Treinta y cinco años

En los aniversarios que nos tocan de cerca (o de lleno), hay que echar cuentas con la referencia de la propia edad que es la que nos vale a cada uno. Yo era aún pequeño cuando este periódico se instaló en Albacete. Ni había decidido estudiar periodismo ni sabía lo que era el periodismo. Apenas recuerdo haber hojeado El Pueblo, que compraba mi padre, los dominicales y alguna vez, rara vez, La Voz de Albacete, donde Demetrio Gutiérrez me publicó unas insulsas entrevistas deportivas. Compañeros más precoces del instituto manejaban El País y parecían poseer un criterio sobre la actualidad que a mí se me antojaba admirable e inaccesible. Por entonces asistíamos a las tertulias de Barcarola en el hotel Los Llanos, y allí Juan Bravo mentaba muy a menudo a Ramón Ferrando y su diario La Verdad. Me resultaba muy lejano. En la adolescencia, al menos en mi adolescencia, el mundo real estaba tan lejos por lo menos como la luna. Y eso que enseguida echamos una mano en completar una sección literaria que salía una vez por semana en páginas centrales y que se inspiraba en temas tan mitológicos como Marilyn Monroe o Bob Dylan.

A Ramón Ferrando no recuerdo haberlo conocido. La primera entrevista de mi vida me la hizo Ángel Cuevas, por teléfono, el día que quedé finalista en un concurso literario pomposamente mundial. Recuerdo sus preguntas secas, su amistad inexpresiva y sin embargo cálida, a la que la barba fue dando sentido más tarde. Y recuerdo coincidir en las ruedas de prensa con Faustino López, y escucharle realizar preguntas con la misma soltura en español que en inglés, cuando el protagonista de la rueda de prensa se defendía mal en castellano. Después vinieron las conversaciones con José Antonio Domingo, cuando yo me acercaba a la redacción con alguna excusa a que José Antonio, que escribe tan bien como fotografía y que es a la vez un tímido patológico, me pusiera al día de esa realidad que se esconde detrás de lo que creemos que es la realidad. Por cierto que cada vez se camufla mejor y a veces es difícil distinguirlo en la redacción. Pero el que me tendió una mano definitiva fue Pepe Sánchez de la Rosa, que me abrió una página para mí solo. Desde entonces, soy leal a La Verdad, como otros son del Barcelona o del Atlético de Madrid (Pepe mismo).

Un periódico, cualquier periódico, lo que hace es descomponer la realidad en temas y volver a organizarla en secciones. O sea, hace de la realidad un laberinto que a su vez el lector recorre según le dicta su capricho. Un periódico es un lugar de encuentro con algunos amigos (que lo son ya, aunque uno no los conozca) y con uno mismo. Todos los estanques reflejan la luna, pero en cada una de ellos el entorno consigue que parezca diferente. Todos los periódicos reflejan la actualidad, pero cada uno la encierra en un laberinto diferente. De tanto asomarnos siempre al mismo estanque, el entorno termina siéndonos tan familiar que la vida parece incompleta si un día estamos de viaje y no lo encontramos a mano. Nuevos amigos, Ana Martínez o José Fidel López, o Elías Jiménez, con los que más trato, han mantenido viva la trayectoria, añadiéndole los matices de sus personalidades. Gracias a una universidad de Boston sabemos que nuestra rutina transcurre en apenas diez kilómetros. Y cada día miramos la luna desde el mismo diario.

Los fantasmas de Edimburgo

El arte de narrar consiste, aún más que en tener una historia atractiva, en encontrar una voz convincente para contarla. Hasta la fecha Eloy M. Cebrián (Albacete, 1963) se había metido en la piel de un caballo moribundo para acercarnos la intimidad de Alejandro Magno (Vida de Alejandro por Bucéfalo) y se había reencarnado en una mujer que vuelve a su infancia para contarnos la Guerra Civil (Bajo la fría luz de octubre). También había sabido convertirse en el narrador omnisciente que desgrana la desternillante trama policiaca de El fotógrafo que hacía belenes. Este narrador y Luis Miguel Ortiz, protagonista de la recientemente aparecida Los fantasmas de Edimburgo, comparten algunos rasgos. Aquel adelantaba, aunque de forma juiciosa y contenida, el tono mordaz que se desparrama y nos invade hasta las cachas cuando seguimos los pasos de este canalla disfrazado de probo profesor universitario.

Hay una tendencia natural entre los lectores a identificar el personaje que nos cuenta la historia con el propio novelista, tendencia que ha sido alimentada por autores como Gustave Flaubert cuando dijo aquello de “Madame Bovary soy yo”. Por muchos esfuerzos que hagamos no conseguimos sacudirnos la idea de que detrás hay un tipo que se ha inventado lo que leemos y que probablemente lo haya vivido antes, o mientras lo escribía, aunque fuera en sueños. Si el narrador es un caballo o una chiquilla, cuesta más trabajo, es evidente. Pero si se trata de un profesor de inglés que ha estudiado en Valencia y que ha crecido en algunos pueblos de la provincia de Albacete siguiendo los destinos de su padre maestro, si nos describe lugares de nuestra propia ciudad con pelos y señales, caricaturizándolos con atinada mala leche, entonces el autor se perfila tras el personaje, asomándose a él a pesar de nuestros esfuerzos.

La cuestión es que veo a Eloy M. Cebrián casi todos los días, y solemos tomar café y darle un repaso a la realidad que nos rodea. Quiero decir que es mi amigo. Y aunque mordacidad y mala leche no le faltan cuando es preciso (algo tiene que tener en común con su personaje), dista mucho de ser el trepa y dechado de hipocresía que atenta contra todas las convenciones políticamente correctas que nos envuelven. Porque lo que hace Ortiz (o Eloy) es desnudar la realidad de sus disfraces, mostrarla en carne viva, al mismo tiempo que desnuda el lenguaje de todos sus eufemismos. Mientras lees, estás pensando: qué salvajadas dice este canalla, pero a la vez te das cuenta de que esas salvajadas son tan reales como la vida misma, mucho más ciertas que la vida envuelta en disfraces que conocemos. Y la sonrisa se te hiela.

Y, claro, te preguntas: ¿Luis Miguel Ortiz es el auténtico Eloy M. Cebrián, o sólo es el Míster Hyde que se esconde detrás de todo escritor cuando se sienta ante el ordenador y se olvida de sí mismo? Como lo tengo cerca, le he preguntado que de dónde sacó las anécdotas escolares del maestro de cuarto, el pistoletazo en la cabeza a una visita o las putadas que le gasta a su madre. Tras sondearme con media sonrisa de superioridad, Eloy se limita a comentar: “Ya, el morbo de saber qué es verdad y que no”. Y tengo que callarme. A ver quién le dice que sólo quería averiguar si sigue siendo el Doctor Jekyll. Tras una trayectoria prometedora de Los fantasmas de Edimburgo en los laberintos editoriales (ha sido finalista de los premios Fernando Lara y Herralde), los avispados editores de El tercer nombre se van a hacer de oro con ella.

Dar de leer

Las jornadas regionales de lectura se han celebrado este año en los Baños de Benito, en Reolid, que es un lugar idílico en el que cualquier autor romántico situaría un personaje que se aleja con un libro en las manos, para componer una pose detrás de un telón de ruiseñores, álamos y aguas cantarinas. La realidad es diferente, tirando a mejor. Alguna vez que hemos puesto en común nuestras costumbres de lector entre los amigos, nos hemos sorprendido descubriendo lo maniáticos que somos: desde el que va cambiando de sofá y de postura a medida que devora capítulos hasta el que se abisma en el retrete. Ninguno se extasía impertérrito en un sillón (lo que no quiere decir, claro, que no haya lectores que prefieran el sillón) y desde luego nadie se pierde un panorama idílico por leer, a menos que sea una lectura singular, deliciosa, esclavizadora. Al fin y al cabo la belleza distrae tanto como el ruido.

Aunque es verdad que no íbamos a Reolid a leer, sino a ver cómo dábamos de leer a nuestros alumnos. En pocos procesos educativos como éste de dar de leer siente uno tan a fondo que está viviendo una experiencia (a pesar de que la enseñanza es siempre una experiencia para el docente y para el alumno; la excusa es la información que deben intercambiar). Después de haber oído tantas noticias apocalípticas sobre lo poco que se lee en España y de llegar a imaginar la lectura como una actividad en trance de extinción, uno esperaría encontrarse en estas jornadas a un puñado de irreductibles tratando de salvar la última batalla ante el avance imparable de las tecnologías. Sin embargo, si hubiera que resumir con una palabra el ambiente predominante en Reolid, yo escogería la palabra entusiasmo.

Entusiasmo entre quienes aplican un plan de lectura en su centro y expectación entre quienes están buscando la manera de introducirlo. Eso sí, todos conscientes de que no se trata tanto de provocar una acción, la acción de leer, como de despertar el deseo de disfrutar leyendo. Resulta curiosa la cantidad de centros de enseñanza en los que se lee poco y mal, o no se sabe en realidad si alguien lee, porque la atención se concentra en la acumulación de contenidos y el recuento de resultados. Siempre lejos del placer, de la experiencia compartida, contagiosa, de leer. Le intrigaba a San Agustín ver que San Ambrosio leía tantas horas en su celda, cuando la lectura silenciosa aún no se había generalizado. Stevenson no quiso aprender a leer hasta los siete años para que su aya le contara más cuentos. Sin saberlo, aquella mujer estaba alimentando el deseo lector del autor de La isla del tesoro, que luego recuperaría con creces el retraso.

Cada persona es ante todo la historia que se va a contando a sí misma con palabras. Y necesitamos el lenguaje para conocernos, para traspasar nuestro concepto del mundo de una generación a otra, para convivir. La lectura enriquece nuestro lenguaje y nos ayuda a ser más felices. Pero además puede resultar una experiencia tan intensa que nadie merece perdérsela. Una experiencia compartible, porque comentar un placer es perpetuarlo. La Consejería de Educación estaba impulsando la lectura en los centros de enseñanza de la región; durante dos años lo ha hecho muy bien. Cuando el proyecto empezaba a funcionar, ha reunido en el paraíso de Reolid a los profesores implicados, al tiempo que retiraba la inversión. Cualquier proyecto sin inversión que lo apoye es igual a cero. Los ruiseñores, los álamos y las aguas cantarinas de Reolid son sólo un marco para las fotografías. Nuestros alumnos se merecen una lectura para todos los días del año.

