlo. El entrenador holandés de la selección española de hockey hierba (plata) ha agradecido el éxito de su equipo a las empresas que han empleado a sus jugadores, concediéndoles los permisos necesario para entrenarse, y beneficiándose a cambio de su disciplina, responsabilidad, mentalidad de equipo y por supuesto de su prestigio.
Porque se trata de jugar, pero también de hacerlo bien, de ser capaces. Coubertin dijo en realidad que hay que participar “para ganar”. Quizá haya que empezar preguntándose si existe una ambición juiciosa entre nosotros. Fermín Cacho, el oro de los 1.500 metros en Barcelona 92, ha acusado a nuestros atletas (de atletismo) en Pekín de falta de ambición (la de colocarse entre los primeros, la de marcar al favorito y atacar en la última vuelta, en vez de colocarse atrás y esperar un milagro). Cuando digo ambición juiciosa, quiero decir organizada. Una provincia que tiene un equipo de voleibol femenino y uno de fútbol sala masculino penando entre la élite por falta de apoyos, una provincia donde no hay vida más allá del fútbol no tiene representación olímpica. Es posible cambiarlo. ¿cómo? Desde la educación, por supuesto, desde la política, desde las federaciones, desde la modernidad empresarial. Requiere un trabajo en equipo que cambie este ir cada uno por su lado hacia ninguna parte.

Un pueblo bien criado

Cavendish es un pueblecito de Estados Unidos, situado en el estado de Vermont, cerca de la frontera con Canadá. Jamás he estado allí, pero desde esta semana forma parte de mi mitología personal. Y no por admiración hacia Alexander Solzhenitsin, el personaje que se retiró allí a vivir un exilio de dieciocho años (1974-1994), sino por la disciplina que demostraron sus habitantes para ocultar a los extraños la ubicación de su refugio. Todo ello según asegura Mario Vargas Llosa, que intentó visitarle por consejo de un amigo: “vale la pena que vayas allá sólo para que veas cómo lo cuidan los vecinos”. Ni corto ni perezoso, el escritor peruano se presentó en Cavendish y preguntó por el autor de Archipiélago Gulag a una mujer que abría un sendero en la nieve a fuerza de paletadas. “No quiero molestar al señor Solzhenitsin, sólo ver su casa de lejos. ¿Me puede indicar dónde está?” La mujer fue muy amable, pero sus indicaciones encaminaron a Vargas Llosa al borde de un precipicio desde el que no se divisaba casa alguna.

Volvió a la carga con tres o cuatro lugareños más y todos le engañaron en parecidos términos. Supongo que frustrado y con los pies entumecidos por la nieve, entró a reponerse a una bodega. El propietario le confesó la verdad: “Nadie en la vecindad le mostrará la casa del señor Solzhenitsin. Él no quiere que lo molesten y nosotros en el pueblo nos encargamos de que así sea. Lo mejor que puede hacer usted es irse”. Le faltó añadir “forastero” (si es que Vargas Llosa no lo ha suprimido de su crónica por decoro). Por cierto que me sorprende que un escritor de su talla deje para el final de su artículo esta anécdota. Supongo que los candidatos al Nobel se sienten obligados a dedicar largos párrafos de sus columnas a contextualizar la ideología del difunto. Pero a mí lo único que me ha interesado ha sido el pasaje de Cavendish, y casi me rindo antes de leerlo. Como si Vargas Llosa hubiera preferido ocultarlo. Al fin y al cabo, es una historia de ocultaciones que empiezan en el mismo Archipiélago Gulag, al que era imposible llegar a menos que uno pusiera verde a Stalin y lo arrestaran, como le ocurrió a Solzhenitsin.

Pero este ucraniano (1918-2008) era de los tozudos. Su interminable barba lo certifica, y los trabajos forzados y privaciones sólo consiguieron que se aplicase aún más en la escritura y que a los libros acumulados añadiera un reportaje literario de 800 páginas en el que contaba hasta los detalles microscópicos. Acababan de darle el Nobel, ya era ciudadano universal, con lo que no le fue difícil encontrar cobijo cuando le retiraron la nacionalidad soviética y le dieron la patada en el culo por difundir las verdades del estalinismo. Tampoco es de extrañar que prefiriera no recibir visitas en su nuevo domicilio, si contemplamos antecedentes como el de Trotski, al que su retiro en México no le libró de que lo ensartaran con un pico. Así las gastan los dictadores rusos. El espía envenenado con plutonio el año pasado en Gran Bretaña confirma el peligro.

No es raro, no, que Solzhenitsin prefiriera pecar de huraño antes que arriesgarse alternando en sociedad. Al fin y al cabo convirtió más anticomunistas con sus libros que la CIA con sus manejos. Lo prodigioso es que en ese pueblecito nevado de Vermont, los vecinos se conjurasen como uno solo para protegerlo. Intento trasladar esa unanimidad a cualquier pueblo de por aquí y me resulta inimaginable que no aparezca un esquirol o un corrupto. A lo mejor en Cavendish también lo había y Vargas Llosa no supo encontrarlo. Igual es que lo ha soñado.

Sin guión

Hace unos cuantos meses todo Estados Unidos anduvo conmocionado por una huelga sin precedentes de guionistas. De pronto, no sólo los actores de cine, sino que también los que asoman la cara en televisión, y los de informativos y hasta los políticos, se encontraron con que no sabían qué decir y tampoco qué cara poner. Sin el alma invisible que está detrás de todo, da coherencia a la vida y mueve los discursos, el carisma se desarmaba como un maquillaje barato expuesto al sudor de agosto. Tuvimos entonces la oportunidad de comprobar que en estos tiempos en que la espontaneidad florece por doquier, nadie que aprecie su propia imagen articula una sola palabra ante los medios de comunicación si no viene avalada por un guionista solvente. Es decir que los guionistas estaban ya reconocidos por todos menos por aquellos que estipulan su salario; de ahí la huelga. Los carismáticos y sonrientes actores siguieron haciendo lo mismo que han hecho siempre, o sea mover los labios y recitar su papel, que en ese momento consistía en dar la razón a los huelguistas. Faltaría más.

