Interés humano

Cuando Woody Allen despierta en El dormilón, tras décadas de permanecer hibernado, han cambiado algunos paradigmas que se tenían por sagrados. Por ejemplo, el restaurante macrobiótico que regentaba antes de que lo congelaran ahora sería una ruina porque, mientras dormía su largo sueño en el congelador, se ha descubierto que lo sano es comer embutidos y grasas en general. Como la realidad siempre supera a la fantasía, el director neoyorquino se quedó corto en la película. Los paradigmas han cambiado tan radicalmente que lo que aprendimos en la facultad de periodismo hace un cuarto de siglo, ahora nos parece cosa de neandertales. Entonces creíamos insuperables las máquinas de escribir eléctricas con su cinta de típex que permitía borrar la errata volviendo atrás el carrete y machacando la letra de nuevo. Qué tiempos. El interés humano era más un método que un objetivo en sí. Consistía en mantener el suspense a lo largo de los párrafos, en vez de ofrecerle a lector de forma sumaria lo más importante en el encabezamiento, lo segundo más importante en el segundo párrafo y así. La sorpresa había que reservarla para el final. Era montar la noticia como si fuera una novela policiaca en la que hasta la última línea no se sabe quién es el asesino. Pero empezó a imponerse lo de que sea el niño quien muerda al perro, porque no parecía bastante que fuera el chucho el que agrediese al muchacho, a menos que perteneciese a una raza peligrosa y le arrancase la cabeza de una dentellada. Empezaron a llamar interés humano a todo lo que resultase impactante, sorprendente, emocionante, patético, y a llenar con contenidos que respondiesen a esos parámetros no sólo los espacios de entretenimiento, sino los mismos telediarios. Lo más parecido al suspense que han emitido los noticiarios en la última década fue la caída de las torres gemelas. El suspense consistía en que todos esperábamos que de un momento a otro apareciese el truco y alguien nos dijera que se trataba de una parodia excesiva, como la que había dirigido en la radio Orson Welles en 1938 cuando hizo cundir el pánico entre los neoyorquinos anunciando en sucesivos boletines que los alienígenas avanzaban hacia la Gran Manzana cargándose a cuanto bicho viviente les salía al paso. El 11 de septiembre de 2001, mientras caían las torres en plena Feria, la realidad terminó de mezclarse con la ficción en nuestros cerebros que ya sólo reaccionan ante estímulos de más de siete grados en la escala Richter del interés humano. Para que nos hagamos una idea, la mayoría de los anuncios televisivos no da la talla. No digamos los discursos políticos, y más si se han pronunciado en el Parlamento, lugar cuya sola mención nos provoca un bostezo. La Feria es diferente. Una Feria como la nuestra, la mejor del mundo, por supuesto, faltaría más, es singular porque emerge diez días al año y luego se esfuma en la memoria como si hubiera sido un sueño. La Feria es el reino de lo excéntrico, con su luz, su colorido hipnótico, sus ruidos machacantes, sus poemas escritos al alimón por cientos de personas, sus mierdas de caballo, sus puestos subastados a precios de chalés en la playa para vender láminas o cualquier otro producto de apariencia inofensiva. En una Feria ya no llaman la atención la mujer serpiente o el hombre más gordo del mundo, porque pertenecen al paradigma perdido de las Ferias de antaño. Para llamar la atención en la Feria el truco es parecer normal. Por eso vienen tantos personajes a intentar usarla como escaparate, aunque sólo algunos consiguen deslizar su foto en las portadas, porque ir de normal y sobre todo decir cosas normales entre tanto jaleo tampoco es tan fácil como parece. En medio del frenesí, también vale ser más friki que nadie, ponerse un gorro raro y entonar unos ripios. Si hay suerte y uno insiste lo bastante, termina erigiéndose en otro símbolo de la ciudad, como la navaja y la puerta de hierros. Aunque no haya modo de callarlo una vez que empieza, nos representa. Así somos los de Albacete, les oigo decir, embriagados de interés humano.

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