Antonio Matea

Antonio Matea se nos ha muerto la semana pasada en Barcelona, su exilio de tantos años desde que saliera a buscar trabajo en Aiscondel (cuando “la Renfe paría maletas y maletas”). Como la idea de la muerte le rondaba, hace una década que se construyó una pirámide. Ese es el nombre que le puso a uno de sus más de cincuenta libros, para mí su mejor poemario. Entre bromas y veras lo llamó así con el mismo propósito con que los egipcios construían sus mastabas, “para tener asiento en el recuerdo”. Es uno de los escasos libros que se no editó con sus propias manos, tirando de fotocopias y de paciencia, en la cochera de una casa que había levantado también él mismo. Un día me enseñó unos signos jeroglíficos grabados en un pilar del porche: “es un abecedario que me inventé para comunicarme con mi mujer cuando éramos novios y su familia no me veía con buenos ojos”.

Me cuesta creer que no voy a encontrármelo mañana en una esquina, cargando con su anchura renqueante una bolsa con libros para repartir por las librerías y entre los amigos. Parecía incansable. En los últimos años vivía en el tren que lo llevaba y traía de Albacete a Cerdanyola, de la literatura a tratarse los achaques, de los chismes habituales a las referencias a las lagunas de memoria de su mujer, Celestina. Era un ser dialéctico, un espíritu transgresor continuamente corregido por el Pepito Grillo de su condición rural. Abría la sonrisa y ensanchaba la expresión de pícaro para contarte lo que él consideraba un chispazo, y enseguida nublaba el semblante, se rascaba la ceja derecha y matizaba el comentario recién deslizado hasta diluirlo bajo sucesivas capas de explicaciones. Su escritura era una prolongación de su charla.

En su adolescencia trabajó como aprendiz de barbero y un cliente lo rebautizó: “menudo raspa es este”. Y ya toda la vida llevó como amuleto el apodo de Raspa de las Santanas, que sacaba a relucir cuando necesitaba fortalecer su nostalgia de Albacete. Hasta lo utilizó como título de sus memorias. Bajaba los ojos y agitaba las manos para quitarse importancia. Me daban envidia esas manos, capaces de construir una casa, fabricarse los muebles, grabar signos en el cemento fresco. Recuerdo también cómo buscaba en los incontables bolsillos de su mono de trabajo el último poema que había escrito y que quería enseñarme. De cada uno de ellos asomaba un manuscrito doblado. “No, este tampoco es”, negaba sacudiendo la cabeza, hasta localizarlo en el último de todos los bolsillos. Me presentó a sus amigos poetas, me introdujo en sus tertulias catalanas.

Una tarde de lluvia en que veníamos de vuelta a su casa, en la calle Canarias, donde nos esperaba la mesa dispuesta por Celestina, me comentó que los versos que mejor sonaban eran los endecasílabos y los heptasílabos. Yo los había oído nombrar en el instituto, incluso había tenido que memorizarlos, pero no sentí la revelación hasta que no se lo oí contar a aquel poeta, que a su vez lo había aprendido indagando a su manera, porque fue un niño de la guerra y nunca pudo estudiar decentemente. Hay cosas que sólo pueden transmitirse entre iguales. Era poeta, sentía “la luz que te despierta dorándote los párpados / y hace que te equivoques y te engañes”. Y llevaba tiempo huyendo del pensamiento de la muerte a través de una escritura febril que a veces lo devolvía al punto de partida: “piensa en morir y punto; no fabriques / otras inalcanzables esperanzas”. Esta semana he estado visitando tu pirámide, viejo amigo.

Picasso

Llegamos a tiempo de ver la colección de Pablo Picasso prestada por el Museo Nacional de Paris que ha ocupado cuatro salas en el Reina Sofía. Era el dos de mayo y las galerías estaban a rebosar de público de todas las nacionalidades. Visitar exposiciones es siempre excitante cuando el autor construye un mundo propio. Y si Picasso era algo, sin duda era un mundo propio en el que hasta su propia mujer decía pasearse como un fantasma cuando el pintor estaba creando. O sea que a los cinco minutos de recorrer la vista por las obras, te has olvidado del viaje en tren, de la cola en el vestíbulo y hasta de ti mismo, y andas inmerso en el mundo de Picasso, codeándote con la multitud que te rodea. Es curioso observar que el malagueño creaba monstruos de todos los géneros y en todos los formatos (también esculturas por supuesto) y que cada uno de ellos está tocado con la varita del buen gusto. Conozco muchos otros autores que fabrican monstruos sin lograr que traspasen la frontera de su condición de monstruos, a pesar de lo cual se les considera artistas reputados.

Los monstruos de Picasso son bellos en su fealdad. Claro que cuando llevas viendo pinturas y esculturas cerca de una hora, llega un momento en que necesitas desconectarte. A mí siempre me pasa en estas macro exposiciones. La mirada se detiene en otros detalles como la cantidad de vigilantes que controlan la situación sentados en sillas entre los cuadros. Un trabajo duro y aburrido. La mayor parte del tiempo no pasa nada. Pero mi mujer saca un botellín de agua para refrescarse y de inmediato se le acerca una vigilante camuflada y le advierte de que guarde la botella, que no está permitida. Lo entiendo al recordar la agresión que sufrió el Guernica, ahora expuesto a los ojos embelesados de los visitantes con la única defensa de un cordón y la presencia de dos vigilantes. Si alguien pisa junto al cordón, suena un zumbido molesto. Y suena sin cesar porque los turistas se aprietan en primera línea hipnotizados por el mural.

Hace rato que las obras pasaron a un segundo plano. Me pregunto cuántos de los presentes son vigilantes camuflados y cuántos son figuras de Picasso que los organizadores han añadido para crear ambiente. Porque llega un momento en que cuesta distinguir quién pertenece a la muestra y quién no. Es difícil creer que la magnífica organización haya ido tan lejos en los detalles. Sin embargo con la multitud que se arracima ante los cuadros se podría componer una exposición paralela, también de Picasso. Me pregunto si nosotros mismos hemos sufrido la transformación. Si una vez reunidas en la retina equis figuras, uno termina contagiándose del mundo del artista malagueño hasta tal punto que acaba pareciéndose a ellas, del mismo modo que Romà Gubern observaba que muchos espectadores de una película de vaqueros abandonan la sala con las piernas arqueadas y las manos dispuestas a acariciar la culata de sus pistolas.

Salimos de la exposición con Picasso reimpreso en la retina. Las obras de arte, como los paisajes, nos enriquecen de un modo engañoso: parecen perderse a medida que nos alejamos. Sin embargo, ya en la metrópoli, entre dimensiones desmesuradas para nosotros que venimos de un tamaño familiar, entre el tráfico y los rascacielos, seguimos viendo personajes de Picasso dispersos y disimulados por el bullicio, pero presentes aún, como las huellas de su arte en las imágenes publicitarias. “Yo no busco, encuentro”, afirmaba. Venimos de que nos encuentre.

Cambio de paisaje

Eres lo que comes, denuncia un tópico aún no suficientemente asimilado. Y sin embargo, por la misma razón, acabas siendo también lo que tocas, lo que hueles, lo que oyes y lo que ves. Al fin y al cabo establecemos nuestra relación con el mundo a través de los sentidos y sólo podemos ser lo que ellos nos invitan a ser. En especial el de la vista, por el que los humanos del siglo XXI recibimos más del 75% de la información. Si todo esto es cierto, mi amiga Manoli ha empezado a ser ya otra persona distinta de la que había sido hasta ahora. Hasta hace unas semanas, en su salón lleno de pinturas había dos paisajes muy especiales porque eran de verdad y se extendían al otro lado de sendas ventanas. Se asomaban a la rambla de Chinchilla y a los parajes conocidos como La Raya y San Miguel, verdes de chopos, almendros y olivos pertenecientes a las huertas familiares y también de los matojos y pinos crecidos espontáneamente en el valle y en las laderas.

Por supuesto no sólo eran de Manoli y de sus ventanas, sino de cualquier vecino que se acodase en el muro que bordea la ciudad, sobre el que antaño se elevaba la muralla de la ciudadela. También de cualquier visitante que necesitase limpiar su mirada de otros asedios cotidianos, como las cuatro paredes de una oficina o cualquiera de las estrecheces urbanas. El paisaje, como las puestas de sol o los amaneceres, son bienes imposibles de inventariar, lo que conmina a los aficionados a ponerle precio a todo a considerar que no son bienes. “Confunde el necio valor y precio”, dejó escrito Antonio Machado, en una sentencia cuya verdad crece con los años. De este modo, los munícipes de Chinchilla no sentían que este paraje fuera parte del patrimonio de la localidad. Ni ellos ni los constructores que verdaderamente gobiernan en el municipio veían en esas hectáreas de verdura, un tanto descuidadas (todo hay que decirlo), más riqueza que la que se les podía succionar urbanizándolas.

Y así una mañana, al abrir las ventanas, Manoli descubrió cómo los buldócer habían empezado a derribar los chopos y a roturar las hierbas de La Rambla, sin ningún tipo de protocolos, a lo vivo, como se hacen esas cosas. Es cierto que han anunciado que plantarán detrás de la montaña muchos árboles, pero eso pertenece todavía al capítulo de las promesas, mientras que lo devastado es ya tan real que no tiene vuelta de hoja. Cualquiera puede imaginarse que Manoli sintió nostalgia anticipada de lo que se estaba muriendo. Lo primero que le dolió fue no haber tomado fotografías para recordar y mostrar cómo había sido el paraje antes de convertirse en una sucesión de calles asfaltadas, aceras y chalés. Cuando paseemos sobre esa superficie artificial, ni siquiera reconoceremos los antiguos accidentes del terreno. Mucho menos aún la vegetación perdida.

Dinero para hoy y hambre para mañana. Porque a quién le va a interesar mirar un valle inundado de chalés (o de lo que sea) como los que abarrotan la costa mediterránea, en la que al menos aún queda el consuelo de asomarse al mar. De este modo, por enésima vez, una de las plazas más hermosas de la provincia sigue perdiendo patrimonio y belleza por la falta de sensibilidad de quienes toman las decisiones. Lo malo es que su ceguera nos afecta a todos, nos cambia, obligándonos a mirar el paisaje y la vida desde el rasero de sus bolsillos.

Incunables

En Los Llanos se reunió Negrín con sus generales en retirada, en Chinchilla estuvo preso César Borgia, las rejas de la Diputación guardan muescas de la bomba que mató a unos brigadistas. Buscamos las vibraciones de un personaje que apenas pasó unos minutos o unas horas en el lugar donde intentamos recogerlas. Y sin embargo, el Archivo Histórico ha expuesto durante un mes más vibraciones históricas de las que puedan flotar sobre cualquier lugar de la provincia. Una exposición de recolectores de vibraciones, porque se trata de libros incunables, es decir editados hasta el año 1500 inclusive con imprenta de tipos móviles. Libros que nacieron del trabajo de varias manos y que han pasado después por muchas generaciones de manos antes de llegar a nosotros. No siempre para ser leídos. Por ejemplo Francisco Mendoza, comisario de la muestra, sospecha que a una primera edición de las obras de Julio César le faltan las primeras y últimas hojas porque fueron utilizadas como papel higiénico.