Eso en Estados Unidos. Aquí en España vamos más despacio porque aún nos creemos que los pájaros maman, que los Reyes Magos existen y que la espontaneidad de que hacen gala determinados personajes es genuina y no procede, como todo lo demás, de un competente equipo de guionistas. Poco a poco nos van desengañando los críticos de cine que afirman de forma unánime que de un mal guión siempre sale una mala película y que de uno bien perfilado a veces, sólo a veces, surge una obra maestra. Nos van desengañando los comentaristas televisivos que alaban series como Camera café porque sus guionistas han sabido sacar leche de una alcuza y seguir ofreciendo buenos argumentos a sus excelentes actores cuando parecía que habían agotado el tema laboral. Y fue un clamor que el que le escribió lo de la niñita a Rajoy para el careo televisivo de la última campaña electoral metió la pata hasta la ingle, y que quién escatimó la palabra crisis durante más de un mes en los discursos de Solbes también.

O sea que el alma consiste en que lo que uno dice tenga sentido y parezca habérsele ocurrido de forma espontánea, es decir que tenga la frescura de una ocurrencia casual. Lo curioso es que para conseguirlo son precisas muchas horas de trabajo, casi siempre en equipos organizados con rutinas convencionales. Por ejemplo, los guionistas de algunas series de televisión suelen trabajar en grupos de cuatro y hasta de ocho que mantienen una primera reunión para establecer los dos temas sobre los que versará el episodio, luego cada uno los desarrolla por su cuenta y al final vuelven a reunirse para poner en común los hallazgos y escribir el texto definitivo. Es un sistema importado precisamente de Estados Unidos.

Cuando llega el verano, los guionistas titulares también se van de vacaciones y entonces existen dos alternativas: reponer episodios para goce de los forofos y hartazón de los demás o bien trabajar con guionistas sustitutos, menos solventes. Por eso en agosto la vida alcanza una espesura insoportable que achacamos al calor. Sólo nos queda tratar de liberarnos de los guiones ajenos y de los propios tumbándonos panza arriba a ver trabajar a los vencejos o a contar las estrellas que sobreviven a la contaminación lumínica, faenas propias de tiempos sencillos, sin más calentamientos de cabeza. Es el guión del descanso o el descanso de todos los guiones.

Vacaciones de cine

Nos movemos entre dos pulsiones: la de buscar la novedad y la de volver a lo que nos gustó. Las vacaciones de verano son un momento tan bueno como el principio de año para hacer balance y visitar aquellos lugares donde uno ya estuvo y fue feliz. Por ejemplo yo, que soy más sedentario que Truman (el del show), me estoy hinchando a ver películas con las que disfruté como un enano. Y es curioso que no siempre coincidan con aquellas a las que los críticos otorgarían cinco estrellas. A mí sin embargo me emocionaron en su día y me siguen emocionando aún. Se ve que no tengo un espíritu cinematográfico de cinco estrellas. Hay algunas incluso que son viejas y dejan entrever los costurones. Esto les pasa mucho a mis preferidas porque estoy revisando (como dicen los cinéfilos) películas de ciencia ficción o fantaciencia (le ha dado por ahí a mi cuerpo). Y claro, en El planeta de los simios (1968), por ejemplo, parecen de cartón hasta los caballos. Sin embargo, qué maravilla de paisajes desérticos (cada vez se parecen más a los manchegos) y qué acierto los trajes de astronauta con sus mochilas como fiambreras para el colegio. Y sobre todo, qué ternura de guión, en el que el mono malo es en realidad un ecologista disfrazado de canalla, mientras que el verdadero canalla es el humano, un gruñón Charlton Heston que se interpreta a sí mismo.

Otra que siempre me ha gustado es Paycheck (2003), basada en un relato de Philip K. Dick (que siendo tan genial, nunca se parece al cine que le hacen, aunque le hayan hecho un cine extraordinario). Por lo general le añaden mucha acción. El protagonista de Paycheck es un ingeniero que copia tecnología para grandes empresas de comunicación y luego se deja borrar la memoria de los meses de trabajo para no poder difundir sus propios logros. Un tío que renuncia a meses e incluso a años enteros de su propia vida (qué otra cosa es la memoria) a cambio de pasta. Da que pensar, sin duda. A lo mejor lo estamos haciendo todos un poco. Luego, lo demás es añadidura: en uno de sus regresos comprende que durante su última faena se ha programado para salvar el pellejo enviándose a sí mismo en un sobre veinte objetos que cumplen su función como por arte de magia en el momento oportuno. Dicen que es mala. A mí me encanta.

Y ya no digamos Días extraños (1997), con su dureza apocalíptica, y esa maquinita compuesta de una redecilla que se instala en la cabeza y una consola que permite grabar lo que uno está viendo y sintiendo, es decir la vida misma. Luego otras personas pueden experimentar en sus propios sistemas nerviosos lo mismo exactamente con sólo reproducir la grabación. Una experiencia adictiva, menos fantástica de lo que podría parecernos. El cine en realidad es eso: se apaga la sala y nos metemos hasta tal punto en el personaje que la historia penetra en nuestras venas y nos cambia. Yo llevo fragmentos de esas películas (y de otras que no caben aquí ahora) adheridas a mi sistema nervioso como si fueran recuerdos de mi propia vida. Y lo son, qué duda cabe. Lo maravilloso es que cuando las vuelvo a ver (las reviso) me sorprenden largas secuencias que no recordaba de la primera vez, como si en el tiempo transcurrido la película hubiera experimentado cambios sutiles que me producen la ilusión de que el final también puede ser diferente. Sin embargo este prodigio nunca sucede. Al final sigue asomando muy maltrecha la cabeza de la estatua de la libertad en una playa solitaria y el corazón se encoge.