Pero eso son accidentes necesarios que revalorizan lo salvado. Se calcula que se tiraron 28.000 ediciones de libros desde que Gutenberg ajustó la imprenta de tipos móviles en 1452-53 hasta que se terminó el siglo. Eso significa más de medio millón de ejemplares, de los que sólo un millar se imprimieron en España. Pero la exposición del Archivo ha acogido los que se conservan en la provincia de Albacete, que proceden de distintos puntos del globo. Están por ejemplo dos páginas de la primera biblia (de 42 líneas) de Gutenberg y también el primer libro de viajes de la historia, con un grabado de la ciudad de Venecia de más de metro y medio de largo que no cabe entero en la vitrina. Una maravilla que imprimió el calígrafo Peter Schöeffer, uno de los dos socios de Gutenberg (el otro era el capitalista Johann Fust). Además hay que señalar que el de Maguncia sólo recreó un invento que ya usaban en China desde el siglo XI y que no logró hacerse rico con la empresa con las que tantos se han forrado y se siguen forrando.

La exposición del Archivo Histórico ha reunido tanta vibración y tan bien expuesta y explicada que entrar en el recinto significaba automáticamente cambiar de siglo. Contribuían al efecto los paneles divulgativos y la maqueta de la imprenta de Gutenberg confeccionados por José Carlos Molina con maña de artesano medieval. También es suyo el diseño del catálogo, capaz de poner al día al más lego en la materia. Y ahí estaban los manoseados libros de horas, las medias hojas del diccionario hispano latino de Nebrija (probablemente rescatadas de las tapas de otro libro, que aquí se aprovecha todo) y también algún que otro incunable mexicano. Algunos han descansado cinco siglos en la estantería de un convento sin ser ni acariciados. Y junto a ellos, la estrella de la exposición, un cuaderno de alcabalas del Doctor Díaz de Montalbo, el único ejemplar que se conserva. Tanto apreciaban los Reyes Católicos la sabiduría de este hombre que le enviaron a su casa de Huete al impresor en 1484 (con la presa cargada en un carro, algo habitual en la época), para que enumerara a los exentos de pagar los impuestos reales, que eso son las alcabalas. Me lo explica el comisario Mendoza con su tono minucioso y erudito, su acento pasado por París y Barcelona, y su retranca de tímido. Luego confiesa que lo más parecido que ha conocido a un éxtasis místico lo experimentó al sopesar el códice del Poema del Mío Cid en la Biblioteca Nacional, cuando aún se fiaban de los estudiosos.

A vista de pájaro

A veces nuestra vida no nos parece vivida hasta que no la miramos desde lejos. De hecho el turismo es una excusa para mirarse con perspectiva desde un lugar desacostumbrado del mapa donde parecemos otros sin dejar de ser los mismos. Pienso en ello mientras contemplo las fotografías que ha expuesto Fernando Medrano en Internet (www.fmedrano.com). Instantáneas por ejemplo de Barrax tomadas desde el aire, es decir a vista de pájaro. En ninguna de ellas se ven personas; aunque se adivine alguien dentro de un tractor diminuto y lejano que deja tras de sí una polvareda casi etérea. Más que personas las fotografías nos muestran las huellas que las personas han ido dejando sobre el terreno mientras lo modificaban, mientras iban creciendo y multiplicándose sobre él.

Dicen que a los cuarenta años uno tiene la cara que se ha ganado. Después de tantos siglos de uso, el campo presenta una acumulación secular de arrugas, pero a ras de tierra no se aprecian, todo parece uniforme y monótono. Sin embargo, desde la altura los caminos son líneas que se acercan sin llegar a tocarse, hay senderos que corren paralelos a la autovía, curvas frutales, casi sensuales, que forman los linderos, fronteras entre los barbechos y los bancales cultivados. Hay un árbol frondoso que sirve de bisagra a un camino que cambia bruscamente de dirección bajo su copa. Y cada trazo es un mensaje. Detrás de cada una de esas curvas y ángulos hay una larga costumbre compartida. En medio de esas líneas delgadas ha caído el sudor, se ha experimentado la preocupación, el miedo, también la alegría, algún que otro escarceo amoroso. Aunque desde la altura sólo quedan las huellas, las arrugas del trabajo que ha brotado de estas experiencias.

Fernando Medrano ha sabido sacar partido plástico a los matices. Son fotografías muy hermosas todas ellas, aderezadas con citas de corte machadiano, como la que se pregunta “para qué llamar caminos a los surcos del azar”. Antonio Machado no supo encontrar otro refugio de su propia vida que sus paseos y los poemas en los que fue depositando sus cicatrices vitales, las curvas que trazaba el Duero en torno a Soria, las colinas plateadas, los grises alcores, las cárdenas roquedas por las que transcurría. El corazón del viudo aún joven que era se acompasó con estos paisajes que terminan pareciéndosele como si hubieran emanado de su profunda tristeza. Sus citas encajan en los secos campos de nuestra comunidad, donde unos pocos árboles puntean de verde la fotografía, en medio de texturas sinuosas y lienzos ocres.

Pienso en cómo se verá desde esta altura el millón de árboles que han prometido plantar en un tercio de la sierra procomunal de Chinchilla, un auténtico bosque, una ciudad vegetal que en el mejor de los casos necesitará espacio y tiempo (y lluvia) para tomar consistencia. Si son las especies apropiadas, no llegaremos a verlo en apogeo, porque las especies del bosque de transición mediterránea tardan en cuajar, no como esos pinos que pasan de pimpollos a adultos en un soplo. Cuando salgo a correr me pregunto cuál de ellos fue el que yo planté siendo un zagal, en una excursión del colegio que ahora veo con la vista de pájaro que dan los años, tan lejos que no sé si fue cierta. Contemplo los campos inmortalizados por la cámara aérea de Medrano, y se me van los pensamientos y me salgo de mí, como suele ocurrirnos cuando contemplamos arte de verdad, que vemos nuestra propia vida como si no fuera nuestra.

Río fantasma

Como se dice de algunas personas que mueren de forma accidental, los ríos tardan un tiempo en comprender que están secos. A lo largo de su curso la brisa mece los chopos, cantan los jilgueros, el cielo se refleja en los últimos charcos y reina en el lecho un rumor como de aguas que corren, que a lo mejor es una ensoñación de las piedras, igual que las caracolas marinas conservan el rumor del mar incluso cuando llevan años sirviendo de adorno en la estantería de un despacho. Hasta los peces que no murieron hace 13 años en la anterior sequía boquean bajo el puente de Cuasiermas creyendo que sobrevivirán a esta nueva agonía. Pero la realidad es que a lo largo de esos ocho kilómetros que siguen al embalse de Alarcón, el río sólo se ha mantenido vivo en los mapas físicos donde los escolares estudian la geografía de Castilla-La Mancha.

Hace veinte años, en Cerdanyola, tuve ocasión de convivir con un río que allí llaman Sec, pero que sin embargo fluía por un cauce artificial de cemento, con más aspecto de canal que de río. Cierto que aquella sustancia viscosa no parecía agua en el aspecto ni en el color (con el sabor no me atreví a experimentar), pero cierto también que por las noches, cuando se establecía el silencio de la ciudad dormitorio, uno escuchaba el canto de aquel líquido y era como si el río embrujado tuviera permiso para desembarazarse de su hechizo en las horas en que nadie lo veía. Por las noches sonaba como un río de verdad. Del mismo modo, se puede pasear por la Rambla del Agua en Chinchilla, donde yo nunca he visto agua, y aún se siente bajo los pies el temblor delgado del agua, o a lo mejor sólo su añoranza.

Miramos al cielo pidiéndole más lluvia, como si el cielo tuviera culpa de algo. Pero tendría que caer un auténtico diluvio de semanas, un monzón entero (que no nos gustaría tampoco) para que el acuífero 18 volviera a unos niveles aceptables, para que los pantanos respirasen y nosotros con ellos. Dicen los ecologistas que todo se reduce a un problema sencillo de contabilidad: entran ciento ochenta hectómetros y gastamos más de trescientos. Así hasta que se acabe. La sequía es una catástrofe lenta, y por tanto fácilmente controlable. No es tanto acarrear camiones cisterna y promover faraónicos trasvases con los que se desnuda a un santo para vestir a otro, sino poner al mando de la situación a un buen contable de los de antes, con manguitos y con más interés por el futuro que por el presente.

Después de haber creído que beberíamos para siempre agua del Júcar, volveremos a beber el agua de los pozos, filtrada con carbono para aliviarla de olor y de sabor, aunque tal vez no lo suficiente de los nitratos acumulados. O sea que seguiremos acarreando bidones de agua del supermercado, do mana el agua más clara (en algunas etiquetas dice que procede de Valencia, pero vete a saber), y entre trago y trago cerraremos los ojos para soñar que bebemos el agua de una fuente que murmura al arrullo de los grillos. Y cuando salgamos al paisaje seguiremos presenciando las irisaciones de los pivotes que inundan los maizales. Pero no son ellos quienes tienen la culpa. La culpa es de quienes ponen a los lobos a cuidar el rebaño de las aguas, no sé si porque aúllan más fuerte o porque dan más miedo que los corderos. Y los corderos aquí seguimos, caminando por el cauce seco de un río que aún no se lo cree, una experiencia estremecedora. Como haberse colado en una película post nuclear.

A este lado del olvido

No recuerdo si he cerrado bien el coche y desando dos manzanas para comprobar que en efecto había echado el seguro. Pero si yo no lo recuerdo, ¿quién lo ha cerrado? ¿En qué estaba yo pensando? ¿Dónde estaba mi consciencia mientras mi mano pulsaba el botón de estacionar del mando a distancia? A veces la desmemoria nos somete a dudas aún más delicadas: sé que he conseguido aliviarme, pero dónde, en cuál de los lavabos del edificio donde trabajo. Espero no haberlo hecho en donde no debía porque confío en que mi piloto automático no comete esas torpezas. Pero hasta qué punto puedo fiarme de mi piloto automático. Y sobre todo, hasta qué edad podré seguir fiándome. El psiquiatra Luis Rojas Marcos intenta tranquilizarnos con la siguiente reflexión: lo preocupante no es perder las llaves, que eso le pasa a todo el mundo; lo preocupante es encontrar las llaves y no saber para qué sirven.