La educación y el destino

Desde la antigua Grecia sabemos que nuestro destino está escrito de antemano, aunque nosotros sólo podemos leerlo en capítulos que abrimos cada mañana al asomarnos al espejo del baño. Y pobre de aquel que, como Casandra o Rapel, pueda leer unos capítulos por delante, porque quienes les escuchen los tildarán de locos en el peor de los casos, o por lo menos de excéntricos si encima les da por vestir túnica plateada. Unos dioses caprichosos eran entonces los que gobernaban desde el Olimpo el discurrir de la humanidad, aunque cualquiera que observase con algo de atención sus correrías concluiría que no eran capaces de controlar ni sus impulsos más elementales. Han pasado unos milenios, los dioses han cambiado de nombre, pero el destino sigue siendo igual de inexorable.

Por cuestiones profesionales he pasado buena parte de las mañanas de julio en una modesta sucursal del Olimpo, quiero decir en un Instituto de enseñanza media, experimentando con la burocracia, la manera moderna que tiene el destino de manifestarse. Nuestra labor consiste en distribuir por grupos a los alumnos que en septiembre poblarán de risas y de carreras los pasillos ahora desangelados. De calcular cuántos atravesarán la frontera del curso y cuantos se quedarán a repetir. De jugar a Casandros y Rapeles para predecir cuántos profesores harán falta para atenderlos y cómo habrán de distribuirse por asignaturas. A veces suponemos cómo reaccionarán porque los conocemos del curso anterior. Preferiría invertir mis mañanas saliendo a pasear al monte o leyendo los libros que se han ido acumulando en los meses precedentes, pero tengo que reconocer que tampoco me deprime afrontar esta tarea. Soy de buen conformar.

Y sin embargo sé que, aunque no podamos hacer gran cosa por evitarlo, buena parte de las relaciones humanas del próximo curso están ahora en nuestras manos. Yacen en forma de solicitudes de matrícula, rellenadas con más o menos ilusión, que nosotros hemos de reagrupar de acuerdo con criterios que intentamos que sean ecuánimes, juiciosos, justos. El resultado conminará a cada uno de los montones a convivir todas las mañanas lectivas durante nueve meses, a intercambiar chismes y apuntes, también seguro que cabreos y enemistades. Los pondrá bajo la tutela de unos profesores y no de otros, y a estos los obligará a lidiar con unos grupos y no con otros. Es esta labor que cumplimos por los despachos de julio, bajo las bocanadas del aire acondicionado, una tarea de dioses que no se consideran tales y que preferirían tomar la sombra en la piscina en vez de encarnar la mano del destino.

Claro, que nuestra labor está limitada por otros dioses que afrontan los calores de julio desde el Olimpo burocrático de Toledo. Ellos son los que dictan, por ejemplo, que nos tengamos que apañar con 93 profesores. Pero sin necesitamos ciento tres, que os lo hemos explicado en las cuentas. Nada, como mucho 95. Y amén. Y de esas conversaciones telefónicas deducimos que no somos un grupo humano, sino un cúmulo de estructuras y números en la pantalla de un ordenador. Estructuras que a veces ni siquiera coinciden con las reales: pero si no contáis el bachillerato a distancia. Da lo mismo, amén. Lo curioso es que estos desajustes suceden todos los veranos, no se corrigen de un año para otro. Y al final, con menos servicios, la cosa va para delante. Qué remedio. Más mal que bien, pero funciona. Es el destino, a la manera moderna.

Música de Al-Ándalus

Dentro de 34 años se cumplirán ocho siglos desde que el comendador de Uclés, Pelayo Pérez Correa, expulsó a los árabes de Chinchilla (1242). Ocho siglos, que se dice pronto. Y sin embargo la semana pasada aún pudimos escucharlos. No a ellos, claro, sino la música que tocaban y con la que se deleitaban. La música del tiempo en que Chinchilla se llamaba Sintiyala y era una ciudad de mediano tamaño, una medina, situada en la frontera norte de la cora de Tudmir. La poseyeron más de cuatrocientos años. Y aún quedan algunas cosas de su legado: un castillo bastante diferente al que erigieron, tres almenas almohades sostenidas con un contrafuerte, unos baños que andan por ahí sumergidos bajo la estructura de una cochera y por supuesto el caprichoso laberinto de sus calles. Seguro que Aurelio Pretel y Luis Guillermo García-Saúco podrían enumerar algunas cosas más. A mí no se me ocurren.

Sin embargo, oyendo el domingo a la Orquesta Andalusí de Tetuán, que vino a tocar unas nubas en el claustro de Santo Domingo, retrocedimos esos ocho siglos. No es tan fácil borrar una estancia de cuatrocientos años. La luna creciente es la misma y también el cerro de San Cristóbal, que asoma su semicírculo de pinos sobre un pico del claustro. Ataviados con chilaba blanca y babuchas, los músicos reencarnaron para nosotros a sus antepasados en la misma lengua en que escribieron sus poetas. A ratos sonaban casi a flamenco, otras nos regalaban solos instrumentales de enorme hondura, alguno de Mostafa Ahkam con el nay (esa flauta de caña tan sencilla como antigua), o de Muhsen Kouraich con la darbouga (ese antecedente de nuestra guitarra), o de Jalal Chekara nada menos que con el violín (una incorporación moderna que tañido sobre el muslo y afinado a la manera árabe no parece un anacronismo).

Conducía, como él mismo dijo, Aziz Samsaoui, el maestro del kanún. Es este un instrumento peculiar, una especie de piano de mano sin envoltura. El músico pellizca directamente las cuerdas que resuenan en una caja de piel muy sensible a las temperaturas. “Paso más tiempo afinando que tocando” comentó Samsaoui, en su español afrancesado y con una simpatía que desataba risas del público en cada intervención. El viernes lo habíamos disfrutado en plenitud, esta vez como componente del grupo Al-Quimia y en otro escenario, la iglesia de Santa María del Salvador. Allí, entre la percusión de Khalid Ahabouone y las cuerdas y la voz de Juan Manuel Rubio, sus dedos extrajeron sonidos deliciosos de este singular instrumento del que es maestro absoluto. Pero los que han seguido los cuatro conciertos del ciclo recuerdan con más emoción si cabe al grupo Axivil Aljamía y al cantaor Pedro Sanz, que el jueves bordaron una selección de romances.

Por tercera vez Chinchilla ha celebrado su Festival de música antigua bajo el mecenazgo de la Fundación Aúno y la dirección artística del tenor José Ferrero. Este año se ha adelantado a julio, buscando el calor del verano y el abrigo del Festival de Teatro. Por complicaciones de infraestructura también ha perdido (y esto es una pena) su carácter itinerante por las ermitas de la ciudad. En cualquier caso, durante cuatro días Chinchilla ha vuelto a ser Sintiyala, sobre todo el domingo, cuando el público y los músicos de la Orquesta de Tetuán cantamos La Tarara en español y en árabe a la vez, como si aún no hubieran llegado Pelayo Pérez Correa y su ejército.

Mercado medieval

La mejor prueba de que es imposible viajar en el tiempo es que no registramos visitas masivas de turistas procedentes del futuro. La afirmación es de Stephen Hawking, un tipo inteligente como pocos. Otra cosa es que a esos presuntos viajeros les pueda interesar un presente como el nuestro, desprovisto de misterios, pues todo lo que aparentemente merece la pena ocurre ante los focos y sale en televisión tarde o temprano. Encima corren el riesgo de ser detectados, ya que en nuestra época lo difícil es existir sin ser visto. Cuando no son las traicioneras videocámaras de los bancos son los peatones que llevan la cámara del móvil siempre alerta para que cualquier imprevisto los convierta en famosos. A los viajeros del tiempo sólo les queda como alternativa el anonimato de una aglomeración, la de una calle de Madrid, una playa del Mediterráneo o un macroconcierto veraniego, lugares ya muy vistos en el futuro.

Si yo tuviera la posibilidad de subir a un autobús del tiempo, elegiría un destino más exótico, como la Edad Media, en la que hasta las enfermedades eran misteriosas. El otro día, el mercado medieval de Chinchilla estaba lleno de moscas del año mil, que acuden en tropel todas las ediciones junto al bochorno de julio. Empiezo a pensar que las que viajan en el tiempo, pero en sentido inverso, son las propias moscas. Y no me extraña. Es evidente que en un mercado medieval moderno puedes encontrarte cosas que si las piensas resultan poco medievales, como carpinteros que fabrican juguetes con una máquina de marquetería, luz eléctrica o ropas de marca que asoman por debajo de los jubones. Nos pasan desapercibidos a los contemporáneos, pero también a las moscas, porque las moscas vienen más al olor.

Y no porque el olor sea malo, que las boñigas de los ponis duran apenas un par de minutos sobre el pavimento de la plaza, lo justo para que un par de personas las pisen inadvertidamente y se granjeen suerte para el resto de la jornada, como reza la tradición, no sé si medieval. El propio encargado de los equinos reaparece enseguida con un cogedor y una escoba a devolver las cosas a su sitio, un gesto más civilizado que el que exhiben tantos propietarios de perros en el siglo XXI. Uno que ha caminado sobre las calles de Trévelez inundadas de boñigas de varias especies siente que estuvo entonces más cerca del Medievo que en este mercado.

Y sin embargo la canela, el incienso, los tés, el cuero, la carne braseada, todos esos aromas mezclados en el humo tienen el don de hacerte viajar. A ti y a las moscas. Cierras los ojos y te asomas a otro tiempo. No se oyen coches, las fachadas antiguas impregnan el bullicio humano de timbres añejos. Y luego están los mercaderes medievales, que envuelven sus mercancías en historias como las de las Mil y una noches. Así un pañuelo no es un simple pañuelo, sino el que utilizan los monjes del Nepal para determinados ritos, o una piedra de color para lucir en el cuello no es un mero adorno, sino que alejará de ti los males que según la vendedora se ciernen sobre las líneas de tu mano. Y qué decir de los signos de la plata, del brazalete de cuero, qué intrincados caminos han recorrido para llegar desde un cuento hasta el mercado.

Hawking, otro contador de historias, tal vez no haya considerado la posibilidad de que los viajes en el tiempo sí que existen, al menos para las moscas y los cuentos que nos traen los mercaderes.

Tan disuelto como el que más

La calle se quedaba tan vacía como las ciudades del legendario oeste cuando iban a venir los pistoleros. Ni un alma. Faltaban sólo unos cuantos rodanos que la recorrieran empujados por el viento. La gente abandonaba sus ocupaciones, los vigilantes dejaban sus garitos, hasta los inmigrantes intentaron aprovechar la ocasión para saltar la verja. Y fuimos raptados los forofos del fútbol pero también muchos otros a quienes el fútbol les importa habitualmente un pimiento. El caso es que de pronto volvimos a sentir esa españolidad que llevamos siempre aletargada por aquello de la vergüenza o de que no viene a cuento sacarla a relucir. Afloraron banderas en los balcones y se veían camisetas rojas por doquier. Y había un silencio de expectación sacudido de vez en vez por rumores unánimes que señalaban las ocasiones desperdiciadas por el equipo. Así hasta que un grito repentino brotó de todas las gargantas con un monosílabo universal que rubricaron saltos, carreras, abrazos y golpes de pecho.