Somos memoria. Nuestra consciencia es memoria. Nuestra identidad se forma con los datos residuales del relato que nos vamos contando a nosotros mismos. Pero en ese relato no cabe todo, es necesario olvidar para dejar espacio a nuevos datos y que no se sature el disco duro. Desde hace unos años escribo un diario cuya lectura me permite, entre otras muchas cosas, anticipar los síntomas de la alergia que me visita todas las primaveras y también los remedios con los que intento paliarlos, pero que se desdibujan durante las tres estaciones restantes. Si no fuera por el diario tendría que estudiarme de nuevo y hacerme otra vez los análisis que ya dictaminaron que mi cuerpo se rebela contra el polen de las gramíneas y de los rodanos.

El diario es un mensaje que me envío a mí mismo de un año para otro, lo que me garantiza el reencuentro del que fui con el que seré, el renacimiento estacional. Un amigo me contaba el caso de un compañero suyo de trabajo al que habían extirpado parte del cerebro y que sufría lagunas de memoria que le obligaban a escribirse papelitos para recordarse las cosas. Pero terminaba olvidando dónde había guardado los papelitos, de tal manera que cuando los encontraba habían perdido actualidad y ni siquiera lograba interpretarlos. Los papelitos se le iban acumulando en los bolsillos para multiplicar su extravío. El orden es sólo un ingrediente más de la memoria. El científico del relato Paycheck de Philip K. Dick, descubre que el sobre con el que le pagan su último trabajo contiene en realidad un cúmulo de objetos que se ha enviado a sí mismo antes de que le borraran la memoria. El problema es establecer el orden de utilidad de cada uno de esos objetos; de que consiga reconstruirlo depende su supervivencia.

Uno llega a una edad en que es capaz de convivir con la vida olvidada, que es mucho mayor que la que se recuerda. Pero los escolares aún no han comprendido el significado del olvido. Se estudian un tema una semana antes del examen y ya lo dan por sabido, sin volver a mirarlo, como si los datos quedaran impresos de forma indeleble en su mente. Comprueban que no funciona y deciden estudiar siempre un día antes, para evitar el olvido. Nadie les explica que existen los repasos, que bien espaciados mantienen viva la lección en la memoria. Eso y disfrutar, porque recordamos más lo bueno que lo malo. Dice Rojas Marcos que el olvido es necesario para la convivencia. El que perdona pero no olvida termina acumulando demasiadas relaciones conflictivas, como la yo que mantengo con el que cierra el coche a mis espaldas.

Por una sociedad sin dimisionarios

Están pensando el modo de ir a Marte y eso que aún no nos conocemos a nosotros mismos. A lo mejor porque nos tenemos demasiado cerca. Será por eso que ha tardado tanto en asentarse una de las observaciones que hizo Sabuco hace más de cuatro siglos (1587): que los sentimientos influyen en la salud. Cabría añadir que en todo lo demás también. Y sin embargo llegó a ponerse de moda en el XIX la idea de que la razón lo puede todo. El siglo de las luces lo llamaron; ahora sabemos que era el de las pocas luces, porque los que mandan de verdad son los sentimientos. En cambio al siglo XX podrían llamarlo el de los focos, que se han dedicado a convertir en espectáculo lo que alumbraban, ya fuera un escarceo amoroso o una guerra mundial. El resto quedaba en penumbra, donde aún siguen muchas, demasiadas cosas.

Pero desde que Daniel Goleman se sacó de la manga la Inteligencia Emocional (1995) y consiguió la luz de los focos, las cosas han cambiado. El siglo XXI retomará al fin el mensaje de Sabuco y quizá, cuando se acabe, haya sido el siglo de los sentimientos. Son muchos los psicólogos, filósofos y gurús de distinto pelaje que se han apresurado a pregonar que la felicidad es posible si uno controla algunas técnicas. Tampoco parece tan complejo. Si se picotea aquí y allá, todos más o menos repiten con distintas palabras las mismas afirmaciones básicas: que los sentimientos empujan a la acción y que no podemos controlarlos, aunque sí podemos controlar las acciones a las que nos empujan.

En definitiva, que todos sabemos lo que es sentirse frustrado y lo experimentamos de vez en cuando, pero cada uno reacciona a su manera. Desde el que lo soluciona dándose un garbeo, al energúmeno que le propinaba una paliza a su mujer cada vez que perdía su equipo favorito. Nadie se libra de la frustración, pero puede prevenirla en alguna medida eligiendo proyectos coherentes con la imagen que tiene de sí mismo y con lo que se siente capaz de hacer. Se trata de saber motivarnos, mantenernos en el camino y aprender a demorar la obtención del logro. Como afirma en una entrevista Luis Rojas Marcos, la felicidad es entrenable como un músculo. Aunque la vida es muy compleja y nuestro equipo perderá tarde o temprano. Entonces habremos de saber controlar el impulso que nos provoca la frustración y canalizar nuestras reacciones.

Básicamente en esto se resume la famosa inteligencia emocional. Sin embargo, tanto como la ira, la depresión y la ansiedad, la frustración genera otra respuesta: la huida, la desconexión. Iñaki Piñuel, un psicólogo del trabajo lo ha descrito en su libro La Dimisión Interior. Dice que muchos empleados españoles padecen este mal que achacan a falta de comunicación en el trabajo, a no disponer de apoyo de sus superiores y a dedicarse a tareas aburridas y sin interés. Me digo, tate, si eso se aprende ya en la escuela, donde abundan los desconectados emocionales de lo que está sucediendo a su alrededor (y no sólo entre los alumnos, que este oficio es duro). Fracaso escolar lo llaman y no hemos encontrado aún el modo de atajarlo. Bastaría con evitar la frustración dosificándole las metas a cada alumno según sus necesidades. Pero para eso hace falta un sistema que no adocene, es decir más profesores y mejor preparados. Y que los alumnos vengan ya de casa sabiendo lo que son los límites, o sea el autocontrol. ¿Demasiado? Más lejos está la luna y hay quien dice que la hemos pisado.

Refranes

Las noticias no me llenan. Las leo para sentirme dentro del mundo, pero son de usar y tirar. Al día siguiente ya son viejas, lo que paradójicamente altera su valor. Si en una hora de aburrimiento cae en nuestras manos un periódico caducado, lo que más nos interesa no suele ser la portada, sino algún reportaje perdido en el corazón del diario que nos pasó desapercibido en la lectura del día de la fecha. Tal vez por eso mismo cada mañana abro el periódico con la esperanza de encontrar un artículo donde pueda aprender algo que me invite a pensar, un artículo que seguir recordando al final de la jornada, en el momento de hacer balance. Y aunque son muchos los periódicos que terminan acumulándose en el olvido nuestro de cada día, de vez en cuando se cumplen mis expectativas. Por ejemplo el lunes pasado leí en este mismo diario una entrevista a la paremióloga Julia Sevilla que aún estoy saboreando.

Antes que nada aclaraba que una paremióloga es una estudiosa de los refranes. Cervantes los definía como sentencias sacadas de la experiencia y El Quijote es un auténtico venero, sobre todo en la voz de Sancho Panza. Funcionan como eslóganes cargados de información útil y formulados de tal manera que resulta fácil recordarlos. Para ello utilizan muchas veces la rima y la medida de las sílabas, dos de las mnemotecnias más habituales en poesía. Según Julia Sevilla, en las décadas 70 y 80 se recomendaba no emplearlos en la escuela porque se los consideraba síntomas de empobrecimiento léxico, quizá por contagio con las reprimendas de Alonso Quijano a su escudero por usarlos sin tino. Aunque Don Quijote en realidad los apreciaba. La expresión completa de su reproche es esta: “Un refrán dicho a propósito es un gran acierto, pero decir refranes sin venir a cuento denota poca habilidad en el hablar”,

De donde se colige que es útil conocer refranes, si sabemos cuándo usarlos. Y parece que este es uno de los legados positivos que reciben los niños criados por abuelos: que saben dichos. Una manera tradicional de transmitir la sabiduría, una escuela ancestral. Rodrigo Rubio me contaba que su padre había cimentado una cultura sorprendente de leer y repetir los proverbios que acompañaban el almanaque de San Antonio (o uno de esos santos con almanaque, ya no recuerdo cuál). La dosis era ideal: un proverbio al día, o a la semana, o al mes; que diera tiempo a madurarlo, a entenderlo, a memorizarlo, a usarlo. Un ritmo apropiado a la vida de entonces, cuando entre sol y sol cabían unas pocas ideas que el interesado podía masticar hasta que echaban raíces en su cerebro y florecían en su vida.

En estos tiempos de vorágine, de mochila de libros para un solo curso, de materias variopintas con temarios que aún se antojan insuficientes, de profusión de tecnología audiovisual, de búsquedas en internet, en estos tiempos en los que adaptarse sin duda es necesario y perseguir la información como si fuera una estrella fugitiva se ha convertido en una obsesión, quizás estemos perdiendo de vista qué hacer luego con la información. Tal vez estamos descuidando la sencillez, la memoria, las raíces, el ritmo pausado del auténtico aprendizaje, que necesita salirse a la puerta al final de la jornada para hacer balance, para quedarse con un solo pétalo de la margarita del día, o de la semana, o del mes. Pero un pétalo que se incorpore para siempre al saber cotidiano. Por ejemplo, un refrán.

Al pan, pan..

Hoy voy a hablarles de magia. Porque Borges decía que la poesía es una magia menor. Se refería a que, cuando es buena, nos conmueve, altera nuestros sentimientos de una forma más o menos perceptible. Pero cada una de las palabras que componen el poema, incluso las palabras que no han figurado jamás en un poema, son pequeños conjuros. No hace falta que alguien con talento y con oficio las haya organizado de forma que fluyan con ritmo. Basta con que suenen, una a una, con el tiempo suficiente como para que descarguen en nuestro sistema nervioso la vida que han ido acumulando al ser pronunciadas por todos los que las han pronunciado antes que nosotros. Y tampoco hace falta que designen cosas agradables. Oímos o leemos la palabra retrete, y se abre una puerta por la que entran a nuestros sentidos olores e imágenes incómodas sobre las que mucha gente ha preferido correr el velo de otras palabras como váter, servicio, baño o excusado, palabras que a su vez se han ido cargando de sensaciones parecidas, aunque nunca idénticas a las de la palabra a la que intentan sustituir.

La globalización es un velo de velos que va escondiendo debajo de la alfombra vocablos incómodos, capaces de convertir a cualquiera que los pronuncie en un paleto o un descolocado. También vocablos que se están muriendo de viejos y que están perdiendo magia porque ya no se puede ver lo que designan, ha dejado de existir y ya no lo conocen quienes cuentan menos de sesenta años. Y no obstante, a pesar de las apariencias, la sociedad no es la misma en todos los sitios. En los pequeños pueblos las palabras envejecen más despacio, resisten mejor el empuje de la homogeneización, que en muchos aspectos no es riqueza, sino empobrecimiento. Tener menos conjuros es tener menos caminos para regresar al lado de las gentes de las que venimos, al abrigo consolador del pasado.

Por eso no es extraño que en un pueblo pequeño como Higueruela haya brotado un libro que recopila términos y construcciones en peligro de extinción. José Colmenero es el coleccionista que ha ido interrumpiendo partidas de dominó y rellenando servilletas de bares durante años para ofrecernos este viaje hacia un pasado herido, pero vivo aún. Pertenece a una tradición de pacientes compiladores que en Albacete cuenta con un patriarca mítico, el inefable José S. Serna, autor del Diccionario Manchego. Pero hay otros, algunos casi secretos a pesar de su mérito, como el Lexicario Paloteño de Emilio Quijano, o más eruditos como el de Teudiselo Chacón o el de Josefa García Payer. Colmenero los ha consultado en su flamante Al Pan, Pan… y Al Vino, Vino, que supera con creces la función de diccionario, ya que ofrece guías y mapas de Higueruela y sus alrededores, con una toponimia tan minuciosa que nadie más debería perderse en el presente ni en el pasado del municipio.

Abrirlo al azar por cualquiera de sus páginas (que es como hay que abrir estos libros) es volver a aspirar el olor familiar y cargante del fritorio, caminar bajo las canaleras, mojar en la pringue, ver a al abuelo sucumbir a la soñarrera, discutir con un camueso. En definitiva, volver a reencontrarse con las personas que mantuvieron con vida estas palabras, darse un paseo por este mismo lugar y sentir cómo era antes de ayer. Recuperar las cosas que dormían sin que nadie las llamara, asistir a su renacimiento como a una magia íntima. Un conjuro, ya digo.

Oliva o Miguel


“Este libro faltaba en el mundo, así como otros muchos sobran”, le decía Oliva Sabuco al rey de España don Felipe II, en la carta en la que pedía que la protegiera y le permitiera publicarlo. E impulsada por una audacia temeraria le rogaba también que reuniera un congreso de sabios para probarles entre otras cosas que, en contra de lo que se pensaba hasta entonces, el cerebro es el órgano donde reside la inteligencia, que distintas zonas del mismo rigen distintas habilidades y que las emociones influyen en la salud. Espeluzna no sólo el conocimiento, sino también la osadía de esta mujer de Alcaraz. Porque sentaba sus afirmaciones en 1587, en un tiempo en que la Inquisición quemaba a gente muchas veces por sospechas y otras sin ni siquiera tenerlas. La Nueva Filosofía de la Naturaleza del Hombre, que así se llama el libro, obtuvo el permiso real y vio la luz en una imprenta de Madrid. Oliva Sabuco contaba entonces 25 años.

Pero sólo un año después el Santo Oficio lo retiró de la circulación, condenándolo al ostracismo. Al menos en España, porque sabios de otros países se aprovecharon de esta circunstancia para atribuirse descubrimientos que eran de Oliva. Por si fuera poco, aquí se empezó a dudar de que la autora fuera una mujer. Al principio fueron sólo eso, dudas, hasta que en 1903 un registrador de la propiedad con aspiraciones de historiador, Marco Hidalgo, descubrió en los archivos un testamento del padre de Oliva, el Bachiller Miguel Sabuco, en el que afirma haber escrito La Nueva Filosofía. Nació entonces una pugna encarnizada entre dos grupos de investigadores: los olivistas (partidarios de Oliva) y los miguelistas (partidarios del Bachiller).

Durante todo el siglo XX han prevalecido las tesis de los segundos, hasta el punto de que el instituto donde trabajo se llama Bachiller Sabuco. Pero la batalla se ha reavivado estas últimas semanas con la aparición del libro El enigma Sabuco. En más de 400 páginas, Ricardo González desgrana cronológicamente las teorías que se han ido sucediendo y los documentos en las que se apoyaban, y las ilustra con nuevos documentos, que han permanecido inéditos durante cuatro siglos y medio, y que prueban entre otras cosas que Oliva y su marido andaban bien de dinero. El más revolucionario de los legajos transcritos es una carta en que la propia Oliva reconoce que su padre es el autor del libro y que le había pedido que lo firmase, pero que le devuelve la propiedad.

Parece elemental deducir que el Bachiller es el ganador de la batalla. Sin embargo, Ricardo González, el más apasionado de todos los olivistas, no se ha quemado las pestañas en los archivos para rendirse. Aprovecha la novedad para argumentar con solvencia y convicción que con un rey como Felipe II no se juega, y que si Oliva retó a sus sabios es porque estaba dispuesta a convencerlos. Que fue el miedo al Santo Oficio, que acababa de retirar el libro, lo que impulsó a la familia a ponerlo bajo la autoría del padre. El testamento y las cartas tienen fecha de ese mismo año, 1588, aunque parece que nunca fue preciso recurrir a ellos. Una historia misteriosa, fascinante, enriquecedora, viva aún en sus dudas, de la que deberíamos sentirnos orgullosos todos los albaceteños. Tan sólo una sombra la está sobrevolando: que olivistas y miguelistas se ataquen con saña y sin elegancia, como hinchas furibundos de dos vulgares equipos de fútbol. El autor (o los autores, cualquiera sabe) de La Nueva Filosofía les aconsejan desde 1587 que moderen sus emociones por el bien de su salud y de la de quienes los apreciamos y admiramos.

Lamar Herrin

Hay que ver lo lejos que puede llevarnos un cuento de apenas diez páginas. A Lamar Herrin lo trajo hasta Albacete, lo que es decir muy lejos si tenemos en cuenta que es estadounidense y que vive cerca de Nueva York. Aunque para ser precisos sólo se le encuentra allí siete meses al año. Los otros cinco se afinca en Valencia, la tierra de Amparo, su mujer. Pero cuando el martes pasado Herrin asomaba desde el foso de la estación de Renfe, con su aire inconfundible de guiri y su zancada larga como la de Gary Cooper en Solo ante el peligro, venía porque un día, hace ya muchos años, escribió un cuento titulado Last Respects. Un cuento que ni siquiera insinúa que exista Albacete. Todo lo más, en su traducción al castellano, menciona unas amapolas rojas junto al trigo que son más propias de aquí que de Oklahoma, la tierra donde se desarrolla su relato. Allí las amapolas son doradas.

Lamar Herrin es escritor. Ha publicado cinco novelas, dos de las cuales transcurren parcialmente en España. Y por cierto que sólo se ha traducido al castellano una de ellas. Todavía sigue inédita en nuestro idioma la historia en la que una joven norteamericana muere en un atentado de ETA y su padre viene desde la América profunda a buscar explicaciones que le ayuden a sobrellevar la pérdida. Tras dar vueltas y hacer preguntas en los caseríos y en los pueblos que sirven de caldo de cultivo al nacionalismo abertzale, concibe el desesperado proyecto de asesinar al líder político de la banda. Y no sigo contando para no pisarle el final al que tenga ocasión de acercarse a las páginas de La Casa de los Sordos. Para escribir esta novela, Lamar frecuentó las herrico tabernas e intentó empaparse del ambiente de los violentos porque asegura que necesita tomar contacto con los lugares sobre los que escribe.

Por eso había visitado ya Albacete, más concretamente Tarazona, hace quince años, en busca de notas para una historia sobre las Brigadas Internacionales que aún está en proceso. Nada que ver con la visita que cursó a nuestra ciudad el martes pasado para hablar de una pareja que recorre en coche las llanuras de Oklahoma, bajo un calor achicharrante, en busca de una mujer que murió joven. Una mujer de la que estuvo enamorado en su juventud el protagonista y cuya evocación va creciendo cuando la esposa decide que buscarán el cementerio donde la enterraron. El paisaje se adueña de la historia y termina impregnando al lector. Diez páginas para perderse en Oklahoma, para emocionarse con el desconcertante final.

Pero no era el final. Como si el destino quisiera intervenir, un escritor albaceteño había leído el cuento en la universidad y quedó impresionado por esas diez páginas. Luego lo olvidó durante veinte años, hasta que reapareció amarillento en el fondo de una carpeta. Hoy no existen las distancias. Internet le permitió localizar al autor y contactar con él. El resto es amistad y entusiasmo, el que llevó al escritor albaceteño Eloy Cebrián a traducir el cuento y a difundirlo, a invitar a Herrin y a traerlo sin ayudas institucionales, para que hablara ante el club de lectura de la Biblioteca Pública y ante los alumnos del Bachiller Sabuco, por el mero afán de compartir su pasión. Profesor jubilado de Cornell, una de las grandes Universidades de Estados Unidos, Herrin continuó en las llanuras de Albacete aquel viaje iniciado en Oklahoma. No sabemos si para terminar el cuento o si el destino aún le reserva algún capítulo en la manga.

El otro

Definimos las cosas por oposición, nombrando las características que las diferencian de otras cosas. Las personas, cuando tenemos que definirnos, también buscamos los detalles que nos singularizan, por ejemplo el nombre o el apellido, si son poco habituales (lo que suele ocurrir con los que llegan lejos, que nunca firman García, Sánchez o Martínez de forma escueta). Cuando los nombres no bastan, buscamos delante del espejo otros rasgos que nos identifiquen, decantándonos siempre que podemos por el perfil bueno de nuestras singularidades. Porque de resaltar lo malo ya se encarga el otro (entendiendo por el otro el que necesita diferenciarse y no encuentra rasgos destacables en sí mismo). El otro se sacude la vulgaridad pregonando que no es tan calvo como nosotros, o que no le silban las eses, o que no tiene las cejas puntiagudas. También puede aludir al pasado (tú hiciste esto con el terrorismo, tú dejaste de hacer aquello con los inmigrantes, etcétera) e incluso al pasado que nunca sucedió.

El otro puedes ser tú mismo cuando eras un adolescente o cuando llegues a ser un anciano. Nadie te conoce mejor, nadie es más incapaz de engañarte. Y sin mentiras, la conversación pierde su gracia. Borges, ya setentón, coincide en un cuento inolvidable con el veinteañero que fue, charlan durante un rato y al final se convence de que la conversación ha sido real para él pero sólo un sueño para su versión juvenil, porque jamás se le habría olvidado una experiencia tan intensa. Cierto que Borges paseó tanto su ceguera por los laberintos y los espejos que su propio rastro se emborrona. Llegaron a decir de él que era sólo un actor encarnando a un grupo de escritores anónimos que firmaban todos Jorge Luis Borges. Un periodista audaz le preguntó si el bulo era cierto. “Qué maravilla, ojalá”, le respondió el autor de El libro de arena.