De pronto no todos, pero si muchísimos, éramos uno solo, habíamos diluido nuestras individualidades en esa efervescencia común de la que sólo salíamos de vez en cuando para colocar un chiste o desahogar un suspiro. Los agoreros, que en esta tierra abundamos, apenas abandonaban el alma común para aventurar un fatal desenlace en forma de contragolpe y rebote traicionero, que por fortuna esta vez no se produjo. Y pesa tanto ser un ente individual que alivia mucho esa descarga en la masa, ese ceder nuestro permanente autocontrol para confiar a los demás el grito desbordado, el temblor incontrolable, la locura (que no siempre es tal, sino más bien la cara oculta de nuestra versión más reprimida).

Cada uno fue despertando cuando pudo. Algunos todavía no lo han hecho. La mayoría lo hicimos cuando empezamos a oír los discursos desfondados y faltos de inspiración de nuestros héroes, recibidos como dioses en la plaza de Colón de Madrid. Despertar es volver a ser uno mismo, regresar al rutinario yo. Explicaba Octavio Paz en El laberinto de la soledad que la fiesta popular consiste en diluir las individualidades en la masa colectiva del pueblo para pasar a ser pueblo en vez de individuo. En esto, como en la susceptibilidad para ser hipnotizado, hay grados diferentes: desde el que vive en permanente fiesta, siempre entregado a los sucesivos símbolos que van aflorando cada día, al que no suelta su individualidad ni a tiros y vive permanentemente embarcado en su yo, pase lo que pase en su entorno.

El fútbol es un gran provocador de fiestas. Aún recuerdo las que vivió Albacete en los ascensos de su equipo (sobre todo en el primero) a la máxima categoría. Y también he conocido momentos sublimes, de enorme disolución colectiva, como espectador de los equipos de voleibol femenino y de fútbol sala (de los que tantos parecen olvidarse y no saben lo que se pierden). Pero los medios de comunicación juegan un papel crucial en este juego de fiestas espontáneas y el fútbol vende más que ningún otro deporte. Aquello de ver a la gente apretándose en Colón para celebrar los goles a veces molestaba porque no entendíamos a qué cuento venía, pero surtía en nosotros un efecto contagioso. Las emociones, las grandes emociones, son para los humanos más contagiosas que ningún otro virus. Y en fin, he de reconocer que han sido ratos estupendos, queridos hermanos, españoles todos.

El incidente y las carreras populares

De pronto una ráfaga de viento mece las copas de los árboles y arranca de las hojas un largo susurro. Esta escena inofensiva, tan gratificante en el tórrido verano, produce una inquietud cercana al desasosiego entre los espectadores de la película El incidente (The happening). Poco a poco la vas asociando al trance en el que caen cuantas personas se encuentran cerca de la ráfaga: pierden el control sobre sus acciones y sobre su propia integridad y se suicidan con lo primero que encuentran a mano, como si esa fuera la única finalidad para la que han venido a la tierra. Incluso guardan turnos, cuando es preciso, para utilizar por ejemplo una pistola. Sin duda no se trata de una película redonda, el guión está lleno de trucos que asoman por las costuras, pero no se le puede negar a Shyamalan (director también de El sexto sentido) el mérito de desasosegar al espectador mediante el viejo método de mostrarle con toda frialdad los detalles más cruentos para impedirle mantenerse al margen.

Pensaba en ello a la mañana siguiente (siempre me despierto rumiando las películas que vi por la noche, especialmente si me han impresionado; y muchas veces me han impresionado aunque no haya sido consciente mientras las veía). A la mañana siguiente yo estaba en El Sahúco, esperando que empezara la carrera popular de esta semana. Teníamos que recorrer a pie los diecisiete kilómetros que separan el santuario y el pueblo de San Pedro, organizador de la prueba. Es posible que mucha gente no sepa que existe un circuito de carreras populares, coordinado por la Diputación, que abarca nada menos que 28 pruebas, repartidas entre los meses de febrero y diciembre. Cada una se disputa en una localidad distinta de la provincia. La organización es modélica y la participación tan nutrida que hay que verla para creerlo.

Quinientos corredores nos citamos en el Santuario el domingo. Allí estábamos contando chismes, bebiendo agua y estirando para entretener el retraso en el pistoletazo de salida. Los organizadores estaban pagando la novatada. Los corredores la padecimos luego, subiendo la primera cuesta y enfilando luego el camino pedregoso que cruza un bosque de pinos, pero sobre todo al asomarnos al páramo en Cañada Juncosa, donde ni una mala sombra podía protegernos del sol inclemente en los más de siete kilómetros que nos separaban de la línea de meta. Allí, sobre una carretera de ese asfalto viejo que es más piedra que asfalto, sufrimos lo indecible. Y aun así llegamos 464 de los quinientos, un 93 por ciento de los que habíamos salido, lo que proporciona un indicio de lo preparada que viene la gente, a parte de los africanos que suelen ganar en la categoría masculina. Simplemente acabar ya es una hazaña.

Aunque vengo oyendo en varias carreras, y preguntándome a mí mismo en los primeros kilómetros (cuando la fatiga aún no han minado el raciocinio) qué demonios pinto yo allí, sufriendo otra vez, castigando mi cuerpo en esa singular odisea que sólo es creíble porque me acompañan cientos de personas, muy pocas de las cuales la hubieran emprendido en solitario. Cuando salíamos vi cimbrearse las copas de los pinos de El Sahúco con ráfagas inquietantes y cada vez más escasas, y todavía pude asociar nuestra pequeña agonía (que sólo va dejando espacio al alivio cuando cruzas la meta) con la pérdida del sentido que sufren los personajes de la película El incidente. Sin embargo ya estoy inscrito para la próxima. ¿Quién lo entiende?