Todos tenemos un otro rondando más o menos lejos. El mío (o los míos) llevan toda la vida manifestándose en la distancia desde que unos amigos me aseguraron que antes de conocerme en Barcelona ya me conocían de verme paseando por León, ciudad que por entonces aún no había visitado. Luego nuevos amigos me han situado en lugares variopintos de la geografía, eso sí, siempre nacional, tales como El Ferrol o San Sebastián. Pero cuando yo llego a esos sitios, mi sosias parecía haberse diluido, por lo que aún no he tenido el placer de conversar con él. De encontrármelo le preguntaría si también se resigna a ser el duplicado de otra persona. Igual pronto encuentro la ocasión porque se va volviendo cada vez más temerario y en el último año ya hay quien jura haberme visto entre el público de un partido en Villarrobledo o en una conferencia en el Casino Primitivo, lugares donde no estuve pero podía haber estado.

Cuando el otro es un tipo relevante, de los que andan por la alfombra roja, creces con él. Pero si es también anónimo y tan capaz de confundirse entre el público del fútbol o de un acto cultural, puede que esté dando sus clases en el aula paredaña a la tuya y que ni siquiera os hayáis percatado del parecido. En todo eso pensaba la semana pasada mientras dos tipos se esforzaban por diferenciarse en televisión con un árbitro de por medio. Cuanto más se esforzaban, más se parecían. Toda una tormenta mediática los había aislado para que se jugaran el país en una charla, como la de Borges, aunque más enconada. Y estaban desaprovechando la ocasión de aceptar sus semejanzas. Un tercero les habría ayudado mucho. Por eso no le invitaron.

Cuentacuentos

La Verdad y la Mentira tenían sus propios territorios, pero un día se pelearon. Blandieron sendos machetes y se segaron el cuello al mismo tiempo, de tal manera que sus cabezas rodaron por tierra. La Verdad tanteó a su alrededor en busca de la suya. Creyó haberla encontrado y se la colocó como pudo. Era la cabeza de la Mentira. Ésta a su vez había palpado su entorno y por azar se había apropiado de la cabeza de la Verdad y se la había encajado en el cuello. Desde entonces la Verdad va por el mundo con la cabeza de la Mentira y la Mentira camina con la cabeza de la Verdad. Es un hermoso cuento, original del corazón de África, que demuestra que la confusión es tan antigua como el mundo y que los cuentos sirven para explicarla y también para aumentarla, según cómo se utilicen.

Los humanos somos devoradores de cuentos, y no sólo en la infancia. Si hacemos recuento de cualquiera de nuestras jornadas, nos sorprenderá comprobar la cantidad de horas que invertimos en saborear narraciones, ya sea escuchando por ejemplo radio, cotilleando que es más tradicional, viendo televisión o por supuesto leyendo. Nos gustan tanto los cuentos que nuestra propia vida es un relato que nos vamos contando a nosotros mismos. La historia del mundo es una gran novela compuesta por millones de pequeños cuentos que se entrelazan. Ni uno solo de ellos nos dejará indiferentes, sobre todo si está bien contado, porque como señaló McLuhan hace casi medio siglo “el medio es el mensaje” (para entendernos, que el mismo chiste puede hacernos reír o dejarnos fríos, según quién lo cuente y cómo).

El propio McLuhan utilizaba una cita de Hércules Poirot, el detective de Agatha Christie, para definir la Verdad: “es todo lo que patea el tablero”, o sea lo que nos impacta, dando a entender que la verdad emocional se sobrepone siempre a la racional, a la del mero sentido común. Nada nuevo por otra parte. Edward Bernays, sobrino de Freud, se convirtió en un gurú de las relaciones públicas tras conseguir, entre otras cosas, que desaparecieran los tranvías en Estados Unidos (para que los fabricantes de coches hicieran su agosto), que las mujeres descubrieran el cigarrillo (y se forraran las tabaqueras), y que no se prohibieran los aditivos en la agricultura (para que medrasen las compañías químicas). Además consiguió tirar abajo al presidente guatemalteco Arbenz (para que no expropiara las tierras de la United Fruit Company, muchas de ellas en permanente barbecho). Todo ello con unas cuantas historias bien contadas en los altavoces apropiados. Tan genial que se le cita como modelo. Un gurú, ya digo.

Claro que ya en los años 40 Goebels, ministro de propaganda del III Reich, había desarrollado un decálogo de principios para desfigurar la realidad en beneficio del partido, por ejemplo aquello de que repetir mil veces una mentira termina dándole peso de verdad. No es arqueología, funciona y se usa cada vez más. La Verdad científica con cabeza de Mentira. El modo en que los medios de comunicación contribuyen como altavoces, lo quieran o no, puede consultarse en “Producción de la realidad y diarios de referencia dominante”, un estudio internacional publicado en España en 1982. En fin que, para no salirme de la realidad, en estas semanas de intensa campaña electoral española y estadounidense, he decidido acogerme a los cuentacuentos tradicionales, o sea someterme a una dieta de novelas y de cine. A mi aire.

Un pez que va por el jardín

A menudo confundimos las emociones, que suelen manifestarse acompañadas de alguna señal física, como pálpitos, sudoración o una breve suspensión del proceso respiratorio, con las pasiones, que no son otra cosa que emociones que empujan a la acción. En cualquier caso, nos parece que sólo estamos sintiendo cosas si nuestro cuerpo lo nota. Y sin embargo la vida es un largo viaje de minúsculos sentimientos, la mayoría de ellos imperceptibles, que se confunden con el mar de la rutina, pero que van dejando huella en nuestro estado de ánimo primero y que se acumulan para trazar a largo plazo las líneas maestras de nuestro carácter. No hay una sola de esas cosas pequeñas que no haya influido en lo que te ha pasado ni en lo que está por pasarte, como avisaba un personaje de Chejov y como recreó luego Borges en uno de sus poemas.

Quizá sea por cierto esta una de las funciones útiles de la poesía: señalarnos las pequeñas cosas de nuestra vida, permitirnos comprender que desatan en nosotros emociones y de este modo ayudarnos a que las hagamos conscientes, es decir a que las convirtamos en sentimientos, que son emociones domesticadas, por así decirlo. Claro está que el poeta no piensa en todo eso cuando escribe. Se deja arrebatar por las palabras, que son cápsulas en las que viaja el sentimiento, e intenta organizarlas siguiendo unas pautas que ha heredado de sus maestros y que constituyen el oficio del poeta, su varita mágica.

En cualquier caso, una de las corrientes de la poesía de todos los tiempos, con claras raíces en el mundo oriental, se concentra en las cosas pequeñas de la vida. Y uno de mis autores favoritos de esta corriente es José Corredor-Matheos (Alcázar de San Juan, 1929). No soy el único al que le gusta porque con su libro anterior, El don de la ignorancia, obtuvo el premio nacional de poesía en 2005. Es aquel un libro tan hermoso que crece conforme nos alejamos de él, exactamente como ocurre con el vuelo de las aves. Habla de la importancia de una mosca, de que el gorrión no sabe que es gorrión, de cómo el infinito cabe en un cántaro, de cómo la realidad se adelgaza hasta alcanzar el espesor del canto de una hoja, del fugitivo placer de la inexistencia, de que en la luz está el misterio de lo permanente.

Ahora Corredor-Matheos ahonda en aquellas sendas con un nuevo libro, que lleva el desconcertante título de Un pez que va por el jardín. Un libro que huele a árboles y a pájaros, escrito por un estoico que oscila entre lo naíf y el budismo zen. Insiste en que la razón es un lastre: “cómo cuesta aprender / a ver las cosas / que comparten tu vida”. Nos dice que “no hay soledad que pueda compartirse”, pero que uno puede enriquecerse si es capaz de ver las cosas, simplemente: “contemplas ese perro / vagabundo / y te sientes perdido / como él”.

Son poemas caminados, que se debaten en ese umbral casi imperceptible entre el sentir y el pensar: “Qué dolor alejarme / de estos árboles / y olvidar lo que soy: / sólo un árbol en busca de raíces, / bajo el brillante manto / de la lluvia”. Cierto que sus intensidades están algo más diluidas que en el libro precedente, pero también cierto que nos susurra que nuestra verdadera vida está en lo pequeño y en lo cotidiano y que se nos escapa si dejamos que pase sin contemplarla por ir siempre en busca de emociones más fuertes: “Hay algo que me dice / que ni el sauce ni nada / de lo que fuera mío / he de considerarlo / perdido para siempre.”

Miércolas

El miércoles pasado, conocido por miércoles de ceniza, como todos los años desde hace doce, algunas mujeres de mi pueblo se levantaron muy temprano, antes de que cantaran los gallos, para que les diera tiempo a apuntalar y a colocar con mimo los personajes que llevan preparando desde diciembre. Cuando salimos a la calle, los monigotes ya estaban esperándonos frente a las puertas y los portones de las casas, en los soportales, delante de las columnas. Para quien no los haya visto, son muñecos de tamaño humano, elaborados a propósito con tosquedad, para que se parezcan a los que se sacaban en tiempos remotos, antes de que se perdiera la costumbre, que eran de paja y que iban vestidos con las camisas desechadas y los pantalones y las faldas más zurcidos que contuviera el arcón. Fina Ortega y sus socias de Antigua Tradición han conseguido devolver a la normalidad de la vida, a la rutina del año, este acontecimiento singular con el que acaban los carnavales y en Chinchilla se quema la sardina.

Amaneció soleado, es decir que el tiempo acompañó, aunque fuera a costa de este veranillo inquietante que nos está regalando febrero. Y fueron muchos los chinchillanos y también los albaceteños, que se asomaron a ver la escuela de Miércoles en la puerta del Sol de la iglesia, y el nacimiento con cigüeña de la puerta de la Dalia, y los dentistas en distintos lugares, y las bordadoras, y los espigadores, y hasta a una pareja en moto, entre otras muchas ocurrencias. Me contaba Santiago los sudores que le había costado enderezar la moto atándola con cables a las rejas, y luego conseguir que los muñecos permanecieran firmes sobre su lomo. Pero el trabajo mereció la pena porque ganó el primer premio, aunque ni él ni la mayoría de los que sacan Miércoles pensaba en el concurso (que es una añadidura institucional) porque disfrutan más con ver que la gente pasa y se asoma a mirar qué dicen los monigotes a través del cartel que llevan pegado al pecho, que suele contener chanzas rimadas, confusas malicias sin maldad.

A la hora del café es costumbre recorrer en grupo el circuito formado por todos los Miércoles detrás de una charanga que interpreta canciones de carnaval. Las mesas camilla que los acompañan ofrecen entonces la mejor invitación, a veces unos rollos de vino, o unos bizcochos regados con mistela que saben a delicia y que desaparecen como por ensalmo de los platos que sostienen sus creadoras. Algunas recuerdan que en la parte alta del pueblo llamaban a los monigotes Miércolas y que las subían con cuerdas, una vez ensilladas, a las ventanas altas y los balcones de las casas. El rumor de los recuerdos se agita con la música y con la mistela para ir añadiendo alegría a la comitiva conforme avanza por las calles sinuosas, y al final muchas mujeres se enlazan de los codos y avanzan bailando al ritmo de la charanga.

Viéndolas se despereza la memoria incluso de lo que uno nunca ha llegado a ver. El pueblo se aleja del presente para volver a ser el pueblo de sus raíces, con la alegría de todas las generaciones fundida en esas mujeres, en nosotros mismos que las observamos con la sonrisa puesta, con la mirada tropezando de pronto en rincones, aleros, murallas de la ciudad que siempre han estado ahí, pero que de no ser por esta correría jamás hubiéramos descubierto. Necesitamos los ritos para que nos devuelvan al ser tribal que fuimos, para sentirnos herederos de un lugar, de una costumbre, para no perder el pie en el torbellino sin alma de la tecnología.

Ondas inquietantes

Un hombre va a la misma cafetería de todas las mañanas en el centro de Viena y se desayuna leyendo como siempre el periódico. Su vida y sus costumbres le parecen tan sólidas, tan refrendadas por la rutina, que ni siquiera se plantea que puedan cambiar. Y sin embargo, por curiosidad, lee la lista oficial de judíos considerados réprobos y ve que su nombre figura en ella. Hasta este momento ni siquiera se sabía judío. Pero de golpe comprende que el mundo que instantes antes le parecía casi eterno en su solidez empieza a resquebrajarse, que el camarero, que hoy le atiende solícito, mañana puede echarlo a patadas, que perderá su dignidad, su casa, hasta las posesiones que hoy considera más personales, incluso es probable que la vida. De un modo u otro, todos los personajes de “Sefarad”, un libro imprescindible de Antonio Muñoz Molina, viven este despojamiento impuesto bruscamente por agentes exteriores.

Se lee con el corazón en un puño y el alma fascinada con la prosa, pero se lee como algo del pasado, porque nos parece que nuestro propio mundo, con sus imperfecciones, es más sólido, más inmutable que el del siglo XX. Así pensaba mi amigo Federico. Su hija contrajo un cáncer, pero esta es una cuestión que asociamos al azar: todos llevamos boletos y alguna vez puede tocarnos. Luego supo que en el piso de abajo había otro caso; a veces la casualidad es caprichosa. Pero él vive en un séptimo y hay un enfermo en el sexto, otro en el quinto y otro en el cuarto de su mismo portal. Hay uno más en el mismo bloque y tres niños en el colegio de San Antón, que está detrás. Ni siquiera el azar es tan veleidoso. Lo saben los científicos (Einstein dejó dicho que Dios no juega a los dados con el universo).

Todos los enfermos de cáncer (que se sepa, en total suman diez) viven a menos de cincuenta metros de un repetidor de telefonía móvil. Por supuesto, los afectados se han puesto a investigar y han averiguado que el repetidor funciona desde el año 2000 a pesar de que no cuenta con la licencia de actividad ni de obras. Ninguno las tiene a pesar de que llevan años funcionando y de que hace al menos uno que se agotaron los plazos. En 2001 el mismo Ayuntamiento en pleno instó a que se desmantelasen al menos siete de los repetidores (entre ellos el que nos ocupa) por encontrarse cerca de colegios y zonas sensibles. Desde luego la orden no lleva trazas de cumplirse. Como existen estudios que relacionan las ondas electromagnéticas con el aumento de los casos de cáncer (por ejemplo: Horst Eger y otros. Naila, 2004), los afectados exigieron que se cumpliera la ley o, por lo menos, que se aplicase el principio de precaución de la Unión Europea.

Para su sorpresa y desesperación (la de quienes intuyen que sobre la inocente rutina de sus vidas y las de sus familiares se cierne la sombra de un peligro), los concejales tardaron en recibirlos e intentaron convencerlos de que no pasaba nada. Ya no sabemos prescindir de los móviles, los móviles necesitan repetidores cerca y sin embargo su cercanía es peligrosa. Una ecuación compleja que prueba la capacidad de nuestros concejales para encontrar soluciones eficientes y rápidas, que para eso los elegimos, no para echar balones fuera. Entre tanto, y como al pobre austriaco que ni sabía que era judío, a Federico y sus vecinos el azar los tiene convertidos en ciudadanos de segunda. Pero no el azar de la enfermedad, sino el de la zona urbana en donde tienen sus casas, viven sus vidas y duermen sus hijos. Podía habernos tocado a cualquiera, incluso a los responsables municipales.

Pepe Otal

Un hombre que no había vuelto a afeitarse la barba desde que le obligaron en la mili no podía ser convencional ni siquiera a la hora de morirse. Pepe Otal (Albacete, 1946) tenía estudios de ingeniería técnica y fue escultor y pintor, y él contaba a quien quisiera escucharle que había sido marinero, incluso náufrago, lo que encajaba muy bien en su aspecto de viejo lobo y de perenne pipa en la comisura de los labios. Pero su leyenda irá creciendo poco a poco desde el papel de titiritero, devoción a la que consagró los mejores años de su vida, incluido el último aliento. Y esto es literal, porque como los actores de raza, como el propio Molière, Pepe Otal se murió el verano pasado sobre el escenario en el que acababa de rematar una de sus representaciones de “La Divina Comedia” de Dante, adaptada para sus marionetas. La historia me la contó el Juli, el otro día, y es digna de figurar en las antologías del teatro.

Pepe Otal y Pep Gómez encarnaban los papeles de Virgilio y Dante respectivamente, compartiendo protagonismo con los títeres. Por supuesto, tratándose de marineros, el espectáculo se desarrollaba en la isla de Cerdeña, lejos del continente. Todo iba bien, salvo algunos despistes infrecuentes. El más ostensible ocurrió al final de todo, cuando tuvieron que interpretar el último acto ante el decorado del infierno porque a Otal se le había olvidado bajar el telón del paraíso. Aun así recibieron una sonora ovación. El hombre se sentía cansado y se sentó con una cerveza en la mano, rodeado de sus colegas. De pronto, la encargada del sonido los alertó de un principio de incendio: una de las velas que utilizaban en la representación se había quedado encendida en la maleta de uno de los títeres y tuvieron que correr para salvarlo. No lo consiguieron del todo: la llama le había horadado la madera a la altura del corazón. En ese momento volvieron la cabeza y Otal se estaba derrumbando con un infarto fulminante.

Quién podía imaginarse este desenlace. La misma víspera por la noche, lo habían visto encaramarse a la fachada de la casa donde se alojaban para recuperar la llave de la entrada que se habían dejado dentro. No acaba todo aquí: tuvieron que vestir el cadáver y no encontraron otra mortaja mejor que la túnica blanca de Virgilio que acababa de usar en la representación, sin que faltara el aderezo de la corona de laurel propia de los poetas. De esta guisa emprendió su viaje hasta Albacete, impulsado por las economías de los titiriteros de Barcelona y sus amigos de la ciudad que lo vio nacer y en donde ahora reposa.

Le gustaba hablar de libros, de filosofía. Citaba “Las encantadas”, donde Stevenson se inventó una forma de gobierno propia de piratas: la motinocracia. Dicen que había hecho amistad con un ratón en su casa estudio del Raval, el barrio chino de Barcelona. Que el bicho se le subía al hombro mientras él trabajaba en sus marionetas, se escondía si se presentaba algún desconocido y al rato solía asomarse con timidez desde la barba. Aseguran que una vez adiestró a un grupo de roedores para que intervinieran en una de sus obras. Según el principio de Paulov, obedecían a impulsos eléctricos, pero un cortocircuito los desmandó por el teatro. Se inventó el bulubús, que aparca en las ciudades y las inunda de titiriteros por un día. Después de su muerte, alguien encontró en su mesa un informe de urgencias de bastante tiempo atrás; le aconsejaban que se mirase mejor el corazón. Pero él ya lo tenía muy visto.

Ángel González

Después de leer sus poemas en el Escorial, Ángel González atendió a la prensa durante una hora por lo menos. Habíamos pasado buena parte del día charlando en la compañía de otros amigos y se me había ocurrido comentar que yo también quería hacerle una entrevista antes de volverme a Albacete. Un comentario fugaz, sin convencimiento, que olvidé tan rápido como lo había formulado y más todavía al ver cómo se le iba apagando la voz durante la lectura, y cómo después desafiaba su propio cansancio atendiendo a representantes de algunos de los medios más prestigiosos del país. Había cola esperando sentarse a su vera para tenderle nuevas preguntas o tal vez para repetir las mismas que le habían planteado los entrevistadores precedentes. A pesar de que se mantenía tieso como una efigie y de que parecía no gastar energía más que cuando era imprescindible (para colocar una agudeza o darle un sorbo al whisky), Ángel González estaba ya muy frágil este verano, llevaba estando frágil mucho tiempo.

Les saludé para marcharme. Su mujer, Susana Rivera, me alcanzó en el vestíbulo. Estaba dulcemente enfadada. Me había estado buscando entre el revuelo de estudiantes y profesores y bailarinas y curiosos que abarrotaba la sede de la Universidad de Verano. ¿Es que no vas a entrevistar a Ángel? Me preguntó como quien regaña a un niño. Te está esperando. Así era este hombre. Buscamos acomodo en un rincón, mientras una danza exótica centraba la atención de los centenares de personas que nos rodeaban. Se sentó con su vaso de whisky y su cigarro, y me requirió con sus ojos expectantes, dispuesto a empezar de nuevo conmigo como si fuese el primer periodista que lo abordaba esa tarde. Lo encontré más despierto que durante las horas que habíamos compartido antes con otros amigos, como si la sucesión de entrevistas y la proximidad de la noche le insuflaran renovadas energías.

En público, Ángel González tenía una mirada somnolienta, como de quien deja encendido el piloto automático. Aun así demostraba cuando era preciso que estaba en lo que se decía, destilándose en comentarios breves, cargados de lucidez. Sin embargo, cuando te sentabas ante él a conversar, sus cinco sentidos venían a conversar contigo y sus ojos grises esperaban cada nueva pregunta con una expectación casi infantil, como si fueran a abrirle los caminos a una respuesta inédita que a él también le sirviera para seguir descubriéndose. Hablamos, claro, de poesía, sobre todo de sus hábitos a la hora de escribir. Empezó refiriéndose a su propia obra como si ya perteneciera al pasado, pero poco a poco fue reconociendo que tenía un puñado de poemas nuevos de los que no estaba seguro. ¿Qué iba a hacer con ellos? Años atrás estaba muy claro: se los hubiera dado a leer a su amigo Jaime Gil de Biedma para pedirle opinión. Fallecido el poeta catalán, había buscado gente de confianza para sustituirlo. Citó a Luis García Montero.