Buscando a Wally

El premio Cervantes Antonio Gamoneda nos comentó en su visita de hace unos años que lo que más le impresionaba de Chinchilla era el escalonamiento de alturas: los edificios que se asoman apretados unos con otros en un desorden que el tiempo ha ido organizando en hileras. No dijo, pero cabría añadir que muchos de ellos se superponen para tener vistas al valle conocido como La Rambla, cuyo verdor no sigue el curso de un río, sino que se extiende entre las montañas de la propia Chinchilla y el cerro de San Cristóbal. Me acuerdo de Gamoneda cada vez que me asomo a la ciudad desde donde él deslizó su comentario, subiendo por la calle Corredera a buen paso (el poeta, aunque anciano, es un caminador excelente y nos traía con la lengua de fuera). Me acordé mucho de sus palabras el domingo, cuando nos asomamos al pretil del muro buscando pintores con la mirada.

El Certamen de Pintura Rápida de Chinchilla se celebra a mediados de junio, y nos trae a los vecinos de la ciudad un aire de novedad y de fiesta que multiplica los efectos del verano. Duele la luz de tan intensa, trazan los vencejos sus círculos en el azul del cielo, entre las tejas rojizas, y salir por la mañana de paseo es como salir de caza a coger setas o caracoles. Aunque lo que salimos a buscar con la mirada son pintores desperdigados en los callejones o entre los pinares desde los que se abarca el perfil de lo que fue hace siglos una ciudadela. Es como aquel libro con el que jugaban mis hijos de pequeños, que invitaba a localizar a un tipo con gafas y con gorro de lana llamado Wally en medio de una maraña de gente o de vegetación o de lo que fuera. Acodados en el pretil competimos a ver quién localiza más pintores camuflados en los huecos de las calles o entre las copas de los pinos del Cerro de enfrente.

Es un día para saborear la creación y su silencio. Los artistas se desparraman por el entorno. Unos intentan revelar una faceta inédita y te los encuentras al doblar un callejón, midiendo el aire con el pincel. Otros se agrupan en los parques, cada uno enfocando el caballete en una dirección, entregándose a la mezcla de placeres: el de combinar colores en el lienzo, el de la camaradería, el de la naturaleza. La plaza de la Mancha reúne todos los años a una decena que se afanan bajo los soportales, como entregados a una coreografía improvisada de gestos lentos y compulsivos que se alternan. Cada año hay más que añaden al óleo, o los acrílicos, o las acuarelas, otros elementos. Uno pegaba fotos de revistas del corazón, otro clavaba chapas con una determinación de orfebre.

Como son artistas, pero no tontos, casi todos tienen la prevención de procurarse una sombra. Así y todo, más de un pintor se ha desmayado en otras ediciones por no renunciar a su posición a pesar del sol inmisericorde. Abundan las perspectivas, las combinaciones de un solo color que cubren el paisaje de un estado de ánimo azul o sepia. Todos aceptan con resignación que los curiosos nos asomemos por encima del hombro y apreciemos su obra y tal vez la juzguemos en medio del silencio al que han contribuido los mecanismos musicales de última generación. Fue mi amigo Juanjo Jiménez el promotor de esta jornada de exaltación pictórica que se repite cada año. Por eso en este día yo me siento orgulloso de su iniciativa y de las palabras de Gamoneda y de cómo resplandece la ciudad cuando la inunda el arte.

Treinta y cinco años

En los aniversarios que nos tocan de cerca (o de lleno), hay que echar cuentas con la referencia de la propia edad que es la que nos vale a cada uno. Yo era aún pequeño cuando este periódico se instaló en Albacete. Ni había decidido estudiar periodismo ni sabía lo que era el periodismo. Apenas recuerdo haber hojeado El Pueblo, que compraba mi padre, los dominicales y alguna vez, rara vez, La Voz de Albacete, donde Demetrio Gutiérrez me publicó unas insulsas entrevistas deportivas. Compañeros más precoces del instituto manejaban El País y parecían poseer un criterio sobre la actualidad que a mí se me antojaba admirable e inaccesible. Por entonces asistíamos a las tertulias de Barcarola en el hotel Los Llanos, y allí Juan Bravo mentaba muy a menudo a Ramón Ferrando y su diario La Verdad. Me resultaba muy lejano. En la adolescencia, al menos en mi adolescencia, el mundo real estaba tan lejos por lo menos como la luna. Y eso que enseguida echamos una mano en completar una sección literaria que salía una vez por semana en páginas centrales y que se inspiraba en temas tan mitológicos como Marilyn Monroe o Bob Dylan.

A Ramón Ferrando no recuerdo haberlo conocido. La primera entrevista de mi vida me la hizo Ángel Cuevas, por teléfono, el día que quedé finalista en un concurso literario pomposamente mundial. Recuerdo sus preguntas secas, su amistad inexpresiva y sin embargo cálida, a la que la barba fue dando sentido más tarde. Y recuerdo coincidir en las ruedas de prensa con Faustino López, y escucharle realizar preguntas con la misma soltura en español que en inglés, cuando el protagonista de la rueda de prensa se defendía mal en castellano. Después vinieron las conversaciones con José Antonio Domingo, cuando yo me acercaba a la redacción con alguna excusa a que José Antonio, que escribe tan bien como fotografía y que es a la vez un tímido patológico, me pusiera al día de esa realidad que se esconde detrás de lo que creemos que es la realidad. Por cierto que cada vez se camufla mejor y a veces es difícil distinguirlo en la redacción. Pero el que me tendió una mano definitiva fue Pepe Sánchez de la Rosa, que me abrió una página para mí solo. Desde entonces, soy leal a La Verdad, como otros son del Barcelona o del Atlético de Madrid (Pepe mismo).

Un periódico, cualquier periódico, lo que hace es descomponer la realidad en temas y volver a organizarla en secciones. O sea, hace de la realidad un laberinto que a su vez el lector recorre según le dicta su capricho. Un periódico es un lugar de encuentro con algunos amigos (que lo son ya, aunque uno no los conozca) y con uno mismo. Todos los estanques reflejan la luna, pero en cada una de ellos el entorno consigue que parezca diferente. Todos los periódicos reflejan la actualidad, pero cada uno la encierra en un laberinto diferente. De tanto asomarnos siempre al mismo estanque, el entorno termina siéndonos tan familiar que la vida parece incompleta si un día estamos de viaje y no lo encontramos a mano. Nuevos amigos, Ana Martínez o José Fidel López, o Elías Jiménez, con los que más trato, han mantenido viva la trayectoria, añadiéndole los matices de sus personalidades. Gracias a una universidad de Boston sabemos que nuestra rutina transcurre en apenas diez kilómetros. Y cada día miramos la luna desde el mismo diario.

Los fantasmas de Edimburgo

El arte de narrar consiste, aún más que en tener una historia atractiva, en encontrar una voz convincente para contarla. Hasta la fecha Eloy M. Cebrián (Albacete, 1963) se había metido en la piel de un caballo moribundo para acercarnos la intimidad de Alejandro Magno (Vida de Alejandro por Bucéfalo) y se había reencarnado en una mujer que vuelve a su infancia para contarnos la Guerra Civil (Bajo la fría luz de octubre). También había sabido convertirse en el narrador omnisciente que desgrana la desternillante trama policiaca de El fotógrafo que hacía belenes. Este narrador y Luis Miguel Ortiz, protagonista de la recientemente aparecida Los fantasmas de Edimburgo, comparten algunos rasgos. Aquel adelantaba, aunque de forma juiciosa y contenida, el tono mordaz que se desparrama y nos invade hasta las cachas cuando seguimos los pasos de este canalla disfrazado de probo profesor universitario.

Hay una tendencia natural entre los lectores a identificar el personaje que nos cuenta la historia con el propio novelista, tendencia que ha sido alimentada por autores como Gustave Flaubert cuando dijo aquello de “Madame Bovary soy yo”. Por muchos esfuerzos que hagamos no conseguimos sacudirnos la idea de que detrás hay un tipo que se ha inventado lo que leemos y que probablemente lo haya vivido antes, o mientras lo escribía, aunque fuera en sueños. Si el narrador es un caballo o una chiquilla, cuesta más trabajo, es evidente. Pero si se trata de un profesor de inglés que ha estudiado en Valencia y que ha crecido en algunos pueblos de la provincia de Albacete siguiendo los destinos de su padre maestro, si nos describe lugares de nuestra propia ciudad con pelos y señales, caricaturizándolos con atinada mala leche, entonces el autor se perfila tras el personaje, asomándose a él a pesar de nuestros esfuerzos.

La cuestión es que veo a Eloy M. Cebrián casi todos los días, y solemos tomar café y darle un repaso a la realidad que nos rodea. Quiero decir que es mi amigo. Y aunque mordacidad y mala leche no le faltan cuando es preciso (algo tiene que tener en común con su personaje), dista mucho de ser el trepa y dechado de hipocresía que atenta contra todas las convenciones políticamente correctas que nos envuelven. Porque lo que hace Ortiz (o Eloy) es desnudar la realidad de sus disfraces, mostrarla en carne viva, al mismo tiempo que desnuda el lenguaje de todos sus eufemismos. Mientras lees, estás pensando: qué salvajadas dice este canalla, pero a la vez te das cuenta de que esas salvajadas son tan reales como la vida misma, mucho más ciertas que la vida envuelta en disfraces que conocemos. Y la sonrisa se te hiela.

Y, claro, te preguntas: ¿Luis Miguel Ortiz es el auténtico Eloy M. Cebrián, o sólo es el Míster Hyde que se esconde detrás de todo escritor cuando se sienta ante el ordenador y se olvida de sí mismo? Como lo tengo cerca, le he preguntado que de dónde sacó las anécdotas escolares del maestro de cuarto, el pistoletazo en la cabeza a una visita o las putadas que le gasta a su madre. Tras sondearme con media sonrisa de superioridad, Eloy se limita a comentar: “Ya, el morbo de saber qué es verdad y que no”. Y tengo que callarme. A ver quién le dice que sólo quería averiguar si sigue siendo el Doctor Jekyll. Tras una trayectoria prometedora de Los fantasmas de Edimburgo en los laberintos editoriales (ha sido finalista de los premios Fernando Lara y Herralde), los avispados editores de El tercer nombre se van a hacer de oro con ella.

Dar de leer

Las jornadas regionales de lectura se han celebrado este año en los Baños de Benito, en Reolid, que es un lugar idílico en el que cualquier autor romántico situaría un personaje que se aleja con un libro en las manos, para componer una pose detrás de un telón de ruiseñores, álamos y aguas cantarinas. La realidad es diferente, tirando a mejor. Alguna vez que hemos puesto en común nuestras costumbres de lector entre los amigos, nos hemos sorprendido descubriendo lo maniáticos que somos: desde el que va cambiando de sofá y de postura a medida que devora capítulos hasta el que se abisma en el retrete. Ninguno se extasía impertérrito en un sillón (lo que no quiere decir, claro, que no haya lectores que prefieran el sillón) y desde luego nadie se pierde un panorama idílico por leer, a menos que sea una lectura singular, deliciosa, esclavizadora. Al fin y al cabo la belleza distrae tanto como el ruido.