Hoy sé que mi entrevista pecó de breve. Leí la desilusión en sus ojos cuando le comenté que tenía que marcharme o perdería el tren. Se le notaba a gusto, tan desinhibido, él que solía expresarse con monosílabos, que hasta elevó su tono bondadoso para quejarse de la película que preparan sobre Biedma: “estoy horrorizado. Jaime lo hubiera estado también”. “Un hombre nunca sabe qué pasado le espera”, sentencia uno de sus versos definitivos. Nuestro pasado siempre queda en manos ajenas, ojalá que de amigos. Seguro que es su caso.

El cuerpo

Año nuevo, cuerpo nuevo. Ese es el deseo que formula para sus adentros mucha gente mientras mastica con renovadas esperanzas las uvas de Nochevieja. El día 2 de enero hay cola en las puertas de los gimnasios, aunque sólo la mitad de los que se apunten perseverará después de las primeras agujetas. Bien es cierto que cada vez son más los clientes que aspiran a cambiarse por dentro, a cansarse menos, a respirar mejor, tanto o más de lo que aspiran a modelar sus músculos y a realzar sus formas. Quizá porque han llegado a esa edad en que al fin todo se comprende, como escribió Gil de Biedma, y saben que la salud y el bienestar son más fieles que una buena fachada y que incluso terminan aflorando a la fachada. Son datos ofrecidos a este mismo periódico por los propietarios de gimnasios, que también aseguran que sólo uno de cada diez albaceteños practica ejercicio con regularidad.

Como profesor de educación física, hace tiempo que decidí que los objetivos que las sucesivas y contradictorias leyes de educación fijan para nuestra materia pueden resumirse en tres: que mis alumnos comprendan que el ejercicio físico es fundamental para que sus cuerpos funcionen correctamente, que sepan qué requisitos debe cumplir el ejercicio para resultar útil y que aprendan a disciplinarse en la práctica. Si consiguiera estos propósitos en un ciento por ciento tal vez mermaría un poco la clientela de los gimnasios, pero a cambio reduciría otro poco las colas en los centros de salud, y no sólo por problemas circulatorios, endocrinos y respiratorios, sino también porque restaría algunas ansiedades y depresiones, ya que como todo el mundo sabe el ejercicio físico libera endorfinas en el organismo, que producen las mismas sensaciones que los opiáceos pero ninguno de sus efectos secundarios.

Claro que no todos los ejercicios son iguales ni existen dos organismos que los toleren de la misma manera. Parece claro que los más útiles para la salud son los estiramientos (flexibilidad) y los trabajos de resistencia, es decir, aquellos en los que uno permanece por encima de ciento veinte pulsaciones entre veinte y cuarenta minutos por sesión, da igual que sea corriendo, que nadando, que montando en bicicleta o que jugando por ejemplo al fútbol o al tenis, siempre y cuando no nos pasemos de tueste y subamos más veces de las debidas por encima de 180 pulsaciones. Hay músculos de los que más vale no olvidarse, como los abdominales, que conviene mantener tonificados para prevenir molestias lumbares.

Tres sesiones a la semana es el mínimo ideal, que por cierto nunca asume el sistema educativo. Para no rajarse enseguida, lo primero hay que elegir una actividad que nos guste o no nos disguste demasiado. Luego hay que crearse la obligación, fijarla en la agenda en días y horas concretos, reservando el tiempo necesario para estirar antes y ducharse después. El gimnasio ayuda mucho, porque pagar y no sacarle rendimiento duele aún más que las agujetas, que sólo notaremos los primeros días. Buscarse la compañía de otros de nuestro mismo nivel también ayuda. Y luego existen trucos que vienen de yankilandia, donde algunos utilizan la bicicleta estática ante el televisor mientras ven una película grabada que apagan cuando dejan de hacer ejercicio y sólo siguen mirando cuando lo retoman en la siguiente sesión. Al cabo de dos meses, el cuerpo sigue siendo el mismo, pero ya no parece el mismo. La salud hay que sudársela.

El habla manchega

Confieso que en mis primeros acercamientos al “Diccionario manchego” de José S. Serna llegué a estar convencido de que nuestro castellano no se diferencia en absoluto del castellano estándar y que la ocurrencia de nuestro paisano no iba más allá de ser un “aberrunto” nacionalista a pequeña escala. Es cierto que abarcaba vocablos que me sonaban poco aunque designasen largas peroratas sin fuste, que es lo que viene a significar “repalandoria”, una de las fichas que más debía gustarle al recopilador porque la puso como título y ejemplo en el texto explicativo incluido en el libro. Y es cierto también que había palabras que no había modo de localizar en otros diccionarios y que sin embargo a mí me resultaban extrañamente familiares, como “rechilbero”, esa reverberación del sol en los patios encalados que nos duele hasta obligarnos a entornar los ojos.
Había salido poco de Albacete. Conforme fui traspasando nuestras fronteras locales y hablando con personas de otras regiones, comprobé dos cosas: que nuestro castellano no es el estándar ni mucho menos (aunque tampoco estemos tan lejos de él) y que había algo en nuestro modo de usarlo que resultaba chocante a los foráneos. Enseguida llegó el presidente Bono, con su manera gutural de pronunciar las eses que flotan en el interior de las palabras y su discurso tan propicio para ser reproducido por los caricaturistas de voces. Y claro, ya no había duda de que hablamos como él, aunque sin exagerarlo tanto: “eg que así somos”. Desde entonces incluso procuramos fijarnos más en la pronunciación de la ese para demostrar que sabemos expresarnos como los de Valladolid cuando nos lo proponemos.
Pero de pronto han estallado los humoristas manchegos, sacándole el máximo partido a nuestro peculiar castellano. Primero fue José Mota, el moreno de los componentes del grupo Cruz y Raya, que aprovechaba haber nacido en Ciudad Real para introducir en sus intervenciones agudas andanadas de mancheguismo. Fue la avanzadilla. Los albaceteños han llegado más tarde, en el programa “Cámera Café”. Tanto Esperanza Pedreño (La Cañi) como Joaquín Reyes (el informático de la oficina) deslizan continuamente coletillas en las que nos reconocemos como si nos miráramos en el paisaje de la infancia. Y por lo visto no sólo nos resultan chocantes a nosotros, sino a veces también a los que no se reconocen en ellas. Debe de ser porque ayudan a sus personajes a ser auténticos, creíbles, entrañables.
La explosión definitiva la ha conseguido el propio Joaquín Reyes al frente de su pandilla de amigos en esa algarabía surrealista que primero se llamó “La hora Chanante” y que después tuvo que ser rebautizada por exigencias del copyright como “Muchachada nui”. En ese ratico condenado a la frontera de la media noche (y sin embargo saboreado en you-tube por el quíntuple de espectadores de los que lo ven en la 2) el habla manchega ha alcanzado categoría de obra de arte. Después de escuchar a personajes como Paris Hilton, Ferrán Adriá o Macaulay Culkin expresándose en albaceteño con una caracterización de carnaval de Tarazona, después de oírle decir a Niki Lauda que tiene la oreja “burrumía” por un accidente que sufrió, uno ya puede dormir tranquilo con la confianza de que nuestra habla provincial no sólo existe, sino que es capaz de resistir los embates del tiempo y de la globalización.

Circuitos

Y dicen que los tiempos no cambian. Mi abuela vivía en La Gineta y cuando le parecía o le era necesario, se venía a Albacete andando con alguna vecina o pariente. En aquella época, y no hace tanto, todo eran distancias y para ir a cualquier sitio había que invertir casi un día en el camino. Lo que ataba a la gente era el territorio, la luz solar que delimitaba las horas disponibles, las estaciones marcadas a fuego en la memoria hasta pesar tanto como los genes y determinar qué se comía en cada época, cuando había algo que comer. Setenta años más tarde hemos abolido la noche, hemos mezclado los menús estacionales y las distancias no existen. Sin embargo seguimos atados a una cadena de actos, de obligaciones y de costumbres que nos ciñen al reloj y que nos confinan día tras día en los mismos lugares, a las mismas horas y por parecidas rutas dentro de la ciudad. Caminamos por circuitos en los que ni siquiera reparamos, pero que nos ligan tanto o más que la antigua cuerda del territorio.

En nuestro deambular coincidimos a menudo con las mismas personas porque sus propios circuitos tienen ese punto de intersección con el nuestro. Cuando todo va bien, cuando el destino no introduce algún desvío inesperado y casi siempre indeseado, como una enfermedad que nos deriva al hospital o como la muerte de un conocido que nos reúne en torno a su memoria, si no se abre una puerta en el circuito, hay personas a las que queremos y a las que recordamos y a las que sin embargo no vemos nunca. Viven ahí cerca, a lo mejor a unas manzanas de esa esquina por la que pasamos todos los días consultando el reloj, calculando si nos dará tiempo de resolver un recado antes de emprender la siguiente tarea que la sociedad nos tiene asignada y que acatamos con la docilidad con la que el sol sale y se pone.

A veces la tarea es ver nuestro programa favorito de la tele, que forma ya parte de nuestra familia, o tomar un café con los amigos para intercambiar los chismes sin los cuales la vida carece de la sal imprescindible. A veces la tarea es escapar del circuito lo más lejos posible por la misma puerta por la que escapamos todas las semanas o todos los meses, aunque escapemos a santuarios diferentes cada vez. Pero esas huidas forman parte también de nuestra prisión virtual, aunque nos permitan apreciarla desde la distancia y sentir que nos hemos liberado por un tiempo de la tela de araña con la que nos sujeta. Ahí siguen, detrás de la muralla que hemos ido construyendo con la suma de los días, aquellas personas de las que nos seguimos acordando y a las que nunca vemos. Como la telepatía existe, esas personas, atrapadas en sus propios circuitos, se están acordando de nosotros mientras las recordamos.

Hasta que llegan la Feria o la Navidad, esos hitos estacionales cuyos símbolos se han ido deshilachando, pero que conservan todavía el poder de romper con su magia antigua la inercia rutinaria de todos los circuitos, el del espacio, pero también el del tiempo. Afloran entonces sentimientos relegados y enviamos un mensaje de móvil o damos un telefonazo, cuando no quedamos directamente para ver cara a cara al amigo o al familiar que vive todo el año en las afueras de nuestro ajetreo. Y recibimos las postales y los mensajes con el mismo calor que si fueran abrazos. Y sentamos a nuestra mesa y servimos un vaso de mistela a los ausentes, por ejemplo a mi abuela, que aún acude andando desde La Gineta.