Aunque es verdad que no íbamos a Reolid a leer, sino a ver cómo dábamos de leer a nuestros alumnos. En pocos procesos educativos como éste de dar de leer siente uno tan a fondo que está viviendo una experiencia (a pesar de que la enseñanza es siempre una experiencia para el docente y para el alumno; la excusa es la información que deben intercambiar). Después de haber oído tantas noticias apocalípticas sobre lo poco que se lee en España y de llegar a imaginar la lectura como una actividad en trance de extinción, uno esperaría encontrarse en estas jornadas a un puñado de irreductibles tratando de salvar la última batalla ante el avance imparable de las tecnologías. Sin embargo, si hubiera que resumir con una palabra el ambiente predominante en Reolid, yo escogería la palabra entusiasmo.

Entusiasmo entre quienes aplican un plan de lectura en su centro y expectación entre quienes están buscando la manera de introducirlo. Eso sí, todos conscientes de que no se trata tanto de provocar una acción, la acción de leer, como de despertar el deseo de disfrutar leyendo. Resulta curiosa la cantidad de centros de enseñanza en los que se lee poco y mal, o no se sabe en realidad si alguien lee, porque la atención se concentra en la acumulación de contenidos y el recuento de resultados. Siempre lejos del placer, de la experiencia compartida, contagiosa, de leer. Le intrigaba a San Agustín ver que San Ambrosio leía tantas horas en su celda, cuando la lectura silenciosa aún no se había generalizado. Stevenson no quiso aprender a leer hasta los siete años para que su aya le contara más cuentos. Sin saberlo, aquella mujer estaba alimentando el deseo lector del autor de La isla del tesoro, que luego recuperaría con creces el retraso.

Cada persona es ante todo la historia que se va a contando a sí misma con palabras. Y necesitamos el lenguaje para conocernos, para traspasar nuestro concepto del mundo de una generación a otra, para convivir. La lectura enriquece nuestro lenguaje y nos ayuda a ser más felices. Pero además puede resultar una experiencia tan intensa que nadie merece perdérsela. Una experiencia compartible, porque comentar un placer es perpetuarlo. La Consejería de Educación estaba impulsando la lectura en los centros de enseñanza de la región; durante dos años lo ha hecho muy bien. Cuando el proyecto empezaba a funcionar, ha reunido en el paraíso de Reolid a los profesores implicados, al tiempo que retiraba la inversión. Cualquier proyecto sin inversión que lo apoye es igual a cero. Los ruiseñores, los álamos y las aguas cantarinas de Reolid son sólo un marco para las fotografías. Nuestros alumnos se merecen una lectura para todos los días del año.

Antonio Matea

Antonio Matea se nos ha muerto la semana pasada en Barcelona, su exilio de tantos años desde que saliera a buscar trabajo en Aiscondel (cuando “la Renfe paría maletas y maletas”). Como la idea de la muerte le rondaba, hace una década que se construyó una pirámide. Ese es el nombre que le puso a uno de sus más de cincuenta libros, para mí su mejor poemario. Entre bromas y veras lo llamó así con el mismo propósito con que los egipcios construían sus mastabas, “para tener asiento en el recuerdo”. Es uno de los escasos libros que se no editó con sus propias manos, tirando de fotocopias y de paciencia, en la cochera de una casa que había levantado también él mismo. Un día me enseñó unos signos jeroglíficos grabados en un pilar del porche: “es un abecedario que me inventé para comunicarme con mi mujer cuando éramos novios y su familia no me veía con buenos ojos”.

Me cuesta creer que no voy a encontrármelo mañana en una esquina, cargando con su anchura renqueante una bolsa con libros para repartir por las librerías y entre los amigos. Parecía incansable. En los últimos años vivía en el tren que lo llevaba y traía de Albacete a Cerdanyola, de la literatura a tratarse los achaques, de los chismes habituales a las referencias a las lagunas de memoria de su mujer, Celestina. Era un ser dialéctico, un espíritu transgresor continuamente corregido por el Pepito Grillo de su condición rural. Abría la sonrisa y ensanchaba la expresión de pícaro para contarte lo que él consideraba un chispazo, y enseguida nublaba el semblante, se rascaba la ceja derecha y matizaba el comentario recién deslizado hasta diluirlo bajo sucesivas capas de explicaciones. Su escritura era una prolongación de su charla.

En su adolescencia trabajó como aprendiz de barbero y un cliente lo rebautizó: “menudo raspa es este”. Y ya toda la vida llevó como amuleto el apodo de Raspa de las Santanas, que sacaba a relucir cuando necesitaba fortalecer su nostalgia de Albacete. Hasta lo utilizó como título de sus memorias. Bajaba los ojos y agitaba las manos para quitarse importancia. Me daban envidia esas manos, capaces de construir una casa, fabricarse los muebles, grabar signos en el cemento fresco. Recuerdo también cómo buscaba en los incontables bolsillos de su mono de trabajo el último poema que había escrito y que quería enseñarme. De cada uno de ellos asomaba un manuscrito doblado. “No, este tampoco es”, negaba sacudiendo la cabeza, hasta localizarlo en el último de todos los bolsillos. Me presentó a sus amigos poetas, me introdujo en sus tertulias catalanas.

Una tarde de lluvia en que veníamos de vuelta a su casa, en la calle Canarias, donde nos esperaba la mesa dispuesta por Celestina, me comentó que los versos que mejor sonaban eran los endecasílabos y los heptasílabos. Yo los había oído nombrar en el instituto, incluso había tenido que memorizarlos, pero no sentí la revelación hasta que no se lo oí contar a aquel poeta, que a su vez lo había aprendido indagando a su manera, porque fue un niño de la guerra y nunca pudo estudiar decentemente. Hay cosas que sólo pueden transmitirse entre iguales. Era poeta, sentía “la luz que te despierta dorándote los párpados / y hace que te equivoques y te engañes”. Y llevaba tiempo huyendo del pensamiento de la muerte a través de una escritura febril que a veces lo devolvía al punto de partida: “piensa en morir y punto; no fabriques / otras inalcanzables esperanzas”. Esta semana he estado visitando tu pirámide, viejo amigo.